Capítulo 40

Un paso a la vez

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La mañana había llegado, pero el Sol no se dignó a mostrar sus cálidos rayos hasta bien entrado el día. Las nubes oscuras flotaban con el fuerte viento que soplaba sobre la ciudad, tornándola fría y melancólica. Por fin, tras horas de lucha, los dones de Apolo se colaron entre los densos nubarrones y tocaron la tierra de los mortales. Su color amarillento dotó a las partículas de ceniza de un tono dorado, como si se tratara de miles de luciérnagas cuya luz se reflejaba aún en plena mañana.

La ciudad hedía a muerte. Completamente desolada, Temiscira jamás había visto un amanecer tan lúgubre como el de ese día. Restaban únicamente las hogueras que los soldados habían prendido durante la noche para soportar el frío de la madrugada. El fuego de los sembradíos se había extinguido, dejando nada más que el color oscuro de las cenizas y la fuerte peste de la hierba quemada. Ríos de sangre corrían por la ciudad, mezclándose con las taciturnas corrientes de agua que la lluvia intermitente había dejado. Las glorias y esplendor del pueblo amazónico había desaparecido en un pestañear. No queda nada que mantuviera de pie a la orgullosa raza.

En el palacio, por vez primera en decenas de generaciones, un hombre se encontraba sentado en el que fuese el trono de la reina. Hipólita no era más que un fantasma del pasado.

El soldado, ligeramente golpeado por las delicias del vino, cabeceó. Sus ojos amenazaban con cerrarse en cualquier instante para no volver abrirse en un par de horas más. Sin embargo, a pesar de haber dejado atrás la excitación de la batalla, el hombre sabía que no podía dejarse vencer por el sueño. De hacerlo, terminaría castigado por su general; y de hecho, el breve momento de vagancia que disfrutaba en esos momentos, ya era en sí un peligro. Pero, en ese preciso instante, una figura atravesó a toda velocidad por el corredor del megaron, dirigiéndose hacia la salida.

— ¡Oye! — el miliciano se puso de pie y corrió para darle alcance. Trastabilló con unos viejos jarrones de cobre que yacían en el piso, destrozados, víctimas del pillaje, pero consiguió mantenerse en pie. Alcanzó la entrada y acechó, descubriendo que sus sospechas eran ciertas. — ¡¿A dónde vas?

El aludido volteó, para enfrentarle con sus ojos verdes. Maldijo por lo bajo al saberse sorprendido, más no tardó demasiado en reemprender su camino.

— No tardaré. Hay alguien a quien debo encontrar. — Shura respondió, mientras ondeaba su mano en el aire a modo de despedida. — Si alguien pregunta, diles que andaré cerca de la casa de sanación.

Sin saber que pensar exactamente, el miliciano troyano parpadeó, estupefacto. Con todo lo que habían vivido, tenía que admitir que le sorprendía el hecho de que aquellos hombres extranjeros tuvieran la energía para seguirse moviendo por todas partes. Tal parecía que las indicaciones de Anaxos y Ganímedes habían servido para poco, por no decir nada. Los elegidos de Athena tenían una manera peculiar de hacer las cosas, y descansar no era una de ellas.

-2-

El rosal la atrapó, aferrándose a su ropa, como si se resistiera a dejarla marchar. La joven Athena volteó. Se inclinó para liberarse, más no pudo evitar que una de las espinas de la zarza le picara el dedo. Una minúscula gota de sangre manó de su índice.

Saori hubiera deseado que el momentáneo ardor la hiciera olvidarse por un segundo de la verdadera razón que la había llevado hasta ahí en primer lugar; y es que, desde la ventana de su habitación, podía observar como los rosales de Piscis comenzaban a marchitarse. No importaba cuantos cuidados se les dieran, ni el tiempo invertido por varias doncellas en ellos, los jardines del último templo se hallaban hundidos en el triste color naranja de sus hojas secas. Al parecer, al igual que la armadura, los rosales resentían la ausencia de su señor.

— Princesa, ¿estás bien? — asintió al llamado de Arles, pero no se molestó en ocultar que mentía.

— Los rosales están muriendo, Arles. Es como si… como si supieran. — agregó, tras una pausa en la que se concentró en mantenerse entera. — Incluso ellos le extrañan.

Arles la observó con atención.

Carecía de la habilidad de Shion para reconfortar con palabras a su diosa adolescente, así que prefirió guardar silencio. Detrás de la máscara, su mirada se centró en el reloj de fuego que sobresalía por encima de las Doce Casas. Ni siquiera las buenas noticias que trajo el alba parecían reconfortar el corazón de Saori.

La llama de Virgo ardía en Meridia desde la madrugada, sin embargo los ánimos en el Santuario seguían siendo oscuros. Tal parecía que cada gota de esperanza que representaban los fuegos zodiacales, el llanto de las armaduras se encargaba de perderla entre sus lágrimas.

— ¿Has hablado con Zeus, mi señora? — se atrevió a preguntar, a pesar de que la respuesta era clara para él.

— No.

— Quizás… — dudó. — … quizás deberíamos pensar en la posibilidad de traerlos de regreso de alguna forma…

— No existe otra forma. Hera jamás permitirá que salgan de ahí sin cumplir las tareas. Eso, o pedirá sus vidas a cambio.

El santo de Altair torció ligeramente la boca al mismo tiempo que alzaba una ceja con cierta complicidad en sus facciones. Sus verdaderos pensamientos residían más en la reacción de ellos que de cualquier otra persona. No los conocía demasiado, pero sí lo suficiente como para saber que los santos no aceptarían rendirse. Preferían morir, a regresar sabiéndose vencidos.

— ¿Sabes algo de Marin? — el cuestionamiento de la pelilila lo hizo abandonar su breve reflexión. Negó suavemente con la cabeza para responder su pregunta. — No he sabido de ella desde…

— Sí, comprendo. — la interrumpió. El abrupto silencio entre ambos, los hizo sentir incómodos, sin embargo ninguno de los dos estaba dispuesto a ser el primero en hablar. Para Arles, semejante relación le resultaba un tanto inapropiada, mientras que para la joven diosa, era refrescante, y ciertamente alentador, que sus santos se dieran la oportunidad de tener una vida… una vida como la que ella misma deseaba.

— Supongo que mejor preguntaré a Seiya. — Saori agachó la mirada, temiendo que el santo de plata pudiera leer en sus ojos los sentimientos que encerraba.

Arles asintió de manera casi imperceptible. Aclaró su garganta y se encaminó de regreso al Templo Patriarcal. No lo hizo sin antes mirar una vez más hacia el gran reloj de fuego. Cinco tareas finalizadas, tres santos caídos. A ese ritmo, menos de la mitad de ellos regresarían… Sin embargo, rápidamente desechó cualquier pensamiento pesimista que pudiera tener. Meneó la cabeza, deseando no darle más vueltas al asunto. Con Shion ahí las cosas cambiarían, y con un poco de suerte, las lágrimas dejarían de rodar en el Santuario. Esta vez, su mirada recayó en Saori, mientras la observaba alejarse, descendiendo por el camino de los doce templos. No se necesitaba ser un genio para saber a donde se dirigía.

Dejó que el viento agitara su larga cabellera. No tenía caso detenerla. Después de todo, el único escape que tenía de su vida de diosa era precisamente él, el santo de Pegaso. Probablemente se hacía viejo, porque a sabiendas de ello, no se sentía incómodo con los sentimientos de su joven señora; lo que fuera por arrancar de sus labios una sonrisa, como aquellas que no había esbozado en un largo tiempo.

Pero Arles no podía exigirle demasiado. El Santuario entero se encontraba ahogado por denso ambiente que la ausencia de los Doce había dejado a su partido.

-3-

Observaba con atención cada movimiento de sus mocosos, y entonces, se sorprendió a si mismo a causa de sus sentimientos. ¿Desde cuando eran sus mocosos?

Rodó los ojos, con escepticismo. Seguramente era el cansancio lo que le tenía divagando de esa forma. Ignoraba por qué, pero desde un par de días atrás sentía una opresión en el pecho, un sentimiento de agobio que, sinceramente, comenzaba a destrozarle los nervios.

