Capítulo 35

Gritos de guerra

-1-

Regresó sobre sus pasos, envuelto en un torbellino de emociones. Todo su cuerpo exudaba ansiedad y, hasta el más ínfimo de sus gestos, le traicionaba. Sentía el camino frente a él haciéndose eterno porque, sin importar cuando caminara, no encontraba el lugar donde había dejado a sus compañeros. El bosque se cerraba a su alrededor mientras las ramas de los árboles se ensañaban una vez más en su contra. Entonces, en la negrura de la noche distinguió la llama agonizante de la hoguera que marcaba el sitio del campamento.

Sólo cuando la chispa naranja se reflejó en sus pupilas, Aioros detuvo su andar. Apretó los puños, sintiendo la punta fría de sus dedos rozando la palma de las manos. De entre sus labios, un suspiro escapó.

Se apresuró a recorrer los pocos metros que le separaban de donde yacían los gemelos y, pasando sobre ellos, les despertó.

— Arriba. — los ojos somnolientos de Kanon se abrieron al sonido de su voz.

Desconcertado por el súbito despertar y ante la obvia presencia de la oscuridad de la noche aún rodeándoles, el gemelo se sentó con pereza. Buscó entre las sombras la figura de su hermano, encontrándole cerca de él. Su rostro, semi bañado por la luz del fuego, denotaba la misma confusión que a él le asolaba.

— ¿Por qué tanto escándalo, arquero? — preguntó, interrumpido por un bostezo. — El Sol ni siquiera ha aparecido.

— Hay malas noticias. — hizo una pausa que alarmó a sus compañeros.

— Habla. Me pones nervioso. — Kanon se puso de pie para rebuscar el pellejo lleno de agua que mantenía guardado entre sus cosas. Lo encontró y bebió un poco.

— Se trata de Afrodita. —dijo en un murmullo. De inmediato, los rostros de los gemelos se tensaron, pero una seña de Aioros les urgió a permitirle continuar. — Está muerto.

Habiendo pronunciando la fatídica afirmación, desistió de agregar algo más. Agachó la mirada, ocultando sus zafiros entre las mechas de cabello castaño que caían sobre su frente. Se esforzó por no dejar escapar nada, ni siquiera un suspiro; quebrarse no era una opción en esos momentos. Por una fracción de instante separó la vista del suelo para clavarla en los santos de Géminis. Saga permanecía estático, con aquella mirada que era tan difícil de interpretar aún para él que le conocía por encima del resto. Kanon, en cambio, temblaba con rabia.

— Kanon… — susurró, pero antes de que pudiera hacer o decir más, el gemelo estalló.

Con un brinco se puso de pie, bajo la atenta mirada de sus dos iguales. Caminó dibujando una línea en el polvo del piso, la cual repasó en varias ocasiones. Vociferó, gritó y dejó escapar toda la ira que le carcomía por dentro. Por fin, cuando la voz por fin se le aclaró y la razón regresó a su tribulada mente, suspiró.

— ¡Tarde! ¡Llegamos tarde! — exclamó. — ¡Por una maldita vez deberíamos hacer las cosas bien!

Aunque hubiesen deseado objetar, ni Géminis ni Sagitario encontraron las palabras para hacerlo. En el fondo, sentían esa frustración que Kanon se había atrevido a externar y, muy a su pesar, compartían la afirmación del gemelo.

— ¿Cómo te has enterado? — murmuró el mayor de los dos peliazules.

— Aretha.

— ¿La ninfa? ¿Está segura de esto? — terció el marina.

— Jamás jugaría con información como esta. Cayó en las batallas que Hipólita ha organizado, si esto sigue así…

— Iremos por el resto, les sacaremos y haremos que esas malditas mujeres paguen cada uno de sus crímenes. Su sangre por la nuestra. ¿Tienes el mapa de Temiscira que nos dio Anaxos? — Kanon preguntó a Aioros.

Pero antes de que el arquero tuviera la oportunidad de responderle, Kanon se había puesto de pie y hurgaba entre las cosas del castaño en busca del mapa. Por fin encontró lo que buscaba: un viejo rollo de piel seca de carnero sobre el cual se hallaba bosquejada la ciudad de Temiscira. Se notaba, por lo burdo de los diseños, que dicho plano había sido hecho con prisa. Muchos de los dibujos en él carecían de forma aunque la cantidad de detalles y de sitios señalados era importante.

Kanon tomó el pergamino, desenrollándole con cuidado mientras lo tendía sobre el suelo. Colocó piedras en las esquinas para evitar que volviera a cerrarse. Después, fijó la vista en él por varios segundos, sin molestarse en compartir sus pensamientos.

— Aquí. — habló, a la vez que, con una vara de madera, señaló dos puntos en específico. — El palacio de Temiscira y los calabozos; son nuestras metas. Primero tendremos que averiguar si tienen a los otros en las catacumbas o las prisiones convencionales.

— Aretha puede conseguir esa información por nosotros. — Aioros asintió.

— Pídele que lo haga.

— De estar en las prisiones externas, será un problema cruzar por el recinto de la Hermandad. — Saga interrumpió, señalando el lugar donde estaba el palacete de piedra que servía de hogar a las guerreras de élite.

— Tendremos que encontrar la forma de sacarlas de ahí.

— Sé como hacerlo. — Kanon sonrió. — Si salimos de esta, arquero, tendrás que comportarte muy bien con la ninfa. Sabes a que me refiero, ¿verdad? — le miró con travesura y por el rabillo de ojo. Habiendo conseguido que Aioros se sintiera incómodo y externara lo embarazoso del comentario, retomó la seriedad. — Ella será la distracción que necesitamos.

— ¿No estará en peligro? — Aioros preguntó casi en un murmullo.

— No más que el resto, pero la necesitamos. — resignado, el castaño asintió.

— Podríamos usarla también para encontrar a la sacerdotisa. — Saga torció ligeramente la boca al darse cuenta que ignoraban por completo donde podría estar la joven chica.

— Cierto. — Kanon suspiró y, a diferencia de su gemelo, él no dudo en demostrar con sus gestos la molestia que la joven pitonisa significaba. — Tú irás por ella, Aioros.

— ¿Perdón?

— Puedes llevar a la ninfa contigo. Además, la gente tiende a confiar más en tu rostro de inocencia que en el nuestro y, dado que ella no nos conoce, te iría mejor a ti que a nosotros.

— Estoy de acuerdo. — terció Saga.

Por un momento, hubo silencio entre los tres, aunque ninguno estaba completamente seguro de a quien pertenecían las reacciones que lo causaron. Al fin, Kanon abandonó el letargo, sacudiendo ligeramente la cabeza a manera de negación. Volvió a concentrarse en el mapa.

— Como sea… — retomó la conversación. — Eso nos deja a nosotros para rescatar a los otros y conseguir el cinturón.

— Hipólita es hija de Ares. — dijo el gemelo mayor. — Si Poseidón fue capaz de hallar algo diferente en mí, no dudo que ella también sea capaz de hacerlo; mucho más si hablamos de su padre.

— Eso es verdad. Lo mejor será que te encargues de liberar a Dohko y los demás, mientras Kanon lidia con Hipólita.

— ¡Un momento! — Kanon se incorporó y miró de uno a otro santo con incredulidad. — ¿Poseidón? ¿Cuándo viste a Poseidón?

Géminis y Sagitario intercambiaron miradas. Sabían que tendrían que decir la verdad.

— Poseidón fue quien te despertó, Kanon. — Aioros habló primero.

— Mientras tú estabas inconsciente y Athena no estaba en condiciones de ayudarte más, Poseidón se presentó en el templo. — explicó el otro gemelo. — No sabemos los motivos de su visita a Atenas, pero Aioros salió con la idea de que el único que podría hacer algo por ti, sería precisamente él. Al final, resultó que tenía razón.

— ¿Poseidón me despertó? — sus ojos no ocultaban la sorpresa mientras su tez tomaba un tono blanquecino.

— Sí.

— ¿Se puede saber cuando pensaban mencionar ese pequeño detalle? — siseó. Los dos santos se encogieron de hombros.

— Mira como estás reaccionando, Kanon. ¿Por qué crees que tu hermano y yo no te dijimos nada al respecto?

— ¡¿Cómo querían que reaccionará? ¡Era importante y me lo ocultaron! — exclamó, poniéndose en pie de un solo impulso.

— ¡Lo único importante era que despertaste! — sorprendiéndole, Saga se había parado casi tan rápido como él, clavando su mirada cargada de decepción en el rostro de su gemelo. — El resto no importaba.

Una larga pausa se apoderó de la conversación mientras los ojos azules de Aioros miraban de uno a otro gemelo, expectante de cómo terminaría todo. Vio a Kanon tensar la mandíbula ante el gesto atribulado de Saga; y también presenció como este último ahogaba los deseos de hablar más de lo que debería.

Lo que duró en realidad un instante pareció más, pero el arquero solo suspiró tranquilo cuando el general marino reencontró la calma para sentarse de nuevo junto al mapa.

— No quiero estar en deuda con ningún otro dios que no sea Athena… — dijo con un hilo de voz. —…mucho menos en este lugar. Las lealtades divididas no funcionan en este mundo.

— No estás en deuda con nadie. No fuiste tú quien pidió ser salvado.

— No, pero ustedes lo están. Ustedes pidieron el favor de un dios que no tiene compromiso ninguno con nosotros y, ahora…

— Solo cállate, Kanon. — Saga se había vuelo a sentar a su lado, pero evitaba a toda costa mirarlo. — Dejarte postrado en esa cama no era opción… sin importar lo que sucediera, tú tenías que despertar.

Kanon tragó saliva.

— Gracias. — susurró.

Nadie más habló después de ello.

El cielo había tomado un tono grisáceo que anunciaba el albor de la mañana. Unas cuantas nubes de un color más oscuro flotaban con el aire mientras un par de gotas comenzaban a caer sobre ellos. Pronto, el cielo se abrió y la lluvia corrió con ligereza, extinguiendo por completo la hoguera. El augurio no era bueno, pero el viaje todavía era largo.

Con sus compañeros en mente, retomaron el camino hacia la ciudad amazónica.

