Capítulo 41

Lo que depara el futuro

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Hermes recorrió con los ojos a la deidad de la sabiduría, de pies a cabeza; aunque su mirada carecía de aquel toque de lujuria que no se molestaba en ocultar con respecto a las otras diosas. Athena, por el contrario, le ignoró, pasando a su lado sin dignarse en reconocerle como su igual que era. Hacía mucho que el mensajero divino había perdido su respeto, por lo que aquella visita, sin importar la razón, no cambiaría las cosas entre ellos. Sin embargo, para su propia sorpresa, no fue ella la primera en tomar la palabra, puesto que alguien más se le adelantó.

— ¿Quién es él? — la voz de Poseidón retumbó en medio del silencio. Sus ojos azules se centraron en el lemuriano que caminaba a la par de la diosa regente.

— Shion. — Athena respondió. — Mi Patriarca y líder de la Orden. Es de total confianza. — se apresuró a apuntar. — Pero dime, ¿a qué debo esta… inesperada visita? — centró su mirada, despectiva, en Hermes por una fracción de segundo.

A cambio, el dios entrecerró los ojos, esbozando un mohín de burla ante la rabia e impotencia de su hermana. Tiró la cabeza para atrás y enredó los dedos en su melena revuelta, aplacándola.

— ¿Piensas decir algo? — oyó a Perséfone, pero se limitó a ignorarla. — ¡Hermes!

— Ya, ya, muñeca. Deja de presionarme. Verás, Athena, yo… — habló, perezosamente. Sin embargo, justo en ese instante, sus ojos divisaron la delicada silueta de Herse, quien le observaba desde lejos. La sacerdotisa, al sentir su poderosa mirada en ella, agachó la cabeza. Hermes, sin saber lo que aquel gesto provocó en él, se aclaró la garganta y continuó. — … necesitó hablar contigo. — le dijo a la diosa.

— Tu dirás. — la morena se cruzó de brazos. Sin que el intercambio de miradas entre su sacerdotisa y el mensajero pasaran desapercibidos, se aseguró de mantenerse entre ambos. Hermes apretó los dientes, maldijo por lo bajo y se resignó a esforzarse por ignorarla.

— Estoy harto de tus desplantes de superioridad. — escupió. — Pero te diré algo, señorita perfección, por hoy, quien tiene el control soy yo.

— ¿De qué demonios hablas? No estoy de humor para tus juegos. — los brillantes ojos de la diosa fueron de inmediato hacia su tío. — ¿Qué significa esto, Poseidón? ¿Por qué le has traído hasta aquí?

— ¡Oye! ¡Estás hablando conmigo! — sin reparar en sus propias acciones, el peliturquesa se acercó a la diosa, tomándola impulsivamente de la mandíbula y forzándola a fijarse en él. Ella, en respuesta, se liberó de un manotazo.

— No vuelvas a tocarme. — siseó.

— ¿Qué? — río. — ¿Te asusta sentirte mujer?— lo siguiente que sintió fue el puño de Athena estrellándose contra su rostro. El sabor metálico de la sangre inundó su boca, mientras un delgado hilo rojo resbalaba por su mandíbula. Eso no iba permitirlo. — ¿Saben algo? Cambié de idea. — se limpió con el antebrazo. En sus labios se dibujó una sonrisa rabiosa. — Perdí los deseos de hablar.

— ¡Hermes!

— ¡Cierra la boca, Perséfone! — rugió. Sus ojos centellaron con ira al mirar en dirección a Athena. — Estoy harto de ella. Todos lo estamos. — después, se dirigió a la pelinegra. — Si te preguntas por qué tanto odio, por qué tanta rabia contigo y contra los tuyos, deberías mirarte en un maldito espejo. Pero se acabó. No más servilismo, al menos no de mi parte. Cuando estés dispuesta a suplicar, sabes donde encontrarme. Aunque, pensándolo bien, tus súplicas no valen nada.

La mano de Athena estuvo a punto de impactar nuevamente contra su rostro, pero esta vez el mensajero divino no lo permitió. Haciendo a un lado cualquier consideración, se apresuró a detenerla, sosteniéndole de la muñeca.

— Eres…

— ¿Soy qué? — Hermes apretó el agarre. — Dilo.

Justo entonces, con cada movimiento medido y una sorprendente calma, la mano de Shion se posó, a su vez, sobre el puño cerrado del dios. No hizo presión, tampoco le forzó a nada. Simplemente se limitó a permitir que su presencia se sintiera en la habitación.

— Suéltala. — murmuró el Patriarca.

— ¿O qué? ¿Qué piensan hacer? — la mueca en el rostro del dios mensajero se tornó cínica. — ¿Van a hacerme desaparecer como a Ares? Vaya, el Olimpo entero debería cuidarse de ti, Athena.— la dejó ir, pero se dirigió rápidamente a la otra pareja de dioses. — Parece que tenemos un traidor en nuestras filas. Hay alguien que está dispuesta a poner, por encima de nuestra estirpe divina, la miseria de unos pocos mortales.

A tales provocaciones, la diosa de la sapiencia no respondió. Notó con especial atención como los gestos de Poseidón y Perséfone, se agravaban con las palabras de Hermes. A decir verdad, no esperaba una respuesta distinta. No podía exigirles que respetaran una decisión de magnitudes dantescas, como la que ella tomase.

— No sé a que viniste, pero no eres bienvenido en mi templo. Lo sabes.

— Tranquila, que no voy a quedarme mucho más. — intercambiaron una última mirada, antes de que los ojos del dios de las sandalias recayeran en la sacerdotisa.

No dijo nada y tampoco fue necesario que lo hiciera. Existía aún una mezcla de sentimientos en los ojos de ambos. Probablemente no lo mismos del pasado, pero era innegable que todavía eran capaces de comunicarse con algo más que palabras.

Aquel sutil gesto resultó obvio a los ojos de la diosa, y aunque sintió la rabia estallar dentro de ella, no pudo hallar la forma de imponerse para terminar con ello. Prefirió callar, y fingir una indiferencia que no sentía.

¿Por qué lo hizo? No lo comprendía… sólo no se había atrevido a actuar de otra forma.

Lo vio esfumarse, sintiendo aún los estragos del mal momento, y se permitió respirar con cierta calma cuando aquella sonrisa burlesca y el porte orgulloso de su hermano desaparecieron de su presencia. Detestaba, por encima de muchas cosas, perder el temple. Sin embargo, era justo admitir que Hermes era una de las pocas personas con la habilidad suficiente para hacerle perder los cabales.

— No sueles serlo, pero hoy has sido demasiado impulsiva. — oyó al señor de lo mares y arrugó el entrecejo al sentirse regañada. — Te convenía escucharlo, Athena.

— ¿Por qué le han traído? — respondió. Ninguno de los dos dioses contestó de inmediato a su pregunta. Había demasiadas cosas a ser consideradas para poder ofrecer la verdad, y sin duda, Athena no se tomaría bien ninguna de ellas; especialmente tras esa discusión. — Estoy esperando una respuesta. — insistió.

— Verás… — Perséfone se adelantó un par de pasos, hacia ella, y suspiró profundamente antes de atreverse a continuar.— Hemos encontrado información sobre tus santos. — soltó. — La cuestión es que el imbécil de Hermes esta involucrado en ello.

Esa confesión cayó sobre la diosa como un balde de agua fría. Lo cierto era que, de todas las posibilidades que había cruzado por su cabeza, ninguna de ellas incluía al mensajero divino. Ahora, dentro de ella, suplicaba porque escuchar algo más, algo que pudiera indicarle que, por esa ocasión, su orgullo no había inclinado la balanza del lado equivocado.

— Perséfone… — la llamó, invitándola a que prosiguiera. A su lado, los lunares en la frente de Shion se arrugaron.

— El mal nacido fue parte de un ardid, Athena. — no tenía caso dar más vueltas a la verdad. Si Athena iba a saberlo, mejor que fuera de una vez por todas.— Toma mis palabras con calma, hermana. Si estás dispuesta a tener de regreso a tus santos, tendrás que ser lo más astuta posible.

La diosa de la guerra se esforzó por mantener el porte, más por dentro, un remolino de emociones hizo mella en ella. La otra deidad, Emperatriz de los Muertos, se detuvo al notar la fugaz confusión en la pelinegra. Su primera reacción fue continuar con la historia, pero también le resultó imposible no mirar hacia Poseidón, buscando implícitamente su consejo. Al no encontrarlo, se dispuso a seguir con ello hasta el final.

— Como te había dicho, tanto Cáncer como Leo no se encuentran inscritos en el Libro de la Vida, porque sus almas no han pisado aún el Inframundo. — pudo jurar que vio a Shion respingarse al escucharla, mientras sus gestos, hasta ese momento endurecidos, se relajaron ligeramente. — Eso no significa que no hayan muerto, o que no estuviesen a punto de hacerlo; pero algo, o alguien mejor dicho, ha impedido que su viaje se completara.

— Hermes. — sentenció Athena.

— Sí, pero no actuó solo.

— ¿Quién le ayudó? — la voz de la diosa se oyó ligeramente temblorosa, aunque nadie sabría los motivos detrás de ello.

— Artemisa.

En esa ocasión, nada pudo hacer la señora de sabiduría para ocultar su desconcierto. Miró de una a otra deidad ahí presente. Después, llevó sus ojos grises hasta Shion, sin terminar de comprender la que se sentía como una traición por parte de su otra hermana.