Sumado a eso, estaba la conversación con Altair y Corban. No podía sacarse de la cabeza que aquel chico que falleciese en las manos de Aldebarán era precisamente el menor de sus discípulos. Sin embargo, tampoco podía comprobar de ninguna manera sus sospechas, y preguntar a Artemisa no era una opción que se atreviera a contemplar.

— ¡Maestro!

A la voz del pequeño, Máscara de Muerte alzó la mirada, solo para moverse apenas lo suficiente como para evitar una roca que volaba en dirección a su rostro. Sus ojos azules se entrecerraron, fijándose en los niños.

— Perdón. — susurró el mayor de los chiquillos, dibujando una mueca nerviosa en su facciones infantiles. — No queríamos pegarle.

— Idiotas. — musitó.

— En serio que lo sentimos. — Corban corrió hasta detenerse frente a él y le obsequió una reverencia a manera de disculpa que el santo aceptó con un chasqueo de lengua.

Masculló una maldición en su lengua madre y giró su vista, alejándola de ellos. A sus espaldas, a una distancia considerable, estaba el templo de Artemisa. De entre todas, una ventana atrapó su atención. La delgada tela de las cortinas se coló a través del ventanal, donde Máscara de Muerte alcanzó a ver la silueta de Aioria, quien observaba cada movimiento suyo y de sus aprendices. Ninguno los dos pareció advertir la mirada del otro, sino que guardaron las apariencias.

De inmediato, el santo de Cáncer supo que había hecho bien. No había transcurrido mucho, cuando los brazos de la diosa de luna se enredaron alrededor del cuerpo del felino dorado, arrastrándolo hasta la privacidad de los aposentos.

Al verlos perderse en la penumbra, el italiano sopló su flequillo. No tenía la menor idea de lo que estaba planeando Aioria, pero si sabía que el gato iba a meterse en más problemas de los que quería y aquello no dejaba de alertarle. Ni siquiera quería pensar en que probablemente tenían los días contados. Tan pronto cualquiera de los dos dejara de ser útil para la rubia, no se tentaría el corazón para hacerlos desaparecer. Su principal temor no radicaba en él, porque el camino de esos niños hasta el perfeccionamiento de las artes de combate era largo, y necesitaban un maestro; pero no así su compañero. Si se descubría el hecho de que el alma de Orión apenas y sobrevivía dentro de él, a saber que sería capaz de hacer la dolida deidad de la luna.

Con cada día que pasaba, el tiempo se les terminaba; y lo que sucediera era algo en lo que Máscara de Muerte no quería pensar.

— ¡Maestro! ¡Maestro! ¡Maestro! ¡Maestro! ¡Escúchame! ¡Maestro!

Bufó, fastidiado ante la incesante demanda de atención que esos niños requerían de él. Tal parecía que, más allá de cualquier habilidad para convertirse en guerreros que tuvieran, su verdadero don estaba en el interminable y latoso parloteo que se traían entre ellos.

— ¿Qué quieres, mocoso? — reclamó, incomodado por la interrupción.

— ¡Mira! — el santo siguió el dedo de Corban, y aunque se esforzó, no terminó por disimular del todo la sorpresa que encontró frente a sus ojos.

Altair estaba sentado sobre el pasto, con Nix a su lado, y en la mano sostenía una inestable esfera conformada de energía azulada. Los ojos plateados del niño demostraban su completa concentración, mientras una gota de sudor resbaló por su sien, como resultado del esfuerzo al que se sometía.

Máscara de Muerte jamás lo admitiría, probablemente incluso se lo negaría a sí mismo, pero lo que sentía en aquel momento rayaba peligrosamente con el sentimiento de orgullo hacia los logros de su pupilo.

— ¿Desde cuando puede hacer eso?

— Ha estado practicando, pero solo hasta ahora ha conseguido crear una esfera. ¿No es genial? — festejó el más pequeño. Dio un par de brincos y aplaudió con visible emoción la hazaña de su hermano.

Sin embargo, hubo algo más que en toda aquella situación que dejó pensando al cangrejo dorado: el silencio de Nix. La niña pelipúrpura se veía retraída, ausente, con las ideas perdidas en un lugar muy lejano al que estaba. Lo que era peor, Máscara de Muerte sabía que dicho silencio era en parte culpa suya. Pero no podía hacer nada, o al menos así lo sentía, en especial después de su más reciente hallazgo. Llevarlos consigo, de pronto parecía una opción más y más lejana.

— ¡Au! — volteó, de nueva cuenta, hacia Altair, donde tuvo que reprimir una risa al ver como la energía que unos momentos era su orgullo, le estallaba en plena cara. Más aún, el rostro desencajado de su hermano menor y Nix, terminó por hacerlo reír.

— Idiota, te has desconcentrado. — habló, por fin. Se restregó la nariz, buscando de esa forma esconder la sonrisa que llevaba en los labios. — Mientras no consigas dominar al cien por ciento tu energía, cualquier distracción literalmente te explotará en la cara.

— Pero… ¡fue genial! — vitoreó Corban, a pesar del mohín de disgusto de su hermano. El pequeño corrió hasta donde Altair, se detuvo enfrente de él y, poniendo las manos en las caderas, soltó una carcajada de triunfo que hizo resoplar a su maestro.

— Oye, mocoso hiperactivo, en vez de festejar los logros ajenos, deberías preocuparte por conseguir los propios. Lanzar piedras al enemigo no es una opción.

El niño se detuvo, parpadeando sin comprender demasiado la reprimenda de su mayor. A su lado, su hermano mayor torció la boca para ahogar una risa involuntaria mientras Nix se limitó a ignorarle.

Irremediablemente, tanto silencio por parte de la que fuese su parlanchina aprendiza, no hizo sino inquietar a Máscara de Muerte. En el fondo odiaba esa sensación. Lo hacía porque no existía forma alguna de obviar la culpabilidad que aquel par de ojos rosas e infantiles le ocasionaban. De pronto extrañaba la indiferencia y frialdad que le mantuviese blindado por tantos años. Si había un buen momento para volver a olvidarse de toda clase de sentimientos, ese era… pero simplemente no podía.

Se encontró a si mismo en una encrucijada en la que el tiempo se dedicaba a jugar con su cordura. Aioria y él tenían que regresar a Atenas lo más rápido que pudieran, pero eso significaba dejar a esos niños a su suerte, y en las manos de una diosa histéricamente furiosa.

Sopló su fleco. Maldita fuera su recién hallada conciencia.

— ¡Maestro! — por enésima ocasión, el grito de Corban lo despertó de su letargo. No pudo sino dirigirle una mirada asesina al pequeño, quien poco se inmutó a pesar de la severidad del italiano. — ¡Maestro! ¿Cuándo tendremos otra misión? ¡Fue emocionante!

— Deberías callarte. — la voz de su compañera de entrenamientos lo hizo cerrar la boca. Los ojos de los tres se centraron en Nix. — ¿Acaso eres estúpido? ¿No te das cuenta?

— ¿De qué? — murmuró el chiquillo.

— Él solo nos está utilizando. — se cruzó de brazos, no sin antes asegurarse de que, por vez primera en lo iba de la mañana, su mirada y la de su maestro se encontraran. — Nos utilizará para salir de aquí, y entonces, jamás volveremos a saber nada de él.

Cuanto hubiese querido encontrar las palabras adecuadas para refutarla, sin embargo, hacerlo resultó imposible para el santo de Cáncer. Con todo, no bajó la mirada, ni rehuyó a toda esa rabia que encerraban las pupilas de la niña. No iba a mostrarle debilidad. No lo haría porque él mismo no estaba dispuesto a permitirles quebrarse; y si Máscara de Muerte lo hacía, estaría quebrando sus propias reglas.

— ¿Es verdad?

