Capítulo 36

El ceñidor de Hipólita (Primera parte)

-1-

El agua de la vasija se tiñó de rojo cuando Herse remojó los paños llenos de sangre en ella para enjuagarlos. Exprimió el trozo de manta y volvió a colocarlo con cuidado sobre la herida abierta en la pierna de su señora. Conforme removía las costras de lodo y sangre que se habían formado alrededor de la piel lacerada, la herida se veía mucho más impresionante. Así, continuó en silencio con su trabajo hasta terminar, amarrando algunas tiras de tela limpias alrededor de la lesión.

— Listo. — dijo.

— Gracias, Herse.

Athena movió la pierna. Sintió el ardor de la piel al tensarse, pero comprobó que al menos las curaciones no le estorbaban ni limitaban. Así, se puso rápidamente de pie, no sin evitar la mirada curiosa de su Patriarca.

— Un poco de cosmos podría curar esa herida. — Shion le dijo con una media sonrisa en los labios. — No sería necesario para usted andar con esos vendajes por mucho tiempo.

— Déjalo, Shion. Son heridas de batalla, ¿no es así?

Una risa apenas perceptible se dibujó en sus labios, pero rápidamente fue sustituida por la seriedad que causó el hecho de que su mirada gris se encontrara con la urna en la que se encontraba sellada el alma de Ares. La diosa caminó hasta ella para tomarla en sus manos. Aquel objeto era de suma importancia en esos momentos. El contenido que guardaba podría ser la diferencia entre la supervivencia de sus santos o su perdición, y ella lo sabía; por lo tanto no estaba dispuesta a correr más riesgos.

— Debemos resguardarla. — ordenó al lemuriano. — Mientras menos gente sepa al respecto de esto, será mucho mejor para todos. No estoy muy segura de que mi decisión sea aprobada por nadie en el Olimpo, así que tendremos que irnos con cuidado.

— Yo me encargaré de mantener la urna a salvo, princesa.

— Te lo confío, Shion.

El peliverde asintió y, en un gesto que reforzaba su compromiso, hizo tal como le ordenó la diosa, asiendo la vasija con cuidado entre sus manos. No pudo evitar pensar en como, algo tan delicado y fino, contenía semejante peligro para él y sus muchachos.

—Me la llevaré ahora. Con su permiso. — Shion regaló una reverencia a la pelinegra para después abandonar la habitación, dejando en soledad a la deidad y su sacerdotisa.

Ninguna de las dos dijo nada al verlo marchar y, lo que fuera que pensaran, se lo reservaron para sí mismas. La diosa se limitó a contemplarlo, mientras Herse recogía los menesteres que usara antes para las curaciones. Pero, sin descuidar sus labores, la sacerdotisa alzó la mirada hasta su señora, sólo para descubrir la preocupación que nublaba sus facciones a pesar de la victoria.

— Señora Athena, ¿sucede algo? Han vencido hoy, pero no sé si su humor refleje del todo el gran avance que representa detener a Ares. — se atrevió a preguntarle tras unos minutos de silencio.

— Lo sé. Saber que Ares está fuera de esto es una gran tranquilidad para mí, pero no descarto que encontremos otros problemas en el camino. Eso, sin mencionar que únicamente respiraré tranquila cuando tenga a los chicos de regreso.

Herse le sonrió buscando reconfortarla. Se acercó a la diosa de la sapiencia y apretó su mano deseando que tal caricia pudiera servirle de aliento, aunque en el fondo sabía que no era suficiente.

— El cuerpo del señor Ares…

— También lo mantendremos vigilado y oculto hasta donde nos sea posible. —pero, para su propia sorpresa, algo parecido a una risa nerviosa se escapó de los labios de Athena. El semblante de incredulidad de su doncella, no le pasó desapercibido. Por ello, se decidió a externar sus pensamientos. — No puedo creerme hasta donde ha llegado todo esto. — se dejó caer sobre el kliné y masajeó sus sienes tratando de calmarse a sí misma. — De pronto, el Olimpo entero se encuentra de cabeza, enemigos surgen por todas partes y estoy quedándome corta de aliados. — suspiró. — No creo que mis santos deban pagar por mis diferencias con los otros dioses.

— No es culpa suya.

— Discúlpame, Herse, pero si no es culpa mía, no veo de quien más pudiera ser. — replicó.

— Sabe que los demás señores no hubieran dudado en entrometerse, aún si usted no estuviera de por medio. — habló la joven. — Ha hecho, y sigue haciendo, lo mejor que puede. El resto es tener fe en ellos, de que lograrán salir victoriosos de este enredo.

Athena no respondió.

Levantó la cabeza, dirigiendo su mirada hasta el ventanal, donde la oscuridad de la noche comenzaba a ceder su lugar al alba. Las nubes oscuras todavía rondaban en el cielo, unas pocas gotas de agua corrían sobre las altas colinas de piedra y, a lo lejos, se escuchó el tímido canto de alguna ave nocturna.

— Ahora está en sus manos. — susurró la diosa, mientras sus pensamientos volaban hacia los diez. — Confío en ellos.

-2-

Pocas veces la atención que su presencia generaba les había resultado tan incómoda como en aquella ocasión. El escrutinio al que eran sometidos conforme la comitiva que les acompañaba se adentraba en la ciudad era exhaustivo. Aún sin desearlo, pensar en la posibilidad de que sus verdaderas identidades hubiesen sido descubiertas era algo real dada la forma en que todas las miradas recaían en ellos con evidente recelo. Pero, a pesar de todo, ninguno de ellos se inmutó.Cabalgaron por la ciudadela a paso constante, sosteniendo la mirada a todas aquellas mujeres con quienes sus ojos coincidían.

Un aire denso se expandía sobre Temiscira mientras las voces acalladas susurraban los rumores de un posible debacle del reino; rumores que los santos no escuchaban, pero que se hacían presentes en el tirante ambiente que se apoderaba de cada rincón.

— Esperarán aquí. — el grupo se detuvo frente a un palacete de murallas de piedra que delimitaban un pequeño jardín decorado con plantas de hojas verdes y rojizas. La mujer que lideraba al grupo apuntó hacia él y, después, miró hacia algunas de sus compañeras que obedecieron su orden y desmontaron. — Estarán aquí el tiempo que Hipólita disponga. Todo lo que necesitan está su alcance. Son invitados de Troya, más debo advertirles que habrá vigilancia sobre sus cabezas. No queremos sobresaltos.