-2-

El sonido de los pasos presurosos fue acallado por la alfombra de color carmesí del megaron. Al final del sendero dibujado con la tela sobre el piso de blanco mármol, se alzaba el trono de la reina amazona. El andar de Ge terminó justamente ahí, a sus pies, donde le ofreció una reverencia a su soberana.

— Mi reina. — le saludó, guardando para si una tenue sonrisa irónica.

— ¿Podrías explicarme que sucede, Ge? — la amazona alzó la vista. Fingió demencia, pero la castaña no le permitiría salirse con la suya. — Los santos de Athena, ¿por qué desobedeciste mis órdenes de enviarlos a las catacumbas?

Ge se mantuvo en silencio.

— Las prisiones cercanas a nuestra hermandad son más seguras para ellos, mi señora. Aquí, no estaríamos en completo control. — dijo.

— ¿Control? — siseó la reina. — ¿Acaso no fueron tú y tus hermanas quienes costaron la vida de la mitad de la guardia real defendiendo a uno de esos hombres? Y ahora, ¿los quieres bajo control?

— La guardia real insultó a una de las nuestras al intervenir en su combate. — no lo dijo con palabras, pero Hipólita sabía que su nombre estaba implícito en aquella queja. — Lo que hicimos, simplemente fue igualar las condiciones.

— En contra de mis órdenes.

— Hicimos lo que, a nuestro parecer, era necesario. Nada más. — respondió.

— De ahora en adelante, se hace lo que yo diga, no lo que sea necesario. — terminó, cortante, con la discusión.

El rostro de Hipólita carecía de emoción alguna. Solo observaba a su subordinada con aquella mirada vacía, pero llena de arrogancia y orgullo, que había heredado de su padre. Se sintió infinitamente satisfecha cuando vio asentir a Ge.

— ¿Deseas que se les traslade de regreso a las catacumbas? — preguntó con fingida sumisión.

— No pretendo arriesgarme a moverlos de nuevo. Déjalos donde están. — la reina se levantó y caminó, dejando tras de sí a Ge. — Pero será Dareia quien se encargará de ellos. — no vio la reacción de su miliciana, sin embargo sabía que su decisión la irritaba. — Y, Ge, no quiero más problemas, ¿comprendes?

— Sí. — afiló la mirada.

— Bien. Hazlo saber a tus hermanas. — no dijo más, sino que abandonó la sala.

Ge escuchó la puerta de madera cerrarse detrás de ella. Volteó, encontrándose con que estaba sola. Entonces, maldijo. Esperó unos minutos antes de girar sobre sus talones para regresar por donde había llegado. A pesar de la actitud de la soberana amazona, Ge estaba satisfecha; con todo y la insistencia, los santos seguían en su poder. Si Dareia constituía un problema, se asegurarían de resolverlo.

-3-

— Maestro, ¿cuál es exactamente el plan? — se oyó a Milo.

Dohko desvió su mirada turquesa hacia el joven escorpión, más no supo que responder a su cuestionamiento.

— No tengo la menor idea. — por fin replicó. — Sólo sé que no podemos confiarnos de ellas. No sabemos que es exactamente lo que pretenden.

— ¿Y Shura? ¿Qué pasará con la cabra? — volvió a preguntar el peliazul. — Nadie aquí estará pensando en largarse y dejarlo, ¿verdad?

— Por supuesto que no, Milo. Deja de pensar en idioteces. — le reprendió Camus. — No vamos a dejar a nadie atrás. Si salimos de aquí, lo haremos todos juntos.

— Eso ya no es posible. — soltó con amargura.

Sus palabras terminaron de hundir al grupo en un incómodo y doloroso silencio que no se rompió por varios minutos hasta que el santo de Libra retomó la palabra.

— Antes de poner un solo pie fuera de esta ciudad, nos aseguraremos de llevar a Shura con nosotros.

— ¿Y el ceñidor? — preguntó Aldebarán.

— No van a entregarlo de ningún modo. — acotó Mu, sentado contra la fría piedra de los gruesos muros de la prisión. — Y, regresar aquí sería un suicidio.

— Intentar hacernos de él, en esta situación, también lo sería. — dijo Shaka.

— Parece que, sin importar lo que decidamos, estamos jodidamente muertos. — Milo sopló sus flecos con frustración y dejó escapar una risita sardónica. — Tampoco sabemos nada de la mujer que se supone nos ayudará con Aioria y Mascara de Muerte. Somos un maldito fracaso. — terminó, en un susurro.

Nadie en la angosta celda replicó nada.

Afuera todavía llovía. No podían ver la lluvia y tampoco escucharla, pero una insistente gotera que se había formado en la unión de las rocas hacía evidente el exceso de agua que había caído sobre Temiscira. Tampoco sabían si era a causa del clima, pero sentían como las puntas de los dedos de sus manos estaban tan frías como si el invierno azotara. Al final, las circunstancias comenzaban a sobrepasarlos. Consciente de los ánimos sombríos, Dohko arrugó el semblante mientras se concentraba en encontrar una solución al insostenible problema.

-4-

Llovía.

Parecía que la lluvia había durado por semanas, pero tan solo unas pocas horas habían transcurrido desde que las nubes cayeran sobre la ciudad. La casa de sanación, usualmente húmeda y oscuras, se sentía más fría que de costumbre. Un rancio aroma a hierbas medicinales se esparcía, llegando a colarse incluso en el más recóndito rincón y aportaba un desagradable aire al ya depresivo ambiente.

Rendido al aburrimiento y al fastidio, Shura se decidió a abandonar su lecho de sábanas duras. Se estiró todo lo que el cuerpo le permitió para alcanzar la diminuta ventaba que servía de respiradero a la estrecha habitación, pero sus esfuerzos no tuvieron éxito. Entonces, oteó el espacio en busca de opciones, más ninguna le convenció en absoluto. La vieja silla en la que solía sentarse Tarsila simplemente no resistiría su peso, mientras que la mesa de madera cojeaba de una pata, por lo que tampoco constituía una buena alternativa para sus adormecidos reflejos. Al final, todo se redujo a su cama.

Se puso en ello a la brevedad.

Jaló la cama, que rechinó al barrerse sobre el piso de piedra, hasta situarla junto a la pared, debajo del cubo de luz. Se encaramó y, por fin, tuvo una mirada al exterior.

No había nada particularmente interesante afuera. Como había escuchado, la lluvia caía torrencialmente sobre el pequeño jardín de la casa. La arena, que cubría la mayor parte del terreno despejado, se había mezclado con el agua convirtiendo el lugar en un agujero de fango amarillento. Las nubes, de un color grisáceo, escondían la luz del Sol detrás de sus sombras y dejaban a los rayos la oportunidad de iluminar el cielo de vez en cuando.

— ¿Se puede saber que estás haciendo?

La voz cansada de la anciana terminó ocasionándole un susto que quedó en el olvido al reconocer el rostro surcado de Tarsila. La vieja le miró, con los brazos cruzados y un gesto de desaprobación en el semblante.

— Quería ver que hay ahí afuera. — respondió, devolviendo su atención al exterior de su habitación.

— Puedes caerte. Todavía tienes problemas con el equilibrio. — le jaló de la camisa en un intento de hacerlo desistir.

— ¿Qué es ese lugar?

— Es el jardín interior. ¿Para que quieres saberlo? — la mujer torció la boca al saberse ignorada.

— Si voy a salir de aquí, debo saber como hacerlo.

— No tendría mucho caso que mires por la ventana.

— Al menos sé por donde no ir. — Shura subió los hombros. Después, con calma, se bajó de la cama.

— No tiene caso, muchacho. — la anciana suspiró. — Si vas a salir de aquí, lo harás de la mano de las Hermanas; de ninguna otra forma. No quisiera ser pesimista, pero aunque la Hermandad este de su parte, Hipólita y el resto de la milicia no les dejarán nada fácil.

— No soy ingenuo, Tarsila. — le dijo.

Callaron mientras ella examinaba las pupilas de Shura ayudándose de una vela casi extinta. Tras ello, se retiró hacia la mesa para preparar una más de aquellas infusiones que el cabrito de oro había aprendido a odiar.

— De cualquier manera, este lugar es un laberinto… literalmente. — habló la mayor. — Su diseño casi circular lo convierte en quebradero de cabeza, sobretodo para quienes no están familiarizados con él.

— Genial. —masculló entre dientes el peliverde.

— Deja de quejarte. — río la mujer, mostrando su dentadura envejecida. — Seguramente lo conseguirás. Eres un hombre con suerte.

— ¿Suerte?

— Sí, suerte. Estás vivo, y eso es mucho más de lo que puede decir la mayoría de aquellos que se han atrevido a beberse la Sangre de Asir. Siendo honesta, o me explico como es posible que sobrevivieras. — oyó al santo suspirar, así que hizo una pausa. — La fiebre te azotaba una noche y al amanecer, nada. Te digo, muchacho, sin duda eres de la estima de la diosa virgen.

El santo de Capricornio no respondió, sino que se limitó a beberse lo más rápido posible la bizarra mezcla de sabor penetrante. Su rostro evidenció la desagradable sensación.

De pronto, algo en su interior vibró. La tenue esencia de un sabor conocido se impregnó en su paladar, disparando recuerdos del sueño que experimentase bajo la agonía de las fiebres. Como un golpe, cada instante de ese noche se recreó en su cabeza. Volvió a sentir el toque de las manos temblorosas de su diosa sobre cuerpo, escuchó la suavidad de sus palabras y saboreó la tibieza de sus labios.

— Oye, muchacho. Despierta. —Tarsila chasqueó los dedos en busca de su atención.

— Perdón. — respondió tratando de liberarse de sus pensamientos. — Es que este remedio…

— Es nuevo. Veremos que tan bien te va con él. — se apresuró a decir la mujer. Shura, al escuchar la respuesta, alzó una ceja. — ¿Pasa algo?

Sacudió la cabeza en negativa, más las ideas continuaron rondando su cabeza.

¿Podía un sueño alcanzar ese nivel de claridad o estaba perdiendo la cordura?

-5-

Artemisa le miró y cruzó los brazos con sobrada suspicacia. Trató de ocultar el recelo que sentía, pero la tensión en sus rasgos dejaba al descubierto sus pensamientos. El día recién empezaba, así que la situación le había pillado completamente desprevenida.