— No del todo. — el peliazul respondió al cuestionamiento de Altair. Hizo una breve pausa antes de continuar, mientras se incorporaba y caminaba unos pocos pasos hasta acercarse a ellos. — No voy a mentirles, mocosos. Voy a irme de aquí tan pronto pueda y no tengo intención alguna de regresar. Pero, no les utilizo ni voy a hacerlo. — se aseguró de devolverle la mirada a Nix. — Así que, si yo fuera ustedes, aprovecharía cada minuto que estaré aquí para aprender todo lo que sea posible. Han sido nada más que un montón de debiluchos quejitas en el pasado… — imitando a la niña, se cruzó de brazos, retomando una vez más, el aire de inclemencia que le caracterizaba. — No más. La próxima vez que alguien les ataque, o intente matarlos, serán los suficientemente fuertes para defenderse.

— Claro, porque estaremos solos.

Replicar estaba de más. El santo solamente guardó silencio mientras observaba como la pequeña giraba sobre sus talones y emprendía la marcha de regreso al templo de Artemisa. Su delicada silueta se perdió rápidamente en el espesor de los jardines y lo último que escuchó fue su voz, urgiendo a los dos niños a que la siguieran.

Los hermanos voltearon a verle, preguntado sin palabra alguna lo que debían hacer. Máscara de Muerte asintió. Quizás, en ese instante, era mejor que regresaran. Todo deseo de continuar el entrenamiento se había esfumado junto con su humor. Además, tenía mil cosas en que pensar y, obviamente, no podía hacerlo con los niños molestándole a cada segundo del día. Así, apartando con un manotazo las mechas que le caían en la cara, se puso de pie para ir tras de ellos.

-4-

Los brazos de la deidad de la Luna se enredaron sobre su pecho, atrayéndole contra si, haciendo el contacto entre ambos más cercano. La primera reacción de Aioria fue girarse, tomarla ligeramente de los hombros, y con disimulo, apartarla poco a poco de él. Sin embargo, a pesar de la sutilidad, no pudo evitar que Artemisa volviera a acurrucarse contra su pecho, aprisionándole entre aquellas caricias que le hacían sentir como el ser más miserable del mundo.

Por un lado, estaban sus sentimientos hacia Marin. Cada segundo que pasa cerca de Artemisa le sabía a traición. En algún lugar, en el tiempo al que pertenecía, Aioria estaba seguro de que su águila sufría, y aunque hubiese dado cualquier cosa para evitarle semejante dolor, comprendía que no podía hacerlo.

Del otro, y a pesar de todo por lo que les había hecho pasar, estaban Artemisa y sus sueños con Orión. Por más duro que desease ser, el santo de Leo no podía obviar el hecho de que aquel amor retorcido de la diosa era lo que les había arrastrado ahí; un amor enfermizo, pero amor a final de cuentas. Demás estaba decir que el engaño que había tejido para mantenerse vivo comenzaba a hacer mella en su conciencia. Aquello estaba mal. Engañarla estaba mal. Por más equivocada que estuviese Artemisa, él se estaba comportando igual o peor que ella.

— ¿Orión? — el santo pestañeó ante el llamado de la rubia. De inmediato dirigió su mirada esmeralda hacia ella, centrándose en ese rostro de facciones aniñadas y dulces. — ¿Estás bien? Te ves ausente.

—Anoche no dormí bien. — admitió a medias.

— ¿Te molesta de nuevo?

— ¿Eh?

— El santo. ¿Su presencia ha regresado? — la diosa frunció el ceño.

— No es eso. Solo pensaba…

— ¿En qué?

Aioria suspiró, exhalando con fuerza y haciendo que los flequillos de su frente se movieran. Abrió la boca y movió los labios, nerviosamente, pero ningún sonido surgió de su garganta. Por fin, se dio un tiempo para pensar. Acarició los cabellos de oro de la deidad antes de encaminarse hacia la cama, en donde tomó asiento al borde.

— El santo… — inició. — El santo estaba enamorado de una mujer de su tiempo. La quería mucho. Demasiado. — ladeó ligeramente la cabeza, escuchando el tono de sus propias palabras. — La amaba.

— ¿Qué hay con eso?

— Pues, no he dejado de pensar en lo mucho que su historia se parece a la nuestra. — le dijo, enganchando sus ojos con los de ella. — Ellos se amaban. Eran felices… hasta que alguien los separó, igual que sucedió con nosotros. Y ahora, es como si pudiera verla. Como si en ella te viera a ti. No puedo sacarme de la cabeza el hecho de que les hemos robado su vida, de la misma forma en que Apolo robó la nuestra.

Para cuando terminó de hablar, la mirada de Artemisa permaneció encallada en el piso, de donde no se había alejado conforme los pensamientos del que creía Orión hondaban en su frágil conciencia.

— Aparta esas ideas de tu mente, amor. — por fin, susurró. — Tú y yo somos diferentes. Nuestro destino es permanecer juntos por la eternidad. Ellos, en cambio, no podían vencer a la muerte. Tarde o temprano, todo terminaría. Solo mira lo que tenemos. — le tomó de la mano. — Ahora, estamos juntos, de nuevo, ¿necesitas más pruebas?

Aioria la miró una vez más, esta vez en silencio. Acarició su rostro, deslizando los dedos por su mandíbula hasta tomarla del mentón. Era imposible. Artemisa jamás entendería la magnitud de sus acciones.

— Quizás estás en lo cierto. — le murmuró al oído. Su aliento, tibio, acarició el cuello de la diosa. — Dejemos que sea el destino quien nos indique lo que ha de prevalecer y lo que deberá de extinguirse.

-5-

Los pasos a sus espaldas le hicieron voltear. El viejo Anaxos, con su ojo tuerto y cimera escarlata, se adentró en la habitación, teniendo cuidado de no hacer demasiado ruido. Se acercó hasta el kliné, donde yacía la sacerdotisa.

— No sé si lo consiga. — escuchó a Mu.

— Me temo que la infección ha avanzado rápidamente. Si consigue sobrevivir a esto, verdaderamente será una escogida de Apolo. No tenemos más opción que hacer todo lo que podamos por mantenerla viva y rogarle al dios Sol que la proteja.

Mu asintió con un gesto tan sutil que Anaxos apenas reparó en ello. Palmeó el hombro del santo, intentando infundirle ánimos, pero en el fondo sabía que no conseguía mucho.

El aspecto de Phineas era realmente alarmante. Las cuentas vacías de sus ojos se marcaban a través de las vendas que la cubrían. Sus labios, pálidos y partidos, se movían insistentemente, sin que ninguna palabra sugiera de ellos. Temblaba, víctima de los escalofríos, mientras su cuerpo pequeño se retorcía con las convulsiones que la infección le causaba.

— Pobre chica. Lo que ha de haber pasado. — Mu apartó un mechón de cabellos ensangrentados que le caía en el rostro.

— Te preocupas demasiado por la chiquilla. Comprendo que Su Alteza haya mandado a tus compañeros por ella, pero si los dioses han decidido que su vida terrenal llegue al final, no hay mucho que puedas hacer. Periandro debería entender eso.

— Es más que eso. — la voz del pelilila sonó como un susurro. — Yo la conozco, en formas que no podría explicarte. Ella prometió ayudarnos… en algo. — sacudió ligeramente la cabeza.

— ¿Algo? — Anaxos frunció el ceño.

— Sí, algo respecto a nuestros compañeros caídos. A cambio, teníamos que ayudarla, pero mira como han terminado las cosas.

— Muchacho, no es que no te crea, pero has estado sometido a muchas presiones. Quizás todo fue una alucinación.

— No, fue algo más eso. Además, tiene sentido. — por primera vez en lo que iba de la conversación, los ojos de Mu abandonaron a Phineas, para centrarse en el viejo soldado. — Ella… Phineas es una escogida de Apolo, ¿cierto? — esperó a que Anaxos asintiera. — Entonces, ¿quién mejor que ella para saber lo que nosotros ignoramos?

El miliciano ladeó la cabeza, mientras su semblante tomaba una expresión pensativa que dio la razón al santo. Sin embargo, respiró profundamente, buscando dentro de sí las palabras para explicar su punto de vista. Tras una pausa, retomó la conversación.

— Hijo, ignoro cuales sean los asuntos que tienes con esta mujer, pero deberías saber que aun siendo elegidos de un dios, no significa que sean infalibles. Hablar de que esta joven es capaz de adivinar el futuro por ser elegida de Apolo, sería como decir que ustedes son imbatibles por ser guerreros consagrados a la Señora de la Guerra. No importa lo que esperes de ella, siempre debes considerar que probablemente, las cosas no sean como las deseas.

