Nota: Los pasajes en letras cursivas sin comillas narran flashbacks, o eventos pasados. No me ha gustado escribirlo así, pero quizás era necesario para hacer esta parte de la historia un poco más entendible. Disfruten y disculpen si es incómodo para leer.
Capítulo 43
El dios con corazón de hombre
-1-
La confusión se apoderó no solo de su semblante, sino también de sus nervios. Dudó de su cordura, planteándose la posibilidad de que todo fuera una alucinación. Pero pronto se vio forzado a abandonar toda esperanza, cuando esa voz tenebrosamente parecida a la suya resonó en su cabeza una vez más.
— "¿Qué pasa? ¿Tanto desconoces de ti mismo?" — Aioros no pudo pronunciar palabra alguna. — "O, ¿será que tú mismo has llegado a creerte infalible, Aioros? No eres más, o menos, perfecto que ellos. Lo sabes… o solías saberlo."
— "Nunca me creí más que ninguno de mis compañeros."
— "Bien. Porque eso eres; solo un mortal más..pero, existe una solución para eso."
El santo bajó la mirada. El sentido de esa conversación no terminaba de quedarle claro, pero con toda seguridad terminaría declinándose a favor del ceñidor y todo lo que él representaba.
— "No entiendo porque esperar hasta ahora para hablarme."
— "Porque justo ahora hay algo que deseas con todas sus fuerzas. ¿No es así?"
— "Yo…" — dudó.
— "Piénsalo bien. Se necesita del capricho de un dios para tomar una vida, y de la voluntad de otro, para traerla de regreso. ¿No se te antoja jugar a ser como ellos?"
La respiración se le entrecortó. Jamás, ni siquiera en el más oscuro rincón de su inconsciente, había aparecido la idea de tal cosa. Su mente, o lo que fuera que el cinturón de la reina amazona despertara, estaba jugando peligrosamente con impulsos que nunca antes se había visto en necesidad de dominar.
— "No quiero ser un dios."
— "¿Ni siquiera para…salvarlo?" — respondió su lado malévolo. — "Aioria puede volver. Tú puedes traerlo de regreso...con mi ayuda"
— "No. Aioria está…" — Y sin que se diera cuenta, las lágrimas inundaron sus ojos para correr por sus mejillas sin que tuviera control de ellas.
— ¿Aioros? — a su lado, oyó a Shura y eso lo obligó a mantener la compostura. Respiró profundamente y ocultó aún más el rostro bajo las sombras que su capa le proveía. — ¿Estás bien?
— Me arden los ojos. — musitó.
— Pero…
Justo en ese instante, la furia de Zeus azotó el cielo en la forma de un gran relámpago que centelló en medio de la oscuridad de las nubes grises. Su poderoso grito impregnó el ambiente e incluso el sinfín tintineo de la lluvia, desapareció ante la potencia de aquel fenómeno de la naturaleza.
Resguardado en el sepulcral silencio que siguió a la gran descarga, Aioros agradeció a los dioses por aquella breve distracción. Ignoraba cuanto más duraría, pero los muchos o pocos segundos que le obsequiaban para olvidarse de pensar, le bastaban. A su vez, la insistencia de Shura parecía haberse esfumado junto con el rayo. Ahora, el cabrito dorado miraba al cielo con una mezcla de admiración y temor, con aquellos ojos con que solamente los mortales podían apreciar las maravillas de la naturaleza.
Era curioso. Porque un espectáculo como ese, tan bello como mortal, solía resaltar su humanidad; recordándoles, muchas veces, que aún cuando las estrellas explotaran en sus manos y las rocas más fuertes colapsaran bajo sus puños, al final solo los dioses podían jactarse de controlar la naturaleza con perfecta maestría.
— "¿En verdad no deseas ser como ellos?" — el cuestionamiento volvió a asaltarle, y a pesar de que se esforzó por negárselo a si mismo, la pregunta tomó un sentido completamente distinto al que hubiese tenido en cualquier otro momento. — "Las cosas podrían ser diferentes, Aioros. Todo lo que podrías hacer, las cosas que podrías cambiar…todo lo que podrías prevenir."
Sin moverse de su lugar, el santo de Sagitario se acurrucó todavía más contra el árbol que le daba cobijo. Cerró los ojos, apretándolos con fuerza, mientras buscaba en su mente por cualquier pensamiento que le alejase del ceñidor. Rebuscó entre sus recuerdo, repitió canciones y versos antiguos que creía olvidados; incluso, se atrevió a imaginar pasajes de su vida que nunca habían existido.
— Maldita sea. — susurró, admitiendo con tristeza que nada parecía ser suficiente. Sobre él, el cielo seguía tronando y la lluvia, cayendo. — Basta. — volvió a murmurar. De alguna forma estaba seguro que, tan pronto la lluvia cesara y reanudaran el camino; y volviera a concentrarse en temas sencillos como el caballo de Bias, o sus costillas adoloridas, podría también olvidarse del cinturón. Entonces, deseó con todas sus fuerzas que la tormenta se detuviera, que cielo les diera un descanso. — "Basta. ¡Basta! ¡Detente!" — gritó para sus adentros, con todas las fuerzas que poseía.
Y, en ese preciso instante, el sonido de los truenos se esfumó; las gotas de agua se volvieron, lentamente, esporádicas, y unos pocos y valientes rayos de sol se colaron a través de los nubarrones grises. En cuestión de minutos, todo rastro de la tormenta desapareció mientras la calma de aquel día húmedo retomaba el control sobre el bosque enlodado.
— ¡Genial! — Kanon se puso en pie con un brinco. Con un movimiento rápido y preciso montó su corcel y reemprendió la marcha, importándole poco dejar a sus compañeros detrás.
Los cascos del caballo chapotearon en el lodazal que era ahora el estrecho sendero conforme el animal se alejaba. Pronto, los demás también abandonaron el improvisado escondite, dispuestos a seguir los pasos del gemelo.
Todos, menos uno.
— ¿Aioros? — Shura volvió a llamarlo. Esta vez, tendió la mano para ayudarle a ponerse de pie. Sin embargo, el arquero dorado ni siquiera pareció notarlo. De inmediato, la mirada de Shura viajó hacia alguien más: Saga. Algo malo sucedía…algo que no comprendía, pero que era evidente en la mirada perdida del castaño.
Saga se acercó al par, con el recelo tatuado en su semblante tranquilo.
— Aioros, vámonos. — el gemelo se agachó frente al aludido y buscó su mirada con la suya. — ¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda? — mas su amigo únicamente alcanzó a asentir.
— Oye, si necesitas descansar…
— Estoy bien, Shura. — musitó.
No dijo nada más. Lentamente, se incorporó. Sus ojos azules nunca dejaron de mirar el cielo, que lucía calmo y quieto sobre sus cabezas.
— Dejó de llover. — volteó, para encontrarse a Saga en una posición idéntica a la suya.
— Una buena señal. ¡Algo bueno tenía que sucedernos!
— Supongo. — el arquero respondió al festejo de Shura. Pero el inusual vacío en su voz ronca capturó la atención de sus dos compañeros, levantando sospechas de inmediato.
— Lo es, lo es. — cruzando los brazos detrás de su nuca, Shura intentó mantener el optimismo vivo. Probablemente lo de Aioros era cansancio, así que no quiso ahondar más en ello. — ¿Nos vamos?
