Capítulo 45

Soy…

-1-

— ¿Tardará mucho más en volver? — Aioria meneó la cabeza al escuchar la pregunta de Corban. La verdad era que, al igual que los pequeños, desconocía la respuesta a semejante cuestión.

— No lo sé.

Llevaban varios minutos observando el cuerpo inerte de la hespéride, tendido sobre el suelo. No se movía y su suave respiración se había extinguido unos minutos antes. Sin embargo, todavía no había señales del santo de Cáncer; y eso era alarmante. Las posibilidades eran muchas y en su mayoría, oscuras.

El santo de Leo no estaba seguro de cuanto tiempo había transcurrido, pero la espera le estaba resultando eterna. Tarde o temprano, temía, tendría que tomar la decisión de seguir adelante…aún sin el cangrejo dorado. Sin lugar a dudas, cuando diese la orden de continuar, los niños serían los primeros en oponerse, y no pensaba culparles por eso. Tenían toda la razón en negarse a seguir, en dejar atrás a su maestro. Era admirable que un tipo tan duro como Máscara de Muerte hubiera sido capaz de ganarse el cariño de esos pequeños.

— Aioria, ¿crees qué…? — el castaño miró a los ojos de Nix y le obsequió una sonrisa insípida.

— Es demasiado obstinado para dejarse vencer a la primera. Estará bien, es solo que le gusta hacerse al interesante. Cuando regrese seguramente nos acusará de ser un cuarteto de vagos que dejamos todo en sus manos. — contestó, esforzándose por sonar lo más convincente que le permitiese su preocupación. Después, dándoles la espalda, agregó. — Quizás es mejor si continuamos en lo que él regresa. Investiguemos un poco los alrededores.

Oyó el pasto crujir bajo sus pies. Sin embargo, sus pisadas eran las únicas que resonaban. Tal como pensaba, los niños iba a negarse a avanzar un solo paso sin su maestro.

— ¡¿Vamos a dejarlo?

— No, Corban. Vamos a adelantarnos para sondear un poco el terreno.

Vamos a dejarlo. — Altair arrugó el entrecejo y se llevó las manos a la cintura, asumiendo una actitud retadora. Aioria podía intentar engañarles, pero eso no significaba que iban a caer en sus tretas.

— No vamos a hacer tal cosa, Aioria. — la niña pelipúrpura no tardó en reaccionar y rápidamente se ubicó delante de sus compañeros.

Era previsible.

Aioria se sopló los flecos mientras sus ojos verdes, cual esmeraldas, recorrían la tierra que les rodeaba. El Sol no se ponía en aquel lejano rincón del mundo. Tal como había pensado, permanecían en un eterno atardecer.

De cualquier modo, no le gustaba la idea de mantenerse quietos demasiado tiempo. Eritia había podido encontrarles, por lo que las dos Hespérides faltantes tampoco tendrían problema en hacerlo. Y después estaba Ladón. Hubiese mentido al decir que el maldito dragón de cien cabezas no había formado parte de sus pesadillas en los últimos días. Ni hablar del cuerpo de Eritia que yacía a sus pies. Si algo, solamente sería un imán de problemas para ellos.

— No podemos quedarnos aquí. No es prudente. — Aioria decidió ser honesto.

— ¿Qué pasará cuando el maestro regrese?

— Sabrá encontrarnos. Puede sentir sus cosmos e irá detrás de nosotros. Pero, si nos quedamos aquí algo podría suceder. Somos blancos fáciles si no continuamos moviéndonos. — sus ojos recorrieron los rostros de los niños. Los encontró repletos de consternación. — Además… — se aclaró la garganta y los miró de soslayo. — …si Máscara de Muerte regresa y nos encuentra aquí holgazaneando y arriesgando la misión, de verdad va a patearnos el trasero a todos.

Retomó el camino, armándose con todo el valor para no detenerse aún si los chiquillos no le seguían. De alguna forma tenía que presionarles para que lo hicieran, y si necesitaba ser firme, lo sería. Podía con ellos, definitivamente sí. ¡Por los dioses! Se las había ingeniado para lidiar con el pequeño Seiya, así que con toda certeza podía manejar a un trío de pequeños mucho más tranquilos que el hiperactivo Pegaso…o al menos, eso esperaba.

No tardó en escuchar los pasos de los chicos detrás de él, permitiéndose respirar aliviado. Un poco después, los tres le dieron alcance.

Caminaron a su lado, sin pronunciar palabra. El santo revolvió sus cabellos en un gesto de silente apoyo. Sabía que no era fácil lo que pedía de ellos, pero les agradecía que le obedecieran.

— No lo estamos dejando atrás. — susurró con la fuerza suficiente para que sus palabras llegaran a los oídos de los niños. Quería que lo supieran, necesitaba que comprendieran. — Máscara de Muerte volverá.

Ninguno de los tres respondió, pero tampoco era necesario. Su intuición le decía que le había oído, claro y fuerte. El mensaje había llegado, y ellos, comprendido. Por ahora, bastaba con eso.

-2-

Cuando la puerta se abrió y el rostro de Aioros apareció por ella, Saga alzó una ceja, intrigado. Lo vio entrar en un silencio poco usual en el arquero, hasta llegar a unos pasos de él, frente a su cama.

El arquero se mantuvo completamente quieto por un par de segundos, con la mirada fija en el suelo y su morral de tela en el brazo. Por fin, suspiró profundamente antes de dejarse caer en el kliné cercano a su amigo. La bolsa cayó a su lado, mientras perdía la vista en el techo, sobre sus cabezas.

— ¿Eso es…?

— El ceñidor si. — respondió el castaño con pereza.

— ¡¿Qué demonios hace esa cosa en mi habitación, Aioros?

— Yo la traje. ¿Creías que era mejor dejarlo abandonado en mis aposentos para que Periandro se lo robara? — el gemelo entrecerró los ojos al pensar.

— Vale. Te concedo eso. — subió los hombros. — ¿Qué haces aquí?

— Pues…

Se guardó un momento más sus pensamientos, sin saber en realidad como expresar su sentir con palabras. Estaba confundido y receloso; preocupado y, a la vez, asustado. Todo aquel cúmulo de sentimientos no hacía más que desconcertarle y hacer cada vez más difícil que comprendiera con cierta claridad lo que debía hacer.

— ¿Aioros? — Saga volvió a hablarle. — Tu cerebro piensa demasiado fuerte. ¿Qué pasa?

— ¿Prometes no entrar en pánico? — el peliazul asintió, aunque la sola pregunta le había sacado de balance. — Y, ¿prometes tampoco reírte?

— ¿Qué sucede contigo? ¿Has estado bebiendo?

