Capítulo 44
Los misterios ocultos en el alma
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Máscara de Muerte miró directamente a esos ojos iracundos que le observaban. Su mandíbula se había tensado por inercia y su cuerpo se posicionaba entre aquella loca y sus aprendices, delatando de alguna forma, su afán por mantenerlos lejos de la reyerta que aquel encuentro terminaría ocasionando. Entrecerró los ojos, dejando ver el disgusto que sentía, no solo por su presencia, sino por las palabras que, por todos los medios, se aseguraría de que la mujer se las tragara.
— No hay necesidad que sepas el nombre de nadie. — respondió el italiano con aquel descaro que le caracterizaba. Su boca se ensanchó en una sonrisa burlona. — Ninguno de nosotros va a morir aquí.
La mujer no respondió de inmediato, sino que se tomó un instante para examinar a los recién llegados. A pesar de no ser más que simples mortales, el misticismo que les rodeaba les hacía, al mismo tiempo, indescifrables.
La principal cuestión era la identidad de su protector. Eritia no podía saberlo con certeza, porque aquel cosmos divino que iba con ellos se ocultaban con maestría, haciendo de aquel, otro gran enigma que tendría que aplicarse para resolver.
Sin embargo, algo en ellos capturó de inmediato su atención, robándole una sonrisa.
— Comprendo. En realidad, estás en lo cierto. — sus ojos rojizos recorrieron los rostros de los cinco. — No puedo matar algo que ya está muerto. Pero si puedo devolverlo al lugar donde pertenece. — Máscara de Muerte apretó ligeramente los puños mientras la mirada de la hespéride se posaba en el trío de niños.
— La única que regresará al agujero de donde salió, eres tú.
— Un gran boca para alguien tan insignificante. ¿Quién eres?
Pero el santo no estaba dispuesto a contestar. Si algo, iba a demostrarle que su identidad no era una que pudiera definirse con palabras, sino con hechos.
Sin embargo, al borde de una inevitable batalla, por dentro, Máscara de Muerte se consumía en nervios. Por fuera, poseía el porte álgido y magistral del guerrero curtido en batallas que no retrocedería, aún ante el obstáculo más alto.
Sus ojos azules, fijos en el enemigo, sondeaban por debilidades, mientras su cosmos se expandía con una inusual inseguridad a su alrededor. Los límites de su poder, que alguna vez conociera con certeza, ahora nuevamente le parecían difusos, por lo que debía medir con extremo cuidado hasta donde podía tomar riesgos sin salir quemado. Por una vez, el valor de su vida no era solamente importante para él, sino que de su supervivencia dependía también la de Aioria y los niños.
— Te hice una pregunta y no pienso repetirla de nuevo. — habló la mujer.
— Quienes somos, no es algo que pueda responderse con tanta facilidad. — adujó el santo peliazul. — Es mucho más complicado de lo que parece.
— Vaya. — chasqueando la lengua, Eritia avanzó un par de pasos hacia ellos. Esa mirada turbia los recorrió con especial atención. — Entonces, tendré que ser indiferente al respecto. He de suponer que, el dios o diosa que les protege, tendrá la decencia de mostrar su rostro cuando hayan muerto.
— Lo dudo. — giró los ojos.
Al lado de su maestro, los tres niños tomaron posiciones de combate, pero los planes de Máscara de Muerte eran otros, muy distintos. Extendió los brazos, ordenándoles con ese gesto que retrocedieran. Su mirada nunca abandonó a la hespéride frente a ellos.
— Maestro… — sin embargo, el santo de Cáncer acalló las palabras de su alumnos al negar suavemente con la cabeza.
— Esta es mía. — respondió. — Gato, ¿puedes…? — jamás en su vida, Aioria se había sentido tan inútil como en aquel momento.
— Pierde cuidado. — no necesitaba escuchar más para saber que es lo que quería el cangrejo dorado de él: mantener lejos a los niños de aquel desastre. — Enanos…
Los niños no se movieron. Si algo, se afianzaron con más fuerza al lugar en el que estaban y que no pensaban abandonar.
— ¿No escucharon? ¿Han quedado sordos, o qué? — el peliazul llamó su atención.
— ¡Pero, Maestro…!
— ¡Silencio, Corban.!— le interrumpió. — Muevan su inútil humanidad lejos de aquí. ¡Me estorban!
Esas palabras retumbaron en sus oídos con fuerza, haciéndolos respingarse. Volvieron a dudar, pero terminaron cediendo a la orden de su mayor, a regañadientes. Retrocedieron lentamente, siempre con la mirada clavada en Eritia, como una sutil advertencia de que no debían ser tomados a menos y, ciertamente, su maestro tampoco.
— Los niños me resultan especialmente molestos. — la hespéride musitó.
Entonces, sin que nadie lo esperara, el suelo tembló bajo sus pies, como si algo se escurriera por debajo. Un momento después, Máscara de Muerte escuchó claramente el crujir de la tierra, seguido de los gritos descontrolados de sus pupilos.
— ¡¿Pero qué…?
Al voltear, su sorpresa no tuvo cabida. El suelo se había abierto y de él, había surgido grandes y gruesas raíces que tenían vida propia. Los chiquillos y Aioria había sido tomados con la bajo guardia, y ahora se hallaban prisioneros de las plantas. Máscara de Muerte apretó los dientes mientras mascullaba una maldición.
La hespéride había conseguido sorprenderles. Sin embargo, su cerebro no estaba dispuesto a dejar esperándola por una respuesta.
La punta de su dedo se iluminó para, una fracción de segundo después, liberar varios rayos de energía azulada que cortaron con precisión las raíces que mantenían cautivos a sus compañeros de equipo. Dirigió una última mirada asesina a Aioria, urgiéndole a mantenerse atento. El santo más joven carraspeó y asintió. En definitiva, las cosas para él iban de mal en peor.
— ¡Gato! ¡Por un demonio, mantente alerta!
— Si, si… perdón. — murmuró, solo para soplarse los flecos después. Era frustrante, muy frustrante.
Máscara de Muerte apenas y tuvo tiempo para volver a girarse, regresando su atención a Eritia. Cuando devolvió su mirada a ella, la Roja se había abalanzado en su contra. Sus largas uñas rasgaron la piel del antebrazo del santo, quien la repelió con una patada.
Fue en ese momento cuando el santo de Cáncer reparó en la verdadera naturaleza de su oponente.
Un fracción de instante antes de recibir el golpe, Eritia había adquirido la forma de un árbol seco. La patada terminó por destruirlo, volándolo en miles de pequeñas astillas de madera. Pero Máscara de Muerte sabía que no podía fiarse. Observó como las raíces del árbol se expandieron por debajo de la tierra, revelando de nueva cuenta la forma de la hespéride a unos cuantos metros de él. Volvió a atacarla, con un rayo de cosmos, pero el resultado fue el mismo.
Eritia se tornó en un arbusto que fue destruido por la energía del italiano, pero las raíces volvieron a resguardar la esencia de la mujer.
— ¡Maldita sea! ¡Una lombriz mitológica! — gruñó. ¿Por qué siempre le tocaban los seres raros?
La suerte de sus acompañantes no era menos agitada. Los chicos y Aioria luchaban con todo lo que podían por librarse del otro grupo de raíces que iban detrás de ellos. Esferas de cosmos sobrevolaban por todo el lugar, haciendo explotar a las plantas traicioneras, pero cuando conseguían librarse de una, otra tomaba su lugar de inmediato.
— ¡Gato!
— ¡¿Qué?
— ¡Fuera de aquí! ¡Ahora! — le ordenó.
— ¡¿A dónde quieres que nos larguemos, pedazo de imbécil? — Aioria respondió. Como si fuera muy fácil burlar el embate del que eran víctimas... — ¡Estas cosas van a seguirnos hasta el mismo Inframundo!
— ¡Las plantas no crecen en el Inframundo, par de idiotas!