Bajo la atenta mirada de Géminis y Capricornio, Aioros tomó sus cosas y preparó todo para reiniciar el camino. Cuando estuvo sobre su montura, alzó su vista al cielo, por enésima vez.
No quedaba evidencia alguna del diluvio que los aquejase antes, solo el tintineo de las gotas que resbalaban por las hojas de árboles y se perdían en los grandes charcos de agua turbia en el piso. El cielo ahora lucía azul, tan azul como los ojos del santo de Sagitario. Cerró los ojos, dejando que la brisa le acariciara el rostro y revolviera caprichosamente su cabellera ensortijada. El suave aroma de la tierra mojada inundó su olfato mientras el canto de un ave, agradecida por el regreso del Sol, embelesó sus oídos. De pronto, una intensa calma le embargó; y no supo explicarse cómo podía sentirse así.
— "¿Entonces? ¿Todavía no crees que podrías ser mejor deidad que cualquiera que habite en el Olimpo?"
Podía. Podía ser mejor que cualquier de ellos. Un dios con corazón de mortal, uno que comprendiera el dolor que atrapa al hombre y que lo hubiera experimentado en carne propia; un dios que pudiera liberarles de dicho sufrimiento. Podía ser ese dios. Podía serlo…
La gran pregunta era: ¿Quería?
Aioros abrió los ojos y los perdió en algún punto del camino que se abría delante de él. Después, hundió los talones en los costados de su corcel, urgiéndole a cabalgar para dar alcance a sus compañeros de travesía.
-2-
En aquella parte remota del mundo conocido, donde se decía que las fuertes manos de Atlas había forjado los altos picos desde cuya cima se contemplaba el final de la tierra, reinaba el más impresionante de los silencios.
El cielo adquiría un extraño color rosáceo en los límites del mundo. Las nubes, que parecían acariciar las cimas de las montañas flotaban con más pereza que cualquier que hubieran visto antes. Incluso la vegetación resultaba diferente a los ojos, pues en pleno verano, árboles y plantas por igual, se lucían teñidas en tonos amarillos y rojizos. No existía en ese lejano rincón el sonido de las aves, ni de cualquier otro bicho viviente que se arrastrase sobre la tierra. Aquel era un sitio olvidado por la vida, pero que, a la vez, se sentía rebosante de ella.
— ¡Que genial!
— Cállate, Corban. — Nix le reprendió de inmediato. — No es un lugar genial. Es un lugar raro. — paseó sus ojos rosas por aquel indómito paisaje.
— En realidad, es genial y raro. — terció el mayor, Altair.
Los dos más jóvenes le miraron con fastidio, pero rápidamente su atención se centró en lo inusual que era todo a su alrededor.
Mientras tanto, los dos santos caminaban detrás de ellos, no menos impresionados del escenario de su nueva aventura. Ninguno pronunció palabra hasta que el intenso resplandor que les había llevado ahí, desapareció. Cuando no quedó nada más que su propia presencia, el ambiente pareció relajarse considerablemente.
— ¡Aire fresco! — Aioria se estiró.
— Con aroma a muerte. —añadió el de Cáncer, arrancando un gruñido a su compañero.
— Siempre es un placer hablar contigo.
— Lástima que no pienso lo mismo de ti.
Aioria sopló sus flequillos. Comenzaba a extrañar eso. ¿Por qué lo extrañaba? Negó con la cabeza e, ignorándolo, se adelantó a él para contemplar mejor el lugar al que habían sido enviados.
— No creí que fuera tan tranquilo. Esperaba algo más caótico, algo más de…acción. — apenas había terminado de hablar cuando sintió el jaloneo de Máscara de Muerte y se encontró, frente a frente, con el rostro del italiano.
— Escucha, pedazo de idiota, no te quiero cerca de la acción, ¿entendido? No pienso regresar al mundo de los vivos solo para explicarle a tu hermano que un dragón de cien cabezas te encontró lo suficientemente gordo y apetecible como para comerte y morir de indigestión después de hacerlo.
— ¡Por los dioses! ¿Eso es tu cerebro intentando ser gracioso? — el santo de Leo meneó la cabeza. — Lástima que todo sea un vil fracaso.
— Un fracaso tan grande como tú, manejando un arco.
— ¡Eh! Para que lo sepas, sé manejar un arco.
— ¿En serio? — Máscara de Muerte le miró de soslayo, y su rostro dejó en claro que no compraba una sola palabra del castaño.
— Muy en serio. — y sin que lo viera venir, el arco de madera impactó contra su cabeza, forzándolo a soltar una maldición.
— ¡Idiota!
— ¿Ves? — Aioria sonrió con picardía. — Tengo una habilidad nata para esto del arco.
— Debe ser de familia. — gruñó el pelizul. Pero antes de que la risa de Aioria explotara, le arrebató el arma y le devolvió el golpe con la misma, sino más, saña. — ¡Pedazo de idiota!
— ¡Au! Estás de un terrible humor, cangrejo.
— Intento tomarme las cosas con seriedad.
Aún así, Aioria seguía pensando que algo no andaba del todo bien con el cangrejo dorado. Ni siquiera alcanzaba a imaginar que podría ser, pero tampoco sabía si debía, o no, preguntar. Miró hacia los niños y no pudo evitar pensar en que los habían arrastrado a un enorme lío sin notarlo. Quizás era eso lo que tenía a Máscara Mortal así…
— ¡Apuren el paso, trío de vagos!
…O quizás no. Lo que fuera, la última confesión de Artemisa, acerca del estado de su cosmos, había empeorado la situación para el santo de Cáncer.
— Como sea. — bufó. — ¿Dónde está el jodido jardín?
— Creo que… ahí. — el dedo de Aioria apuntó hacia la cima de una gran cordillera, cuyos picos se perdían en las nubes del cielo, pintadas de rosa. Frente a ellos, un sinuoso y empinado sendero mostraba el camino hasta la cumbre. — Supongo que tendremos que subir hasta allá. Andando.
— ¿Sabes? Tu novia cazadora pudo acercarnos un poco más. ¡¿Cuántos días va a tomarnos llegar ahí?
Aioria no respondió, sino que le regaló una mirada asesina.
Su novia. Aquella observación había dolido hasta el alma, sobretodo porque la única que merecía ostentar ese título se hallaba a miles de años, muy probablemente hundida en un dolor que jamás debió haber padecido.
Estaba también esa última noche. Con toda sinceridad, Aioria podía asegurar que no recordaba el más mínimo detalle de ella. Había sido la noche de Orión, no la suya, pero el remordimiento no andaba muy lejos de él, atormentándole a cada paso. Sus labios nunca hablarían de ella, más su conciencia se encargaría de recordársela. ¿Había sido necesario? ¿Qué repercusiones tendría?
— ¡Gato! — el llamado de Máscara de Muerte lo sacó de sus divagaciones. — Joder, gato, creí que tú eras el que tenía prisa. ¡Mueve ese gordinflón trasero tuyo hasta aquí! ¡Rápido!
— Maldito cangrejo. ¿Quién te nombró líder de la expedición?
— ¿Ves a algún otro santo útil por aquí? — para su mala suerte, el castaño no tuvo respuesta. — Bien. Creo que eso me hace el líder.
— Además, es nuestro maestro. Eso lo hace el jefe. — Corban pasó a su lado, moviéndose con una agilidad bastante increíble entre las rocas del inclinado sendero.