Cómo cada día, por las mañanas, visitaba a Orión. Le gustaba llevarle el desayuno y acompañarlo mientras comía. Pasaban juntos varios minutos que nunca parecían suficientes para la diosa, minutos que se iban entre risas y muestras de cariño que ella deseaba atesorar por siempre. Pero no ese día.

Desde el principio, Orión se había visto diferente. No sabía definirlo con exactitud, sin embargo Artemisa sentía algo tirante en el modo en que se mostraba. Nerviosismo; algo tan inusual en él. A pesar de todo, no había hecho ningún comentario al respecto y, en la medida de lo posible, había tratado de obviar las señales. Llegado cierto punto, al leer en el castaño la ansiedad de decir algo que hasta ese momento callara, la diosa sintió que no tenía más alternativa que preguntar.

— Me gustaría salir de aquí… al menos un rato. — le había respondido él, y ella sintió el mundo caerse encima.

— No sé si sea una buena idea.

— ¿Por qué no? No pienso ir más allá de tus dominios, Artemisa. Conozco mis límites, pero este encierro terminará enloqueciéndome.

La rubia guardó silencio. Tomó una uva del platón de plata en el que servía la comida de su huésped y, mordisqueándola con desazón, caminó hasta detenerse junto a la ventana. A lo lejos, Máscara de Muerte practicaba con sus tres aprendices. Los niños estaban sentados sobre el verde pasto; sus piernas cruzadas y los ojos cerrados en señal de concentración. Pequeñas esferas de energía danzaban erráticamente en su manos, bajo la atenta vigilancia del santo peliazul que caminaba entre ellos. Cuando la esfera del pequeño Corban estalló, Máscara de Muerte le dio un coscorrón que arrancó una sonora queja del pequeño quien, después de la graciosa reacción, volvió a enfrascarse en su entrenamiento.

— Parecen llevarse mejor. — al escuchar la voz de Aioria detrás de ella, Artemisa se respingó.

— Eso parece. Pero no sé hasta que punto confiar en lo que veo cuando se trata de ese hombre. —afiló la mirada.

Después, dispuesta a no observar más, giró sobre sus talones de regreso a la cama. Aioria no tardó en unírsele, tomando asiento a su lado.

— Oye, — apartó un mechón rubio tras el cual se ocultaba la mirada de la deidad. — Mi petición no tenía la intención de preocuparte. Lo sabes, ¿verdad?

— Eso no hace que me inquiete menos. — suspiró.

— Es sólo un poco de espacio. Eventualmente tendré que salir de esta habitación, así que, ¿por qué no ahora?

— Supongo que tienes razón. Pero debes prometer que serás cuidadoso.

— Lo seré. — asintió.

— Apolo no puede saber que estás aquí, que estás vivo. Si descubre el engaño, se enfurecerá y solo Zeus sabe de lo que podría ser capaz al sentirse burlado.

Aioria arrugó el ceño. Encontraba la respuesta terriblemente irritante, no sólo por la sumisión que la diosa de la Luna demostraba hacia su gemelo, sino también por el control que Apolo ejercía en sus decisiones y que, al final, había terminado costando la vida del cazador mitológico.

— ¿Por qué se lo permites? — soltó. Ella se tornó dubitativa. — ¿Por qué le permites controlar cada detalle de tu vida? ¿Se merece tanto respeto de tu parte?

La pregunta surgió con una determinación tan fuerte, que Artemisa no pudo sino sorprenderse de la conducta del que pensaba era Orión; esa no era una faceta que le distinguiera.

— Es mi hermano y, por sobre todo, es lo único que tengo, además de a ti. — replicó.

— Eso no le da derecho a manejarte a su gusto y tampoco significa que debas obedecerle en todo. — la observó de reojo a pesar de que Artemisa esquivó su mirada. — Un hermano que te ama no debe nunca ponerte en el predicamento de elegir entre tu felicidad y su cariño. Simplemente no es justo.

— Apolo solamente me protege; siempre lo ha hecho. De los maltratos de Hera, de todo aquel que desee hacerme daño,…

— ¿Del amor? — terció el santo de Leo.

— Sí, del amor. — aceptó la deidad. Suspiró.

— El amor no es algo de lo que deban protegerte, o al menos no debería serlo.

— Eso no importa ya. — deseosa de cambiar el tema, se giró para tomar el rostro masculino entre sus manos. Depositó un beso sobre los labios del león. — Ahora estamos juntos y nada podrá cambiarlo. — una punzada de culpa golpeó el corazón de Aioria ante la muestra de cariño. Con todo, se obligó a continuar con la mentira.

— ¿Pretendes ocultarme para siempre? — preguntó.

— ¡No! — ella se apresuró a responder mientras lo besaba incesantemente. — Solo será por un tiempo. Lo prometo. Te lo suplico, Orión, ten un poco de paciencia.

— Trato, hago mi esfuerzo. Pero sigo sin entender porque él puede andar por ahí como si nada. — apuntó hacia la ventana, en alusión a Máscara de Muerte. — Y yo no puedo poner un solo pelo fuera de esta habitación. — bufó.

No dijo nada más, sino que se levantó, dejándola con sus caricias. No fue necesario que viera su rostro para saberla desconcertada, y supo que le representaba la ventaja que tanto necesitaba.

— ¿Para que quieres salir? Aquí tienes todo lo que necesitas.

— Sí, todo menos libertad. — susurró.

Un súbito sentimiento de culpabilidad llenó el corazón de la diosa de la Luna al ver al que creía Orión en semejante estado. No se sentía cómoda tomando una decisión tan delicada, pero también era consciente de que las peticiones no cederían hasta obtener una respuesta. Entonces, agachó la mirada.

— Dame un poco de tiempo. Tengo que hacer algunos arreglos antes de poder permitirte el salir de este lugar. — aceptó, pero no estaba convencida.

— ¿Será mucho?

— Unos pocos días. Después, podrás hacer como te parezca, ¿de acuerdo?

— ¿Es una promesa? — volteó para regalarle una sonrisa apenas perceptible.

— Lo es. Quiero que te sientas feliz.

Esta vez, el león no supo responder. Solo se permitió observarla, sin hacer ningún comentario al respecto, mientras ella se aproximaba a él con pasos dubitativos. Se detuvo frente a él para examinarlo con tanto recelo que por un instante Aioria sintió su plan peligrar. Sin embargo, antes de que Artemisa pudiera hacer algo más, la ansió contra si, arropándola en un abrazo ajustado.

— Ven aquí. — la apretó contra su pecho.

Los segundos que transcurrieron sin que ella devolviera el abrazo parecieron interminables para el joven león quien únicamente se permitió respirar en paz cuando Artemisa cerró sus brazos alrededor de él.

-6-

Recostada en los grandes asientos acojinados de sus aposentos, Hipólita perdió la mirada en la copa de vino que tenía en la mano. No gustaba de ahogar sus pesares en vino y tampoco disfrutaba los excesos de Dionisio, pero ese día su cuerpo clamaba por un poco de calma que decidió buscar en el fondo de su cáliz. Y, a pesar de desear consumirse en el efecto, le había sido imposible beber más de un par de sorbos del grueso vino sin diluir. Asqueada, dejó la copa de lado.

— ¡Señora! — oyó llamar a la puerta y, sin desearlo, una amarga sonrisa de dibujó en sus labios.

— Adelante. — contestó sin levantar la voz.

La puerta de la habitación se abrió mientras un rayo de la luz externa se permitió adentrarse en la semipenumbra que el día lluvioso dejaba a su paso. Rompiendo el sendero de la luz de las hogueras, una larga y deforme sombra también entró hasta alcanzar los pies de la semidiosa amazona. Ella, levantó la mirada para posarla sobre las dos mujeres guerreras que caminaban torpemente, arrastrando de ambos brazos a un tercera joven, cuya fisonomía, más delicada que la de las primeras, delataba su falta de entrenamiento en las artes de Ares.

El cuerpo delicado y famélico de la chica golpeó el piso con fuerza al ser arrojada cerca de los cojines de Hipólita; un gemido de dolor abandonó sus labios resecos.

— Frágil e ingenua Phineas. — Hipolita se puso de pie y caminó hasta ella. Se agachó cerca de la peliplateada, asiendo su barbilla para obligarla a levantar la vista hacia ella. — ¿Qué se siente respirar algo más que el aire enrarecido de tu maldita prisión? — preguntó con sorna.

— La peste de este lugar es menos soportable que la de mi prisión, reina. — respondió la joven.

La mano de Hipólita se plasmó en las mejillas pálidas de Phineas cuando la golpeó, llena de rabia. No sabía que era peor: si la mirada blanquecina y transparente que se fijaba en ella con indiferencia y reto, o la lengua venenosa de la pitonisa caída en desgracia. Cualquiera que fue la razón, algún día se encargaría de desaparecerla.

— ¡Estoy cansado de tus desplantes, maldita mujer! — siseó, rabiosa. — Y también lo estoy de tus juegos. Quiero la verdad, ahora. No más acertijos, no más verdades ocultas; habla o te haré hacerlo.

— No quieres el peso de mi muerte sobre tu cabeza. — Phineas la enfrentó una vez más.

— Existen otras maneras de soltar a tu lengua. — rió. — Tus ojos… — continuó. — me resultan desconcertantes. Quizás, si los arranco de sus órbitas, se verán menos impresionantes.

Lejos de intimidarse por la temible amenaza, Phineas se irguió todavía más. Frunció el ceño, apropiándose de una postura de completo desafío hacia la reina por la que no sentía respeto alguno.

— Hazlo. No necesito de estos ojos para verte caer.

Por segunda ocasión, la mano de Hipólita encontró el rostro de la vidente; esta vez, con más violencia. Un par de golpes siguieron al primero hasta que un delgado hilo de sangre se coló a través de la comisura de los labios de Phineas.

— No me retes, estúpida. No me conoces, pero te advierto que estás a punto de pasar los límites de mi paciencia. — alzó su túnica y buscó por la daga que tenía atada a la pierna con hilos de cuero. La tomó con firmeza mientras que con la otra mano sujetaba los cabellos de la joven, obligándola a levantar el rostro. La punta de metal se clavó sobre su pómulo, cerca del ojo liberando una gota de sangre. — Dime en este momento quien es aquel a quien busco.