— Y no los habrá. ¿Cuándo podremos hablar con la reina? — Aioros la miró.

— Le informaré de su presencia y cuando ella decida recibirles, lo hará.

— Es urgente. — acotó el menor de los gemelos. También había desmontado y se obligaba a sí mismo a mantener la compostura. — Dile eso a tu reina.

— Se hará como ella ordene.

Sin dar oportunidad de réplica, hundió los talones en los costados del caballo que relinchó e inició la carrera sobre las calles empedradas con destino al palacio.

Desde la entrada de lugar, los santos la observaron perderse en las callejuelas. Con ellos se había quedado un grupo pequeño de amazonas quienes les urgieron a entrar a la residencia. Cualquier intento de resistencia, a esas alturas, delataría sus planes, así que el trío decidió seguir instrucciones.

Dejaron a los caballos resguardados en unas caballerizas apenas lo suficientemente grandes para albergarlos. Pero más allá del reducido espacio, fue la falta de salidas lo que llamó su atención. Cuando el momento de escapar llegase, tendrían que ingeniárselas para abandonar ese lugar lo más pronto posible y, dadas las circunstancias, el panorama se veía complicado. Con pesar, descubrieron que, por dentro, el palacete no era menos difícil de descifrar.

Los pasadizos eran angostos con entradas por ambos lados que solamente llevaba a otros pasillos cuyo final era casi imperceptible en medio de la oscuridad. El enfadoso olor de la humedad calaba en sus sentidos conforme se adentraban en el corazón de aquel sitio que parecía convertirse en el primer obstáculo a vencer para que su plan funcionase. Tras varias vueltas, llegaron a sus aposentos.

— Vendremos por ustedes cuando sean convocados. Mientras tanto, no son bienvenidos fuera de estas paredes. Cualquier acto de desobediencia será pagado con su sangre. — les dijo una de las milicianas para después regresar sobre sus paso, hacia la salida.

Toda vez que estuvieron solos, suspiraron.

Dejaron caer sus cosas en el único rincón libre de la habitación. Miraron a su alrededor para confirmar sus sospechas: ese lugar parecía más una cárcel que un lugar de descanso. Una vez más, sus temores atacaron. ¿Habrían sido descubiertos? ¿Podría Hipólita saber de su presencia como infiltrados? Muchas preguntas surgieron en sus cabezas; ninguna que se atrevieran a externar.

Sin embargo, antes de que intercambiaran algún tipo de palabra entre ellos, un par de mujeres entraron a la habitación y se pararon a los costados de la puerta, con la vista de frente a ellos.

— ¿Van a cuidarnos? — Kanon musitó.

— Son órdenes.

— Somos nuevos en esto, pero dudo que nuestros antecesores hayan recibido semejantetrato. Mi señor Periandro confía en que sus hombres son bien recibidos en las tierras de sus aliados. —siguió el gemelo.

Las dos amazonas se miraron mientras una sonrisa irónica aparecía en sus rostros.

— Tal vez tu señor está equivocado. — respondió una de ellas.

— Oh, no. Créeme, Periandro no está equivocado. — fue lo último que pudo decir el menor de los gemelos antes de que la mirada de Saga se posara sobre él, obligándole a callar.

Después de esa respuesta no hubo nada más que un largo y tirante silencio entre los cinco; un silencio que los santos no podían darse el lujo de romper.

-3-

— Llegas tarde. — vociferó la centinela sin molestarse en ocultar el disgusto que el retraso de su compañera le causaba.

— Mis disculpas. Me he distraído un poco en camino. — giró los ojos. — Hipólita estará todavía más enfadada ahora. — soltó, en un intento de atraer la atención de su igual y, aunque no lo consiguió, tampoco estuvo dispuesta a callarse. — Periandro es un tipo de lo más oportuno. Ha enviado heraldos desde Troya con un mensaje que solamente Hipólita puede leer. ¿Puedes creerlo? Dicen que los muy necios se empeñaron en que el escuadrón de reconocimiento les trajera hasta aquí.

— Son hombres. ¿Qué esperabas? — le respondió la otra con tosquedad.

— Diría que son más atrevidos que el resto de los mensajeros troyanos. — se encogió de hombros. — Han enviado a tres en esta ocasión.

— ¿Tres?

— Raro, ¿no?

La otra mujer subió los hombros con indiferencia. Su curiosidad no iba más allá del hecho de que Troya usualmente mandaba parejas de mensajeros. Pero fuera de ello, poco interés le causó semejante situación.

A unos pocos metros de ellas, apoyado contra los barrotes de su celda, Dohko escuchaba la conversación.

El santo de Libra no pudo reprimir un bostezo. Llevaba días sin dormir y su cuerpo cansado demandaba descanso, sin embargo aquella era una exigencia a la que su cabeza no pensaba ceder. Se había repetido a si mismo, incesantemente, que no descansaría hasta ver a sus jóvenes compañeros libres, aunque tampoco era capaz de conciliar el sueño sabiendo que el peligro acechaba por todos los frentes.

Con sinceridad podía decir que la conversación entre las dos amazonas le venía a poco, pero su indiferencia estaba a punto de desaparecer.

— Vamos, Thya. No me digas que no te interesa. — reclamó la más joven a falta de atención de la otra.

— Incluso si me interesara, podré averiguar que sucede ahí fuera. Por ahora, lo único que quiero es largarme de este lugar. — la mujer se estiró.

— Gemelos.

— ¿Qué? — volteó, sintiendo que había perdido el hilo de la conversación con su compañera.

— Los mensajeros. Son gemelos. — la afirmación causó más impacto en Dohko que en la supuesta interesada. De inmediato, guardando las apariencias, afiló el oído.

— Los troyanos son fervientes adoradores de los dioses gemelos. No me sorprendería que buscaran un buen augurio en lo que sea que soliciten a Hipólita.

— Y, ¿el otro? ¿qué con él?

— ¡Por los dioses, Zea! ¿Me ves cara de adivina? — Thya se quejó. La paciencia le había abandonado. — Dedica tu tiempo y esfuerzos a lo que te corresponde. El resto no es asunto tuyo, niña.

Harta de la conversación, masculló una maldición a la vez que abandonaba los húmedos pasadizos de la prisión. Con un poco de suerte no tendría que volver ahí sino hasta entrada la noche del día siguiente.

