AVA
Por Cris Snape
Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.
Esta historia participa en el reto anual "El retorno del Long Story" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.
8
28 DAYS LATER
El tiempo es relativo. Veintiocho días pueden pasar en un suspiro o parecernos una eternidad. Para Audrey, ha sido una mezcla de ambas cosas. Sentada frente a la mesa de la cocina, tomándose un café ardiente, rememora todo lo acaecido desde que Ava regresó a casa.
Las horas que ha estado con ella se le antojan insuficientes. Es como si el reencuentro se hubiera producido en un momento dado y, un parpadeo después, se ha dejado atrás un mes entero de su vida. Al menos han logrado estrechar lazos de nuevo. La agresividad de Ava se ha disipado hasta casi desaparecer y no ha tenido ningún estallido de magia involuntario. Está más tranquila, más dulce. Más como la Ava de siempre. Ya no rehúye a Audrey. Cada noche se despide de ella con un abrazo y por las mañanas la saluda con un beso. Le habla, vuelve a confiar en ella. Incluso han podido sacar el tema de William sin enfados de por medio. Sin rabia. Sin dolor. Audrey no es estúpida. Sabe que a la niña le hace mucha falta su padre, que siempre lo necesitará, pero parece haber comprendido que él ya no regresará y está en paz con ello. La experiencia en el mundo mágico debió ser bastante chocante para ella, a juzgar por el cambio que ha experimentado. Audrey está contenta porque todo es más fácil ahora, pero lamenta que la pequeña haya tenido que pasar, por tanto. Se promete a sí misma que va a hacerla feliz, que no permitirá que Weasley se la lleve de nuevo, que estarán juntas para siempre. Como una familia.
Por otro lado, el tiempo junto a Percy parece ralentizarse. En más de una ocasión, Audrey se ha descubierto a sí misma observándole con suma atención, empapándose de cada gesto, cada parpadeo, cada palabra. Al principio quiso engañarse, convencerse de que no se trataba de aquello. Percy Weasley es un brujo. Ava es una bruja. Sentir interés por él es normal. No sólo por lo extraño de su naturaleza, sino porque puede ver a Ava reflejada en él. La vida de Percy podría ser la vida de su hija. Pertenecen al mismo mundo y Audrey no está capacitada para entenderlo. Pero no es eso. Audrey no se queda embelesada por ese motivo. Ya miró a alguien así mucho tiempo atrás, cuando empezó a conocer al misterio que era William Miller. A él también lo observaba en silencio, captando cosas de las que nadie más parecía ser consciente. Por ejemplo, cada vez que Percy bebe té, hace girar su cucharilla catorce veces. Ni una más, ni una menos. Cuando se pone serio (casi enfadado) se le dibujan tres arrugas entre las cejas. En la barba comienzan a aparecerle canas, sobre todo en la zona de la barbilla. Y tiene veintitrés pecas en la nariz.
Audrey sabe que ese estudio tan meticuloso es obsesivo, pero no puede controlarse. Percy Weasley le gusta. No es el hombre más atractivo del mundo. Ni el más divertido, ni el más elocuente. Es pelirrojo, pedante y carece casi por completo de sentido del humor. No tiene ninguna razón para sentirse atraída por él y, sin embargo, no logra dejar de mirarlo. Hay en él algo que le pone la carne de gallina. Audrey no sabe cómo definirlo. Analizar a Percy, sus usos y costumbres, es como enfrentarse a uno de esos caballeros de la literatura romántica del siglo XIX. Su señor Darcy particular. Un señor Darcy un poco cabrón que puede quitarle a su hija con un simple parpadeo.
Weasley irrumpe en la cocina ataviado con su ropa nueva. Solo los domingos se pone uno de esos anticuados trajes, cuando va a comer junto a su familia. A Audrey le gustaría saber cómo son. Percy apenas habla sobre ellos. Ha mencionado alguna vez que uno de sus hermanos murió, que solo hay una chica entre ellos y que todos están casados excepto el que cuida dragones. ¡Dragones! Audrey no puede creerse que existan de verdad.
Weasley la saluda como todas las mañanas y se dispone a prepararse un té. Ava no está en casa. Es sábado y Audrey dejó que pasara la noche anterior en casa de una amiga. Fue muy emocionante para ella que la niña le pidiera algo así. Ava siempre fue un tanto solitaria, sobre todo tras la muerte de William. Ahora está más sociable y, como a menudo ocurre con los niños, las antiguas rencillas han quedado en el olvido. Si Audrey tiene que sacar algo positivo de toda esa locura, es el hecho de que Ava está mejor desde que conoce su verdadera naturaleza. Ahora sabe lo que le pasa y le está resultando extraordinariamente sencillo acostumbrarse a esa idea. A veces tiene dudas, por supuesto. No sabe si quiere ir a Hogwarts o vivir entre brujos, pero es demasiado joven. Tiene mucha vida por delante. Cambiará de idea en tantas ocasiones que llegará a perder la cuenta.
