Capítulo 38
El ceñidor de Hipólita (Tercera Parte)
-1-
"No puedes matarla mientras tenga el ceñidor. Tómalo… ahora."
La claridad con la que su propia voz llegaba a sus oídos lo puso en alerta. Algo estaba sucediendo, algo que Kanon no terminaba de entender pero que, lo viera por donde lo viera, hacía gritar sus sentidos ante un inminente estado de peligro. Sin embargo, a pesar de las advertencias y de lo ajenos que sonaban sus pensamientos, sabía que en el fondo estaban en lo cierto. Si quería vencer a la reina amazona, tendría que despojarla del famoso ceñidor del que hablaba la leyenda.
Sostuvo la espada con tanta fuerza que sus dedos palidecieron ante el esfuerzo. Su vista todavía estaba nublada y la cabeza le daba vueltas, pero el general marino no tenía tiempo para preocuparse por ello.
— Esto es mío. — aseguró mientras que, con la punta de la espada, cortaba las tiras de piel que mantenían atado el ostentoso ornamento a la cintura de Hipólita.
Ella, en cambio, lo observó sin nada que pudiera hacer para evitarlo. El sonido del metal repicó cuando el cinturón cayó al piso, a la vez que los ojos de ambos guerreros se encontraban con una rara mezcla de indiferencia y rabia. Después, sus rostros ausentes se clavaron en la joya que yacía sobre el piso.
— No puedes tenerlo. — musitó la amazona. Los mechones castaños de cabello cubrían su rostro pálido y sus labios apenas se movían al pronunciar las palabras. — Aún cuando esté en otras manos, el ceñidor es mío. — siguió con los ojos cada movimiento de Kanon mientras el peliazul se estiraba para tomar el cinturón.
Le dolían terriblemente las consecuencias en que habían desbocado sus acciones porque, para alguien como ella, que alguna vez se atrevió a rozar la gloria, verse caer era el peor martirio de todos.
Más allá de todo, estaba el hecho de haberse quedado sola. Esperaba muchas cosas, más nunca esperó terminar así. Las traiciones eran comunes en su mundo, pero viniendo de su padre tenía que admitir que resultaba más punzante. Porque, siendo sincera, no podía pensar otra cosa. Ares había sido muy claro durante la batalla de Nicia y Afrodita: De alguna forma u otra, tomaría venganza. Y, todo parecía indicar que ese era el momento por el que el dios de la guerra esperaba; tal era la razón de su ausencia.
"¿Te dejarás vencer por alguien como él? ¿Caerás así?"
Los ojos de Hipólita se abrieron con sorpresa desmedida. Poco a poco se había acostumbrado a esa voz que sonaba como la suya, pero que no lo era; la misma voz que resonaba en su cabeza aún en medio de los sueños. Sin embargo hacía mucho que no la escuchaba con una claridad tan impresionante como la de ese instante.
"Hipólita, el ceñidor es tuyo. Es la fuente de un poder que necesitarás para prevalecer, para que, cuando tu tiempo se haya terminado, tu nombre siga presente en las lenguas por los siglos. Es tuyo. Reclámalo."
Como si el tiempo disminuyera su marcha, los hechos comenzaron a desarrollarse lentamente ante los ojos de Hipólita. En el momento en que los dedos de Kanon rozaron el broche de oro de su ceñidor, un rayo centelló en el interior de la amazona con una fuerza tal que la despertó de su letargo.
— ¡Es mío! — gritó, abalanzándose sobre él.
Habiéndola creído derrotada, el repentino arranque de coraje de la reina sorprendió a Kanon. Apenas tuvo tiempo de tomar la joya, antes de que Hipólita le cayera encima. La mujer lo golpeó lo más fuerte que pudo. Clavó sus uñas en la piel del santo, frenéticamente. Sólo quería terminar con él, vengar las humillaciones que había pasado.
Kanon pensó que la fuerza con la que arremetía en su contra, sin duda era excepcional; digna de una reina guerrera. Sin embargo, sin el cinturón, ella no dejaba de ser inferior a él.
"¿Y ella se cree superior a ti?"
¡Por un demonio, que no lo era! Esa mujer era por mucho más débil que él. No le superaba en ningún aspecto, sobre todo cuando su ataque se reducía a una infinidad de golpes guiados, más por la rabia, que por el intelecto.
"Basta de juegos, Kanon. Termina con esto. De una vez por todas, hazla pagar por sus actos. Es solo un estorbo en tu camino hacia lo que quieres. Deshazte de ella y entonces… reclama lo que es tuyo."
La sonrisa de Kanon se ensanchó, mientras sus ojos perdían poco a poco todo rastro de cordura.
"Lo que es tuyo…"
Cada vez sonaba mejor. Pensando en que esa misterioso voz en su cabeza, peligrosamente parecida a la suya, hablaba con más razón cada vez, el gemelo llegó a la conclusión de que obedecerla sería lo mejor que podía hacer. Después de todo, esa mujer le había causado demasiadas complicaciones.
Por eso mismo, verla así, desperada y a su merced, le brindaba una satisfacción indescriptible. Lo que era mejor, la incipiente sensación de poder que comenzaba a crecer dentro de él, inyectaba nueva vida a sus intenciones. Las molestias de sus heridas se habían desvanecido, dejando una energía increíble en su lugar. Los golpes y arañazos de Hipólita resultaban casi imperceptibles, como las molestas picadas de un mosquito inquieto al que deseaba aplastar con un solo manotazo. De pronto, se sentía como si él rigiera el mundo. Todo estaba dentro de su control.
— Detenté. — ordenó a la amazona.
Un desconcierto total se apoderó de Hipólita al sentir las manos de Kanon cerrándose con una fuerza extraordinaria alrededor de sus muñecas. La piel de sus brazos se enrojeció conforme el santo apretó más y más el agarre. De un jalón la acercó tanto a él que pudo sentir su cálida respiración sobre ella. La falta de cordura que encontró en los ojos verdes del Kanon la congeló. Pero no podía liberarse, ni oponerse a él. Era como si, de pronto, el brillo en ese par de esmeraldas la hubiera hipnotizado, adormilando sus sentidos.
— ¿Tienes miedo? — le murmuró el santo. Su instinto olía la esencia del temor que emanaba de ella.
— Una amazona no conoce el miedo. — escupió la soberana. Ante la ridícula negación, Kanon soltó una carcajada.
— ¿No? — se lamió los labios. — Entonces, déjame enseñártelo.
-2-
El viejo alzó la mano y todo movimiento a su alrededor cesó. Delante de él, a poco más de un par de kilómetros, un resplandor naranja iluminaba el cielo sobre Temiscira. El olor de los pastizales quemados golpeó su olfato, a la vez que una nube de humo y ceniza acudió a su encuentro, creando una densa cortina de niebla unos pasos más adelante.
— ¿Crees que sea obra suya?
— Me extrañaría que no lo fuera. — respondió a su acompañante.
Los dos callaron mientras miraban fijamente hacia el horizonte. Lentamente, el cielo se había revuelto. El halo de luz rojiza competía con el negro absoluto de las enormes nubes cargadas de lluvia que se arremolinaban en el manto celeste. La primeras gotas de agua cayeron unos minutos después, a lo que el anciano respondió ajustando su capa para cubrir su cabeza. De inmediato, la risa escandalosa y desparpajada de su compañero se dejó escuchar.
— Un poco de agua no va a matarte.
— No soy como tú. El agua no es mi elemento.
Las risas aumentaron, esta vez coreadas por varias carcajadas roncas. De pronto, el retumbar de un trueno acalló sus voces, trayendo de regreso el aura de pesadumbre que reinaba unos instantes antes. Tras el eco del rugido del cielo, el ritmo de la llovizna arreció. Los caballos bufaron al contacto del agua fría sobre sus pieles. Movieron la cola y agacharon las orejas. El mal clima solo empeoraría.
— Capitán, ¿cree que estén vivos?
Los labio,s heridos por el mar, del viejo Ganímedes se curvaron en una mueca que, más que una sonrisa, parecía un gesto de resignación.
— Son héroes. ¿No es verdad, Cara de Asno? — respondió con todo el optimismo que quedaba en él. — Un héroe no puede caer tan fácil. Además, estamos aquí para llevarlos de regreso a Troya en una pieza. ¡Jodidos dioses!...Mortales salvándoles el culo a héroes escogidos por Athena… el mundo está de cabeza.
Anaxos, a su lado, sonrió. Habían pasado años desde la última vez que había peleado hombro a hombro con su viejo amigo. Sin embargo, su confianza en él era plena. Un guerrero nunca olvidaba como sostener una espada y, aunque Ganímedes y su navío habían renunciado al ejército para unirse al mundo de los mercaderes, Anaxos sabía que su corazón todavía era el de un soldado.
Su sonrisa no pasó desapercibida para el capitán, quien la respondió, dejando al descubierto sus encías desnudas. Clavó los talones en el costado de su caballo y, así, los dos se pusieron en marcha seguidos de un gran batallón de Apolonios.
El destino era Temiscira. Sólo esperaban haber llegado a tiempo.
-3-
La brisa nocturna se había vuelto fría de nuevo. El viento soplaba desde el norte con toda su fuerza, arrastrando la humedad de los días anteriores y avivando con sus ráfagas los fuegos que ardían por distintos frentes de Temiscira. La ciudad entera estaba hundida en el más profundo de los caos, con mujeres y esclavas corriendo por todas partes, en un desesperado intento por detener los inesperados sucesos que caían sobre ellas.