Sin romper el silencio en el que había caído, Mu escuchó con paciencia al mayor. Tampoco podía negar la verdad que posiblemente encerraban los consejos recibidos, pero se sentía incapaz de abandonar la esperanza que había surgido en él al enterarse de la existencia de la dama que le perseguía en sueños.

No respondió. Remojó un paño en la tinaja que tenía a su lado y, tras retirar el exceso de agua, lo posó con cuidado sobre la frente de Phineas. Mientras la fiebre no le diera un descanso, la joven no despertaría. Quizás eso era lo mejor en aquel momento, no deseaba verla sufrir más. Pero el santo de Aries tenía urgencia por saber todos los misterios que se encerraban detrás de aquel rostro de facciones frágiles, ahora oscurecido por la temible sombra de la muerte.

-6-

— ¿Alguien ha visto a Shura?

Tan pronto Aioros amenazó con incorporarse del improvisado camastro en que le mantenían tendido, Saga se las ingenió para jalarle y volver a tumbarlo. El santo de Sagitario se dejó caer, soltando una maldición a medias, que tuvo que contener al sentir el latigazo de dolor que recorrió su torso.

— Te dijeron que no debes moverte. Cuando haces un movimiento brusco o esfuerzo, tu herida vuelve a sangrar. ¿Sabes lo que es mantenerse quieto? — el gemelo le miró con seriedad, a lo que el castaño respondió torciendo la boca y siguiendo sus órdenes sin más remedio.

— ¿Sabes? Me haces más daño al jalarme, que lo que me ocasionaría ponerme de pie.

— Cierra la boca y quédate tendido, ¿si? Cada vez que te mueves pareciera que ese maldito hoyo en tus costillas se hace más grande.

— Mi corazón no va a salirse por ahí, Saga.

— Más vale que no porque, créeme, me las ingeniaré para devolverlo a su lugar y no va a gustarte. Así que hazme un favor y mantente quieto. No quiero verme obligado a dejarte inconsciente.

— Ya, ya… — resopló el arquero. — Pero, ¿dónde está Shura? Dijo que iría por un poco de agua y no ha regresado.

— ¡Por Athena, Aioros! ¡Estás más pálido que una hoja de papel, tu costado es una sangradera interminable y, ¿no puedes mantener la jodida boca cerrada? ¡No estás bien, así que deja de fingir que nada pasa!

El súbito incremento en el tono de Saga hizo que todas las miradas se centraran en el par. Sintiéndose regañado por enésima vez desde que todo terminase, Aioros decidió que era mejor guardar silencio…al menos por un momento.

Permaneció estático, tanto que podía sentir como cada respiro tensaba la piel lacerada de su torso adolorido. Se tomó esos pocos segundos de calma para observar a su alrededor, hacia sus compañeros que permanecían a su lado. Lo vio abatidos, cansados, derrotados a pesar de la victoria; y eso, lo entristeció grandemente.

Incluso el antiguo maestro, quien hasta ese momento se había visto terriblemente entero, parecía haberse apagado poco a poco. Junto con Shaka, Dohko no se había movido de junto al catre de Aldebarán. El gran toro descansaba de la agotante jornada que por poco le costaba la vida. Su cuerpo estaba envuelto en ventajes empapados de una mezcla de remedios y sangre. Parecía plácidamente dormido, pero Aioros sabía que con toda seguridad atravesaba por mucho dolor.

Un poco más alejados, alineados contra la pared, Milo, Camus y aquel hombre bajo el nombre de Talos esperaban por algo que ellos mismos desconocían. Aunque Ganímedes había dicho que Talos se recuperaría, Aioros no se sentía demasiado optimista al respecto. Solo bastaba mirar directamente a los ojos pardos del hombre. Estaba agotado, famélico e increíblemente desnutrido. Su cuerpo había sufrido abusos quizás superiores a los de sus compañeros, y sin embargo, el griego tenía la fuerza para moverse. Eso había que admirarlo.

De vez en vez, Milo le murmuraba algo, palabras que el arquero dorado no escuchaba pero que, a juzgar por el semblante relajado y jovial que el escorpión se esforzaba por mostrar, tenía la intención de levantar los ánimos de su recién conocido amigo. Camus, por su parte, permanecía atento a las reacciones de todos, vigilante de sus hermanos de Orden. Cada determinado tiempo se ponía de pie y husmeaba cerca de Aldebarán. Después desaparecía, seguramente para ver a Mu, y volvía. No hablaba demasiado, pero Camus nunca lo hacía. Bastaba con saber que estaba ahí para sentir su apoyo.

Por último, estaba Kanon.

Sin embargo, el marina era una historia completamente diferentes. Nadie sabía lo que había sucedido con él durante la pelea con Hipólita, porque desde que se reencontraran, el menor de los gemelos se había esfumado como el viento.

— ¿Saga?

— ¿Qué quieres? — Aioros podía adivinar que el gemelo seguía contrariado, no solo por él, sino por todo lo que los demás atravesaban.

— Deberías ir por él.

— ¿Qué?

— Por Kanon. Ve por él. No sé que haya sucedido, pero tu sabes que ese no es el Kanon que viajó con nosotros hasta aquí. — le dijo.

— O, tal vez, sí lo es.

— ¿En serio lo crees? — el gemelo no respondió. — Por los dioses, Géminis. Hasta donde recuerdo el terco siempre fui yo, no tú. ¿De verdad crees que lo de Kanon no fue causado por algo que pasó antes de que llegáramos a las habitaciones de Hipólita?

Se incorporó ligeramente, apoyándose sobre sus antebrazos mientras sus ojos, cual zafiros, brillaron en busca de los de Saga. No dijo nada más porque esperaba que fuera el gemelo quien se atreviese a responderle.

— No. — susurró en un suspiro.

— ¿Entonces? — Aioros alzó una ceja y sonrió, sutilmente.

— Te lo advierto. Intenta moverte tan solo un poquito de aquí, y desde donde quiera que este, voy a venir a atarte, ¿entendido?

Aioros dejó escapar una carcajada que tuvo que reprimir de inmediato ante lo mucho que le dolió hacerlo.

— Calla, calla. Eso ha sonado terriblemente sucio; y si Ganímedes o la tripulación se enteran, no van a dejarte en paz durante todo el camino de regreso a Atenas. — el evidente disgusto en el rostro del geminiano, robó una risa al arquero.

— Estoy comenzado a considerar que esa flecha te dañó mas el cerebro que otra cosa. — su índice golpeó suavemente la frente de Aioros, mientras lo empujaba para que volviera a recostarse. — Estoy hablando en serio.

— Yo también.

El castaño esbozó una expresión de inocencia que Saga no compró ni por un segundo, más no protestó. Se dio la vuelta, dirigiendo una última mirada a su amigo. Aioros ondeó la mano con sutileza y Saga negó suavemente.

Se abrió paso entre sus compañeros, deteniéndose solo cuando se encontró junto a Dohko. Posó su mano sobre el hombro del santo de Libra para atraer su atención, y en el momento en que la consiguió, le habló.

— Vigílalo, ¿si? — inclinó la cabeza en dirección de Aioros. — ¡Ah! Y antes de que lo olvide, haz el favor de mandar a alguien por Shura, o nunca conseguirás que Aioros se mantenga quieto. Además, ya una vez nos metimos en un montón de problemas por encontrar a la cabra, no quiero tener que rescatarla de nuevo.

— Me haré cargo. — respondió el chino mientras lo veía marchar.

Al verlo desaparecer por la puerta, regresó su mirada hacia el santo de Sagitario, encontrándole de pronto tan ausente, que no dejó de pensar en lo poco usual que era verlo así. Lo que fuese que pasase, para llevar a Aioros a ese nivel de enajenamiento, tenía que ser preocupante. En ese justo instante, el santo más joven volteó hacia él, haciendo que sus miradas coincidieran.

Dohko decidió no esperar más. Se puso de pie y caminó hacia él. Al llegar al pie del camastro, se detuvo. No dijo nada, sino que se permitió revisar rápidamente las vendas que cubrían el torso de Aioros.