— No entendiendo. — musitó. Caminó los pocos pasos que le faltaban hasta el trono, donde se dejó caer.

— No sabemos exactamente el por qué de las decisiones de Artemisa, puesto que no hemos hablado con ella, pero Hermes nos ha asegurado que así ha sido. — calló un segundo más, midiendo con cuidado lo que estaba a punto de confesar. — Creemos que Apolo sabe más.

— Aún si lo sabe, no es como si fuera a hablar. — terció Athena. — Es bien conocido ese proteccionismo enfermizo que siente por ella. ¿Dónde está él?

— Desapareció.

— ¿Y Artemisa? ¿Alguien ha hablado con ella?

— No sé que tan peligroso pueda ser eso. — intervino el dios de los mares, tomando por sorpresa a ambas diosas. — Desconocemos también las condiciones bajo las cuales Artemisa los tiene.

— Está en lo cierto. Si la señora Artemisa ha conseguido mantenerles con vida, seguramente lo ha hecho bajo sus propias condiciones. Si llegara a sentirse en peligro, o comprometida, podría arrebatarles la vida sin miramiento alguno. — Shion habló. La mirada de Poseidón se posó sobre él, mientras asentía con suavidad a las palabras del antiguo santo.

— Comprendo…

Athena apoyó la cabeza sobre su mano. De pronto, la actitud altanera de Hermes cobraba sentido y, dolorosamente, también sus palabras.

— Es tu decisión, Athena. — observó a la peliverde por un segundo. Más no se atrevió a decir nada.

— Princesa…

— Ya sé, Shion. — suspiró. A lo lejos, divisó la figura de Herse y le buscó la mirada con la suya. — A como lo veo, solamente tenemos dos opciones… Hermes, o el mismo Apolo; y ahora mismo, no sé cuál de los dos esté más dispuesto a hablar.

-2-

Saga regresó a la habitación sintiéndose poco menos que afligido. Aquella actitud, distante y oscura, que Kanon había asumido no le gustaba en lo más mínimo; y ciertamente, no estaría tranquilo hasta conocer el trasfondo del cambio en su gemelo. Incluso, para su propia sorpresa, descubrió que, fuera lo que fuera, por primera vez en mucho tiempo era responsabilidad suya mantener entero a su gemelo; lo cual no terminaría siendo sencillo ni para él, ni para el mismo Kanon.

Salió de sus pensamientos cuando se encontró de nuevo frente a la puerta detrás de la cual se encontraban resguardados el resto de sus compañeros. Se detuvo y suspiró profundamente con el afán de calmar un poco esos nervios que amenazaban con traicionarle. Después, suavemente, abrió una rendija que le permitiera mirar dentro.

Divisó el camastro donde yacía el santo de Sagitario y vio la silueta de Dohko. Llamó especialmente su atención el rotundo silencio que le golpeó al entrar. O Aioros había perdido el sentido, o alguien se había encargado de sellarle la boca para hacerlo callar; porque de otra forma, resultaba inexplicable que su voz no se dejara escuchar.

— ¿Está dormido? — dirigió su pregunta al antiguo maestro, al reparar en la armónica y tranquila respiración del arquero.

— Si. Por fin, el sueño lo venció. La hará bien un descanso.

Asintió a las palabras del chino, para no decir nada más. Llevó sus ojos esmeralda a los demás santos, hallando el panorama terriblemente desolador. Fue entonces cuando volvió a concentrarse en el silencio y comprendió muchas cosas. Aquel idiota de Aioros, pensó, todo ese constante parloteo y su resistencia a ceder al sueño, eran para eso: para evitar que aquel profundo y doloroso silencio les encerrara en sus garras.

A pesar de ello, Saga era consciente que no poseía esa habilidad para mantener el optimismo, por lo que, al descubrirse sobrecogido por la situación y con un nudo en la garganta, sintió la imperante necesidad de salir de ahí. Así, rápidamente luchó por deshacerse de esos sentimientos, antes de girar sobre sus talones, de regreso a la salida.

— Iré a ver a Mu y a la chica. — les escucharon decir, y segundos después, la puerta volvió a cerrarse tras de sí.

Cuando hubo abandonado el cuarto, Saga recargó la espalda sobre la madera de la puerta. Probablemente les había visto bajo peores condiciones, pero era como si, de pronto, ver a sus hermanos de Orden en tan lamentable estado, le resultara terriblemente difícil. Por ello, habiendo conseguido salir de ahí, decidió que bien podría vagar un rato más por el palacio, sin rumbo fijo ni compañía alguna, más que la de si mismo. Eventualmente, Aioros despertaría y seguirían sus discusiones donde las habían dejado…o al menos, eso deseaba.

-3-

La tomó de la mano al verla temblar.

Ella, como respuesta, se afianzo a aquella mano amiga que la sostenía en un momento tan difícil. Mu sabía que la doncella no tenía la menor idea de lo que pasaba, ni de quien era él o lo que habían pasado juntos, pero tampoco le importaba demasiado. Al final de cuentas, estaba ahí por deseo propio y no porque buscara algún tipo de agradecimiento.

En eso, un bostezo le atacó, sin que pudiera resistirlo. Había pasado la noche entera en vela, y aún a esas alturas de la mañana, no había podido descansar los ojos un solo segundo. Se restregó la cara con las manos mientras se ponía de pie.

Caminó hasta la ventana, desde donde miró hacia afuera y se permitió respirar un poco de aire fresco. La tersa caricia del Sol, que le deslumbró primero, terminó por reconfortarle, mientras el cansancio de la noche parecía esfumarse al menos por un segundo. Dispuesto a alargar el descanso al menos por unos pocos minutos, se apoyó en la baranda del balcón, perdiendo la mirada en el horizonte.

— Increíble. — susurró.

Cuando una nube oscura cubrió al Sol y el aire sopló a la vez, no pudo evitar sentir frío. Entonces, decidió que quizás lo mejor sería entrar de regreso a la habitación, y así lo hizo.

Al regresar, sintió el penetrante aroma que emanaba de las pociones usadas para curar a Phineas. No lo había notado hasta ese momento, pero la verdad era que todos los esfuerzos por salvarla parecían en vano. Lejos de disminuir, la fiebre arreciaba a cada instante. Los temblores y el sangrado tampoco desaparecían. Todo indicaba, que salvo algún milagro en las horas próximas, la pitonisa no vería un amanecer más en el mundo de los vivos.

Pensando en ello, el santo de Aries paseó por la habitación, cabizbajo y en silencio, solo para terminar regresando a la silla de madera en la que había esperado toda la noche. Se sentó ahí, fijando la vista en ella.

El tiempo pasó, y en algún punto, cabeceó, víctima del agotamiento. Pero, de manera repentina, algo completamente desconocido puso sus sentidos en alerta.

Por alguna razón que los santos desconocían, sus cosmos seguían ausentes. Sin embargo, y a pesar de esa importante carencia, aquella intuición de Mu había bastado para saber que algo grande se acercaba. Trató de mantener la calma, siempre ecuánime. Ni siquiera cuando presenció el resplandor a sus espaldas se permitió titubear. Miró por encima de su hombro, hacia el aura dorada, atento a cualquier desavenencia. Sin embargo, algo dentro de sí le decía que no había nada que temer.

Pronto, a pesar de la luz, distinguió al hombre que tenía a sus espaldas. Dudó poco de su identidad, después de todo, había cierta lógica en su presencia ahí. Por fin, tras un brevísimo debate mental, decidió que lo mejor sería no prestar demasiada atención al recién llegado.

Así, le escuchó caminar hasta donde estaba, deteniéndose al alcanzar el borde de la cama de la peliplateada.

— ¿Cómo está? — deslizó su dedo índice sobre el brazos de Phineas, siempre con la vista en ella.

— Tú sabrías decir más que yo. — le respondió el santo. — ¿No eres tú el dios de la adivinación y la medicina, Apolo? — calló por un segundo en espera de una respuesta que no obtuvo. — Anda, dime. ¿Qué será de ella?

El dios pelirrojo suspiró. Sus manos fueron envueltas por una halo de luz dorada apenas perceptible para los ojos, pero que de alguna forma, Mu sabía que era lo suficientemente poderosa para ayudar a la chica.

—Su destino va más allá de Temiscira, pero no es uno que pueda ser revelado ante tus ojos. Dime, santo de Athena, ¿por qué la ayudas? — preguntó, nunca perdiendo la tranquilidad en su tono.

— ¿Por qué? — Mu musitó. — Porqué ella va a ayudarnos también.

— ¿Por Periandro? ¿La ayudarás para ganar los favores un rey mortal?

— No. Hay… algo más que eso.

El dios le miró de soslayo, plenamente convencido de que el santo sabía más de lo que decía. Dejó escapar unos pocos segundos, haciendo nada más que brindar su energía sanadora a la doncella herida; y cuando el silencio comenzó a tornarse tirante, volvió a hablar.

— No eres un mortal como los otros. Tu estirpe, tu raza, es diferente.

— Lemuria, ¿has escuchado de ella? — Apolo asintió con tanta suavidad que apenas pareció moverse. — Pues bien, esa fue la tierra de mis antepasados.

— Ahora comprendo.

— ¿Sobre qué?