En medio de aquella anarquía, los santos habían conseguido escabullirse con cierta facilidad y sin ser vistos por sus captoras. Hasta ese momento, Dohko y el resto se habían mantenido tranquilos. No debían perder la paciencia, ni mucho menos tomar decisiones impulsivas. Tenían que mantenerse en calma.
Ahí, escondidos en las sombras de los callejones que separaban las edificaciones, esperaban agazapados por el momento idóneo para continuar su escape. Dejaron que un grupo de soldados pasara por la calle a toda velocidad y, después, volvieron a retomar la marcha.
No consiguieron mucho. Un poco más adelante, se encontraron con que otro pelotón se acercaba a ellos y tuvieron que buscar de nuevo un escondite que los mantuviera a salvo. Pero, para sorpresa de todos, cuando doblaron la esquina de otro callejón, toparon con un trío de mujeres, a quienes la presencia de los santos también les pilló desprevenidas. Para suerte de los jóvenes, su tiempo de reacción fue menor que él de ellas.
Bastaron unos cuantos tajos para que se libraran de la amenaza. Rápidamente se encargaron de mantener los cuerpos de las amazonas lejos de la vista de cualquier curioso y tomaron sus armas para usarlas en caso de ser necesario. Ahora, con todos ellos armados, Dohko sentía que podía respirar con más tranquilidad.
— Manténganse cerca. — apuntó, mientras asomaba la cabeza por la esquina de la calleja, en busca de posibles obstáculos.
Al encontrarse con el camino libre, dio la señal para que el grupo se moviera. Los demás santos no dudaron en obedecerle.
Aunque no lo expresaba, había algo que preocupaba al chino. Y es que, aunque se movían lo más rápido posible, de acuerdo con el mapa que Saga le había dado, todavía estaban muy lejos de la salida de Temiscira Habían caminado varios minutos con rumbo fijo, ayudándose de las distracciones que se Aretha había creado para esconder su presencia, pero no había resultado positivo en ello.
Y todavía había más. Con un centellante rayo cruzando el cielo, la lluvia hizo su anuncio.
Las primeras gotas cayeron sobre ellos, frías y aisladas; pero poco a poco, el ritmo al que caían fue aumentando, hasta que, por fin, una gran cortina de agua se abrió desde las altas nubes oscuras que rondaban el cielo por encima de la ciudad. Ninguno de los guerreros de Athena expresó en voz alta sus preocupaciones, más todos compartían en silencio los mismo pensamientos. Con el agua, el fuego cedería y no sería necesario que tantas mujeres se dedicaran a luchar por extinguir las llamas que consumían todo a su paso. La única distracción que les serviría de pantalla eran los caballos pero, ¿cuánto duraría semejante desorden? Necesitaban tiempo y, ahora, todo indicaba que no lo tenían.
Contrario a ellos, un aire de tensa calma se esparció por un pueblo doblegado por el estrés. Muchas cosas estaban en juego esa noche para el imperio amazónico, cosas que ellas mismas ignoraban y que, por lo tanto, no veían venir. Sin embargo, con muchas de sus preocupaciones literalmente extinguiéndose con la lluvia, la tranquilidad mental que las guerreras necesitaban para reagruparse se cernía como una amenaza para los santos. Lo último que les faltaba era tener a un pueblo sediento de venganza detrás de sus cabezas.
— Debemos darnos prisa. — les ordenó el Maestro de los Cinco Picos, acelerando el paso. — No sabemos cuanto tiempo podremos andar por estas calles sin delatar nuestras presencia.
Los demás asintieron sin detenerse ni dudar.
Tras un rato a la carrera, pasando con velocidad por diversos obstáculos, los jóvenes se toparon de frente con el enemigo.
Habían corrido con desesperación por un largo rato, escabulléndose en la oscuridad y evitando todo tipo de enfrentamiento directo con las amazonas, sin embargo, al dar la vuelta a una esquina, sus pasos los guiaron al lugar menos pensado: una pequeña plaza se abrió delante de ellos. Su tamaño era considerablemente menor que el ágora, sin embargo el espacio despejado dejaba al descubierto su presencia. Lo que era incluso peor, del otro extremo de la explanada, intentando domar a algunos de los corceles descarriados, unas pocas amazonas repararon en ellos. Al principio se mostraron confundidas, como si sus ojos les mostraran algo que resultaba imposible de creer para su intelecto. Sin embargo, unos cuantos pestañeos fueron suficientes para que se recobraran de la sorpresa.
No había duda de quienes eran los hombres frente a ellas ni de las prioridades del momento, así que los caballos pasaron a segundo plano.
Sin ningún titubeo, desenfundaron sus espadas, planteándose la idea de detenerlos a cualquier costo. Con un grito de guerra que los santos lamentaron más que el ataque en sí, las mujeres se abalanzaron en su contra para rodearlos.
Los choques de las espadas y el rechinar del metal encontrándose en innumerables ocasiones no se hizo esperar. Los santos eran superados en número y, probablemente, también en habilidades; pero eso nunca antes los había detenido. Reaccionaron de inmediato, formándose de tal forma que sus espaldas se encontraban, mientras sus armas se alzaban amenazantes contra las amazonas, quienes les habían rodeado. De esa forma, no solo se cuidarían a si mismos, sino que dificultarían el trabajo para sus perseguidoras.
A partir de ahí, se trataba de encontrar el momento adecuado para vencerlas.
Pero, si la intención de los santos era sobrevivir, entonces tendrían que salir de aquel enredo lo más pronto posible. Poco a poco la pelea se encrudecía. Lejos de disminuir, parecía que sus enemigas se multiplicaban. El área, aunque no cercana a las zonas donde el tráfico de amazonas era más fuerte, sí poseía una concurrencia importante. Así que, más rápido de lo que hubiesen imaginado, los guerreros de Athena se encontraban superados por un número significativo de amazonas.
Las preocupaciones de Dohko se dispararon. No podía creerse que todo terminara ahí. Se había prometido que no descansaría hasta sacar a los más jóvenes de Temiscira, vivos, pero las complicaciones en las que habían caído comenzaban a empañar su optimismo. ¿Acaso sería incapaz de mantenerlos a salvo?
Aunque su espada se blandía una y otra vez contra las amazonas que tenía enfrente, el santo de Libra también se encontraba al pendiente del resto. A su izquierda, Camus hacía lo mejor que podía. El rápido entrenamiento había bastado para mantenerlos vivos hasta ese momento, sin embargo la situación les superaba. Los brazos y piernas del galo se hallaban cubiertos de rayones y sangre que, aunque no era totalmente suya, resultaba preocupante. Del otro lado, Shaka también se aferraba a su espada lo mejor que podía.
El rubio había perdido terreno lentamente. Empujado por el constante embate de las mujeres, ahora se encontraba unos pasos detrás del resto. El filo de una espada enemiga acarició peligrosamente su torso, haciéndole perder un paso más. Más no se rindió. Habiendo pillado a la amazona con la guardia baja, Shaka devolvió una estocada que le valió deshacerse de ella. Pero más tardó en caer que otra en tomar su lugar.
Cerca de Shaka, Mu hacía lo propio. Ninguno de ellos iba a dejarse vencer. Ninguno pondría en duda sus propios méritos y esfuerzos. Fuera mucha o poca la diferencia entre su nivel y el de las amazonas, no había forma en que ellos se creyeran inferiores. Por eso luchaban con tanto ahínco.
Por eso no perderían.
Ahí, al verlos pelear con tanta fiereza, Dohko sintió los ánimos renovarse. Ellos no iban a darse por vencidos y él tampoco. Habían recorrido un largo camino para llegar hasta ahí, y no darían vuelta atrás en ese momento; no cuando la libertad estaba tan cerca.
Sin embargo, como en las ocasiones anteriores, el momentum de la batalla cambió con una sola acción. En un pestañeo, la suerte estaba en el bando contrario.
Justo cuando parecía que él y sus jóvenes compañeros había conseguido tomar la iniciativa en el combate, que tenían todo bajo control, bastó un mal golpe para que todo cambiara. En medio del caos, al intentar detener a una amazona que estaba a punto de sorprender por la espalda a Mu, el toro dorado realizó un movimiento brusco que terminó abriéndole las heridas causadas en peleas anteriores.
En un instante, la roída túnica amarillenta que usaba se tornó roja.
El súbito latigazo de dolor recorrió su cuerpo, doblegándolo. Se dobló sobre sí mismo, hincando una de sus rodillas en el piso. Solamente encontró fuerza en uno de sus brazos para sostener la espada, que de pronto se había perdido todo su poder ofensivo, convirtiéndose en nada más que un escudo peligroso.
— ¡Aldebarán!
La voz del Mu llegó a sus oídos con una pasmosa claridad. Aún ahí, con el constante chasquido del metal y los ecos de la batalla, era capaz de oírlo. No solo eso, al levantar la mirada, sus ojos coincidieron, delatando la preocupación del santo de Aries por él. Y, además de Mu, estaba el resto. De inmediato cerraron filas alrededor de su hermano caído. En un santiamén se encontraron rodeándolo, dispuestos a no dejar que nadie lo tocara, aún a costa de su propia vida.
— Quédate ahí, Aldebarán. — escuchó a Dohko, ordenándole. — Nosotros te cuidaremos las espaldas.
En los ojos turquesas del chino se refleja una sinceridad sobrecogedora, la cual compartía con los demás. Mu, Shaka y Camus habían tomado sus posiciones alrededor de él. No había una pizca de duda en ellos; saldrían de ahí juntos o caerían en el intento.