— Un descuido bastante peligroso, muchacho. — le dijo.

— No volverá a suceder. — respondió el otro, tocando son suavidad sus propias costillas. — Hubiésemos querido llegar antes, Maestro.

— Llegaron cuando era el momento indicado. Ni antes, ni después. — Dohko se sentó al lado, sobre el banco de madera que Saga ocupase un poco antes.

— Aún así… — por más que tratara, Aioros no podía evitar sentirse contrariado al respecto. Meneó la cabeza con suavidad y giró la cabeza para observar mejor a sus amigos. — ¿Cómo están?

— A excepción de Aldebarán, el resto no tendrá mayores problemas. Un par de días de descanso bastarán para retomar el camino a casa.

— Un par de días… — suspiró. Mordió su labio inferior, con nerviosismo. — De pronto, un par de días suena como muchísimo tiempo.

— Hemos tenido esperas más largas. Dime, ¿qué es lo que te preocupa de verdad?

— ¿De verdad? ¡Todo! — río a medias, pero de inmediato retomó su semblante alicaído.

— ¿Aioros?

— ¿Sí?

— Dime que te pasa. — el chino se cruzó de brazos, y Aioros supo que no iba a aceptar nada más que la verdad por respuesta.

— Tú y yo tenemos que hablar, Maestro, eso es definitivo. Pero no aquí ni ahora. — habló, entre murmullos.

— ¿Es tan delicado?

— Delicado no es la palabra. — bostezó. — Más como… secreto. — alzó una ceja, mientras el volumen de su voz disminuía aún más.

La cara de extrañeza de Dohko lo dijo todo. No iba a preguntar nada más, porque a decir verdad, en ese punto, el santo de Libra no sabía si toda esa conversación se derivaba de algo real o de la evidente mezcla de cansancio y malestar que poco a poco se había adueñado del arquero. Sus ojos azules se habían entrecerrado sutilmente, víctimas de agotamiento. Los círculos oscuros que se marcaban alrededor de ellos parecían haberse ensombrecido más, mientras su cuerpo extenuado se rendía lentamente al sueño.

— Descansa. — habló el mayor. — Terminaremos esta conversación después.

-7-

Bajo la escasa luz del Sol, Shura tenía que admitir que Temiscira lucía menos impactante que la noche anterior. Ya no había largas sombras ciñéndose sobre ellos, amenazando con envolverlos en sus garras para hacerlos desaparecer. Solo quedaba vestigios de una ciudad caída y conquistada.

Por cada rincón o callejuela que cruzase, el Capricornio se encontraba con soldados troyanos, cuyas singulares pecheras que mostraban un Sol tallado, les identificaban como tales. Las voces femeninas se habían extinguido, dejando detrás de sí los ecos de los graves tonos de los hombres que tomasen Temiscira por asalto. A pesar de ello, Shura tampoco podía negarse que, escondida tras la calma que le había traído la libertad, había un poco de pena por la forma en que el desenlace llegó a esa aventura.

Sin embargo, pronto, sus divagaciones también llegaron a su final cuando, delante de él encontró el lugar que buscaba: la casa de sanación.

La pasajera emoción que sintió al encontrarse frente al viejo edificio se transformó en una molesta sensación que le generó un hueco en el estómago. Eran unas ansias de entrar, pero que a la vez le pedían que no lo hiciese. Quería, y no, saber que era lo que había sucedido con la vieja curandera que le ayudase. ¿Estaría viva? ¿Podría encontrarla? Al final, con más preguntas que respuestas, decidió aventurarse. Después de todo, si había llegado hasta ahí era para constatar el destino de Tarsila.

— No deberías entrar ahí. — fue sorprendido por una voz desconocida.

— ¿Por qué no? — preguntó al joven soldado que le salió al paso. — Busco a alguien.

— Pues a quien sea que busques, no está ahí. Hemos revisado todo el lugar, no hay nadie dentro… al menos nadie con vida.

Sin quererlo, Shura tragó saliva.

Aunque no había llegado hasta ahí con altas esperanzas, en el fondo esperaba poder encontrar a la anciana sana y salva. Apretó los puños, reteniendo el aliento. Si Tarsila de verdad estaba muerta, iba a comprobarlo con sus propios ojos.

— Voy a entrar. — avisó, pasando al lado del miliciano.

— No digas que no te advertí. — alcanzó a escucharlo, mientras lo dejaba atrás.

Pero al español no le importó. Siguió adelante, y no se detendría hasta encontrar a quien buscaba.

Caminó decidido entre el caos que reinaba dentro de la casa de sanación. La noche anterior lo único que deseaba era salir de ahí, pero ahora iba en sentido contrario a sus pasos, de regreso hacia donde todo había iniciado. Su objetivo era llegar hasta donde la había visto por última vez; quizás con un poco de suerte, se las habría ingeniado para esconderse de los troyanos y mantenerse a salvo.

Oteó cada habitación que encontró en su camino, sin ningún éxito. Lo único que halló fueron los vestigios de la matanza entre hermanas.

Se retorció al pensar en el triste destino de todas ellas. Sin embargo, reflexionar en el hecho de que a ninguna de aquellas mujeres le hubiese gustado caer presa del régimen dominado por hombres, le hizo comprender que quizás había sido lo mejor para todos.

En medio del vaivén de ideas, tomó una espada que encontró tirada. Lo hizo sin siquiera pensar en ello.

Realmente, en su mente, todo seguía siendo tan irreal, que apenas terminaba de comprenderlo. No tenía la menor idea de lo que habían pasado sus compañeros, ni siquiera se atrevía a imaginarlo; y probablemente no podría. De manera inconsciente, blandió el arma, escuchándola silbar al cortar el aire. Esos pocos segundos de silencio le sirvieron para calmar un poco su ansiedad.

De pronto, un sonido lo alertó. Algo se había movido. Tomó todas las precauciones necesarias, acercándose sigilosamente al punto de donde provino el ruido. Se aseguró de no delatar el mismo su presencia. Debía tener cuidado con cada paso que daba. Así, extremando precauciones, se escurrió hasta la puerta de una habitación, cuya interior se encontraba semi oscuro al no haber ventana alguna que dejara filtrar la luz del día y carecer de teas encendidas.

Se ocultó detrás de la pared de entrada, y de reojo, miró dentro. Una sombra se movió, haciéndole saber que no estaba solo.

Sin más preámbulos, entró. Su sorpresa pasó a convertirse en una profunda calma cuando distinguió el rostro del intruso en medio de la oscuridad. Suspiró, esbozando una amplia sonrisa en la boca.

— ¡Tarsila! — dejó caer el arma y, sin saber porqué, la abrazo. — ¡Gracias a los dioses que estás bien!

— ¡Tú! Pero…

— Comenzaba a temer que no te encontraría. Temí que te hubiesen encontrado y llevado a otro lugar; o que estuvieras…

— Muchacho… — le interrumpió la mujer. — Muchacho, ¿qué haces aquí?

— ¿Qué hago aquí? — Shura sonrió. — Vine a buscarte.

Tarsila pestañeó. La espontaneidad con que el santo había hablado la pilló desprevenida. Ciertamente, a pesar de todo, lo que menos esperaba era que él regresara hasta ahí, por ella. Tenía que admitirlo, aquellos eran hombres como pocos. Aún así, era consciente de que protegerla podría costarle más de lo que él se imaginaba, y a su edad, no quería ser un peso muerto con el que Shura tuviera que cargar.

— No deberías estar aquí.

— ¿Cómo dices?

— Dije que no deberías estar aquí, muchacho. — insistió.

— ¿Por qué no? Si estoy vivo, si mi vista está de regreso, es gracias a ti. Por eso volví, vieja malagradecida. — revolvió juguetonamente los cabellos canosos de la anciana.

— No, no. Estás equivocado. Si has venido a salvarme a manera de agradecimiento por mantenerte vivo todo este tiempo, me temo que agradeces a la persona equivocada. — respondió ella. — Es posible que la Sangre de Asir te haya permitido ver de nuevo, pero a la vez, casi te mata. Y quien te salvo, definitivamente no fui yo.