— ¿Para que deseas saberlo, reina? Conocer el destino no significa que puedas cambiarlo. — susurró.

— El nombre, Phineas. — presionó el arma. La joven de cabellos de plata tembló.

— Su nombre no es uno que conozca, pero su sangre no ha sido vertida sobre tu suelo. Si deseas encontrarle, no lo harás en este lugar. — Phineas confesó.

Había hablado no por miedo ni a causa de las intimidaciones de la belicosa amazona, sino porque sabía que sus palabras traían nada más que desconcierto. Hipólita había derramado sangre amazona, perdido el honor de su reino y arriesgado su poder por nada.

— ¿Qué? — su voz sonó como un silbido; débil y vacío.

— Él vendrá a ti y no tú a él, reina; y, cuando lo haga, entonces conocerás el camino que se abre delante del cual no habrá retorno.

— Todo esto… por nada. — incapaz de evitarlo, un lágrima de rabia escapó de sus ojos húmedos, resbalando por su mejilla.

— No, no ha sido por nada. — Phineas dibujó una ligera sonrisa en sus labios. — Era necesario, ellos eran necesarios, para cumplir el augurio de los dioses. Pero he de advertirte que cada gota de su sangre será pagada con creces por este pueblo al que los dioses han olvidado.

— No necesito de los malditos dioses ni de sus caprichos disfrazados de favores. Si he de escribir mi destino, será por mi mano y no la de ellos.

— Me temo que no posees opción alguna; está escrito ya. No hay marcha atrás para ti. — susurró, ahogando en el tono firme de su voz el dolor que le sentía.

Cada palabra, el murmullo de esa risa tímida pero a la vez cínica, enardecía el odio de Hipólita. Su cuerpo se estremeció mientras el instinto asesino surgía del interior de su alma, posesionándose de ella y arrastrándola a una oscuridad en la que solamente prevalecían sus instintos.

Al final, cegada por las emociones apretó el arma contra Phineas. La sangre corrió por la hoja en medio de un aullido de dolor que fue opacado por el eco de un trueno en las lejanías.

-7-

— ¡¿Qué les parece? — resonó con cinismo la voz del dios mensajero. — ¡Una fiesta en mi propio templo y soy el último en enterarse! ¡Esto es un atropello!

La pareja de recién llegados ignoró aquel comentario y continuaron avanzando al encuentro de su igual. Perséfone sonrió casi con tanto descaro como su anfitrión mientras enredaba los dedos en su larga cabellera de un verde vibrante. A su lado, indescifrable como siempre, Poseidón perdió la mirada cerúlea en su sobrino, más rápidamente giró para centrarse en la espigada figura que acompañaba a Hermes.

— Apolo. — le saludó, no sin antes bajar la cabeza en una ligera reverencia que fue correspondida e imitada por la deidad de Sol.

— Poseidón, Perséfone. — habló con un dejo de voz.

— Curiosos los caminos que nos traen a todos hasta aquí. — la reina del Inframundo sonrió. Un risa retorcida. — ¿Has estado jugando con otros dioses, Hermes? — agregó socarronamente.

— La única diosa con la que he jugado, hermosa, eres tú. — la mirada lasciva del peliturquesa recayó en ella quien, lejos de intimidarse, la sostuvo.

— Es suficiente, Hermes. — intervino el señor de los mares. Sutilmente, se interpuso entre la pareja de dioses más jóvenes.

— Ya, ya, tío. No pienso saltar sobre ella, si eso es lo que te preocupa. — rió — Al menos no mientras ustedes estén aquí, lo cual, siendo honestos me resulta molesto.

Ninguno de los otros tres respondió a las palabras del mensajero, que no tuvo más remedio que soplar los flecos que cubrían su frente y dejarse caer en una kliné cercana. Repasó con sus ojos azules los rostros de sus iguales hasta que, fastidiado, echó la cabeza hacia atrás, enajenándose de ellos.

— Si no tienen nada que decir, conocen el camino de salida. — soltó.

— Mi pregunta sigue sin ser resuelta. — Apolo se había adelantado. Sus ojos de zafiro se posaron en Hermes con insistencia.

Por un segundo, el mensajero divino se pensó su respuesta.

— No creo tener la respuesta a tus cuestionamientos, hermano. — admitió, chasqueando la lengua. Subió los hombros, restando importancia a la situación y rascó su propia cabeza con desenfado. — Me parece que sabes quien puede responder todas tus dudas, así que también sabrás que te encuentras en el lugar equivocado.

— No. Creo que estoy en el lugar correcto. — acotó.

— Tus suposiciones son infundadas, Apolo. — se apresuró a corregirle el mensajero. Todo ocurría bajo las miradas repletas de intriga de la otra pareja de dioses. — No tengo ninguna relación con tus problemas.

Por más que se esforzó por disimular, no pudo contenerse de observar de reojo a Poseidón y a Perséfone. Se preocupaba, en el fondo, de que los misterios que se entrelazaban alrededor de ambas historias quedaran la descubierto.

— Sabes que no creo una sola palabra que abandona tus labios, ¿verdad? — Apolo afiló la mirada, delatando cierta rabia que hasta entonces había escondido. — Tú eres el único que ha podido ayudarle, Hermes. Aunque no comprendo del todo las razones que te han llevado a apoyarla en semejante locura.

— Oye, los problemas de tu hermana son tuyos, no míos. Soluciónalos. — encogió los hombros.

Apolo estaba a punto de inmiscuirse en un ir y venir de diretes cuando la suave voz de la esposa de Hades rompió el ambiente tenso.

— ¿Artemisa está en problemas?

— No sé si problema sea la palabra adecuada. — se burló el dios de las sandalias aladas. — En realidad, nuestro querido Apolo sufre un ataque de celos… otra vez. — dejó escapar una maliciosa carcajada.

— Creí que no era asunto tuyo. — siseó el pelirrojo.

— No lo es, pero es que es sumamente divertido ver como te altera una demostración de sentimientos por parte de tu hermana.

— Pensé que habíamos superado esto. — terció Poseidón, interviniendo por primera vez en la conversación. — Artemisa es un diosa, como tú y como yo, tu hermana mayor cuyas decisiones deberías aprender a respetar. — habló con dureza, temiendo que a sus palabras las arrastrara el viento. — Crece, Apolo.

— Estoy de acuerdo. Nada de lo que Artemisa haga debería ser asunto tuyo. — habló Perséfone.

— Tampoco es de ustedes. — Apolo agravó su tono.

— ¡De acuerdo en ambas cosas! — se carcajeó Hermes. — Ahora, ¿por qué no se largan todos? ¿Eh?

El eco de sus sandalias sonó entre el grupo mientras el de cabellos turquesas emprendía la huída, sin embargo no pudo avanzar mucho antes de ser detenido por el dios del tridente.

— Podrás haber terminado tu plática con Apolo, pero Perséfone y yo tenemos preguntas todavía sin respuesta. — le dijo. Hermes suspiró.

— Me siento acosado. —giró los ojos con fastidio.

— Lo estás, cariño. Y, si tuvieras la inteligencia para mantenerte lejos de la cama de Artemisa, seguramente tendrías un problema menos. — acotó la diosa.

Hubo un instante de silencio entre los dioses, hasta que una carcajada escandalosa del mensajero divino retumbó en el salón.

— No te equivoques, Perséfone. Solo dos pares de piernas en el Olimpo se han enredado a mi alrededor y creo que sabes a quien pertenece el otro par que no es tuyo. — la observó, rabioso.

— En tal caso, me alegro. — la diosa sonrió para sus adentros al presenciar cierta confusión en el semblante de su contraparte. — Mi padre sin duda se complicaría la vida sin un mensajero. — sentenció mordazmente.

— ¡Que graciosa! — Hermes torció la boca mientras se liberó con rudeza del agarre de su tío. — Son este tipo de situaciones las que nos harían una pésima pareja, preciosa, así que deja de pensar en las épocas es que calentabas mi lecho. Ve y tírate a tu esposo.

— ¡Suficiente! — rugió Poseidón, volviendo a sumir a los presentes en un tenso silencio. — Estoy harto de su comportamiento infantil; del de todos ustedes. — miró fijamente los rostros de cada uno de sus acompañantes. — Son dioses y, como tales, deberían comportarse.

Ninguno de los tres respondió puesto que, al igual que sus dominios, Poseidón poseía la cualidad de pasar de la calma absoluta a la incontrolable ira. Atinaron solamente a bajar el rostro, cediendo la razón a su mayor.

— Mis disculpas, Poseidón. — susurró la peliverde.

— Eso es, tío. Perdona nuestros modos. — admitió Apolo.

Hermes giró los ojos.

— Tú más que ninguno deberías meditar en tu conducta para mantenerte lejos de líos que te son ajenos. — se dirigió el peliazul a Hermes. Tenía el ceño fruncido y sus cabellos de un azul profundo se mecía ligeramente ante la presencia de su cosmos incipiente.

— Te lo he dicho. Sirvo solo a mis propios intereses. — habló.

— Pues no comprendo que relación existe entre tus intereses y los de Artemisa. — espetó Apolo. Cruzó los brazos a la altura del pecho, dejando entrever que no tomaría más negativas por respuesta.

— ¿Qué ha pasado con Artemisa? Y, peor aún, ¿cómo Hermes está involucrado en ello? — volvió a preguntar la Koree.

Ante la inminente respuesta, Hermes no pudo sino sentirse nervioso. Sus mirada buscó en los rostros de los demás dioses por alguna señal que le permitiera pensar en escapar de la apretada situación, más no encontró otra cosa que no fuera determinación. Su hábil mente también se aceleró, tratando de hallar una alternativa que no acertó. Aclaró su garganta, en un gesto que traicionó su nerviosismo.

— ¿No has hablando con Hades últimamente? — la cuestionó el señor del Sol. — Creo que no está muy complacido de que las almas de los muertos abandonen sus dominios. — un respingo colectivo golpeó a Poseidón y Perséfone. Por reflejo, intercambiaron miradas. — Me parece que la palabra adecuado es que alguien les ayuda a abandonar el Inframundo; y dicha identidad solo puede ser la de un dios.

Justo en ese instante, un momento de iluminación llegó a los dioses aliados.

— ¿Y Artemisa está involucrada en esto? ¿Con Hermes? Pero… — susurró la diosa peliverde, más para sí misma que para sus compañeros.