— Muy gracioso, Saga, graciosísimo. — Aioros giró los ojos. — Pero no, no he estado bebiendo. Solamente he estado hablando conmigo mismo… con mi lado oscuro, podría decirse.

El silencio que siguió a su confesión resultó peor de lo que había imaginado. Sentía la mirada esmeralda del santo de Géminis clavada en él, pero no estaba dispuesto a enfrentarle.

— ¿De qué…hablas? — al fin, Saga reaccionó.

— De ésta cosa. — dio una patada al ceñidor. — Ha estado de lo más entretenida jugando con mi cerebro. — como pudo, se las ingenió para disfrazar el temblor de su voz. A cada palabra que soltaba, el pánico que sentía se hacía más y más grande. Sin embargo, ya no estaba en posición de retroceder.

— ¿Cómo…? ¿Desde cuándo…? — el santo de Sagitario encogió los hombros.

— Unos pocos días…no sé exactamente porqué sucedió. — comentó en un murmullo.

Saga podía ser muchas cosas, pero definitivamente no carecía de sentido de observación. Bastaba una mirada para saber lo que su amigo callaba y que, después de todo, era lo que realmente le atormentaba.

— No es tu culpa, Aioros. — dijo, en un impulso por brindarle un poco de calma. — Esa cosa hablaría hasta a las piedras. No quiere decir que tú seas…

— Ya, pero me habla a mi. ¡A mi! Y sinceramente, es aterrorizante.

— Mientras no la escuches…

— No, no se trata de eso. Aunque no quiera escucharla, su voz simplemente es… — dejó escapar el aliento. — …es…irrefutable.

— ¿A qué te refieres? — Saga lo observó incorporarse y, por primera vez en lo que iba de la conversación, sus ojos coincidieron. Aioros tomó una bocanada de aire mientras rebuscaba en su mente por las palabras adecuadas.

— Por ejemplo, el día que comenzamos nuestro regreso, fue la primera vez que habló. Quiso convencerme de... — hizo una pausa. — …de usar el poder que ofrece para traer de regreso a Aioria.

— Pero no aceptaste. — el corazón de Saga se comprimió dentro de su pecho al observar el desencanto matizado con tristeza cuando su amigo negó.

— No, no acepté. No podría hacerlo aunque debo decirte negarme es lo más difícil que jamás hice. Quiero a mi hermano de regreso, lo deseo con todas mis fuerzas, pero esa no es la forma de hacerlo. — agachó la mirada, clavándola en el bulto de tela que resguardaba el cinturón. Hizo una larga pausa, en la que ordenó las ideas que rondaban en su mente; silencio que Saga respetó. — De todas formas, el hecho de que yo no acepte sus ofertas no le ha detenido antes.

— ¿De que hablas?

— Primero, hizo cesar la lluvia a pesar de que yo no quería, después… — removió ligeramente la vendas de su costado. — …después, esto. Me curó, a pesar de que me negué a aceptar su ayuda.

— Debo admitir que, por una vez, el maldito cinturón hizo algo que me hace sentir…aliviado.

— ¡Saga! ¡Ese no es el caso! — replicó, contrariado. — Esta mal que haga lo que le plazca conmigo. Por ahora, son detalles como este, relativamente insignificantes e inofensivos, pero…

— ¿Pero?

— Pero que el ceñidor puede hacer daño. Lo sabes, ¡lo hemos visto en Hipólita! — exclamó, envuelto una mezcla de sentimientos negativos.

— Tú no eres Hipólita, ni siquiera te atrevas a compararte con ella. — siseó el gemelo. Su rostro había adquirido una seriedad absoluta que no dejaba lugar a réplicas por parte del castaño. — El ceñidor no va a convertirte en un monstruo como ella. Su naturaleza era perversa en esencia, Aioros. Tú no eres así. — lo vio aguantar las lágrimas y no supo que más decir o hacer. De todos, era probablemente al que menos pensó encontrar en una situación como esa; el que menos lo merecía.

— No sé que hacer. — susurró.

Con sinceridad, el santo de Géminis tampoco sabía. Se puso de pie lentamente, y se encaminó hacia donde estaba su amigo, tomando asiento a su lado. No se atrevió a decir nada más. Solo atinó a palmearle el hombro como muestra de empatía.

A decir verdad, en el fondo se sentía terrible. Aioros era el que poseía la habilidad de traer consuelo a los demás, no él; y, ahora, ayudar a su amigo se estaba convirtiendo en la peor misión que jamás tuviera.

— Sabes que hacer, Aioros. Puedes resistirlo… si alguien puede hacerlo, eres precisamente tú.

— No estoy tan seguro. Escapa de mi control.

— Si escapara de tu control no estarías aquí, hablando de esto conmigo. — Saga le interrumpió. — Lo último que el maldito ceñidor querría es que buscaras ayuda, o que hablaras con alguien al respecto.

— ¿Tu crees? Últimamente no sé donde termina la influencia del cinturón y donde comienzan mis propios deseos. La línea entre lo que está bien y lo que está mal es cada vez más difusa.

— Esa siempre es una línea difusa y turbia, Aioros…o así nos lo parece a algunos de nosotros. — sonrió, con cierta melancolía, ante el inevitable hecho de que, sin lugar a dudas, Aioros no era de los que compartían esa visión. La gente como él tenía muy claro lo que era correcto y verlo así era francamente desesperanzador. — Pero, ¡oye! Te acostumbras. — trató de restar importancia al asunto, revolviendo traviesamente los rizos castaños de su amigo.

La sonrisa que el arquero le obsequió no fue suficiente, porque Saga todavía veía la mezcla de tristeza y desesperación en ella. Comprendía lo que era sentirse perdido, por lo que sabía lo que Aioros sentía.

— Por los dioses, Aioros. Definitivamente, cuando regresemos a Atenas, voy a llevarte a beber todo el ouzo que quieras. Verás como comienzas a escuchar otro tipo de voces y dejas de preocuparte por la delgada línea entre el bien y el mal…solo vas a pandearte de un lado a otro, sin equilibrio. — continuó el gemelo, arrancando una espontánea carcajada a su amigo. Aioros se enjuagó una lágrima fugitiva y se esforzó por sonreírle de regreso.

Sabía lo difícil que era para Saga lidiar con él en esas condiciones, y le agradecía que lo hiciera a pesar de sentirse incómodo.

— Gracias... — musitó. — …por el futuro trago de ouzo. — ambos esbozaron sonrisas cómplices.

-3-

Parecía como si el tiempo, de pronto, se hubiera detenido.

