Capítulo 42
Voces que llaman
-1-
Era la noche del cuarto día, y durante todo ese tiempo, Kanon apenas y había podido pegar los ojos. Su conciencia, aquella que creía aplacada, gritaba en su interior con tanta fuerza que comenzaba a enloquecerle. Sus miedos, a los que alguna vez dominase con maestría, habían escapado de su control y ahora, rondaban en forma de pesadillas en su mente.
Vivía hundido en sus temores, como pocas veces había sentido en su vida. A cada suspiro, lo único por lo que esperaba era a esa voz, la que le había atormentado toda su existencia: la suya.
No importaba cuanto se esforzarse por convencerse de lo contrario, le resultaba inevitable pensar que, a pesar de la oscuridad que el ceñidor había traído a su mente, en el fondo, el que había marcado cada paso de sus acciones no había sido nadie más, sino él mismo. Quizás aquel lado malévolo, que pensase sosegado, jamás se había marchado. Tal vez permanecía ahí, agazapado en un rincón oscuro de su corazón, esperando por el momento en que su conciencia flaqueara; y el cinturón de Hipólita había sido cruel cómplice de la hazaña.
Entonces, la pregunta era simple. ¿Cuánto más tardaría en volver a atacar? El gemelo no podía saberlo, pero mientras el maldito objeto de la reina amazona se mantuviera cerca, no tenía certeza de nada, y nadie estaba seguro a su alrededor.
Por ello, sopesando los riesgos que tendrían que enfrentarse, Kanon se quedaba con nada más que sus propias dudas.
Bastaba con mirar a su alrededor, hacia los rostros cansados de sus compañeros, para darse cuenta de que nada sería fácil. Era como si, de pronto, se vieran a si mismos, reflejados en un espejo que dejaba al descubierto la vulnerabilidad que ese mundo desconocido traía a ellos. La muerte, aunque nunca les fue ajena, volvía alzarse con aquel manto pesaroso que siempre la rodeada; y en esta ocasión, a diferencia de todas las veces anteriores en que se atrevieron a mirarla a los ojos, carecía de sentido. Por una vez, todo el sufrimiento, las lágrimas y el infranqueable dolor eran completamente innecesarios.
En ese preciso instante, Kanon llevó su mirada esmeralda hacia su mano. Apretó el puño, y a pesar de que sabía que no conseguiría nada, intentó despertar a su cosmos dormido. Tal como pensaba, no sucedió nada.
Chasqueó la lengua, desencantado, y después se puso de pie, para caminar sin rumbo fijo por el palacio amazónico. Como se había vuelto costumbre, vagar por los pasillos del antiguo edificio al menos le permitía evadir el sueño. Solo que en aquella ocasión, su caminata no sería larga, como en las noches anteriores.
— ¿Vas a algún lado? — no volteó a pesar de haber escuchado con claridad la pregunta. — Te hablo, Cástor.
— ¿Qué es lo que quieres, Ganímedes?
— Preguntaba si vas a algún lado.
— No.
El viejo marinero aprobó la respuesta con un asentir mientras caminaba los pocos pasos que le separaban del gemelo, quien se había detenido en su presurosa caminata. Con una pesada tranquilidad, le rodeó, para poder tenerlo cara a cara. Su mirada cansada se posó en el rostro del marina.
— No engañas a nadie, Kanon. ¿Qué es lo que ocultas? — no supo porqué, pero el hecho de que el viejo capitán se refiriera a él por su nombre hizo la pregunta más complicada, más difícil de esquivar.
— ¿Qué habría de pasar? Están viendo fantasmas donde no los hay.
— Nadie está viendo fantasmas. — Ganímedes meneó la cabeza. — Te estamos viendo a ti; y eso es más que suficiente para saber que algo esta mal. Terriblemente mal.
— Bah. Exageras, exageran todos. Lo único que sucede es que este maldito lugar enferma a cualquiera.
Se requeriría de un iluso para creer semejante mentira, aún si fuese pronunciada por los labios de alguien habilidoso como Kanon; y Ganímedes no era uno de ellos. En su vida había visto muchas cosas, algunas de las cuales resultarían imposibles de creer para un mortal cualquiera. Había visto el arbitrario designio de los dioses, su falta de misericordia y su egoísmo desmedido. Héroes habían nacido y caído frente a sus ojos. Por ello, poco o nada podía sorprender a un viejo como él.
— Probablemente creas que no tengo la menor idea de lo que hablo, pero escúchame bien, hijo. Lo que sea que te atormenta por dentro solo crecerá más y más, mientras te empeñes en mantenerlo callado. Necesitas enfrentarlo. Deja de huir. — le dijo.
Durante un par de segundos no hubo respuesta. El silencio que se creó entre el santo y anciano marinero se tornó denso e incómodo, al punto que Ganímedes dudó si el gemelo se atrevería a decir algo más. Pero, de repente, en un gesto completamente inesperado, Kanon enfrentó al viejo.
— No estoy huyendo y tampoco creo que eres completamente ajeno a lo que dices. — espetó. — Es solo que no comprendes. Detrás de cada uno de nosotros, de lo que ves o de lo que te imaginas que somos, hay mucho que desconoces. — su mirada, hasta ese momento turbia, pareció brillar con un sentimiento que Ganímedes fue incapaz de descifrar. — No te haces una idea de lo peligrosos que somos. Incluso sin desearlo, tenemos la maldición de destruir todo lo que tocamos, incluidos nosotros mismos y la gente a la que queremos. Así que entiéndelo, Ganímedes, a veces, cuando se trata de nosotros, mientras más lejos, estamos mejor.
Su semblante fruncido le hizo saber que el peliazul no le dejaría derecho a réplica. Lo vio marcharse, en medio de las penumbras, sin rumbo fijo y nada más que un espíritu convulsionado. Ganímedes no supo que pensar. Su preocupación se había tornado rápidamente en una infinita pena porque sabía que Kanon no mentía.
Por fin había entendido aquella emoción implícita en los hermosos ojos esmeralda del joven santo: pesar. Una angustia tan grande y tormentosa que probablemente no había empezado en Temiscira. Y por un momento, él mismo se sintió consternado.
Por primera vez en muchos años no sabía como proceder. Aquel grupo de muchachos habían terminado siendo un montón de desconocidos con muchos más secretos y culpas de las que podían manejar. Deseó con todas sus fuerzas porque Athena le proveyera de la sabiduría que necesitaría para ayudarles. No quería despedirse de ellos sin saber que estarían mejor. Aunque tenía que admitir que sus intentos probablemente fueran en vano. Pero no iba a desistir.
Si los dioses habían hecho que sus caminos coincidieran era porque tenían planes que cumplir juntos, y Ganímedes iba a averiguar cuales eran.
-2-
Aioria se revolvió entre las sábanas.
Por más que se esforzase, dormir era imposible en aquel momento. El par de días que Artemisa se había tomado para decidir le habían resultado eternos, y ahí seguía, esperando por la primera oportunidad en días de abandonar aquellas cuatro paredes.
No obstante, había algo que le preocupaba muchísimo. En sus irrefrenables deseos de salir de ahí, temía haber arrastrado consigo a los niños, que no tenían culpa en todo ello. No podía explicarse porque, pero el presentimiento de que algo podría salir terriblemente mal le atormentaba. Pero era demasiado tarde para lamentarse. Lo más que podía hacer era esperar porque todo saliera como lo habían planeado y pudiera ser de ayuda para Máscara de Muerte y los pequeños.