— ¿A qué demonios estás jugando, Hermes? — Poseidón habló con una voz clara y carente de emoción alguna, una voz que erizaba la piel ante la frialdad que denotaba. — Responde.

El dios mensajero estaba atrapado. Apretó los puños y su rostro de belleza perfecta fue desfigurado momentáneamente por la rabia. Había sido descubierto; todas sus alternativas, destrozadas. Solo le quedaba decidir si Artemisa caería con él y la forma en que lo haría.

— Esa estúpida chiquilla enamorada. — empezó a hablar. El sonido de su voz era delgado, rayando en lo imperceptible, e interrumpido por el silbido de su respiración agitada. — ¿Cómo la descubriste, Apolo? ¿El resto de nosotros debemos cuidarnos de espías indeseables en nuestros templos? — se dirigió al dios Sol con la sonrisa que hacía acopio de todo el cinismo que le quedaba.

— No es la respuesta de Apolo la que esperamos. — terció el peliazul dios de los mares.

— Es una larga historia, mi querido tío. Pero, curiosamente, es una historia que solo yo puedo solucionar y, para hacerlo, primero hablaré con Athena.

-8-

Entre las sombras de los árboles que cubrían con sus altas copas el sendero, una figura ataviada de negro se deslizó. La capa de color oscuro que le cubría se enredaba en las ramas secas de que rasgaban la tela sin ninguna consideración, pero el hombre jamás detuvo su paso. Detrás de sí, la fuerte lluvia borrada el camino dibujando por sus pies sobre el fango pero, a la vez, obstaculizaba su andar ligero, haciendo resbalar sus sandalias en la piedra húmeda.

Entonces, llegó al punto en que el estrecho sendero se tornaba en una pendiente empinada cuyo fin era inalcanzable para los ojos del extranjero. Ahí, con su destino tan cerca, se atrevió a despegar su mirada del piso, deseando en silencio que su travesía terminara y, en ese instante de desconcentración, sus pies le traicionaron y cayó, rasgando sus rodillas contra el áspero piso de roca. Sin pensarlo se levantó, olvidando por completo las líneas de sangre que manchaban la blanca túnica escondida debajo de la tela negra que le protegía de la lluvia. En ningún momento soltó la bolsa que sostenía en sus manos con tanta fuerza que pareciese que escondía un tesoro.

Su penoso andar terminó cuando las ruinas de un antiguo templo se develaron antes sus ojos rosas. En medio del follaje, protegida entre los árboles, la vieja fortaleza desafiaba al tiempo. Era ese un templo dedicado a los dioses antiguos, aquellos que el propio Zeus había desterrado antes de imponerse como ser supremo entre sus iguales, y a los cuales algunos hombres de mente dispersa todavía rendían culto.

Los muros de piedra con elaborados diseños yacían, semi derruidos, en la soledad de los montes que rodeaban a la polis más importante de Grecia. Las estatuas con formas tanto humanas como monstruosas también se mantenían en pie, aunque los años había mermado su belleza y opacado el brillo del mármol. El tejado se había derrumbado por completo, dejando nada más que las columnas heridas que alguna vez le sostuviesen. Los altos trozos de piedra aún miraban al cielo, aunque su función ya no era de utilidad para el colosal templo de glorias pasadas.

Rebuscó entre los rincones por un lugar donde resguardarse de la lluvia. Oteó los alrededores hasta que encontró, en un punto donde las hierbas que crecían formaba un improvisado tejado que atajaba el agua: el sitio perfecto para llevar a cabo su misión.

Se encaminó y acomodó su morral en el ángulo de las paredes. Después, retiró la tela que cubría su cabeza, dejando que las mechas de cabello verdoso cayeran sobre sus hombros empapados. El agua escurría sobre su rostro de facciones inmaculadas y delicadas, ensombrecidas únicamente por el ceño fruncido que arrugaba los lunares de su frente. Con calma, pero sin borrar lo adusto de su mirada, sacó una pequeña botella cerrada con un tapón de cera.

Sacó también un poco de hierba seca, la cual bañó con aceite y le prendió fuego. El fuego ardió con fuerza, consumiendo el aceite y aferrándose a las hebras de pasto a pesar del fuerte viento que amenazaba con asfixiarle. Cuando estuvo seguro que el fuego no se apagaría, removió la cera, y vertió dos gotas del líquido viscoso y rojizo sobre las llamas. La sangre chispeó al consumirse en el calor de las flamas naranjas mientras una plegaria surgía de los labios del lemuriano en medio de susurros.

— Dios y padre de la guerra, señor de la violencia y protector del guerrero, escucha el ruego de uno de los tuyos que clama por tus favores. — musitó mientras cerraba los ojos en señal de concentración.

Cuando terminó de recitar, tomó una daga que escondía entre su túnica y cortó la piel de la palma de su mano. Una incisión limpia y precisa. Apretó la herida para hacer que la sangre fluyera y, al igual que con la de la botella, la vertió sobre la hoguera.

Tan pronto la sangre se consumió en el calor, una fuerte ráfaga de viento sopló con tanta potencia que apagó la pequeña fogata. El aire aulló al colarse a través de las aperturas de los muros, más no consiguió espantar al Patriarca. Habiendo quedado solo en la oscuridad de esa fría noche de tormenta, Shion se irguió. El aire, entonces, se ensañó con su larga cabellera, revolviéndola una y otra vez, sin conseguir inmutarle. Sus ojos buscaban en el viento algo que no veía, pero que sabía estaba ahí, mientras, poco a poco, el polvo dorado de su cosmos le envolvió, trayendo claridad a las tinieblas.

Sus ojos, de un brillante tono rosa, se mantuvieron clavados en la oscuridad. El reflejo de su cosmos tornaba su pupila en un círculo dorado del que no emanaba una sola señal de emoción alguna. Su rostro imperturbable se alzaba, majestuoso, sin agachar la mirada. Se mostraba regio, seguro de sus acciones y determinado a llegar a las últimas consecuencias.

— Un hijo de Athena clamando a mi nombre — se escuchó en el eco de la noche. —… la diosa de la sapiencia debería vigilar mejor a sus guerreros.

Shion se irguió aun más ante la inminente presencia del dios. Habían pasado casi quince años desde la última vez que se encontrasen. Sus cuerpos eran diferentes, el de Shion ya no era de de un anciano y el dios no tenía la apariencia de aquel chico de cabellos azules y semblante tranquilo; no, ahora todo era distinto.

Sin embargo, a pesar de todo, el santo no pudo evitar que un extraño cosquilleo se apoderara de él. Al principio no pudo definir exactamente lo que aquella inusual reacción significaba y deseó con todas sus fuerzas que no fuera miedo. Al final, sus ruegos resultaron ciertos. No era temor de ningún tipo sino rabia, en su esencia más pura. Ese dios, o demonio, porque no merecía ser llamado de otra forma, había conseguido cimbrar a su Orden desde los cimientos, hundiendo el legado ancestral de un ejército orgulloso y fiel a la diosa de ojos grises en la oscuridad por más de una década. Pero más allá de ello, y aunque quisiese decirse lo contrario, era el destino cruel al que Ares arrastró a sus jóvenes discípulos lo que le enfurecía más. Los recuerdos regresaban poco a poco a su mente, tan vívidos como si jamás hubiera pasado el tiempo. La sangre hervía en sus venas mientras la adrenalina se disparaba; su cuerpo se tensó y su respiración se volvió profunda; más Shion jamás dejó entrever su odio hacia el ser al que tanto anhelaba tener cara a cara.

Por fin, sus deseos se cumplieron.

Ares, dios de la guerra violenta, se presentó con toda su gloria ante el antiguo carnero dorado. Ahí estaba el dios de cabellos chocolate, ataviado en una túnica que cubría un solo hombro. Algunos hilos de oro centellaban entre las hebras marrones de su cabello y un grueso cinto de oro mantenía su espada corta sujeta a su cintura. A pesar de las tinieblas de la noche, su piel resplandecía y su rostro de varoniles ángulos estaba cubierto parcialmente por las mechas de su melena húmeda. A través del cabello, sus ojos, matizados en rojo, se clavaron el peliverde con evidente desprecio.

— Eres tú. — ensanchó una sonrisa cínica. — El hombre santo que está por encima del resto.

— Debo sentirme halagado de que su mente, señor, reconozca un rostro que jamás ha visto. — respondió el lemuriano, con prudencia.

— No, te he visto antes. No en persona, ni tampoco desde las sombras del anonimato. — caminó unos pocos pasos, en círculo alrededor de Shion. Éste le siguió con la mirada, aunque su postura no mutó.— ¿No deseas saber de donde nos conocemos?

— No necesito saberlo. — dijo, sintiendo que en cualquier momento el ímpetu le ganaría.

— ¿No? ¿Acaso no son los hombres víctima de la curiosidad?

— Habrá notado, mi señor, que no soy humano, sino que pertenezco a una raza que está por encima del hombre al que ustedes , los dioses, crearon. Tenga a bien no confundir, ni tomar mi noble estirpe con desdén. — acotó. Entonces, sonrió casi con tanto cinismo que el dios. — Y si no necesito saciar mi curiosidad es porque no existe tal. , tan bien como usted, el origen de la información que tiene sobre mí y sobre mis discípulos: Saga.

Lejos de incomodarse, Ares soltó una carcajada, ante la cual Shion tuvo que esforzarse aún más para mantener la compostura.

— ¿Para qué me has llamado, hombre santo? — Ares pronunció con sorna.

— Porque solo tú puedes ayudarme hoy, señor. — habló el lemuriano.

— Y, ¿por qué habría de ayudar a los protegidos de mis enemigos?

— Un favor se agradece con otro. — siseó.

— ¿Estás diciendo que yo, un dios, habría de necesitar un favor de alguien como… tú?

— ¿Acaso no necesitan los dioses de los hombres para ser adorados? O, ¿quién los haces superiores? — los labios de Shion se curvaron en una tenue sonrisa.

— No soy estúpido, mortal. La lealtad de los tuyos no es algo que pueda comprarse, ¿me equivoco? — dijo. Sus ojos centellaron cuando vio a Shion negar. — Tal como pensaba. Entonces, ¿qué pretendes?

— Un pacto con el demonio. Eso pretendo.