Tenía asuntos que apremiaban, situaciones pendientes que le hacían sentir ansioso, pero de pronto, toda ellas se habían esfumado, al menos por el momento. Sentado en el Yomotsu, rodeado por la muerte, nada parecía más importar. Ahí no habían prisas, ni tampoco preocupaciones. Lo único que restaba a aquellas almas condenadas era alcanzar el último paso de su destino: aquel que se encontraba en el fondo del vórtice, al centro de la colina.

Máscara de Muerte no recordaba cuanto tiempo había pasado ahí cuando apenas era un niño. Había alguna especie de morbo en observar el incesante ir de los espíritus perdidos; aunque jamás se habían planteado la posibilidad de ir contra las normas e intentar detenerlos, como lo hiciese con Afrodita antes.

Al final, como se le dijese durante sus años de aprendiz, no tenía caso siquiera intentar.

El problema es que, de la misma forma, nunca nadie que considerara cercano había caído por el agujero de oscuridad. Sus pérdidas, si podía llamárseles así, jamás habían sido relevantes. Todos eran desconocidos o malditos que él mismo había arrastrado hasta ese lugar.

Por primera vez, ver un alma desaparecer en la oscuridad le había dolido. Era un sensación extraña…una emoción que con el tiempo había aprendido a dejar atrás. Sin embargo, ese mismo sentimiento reencontrado había levantado preguntas que también había olvidado, y que ese día, regresaban con más fuerza que nunca. La única diferencia era que todas sus cuestiones no podían ser resueltas por nadie más, sino por si mismo.

Y es que el suyo definitivamente era un don maldito. Mirar a la muerte a los ojos, tener la capacidad de casi palparla, pero a la vez, siendo completamente incapaz de detenerla. Todo lo que tenía era eso: mirar y callar. Era un sumisión que no deseaba acatar y de la que, aun si lo deseara con todas sus fuerzas, tampoco podía huir.

Se levantó, para pararse al borde del peñasco sobre el cual había buscado asilo. Abajo, a la distancia, se veía con claridad la cumbre hueca de la colina maldita. Una a una, las almas caían, solas y sin nadie que las sostuviese en el último grito de desesperación, antes de la caída. Así era como la vida del ser humano comenzaba, y así también como terminaba: en soledad.

De pronto, se dio cuenta que toda su vida se había escabullido así: sin nada, ni nadie. En realidad lo sabía desde siempre, pero fue en ese momento en que, sin darse cuenta, deseó que las cosas hubieran sido diferentes. Quizás Matti tenía razón y los que estaban mal eran ellos dos. Quizás estaba en lo cierto al decirle que debían aprovechar al máximo esa nueva oportunidad que la vida, Athena y sus compañeros le habían regalado. Sus pensamientos regresaron hacia su amigo peliceleste, cuestionándose si lo había conseguido. ¿Sería posible que Matti encontrase lo que buscaba de la vida antes de partir? ¿Se habían reconciliado consigo mismo? Para su mala fortuna nunca tendría esas respuestas, aunque en sus adentros rogaba porque fuera sido así. Matti merecía haberse ido en paz.

El rancio viento del Yomotsu lo golpeó de nuevo, erizándole la piel como nunca antes.

Pronto tendría que regresar con Aioria y sus mocosos…solo que no se sentía listo para enfrentarlos. Iban a pedir explicaciones que no se sentía capaz de ofrecer y, no era necesario indagar demasiado en él, para notar que algo había sucedido.

Decidió tomarse un poco de tiempo más. Si iba a regresar, entonces habría de hacerlo con entereza. Así es como le necesitaban y así era como volvería.

-4-

Habían mirado atrás en incontables ocasiones, siempre con la esperanza de verle aparecer…pero el santo de Cáncer seguía sin dar señales de vida.

Poco a poco, el optimismo se iba evaporando al igual que los minutos. Aioria podía saberlo en la forma que los centellantes ojos del trío de aprendices se oscurecían lentamente. Altaír, incluso, se había visto obligado a susurrar unas cuantas palabras al oído de su hermano menor para evitar que algún sollozo se le escapase. Sin embargo, era cuestión de tiempo antes de que el más pequeño se decidiera a soltar las lágrimas que retenía a duras penas.

— Vamos, Corban. — el santo de Leo se detuvo para acariciar los revueltos cabellos oscuros.

— No entiendo por qué tarda tanto.

— Probablemente haya sido un poquito más difícil de lo que pensamos. — el chiquillo clavó la mirada en el suelo.

— ¿Y si le pasó algo? ¿Si está herido?

— Estará bien, Nix. — y la verdad era que, de ser así, no podían hacer nada por él. Máscara de Muerte era el único con el poder de ir y venir del Yomotsu a voluntad.

— Aún si lo está…no podemos ayudarle, ¿cierto? — al cuestionamiento de Altaír, el castaño agachó la cabeza.

— Me temo que no.

Un suspiro colectivo, cargado de pesadumbre se oyó claramente en el silencio que se había creado.

Aioria fue el primero en retomar el camino. Nunca había imaginado que el Jardín de las Hespérides fuera tan vasto como se mostraba en ese momento. Si el árbol de las manzanas doradas se encontraba justo en el centro, entonces seguramente no conocían ni la parte más remota del huerto favorito de Hera.

Sin que hubieran avanzado mucho más, se vieron obligados a detenerse otra vez. Un ciervo se había cruzado en su camino y les miraba fijamente, como si le resultaran especialmente interesantes.

Era una criatura bella, de pelaje marrón y cascos negros. Grandes astas coronaban su cabeza, mientras sus ojos oscuros le dotaban de un aire de misterio.

A los niños, simplemente les pareció fascinante. Con todo lo pesado que estaba resultando seguir adelante con la misión, el encuentro con le hermosa bestia les había regalado unos pocos minutos de distracción. Al igual que él a ellos, los chiquillos le contemplaron atentamente, como si sus ojos se sintieron naturalmente atraídos antes la majestuosa presencia del ciervo. Aioria, sin embargo, no dejaba de sentirse receloso de aquel inesperado visitante.

En su largo camino hasta ahí, no recordaba haber visto más criaturas que las aves que surcaban el cielo. No se habían encontrado con ningún otro tipo de animal, siendo la espesa vegetación lo único que les había acompañado hasta entonces. Así que, la repentina aparición del ciervo, había encendido las alarmas en su cabeza.

— Es precioso. — murmuró la niña.

— Nunca había visto uno tan de cerca. — Aioria llevó sus ojos verdes hacia Altaír, luego regresó la mirada al ciervo.