Visiblemente enfadada por el desdén del que fuese víctima, Zea la observó alejarse sin borrar una mueca de rabia de su boca. Esperó a verla desaparecer para regresarse hasta la entrada de la celda que los santos compartían donde, con el semblante endurecido, se asomó para verificar su presencia. Sí, todos estaban vivos, aunque la falta de movimientos y palabras entre ellos, sin duda era un señal de que los prisioneros comenzaban a quebrarse.

Pero, de pronto, el letargo que parecía reinar dentro de la celda se rompió con el sonido de la voz ronca de Dohko que se expandió con el eco del lugar.

— Creí que los hombres no eran permitidos en Temiscira. — comentó al aire, picando con sus palabras el orgullo de la mujer. Más ella no hizo comentario alguno. — Peor aún, también ignoraba que eran bienvenidos. — al verla fruncir el ceño y voltear rabiosa en su dirección, el chino supo que había ganado.

— No lo son. — siseó, furiosa. — Y, de cualquier forma, tú y los tuyos no pueden aspirar a recibir el mismo trato que los enviados de Troya. Ellos son aliados, ustedes no.

— Por favor… — soltó con burla.— ¿Aliados? ¿Existe tal cosa para Temiscira? Porque, de ser así, solo estarían admitiendo que los hombres, a los que tanto detestan, les resultan más necesarios de lo que quisieran.

— ¡Cierra la boca!

— O, ¿qué? — rió.

El súbito incremento de tensión en la conversación atrajo las miradas de los otros santos quienes, a pesar de la curiosidad, se mantuvieron al margen.

— ¿Qué te hace pensar que eres tan especial, santo? — Zea contraatacó.

— Estoy vivo. Estamos aquí y eso dice más que las palabras.

— ¿Aquí? ¿En una miserable celda esperando la muerte? — la amazona esbozó una sonrisa retorcida.

— ¿Qué más da si es aquí o el palacio de la reina, como lo otros? —Dohko se tornó serio. — La cuestión es que en Temiscira hay más hombres de lo que me imaginaba.

La amazona le miró con un toque de burla en su mirada celeste. Las comisuras de sus labios se curvaron y, sin ningún miramiento, dejó escapar una carcajada.

— ¿El palacio de la reina? — pregunto, arrastrando sus palabras por la risa. — ¿De verdad piensas que semejantes hombres merecen tal honor? Estas muy equivocado, santo. Están confinados a unos de los múltiples palacios que Hipólita dispone para los habitantes, aunque debes saber que, al fin de cuentas, siguen siendo prisiones, solo que mucho más cómodas que las de ustedes.

— Deben estar encantados de visitar la ciudad. — para sorpresa de ambos, la voz de Camus se escuchó desde el fondo de la celda. — ¿Cuántos vinieron? ¿Tres? ¿Es necesario enviar a tantos heraldos a entregar un mensaje a un aliado? ¿Uno no basta?

— Si lo que intentas con tus palabras es poner en entredicho el honor de mi gente, estás equivocado. Un pacto de paz es un pacto que será respetado. Si Periandro ha decido enviar más gente de la necesaria, es problema suyo. Supongo que intenta cubrir la inexperiencia de sus soldados en este tipo de asuntos.

— Nuevos, ¿eh?

— Supongo que sí. Jamás los había visto. — Zea sonrió con cierta sorna. — Eligieron un pésimo momento para presentarse en Temiscira.

Ni Dohko ni Camus, y tampoco alguno de los otros mostró especial interés en continuar con la conversación. En cambios, los planes parecían tomar una forma diferente.

Hicieron oídos sordos a todos los comentarios que siguieron después por parte de la amazona con la intención de que su indiferencia terminara convenciéndole de marcharse. Al cabo de unos minutos, sus deseos se cumplieron y la joven miliciana avanzó un poco más allá de los corredores, permitiéndoles un poco de libertad de palabra.

Con una seña, el santo de Libra indicó a los demás que se reunieran en el rincón de la celda más alejado del pasillo de guardia. Probablemente no era necesario aclarar nada, pero Dohko no esta dispuesto a correr ningún tipo de riesgos, sobre todo si, como pensaba, su rescate estaba más cerca de lo esperado. Recorrió con sus ojos turquesas los rostros de sus colegas más jóvenes encontrando en ellos, con preocupación, los primeros vestigios del impacto emocional al que habían sido sometidos en días anteriores.

— ¿Escucharon la conversación? — susurró para no ser oído por su celadora. — No quisiera pecar de optimista, pero ustedes saben lo que estoy pensando.

— Crees que son ellos, ¿verdad Maestro?

Ante la pregunta de Mu, el chino solamente asintió. Tenía dudas al respecto, sin embargo tampoco podía obviar las coincidencias que se presentaban en el camino.

— Si son ellos, tendremos que mantenernos atentos.

— Pero, incluso si lo son, no tenemos la menor idea de lo que sea que estén planeando ni tenemos medios para ayudarles, Aldebarán. — refutó el de Virgo.

— Lo que sean que estén planeado, créeme que no van a necesitar nuestra ayuda, Buda. — sonrió el de Escorpio, sintiendo el olor de la libertad cada vez más cerca de él. — Al menos no nos necesitarán hasta que consigan sacarnos de aquí.

— De eso nos preocuparemos cuando llegue el momento. Por ahora, hay que estar atentos. No sabemos cuando comenzarán a mover las piezas.

Todos los santos asintieron. A partir de ese instante, no habría uno solo minutos de tranquilidad en lo que restaba del día.

-4-

Sorpresivamente el día pasó más rápido de lo que el trío podía imaginarse. Confinados a los muros del palacete, pocas opciones tenían para ver el tiempo esfumarse mientras esperaban con cierta impaciencia que la reina mandara a llamar por ellos. Sin embargo, ninguna noticia llegó de palacio.

Afuera, la lluvia había cesado, pero el fresco traído por la humedad del ambiente se había disparado. El aire soplaba frío, escabulléndose por las rendijas y soltando aullidos que se expandían en medio del silencio que reinaba en la ciudad. Había poco movimiento en las calles que permanecían casi desiertas. Los ánimos, oscuros y que arrastraban malos augurios, se cernían sobre los habitantes, asfixiándoles lentamente en la tensión del momento.

Aislados de todo, pero conscientes de lo que sucedía entre el pueblo amazónico, el trío de santos esperaba porque la primera parte de su plan pudiera dar comienzo. Solo bastaba el llamado de la reina para que los eventos se desencadenaran.