Con todo el caos que los rodeaba, las palabras de Nix parecieron tener más razón que nunca. A pesar de la distancia, Leo y Cáncer intercambiaron miradas. Tenía sentido. ¡Por supuesto que lo tenía!
— ¡Oye, Leo! — al oír a su compañero, Aioria supo que las cosas iban en serio. — ¿Alguna idea para mantenerla quieta y poder robarle el alma?
— Bien fácil, Cáncer. — respondió, con una sonrisa ligeramente irónica. Y es que el castaño lo sabía; sabía que Máscara de Muerte conocía la respuesta tan bien como él mismo: tendría que jugar a ser carnada.
— Que mal. — el peliazul ensanchó una sonrisa, que se tornó sádica en un abrir y cerrar de ojos. — Tenía la esperanza que tuvieras un mejor plan.
— No sé de que demonios te quejas. —los ojos de Aioria centellaron con emoción. Mientras, la Roja no había dejado de moverse, observando con detenimiento cada movimiento de los intrusos. — Después de todo, el que va a llevarse la peor parte soy yo.
— Bah. Un par de magulladuras y ya te estás quejando. En verdad, siempre creí que eras un poco más…estoico.
— ¿Máscara?
— ¿Qué?
— Jódete.
Entonces, las palabras cesaron y las acciones tomaron su lugar. Máscara de Muerte permaneció estático en su lugar, más sus ojos siguieron con precisión a su compañero del quinto templo. Lo vio correr con todo lo que daban sus piernas hacia la hespéride y atacar. Podía no tener el cosmos de Leo fluyendo por su cuerpo, pero el italiano tenía que admitir que el chico tenía agallas. Aún así, lo mejor estaba por llegar.
El golpe que Aioria propinó a la Roja dejó a todos boquiabiertos. No solo se las había ingeniado para acertar el golpe sin ser tocado antes por la hespéride, sino que además, la fuerza del impacto había sido brutal.
Le tomó un segundo dejar a un lado su asombro. Sin embargo, cuando lo hizo, no pudo sino sentirse terriblemente entusiasmado. Oh, si… Después de todo, todo indicaba que no era tan inútil como había pensado. Tal como Artemisa había dicho, las habilidades de su constelación habían desaparecido, pero de a poco, las de Orión parecían aparecer; y en ese caso, la fuerza del mítico cazador había sido la diferencia.
— ¡Genial!
— ¡Joder, gato! Para ser un quejica de tiempo completo no está nada mal.
— ¡Cierra el hocico y concéntrate!
Un golpe al suelo terminó por remover todo mientras las raíces se revolvían compulsivamente en el piso, en busca del siguiente punto desde el cual atacar. Como podían, los santos y los chiquillos se las arreglaban para esquivarles.
Los tres aprendices no había tardado en comprender el plan de los mayores y, al igual que el santo de Leo, destruían con ayuda de esferas de cosmos cuanta posible ramificación se plantara en su camino.
Mientras tanto, también esquivando raíces, Máscara de Muerte esperaba por el momento adecuado para atacar. Sabía que tenía que encontrar la oportunidad pronto, porque de otra forma, el resto de sus acompañantes no resistirían mucho tiempo más.
Entonces, como si se tratase de un regalo divino, su momento llegó.
Tomó posiblemente menos de medio segundo, pero para el santo de Cáncer fue suficiente. Ahí estaba, frente a él; y no iba a dejarla escapar. Sonrió, con aquella mueca retorcida tan suya mientras su dedo índice apuntaba en dirección a Eritia, envuelto en un aura azul.
— ¡Ondas Infernales!
-2-
— ¿Aburrido?
Kanon se incorporó de la cama y miró hacia la puerta semiabierta. El pícaro rostro de Mirra apareció por ella mientras rápidamente se escurría en sus aposentos, cerrando la puerta detrás de si. El gemelo siguió atentamente cada uno de sus movimientos, con el ceño fruncido y sin pronunciar palabra alguna.
Cuando la princesa llegó al pie de su cama, Kanon se dejó caer, tendiéndose de nuevo sobre su lecho, e ignorando su presencia ahí, bufó. Si era inteligente, la chica entendería el mensaje y regresaría por donde había llegado.
— He escuchado de su triunfo en Temiscira. Troya, en su inmensidad, habla de la gran hazaña. Que una semidiosa, como lo era Hipólita, caiga de esa manera a manos de mortales, es un milagro a favor de nuestra raza. — habló la princesa, a pesar de la indiferencia del santo. — Mi padre está gratamente complacido.
— Nadie hizo nada por tu padre. — Kanon no se movió, pero su voz resonó en la habitación. — ¿Tienes algo más que decir? Sino, puedes comenzar a retirarte. Quiero estar solo.
— Antes eras mucho más agradable. — visiblemente irritada, la doncella alzó las cejas y torció la boca en una sonrisa mordaz. — ¿Qué sucedió? Ahora mismo tienes la agradable sutilidad de tu hermano; y créeme, la desvergüenza te va mucho mejor. Te hace mucho más…interesante.
Kanon dejó escapar una risita irónica, cuyo significado resultó desconocido para la princesa troyana. Liberó un suspiro reprimido y volvió a incorporarse, apoyándose sobre los codos.
— Me parece que el aburrimiento, en este habitación, no es mío. ¿Qué tan desesperada puede estar una princesa? — cuestionó, nunca borrando su sonrisa sardónica.
— No te haces idea de lo monótona que es la vida en un palacio, santo.
— Ya. Todo un suplicio. — giró los ojos, solo para dejarse caer una vez más.
— Aunque lo dudes, lo es. — pero Mirra no iba a darse por vencida. Se trepó en la cama y se escurrió hasta donde estaba el gemelo. — ¿Estarías dispuesto a ayudarme con eso?
Entonces, la risa del marina se tornó en una carcajada. Abrió sus ojos y miró directamente a los de la princesa. De pronto su semblante se había tornado serio.
— No me apetece ser el juguete de una princesa. — apartó su mano, impidiéndole que le tocara cuando ella intentó acariciar aquella enredada melena azul. — Estoy seguro de que puedes encontrar la diversión que deseas en otro lado.
— Tampoco estoy segura de que sea igual a lo que puedes ofrecerme.
— Hablas como si me conocieras, y no creo que tengas ese gusto.
— Los guerreros de tu tipo, en general, son un placer digno de saborearse. Permíteme comprobar si no eres la excepción a la regla. — sus labios rozaron a los de Kanon, pero el gemelo los esquivó, girando sutilmente el rostro. — ¿Qué pasa? No será tan malo.
— Por más interesante que pueda ser, no tengo deseos de fungir de entretenimiento tuyo, Mirra. — intentó sentarse, pero la princesa había tomado la delantera, posicionándose a horcadas sobre él.
— Te aseguro que, tras esta noche, no habrá nada más que pueda pedir de ti. Una noche… nada más.
El par de segundos que escaparon en silencio lo dijeron todo. Mirra sonrió. Lo tenía.
Con movimientos felinos, se deslizó sobre él, en busca de sus labios. Dejó que su cuerpos se encontraran, y a pesar de la tela que aún los dividía, se atrevió a palpar aquello que pronto sería suyo.
Atrapó los labios de Kanon entre los suyos, lamiéndolos y mordisqueándolos. No tardó en conquistar aquella boca que se le resistía con sutil indiferencia mientras su cuerpo despertaba lentamente al del hombre que había elegido para saciar esa noche de deseo. Antes de lo que esperaba, Mirra sintió la lengua del santo danzando con la suya. Con presteza desató el cinto de su túnica y desnudó el torso de su atractivo invitado. Lo acarició y lo besó. Recorrió a placer aquel pecho de mármol con su lengua y dibujó sobre él, con arañazos, el boceto de la pasión que el peliazul generaba en ella.