Mientras seguía con sus divagaciones, el chirrido de la puerta le puso en alerta. De alguna manera decidió que no quería darse por enterado, así que no se movió. Completamente quieto, de espaldas a la entrada, esperó con paciencia. Sin embargo, y contrario a lo que esperaba, sintió el peso de alguien acomodándose a su lado y unos segundos después, un par de brazos le rodearon.
— ¿Orión? — no respondió, sino que se estiró con pereza, buscando crear un poco de espacio entre su cuerpo y el de la diosa que yacía a su lado. — Despierta. Tenemos que hablar.
El santo de Leo suspiró, abrió los ojos, fingiendo despertar, y se desperezó una vez más. Se tomó un instante antes de intentar sentarse, pero de inmediato Artemisa lo disuadió, tirando de él hasta volver a acomodarlo a su lado.
— ¿Qué pasa? — por fin, musitó.
— Hace un par de días, hablé con el santo. — explicó la diosa, mientras apartaba un mechón de cabello castaño del rostro del que creía su amor perdido y buscaba sus labios con los suyos. —Le di un par de días para preparar la misión que sugeriste. Es probable que al amanecer deba marcharse con los niños. — Aioria se respingó. Mantuvo sus ansias bajo control de la mejor forma que pudo, a pesar de que la paciencia que poseía estaba a punto de extinguirse. — Pensaba enviarles al Jardín de las Hespérides, por una de las manzanas doradas.
— Artemisa, las Hespérides y su jardín son una misión riesgosa. ¿No crees que…?
— ¿Creer qué? Fui idea tuya.
— Hay muchas otras misiones más sencillas que esta.
— Será la prueba perfecta. — ante sus palabras, la sangre se heló en las venas del león dorado. ¿Qué había hecho?
— ¿Te estás escuchando? — preguntó en un murmullo. — Es muy diferente ponerles a prueba que mandarlos a un muerte casi segura… de nuevo. Tendrán que entrar a un territorio protegido por Hera, con un maldito dragón que tiene cien cabezas para devorarlos. Esto parece una mala historia para aterrorizar niños.
La mirada que Artemisa le dirigió, robó las palabras de su boca. La mueca en aquel rostro de porcelana le hizo entender, de una vez por todas, que lo que decía no tenía ningún significado para la diosa. Hablar con ella, era hablar con una pared de piedra; tan fría y hueca.
— En todo caso, los niños estarán. Quien en verdad se encuentra a prueba es el santo, no ellos. — la rubia se encogió de hombros.
— Es lo mismo. ¿Les has visto últimamente? Esos niños irían probablemente hasta el Inframundo con y por él. Si en algún momento de esa misión, las cosas van mal y Máscara de Muerte se ve en dificultades, ellos no van a dudar en quedarse a su lado hasta el final. Nada aquí es tan sencillo como crees. — le dijo. — Además… necesitará su cosmos. Piensas dejarle usarlo, ¿verdad?
El silencio que creció entre ambos resultó tirante, o al menos así lo pareció para el santo. Era como si, de repente, la simple presencia de la deidad, sumada a esa actitud de completa indiferencia, hubieran asesinado hasta la última gota de tolerancia que poseía. Si aquel juego de mentiras continuaba por mucho más, Aioria temía que su farsa terminará por ser descubierta.
— Artemisa, te he hecho una pregunta. ¿Tendrá o no su cosmos?
— Lo tendrá. — musitó con un bostezo. — Ni siquiera sé porqué te preocupas tanto por ello. — el león suspiró. — ¿Qué te tiene así? ¿Orión? — tomó su rostro entre sus manos mientras buscaba su mirada de esmeralda. — Orión, cuéntame. ¿Qué pasa?
Como nunca lo había hecho, el castaño rehuyó a su mirada. Sentía que en el momento en que sus ojos se encontraran, le sería imposible ocultar por más tiempo la verdad.
— Ya hablamos de esto antes. Sabes que es lo que me tiene así. — giró la cabeza, ocasionando que un beso designado a su labios terminara en su mejilla. Se deshizo de las sábanas que lo cubrían para sentarse al borde de la cama, pero la rubia le impidió alejarse más, abrazándole de nuevo.
— No me hagas esto.
— Entonces, tú no me hagas esto a mi. — respondió sin pensarlo.
Sus palabras la golpearon. Artemisa quedó impávida ante aquello que sintió como un reproche. Lo último que esperaba probablemente era eso: que su amado cazador respondiera de esa forma.
Lo dejó ir, sin dar crédito a lo que sucedía, y clavó su mirada confundida en él. Torpemente, gateó por la cama para levantarse detrás de él. En un impulso lo sujetó del brazo mientras lo obligaba a enfrentarla. La mirada que el santo le dirigió terminó por convencerla de que algo estaba mal.
La cuestión era que Artemisa conocía los motivos detrás de su semblante contrariado. La misión de sus futuros guerreros no era lo único que atravesaba su cabeza, sino que por encima de todo, estaban los discutidos sentimientos de Orión. Ella, en cualquier instancia, hubiera dado todo por hacerlo feliz. Sin embargo, en ese momento, no estaba dispuesta a poner en peligro aquello tan preciado que apenas acaba de recuperar.
— Quisiera que me comprendieras. — habló, después de un largo silencio. De manera inusual, su voz sonaba segura, como Aioria la había escuchado en pocas ocasiones. — Si te mantengo aquí, atrapado entre estas cuatro paredes, es porque no estoy dispuesta a perderte. Si vuelvas a morir, no habrá poder divino que consiga regresarte, Orión. Esta vez no habrá marcha atrás.
Algo dentro de Aioria se retorció, algo que pensaba se había extinguido.
La presencia del mítico cazador, hasta entonces dormida, pareció desperar con aquella confesión de la diosa. El santo no pudo rehuir del sentimiento que le embargó. ¿Culpa? ¿Remordimiento? Probablemente, ambos, pero Aioria sabía que la supervivencia de Orión dentro de su cuerpo era mucho más limitada de lo que Artemisa se atreviera a pensar. A la vez, le generaba una pena profunda saber que la diosa había perdido hacía mucho a la persona por la que tanto había luchado.
— No hago de menos tus esfuerzos, Artemisa, pero si me trajiste para vivir… así, no estoy seguro de que vaya a funcionar.
— ¡Todo esto es por ti!
— Jamás he dudado de eso. — y de verdad no lo hacía. — Pero nunca viví con miedo antes, y no pretendo empezar ahora. — al oírlo, la rubia frunció el ceño. Poco a poco se había quedado sin argumentos, puesto que el joven castaño siempre encontraba la forma de refutarlos.
— No quiero perderte.
"Ya lo has perdido." Pensó el león, manteniendo su lengua atada. La congoja que encontró en sus ojos verdes fue malinterpretada por la diosa, a favor del santo.
— Artemisa…
— No, escúchame. ¿De verdad deseas ir? ¿A pesar de todo lo que te he dicho? — Aioria asintió y la tristeza se dibujó en el rostro de la diosa de la Luna. — Entonces puedes hacerlo. Ve, si eso es lo que tu corazón te dicta. Pero… — hizo una larga pausa, en la que Aioria la cuestionó con la mirada. — Pero, si vas a irte, no quiero que lo hagas sin antes tenerte. — el santo tragó saliva. No quería saltar a conclusiones, pero si aquello significaba lo que pensaba…estaba metido en tremendo lío.
