Capítulo 39

El ceñidor de Hipólita (Última Parte)

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Era la enésima ocasión en que Saga miraba por encima de su hombro, hacia Hemera. Por alguna razón, probablemente paranoia, no estaba convencido de esa alianza temporal con las amazonas. Podían tener sus razones para ayudarles, pero él, como guerrero que era, comprendía lo era perder a un compañero. Sabía que no era algo sencillo de olvidar, mucho menos de perdonar. Así que, tender la mano al asesino de uno de los propios, sin duda era una de las tareas más dantescas que alguna vez alguien pudiera enfrentar; ese era el origen de su desconfianza.

— Oye, Saga de Géminis, dime algo. — la rubia le miró, de reojo. — Se supone que había tres mensajeros troyanos en la ciudad, ¿dónde están los otros dos? Supongo que no ardieron con el palacio de huéspedes.

— Supones bien. Están con los demás. — contestó con parquedad. Siguió caminando, sin dar mayor importancia a las mujeres que le seguían.

Los dos santos más jóvenes iban detrás de él, siguiendo en silencio cada movimiento del geminiano. Incluso para ellos, las ideas que vagaban por la mente de Saga resultaban todo un misterio.

El santo de Géminis llevaba un rato buscando la manera adecuada de librarse de ellas. Hasta donde sabía eran peligrosas. Si con solo cinco de ellas había bastado para dejar la casa de sanación convertida en semejante masacre, entonces eran de temer. A pesar de ello, estaba seguro que se las ingeniarían para hacerles frente. Después de todo, entre ellos estaba Shura, el mejor de toda la Orden usando una espada y eso, aunque no lo admitiera, le daba cierta seguridad.

De pronto, al girar en la esquina donde convergían un par de callejuelas, a menos de cien metros de ellos, distinguieron los muros del palacio. Fue en ese preciso instante que Saga se dio cuenta que no podrían esperar mucho más. Aquel era el momento adecuado para atacar.

En situaciones como esa era cuando más extrañaba su cosmos. ¿Cómo podría planear un ataque sorpresa sin el factor más importante? Si no las pillaban desprevenidas no conseguirían demasiado y, no podía hacer tal cosa sin ponerse de acuerdo. Menudo problema el suyo. Internamente maldijo. El panorama se veía oscuro.

Suspiró.

Tenía que conservar fría la cabeza.

— ¿Hacia donde? — Saga se detuvo de manera inesperada. Miró de soslayo a Hemera y al resto. El cambio de actitud dejó a Milo sorprendido.

— ¿Así pensaban salir de aquí? — respondió la rubia, tomando el liderazgo del grupo junto con sus cuatro acompañantes. Saga trabó la mandíbula pero no se permitió replicar nada. — Síganme.

En silencio, el trío de santos caminó detrás de ellas.

Milo miró hacia Saga. Alzó las cejas para preguntar, sin necesidad de palabras, que sucedía. Como respuesta, los ojos esmeralda de Saga cayeron sobre él. Una sutil señal del gemelo le indicó que tuviera paciencia y que se mantuviera alerta. El mismo mensaje fue retransmitido a Shura, quien asintió de manera casi imperceptible. Entonces, Saga midió la situación con cuidado. Bastaba con deshacerse de dos de manera sorpresiva para igualar el combate. Tres contra tres. Las probabilidades de sobrevivencia eran mucho menos sombrías.

Pero tenían que hacer el trabajo rápido y preciso. No habría una segunda oportunidad si fallaban.

Las vio girar sobre la calle que llevaba en el palacio de Hipólita, pero caminaron en dirección contraria, bajando hacia el pueblo. Saga miró hacia atrás. No había nadie. Delante, el escenario estaba igual de vacío. Eran ellas cinco contra ellos. Nadie más.

Con un movimiento, atrajo la atención de sus compañeros. De la manera más disimulada posible, atento a cada acción de las amazonas, indicó a Shura y Milo lo que tenía planeado. Al comprender las señales del mayor, ambos asintieron, para después fijar la vista en las dos mujeres que iban delante de cada uno, respectivamente. Sus puños se cerraron con firmeza sobre las empuñaduras de sus espadas mientras, en sus rostros, un gesto de determinación se dibujó.

Entonces, llegó el momento. Saga dio la última señal y la sangre corrió.

Para cuando Hemera volteó, era demasiado tarde. Las armas de Escorpio y Capricornio habían atravesado limpiamente los cuerpos de dos amazonas, quienes cayeron al piso, muertas. La sorpresa sin duda fue mayúscula para la rubia. Esperaba muchas cosas, menos un ataque por parte de los santos. Sin embargo, una mujer guerrera como ella no se detendría por haber sido atrapada con la defensa baja. Tampoco fue necesario que avisara a las dos mujeres que, junto con ella, aún estaba vivas. En un suspiro, desenvainaron sus espadas, preparándose para la pelea.

La daga de Hemera se batió en dirección de Milo, con la intención de vengar la muerte de sus dos compañeras. Pero cuando el arma estuvo a punto de golpear la cabeza del santo de Escorpio, la espada de Saga se interpuso entre ambos.

— ¡¿Qué significa esto? — escupió.

— Lo lamento, pero en este mundo no existen las lealtades. Mucho menos cuando hablamos de ustedes. — siseó el gemelo, mientras el metal de las dos armas rechinaba al medir fuerzas.

Milo retrocedió, quitándose del medio de los dos guerreros que se enfrentaban. De inmediato entregó su atención a otra de las amazonas, al mismo tiempo que Shura se encargaba de la que quedaba libre.

El cabrito de oro miró de soslayo hacia Saga. Nunca lo había visto empuñando una espada y el hecho de que hubiera decidido enfrentarse a la mas peligrosa de las tres no dejaba de preocuparle. En algún punto estuvo tentando a pedirle el cambio de lugar, de ser él quien enfrentara a Hemera, pero sabía que el orgullo de Saga iba a negarse.

— ¡¿De verdad quieres esto? ¡¿Estás dispuesto a morir?

— Desde un principio, cuando decidimos venir hasta aquí por nuestros compañeros, estábamos dispuestos a entregar nuestras vidas a cambio de las de ellos.

— ¿Y ellos? ¿Están dispuestos a morir a causa de tu estupidez? — la pregunta hizo que Saga frunciera el ceño. Sabía que no podía exigir tal sacrificio de sus compañeros y tampoco lo deseaba.

— Esa no es una pregunta que debas hacerle a él. — terció el escorpión, antes de que el gemelo tuviera oportunidad de responder. — Son nuestras vidas y nosotros hemos decido seguirle.

— Exacto. — Shura apoyó las palabras del peliazul.

Hemera maldijo por lo bajo. Bajo ningún predicamento quería que las cosas llegaran a ese punto. Sin embargo, a juzgar por la actitud de los guerreros, sería difícil evitar una pelea.

Las dos amazonas que la flanqueaba no aguantaron más y se abalanzaron contra Milo y Shura. Los santos no tuvieron problema para detener los embates, y antes de lo que hubiesen querido, se enfrascaron en una batalla que no traía buenos augurios.

— ¿Continuarás con esto? — la amazona apretó los dientes. Saga asintió. — Entonces, lo que salga de aquí terminará sobre tu conciencia.

— Puedo lidiar con eso.

Hemera retiró su espada. Se mantuvo frente al santo, midiendo sus movimientos, observándole sin cesar; si estaba dispuesto a declararla la guerra, ella le demostraría el porqué de su rango.

Sonrió, dispuesta a dar todo lo que había en ella. Miró a sus dos acompañantes y supuso que ninguna de ellas encontraría mayor resistencia en los santos que enfrentaban. Entonces, con mucho temple pero espíritu aguerrido, se lanzó sobre Saga. Intercambiaron un par de golpes, ninguno lo suficientemente fuerte como para dañar al contrario. Continuaron con aquella actitud tentativa un poco más, y después, supieron que no habría más lugar para juegos.

Por su parte, Milo luchaba por mantenerse en pie. Estaba cansado y adolorido. No había un solo movimiento que no le causara dolor. Cada músculo de su cuerpo rogaba por descanso, y sin embargo, el momento en que pudiera respirar en paz aún se sentía lejano. Mientras no consiguieran librarse de aquellas amazonas, rescatar a Kanon y huir de la ciudad, el escorpión dorado sabía que sus vidas corrían peligro.

Sus divagaciones fueron momentáneamente interrumpidas por un espadazo que rozó peligrosamente su yugular. Unas pocas hebras de cabello azul volaron por el aire. De haberse tardado un segundo más en reaccionar, su cabeza hubiera sido separada de su cuerpo y su alma enviada al Inframundo. Había estado cerca.

— Despierta. — la amazona pelilila que tenía enfrente se burló de su cara de sorpresa. Milo se sintió furioso.

Apretó los dientes y contraatacó. Había pensando en miles de cosas que podía responderles, palabras repletas de veneno, pero calló. En ese instante, prefería que sus acciones hablaran por él. Arremetió con ánimos renovados, obligando con cada embate a que la amazona retrocediera. La vio trincar la quijada, y supo que lo que menos se esperaba era que alguien como él, un santo, un esperpento de hombre, consiguiera ponerla en apuros.

— ¿Mejor así? — se burló.

— Maldito.

— Creí que eras tú quien quería que despertara. ¿Qué pasó? ¿Te arrepentiste? — espetó.

La amazona gruñó. Trancó el camino, afianzando sus pies contra el suelo. Con valentía, absorbió cada ataque del Escorpio, mientras esperaba, pacientemente, hasta que su oportunidad de virar los lugares se presentase. Así, en el fugaz instante en que el griego bajó la guardia, ella atacó. Milo la esquivó, más no consiguió evitar que ella comenzara a empujarle hacia atrás.

Desde lejos, Shura le miró. Llevaba un buen rato preguntándose hasta donde llegaban las habilidades con las armas de sus compañeros de misión, aunque en el fondo no deseaba que la respuesta a su cuestionamiento llegara en la forma de batallas. Desafortunadamente, las cosas habían desembocado en ello. No dudaba de que, tanto Milo como Saga, poseyeran la suficiente destreza con la espada, después de todo había llegado hasta ahí, vivos. Además, estaba el hecho de que, con toda certeza, ambos había tenido como maestros a los dos santos que mejor manejaban las armas detrás de si mismos. Aioros y Dohko sin duda habían puesto todo su esfuerzo para enseñarles todo lo que les fuera posible entender, pero, a pesar de ello, no preocuparse era imposible para el santo de Capricornio.

— Oye, tu oponente soy yo. — la amazona con la que peleaba, una castaña bajo el nombre de Cerya, le llamó.

Siendo honesto consigo, Shura se había distraído bastante. Fue como si, de pronto, las batallas de Escorpio y Géminis hubieran atrapado su atención. Quizás era la simple curiosidad de observarles en una situación como aquella, pero por un segundo su mente había escapado del combate que le correspondía. Con todo, el español sabía que no debía dejar su mente divagar demasiado.

— No volverá a pasar. — musitó.