— Maestro…muchachos… — recorrió sus rostros con la mirada.
Entonces, con toda la determinación que quedaba en él. Decidió que se pondría de pie. A pesar del dolor y las heridas, seguiría peleando. No iba a dejarse vencer por esas mujeres belicosas, no cuando los demás ponían todo su esfuerzo para ayudarle. No sería una carga para ellos. No iba a defraudarlos.
Con un esfuerzo titánico, volvió a erguirse. Sus rodillas no volverían a tocar el piso. A como diera lugar, saldría de ahí junto con sus compañeros. No iban a desperdiciar todos los esfuerzos que se habían hecho para mantenerlo vivos. Cada pensamiento, cada imagen de lo mucho que habían compartido en tan poco tiempo, le infundían ánimos para seguir adelante.
— Pero, ¿qué…?
— Estaré bien, maestro. Si ustedes luchan por mí, yo lucharé por ustedes. — le dijo. — No seré una carga. Pelearé, hombro a hombro, a su lado.
— No esperaba menos. — Camus respondió. Miró de reojo al santo de Tauro, irradiando en su mirada un aire de plena confianza en su compañero de la segunda casa. El brasileño agradeció la confianza con una tenue sonrisa.
Una vez que estuvo de pie, volvió a enfilarse con sus amigos. Juntos podrían mantenerlas a raya, e incluso, con un poco de suerte, ganarles.
Y ese ruego, el poco de buena fortuna que necesitaban, llegó en el momento menos esperado.
De pronto, un par de las amazonas contra las que luchaba se desvanecieron. En sus espaldas, había varias flechas clavadas, las cuales habían terminado con sus vidas. Segundos más tarden unas pocas guerreras más cayeron, al ser atravesadas por espadas que no eran las de los santos. Los aliados les habían atrapado por la espalda.
— ¡Santo!
La silueta de la guerra se plantó entre Dohko y las amazonas. Sus largos cabellos negros se mecieron en el aire, mientras su mirada de un tono oscuro se fijó en el santo, al cual miró por encima del hombro.
— ¡Tú! — la sorpresa en el rostro de Dohko al mirar a Ge fue inevitable. Ellas habían prometido ayudarles, pero el santo de Libra jamás pensó que sus palabras llegaran a ser una realidad.
— Llegamos un poco tarde, pero solo porque fuimos a buscarles a las prisiones. Veo que se las han arreglado para salir de ahí…
En eso, un espada pasó tan cerca de ella que tuvo que dejar la plática. Intercambio un par de golpes con la amazona en cuestión. Sin embargo, el factor sorpresa y la incredulidad que se reflejaban en el rostro de su contrincante, fueron suficientes para que Ge se deshiciera de ella con facilidad.
Al igual que su líder, algunas otras Hermanas se interpusieron entre los santos y las demás.
— ¡Alto! — Ge les ordenó.
Hubo muchas dudas por parte de las mujeres, pero la amenaza de una batalla que no podrían ganar, terminó por ocasionar una breve pausa. Sin embargo, ninguno de los dos bandos bajó la guardia.
— ¡Ge! ¡¿Por qué? — le reclamó una de las muchas mujeres. — ¡¿Por qué esta traición?
— No existe traición en esto. Estamos aquí por el bien de Temiscira, por nuestro pueblo y nuestra gente. ¡Basta de servir a una reina que solo piensa en sí misma! ¿Acaso no lo ven? Hipólita no es quien solía ser.
Las facciones de las mujeres que escuchaban se cargaron de incertidumbre. Con todo, Hipólita seguía siendo la reina y, en Temiscira, no se cuestionaba la autoridad de una soberana elegida por los dioses. Además, ayudar a esos hombres… era impensable.
— ¿Qué hay de ellos? ¡Son asesinos de nuestras hermanas! — habló otra joven.
— ¡¿Y los defienden? — terció otra.
— ¡Eso es traición! — el resto vitoreó a aquella manifestación.
Ge se sopló los flecos. Al final, todo había resultado como lo pensaba. Cambiar la mentalidad de sus compañeras no sería un trabajo fácil y tampoco tenía tiempo para objeciones.
— Supongo que no hay remedio. — suspiró. Después, se dirigió hacia el resto de la Hermandad de la Lanza. — Deténgalas… a como dé lugar.
Semejante orden sembró el pánico en las más débiles. Competir con aquellas seleccionadas para conformar la Élite amazónica era algo que ninguna de aquellas,de rangos inferiores, deseaba ni quería. Era un suicidio.
— Pero, Ge…
No hubo tiempo para más reclamaciones ni tampoco para explicaciones. Habían tenido su oportunidad y, simplemente, la habían dejado pasar. Ahora, las Hermanas se encargarían de borrar las huellas detrás de sus pasos; y eso, las incluía a ellas.
Ante la mirada atónita de los santos, la batalla se encrudeció. Esta vez, era mucho peor. Aquello que presenciaban no era una guerra entre enemigos, sino entre hermanas. Todo lo que antes las había unido, ahora las separaba. Desafortunadamente, tomaría algo más que su partida y la buena voluntad de ellas reagrupar el corazón de un pueblo herido como aquel.
Mientras observaba, y a pesar del gran alivio que traía consigo la presencia de la Hermandad, surgió una nueva preocupación en la mente de Dohko..
Como si algo dentro de su cabeza le gritara que olvidaba algo, el de Libra miró a su alrededor, hacia sus compañeros. Shaka… Camus… Aldeberán…
— ¿Dónde esta Mu? — preguntó, sin que hubiera forma que alguien respondiera a su inquietud.
-4-
— ¡A la izquierda!
Siguiendo las indicaciones de Aretha, el santo de Sagitario siguió por el angosto pasillo. Corrieron un poco más, hasta encontrarse con las escaleras de mármol, que guiaban hacia la planta baja del palacio.
Aioros se sintió ligeramente aliviado al encontrarlas. No deseaba pecar de optimista, pero la salida se veía cada vez más cerca y, para su buena suerte, no habían topado con algún peligro considerable. Sumado a eso, estaba la creciente inquietud que le generaba el hecho de que el cuerpo de Phineas se desvanecía lentamente en su espalda. Poco a poco, las fuerzas de la sacerdotisa desaparecían y Aioros podía notarlo. El agarre de la mujer se había vuelto débil, mientras su respiración, que caía sobre el cuello del santo, se tornaba cada vez más ligera e imperceptible.
"Aguanta un poco, Phineas."
Los tres comenzaron el descenso por las anchas escalinatas que dibujaban un curva al descender. Sin embargo, justo cuando se encontraban a la mitad, el silbido de un par de flechas volando en su dirección les sorprendió.
Abajo, a unos metros del final de las escaleras, un par de amazonas se encontraban de pie, encajando una nueva ronda de sagitas para atacar a los intrusos. De nueva cuenta, las flechas surcaron los aires, con la intención de hacer blanco en el santo y las dos doncellas.
— ¡Retrocede! ¡Retrocede! — gritó el arquero a la ninfa.
Ella no protestó, sino que regresó sobre sus pasos, seguida del arquero que cargaba con Phineas. La curvatura de las escalinatas les protegió de todos los proyectiles que iban a su caza, pero podían escuchar con claridad el sonido de las sandalias de las mujeres que les perseguían. Aioros sabía que las amazonas no les permitirían escapar. Si querían librarse de ellas, tendrían que enfrentarlas. Cualquier otro camino terminaría en un callejón sin salida.
Cuando los tres alcanzaron el piso del segundo nivel, el santo puso manos a la obra. Ahí, en medio de ese pasillo, no habría nada que les pudiera servir como escudo, así que tendría que enfrentarlas tan pronto ellas les tuvieran en la mira. Todo se reduciría a quien atacaría primero y, el santo, pensaba ser el primero en acertar. Pero, lo que ninguno de ellos esperaba, fue precisamente lo que sucedió.
— Aretha, ayúdame a bajar de Phineas. — Aioros la llamó. Sin embargo, al voltear en dirección al santo, la pelirroja no escondió el sobresalto que le ocasionó lo que vio.
— Aioros… — susurró, aterrada.
— ¡Aretha! ¡Apresúrate! — el santo volvió a llamarla.
— ¡Estás sangrando!
Al escucharla, Aioros bajó la mirada.
En su costado izquierdo, justo debajo de sus costillas, se había enterrado una flecha. En medio de la adrenalina provocada por el sorpresivo ataque, el santo no había sentido en que momento los proyectiles de las amazonas le habían alcanzado. Alrededor de la herida, la sangre corría por su túnica blanca, dibujando un círculo escarlata. Aioros tragó saliva.
— Aretha, ayúdame a bajarla. — repitió, de la manera más tranquila que pudo. — Estaré bien, pero debemos librarnos de ellas. — le dijo, deseando infundirle un poco de calma.
Aretha aguantó la respiración. Apretó los puños, rebuscando en su interior por la última gota de coraje que le quedaba, e hizo como el santo de Sagitario le pedía. Con cuidado y presteza, bajó a la sacerdotisa, guiándola hacia un lugar seguro, lejos del lugar donde se desarrollaría el combate.
Al saberlas fuera de la línea de fuego, Aioros se preparó para el encuentro con las guerreras. Lo primero que hizo fue deshacerse de la flecha que tenían incrustada en el torso. Dolió endemoniadamente cuando la sacó, pero nunca se quejó. Su pequeño descuido de antes terminaría arruinándole el día; de eso estaba seguro.