— Artemisa… — volvió a mascullar. Sin embargo la diosa no le dio tiempo de decir ni hacer nada más.
Con un beso inusualmente apasionado le demostró lo que quería. El cuerpo entero de Aioria se tensó mientras su mente se debatía entre detenerla y delatar su plan, o dejarla seguir y traicionarse a si mismo.
— "Aioria, por favor." — de repente, la voz de Orión resonó con demasiada fuerza dentro de su cabeza. Por un par de segundos, el santo se sintió desorientado. — "Solo una oportunidad más. Déjame estar con ella."
Aioria se lamentó, sin declinarse por lo que debía hacer. La cuestión era que Artemisa no estaba dispuesta a ceder. Sus manos había ya desecho la atadura de la túnica que usaba y sus besos subían de tono con cada instante que se escapaba.
Entonces, sobre pasado por sus emociones y dispuesto no querer saber nada más de esa noche, cerró los ojos, cediendo su lugar a Orión. Su corazón se sentía ahogado y su conciencia, abrumada.
Lo que sucediese esa noche iba a dejar sus labios…jamás.
-3-
— ¿Saga? — al escuchar su nombre, el gemelo abandonó sus divagaciones.
— ¿Si?
— No voy a morirme, ¿de acuerdo? — Aioros ensanchó la sonrisa cómplice en sus labios. Alzó las cejas en un gesto gracioso que agradecía en silencio la preocupación que se reflejaba en el semblante y mirada ansiosa de su amigo.
— No, no es eso… — Saga se aclaró la garganta. Lo miró de reojo, fingiendo una indiferencia que en realidad no sentía y abandonó todo intento de ayudarle a levantarse.
— ¿Entonces?
— Nada. — encogió los hombros.
— Vale, vale. Como prefieras. — Aioros hizo un pausa, no solo en sus palabras, sino también en sus actos. Sentado al borde de su cama, se mantuvo quieto un instante, mientras sus ojos recorrían los alrededores con insistencia. Afianzó los pies al piso, suspiró y decidió que era el momento de ponerse de pie, pero tras un breve esfuerzo, desistió del intento. La mirada de Saga recayó sobre él con curiosidad, y él la devolvió. — ¿Sabes? — esta vez, el gemelo alzó las cejas. — Tal vez no vaya a morirme, pero creo que después de todo, aceptaré tu ayuda. — rió. — Si me muevo un poco más, estoy seguro que los puntos van a reventarse y la sangradera continuará.
Saga bufó, más que nada, para ocultar una sonrisa que estaba a punto de escapársele. Sin embargo, al encontrarse de nuevo con el rostro pícaro del castaño, el mohín que tanto se había esforzado en ocultar, salió a relucir.
— ¿Qué? — Aioros preguntó, a sabiendas de lo que Saga pensaba.
— Nada.
— ¿Nada? ¿Esa es la palabra del día?
Por enésima vez en lo que iba de la conversación, las cejas de Saga se levantaron, aunque esta vez, en una expresión más seria. Al final, no pudo evitar responder a la insistente sonrisa del arquero, mientras meneaba la cabeza con desaprobación.
— Ya te sientes mejor, ¿verdad? — Aioros soltó una carcajada. — Se nota, Aioros, se nota.
— Ya, ya. Anda, dime que te tiene así de serio. — Saga tardó en contestar al cuestionamiento, asegurándose primero de que nadie les estuviera prestando demasiada atención.
— Tus costillas. — por fin, espetó, como si se tratase de un secreto de estado. — Espero el maldito momento en que ese agujero en tu costado vuelva a abrirse por el esfuerzo que te empeñas en hacer.
Sagitario, aunque con gestos agravados la principio, no tardó en romper en carcajadas. Con todo el tiempo que habían pasado separados, y los eventos recientes que habían consumido lentamente el ánimo de Saga, le reconfortaba encontrarse con el rostro de su amigo peliazul iluminado con un dejo de picardía.
— Eso, ríete. Después no te quejes.
— Eh, que seguramente disfrutarás de ver como me cosen de nuevo. — la risa se esfumó ante la idea de volver a sentir su piel agujeradas para cerrar la herida. Sin embargo, poco le duró la seriedad. El gemelo, intrigado, frunció levemente el ceño.
— Últimamente…estás de lo mas alegre.
— Supongo que me siento optimista. — el santo castaño se encogió de hombros. Saga no se creyó nada.
— ¿Es algo que deba saber?
— Nop.
— ¿Seguro? — lo miró de soslayo.
— No es nada.
— ¿Aioros?
— ¿Si?
— ¿Ahora vas a ocultarme cosas? — sorprendido, y con la mejor cara de inocencia que poseía, Aioros volteó en su dirección. Se tomó unos pocos segundos para pensar su respuesta, cayendo en cuenta de que varios pares de ojos se habían fijado en ellos.
— Hablaremos después. ¿Te parece?
Maldita respuesta.
Saga gruñó. No, no le parecía, pero no era como que tuviera alguna opción diferente. Rascó su cabeza para, de inmediato, volver a atarse la coleta a la que se había acostumbrado tanto en los últimos días. Después, mientras bufaba unas cuantas palabras incomprensibles, siguió al santo de Sagitario hacia la salida.
El resto de sus compañeros, Talos, y la tripulación de Ganímedes estaban ya listos, y esperaban junto a la puerta. Aquel par de días de descanso que se habían tomado resultaron más rápidos de lo que el gemelo esperaba, y ciertamente, más estresantes.
En general, la mayoría habían estado tranquilos, pero Saga sentía como propia la angustia que devoraba a Kanon y que lo hacía deambular sin sentido en cualquier lugar lo suficientemente alejado de ellos.
Las bolsas oscuras debajo de sus ojos de su hermano no le habían pasado desapercibidas, al igual que el tono pálido de su piel. Kanon no dormía y apenas comía, encerrándose a si mismo en un círculo de autodestrucción por demás peligroso.
Sus labios estaban sellados y, como se veía, su cerebro bloqueado a la idea de expresar el sentir que le atormentaba cada día. Saga comprendía que Kanon temiera al ceñidor de Hipólita; él mismo lo hacía. La pieza de oro era sin duda lo más peligroso que podrían enfrentar en un largo rato, puesto que tenía la particularidad de obligarlos a ceder ante el peor de sus enemigos: ellos mismos. Sin embargo, para fortuna de todos, el cinturón se encontraba mudo en esos días. Con sinceridad, el santo de Géminis tenía que admitir que algo en esa falsa calma le resultaba agobiante. Era como si, toda la tranquilidad que les rodeaba, pendiera de un hilo que estaba próximo a romperse; y el momento en que eso sucediese, le enloquecía en silencio.