Hasta ese entonces, se habían mantenido en silencio, atentos solamente a no cometer ningún error que pudiera costarles. Apenas y habían intercambiado comentarios, la mayoría de ellos sobre temas comunes e irrelevantes, puesto que el constante escrutinio sobre ellos no dejaba lugar para más. Cualquier despiste, por diminuto que fuera, tendría un precio muy alto que ninguno de ellos estaba dispuesto a pagar, así que la prevención de los deslices se convirtió en prioridad para el grupo.

La cena podía haber sido calificada de poco sino de escueta. Un trozo de pan con carne seca y agua era todo lo que sus estómagos tenía a disposición por esa noche; no que alguno de ellos tuviera apetito. Lo único que deseaban eran terminar con esa misión a la brevedad posible. Nada más poseía su atención.

De pronto, los dioses parecieron escuchar sus rezos cuando la esbelta figura de la amazona que les escoltarse hasta ahí se dejo ver por la puerta. Caminó hasta encontrarse con las dos soldados que dejase cuidándoles, solo para murmurarles unas cuantas palabras que no llegaron a los oídos de los santos. Después, no sin lanzarles una mirada rabiosa, se dirigió a ellos.

— Hipólita esta lista para recibir el mensaje de Periandro. — dijo, sin ningún rodeo.

— Ya era hora. — musitó entre dientes el menor de los gemelos. De inmediato se puso de pie y asió la correa de cuero con su espada a la cintura. — Llévanos ahí.

Los otros dos jóvenes no tardaron en imitarle, avocándose a la tarea de prepararse para el encuentro con la reina. Sabían que a partir de ahí sus caminos tomarían rumbos diferentes cuyos destinos eran tan inciertos como el hecho de que volverían a encontrarse. En sus venas, la adrenalina corrió con rapidez, como inequívoca señal de que el momento de la verdad estaba próximo.

— Alto. — la voz de la amazona pelipúrpura que les observaba capturó su atención. — He dicho que Hipólita esta lista para recibir el mensaje de Periandro… no a ustedes. Y, antes de que digas algo… — miró a Kanon. — …no voy a pedirles que me entreguen dicho encargo. Pero nadie más que uno de ustedes será recibido por la reina. ¿Quién será el que venga conmigo?

La respuesta a su pregunta no llegó tan pronto como hubiese deseado, sin embargo ella no repitió la cuestión. Miró uno a uno a los tres guerreros, impaciente ante el hecho de que Hipólita esperaba y a sabiendas de que la paciencia de la soberana amazona era escasa por esos días.

— Seré yo. — Kanon se giró disimuladamente para contemplar por un instante los rostros de su hermano y de Aioros. Los encontró en blanco, carentes de emoción alguna, pero el gemelo era consciente de que detrás de esa máscara de indiferencia, ambos estaban igual de contrariados que él. — No mueran de aburrimiento en mi ausencia. — sentenció, clavando sus ojos verdes en los de ellos.

Sin decir más, suspiró. Tenía la esperanza de que mensaje hubiera llegado fuerte y claro a las mentes de Saga y Aioros: No había tiempo para esperarle; era el momento y tenían que moverse pronto.

— Eh, troyano. Tranquilo. — grande fue la sorpresa del marina cuando, al pasar junto a la mujer, ésta le detuvo del brazo. — Sin armas. — espetó.

— Soy un soldado.

— Y eso a mi no me importa. Aquí no eres más que un mensajero y, un heraldo aliado, no necesitas espadas en la presencia de mi reina. Así que déjalas.

Oponerse no le llevaría a nada, por ello Kanon masculló una maldición y se despojó de su espada y la daga corta que llevaba atadas a su cintura. Las facciones endurecidas de su rostro dejaban en evidencia lo disgustado que se sentía al respecto, pero de sus labios no salió un solo sonido que pudiera poner en peligro sus planes.

— Manténganse alertas. — les dijo la líder a la pareja de subordinadas que dejaba atrás con el encargo de vigilar a los santos de Sagitario y Géminis. Ellas asintieron.

Fue de esa forma en que, por primera vez en días, los tres se habían separado. La figura de Kanon desapareció por el oscuro corredor y, de la misma forma, el resplandor de la antorcha que usaban para guiarle, quedó velozmente en el olvido.

Saga y Aioros volvieron a tomar asiento en el rincón de la habitación. Esperaron un par de segundos antes de que el arquero comenzase a rebuscar en el morral de tela que tenía a su lado. A partir de ahí, su plan daría inicio.

— Maldición. — susurró lo suficientemente alto como para que sus guardianas giraran en su dirección. — Tu hermano es un idiota. Dejó el maldito rollo por el que vinimos hasta aquí. — se dirigió a Saga. Alzó en una de sus manos un pergamino. — ¿Puedo llevárselo? — entonces, su pregunta se dirigió a las amazonas.

Las dos dudaron. ¿Abandonar sus puestos o dejar al hombre salir de la habitación? Cualquiera de las dos opciones constituía una clara violación a las órdenes de su superior.

— Es importante. — Saga habló. — Hipólita necesitará de esto para tomar una decisión y estará de lo más disgustada si se entera que ustedes le privaron de información vital.

— Todos los hombres son un entupidos. — una de las mujeres chasqueó la lengua. Sopló sus mechones negros y arrebató el trozo de papel a Aioros. — Se lo llevaré yo.

— Pero…

— No. No peros. Es tú única opción, así que cierra la boca, troyano.

Giró sobre sus talones para emprender la marcha en busca de la comitiva. El repicar de sus sandalias sobre la piedra al correr se fue alejando cada vez más hasta desvanecerse en el eco del palacete semi desierto. Todavía en la habitación, su compañera contempló a la pareja de jóvenes con esa mirada llena de desdén que les asqueaba. Los vio inmóviles, resignados a permanecer ahí hasta el regreso del tercero de ellos; no desconfió. En un impulso completamente natural y que, ante el tranquilo acontecer de las acciones, juzgó poco peligroso, la mujer desvió su mirada hacia el pasillo que llevaba a la salida, dándoles la espalda.

Lo último que sintió fue una poderosa mano cubriéndole la boca y el filo de una hoja de metal abriéndole la garganta.