Aún más increíble fue el hecho de que, ante las palabras de su aprendiz, Máscara de Muerte esbozó lo que a Aioria le pareció una sonrisa. ¿Además de inútil se había vuelto ciego? Curiosa relación había forjado el cangrejo dorado con el trío de chiquillos.
Sin embargo, no iba a darle la razón en eso a un mocoso mal influenciado por Cáncer. Así, el león dorado giró los ojos.
— Corban tiene razón. — Altair también le rebasó. Aioria entrecerró los ojos.
— Oye, a mi tampoco me gusta, pero los idiotas están en lo cierto. Él es el líder. — esta vez, fue Nix. ¡Maldita sea! ¡Se estaba volviendo lento!
— ¿Extrañas tu cosmos? —escuchó la carcajada de Máscara de Muerte y musitó un palabrota. Si, lo extrañaba. Mucho.
Pero Aioria tenía una idea; una que no terminaba de convencerle. Nunca había sido el tipo de hombre que planeaba demasiado las cosas, sino más bien todo lo contrario. La mayoría del tiempo era impulsivo, regido por sus emociones y capaz de seguir corazonadas sin importar las consecuencias. Sin embargo, en los muchos o pocos días que durara aquella misión, tendría algo que pensar y planear con escrupuloso cuidado.
Y es que, la respuesta a sus problemas podía estar en nadie más que el intruso en su cuerpo: Orión.
-3-
La suave y nostálgica melodía caló hasta lo más profundo de su corazón. Despertaba, con las sutiles notas de la lira, cada sentimiento que, el dios pensaba, dormían en el olvido. Al pesar de ello, Hermes se sentía incapaz de detenerse. No importaba cuanto lo intentase, sus dedos seguían recorriendo con finura, una y otra vez, las cuerdas de su instrumento favorito, desatando emociones que preferiría jamás haber conocido.
Pero, simplemente no podía olvidarla. No podía borrar de su memoria aquella hermosa sonrisa, ese rostro relajado y pacífico, de grandes ojos azules que le miraban desde el recuerdo con adoración.
¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Diez años? ¿Más? ¿Menos? No podía decirlo con seguridad. Porque, aún en su infinita existencia, cada minuto de su ausencia se sentía eterno y vacío. La extrañaba como nunca lo había hecho con nada ni nadie. Pero ella ya no le pertenecía. Se había ido y nunca volvería.
Todavía, cada vez que cerraba los ojos, el paisaje de aquella mañana, de muchos años atrás, volvía a dibujarse en su memoria…
Podía sentir el calor del Sol sobre su piel y las gotas de sudor que corrían sobre su frente. Había sido un día ocupado. Temprano por la mañana, cuando comenzaba a rayar el alba, y la gente abandonaba sus casas para reunirse en el ágora, Hermes había aprovechado para colarse entre ellos.
Las cosas eran muy diferentes en aquel entonces, ¡él era tan distinto en esos años!
Su padre, Zeus, le tachaba de ser nada más que un chiquillo despreocupado con un trabajo perfecto para él. El gran dios decía que esa inagotable energía que poseía era la clave para que las alas de sus sandalias nunca se detuvieran, y sus pasos le llevaran más allá, hasta el rincón más profundo de la tierra. Pero, al mismo tiempo, su personalidad traviesa le hacía diferente al resto de los dioses. Siempre tenía algo que hacer, algo que decir, que terminaba por conseguirle problemas. Así que Hermes, había aprendido a pasar mas tiempo en el mundo mortal que en el Olimpo.
Le gustaba admirar a los humanos. Eran una especie con tantos matices; algunos parecidos a los de los mismos dioses, y otros completamente diferentes. En ocasiones, los hallaba, incluso, demasiado semejantes a él. De mentes rápidas y sentimientos cambiantes. Pícaros, mañosos, pero terriblemente divertidos.
Así, Hermes adoraba pasar tiempo entre ellos. Solía disfrazarse de mendigo sin oficio para infiltrarse entre los hombres, enseñándoles el arte del engaño y estafando con sus múltiples talentos a cualquiera que se atreviera a retar a su ingenio. Era como uno de ellos, y ellos eran su pasatiempo favorito.
Por eso, esa mañana, sin importar nada más que sus deseos, lo primero en su día había sido pasear por la stoa, hasta llegar al agora y husmear en el mercadillo que ahí se asentaba. No tardó mucho en encontrar, también, a sus primeras víctimas.
Un grupo de muchachos se habían reunido en el lugar, dejando escapar las horas en un juego de dados. El dios sonrió. Ese era su juego, una suerte inventada por él mismo. Decidió que era momento de enseñarles algo nuevo y, con ayuda de su labia, rápidamente pasó a ser parte de los jugadores.
El resultado de esa aventura tempranera había sido más que movido, con los chicos persiguiéndole por la Polis, arrojando guirrajos en su contra y maldiciéndole por sus trampas. De no haber sido un dios, probablemente no les hubiera perdido, pero lo hizo sin mayor problema que unas pocas gotas de sudor en su frente. Sin embargo, Hermes no se retractó. Se acomodó la ropa, contó las inútiles monedas que habían sido su ganancia y reemprendió el camino, con aquella sonrisa desparpajada que siempre le acompañaba.
Avanzó por las calles empedradas, mirando todo a su alrededor. Se deshizo de sus monedas obsequiándolas a algunos niños y a un par de viejos desdeñados por la celosa sociedad ateniense, solo para descubrir que era el momento de regresar a sus funciones de deidad mensajera. Se dispuso a esfumarse cuando una voz, que confundió con el bello canto de una ninfa, se lo impidió.
— Ese ha sido un lindo gesto. — sintió esa suave mano posándose su brazo y volteó, para encontrarse con ella, sin saber lo que aquella princesa significaría en su vida. — Soy Herse. ¿Cuál es tu nombre?
-4-
— ¡Kanon! ¡Joder, Kanon! — insistió al ser ignorado. — ¡Detente, idiota!
Pero lejos de inmutarse y disminuir el paso, Kanon espoleó a su caballo para que se alejara más de Milo y su voz, que sonaba particularmente molesta en ese momento.
El escorpión dorado apretó los dientes y suspiró pesadamente. El estúpido de Kanon no iba a detenerse y, obviamente, él tampoco iba a darse por vencido. La cuestión era que…los caballos no eran, por mucho, sus bestias favoritas.; y estaba seguro que él tampoco era el tipo favorito de esos animales. A la menor distracción, terminaría con el trasero sobre el fango. Así que tomó una decisión. No dejaría a Kanon escapar solo así. Si el gemelo quería una competencia de caballos, la tendría, aunque eso significara un golpe para el santo de Escorpio.
Con esa determinación, imitó al gemelo, apresurando la carrera de su montura, que salió desboca al sentir la orden de su jinete.
— ¡Milo! — alcanzó a oír la voz de Talos, pero era demasiado tarde. El corcel estaba en marcha y no tenía la menor intención de detenerlo.
— Déjalo. Podremos recogerlo del piso un poco más adelante. — con todo la seriedad de Camus, el soldado no pudo evitar sonreír ante aquella singular respuesta.
No se dijo más, sino que ambos permanecieron mirando como Milo desaparecía en el bosque, tras el rastro de Kanon. Escucharon sus gritos llamando por el otro peliazul, sin ninguna respuesta y al final, tras un silencio largo, un grito más, diferente a los anteriores.
— Esa es nuestra señal, Talos. — dijo el francés y apuró la marcha.