Las manos masculinas se afianzaron a sus muslos, treparon por ellos, deshaciéndose del obstáculo que representaba las telas a su paso, hasta posesionarse de sus caderas, desde donde rigieron cada sensual movimiento de la princesa. La hizo gemir con aquel salvaje roce de sus pieles húmedas; se deleitó en escucharla pronunciar su nombre entre jadeos, y cuando supo que él mismo no podía contenerse más, la reclamó para si.
A partir de ese momento, no hubo pausa ni descanso…solo hubo una lucha oscilante entre el control y la lujuria.
Demandaron del cuerpo de su amante todo el placer esperado, se convulsionaron en las fogosas caricias que robaban del otro; mientras sus cuerpos, exigentes y expertos, se unían en la encarnación del deseo.
El apasionado viaje terminó con una explosión de placer, con último gemido…un último suspiro.
Mirra se derrumbó sobre él, vencida por aquella deliciosa sensación que todavía contraía cada músculo de su cuerpo extasiado. Robó un beso más que el peliazul no correspondió y sirvió de recordatorio de que, todo pacto, había terminado unos pocos segundos, en el ápice de la liberación.
De cualquier forma, la doncella troyana no tenía quejas. Su curiosidad y su libido habían sido satisfechos, y de gran manera, debía admitir. Así que, si él no devolvía una más de sus caricias, le daba igual. Al final, solo necesitaba unos pocos minutos para recobrar el aliento y se marcharía para, probablemente, no verle jamás.
Sin embargo, no todo sería tal como la princesa esperaba. Había algo que quemaba en el alma de Kanon y esa era su oportunidad para hacer algo al respecto.
— Mirra…necesito un favor. — habló, aún con la respiración entrecortada. La princesa, sin abandonar la comodidad que le ofrecía su ancho pecho, le miró, más no respondió, animándole a continuar. — Quiero que averigües algo por mi.
— ¿De qué se trata?
Kanon se mordió el labio. Su silencio intrigó a la doncella, quien se incorporó ligeramente para mirar de frente a sus ojos verdes, interrogante. Con todo, el gemelo no se atrevió a enganchar su mirada a la de ella.
Suspiró, antes que la respuesta surgiera de sus labios es un murmullo apenas perceptible.
— Hipólita…Necesito saber lo que tiempo haga de ella.
-3-
Mu estaba a punto de abandonar la habitación cuando algo le disuadió de hacerlo.
Llevaba un buen rato ahí, con la firme esperanza de que Phineas despertara en algún punto de ese noche. La mañana siguiente, cuando Ganímedes así lo ordenará, él y sus compañeros partirían de regreso a Atenas, al otro lado del Gran Mar. Probablemente, después de eso, sus caminos jamás se cruzarían; y tenía que admitir que le resultaba decepcionante no haber podido hablar con ella más allá de en un sueño
A la vez, Mu la dejaba con muchas preguntas sin resolver. La salud de la sacerdotisa, aunque frágil, había mejorado. Apolo y su don la mantenían con vida. Sin embargo, la vida en Troya era diferente.
El ariano desconocía los planes de Periandro para con ella y, para su disgusto, no había pasado por alto el desagrado con que el rey troyano la había mirado al descubrir que sus ojos ya no verían nunca más la luz del Sol, al que adoraban. Sin necesidad de pensarlo demasiado, era fácil decir que el destino de Phineas era una incógnita tan grande como el origen de sus gracias.
— Sigues aquí… — ese suave murmullo hizo que detuviera sus pasos y girara, incrédulo de lo que escuchaba. Se aproximó en silencio hasta el lecho, deteniéndose a su lado.
— ¿Cómo te sientes? — murmuró.
Pero ella pareció ignorar su voz. Giró la cabeza hacia la ventana semiabierta, por donde el viento de la noche se colaba. Su rostro se mantenía inalterable, en medio de una calma que Mu no comprendía.
— Mentían. — susurró con una voz cansada y pastosa.
— ¿Qué?
— Mentían…ellos…los dioses. — el corazón del santo de Aries dio un brinco. — Aún los santos… no pueden… — más no pudo pronunciar ninguna palabra más.
— ¿No pueden qué?
No tuvo respuesta. Los labios de Phineas se movieron, pero las palabras no surgieron de ellos.
Segundos después, la chica cayó de nuevo en una calma tan profunda, que Mu solo pudo asumir que había vuelto a dormirse. Con cuidado apartó sus largos cabellos de su rostro, revelando las vendas que todavía le cubrían los ojos. Se tomó un instante para mirarla, probablemente por última vez.
— Oye… — susurró, acercándose a ella. — Una vez, me hablaste en sueños. Dijiste que podías ayudarme y… sinceramente no sé si aún puedas hacerlo. Pero, si todavía eres capaz de hacerlo, si aún sabes como ayudar a mis compañeros, entonces también sabrás como encontrarme. — la vio revolverse en la cama, y de alguna manera creyó que le había escuchado. Así, le colocó las mantas, solo para despedirse con una caricia a su rostro. — Buena suerte, Phineas.
Se marcho de la habitación con recelo, ignorando si hacía bien, o mal. Cerró la puerta con cuidado, y dispuesto a no mirar atrás, se apresuró a encontrar sus propios aposentos.
No había avanzado mucho cuando la presencia de alguien más le pilló desprevenido a mitad de pasillo. No era necesario voltear para ver de quien se trataba, pues esa energía le era conocida.
Desde su regreso a Troya, tal como lo habían supuesto, sus cosmos estaban de regreso. Era raro volver a acostumbrarse a ellos, y a esa intuición tan afinada que siempre terminaba estando en lo correcto.
— Maestro.
— ¿No sabemos nada de Apolo? — cuestionó el mayor.
— No ha aparecido, ni se ha comunicado conmigo. Dudo siquiera que se haya mostrado a Phineas. ¿Crees que regrese?
El santo de Libra asintió. Mientras, retomó el camino, invitando al pelilila a caminar a su lado.
— Vendrá. Estoy seguro de eso.
— Está tardándose.
— Los dioses hacen las cosas a su propio tiempo. Nunca tienen prisa y nos harán esperar tanto como crean que es necesario. Así es con ellos, Mu. Deberías conocerlos un poco más. — esbozó una sonrisa triste. — No te preocupes, ni desesperes. Apolo estará aquí antes de lo que podamos imaginarnos.
-4-
El destello carmesí de los ojos de Eritia brilló en la oscuridad del Yomotsu. Nunca en su vida había presenciado tanta oscuridad, y tampoco contemplado un lugar tan lúgubre como aquel. Miró la tierra, dura y árida, debajo de sus pies. Entonces, comprendió el acertado plan de su contrincante.
— Un hombre inteligente. — habló, buscando entre las penumbras por la figura de Máscara de Muerte.
— ¿Tú crees?
La voz del santo resonó con el eco de la colina, así que Eritia no tuvo oportunidad alguna de localizar su origen. Sin embargo, en ningún momento se sobresaltó, ni perdió la compostura.
Caminó unos pocos pasos, sintiendo la roca áspera bajo sus pies desnudos. A su alrededor, las almas de los condenados seguían su cruel marcha, sin reparar en su presencia ahí. Sus ojos vacíos no veían nada más que aquel profundo cráter en el que su alma habría de hundirse antes de llegar al mundo de los muertos. Al obsérvalos, la Roja solo podía pensar en una cosa: ese era un desagradable y funesto espectáculo.
— ¿Qué te sucede? ¿Nunca antes miraste a la muerte directo a los ojos? — Eritia volteó y, aunque le pareció observar fugazmente la figura del santo de Cáncer entre los cientos de almas errantes, rápidamente le perdió de vista.
— ¿Por qué no te muestras y retomamos nuestro combate donde lo dejamos?
— No tiene caso. — Máscara de Muerte soltó una carcajada. — Gané.