— No, no volverá a pasar. ¿Sabes por qué? — le respondió ella. Shura sonrió, con cierta ironía enmarcando su rostro.

— ¿Por qué piensas matarme la próxima vez que suceda? — contestó, deteniendo la espada de la amazona que se levantaba en su contra.

— Exacto.

El santo de Capricornio bajó su arma por un segundo. Miró con sus ojos verdes a la castaña, mientras ladeaba ligeramente la cabeza y una sonrisa, cada vez más altanera, se apoderaba de sus labios.

— No volverá a pasar porque, cuando pelee en serio, no tendrás la mínima oportunidad de pillarme con la guardia baja.

— ¿Todos ustedes, santos, hablan tanto?

— Yo soy de los más callados. — respondió.

Sin más preámbulos, incrementó el agarre de la empuñadura y blandió la espada contra la guerrera. El filo de su hoja batió el aire una y otra vez, con más fuerza, con más violencia; y entonces, la amazona empezó a perder la batalla.

La mujer estaba sorprendida, asustada incluso. Shura podía leerlo en sus ojos naranjas, su mirada no le mentía. Lo último que esperaba era que un santo de Athena, pudiera dominarla con semejante facilidad. Cerya no les menospreciaba, pero tampoco les creía lo suficiente aptos como para contener el poder de una de las Hermanas. Varias de sus hermanas había caído, sí; pero ninguno de sus asesinos habían demostrado una habilidad como la del hombre que tenía enfrente. Eran fuertes, sin embargo aquel lo era más.

— ¿Cómo…?

— No soy como ellos. — contestó con sinceridad. — Ninguno de mis compañeros era experto en armas hasta el día de hoy, probablemente siendo Dohko la única excepción. Pero yo… — lanzó una serie de ataques hacia la amazona. Un par de ellos consiguieron abrirle heridas en el costado y en uno de sus muslos. — Yo, con una espada, soy invencible.

No diría más. A partir de ese punto, se dedicó a demostrarle su valía. Blandió su arma, atacando la parte superior e inferior del cuerpo de su enemiga. Ella, en cambio, solamente atinó a repeler cada golpe. En algún punto se vio relegada a mantenerse a la defensiva, atacar no era algo que tuviera dentro de sus posibilidades. Sin embargo, mientras más tiempo pasaba, las energías la abandonaban.

Shura, en cambio, parecía crecerse con cada instante. Por fin, uno de sus golpes surgió efecto, alcanzando el antebrazo de la mujer y abriéndole una herida que terminó por obligarla a soltar la espada. El arma cayó al piso y Cerya supo que la batalla había llegado a su fin.

— Hazlo. Termina con esto. — le retó, con la voz pastosa y cargada de decepción. Shura tragó saliva.

En su mente aún guardaba dudas de lo que sucedía, pero la muerte de la amazona era inevitable a esas alturas. Si no era por su espada, sabía que la castaña tomaría su propia vida al sentir que su honor le había sido arrancado.

Sin embargo, mientras reparaba en el peso de sus acciones, delante de ellos, vio como la daga de Hemera dibujaba un hilo de sangre sobre el pecho de Saga. Aunque el gemelo alcanzó a retroceder, no pudo evitar que la punta de la espada abriera un herida que iniciaba en su hombro y cruzaba sobre su pecho. Reprimió un gemido y arrugó el ceño, al saberse sacado de balance. La rubia no desperdició un segundo y atacó con todo lo que tenía. Era consciente de que su último golpe había dejado a Saga en una posición vulnerable, así que, si conseguía presionar lo suficiente, no tardaría en hacerse con la victoria.

Los ojos verdes del santo de Capricornio siguieron la escena con particular atención. Quizás solamente había durado unos pocos segundos, sin embargo para el español se sentía como una eternidad. Cuando vio como el geminiano comenzaba a perder terreno entre tropezones, supo que tendría que hacer algo. Hemera iba a ganar esa pelear… y pronto.

Entonces, todas las dudas de su mente se borraron. Tomó su espada y sesgó la vida de Cerya con un solo tajo.

— Lo siento. — masculló, y de inmediato corrió al auxilio de su amigo.

Saga estaba en el suelo, sentado, con la mirada hundida en la ira más profunda y su arma lejos de su alcance. Había sido descuidado y ahora pagaría las consecuencias.

— Creí que serías tú quien iba a matarme. — la espada de la amazona se acercó a su pecho. Sus labios se curvaron en una risa cínica.

A pesar de la inminente desgracia, Saga jamás agachó su mirada. Le dejó saber, con la ferocidad de sus ojos, que hombres como ellos no demostraban miedo. No había nada que les hiciera inmutarse, porque su orgullo siempre los mantendría de pie.

Pero, cuando el deslace parecía caer sobre él, la espada de Shura surgió de entre las entrañas de la amazona. Hemera soltó un quejido, mientras su sangre corría con rapidez por la túnica que vestía. El firme agarre que mantenía su espada se fue perdiendo conforme la vida escapaba de ella. Por último, las rodillas de la amazona tocaron el piso mientras sus ojos se apagaban.

Saga contempló la escena, impresionado. Y cuando supo que ella estaba muerta, suspiró.

-2-

Aioros no se creía lo molesta que le estaba resultando su herida. Había sufrido daños mucho peores que ese y no recordaba una sola ocasión en que algo le incomodara tanto como la herida que tenía en el costado. Había conseguido mantenerse lo suficientemente estoico como para no preocupar a Mu y Aretha, pero sabía que no podía engañarlos para siempre. Eventualmente, el dolor punzante iba a terminar traicionándole… solo esperaba que no fuese pronto. Sin embargo, brindándole cierta tranquilidad, el castaño admitía que la repentina aparición de Mu había sido una bendición de los dioses. Sabiéndolo cerca, era un alivio que pudiera confiar las chicas a él.

Desvió su mirada un segundo hacia el lemuriano. En su espalda, Phineas se había rendido al sueño. Sus delicadas manos colgaban, meciéndose con el ritmo de la carrera, mientras su cabeza descansaba en el hombro del santo. Las vendas de sus ojos estaban empapadas de sangre y sus labios habían palidecido peligrosamente.

Aioros tragó saliva. De repente, el futuro de la sacerdotisa se había tornado en uno sumamente oscuro; uno que no auguraba nada bueno.

— ¿Tienes algo planeado? — la repentina pregunta de Mu quedó sin respuesta. Aioros ya no estaba seguro de lo que podría funcionar y de lo que no. Como fuera, tenía que seguir intentado.

— No mucho, pero hay algo que podemos intentar. Con un poco de suerte quizás funcione.

Por un instante, el santo de Aries permaneció callado. No había pasado por alto la delgada capa de sudor que bañaba el cuerpo del arquero, así como el hecho que la mancha de sangre en su túnica se expandía a un ritmo preocupante. Aioros quizás pensaba que lo engañaba, pero estaba equivocado. Mu notaba el esfuerzo que hacía por mantener el paso, así como la sutil mueca que le obligaba a apretar los labios de vez en vez, cuando una oleada de dolor le atacaba.

Tampoco pudo evitar pensar en la chica pelirroja que iba un par de pasos detrás de ellos, en la forma en que sus ojos azules se sembraban en Aioros con innegable ansiedad. Probablemente estaba sacando conclusiones adelantadas, pero no podía evitar pensar en que las razones que llevaban a Aretha a luchar una guerra que no era suya tenían que ser muy poderosas que el ayudar a la diosa de la sapiencia.

De pronto, unas pocas amazonas asomaron frente a ellos, sorprendiéndose de verlos ahí. Los santos y la ninfa se detuvieron en seco. Antes de lo esperado, el arquero consiguió deshacerse de ellas con ayuda de su arco; aunque el hecho de que, a pesar de que las primeras flechas habían sido un blanco perfecto, las últimas había sido un tanto distantes de su verdadero objetivo, fue tomado como una señal de alerta por parte del santa de Aries y la ninfa.

— Aioros…

— Vámonos. — ordenó, evitando cualquier tipo de comentario al respecto. Mu arrugó el entrecejo, pero calló.

— ¿Por qué tienes que ser tan terco? — la pregunta de Aretha, matizada con rabia y frustración, hizo a los dos santos abrir los ojos de par en par. — ¡Necesitas ayuda! ¡No puedes seguir así!

— Aretha, por favor, no ahora.

— ¡¿Y cuando?

— ¡¿No lo entiendes? — le levantó la voz y se maldijo de inmediato por hacerlo; Aretha no tenía la culpa de nada de lo que estaba pasando. El arquero respiró lo más profundo que pudo, buscando un poco de calma. Las lágrimas que amenazaron con abandonar los ojos de la ninfa le dolieron tanto o más que su herida. Estaba haciendo un desastre de todo. — Escúchame… — habló, después de una pausa que pareció eterna para los implicados. — Ahora mismo no hay ninguna otra manera en que pueda hacer algo sino es saliendo de aquí. No es terquedad, ni apatía. Es solo que no hay nada que hacer por ahora.

La ninfa se tensó mientras luchaba por recobrar el control sobre su voz temblorosa. Apretó los puños y levantó la mirada, pero de inmediato rehuyó a los ojos de Aioros que la observaban fijamente.

No sabía que responder, esa era la verdad. El arquero dorado no estaba mintiendo. Lo único que la ninfa deseaba era que esa lógica le trajera algún tipo de calma, pero la imagen desgastada del castaño lo hacía imposible.

— Continuemos. — aceptó, y por primera vez en mucho tiempo, se sintió una extraña al lado de Aioros.

El de Sagitario no respondió. Reemprendió el camino, seguido de Mu, quien observaba la situación sin saber a que debía atenerse. Al final, probablemente lo mejor que podía hacer era dejar pasar los hechos, sin expresar comentario alguno. Después de todo, apenas comprendía lo que estaba pasando y no tenía tiempo para explicaciones en ese momento.

La cálida caricia del aliento de Phineas sobre su cuello lo urgió a continuar. Si querían salvarla iban a tener que apurarse, dejando todo lo demás atrás. El tiempo corría en su contra.

— ¿Y bien? — retomó su conversación con Aioros, sin dejar de correr. — ¿Qué tienes planeado?

— Tenemos que alcanzar las caballerizas del Palacio.

El lemuriano quedó en espera de la continuación de aquel plan. Sin embargo, el arquero jamás reveló lo que seguía. Lo que fuese que tenía en mente iba a quedarse ahí, en su cabeza. Semejante actitud podía tener muchas explicaciones, pero no se necesitaba ser un genio para comprender que lo que Aioros menos deseaba era preocuparles más. Lo que fuese que estuviera tramando no iba a dejarlo bien parado.

-3-

La espada salió limpiamente del cuerpo de la amazona, dejando en su camino un rastro de sangre que ensució el piso empedrado bajo sus pies. El cadáver cayó con un golpe seco. Rápidamente, una pequeño charco de sangre se formó a su alrededor… uno más.