Talos no comprendió al principio. Sin embargo, cuando unos pocos metros más adelante, el camino les permitió divisar la figura del santo de Escorpio, sentado en el suelo, en medio de un gran charco de lodo; y a su montura, un tanto más adelante, pastando de lo más tranquila, el soldado no pudo contener más las carcajadas.
— ¡Maldito animal! — ladró el santo, mientras con un manotazo retiraba el lodo que corría por sus mejillas. — ¡¿Lo ves? — se dirigió a Camus. — ¡Te dije que estas malditas bestias eran más inteligentes de lo que pensamos! ¡Justo en el charco! ¡Ni más ni menos!
— No creo que sea culpa del animal…sino del que lo maneja.
— ¡Claro! Me aventé contra el lodazal precisamente. — aceptó la mano que Camus le había tendido para levantarse.
— Con alguien como tú, no podríamos descartar esa opción.
— Esto te parece demasiado divertido, Camus.
— Algo, si.
— Eso, ríete de mi.
— Yo no me reí. Él se rió. — y apuntó a Talos quien, al saberse implicado, sufrió un súbito respigo cuando los ojos rabiosos del escorpión se centraron en él.
— Yo…yo…
Pero antes de que el soldado balbuceara una palabra más, Milo estalló en risas. Junto a él, Talos pudo jurar que Camus esbozaba una tenue sonrisa cómplice, que le resultó inusual en un rostro siempre serio.
— ¡Te engañé! Pero, si no quieres morir de otro susto como este, más vale que no te rías de mis desgracias, Talos. Además, ¡en verdad que ese idiota gemelo me saca de quicio! — exclamó, con la falsa esperanza que Kanon le escuchase. Más el peliazul ya se encontraba lo suficientemente lejos como para hacerlo. — ¡Argh! ¡¿Qué demonios le sucede?
— No lo sé.
— ¡Pues deberíamos saberlo!
— A menos que sepas leerle la mente, no creo que eso sea posible por ahora. — el santo de Acuario levantó la mirada, fijándola en el sendero por el cual se había perdido Kanon. Sinceramente, sus sentimientos no eran muy distantes a los de Milo, aunque los manejase de forma opuesta.
— ¿Y qué se supone que haremos?
— Soportarlo.
— ¡¿Qué? ¿Cuánto tiempo más?
— Un par de días. — Ganímedes se vio inmiscuido en su conversación. — Troya está a un par de días. Una vez ahí, espero que su humor mejore o tendremos que sufrirlo una semana completa en el barco. — suspiró, con desgano.
— ¡Dioses! ¿Qué pasó con él?
El capitán negó. Lo ignoraba.
Miró hacia atrás, hacia el resto de la comitiva. Presentía que algo más, además de Kanon, estaba mal. No podía decir lo que era, pero sus presentimientos usualmente no le fallaban. Lo que le quedaba era mirar hacia el frente y continuar el camino, con la esperanza de que su llegada a Troya cambiara los ánimos.
— ¡Oye, capitán! — Bias les dio alcance y sonrió sin ningún reparo ante la lodosa cara del escorpión dorado. — Cara de Asno acaba de recordarme algo. — el marinero aludido se respingó y tragó saliva.
— ¡Yo no dije nada, capitán!
— Tranquilo, tranquilo, Cara de Asno. — intervino el viejo, ante la mirada curiosa de los santos de Acuario y Escorpio.
— ¡Claro que si! ¡Y fue un gran comentario! Capitán, los protegidos de Athena, los nuevos quiero decir, necesitan un mote de acuerdo a su condición de héroes.
Mientras el graciosos marinero soltaba un carcajada a causa de su propio comentario, Ganímedes se limitó a sonreír. De pronto, el viaje había perdido gracia y se había tornado inusualmente serio.
— ¿Motes?
— No tengo la menor idea, Camus.
— Bien. No sé si quiero saber. — suspiró.
-5-
— Hermógenes. — respondió con presteza.
— Hermógenes. — y aquel nombre que no era suyo, sonó divinamente en esos labios. — Te he visto unas cuantas veces antes por aquí, en el ágora. Te gusta meterte en líos. — rió con mesura.
Y el dios disfrazado de hombre sonrió con ella. Sinceramente, jamás hubiera esperado que alguien notara la presencia de un personaje tan irrelevante como el suyo. Después de todo, era solo un mendigo que conseguía monedas fáciles y desaparecía con la misma presteza con que asomaba.
— Me gusta jugar. — respondió. La joven, que apenas había dejado atrás la infancia, inspiraba algún tipo de fascinación en él. No podía asegurar que era, pero el encanto que se escondía en aquel par de hermosos ojos azules capturaba su atención como pocas cosas.
— Lo sé. Te he visto. Aunque, aún no comprendo porque siempre terminas regalando los frutos de tu suerte.
— No los necesito.
— ¿No?
— No. Puedo lucir como un mendigo, pero hay mucho más detrás de lo que muestran tus ojos. — le dijo, acercándose a ella para susurrarle. — Nunca te dejes engañar por lo que ves. Ese es el truco. Tu instinto, tu corazón, dicen mucho más que tu vista. — Herse no respondió. Solo le miró con suspicacia y curiosidad. — Por ejemplo, ¡ahora mismo! Has entablado conversación con un perfecto desconocido. Un mendigo que bien podría hacerte daño y robarte, pero lo has hecho. ¿Por qué?
— Reconozco a una buena persona cuando la veo. No eres ni un mendigo, ni un ladrón, mucho menos alguien con deseos de hacer daño. Así que dime, ¿quién eres?
La pregunta le pilló desprevenido. No por su significado en si, sino porque, la manera en que la joven le miraba, le hacía sentir que podía leerle como si de un libro abierto se tratara. ¿Podía mentirle mirándola a los ojos?
— ¿Quién soy? — la princesa asintió. — ¿Quién quieres que sea?
Herse ladeó la cabeza, sin dejar de mirar a sus ojos turquesas por un segundo. Le sonrió, pero jamás respondió.
-6-
Los pasos presurosos resonaron por el pasillo de su templo, y a la diosa, aquello le resultó terriblemente irritante. Nadie, nadie, corría jamás en sus dominios. Aún si fuera por su vida, absolutamente nadie tenía el derecho de perturbar la calma que reinaba en el Templo del Rayo.
Hera gruñó, afiló la mirada y esperó con la poca paciencia que le quedaba por el intruso que, con toda seguridad, iba en su búsqueda.
— ¡Señora Hera! — por fin, tras lo que pareció una eterna espera, la puerta se abrió.
— ¡¿Qué sucede contigo, Egle? ¡¿Acaso has olvidado en presencia de quien estás? — apenas había terminado de hablar cuando la joven se desplomó a sus pies en una reverencia que la misma reina del Olimpo había solicitado. — Así esta mucho mejor. Dime. ¿a que viene todo este escándalo?
— Eritia, mi señora. Eritia ha sentido su presencia. — confesó, sin atreverse a separar sus ojos del piso de mármol.
— ¿De quienes?
— Hombres. Mortales que no se sienten como tales.
— Eso es imposible. Eritia ha perdido su toque, puesto que ningún hombre, en su sano juicio, intentaría llegar hasta ese punto de la tierra.
Egle tembló al escuchar la contrapartida de su diosa. Se mordió el labio y asintió con torpeza, pero algo le gritaba que no debía dudar de la palabra de su propia hermana. Eritia era pues, la mayor y más sabia de ellas. Junto con Hespérida, las tres se encargaba de cuidar el hermoso jardín que Hera les había encomendado desde el principio de los tiempos.