La hespéride sintió la sangre hirviendo en sus venas. Su rabia se maximizó mientras su rostro expresaba sus sentimientos sin ninguna sutileza.
— ¿Ganaste? — siseó. — Estas siendo engreído, ¿no te lo parece?
— Si. ¿Te molesta? — una nueva carcajada se expandió con el eco. — El orgullo viene con el título.
— ¿Qué título? ¿Eres un rey? ¿Un príncipe?
— No. Algo más parecido a…un dios. — por fin, entre las penumbras, Eritia distinguió el brillo azul de los ojos del italiano. — Aunque no lo sea.
— Las blasfemias no van a llevarte a ningún lado, mortal.
— Bah. No dije que fuera un dios y tampoco es algo que me resulte particularmente interesante. — el santo avanzó en su dirección. — Los dioses están vacíos…están muertos por dentro. No saben lo que es vivir porque no conocen la muerte.
— ¿Tú si?
— Desde que era un mocoso. ¡Vivo con ella!
Eritia, sin explicarse porque, sintió la piel erizándole. A su alrededor cientos de llamas azules comenzaron a tintinear. Danzaban plácidamente, rompiendo con su tenue luz la oscuridad que les rodeaba.
Por un segundo, la hespéride quedó anonadada. En medio del fúnebre ambiente de muerte, esas pequeñas llamas traían consigo una aire de melancolía que jamás había experimentado en su eterna vida. Una de ellas se le acercó. Eritia extendió la mano para intentar acariciarla, pero la flama le rehuyó.
— Ignus fatuus.. — la mujer despertó de su letargo al escuchar al santo hablar. De pronto, esa voz burlona y altanera había mutado en una suave y tranquila, casi espectral. — Las almas de los muertos que aún arden, como lo hicieran en vida. — una luz se posó en la mano de Máscara de Muerte. Él, entonces, sembró su mirada en la mujer. — Dime algo. ¿Tienes alma? — Eritia retrocedió. — ¿No lo sabes? Me parece que estamos a punto de averiguarlo.
Cuando la hespéride volteó, notó que las llamas habían dejado atrás su perezosa marcha. Ahora giraban, aproximándose a ella, cada vez más y más rápido. El cosmos del peliazul también se había encendido, y una energía tan azul como las llamas fatuas le envolvía magistralmente.
Intentó hacer que sus raíces se expandieran sobre el suelo de la colina de los muertos, pero nada sucedió. Aterrorizada ante las posibilidades que se abrían frente a ella, devolvió su atención al santo; Mascara de Muerte sonreía.
— Fuego azul demoníaco. — musitó, mientras un incendio de llamas azules se avivaba alrededor de la hespéride.
Un escalofriante chillido retumbó en medio del silencio, tan inusual como absurdo, en un mundo en el que incluso el derecho al llanto les había sido arrebatado. El fuego ardió con fiereza, alimentándose del alma de Eritia y consumiendo hasta la última gota de su energía de vida.
Mientras, Máscara de Muerte observaba. Pocas eran las ocasiones en que se atreviera a usar los fuegos fatuos, pero podía asegurar que jamás los había visto arder como en ese momento. Las almas inmortales, sin lugar a dudas, despedían un resplandor muy diferente al de las mortales. No sabría decir si su belleza era mayor, pero con toda seguridad afirmaría que su luz era una espectáculo como pocos que hubiese presenciado.
Pronto, los aullidos cesaron mientras las llamas perdían intensidad poco a poco. En cuestión de minutos, las penumbras habían vuelto a tomar control del Yomotsu.
— Bah. — dejó escapar el aliento y se rascó la cabeza con pereza. — Por un momento creí que esto sería mucho más complicado. — sopló sus flecos y echó un último vistazo a su alrededor. Hacía mucho tiempo que no pisaba los dominios de la muerte y no le asombraba en lo más mínimo que el lugar no hubiera cambiado en lo absoluto. — Unas jodidas cortinas te vendrían bien, Hades. — masculló.
La punta de su índice se impregnó de nueva cuenta con el color cerúleo de su cosmos, mientras se disponía a regresar al jardín. Pero, entonces, algo capturó su atención.
No dio crédito a lo que veía.
— Afrodita.
-5-
— Listo. — la anciana terminó de ajustar los vendajes alrededor de su torso y le ayudó a ponerse la túnica con cuidado. — Parece que el viaje no ha afectado demasiado la sanación de la herida, pero todavía debes tener cuidado. Fue un corte profundo y, en el mar, podría infectarse.
— Gracias. Tomaré las precauciones necesarias. — Aioros asintió.
— Que los dioses sean con ustedes. — la anciana le obsequió una reverencia antes de darle la espalda. Recogió en silencio sus cosas y tras un par de minutos, abandonó la habitación del santo.
Tan pronto la vio marcharse, Aioros se puso de pie. Se aseguró de que nadie más estuviera presente o pudiera interrumpirle y entonces, removió los vendajes que cubrían sus costillas laceradas.
A decir verdad, la herida se sentía mucho mejor de lo que se veía. La piel todavía se encontraba rojiza alrededor de los puntos de costura. Algunas pequeñas manchas de sangre fresca habían manchado los telares, como señal de que la cicatrización aún no era completa. Incluso, si uno lo miraba con atención, podía intuir que la infección de la que Tarsila hablaba, había estado ahí y poco a poco había desaparecido con ayuda de los cuidados de la anciana curandera.
— Fuiste descuidado. — se dijo a si mismo, mientras pasaba los dedos alrededor del corte enrojecido. Se estremeció al sentir una punzada de dolor que todavía remanecía. — Idiota. — se recriminó por semejante estupidez.
— "No tiene porque volver a suceder."
— Volverá a suceder. Te lo aseguró. — respondió, solo para sentirse aún más estúpido al contestar las provocaciones de una voz que existía solo en su mente.
Meneó la cabeza desaprobando sus propias conductas y procedió a reacomodar las vendas sobre su torso. Para su mala suerte, descubrió que sus habilidades para el arte de la curación eran todo, menos excepcionales.
— "Oh, vamos, Aioros. ¿Por qué la necedad? Solo necesitas desearlo y todas tus molestias desaparecerán en un pestañeo." — Aioros bufó, esforzándose todo lo posible por ignorar sus propios deseos. — "Lo deseas, ¿no es así?"
La mirada azul de Aioros se agachó. Su rostro adoptó esa expresión hueca que comenzaba a volverse usual en él cuando se sentía acorralado por su propios deseos. Suspiró al sentir aquella tenue energía cosquilleando en su cuerpo mientras toda señal de la herida que le aquejase desaparecían lentamente.
— ¿Por qué…?
— "Porque tú querías. No todos los deseos son malos o perversos."
— Eso no significan que sean correctos.
— "¿Tu lógica rige sobre tu corazón? Todo el mundo dice que eres un hombre muy diferente al que aparentas ser ahora."
— A veces es necesario poner la cabeza por encima de los sentimientos.
— "Solo a veces…"
Una maldición abandonó los labios del santo de Sagitario. ¿Desde cuando su perverso subconsciente podía ganarle una discusión de esa forma? Revisó su costado para constatar lo obvio: su herida había sanado. Se sentía infinitamente mejor, y ciertamente más aliviado, pero ahora si que tendría un problema ocultando su milagrosa recuperación al resto, por no hablar de su conciencia que se revolvía, inquieta, en su cabeza.
Se revolvió los cabellos y retomó sus esfuerzos por acomodarse el vendaje. Si pensaba ocultar a sus compañeros lo que sucedía, necesitaría de aquel curetaje para sostener su mentira todo el tiempo que le fuera posible. Así que, sin importar como, tenía que ingeniárselas para hacer que el vendaje quedara medianamente parecido al de Tarsila y siguiera pareciendo de utilidad para una herida ya inexistente.
— Aioros, ¿qué haces? — al escuchar su nombre, se respingó y miró a sus espaldas.