Weasley se sienta frente a ella y comienza con el ritual de la cucharilla. Audrey comienza a contar y procura prestarle atención. Esa mañana se siente un poco desconcentrada, como si tuviera el cerebro abotargado. Debe reconocer que no ha dormido del todo bien, un poco preocupada por Ava. No obstante, cuando Weasley carraspea y le suelta la bomba, se espabila por completo.
—El próximo lunes me reuniré con mis compañeros para determinar qué vamos a hacer con Ava.
—¿Y bien?
Suena ansiosa. Preocupada. Desesperada.
Weasley ni siquiera parpadea durante diez segundos. Audrey espera que le dé buenas noticias. Las cosas han estado yendo muy bien. Ava se encuentra genial, ellos se compenetran y se entienden. No creo que exista ni una sola razón para que las cosas no vayan a salir como deben. Ava es su hija. No se la van a quitar otra vez. Sin embargo, el corazón le da un vuelco cuando él habla con esa formalidad tan propia de su persona.
—Quiero que sepas que no depende de mí.
No entiende nada. Se le escapa una risa irónica.
—Pero si me has repetido mil veces que tú tomas la decisión.
Weasley carraspea y se pasa la mano por la cabeza. Tiene la costumbre de enredar entre sus dedos los pelos de la nuca.
—Yo soy el encargado de elaborar el informe y mi opinión es muy importante, pero no soy el único con voz y voto en este asunto. Hay un comité que tiene la última palabra.
Audrey asimila sus palabras como buenamente puede.
—Un comité.
—Está formado por cinco magos y brujas, para que nunca se produzca un empate. Hace unos días les entregué un pergamino con mis impresiones y recomendaciones y lo han estudiado en profundidad. Por eso nos reunimos ahora. El lunes. Ya saben lo que vamos a hacer.
—Entonces, ¿qué decisión han tomado?
Percy vuelve a guardar silencio. Es muy, muy preocupante.
—No lo sé. Yo he dado mi visto bueno, pero no sé qué decir de los demás. En el comité hay dos hijos de muggles y dos sangrepuras.
Audrey no comprende del todo esa terminología y su importancia, pero le deja seguir. Sabe que está relacionada con la guerra mágica y prefiere no pensar en ello en ese momento.
—Uno podría pensar que los hijos de muggles son partidarios de dejar que Ava se quede contigo, aunque no estoy del todo seguro. En cuanto a los sangrepura…
Se interrumpe. Audrey comprende lo que quiere decir. Está a punto de ponerse a gritar. Deja la taza de café en su platillo y lucha por mantener la calma.
—¿Os la vais a llevar otra vez?
Weasley se rasca la nuca de nuevo.
—No lo sé, Audrey.
Ahora sí, se pone en pie y golpea la mesa con ambas manos.
—No lo voy a consentir.
No le recrimina esa actitud. Puede que un mes atrás lo hubiera hecho, pero ese día la observa con compasión y procura calmarla.
—Haré todo lo que esté en mi mano para que eso no pase. Incluso si ocurriera, podría encontrar un punto intermedio, lograr que te permitan visitarla.
—No, Weasley. No quiero un régimen de visitas. Quiero a mi hija. No tenéis derecho a quitármela. William me cedió su custodia y ningún estúpido brujo va a pasar por encima de la ley. ¿Qué os creéis? No estáis por encima del bien y del mal. Hay unos mínimos que tenéis que respetar, joder.
A Percy no le sorprende que le eche la bronca. Aparta la mirada y busca algo que decir. Al final, se limita a pronunciar unas palabras que suenan vacías.
—Lo siento mucho, Audrey.
"Lo sientes y una mierda"
No va a consentir que le quiten a Ava. Como que se llama Audrey Miller.
—Audrey, para.
No la escucha. Angela está en pie en mitad del dormitorio, con el pasmo reflejado en sus ojos. Audrey deja la bolsa sobre la cama y piensa. No puede coger demasiadas cosas. Han de viajar ligeras de equipaje. Es muy importante no olvidarse del pasaporte y la tarjeta de crédito. Weasley no podrá seguirlas si se mueven por el mundo muggle. No tiene ni puta idea de cómo funciona. Ropa interior, un par de mudas de ropa, un neceser lo más completo posible.