— Tu sensibilidad para apreciar fenómenos que los mortales comunes no pueden. ¿Qué es lo que Phineas te ha prometido a cambio de tu apoyo? — el pelirrojo regresó su mirada a la chica.

— ¿Por qué habría de decirte?

— ¿Por qué no?

— En realidad, presiento que eso es precisamente lo que te ha traído aquí, Apolo.

Mu lo vio sonreír ante su afirmación. De la misma manera, también sonrió. No se había equivocado.

— ¿Cuál es tu nombre?

— Mu.

— Bien, Mu, estás en lo cierto. — detuvo su cosmos. Dio la vuelta y caminó un par de pasos, hasta una silla vacía, donde tomó asiento. — Phineas no te ha mentido al ofrecerte su apoyo, al cambio del tuyo. Sabía que, de alguna forma, nuestros caminos coincidirían, y solo entonces, la verdad habría de salir a relucir. ¿Qué es lo que viste? — Mu entrecerró ligeramente los ojos, y eso le bastó a la deidad para saber que había acertado. — En el sueño, digo.

— Vi… a mis amigos. — Mu suspiró.

— A los que están muertos, ¿cierto?

El lemuriano asintió. Mentalmente, maldijo. El hecho de que Apolo conociera tantos detalles de la historia no terminaba de convencerle.

— Justamente. — tras esa respuesta, el señor del Sol sonrió.

— ¿Qué pensarías si te dijera que estás equivocado? — los ojos de Mu se abrieron, repletos de dudas.— Así es. Estás equivocado. Tus amigos no se encuentran en los dominios de Hades. Sus almas no han pisado el Mundo de los Muertos.

— ¿Entonces…?

— Entonces, la esperanza permanece.

Mu se puso de pie. Ignoraba los planes de Apolo, y la razones que le habían llevado ahí, pero era lo suficientemente inteligente como para deducir que el dios del Sol iba tras algo más que la vida de una sacerdotisa.

— ¿Qué quieres? — espetó.

— Conozco el paradero de Leo y Cáncer, conozco los términos bajo los cuales han permanecido cautivos todo este tiempo…

— ¿Qué quieres, Apolo? — le interrumpió el santo. Sus rasgos, usualmente afables y suaves, de pronto se habían endurecido, mientras su voz despedía una decisión inquebrantable.

— Mi ayuda… a cambio de su indulgencia. — se puso de pie y le dio la espalda.

— ¿Qué? — los lunares subieron.

Para ser sincero, Apolo detestaba haber llegado a esas instancias. No era un dios que aborreciera a los mortales, sino lo contrario, pero siempre había sido fiel creyente de que eran estos últimos quienes deberían recurrir a la divinidad de los primeros, y no al revés. Su único consuelo era que, por donde lo viese y desde cualquier perspectiva, los protegidos de Athena tenía poco o nada de ordinarios.

Resultaba penoso pensar en la posibilidad de que el castigo de Artemisa llegara mucho más allá de que debería. Su hermana simplemente no podía verse sometida a semejante atrocidad porque no era culpa suya, sino de aquel amor enfermizo y retorcido que el joven cazador había despertado en ella y que había pasado a convertirse en la razón de vida de la diosa de la Luna. Por ello, Apolo maldecía el día en que sus caminos se encontraron, pero por sobre todo, el hecho de que aún con sus dones, el jamás pudo hacer nada para evitar, o prevenir, la condena de su gemela.

Sin embargo, sus cavilaciones rápidamente llegaron a su fin cuando reparó en la mirada insistente del santo que seguía cada movimiento suyo, y supo que tenía que continuar.

— No tiene sentido alguno ocultar una verdad que tarde o temprano saldrá a la luz. — por fin, habló. — Ha sido mi hermana. Artemisa es quien mantiene cautivas a las almas de tus compañeros.

— Pero…¿por qué…?

— Incluso los dioses no somos ajenos al pecado, eso es algo que ya debes saber. Nuestras tentaciones, como seres inmortales y todopoderosos, van más allá de las que cualquiera de ustedes pueden entender. Para nosotros no existen los límites, ni mucho menos la moral. Muchos de los míos creen que es la divinidad la que nos da derecho a todo y que, sin importar los medios, lo único que prevalece es nuestra voluntad. Probablemente sea cierto, más Artemisa ha llevado tal creencia a un extremo peligroso. Ha raptado las almas de tus compañeros, sus cuerpo inclusive, en un desesperado afán por recobrar algo que le fue negado hace años. Se ha rodeado de enemigos, y lo último que deseo es que un acto desesperado la arrastre a un vórtice de destrucción para ella misma.

— ¿Dónde los tiene? — preguntó, tratando de contener el enfado que ocasionaron las palabras del dios pelirrojo.

— En el Olimpo.

— El Olimpo esta prohibido para los mortales. No podemos ir ahí.

— Nadie ha dicho que ustedes deban pisar la tierra santa. — el dios giró para mirarle de frente. — Sin embargo, hay algo bajo su resguardo que facilitaría el regreso de Cáncer y Leo.

— ¿Qué es?

— El poder de Athena, su cosmos, su protección.

Mu retuvo la respiración. Su mirada turquesa se afiló, mientras su mente encontraba sentido a la confesión de Apolo.

— Los dijes. — murmuró.

El dios asintió.

-4-

A través de la puerta escuchó con avasalladora claridad cual era la petición del Señor del Sol.

Saga apretó los puños con impotencia. Llevaba un buen rato, pegado a esa puerta y sintiéndose incapaz de alejarse hasta escuchar el final de la conversación. Hubiese querido irrumpir, puesto que tenía un par de cosas que decir, pero se contuvo por temor a arruinar el acercamiento del dios.

Y no era que el gemelo confiara en los dioses. Nadie mejor que él para atestiguar el dolor que esas bizarras criaturas podían traer a la vida del hombre, más también tenía que admitir que mientras hubiera esperanza, tendrían que ser pacientes y cautelosos.

Sin embargo, la última petición de Apolo le había helado la sangre.

Conocía a la perfección el poder de su diosa, ese mismo poder vertido en los doce dijes que portaban al ser sus elegidos. Su experiencia le dictaba que el pelirrojo estaba en lo cierto. Ese poder, utilizado sabiamente podría traer de regreso a Aioria y Máscara de Muerte, pero entregarle la fuerza de Athena a Apolo iba en contra de su instinto de supervivencia.

Lo único que no cuadraba en el benevolente plan de la deidad del Sol era porqué no se había acercado directamente a Athena, y en vez, había recurrido de ahí.

Pero tan pronto la claridad regresó a su cabeza y encontró sentido a las acciones de Apolo, Saga sonrió. Al final, todo indicaba que el más dependiente en aquel trato era precisamente él, el dios sanador.

— ¿Cuánto tiempo más permanecerás ahí, Géminis? — el peliazul se respingó al oír el llamado del dios. Dentro, la reacción de Mu no fue muy diferente.

Con recelo y calma, abrió la puerta para mostrarse y avanzó, unos pocos pasos, hacia dentro de la habitación.

— Saga.

— ¿Qué piensas hacer con los dijes de Athena? — Saga cuestionó, sin rodeos ni tapujos.

— Tratar de mantenerlos vivos.

— Si tanto deseas ayudarnos, ¿por qué no usar tu propio poder? — se cruzó de brazos. — ¿Era necesario que recurrieras a Athena, o mejor dicho, a nosotros? ¿Dónde está tu poder como olímpico?

La provocación no causo ningún efecto en Apolo, lo cual obligó a Saga a borrar aquel mohín de cinismo que rápidamente había esbozado. Permanecieron quietos, con las miradas clavadas la una en la de otro, hasta que el sórdido silencio fue roto por el lemuriano.

— ¿Cómo sabremos que no abusarás del poder de nuestra diosa?

— Tienen mi palabra.

— La palabra de un dios nunca ha significado nada para nosotros. — recalcó el gemelo. — Ustedes, los seres divinos, tienen la horrible costumbre de romper sus pactos.

— En tal caso, me temo que tendrán que tomar una decisión basada nada más que en buena fe. No existe nada que pueda ofrecerles para afianzar mi palabra. — Apolo sonó tranquilo, inusualmente empático.

— No sé que tan bien se nos da eso. — Saga chasqueó la lengua. — Pero tampoco es una decisión que podamos tomar solos. Todos los nuestros están involucrados en esto. Necesitaremos tiempo para decidir.

No tenía tiempo, Apolo así lo sentía. Desvió por una fracción de segundo sus ojos de ambos santos, para fijarlos en el rayo dorado de luz que se colaba por la ventana. Justamente en ese instante, una nube caprichosa se encargó de cubrir al astro rey, envolviendo en penumbras la habitación.

— Les buscaré de nuevo. No esperen demasiado para tomar una decisión. — giró sobre sus talones quedando de espaldas a ellos. Caminó un paso, solo para detenerse de improviso. Ladeó la cabeza de tal forma que, por encima de su hombro, pudiera observarles. — Hay un detalle más que deberían saber; la razón por la que el tiempo apremia. — aunque intentaron no mostrarse ansiosos, ni Saga ni Mu se sintieron seguros de no haber delatado su desmedido interés. — Un alma ha desaparecido del Inframundo, la de aquel que es… especial para mi hermana.

— ¿Qué intentas decir? — le cuestionó el lemuriano.

— Piensen en ello: un alma sin cuerpo, y dos cuerpos de almas debilitadas. — Saga se respingó.