Así pues, en medio del ir y venir de ideas, permaneció unos pasos detrás de Aioros, observando todo en silencio. Encontró con sorpresa que el amigo de Milo se veía ligeramente recuperado, aunque su piel ceniza dejaba entrever que el camino a una salud completa era aún lejano. Aldebarán también se notaba mejor. El espíritu de lucha del toro dorado resultaba inigualable. De entre todo, llamó particularmente su atención la mudez que hacía víctima de Ganímedes. El viejo capitán parecía abstraído en sus propias ideas, ajeno a la algarabía de sus marinos. Sus ojos, cautelosos, se habían tomado la tarea de seguir cada movimiento de Kanon, quien marchaba delante del grupo, importándole poco dejar al resto detrás. No era difícil adivinar que su preocupación por el menor de los gemelos era tan grande como la de Saga.
— ¡Pólux! — de pronto, se respingó. Desistió de avanzar cuando el pesado brazo de Bias se cruzó por encima de sus hombros y vio, demasiado cerca, la sonrisa confianzuda del marinero. — ¿Listo para volver a Troya? — Saga asintió de la mejor manera que pudo, esforzándose por esbozar una sonrisa que no se sintiera incómoda. Aunque no lo consiguió, al menos el gigante no se dio por aludido, sino que culpó de aquella mueca a las acciones de Kanon; y entonces, sin dejar de seguirle el paso, dejó ir a Saga. — No deberías preocuparte tanto. Cástor estará bien. Verás como, tan pronto salgamos de aquí, se sentirá mucho mejor. Alejarse de los aires enrarecidos de Temiscira le hará bien.
Silencioso, el santo de Géminis permaneció a su lado. No diría nada, pero la sutil forma en que agachó la cabeza traicionó sus pensamientos. Lo que fuera que aquejase a Kanon iba mucho más allá de Temiscira, por lo que, aún si lo desease, no podía compartir el optimismo de Bias.
— Pólux, ¿no lo crees así?
— Lo lamento, Bias, pero no. — apartó sus ojos verdes del piso y los clavó en la reminiscente silueta de Kanon, a la distancia.
— Oh, lo siento. No quería…
— No lo sientas. Comprendo que solo intentabas animarnos.
La sonrisa triste del hombre de mar no se hizo esperar. Siempre había sido optimista, tal era su naturaleza. Sin embargo, con esos jóvenes todo el tiempo había algo en que pensar, que le dejaba un sabor amargo en la boca.
No pasó mucho antes de que Bias intentara hablar de nuevo. Chasqueó la lengua y abrió la boca para balbucear unas pocas palabras que quedaron en el aire, puesto que en ese mismo instante, la voz de su capitán resonó, ordenándole que fuera a su encuentro. No dudó en obedecer, no sin obsequiar una última sonrisa al gemelo, quien la devolvió a medias.
Saga lo vio alejarse, sola para regresar unos pocos segundos después con el frágil cuerpo de la sacerdotisa herida en brazos.
La presencia de Phineas hizo un nudo en el estómago del peliazul, y no precisamente por el lamentable estado que mostraba. La chica era el recordatorio de que Apolo regresaría. Eventualmente, como todos sabían, el dios del Sol volvería a su encuentro y entonces, tendrían que jugarse todo en una decisión por demás riesgosa.
En ese preciso instante, como si hubiese podido leer sus pensamientos, Dohko se situó a su lado. Al principio se limitó solamente a hacerle compañía por unos pocos metros, pero pronto reveló el motivo que le hacía cercano al gemelo.
— ¿Has hablado con Aioros sobre los dijes? — susurró, cuidando que sus palabras no escaparan de entre ellos, pero también de no llamar la atención por el secretismo.
— Aún no.
— Apolo volverá.
— Lo sé. Y tú sabes, tan bien como yo, que lo hará cuando sepa que todo está listo.
Dohko asintió con suavidad.
A ninguno le pasó por alto la mirada curiosa de Aioros sobre ellos, más el arquero jamás cuestionó sus acciones y tampoco se atrevió a interrumpir su conversación. Secretamente, Saga agradeció que no lo hiciera. En esa ocasión no tenía respuestas para las dudas de su amigo y ciertamente, mentir iba a tornarse endemoniadamente difícil.
— Cuando los tenga, te haré saber. — farfulló, sin retirar la mirada de los ojos curiosos de Aioros. — Ahora, si no te importa, quizás quieras adelantarte. Me parece que estoy a punto de ser la víctima de un exhaustivo interrogatorio. — Dohko siguió su mirada, encontrándose con el rostro indiscreto de Aioros. Alzó las cejas.
— Suerte.
Saga masculló una maldición muy certera. Observó, entonces, con la mejor cara de tranquilidad que tenía, el cambio en la situación. Dohko se había adelantando, mientras que Aioros, como quien no quiere, disminuyó la velocidad de sus pasos permitiéndole a Saga darle alcance.
— ¿Pasó algo?
— No…
— Nada. — complementó, robando las palabras de la boca del gemelo y soltando una carcajada al reparar en la sorpresa que le causó.
— Que gracioso eres. En serio. — Saga ironizó.
— Siempre.
Caminaron juntos, en un silencio que Saga sentía, precedía a la tormenta. Se negaron a preguntarse todo lo que debían, o al menos esquivaron las cuestiones por un momento más: pero pronto, Saga supo que no podía esperar ya.
— ¿Aioros? — el silencio le invitó a continuar. — Tú… ¿tienes los dijes de Leo y Sagitario? — preguntó con un hilo de voz.
— ¿Por qué la pregunta? — el tono inusualmente grave de la voz de Aioros pareció despertar sus sospechas de que las cosas no serían sencillas. Maldito momento en que se había ofrecido a recuperar las medallas.
— Dohko y yo discutíamos sobre ello. Con la muerte de Afrodita, nos cuestionamos muchas cosas al respecto.
— ¿Cómo qué? — Aioros sintió la mirada de Saga sobre él y supo que buscaba su atención.
— Como lo que sucedería si perdemos alguno de ellos. — soltó. — Esta vez, recuperamos la medalla de Piscis por un milagro, pero la siguiente puede que no lo consigamos. Y estamos hablando de objetos con el cosmo de Athena en ellos…Sabes que puede ser peligroso si caen en manos ajenas, al igual que cualquier objeto proveniente de un dios… — sin darse cuenta, miró instintivamente hacia el morral que contenía el ceñidor de la reina. — Por eso…
— ¿A qué viene todo este parloteo? — terció el castaño. La inusual tormenta de palabras por parte de Saga le habían pillado desprevenido.
— Lo que quiero decir es que, quizás sea una buena idea que uno solo resguarde todos los dijes.
— ¿En serio? ¿Y que pasa si algo le sucede a ese alguien? ¿No sería más peligroso?
Saga se congeló. Maldita pregunta.
— Pues… — sopló sus flecos. — Dohko quiere los colgantes. — atinó a decir.
— Pero…
— Quiere vigilarlos él mismo. — repitió.
— ¿Y por qué no me los pidió él?
La misma situación. El gemelo gruñó por lo bajo.
— No lo sé, Aioros. Solo me dijo que te los pidiera. — se cruzó de brazos, y por un momento, se sintió terriblemente infantil. El santo de Sagitario, por su parte, sonrió, como siempre lo hacía. Aunque era evidente que había algo de melancolía en esa tenue sonrisa.
— ¿En verdad tengo que dárselos? — preguntó, casi con timidez. — Es solo que… es el dije de Aioria. — sacó de entre el cuello de su túnica la medalla de Leo. — No me queda mucho más que esto.