— Vamos, nos estamos retrasando. — incitó a los aprendices a continuar el camino. Con pequeños empujones los hizo pasar por delante de él y fue tras ellos, no sin echar un último vistazo al animal. Para su mayor sorpresa, el tiempo que tardó en separar sus ojos de el animal, fue suficiente para que éste desapareciera.

Aioria, sin poder evitarlo, torció la boca y dejó que sus corazonadas se tranquilizaran. Así, un tanto más sereno, devolvió su atención a los críos. Siguieron en silencio, otra vez perdidos en sus divagaciones. Sin embargo, poco notaron que ya no estaban solos.

-5-

Su andar, ágil y gracioso, daba la impresión de que flotaba en el aire. El sonido de sus sandalias era imperceptible, al igual que su cosmos, completamente apagado para no ser atrapada. Sin embargo, lejos de parecer una fugitiva, Afrodita caminaba sin ningún recelo por los pasadizos intrincados del templo de Athena.

Esa noche, ella era una diosa con una misión. Absolutamente nadie en el Olimpo parecía haber prestado atención a sus sospechas sobre la desaparición de Ares…aunque todos conocían con perfección a la causante. Incluso Zeus se había hecho a un lado, manteniendo su promesa de no intervenir en asuntos que sus propios hijos, hermanos e iguales, habían propiciado. Pero la diosa del amor no estaba dispuesta a seguir callando, y tampoco tenía la menor intención de convertirse en el siguiente blanco de Athena. Las disputas entre ambas podían ser banales, infantiles inclusive, pero Afrodita conocía el carácter explosivo de la diosa de la sapiencia, que no distaba mucho de la personalidad de su propio padre.

Así, había tomado una decisión: iría en busca del Señor de la Guerra.

Dispuesta a no detenerse, se había escabullido a los interiores del templo ateniense, y husmeado por los pasillos en busca de las respuesta que quería y necesitaba. Y estaba cerca.

Una corazonada le gritaba que sus pasos la guiaban en la dirección correcta. Ares estaba ahí, en algún lugar que todavía no encontraba, pero que lo haría. ¿Qué pensaba hacer al tenerlo frente a sí? No tenía la menor idea. Sin embargo, algo seguramente le vendría a la mente cuando el momento de la decisión llegara.

Miró por encima de su hombro para asegurarse que nadie le seguía. Después, se aventuró a entrar a la habitación que le quedaba más cercana. Estaba a oscuras, con la excepción de una vela agonizante que luchaba contra el viento que se colaba por la ventana abierta.

Miró hacia la cama, pero la encontró vacía.

No entendía porque aquella intuición suya le gritaba que estaba cerca, cuando en realidad Ares no estaba por ningún lado. Frustrada, se sentó al borde del enorme lecho. Retiró un mechón rebelde que caía sobre su rostro y, con más calma dejó a sus ojos recorrer aquellos aposentos.

No encontró nada fuera de lugar. Quizás el par de pergaminos que yacían sobre una gran mesa de exquisito tallado eran lo único que se veía inusual. Su curiosidad pudo más que ella y se acercó a mirar de que se trataban. Tomó la vela para acercarla al pergamino, iluminando el contenido escrito en un griego perfecto. Lo que leyó no le sorprendió.

Liberación de almas… —susurró al leer. — Maldita Athena. — chasqueó la lengua.

Así que eso era lo que la diosa de la sabiduría había usado para hacer desaparecer a Ares. Entonces, estaba equivocada al buscar por el cuerpo del dios bélico; sus esfuerzos debían avocarse en buscar por el recipiente que guardara el espíritu de su amante divino.

En ese momento, un respigo hizo presa de ella. Alzó la mirada y, sobre una repisa, creyó encontrar la respuesta a sus dudas.: una urna.

El arca, de preciosos labrados y regiamente adornada con piedras preciosas, capturó su atención. El sello de Athena, escrito con toda seguridad con la sangre de la mismísima Palas, mantenía firmemente cerrado el contenedor. Afrodita pasó sus dedos sobre él, impregnándose con el poder que emanaba. Sin duda, solamente el cosmos de un dios poseería la fuerza para mantener encerrado a otro. Su primer impulsó fue arrancarlo y dejar a Ares en libertad. Sin embargo, dudó.

Ares era un dios…uno que, a pesar de todo, ella tenía en estima. Pero no podía evitar sentirse dividida entre él y Saga. Ares jamás le dejaría en paz, eso también era seguro; por lo que la decisión de permitir a uno ser libre y al otro prisionero era meramente suya. ¿Por cual de los dos debía decantarse?

— Si yo fuera tú, no me atrevería a romper ese sello.

Afrodita tuvo que contener el salto que dio su corazón al ser pillada por esa voz desconocida. Luchó por mantener la compostura mientras volteaba, para descubrir la identidad de aquel que le había sorprendido. Entonces, sus ojos chocaron con el centellante rosa de los de Shion.

— ¿Quién eres? — cuestionó, con un tono de lo más despreocupado. Nunca antes le había visto y era fácil saber que aquel no era un hombre como cualquiera.

— Shion de Aries, santo de Athena.

— Oh, no te conocía. — sin soltar la urna, la castaña giró el cuerpo hacia él. Entonces, cayó en cuenta de aquellos enigmáticos lunares que también adornaban la frente de Mu. — No estabas con ellos antes. Te recordaría de otro modo. — caminó lentamente en dirección a él, con pasos firmes y seductores. — ¿Por qué no estás con ellos si dices ser un santo?

— Recién me uní a sus misiones. — antes de que ella se acercara más, Shion hizo lo propio y arrebató el arca de las manos de la diosa, para volver a colocarla sobre la mesa. Rápidamente, recogió los pergaminos con cuidado.

— ¿Recién? Creía que Hera les había traído a todos. ¿Qué te hace tan especial?

— Soy el mayor de los Doce.

— ¿El mayor? — Afrodita volvió a acercarse. Traía la curiosidad tatuada en su mirada esmerada.

— El Patriarca.

— ¡Ah! El más importante, querrás decir.

— No, el mayor. Cualquiera de ellos es mucho más importante que yo.

— Me pregunto si Athena pensará lo mismo. — la diosa lo miró de soslayo, esperando su reacción.

— Lo hace.

— ¿De verdad lo crees? — río por lo bajo.

— Lo hago, y te suplico que midas con mucho cuidado la forma en que te expresas de mi señora. — el rostro del lemuriano se tornó serio de repente.

— Hablaría con más prudencia si tu señora supiera ganarse mi respeto. — la diosa espetó.

— Mi diosa no necesita ganar nada de ti. Pero ahora mismo estás en sus terrenos y frente a uno de sus fieles seguidores; vigila muy bien lo que piensas decir de ella.