— Señora… — se atrevió a hablar, aunque su propia voz traicionaba sus nervios.
— No me digas que dudas de mi palabra, tonta hespéride.
— ¡Señora, jamás! — por primera vez, sus miradas se encontraron y Hera se creció ante el miedo que encontró en ese par de ojos púrpuras.
— ¿Entonces?
— Eritia… — balbuceó. — …ella asegura que se trata de jóvenes protegidos por una divinidad.
— ¿Qué dices? — Hera, quien hasta ese momento se había mantenido escéptica, entregó su atención a la joven.
— Así es, Hera. Quienes sean, se encuentran bajo el resguardo de un aura poderosa, un poder que solamente poseen ustedes, los que moran en el Olimpo. — sentenció. Se tomó un par de segundos para armarse de valor, y después se atrevió a continuar. — Señora, ¿crees que se trate de… ellos?
— Imposible. Se encuentran al Oriente, conquistando el reino de las Amazonas.
— Pero, los protegidos de Athena son los únicos que…
— ¡Silencio!
La doncella hizo como se le ordenó, temerosa. De reojo, observó como Hera le daba la espalda y se abstraía en pensamientos que solo le correspondían a ella. Hacía mucho que su hermoso semblante no lucía tan oscuro y su energía no vibraba con tanta rabia. Egle, incluso, había llegado a pensar que sus planes se habían diluido con el tiempo. Nada más alejado de la realidad.
Pero la hespéride no tuvo tiempo de pensar en nada más, porque justo en ese momento, la diosa reina se volteó, encarándola de nuevo. Como reflejo, Egle bajó la mirada, rehuyendo de la de su señora.
— No me importa de quienes se trate. — comenzó a hablar, con una frialdad tal, que la doncella no reconoció ni la sombra de las emociones que la embargaran antes. — Los intrusos nunca son bienvenidos en mis dominios. Sea Palas, u otro dios, eso tampoco me interesa. Libera a Ladón y asegúrate de que nadie sobreviva.
-7-
Desconocía que le deslumbraba más: si el intenso brillo del Sol o aquel rostro angelical que le escuchaba con desmedida atención. Cada una de sus historias parecían encontrar oídos en ella mientras las horas se esfumaban en un abrir y cerrar de ojos para ambos. Los enormes patios que rodeaban la casa real ateniense se habían convertido en su refugio y punto de encuentro, protegiéndoles de los ojos curiosos y las lenguas afiladas que merodeaban por la ciudad.
— Entonces, ¿eres una princesa?
— Nací siendo una princesa, no significa que lo sea. — Herse sonrió.
— Bien. Porque no lo pareces. — la desparpajada contestación, lejos de ofenderla, le arrancó un graciosa carcajada.
— ¿No?
— En absoluto. — Hermes negó. — Las princesas que he conocido viven encerradas en sus grandes palacios, rodeadas de lujo y viven sus banales existencias como si nada más importase. No andan por ahí, escondiéndose con mendigos tramposos y comiendo uvas robadas. — metió una de las frutas a su boca. — Definitivamente no eres una princesa.
La rubia no respondió, sino que le imitó, masticando una uva con cierto recelo. El dulce sabor de la fruta inundó su boca y sonrió. Probablemente su amigo tuviera razón pero no le molestaba en lo absoluto.
— De pronto hace demasiado silencio. — volvió a hablar el dios.
— Eso es porque tú dejaste de hablar. Debe ser un milagro. — al oírla, Hermes pestañeó, sorprendido, y terminó por soltar una gran carcajada.
— Una princesa rebelde e inteligente. Ese es el milagro.
— ¡Oye!
— ¿Qué?
Sin ocultar la complicidad que había crecido entre ambos, Herse torció la boca. Entrecerró los ojos dejando entrever su curiosidad y deseando con todas sus fuerzas que ese gesto le permitiera ver más allá, hacia aquel secreto que el chico guardaba con tanto recelo.
— ¿Hermógenes?
— ¿Si?
— ¿Quién eres? — el peliturquesa miró directamente a sus ojos.
— Te lo dije antes y te lo repito. — fue como si sus manos escaparan de su control para sostener entre ellas el rostro delicado de la joven. Se acercó a ella, hipnotizado por esa mirada, tan azul como el cielo. — Soy quien tú quieras que sea. — susurró, antes que sus labios acariciaran a los de la doncella.
-8-
La noche les había atrapado, forzándoles a acampar en medio del bosque. El olor del asado aún impregnaba el ambiente, mientras los jugos que manaban del remanente, chispeaban al caer sobre el fuego de la fogata.
La mayoría del grupo se encontraba dormida. El agotamiento había hecho de ellos sus presas y los pocos minutos de descanso que tenían eran gratamente apreciados.
Pero, no todos compartían ese pensamiento. Mu, por ejemplo, hallaba especialmente difícil conciliar el sueño. Durante todo el viaje había estado al pendiente de Phineas y su evolución. Sin embargo, no había algún cambio relevante. Tarsila se encargaba de ella a cada segundo. Las fiebres habían desaparecido y el color había regresado de a poco a sus mejillas pálidas. A pesar de todo, la sacerdotisa aún no despertaba.
Así que, aprovechando que la anciana curandera necesitaba unas horas de sueño, el santo de Aries tomó su lugar como vigía de la doncella.
— ¿Cómo sigue? — Dohko se acercó con sigilo, sentándose a su lado.
— Supongo que mejor.
— Al menos esta viva. Después de todo lo que ha pasado, vivir es una bendición enorme para alguien en su estado.
— Es más fuerte de lo que parece. — el antiguo maestro asintió.
Cayeron en el silencio por varios minutos en los que se dedicaron a observar a quienes les rodeaban. No pasó mucho antes de que, entre las semi penumbras, uno de sus compañeros emergiera para acercarse a ellos. Contemplaron con atención el rostro inusualmente serio del arquero dorado y se preguntaron, para sus adentros, el motivo de aquel semblante reservado.
— ¿Podemos hablar? — susurró. — Tenemos una conversación pendiente.
Mu estuvo tentado a levantarse y darles privacidad, pero Aioros lo detuvo con un ademán, pidiéndole que se quedara a escuchar. Lo había pensado bien, y aquello que iba a informar a Dohko, probablemente también era asunto del ariano.
— ¿Qué sucede?
— Lo que voy a decirles, no puede salir de entre nosotros, ¿entendido?
— Comienzas a preocuparme.
— No estoy seguro de que no debas estarlo, Maestro. — respondió el arquero. — Verás… — antes de continuar, se aseguró que sus palabras no llegaran a oídos de nadie más. — Aretha me ha confesado algo. — y pudo jurar que vio cierta sonrisa cómplice en los labios de Mu. Tosió para aclararse la garganta y trató de disimular de la mejor manera el sonrojo que se apoderó de sus mejillas. Entonces, se decidió a continuar. — Me ha traído noticias de Atenas.
— ¿Sucede algo malo? ¿La princesa esta bien?
— Si, si. Es solo que…nos tiene una sorpresa a nuestro regreso. — sonrió con nerviosismo.
— ¿Qué clase de sorpresa? — preguntó Mu.
— Una sorpresa peliverde, con lunares en vez de cejas y ojos rosas. — el arquero respondió. La sonrisa en sus labios se convirtió en una mueca.