— ¿Ella pudo…?

— Forzar una posesión, sí. Ahora mismo, mientras hablamos, cualquier de los dos santos desaparecidos podría estar siendo usado como contenedor de un alma distinta a la suya. — su aura se encendió, envolviéndole con el tono dorado de su cosmoenergía, mientras el resplandor que de él emanaba, obligó a los santos a entrecerrar los ojos. — Ténganlo en mente. — le escucharon decir, antes de que se desapareciera de su vista.

Detrás de si, Apolo dejó nada más que zozobra. Las noticias, aunque matizadas con esperanza, no dejaban de ser inquietantes, y de pronto, se hallaban en medio de una nueva encrucijada. Ni bien salían de un problema, y ya se encontraban en medio de otro.

-5-

— ¿Puedo preguntar algo? — los ojos esmeralda se fijaron, a la distancia, en los niños que correteaban por el amplio jardín repleto de flores. Aioria no necesitó voltear, puesto que el silencio de Artemisa le invitó a seguir adelante. — ¿Para qué los quieres?

— Es un poco complejo, quizás incluso, caprichoso. — el santo calló. Comenzaba a pensar que todo en la vida inmortal de la diosa giraba alrededor de sus caprichos. Entonces, ella, al notar la ausencia de palabras, se animó a continuar. — Desde pequeña, incluso en el día de mi nacimiento, no he sentido nada sino desprecio por mi debilidad. Siempre fui frágil y vulnerable, nunca capaz de ver por mi misma. Estoy harta de esa sensación. No deseo seguir dependiendo de nadie más.

— Vas a usarlos como guerreros. — Artemisa asintió, a pesar de que las palabras del santo no eran una pregunta. — ¿Sabes el futuro que les depara?

Ella se negó a responder. Abandonó el lado de Aioria, encaminándose hacia la puerta. Ahí, se detuvo, siempre de espaldas a él.

— Sinceramente, lo ignoro. — susurró.

— Y tampoco te interesa. — el tono, matizado con un dejo de reproche la hizo sentirse miserable.

— ¡No es eso! — replicó de inmediato. — Ellos serán los cimientos de mi Orden, de la misma manera en que Athena ha creado a la suya. Además…su lealtad viene con un gran regalo.

— ¿De qué hablas? ¿Qué clase de regalo? — Aioria avanzó, hasta sentarse en el borde de la cama para entregar toda su atención a la diosa.

— La vida. — declaró sin más. — Estaban muertos y ahora han regresado a la vida, gracias a mi.

El león, intrigado por la confesión, entrecerró los ojos. Meneó la cabeza suavemente, a la vez que subía los hombros, sin saber con exactitud lo que debía decir, así que al final, terminó por ponerse de pie de nuevo y caminó hacia el balcón de sus aposentos.

— ¿Los reviviste también?

— Si.

Un suspiro incontenible abandonó sus labios. La repentina confesión terminaba por arruinarle el día. De pronto, el escape ya no se trataba solo de ellos, sino que toda posibilidad de ayudar a esos niños a ser libres se veía cada vez más distante y difícil.

— Se han hecho fuertes. — habló, dispuesto a cambiar al conversación para no delatar sus pensamientos.

— El santo puede ser muchas cosas, pero ha sabido enseñarles.

— ¿Sabes? Estaba pensando…

— ¿En qué?

— Precisamente, en él. ¿Piensas dejarlo a tu servicio por mucho tiempo? — preguntó, tratándose de guardar el interés que sentía por la respuesta.

— No lo sé. — nerviosamente, Artemisa jugueteó con la tela de su peplo blanco. — Quiero que los entrene, que se asegure de hacerles fuertes.

— Entonces, no estará aquí unas pocas semanas. El entrenamiento de guerreros, sobre todo a un nivel… divino, va mucho más allá de enseñarles a dominar el cosmos. Incluso el resplandor de sus vidas llega a ser insuficiente cuando el enemigo es una deidad.

Artemisa sabía que aquel al que creía Orión hablaba con la verdad. No podía ignorar el hecho de que su destino y el de Máscara de Muerte estaban más liados de lo que quisiera; las cosas nunca sería fáciles sin importar el tiempo que se vieran forzados a pasar juntos.

— Supongo que se quedará un tiempo por aquí. Tristemente, puedo asegurarte que ni un solo minuto de esa estancia será agradable.

— Es un hombre complicado. Su naturaleza de guerrero le impide doblegarse a tu voluntad, o renunciar a su misión… Deberías considerar eso. — cuando se dejó caer en la cama, perdió a la diosa de vista, pero su voz la delataba por encima de todas las cosas.

— ¿Qué propones?

— Vino a esta Era con una misión, ¿no?

— Si, así es.

— ¿Qué tal si le brindas la oportunidad de continuarla? — la miró de reojo, aunque ella no reparó en ello.

— ¿Qué? ¿Por qué haría eso? No tiene caso, Orión.

— Piénsalo bien. Es una buena forma de mantenerlo ocupado y, ¿por qué no? Un ofrecimiento de paz. — Aioria se incorporó al obtener respuesta. Cuando se sentó, la buscó con la mirada, comprendiendo que sus consejos habían sido tomados de la manera equivocada. — No te ha gustado nada de lo que dije.

— No veo por qué debo ser quien yo quien ceda. — la diosa se cruzó se brazos.

Ante la negativa, el santo tuvo que esforzarse por mantener la calma y evitar cualquier reacción que dejara al descubierto su frustración. Se levanto para ir a su encuentro, arrastrando los pies perezosamente. Cuando la tuvo cerca, la envolvió en sus brazos.

— No quiero que te rebajes y jamás te obligaría a hacer algo que no quisieras, pero medítalo con calma. — le besó el cabello. — Si vas a tenerlo aquí, más vale que encontremos una forma de menguar ese odio que emana de su alma. Déjalo ayudar a sus compañeros desde la distancia, de la misma forma en que tu desearías sostener a tu hermano en algún momento de incertidumbre.

— No estoy segura que sea lo mismo, ni siquiera lo correcto. — el santo de Leo sabía que tendría que hacer algo más para convencerla.

— Velo también como una prueba, una oportunidad de medir el avance de los niños. Si después de esto, lo que se ha conseguido no te satisface, quizás pudieras considerar la posibilidad de deshacerte de él. — el santo alcanzó la ventana de nuevo y posó sus manos con suavidad en la baranda. Sus pensamientos se centraron en Máscara de Muerte, pensando en infinitas ocasiones como toda esa tirante situación, si algo, había terminado por convertirles en algo bastante parecidos a amigos. Brillante ironía. — Por cierto, ¿qué has decidido acerca de mi petición de salir de esta habitación?

La falta de respuesta lo dijo todo.

— No quiero ponerte en un peligro innecesario, amor.

— ¿De verdad consideras que sería peligroso?

— Sí. — el santo agachó la cabeza, con fingido desencanto.

— Artemisa, alguna vez fui un alma libre que, por caprichos del destino, terminó prisionera en el mundo de los muertos. No dejes que eso pase de nuevo. No me obligues a regresar a una prisión, sin importar cuan diferente sea.

Sus palabras la golpearon sin merced. Abrió sus grandes ojos ambarinos, percatándose que, después de todo, eso era precisamente lo que estaba haciendo; una vez más, lo sometía a un encierro agobiante.

— Orión…yo… — pero él no miró en su dirección. Por el contrario, se perdió en la inmensidad del mundo que se abría frente a su ventana. La nostalgia en su mirada la hizo sentirse miserable, al punto que probablemente terminaría arrepintiéndose de no tomar una riesgosa decisión. — ¿Qué es lo que quieres? — cuestionó con pesar.

— ¿Lo que quiero? — Aioria giró, mirándola directamente a los ojos. — Quiero que me des la oportunidad de abandonar estas cuatro paredes y quiero volver a ser quien solía. Extraño todo lo que era antes.

Artemisa le tomó de las manos, tirando de él hasta acercarlo a la cama, donde se sentó y le invitó a hacer lo mismo a su lado. Aunque al principio le rehuyó la mirada, terminó por enfrentar aquel par de esmeraldas que le buscaban el rostro con ahínco.

— ¿Tú quieres…? — ella murmuró. El santo la tomó del mentón para ver directamente a sus ojos amarillos.

— Si decides enviarles a la misión, quiero ir con ellos. — le besó la mejilla.

-6-

La diosa revolvió, nerviosa, el contenido de su copa. Del otro lado de la mesa distinguía la figura de la ninfa pelirroja, de la misma manera en que escuchaba el sonido de su voz en el silencio de la habitación. Bebió un sorbo, y por un segundo, regresó su atención a la información que le era revelada, abandonando momentáneamente sus divagaciones.

— Entonces, con la excepción de Aioros y Aldebarán, ¿todos están bien? — oyó preguntar al lemuriano. La ninfa asintió, y la diosa no pudo evitar notar aquel dejo de tristeza y preocupación en sus ojos azules. No dijo nada, sino que permitió que la conversación entre Aretha y Shion continuara. — ¿Qué hay del ceñidor?

— Aioros y Dohko comparten su custodia, al menos por ahora. — la pelirroja hizo una pausa, mientras su rostro adquiría aquella graciosa mueca que siempre mostraba cuando alguna pregunta surcaba su mente, pero su boca carecía de las palabras para expresarla. — Hay un detalle… — por fin, se animó a hablar. — Si la misión está cumplida, ¿hace algún daño deshacernos del cinturón?