— A veces me pregunto como es que las conquistas han sido tan sencillas cuando nuestra milicia no está conformada más que de unas pocas mocosas inútiles.

— Cierra la boca, Maneia. — el tono de Ge no dejaba lugar a objeciones.

La amazona líder sacudió ligeramente su espada para limpiar el rastro de sangre en ella y volvió a guardarla en su cinturón.

Ninguna palabra más fue pronunciada mientras ellas y los santos dejaban atrás el punto de batalla en el que no quedaban más que cadáveres de varias milicianas jóvenes. A esas alturas, reflexionando sobre el camino de muerte que delataba sus pasos, la pelinegra no podía sino preguntarse si estaba haciendo lo correcto. ¿Valía la pena terminar con tantas vidas jóvenes solo para mantener a flote una ciudad que prácticamente estaba destinada a hundirse? Su razón le decía que no, pero su moral la obligaba a seguir con ese descabellado plan.

Para Dohko la situación no era menos difícil. Mirar hacia atrás, hacia los acontecimientos de los últimos días resultaba tremendamente doloroso. Había hecho hasta lo imposible por mantener a sus camaradas más jóvenes de pie, pero no había conseguido nada. Afrodita había caído, Mu estaba desaparecido, Aldebarán agonizaba y el resto enfrentaba un futuro incierto. Todo había salido mal. Había fracasado.

En esos momentos, lo único que le quedaba era luchar por los que tenía cerca. Camus, Shaka y Aldebarán eran todo lo que le quedaba; y tampoco estaba convencido de poder mantenerlos a salvo.

De pronto, sus vidas dependían de sus peores enemigas. Ese grupo de mujeres que se habían alzado como sus salvadoras también podía terminar siendo sus asesinas, y si así lo decidían, no habría mucho que viejo maestro pudiera hacer para proteger a sus compañeros.

— ¿Estás bien, santo? — Dohko asintió, casi sin desearlo.

— ¿Falta mucho para salir de aquí?

— Un poco, sí. — Ge respondió con sinceridad. Guardó silencio por unos pocos segundos, mientras contemplaba por el rabillo del ojos al interacción entre esos hombres escogidos por la diosa. Al cabo de un rato, tomó una decisión. — Unas palabras contigo. — pidió al castaño. De manera repentina, le cogió del brazo y lo arrastró hasta separarlo de resto. Dohko la miró, incrédulo y sorprendido.

— ¿Qué pasa?

— Tu amigo. — dijo. — No sabemos si sobrevivirá, y los demás…

— No vayas por ahí. No vamos a abandonar a Aldebarán. — la interrumpió. Su semblante se oscureció ante la insinuación de la amazona.

— ¿Pondrás en peligro la vida de todos por la de uno?

— No te pido que lo entiendas, pero así es como funcionamos. Somos uno. Morimos y vivimos juntos. Así es como nuestra Orden funciona. — aseveró. — Y ya hemos perdido a demasiados de nuestros hermanos. No más. No voy a permitir más muertes. — se volteó, para regresar al lado de los otros tres santos.

Ge lo miró mientras se alejaba. Había tal seguridad en las palabras de ese hombre que no se atrevería a insistir. No tenía caso intentar persuadirlo de un imposible. Entonces, recordó algo. Su mano viajó hasta la pequeña bolsa de cuero que pendía de su cinturón, a una lado de su espada. La arrancó de un tirón.

— ¡Oye, santo! — cuando Dohko volteó hacia ella, le lanzó la pequeña alforja. Sonrió cuando el chino la atrapó. — Eso era suyo. Supuse que sería de algún valor para ustedes.

Dohko arrugó el ceño. Esperó a que la amazona le diera la espalda para abrir el saquillo y vaciar el contenido en su mano.

Retuvo la respiración cuando la pieza de oro tallado tocó su piel. De repente se había encontrado a su mismo observando fijamente la medalla de Piscis, aquel recuerdo que Shion les diese antes de emprender el largo viaje a la Edad del Mito. Apretó el dije con todas sus fuerzas, agachando el rostro y sintiendo el calor de sus propias lágrimas quemándole los ojos. Los estaba perdiendo, uno a uno; les había fallado.

— Maestro…

— Tranquilo, Camus. Estoy bien. — respondió, con voz ronca.

— ¿Eso es…? — el santo de Libra asintió a la pregunta de Shaka.

— Estoy harto de coleccionar medallas sin dueño. — la gruesa voz, pero cansada voz de Aldebarán resonó. — Esto tiene que terminar pronto.

Dohko hubiese deseado dar algún tipo de consuelo o palabras de ánimo a los jóvenes, pero ninguna palabra surgió de su boca. Estaba tan asqueado como ellos de ese juego perverso y de las vidas que estaba cobrando.

— Estaremos bien… todos nosotros. — Camus dijo.

Aldebarán suspiró. No era tonto, entendía la gravedad de sus propias heridas.

— Si… algo sucede… — habló, sin estar completamente convencido de cómo se tomarían sus palabras. Suspiró, buscando la forma adecuada de decir las cosas. — Si algo sucede…

— Cierra la boca, Aldebarán. Nada va a suceder y ni siquiera pienses que vamos a dejarte aquí. Así que calla y trata de mantenerte en pie, ¿de acuerdo?

Al escuchar a su compañero de Acuario, el brasileño no tuvo más remedio que guardar silencio. Sus ojos marrones delataba la sorpresa que le causaba el tono autoritario del francés, así como la aparente complicidad de los otros dos; una sorpresa agradable. Con un gesto le dio una razón, no sin regalarle una sonrisa a medias, que agradecía sin necesidad de palabras el apoyo que le mostraban en una situación difícil como aquella.

Entre ellos, cayó un silencio sepulcral que ninguno se atrevió a romper. Sin embargo, fueron sus acompañantes femeninas quienes tuvieron la primera palabra. De improviso, se detuvieron, pegándose contra una pared en busca de protección y urgieron a los santos a que las imitaran.

Ge se llevó el dedo a los labios, para indicarles que se mantuvieran en silencio. Sus ojos grisáceos se fijaron en el camino más allá del callejón en el que estaban.

— No se muevan. — susurró.

Dohko torció la boca.

Se escabulló con cuidado hasta quedar justo al lado de la líder. Se asomó a la esquina de la callejuela para observar con sus propios ojos lo que fuera que detenía su camino. Cuando lo hizo, su mirada turquesa dejó en claro sus sentimientos.

A escasos metros de ellos, justo al inicio de la calle que necesitaban seguir para llegar a los límites de Temiscira, un par de docenas de amazonas se había reunido. Todas ellas estaban perfectamente armadas; algunas con montura y otras a pie, pero igualmente peligrosas. Avanzar sería una misión suicida. Retroceder no era opción. Todo parecía indicar que el momento de la verdad había llegado para los santos y las amazonas.

— Estamos en problemas, ¿no lo crees? — la cara de Ge se iluminó con la emoción del momento. — Me parece que estamos a punto de comprobar si sobreviviremos a esta aventura.

-4-

Un inesperado jadeo abandonó su garganta a pesar de que se había esforzado por contenerlo. Pero es que, aunque odiase su debilidad, el cuerpo de Hipólita comenzaba a rendirse ante la incesante caricia entre sus piernas. Su respiración se había hecho ligeramente más pesada, y sentía el calor que la sofocaba y se reflejaba en sus mejillas sonrojadas. Sin que se diese cuenta, de manera instintiva, empujó sus caderas para que el roce de los dedos del santo fuera más cercano.

Kanon comenzaba a quebrar su voluntad.

— Creí que no querías que te tocara. — la mano libre del gemelo la tomó de la mandíbula, obligándola a enfrentar aquella sonrisa burlona y repleta de lujuria que iluminaba su rostro. — Solo mírate ahora. ¿Lo estás disfrutando?

— Jamás. — la amazona desvió la mirada.

— No mientas. Tu cuerpo me dice cuanto disfrutas… lo bien que te la estás pasando.

Hipólita gimió con más fuerza cuando el ritmo de las lascivas caricias arreció. Se contorsionó entre las manos del santo y jadeó, al sentirse cerca el clímax. Sin embargo, en el momento en que menos esperaba, el toque de Kanon cesó, dejándola con nada más que la tribulación que la falta de desahogo causó.

Sus ojos castaños se abrieron, mientras su cálido aliento desbocado escapaba de sus labios abiertos.

— ¿Qué sucede? ¿Querías más? — el peliazul deslizó su dedo índice sobre los labios de la amazona, haciéndolos temblar al contacto.

"Es tuya. La tienes en tu poder."

Kanon ensanchó su sonrisa. Esa sensación de poder, ese incontenible deseo de poseerla le nublaba cada vez más la razón. A pesar de ello, de las ansias que esa voz generaba en su cabeza, los planes del gemelo todavía no culminaban. Se había prometido a sí mismo que la rompería, que la haría pagar con lágrimas esa maldita altivez que había terminado con vidas inocentes en su sed de conquista; y para conseguir ello, estaba dispuesto a humillarla. Le haría entender, de la manera que fuera, que no había nada de especial en ella. Hipólita terminaría descubriendo que no podía jugar con un santo de Athena, mucho menos subestimarlo. Kanon de Géminis tenía su palabra en eso.

Pero un suspiro de la reina hizo que Kanon volviera su atención a ella. En los pocos segundos que la había dejado, su cuerpo convulsionado se había reencontrado poco a poco con la calma.

— No, no, no. — el marina chasqueó la lengua. — Todavía no terminamos.

— ¡No quiero que me toques! — de donde sacó fuerzas para empujarlo, Hipólita nunca la sabría; pero consiguió apartarlo con una bofetón.

Cuando hubo distancia entre ambos, lo miró directamente a los ojos. Se sentía furiosa. Sin embargo, gran parte de esa rabia era para consigo misma. No podía creerse que le hubiera permitido llegar a tanto, que la arrastrara al punto de disfrutar de aquellas caricias indeseadas. Asqueada, se limpió las gotas de sudor que corrían por su frente y se acomodó la túnica lo mejor que pudo.

— No volverás a ponerme un dedo encima. — siseó.

Kanon soltó una risita mal disimulada. Se masajeó la mejilla, donde la mano de Hipólita había dejado una impresión roja. Negó con la cabeza mientras caminaba hacia ella con parsimonia. El reflejo en sus ojos verdes la hizo estremecerse, sabiendo que no podría ofrecer resistencia por mucho tiempo.

— No voy a hacer nada que no quieras, reina. — le dijo.

Sus palabras y destellos de superioridad, la enervaron. Ese hombre solo se crecía más y más con el juego retorcido del que la había hecho protagonista. Y el hecho de que tuviera el ceñidor en su poder, empeoraba las cosas. Mientras prestara atención a la joya, y ella susurra a su oído con malicia, la reina sabía que estaba perdida. Su única opción era luchar hasta el final.