Aries y Libra intercambiaron miradas. Aioros asintió cuando le devolvieron la mirada. Descubrió que la presencia de Shion les tomaba desprevenidos, tanto como a él. Y, aunque de alguna forma les traía cierta tranquilidad y alegría volver a verle, en otra muy diferente estaba el hecho de que su presencia ahí significaba que las cosas probablemente iban peor de lo que imaginaban.
Dohko, por su parte, suspiró profundamente. Tener ahí a su amigo resultaba en una infusión de fuerzas. Shion siempre había tenido ese efecto en él. Era como si, a pesar de cualquier obstáculo, tenerlo a su lado le infundía la seguridad de que las cosas saldrían bien; y esa aventura no era diferente. Hasta ese momento, la responsabilidad había sido solo suya, y muy a su pesar, Dohko se sentía fracasado. De los doce chicos a las que había llevado hasta la Era del Mito, solamente nueve sobrevivían. Tres de ellos habían visto la muerte demasiado cerca. La relación de los gemelos, lejos de mejorar, había caído en una racha negativa que amenazaba con empeorar a cada segundo, mientras esperaban con ansias oscurecidas que la presencia de Ares volviera a resurgir en el mayor de ellos. ¡Estaba de más hablar de cuantas veces habían visto a la muerte directo a los ojos! Todo indicaba que la conversación con Shion sería mucho más difícil de lo que esperaba.
— ¿Cuándo llegó?
— Me enteré de ello junto con la muerte de Afrodita. — el castaño agachó el rostro.
— Entonces, creo que él debe saber de ello… y de todo lo demás.
— No lo dudo, Maestro.
— ¿Los demás no deberían compartir esta noticia? — Mu miró de uno a otro santo, buscando las respuestas en alguno.
— Shion le ha pedido a Aretha que no se les mencione nada. De hecho, los únicos que deberíamos saber somos el maestro y yo. Te le he dicho a ti porque confío en tu buen juicio, y como su alumno, sé que te gustaría saberlo.
— Es que… — el cordero dorado bajó la voz. — De pronto ha sonado como si fuese una mala noticia.
Ni Aioros, ni Dohko, pudieron responder de inmediato al comentario de Mu. Agacharon el rostro; y el pelirrosa no supo decir si había acertado o no. Lo único que le quedó fue aquella sensación de desasosiego.
— No es que sea algo malo, Mu, ¡al contrario! Lo que sucede es que, tal vez no lo hayas notado, pero la presencia de Shion pone peso sobre hombros que muy probablemente no puedan soportarlo ahora. — respondió el mayor de los tres. Inevitablemente, los ojos del trío marcharon a dos figuras en especial, la de aquellos que eran idénticos en físico.
— Exacto. No sé si vayan a enterarse o no, pero seamos prudentes, Mu.
"Seamos prudentes."
Ambos, Aries y Libra, no pudieron evitar pensar en que las mismas palabras habían sonado en los labios de Saga unos días antes para proteger, precisamente, al hombre que tenían enfrente. Esos dos tenían más en común de lo que se permitiesen aceptar, entre tantas cosas, el desmedido proteccionismo que sentían el uno por el otro.
Y no dejaba de ser curioso como, esa simbiosis entre ambos, ahora los había llevado a guardarse secretos que, de revelarse, probablemente causarían más que una discusión.
-9-
— ¿Qué dices? — el desencantó en aquella mirada turquesa le rompió el corazón. Pero Herse no podía dar marcha atrás. Hubiera deseado ahorrarle esa tristeza a Hermógenes. Sin embargo, hasta ese día, le había sido imposible confesarle el destino que caía sobre ella desde el día que su madre la parió.
— Lo lamento. ¡Quería decirte! Pero…
— ¡Ven conmigo! — tomó sus manos entre las suyas y las sintió temblar al escuchar sus palabras. — ¡Ven conmigo, Herse! No tienes que quedarte. No tienes que aceptar esta imposición.
— Hermógenes. — pronunció aquel nombre mientras las lágrimas que luchaba por contener escapaban de sus ojos. Toda esperanza, ese optimismo que él sentía… ojala ella pudiera compartirlo. — Soy una sacerdotisa de Athena. No puedo huir de lo que soy.
— Puedes.
— ¿Cómo? ¿A dónde iremos? Los dioses nos maldecirían, lo sabes bien. Su voluntad no es una que se deba desobedecer.
El joven dios suspiró. Apartó sus ojos de ella por una fracción de instante mientras su mente revolucionaba a toda velocidad, en busca de una respuesta. No quería perderla, pero tampoco podía seguir guardando el secreto por mucho tiempo más. Después de todo, su única esperanza para conservarla radicaba en su divinidad; en nada más.
— Ven conmigo. — insistió. —Puedo cuidarte. Nadie nos hará daño y estaremos juntos…por siempre.
— No puedes. — el peliturquesa agachó la mirada. Tomó una bocanada de aire y cerró los ojos por un segundo, ordenando sus ideas.
— ¿Recuerdas cuantas veces me has preguntado quien soy? — viéndola asentir, continuó. — Pues bien, quizás sea algo más de lo que imaginaste.
Un brillo dorado le envolvió, revelando lentamente su identidad. El resplandor se reflejó en las pupilas de Herse que contemplaba, ensimismada, la trasformación del joven. Sus ropas, siempre humildes, fueron sustituidas por la túnica blanca e inmaculada digna solamente de un dios. Sus cabellos turquesas fueron adornado por hilos de oro y sus pies, calzaron las míticas sandalias de las que los mitos hablaban.
Herse lo miró, incapaz de hablar. Él hizo lo mismo, sin saber que decirle.
— ¿Cómo…? ¿Hermes? — masculló, sin salir de su asombro.
— Soy un dios, como ella, Herse, Quédate conmigo. Te lo suplico. — pero sintió las manos de la princesa escapar de entre las suyas. — ¿Herse?
— No puedo…No podemos.
Y tras depositar un último beso en sus labios, la sacerdotisa le dio la espalda, abandonándolo sin mirar atrás. Hermes no lo vio, pero Herse jamás había llorado lágrimas como las de ese día.
-10-
El silbido del viento resonó claramente entre el silencio de ambas mientras la mirada de la rubia se centró en la diosa con una curiosidad desmedida. Ella misma, a pesar de conocerla como nadie, se sentía incapaz de leer los pensamientos de su señora. Así que, lo único que quedaba para Herse, era esperar porque Athena confesara el por qué de aquel semblante alicaído.
— ¿Puedo…hacerte una pregunta? — al fin, se atrevió a hablar.
— Mi señora, nunca ha sido necesario que pidas permiso para ello. Adelante. — poco sabía de lo que se venía sobre ella.
— ¿Qué sentiste cuando… — hizo una pausa mientras buscaba por las palabras adecuadas. — …cuando tuviste que renunciar a él?
La sacerdotisa quedó perpleja. Abrió ligeramente los labios, en un fallido intento de encontrar palabras que le permitieran responder de inmediato. Pero prefirió pensarse su respuesta un poco mejor. Aquella era una situación de la que nunca había hablado con nadie antes, y pensó que jamás lo haría; mucho menos con su diosa.
— ¿Es como ver morir a alguien que aprecias? — Athena volvió a cuestionar. Tomó asiento en uno de los klinés e invitó a su sacerdotisa a hacer lo mismo, a su lado.