Shion arrugó el semblante. Aunque curiosa, la pregunta de la ninfa tenía bastante sentido.

— No es una buena idea. — la repentina intervención de la diosa los hizo voltear hacia ella. Athena, en respuesta, se limitó a sorber un par de tragos del cáliz. — En sí, el ceñidor de Hipólita es un objeto no menos poderoso que, digamos, mi báculo o la lanza de Ares. Para destruirlo se requiere algo más que fundir el metal del que esta hecho, por no hablar de que incluso eso, probablemente sea imposible.

— Alguna opción habrá, señora.

— ¿Crees que pueda traerlo? — volvió a cuestionar la ninfa. — No quisiera que tuvieran que regresar a casa cargando ese peso sobre sus hombros. — agachó el rostro. Aioros tenía suficiente con sus heridas como para tener que encargarse, además, el enorme reto que el cinturón de la amazona reina significaba.

— Es peligroso, Aretha. No sé si…

— ¡Es aún más peligroso para ellos! — terció, sin darse cuenta de lo rápido que las palabras surgieron de sus labios.

Athena se sorprendió. No ponía en duda el cariño que Aretha había desarrollado por sus santos, sin embargo, debía admitir que tan ferviente reacción le tomó desprevenida. Miró de la chica a Shion, sintiéndose extrañamente fuera de lugar, como si algo escapara de su conocimiento en esos momentos.

— Ahm… Aretha, mi negativa no es completa. — habló, con extrañeza. — Es solo que quisiera pensar un poco en como plantear las cosas. Créeme, tampoco es mi deseo arriesgarlos a recorrer todo el camino de regreso con semejante peligro en sus manos. Pero lo que menos deseo es que, después de todo este infierno que han tenido que pasar, Hera pueda arreglárselas para invalidar esta misión. — al escucharla, la joven pelirroja se respingó.

— Lo lamento.

— No lo hagas. Me alegra que no todo para mis protegidos sean odios infundados. El hecho de que te preocupes tanto por su bienestar se te agradece como te haces idea. — Athena sonrió. — Solo ten cuidado. La paciencia es una virtud. Cada paso que demos, de ahora en adelante, debemos calcularlo meticulosamente. ¿No estas de acuerdo, Shion?

— Lo estoy.

La firmeza en su voz agradó de sobremanera a la señora de la sabiduría. Le gustaba esa decisión que el lemuriano solía mostrar, porque aunque usualmente estaban de acuerdo, Athena sabía que Shion no tendría problema en expresar su desacuerdo de ser necesario. Alzó las cejas, aprobando su comentario y volvió a agitar en círculos la copa que sostenía. Chasqueó la lengua mientras pensaba en otros menesteres, pero antes de que se atreviera a expresarlos en voz alta, una poderosa energía pilló al trío por sorpresa.

Athena llevó su mirada grisácea hacia el punto de donde provenía la energía. No era necesario que sus ojos distinguieran la figura detrás de aquel resplandor, puesto que el aura que despedía le era familiar. Aunque por dentro se sintió fugazmente insegura, la diosa no hizo movimiento alguno que la delatara. Por el contrario, observó con atención las reacciones de Shion y Aretha, dejándose informar por ellas de lo que acontecía a sus espaldas.

Al fin, cuando el resplandor hubo cesado y supo que la regia silueta del señor de los mares se encontraba a su lado, la pelinegra suspiró. Esperaba el momento en que Poseidón regresara, porque sabía que lo haría; y que se decidiera a enfrentarla en una discusión que probablemente terminaría sin consenso.

— Shion, Aretha, ¿les importaría dejarnos solos? — dijo con calma.

Mientras el par se retiraba, con un suave movimiento de su mano, Athena invitó a su igual a acompañarla en la mesa. El dios hizo como le fue solicitado, y esperó pacientemente porque la puerta se cerrara detrás del lemuriano, quien fue el último en salir.

— Te esperaba. — confesó.

— Entonces, imaginas el motivo de mi presencia. — Poseidón se sentó, recargando la espalda contra el respaldo, asumiendo como era usual, aquella actitud relajada y lejana que le caracterizaba.

— Ares. ¿Me equivoco? — el dios meneó la cabeza con suavidad. — No voy a darte explicaciones, Poseidón. Has sido un aliado valioso, así que no pienses en mí como una ingrata, pero me temo que no hay explicación que pueda darte y resulte del todo satisfactoria para ti.

El peliazul no se pronunció, ni a favor ni en contra de la diosa. Permaneció hundido en un pesado silencio, mientras sus ojos se centraban en el rostro impávido de su contraparte.

— Estás jugando con fuego. — dijo, de pronto. — Los mortales no deben poseer el poder para menguar a un dios, ni mucho menos conocer los caminos para vencernos.

— Y los dioses no deberían jugar con la vida de los mortales como si fueran nada. — ella contestó. — Hice lo que tenía que hacer. Lo que ha sucedido es resultado de las acciones de Ares. Él me empujó a esto.

— Es un dios, Athena. Uno como tú y como yo.

— No. Ni es como tú y mucho menos como yo.

Por primera vez en la conversación, los profundos ojos azules de Poseidón revelaron sus sentimientos. Las palabras de Athena no le habían caído en gracia, y sus acciones mucho menos. Poseidón era un dios prudente, pacífico incluso, pero su ira era rápida y sus concepción del orden del universo distaba de la visión de la deidad de la sabiduría. Por tal motivo, aún cuando era capaz de comprender las razones de su sobrina, no conseguía sentirse a gusto con lo que consideraba una afrenta a la divinidad de sus iguales.

— Al igual que Pandora, acabas de liberar el peor de los males, Athena. El día que los mortales dejen de temer los dioses, ese mismo día la guerra será declarada entre los nuestros y ellos. No habrá vuelta atrás y solamente uno prevalecerá. Entonces, tendrás que tomar una decisión: tu divinidad o su estirpe impura.

Durante la pronunciación de aquel breve discurso matizado con un incierto sabor a amenaza, la diosa de Atenas permaneció callada. Se notaba en la sutil tensión de sus labios el disgusto que las palabras de su tío causaban en ella, mientras su mirada, siempre altiva, se clavaba en él en franca actitud de reto. Poseidón podía decir lo que quisiese, podía amenazarla de todas las formas en que le fueran posibles, pero no conseguiría quebrarla; no cuando ella estaba dispuesta a todo por sus santos.

Así, pacientemente, esperó en silencio a que la lengua del dios de los mares se tranquilizara, y solo entonces, cuando lo vio recostarse una vez más en el respaldo de la silla, empinó su copa para beberse hasta la última gota de vino en ella.

— A diferencia tuya, yo no temo a ese día, porque cuando el Sol se ponga sobre nosotros y los hombres encuentren en su interior la fuerza para imponerse al cruel destino que les hemos impuesto, entonces este mundo será mucho mejor de lo que nosotros hayamos conseguido. Mi divinidad me importa poco a estas alturas. Los mortales podrán no ser perfectos, pero ya no superan con el poder de sus espíritus, por lo que si he de renunciar a mi vida eterna para nacer como una más de ellos, que así sea.

No dijo más.

Se levantó para abandonar la mesa, dejando el cáliz vacío sobre ella. Podía sentir la vibrante mirada de Poseidón siguiendo cada movimiento, analizándola con detenimiento. Sin embargo, no se detuvo ni se dejó intimidar.

Estaba a punto de abandonar la habitación cuando algo dentro de ella la impulsó a aguardar un segundo antes de retirarse. Volteó, apenas por encima del hombro, y lo miró.

— No es mi deseo que esto termine mal, pero no voy a detenerme ni a reparar en detalles si se trata de mis santos. Yo no quería que las cosas fueran así, más no me han dado ninguna otra opción. — le dijo.

Entonces, sin tener nada más que decir. Continuó su camino, mientras Poseidón observaba en la soledad de la habitación.

-7-

Las manos llenas de arrugas de la curandera se posaron con cuidado sobre el cuerpo de Aldebarán. Detrás de ella, Shura se mantenía de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada recelosa de sus compañeros en él.

No sabía si había sido un atino llevar a Tarsila ahí, pero el santo de Capricornio sentía que, si alguien podía ayudar tanto a Aldebarán como a Aioros, definitivamente era la vieja. Por supuesto, era consciente de que poca gracia les haría a sus compañeros tener a una aliada de Temiscira encargándose de sus heridas.

Con todo, en ese preciso momento, y a pesar de encontrarse consternado por el lamentable estado de sus hermanos de Orden, las nuevas noticias que la anciana había revelado, le abrieron los ojos en una manera que si bien no era nada desagradable, no dejaba de ser perturbadora. La cuestión era que ahora sus dudas my seguramente terminarían sin respuesta. No podía preguntar, y aunque lo hiciese, no obtendría alivio a sus inquietudes.

El solo pensar en que los labios de Athena había rozado los suyos desataba un torbellino de emociones en su interior. Pero, en el fondo, por mucha ilusión que los eventos le hicieran sentir, no podía evitar el pánico que el embargaba al imaginar la posibilidad de que estaba atentando contra lo que diosa representaba… e, incluso si ella compartía sus sentimientos, lo más probable es que ambos terminarán sin nada más que un corazón adolorido.