De pronto, el de Géminis se sintió miserable. No tenía la menor idea de que decir, así que agachó la mirada, compungido. Hubiese querido confesarle todo lo que sucedía, pero en el fondo, la simple idea de crearle ilusiones solo para despedazarlas, le disuadía de hacer tal cosa.
— Lo siento. — musitó. Sin embargo, Aioros negó suavemente con la cabeza. Se desprendió de los dije con cuidado y miró al de Leo por una última vez, antes de tenderlo a Saga.
— Si el Maestro cree que es lo mejor… — volvió a sonreír.
Saga tomó las medallas entre las manos, con cuidado. Esperaba algún día poder devolvérselas…junto con la presencia del león dorado.
-4-
Hacía una largo tiempo desde la última ocasión que visitase el Olimpo. Sin embargo, nada ahí había cambiado. Así había sido y sería siempre, el tiempo no transcurría para ellos, los dioses; eternamente suspendidas en la atemporalidad de su existencia.
En medio de aquellos vastos e inmutables campos, la diosa recordó el porqué siempre se había sentido fuera de lugar ahí. Semejante monotonía le cansaba.
Vivir en el mundo mortal era completamente lo opuesto. Nada ahí era previsible, ni tampoco existía certeza alguna con respecto a las cosas. Los humanos, por más bajos y miserables que pudieran ser considerados por el resto de las deidades, siempre encontraban la forma de sorprenderse a si mismos en las formas más inesperadas, llenando su vida de variedad de detalles que les enriquecían. Desafortunadamente, a excepción de ella, ningún otro dios estaría dispuesto a darse la oportunidad de saborear dichos placeres.
Reconociendo sus propios sentimientos, Athena reparó en que apenas había dejado el mundo mortal y ya lo extrañaba. Así pues apresuró sus pasos con la intención de terminar a la brevedad con su misión, para retornar a Atenas tan pronto le fuera posible.
De haber sido otro asunto, quizás no se hubiera adentrado en los dominios de Hermes. Pero por tratarse de sus santos, haría lo que fuese necesario para tenerlos de regreso.
Así pues entró en aquel templo de decoración austera y largos pasillos, cual laberinto. Incluso en eso, el mensajero divino dejaba denotar su personalidad complicada. Sin embargo, no era la primera vez que Athena surcaba ese templo. Lo había hecho muchas veces antes. Dejó que sus pasos la guiarán hasta las entrañas del palacete griego en donde, con toda seguridad, Hermes acudiría a su encuentro.
Y no se había equivocado. Tendido en su trono, el peliturquesa jugueteaba con racimo de uvas que tenía en las manos. A pesar de que notó de inmediato la presencia de la morena, se negó a moverse, ignorándola todo lo que fuese posible. Pero la diosa de la sabiduría no estaba dispuesta a aceptar ese rechazo por mucho más.
— ¡Hermes! — exclamó su nombre mientras que, con paso decidido, caminó sobre la alfombra que terminaba a los pies del trono. — Tenemos que hablar.
— ¿Tenemos? — Athena escuchó la perezosa voz de su igual y asintió. Entonces, poniéndose de pie, el mensajero divino continuó. — Pues no sé de qué. Yo no tengo absolutamente nada que hablar contigo.
— Dije que vamos a hablar.
— Y yo dije que no tengo ganas de hacerlo. Así que regresa sobre tus pasos y abandona mi templo. No estoy de humor para visitas. — pasó a su lado, sin dignarse a mirarla.
— Hermes. — Athena lo tomó del brazo. — Quiero hablar contigo. — el dios apartó los cabellos turquesas de su rostro y, por primera vez, la miró directamente a los ojos.
— Yo quiero muchas cosas, y no por eso voy a tenerlas. — musitó, con una emoción casi cínica en el tono de su voz.
— Y… — la pelinegra decidió seguirle el juego. — ¿Qué es lo que quieres? — preguntó.
— ¿Ahora mismo? — Hermes hizo una pausa. Aquello se estaba tornando especialmente divertido y lo sería aún más; él se encargaría de ello. — Nada. — la confusión que su respuesta dibujó en el rostro de Athena se le antojó deliciosa. — No quiero nada, princesa.
— Todos siempre queremos algo, Hermes.
— ¿Tú quieres algo? — y el cuestionamiento, increíblemente, la dejó muda por un instante.
— Quiero a mis santos.
— Pero no puedes tenerlos. ¿No es eso triste?
Athena apretó los puños, conteniendo con todas las fuerzas que poseía los deseos de estamparlos contra la sonrisa burlona del mensajero. Ya había tenido suficiente errores, así que no tenía margen. Hermes iba a provocarla, eso lo sabía desde el principio, pero era su deber resistir a como diera lugar para cumplir con su objetivo.
— ¿Por qué no puedo tenerlos? — siseó.
— Porque… no me apetece. — esa sonrisa cínica que esbozaba se tornó insoportable. La rabia y la frustración hicieran presa de la diosa hasta el punto en que su rostro fue incapaz de ocultar sus sentimientos.
— No sé por qué te involucras en esto. — luchó por evitar que la voz le temblara, pero fracasó.
— Porque alguien como tú, que es ajena al sufrimiento, pero que con ironía predica su cercanía con los mortales, merece sentirlo en carne propia. Pues bien, agradéceme la oportunidad de enseñarte la esencia de los hombres.
Ahí estaba. Hermes no iba a soltar una sola palabra más. La realidad era que se sentía bastante harto de todo aquel drama. Así que, a menos que Athena intentara asesinarlo, e incluso en ese caso, no iba a dejar que su lengua expresara una sola palabra más de las necesarias.
Sin nada más que decir, continuó su camino. Pero cuando se encontró a la salida del megaron de su templo, la voz de la diosa la detuvo.
— ¿Esto es por Herse? — Hermes miró por encima de su hombro, hacia la joven diosa que dejaba atrás.
— Tómalo como lo que es: la oportunidad de que comprendas lo que se siente perder a alguien a causa de un capricho ajeno. — el mensajero sonrió. — ¿Quién sabe? Quizás así te hagas una idea de lo que ocasionaste.
-5-
El fresco aire del jardín terminó por despertarle. Aquel no era un buen día y ciertamente no iba a mejorar con el paso de las horas. Dejó atrás a la doncella que siempre lo guiaba a todas partes, y se adentró en el espeso follaje del patio. No le tomó mucho llegar hasta el punto de reunión, donde sus aprendices esperaban por él.
Los tres pequeños yacían sobre el pasto, con Corbain tendido cual largo era sobre él. Al verlos, el santo no pudo sino alzar una ceja, impresionado por la tranquilidad con que se habían tomado la idea de largarse a una misión que poco o nada tenía de fácil. Probablemente, pensó, no se hacían a la menor idea de lo que esperaba por ellos cuando abandonaran la seguridad de los terrenos de Artemisa.
— Veo que lo vagos no va a quitárseles aún cuando están a punto de convertirse en alimento de dragón. — habló, robando un respingo en ellos. — Por otro lado, quizás cuando les almuerce, Ladón caiga dormido a causa de su contagiosa pereza. Suerte para mi.
— ¡Maestro! — pasando por alto el sarcasmo del peliazul, y en un gesto muy distinto al de su hermano y su compañera de entrenamientos, Corbain lucía emocionado. — ¡Llegas tarde!