Esta vez, fueron los ojos marrones de la amazona los que se posaron sobre el ceñidor. Si lograba conseguirlo de regreso habría una oportunidad de salvarse. Sin pensarlo demasiado, se lanzó contra el santo, para arrebatárselo, pero lo único que consiguió fue que él la pillara, tomándola de las muñecas. En cuestión de segundos, estaba completamente inmóvil, entre la pared y su cuerpo.

— No comas ansias. — sentenció, mientras reiniciaba el juego que los había mantenido entretenidos hasta entonces.

-5-

Shura miró hacia el desastre que dejaban atrás. Había algo en todo ello que le hacía sentir culpable, sin embargo sabía que si Saga había tomado esa decisión fue porque era inevitable. Miró hacia el santo de Géminis, a unos pasos de él.

Se había levantado y observaba, con una mezcla de indiferencia y rabia, el rayón de sangre que cruzaba su pecho. Sus labios se tensaron cuando deslizó su índice sobre la herida. No era profunda, ni representaba peligro alguno, pero era terriblemente molesta. En silencio, soltó una maldición que Shura notó por el tenue movimiento de su boca.

— ¿Estás bien?

— Es solo un rasguño. ¿Ustedes? — Milo asintió, mientras Shura contestó encogiendo los hombros.

Saga se sopló el fleco. Permaneció callado mientras el cabrito dorado se giraba, dándole la espalda y mirándole de reojo, sin decir nada tampoco. Atento a detalles que no alcanzaba a comprender, Milo se unió al silencio de aquel par.

— ¿Sucede algo? — por fin, se atrevió a preguntar.

— No, nada.

— ¿Saga?

— ¿Sí? — la referencia directa a su nombre, le hizo mirar hacia el escorpión.

— ¿Pasa algo?

— Ya escuchaste a Shura. No pasa nada. — el gemelo miró de soslayo al de Capricornio. De alguna forma, le debía su vida, así que, con un sutil movimiento de cabeza, le agradeció. Rápidamente, después de que el español le correspondiera, volteó el rostro y se aclaró la garganta. Shura atinó solamente a sonreír. —Debemos seguir. No podemos distraernos mucho más.

Los dos más jóvenes le siguieron cuando emprendió la carrera. Por lo que Shura alcanzaba a notar, había una complicidad implícita entre Saga y Milo, pero él todavía desconocía los planes que esos dos tenían.

— ¿Qué es lo que no me están diciendo? — cuestionó.

— Pues… — la mirada azul de Milo se centró en Saga y en la respuesta que el gemelo daría. El santo de Géminis suspiró.

— Aioros y Kanon no están con el resto. — empezó, robándole un respingo al de la décima casa. — Aioros está en el palacio, rescatando a una sacerdotisa por encargo del rey de Troya; Kanon está con Hipólita, él es quien robara el ceñidor.

— ¡¿Solos?

— Sí, Shura. Solos.

— Estamos yendo por ellos, ¿verdad? — el español apresuró la marcha, esperando que la respuesta de Saga fue positiva.

— Estamos yendo al palacio, pero no exactamente por ellos.

— Vamos al rescate de un amigo mío. — con las palabras de Milo, Saga se sopló los flecos una vez más. Esa sería la última vez que dejaría al peliazul más joven salirse con la suya.

Shura se quedó impávido. No podía negar que un aire de indignación se apoderó de él, al pensar que probablemente estarían dejando a su suerte a los otros dos…

— ¿Qué hay de Aioros y Kanon?

— Con un poco de suerte, quizá ya hayan conseguido salir de aquí.

Aquello era una enorme mentira, Saga lo sabía. De alguna manera podía intuirlo, aunque desconocía como. Una corazonada, solo así podía llamarlo.

Los planes del gemelo iban mucho más allá de rescatar a Talos. Llevaba largo rato sintiendo una aprehensión que le quemaba por dentro. Algo definitivamente no estaba bien. Casi con completa seguridad, podía asegurar que el causante de ese estrés era Kanon, y eso encendía todas las alarmas en su cabeza. De ahí su desesperación por llegar a la Casa Real.

Kanon estaba metido en un gran lío, y si llegaban tarde, Saga jamás se lo perdonaría. El pensarlo le estremeció. No podía fallarle.

" Kanon…resiste."

-6-

Hipólita clavó sus uñas en el brazo del santo mientras trataba de alejarlo de sí. Lo empujó, intentado crear distancia entre sus cuerpos, pero la fuerza con que él la mantenía prisionera le superaba por mucho.

Las manos del santo se habían escurrido una vez más debajo su túnica, recorriendo su piel con insistencia, a la vez que su mirada se centraba en ella para disfrutar de las reacciones que sus caricias generaban. Aun cuando ella se esforzaba en contenerse, su cuerpo la traicionaba. Cada toque, cada movimiento de ese hombre, arrasaba con su razón. Era como si supiera donde y como tocarla, porque no había desperdicio alguno en las caricias de sus dedos; sin importar lo que hiciera, terminaba por desatar oleadas de placer en ella.

— No sé por qué te resistes. — oyó la ronca voz de Kanon muy cerca de su oído, mientras la tibieza de su aliento le erizaba la piel.

— Yo no…

Pero no alcanzó a contestar, puesto que los labios del santo se posaron sobre su cuello, robándole el aliento y las palabras. Su boca recorrió cada centímetro de su piel mientras las manos masculinas exploraban a voluntad cada rincón de su cuerpo. Lentamente, el peliazul fue venciendo la resistencia de la amazona. La fuerza con que le obligaba a alejarse fue cediendo. Su boca se abrió y un gemido prácticamente inaudible abandonó su garganta. Una vez más, su cuerpo aprobó las caricias que le estremecían.

No sé dio cuenta de en que momento giró el rostro, buscando apresar los labios de Kanon con los suyos. De pronto, dejó de buscar distancia entre ellos, sino lo contrario. Sus manos se olvidaron de apartarlo, para escabullirse entre las ropas del geminiano con la intención de despojarle de ellas. Por encima de la tela acarició los definidos músculo de su torso, delineándolos con la punta de los dedos.

"La tienes."

Kanon sonrió. Como decía la voz dentro de sí, la tenía.

Una lágrima resbaló por la mejilla de la reina. En el fondo, sabía que había perdido. Se había rendido ante ese hombre, uno que le parecía especialmente repulsivo por haberla arrastrado al punto en que, su alma convulsionada, iba a entregarse a él. Pero a esas alturas, no había más resistencia de su parte. Tal y como lo había pensando antes, jamás se había sentido de la forma en que lo hacía en ese preciso instante.

Ahí estaba, sometida ante el deseo que esa despreciable criatura había despertado en ella, perdida entre el roce de sus manos y el calor de aquel cuerpo tan cercano al suyo. Kanon la había tentado tanto, que había caído.

A pesar de todo, probar la fruta prohibida solamente la incitaba a desear más. No había forma de apagar esa llama de pasión que él despertarse en ella. La única manera de saciarse era Kanon, nada más. Así, se dejó llevar. Permitió, rendida a sus caricias y a sus besos enardecidos, que hiciera con ella lo que quisiera. No habría más resistencia de su parte.

La sensación de sentirse atrapada entre él y la pared de piedra, dejó de ser incómoda, para tonarse placentera. Esas manos inquietas que habían arrancado gemido tras gemido de su garganta, dejaron de ser suficientes. Lo quería a él, y el santo estaba dispuesto a tomarla.

Por ello, en el frenesí de besos ansiosos y salvajes, poco pudo hacer sino enredar sus piernas alrededor de él cuando Kanon la levantó. Rodeó su cuello con las manos y retomó la desenfrenada lucha de sus labios y lenguas, en espera del momento en que se hicieran uno. Gimió al sentir la deliciosa presión mientras se adentraba en ella. El geminiano encontró una vez más sus labios, ahogando entre los suyos el jadeo que el fugaz momento de dolor y desconcierto que selló su completa entrega a él. Sin embargo, el placer sustituyó rápidamente a cualquier otra sensación mientras sus cuerpos se enfrascaban en una apasionada danza, armonizada por la sinfonía de jadeos que no tenía caso disimular; un erótico baile que guiaba hasta el clímax.

Poco a poco, con creciente intensidad, el sensual vaivén de sus cuerpo se hizo más íntimo, más descontrolado. Hipólita se estremeció cuando la cúspide del placer llegó sus sentidos. Se aferró a él con todas las fuerzas que le restaban, sintiendo como su cuerpo se tensaba al caer víctima de la misma sensación que arrasase con ella segundos antes. La reina se abandonó en sus brazos. Ocultó la cara en el pecho de Kanon, donde escuchó el acelerado latir de su corazón y el pesado ritmo de su respiración desbocada.

Entonces, una densa calma se apoderó de ambos.

Ninguno se movió. Permanecieron estáticos mientras sus cuerpos regresaban lentamente a la normalidad, abandonando todo rastro del intenso momento que acababan de compartir. Sin saberlo, reina y santo compartían algo más que el silencio en ese instante. Culpa, deshonra y arrepentimiento; era eso todo lo que tenían.

"Esta hecho."

Kanon cerró los ojos. La voz que antes había sonado como suyo, ahora se escuchaba muy distinta. Seguía conservando su tono, su gravedad, pero se había matizado de una maldad que asqueó al gemelo. ¿De verdad aquella era su consciencia? ¿No se había redimido de sus pecados ya? Pero no encontró en sí respuesta alguna. Quizás Saga tenía razón, quizás estaban condenados a ser solo lo que el destino les había sentenciado a ser…

"Kanon…"

Esa vez, abrió los ojos. Su cuerpo se tensó.

— Saga… — murmuró.

Esa era la voz de su hermano.

"No lo permitas, Kanon."

Una desgarradora sensación de vergüenza recayó sobre los hombros del gemelo menor. Era tarde, lo había permitido. Había dejado que sus deseos más oscuros se hicieran de él y lo guiaran más allá de lo que era, o pensaba que era. Sin embargo, una vez más, sus sentimientos se convulsionaron dentro de sí; y de pronto, se halló confundido como nunca lo había estado.

Se apartó de la amazona, retrocediendo lentamente, con la mirada perdida en el vacío. Hipólita resbaló hasta quedar sentada en el suelo. Desde ahí, lo observó con tanto desconcierto como él sentía.

— ¿Qué esta pasando? — el gemelo se preguntó. Sus manos se posaron sobre su cabeza. Todo lo que le rodeaba desapareció por unos segundos. Los latidos de su corazón retumbaban en sus oídos, siendo relegados únicamente por el par de voces que se apropiaban de él.

Al verlo así, Hipólita adivinó lo que sucedía. Cuando joven, siendo poco más que una adolescente coronada como heredera al trono amazónico, ella misma había experimentando la zozobra que embargaba a Kanon. Ella no había podido vencerla.

¿Podría hacerlo el protegido de Athena?

-7-

Una sensación de completa y desastrosa ansiedad invadió al chino.

Habían llegado tan lejos, y estaban tan cerca de reencontrarse con la libertad, que el panorama que tenían enfrente no hacía más que desmoralizarle. De pronto, era como si sus esfuerzos hubiesen sido en vano. Todo lo vivido, las largas horas que habían invertido en sobrevivir, se reducían a una última prueba; posiblemente la peor de todas.