— Necesitaré algunas cosas. — pestañeó, al despertar de letargo cuando escuchó la voz de Tarsila.

— ¿Podemos conseguirlas aquí?

— En la casa de sanación, seguramente.

— Bien. Enviaremos a alguien por ello. — dijo Dohko. — Dinos que es lo que necesitarás y nos encargaremos de que lo tengas.

— De acuerdo.

El chino asintió para después alejarse. Con la mirada indicó a Milo y Camus que se mantuvieran alertas mientras que, disimuladamente, solicitó a Shura que le siguiera a afuera. Shura no podía negar que se sentía sorprendido de que el Maestro de los Cinco Picos quisiera hablar con él, así que lo siguió sin oposición alguna.

— ¿Qué sucede? — le preguntó, toda vez que se encontraron fuera de la habitación.

— Eso es exactamente lo que quería preguntarte. ¿Estás bien? — ante la cuestión del santo de Libra, Shura se sintió sacado de balance. Abrió la boca e intentó decir algo, pero poco consiguió al respecto.

— Yo… ella… solo quería ayudar. — balbuceó. Por un instante temió que su nerviosismo delatara al motivo detrás de él.

— Shura… — Dohko le interrumpió. — Tranquilízate, ¿de acuerdo? Solo quería saber si estabas bien. Te perdimos de vista por mucho tiempo y estoy preocupado por ti. Me alegra ver que has recobrado la vista, pero me gustaría saber si todo se encuentra en orden.

— Si, Maestro. Tengo mis ojos de regreso y, aunque de vez en vez se nublan parcialmente, sucede con menos frecuencia en cada ocasión. Tarsila, la mujer que traje, fue quien me ayudó a ver de nuevo. Podemos confiar en ella. — sentenció. Fue una milésima de segundo, sin embargo agachó la mirada ante la inminente mentira que pronunciase. — "Athena." — ese nombre era el único que ocupaba sus pensamientos sin descanso.

— ¿Estás seguro? — el castaño le miró con curiosidad. Sabía que algo más se escondía tras esa escueta respuesta.

— Si.

— Pues…no sé que más decirte. Me alegro que estés bien. — Dohko encogió los hombros. También sabía que poco podría sacarle si Shura no cooperaba. A decir verdad, confiaba en que Aioros consiguiera algo más que él. — Si algo sucede, confiarías en nosotros, ¿cierto?

— Sabes que lo haría.

— Bien.

Shura sonrió.

De pronto se había sentido tan falso que irremediablemente la culpa le golpeó. La cuestión era que asuntos como aquel, no podía hablarlos con nadie…ni siquiera con sus compañeros.

— ¿Y Saga?

— Con Mu. Salió a hablar con Kanon y cuando regresó, Aioros ya estaba dormido. Así que se marchó en busca de Mu y la sacerdotisa.

El español torció ligeramente la boca. No iba a decirlo en voz alta, pero la presencia del gemelo cerca de Aioros le daba cierta tranquilidad. Al menos cuando se trataba de Saga, el arquero dorado solía hacer obedecer recomendaciones.

Sin embargo, no pasó mucho antes de que, al final del corredor, se escucharan los pasos presurosos de Mu y Saga, encaminados en su dirección. Dohko y Shura se mantuvieron estáticos, esperando por ellos. A ambos les resultó inusual la prisa que remarcaba el repicar de sus sandalias, por lo que intercambiaron miradas sin siquiera reparar en ello.

— Tenemos que hablar, con todos. — Saga les arrebató la palabra de la boca. — ¿Aioros sigue dormido?

— Si. ¿Qué está pasando? — la preocupación no se ocultó en el rostro de Dohko.

— Tenemos noticias. Será mejor llamar a todos para discutir lo que ha sucedido.

— No despierten a Aioros. — la interrupción por parte del gemelo, tomó por sorpresa a Mu. — Déjenlo descansar, además no sé si él deba escuchar esto.

El lemuriano permaneció callado, sin saber como responder. De alguna forma, y sin convencimiento alguno, asintió. Podía no estar del todo de acuerdo con el santo de Géminis y la decisión que había tomado, más comprendía sus razones al mantener a Aioros al margen.

— ¿Qué tan importante es esto? — preguntó el chino.

— Muy importante, Maestro.

— ¿Y estás de acuerdo con que dejemos a Aioros fuera de este lío por ahora? — volvió a cuestionar al carnero, acentuando claramente sus palabras. Por ahora. Si era necesario, él mismo se encargaría de revelar al arquero dorado lo que fuera que estuviese sucediendo.

— Podrías decidirlo mejor que yo, Maestro, pero primero debes escucharnos. Así que si, déjalo descansar, porque la decisión de involucrarle puede ser tomada más adelante.

Dohk suspiró, aquello no iba a gustarle. Pesadamente abrió la puerta y miró dentro, esperando atrapar la atención de todos los ahí presentes. Cuando la tuvo, les indicó con una seña que quería verlos afuera, y que fueran lo más cuidadosos posible. Al verlo ponerse de pie, uno a uno, pensó en la posibilidad de que estaba a punto de arrastrarlos en un lío más que no necesitaban.

-8-

La puerta de su habitación se abrió con tanto estruendo que cualquier otra persona en su lugar, hubiese brincado del susto, pero no Máscara de Muerte de Cáncer, no él. Perezoso, se estiró en la cama, escuchando las vértebras de su espalda crujir con cada movimiento, mientras sus ojos azules, cínicos y retadores, buscaron a su poco sutil visitante.

— Levántate. — el italiano bostezó al escucharla y, lejos de hacer como ella le pidió, se limitó a incorporarse un poco, sosteniendo el peso de sus cuerpo con los antebrazos.

— ¿Qué quieres? — bufó. Casi prefería morir de aburrimiento a lidiar con esa mujer.

— ¿Qué tan bien va el entrenamiento con los niños?

Al escuchar la cuestión, el santo alzó una ceja. Su nariz se arrugó en un gesto de claro disgusto y masculló una maldición en su lengua madre.

— ¿Debo suponer que eso te interesa? — se dejó caer en la cama de nuevo. — Como si fuera idiota…

— Te hice una pregunta y espero una respuesta.

El canceriano se revolvió entre las sabanas. Intentó en vano deshacerse se ella, hasta que por fin se vio en la necesidad de ceder. Se sentó sobre la cama, en posición de loto, para enfrentar a la deidad de una vez por todas.

— Va bien. — sentenció con simpleza.

— Esa respuesta no es suficiente. — agregó ella después de que transcurrieron unos pocos segundos sin mayores explicaciones del santo.

— No sé que más quieres oír. No es como que llegarás a entender tampoco. — sonrió cínicamente.

— Voy a repetírtelo una vez mas: ¿Cómo va el entrenamiento con los niños?

Va bien. —recalcó el santo.

Artemisa montó en ira. Tomó lo primero que encontró frente a ella, una hermosa vasija blanca, y la aventó contra él, quien terminó por esquivarla sin problema alguno. Después de todo, tal parecía que terminaría por tragarse sus propias palabras; tener a Artemisa ahí definitivamente era mejor que morirse de aburrimiento.

— Oye, oye, princesita, tranquilízate. — esbozó un gesto burlón. — ¿Qué quieres que te responda?

Todo movimiento de la diosa cesó. Su mirada ambarina nunca dejó de despedir odio y rencor, pero al menos sus acciones perdieron el ritmo frenético de los momentos anteriores. Respiró profundamente en varias ocasiones, tratando de recobrar la calma que el santo le arrebatase.

— ¿No vas a decirme nada más?

— Al menos nada que quieras escuchar. Te lo dije antes, las cosas van bien, a su ritmo; ni más rápido, ni más lento. — el italiano dijo. Giró los ojos a sabiendas de que nada sería suficiente para Artemisa, sin embargo tampoco estaba dispuesto a dar mayores explicaciones. — Ya lo sabes. Ahora, lárgate.

Esperó unos pocos segundos por alguna decisión por parte de la señora de la Luna. Nada le indicó que pensara seguir sus instrucciones e irse, sino todo lo contrario. ¿Cuánto más iba a quedarse? Ojala no fuese mucho, pues su paciencia comenzaba a alcanzar límites peligrosos para todos.

— Tú crees que soy estúpida. — aseveró la diosa. Su voz se oyó clara y limpia, como un susurro cargado de amenaza. Máscara de Muerte tampoco contestó. Dejaría que su silencio dijera todo: no podía estar más de acuerdo con Artemisa. — Por eso mismo, debo advertirte que tengas cuidado, porque estás equivocado. No soy estúpida, pero si exigente. No quiero bien, Máscara de Muerte…quiero excelente.

Como respuesta, el santo alzó una ceja, no sin ensanchar aquella burlesca mueca en sus labios. Sin embargo, detrás de su actitud cínica y desenfadada, el santo de Cáncer esperaba por el siguiente golpe de la diosa. Si algo había aprendido en su estadía en el Templo de la Luna, era que cuando Artemisa alardeaba de algo, usualmente tenía planes en mente.

Así, la vio encaminarse hacia la puerta, abriéndola ligeramente para abandonar la habitación. Pero, un instante antes de dejarle nuevamente en soledad, la rubia se detuvo, girando la cabeza para encararle por una última vez ese día.