Ares prestó ninguna atención a las palabras del lemuriano. Pasó a su lado, ignorando por completo su presencia y caminó hasta donde yacía la botella que contenía las gotas de sangre que fuesen vertidas en la hoguera con anterioridad. Se agachó a recogerla sin que le importara el lodo que se impregnaba en su túnica blanca, de bordes bordados con hilos rojos y de oro.

— Escucho. — lamió un poco del líquido sanguinolento que se impregnó en sus dedos.

— Mi alma por la de él. — soltó, sin preámbulos.

Incluso el dios de la guerra no fue capaz de ocultar la sorpresa que le causaba tanta determinación. Retiró su dedo de su boca y pasó la lengua por la comisura, donde quedaba un rastro de sangre.

— ¿Por la de Saga? — preguntó, mirando por el rabillo del ojo.

— Sí.

— ¿Entregarías tu vida por la de alguien más? — rió el dios, incrédulo. — Estúpido, no vales la pena.

— ¿Rechazas mi oferta sin pensar? Esperaba algo más de tu parte. — la mofa en la tranquila voz de Shion irritó al dios castaño. Su enojo se hizo evidente en su mirada. — Creía que me conocías, pero veo que me he equivocado. — hizo una pausa. — Soy el mayor de los ochenta y ochos santos de Athena, líder de la Orden, el hombre más cercano a la diosa y cuyo poder es segundo solo al de mi señora. Jamás tendrás una oportunidad como esta, Ares. — terminó, en tono ronco.

Un rayo iluminó el cielo, mientras el eco de un estallido fue arrastrado por el viento en todas direcciones.

— Saga sigue siendo un espíritu mucho más oscuro que tú. — respondió, por fin, el dios. — Y a mi me gusta la oscuridad.

— Saga te resiste, yo jamás me opondría a ti.

— Para eso, tendrías que estar muerto. — Ares sonrió. La punta de su lanza se detuvo a centímetro de Shion, sin embargo el peliverde ni siquiera pestañeó.

— Si buscas miedo en mi, estás equivocado.

— Nada mal. — Ares le sostuvo la mirada y Shion supo que comenzaba a hacer válido su punto. — ¿Qué piensa Athena de esto?

— ¿Crees que semejante decisión sería consultada con ella?

Entonces, el dios retrocedió. Paseó su mirada sobre el Patriarca, una y otra vez, sin vergüenza alguna y sin dejar ningún detalle al aire, como si su cabeza pudiera conocer a aquel hombre con solo mirarlo.

— No confío en ti. — sentenció, tras un largo silencio.

— No deberías. — Shion se jactó para, con un movimiento que superó la velocidad de reacción del dios, sacar entre las telas de su ropaje, un trozo de papiro con el nombre de Athena escrito en sangre.

El sello terminó justo sobre la frente de Ares quien, desorientado por el desenlace de los eventos, retrocedió unos pasos. Una sensación abrumadora de satisfacción llenó a Shion al presenciar el desconcierto en los ojos cafés de su confeso enemigo, un sentimiento que seguramente jamás olvidaría. Pero el Patriarca no tenía tiempo que perder.

Abandonó las distracciones deseoso de terminar cuanto antes con el ritual que le había llevado hasta el antiguo templo y depositó otro sello; esta vez, en el pecho del santo. Dos láminas más de papiro se posaron sobre los brazos de Ares, dejándole prácticamente inmóvil. Sin embargo, a pesar de estar en desventaja, el Señor de la Guerra estaba lejos de estar acabado. Un dios no caían frente a un mortal, mucho menos sin luchar, y pronto el contraataque lo probaría.

Una explosión de cosmos rojizo acompañada de un aullido cargado de rabia golpearon a Shion. El áspero toque de algunos trozos de roca que salieron proyectados hacia él abrieron heridas en la piel de sus brazos, recordándole que no era otro más que Ares al que tenía enfrente por lo que bajar la guardia no era una opción.

— Ingenuo mortal. — siseó Ares. — Tocar a un dios te costará la vida.

Pero Shion plantó los pies con firmeza y volvió a erguirse a pesar del obstáculo que suponía la fuerza del aire. Arrugó el entrecejo. Nada más que ese combate ocupaba sus pensamientos.

— ¡Muro de Cristal! — exclamó.

El cálido cosmos del antiguo lemuriano ardió con toda su fuerza mientras una invisible pared se alzó entre él y el dios, manteniéndole a salvo de la furia de Ares. Esperó con paciencia hasta que la oportunidad de volver a atacar se presentó, aunque cuando llegó el momento, Shion notó que dos de los sellos habían sido quemados por la energía. Sabía que la única opción eran reemplazarlos, así que no dudó en ponerse a la misión que le atañía.

Una vez más, las letras que trazaban el nombre sagrado de Athena en rojo carmesí volaron, venciendo con el aura de la diosa al poder de Ares, donde se posaron en su frente. El poder se reactivó y un rugido de rabia retumbó en las viejas ruinas.

Dos sellos más cayeron en su pecho. Entonces, Shion supo que, con un poco de suerte, había pasado lo peor.

— ¡No más! — le gritó el Patriarca.

Varios brazos de color dorado surgieron de cada papiro al activarse el poder de los sellos y rodearon con su fuerza al dios, impidiéndole mover un solo músculo. Cayó sobre sus rodillas, con la rabia impresa en cada gesto de su cuerpo. Gruño, gritó y maldijo, pero todos los esfuerzos fueron en vano.

— ¿Qué pretendes? — masculló. Sus ojos ardían con ira y su cosmos, de un color carmesí, desaparecía lentamente entre el aura dorada que le envolvía.

— Detenerte.

— ¡Soy un dios! — rugió. — ¡Estoy por encima de todos y de todo!

— Lo eres y, por lo tanto, solo uno de tus iguales puede detenerte. — arrugó el entrecejo. — No más juegos, Ares.

Entonces, los mismos brazos de oro que mantenían cautivo al dios, comenzaron a alejarse, arrastrando consigo el alma de Ares. Un ente de formas indefinidas pero conformado por un espectro de energía rojiza surgió del cuerpo del señor de la guerra. Shion se esforzó por disimular el fugaz terror que despertó en él al sentir el aura maligna que emanaba de la esencia de Ares. Apenas lo consiguió.

Alejando su mente de todo pensamiento que delatara su ansiedad se concentró en el cuerpo físico que el espíritu dejaba atrás.

Ares parecía dormido. Su rostro, que usualmente dejaba al descubierto todas las emociones que le embargaban, lucía calmo, sumido en un sueño del que no despertaría sino por la voluntad de Athena. El agua resbalaba por sus empapadas mechas castañas y caía sobre su tez como si de lágrimas se tratase. La ironía de aquella visión retorció las entrañas de Shion.

A pesar de ello, aisló su atención para mantener sus ojos rosas en el oscuro espíritu que emanaba toda la rabia de la que el cuerpo carecía. Lo vio luchar contra el poder de la sangre de la señora de la sapiencia, contra los brazos que le hacían prisionero, más no vio la capacidad de vencerle. Un chillido escapó del ente herido en el orgullo y Shion supo que era el momento de dar el siguiente paso.

"Está listo."

Y el mensaje fue enviado con pasmosa claridad.

Una fracción de segundo después, el cielo se iluminó por una centella dorada con la forma de una lechuza. El animal, de vivaces ojos ámbar, batió las alas sobre la escena, dibujando a su paso una estela de luces y polvo de oro. El ave se detuvo en un punto y, poco a poco, fue perdiendo su esencia animal para transformarse en la figura de Athena.

Con Niké en una mano, y una de las urnas bajo el otro, la deidad se plantó, clavando sus ojos grises en la distorsionada alma de su hermano. Sus largos cabellos negros eran llevados por aire de la tormenta al igual que su peplo de un color azul claro.

— Buen trabajo, Shion. — sonrió triunfante. El lemuriano saludó agachando la cabeza. — Hora de dormir por un rato, Ares. — dijo, refiriéndose al dios.

Retiró la tapa de la urna que brilló respondiendo al cosmos de su dueña. La hermosa vasija con motivos decorativos en oro y plata comenzó a irradiar una energía parecida a la que sostenía a Ares. Lentamente, ese cosmos fue acercándose al del dios de la guerra, dejándole en una posición en la que poco podría hacer. Una red de luz se tejió a su alrededor.

— ¡Ares, Señor de la Guerra, te ordeno que entres! — exclamó la morena, extendiendo la urna hacia él.

El choque de voluntades entre deidades estremeció a la noche. Fue como si, de pronto, un denso silencio se apoderara de la situación. El sonido de las gotas de lluvia desapareció, el furor de los truenos quedó en el olvido y las voces fueron acalladas por la colisión entre dos cosmos radicalmente opuestos.

A un lado de su señora, Shion observaba cada detalle del ritual de lo sellos. Había presenciado el aprisionamiento de varios dioses, pero probablemente ninguno como el de esa noche.

Un torbellino de contrastantes tonos se formó en medio del templo abandonado, alzándose más allá de lo que fueran los límites de su techo y amenazando con acariciar los altos cielos. La energía despedida, de monstruosas proporciones, se sentía aplastante incluso para el Patriarca. Sin duda alguna, aquel era el poder de dos dioses en plena batalla; una batalla en la que solamente uno subsistiría.

Pero, para sorpresa de la diosa y su santo, el cosmos oscuro de Ares se fue permeando poco a poco entre la barrera que ella había formado. Así, bajo las miradas incrédulas de ambos, el dios castaño fue recuperando el terreno perdido, hasta conseguir que su poder resplandeciera con tanta fuerza como el de Athena. Entonces, la pelea se niveló.

Con una explosión que arrojó contra los muros caídos a Athena y Shion, la red que sometía a Ares se rompió; y el dios, libre de su prisión, retomó posesión sobre su cuerpo.

— Esta afrenta vas a apagarla con tu propia sangre, Athena. — siseó al mismo tiempo que abría sus ojos. Un resplandor rojizo iluminó sus pupilas.

De inmediato, la lanza regresó a su mano derecha, despidiendo descargas de luz que hacían chispar a las gotas de lluvia que caían sobre ella. El dios se irguió y su imponente anatomía se vistió de magistral gloria bajo el reflejo de las centellas de Zeus.