— ¿Alguna idea? — había algo especialmente perturbador en la forma retorcida de los labios de Ge. A pesar de la difícil situación, esta disfrutando de ello.

— Ninguna. — respondió con sinceridad.

Ge se mordió el labio. Lo suyo no era exactamente la estrategia. De haber estado viva, Nicia seguramente se las hubiera arreglado para pensar en algo que les sacara del aprieto, aunque de acuerdo con el panorama que se les presentaba, incluso alguien como ella tendría problemas para mantenerles con vida. Todo indicaba que su única opción era brincar al combate y rogar porque los dioses les bendijeran con sus favores.

Para Dohko, el semblante de la amazona fue un claro indicador de lo oscuro que pintaba el porvenir para ellos. La miró una vez más, sin atreverse a dirigirle la palabra, y de inmediato, regresó su mirada hacia los rostros de sus compañeros.

— Hay algo que podemos hacer. — habló, casi en un susurro. — Si conseguimos distraerlas lo suficiente, entonces ellos podrán escapar.

— ¿Qué? ¿Ellos? ¿Qué hay de ti? — los ojos de Ge recayeron sobre el santo. Pocos segundos después, el resto de la comitiva le imitó.

— Eso lo veremos más tarde. Por ahora, necesito que ellos salgan. Aldebarán no podrá resistir mucho.

— Eso lo comprendo, pero creo que sabes que no podrás salir si no lo haces junto con ellos. — Ge entrecerró los ojos. Conocía de sobra cuales eran las intenciones del santo, pero no estaba segura de que le dejaría seguir con esa locura.

— Si tienes otra idea mejor, estoy dispuesto a escucharte. — la amazona no respondió. No tenía nada que decir. — Eso pensaba.

— Hay algo más que decir. — terció el santo de Acuario, tomando por sorpresa a los dos aludidos.

— No vamos a ir a ningún lado sin ti, Maestro.

— De acuerdo con Shaka. — finalizó el de Tauro.

Dohko les miró, perplejo. Detrás de aquellos rostros agotados y polvorientos, estaban los semblantes decididos de sus hermanos de Orden; los mismos chicos a los que había visto crecer y de los que se sentía terriblemente orgulloso. Le hubiese gustado hacer mucho más por ello, pero a esas alturas, no se lo permitirían. Había en esos tres jóvenes la misma disposición que en él para salvarse mutuamente. No iba a desairarlos.

Así que cayó en cuenta de que no tenía nada que reprocharles, y ciertamente, tampoco podía hacerlos de menos. Al final de cuentas, pasase lo que pasase, sería un honor estar a su lado.

— Y, ¿qué haremos? — la pregunta de Camus, lejos de inquietarle, le trajo una sensación de nuevos bríos.

— No sé que opines, santo, pero atacar de frente suena especialmente emocionante. — Ge sonrió. — Es mucho más honorable morir cuando miras de frente al enemigo que vivir, atacándole por la espalda.

— En este punto, hay muchas cosas por encima del honor.

Las palabras del santo de Libra hicieron respingar a las mujeres. ¿Qué podría ser aquello que se situaba por encima de su honor de guerreras? ¿Por qué guerreros como ellos podían ver las cosas de esa forma?

— De cualquier forma, parece que no tenemos mucha opción más que atacar. Desde cualquier ángulo que lo hagamos, estaremos en problemas. — sentenció Camus.

— ¿Qué esperamos? — Aldebarán suspiró, mientras abandonaba el apoyo que el hombro de Shaka le había dado. Se tambaleó ligeramente, pero jamás dudó en erguirse. El Toro Dorado estaba listo para la batalla una vez más.

Los cuatro santos cruzaron su mirada, a sabiendas de que aquella podría ser la última vez que se verían en el mundo de los vivos. Hubo un momento de completo silencio, en el que todo ruido ajeno se esfumó, dejándoles en soledad. Solo estaba ellos. Nadie más.

— Terminemos con esto, muchachos. — Dohko les sonrió y sus ojos turquesas se separaron de esos rostro conocidos, para perderse en el caos que esperaba un poco más allá.

Salieron de su improvisado escondite con un grito de guerra. No había marcha atrás; el punto de retorno había quedado atrás.

Ge y el resto los vieron desde el callejón, perplejas ante el inesperado comportamiento de aquellos hombres. La amazona pelinegra, entonces, esbozó una sonrisa. Había algo diferente en ellos, algo que la mayoría de los hombres que conocía no compartían. ¿Qué era? No podía definirlo, pero definitivamente era aquello que los hacía especiales. Después de todo, la diosa de la sapiencia había elegido bien. Sus santos eran merecedores del título.

Los vio perderse en la multitud de amazonas que se congregaban en los límites de la ciudad. Sus voces rápidamente se perdieron entre los escandalosos sonidos de la batalla. El desenlace de una guerra había comenzado.

— ¡Adelante! — ordenó, para que ella y sus hermanas siguieran los pasos de los valientes jóvenes.

La turba las absorbió lentamente. Las amazonas, conmocionadas por la repentina presencia de la Hermandad, no daban crédito a los que sus ojos veían: las que fuesen hijas favoritas de Ares, ahora levantaban sus espadas contra sus propias hermanas, protegiendo a los elegidos de una diosa ajena. Semejante infamia no podía ser perdonada.

De esa forma, poco a poco, la incertidumbre de su presencia se convirtió en rabia dentro de los corazones del resto de las milicianas. Una traición así, terminaba por encender los ánimos adormilados de un pueblo herido.

Para los fugitivos, el desenlace se sentía cada vez más cerca y trágico. Las espadas enemigas golpeaban las suyas una y otra vez, sin descanso. Sus hojas afiladas rasgaban sus carnes, con saña y ninguna misericordia; y quizá lo peor, era que aquel combate desproporcionado solo terminaría cuando sus vidas se hubieran extinguido.

Aun cuando asesinaban a cada una de sus oponentes, siempre había alguna mujer más, dispuesta a tomar su lugar y con el único deseo de vengar las afrentas inexistentes de las que se sentían víctimas. Esos hombres no merecían pisar el suelo consagrado al Señor de la Guerra, jamás debieron hacerlo, y ellas se encargarían de que su sangre limpiara los pecados que habían cometido contra el pueblo amazónico. De alguna forma u otra, todas sabían que las desgracias que habían caído encima de ellas, provenían de esos guerreros malditos, y la única manera de encontrar redención, era ofrendar sus vidas a Ares, condenando sus almas al encierro infinito del Inframundo.

Los minutos entre espadas, sangre y dolor transcurrieron lentamente, sintiéndose por momentos eternos. Pero esa sensación de vacío, esa desesperación que hubiera llevado a cualquier a hincar la rodilla sobre el suelo, no iba a detenerlos. Habían sobrevivido a peores desgracias. Miles de veces habían tocado el fondo y, en todas ellas, los santos habían encontrado la manera de sobrevivir. No estaban destinados a perder. Su futuro iba mucho más allá de Temiscira y estaban dispuestos a demostrarles su estirpe de guerreros de Élite.

Los cuatro santos y las cinco amazonas pelearon valientemente por los varios minutos. Sin embargo, la situación les superó en el momento en que dos de las hermanas cayeron. A partir de ahí, todo cayó en picada.

Las tres sobrevivientes se reunieron, alrededor de las vencidas, para protegerlas. Pero la posición completamente ofensiva que mantenían unos segundos antes se perdió, convirtiéndolas en un frente de defensa que, aunque impenetrable por momentos, terminaría por ser vencido en algún punto del combate. Para los santos, las cosas no fueron muy diferentes. El cansancio y el esfuerzo extremo de los últimos días estaban ahí, nublándoles la cordura y dejándoles sin aliento. Sus cuerpos, aunque extenuados, podrían soportar un poco más, sin embargo con Aldebarán la historia era dramáticamente diferente.

El toro dorado no podría aguantar más abuso. Necesitaban detenerlas… pronto.

De pronto, el mundo comenzó a desmoronarse frente a sus ojos. Estaban siendo superados con gran facilidad. Sus ataques cada vez eran menos efectivos y, poco a poco, los habían arrastrado lo suficientemente lejos de sus cómplices como para esperar algún tipo de apoyo de su parte. Incluso entre ellos, el ritmo de la batalla los iba empujando a alejarse más y más. Si se perdían de vista, todo habría terminado.

Pero en el preciso instante en que todo parecía perdido, entre el eco de las voces femeninas que los rodeaban, se alcanzó a escuchar un grito ronco, secundado por muchos más. El retumbar de los cascos de caballos estremeció a la noche conforme las bestias se acercaban más y más a la carrera. Las espadas, siendo desenfundadas, repicaron; y un grito de guerra colectivo golpeó los cimientos de Temiscira.

— ¡Por Troya!

-8-

Solo había tinieblas por todas partes. Los extensos y abandonados jardines se encontraban hundidos en la oscuridad. Nada ni nadie estaba al alcance de la vista.

Aioros acechó por la rendija de la puerta que daba acceso a las caballerizas. Adentro, hasta donde su vista alcanzaba, no había nada más que los caballos y montones de heno apilados contra las paredes de madera y roca. Con cuidado empujó la puerta, escabulléndose hasta el interior de los establos, para asegurarse que nadie se hubiera escondido ahí antes que ellos.

Inspeccionó atentamente cada rincón, siempre sosteniendo su arco y listo para cualquier eventualidad. Cuando se hubo asegurado que estaban completamente solos, dio la señal para los demás entraran también.

Mientras Mu y Aretha entraban, el castaño rebuscó por una montura. En un instante seleccionó un corcel y lo ensilló, cuidando minuciosamente cada detalle. Después, tomándolo de las riendas lo llevó hasta donde se encontraba el ariano.

— Dame a Phineas. La sostendré mientras montas. — le dijo, y pacientemente esperó por él. De vez en vez, Aioros no podía evitar mirar sobre su hombro, para evitar se sorprendidos.

— Estoy listo.

— Presta atención, Mu. — continuó, mientras le ayudaba a subir a la sacerdotisa. El tono inusualmente autoritario del arquero preocupó al de Aries. — Necesito que cabalgues lo más rápido que puedas hacia las afueras de Temiscira. Cuando salgas del Palacio, sigue por la calle, no te detengas. Aretha irá delante de ti, abriéndote camino. — volteó hacia la ninfa, quien asintió, temiéndose lo peor. — Aretha, no dejes que nada ni nadie les toque. Literalmente vuela a todo el que se le cruce en el camino o intente detenerlos, ¿entendido?

— Pero…

— Lo harás bien. Tranquila. — acomodó una mecha rebelde que caía sobre los ojos de la pelirroja. — Confío en ti. Sólo mira todo lo que has hecho para ayudarnos. Falta poco para terminar con todo. Puedes hacerlo.

La chica agachó la cabeza, gesto que dejó a Aioros sin palabras. Sabía por lo que la habían hecho atravesar y se lo agradecía infinitamente. Sin embargo, hubiese deseado no haber tenido que exponerla a toda esa masacre.