— Tienes dos días para que ese bien se convierta en excelente. Dos días, santo, ni uno más. — le habló. — Porque, cuando el tiempo se haya vencido, no seré yo quien ponga a prueba tus enseñanzas y su aprendizaje. — el peliazul arrugó más el entrecejo, si es que aquello era posible. — A Ladón le encantarán las visitas. Debe estar terriblemente aburrido de compartir su jardín con nadie más que con las Hespérides.

Artemisa abandonó la habitación demasiado aprisa, de otra forma, se hubiera deleitado con la fugaz muestra de asombro y aprensión que oscureció el rostro del italiano.

"Ladón…"

El dragón de las cien cabezas.

-9-

— ¿Y bien? — Dohko regresó sus ojos turquesa a los rostros de Mu y Saga, esta vez, exigiendo respuestas.

Los restantes de Los Doce se habían congregado en las afueras de la habitación que usaban para descansar, no sin apartar de sus mentes lo sospechoso que resultaba tanto sigilo alrededor del motivo de esa inesperada reunión. Al igual que el santo de Libra, sus miradas recayeron en el lemuriano y el gemelo mayor en busco de algo más que misterios sin resolver. Ellos, a sabiendas de la ansiedad que causaban, decidieron que no había tiempo que perder. Debían confesar todo y tomar una decisión que ciertamente no sería sencilla.

-10-

La amazona escuchó que llamaran su nombre y maldijo en silencio el no haber sido lo suficientemente escurridiza. Apreciaba a Seiya como a nadie en el mundo, pero su humor la obligaba a desear nada más que la soledad.

Con pesar se detuvo y volteó hacia donde provenía la voz del que fuese su aprendiz. Agradeció a Athena por la máscara que portaba, puesto que de otra manera, el castaño no hubiera tardado en distinguir las consecuencias del cansancio emocional en su rostro. Ella misma se había asustado al encontrar al otro lado del espejo a una mujer que desconocía. Esa no era ella. Esa no era una amazona.

En ningún momento había querido transmitir esa imagen a nadie, y orgullosamente sentía que lo había conseguido. A pesar del dolor que le carcomía el alma, cada día desde la fatídica noticia, Marin se había armado de valor para salir y enfrentar al mundo con la cabeza en alto.

Lo que había aprendido a odiar eran todas esas muestras de condescendencia, esa lástima de la que era recipiente sin que pudiera evitarlo. No la quería, no la necesitaba. Lo único que anhelaba era a él, y él se había ido para siempre.

— ¡Marin! — Águila se sorprendió al distinguir, junto al santo de Pegaso, la delicada silueta de su diosa. Entonces, realmente sintió deseos de salir huyendo de ahí.

— Seiya, princesa. — obsequió una reverencia a Saori. — ¿Puedo ayudarles en algo?

— Solamente deseaba saber como te encontrabas.

— Estoy bien. — ni siquiera se preocupó en lo mal que disimuló la mentira. — Agradezco tus buenas intenciones, pero no es necesario que te preocupes por mi, señora.

— Marin, lo que ha sucedido es… — Saori se detuvo al notar como la amazona se removió, incómoda por el rumbo de la conversación. Dudó si debía proseguir, más la mirada que Seiya le mandó lo dijo todo. La pelilila terminó desistiendo de todo intento.

El incómodo silencio que se apropio de la situación se dejó sentir con toda su fuerza. Ninguno de los tres dijo nada, ni se atrevió a abrir los labios. Como resultado, la amazona jugueteó nerviosamente con su melena de fuego, enredando sus dedos en los mechones rebeldes que caían sobre sus hombros. Mordisqueó sus labios hasta que, al fin, se armó de valor para revivir la conversación que quedase en el aire.

— Lo que sucedió, lo que sucede… — exhaló con más fuerza de la que hubiera querido. — …es una verdadera tragedia. No puedo expresar con palabras lo que siento o lo mucho que ha dolido, pero no creo ser la única con estos sentimientos. La presencia de Los Doce es extrañada por la mayoría en este Santuario. — volvió a mentir. Nadie podría comprender la magnitud de las emociones que la abatían. — Si no hay nada más que decir, tengo asuntos pendientes.

Les miró directamente a los ojos, jugando con la ventaja que le brindaba su máscara plateada. Sabía que aquel inerte rostro de plata no traicionaría y, por el contrario, se había convertido en el mejor aliado para disfrazar sus penas.

— Está bien, Marin. Puedes retirarte si así lo deseas. — Saori bajó la mirada.

Mientras la observaba alejarse, su mano instintivamente buscó la de Seiya. Se aferró a él, sintiéndose incapaz de dejarle ir por un rato. En su mente, se acunó la idea de que su debilidad era la causante de tanto dolor. Si se hubiese opuesto, si hubiese sabido imponer su voluntad por sobre el orgullo de su Orden Dorada, muy probablemente ellos jamás se hubieran marchado.

— No es tu culpa. — la voz sonó en sus oídos con la suavidad con que el viento arrastró las palabras.

Saori volteó hacia el rostro del santo de Pegaso, le obsequió una sonrisa insípida y regresó a sus divagaciones, olvidándose de cualquier otro asunto.

No veía el día en que la desafortunada aventura terminase.

-11-

Lo primero que le sorprendió fue el ensordecedor silencio en la habitación. Oteó los alrededores en busca de cualquiera de ellos, pero no tuvo éxito alguno encontrando a alguien. A excepción de aquel hombre desconocido, de Aldebarán y de Aioros, los tres dormidos, no había nadie más adentro. Aretha encontró el vacío panorama de lo más sospechoso, más rápidamente su atención se centró en el verdadero motivo de su visita.

Se acercó sigilosamente hasta quedar al lado del camastro donde yacía el santo de Sagitario. Le observó unos pocos segundos, analizando con cuidado cada detalle de su semblante pálido pero tranquilo. Por último, se atrevió a sentarse junto a él, para acariciar los cabellos castaños. Apartó los mechones de su frente y después depositó un beso sobre ella. Agradecía a los dioses que estuviera vivo, porque aunque herido, la ninfa estaba segura que el arquero estaría bien.

De pronto, lo vio revolverse en la cama. Ella permaneció estática para no importunar su sueño, sin embargo sus esfuerzos fueron en vano. Perezosamente, Aioros abrió los ojos y soltó un bostezo mal disimulado. Sus ojos azules se encontraron con los de Aretha mientras en sus labios se dibujó una sonrisa cansada.

— No quería despertarte. — la pelirroja le dijo, a la vez que acariciaba suavemente su rostro.

— No importa. Es una buena manera de despertar.

Aretha correspondió aquella risa traviesa del santo de Sagitario. Resultaba imposible decir cuanto le alegraba verlo así, sonriendo a pesar del agotamiento, y la hacía más que feliz el hecho de que su presencia ahí fuera tan bien recibida por él.

— ¿Cómo te sientes? — posó la mano con cuidado debajo de la herida del santo.

— Horrible. ¿Recuerdas cuantas veces me dijiste que no estaba bien? — la ninfa asintió, esbozando una sonrisa triste. — Pues tenías razón. Molesta como el demonio, solo que no se lo digas a nadie, en especial a Saga. — rió, únicamente para después tragarse un gemido de dolor. Bufó, ligeramente frustrado. — Hasta reírse es enfadoso.

— Lo siento. — se inclinó sobre él, y casi con timidez, lo besó en la comisura de los labios. El súbito sonrojo de sus mejillas resultó adorable a los ojos del arquero quien, de buena gana, hubiese deseado que el mimo durase un poco más, pero respetó la decisión de la pelirroja y no insistió por más. La oyó aclarándose la garganta y cuando se sintió más tranquila, la escuchó hablar de nuevo. — ¿Y los demás? — Aioros se respingó.

— No lo sé. — admitió con una mezcla de sinceridad y asombro. — ¿No estaban aquí cuando llegaste?

— No les he visto. Apenas intercambiamos unas pocas palabras cuando la huída terminó. Sin embargo, al regresar de Atenas y entrar aquí, ya no estaban.

— Que raro, aunque supongo que volverán. — se encogió de hombros. Por el momento no podía hacer más, sino esperar a que regresaran para pedir una respuesta. — ¿Qué tal va todo con Athena?

— Intenta encontrar una forma de librarles del ceñidor.

A la mención del sagrado objeto, Aioros volteó hacia el saquillo de tela en el que lo habían resguardado. No sabía si sentirse aliviado de la calma con que el ceñidor había respondido, o preocuparse por el momentáneo letargo en el que había caído. Una corazonada le decía que aquello que sentía solamente era la calma que precede a una tormenta.

-12-

— Aioros no puede saber nada de esto. — el gemelo musitó, después de que Mu expusiera toda la historia del encuentro con Apolo. Se cruzó de brazos y miró directamente a los ojos de sus compañeros, dejándoles entrever que no tomaría cuestionamientos a sus decisiones.

— Pero, Saga… — las palabras de Shaka nunca se completaron, pues Milo terminó por hacer públicos sus pensamientos primero.

— Debería saberlo. Estamos hablando de su hermano. ¡Aioria podría estar vivo! — replicó el escorpión.

— ¿De acuerdo con la palabra de quien? — el gemelo retomó la palabra. — ¿De una chica desconocida y de un dios?

— Es una elegida de Apolo. Tú lo sabes, Periandro se los ha dicho y el mismo Apolo ha venido a informarnos. — Dohko se cruzó de brazos. Su voz no se exaltó ni un poco, pero su rostro sin duda expresaba la preocupación por el rumbo que la conversación había tomado.