Athena, por su parte, no tardó en imitarle. Se puso de pie con presteza. El polvo de la roca que su cuerpo había golpeado al caer se había impregnado en su túnica, pero a la pelinegra no le importó.

— ¡Princesa! — Shion quiso intervenir, pero la diosa de la sabiduría extendió el brazo, indicándolo que se mantuviera atrás.

— Protege la urna. — susurró, sin quitar su mirada del oponente.

No quedó más remedio a Shion que hacer como su diosa le ordenaba. Asintió, aunque en el fondo sabía que de ser necesario terminaría interviniendo.

Mientras tanto, Athena asió a Niké, que tintineó como respuesta a las demandas de su señora. No hubo tiempo de más, puesto que Ares se lanzó al ataque sin siquiera permitirle pestañear. La diosa, sin embargo, reaccionó, interponiendo el báculo sagrado entre su cuerpo y el arma del rival. Jaló a Niké hacia abajo, arrastrando consigo el arma de Ares y alejándola así de su cuerpo.

Pero Ares no se daría por vencido. La palma de sus manos se iluminó con una esfera de danzante energía roja que salió disparada en dirección a la joven diosa, quien apenas tuvo tiempo de alzar una barrera de protección. Más dicho escudo no soportó lo suficiente antes de romperse con el sonido del vidrio. Los ataques se estrellaron contra la diosa, envolviéndola en una densa nube de polvo de piedra. Al verla desaparecer y notar el desencajo en los gestos de Shion, Ares ensanchó una sonrisa de satisfacción.

Conforme la neblina se disipó, Athena reapareció. Su peplo ya no era más inmaculado; un mezcla de lodo, polvo grisáceo y algunas pocas gotas de sangre le había mancillado. Pero, sin importar que, conservaba su inmutable orgullo.

El dios de la lanza no desperdició un instante para volver a atacar. Las esferas de energía volaron por todo el lugar, dispuestas a impactar sobre Athena por diversos ángulos. Pero antes de que alguna de ellas siquiera se acercara, un impenetrable muro de cristal la protegió. No fueron necesarias las explicaciones, porque Ares conocía esa técnica.

— Tú. — miró hacia Shion.

— No permitiré que le pongas un solo dedo encima. — el Patriarca se interpuso entre los dioses.

— Entonces, enfrenta las consecuencias.

La lanza fue envuelta por un hilo de luz que se enrollo en ella con tenebrosa lentitud. El lemuriano no despegaba la vista del fenómeno, en espera de que el ataque de Ares llegará de la manera menos prevista. Y así lo hizo.

Un rayo de energía salió disparado del arma, apenas dando tiempo al antiguo carnero de esquivarlo. Los ojos de Athena se abrieron con desesperación al pensar en la posibilidad de perder a algún otro de sus santos. Sin embargo, no desaprovecharía la oportunidad de pillar desprevenido a su oponente, así que de inmediato respondió a los embates.

Al igual que la lanza, Niké fue rodeado de una poderosa luz del color del oro. La punta redonda del báculo mostró la incipiente formación de una estrella que crecía mientras las pupilas de Athena se tornaban casi tan doradas como su arma. Con un estallido, la estrella, que había crecido tanto que cubría el adorno superior de Niké, salió proyectada hacia Ares. Para cuando el dios se dio cuenta, la energía ya le había golpeado.

Pero aquello no terminaba aún. Un segunda estrella se había mantenido oculta detrás de la primera y salió también en dirección del dios.

La polvorada que se levantó tras el primer impacto impedía ver si la segunda alcanzaría el blanco, sin embargo, la respuesta no tardaría en llegar.

— ¡Maldita! — rugió Ares desde dentro de la nube de polvo.

El odio reflejado en su cosmos se dejó sentir al mismo tiempo que el segundo golpe de energía se perdía entre el gris nubarrón. Una fracción de segundo después, lo abandonó, repelido hacia el cielo.

— ¡Revolución Estelar!

La voz y el poder de Shion habían explotado antes de que cualquier movimiento adicional pudiera ser realizado por los dioses. Una lluvia de estrellas cayó sobre el lugar donde permanecía Ares, incrementando la ola de partículas de polvo que flotaban en el aire. Entonces, Shion contuvo la respiración, deseando en silencio que aquello hubiera sido suficiente, pero en algún rincón de su cabeza sabía que no lo era.

— ¿Así serán las cosas? — sonó la grave voz de Ares en medio de todo el caos. La neblina se disolvía poco a poco, dejando entrever su silueta. — Están advertidos que esta vez no tendrán misericordia por mi parte. Voy a doblar tus rodillas, Athena, pero vivirás lo suficiente como para ver como arranco el corazón de tu sirviente de su pecho. — siseó en un tono que helaba la sangre. — Sufrirás en carne propia la humillación de la que me has hecho víctima.

La diosa supo que el todo se había complicado. Controló su respiración y apretó entre su puño a Niké, hasta que los dedos se tiñeron de rojo por la fuerza usada.

"Vete, Shion."

La orden de su diosa dejó atónito al lemuriano. No era solamente el significado de semejante mandato, sino el miedo que se ocultaba detrás de él.

Shion sabía que Athena temía por él. Comprendía el temor albergado en ese corazón divino ante la posibilidad de perder a otro de sus guerreros, más a la vez, le irritaba saberse hecho a un lado. Aún así, se contuvo, manteniendo las apariencias.

"Los guerreros no huyen. Los guerreros pelean hasta que el último aliento de vida abandona su cuerpo." Respondió.

Una tenue sonrisa se dibujó en los labios rosáceos de Athena. Sin duda sus guerreros eran como pocos: hombres capaces, valientes y sin una pizca de miedo en sus corazones. Los había elegido bien.

"Eres un hombre temerario y sabio." Respondió, "Entonces, necesito que encuentres la manera de encerrarle. Yo sobrellevaré esta batalla hasta que tú encuentres la solución que buscamos."

Mientras hablaban, el polvo había desaparecido. Sólo quedaba la figura de Ares ahí, de pie, con la lanza en mano y varios hilos de sangre corriendo por su esculpido cuerpo. La túnica se había roto del único hombre en que colgaba, desnudando su pecho tan perfecto como el de las estatuas que le representaban. Sus ojos emanaban rabia en estado puro y la fiereza de su mirada era perceptible incluso a través de las mechas mojadas que les cubrían.

En esta ocasión, Athena no esperó por el ataque, sino que ella misma se abalanzó sobre él. El báculo y la lanza se encontraron infinidad de veces disparando rayos de luz con cada impacto, pero, a pesar de ser superada en fuerza física, la diosa no retrocedió un solo paso. Conforme el intercambio de golpes arreciaba, la morena supo que tendría que romper la inercia del combate o terminaría perdiendo cualquier ventaja que le quedara, así que se preparó. Cuando sus armas chocaron la siguiente vez, activó su cosmos a manera de posición ofensiva, irradiando un golpe de energía que, combinado por el poder expedido de ambas armas, incrementó su fuerza al pegar contra Ares.

El dios, entonces, retrocedió entre trascabillos, hasta que, incapaz de mantener el equilibrio por más tiempo, cayó.

Rodó por el piso, esquivando los embates de Athena, en espera de la oportunidad de retomar el espacio perdido en la batalla. Usó la lanza para golpear la pierna de apoyo de la diosa, quien no alcanzó a caer pero perdió el balance por un momento.

Al darse cuenta de la estrategia de su contrincante, la diosa de cabellos oscuros encendió su cosmos y le hizo correr por Niké. El báculo se iluminó mientras, de su parte inferior, una serie de ondas de energía surgieron para expandirse sobre el suelo en un intento de atacar a Ares. Los círculos de energía crecían al alejarse de su punto de origen, haciendo tronar incluso a la piedra que encontraban a su paso. Al tocar al Señor de la Guerra, una descarga de electricidad golpeó su cuerpo, haciéndole gemir ante el dolor.

— Te tengo. — Athena fijó sus ojos grises en él, sabiendo que no se libraría tan fácilmente del poder de su ataque. Exhaló.

Lo vio retorcerse en medio del ir y venir de olas que había formado la electricidad. Ares se mantenía de pie, pero el esfuerzo que hacía por soportar el dolor inflingido por la técnica era notorio en sus gestos deformados. Su respiración era pesada, notándose el desgaste del que era víctima.

— No… perderé con esto…ni con… ¡nada! — exclamó.

Su cosmoenergía ardió como el fuego que se aviva al viento. Los tonos naranjas y rojos de su aura se crecieron en la negrura del cielo. Bajo sus pies, el color amarillo de la energía de Athena comenzó a mezclarse con los colores oscuros del suyo, enfrascándose en una batalla por el control absoluto de la situación. Como si se tratase del mar agitado, la energía fluía en ambos sentidos, amenazando con desbordarse al mínimo descuido. Y así sucedió.

Los dos dioses salieron proyectados en direcciones contrarias al volverse insostenible la situación.

Con un último esfuerzo, la deidad de Atenas consiguió levantar una barrera que mantuvo a salvo a su Patriarca; aquel gesto terminó costándole más de lo que estimaba.

Desconcentrada, perdió el control de su caída y, con ello, perdió tiempo valioso. Ares, en cambio, apenas tocó el piso en busca de impulso para su siguiente movimiento ofensivo. Se abalanzó contra su contraparte, dispuesto a causar el mayor daño posible. Usó la lanza para cerrar el paso por un lado a la diosa y, con sus esferas de cosmos, atacó del otro flanco. Las acciones fueron tan rápidas que la Athena apenas tuvo tiempo de reaccionar para girarse sobre costado, más no logró impedir que la punta afilada del arma rasgase su piel y abriera una profunda herida en su muslo derecho. Ares sonrió al verla arrugar el semblante ante la molestia y supo que no debía bajar la guardia.

— ¿Qué pasa? ¿Ya te has agotado? — se refirió a Athena. — Creí que esto sería mucho más entretenido.

La pelinegra no respondió, sino que acertó solamente a tocar la herida en su pierna. Sintió arder la piel rasgada y la sensación de dolor no hizo más que disparar su rabia.