— ¿De qué estás hablando? — Shura arrugó el ceño.

— La sangre de Asir te causó fiebres muy fuertes, tanto que llegué a dudar si sobrevivirías. Sin embargo, en una noche fuiste capaz de recuperarte. — la mujer se encogió de hombros. — Escúchame bien, muchacho. Cuando regreses a casa, asegúrate de agradecerle a Palas. Ella tuvo que ver en esto. No hay la menor duda al respecto.

Shura alzó las cejas. Sus labios lucían una risa casi imperceptible y un tanto cínica, pero al final de cuentas e independientemente de lo que hubiera sucedido, sabía ella, Athena, estaba involucrada… aunque fuese como solo un sueño. Se adelantó un par de pasos a la curandera, indicándole que le siguiera con una seña.

— Estoy seguro que tuvo que ver, Tarsila. Athena cuida de nosotros desde donde quiera que estemos. — respondió, solo por no dejarla hablando sola.

— Es más que eso. Mucho más. — el santo se detuvo para mirarla. En su semblante un mohín de intriga se dibujó. — Y no me mires así, que no estoy loca. La de ojos grises estuvo aquí.

— Ahora eres tú la que delira. — Shura retomó el camino.

— ¿No me crees? — caminó lo más rápido que su cojera le permitió. — Las vigías la vieron. La tuvieron justo en frente y ninguna de las dos fue capaz de reconocerla. Estúpidas.

Entonces, el santo de Capricornio no pudo más. Se detuvo, dispuesto a no avanzar un paso hasta entender por completo todo lo que decía la vieja. Si algo, su expresión de completa sorpresa solo se hizo más evidente.

— Tarsila. — habló, lo más claro que le fue posible. — ¿De qué estas hablando?

— Esa noche, en la que estabas grave y el momento de la verdad estaba cerca, las guardias en tu puerta dejaron entrar a alguien. — explicó, ajena al torbellino de ideas que atravesaron la mente del español. — Dijeron que se identificó comouna de nosotras, una curandera, pero la verdad es que no lo era. De acuerdo con la descripción que me ofrecieron, no podía ser ninguna de las que se encargaban de la casa de sanación, y dada tu milagrosa recuperación, sólo hay una explicación. ¿No te parece?

Shura se quedó petrificado. De pronto, todo lo que pensaba, todo lo que había creído del día en que recuperó su vista, se veía tan diferente. Nada era lo que parecía, ni lo que había pensando. Y, con todo ello convulsionando su interior, el santo de Capricornio no podía sino preguntarse que tanto de aquella noche había sido un sueño y que tanto había sido realidad.

-8-

Llevaba horas enajenado de todo, yendo y viniendo en el mar de pensamientos que era incapaz de alejar de su cabeza. Los recuerdos le atosigaban mientras que sus acciones le atormentaban. Por donde lo viera, Kanon no se daba descanso a sí mismo. Se había alejado de sus compañeros, deseoso de un poco de espacio para pensar. Pensó que la soledad quizás le ayudaría a despejar la mente, pero no podía estar más equivocado.

En realidad, aquel simple error le recordaba lo perturbado que estaba. ¿Cómo podía ser tan ingenuo para pensar que estar solo le ayudaría a entretenerse en otras cosas? Él mismo había invertido catorce años de su vida, solo, en el mundo submarino, con nada más que sus recuerdos y su odio; y esa soledad de poco le había servido sino para fortalecer a sus demonios internos.

Pero ahí estaba, apartado de todos y todo, mirando desde aquel remoto balcón hacia los patios del palacio.

La milicia troyana había destinado los jardines traseros de la Casa Real para reunir a todas aquellas supervivientes de la batalla. En realidad, en su mayor parte, el césped se había convertido en un improvisado hospital lleno de cuerpos mutilas y cadáveres irreconocibles. La parte del jardín que se encontraba libre era un campo de batalla entre las amazonas que aún tenía fuerzas para oponerse a sus conquistadores y los soldados mismos. No podía decirlo con seguridad, pero para Kanon tal oposición no era más que un suicidio colectivo, una forma de entregar su alma a Hades para librarse de los tormentos que esperaban en tierra para esas mujeres repletas de un orgullo que les era negado.

Sus ojos verdes recorrían con insistencia las escenas frente a él, sin embargo ninguna de ellas le interesaba lo suficiente. Lo único que Kanon quería era que el tiempo se esfumara, y que pronto, pudieran emprender el camino a Atenas.

— Pensé que estarías con el arquero. — dijo, repentinamente, robándole un respingo a su hermano, quien se acercaba por detrás. Para sus adentro, el general marino sonrió. Sin importar cuan distraído pudiera estar, sus instintos seguían afilados.

— Estaba con él, pero vine por ti. ¿Estás bien?

Kanon ni siquiera se molestó en desviar su mirada hacia la de su gemelo, sino que permaneció observando lo que sucedía debajo. Gruñó al no encontrar lo que buscaba y solo entonces, suspiró, temiendo no poder evitar más tiempo la insistente mirada de Saga.

— ¿Cómo están los demás? — preguntó.

— Descansado. Algunos mejor que otros, aunque dudo que para alguien sea fácil. — Saga caminó, tomando lugar al lado de su hermano, en la baranda del balcón. Por una fracción de instante que pareció eterna, ambos se mantuvieron callados, dejando que las únicas voces de esa mañana fueran las de los soldados y amazonas que discutían bajo de ellos. — Entonces… ¿me dirás que te sucede?

— Nada.

— ¿Se supone que debo creerme eso? Por favor, eres mucho mejor mentiroso. Esfuérzate más si de verdad quieres convencerme. — lo miró de reojo, sin ocultar la complicidad que deseaba inspirarle. Pero notó que, lejos de infundir confianza, Kanon se veía incómodo con la conversación.

Cayeron en el silencio, por enésima vez durante aquel encuentro. Saga no sabía como más abordarle y Kanon no estaba dispuesto a contestar de ninguna forma las preguntas de su hermano. Nada de lo que había sucedido la noche anterior iba a abandonar sus labios jamás. Desafortunadamente, tampoco abandonaría sus pensamientos, y eso era algo con lo que el gemelo tendría que lidiar toda su vida, solo.

— ¿Sabes algo de cuando regresaremos?

— No. Aldebarán y Aioros todavía están débiles, Milo es un despojo con piernas y la chica… no sabemos si sobrevivirá lo suficiente para llegar a Troya. — respondió el mayor de los dos.

— Muerta o no, cumplimos nuestra parte del trato. — Kanon refunfuñó. Dio la espalda al patio y centró su mirada en el cielo amarillento sobre sus cabezas.

— Dudo que a Periandrole simpatice en lo más mínimo que llevemos a su sacerdotisa muerta.

— Problema suyo, no nuestro.

Saga sopló su flequillo. Ya había sido lo suficientemente difícil soportar a Kanon en los últimos días como para hacerlo con esa aura oscura que le rodeaba. Tenía una vaga idea de lo que había pasado y de las razones que su gemelo tenía para actuar así, pero la verdad era que el trasfondo real era algo que ni siquiera se le cruzaba por la mente.

— Kanon, si esto es por el ceñidor…

— No es por eso. — se apresuró a interrumpir. — Es solo que… estoy harto de este lugar. Y no hablo solo de Temiscira, sino de todo este maldito mundo al que ni siquiera pedimos venir. — Saga guardó silencio, esperando que su hermano continuara, y justo cuando pensó que no lo haría, Kanoncontinuó. — ¿Cuándo va a terminar? ¿Cuántas más cosas sucederán antes de que podamos volver a casa? Si es que lo hacemos…

Todas esas preguntas eran compartidas por el santo de Géminis. Y, al igual que el marina, Saga desconocía cada una de las respuestas. El optimismo definitivamente no era lo suyo. De hecho Kanon siempre había sido el más positivo de los dos, por lo que verlo así terminaba por desmoralizarle.

Le miró una vez más, de reojo, y lo encontró tan confundido que no supo si debía quedarse, o dar la vuelta y regresar sobre sus pasos, por donde había venido. Al final, tomó una decisión.

