AVA

Por Cris Snape


Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.

Esta historia participa en el reto anual "El retorno del Long Story" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.


9

IT FOLLOWS

Percy se da cuenta de lo que ha ocurrido el lunes por la mañana. Al regresar de la reunión familiar, encontró una nota de Audrey indicándole que había salido a cenar con Ava y que regresarían tarde. Debió olerse que algo no iba del todo bien. Él, que siempre presume de ser el más inteligente de toda la familia Weasley, la ha cagado a base de bien. Se fue a la cama convencido de que todo marchaba sobre ruedas y, al despertar y descubrir que ni Audrey ni Ava están en casa, comprende que el desastre se cierne sobre su cabeza.

No sabe qué hacer. Lo primordial es dar con ellas. Ni siquiera se le pasa por la cabeza la idea de que simplemente se hayan marchado temprano al colegio. Audrey es una mujer de costumbres, el sábado le habló de la reunión. Blanco y en botella. Lo peor de todo es que tiene que ir al Ministerio. No puede ignorar a sus compañeros de trabajo. El destino de Ava está en juego y, si saben que Audrey se la ha llevado, le quitarán la custodia. Y puede que eso mismo fuese lo que él quería al principio de ese proceso, pero ha cambiado de idea. Se ha dado cuenta de que la niña está bien cuando está con Audrey y eso es, después de todo, lo único importante.

Se quita las gafas y se frota con energía el puente de la nariz. Necesita ordenar sus ideas. Lo primero es ir al Ministerio, procurar que todo salga según los intereses de Audrey. Después, antes de que se descubra la verdad, tendrá que dar con ella. No tiene por qué ser complicado. La magia de Ava puede localizarse, salvo si abandona el país. Hay cierta magia que un brujo inglés no puede activar sin el permiso de las autoridades extranjeras. ¡Demonios! ¿Cuánto tiempo puede tardar un muggle en abandonar el país? No puede ser tan rápido como aparecerse o volar en escoba. Audrey y Ava se habrán subido en uno de esos coches y después… Después, ¿qué?

—¡Maldita sea!

A Percy Weasley no le gusta nada decir palabrotas. Se muerde el puño, presa de cierta desesperación. Comprende que tiene que cambiar de planes. Ha de postergar la reunión en el Ministerio. Dirá que está enfermo. Sí, eso es. Él jamás pone excusas, así que le creerán sin mucha dificultad. Consciente de que es su única solución, conjura pluma, tintero y pergamino y escribe una breve misiva. Lo hace a toda velocidad, así que su caligrafía no es la más bonita del mundo. Mejor. Así su historia será más creíble. Hecho eso, se desaparece hasta La Madriguera y utiliza la lechuza de la familia para enviar el mensaje. Es una suerte que sus progenitores no estén. El día anterior anunciaron que se iban a pasar un par de semanas a Rumanía, con Charlie. Percy apenas tarda cinco minutos en cumplir con su objetivo. Después, regresa a casa de Audrey y sube hasta el dormitorio de la niña.

Para poder activar el hechizo localizador, necesitará algún objeto que pertenezca a Ava. Es sorprendente lo ordenado que está todo, como si nadie hubiera huido de esa casa. Audrey lo ha planeado bien. Maldita muggle. Y de una forma un tanto improvisada, debe añadir. No debe ser tan tonta como el muggle medio. Contrariado consigo mismo por despistarse de semejante manera, echa un vistazo a su alrededor y decide coger uno de los cuadernos de la niña. Escribe en renglones torcidos que lo sacan de quicio. Deja la libreta en el suelo y traza un círculo a su alrededor con la varita. Después, pronuncia unas palabras que utiliza más a menudo de lo que le gustaría:

Inveniens filios scriptor magicae.

La magia comienza a actuar de forma instantánea. Una luz brillante surge de su varita y dentro del círculo se vislumbra un mapa de Inglaterra. Lentamente, el mapa se aproxima a un lugar determinado hasta que se detiene sobre un nombre. Folkestone.


No podrán reiniciar el viaje hasta primera hora de la tarde. Audrey está nerviosa. Siente que están perdiendo el tiempo, pero no le queda más remedio que esperar. No puede obrar milagros.