La divinidad del amor se tornó iracunda. No sabía lo que le indignaba más: si el tono de superioridad con que habían surgido las palabras del peliverde, o la verdad que expresaban. Tal era la mentalidad de Athena…una que los santos parecían haber aprendido bien.

— Soy una diosa, santo. Quizá el que debería medir sus palabras eres tú.

— Para exigir respeto, primero es necesario darlo, señora Afrodita. — bajó la cabeza en una tenue reverencia que supo amarga a la castaña.

Afrodita no estaba para más insultos y mucho menos tenía deseos de armar un escándalo en pleno templo de Athena. No se necesitaba de mucho para darse cuenta de que Shion no era muy diferente a la diosa pelinegra: firme y terriblemente prudente. Cualquier cosa que dijese, sería rápidamente refutada por el antiguo carnero dorado.

Además, su misión ahí podía calificarse de exitosa.

Había encontrado a Ares, a la vez que descubierto los planes de Athena. Su problema radicaba en tomar en sus propias decisiones. ¿Saga o Ares? Y peor aún, ¿sería capaz de encontrar algún aliado en el Olimpo entero? Cada cual se movía bajo sus propios intereses. Ninguno veía por los intereses conjuntos.

— Me parece, Shion, que nuestra plática será terminada otro día. — miró el cofre con el alma de Ares de nuevo. — Athena y tú están jugando con fuego. Desafortunadamente, no serán los únicos que salgan quemados en esto. Pero… veremos quien tiene razón la final. — con una sonrisa irónica, tal como al diosa lo anunciase, la conversación terminó. Afrodita se disolvió en un mar de pétalos carmesí, dejando a Shion en soledad.

El viejo lemuriano suspiró profundamente. Era complicado no pensar que la quemazón de la que Afrodita hablaba ya había comenzado. Inició, incluso, mucho antes que sus jóvenes santos llegaran a esa era mitológica. Athena nunca fue una diosa popular entre los suyos, y con todo probabilidad, jamás lo sería.

Sin embargo, ellos necesitaban sobrevivir…mantenerse con vida hasta donde les fuera posible. Pero, vivían rodeados de peligros y enemigos, de trampas y conspiraciones; atravesaban tiempos de tribulaciones. Entonces, ¿qué más podían hacer sino aferrarse a su única fe?

-6-

— ¿Por qué siento que hay algo que no me estás diciendo? — Saga miró a Aioros de reojo. El castaño parecía más tranquilo, y ambos habían dejado que los minutos se les escaparan en silencio…hasta ese momento.

— ¿Qué dices?

— Nada. — Saga se sopló el fleco. Quizás solo era su imaginación. — Pero siento que me ocultas algo… — terminó soltando las palabras entre dientes.

— ¿Estoy qué…? ¡Oh! — Aioros carraspeó, demostrando cierto nerviosismo. — Hay…algo.

— ¡Jah! ¡Lo sabía! Escupe toda la verdad, arquero.

Aioros contempló el exigente rostro del peliazul con fastidio. Saga alzó una ceja y giró los ojos, invitándole a continuar con presteza. Quería saber. Había algo sospechoso en el arquero dorado que le dejaba intrigado. Además, si siempre estaba metido en su vida, ¡menudo descaro ocultarle algo!

— ¿Y bien?

— Ya, ya. Me pones nervioso con tanta presión. — Aioros se cruzó de brazos y volvió su mirada hacia Saga.

— Pues tú me pones más nervioso con tanto misterio. ¿Qué es eso que no me has dicho, Aioros? ¡Habla!

— Pues… verás… —balbuceó. — ¡No es nada malo! — se apresuró a aclarar al notar como Saga fruncía el ceño cada vez más, aunque lo del gemelo era más curiosidad que cualquier otro sentimiento. — Es que…Aretha y yo… — y lo que le siguió, el gemelo no pudo escucharlo puesto que la voz de Aioros parecía haberse esfumado.

— ¿Qué? — el arquero dorado respiró profundamente, llenando sus pulmones de oxígeno y a su mente de valor.

— Aretha y yo nos besamos…varias veces. — tosió.

Tan pronto terminó de hablar, giró el rostro para evitar la mirada de Saga sobre él. No necesitaba verlo para saber que sus ojos estaban abiertos cual platos y su boca también. De reojo, le vio y comprobó que sus sospechas eran correctas. La cara de sorpresa del geminiano era una inusualmente espontánea.

— ¿Saga? ¿Piensas decir algo o seguirás mirándome como el bicho más raro del planeta por mucho tiempo más? — por enésima vez, se aclaró la garganta. — Comienzo a sentirme incómodo.

— ¿La ninfa y tú…?

— Sí.

— Por Athena y el Olimpo…¿en serio?

— ¿Por qué habría de mentirte? — Aioros le miró con aquella graciosa expresión que combinaba fastidio e ironía.

— ¿Y?

— ¿Y…qué?

— ¡Sabes a que me refiero! ¡Detalles! Quiero detalles.

— ¿Desde cuando te has vuelto un chismoso, Géminis?

— Desde que tú te tomaste la libertad de hurgar en mi vida privada. Tengo derecho a hacer lo mismo.

— ¡Claro que no! Es…es diferente. — el arquero viró el rostro.

— ¿Cómo es diferente, Aioros?

— Solo lo es.

Estaba seguro que escuchó a Saga gruñir, por lo que no pudo reprimir una sonrisa. Probablemente era la primera vez en mucho tiempo que reía de manera natural y se sintió mejor. Fueron unos pocos minutos fugaces, pero sus problemas desaparecieron de su mente.

— ¿No piensas contarme? — Saga torció la boca.

— Solo te diré algo. — Aioros ensanchó su sonrisa. — Me gusta.

-7-

La diosa irrumpió en el salón sin ninguna consideración.

Tan pronto el Sol había salido en ese nuevo día, no había dejado escapar un solo minuto para comenzar con su plan.: visitar el templo de la Luna

Estaba acostumbrada a pasearse a sus anchas por donde desease; por algo era la Emperatriz del Inframundo. Sus ojos otearon en todas direcciones en busca de la señora de aquel templo ajeno, pero no la encontró.

Una doncella entró unos pocos segundos después, apurada por la presencia de Perséfone. Cuando la peliverde la vio, de inmediato, la mujer agachó el rostro a manera de reverencia.

— Ve por tu señora. — Perséfone le ordenó, antes de verla desaparecer a toda prisa.