-5-

A pesar de que le costase un regaño de su superior, Xene se sentía complacida de observar el desencajo en la cara del mensajero troyano cuando le entregó el pergamino tan importante para la reunión. Lo había dicho antes y creía fervientemente en ello: Los hombres eran solo un montón de idiotas y el troyano acababa de probárselo. Satisfecha con su labor, regresaba para tomar su puesto de vigía. Sin duda esa anécdota serviría para atormentar un rato más al otro par de estúpidos que tendría que cuidar por el resto de la noche. Con semejantes ideas cruzando a toda velocidad por su mente, Xene no pudo sino sonreír.

Iba tan abstraída en sus pensamientos que ni siquiera reparó en el nada sutil rastro de sangre que pisó al entrar a la habitación. Para cuando cayó en cuenta que el bulto envuelto en las capas de los visitantes era el cuerpo de su compañera, Xene ya no tenía tiempo.

Una tajo limpio cruzó su pecho desde detrás de ella, impidiéndole siguiera soltar un gemido de dolor. Cayó sobre el piso, inerte y con la mirada perdida. Su respiración se fue extinguiendo poco a poco, hasta que por fin se apagó por completo.

Mientras su alma abandonaba su cuerpo, Aioros y Saga observaban desde atrás. Parte de sus acciones les repugnaba, pero carecían de cualquier otra opción más que pasar por encima de quien se opusiera a sus objetivos. Entonces, el santo de Sagitario se acercó al cadáver de la amazona y le cerró los ojos. Sí, la batalla acaba de empezar.

— Vamos. No podemos perder ni un segundo. — la mano de Saga posándose sobre su hombro, hizo a Aioros voltear hacia su amigo. Asintió con timidez, porque el gemelo tenía la razón.

Rápidamente se enfundaron en sus armaduras. Ataron sus espadas a los cintos y Aioros cruzó su arco por sobre su hombro antes de emprender el camino hacia la salida.

Protegidos por la noche, salieron al jardín de la casa de piedra donde, para su suerte, no encontraron a nadie que les estorbara el camino. Aunque no había amenaza alguna, esperaron a que la tercera persona involucrada apareciese. Para su fortuna, la espera fue corta.

Una diminuta espiral de aire se formó frente a ellos, alterando su forma hasta revelar la identidad que se escondía detrás de las ráfagas de aire. Aretha miró de uno a otro santo. Por primera vez en mucho tiempo, su rostro de afables rasgos se notaba tenso y preocupado, como en pocas ocasiones.

— ¿Están bien? — preguntó.

— Sí.

— ¿Estás lista? — Saga la miró, con esa mirada que delataba su concentración.

La ninfa se respingó, pero no dejó que su ansiedad la traicionara.

— Sí. Esta todo preparado. Los otros están en las prisiones cercanas al cuartel de la Hermandad.

— Bien. ¿Qué hay de la sacerdotisa? — prosiguió el santo de géminis.

— Hay un problema con ello. — respondió a chica en casi un murmullo. — Esperaba que estuviera en alguna de las prisiones, pero ha sido trasladada al palacio. Si quieren rescatarla tendrán que entrar y salir del recinto de la reina. — suspiró. — En el segundo piso, no estoy muy segura de que en que habitación se encuentra. — agachó la cabeza.

— Tranquila. — Aioros le sonrió y posó su mano sobre la cabeza pelirroja de la ninfa. — La sacaremos de ahí e iremos todos de regreso a Troya.

— Aretha, tan pronto termines con lo que te toca, ve por Aioros. Será más fácil encontrar a la chica con tu ayuda que solo. ¿Entendido?

Ella asintió y no hubo más que decir. El resto de su misión era conocido por cada uno, y dependería del ellos el resultado que se obtuviese. De ahí en adelante, seguirían solos.

— Saga… — el aludido llevó su mirada hasta el arquero. — Lo que sea que pase a partir de este punto, no lo pienses. La prioridad es sacar a los otros. No lo olvides.

El santo de Géminis no respondió, sino que tomó un profundo respiro. Habían hablado de ello con anterioridad y, muy a su pesar, probablemente el tendría en sus manos la peor decisión de todas. Recordó una vez más las palabras de Kanon que resonaron tan claras como cuando las pronunciase bajo la lluvia el día anterior:

"La razón de nuestra presencia en Temiscira son nuestros hermanos. Ni Hipólita, ni la pitonisa son importantes. Si es necesario, si las cosas no resultan como pensamos, tienes que salir de ahí, Saga. Mantenlos a salvo a todo precio."

Saga sabía lo que eso significaba…

Dejarlos atrás.

Abandonó por un momento sus divagaciones para regresar su concentración al rostro de su amigo, que destilaba determinación. Dispuesto a cumplir con lo pactado, Saga asintió.

— No me hagas rendirle cuentas a Athena, Aioros. — le dijo. — Regresa a salvo.

Compartieron una sonrisa cargada de nervios y, después, se despidieron. El espectáculo daba inicio.

-6-

Cobijado por las sombras de la noche, el mayor de los gemelos se escabulló entre las estrechas callejuelas de la ciudad. La ventaja de haber sido ubicados en el corazón de Temiscira era que, fuera de la guardia habitual de cada noche, pocas mujeres se veían andando por esos terrenos.

De sombra en sombra, escondiéndose de sus posibles cazadoras, Géminis logró escurrirse hasta llegar a los alrededores de las prisiones. Encontró protección en el pórtico de un edificio vacío y, desde ahí, permaneció en alerta de cualquier movimiento. Estuvo unos cuantos minutos escondido, analizando el ir y venir de la pareja de amazonas que estaba a cargo de la vigilancia externa de las cárceles. Hubo un par de ocasiones en las que estuvo a punto de lanzarse contra alguna de ellas, pero desistió, sabiendo que se arriesgaría demasiado.

Por fin, encontró el momento exacto en que debía atacar. La guardia, de dos mujeres, se había divido de manera que la entrada principal no estuviera abandonada jamás. Una permanecía de pie, al lado de la entrada y junto a una campana que, se suponía, podría usarse para avisar de una posible contingencia. Sin embargo, Saga había notado que una de las dos tardaba más en dar el recorrido que la otra. Una vez más, el peliazul se escabulló hasta alcanzar la parte trasera del edificio de las prisiones. Si había algo que atrasase a la otro mujer y que él pudiera usar de ventaja, lo encontraría.

Halló un nuevo escondite y permaneció ahí, observando. Entonces la descubrió. Del lado opuesto a la entrada, colindando con un callejón en el cual crecían algunos arbustos, había un fogón que servía tanto para iluminar el pasillo, como para encontrar un poco de calor en una noche gélida como esa. Estaba a punto de seguir con la siguiente fase de su plan, pero algo lo detuvo nuevamente.