Ha decidido que la mejor forma de distraerse es acercarse a la playa. Hace un día agradable. Está soleado y, aunque la temperatura no es cálida, tampoco hace frío. A Ava le encanta la idea. Le gusta mucho el mar. Dejan el equipaje en la consigna de la estación y caminan hasta el mar, procurando no pensar en el futuro incierto que tienen por delante. En las últimas horas, Audrey ha reflexionado mucho y sus emociones parecen una montaña rusa. A veces se siente decidida y orgullosa de sí misma. Cree que ha tomado la mejor decisión posible y no quiere echarse atrás bajo ningún concepto. Otras veces tiene miedo. ¿Qué clase de vida va a proporcionarle a Ava? ¿Serán capaces de sobrevivir en Francia? ¿Soportará la certeza de saber que nunca podrá regresar a casa? Malditos brujos. ¿Por qué tienen que complicarlo todo? ¿Por qué sus normas son tan absurdas e ignoran lo que ya se ha decidido antes en el mundo normal y corriente?

Agotada, se deja caer sobre la arena. Ava se quita los zapatos y se acerca al agua. Los pies se le van a quedar helados, pero no intenta detenerla. A Audrey le encantaba hacer lo mismo cuando era pequeña. Es como si hubiera heredado eso de ella. Aunque no sea su madre de verdad. Aunque se la quieran quitar.

Observa a Ava durante unos cuantos minutos, hasta que vislumbra una sombra a su lado y gira la cabeza hacia la derecha. Se quiere morir de desesperación y de rabia cuando ve a Weasley ahí de pie. Parece relajado y satisfecho, aunque no se ha peinado esa mañana. Su cabeza es un nido de rizos rebeldes azotados por el viento. Audrey es incapaz de hablar. Weasley suspira y se sienta a su lado, procurando no llamar la atención de Ava. Ella corre de un lado para otro, ajena al desastre que se cierne sobre su persona.

—¿Por qué has intentado huir? —pregunta él con voz serena.

—Yo no he intentado huir. —Audrey piensa que es una estupidez negarlo, pero no le queda otro remedio—. ¿Cómo nos has encontrado?

—A los brujos nos preocupa mucho el bienestar de nuestros niños. Es habitual utilizar hechizos localizadores si alguno de ellos se pierde.

¡Cómo no! Magia, hechizos. Vaya mierda.

—Ava no se ha perdido. Está conmigo.

—Ya lo veo.

Como si hubiera escuchado su nombre, la niña gira la cabeza en ese momento y se queda paralizada cuando distingue la figura de Percy Weasley. No se acerca, casi no respira. El brujo la saluda con la mano y le hace un gesto para que no se preocupe. Sin embargo, no retoma sus juegos.

—No voy a dejar que me la quitéis.

—No quiero quitártela, Audrey.

—Entonces, deja que nos vayamos. Tengo los billetes. Sólo tienes que fingir que no has venido aquí y todo estará bien.

Weasley se ríe con suavidad. Por un segundo cree que se va a apiadar de ellas. Ya no le parece un hombre cruel. En ocasiones, incluso ha llegado a pensar que comparte sus mismos sentimientos. Por desgracia, no lo hace. En cambio, la mira a los ojos con una intensidad que la incomoda.

—¿No confías en mí, Audrey?

—Te llevaste a Ava una vez. Sin darme ninguna explicación. Porque sí.

—Sé que estuvo mal, pero ahora todo es distinto. Entonces pensaba que lo mejor para Ava era estar entre brujos, pero después de conocerte mejor, después de ver lo mucho que os queréis, me he dado cuenta de que estaba equivocado.

Weasley la agarra de una mano. Audrey se estremece entera y siente como su corazón late a toda velocidad.

—Te doy mi palabra de honor, Audrey Miller. Voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que Ava y tú permanezcáis juntas. Iré al Ministerio y convenceré a mis compañeros de que es lo mejor.

Le cree. Hay tal honestidad en sus ojos que es imposible no hacerlo. Pero no es suficiente.

—Me dijiste que no depende de ti, que hay un comité de cinco personas. ¿Y si ellos insisten en llevársela?

—Eso no pasará. Soy un hombre muy persuasivo. Los avasallaré con tantos argumentos que no les quedará más remedio que hacerme caso.

Tiene que reírse. Es perfectamente capaz de hacer lo que le está diciendo.

—Podrías no salirte con la suya.