Pasados algunos minutos, el portón del salón volvió a abrirse mientras la diosa de la Luna se mostraba ante su visitante. Perséfone le sonrió, siendo correspondida de la misma manera. Ante todo, no deseaba que los motivos de su visita ahí se vieran empañados por un ambiente hostil entre ambas. Eran hermanas y se querían. Desde que recordase, cuando jóvenes, ella, Artemisa y Athena siempre habían aprovechado esos pequeños momentos de esparcimiento para reunirse. Cuanto habían las cosas en ese tiempo.

— ¡Artemisa! — la abrazó.

— Me da gusto verte, Perséfone. ¿Qué te trae hasta aquí?

La diosa no respondió de inmediato, limitándose solamente a sonreír de nuevo. Tomó las manos de su hermana y rebuscando por los alrededores, encontró un mullido kliné cercano, hasta donde la guió. Artemisa no puso resistencia. Sin embargo, se sentía intrigada por la sospechosa actitud de la otra deidad.

Se sentaron en silencio y Perséfone se tomó unos pocos segundos más, antes de responder a la intrigada mirada de la rubia.

— Hay algo de lo que quisiera hablarte y necesito que seas honesta conmigo. Te lo suplico. — dijo.

— Bien. ¿De qué se trata?

— De Athena y sus santos. — el corazón de Artemisa brincó dentro de su pecho con la sola mención de ellos. Aún así, consiguió mantener la compostura a pesar de que los nervios se enervaron en ella.

— ¿Qué hay con ellos? ¿Están en problemas? — preguntó.

— Si, en muchos, pero esas son noticias viejas, hermana. Dos de ellos murieron, lo cual supongo que es de tu conocimiento.

— Eso he escuchado. No entiendo, Perséfone, ¿qué relación tengo con esto?

¿Cuánto tiempo más iba a negarlo? Porque, aunque fuera la palabra de Hermes la que estuviera de por medio, la emperatriz no la ponía en duda. Suspiró rebuscando por paciencia y se dispuso a confrontarla de una vez por todas. Si Artemisa seguía negándose por mucho más los hechos, entonces tendría que hablar con la verdad.

— Hermes ha secuestrado sus almas en el camino al Inframundo — habló. — Él ha dicho que lo hecho bajo tus instrucciones. Dice que eres tú quien ha quedado en posesión de los espíritus perdidos. — la diosa de la Luna no encontró palabras para responder. Se quedó estática, impávida ante la acusación que se levantaba en su contra. Ciertamente, no esperaba que su hermana fuera tan directa con respecto al tema.

— ¿Hermes dice? — se levantó, liberando sutilmente sus manos que sostenía la otra. — ¿Qué pasa si te digo lo contrario? ¿Vas a decirme que pones su palabra por encima de la mía?

Perséfone la miró mientras se alejaba de ella y le daba la espalda, sin duda, con toda la intención de esquivar su mirada. Intuía que Artemisa, a pesar de toda esa red de intrigas que había tejido a su alrededor, era incapaz de mentirle a la cara.

— Disculpa si mis palabras te ofenden, pero no veo razón por la cual Hermes deseara arrastrarte en esto consigo. Pudo haber mencionado el nombre de cualquiera. Sin embargo, fue claro al decir que eras precisamente tú quien había sido su cómplice.

— Pues miente.

— Artemisa…

— Miente, Perséfone. Siempre lo hace.

— No creo que sea en este caso. — respondió.

— ¿De verdad le pones por encima de mi?

— Te repito: él no tiene motivos para mentir. Ha caído y dudo mucho que solo mencionase tu nombre por reflejo. ¿Qué estás haciendo, Artemisa? Athena está furiosa, y tiene todo el derecho de sentirse así. — se puso de pie, para ir al encuentro de su hermana. — Necesito que me digas la verdad.

— ¿Qué otra verdad quieres oír? — de alguna forma, el silencio de la peliverde le tranquilizó. Su rostro, hasta ese momento tenso, se tornó en una mueca de indignación cuando por fin confrontó a la señora del Inframundo. — Si estás tan segura de que yo les tengo aquí, entonces dime mis razones. Dime donde les tengo y porqué les he conservado.

Lo cierto era que Perséfone tampoco podía respaldar sus palabras con hechos o evidencias. Todo lo que tenía era la confesión de Hermes y nada más. Si Artemisa en verdad había hecho de las suyas, entonces había planeado todo con exactitud. No había pruebas de que los santos estuvieran ahí, ni nada que le relacionara con ellos.

Quizás había sido ingenua al pensar que su sola presencia ahí bastaría para hacerla confesar la verdad, pero al parecer, se había equivocado.

Si bien Artemisa no estaba dispuesta a soltar una sola palabra, ella tampoco tenía nada con que presionarla, más que con Hermes. Desafortunadamente, el mensajero divino había conseguido devaluar su palabra lo suficiente como para que no le fuera de completa utilidad.

Tampoco sabía Perséfone que su visita al templo de la Luna no duraría por mucho más, puesto que pronto se verían interrumpidas por una tercera deidad.

El recién llegado se anunció, inundando con su resplandor el salón. Su luz iluminó cada rincón, como cada vez que se mostraba. Al fin, cuando la brillante nube terminó por desvanecerse, ambas diosa pudieron observar al señor del Sol en su plenitud. Él hizo lo mismo, viéndolas con curiosidad conforme se acercaba.

— Perséfone, Artemisa. — las saludó, siempre correcto. Ciertamente, había llegado en un momento equivocado, aunque su presencia ahí se debía más que nada al hecho de que deseaba ver a su hermana. Con toda la seguridad que solía sentir, el dios del Sol todavía no decidía cual debería ser su actitud respecto a su hermana y los santos. — ¿Interrumpo? — La mirada de Artemisa se centró en la diosa del Inframundo, en un súplica silente de que no mencionase nada de su conversación previa. A diferencia de Perséfone, Apolo no iba a tragarse el cuento de su inocencia. Al dios del Sol no le pasarían desapercibidos sus motivos.

— No interrumpes nada, hermano. — rápidamente, depositó un beso en su mejilla. La esposa de Hades se limitó a asentir.

Por la forma en que el dios la miró, la Koree intuyó que sobraba en ese lugar. No le molestó porque pensaba que Apolo tendría cosas que discutir con su gemela…solo deseaba que de verdad lo hiciera. Algo le decía que el dios pelirrojo comprendía los motivos de Artemisa aunque se mantuviera callado a respecto.

El problema era que Perséfone desconocía de cuanto tiempo disponían. Si los santos no estaban ahí, no tenía la menor idea de donde podrían estar; o peor aún, de cómo estarían.

Le dirigió una última mirada antes de marcharse, dejándole saber que esperaba apoyo de su parte. No hizo ni dijo más, solo se despidió con un beso en la frente de su hermana. Se detuvo un segundo a mirarla directamente a los ojos deseando que comprendiera el mensaje.