La amazona acercó sus manos al brasero para calentarlas. El fuego ardía, desplegando un aura amarillenta y tibia que desentumeció sus dedos. De pronto, en un giro de lo más inesperado para el geminiano, cubrió momentáneamente el fuego en dos ocasiones. Al principio adujó dicho comportamiento a que la mujer intentaba avivar el fuego, sin embargo rápidamente se dio cuenta de que las cosas no eran lo que parecían.

Sin saber exactamente porque, su mirada verde se dirigió al lado contrario de la salida del callejón y cayó en cuenta de lo que sucedía. A sus espaldas, unos cuantos metros más allá, distinguió otra luz, elevada por encima de los edificios de la ciudad.

— Maldita sea. — musitó.

No necesitaba verla con claridad para saber que esa era una atalaya. Lo que fuera que la miliciana hacía, tenía que ser una señal para la que estuviera de guardia en la torre.

La decisión que seguía tampoco era una fácil, puesto que se vería obligado a perder tiempo valioso en descubrir en que consistían tales señales.

Muy a su pesar, se quedó escondido donde estaba. Las sombras de la noche le envolvían casi en su totalidad. Solamente, cuando la luz le alcanzaba, sus ojos verdes destellaban en medio de las tinieblas.

Vio a la mujer alejare y, tras varios minutos la segunda de ellas apareció. A diferencia de la primera, ella no hizo ningún tipo de movimiento con el fuego. En el corto instante que pasó en la parte trasera del edificio lo único que hizo fue calentar sus manos. Desapareció, cediendo su lugar al vacío que fue sustituido por la presencia de la miliciana de las señales de luz. La mujer, repitió las acciones de la primera ocasión. Entonces, Saga sonrió.

Esperaría un poco más. En la siguiente vuelta, después de que mandara la señal de la guardia, atacaría. A partir de ahí, tendría que aprovechar cada segundo antes de que el momento de repetir la señal llegara. De otra forma, las sospechas se desatarían y se vería rodeado por las guerreras amazónicas, quedando en compleja desventaja.

Cuando llegó el momento, Saga desenvainó su arma. Sintió el golpeteo de su corazón dentro del pecho. Decir que no estaba nervioso era un mentira, pero se justificaba a sí mismo al pensar que su estilo de pelea nunca había involucrado armas como en aquella noche. A última hora, cambió su decisión, volviendo a guardar la espada en su cinto.

— Aquí vamos. — se dijo a sí mismo.

La primera de sus víctimas apareció desde las sombras. Caminaba con paso seguro hasta el lugar donde habría de detenerse. Ahí, siguió su rutina. Calentó las manos, miró a su alrededor e hizo la señal para sus vigías.

Cuando retomó el camino de regreso, Saga se aproximó desde detrás. Con movimientos rápidos, le cubrió la boca y le giró la cabeza hasta escuchar el crujido de su cuello. Todo tipo de resistencia desapareció del cuerpo inerte que sostenía el santo de Géminis. Lo dejó sobre el suelo, teniendo cuidado de que las armas y la escasa armadura de la joven no resonara al tocar la piedra.

Sin perder un segundo más, avanzó, manteniéndose cerca de la pared, en sentido contrario al camino que seguía la celadora; esperaba así, poder tomar por sorpresa a la segunda.

Acechó, encontrándola ligeramente descuidada. Como era de esperarse, la chica esperaba a su compañera por el lado opuesto, así que el flanco por el cual atacaría el gemelo. Saga miró la campana y, en secreto, la maldijo. La cercanía de la joven a dicho timbre podría terminar complicándole las cosas.

No ganaba nada lamentándose, así que hizo lo único que le quedaba. Su mente volvió a concentrarse en entrar a las cárceles y salir de ahí antes de el poco tiempo que tenía se consumiera.

Suspiró. Pronto tendría que volver a atacar.

Se lanzó al ataque. La tomó por sorpresa, dando un tajo desde atrás de ella para hacerla caer. Ella alcanzó a reaccionar. Desenfundó a duras penas su espada e intentó atacar a quien hacía lo propio desde su espalda. Pero era demasiado tardo, puesto que el santo la empujó y cuando estuvo en el piso se encargó de rematarla con una certera estocada en el pecho.

Con la situación bajo control y los niveles de adrenalina descendiendo, Saga se permitió respirar. De repente, sintió un ardor en su brazo, solo para descubrir una herida abierta que, supuso, la había causado durante la breve resistencia de la amazona. Se enojó consigo mismo al permitirle semejante atrevimiento. Pero, sintiendo la prisa, se apuró a retirar el cuerpo de la mujer. Tras ello, se las ingenió para retirar la campana, desarmándola para evitar posibles contratiempos.

Por último, se aseguró de que nadie hubiera notado su presencia. Cierta tranquilidad le invadió al saber el camino despejado. Así que, sin esperar más, se adentró en los oscuros y húmedos pasadizos de las cárceles de Temiscira.

-7-

Aioros alzó la mirada, encontrándose con los altos muros que resguardaban el palacio de Hipólita. No solo tendría que ingeniárselas para brincarlos, sino que también tenía que sortearlos sin ser descubierto.

En el fondo, agradeció la arrogancia de las mujeres que dejaba con vigilancia mínima los alrededores del recinto real. En parte, tenían razón al pensar que dentro de los límites de su propia ciudad estaban seguras y que solamente un loco en busca de la muerte se atrevería a retarlas de esa forma…claro que, nadie contaba con que eso era precisamente en lo que ellos se habían convertida durante esa misión.

Olvidándose de sus ideas de muerte y destrucción, el santo de Sagitario se detuvo a analizar la situación que se le planteaba. Por lo que alcanzaba a ver, no había más que un par de guerreras en la entrada principal y otro par vigilaba desde el balcón de la parte posterior. Supuso que su mayor problema vendría de las que estaban arriba y, por lo tanto, debían ser las primeras de las que tendría que deshacerse.

Las siguió con la mirada para descifrar el recorrido de cada una. Su mejor oportunidad vendría cuando ambas estuvieran lo más lejos la una de la otra y, aún así, tendría que ser rápido para que nadie notase su presencia.

Se situó justo donde pensaba podía tener acceso a ambas y, entonces, esperó. Las vio moverse en sentidos contrarios, hasta que cada una alcanzó los límites de delgado balcón sobre el cual andaban.