— ¡Por Athena, Aretha, ¿qué hablamos acerca de no asomarte asi? — exhaló, sintiendo que su corazón amenazaba con abandonar su pecho. En momentos como esos, maldecía la habilidad de la ninfa de esfumarse y aparecer con el viento. Unos pocos segundos antes y no iba a haber forma de explicarle lo que sucedía.
— Lo siento. — ella sonrió, nerviosa. A decir verdad, la cara de susto del arquero le resultaba de lo más cómica cuando su vida no estaba de por medio. — ¿Estás bien? Te ves…
— Me asustaste. Es todo.
— ¿Qué haces? — la ninfa miró con curiosidad el vendaje a medio hacer del santo. Se acercó para ofrecer su ayuda, pero notó claramente como Aioros rehuyó de su cercanía.
— Puedo hacerlo solo. Gracias — bajó la mirada mientras continuaba liándose con los lienzos.
— Lo…lo siento. — ella balbuceó, no sin mirar con extrañeza su conducta tan errática. — Solo quería ayudar.
— Comprendo. Pero estoy bien. No es necesario.
Aretha asintió y cesó sus intentos de acercarse. Mientras le miraba de soslayo, se encaminó hacia la enorme cama en el centro de la habitación, donde se sentó a observarle con atención. Algo definitivamente lucía diferente en el castaño, pero ella no podría decir con certeza de que se trataba.
— ¿Todo bien? — habló de nueva cuenta. Tuvo que esforzarse por reprimir una sonrisa al ver a Aioros completamente enredado con sus propias vendas, pero si él no quería ayuda…
— Si. Bien. — aunque parecía no prestar atención a la pelirroja, Aioros la miraba de reojo todo el tiempo. Lo último que quería era que ella se enterara de lo que sucedía, sobre todo de esa forma.
— ¿Y Kanon? ¿Está mejor?
— ¿Mm? — alzó una ceja, viéndola directamente. — ¿Mejor? No, no. Nada de eso. Creo que todo lo contrario. — por fin, se dio por vencido. Torció la boca, y girándose hacia donde estaba ella, se sentó a su lado.
— Haz hecho el vendaje más horrible que jamás he visto. — rió la ninfa. — ¿Puedo?
— No, déjalo. — gruñó.
Ella tampoco insistió.
Era raro porque, de pronto, se sentía extraña a su lado, como no se había sentido aún cuando en verdad eran un par de desconocidos. La ansiedad de Aioros era evidente, así como el afán de mantenerla a una distancia prudente. De compartir besos de contrabando, habían pasado a mirarse, sin saber que decirse.
La ninfa suspiró con tanta fuerza que la atención del arquero recayó en ella. La miró mientras ella, avergonzada, agachó la cabeza tratando de ocultar el rostro detrás de las largas mechas de ensortijados cabellos rojos.
— Aretha. — Aioros le buscó la mirada, apartando suavemente la melena que la ocultaba. Aún así, ella no se atrevió a sostenerle la mirada. — Bonita, mírame. — acarició su mejilla.
— ¿Si?
— Lo siento. — susurró a su oído. Ella, meneó la cabeza, dejándole saber que las disculpas no eran necesarias.
—¿Estás seguro que todo esta bien?
Sin embargo, en esa ocasión, su respuesta no vino en forma de palabras.
Las manos del arquero tomaron su rostro entre ellas y, sin ningún tapujo, lo atrajeron contra el suyo. Sus labios se encontraron con intensidad mientras su lengua se abría paso hacia su boca, sometiendo a la de ella. Aretha gimió, sobre pasada por el ímpetu del repentino y robado beso.
Al principio trató de resistirlo, pero pronto, encontró sus manos recorriendo entre caricias cada músculo marcado del torso del santo. Lo dejó guiarla hasta donde él quisiera, abandonándose por completo a sus deseos. No tardó en sentir las manos de Aioros sobre su propia piel. Acarició sus brazos, su espalda, sus piernas; y aún cuando la empujó contra la cama y se posicionó encima de ella, dominante, Aretha no puso resistencia alguna.
En cambio, enredó sus manos en los rizos castaños, se dejó conquistar por aquellos besos ardientes y desechó de su mente cualquier pensamiento que no involucrara al hombre que hacía delicias de su cuerpo.
— "¿Decías que todos los deseos son malos? Ella es tu deseo." — el sonido de la voz lo hizo detenerse. Cesó toda caricia mientras sus ojos azules se abrían de par en par.
— "Yo…"
— "Oh, vamos. La tienes….solo atrévete." — el santo de Sagitario fue incapaz de reconocerse a si mismo. Estaba llevando las cosas probablemente más lejos de lo que deseaba. Lo que era todavía peor, comenzaba a perder de vista la difusa línea entre su propio albedrío y el poder que el ceñidor ejercía sobre él; y si de algo estaba seguro, es que definitivamente no quería que la incipiente relación con Aretha terminara mancillada por el maldito objeto.
— ¿Aioros? — su nombre en los labios de Aretha hizo que le devolviera su atención. Ella lo observaba con adorable curiosidad mientras sus mejillas sonrojadas y el suave vaivén de su respiración le daban un toque inocencia que le resultó irresistible.
Entonces, el arquero agradeció a los dioses por aquel golpe de cordura. Simplemente no podía, no así…
Ofreció una última caricia al rostro de la ninfa y besó sus labios de nueva cuenta, fugazmente. Después de incorporó para sentarse a su lado, totalmente perdido respecto a lo que debía hacer o decir. En realidad, incluso mirarle se le antojo terriblemente difícil en ese momento.
Hablar iba a ser tortura. Fuera para disculparse por algo que no sentía incorrecto, o para dar explicaciones de aquel errático comportamiento suyo, Aioros no tenía la menor idea de cómo enfrentaría la avalancha de preguntas que con toda seguridad le vendría encima. Quizás, si se atrevía y daba el primer paso sería más sencillo. Quizás…
— Aretha, yo… — encogió los hombros. La miró, solo para perderse un par de segundos más en ese rostros enmarcado por los cabellos de fuego y en esa sonrisa tímida, pero a la vez sumamente irresistible. Despertó cuando los ojos azules de la chica se encontraron con los suyos, sintiendo que penetraban hasta lo más profundo de su alma. — …yo no sé que pasó. Me gustas…me gustas mucho, pero no sé si esta sea la manera…no quiero que sea así.
— ¿Así? — ella susurró mientras acomodaba lentamente su túnica y miraba de soslayo al santo.
— Así…apresurado.
Aretha jamás contestó, limitándose a asentir casi de forma imperceptible bajo la insistente mirada del santo. Aioros, secretamente más tranquilo al observar la reacción de su ninfa, acomodó esos largos cabellos rojos con cuidado.
Quedaron en silencio, sin nada más que decirse el uno al otro…al menos hasta que el arquero dorado decidió que, tarde o temprano, tenía algo que decirle.
— ¿Aretha?
— ¿Si?
Pero entonces, cayó en el silencio de nueva cuenta. Confiaba en ella, eso era innegable. Pero, ¿quería arrastrarla al caos que estaba viviendo?
— "¿Eso quieres, Aioros? ¿Quieres que deje de amarte para temerte?" — el santo contuvo la respiración por lo que pareció un largo instante. Sintió los ojos de la pelirroja sobre si, y supo que le debía una respuesta.
— Nada, no pasa nada. — sonrió mientras la abrazaba, acercándola a él.
-6-
Saga, protegido por la escueta luz de las teas, observó la figura de la doncella mientras abandonaba los aposentos de Kanon. Resopló, no porque aquello le pillara por sorpresa, sino porque mantenía la esperanza de que su gemelo resistiera la tentación que Mirra representaba. Desafortunadamente, toda esperanza estaba perdida con aquel hallazgo.