— Ignoro lo que sucedió cuando estuviste en los aposentos de la reina. Desconozco lo que hayas pasado, o lo que el ceñidor te haya causado. Realmente no soy capaz de imaginarme que has podido vivir, pero lo siento. Si hubiésemos sabido sobre el cinturón, no te hubiéramos arriesgado a luchar contigo mismo, los planes hubieran sido diferentes. Sin embargo, al final de cuentas, lo venciste, ¿cierto? Venciste al ceñidor, venciste sobre ti mismo. Eso debería contar para algo. — le dijo.

— No es suficiente.

— Lo sé. Cuando se trata de luchar contra el pasado nunca es suficiente. — refutó, casi de inmediato. — No quiero que me cuentes que pasó si no lo deseas. Sólo quiero que sepas, que si alguna vez decides hablar de ello, yo estaré aquí. No es mucho y ciertamente puedo ser la persona más inútil en estos temas, pero aquí estoy. — Saga se encogió de hombros, sin despegar la mirada del horizonte.

No obtuvo respuesta, ni tampoco reacción en su gemelo; Saga no esperaba algo diferente. No había más que decir, ni presiones que ejercer. Así, palmeó suavemente el hombro de Kanon y giró sobre sus talones.

Lentamente emprendió el camino de regreso, dejando a su hermano perdido, una vez más, en la soledad de sus pensamientos.

-9-

La diosa caminó decidida por el largo pasillo que guiaba hasta las entrañas del Templo del Rayo. Atravesó sin ninguna vergüenza a la guardia montada en la puerta del megaron y, posando sus manos sobre la gruesa puerta de madera y oro, la empujó para abrirse paso. En el momento en que su presencia se reveló a los demás dioses, Afrodita no pudo sino sonreír, embelesada por la atención que recaía en ella.

El inusual barullo en el templo de Zeus la había atraído hasta ahí, con el fin de averiguar que es lo que sucedía esa mañana. No le había resultado inusual encontrarse con que Poseidón, Hermes y Perséfone se encontraban ahí, en presencia del dios supremo. Sin embargo, no terminaba de comprender las razones que habían unido a semejante trío. Lo que era más, el descubrimiento de una cuarta deidad acompañando al resto, solo hizo las cosas un poco más complicadas de entender.

— Padre. — saludó. A la vez, ofreció graciosas reverencias al resto de los presentes, reconociendo su igualdad con ella misma. — ¿Está todo bien?

— ¿Qué haces aquí?

La castaña llevó su mirada hacia quien le hablaba. Notó de inmediato el recelo y disgusto que su interrupción causaba en la emperatriz de los muertos. Aquel detalle le importó poco.

— Hace mucho que el megaron no recibía tantas visitas. — desestimó la tensión del momento y se coló entre ellos, hasta llegar a los pies del trono de Zeus. — ¿Algo que debamos saber?

— Nada, Afrodita. Todo está bien.

— ¿Tiene que ver con Ares?

La mención del nombre del señor de la guerra trajo consigo un silencio absoluto entre todos los dioses. Tal, era un tema que ninguno se había atrevido a tratar.

— Deberías ocuparte de tus propios asuntos, Afrodita.

— Tranquila, princesa. — le refutó, con la misma ironía que usase Perséfone. — Tenía curiosidad, y hasta la última vez que revisé, venir al templo de mi padre no era un crimen.

— No, no lo es. Pero es de mal gusto irrumpir en conversaciones ajenas.

— Suficiente. Ambas. No quiero más problemas ahora mismo. — aunque la voz de Zeus no sonaba en lo más mínimo amenazante, el fulgor en sus ojos azules dejó en claro que hablaba en serio. Como resultado, las dos jóvenes diosas fueron prudentes en guardar silencio. — Gracias. Ahora, Afrodita, te suplico que te retires. Los asuntos que hoy se tratan en esta sala no son de tu interés.

Al escuchar la petición de los labios de su padre, la diosa del amor asintió, no sin dejar en evidencia la curiosidad que tenía dentro. Sus ojos verdes se centraron en Hermes, quien como respuesta giró los suyos, en señal de fastidio, uno que Afrodita no alcanzaría a comprender. Sin embargo, la castaña no perdía las esperanzas de enterarse de todo después. Después de todo, el mensajero no guardaba secretos para ella.

Se dio la vuelta con un rápido movimiento que hizo flotar su túnica. Dirigió una última mirada a cada uno de sus iguales y partió de regreso a su templo, con la firme convicción de buscar por la verdad más tarde. Unos pocos segundos después, la puerta del salón se cerró detrás de ella, permitiendo que los otros dioses retomaran su conversación donde la habían dejado.

— Y, ¿bien? ¿Harás algo al respecto?

— Fui claro al decir que no volvería a entrometerme en esto lío. Se los advertí claramente: Cada quien es libre de hacer como le plazca, siempre y cuando esté dispuesto a asumir las consecuencias. — sentenció el soberano dios. Aunque sus palabras tomaron desprevenidos a los más jóvenes, Poseidón se limitó a suspirar a sabiendas de que aquella sería la respuesta definitiva de su hermano. — No tengo la menor idea de el enredo que seguramente has armado, Hermes. Sólo puedo decirte, que si de verdad te has atrevido a secuestrar las almas de los protegidos de Athena, entonces no será solo ella la que esté detrás de tu cabeza. Hasta donde sé, ellos estaban muertos y sabes mejor que nadie lo mucho que Hades detesta que alguien se entrometa en sus asuntos. El mundo de los muertos es suyo, y de nadie más.

Pero, a pesar de sus palabras, el dios de cabellos turquesa mostró ningún interés en las palabras de su padre. Alejó la mirada, posándola brevemente en Apolo por un instante más breve que un suspiro. Después, centrando su atención en las pesadas cortinas que pendían de los techos, se llevó la mano a la boca, para jugar nerviosamente con su labio inferior.

— No sé a que viene todo esto. — murmuró. — Hay asuntos mucho más importantes en el Olimpo como para prestar tanta atención a esos mortales. Y, ustedes… — se dirigió a Perséfone y Poseidón. — …en vez de ir por todos lados salvando almas impuras, deberían ponerse a investigar que demonios sucedió con Ares. — arrugó el entrecejo. — Aunque creo que todos sabemos que la señorita perfección está detrás de todo esto.

— Te diría que no es de tu incumbencia, pero tal parece que eres sordo… o simplemente imbécil. Así que no resistirías la oportunidad de inmiscuirte es cosas que no te atañen.

Hermes abrió la boca para responder a las agresiones de Perséfone. Sin embargo, como si fuera capaz de leer su mente, los ojos cerúleos del dios de los mares se posaron en él, advirtiéndole que tuviera cuidado con lo que estaba a punto de contestar. Entonces, el peliturquesase vio forzado a morderse la lengua, ahogando en su propia boca los afilados reclamos que tenía preparados.

— Buena decisión. — Poseidón musitó. Intercambió miradas con su hermano, adivinando una vez más que sus intenciones de mantener las manos fuera de los problemas de sus hijos eran firmes, así que dedujo que estaban perdiendo el tiempo ahí. — ¿De verdad te mantendrás indiferente a esto? — se dirigió hacia el dios regente quien simplemente asintió como respuesta. — En tal caso, me parece que nuestra presencia aquí no es necesaria.

— Poseidón, pero…

— Andando, Perséfone. No tenemos motivos para encontrará esta conversación mucho más interesante, eso te lo aseguro.

Hermes se respingo, mientras que Apolo afiló la mirada hacia la pareja de dioses que se retiraban.

— Un momento. — solicitó el mensajero, a la vez que apuraba el paso para darles alcance. — Dije que yo sería el primero en hablar con ella.

— Ni siquiera quieres hablar con nosotros, ¿por qué lo harías frente Athena?

— Tengo mis razones que tú nunca comprenderías. Quiero hablar con ella, voy a hablar con ella.

— No se molestará en escucharte. — siseó la peliverde, pero la estruendosa carcajada de Hermes solo consiguió enojarla aún más.