No podía seguir negando la verdad. Tarde o temprano, la mentira habría de caer.

-8-

— Milo, quítate de ahí. — Camus, de pie cerca de la entrada al área de bogadores, entrecerró los ojos mientras contemplaba como su amigo tomaba posesión de uno de los asientos.

— ¡Esto será divertido!

— Hasta que te caigas al mar y te ahogues, lo será.

— ¡Camus! ¿Por qué tienes que ser tan pesimista? — se quejó el Escorpio.

— No soy pesimista. Soy realista. En un descuido vas a caerte y verás como tengo razón.

El santo de Escorpio, sin embargo, fuera de mirarle con fastidio, no cedió en sus intentos de apropiarse de uno de los puestos de remero. Miró en todas direcciones, pero cada vez que parecía encontrar un lugar en el cual quedarse, algún marinero se encargaba de sacarlo de ahí.

— ¿Qué está haciendo? — Camus miró de soslayo a Aldebarán y Shaka que se encontraban junto a él.

— Jugando a ser marinero.— respondió al toro dorado.

— Oh.

— En realidad, creo que intenta ser de utilidad. — Shaka intervino a favor del peliazul.

— Sería mucho más útil si no estorbara. Además, ser remador no es un oficio sencillo. En un par de horas, estará lloriqueando con las manos llenas de ampollas.

— Eso si primero no se cae al mar y se ahoga. — acotó el brasileño.

— Exactamente lo que pienso. — Acuario se cruzó de brazos.

Quedaron de nuevo en silencio, observando como Milo discutía con algunos marinos por el tema en cuestión. La realidad era que el escorpión dorado en verdad estaba dispuesto a ser útil durante aquella travesía…no que su afán de cooperación fuera bien recibido por los hombres de mar.

— ¡Oye, bicho! — el hecho de aquella fuera la voz de Kanon los hizo voltear a todos. Llevaban días sin escuchar nada más que gruñidos de su parte, por lo que la situación en definitiva era inesperada. — ¡Deja en paz a los bogadores! ¡Ven para aquí y cuídate el culo! Traseros como el tuyo son bien apreciados por estos lugares. — agregó, entre dientes.

Estaba de más decir que, por la forma en que Milo, Camus, Aldebarán y Shaka le miraron, sumado a la súbita palidez en sus rostros, Kanon supo que habían comprendido el mensaje. Para sus adentros, el gemelo sonrió.

— Venga, niños bonitos. No dejen que nadie se les acerque demasiado por detrás. — sentenció, dándose la vuelta y caminando de regreso hacia la proa.

Ahora entendía lo mucho que Ganímedes se había divertido con ellos la primera vez que se subieron al Kyrenia. Con un poco de suerte, el viaje aliviaría un poco de su malhumor.

-9-

Mientras atravesaban el saturado mercadillo que se formaba en la playa, a Aioros, Saga y Shura les resultaba imposible no fijarse en todo lo que ocurría alrededor de ellos. Por donde se viera, siempre había algo digno de observarse.

Desde los tendejones repletos de joyería decorada con conchas marinas, hasta los puestos que comercializaban todo tipo de licores. Siempre había un cliente dispuesto a llevarse algo consigo en el largo viejo que constituía perderse en el gran mar. El camino de regreso se sentía eterno para los visitantes, mientras que aquellos troyanos que abandonaban su hogar para surcar el océano, la melancolía estaría agazapaba a cada instante dentro de sus corazones.

— No estaba así cuando llegamos. — los ojos de Aioros parecían no darse abasto a cada paso que daba.

— Llegamos por la tarde. Solo había unas cuantas tiendas de comida y muchas más…servidoras de Afrodita.

— Oh. Supongo que tales cosas son más populares ante la caída de la noche. — Shura sonrió.

— Estoy seguro que sí. — musitó el gemelo antes de que algo más atrapara su atención.

Cerca de ellos, un viejo comerciante de barbas grises se encontraba envuelto en una acalorada discusión con un hombre mucho más joven, pero visiblemente contrariado. El hombre de mar, porque no había duda que lo era, mostraba una túnica al viejo con insistencia. Asimismo, las voces de reclamo se hacía más y más insistentes conforme el tiempo pasaba y ninguno llegaba a un arreglo.

— ¡Te lo advertí! — sentenció el comerciante mientras se cruzaba de brazos, negándose a aceptar la prenda que el otro intentaba devolver.

— ¡No dijiste que esto pasaría!

— ¡Lo sabías! Fui claro al decirte que la tintura negra es la más complicada de todas. ¡Es una rareza trabajar con ella! — espetó el mayor.

— ¡Pues jodida rareza me has vendido, viejo estafador! — los santos, con curiosidad, le observaron mientras apartaba sus ropajes y dejaba al descubierto la piel teñida de su torso. — ¡Mira como me ha dejado la piel! ¡Es un desastre!

— ¡Te dije que no mojaras la tela! El colorante se ha quedado en tu piel y se quedará así por varios días. No hay nada que hacer al respecto, sino esperar.

— ¡Quiero de regreso lo que pagué por esta maldita túnica!

— No pienso darte nada.

— ¡Me lo darás!

Y así, la discusión se reavivó nuevamente, sin que ninguno de los dos lados estuviera dispuesto a ceder a las exigencias del otro. El trío de santos permanecieron unos pocos segundos contemplando la escenas, intrigados acerca de cómo terminaría.

— Ese es el tipo de detalles que no voy a echar de menos al regresar a casa. — Aioros susurró. Trató de no hablar demasiado alto para no atraer atención indeseada. Sin embargo, no pudo reprimir una sonrisa.

— ¿Las peleas?

— El usar ropa de colores sin terminar teñido también, Shura. — el santo de Capricornio, soltó una risa divertida.

— Creo que compartiré eso contigo.

Al lado de ambos, Saga solo observaba. Sus ojos verdes iban de uno a otro santo, y luego, de regreso a la discusión frente a ellos. Tras un rato, pensó que lo mejor era continuar hacia la playa. Ganímedes no iba a estar nada complacido si la salida del Kyrenia se retrasaba por su culpa; y con toda sinceridad, no tenía la menor intención de pasar todo el viaje con el viejo marino recordándoles lo poco propio de los héroes que es llegar tarde.

Pero, a tan solo unos pasos de la discusión, sin ningún motivo aparente, un recuerdo regresó a su mente. Esbozó un mohín ligeramente matizado de travesura, y volvió sobre sus pasos, hacia el puesto del desastre.

— ¿Cuánto por la túnica? — preguntó sin rodeos, mientras irrumpía en la conversación. Los dos hombres cesaron todo conato de pleito y miraron, incrédulos, al chico peliazul que les interrumpía.