Esperó a que la princesa se alejara para acercarse. Dudó su debía o no entrar, porque con toda probabilidad, Kanon iba a sentirse irritado por su presencia. Al fin, se decidió a llamar. Con suavidad, golpeó la puerta en un par de ocasiones, pero al no recibir respuesta se atrevió a hablar.
— ¿Kanon? — hubo un largo silencio hasta que, al cabo de unos pocos segundos, algo parecido a un gruñido se dejó escuchar. — ¿Puedo entrar?
La respuesta tardó tanto en llegar, que el santo de Géminis pensó en ella como una clara negativa. Agachó la mirada, pensando detenidamente en cual sería su siguiente paso. Sin embargo, antes que hiciera cualquier cosa, de manera inesperada, la puerta se abrió y la vibrante mirada esmeralda de su hermano se fijó en la suya.
— ¿Qué quieres?
— ¿Puedo entrar? Hablemos dentro, por favor. — susurró.
El general marino entrecerró los ojos. Desvió sus ojos hacia sus espaldas, pensándose seriamente la posibilidad de dejarle afuera. Pero, sorprendiéndose a si mismo, abrió la puerta para cederle el paso.
— No te fijes en el desorden. — acotó mientras regresaba para tenderse en la cama. — Bien, ¿qué quieres? Estoy cansado y mañana partiremos al medio día. Habla rápido. — el gemelo mayor se sopló el flequillo.
— Estoy preocupado…
— No tienes nada porque angustiarte.
— ¿En serio? ¿Te has visto en el espejo? Eres la personificación de un problema ahora mismo, Kanon. Antes estabas malhumorado, pero ahora… ¡no sé como describir lo que eres!
— ¿Y te preocupa? Tú tienes tus propios problemas con los cuales lidiar. Déjame a mi los míos. — lo miró, fijamente.
— Mis problemas son míos, si. Nadie más entera de ellos. Pero, tú… — Saga se encogió de hombros. — No soy el único que se siente así. Todos están perturbados por tu comportamiento, y nadie sabe el porque este cambio.
— No tienen porque saberlo.
— ¿Qué sucedió en el salón de Hipólita? — soltó la pregunta dispuesto a no callar más.
Sus ojos se engancharon, midiéndose con sumo cuidado, más ninguno de los dos pronunció una sola palabra de más. El menor de los dos fue el primero en romper la tensión de sus miradas. Abandonó su cama para dirigirse a la ventana, perdiendo la vista en las decenas de tejados de las casas que descansaban en la ciudadela, bajo el palacio.
Saga lo miró atentamente. No alcanzaba a imaginar lo que fuera que tenía a Kanon así, pero en definitiva solo conseguía angustiarse más y más al verlo actuar de aquella forma tan distante y fría.
— ¿Es tan grave? — los ojos del gemelo menor se desviaron para ver a su hermano de soslayo.
— ¿Qué?
— Lo que sea que haya pasado no puede ser tan malo. — siguió hablando. — Pero ni hablas de ello, y si continuas comportándote como una persona completamente ajena a la que eres.
— Saga…
— No tienes que hablar de esto precisamente conmigo, pero háblalo con quien quieras. Si hay alguna forma de ayudarte…
— ¡Saga! — Kanon se había volteado, para encararle. — ¡Deja de meterte donde no te hablan! No quiero hablar de esto con nadie, ¿entendiste? Con nadie. Es mi problema. ¡Mío!
Entonces, toda aquella preocupación que le aquejase por su gemelo se extinguió, cediendo su lugar a una dolorosa rabia. Rabia por no poder ayudarle, rabia por ser incapaz de obtener su confianza.
— ¡Esto dejó de ser solo tu problema! — le reclamó con la misma intensidad con que Kanon le respondiese antes. — Me lo dijiste antes y te lo repito a ti, ahora: ¡Dejó de ser tu problema cuando hiciste algo que puede afectar a todos los demás!
— ¿Y qué sería eso, hermano? — ironizó.
— Mirra. — Kanon sabía de lo que Saga hablaba y, aunque lo deseaba con todas sus fuerzas, por alguna razón, sintió que no podía negarlo. — ¿Estoy equivocado?
— ¿Qué más da?
— ¡¿Qué más da? ¡Es la hija del rey, Kanon! Si Periandro se entera va a asesinarte, en el mejor de los casos.
— ¿Qué más da? — repitió, lentamente.
— ¿Acaso no te importa?
— A ti no te importó cuando comenzaste a tirarte a Afrodita. ¿Por qué habría de importarme a mi, ahora? — no supo si fueron las declaraciones de Kanon, o la forma en que le miró en aquel instante, pero como pocas veces sucedía, Saga se quedó sin respuestas. El par de pasos que había avanzado hacia el otro peliazul, los deshizo. Su boca estaba abierta, pero ningún sonido provenía de ella. — Oh, ¡por favor! No te hagas el sorprendido, Saga. ¿Qué te hace pensar que algo aquí es diferente a lo que tienes con esa diosa?
— No sabes de que hablas. — apretó los dientes.
— Lo sé y, ¿sabes algo? Tú te negaste escucharme antes, cuanto hablamos de ella. Anda, dime ¿Qué te hace pensar que ahora yo debo de escucharte a ti? — le retó a responder.
— Vas a escucharme, porque la situación no es siquiera parecida. Yo…estoy con Afrodita porque así lo deseo. Llámalo capricho, llámalo estupidez, como mejor te parezca, pero es mi decisión estar con ella. — Saga habló despacio y calmado, con un tono tan escalofriante como tranquilo. — Lo que estás haciendo con Mirra, es autodestrucción.
Kanon se respingó. Su rostro adquirió un gesto de seriedad que rápidamente se borró, para dar paso a una escandalosa risa que él mismo desconocía lo que significa con exactitud.
A esas alturas, con los ánimos revueltos Saga tampoco no supo como tomarse esa actitud. Consideró seguir hablando a pesar de lo que se sentía como una burla, pero por último, prefirió guardar silencio y escuchar, mientras Kanon escupía el veneno que tantas ganas tenía por soltar.
— ¿Autodestrucción dices? — la sonrisa sardónica de Kanon le irritó de sobremanera. — Todo este viaje es exactamente eso: un suicidio colectivo. Tú lo sabes… todos lo sabemos. No hay gran diferencia entre morir a manos de un rey a hacerlo a causa de alguna bestia mitológica, o algún dios. Al final de cuentas, parece que eso es todo lo que podemos esperar de esta aventura. Muerte.
— No tiene porque ser así. — Saga respondió. Sus propias palabras, de pronto, ya no le sonaban la mitad de convincentes.
— Sigue creyéndolo…si de verdad lo haces.
De los dos, Kanon era el que más había cambiado en el largo período que pasasen separados. Todos los eventos, las desgracias y obstáculos, que habían enfrenado le habían convertido en una persona muy distinta a la que Saga conociera en su adolescencia. Pero, de pronto, al tenerlo enfrente, hablándole con tanta crudeza y pesimismo, el gemelo mayor no pudo evitar que las memorias de épocas más oscuras nublaran su mente. Tristemente, tenía que aceptar que un Kanon herido era un Kanon peligroso, y no solo para los demás, sino para él mismo también.
Asimismo, el santo de Géminis reconocía, con gran pesar en el corazón, que salvar a su gemelo de hundirse, era poco más que una dantesca hazaña. Kanon era obstinado, al punto que, cuando lo deseaba, era capaz de destruirse sin ningún miramiento.
Entonces, al sentirse sobrecogido por el montón de reflexiones acerca de ambos, su mirada esmeralda, hasta ese momento rabiosa, se tornó triste, melancólica incluso.