— ¿Aioros? — Mu le buscó la mirada, a la vez que Aioros buscó la suya. Leyó las dudas en los ojos de su compañero de Orden y se sintió desconcertado. — ¿Y tú? ¿Vendrás?

— No, no iré. Hay algo que debo hacer primero. — el arquero le tendió las riendas del corcel. — Pase lo que pase, no te detengas hasta estar fuera de la ciudad. No mires hacia atrás. — un sollozo mal disimulado lo hizo callar.— Aretha… — pero ella no miró en su dirección, sino lo contrario.— Aretha, mírame. — volvió a llamarla, solo para obtener la misma respuesta.

Suspiró.

— ¿Es por Kanon? — la voz de Mu robó su atención por unos instantes, pero solo pudo asentir ligeramente a la pregunta planteada. — Haznos un favor a todos y cuídate, Aioros. Estaremos esperando por ustedes.

— Sí. — susurró.

Una vez más, sus ojos azules recayeron en la ninfa. Había algo sumamente mal en dejarla ir así. No podía voltearse y fingir que estaba dispuesto a despedirla estando enfadados; desconocía cuando y si volvería a verla. Aún si ella se negase a escucharlo, insistiría. Así que tomó un gran respiro para plantearse frente a ella.

— Sé que me he cansado de decírtelo y no vas a creerme hasta que todo esto termine, pero estaré bien. De la misma forma en que tu viniste hasta aquí e hiciste todo por nosotros, de esa misma manera yo no puedo irme sin asegurarme que Kanon este bien. Entiéndeme, por favor.

Aretha bajó el rostro. Su mirada se había matizado con un dejo de tristeza, sin embargo tampoco podía negar que comprendía los sentimientos del arquero. Ella había llegado hasta ahí para ayudarles, para velar por ellos… para asegurarse que nada le sucediese a él. Juzgarlo tan duramente era un error, uno que no podía permitirse dada la posibilidad de perderlo.

— Te creo… pero no me pidas que no me preocupe. — musitó. Después, llevó sus ojos hacia el rostro de Aioros, permitiendo que sus miradas coincidieran. —Sé que volverás. Solo… ten cuidado. — la delicada mano de la ninfa le acarició el rostro.

Sacar conclusiones fue muy sencillo para Mu. Estando ahí, en medio, observando esa escena, lo hacía sentir como un intruso. Se mordió ligeramente el labio y giró el rostro, deseando que aquel gesto les proveyera de un poco más de privacidad, aunque sabía que no lo hacía.

— Es momento de irse. — Aioros suspiró y agachó el rostro, rompiendo aquel encuentro de miradas con la ninfa que parecía haber durado por siempre. — Tengan cuidado. Ambos.

Mu asintió. Una sonrisa triste se dibujó en sus labios. Desconocía cuales eran los planes que el santo de Sagitario tenía en mente, pero le deseaba lo mejor, fuera lo que fuera. Por el momento, lo que importaba era cumplir la misión que le habían asignado; esta vez, sin contratiempos.

Después de la despedida, nada quedaba por decir. Era tiempo de poner a los planes en marcha. Aioros caminó hasta la puerta del establo para abrir una rendija. Miró hacia todos lados hasta asegurarse que el peligro era inexistente. Entonces, la abrió por completo. El corcel bufó. Sacudió la cola y paró las orejas. Con pasos lentos, abandonó la seguridad de las caballerizas, ignorando los peligros que aguardaban en las calles agitadas de Temiscira.

Hubo una última mirada entre los santos. La próxima vez que se encontraran, el infierno habría terminado.

El caballo se perdió rápidamente en los jardines del palacio. Nadie mejor que alguien hermoso animal conocía el camino hacia la salida de los recintos reales.

Mientras, al lado de Aioros, la pelirroja suspiró. Cerró los ojos por un segundo, buscando dentro de sí el valor que necesitaba para ese último esfuerzo; sin embargo, antes de que su cuerpo se disolviera en el viento, el castaño la tomó del brazo.

Sin pensarlo dos veces ni pronunciar una palabra más, la besó.

Desde aquel encuentro en el bosque, llevaba días pensando en probar sus labios de nuevo. Aquella torpe caricia lo había dejado deseando mas, y simplemente no podía dejarla ir sin besarla de nuevo.

La historia de ella no era muy distinta. Al sentir los labios de Aioros sobre los suyos terminó por responderle. Se dejó llevar por esa boca, disfrutando que de ese contacto que deseaba nunca terminara. El calor de su aliento, el suave roce de sus bocas y la cercanía con el santo; todo, en aquel beso, a pesar de las circunstancias, la resultó perfecto.

Lentamente se separaron, aunque ninguno de los dos lo deseaba. Sus miradas se reencontraron, permaneciendo unidas por un instante, y no fue sino hasta que el castaño volvió a inclinarse para besarla en la mejilla, que se apartaron.

— Debes irte. — le susurró.

— Cuídate, Aioros.

El santo le sonrió mientras la veía perderse en el aire. Al verla desaparecer por completo, exhaló profundamente. Retomó su seriedad por un par de segundos, al pensar en Kanon; pero solo cuando cayó en cuenta de lo que acababa de hacer, volvió a sonreír.

Por ella, se aseguraría de sobrevivir. Regresaría a su lado.

-9-

Dohko abrió sus ojos de par en par. La súbita tensión que aquel batallón desconocido había causado con su inesperada entrada quedó rápidamente el olvido, y solo cuando un extraña y fugaz sensación de calma le embargó, el santo dejó escapar el aliento. Sus dedos se aferraron con renovadas fuerzas a la espada mientras se abría camino, abatiendo a cuanta amazona se le cruzara, hasta llegar a sus compañeros.

— ¡Manténgase juntos! — les ordenó con un grito que ninguno dejó pasar.

Los soldados troyanos barrieron con las amazonas, dejando nada a su paso más que la fúnebre esencia de la muerte. En cuestión de segundos, lo que parecía un obstáculo infranqueable para los santos estaba siendo reducido a nada. Las amazonas caerían. Aquello era inevitable.

Las campanas de vigía resonaron nuevamente. Esta vez no anunciaban un incendio, ni a un fugitivo, sino que entonaban una melodía de destrucción; divulgaban la caída del Imperio.

— ¡Eh! ¡Ustedes! — un corcel de crines pardas se detuvo frente a ellos. Movió la cola nerviosamente cuando su jinete jaló las cuerdas. — ¿Son amigos de los santos de Athena?

Somos santos de Athena. — Dohko respondió, causando que la cicatriz en el rostro de aquel hombre desconocido se deformara gracias a una sonrisa.

— Perfecto. Soy Bias, y estamos aquí para protegerles.

Asintieron, sin saber exactamente cual era el sentimiento que les embargaba en ese instante. De pronto, era como si todo se hubiera convertido en un sueño bizarro. Había pasado de una muerte casi segura, a tener a un soldado desconocido cuidándoles las espaldas y a un ejército que había cabalgado hasta ahí para mantenerlos con vida.

— ¡Bias! — otro soldado, esta vez en un caballo negro, se detuvo al lado del otro. Miró, con su único ojo, sobre el hombro hacia ellos. — ¿Son ellos? — el primero asintió. — Bien. Mantente cerca, que nadie les haga daño.

— ¡Sí!

Los cuatro pares de ojos de los santos se fijaron en el dúo. No entendía que sucedía, pero tampoco necesitaban explicaciones. De cierta forma, lo que les bastaba era que estaban vivos y que, mientras los soldados troyanos estuvieran alrededor, estarían bien.

— ¡¿Dónde están? — Ganimedes apareció, deteniéndose frente a Anaxos, mientras que rebuscaba entre los rostros de los santos por los de Aioros y los gemelos.

— Solo los encontré a ellos. Dicen ser santos de Athena.

— ¿Es verdad, Bias? — el capitán desmontó. Caminó hasta los jóvenes para detenerse a su lado. Los examinó con detenimiento por un largo instante. — Joder, los héroes de hoy en día nunca son lo que parecen. — meneó la cabeza. — ¿Dónde están los demás?

Dohko pestañeó. Se había sentido confundido al principio, pero ahora sabía de qué hablaban.

— ¿Los gemelos y Aioros? — preguntó, a lo que Ganimedes respondió, asintiendo. — Saga está rescatando a otro de nuestros compañeros. Aioros está a cargo de la sacerdotisa y… Kanon está con Hipólita.

— ¿Sólo? — el marinero frunció el ceño, solo para intercambiar miradas con Anaxos.

— Ganimedes, encárgate de todo aquí. Tomaré unos cuantos soldados e iremos al Palacio.

Pero el viejo soldado no dio tiempo a que su amigo respondiera. De inmediato, hizo girar a su montura, tomando el sendero que guiaba hasta la ciudadela. Detrás de él, unos cuantos soldados le sirvieron de escolta.

— ¿Por qué Troya está interesada en esta misión? — la cuestión hizo que Ganimedes y Bias centraran su atención en Camus. El viejo marino se sobó las barbas.

— Troya tiene sus intereses, y nosotros los nuestros. — le contestó, con una calma tal, que en medio del caos, se sentía irreal. — Nosotros no estamos bajo las órdenes de Periandro. Athena es quien nos he encargado vigilarles. Si estamos aquí es por ella y por sus amigos. ¡Unos tipos de lo más simpáticos!

Los santos intercambiaron miradas. Sus propias reacciones les sorprendieron. Con la sobriedad de los últimos días, observar el semblante incrédulo y sorprendido de los otros, resultaba… refrescante. Pero es que había algo realmente increíble en el hecho de que las personalidades, en especial de los gemelos, fueran compatibles con aquel regordete hombre de carácter desenfadado.

Sin embargo, el momento de relajación no duró demasiado. Pronto, tuvieron que reconectarse con la realidad. Troya invadía Temiscira, y acciones de ese tipo no podía pasar desapercibidos. Si el rey de la ciudad de las murallas había mandado a su ejército hasta ahí, probablemente tendría poco que ver con su seguridad.

— No has respondido mi pregunta. ¿Por qué Troya está interesada en esta misión? — repitió el acuariano.

— No sé que responderte, muchacho. — Ganímedes se rascó la cabeza. A su lado, aún sobre su caballo, Bias resopló. — Periandro tiene sus razones y me supongo que solo él las entienda. Un hombre de mente complicada que no se compara con un hombre de mente sencilla como yo.

— ¿Qué hay de Aioros, Saga y Kanon? —habló Aldebarán.

— Estarán bien. ¡Son héroes!

— Pareces muy seguro de eso.

— Lo estoy. Sólo los héroes pueden sobrevivir a algo así. Ustedes están vivos y, si ellos son la mitad de fuertes que ustedes, entonces también podrán hacerlo.

El silencio cayó entre ellos. El repiqueteo de la campanas volvió a apoderarse del convulsionado ambiente. El ejército de Apolonios se apoderaba gradualmente de cada rincón de la tierra amazónica. Quizás, con un poco de suerte, para el amanecer, todo habría terminado.