—¡Audrey!
Angela cierra la maleta con un movimiento brusco. Audrey la mira con rencor. Se supone que está ahí para apoyarla, por eso la ha llamado. Angela siempre ha sido buena pensando rápido. Sabrá qué lugar es más adecuado para esconderse durante unos días y le indicará que medio de transporte utilizar en el continente. ¿Les hará falta cambiar de identidad? No conoce a nadie que haya hecho tal cosa, pero puede hacerse. Y Ava estará bien. Se acostumbrará a vivir en otro sitio. Al principio tendrán que tirar de ahorros, pero encontrará trabajo. No le importa de qué. Puede hacer casi cualquier cosa. Pero deben marcharse ya, aprovechando que Weasley se ha ido con su familia.
—Quita, Angela.
—Escúchame, por favor. ¿Qué estás haciendo?
Se lo ha explicado antes, no entiende a qué viene esa pregunta. Aparta su mano, abre la maleta y comienza a meter las bragas y los calcetines. Los abrigos los llevarán puestos, no caben dentro.
—¡Audrey!
Angela ha gritado de verdad. Audrey da un respingo y parpadea mientras la mira.
—Tienes que calmarte.
—No. Lo que tengo que hacer es darme prisa. Weasley vendrá por la tarde. Para entonces, estaremos lejos. He pensado en ir a Bath. ¿Qué te parece? Claro que Weasley puede investigar y se dará cuenta. No. Iremos a Folkestone y cogeremos el tren hasta Francia. Es lo mejor, ¿verdad? Dime algo, Angela. Ayúdame.
Está desesperada. Mete la ropa de Ava en la maleta. Es lo primer que ha hecho, seleccionar sus cosas. Después, le ha pedido que guarde sus objetos más preciados en una mochila porque se van de viaje. La niña la ha mirado con extrañeza, aunque le ha hecho caso de todas formas.
Angela la coge por los hombros y la mira fijamente, intentando tranquilizarla.
—¿Te has vuelto loca? No puedes irte a Francia.
—Sí que puedo. Tengo dinero. He ido esta mañana al cajero. Y llevo la tarjeta. En Francia funcionará. Eso creo.
—No me refiero a eso —Angela suspira. Tiene que hacerla entrar en razón—. No puedes huir con Ava.
Audrey se queda inmóvil. Los ojos se le llenan de lágrimas hasta que la furia hace acto de presencia. Las mejillas se le ponen rojas y crispa las manos.
—¿Es que no lo entiendes? ¡Van a quitármela! ¡A mi hija!
—Pero te acusarán de secuestro. Te perseguirán. Puedes ir a la cárcel.
—No me importa. ¿Qué harías tú si quisieran llevarse a Alice?
Angela siente como si le hubieran dado un bofetón. Sabe que su amiga está cometiendo un error gravísimo, pero puede entenderla. Si estuviera en su lugar, haría lo mismo. No puede negarlo. Suspirando, se aleja de ella y decide ayudarla. Si va a hacerlo, que sea con garantías.
—Vale. El Eurotúnel parece buena opción. Te compraré los billetes.
—No, yo…
—Es lo mejor. Si lo haces desde tu ordenador, podrían encontrarte enseguida.
—No creo que Weasley sepa hacer eso.
—¿Qué?
Audrey está tentada a hablarle de la magia. Total, el muy cabrón quiere joderla, ¿por qué no devolverle el favor? Calla porque es consciente de que eso sólo podría empeorar su situación. Angela sigue hablando.
—Voy a solucionar lo de los billetes ahora mismo. A ver si podemos tenerlos para mañana.
Angela sale disparada. Audrey escucha la puerta de la calle cerrándose y agradece muchísimo su ayuda. Siempre ha apreciado el pragmatismo de su amiga. Puede que no esté del todo de acuerdo con ella, pero hará todo lo que pueda. Sigue metiendo cosas en la maleta. Ava se acerca entonces, con la confusión presente en el rostro.
—¿Qué pasa, Audrey?
Antes no le explicó nada. No obstante, comprende que es importante que conozca la verdad. Se inclina frente a ella y la agarra con suavidad por las mejillas.
—Escúchame, cielo. Weasley me dijo ayer que es bastante probable que nos separen de nuevo.
Espera su reacción. Si Ava desea volver al mundo mágico con Weasley, si la rechaza otra vez, no sabe qué hará con su plan. Cuando la niña se horroriza, siente alivio. Y miedo. Y cabreo. Mucho cabreo.
—¡No, Audrey! Quiero estar contigo.