— No soy ningún ingenuo, Kanon. — habló, esta vez con un tono alicaído. El menor no respondió, sino que le dejó decir lo que desease. Todo con tal de sacarlo de ahí lo más pronto que pudiera. — Sé que vinimos hasta aquí a luchar por nuestras vidas, cosa que no estoy seguro conseguiremos. Aioria se ha ido, Máscara también… y Afrodita; a saber quien será el siguiente. ¡Pero, por los dioses, piensa en ello! ¿Así es como quieres irte? ¿Así es como quieres despedirme? Si algo nos sucede, a ti, a mi, a cualquiera, ¿estás seguro que deseas que las cosas terminen de esta forma? Pensé que habíamos aprendido algo de la última vez.
Le dolió al alma que la respuesta que buscaba no llegase. Sin embargo, así fue.
Kanon clavó sus ojos en él, pero mantuvo sus labios sellados. Un solo sonido nunca abandonó su garganta. Sus pensamientos se mantuvieron presos en su cabeza.
Y no es que las palabras de Saga le hubieran resultado indiferentes, sino en realidad fue todo lo contrario. Estaba de acuerdo en cada una de ellas, porque él tampoco había olvidado un solo segundo de aquel lejano adiós en Cabo Sunión. Se había despedido entre maldiciones y reproches. Se habían alejado, no en solo físicamente, sino también en espíritu. Se habían convertido en extraños que no se reconciliarían hasta mucho después, cuando quemaran su último aliento, juntos, en el infame Muro de los Lamentos.
No quería eso de nuevo, no quería volver a ver la decepción pintada en el rostro de su hermano. Pero, ¿qué otra opción tenía? De cualquier manera, terminaría ganándose su desencanto, y por ello, casi prefería sentir su odio que su miseria.
-7-
Su instinto le gritó que algo sucedía, aunque su cosmos fue incapaz de encontrar la razón de esa alerta. Mu su mantuvo expectante, atento a que el dios dejara a sus ojos mirarle. Sabía que era Apolo…tenía que ser él.
Y no se equivocó.
— ¿Los tienes?
— Necesito una garantía de que no serán utilizados para nada más que para regresar a Aioria y Máscara de Muerte. — el santo de Aries respondió con la misma indiferencia con que el dios del Sol le tratase.
— Tienes la palabra de un dios, santo.
— No tomes ofensa en mis palabras, pero las promesas de los dioses no significan nada para nosotros. — confesó mientras su mirada turquesa taladraba la regia figura de Apolo.
— ¿Qué garantía necesitas? No hay nada que pueda ofrecerte para calmar tu falta de fe en mi. Nada de lo que diga o haga será suficiente, ¿me equivoco?
El ariano no contestó. En honor a la verdad, Apolo estaba en lo cierto. Nada de lo que pudiera ofrecer sería una garantía para nada. Si así lo deseaba, el señor del astro rey podría hacer como quisiera, sin que ninguno de ellos pudiera hacer nada para detenerle.
— He de decir que mis asuntos nada tienen que ver Athena y tampoco es su poder lo que anhelo. — continuó el dios de cabellos rojizos. — Pero la energía de vida de sus compañeros perdidos responderá al cosmos de la diosa a la que han jurado proteger. Para encontrarla, las energía de Athena debe vibrar hasta en el último rincón del mundo.
— Athena puede hacer eso sin necesidad de los dijes. ¿Por qué…?
— Por que no es únicamente su poder el que rige los espíritus de Leo y Cáncer. Su diosa, Athena, es su razón de vivir, pero ahora mismo, es el poder de otra deidad lo que les mantiene en el mundo de los vivos.
— ¿Y cómo convencerás a ese otro dios de ayudar?
— No será necesario. — Mu pudo jurar que una ínfima sonrisa iluminó momentáneamente el semblante de su contraparte. — No he de darte más explicaciones, santo. — extendió la mano. — Los dijes, ahora.
Sin más remedio, Mu se los entregó soltando un suspiro de resignación. Se miraron fijamente dejando saber al otro lo que pasaba por sus mentes.
— Los queremos de regreso cuando dejes de necesitarlos. — sentenció el pelilila. El tono de su voz, suave pero cargado de seguridad, dejó en claro que no dudarían en recuperarlos de ser necesario.
— Pierde cuidado.
Un resplandor digno del mismo Sol iluminó la habitación cuando Apolo se despidió. Por ahora, lo único que quedaba para los santos era esperar, y suplicar a cualquier dios que les escuchase porque esa bizarra situación pasase sin contratiempos y con mucho suerte.
-8-
A pesar del sutil sollozo de las almas que le rodeaban, Máscara de Muerte podía escuchar los latidos de su propio corazón retumbándole en los oídos. No supo lo rápido que se movió sino hasta que, en lo que le pareció menos que un pestañeo, se encontró justo al lado del que fuese santo de Piscis.
Lo observó, incrédulo. Escudriñó cada rincón de aquel rostro tan familiar, pero que, a la vez, le resultaba ajeno. ¿Dónde habían quedado la belleza de Afrodita? ¿Qué fue del brillo cerúleo que alguna vez adornase sus ojos? ¿Por qué se había esfumado su sonrisa? La muerte le había arrebatado todo.
— Piscis. — le llamó, y su voz le pareció sumamente lejana. — Piscis. — repitió con más fuerza, pero nada cambió en el semblante ausente de Afrodita. — ¡Te estoy hablando! ¡¿Estás sordo?
En un arranque de confusión, atrapó el brazo del peliceleste para obligarlo a detenerse; más su compañero ni siquiera se inmutó. El italiano lo jaló con fuerza, pero la única reacción que consiguió fue que el alma de Afrodita trastabillara, recobrara el equilibrio y siguiera por el sendero que llevaba al gran precipicio.
— ¡¿Qué pasa contigo? — espetó. Y, como no sucedía desde muchos años atrás, Máscara de Muerte escuchó desesperación en su propia voz.
Ese inusual sentimiento que había percibido en él mismo, terminó por confirmarle sus temores y despertarlo de aquel estado de negación en el que había caído.
Lo sabía. Tristemente lo sabía.
Lo había sabido desde el primer instante en que le vió ahí y es que, con única excepción de los guardianes de Cáncer y sus víctimas, ningún ser vivo jamás había pisado la dura tierra del Yomotsu. Si Afrodita estaba ahí era porque…
— No. — se dijo a si mismo mientras apresuraba el paso para dar alcance a espíritu del santo de los peces. Máscara de Muerte había arrugado el entrecejo y negaba insistentemente con la cabeza. — No, no, no, no. No estás muerto. Tú no puedes estar muerto. ¡No lo estás! ¡¿Me escuchaste? — volvió a jalarlo, solo para que sus ojos, carentes de vida, chocaran con los suyos. Entonces, reparó en que su propia visión estaba nublada, estaba ahogada en lágrimas que, no sabía como, había conseguido reprimir. — Afrodita. — dijo, con una suavidad en su voz que él mismo desconocía. — No puedes estar… Esto es una confusión. — aseveró. Ni él mismo creyó en sus palabras.
En ese momento, el alma del santo de Piscis escapó de su agarre tras un dar un poco de lucha, y continuó el largo y penitente camino hasta el centro del valle maldito.
Máscara de Muerte fue tras él. Su lógica le gritaba que se detuviera, que sus esfuerzos eran en vano, nada podía hacerse. Pero su corazón, ese del que se había olvidado por años, parecía imponerse poco a poco, obligándolo a seguir insistiendo en salvar el alma de su compañero.
Como una fiera, se abalanzó sobre Afrodita. Lo sostuvo por varios segundos en los que forcejearon sin descanso. Escuchó los chillidos del alma que peleaba por acatar su destino.
— ¡Detente! ¡Oye! ¡Quiero ayudarte! — espetó el santo de Cáncer, pero sus súplicas solo le valieron un par de manotazos por parte de un Afrodita deseoso de liberarse.
Cáncer no iba a ceder. Nunca abandonó la lucha, ni tampoco lo dejó escapar, hasta el punto que ambos terminaron rodando colina abajo, envueltos en el polvo ceniciento del Yomotsu.