Entonces, las vio venir y supo que no era momento para quejas. Era hora de atacar.
Encajó una flecha, estiró la cuerda y la liberó. La sagita no golpeó el punto exacto que deseaba el arquero, pero fue suficiente para que la primera de las dos amazonas cayera. La otra hizo lo propio, disparando en contra del santo. Sin embargo, Aioros consiguió moverse, haciendo que la amazona fallara.
La respuesta del arquero dorado no se haría esperar. Encajó una flecha y disparó. Con cada movimiento de su cuerpo al tensar la cuerda y prepararse para disparar, una ola de dolor recorría la zona de su torso. Al igual que la primera flecha, no golpeó en el punto que deseaba, pero bastó para derribar a la atacante, regalando valiosos minutos para que Aioros terminara el trabajo; y así lo hizo. Terminó con sus perseguidoras con ayuda de la espada. Dos golpes de misericordia fueron suficiente para enviarlas al mundo de los muertos y terminar con la amenaza latente.
A pesar de haber salido airoso, no podía sino preocuparse de que la voz de alarma hubiera corrido en palacio. De ser así, estaba metido en muchos más problemas de los que pensaba y tendría que salir de ahí todavía más rápido de ahí. Y, ahora, estaba herido. Las cosas se complicaban más y más con cada segundo que permanecían en los dominios de Hipólita.
Pero, sucediese lo que sucediese, tendría tiempo para lamentarse después. Por el momento, sus prioridades eran otras; comenzando por el par de chicas a las que se suponía debía mantener a salvo.
— ¿Están bien? — volteó hacia Aretha, quien asintió. — Vámonos. Aún nos falta mucho camino para salir de aquí. Ayúdame con ella. — apuntó a la sacerdotisa.
— Pero... estás sangrando mucho.
— Estaré bien. —meneó la cabeza. La verdad era que dolía bastante. — Apresurémonos.
— Aioros…
— Escucha. — la tomó de los hombros para mirarla directamente a los ojos. — Sé que las cosas pueden verse mal, pero todo estará bien. Tan pronto estemos a salvo, podré curarme adecuadamente, ¿de acuerdo? Phineas también necesita ayuda y no tenemos tiempo. Aretha, por favor.
La joven no quiso discutir más. Asintió torpemente a las palabras del santo. Lo mejor que podía hacer era callar y apurarse a cumplir con el pedido de Aioros. Mientras más pronto consiguieran salir de ahí, sería mejor para todos. Dejarían la pesadilla atrás, Phineas y Aioros podrían recibir ayuda; y, el resto, quizás ya estarían esperando por ellos. Trató de aferrarse a esos pensamientos con todas sus fuerzas, y sin embargo, aunque sus esperanzas radicaban en el entendido de que las cosas estarían bien, sólo podría respirar en paz cuando estuvieran afuera.
-5-
Saga y Milo atravesaron a toda velocidad las vacías callejuelas de la ciudadela. El área de los palacetes se encontraba casi desierta, con la única excepción del sector en el que se encontraba el palacio de visitas, donde la incipiente lluvia no había conseguido apagar las fuertes llamas que lo consumían.
El aire frío les secaba los labios. Su respiración se había incrementado por el andar presuroso y la necesidad de aire que los obligaba a boquear por él, les resecaba la garganta.
Para el más joven de los dos, aquel paseo por la ciudad era el primer vistazo revelador que tenía de Temiscira. Aunque había pasado días en la ciudad, todo parecía nuevo para Milo. No reconocía ninguno de los lugares por los que Saga le guiaba. Algunos edificios los recordaba debido a su fugaz viaje a la casa de sanación, pero por lo demás, no tenía la menor idea de por donde iba caminando. De vez en vez, observaba de reojo al gemelo. Saga, a diferencia suya, estaba completamente concentrado en su misión. Sus ojos verdes recorrían los alrededores con detenimiento en busca de señales que le ayudaran a ubicarse en las intrincadas calles. El mapa que les diera Anaxos estaba perfectamente grabado en su mente, pero aún así, debía ser cuidadoso y no dejar ningún detalle al aire.
— Sabes a donde nos dirigimos, ¿cierto? — la mirada punzante de Saga resolvió su duda, sacando una sonrisa retorcida al escorpión. — Vale, vale. Me callo.
— Mejor. — respondió el gemelo. Milo soltó una risita.
Bastaron un par de giros más para que, al fin, distinguieran la inusual fachada de la casa de sanación. Aquel edificio derruido era de los pocos cuya arquitectura no estaba diseñada con base en los designios del dios de la guerra, sino que se caracterizaba por las serpientes labradas en piedra que adornaban el marco de la entrada. Curiosamente, el lugar también carecía de puerta. Probablemente erael único edificio en la ciudad de libre acceso para cualquier habitante, sin importar la clase social a la que perteneciera.
Llamó su atención la completa oscuridad en la que se hallaba el lugar. Nada se movía dentro del lóbrego edificio, no había señal alguna de vida en los alrededores. Sus temores más profundos se hicieron se fortalecieron ante el desolador panorama: si Shura estaba ahí, no habría garantía de que estuviera vivo.
De cualquier forma, tendrían que entrar y comprobar por sí mismos la suerte del cabrito dorado. No tenía caso alargar lo inevitable.
Si el panorama desde afuera era desalentador, no había forma de describir el sentimiento que ocasionaba la visión desde dentro de la casa de sanación. Los signos de una batalla reciente se dejaban ver en cada rincón, empezando por la entrada. A unos pocos metros del arco de serpientes que daba la bienvenida, los cadáveres de varias amazonas yacían sobre el piso, con la piel desgarrada y los órganos despedazados. Sus armas descansaban junto a ellas, bañadas en lo que parecía ser su propia sangre. Por las paredes grises, resbalaban gotas frescas del líquido carmesí. Todo había sido destruido. Salvo unas pocas vasijas y jarrones repletos de agua, nada se había salvado.
La visión les revolvió el estómago. Pero sus sentimientos iban más allá de la empatía y de la pena por el cruento final de esas mujeres. Lo que realmente ocupaba sus cabezas era el hecho de que alguien había llegado ahí antes; alguien fuerte y peligroso… y todavía estaba ahí.
— Mira las pisadas. — susurró el escorpión, apuntando hacia las huellas de sangre que dibujaban el sendero por el que anduvieron los asesinos.
— Entran, pero no salen. — Saga confirmó, a lo que Milo asintió. — Tengamos cuidado.
Una segunda sección de la casa de curaciones se abrió ante sus ojos después de la estancia. Ahí dentro, el escenario no era menos crudo.
A diferencia de la primera línea de batalla, comandada por las amazonas muertas, las segunda no había tenido oportunidad alguna de detener a los intrusos. Así lo demostraban los cuerpos destrozados de varias mujeres entradas en años. Siguiendo por el pasillo, encontraron varias habitaciones pequeñas, con nada más que cadáveres dentro de ellas. Los asesinos no había tenido piedad para con nadie, ni con las curanderas, ni con los enfermos. Cualquiera que fuera su objetivo, no habían perdonado vida alguna y tampoco habían dejado testigo vivo.
Aquello apestaba a traición, a una revuelta interna.
Los santos no pudieron pensar demasiado al respecto porque, de pronto, algo más les puso en alerta. A lo lejos, los gritos casi desvanecidos de varias voces femeninas confirmaron sus sospechas. La masacre no había terminado.
— ¡Saga! — el gemelo no respondió al llamado de Milo. — ¿Escuchaste? — asintió.
— Están aquí.
— Entonces, ¿qué esperamos?
Saga miró a Milo. La enorme sonrisa repleta de confianza del más joven le pareció divertida. Tenía razón. ¿Qué estaban esperando?
-6-
La puerta de la habitación se abrió con un gran estruendo. Aunque no le había pillado del todo desprevenido, Shura no pudo guardarse un respingo que el sobresalto le robó.
Había escuchado las voces y los pasos acercándose por el pasillo, trayendo consigo ecos de sorpresa por parte de sus guardianas. Sin embargo, en algún punto, todo ruido se detuvo y no quedo nada más que silencio. Probablemente no transcurrió más de un par de segundos en completa calma hasta que la puerta de su habitaciónse abriera, pero para el español fue una espera demasiado larga.
— Es momento de irse.
Bajo el marco de la puerta, enfundada en su armadura y con la espada aún húmeda con la sangre de las que fueran sus celadoras, Hemera observó fijamente al joven protegido de Athena. Su mirada, a pesar de todo, se mantenía fría y calculadora. Cualquiera que observarse el rostro de facciones suaves e indiferentes de la mujer, no podría imaginar que acababa de terminar con las vidas de sus propias hermanas para llegar hasta ahí, con la intención de liberar a un enemigo jurado de su pueblo.
Pero el pasado no era algo que preocupase a Hemera y al resto de las guerreras de la Hermandad que la acompañaban. En ocasiones, era necesario hacer pequeños sacrificios para lograr un bien mayor, y ellas estaban firmemente convencidas de ello. Esa era una de esas ocasiones.
— ¿Qué pasa? Apresúrate. No tenemos mucho tiempo. — la amazona volvió a llamarle.
— Los otros, ¿qué hay con ellos?
— Preocúpate solo por ti, santo. Los demás están a cargo de mis otras hermanas. — le respondió. — Anda, muévete.