Ante la verdad de sus palabras, Máscara de Muerte frunció el ceño. Ignoraba el momento en que aquel rapaz le había perdido el miedo. Ahora, era un pequeña plaga de palabras comprometidas y reclamaciones continuas.
— ¿No sabes cuando mantener la bocaza cerrado? — bufó. El niño, lejos de inmutarse, ensanchó su risa. — Estúpido. — terminó por declarar el cangrejo.
— ¿Maestro? — la voz de Altair llamó su atención.
— ¿Qué?
— ¿Qué pasa si las cosas salen…mal?
En un segundo, toda señal que no fuera preocupación se borró de sus rostros. El santo no tardó en darse cuenta, pero aunque hubiese querido cambiar el ánimo, le resultaba imposible. Además, en ocasiones como esa, el miedo podía ser un aliado valioso. No dudaba que sus aprendices se esforzaran. Sin embargo, ese temor ante lo desconocido con seguridad terminaría dándoles el último empuje que necesitaban. Tristemente, y a pesar de que lo negase con todas fuerzas, hubiera hecho muchas cosas por no someterles a una prueba tan grande, con tanta premura.
— No lo sé. — terminó por contestar, a su pesar, honestamente. — De cualquier forma, la peor parte será para mi, no para ustedes. — se maldijo tan pronto terminó de hablar. Su lengua le había traicionado.
— ¿De qué hablas? — Nix preguntó. Para sus adentros, el peliazul sonrió; al parecer, después de todo, la mocosa no había extraviado su lengua en algún lado.
— Nada, nada. Solo hablé sin pensar. ¿Todo esta listo?
Los chicos asintieron mientras Nix espetó algo parecido a un gruñido. Deshaciendo de sus dudas, tomaron sus respectivos morrales para el viaje, cruzándoles sobre su pecho para evitar perderlos. Pero, antes de que pudieran hacer algún movimiento más, la pelipúrpura se puso de pie con un brinco y se plantó, dispuesta a no avanzar un solo centímetro más.
— ¿Qué va a pasar si fallamos? — preguntó enérgicamente.
— Nada. — repitió el santo.
— Eso es una mentira.
— ¿Y qué si lo es? — el peliazul se cruzó de brazos. En momentos como ese deseaba poseer la habilidad de dejar muda a la gente.
— ¿Piensas mandarnos a pelear sin saber lo que nos espera? ¡¿Quieres que nos maten?
Máscara de Muerte respiró profundamente, en busca de un poco de calma. No encontró nada. Por el contrario, la rabiosa mirada de su aprendiza enervó todo sentimiento encontrado que tenía dentro.
— Ya te dije que no tengo la menor idea de lo que sucederá si fallamos. — siseó. — Así que deja de molestar y camina.
— ¡No!
Aquella última negativa terminó por enloquecerlo. Caminó a zancadas los pocos pasos que le separaban de ella y, tomándola del cuello de la túnica, la alzó del piso.
— Vamos a dejar las cosas muy en claro, mocosa. No tengo la menor idea de que sucederá si las cosas salen mal, y tampoco tengo la menor intención de poner eso a prueba. Todo saldrá bien, ¿entendido? Así que si tienes otras ideas, o solo pretendes ser una molestia, hazte a un lado de una vez por todas.
Los labios de la niña permanecieron sellados. Al lado de ellos, en completo silencio también, el par de hermanos observaba, sin intervenir en la querella entre maestro y alumna. Ninguno comprendía el por qué del cambio en la actitud de Nix… o sí.
— Déjame. — musitó la chica, desviando la mirada rosa de la cerúlea del italiano.
— Voy a hacerlo cuando tomes una maldita decisión. Así que piénsatelo bien, Nix, porque es bien simple: aquí no hay espacio para estorbos, y si no estás en esto por completo, no serás nada más que un obstáculo. ¿Eso es lo que quieres? — la niña no respondió. Sin embargo, la indiferencia en su rostro de facciones infantiles terminó por hartar a Máscara de Muerte. De pronto, una extraña sensación invadió su pecho. Desilusión, eso era. — Como quieras. — la dejo ir. — Solo voy a decirte algo más. Dudo mucho que el tal Urián tuvieran una actitud como la tuya. Quizás debieron revivirlo en vez de ti. Valdría más la pena. Vámonos, mocosos. — se dirigió a los hermanos.
Los chicos le siguieron en completo silencio, no sin echar una última mirada hacia Nix, quien no supo interpretar el gesto en sus semblantes. Tímidamente arregló su ropa jaloneada, cogió también su bolsa y fue detrás de los pasos del resto.
Pero, habiendo avanzado un poco, se vieron forzados a detener su camino. Atrás de ellos, sonó la voz que todos esperaban y que, a decir verdad, se habían sorprendido de no escuchar antes.
— ¿A dónde creen que van?
Máscara de Muerte volteó, mientras soltaba un bufido de disgusto. Resopló sus flecos. Lo último que necesitaba en ese momento, era enfrentar a Artemisa. Por supuesto, no era lo suficientemente ingenuo como para pensar que la diosa no se presentaría a despedirles, seguramente con una nueva sorpresa.
— ¿Viniste a decir adiós? — la cuestionó con marcada sorna.
— Algo así. ¿Me extrañabas? — el santo frunció el ceño, dejando escapar un carcajada burlona. — Eso imaginaba.
— Si, sí. ¿Qué quieres? Como notarás, tenemos prisa.
— Olvidan unas cuantas cosas, genio. — sonrió. — Para empezar, me imagino que sabes que todos ustedes están…
— Lo sé. ¿Qué hay con eso?
— El cosmos que tienen es mío, así que les supondrá una pequeña ventaja por encima de cualquier cosmos normal. — continuó. — Tampoco deben preocuparse, su energía es completamente irreconocible para cualquiera ajeno a mi.
— No es como que esperara algo más. — el italiano musitó, contrariado.
— Seguro que no. Pero aún no termino. — retomó la palabra. — El hecho de que su existencia dependa de mi no significa que no puedan perder el vínculo que nos une.
— O sea, regresar al Infierno.
— Justamente.
Casi pudo escuchar los suspiros desangelados que sus aprendices soltaron a sus espaldas. Ni él ni la estúpida diosa que tenía enfrente había tenido la decencia de aligerar las cosas, y ahora, al dejarse arrastrar por lo que la diosa le inspiraba, había terminado por decir cosas que no quería ni debía.
— Eso no va a pasar. — recalcó.
— Eso mismo espero. — la rubia contestó. Levantó las cejas al verlo darse la vuelta y retomar el camino, ignorándola por completo. — Aún no termino.
— Terminaste para mi.
— ¿Seguro? — la nueva voz que intervino, terriblemente familiar para Máscara de Muerte, lo obligó una vez más a detenerse. Volteó más rápido de lo que hubiese deseado, y sus ojos azules se encontraron de golpe con la mirada felina de Aioria.
— Tú. — musitó, sin estar seguro de cómo dirigirse a él.
— Si, yo.
El castaño, que había permanecido con la espalda apoyada contra una columna cercana, caminó hasta donde él estaba y cuando se hubo asegurado que la diosa de la luna era incapaz de ver su rostro, obsequió una sonrisa cómplice al santo peliazul. Los ojos de Máscara de Muerte se afilaron, en el fondo, movidos por la desconfianza.