-10-

Las campanas volvieron a resonar con toda su fuerza, obligando a los santos a detener su camino por un segundo mientras consideraban las miles de posibilidades que pudieron causar semejante alboroto. Saga alzó la mirada al cielo, donde la nube de cenizas rojizas poco a poco comenzaba a disolverse con la lluvia que arreciaba. Si los incendios ya no eran el problema, algo más había atrapado la atención de las amazonas.

Sin saber que sucedía, los ojos verdes del geminiano buscaron la tenue luz que envolvía una de las habitaciones superiores en el palacio. Desconocía si aquellos eran los aposentos de la reina, pero algo dentro de sí le gritaba que Kanon estaba ahí; en problemas.

— ¿Saga? — el de Géminis sacudió la cabeza para librarse de esa sensación de desasosiego que le asolaba. Estaba cerca ya. Pronto podría ayudar a su hermano.

Suspiró profundamente y retomó la marcha.

El silencio y soledad que se había apoderado de los patios exteriores del palacio les sorprendió. De pronto, el hogar de la reina lucía desolado.

Se adentraron con cuidado, midiendo con meticulosidad cada paso que daban. Sus ojos recorrían con atención cada rincón del jardín, en busca de posibles amenazas. Si bajaban la guardia, aunque fuese un poco, podrían terminar envueltos en una situación potencialmente peligrosa.

Entonces, descubrieron frente a ellos a la puerta que daba la bienvenida a la casa real. Estaba abierta, con la luz agonizantes de la teas que servían para iluminarla. Cerca, los cuerpos de tres amazonas les indicaron que alguien más había estado ahí antes que ellos. Inconscientemente, las mentes de los tres se centraron en Aioros. Tenía que haber sido él, o al menos eso deseaban.

Saga les indicó con el dedo que guardaran silencio. Se pararon a los lados de la puerta, esperando un posible ataque de proviniera de adentro. Saga empujó la puerta y el camino hacia los interiores del palacio se abrió entre ellos. No había absolutamente nadie que se interpusiera entre ellos y su destino. Los tres suspiraron, sintiéndose momentáneamente aliviados de encontrarse solos. No esperaron demasiado y entraron. Todavía les restaba salvar a Talos, y por supuesto, Saga también tenía que asegurarse que Kanon hubiera salido vivo de su enfrentamiento con Hipólita.

Sin embargo, mientras caminaban, el repentino chirrido de la puerta principal, a sus espaldas, los puso en alerta. En un santiamén empuñaron sus espadas, girándose a toda velocidad para enfrentar a sus perseguidoras, pero lo que encontraron los dejó boquiabiertos.

— Aioros… — balbuceó el Capricornio. A su lado, Milo y Saga no estaban menos sorprendidos del estado en que se encontraba el santo.

— ¿Qué demonios haces aquí, Saga? — la mueca del dolor del arquero, se tornó en una reproche. — Quedamos en que saldrías de Temiscira tan pronto pudieras. — Saga abrió los labios, intentado darle una respuesta que no encontró.

— ¿Qué pasó contigo? — Shura se le adelantó. Caminó hasta el arquero sin quitarle la vista.

— Una flecha. Resulta que hacerla de diana es mucho menos divertido que jugar al arquero. — se tocó el costado adolorido. — Pero estoy bien. No hay de que preocuparse.

— Creí que la flecha te había alcanzado en el torso, no en el cerebro. — Saga reclamó. — Aioros, estas…

— No digas horrible, porque tú y Milo están igual o peor.

— Deja de bromear. En estos momentos, superarte es difícil.

— ¿Qué quieres que haga? ¿Llorar? — Aioros torció la boca, mientras el peliazul se cruzaba de brazos. — Saga, Kanon está en problemas. — el gemelo tragó saliva. — El ceñidor es… es un tanto más complicado de lo que pensamos.

— Estabas regresando por él. — el arquero le concedió la razón, aunque lo de geminiano no había sido una pregunta.

Estoy yendo por él.

— Iré contigo. — exhaló. — Milo, Shura, vayan por Talos y huyan de la ciudad. Nosotros les alcanzaremos después.

Los ojos de los más jóvenes fueron de Saga a Aioros. Nada de lo que pudieran decir iba a convencerlos de retirarse, ni de retroceder. Lo mejor que podían hacer era seguir instrucciones, liberar al amigo del Escorpio y, tal como se les dijo, abandonar Temiscira.

— Vamos, cabra. — Milo miró por última vez a sus mayores. Esperaba volver a verlos; sabía que lo haría.

Shura asintió suavemente. Dio un par de pasos para seguir al escorpión, cuando de pronto se detuvo. Giró sobre su talones y caminó hasta Aioros, a quien le dio un abrazo. Un quejido ahogado del castaño lo hizo apartarse.

— También me da gusto verte. — Aioros le sonrió mientras revolvía los cortos cabellos verdosos del español. — Me alegra que estés bien.

— Lo estoy y hay mucho de que hablar. Nos veremos pronto. — le sonrió.

Aioros confirmó con un movimiento de cabeza las palabras de su amigo. Se volverían a ver cuando todo ese lío hubiera terminado y se encontraran a salvo, de camino a Troya. ¿Tenían mucho de que hablar? Demasiado, y muchos eran temas que Aioros no tenía deseo que alguno de tratar, pero que terminaría discutiendo con el cabrito dorado.

Él y Saga lo vieron alejarse en silencio, hasta que desaparecieron en el final del corredor. Después, el gemelo dejó escapar un bufido, que les recordó que aún tenían cosas por hacer.

— Un poco más e iba a ponerme a llorar de tanta emoción. — Saga dijo, socarronamente. Ante el tono y la expresión traviesa del gemelo, Aioros no pudo contener una risa que terminó por costarle una punzada de dolor.

— ¡Au! ¡Joder, Saga! No me hagas reír. Duele.

— Bueno, no más risas entonces. ¿Puedes correr o tengo que cargarte? — lo animó a seguirle con un gesto de cabeza. Cuando los dos emprendieron la carrera, Saga continuó hablando. — ¿Vas a decirme? ¿Qué pasa con Kanon?

— Phineas dice…

— ¿Está viva?

— ¡Por los dioses, Saga! ¿Qué demonios crees que estuve haciendo todo este tiempo? ¿Crees que este agujero en mis costillas fue de a gratis? ¡Por supuesto que está viva! Está con Mu y Aretha.

— ¿Mu?

— Larga historia que pienso contarte después. Volviendo a Kanon… — boqueó por oxígeno. De pronto, correr sonaba como una pésima idea. — Phineas dice que el ceñidor no es una joya cualquiera. Al parecer tiene la propiedad de despertar los deseos de poder de cualquier persona que esté cerca.

— Genial. — Saga suspiró. — De todos los males que podía arrastrar ese maldito ceñidor, tenía que ser precisamente ese.

— Lo sé.

Siguieron el camino en silencio, siguiendo el mismo rastro de cuerpos que Aioros había dejado a su paso la primera vez. Durante todo el trayecto, Saga vigilaba de cerca cada gesto de su amigo. Cualquier detalle que pudiera dejar en claro su estado físico era de utilidad para el gemelo. Lo que menos deseaba era que la vida del arquero fuera puesta en peligro de manera innecesaria… no más de lo que ya estaba.

— Si tengo que decirle a alguien más, por enésima vez, que estaré bien, juró que no sé que haré. — Aioros habló, adivinando los pensamientos en la mente del santo de Géminis.

— Creo que es una buena señal para que comprendas lo mucho que nos preocupamos por ti.

— Y lo agradezco, pero es solo una herida de flecha.

— Dioses, deberías verte en un espejo.

Aioros torció la boca. Se sentía incluso peor de cómo se veía, pero no era algo que fuera a admitir en ningún futuro cercano. Cuando todo terminara, entonces se dejaría curar. Mientras tanto, no pensaba detenerse a pensar en todo el dolor que una maldita flecha podía causarle. Además, de algún modo sabía que se las ingeniaría para preocuparse por los dos, así que esa parte se la dejaría a él.

Aún así, había algo aterrador en el hecho de que la falta de respiración y la incesante hemorragia le recordaban en muchas maneras el incidente de años atrás, cuando huyó del Santuario con la pequeña Athena en brazos. Demasiadas coincidencias que en el fondo le asustaban. Le dolía admitirlo, pero no estaba listo para morir una vez más.

Como si pudiera leer sus pensamientos, Saga frunció el ceño. Sus ojos verdes intentaron traspasar al arquero, echándole en cara su pesimismo. A la vez, algo en su mirada dejaba en claro que no iba a permitir que nada más le sucediera. Si era necesario, Saga haría hasta lo imposible para que su amigo saliera de ahí vivo, por más complicado que se viera en ese momento.

— Saga…

— ¿Sí?

— Deja de verme como si fuera a caer muerto en cualquier instante. — dijo, esforzándose por mantener su respiración en calma. — No pienso morirme… otra vez. — alzó una ceja y respiró profundamente.

— Mas vale que no lo hagas, o tendré que bajar al Infierno y traerte de regreso, arrastrándote de los pelos. — obtuvo como respuesta.

El santo de Géminis sonrió a medias. Si Aioros quería tranquilizarlo, tendría que esforzarse un poco más en fingir mejor. Ahora, sus dolores de cabeza venían por partida doble. No solo estaba la ansiedad que le generaba ver a Aioros en un estado tan lamentable, sino también el hecho de que, probablemente, en esos momentos, Kanon estuviera lidiando con el peor enemigo que tenía: él mismo.

Y no había nadie ahí para ayudarlo.

-11-

Se llevó las manos a la cabeza. Su cerebro vibraba con esa mezcla de voces que tenía dentro, que hablaban ininterrumpidamente, debatiendo cual debería ser su siguiente movimiento.

La voz de su hermano había terminado por despertarlo de un letargo en el que poco comprendía lo que hacía. Fue como si, de pronto, todas sus acciones anteriores fueran obra de alguien más; definitivamente no suyas. No comprendía como había llegado a esas alturas. Estaba ahí para terminar con aquella pesadilla, no para alargarla más y más, sin sentido alguno; y eso era lo que había terminado haciendo.

Sin embargo, la voz oscura que lo había hipnotizado antes, seguía ahí. ¿De donde provenía? Kanon lo ignoraba. Pero, lo que si sabía, era que todo había empezado desde el instante en que puso los pies dentro de las habitaciones de la reina. Lo que fuera que estuviera jugando con su mente estaba ahí, dentro, y tenía una idea bastante clara de que era.

— El ceñidor. — habló en voz alta, para evitar confundir sus propias ideas con aquellas que rondaban en su cabeza y que le eran extrañas. — ¿Qué es lo que hace?

— Susurra, juega con tu mente. — la voz de la amazona reina se escuchó como un murmullo del viento. — Te envuelve hasta que, cuando despiertas, eres uno con él.