Shura hizo como se le pidió. Su desconfianza era grande, pero tampoco tenía más opciones. Pasó junto a ellas, con recelo, y sin poder ocultarlo, clavó sus ojos verdes en los rostros de las mujeres. Ninguna se inmutó.
— ¿Qué está pasando ahí afuera? — preguntó; a lo que la líder respondió encogiéndose de hombros.
— Sólo sé que el momento de irse es ahora o nunca. La ciudad es un caos y, en medio de tantas distracciones, ustedes encontrarán la manera de marcharse, llevándose consigo la maldición de la diosa de ojos grises. Palas nunca fue una diosa misericordiosa. — Hemera hizo una pausa para voltear hacia una de sus acompañantes, indicándole con un gesto que entregara un arma a Shura. — Dijiste que saber blandir una espada. Úsala con inteligencia.
Shura aceptó el arma. Las palabras con respecto a su diosa no le habían sentado en gracia, pero tampoco era su deseo meterse en polémicas. Esas mujeres, para bien o para mal, eran su pase de salida de Temiscira, y pensaba aprovechar esa oportunidad.
— Vámonos. — les dijo, tomando la delantera.
Al salir, comprendió el escándalo de unos minutos antes. Varios cuerpos de amazonas se hallaban tendidos por los corredores de la casa de sanación. Algunas estaban muertas, otras aún respiraban; sin embargo, Shura sabía que la vida no les duraría por mucho más. Si la Hermandad de la Lanza había tomado el riesgo de levantarse contra su reina para ayudarlos a salir de ahí, sin duda que no dejarían testigos de esa hazaña.
Imperturbable, el santo caminó entre los cuerpos. Por primera vez en mucho tiempo, podía andar libre, sin sentirse atrapado en las cuatro paredes que eran su prisión y, por encima de todo, podía ver. Dentro de todos los males que había traído esa aventura, tenía su vista de regreso y, bajo riesgo de sonar egoísta, aquella era una gran bendición.
Mientras avanzaba, distinguió, con mucha mayor claridad que desde su habitación, la columna de humo oscuro que se abría paso entre el resplandor naranja de los incendios. La lluvia caía sobre la ciudad, pero el fuego parecía no ceder ante el capricho de los cielos.
El resplandor de un rayo iluminó momentáneamente el pasillo, permitiendo que la vista del santo llegara hasta el interior de las demás habitaciones, sólo para descubrir que no había nada más que muertos en ellas. Hemera y las otras habían terminado con toda vida que se cruzase en su camino y, con ello en mente, los pensamientos de Shura volaron de inmediato a Tarsila. ¿Habría conseguido sobrevivir a la masacre? ¿Cuál había sido el destino de la vieja?
De pronto, como respuesta a sus preguntas, la vio. Escondida en una habitación en penumbras, observando como un fantasma, se encontró con el rostro de Tarsila. En un gesto casi imperceptible, la anciana le sonrió. Ambos sabían que esa era la despedida, que sus caminos no coincidirían nunca más. Su breve historia concluía ahí.
El santo devolvió el saludo. Inclinó la cabeza y le regaló una sonrisa. En aquel lugar, donde jamás pensó conocer a alguien a quien extrañaría, el destino se empeñó en mostrarle lo equivocado que estaba. Porque, definitivamente, la vieja sería una de las pocas memorias que guardaría consigo de esos días de desaventura.
Shura notó también que su breve intercambio de miradas no había pasado desapercibido para Hemera, quien le seguía un par de pasos detrás. La amazona, sin embargo, giró la cabeza, fingiendo una indiferencia que el santo de Capricornio sabía que no existía; y, en ese momento, no supo si debía preocuparse o no. No quería que la anciana curandera pagara por su culpa. Después de todo, aun si fuera bajo las órdenes de Hipólita, ella era la única que había cuidado de él. Gracias a ella podía ver de nuevo.
— No le harás daño, ¿verdad? — se atrevió a preguntarle a la guerrera que iba a su lado.
— No. La vieja está a salvo. — Hemera respondió. — No hablará y con eso nos basta.
La respuesta no fue suficiente para Shura, pero no podía hacer nada más. Solo le quedaba confiar.
A sabiendo de eso, desechó todos sus pensamientos. No era el momento de preocuparse por cuestiones que no podía controlar, sobretodo cuando la parte crítica de su escape estaba cercana.
— ¿Hay algún plan? — volvió a preguntar, sin posar la mirada en Hemera.
— Ge, nuestra hermana, irá por el resto. Haremos todo lo posible por guiarlos a salvo hasta los límites de la ciudad. Desde ahí, están por su cuenta.
— Comprendo.
— Con todo el alboroto que se ha creado en la ciudad, es posible que los grupos de vigía que se esconden en los bosques hayan bajado hasta Temiscira, así que no deberán tener mayor problema para escapar hasta Troya. — agregó otra de las mujeres que iban con ellos.
— Si alguien se opone a darles alojamiento en la ciudad, pueden decir que han escapado de Temiscira. Con eso, tiene asegurado los favores deSuAltezaPeriandro. — Hemera torció la boca, con un mohín de cinismo. — El muy bastardo nos odia. Si soporta nuestra presencia es porque nos teme y la economía de Troya necesita de nosotros. Pero, si tuviera la oportunidad, nos exterminaría. — Shura la escuchó con atención, siempre con la mirada al frente. — No te preocupes, santo. No caeremos con tanta facilidad. — y, sin quererlo, sonrió.
Hemera notó la sonrisa en los labios del santo y, aunque no hizo ningún comentario adicional, no pudo evitar pensar en que, muy probablemente, las noticias sobre sus compañeros no habían llegado a sus oídos.
— Hay algo que deberías saber…
Pero la mujer no pudo continuar. En medio del silencio, el eco de un repicar llegó hacia ellos, alertando sus sentidos. De inmediato, las amazonas reaccionaron.
Hemerase adelantó a Shura mientras el resto también se preparaba para un posible enfrentamiento. El mismo Capricornio se puso en alerta. El corazón le latía con fuerza. No podía negarlo: sentía una innegable emoción por entrar en batalla y no tenía la menor intención de que le dejaran fuera de ello. Él también era un guerrero… uno dispuesto a demostrarlo.
— Manténganse preparados. No se alejen. — les ordenó la amazona líder.
Avanzaron sigilosamente en busca de quien se aproximaba. Fuese lo que fuese, al encontrarse, estarían preparados para asesinarle.
-7-
La mirada de Saga taladró a Milo. Todos los esfuerzos por mantenerse encubiertos se habían ido al traste cuando, por descuido, la punta de la espada del escorpión había terminado derribando una de las vasijas que las curanderas solían atiborrar de hojas con mohín de arrepentimiento valió de poco ante la reacción de Saga. Y es que, con todo el desastre que se habían encontrado de la casa de sanación, el gemelo no podía sino sentirse terriblemente preocupado por quienes habían llegado antes que ellos. Como fuera, no podía hacer nada para borrar el pasado. Si los habían escuchado o no, eso no lo sabía; y para saberlo, tendrían que esperar.
Con un movimiento de su mano izquierda indicó a Milo que se olvidara del incidente. No tenía caso pensar más en ello. Asimismo, dio la orden de que siguieran con el camino que les quedaba por recorrer. En ese instante, su peor temor era haber llegado tarde una vez más.
— Detente. — de pronto, le susurró al más joven.
Su instinto le gritaba que debían hacer una pausa; que, si continuaban, iban a meterse en la boca del lobo.
La verdad era que Milo no alcanzaba a ver o escuchar aquello que había alertado a Saga, sin embargo no se arriesgó a desobedecerle. Ambos se replegaron contra la pared, guardándose entre las sombras que se proyectaban en un rincón de las paredes. No tuvieron que esperar demasiado para comprobar que la corazonada del santo de Géminisescondía algo de razón en ella.
Las sombras de aquellos que habían causado el caos que sus ojos veían, se dibujaron en el piso. Dos, tres, cuatro… seis en total.
"Maldición."
Saga miró de reojo hacia Milo. El cansancio y el evidente abuso físico al que había sido expuesto se denotaban en él. ¿Cuánto tiempo más podría resistir? Era imposible saberlo y, sin lugar a dudas, Saga no se atrevería a menospreciarle. Después de todo, al igual que él, Milo era un santo dorado; uno de los Doce. Si alguien podía soportar semejantes niveles de cansancio, era uno de ellos.
Sin que reparara en ello, el santo de Escorpio también había fijado la vista en él. Cuando sus miradas coincidieron, no fueron necesarias las palabras. Ambos sabían que tenían que hacer. No había vuelta atrás.
Tendrían que pelear hasta el final.
Los dos guerreros empuñaron sus espadas con determinación. Habían caminado por pendientes más empinadas y librado abismos más grandes que el que tenían enfrente. Su orgullo, su honor de guerreros, les gritaba que saldrían de ahí, vivos. Entonces, no se hicieron esperar. Suspiraron. Se miraron. Se lanzaron al combate.
Casi de inmediato, sus espadas chocaron con las de las amazonas que venían caminando en sentido contrario al suyo. Ninguno de los dos bandos había sido sorprendido por completo. La experiencia les había advertido de la presencia del otro y, ahora, solo reaccionaban a la fiereza de sus corazones guerreros. No había miedo a la muerte ni voluntad que se quebrara entre ellos. Cualquiera que fuera el resultado, Niké coronaría a quien quisiera, en su caprichosa voluntad. Pero, si la diosa de la victoria actuaba bajo designios azarosos, los del destino lo eran aún más.