— ¿Qué significa esto? — preguntó.
— ¿Tú qué crees? — Aioria caminó, trazando un círculo alrededor de él. Su expresión era seria, pero lo suficientemente cínica, como para impedir que Artemisa dudara de su verdadera identidad.
— No tengo la más jodida idea. ¿Sacaste a tu juguetito a pasear, Artemisa?
— No. Tú le sacarás a pasear por mi, y más te vale cuidarlo.
Ante el comentario, él que creía Orión soltó una carcajada. Se rascó la cabeza nerviosamente, mientras una sonrisa que a Artemisa se le antojó hermosa, iluminó sus labios.
— No necesito que me cuiden. — meneó la cabeza.
— No eres igual que él, cariño. — la diosa fue a su encuentro y acarició el rostro masculino con cuidado. Después, volvió a centrar su atención en el cangrejo dorado. — Orión irá con ustedes. Para tu buena suerte, es un experto cazador y arquero. — gato y cangrejo, internamente, sonrieron. Aioria tenía de arquero, lo que Máscara de Muerte de tierno; pero mientras la diosa lo creyera, eso importaba de poco. — De cualquier forma, ambos deben saber algo. Ninguno de los dos cuenta al cien por ciento con sus habilidades, de otra forma serían localizables por Athena… o Apolo.
— Un momento. ¿Qué tiene que ver tu querido hermano en todo esto?
— Mi hermano estará atento a cualquier movimiento de Orión, santo. Así que tengan cuidado con eso.
— Espera, espera, espera. ¿Cómo puede localizar a Orión si tu amiguito está embutido dentro del cuerpo de Aioria? Si acaso, debería sentir el cosmos de ese gato gordo, en vez del cazador. — sus ojos viajaron a Aioria, mientras una sonrisa sardónica abandonó sus labios al ver el mohín de disgusto ante su comentario. Poco sabían que la sonrisa no duraría mucho más.
— Puede estar en el cuerpo del santo, pero lo que le mueve es la energía de Orión. Sus habilidades, por ejemplo, no son iguales a las que solía tener. — ambos santos se respingaron.
— ¿A qué te refieres? — de pronto, Aioria tenía miedo a la respuesta.
— No te preocupes, no pasa nada. Tus habilidades siguen siendo las mismas que antes de morir, Orión. Tu destreza no ha desaparecido ni se ha visto afectada por este cuerpo nuevo. Es un cuerpo nuevo, con las habilidades del anterior.
Probablemente Artemisa no lo notó, pero los dos santos palidecieron. En un abrir y cerrar de ojos, Máscara había pasado de tener a un compañero útil, a tener una muñeca de cristal con un arco que no sabía como manejar. En pocas palabras, casi prefería dejar a Aioria ahí, aunque aquello ya no era una opción.
— ¿En serio tengo que llevarlo?
— Sí.
— Pero…
— No te estoy preguntando, santo. — Aioria seguía de cerca la discusión, mirando de uno a otro, y lamentándose el momento en que pidió ir a la misión sin conocer del todo sus facultades. Ahora, había metido a todos en un tremendo lío.
Miró, también, a los rostros de trío de chiquillos, encontrándolos perdidos ante el rumbo de la conversación. Entonces, regresó su atención hacia la diosa y el santo cuyas miradas recayeron, a su vez, en él. Aioria tragó saliva.
— Todo estará bien. — dijo, y poco sabía Artemisa que sus palabras eran más para Máscara de Muerte que para ella. — Cazaremos al dragón, robaremos la manzana y volveremos. Rápido y sencillo.
— Rápido y sencillo. Bien fácil. Ojala tu optimismo fuera contagioso, pedazo de idiota. — ladró el peliazul. — No tengo la menor idea de qué haré contigo ahí afuera.
— No harás nada con él. — le interrumpió la diosa. — Si acaso, lo mantendrás a salvo. — el cangrejo dorado bufó, mientras Aioria se limitó a soplarse los mechones castaños que le cubrían la mirada fastidiada.
— ¿Seguiremos mucho más con esto? Comienza a tornarse aburrido. — espetó, no sin soltar un bostezo que añadió drama a su petición. — Se hace tarde. O nos apuramos, o este ritmo, llegaremos al bendito jardín en otro siglo.
— Solamente una cosa más. En el momento en que abandonen los terrenos que me pertenecen en el Olimpo, serán enviados de regreso a la tierra de los mortales. A partir de ahí, estarán solos. Se encontrarán a los pies del Atlas, cerca de la cordillera que delimita con el Gran Mar. De ahí, ustedes tendrán que encontrar el jardín de las Hespérides; Orión tiene un mapa que ayudará con eso. Aunque quisiera, no puedo acercarles más sin correr el riesgo de poner alerta a Hera. Tengan cuidado.
— No te preocupes por eso. — Aioria sonrió. Su sonrisa no era del todo sincera, pero no le quedaba mucho más por ofrecer.
Así, sin darle más vueltas al asunto, jaló de la camisa al santo de Cáncer, arrastrándolo consigo. Sin embargo, se detuvo de improviso, volviendo sobre sus pasos hacia la rubia deidad. Depositó un beso en su frente, y con la misma actitud, volvió a jalar a Máscara de Muerte, solo que en esta ocasión, el resultado fue diferente. El peliazul se soltó con un manotazo, profanó un par de malas palabras y tomó la delantera, caminando a zancadas.
Aioria torció la boca, conteniendo así una risa que amenazaba con desbordarse. Sin palabras, con un movimiento de cabeza, indicó a los niños que les siguieran.
Observándoles marchar, Artemisa permaneció de pie a sus espaldas. No supo cuantos fueron los minutos que se quedó ahí, en soledad. Pero cuando sintió sus energías disolviéndose, supo que no volvería a verlos de la misma manera.
-6-
Cada paso que daba su montura retumbaba en sus costillas de la forma más molesta que era posible. Tal vez, después de todo, Tarsila estaba en lo cierto y su herida, a pesar de verse infinitamente mejor, en realidad no lo estaba. Pero tampoco era su intención montarse un drama, ni convertirse en el quejica oficial del grupo, así que Aioros decidió callar.
Trató de concentrarse en otros asuntos, más le resultó difícil. De repente, se puso a considerar sobre como debía sentirse Aldebarán. Sus heridas eran muchísimo más complicadas que la suyas, así que aquel suplicio que representaba el corcel seguramente era peor para él.
Detrás de todos ellos, iba Bias. El regordete marinero iba sentado sobre un caballo de crines oscuras que, al mismo tiempo, jalaba una carreta, sobre la cual yacía Phineas. Aioros tuvo que reprimir una risa. Compadecía al pobre animal y el esfuerzo inhumano que hacía al cargar tanto con el pelirrojo como al carro.
— ¿Qué tanto miras? — Shura se emparejó con él y miró hacia atrás, a donde la insistente mirada de Aioros permanecía.
— A esa pobre bestia. — contestó el arquero, sin más. Pero entonces, reaccionó al escuchar la desparpajada carcajada de Shura y entendió el sentido incorrecto que le había dado a sus palabras. Esta vez, él mismo no pudo guardarse una risa cómplice, robando las miradas furtivas de los demás. — Malvado Shura. Hablaba del caballo. — recalcó, meneando la cabeza.