Se le agarra al cuello. Audrey se estremece entera. Quiere a esa niña más que a su vida. No importa que no sea su hija biológica, ella es lo único que tiene. La protegerá hasta el fin de sus días.
—Escúchame, cielo. —Audrey la insta a mirarla de nuevo—. No voy a dejar que eso pase, ¿lo entiendes? Tú y yo vamos a estar juntas. Papá lo quería así y yo te quiero. Por eso tenemos que irnos.
—¿Cómo unas fugitivas?
Audrey se ríe ante la comparativa. Es triste reconocerlo, pero es en lo que van a convertirse.
—Sí, Ava. Como unas fugitivas.
Ava la abraza de nuevo. No dice nada más. En realidad, no hay mucho que ella pueda aportar en esa situación. A Audrey le parece que está llorando y se aferra a su menudo cuerpo con fuerza. Le acaricia el cabello para tranquilizarla. Cada segundo que pasa, se siente más segura de lo que está haciendo. Es su hija. No se la van a quitar.
Al cabo de un rato, se recuerda que no hay tiempo que perder y la separa de su cuerpo.
—¿Ya has preparado tus cosas?
Ava niega con la cabeza. Se sorbe los mocos. Tiene las mejillas rojas.
—No sé qué puedo llevar. ¿Me harán falta los libros del cole?
Audrey le limpia las lágrimas con las yemas de los dedos.
—No, cielo. Pesan demasiado. Tenemos que dejarlos.
—Entonces no podré estudiar.
—Eso ya lo solucionaremos luego, cuando estemos instaladas.
—¿Dónde vamos?
—A Francia, cariño.
—Pero yo no sé hablar francés.
—Aprenderemos.
Ava agacha la cabeza. Se mira las puntas de los pies durante unos segundos y sigue haciendo preguntas.
—¿Puedo llevar mis zapatos rojos?
—Son muy incómodos. Ya he cogido unas botas y unas zapatillas.
—¿Y el vestido de flores?
—Me temo que las fugitivas no usan vestidos.
Ava le sonríe, pese a que su miedo es más que patente. Audrey la comprende. Ella también está muy asustada.
—¿Qué puedo llevar?
—Escoge tu juguete favorito, tu libro favorito, tal vez un estuche con colores. Cosas que pesen poco para que estemos cómodas durante el viaje. Cuando nos instalemos, compraremos cosas nuevas.
Ava asiente y echa un vistazo a su alrededor.
—¿Qué pasa con nuestra casa? Y la granja. Hay que darles de comer a los animales.
—Angela me ha prometido que cuidará de ellos.
—Pero si no le gustan.
—Hará el sacrificio. Para ayudarnos.
—Porque nos quiere.
—Eso es, Ava. Porque nos quiere.
Ava asiente. Poco a poco ha dejado de llorar. A Audrey le parece que es muy pequeña y lamenta que las cosas sean de esa manera. La magia sólo les ha traído problemas. Ojalá nunca hubieran conocido a ese Weasley. Como si le hubiera leído el pensamiento, Ava le plantea esa cuestión.
—Si nos vamos, ¿Percy nos perseguirá?
Audrey le retira un mechón de pelo de la cara.
—Sí, cariño. Es lo más probable.
—¿Cuánto tiempo tendremos que estar fuera?
—No lo sé. Mucho, supongo.
—Entonces, ¿no podré ser una bruja?
Audrey se toma su tiempo para responder. Ava tiene los ojos brillantes y respira un tanto apresuradamente.
—Tampoco lo sé, cielo.
No es justo apartarla de su auténtica naturaleza. Incluso en mitad de toda esa desesperación, es consciente de ello. Le duele en el alma tener que hacerlo, pero sabe que es lo mejor para las dos. Ava es algo más que su hija. Es una persona que tiene derecho a mostrarse ante los demás tal y como es. Si la condena a permanecer oculta, si la priva de su magia, cabe la posibilidad de que no la perdone nunca.
—Ava. Sé que es una decisión muy difícil de tomar. Eres muy pequeña aún y de verdad que siento tener que preguntarlo, pero, ¿tú quieres ser una bruja?
La niña agacha la mirada y se encoge de hombros.
—No lo sé.
—Que no te dé miedo decírmelo. ¿Te gusta el mundo mágico? Si nos vamos, es posible que nunca puedas volver allí. No podrás hacer magia. ¿Es lo que quieres?
Ava sigue con la vista fija en el suelo. Se toma su tiempo para reflexionar y, al final, vuelve a abrazarla.
—Yo quiero estar contigo, mamá.
A Audrey le falta el aire.
Ya no hay más que hablar.