Aioros encajó una flecha en su arco. Su mirada azul se afiló, concentrándose en sus objetivos, Tenía que se certero, rápido y letal. Una vez que la primera saeta saliera disparada, no habría marcha atrás y tampoco tendría lugar para el más mínimo error.

Tensó la cuerda. Su respiración se tornó profunda y tranquila. Sembró la vista en su primera víctima. De reojo miró a la segunda.

Un segundo después, la primera flecha salió disparada hacia la amazona. Con una precisión impresionante se clavó en la garganta de la mujer quien cayó al piso casi muerta. El tiempo que transcurrió hasta el momento en que la segunda flecha voló por el aire fue como un pestañeo. Al igual que su predecesora, la flecha golpeó exitosamente el blanco.

Al ver a las dos guardias desaparecer, Aioros soltó un suspiró de alivio.

Libre de la posibilidad de ser atrapado por las vigías de la parte superior, el arquero brincó el muro. Se escabulló entre las estatuas y adornos del enorme jardín hasta llegar a los pies de un gran árbol, cuyas ramas más elevadas terminaban en el balcón donde yacían las dos guerreras.

Ahí, escondido detrás del tronco, consideró sus opciones. Podía colarse en el palacio por alguna de las entradas del primer piso, con lo cual las posibilidades de ser atrapado eran menores. Sin embargo existía el riesgo de que el primer piso estuviera bajo mucha mayor vigilancia que el segundo. Su segunda opción no era menos complicada. Alcanzar el balcón, aun con ayuda del árbol, no sería una tarea fácil. Durante la escalada no tendría no donde refugiarse ni modo alguno de esconder su presencia; por no hablar de la catástrofe que representaría una posible caída. Pero su intuición le dictaba que la planta alta tendría menos amazonas, además de que estaría más cerca de encontrar a la sacerdotisa.

En algún momento se planteó la idea de que, sin importar su decisión, estaba jugándose el pellejo y saldría herido. Así que, lejos de malgastar su tiempo, se decantó por usar el balcón. Volvió a asegurarse el arco sobre el pecho y emprendió la escalada. Cada rama en la que se apoyaba crujía con su peso, haciendo que el corazón de Aioros se detuviera por instantes.

De pronto, para su mala suerte, una rama cedió y el arquero estuvo a punto de morder el piso. Solamente sus reflejos rápidos le ayudaron a alcanzar otro brazo del árbol, del cual se colgó con todas las fuerzas que le quedaban. Fue cuando se planteó el hecho de que, para llegar a la seguridad del balcón, no iba a poder confiarse de la madera quebradiza bajo sus pies.

— Genial. — apretó los dientes.

Había alcanzado la rama que se caía sobre el mirador. Su meta estaba a unos pocos metros. La cuestión era medir correctamente hasta donde podría avanzar sin que la madera cediera. Lentamente fue avanzando sobre el tronco. Lo sentía inclinarse hacia abajo conforme iba acercándose más y más la punta. Entonces, tuvo que detenerse.

No sabía cómo, sin embargo estaba seguro de que si daba un paso más, la rama se quebraría. No tenía más remedio que saltar.

Rezó a los dioses porque consiguiera librar el espacio que le separaba del palacio,; porque, a pesar de la falta de cosmos, su cuerpo supiera reaccionar a las exigencias que tenía enfrente. Decidió no pensar más en ello y, cerrando los ojos, se aventó.

El impulso le bastó para quedar colgado de la baranda, con las piernas al aire. De inmediato terminó de trepar y, cuando estuvo a salvo, miró en todas direcciones para asegurarse que nadie le había visto. Afortunadamente, estaba solo.

Esa gota de optimismo que apareció en él al descubrir que la primera parte de su plan había funcionado, rápidamente desapareció al voltear hacia el corredor que se adentraba en el recinto de Hipólita. La cantidad de puertas que encontró le heló la sangre.

Tenía que apresurarse para hallar a la sacerdotisa si quería salir vivo de la ciudad.

-8-

No estaba seguro de que cuanto tiempo había transcurrido desde que el Sol se pusiese, más Shura sentía que era incapaz de conciliar el sueño. No lo tenía muy claro, pero algo le impedía siquiera tener un poco de calma. Un presentimiento, eso era; sólo que no sabía que si ello era bueno o malo.

Tarsila se había retirado después de darle su medicación y, probablemente, ese era el peor momento para el Santo de Capricornio: el momento en que se quedaba solo con sus pensamientos. A últimas fechas odiaba pensar, porque indudablemente sus pensamientos terminaban anclados a un par de ojos grises que le observaban todo el tiempo, así estuviera despierto o durmiera. Esa obsesión que había desarrollado le crispaba los nervios y al mismo tiempo, hacía daño al saberla un imposible.

Su cuerpo se quejó de la falta de sueño, obligándole a soltar un bostezo que el español se negó a reprimir. Pero, no dispuesto a ceder, se puso de pie con un brinco. Al menos había terminado de llover, aunque ahora el frío y la humedad le calaban. Avanzó hacia la puerta para acechar por las rendidas. La guardia seguía ahí.

Estaba cansado de ese encierro, quería salir y pronto. Entonces, se preguntó cuando saldría de ahí; no hubo respuesta a su cuestionamiento. Al final, no tenía nada más que esa impaciencia que crecía en su pecho.

¿Qué podría ser?

-9-

Kanon se sentía inusualmente nervioso mientras se desplazaba por los pasillo a media luz del palacio de Hipólita. Iba flanqueado por una pareja de amazonas quienes, a pesar de no hacerlo directamente, intuía que no despegan su mirada de él. La amazona pelipúrpura guiaba al grupo, atenta hasta al más mínimo detalle. Tanta desconfianza solo lograba sino alterarlo porque no podía sacarse de la cabeza que su identidad podría salir a la luz en cualquier instante.

Cerró los ojos por un segundo. No era el momento de pensar en ello, sino que tenía que concentrarse en reunir tanta información como le fuera posible de sus alrededores. Si planeaba escapar con vida de ese lugar, tendría que fijarse hasta en el más mínimo detalle.

— Llegamos. — anunció lalíder.

Habían recorrido a saber cuantos pasadizos hasta detenerse frente a una puerta cuyo marco de piedra mostraba símbolos que el general marino desconocía. Capturó especialmente su atención el hecho de que la entrada estaba resguardada así que, llegado el momento del escape, Kanon se las tendría que ingeniar para burlarlas.