Máscara de Muerte maldijo cuando su espalda golpeó estrepitosamente contra las rocas e, instantes después, sirvió para amortiguar el golpe del santo peliceleste. Sin embargo, como si nada hubiese sucedido, Afrodita se puso de pie y retomó su lugar en la línea sinfín de almas errantes, siempre bajo la mira atónita del italiano.
Entonces, recordó las enseñanzas de su maestro…
Aquellos que caminan en el valle de la muerte, que trepan con lentitud por la colina que guía al Inframundo, simplemente no pueden detenerse. Su destino esta sellado y la suerte, echada. Sin importar la fuerza o los deseos de ellos mismos, o de cualquiera que intente detener su paso, tal odisea en un imposible. Su lugar ya no es más el mundo de los vivos…se han ido para no volver a andar más entre ellos.
Con todo, y a pesar de conocer dicha realidad a la perfección, Máscara de Muerte no pudo contener sus instintos. Resultaba inadmisible darle la espalda y verlo caer por aquel precipicio sin hacer nada. No podía darse la vuelta y fingir que nada estaba sucediendo. Tenía que hacer todo lo que estuviera en su poder para detenerle.
— ¡Afrodita! — volvió a llamarle, pero no hubo cambio alguno. Esa mirada turbia y ausente en el rostro de su amigo le helaba la sangre, porque sabía que la muerte se ocultaba en ella. — ¡Afrodita! ¡Por los dioses, despierta! — le tomó de los hombros y le sacudió. De nuevo, nada fue diferente.
Volteó en todas direcciones, sin siquiera comprender porque hacía tal cosa. ¿Por qué buscaba ayuda donde no la habría? ¿Era tanta su desesperación que le convertía en un ser irracional?
Y, de nueva cuenta, volvió a intentarlo.
Se plantó enfrente, le sujetó de los hombros e intentó frenarlo. Por un par de segundos pareció funcionar, pero de pronto, se encontró retrocediendo ante la fuerza con que el alma del santo de Piscis continuaba su camino.
— ¡Afrodita! ¡Te dije que te detuvieras! — gritó, furioso.
El alma se revolvió por un instante. Luchó aguerridamente por seguir su camino a pesar de la fuerza que el santo de Cáncer ejercía. Jamás, en todas sus visitas anteriores, Mascara de Muerte había tratado algo como lo de ese día. ¡Era una locura! Nunca antes había puesto a prueba la veracidad en las palabras de su maestro pero, si era necesario, incluso iba a esforzarse al máximo por probarlas equivocadas.
— ¡Piscis, basta! — gruñó sin dejar de empujar. — ¡Maldito pez terco! ¡Te he dicho que te detengas! — empujó, jaló, luchó contra el alma de su amigo que seguía su destino. Encendió sus cosmos para incrementar sus fuerzas. No iba a dejarlo ir, tampoco a desistir. — ¡Afrodita! — apretó los dientes.
Sus pies resbalaron sobre la piedra mientras su respiración se tornaba pesada. Miró directamente a sus ojos. Verlos así, muertos y vacíos, resultó más desolador de lo que hubiese imaginado. No podía creerlo, no podía aceptar que la muerte le había alcanzado de nueva cuenta.
Se suponía que las cosas serían diferentes, que la vida había cambiado para todos ellos. Pero…
— ¡Afrodita! ¡Afrodita! — le llamó por enésima ocasión, cada vez más y más fuerte. Lo sacudió, en un último y desesperado intento de hacerle reaccionar. — ¡Por un demonio! ¡Despierta! ¡Matti!...por favor.
Aquella súplica escapó de sus labios como un murmullo. No dijo nada más, puesto que la voz amenazaba con quebrársele en cualquier instante.
Y es que, hacía años que no le llamaba por su verdadero nombre. Era un pacto implícito entre ambos. Afrodita, o Matti, como le habían bautizado al nacer, era la única persona que conocía su verdadero nombre, y viceversa. No eran dos personalidades compatibles, y sin embargo, probablemente sin que ninguno de los dos lo notara, terminaron siendo mucho más cercanos de lo que se les hubiera ocurrido.
Muchas experiencias les habían unido, y otro cúmulo de sentimientos les habían aislado del resto. Se habían convertido en…amigos.
— No puedes irte. — siseó, hundido en una mezcla de rabia y dolor. Hizo arder su cosmos de nuevo, buscando dentro de aquel ente frío por lo quedase del santo de Piscis. No lo había notado, pero las lágrimas ya corrían libremente por sus mejillas. — Vamos, vamos. ¡Matti, sé que estás ahí! Soy yo. Soy Ángelo. Regresa…por favor. — susurró.
Cerró los ojos, con todas sus fuerzas y meneó enérgicamente la cabeza en franca negación. No estaba ahí, se había ido.
Hasta ese momento, no se había planteado lo que realmente significaba la muerte. Estaba preparado para presenciar su propia caída, incluso para aceptarla, pero definitivamente nada le había preparado para encontrarse a uno de los suyos ahí, en la entrada del Inframundo. Mucho menos a Afrodita.
Reparó, entonces, en sus propias lágrimas y frunció el ceño todavía más, mientras apretaba los puños con fuerza, cargado de frustraciones. Por una vez, como no lo hacía desde mucho tiempo atrás, maldijo su propia habilidad. ¿De qué servía entrar al Inframundo si carecía del poder para salvar las almas de aquellos a los que apreciaba? Pero lo sabía: su don era la muerte, no la vida.
— Lo siento… — musitó. Esta vez no ocultó el temblor de su voz…no tenía caso hacerlo. — No puedo ayudarte.
Se retiró, dejando a su amigo continuar su camino. Sus ojos siguieron cada paso mientras mordía sus labios para acallar todas las maldiciones que amenazaban con abandonar su garganta. El único amigo que había tenido merecía una despedida mucho mejor que un sarta de blasfemias.
Merecía respeto, un respeto que probablemente nunca le había demostrado en vida, pero que siempre había callado detrás de una mueca malhumorada.
De pronto, su rostro se había suavizado y su mirada, usualmente aguda y agresiva, lucía calma. Incluso su respiración, hasta entonces agitada, se relajó mientras veía alejarse cada vez más a la sombra del santo de Piscis. Agachó la mirada.
— Adiós…amigo
-Continuará…-
NdA: ¡Zas! Que se puso depresivo el ambiente =( Para aquellos que se pregunten, Matti es el nombre que La Dama de las Estrellas usó para Afrodita en el más reciente capítulo de su fic "Nuestro Camino" (si no lo han leído, háganlo ahora. Se pierden de mucho). Solo diré que el nombre me gustó muchísimo.
Parejillas por aquí y parejillas por ahí…no es lo mío u_U Muerte y destrucción va más conmigo =9 Como sea… ¿qué atormenta a nuestro pequeño Kanon? Ó_Ò Adivinen, adivinen…
De nuevo, quiero a agradecer a quienes leen y dejan sus comentarios sobre el capítulo. Ya saben que siempre son apreciadas las ideas, apoyos y críticas a esta historia. Gracias a: Damis, Saint Lu, angel de acuario, Kirigoe, Sweet Viictory, Kokoro-koko, Pyxis and Lynx, Sagitariusgirl, Kisame Hoshigaki, legendary, Artemisa-Cazadora, shaoran-sagitario, elbereth2982, Gislaine C, IceQueen102, vivianitta, AngelElisha, ddmanzanita, Tatsumaki y Art1sta.
Por último, las luces azules demoníacas que usó Máscara de Muerte están basadas en las técnica que usó Manigoldo de Cáncer en el Lost Canvas. Les dejo y nos veremos en el capítulo 45. ¡A cinco del gran 50! Habrá que hacer algo especial para ese momento =9 ¿Ideas?
Besos para todos.
Sunrise Spirit
Edito: Ooops! Por estar liado en FF terminé borrando el capítulo u_U Lo siento si les llegó la alerta de actualización de nuevo.