— No sabría definirlo. Probablemente sea algo más parecido a una muerte compartida. Algo muere en ambos, a pesar de que no lo notemos. — se atrevió a decir. — Además, mi caso…era un poco diferente al resto. Él era un dios y yo una sacerdotisa. Nuestros destinos iban juntos, pero jamás se entrecruzaban.
— Pero, ¿nunca pensaste en cambiarlo?
— ¿Qué futuro tenía yo con él, mi señora? Ustedes están destinados a la grandeza. El tiempo no escoce sus carnes, ni tiñe sus cabellos de blanco. Su vida no se apaga con el pasar de los años, y su concepto de la eternidad en muy diferente al nuestro. No creas que dudo de su amor, Athena. Sé que me quería, que hubiese dado muchas cosas por mi. Pero, ¿cuánto hubiese durado? Eventualmente mi mortalidad nos hubiera separado.
— Hay formas…
— ¿Cómo cuáles? — Herse sonrió, matizando aquel mohín con un dejo de tristeza. — ¿Renunciar a su inmortalidad? ¿Lo hubiese hecho? ¿Hubiese abandonado todo por mi? Si tú estuvieras en su lugar, ¿lo harías? ¿Renunciarías a tu vida eterna para sufrir como el resto de los mortales por amor?
Los ojos grises de la diosa se abrieron, desmedidos. Algo en ella tembló con el cuestionamiento de la rubia. Quizás, algún día, se encontraría en un dilema parecido, y entonces, ¿podría hacerlo? ¿Podría decidir entre su destino y el amor?
— Aún si él hubiera deseado hacer tal sacrificio, yo jamás se lo habría permitido. — Herse continuó, alzando la vista para perderla en los altos techos del templo. — Su destino era mucho más grande; y un espíritu como el suyo, indomable y hambriento de libertad, merecía algo más de lo que yo podía ofrecerle.
— Herse… — de pronto, Athena sentía la melancolía en la voz de su sacerdotisa como suya. Por primera vez, comprendía las palabras de Hermes y la rabia que en ellas contenía.
— No lo lamentes, señora, y tampoco te culpes. Estaba escrito que nunca sería. Siempre hay algo más allá de lo que nuestros ojos, muchas veces, pueden ver. Hermes siempre solía decirlo. Pero, al final, él mismo perdió de vista el verdadero trasfondo de lo que fuimos. — agachó la mirada. — Ya no es el hombre que conocí y del que me enamoré. Ha cambiado. Solo es un mal esbozo de aquel dios con corazón de hombre que, en sus días, se robó el mío.
— Creo que puedo comprenderlo. ¿Cómo se sobrevive a eso? ¿Cómo puedes darle la espalda al amor y seguir siendo la misma persona que eras antes? — Herse se encogió de hombros.
— Simplemente se sigue adelante, de la mejor forma que uno puede. El amor nos cambia, si; pero no en la forma en que lo cambió a él. — dijo. Y, en su voz, la tristeza se dejó sentir.
— ¿No lo extrañas?
— Cada día. Sin embargo… — se apresuró a continuar, al notar que la deidad de la sabiduría iba a interrumpirla. — …todas las heridas cicatrizan. A veces, de las maneras más inesperadas.
Y, en su mente, un rostro se dibujó. Uno que le robó una sonrisa con su sola presencia. Uno que se encontraba lejos de ella, más allá del Gran Mar. Pero volvería a verlo…pronto.
-11-
La joven diosa pelinegra se cruzó de brazos y meneó la cabeza en una negación definitiva. No iba a cambiar de opinión, ni siquiera a considerarlo. Su respuesta era esa y no habría vuelta atrás.
— Es mi sacerdotisa, no un juguete tuyo.
— ¡No es un juguete para mi! — reclamó, pero Athena no estaba dispuesta a escucharle.
— Todo es un juego para ti, Hermes. Puedes recorrer el mundo entero en un pestañeo, ¿por qué no vas y encuentras alguna otra doncella a la cual entregar tu tiempo? Herse esta dedicada, desde su nacimiento, a mi. Es intocable para cualquiera, incluso para un dios.
— Pero…
— No, no hay peros. No eres diferente a nuestro padre, a nuestros hermanos…¡a cualquiera de nosotros! No vemos el amor como ellos, no podemos sentirlo de la manera en que los mortales lo sienten. Déjala en paz. Déjala seguir su destino.
— No sabes de que hablas.
Con un suspiro, Athena le dejó saber que la discusión le había agotado. Giró los ojos, dándole la espalda para retirarse, sin importar las quejas del otro dios.
— Mañana tomará sus votos, ha aceptado su destino. Quizás tú deberías hacer lo mismo. —Athena le miró por encima del hombro. No iba a decirlo, pero una sutil tristeza la había embargado al ver la mirada alicaída y desencantada de su hermano. Pero las cosas eran así. No había nada que hacer, ni forma de burlar al destino. Después de todo, ¿podían un dios y un mortal compartir algo más que un instante en la eternidad? — Déjala seguir con su vida, Hermes. Y, tú…sigue con la tuya…
La melodía de la lira cesó abruptamente cuando una cuerda se rompió. Hermes la observó, no sin detenerse a pensar en como todo había cambiado desde ese día.
Él, por sobre todas las cosas, había abandonado todo lo que alguna vez fuese. Sus picardías y travesuras habían dejado de serlo, y ahora un toque de malicia adornaba cada acción suya. Su lengua escupía nada más que palabras sardónicas mientras su corazón rebosaba en odios y rencores. Se había alejado de los mortales, deseoso de olvidar los sentimientos que alguna vez compartió con ellos; y había buscado refugio en los dioses, a los que pocas veces había entendido. No quedaba nada de lo que era… solo un vago recuerdo de tiempos mejores y sonrisas rotas.
Tristemente había solo una cosa que nunca olvidaría de los mortales. Y es que, así era.
Así se rompían los corazones de los hombres.
-12-
Escalar no era lo suyo. Cualquiera diría que sus habilidades como santo de Leo, y su personalidad felina deberían darle una ventaja frente al resto de su grupo, pero para su mala suerte, no era así.
Con todo, se las había ingeniado para trepar las grandes pendientes sin lesiones mayores que unos pocos rasguños y un par de sustos. Por fin, todo indicaba que la subida terminaría y los verdaderos problemas comenzaría. Pero algo más ocupaba la mente del león dorado, algo que, a su vez, provocaba una ansiedad como pocas veces había sentido.
Y es que, tras mucho pensarlo, había decido que lo primero, ante todo, era sobrevivir. No importaba los medios para conseguirlo, ni las consecuencias, porque eventualmente todo tendría solución… siempre y cuando se mantuviera vivo. Así que sus planes se reducían a acudir a la única persona, que podía salvarle el pellejo.
Sin embargo, las cosas no estaban funcionando como quería. Orión estaba desaparecido. Había pasado largas horas intentado encontrar la presencia del cazador dentro de si, sin ningún éxito. Era como si, de pronto, simplemente se hubiera extinguido, ¡y justo cuando más le necesitaba!
De no hallarle, de verdad iba a tener que usar el maldito arco para repartir golpes a diestra y siniestra; y dudaba mucho que tal estrategia funcionara contra un dragón de cien cabezas. Maldita fuera su suerte.
— Gato. — el murmullo de Máscara de Muerte le hizo mirar hacia arriba. El santo peliazul se llevó el dedo a los labios para indicarle que guardarse silencio. Le tendió la mano y le ayudó a trepar el último obstáculo antes de alcanzar la cima. — Llegamos.