Weasley mira a Ava. Se queda callado durante tanto tiempo que Audrey está convencida de que no volverá a abrir la boca. Sin embargo, suspira profundamente y continúa con la conversación. Todavía no le ha soltado la mano.

—Entonces os ayudaré a escapar.

Audrey se queda paralizada por la sorpresa. Abre la boca sin emitir sonido alguno. Mira a Ava, que les está observando con atención, y luego a Weasley. Tiene los ojos fijos en ella y está segura de que no se lo imagina. Hay algo ahí. La mira como la miraba William tanto tiempo atrás. Sabe que cumplirá con su palabra y se estremece.

—Te meterás en problemas.

—No me importa. —Weasley le pone una mano en la mejilla. Su contacto es eléctrico e inclina la cabeza en busca de más contacto—. De hecho, estoy dispuesto a ir con vosotras. Si me dejáis.

—¿Por qué?

—Porque es lo correcto. —Percy se muerde el labio inferior y dice una palabra malsonante. Audrey está bastante segura de que es la primera vez que le escucha hablar así—. ¡Joder, Audrey! Me gustas. Y no sé si me estoy volviendo loco o qué, pero creo que yo también te gusto a ti.

Siente el impulso de besarlo. Aquí y ahora. Sin embargo, suelta un bufido y procura resistirse un poco. Esa confesión conlleva muchas cosas que no está preparada para asimilar. Significa admitir que vuelve a querer a un hombre, que está dispuesta a arriesgarse, que quiere hacer locuras junto a Percy. También supone dejar a William atrás, introducir en la vida de Ava a una nueva persona que, tal vez, desaparezca como las demás. Y la niña ya ha perdido demasiado.

—Pero, ¿qué dices?

—Lo he notado, Audrey. Sé cómo me miras. A veces me pones muy nervioso. Te quedas tan absorta que me parece que me estás contando las pecas de la nariz.

Ella suelta una risa ahogada. ¿Tan obvia es? La perorata de él no se detiene.

—Yo también tengo grabadas en mi cabeza tus facciones. Me he dado cuenta de que, cuando comes algo muy salado, los labios se te vuelven ligeramente más gruesos. Y tienes unas pintitas doradas en los ojos. Y una risa horrible.

—¡Yo no tengo una risa horrible!

—Claro que sí. Pareces una cabra.

Se ríe. Weasley tiene razón. Es horrorosa.

—Me gusta como cuidas de Ava. Me gusta que seas tan valiente y sepas como llevar una granja tú sola. Me gusta que no te dejes amilanar por nadie. Me gustas, Audrey. No quiero que sigas sufriendo por culpa del sistema.

—Tú formas parte de él.

—Pues a la mierda con el sistema. —Percy intensifica su mirada—. Quiero ayudarte, Audrey. Quiero estar contigo. Quiero quedarme en esa granja hasta que Ava y tú os canséis de mí. Y sé que tú quieres que me quede. Por favor, dime que no estoy equivocado.

No debe hacerlo. Se juega demasiado. Lo que pasa es que ya no puede más. Respira hondo, cierra los ojos y mira a Ava. La niña se ha puesto de rodillas en el suelo y sigue prestándoles toda su atención. Podría besar a Weasley en ese momento. Le apetece, no puede resistirse más, pero ella no quiere que los vea. Si pasa algo entre ellos, debe descubrirlo de otra manera. Se permite el asir la mano de Percy antes de hablar.

—No te equivocas.

Percy se ríe como si acabara de sobrevivir a una gran catástrofe natural. Comete la imprudencia de intentar besarla, pero Audrey lo detiene, dirigiéndole a Ava una mirada muy significativa.

—Primero vamos a arreglar lo de la niña. Ya veremos qué pasa después.

Weasley asiente. Cuando deja de tocarla, Audrey se queda helada. Ignoraba que unas manos humanas pudieran ser tan cálidas. A continuación, él se pone en pie y la ayuda a hacer lo propio. Ava ya no aguanta más y se aproxima corriendo.

—Cielo. —Audrey habla antes de que pueda formular una mísera pregunta—. Volvemos a casa. Percy me ha prometido que todo va a salir bien.

Ava no se muestra confiada en absoluto, pero no protesta. En realidad, el viaje a Francia le causaba pavor. Si Audrey dice que todo estará bien, es porque tiene la certeza de que no van a separarlas.