— ¡Milo! ¡Saga!
Cuando los labios de Capricornio llamaron los dos nombres, toda acción se detuvo. Lo único que quedó entre todos los involucrados fue la incredulidad ante lo que sucedía. Aunque no bajaron las armas, se replegaron; amazonas por un lado, santos por el otro.
— ¿Qué significa esto, Shura? — la voz de Saga sonó hueca, carente de toda emoción.
— ¿Qué haces aquí? — Hemera se dirigió a Milo. Después, miró por una fracción de segundo al otro peliazul. — Y tú, ¿quién eres?
Pero más allá de las preguntas, no hubo respuestas por parte de nadie.
Shura exhaló. Comprendía la mitad de lo que estaba sucediendo y, la otra parte, simplemente sabía que había alguna explicación complicada para ella, más no el tiempo para escucharla; quedaría para después. Lo que realmente importaba, era evitar que se mataran entre todos.
— Bajen las armas. — ordenó, plantándose en medio de los dos grupos. — Ellas me están ayudado a escapar. — explicó a sus compañeros de Orden. — Se supone que el resto de sus hermanas se encuentra con los otros ayudándoles a escapar, pero dado que estás aquí, Milo, y parece que no sabes nada, debo pensar que algo más pasó.
— Saga, Kanon y Aioros vinieron al rescate. Eso sucedió. — respondió el de Escorpio. — Ellas dijeron que irían por nosotros, pero Saga llegó primero.
— ¿No se encontraron con Ge? — preguntó Hemera.
— No. No les necesitamos. ¡No podemos confiar en ustedes! — exclamó el escorpión.
— ¡Estúpido! ¡Sin nuestra ayuda no podrán salir de aquí! — espetó otra de las mujeres. — ¡Solos, morirán!
— ¿Morir? — Milo siseó. Sus dientes rechinaron y sus ojos se humedecieron. De pronto, estalló. — ¡¿Morir? ¡Afrodita esta muerto por culpa suya! ¡Ustedes y su maldita reina no son más que demonios traicioneros! ¡Hablan de honor cuando ni siquiera conocen su significado!
La expresión desencajada de Shura ante la confesión de Milo no pasó desapercibida para Saga, quien había permanecido en silencio, analizando la situación.
— La muerte de su compañero fue un cobardía de Hipólita. Y eso, en nuestro pueblo, es imperdonable. — Hemera frunció el ceño. Detestaba las palabras de aquel hombre impetuoso, pero no tenía nada para contrarrestarlas. Estaba en lo cierto.
— ¿Por qué no me dijiste que uno de los míos había caído? — el cuestionamiento de Shura la hizo mirar hacia él. Sonaba distante, sin embargo, la rabia en su voz era evidente.
— Iba a hacerlo. No hubo tiempo.
— Oh, sí. Hubo suficiente tiempo, pero no dijiste nada.
— ¿Ves? ¡Mienten! — interrumpió el escorpión. — Siempre mienten.
— ¿Hubieras confiado en nosotras de habértelo dicho? — la rubia ignoró al escorpión, centrándo su atención únicamente en Shura.
— No.
La sinceridad del cabrito dorado arrancó una sonrisa a la guerrera.
— Ahí tienes tu respuesta. Es por eso que nadie te dijo nada. — le dijo.
— Pero…
— Basta. — Saga no subió la voz. Habló despacio, claro y con la autoridad que pocos podían imprimir en su tono. Bajó su arma y miró directo a los ojos de la líder. — Voy a aceptar tu ayuda, pero debes saber que, si tú y las tuyas intentan algo contra nosotros, a la menor señal de peligro, voy a matarte.
Hemera se plantó, tan altiva como el santo, sin despegar su mirada de la de él.
— Un mensajero troyano, ¿eh? No intentes engañarme. ¿Quién eres? — repitió su primera pregunta.
— Saga, santo dorado de Géminis. — le respondió, dándose la vuelta para retomar el camino hasta la salida. Entonces, se detuvo y le miró por encima del hombro. — Aprende nuestros nombres y rostros, porque cuando salgamos de esta ciudad, más vale que no vuelvan a cruzarse en nuestro camino.
— En tal caso, recuerda tú el mío. Hemera, hija de Nía, tercera Hermana de la Lanza. — sonrió, para después seguir al peliazul.
-8-
La respiración de Aioros se había vuelto pesada y dicho detalle no pasaba desapercibido para la ninfa. Aunque el santo fingía indiferencia ante la herida en su torso, el hecho de que la sangre no dejaba de manar de la lesión tenía a Aretha con los nervios destrozados. La túnica corta del castaño se había teñido con el rojo de sangre en la parte superior y no parecía que el líquido carmesí dejaría de fluir, mucho menos con el esfuerzo que representaba cargar con la sacerdotisa ciega. Su respiración entrecortada y el sudor que corrían por su frente denotaban el intenso esfuerzo que hacía. Con todo, no había queja alguna por parte del santo de Sagitario.
— Estoy bien. — habló al sentir la mirada insistente de la pelirroja sobre él. Ella no respondió, pero la ansiedad que se reflejaba en las facciones tensas de su rostro, decía suficiente. — Aretha, ya te dije que estoy bien. Además, no tenemos mucha opción. Tenemos que salir de aquí; los tres.
— No puedo evitar preocuparme.
— A pesar de tus esfuerzos… no podremos salir si él no derrota a la reina…y no podrá hacerlo. — los balbuceos de Phineas, aunque no eran malintencionados ni conscientes, irritaron al arquero.
— Él se llama Kanon, y lo hará. Kanon derrotará a Hipólita, tú terminarás en Troya y nosotros regresaremos a Atenas con el maldito ceñidor. — recalcó, a sabiendas de que ella no le entendía.
Hubiese querido decir más, pero una punzada de dolor le obligó a se negase a admitirlo, tenía un mal presentimiento respecto a su herida. Al principio no le había parecido nada más que un rasguño, sin embargo, conforme más tiempo pasaba, las molestias empeoraban y el peso de la pitonisa sobre su espalda, no ayudaba en nada.
— ¡Alguien se acerca! — anunció Aretha.
Aioros musitó una maldición. No iba a permitir que la historia se repitiera. Esta vez no dejaría que lo tomasen desprevenido y con la defensa baja.
— Aretha, necesito que mantengas a salvo a Phineas. — le ordenó, mientras se agachaba para que la joven vidente pudiera descender de su espalda. — Me encargaré de quien sea que venga hacia aquí y después seguiremos.
La ninfa asintió. Deseo poder hacer más para ayudar al arquero dorado, pero tampoco quería convertirse en un estorbo. Por ello, con cuidado, asió el brazo de Phineas por sobre su cuello, para guiarla hasta un rincón protegido por las pesadas cortinas. Ahí, se plantó frente a la sacerdotisa y desenvainó la pequeña daga que los santos le habían dado antes de comenzar su misión. Si algo sucedía, estaría alerta.
Un poco delante de ellas, Aioros encajó una flecha en su arco mientras esperaba con paciencia a que la guardia llegara a su encuentro. Tensó la cuerda, no sin sentir un latigazo de dolor al estirar la piel en su herida. Con todo, no se inmutó. Esperó con la mirada fija en la esquina de la pared, buscando atrapar a su perseguidor tan pronto apareciera. Rápido y preciso, así se desharía de su contrincante.
Cuando las sombras se proyectaron sobre el suelo, el arquero supo que estaba en problemas. No esperaba que fueran tantas personas las que acudían a su encuentro y, incluso si lograba deshacerse de varias de ellas con ayuda de su arco, probablemente se vería forzado también a usar la espada. Su otra preocupación también era latente. Sus ojos azules se desviaron del pasillo hacia las dos jóvenes que estaban a sus espaldas. Si llegaba a fracasar en detener a las guerreras, la peor parte se la llevarían Aretha y Phineas. Por ellas, no podía caer. No tenía lugar para fallos, ni margen para errores.
Pensando en ello, concentró toda su atención en su flecha y en el camino que debía de recorrer para dar en el blanco. Así que, cuando el cuerpo de la primera amazona cruzó por el ángulo de la pared, se encontró con la flecha de Aioros clavándose en su cuello. La mujer cayó pesadamente, formándose a su alrededor un charco de su propia sangre.
Sus compañeras, que venían detrás, fueron tomadas por sorpresa. Lo último que esperaban era un ataque dentro del propio palacio. El momentáneo pánico que sintieron se dibujó en rostros por una fracción de segundo, pero rápidamente mutó a un gesto de completa determinación. Estaban bajo ataque, sin embargo, tratándose de guerreras curtidas en batalla como ellas, estaban acostumbradas a eso y más. Respondería como se les había enseñado: con las armas.
Desenfundaron sus armas y fueron a su encuentro, pero lejos del arquero, algo más capturó la atención de las amazonas.
— ¡La vidente! — exclamó una miliciana peliverde. — ¡Se llevan a la vidente!
Casi de inmediato una flecha se clavó en su pecho.
El santo de Sagitario estaba en una misión y no iba a perder la concentración por detalles. Mientras tuviera su arco, se las ingeniaría para evitar una pelea directa con espadas. Lo que sentía no podía traducirse como falta de seguridad, pero con su costado sangrando, no estaba muy seguro de que tan bien podría arreglárselas en un combate cuerpo a cuerpo. Además, le superaban en número.
Rápidamente hizo un conteo de sus enemigas. Siete… ocho a lo más, de las cuales dos habían caído. Un par de guerreras más sucumbió bajo sus flechas.