En esta ocasión, fue el rechinar de la puerta lo que le devolvió a la realidad. Si pensaba que la luz de los pasadizos era escasa, lo que se encontró dentro de los aposentos de la reina no era diferente.

Una réplica pequeña del megaron se abrió frente a él. El salón estaba prácticamente vacío, siendo un solitario kliné y un par de grandes almohadones el único mobiliario que había. El aire frío de la noche entraba por el balcón, haciendo danzar la delgada tela de las cortinas.

El santo afiló la mirada, buscando unos pocos segundos que permitieran a sus ojos ajustarse a la oscuridad del recinto. Cuando por fin lo consiguió, alcanzó a ver la sombra de la reina que se mantenía oculta, a contra luz, apoyada sobre una de las anchas columnas que sostenían el arco del balcón.

— Señora. Está aquí.

— Déjanos. — respondió la soberana.

Las guerreras hicieron como se les dijo, replegándose y dejando en soledad a Hipólita con el santo. Al principio, el peliazul dudó, pero las instrucciones de Anaxos regresaron con velocidad a su cabeza.

— Señora Hipólita. — hincó rodilla y agachó la cabeza, ofreciendo sus respetos.

Se mantuvo quieto en esa posición recordando que el viejo soldado le había dicho hasta el cansancio que solamente podría moverse cuando la reina amazona así le comandara.

El tiempo que pasó ahí, hincado, le pareció eterno. Se atrevió a alzar los ojos en un par de ocasiones viendo como la castaña se había limitado a ignorarle. Sintió rabia al leer el desdén en el lenguaje corporal de la reina, pero retuvo sus emociones armándose con toda la paciencia que le quedaba. Se las pagaría; eso era seguro.

Por fin, vio la sombra moverse. Poco a poco, con pasos calmos fue acercándose a él, hasta quedar a menos de medio metro de donde estaba.

— De pie. — casi susurró. Él obedeció, regalándole una reverencia. — ¿Qué trae a mensajeros troyanos de visita a mis tierras.

— Periandro, señor de Troya, manda mensaje para usted, señora. — agachó la cabeza y extendió el pergamino hacia ella.

No podía mirarla a los ojos, eso lo sabía; pero la curiosidad estaba matándole por dentro. Quería ver de frente ese par de ojos que, estaba seguro, irradiaban maldad. Así que esperó que ella tomara el trozo de papel y rompiera el sello de cera para desplegarlo. En ese instante, cuando la amazona entregó su atención a la elegante ortografía del rollo, Kanon se atrevió a mirarla.

Tal como esperaba, había un brillo malicioso en esa mirada marrón. Además de eso, encontró el cansancio que asolaba a la reina y que, sin dudas, era el resultado de toda la tensión a la que se veía sometida.

— ¿No te ha instruido Anaxos en las artes del protocolo con la realeza? — Kanon se respingó al saberse atrapado.

— Perdone, señora. Ha sido un descuido que no volverá a repetirse.

— ¿Descuido? Yo le llamaría atrevimiento, uno que podría asegurarme que no repitieras si te cortara el cuello. — Kanon contuvo el aliento cuando, antes de que lo viera venir, la reina amazónica desenfundó su espada y la dejó a centímetros de su piel. — ¿Qué opinas? ¿Debería hacerlo? — el santo no respondió. — ¿Qué pasa? Si tuviste la audacia de mirarme a la cara, al menos deberías tener las agallas para responder a mis cuestionamientos.

El gemelo se mordió la lengua tratando de contener todas las ideas que cruzaron por su mente. Suspiró para calmar el acelerado vaivén de su respiración. Entonces, se atrevió a hacerlo una vez más; miró de frente al rostro de Hipólita.

— ¿Tendrían mis palabras algún efecto en su decisión, reina? — siseó. Hipólita tardó en devolverle la pregunta.

— Buena respuesta. — bajó la daga.

Siguió leyendo el pergamino, dejando atrás el incidente. Pero, lejos de olvidarlo, cierta curiosidad surgió en ella a causa de ese hombre que se atreviese a tratarla como uno más.

El gemelo, en cambio, maldijo para sus adentros. Estuvo a punto de arruinarlo todo y lo sabía. Por ello, más que enojado con la actitud altanera de Hipólita, estaba furioso contra sí mismo. De manera involuntaria se mordió el labio, bufó y retomó esa actitud sumisa que debía asumir.

Todo aquel circo le hartaba de manera insospechada, sobre todo porque sentía que la reina le hacía esperar ahí de manera innecesaria. Llevaba varios minutos esperando el momento adecuado para atacar, sin embargo sabía que la reina amazona no había bajado la guardia por un solo segundo desde que él se presentase. Si algo no sucedía pronto, tendría que jugarse la vida y suplicar a Athena porque las habilidades que tenía con la espada fueran suficientes para vencerla… eso, si conseguía primero un arma.

Sus ojos esmeralda se fijaron en el regio cinto del cual pendía la daga que podría conseguirle la victoria. Apretó los puños reuniendo el coraje de abalanzarse sobre la mujer para despojarla del arma, pero entonces, sucedió algo que robó la atención a ambos.

El corazón de Kanon se desbocó, amenazando con abandonar su pecho. Sintió la tensión disparándose por su cuerpo conforme un tenue repicar rompía el silencio de la noche: una campana de vigía.

Habían sido descubiertos.

-Continuará…-

NdA: La primera parte de la conclusión de esta misión. Espero que les haya gustado y sé que soy mala por dejarlo así :P En el siguiente capítulo veremos que sucedió con la mugre campana, si Aioros logró encontrar la puerta correcta, si Saga no muere asesinado por alguna amazona y si el corazón de Kanon soporta el susto XD

Mientras tanto, les agradezco a todos los que siguen esta historia conmigo, en especial a los que leen y dejan sus comentario. Ellos son: RIAADVD, Cybe, Suigin Walker, Damis, Kirigoe, ELI251, June Star, L. Byron, Kumikoson, Tiamat-dojumaru-Ishtar, Dafne, Yesimar-selene, kirstty, Sagitariusgirl, Amary22, marinlucerochiba, Ayumi03, IreneRodriguez, KisameHoshigaki, IceQueen102, Kilder, Doje-chan, Tisbe, Caster y Liz.

Ya no me extiendo más, y me despido. Quiero actualizar antes de las fiestas, pero también hay varias cosas que tengo pendientes; veremos como me va con el tiempo. Hasta entonces, que estén todos bien.

Sunrise Spirit