Arriba, la visión era radicalmente diferente. Los tonos amarillos y rosas desaparecían, dejando que los ojos se impregnaran de tonos verdes y multicolores, cortesía de los grandes jardines de flores.
— ¡Genial! — masculló Corban, cuyo recién hallado, y explotado, entusiasmo, comenzaba a hartar a sus otros dos compañeros.
— Si, genial. Un paso más cerca de convertirnos en alimento de dragón.
Nix se adelantó unos pocos pasos mientras husmeaba en aquel desconocido lugar. A primera vista nada era diferente de lo que estaban acostumbrados en el jardín de Artemisa. Plantas, flores, bichos y el fresco de la brisa; nada particularmente distinto.
— ¿Seguro que es aquí?
— Supongo. — Aioria respondió a la pregunta de Altair. Podían estar rodeados por una densa paz, pero algo activaba la alerta en sus sentidos.
— Con cuidado, mocosos.
Máscara de Muerte tomó la delantera del grupo.
Se abrió paso entre la alta vegetación, seguido de los niños y a final, de Aioria. No era necesario que dijera nada para que el castaño supiera que, al igual que con él mismo, el instinto de supervivencia del italiano, gritaba tan fuerte como el suyo que estaban en problemas.
Si algo no había pasado desapercibido ante sus ojos era la forma en que los tres chiquillos habían adoptado muchas conductas de su maestro. La forma en que se movían, sigilosa y elegante, mostraba sus avances en el arte de la exploración; por no hablar de la seriedad con la que se tomaban su nueva misión.
Pero, de repente, algo sucedió. El santo de Cáncer se detuvo mientras sus ojos se entrecerraban y sus semblante adoptaba un mohín de recelo.
— Bienvenidos. — Aioria escuchó esa voz femenina y se apresuró a acechar en busca de lo que fuera que Máscara de Muerte había encontrado. Delante de ellos había una mujer, de cabellos escarlata y ojos del mismo color. Sus labios parecían teñidos con sangre y su larga túnica blanca, terminaba en remaches tan rojos como el resto de su persona.
— ¿Y tu eres…?
— La Roja, Eritia. Les de dado mi nombre. ¿Tendrán la decencia de darme el suyo? — respondió, esbozando una sonrisa irónica. —Nunca me ha gustado asesinar desconocidos.
-13-
El cansado viaje a través del continente llegaba a su fin.
La gran llanura se abrió frente a sus ojos en la forma de imponentes campos de un intenso verde que contrastaban, en sus límites, con la arena dorada de la Bahía de Troya. Al fondo, justo donde el verde colisionaba con el oro, se alzaban los grandes e infranqueables muros de la ciudad dorada. Sus tejados de oro brillaban bajo los rayos del Sol mientras las gaviotas los sobrevolaban, como si para ellas los límites no existieran.
En la bahía, los barcos se enfilaban en maniobras de carga y descarga. La Kyrenia, en medio de ellos, se mostraba tan majestuosa como la habían dejado días antes. Por fin, la travesía había terminado.
Las pesadillas probablemente permanecerían por un tiempo, pero la realidad, desde los ojos de Troya, pintaba diferente. Atenas aún se encontraba lejos, al otro lado del Gran Mar, esperando por ellos, como había sido desde el inicio. Ahora, solo restaba dar ese último esfuerzo para llegar a ella. Una misión más estaba a punto de finalizar.
Espolearon a los caballos para descender a toda prisa por la pendiente que llevaba a la ciudadela. Pronto, se encontraron a si mismos cruzando por la Puerta de los Héroes, la magistral entrada a Troya. Su cabalgar apresurado y su desconocida presencia acapararon miradas por doquier mientras se encaminaban hacia el Palacio Real. Mujeres y niños, por igual, les contemplaban con curiosidad; mientras otros, como soldados jóvenes o héroes de guerra retirados, intentaban encontrar sentido al regreso de Ganímedes y su misteriosa compañía con aquellos, que según decían los rumores, venían protegidos por el toque de Athena.
No mucho después, tras dejar atrás los patios del recinto real, la comitiva se detuvo a los pies de las escaleras que guiaban hacia el megaron. Grande fue su sorpresa cuando, al llegar hasta aquel punto, descubrieron que Periandro en persona, acompañado por su guardia, esperaban por ellos en las escalinatas.
— ¡Bienvenidos! — abrió los brazos y descendió los escalones que les separaban. Sus ojos se fijaron, primero, en los rostros de los santos a quienes recordaba. Después, tras un rápido vistazo al resto, buscó aquello que realmente le interesaba. — ¿Es ella?
— Si. — habló Ganímedes.
— Está un poco delicada, pero se recuperará. — terció la vieja curandera. Pero Periandro no le prestó especial atención.
El rey se acercó a inspeccionarla. Recorrió con sus ojos cada detalle de la delicada doncella. Descubrió, con una mezcla de disgusto y decepción, que las cuencas de sus ojos se hallaban vacía; más no mencionó nada al respecto.
— Cumplimos con nuestra parte.
— Y yo, con la mía. — respondió a las aseveraciones de Saga.
— Entonces, no hay deudas de por medio. Temiscira es tuya, la sacerdotisa también. Una noche más y nos largaremos de aquí. — Ganímedes bufó mientras Aioros meneó la cabeza con incredulidad. Saga tenía un don para esas cosas.
— Espera, espera. — el rey detuvo al gemelo cuando cruzó junto a él. — Solamente tengo una duda más.
— ¿Y es?
— ¿Qué ha sucedido con el ceñidor?
Saga clavó su mirada en él, sin que el soberano de Troya pudiera reconocer las emociones en ella. Unos segundos después, la llevó hasta Aioros y Ganímedes, quienes a su vez, le observaron atentamente.
— ¿Por qué tanto interés, Alteza? El ceñidor nunca fue parte de los pactado. — cuestionó el arquero dorado.
— Simple curiosidad. Una joya con tal poder no pasa desapercibida para cualquiera. — Aioros sonrió, concediéndole la razón.
— El ceñidor es nuestro. — respondió. — Su lugar es en manos que sepan manejarle sin peligro.
— ¿Y cuáles serían esas manos? ¿Las de Athena?
— "Las tuyas. ¿No es así, Aioros?" — el castaño oyó la voz, respondiendo en su cabeza. Esbozó una sonrisa.
— Las manos correctas, señor.
-Continuará…-
NdA: ¿A qué no adivinan quien es el dios favorito de Sunrise? xDD Quizás exageré, ¡pero quería escribir esto! Mi cursilería sacó las uñas jeje. Espero que no se enfaden conmigo si este capítulo no es lo que esperaban. El próximo volverá a centrarse en los chicos dorados. Prometido.
Ejem… pasando a agradecimientos, ya saben que los comentarios siempre son bienvenidos y disfrutados. Gracias a: toaneo07, Artemisa-Cazadora, Sweet Viictory, Minelava, Saint Lu, Sagitariusgirl, marinlucero chiba, June Star, Sanae Koneko, legendary, Kokoro-koko, Pyxis and Lynx, Tatsumaki, IceQueen102, Damis, Yukime Hiwatari, Larc, AngelElisha, saga-adry-kanon y RIAADVD.
Por ahora no tengo más que decir. Cuídense hasta la próxima vez que nos leamos y pórtense bien ;)
Sunrise Spirit