Hipólita había permanecido sentada en el suelo por un largo instante. Contemplaba la confusión del santo en silencio. Su mirada chocolate se haya perdida y en su mente se dibujaban las acciones de su vida. Para bien, o para mal, todas ellas habían sido decididas por voluntad propia. El ceñidor había propuesto y ella, resuelto.

"Kanon…"

Las voces volvieron a resonar. De pronto, su cabeza se había vuelto una guerra entre la voz de su hermano y la suya, oscurecida con el toque maligno del cinturón.

"No lo hagas. Detente. Tú no eres así."

"Te pertenece. Reclama lo que es tuyo…"

Kanon volvió a retorcerse, doblándose sobre si mismo sin soltar su cabeza. Todas esas voces, y ninguna le pertenecía. Entonces, se dio cuenta. Ese era el problema: Todo lo que escuchaba provenía de alguien más. Le decían que hacer, le susurraban quien era… pero la decisión debía que ser suya.

— Basta. — se dijo, mientras volvía a erguirse a pesar de la confusión. — No más palabras.

Mientras aquello sucedía, Hipólita centró su mirada en la espada que estaba en el piso, a pocos centímetros de Kanon. De inmediato, su mente se planteó la idea de conseguirla y atacarle ahora que se encontraba vulnerable.

Como pudo, se arrastró hasta ella, empuñando el arma con toda la determinación que le quedaba. Se puso de pie, a pesar de que las rodillas le temblaban. No tenía la menor idea de lo que resultaría de ello, pero al menos debía intentarlo. Después de todo, iba a morir de cualquier forma.

Sin embargo, lo que menos esperaba era que Kanon se mantuviera la suficientemente alerta como para evitar su ataque. Esquivó un par de ataque mas, aunque lo hizo a duras penas.

— ¡¿Qué haces?

— Detenerte. — le respondió la reina.

El dragón marino no esperó que volviera a atacarle, sin embargo la amazona lo hizo. Lo forzó a retroceder, víctima de las jaquecas que le asolaban y de los violentos embates que ella le lanzaba. De pronto, el peliazul se encontró de espaldas a la pared y con la espada de Hipólita al frente. Arrugó el ceño mientras su mente retomaba la discusión que le estaba costando la pelea.

"Mátala."

Por una vez, ambas voces hablaron al unísono. Dicho acuerdo, hizo que Kanon soltara una maldición. La situación se estaba tornando de lo más enfadosa. Pero, y a pesar de las molestias a la que le generaba, algo positivo había salido de ello. El gemelo había tomado una determinación.

Sus ojos abandonaron por un segundo a la silueta de la amazona que se acercaba más y más, con la intención de asesinarle, para fijarse en lo que le rodeaba. Su mente aguda comenzó a funcionar con la claridad de la que había carecido desde que el cinturón fuera arrancado de las manos de Hipólita. No mucho después, sonrió para sus adentros. Estaba por demostrar porque era uno de los mejores estrategas de la Orden, sino el mejor.

— ¿Qué se siente al estar en el lado de los desvalidos? — le preguntó ella, con una risa socarrona. — Vas a pagar todo lo que has hecho conmigo.

Pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra más, Kanon se giró velozmente. Tomó la pequeña mesa de mármol que aún se mantenía entera a pesar del desastre que habían armado por toda la habitación y la rodó hasta ella, golpeándola. En el instante en que ella cayó, la espada se escapó de sus manos. La fortuna, entonces, bendijo una vez más al gemelo, cuando el arma llegó hasta a sus pies. De nuevo, la sonrisa se borró de los labios de la reina e iluminó los de Kanon.

— Creo que, en esta ocasión, todo terminó. — el filo de la hoja de metal, se posó sobre el cuello de Hipólita, abriendo un rasguño en su piel.

Los ojos de la amazona se humedecieron, sintiendo cercano el final. Los cerró con tanta fuerza, que las lágrimas se le escaparon sin ningún control. Lo había arruinado todo.

Esperó con desesperación porque la espada del santo al degollara. Si iba a terminar con ello, quería que fuera lo más rápido posible. No deseaba vivir más, no tenía fuerzas para hacerlo. Mientras más pronto terminara esa pesadilla, sería mucho mejor. Sin embargo, ese último golpe de gracia nunca llegó. Lo único que sintió fueron las manos de Kanon sujetándole con violencia del brazo y forzándola a ponerse de pie. Cuando por fin se atrevió a abrir los ojos, se encontró la mirada ausente y hueca del gemelo.

Tal y como lo había planeado, el santo de Géminis había tomado una decisión y pensaba atenerse a ella. Si era lo mejor o no, no lo sabría pronto; pero sentía que hacía lo correcto, aún si no lo pareciera. Sin más dudas, la jaló arrastrándola consiga, sin embargo, algo más le hizo detenerse.

— ¡Kanon! — escuchó que llamaran su nombre.

La voz de Saga precedió al impacto de la puerta abriéndose de par en par, cediendo el paso al gemelo y al arquero dorado. Ambos se petrificaron al verlo.

Kanon estaba de pie, en medio de la habitación envuelta en caos. Todo a su alrededor estaba destruido como resultado de su batalla con la reina. Sin embargo, el gemelo parecía no reparar en ello. El general marino giró la cabeza hacia ellos, permitiéndose mirarlos de soslayo. Las señales de la pelea se reflejaban en su cuerpo, herido y amoratado. Sobre el hombro, llevaba colgando el ceñidor, mientras que sujetaba a Hipólita de los brazos con todas sus fuerzas. Por un momento, sus ojos verdes centellaron con tanta rabia que los dos santos dudaron sobre el influjo que la valiosa joya tenía en él.

— Quédense ahí. No es necesario que se acerquen. — habló. Al mismo tiempo, retiró el cinturón que descansaba sobre su hombro y lo lanzó en dirección a los otros, a los pies de Aioros. — Hazme el favor de cuidar esto por mi, arquero. Todavía tengo algo más que hacer.

— Kanon…

— Les dije que se mantuvieran lejos. — espetó, al verlos moverse en su dirección. — Saga, esta es mi parte de la misión. No te metas.

Aunque receloso, su hermano obedeció. Tanto él como Aioros se mantuvieron callados mientras observaba detenidamente las acciones del gemelo menor. El rostro aterrado de la reina amazona no les pasó desapercibido, pero no se atrevieron a hacer nada. Habían llegado ahí confiando en Kanon y así se mantendrían.

— Suéltame. — musitó la guerrera. Más Kanon no le prestó atención alguna.

— Todo se acabó. Ya no te queda nada. — el peliazul la arrastró hasta el balcón. La aventó contra la baranda, atrapándola entre su cuerpo y la barra de mármol, para que viera el resultado de sus acciones por sí misma. El Apocalipsis de Temiscira se dibujó ante la reina. — Esto es obra de tus manos. ¡Observarlo! — la tomó de la mandíbula, obligándola a mirar al frente. — El resultado de tu vanidad, ¿no te enorgullece? — el gemelo sonrió al ver el rostro de Hipólita palidecer mientras contenía las lágrimas. También distinguió los penachos carmesís y negros de las tropas de Troya que invadían el lugar. Aquello era simplemente perfecto. Con eso en mente, se acercó a ella y le susurró al oído. — Temiscira le pertenece a Periandro. Nada aquí es tuyo. Y, mira bien: soldados troyanos por doquier. ¿Querías un hombre? Porque ahora tendrás muchos. No sabes lo excitante que es cogerse a una reina, sobre todo a una que se jacta de ser superior a ellos. Arrancarle la dignidad, despojarla de todo orgullo, romper su voluntad hasta convertirla en nada más que un objeto de placer…una vulgar pornai. Pero, no te preocupes…terminará por gustarte.— la sonrisa perversa de Kanon se ensanchó. Hipólita temblaba en sus manos. — ¿Te gustaba terminar con vidas ajenas? Pues pronto suplicarás a Hades porque tome la tuya. Cuando descubras lo que te espera, te darás cuenta que más te valdría haber muerto.

Los ojos marrones de Hipólita se llenaron de lágrimas. En sus pupilas, el denso color naranja de las llamas que consumían el imperio que había creado, se reflejó. Todos sus sueños, sus deseos, su poder, se desvanecían frente a ella. Quiso girar el rostro, pero el fuerte agarre de Kanon, quien todavía la sostenía de la mandíbula, no le dejó. Así que, cerró los ojos.

Los cerró y deseó morir. No podía ver como su vida entera se desmoronaba frente a ella. ¿Qué había pasado? ¿Cómo había llegado a esos extremos?

Su destino, habían dicho los dioses, era más grande que la vida. Sin embargo, ahora no quedaba nada de las glorias que le habían sido prometidas. Los frutos de sus victorias ardían frente a ella y alguien más disfrutaría del poder que por tantos años ella había cultivado. Sus hermanas estaban muertas o le habían dado la espalda, su padre se había desvanecido; ahora, estaba sola. Sola y sometida al yugo de los hombres a los que tanto había odiado. No le quedaba nada, ni siquiera el orgullo. La habían despojado de todo, salvo de su vida.

Sintió las fuertes manos de Kanon dejándola ir y, de pronto, su cuerpo se sintió pesado. No podía soportarlo…no quería. Entonces, las palabras del gemelo resonaron en su cabeza otra vez.

"Más te valdría haber muerto."

Cayó sobre sus rodillas, presa del miedo.

Todo había terminado.

-Continuará…-

NdA: ¡Se acabó! ¡Yei! ¡Soy libre de las amazonas! La verdad es que estos últimos capítulos me resultaron agotadores, por no hablar del hecho de que comienzo a odiar las espadas ¡No más espadas por mucho tiempo!

Cof…cof… habiendo aclarado eso, y a modo de cultura general, las pornai constituyen el nivel más bajo en la prostitución griega. Eran esclavas de origen bárbaro explotadas para satisfacción sexual…pobre Hipólita. Casi me siento mal por ella.

Me queda agradecerles a todas las personitas que se toman el tiempo de leer (¡Hola, lectores fantasmitas!) y, sobre todo, a aquellos que se dan unos pocos minutos para dejarme esos comentarios tan lindos y llenos de aliento que me ayudan a seguir adelante. A: Damis, RIAADVD, ddmanzanita, ELI251, AngelElisha1, angel de acuario, Leika-kannon, marinlucero chiba, kumikoson, Koko, Ayumi03, Alynne Hale, elbereth2982, Art1sta, Kisame Hoshigaki, Gislaine C, Saint Lunase, Mitsu No Ryoko, legendary, Kirigoe y jaelinna, ¡muchas gracias!

Replies a reviews anónimos estarán en el profile en un rato más, y que tiene cuenta estarán llegando en poco. Ahora sí. Sin las amazonas de por medio, puedo volver al resto de mi historia. Así que esperen ver mucho de Aioria y Máscara, de Shion y Athena, de los dioses y, quizás, incluso del Santuario en la época moderna.

Ya saben que cualquier comentario, queja, amenaza de muerte, en el botón de abajo.

Sunrise Spirit