— Cualquiera lo diría. — Aioros volvió a sonreír mientras el español le observaba de soslayo. — Me alegra que te sientas mejor.
— Voy bien.
— De verdad espero que así sea. Sabes que debes cuidarte, ¿cierto? — Aioros asintió. Sus ojos se apartaron del rostro del Capricornio, en un gesto que Shura no supo interpretar. — ¿Aioros? Lo sabes, ¿verdad?
— Si, Shura, lo sé. No soy yo de quien deben preocuparse más.
— No significa que no debamos preocuparnos.
— Ya. — el castaño bufó.
Avanzaron sin volver a intercambiar palabra, cada cual absorto en sus propias ideas. El día se había tornado húmedo mientras el Sol luchaba por abrirse paso entre los densos nubarrones que presagiaban lluvia. Los bosques que les rodeaban parecían adormilados. Lejos había quedado la imagen melancólica de Temiscira, ahora completamente fuera de su vista. Delante de ellos no había nada más que kilómetros y kilómetros de bosque árido; el largo camino que llevaba de regreso a Troya. El sendero de tierra se había convertido en un lodazal a causa de las intensas lluvias de los días anteriores, y a juzgar por el retumbe de los cielos, el agua no tardía en caer de nueva cuenta.
— ¿Dohko también te pidió tu medallón? — el arquero preguntó de la nada. Había disminuido el volumen de su voz y sus ojos azules se posaron con insistencia sobre la figura del chino, que cabalgaba a la cabeza del grupo.
— Sí. — Shura mintió.
— ¿Crees que sea una buena decisión? — no le quedaba más remedio que seguir mintiendo, así que el español se encogió de hombros. — Es que… el hecho de que una persona tenga todos los dijes, los hace más fáciles de capturar.
— Son solo dijes, Aioros.
— Con el cosmos de Athena. Tienen que servir para algo más que adorno, o Shion jamás nos los hubiese entregado.
— No creo que nada malo suceda.
— Sigue resultando preocupante.
— Todos le entregamos las medallas. Estoy seguro que si algo sucede o el Maestro cambia de opinión, las devolverá. — de pronto su respuesta le había parecido estúpida, pero era todo lo que tenía.
— Supongo que si.
Tal como habían pensando, las cortinas del cielo se abrieron, y el agua cayó sin misericordia alguna. Se resguardaron lo mejor que pudieron, bajo las copas de algunos árboles frondosos, en espera que la lluvia les diera una tregua para continuar.
— ¡No puede ser! — exclamó un frustrado Kanon. Ya iban demasiado lento como para, además, tener que detenerse a causa de las inclemencias del clima.
— Tranquilízate. Pronto pasará y retomaremos el camino.
— Eso dices ahora, Mu. Veremos que sucede cuando pasen horas sin que podamos movernos de ese maldito lugar.
— Paciencia, Kanon, paciencia.
Desde lejos, Saga le observaba sin atreverse a intervenir. El mal humor parecía no tener final, sino lo contrario. Al principio había pensado que mientras la distancia entre él y Temiscira aumentara, ese espíritu negativo desaparecería. Pero todo indicaba que se había equivocado.
Levantó la mirada, hacia lo nubarrones que rugían sobre su cabeza. Si el cielo no les daba una tregua pronto, Kanon terminaría mandando a todos al demonio y retomaría por si mismo el camino a Troya. Una cosa era segura, la paciencia de su gemelo brillaba por su ausencia.
No muy lejos, Shura estaba determinado a no dejar en paz a Aioros. Su insistente parloteo consiguió robar una media sonrisa del santo de Géminis, en especial ante la expresión agotada de su amigo castaño. Aioros, sin quererlo, estaba sufriendo los estragos que usualmente generaban en Saga. Entonces, los ojos del arquero coincidieron con los suyos y suplicaron por ayuda, que el peliazul negó con una sutil sonrisa. Aioros arrugó el entrecejo, recriminante, pero Saga no se inmutó.
Visto lo anterior, para el santo de Sagitario todo indicaba que tendría que escuchar a Shura. Era de reconocer el hecho de que la plática en sí le resultaba una cómoda distracción, más no lo suficientemente apropiada para ese momento. Tenía muchas cosas de que hablar con Shura, algunas de ellas que quería evitar a toda costa, pero en ese preciso instante también se encontraba agotado.
Justo en el momento en que dejó escapar un bostezo, un rayo surcó el silencio. Su potencia hizo vibrar el suelo bajo sus pies, alebrestando a los corceles.
— ¿Qué decías acerca de que la lluvia terminaría pronto? — lo primero que se escuchó, después del impacto, fue la voz de Kanon. Mu suspiró.
— Nada. No dije nada.
Sí. El camino de regreso a Atenas iba a resultar particularmente largo.
Aioros se encogió contra el árbol bajo el cual se guarecía. Ajustó la capa que le protegía del clima y se sobó las manos en busca de un poco de calor.
No iba a decirlo jamás en voz alta, pero ver a Kanon así, completamente fuera de control, le aterraba.
Su primer instinto fue llevar la mano hasta la bolsa de tela en la que guardaba el ceñidor de Hipólita. Palpó la joya por encima del lienzo, asegurándose que estuviera ahí. Quizás era paranoia; sin embargo, la sensación de que el cinturón podía desaparecer en cualquier momento, comenzaba a asfixiarlo.
La conversación, si es que podía llamársele así, siguió por un rato más. Las quejas continuaron por varios minutos sin que nada ni nadie pudiera detenerlas. Incluso los rayos y su toda su potencia fueron incapaces de amordazar la boca incansable del gemelo. Al final, como único remedio, decidieron ignorarlo, dejándole que vociferara cuanto quisiera.
Callado, Aioros se frotó las manos de nuevo. El frío mermaba su buen humor y sus herida resentía el viaje. Decidió, entonces, que al no poder hacer nada hasta que la lluvia le diera tregua, al menos descansaría los ojos por un instante. Así, acomodó la capucha de su capa sobre la cabeza y cerró sus ojos.
No habían transcurrido más que unos pocos segundos cuando los abrió de nuevo, encontrándose a si mismo envuelto en pánico.
— "¿Qué es lo que quieres, Aioros? Todo lo que desees puedes tenerlo… Solo libérame."
-Continuará…-
NdA: Aquí estoy, de regreso una vez más. He tenido la mente en un millón de lugares a últimas fechas, así que les pido disculpas si el capítulo salió algo disperso. Sé que parece corto, pero no lo es. Además, también quiero dejarlo justamente ahí, a manera de parte aguas para lo que sigue.
Fans de Aioria… no me odien T_T Ya me odio yo misma lo suficiente T_T
Rápidamente, agradecer a todos ustedes que leen y además se toman el tiempo de dejarme un comentario. Gracias a: Damis, Saint Lu, RIAADVD, legendary, Koko, Kisame Hoshigaki, saga-adry-kanon, LadyDeath, toaneo07, kumikoson, Tatsumaki, Sagitariusgirl, Sweet Viictory, ddmanzanita, AngelElisha, mayannas, IceQueen102, Art1sta, elbereth2982, Suigin Walker y Mariana E.
Por ahora, mis queridísimo lectores, me despido, deseándoles lo mejor. Con un poco de suerte, nos leeremos pronto.
¡Besos enormes para todos!
Sunrise Spirit