— Lo hará, preciosa. Escuchará con atención cada palabra mía porque, al final de cuentas, el único que sabe de que va todo esto, soy yo. — finalizó, con una sonrisa cínica.

Por más rabia que sintiese, Perséfone encontró imposible negarle la razón. Desafortunadamente, era Hermes quien tenía a todos en sus manos, y semejante escenario le enchinaba la piel.

— Eres un bastardo.

— La mayoría de los aquí presentes lo somos, linda. No deberías ensañarte tanto con ese insignificante detalle. ¡Ah! Y por cierto, soy el único al que juzgan pero, ¿qué hay de mi… cómplice?

La sola mención hizo que Apolo, quien hasta ese momento se había mantenido lejos de toda conversación, se mantuviera atento. A pesar de todos los errores que pudiera cometer, Artemisa era su hermana, era su sangre y por lo tanto, no estaba dispuesto a verla condenarse a causa de la obsesión que un vil mortal despertara en ella.

— Déjala fuera de esto. — el dios del Sol intervino, para sorpresa de todos.

— ¿Qué dices?

— Dije que la dejaras fuera. Me encargaré personalmente de este asunto.

— Tu linda y virginal hermana es tanto o más culpable que yo, Apolo. ¿Por qué debería tener un trato diferente al que mío? — se cruzó de brazos. — Si yo caigo, ella cae conmigo.

— Hermes…

— Me parece justo, aunque aquí, la única que puede decidir sobre como sobrellevar esta afrenta, no está presente. — interrumpió el mayor de todos ellos. La profunda mirada azul de Poseidón recorrió los rostros de sus sobrinos, expresando en silencio que su voluntad era que todo ese desastre encontrara pronto un final. — Es el momento en que todo esto termine. Nos vamos ahora.

Apolo apretó los puños, con impotencia. Su cuerpo entero se tensó ante la posibilidad de que el juego que su hermana comenzase, terminara desatando su propia caída.

Cuando vio al trío de dioses desaparecer, supo que tendría que hacer algo. Las ideas velozmente acudieron a su mente, aunque fue desechándolas una a una, sin hallar la opción adecuada. Lo que fuera que pensara hacer, tenía que actuar rápido. Conocía a Athena y su furia. La joven diosa había heredado aquel carácter dominante e incontrolable de su padre, así que su reacción no incluiría comprensión en ella.

Chasqueó la lengua. Tendría que apresurarse a actuar primero.

-10-

Cuando escuchó aquellas palabras, Shion no se molestó en disimular el gran suspiro que escapó de sus labios. Fue como si, de pronto, la angustia que sentía dentro se hubiese esfumado momentáneamente, aunque con toda seguridad, el lemuriano sabía que no tardaría en volver.

— Entonces, ¿ha terminado?

— Eso parece.

— Pero, ¿cómo? Pensé que deberían traer el ceñidor hasta aquí.

— Sinceramente, yo también. — Athena se encogió de hombros. — Sin embargo, no pienso quejarme por esto. Si para Zeus es suficiente, estoy de acuerdo en su decisión. Por una vez hace algo bueno desde que los trajo aquí. — sentenció, mascullando las palabras de mala gana.

El Patriarca asintió, sin borrar aquella sutil sonrisa que adornó su boca. Continuó ahí, junto a su señora, observándola en su ir y venir, atreviéndose únicamente a adivinar los pensamientos que atravesaban por su cabeza. La vio masticar nerviosamente sus uñas, fruncir el ceño y musitar unas pocas palabras que no alcanzó a oír, hasta que por fin se detuvo y le prestó la atención que le había negado por unos cuantos segundos.

— Cinco tareas, Shion. Faltan siete. — habló.

— Lo sé.

— Dos de esas tareas faltantes me resultan particularmente peligrosas.

— Creo saber cuales.

— Estoy segura que lo sabes.

— ¿Has pensando en algo?

— ¿Para llevarlas a cabo? ¿Un plan? Sinceramente, no. Debería hacerlo.

— Aún hay tiempo.

— Nunca el suficiente. Solo mira como se desencadenó toda la historia con Hipólita. Sinceramente, en algún punto, creí que el enfrentamiento con Temiscira tardaría en llegar, pero ahora…

— Princesa, date un respiro. Lo necesitas.

Los movimientos inquietos y nerviosos de la diosa de la sapiencia cesaron por un instante. Se detuvo y giró la cabeza, buscando la mirada de su Patriarca. Alzó una ceja, como si no terminase de entender lo que le decía. Después, meneando la cabeza, le obsequió una sonrisa a medias.

— Probablemente tienes razón, necesito un respiro. Desafortunadamente, no es un lujo que pueda darme.

— Han sido un par de días muy largos, Athena. Incluso para un dios, como tú, es necesario hacer una pausa. Anda. Verás cómo las cosas pintan diferentes con la mente más tranquila. — Shion se retiró hacia la pequeña mesa de mármol que estaba en el rincón. Tomó un cáliz y vertió un poco de vino en él, para ofrecérselo a la morena. Ella bebió un sorbo.

— Vino terciado.

— Es muy temprano aún para una bebida más fuerte.

Entonces, ante la graciosa expresión de aquel par de enigmáticos lunares que adornaban la frente de su Patriarca, Athena soltó una carcajada.

— Me tratas como si fuera una niña. No soy la cría que tienes para cuidar en casa, Shion.

— Me parece más que obvio, pero no puedo evitar preocuparme por mi señora. — contestó. — Espero no me pidas que haga lo contrario.

La diosa negó, sin borrar la sonrisa de sus labios. Bebió un sorbo más mientras caminaba hacia la salida que guiaba la megarón. A su lado, Shion le siguió el ritmo armonioso de andar. Sin embargo, poco duró el momento de calma que compartieron puesto que, pocos metros antes de alcanzar la gran puerta del salón, ésta se abrió dejando que Herse asomara por la rendija.

El rostro de la sacerdotisa lucía pálido y sus grandes ojos verdes traicionaban el desconcierto que sentía. La doncella caminó, presurosa, hasta llegar donde Athena y el lemuriano estaban. Les ofreció una reverencia cargada de nervios y tomó una gran bocanada de aire para empezar a hablar. Al principio, las palabras no surgieron de su boca. Sin embargo, una vez que rompió el silencio, habló con una rapidez que asombró a santo y diosa.

— Tienes visitas, señora. En el megaron. El señor Poseidón y la señora Perséfone se encuentran aquí, dicen que traen noticias. — dijo. Hizo una breve pausa mientras la deidad de la sabiduría retomaba el paso hacia el salón del trono, más no permitió que se alejara demasiado. — Señora… — la llamó.

— ¿Sí?

— Señora, ellos no están solos. — al oírla hablar, Athena frunció el ceño. —Él está aquí.

— ¿Él? — Shion llevó sus ojos rosas de diosa a sacerdotisa. La pelinegra exhaló.

— Hermes. — respondió, y caminó a toda prisa hacia el megarón.

-Continuará…-

NdA: Pues, quizás no fue un mes entero lo que me tomó actualizar, pero yo lo sentí como una eternidad. Tengo muchas cosas en la cabeza ahora mismo, así que seré breve. Vendrán un par de capítulos lentos, en relación a los anteriores, así que les pido su comprensión y paciencia (*Sun pone carita de cachorro abandonado*). Eh… no sé que más decir, así que me queda agradecerles a todos mis queridísimos lectores por estar aquí y también a quienes me dejan sus maravillosos comentarios. A:Damis, June Star, Dafne, RIAADVD, angel de acuario, DiCrO, Gislaine C, L. Byron, Niernath, AngelElisha1, Alynne Hale, Saint Lunase, Tiamat-dojumaru-Ishtar, ddmanzanita, Sagitariusgirl, Ayumi03, marinlucerochiba, Koko, LadyDeath, KisameHoshigaki, elbereth2982, Art1sta, Cybe, Tisbe, Kumikoson, Mitsu No Ryoko, saga-adry-kanon, Kirigoe, IreneRodriguez, Leika-kannon, legendary, Liz y … a todos ustedes, ¡gracias! =)

Por ahora, me despido, y si todo sigue en orden, nos vemos en un mes para el siguiente capítulo.

Besitos.

Sunrise Spirit