— Una razón más para preocuparse. Apolo es un dios. ¡Uno que ni siquiera es aliado nuestro! Hasta donde sé, podría estar mintiéndonos, y el único que saldrá herido si eso pasa, es Aioros. ¡¿Van a arriesgarlo a eso? ¡¿A él?

El silencio se apoderó de la situación. Ni uno solo de ellos se atrevió a decir nada, ni tampoco a continuar con esa plática. No era necesario repetirlo, pero las palabras de Saga eran dolorosamente ciertas. Los dioses no eran de confiar…su palabra valía poco a esas alturas.

— Saga tiene razón. — la voz de Shura fue la primera en escucharse. Sonó lejana, como un murmullo, pero clara y decidida. — Aioros no debería saber nada hasta que estemos completamente seguros de lo que sucede.

— ¿Qué sugieres? — los ojos turquesa de Mu se encontraron con los de Saga.

— Primero, averiguar bien en que nos estamos metiendo. Después, dependiendo de lo que encontremos, tomaremos una decisión con respecto a decirle o no. Los dioses nunca ofrecen algo a cambio de nada. Solo sé que no podemos apresurarnos. Cualquiera que sea la resolución que pactemos, tiene que ser cuidadosamente medida. — habló, con toda la convicción que le quedaba, aunque en el fondo dudaba si hacía lo correcto o no. — Así que, en cuanto a Aioros… — continuó. — Seamos prudentes.

Los santos no respondieron, pero todas las miradas recayeron sobre Dohko. Éste, a sabiendas de que la palabra final sería la suya, sopló sus flecos mientras asentía a las palabras de Saga.

— Suena sensato. Y tengamos cuidado, tú sobre todos, Mu. — dijo el chino. — Por alguna razón, Apolo te ha elegido para que seas el contacto entre él y nosotros. No dejes que te engañe, pero tampoco le muestres recelo, ¿entendido? — el lemuriano asintió.

— ¿Qué hay de los dijes? — la pregunta de Camus venía con más sentido del que hubiesen querido. Mantener a Aioros lejos del enredo era una cosa, pero era obvio que tendrían que llegar a algún consenso con respecto a la petición del señor del Sol.

— ¿Qué es lo peor que puede pasar si se los damos? ¡Estamos hablando de la posibilidad de traer de regreso a gato y a Máscara! ¡Por los dioses! Al menos hay que intentarlo.

— También estamos hablando del poder de Athena, Milo. — terció el santo de la Virgen.

— Por no hablar del hecho de que entregárselos significaría pedir a Aioros los dijes de Sagitario y Leo. ¿Cómo vamos a explicarle para qué los necesitamos?

— ¡Shaka! ¡Camus! — el santo de Escorpio movió las manos nerviosamente, buscando con desesperación las palabras para expresarse. Al final, desistió. — Todo esto está mal. Esta jodidamente mal. — meneó la cabeza, desilusionado.

De alguna forma, Milo no era el único que se sentía así. Todos y cada uno de los santos compartían esa ansiedad mientras se preguntaban a si mismos, sin descanso alguno, si la decisión que tomaban era la correcta. Sin embargo, ante la incertidumbre que se cernía en el horizonte, también eran conscientes de que cualquier consecuencia que derivara de su fallo sería una que tendrían que enfrentar mas temprano que tarde.

— Yo…si esta fuera solamente mi decisión, yo estaría dispuesto a entregarle los colgantes. — Shura, con la cabeza ligeramente gacha, miró hacia sus compañeros. — Proteger a Aioros y no hacer nada por ayudar a Aioria y Máscara de Muerte, son cosas muy distintas. Es un riesgo que deberíamos correr. Vale la pena hacerlo.

— Entonces, somos dos. — agregó el de Escorpio.

— Tres. — la intervención de Saga tomó a mas de uno por sorpresa. — Si lo que les preocupa es conseguir los dijes que Aioros tiene en su poder, yo puedo encargarme de eso.

Dohko se sobó los ojos; le ardían endemoniadamente. Recorrió los rostros de sus jóvenes camaradas y supo que, desde el principio, con dudas y temores, todos estaban dispuestos a correr el riesgo.

Eran hermanos. Sin importar cuantas veces tuvieran que hacerlo, siempre vivirían y morirían juntos.

— Hagámoslo. Saga, consigue esos dijes a la brevedad posible y entrégalos a Mu. Apolo le buscará de nuevo, y cuando lo haga, más vale que esté preparado.

— Bien.

— Maestro, acerca de Phineas…

— Permanece a su lado, Mu. Independientemente de cómo termine este asunto, la chica representa nuestra salida de aquí, así como el apoyo de Troya. — continuó el Maestro. — Maldita sea. — musitó. — Tenemos que llegar a Atenas lo más pronto que nos sea posible y, ahora mismo no podemos siquiera movernos.

— Hablan de prudencia y sensatez sin darse cuenta de que quedarnos aquí no entra en ninguna de ambas categorías.

Sin denotar la sorpresa que trajo consigo, los santos dirigieron su mirada hacia el dueño de aquella voz. Fue entonces cuando repararon en su presencia.

Kanon estaba ahí, a unos metros de ellos, con la espalda apoyada en la pared, los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza ligeramente baja. Los miró de reojo, haciéndoles entender que había prestado atención a aquella discusión y que sabía de lo que hablaban. Sus ojos, sin embargo, no delataron su postura.

— Kanon. — musitó su gemelo, pero él hizo caso omiso.

— ¿Escuchaste todo? — Milo le cuestionó.

— Lo que necesitaba escuchar, si. — respondió, sin mayor interés de repetir nada de lo anterior. — Y me confirmo cada vez más: permanecer por mucho más aquí no es una opción.

— Aioros quizás pueda andar con un poco de ayuda, pero Aldebarán…me temo que no resista el viaje hasta Troya. — Shaka se apresuró a complementar. Miró hacia Dohko, buscando su apoyo, y al encontrarlo, se permitió respirar tranquilo.

— Está en lo cierto. — se dirigió a Kanon. — Yo tampoco quiero quedarme, Kanon, pero no voy a arriesgar a nadie por esa ansiedad. Ahora que Temiscira está bajo el control de los Apolonios podemos tomarnos las cosas con un poco de calma.

El desacuerdo de Kanon quedó claro gracias a los gestos de su rostro. Nadie mejor que él para conocer la infame vulnerabilidad en la que Temiscira les dejaba. No tenían cosmos y, les gustara o no admitirlo, aquellos eran dominios de Ares, tierras habitadas por mujeres en extremo peligrosas que no tendrían misericordia, ni dudarían en asesinarlos si surgiera la oportunidad. No quería quedarse ahí.

— Esto es una carrera en contra del tiempo, Dohko. — el santo de Libra se percató al instante de que el geminiano le llamó por su nombre. Las razones eran claras como el agua: en ese momento, Kanon le veía como un igual, no como un superior del cual acataría órdenes.

— Me temo que no hay otro opción. Nos quedamos un par de días, hasta que Aioros y Aldebarán puedan valerse solo. Entonces, comenzaremos el regreso a Atenas.

El menor de los gemelos sacudió la cabeza en un gesto de completa negativa. Soltó una risita que más que cínica, sonó nerviosa. Sus ojos verdes, cargados de una inseguridad que Dohko jamás había visto en él, le miraron fijamente.

— En tal caso, más vale que mantengan el cinturón protegido. — sentenció antes de retirarse con el mismo sigilo con que había aparecido.

-Continuará…-

NdA: Wow, hoy si que me atrasé muchísimo con la publicación de este capítulo. Creo que hace ya un buen rato que mantenía la racha de publicar al menos una vez al mes, pero hasta aquí llegó. Una vez más, apelo a su paciencia, mis queridos lectores y amigos. Verán, el día de mañana comienzo en un nuevo empleo que ciertamente ofrece muchísimos retos para mi en el área profesional. Ahora mismo estoy en ascuas, ahogada en nervios y sin saber con exactitud que esperar. Por esa misma razón no sé en que estatus quedará mi propia vida, y esto incluye a mis fics. Pienso continuarlos, cuenten con ello. La cuestión es que tal vez no lo consiga en los tiempos que tenía acostumbrados. Aún así, voy a esforzarme por mantener las cosas como hasta ahora, y ojala lo consiga.

Habiendo aclarado esto y agradeciendo de antemano todos sus buenos deseos y su infinita paciencia, pasaré a agradecer a todas aquellas personitas que han comentado en el capítulo anterior. Muchas gracias a: angel de acuario, Cybe, Damis, L. Byron, IreneRodriguez, Niernath, RIAADVD, IceQueen 102, ddmanzanita, Yesimar-selene, Gislaine C, AngelElisha, Koko, Tisbe, legendary, Tatsumaki, Alynne Hale, DiCrO, toaneo07, elbereth2982, Chibi Rukia, Kilder, Black Moon y Sweet Viictory (quien valerosamente resistió la tentación de ahogarse en nieve de Starbucks y le dio una segunda oportunidad al fic xD A los arrepentidos quiere Dios, mi querida Drew :9).

Ahora si, chicos y chicas, me despido deseando con todas las fuerzas de mi corazón poder actualizar esta historia pronto. ¡Deséenme suerte!

¡Besos para todos!

Sunrise Spirit