— ¡Maldito!
Las espadas brillaban bajo la luz de las antorchas mientras las mujeres corrían al encuentro del santo y compañía. Llegado cierto punto, Aioros supo que no podía depender más de su arco. Si continuaba aferrándose tercamente a él, no tendría tiempo de reacción cuando llegara el momento de desenfundar la espada. Había causado todo el daño que podía con sus sagitas, ahora restaba usar el filo de la daga.
Unos pasos detrás, sin perderse un solo segundo del enfrentamiento, Aretha observaba con visible aprehensión.
Había pecado de ingenua al pensar que todo saldría bien toda vez que tuvieran a la sacerdotisa consigo, porque, a juzgar por la forma en que salían las cosas, todo parecía empeorar poco a poco. Pero ahora, más que nunca, la situación se veía siniestra. Había perdido la cuenta de cuantas veces las espadas enemigas habían pasado lo suficientemente cerca de Aioros como para hacerla brincar de un susto. Sin embargo, el santo se las había arreglado para evitar los ataques y salir relativamente ileso hasta ese momento. Sin embargo, la pregunta permanecía, ¿Cuánto tiempo más podría resistir Aioros con ese ritmo de pelea?
Hasta ese instante, el verdadero objetivo del castaño era no dejar pasar a ninguna de las mujeres. A como diera lugar, iba a detenerlas.
Se las ingenió para esquivar dos de las espadas que se dirigían contra su cuello, agachándose para que chocaran por encima de su cabeza. Entonces, golpeó a una con el codo, para que retrocediese. Con la mano que sostenía su arma, giró la muñeca y consiguió abrir un tajo en el abdomen de la otra amazona, quien se desvaneció ante la gravedad de su herida. Pero, a pesar de los desesperados deseos del santo, seguía en desventaja numérica, lo cual terminó por superarle.
Aprovechándose de que esta ocupado con dos de ellas, el resto burló su guardia. Aioros solo pudo ver, de soslayo, como sus esfuerzos eran en vano. Apretó los dientes, sintiéndose furioso de su fracaso.
— ¡Aretha! ¡Vete de aquí! — le gritó. Si ella podía salvarse, a esas alturas, debía hacerlo. — ¡Déjala! ¡Olvídate de Phineas! ¡Vete!
La ninfa se petrificó. Estaba en el punto en el que no deseo estar jamás. Ahí, como la única defensa que quedaba entre las amazonas y la pitonisa, debía decidir entre su propio bienestar, o mantener viva la misión de los santos, y lo último que quería poner a prueba era la paciencia de Periandro o la del mismo Apolo.
Pero no tenía tiempo. Tenía que tomar una decisión y aferrarse a ella a como diera lugar. Y así lo hizo.
Cerró los ojos con todas sus fuerzas y reunió hasta la última gota de valor que le quedaba. Después, dejó caer la daga al suelo. A pesar de que el metal repicaba incesantemente por todo el lugar, Aretha pudo escuchar con claridad el tintineo del arma que dejaba ir. Bajo la mirada incrédula de las mujeres, el cuerpo de la pelirroja se tornó transparente, fusionándose con el aire que las rodeaba y que eran incapaces de ver. Entonces, hizo rugir al viento. Incapaz de controlar sus habilidades con fineza, se vio obligada a golpear, con toda la potencia que poseía, a diestra y siniestra, arrasando con todo a su paso.
Eso era lo que Aretha temía de su poder: la falta de control. No dominaba del todo sus poderes y, por lo tanto, no pudo evitar que su misma fuerza golpeara tanto a Aioros como a Phineas, quienes a duras penas alcanzaron a reaccionar para protegerse del viento generado por la ninfa.
De esa forma, Aretha ganó tiemposuficiente para ayudar a Aioros y mantener a las amazonas lejos de la vidente. De inmediato, deseosa de no abusar de sus fuerzas ni de ocasionar algún daño grave a sus acompañantes, cedió todo ataque, regresando a su forma física. La ninfa no respiró tranquila hasta asegurarse que tanto santo como sacerdotisa se encontraban bien y que, a pesar de haber sido alcanzados por las ráfagas de aire, no habían tenido mayores daños; pero el desencanto vino rápidamente a ella.
Si bien sus compañeros no habían sufrido mayores daños, sus atacantes tampoco.
Aioros se incorporó lentamente. El ataque de Aretha lo había tomado por sorpresa y, al igual que las mujeres que estaban con él, se sentía perdido entre tanta confusión. No tenía la menor idea de qué lo había golpeado.
— ¡Aioros! ¡Cuidado! — el grito de Aretha le valió salvar la cabeza.
De no haberle advertido, una de las amazonas que se había levantado primero le habría cortado de un tajo el cuello. Como pudo, se las ingenió para alcanzar su espada y volver a tomar una posición defensiva. Intercambió un par de golpes con ella, deseando que las otras se tomaron un poco más de tiempo para recuperarse. Poco después, consiguió asestarle un golpe en el estómago que la sacó de balance. El santo no desaprovechó la oportunidad para asesinarla.
Una menos.
De lo que no se dio cuenta fue que las otras comenzaban a moverse. Un par se fue en su contra, mientras la tercera, aprovechando las distracciones volvió a dirigirse hacia Aretha y Phineas. De inmediato, el rostro de la ninfa volvió a tornarse serio. Si era necesario, volvería a arrasar con todos.
Aioros la observó de reojo. Tendría que prepararse para otro eventual ataque de la ninfa, aunque no sabía cuanto tiempo más les tomaría librar esa comprometida situación. Estaba complicándose de más y solo parecía que podía empeorar.
La mujer que se aproximaba a ellas, sonrió. Había visto a la pelirroja en acción, así que el factor sorpresa ya no era uno que la preocupara. Si conseguía deshacerse de ella, tendría el camino libre para recuperar a la sacerdotisa a la que Hipólita tanto recurría, lo cual, le ganaría los favores de la reina. Solo tendría que ser cuidadosa. Los poderes de la ninfa no eran algo que debía subestimar.
Aretha echó un último vistazo a Aioros. Con las miradas, ambos se advirtieron el uno al otro acerca de lo que se venía. El santo asintió.
Sin embargo, antes de que la ninfa pudiera realizar movimiento algo, una silueta apareció por el pasillo, corriendo a toda velocidad hasta ellos. Las mujeres a las que Aioros se enfrentaba, no esperaban que nadie más estuviera por ahí, así que la presencia de aquel extraño las tomó con la defensa baja. Su espada atravesó la espada de una de las dos mujeres, haciéndola desfallecer.
Los ojos azules de Aioros se abrieron con incredulidad.
— ¡Mu! — le llamó por su nombre.
-9-
Hipólita escupió un poco de sangre. Era incapaz de recordar alguna ocasión en la que alguien la hubiera tratado de la manera en que Kanon lo hacía en ese momento. Jamás había sucedido antes.
— Realmente me sorprendes. — oyó los pasos del gemelo aproximándose y supo que no había terminado. — Un ser humano común hace mucho que hubiera perdido el conocimiento, pero tú no. ¿Qué será? ¿Tu linaje de semidiosa o simple obstinación?
— Jamás comprenderías. — ladró.
— Entonces, ¿por qué no me explicas?
La reina se puso de pie. Trastabillando, consiguió acercarse hasta la mesa de mármol que estaba en el centro de la habitación. Ahí, se apoyó contra ella para mantenerse en pie. Lo que sentía en ese momento, era incomparable. En mucho tiempo, jamás se había sentido tan desvalida. Siempre, cuando lo había necesitado, el poder del ceñidor había estado ahí para ella. Pero no ese día.
De pronto, se sentía como si hubiera despertado de un largo letargo. Su cuerpo estaba entumecido y pesado, la cabeza le giraba y era incapaz de concentrarse; sus fuerzas la habían abandonado. Incluso aquella voz en su cabeza, la que dictaba su conciencia y alimentaba su ego, se había ido esfumando poco a poco, hasta desaparecer. La razón de ese abandono era obvia para ella. Había perdido los favores de su padre. El ceñidor ya no la reconocía como su dueña y, eso, era la peor deshonra que había vivido.
— Tú no sabes… — musitó. Su mirada marrón, clavada en el piso. — No sabes lo que se siente nacer con el destino sellado, pasar toda tu vida debatiéndote entre quien eres y quien los demás piensan que deber ser. ¡No tienes idea de lo que es!
— ¿Esa es tu excusa para ser una maldita perra? Es bastante patética. — el gemelo meneo la cabeza. — ¿Sabes que creo? Creo que no existe un poco de bondad ni buena voluntad en ese corazón tuyo. Que todo lo que demuestras es, en realidad, lo que eres. Por eso, esta fachada de mujer atormentada por el destino que intentas mostrarme, me resulta nada más que aberrante. Si has tenido los cojones para vivir bajo tu propia filosofía, deberías tenerlos también para morir con ella. — se acercó a ella, quien no pudo alejarse. — Admítelo, Hipólita. El poder te embriagó. Te tentó una y otra vez, hasta que caíste en sus manos. Soñaste con conquistar al mundo, pero la única que en realidad fue dominada, fuiste tú. Ese cinturón era tu don, pero también tu maldición. Él te hizo y él va a destruirte. — sus manos se deslizaron por el cabello de la amazona.
Ella apartó la cabeza. No quería que la tocara. Ningún hombre en su sano juicio se atrevería a semejante agravio.