Se puso de pie a pesar de las molestias y cargó contra Ares, empuñando a Niké por delante. Ares tomó una posición defensiva, esperando con una cínica sonrisa que ella le atacara. En una fracción de instantes, colisionaron. Hubo un breve intercambio de embates entre el báculo de Athena y la lanza de Ares, hasta que la primera, valiéndose de la forma circular de Niké consiguió atorar la lanza en el medio. Entonces, la diosa arrancó el arma de su rival, lanzándola unos metros más allá de donde estaban.

Tan pronto la lanza cayó al piso, se desvaneció para regresar a las manos de su dueño, sin embargo el momento de confusión en el dios castaño bastó para que Athena le atacara. Rápidamente posó su mano sobre el pecho de Ares e hizo arder su cosmos en la palma, despidiendo un golpe de energía que lanzó al dios contra los muros que quedaban.

Intentó pararse pero antes de que pudiera siquiera moverse, la voz de Shion rompió en el sonido de la lluvia.

— ¡Marcha de Espíritus! — resonó el comando de Shion mientras su cosmo energía se disparó a niveles inimaginables.

Bajo su orden, un agujero negro se abrió a los pies de Ares. Los brazos de carnes carcomidas y pieles colgantes de los muertos fueron apareciendo lentamente a través de él. Los aullido de los condenados rompieron en medio de la noche. Sus dedos huesudos se sujetaron al dios para inmovilizarlo al mismo tiempo que sus cuerpos deformes surgían al mundo de los vivos. Ares batalló contra ellos. Con descargas de energía y su lanza se deshacía de ellos, pero la velocidad con la que se mostraban le fue superando poco a poco. Al fin, la mayor parte del cuerpo de Ares se hallaba cubierto por las putrefactas criaturas surgidas de los recónditos rincones del Cocitos.

— ¡Inmunes criaturas! ¡Aparten sus manos asquerosas de mi! — exclamaba conforme despedazaba a todos los que podía.

— ¿No les reconoces? — le preguntó el peliverde. Su mirada rosada delataba su concentración y, a la vez, el esfuerzo exigido para mantener dicha técnica. — Obsérvalos bien.

Ante sus palabras, los cuerpos y rostros deformes fueron adquiriendo las formas de sus tiempos de vida. Hombre y mujeres de todas las edades, algunos niños, todos con la mirada fija en el dios de la guerra.

— Tú les mataste y condenaste sus espíritus al tormento eterno por atreverse a tocarte en busca de salvar sus vidas. Ahora tomarán la justicia en sus manos. — dijo Shion.

— Se terminó, Ares. — Athena intervino.

Cortó la palma de su mano con el filo de Niké, dejando que la sangre corriera con libertad por sus brazos. Recogió un poco del líquido carmesí con los dedos índice y corazón y, sin esperar más, se acercó a Ares quien, por más que se esforzó por liberarse, no pudo hacerlo.

La diosa trazó un círculo en la frente del castaño con su sangre: el símbolo de Niké.

— Muéstrate. — murmuró.

El dibujo en sangre se tornó dorado mientras un halo de luz emanó de él, cubriendo al Señor de la Guerra en su totalidad. Los ojos de Ares se tornaron vacíos y dorados, como si cayera en un profundo trance. Su espíritu, comandado por la diosa de la sabiduría, abandonó su cuerpo.

No fue necesaria un sola palabra más por parte de Athena. Abrió la urna, dejando que el alma de su rival entrara en ella con un alarido de derrota.

Un súbito aroma de tranquilidad se dejó sentir tras el rigor de la batalla mientras los muertos regresaban a su encierro. Sus gesto se habían relajado, siendo sustituidos por semblantes de paz; uu misión llegaba al final. Por fin, diosa y Patriarca suspiraron. Intercambiaron miradas que bastaron para decirse todo.

La claridad que se había apoderado de la noche desapareció junto con Ares y nada más que las tinieblas y la lluvia prevaleció. La diosa había vencido.

-9-

Los caballos resoplaron cuando sus jinetes disminuyeron el paso. Los grandes senderos que habían seguido por largo rato se habían tornado angostos haciendo el tráfico difícil para los tres santos. El sol ya no brillaba en el cielo, sino que la luna y las estrellas eran la única luz que guiaba su camino.

El repicar de los cascos, sumado a las respiraciones pesadas de los corceles traicionaba su presencia en medio del sepulcral túnel cuyo final resultaba imperceptible. El eco arrastró el ulular de un búho solitario al cual respondió otra ave de trinos agudos. De pronto, los caballos se detuvieron y, aunque sus jinetes hincaron los talones para hacerlos avanzar, se negaron a moverse un centímetro más. Las orejas de las bestias se movían, ansiosas, mientras una sensación de desasosiego calaba los huesos de los santos.

Fue en ese instante cuando, al tomar una actitud de defensa, la sorpresa invadió al trío. No hubo cosmos latente a pesar de sus invocaciones y, supieron que el momento de la verdad había llegado. Por instinto, las manos de Aioros viajaron hacia su arco, donde encajó una flecha y se mantuvo a la expectativa. Sus ojos azules sondearon la espesura de la vegetación, incapaces de ver más allá de lo que la oscuridad le permitía. A su lado, los gemelos tampoco dudaron un segundo y empuñaron sus espadas. El metal plateado de las armas brilló bajo el reflejo del astro de la noche.

Una flecha surcó el aire desatando un silbido que puso nerviosas a las monturas. Solo unos pocos pasos más allá de ellos, el proyectil se incrustó en la tierra. La punta ardía en llamas que disiparon ligeramente la oscuridad.

— Bajen las armas. — resonó la voz femenina. Pero sus palabras las llevó el viento. — Están pisando territorio amazónico. Aquí no son bienvenidos.

— Venimos en paz. Somos mensajeros de su Alteza, Periandro de Troya. — Kanon bajó la espada y, con movimientos calculados, descendió la mano para alcanzar el yelmo de crines carmesí.

Las mujeres, alertas a cualquier acción de los jóvenes, tensaron sus arcos haciendo crujir las cuerdas mientras apuntaban las afiladas cabezas hacia ellos. Tratando de controlar a las bestias, los santos cerraron filas. El tiempo en que Kanon tardó en encontrar el casco resultó eterno, pero al fin, al tomarlo entre sus manos, lo elevó para que las amazonas pudieran verlo.

Al verlo, la mujer que lideraba el grupo, indicó con una mano que las armas debían de bajarse. Se aproximó a ellos con recelo, midiendo las distancias.

— Traemos un mensaje de mi rey para tu reina. — esta vez fue Aioros quien tomó la palabra. Se escuchaba tranquilo a pesar de la tirantez del momento.

— Pueden darme dicho mensaje. Yo me encargaré de hacerlo llegar a mi señora.

— De ninguna manera. Ha sido orden específica de mi rey que el pergamino no sea entregado en otras manos más que las de la señora Hipólita. — la mirada de Aioros se endureció. — Y las órdenes de Periandro no se desobedecen.

— Hipólita no desea recibir a nadie. — la amazona desmontó y se acercó a Aioros, tendiendo la mano en espera de recibir el rollo.

Hubo un largo instante en el que nadie habló, ni siquiera se movieron, pero jamás despegaron la vista del bando contrario.

— Estás pidiendo que desobedezcamos a nuestro rey, amazona. — dijo Saga. Su tono era grave, más de lo usual, aunque las palabras surgían con una suavidad amenazante.

— ¿No es exactamente lo mismo que pides de nosotras?

— Hemos recorrido el largo camino hasta aquí. Lo mínimo que podrías hacer es llevarnos con Hipólita y dejar que sea ella quien decida prestar, o no, atención a las palabras de Periandro. — retomó al ver la duda en las facciones de la mujer. — O, acaso, ¿es tu decisión ofender a un rey? – la comisura de sus labios se curvó, delimitando una tenue sonrisa.

El fulgor en los ojos marrones que le posaron sobre el mayor de los gemelos le pasó desapercibido. Lo que era mejor, sabía que aquel brillo matizado con rabia sólo declaraba su victoria.

— Andando. —la amazona volvió a montar su caballo para situarse a la cabeza de grupo.

Detrás de ella, los santos avanzaban en silencio. Solo se detendrían cuando atravesaran los límites de Temisicira.

-Continuará…-

NdA: Ya me había tardado en actualizar, pero entre falta de inspiración y el desesperado deseo de incluir tantas cosas en este capítulo, terminé haciendo una maraña mental con todos mis pensamientos. Poco a poco esta parte de la historia llega a un desenlace que quizás estaremos viendo en los dos o tres siguientes capítulos. Veremos que tal sale.

Por ahora, quisiera agradecer a quienes se preocupan por dejarme sus amables, lindos y siempre apreciados comentarios después de leerse las actualizaciones. Ellos son: RIAADVD, kumikoson, Cybe, Damis, June Star, angel de acuario, ELI251, Kisame Hoshigaki, Loly-chan, Tisbe, kirstty, Lady Death, Yesimar-Selene, Amary22, Leonis-Alterf, Kirigoe, Kilder, Mitsu No Ryoko, Sagitariusgirl, Mine, kary-chan, Liz, Silent, Ayumi03, IceQueen102, Jaelinna, Art1sta y Suigin Walker. A todos y cada uno de ustedes: ¡Gracias! =D

Por supuesto que, a todos mis lectores fantasmitas que leen; también les agradezco el tiempo y paciencia con este fic. Algún día espero poder saludarles por nombre ;)

Debido a que este capítulo quedo mucho más largo de lo que quería, me temo que mandaré los replies a reviews sin cuenta a mi perfil. Ya para el próximo volveremos al formato de siempre.

Como comentario adicional, la última técnica utilizada por Shion es propia del Lost Canvas, y estoy casi segura que no tiene mucho que ver con la forma en que la utilicé, pero me tomé cierta libertad. Espero lo comprendan.

¡Ah! Y no podía irme sin invitar a todos aquellos que deseen participar en el Secret Santa del forito creado por nuestro buen RIAADVD. Las inscripciones se cierran el día 13 de noviembre y el link para inscribirse o leer las bases de la actividad es el siguiente: h t t p : / / f o r u m . f a n f i c t i o n . n e t / t o p i c / 4 6 8 9 6 / 3 2 8 1 3 2 3 5 / 1 / (sin espacios en blanco).

Besos para todos y, una vez más, gracias por seguir acompañándome en este largo viaje.

Sunrise Spirit