— ¿Qué pasó? — Kanon rió. — ¿No te gusta que te toquen?
— Aléjate. — la castaña apartó su mirada de él. De pronto, el cuerpo entero le temblaba ante la cercanía de ese hombre. Se sentía incómoda en su presencia.
— Tu peor error fue traernos aquí. Pecaste de arrogante y, ahora, Temiscira entera pagará por tus fallas. Si querías un hombre para jugar con él, debiste buscar en otro lado, reina. Pero no era suficiente, ¿verdad? No te bastaba con uno común y corriente. Querías lo mejor.
La torva mirada de Kanon la inquietó aún más, si es que aquello era posible. Al sentir sus manos rozándole la piel, sus sentidos brincaron, pero su cuerpo la desobedeció. Estaba segura de lo que sucedía. Sabía que el ceñidor le susurraba al oído, que lo había elegido a él en su lugar y que él la destruiría. Consciente del poder maligno de la joya de Ares, Hipólita no pudo sino sentirse aterrada. Kanon lo estaba escuchando.
"Enséñale quien eres. Está en tu poder…es tuya."
— Ten cuidado con lo que deseas, reina. — siseó al oído de Hipólita, escabullendo su mano bajo la túnica femenina. El cuerpo de la joven se tensó ante la presencia de los dedos intrusos que tocaron su intimidad sin sutileza alguna. — Nunca sabes cuando tus deseos pueden cumplirse.
-10-
— ¿Qué haces aquí? ¿Dónde están los demás?
Mu miró al arquero dorado y lo primero que notó fue la mancha rojiza que se expandía por su túnica. Le preocupó.
— Saga y Milo han ido a salvar a Shura mientras que el Maestro y los demás van camino a las afueras de la ciudad.
— ¿Por qué no estás con ellos? — de antemano, Aioros sabía que la respuesta no iba a gustarle, pero tenía que preguntar.
— Supuse que necesitarías ayuda. — el carnero dorado paseó la vista por los alrededores. — Creo que, al final, fue buena idea venir hasta aquí.
Aioros se sopló los flecos.
A su alrededor yacían los cuerpos de las amazonas que les atacaron antes. Un poco más lejos, Phineas se acurrucaba contra la pared, mientras a su lado, Aretha intentaba calmarla. Ante semejante panorama, Aioros no podía sino pensar que su compañero de Aries estaba en lo cierto. Probablemente, de no haber llegado Mu, las amazonas habrían terminado por superarle.
— ¿Están todos bien? — Mu continuó.
De pronto, reparó en los vendajes ensangrentados que cubrían los ojos de la vidente. Verla así, con el rostro pálido y sus cabellos de plata manchados de carmesí, le dejó sin palabras. Para él, que la había visto en todo su esplendor, la visión de la frágil y diezmada criatura, le rompió el corazón. Se acercó a Phineas, agachándose a su lado. Aioros caminó detrás, plantándose a espaldas de los tres.
— Debimos ayudarte antes. — le susurró el carnero, acariciando sus cabellos grises. La joven no respondió.
— Tiene fiebre. Me preocupa que las heridas hayan comenzado a infectarse. — Aioros miró hacia el corredor. — No hay tiempo para explicaciones, Mu. Tenemos que irnos ya. Mientras más tiempo pasemos aquí, más la exponemos a sufrir daños colaterales y su infección podría empeorarse.
— Tienes razón.
— ¿Phineas? — Aioros se acuclilló frente a ella, pero la chica no reparó en sus palabras. — Es hora de seguir. Anda, Aretha te ayudará a subirte a mi espalda. ¿Puedes hacerlo?
Pero la pitonisa no prestó atención alguna. Su cuerpo estaba abandonado, manteniéndose apenas consciente. Poco a poco, el cansancio, el dolor y la enfermedad la habían comenzado a vencer. Para los tres, aquellas eran pésimas noticias.
— Espera, Aioros. Yo la llevaré. — el castaño levantó las cejas. — Esa herida… — Mu apuntó al costado del Sagitario. — … está sangrando demasiado. El esfuerzo de cargarla solo abrirá más la piel y empeorará tu situación. No debes forzarte.
— No te preocupes. Es solo una nimiedad. — Aiorosno pudo ignorar la mirada de Aretha al hablar. Sus ojos azules y el semblante de ansiedad de la ninfa lo decían todo: estaba subestimando algo que realmente se veía mal. — De acuerdo, de acuerdo. — aceptó, resignado. — Llévala, Mu. Yo les cuidaré.
— Perfecto.
Con ayuda de Aretha y Aioros, el carnero dorado consiguió montar a Phineas en su espalda. Después, con mucho cuidado, la levantó, tratando de no hacerle daño ni de incomodarla; no que ella fuera a notarlo, pero no podía pasar por alto la gravedad de sus heridas y el infierno que esa chica había vivido. Sin embargo, ahora que estaba con ellos, estaba seguro que se las ingeniarían para protegerla a cualquier costo. Por lo pronto, la prioridad era sacarla de ahí y guiarla a un lugar seguro, donde pudieran tratar sus heridas. Su vida se apagaba lentamente.
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Por enésima vez, Shura miró de soslayo al gemelo peliazul. Su mente era un océano revuelto de pensamientos e ideas, pero no encontraba las palabras para explicar cada uno de ellos. Enterarse de la muerte de Afrodita le había dejado una angustia latente que le oprimía el pecho. Tenía un nudo en la garganta que no desaparecería con nada.
Las mujeres, a las que unos minutos antes consideraba aliadas, ahora eran un interrogante. Lo único que tenía claro en ese momento era que había otorgado su confianza antes de tiempo.
— Nos alegre que estés bien, cabra. — la voz de Milo interrumpió su monólogo mental. — De verdad estábamos preocupados. No sabíamos nada de ti. ¡Y puedes ver otra vez! — Shura asintió, con una sonrisa insípida en los labios. Se sentía tan descolocado con las noticias que no podía emocionarse del todo por nada. — Algo bueno salió de esto. — terminó el escorpión.
Sin ningún reparo, pasó su brazo por encima de los hombros del peliverde, para regalarle un efusivo abrazo. Sus palabras habían sido sinceras: algo bueno había nacido de tanta desgracia.
— Gracias, Milo. ¿Qué hay con el resto? ¿Los demás están bien?
— Podrían estar mejor.
— Están heridos… como tú.
— De hecho, Milo es el que se ha llevado la peor parte. — Saga habló, pero nunca miró directamente a Shura. — Bueno, Aldebarán también esta bastante lastimado.
La tensión que se había desatado entre Shura y Saga en su último encuentro seguía latente, aunque ninguno de los dos lo aceptaría. Encontrarse ahí, en esas circunstancias en las que sus vidas probablemente terminarían dependiendo del otro, resultaba una gran ironía.
— El toro le pateó el trasero a dos amazonas, al mismo tiempo. — interrumpió Milo. Su sonrisa presuntuosa le iluminó el rostro, como si los méritos del brasileño fueran propios. — Las malditas quisieron humillarlo y terminaron tragándose su propio orgullo. Lo mismo hicieron con Afrodita.— en un segundo, su respiración se volvió pesada y su ceño se arrugó, con rabia. — Afrodita ganó su pelea. Lo justo era que viviera, pero no lo dejaron. Si no fuera por ellas, él estaría vivo.
Shura agachó la mirada. Aquel sentimiento que al principio había reconocido como angustia, no era sino dolor. Uno de sus hermanos había caído y él no había hecho nada para ayudarle.
— ¿Qué hay con Aioros y Kanon? ¿Están aquí? — preguntó, intentando cambiar un poco de tema.
— Sí.
— ¿Dónde están?
— Con el resto. — Saga se apresuró a contestar, robando las palabras de la boca de Milo. La mentira que había dicho no era una que el escorpión fuera a refutar. Saga estaba tramando algo.
— Bien. — hubo una pausa en la conversación. — Entonces, ¿cuál es el plan? — Shurasusurró, en un intento de que sus palabras no llegaran a oídos de las mujeres que les seguían unos pasos detrás.
— Salir de la ciudad. — Saga respondió. Sus ojos verdes apenas se movieron para observar a Shura. — Pero antes, tenemos algo que hacer. — calló por un segundo. — Para eso, tenemos que deshacernos de ellas.
-Continuará…-
NdA: Al final, no conseguí que todo diera en un solo capítulo. Así que, aún en contra de mis deseos (no quería, de verdad que no), tendré que dedicar un capítulo más a todo este lío de las amazonas.
Me toca agradecerles a todos ustedes que se toman varios minutos de su tiempo para leerme y, todavía mejor, dejarme sus comentarios al respecto. Gracias a: Minelava, Kisame Hoshigaki, angel de acuario, Koko, Damis, Tiamat-dojumaru-Ishtar, L. Byron, Leika-kannon, Nessimelle, Yesimar-selene, kumikoson, Sagitariusgirl, ELI251, June Star, IceQueen102, Ayumi03, Kirigoe, Kirstty, Liz, Black Moon, marinlucero chiba, AngelElisha1, elbereth2982, Tisbe, Kilder, Doje-chan y ddmanzanita.
Sin más por ahora, disfruten, que nos veremos pronto ;D
¡Feliz 2011!
Sunrise Spirit
Edit: ¿Alguien sabe porque FF borra trozos del texto y quita espacios entre palabras? Es bastante molesto que lo hago y ya me ha sucedido varias veces T_T Si alguien sabe, que me diga, por favor. Y disculpen las tonterías del editor de texto de FF u_U