— No te dejes engañar, amigo. — bufó, casi de inmediato el marino. — Los comerciantes troyanos son capaces de venderte piedras. — su mirada acusadora cayó en el anciano.

— Solo quiero comprar la túnica. ¿Cuánto pides por ella? — desde la distancia, los santos de Capricornio y Sagitario miraban intrigados, Lo que fuera que estuviera planeando, era todo un misterio para ambos.

— Cinco monedas de bronce. — Saga alzó una ceja.

— ¿Cinco? — de pronto, se sentía estafado. — Tres. Está usada.

— Cuatro. Solo la usé una vez.

Tres. Ni siquiera sé si seguirá destintando.

— ¡No lo hará! — corearon, a la vez, vendedor y marino.

— ¿No? — los dos aludidos, negaron enérgicamente. — Entonces, no me sirve.

La sorpresa desdibujó los rostros de los hombres cuando vieron al santo de Géminis encogerse de hombros y darles la espalda.

— ¡Espera! — exclamaron, yendo detrás de si.

— Aún destiñe, estoy seguro. — le dijo el más joven de los dos.

— ¡Es cierto! — aseveró el viejo, que pocos deseos tenía de devolver el dinero que ganase unos pocos días antes.

— ¿Cómo puedo estar seguro?

— ¡Porque así es!

— Ya. No me basta. — pasó junto a Shura y Aioros, y les indicó que le siguiesen. — Vamos, que nos esperan. — les dijo, a lo que ellos obedecieron, muertos de curiosidad.

— "¿Qué demonios planeas?" — la voz de Aioros sonó en su cabeza, pero el gemelo no respondió.

— "Creo que lo perdimos." — Shura arrugó el entrecejo. Malditos geminianos y sus cerebros complicados. Como si pudiera leer aquel último pensamiento, Saga lo miró con recriminación. El español, se aclaró la garganta y fue tras los pasos de su compañero de Orden.

Caminaban en silencio seguidos del alboroto de sus dos perseguidores. Aún cuando se esforzaban en ignorar la algarabía de esos dos, resultaba francamente difícil hacerlo. Lo curioso era que, a pesar de que parecía no importarle, de alguna forma sabían que Saga prestaba más atención de la que debía. Quizás era por aquel tenue mohín de disfrute en su rostro, pero algo no estaba del todo normal esa mañana.

— ¡Dos monedas de bronce! — el gemelo se detuvo y volteó hacia ellos, con una sonrisa de satisfacción en los labios.

— ¿Dos?

— Si, dos. ¡Llévatela, muchacho! — el peliazul tomó unos pocos segundos para responder. Cogió la prenda y la revisó a detalle. En realidad era bonita. La tela era, sin dudas, de aquellos finos linos que se traían de Oriente. Los bordados, aunque oscurecidos por el tizne oscuro, todavía conservaban sus elegantes detalles. El único problema era que, con toda seguridad, al más mínimo contacto con el agua, el color negro volvería a hacer de las suyas en la piel de quien vistiese la delicada prenda.

— Pues… — sus ojos verdes buscaron al arquero dorado. — ¿Aioros?

— ¿Si?

— ¿Me prestas dos monedas de bronce? — preguntó.

Aunque al principio dudó, la intriga de conocer los planes de Saga pudo más que él. Así que, rebuscó entre sus cosas por las dos monedas solicitadas y las entregó al gemelo. Toda vez que el negocio fuera cerrado y el santo de Géminis tuviera en posesión la infame túnica, los tres siguieron su peregrinaje hasta la playa.

— Vale… ya que nadie quiere preguntar, voy a hacerlo. — Shura sopló sus flecos mientras observaba de soslayo a Saga. — ¿Para qué demonios quieres una túnica que destiñe?

— Es una sorpresa, Shura. No la arruines.

Aioros no pudo ahogar una carcajada que escapó de su garganta al ver la cara de desconcierto de Shura. Sea lo que fuere, el destino de la túnica era algo que deseaba ver y pronto.

-10-

Para cuando llegaron al Kyrenia, todo esta listo para partir. La carga se había estibado en cubierta y fijado con gruesas cuerdas para evitar que el bamboleo del barco la maltratase. Los remeros estaban en sus posiciones mientras Milo, para buena fortuna de todos, había desistido de sus intentos de ser un más de ellos.

El Sol ardía con fuerza y la mar lucía tranquila. Poseidón sin duda estaba complacido esa mañana. A lo lejos, los dos grandes brazos de tierra mostraban los límites de la bahía troyana. Toda vez que el navío los cruzase iniciaría en verdad la aventura de regreso a Atenas. Sería un viaje largo y cargado de emociones. Añoranza, melancolía, incertidumbre y miedo: todas ellas presentes en los santos de alguna u otra manera.

Entonces, las manos de Ganímedes se posaron en el timón. Su mirada cansada se fijó en el horizonte. En silencio, elevó una plegaria a los dioses, como siempre lo hacía antes de embarcarse en una nueva aventura. Con un poco de suerte, al menos uno de ellos le escucharía y bendeciría a él, su barco y su tripulación. Ahora, solo le quedaba esperar porque así fuera.

— ¡Remos arriba! — ordenó mientras varios hombres, entre soldados, mercaderes y esclavos, ayudaban a empujar el gran barco hacia mar adentro. Cuando por fin la coraza flotó sobre las aguas, el sonido de los remos rompiendo en las olas en perfecta sincronía se dejó escuchar.

Atenas estaba cada vez más cerca.

-11-

Corban bostezó. Estaba rendido.

Llevaban horas caminando sin ningún resultado. Como se habían acostumbrado desde que llegasen a los confines del mundo, el Sol no se movía y la noche nunca llegaba a ese lugar. El tiempo parecía suspendido. Sin embargo, el cansancio hacía mella en ellos, como siempre.

Los niños lucían más calmados. Aunque, para el santo de Leo, no habían pasado desapercibidas aquellas miles de ocasiones en que mirasen hacia atrás, esperando ver a su maestro surgir de entre la nada. Habrían de seguir esperando, porque Máscara de Muerte no estaba en ningún lado. Su desaparición era un misterio tal, que Aioria no podía negarse que estaba preocupado. Para ese entonces, se suponía que el cangrejo dorado debería estar de regreso…pero no era así.

— ¿Quieren descansar un poco? — les preguntó.

— Sí. — corearon los tres.

Aioria asintió. Buscó rápidamente por un poco de sombra y un riachuelo cercano, donde por fin les permitió sentarse. Él, a diferencia de ellos, no se permitió bajar la guardia. La paz que rondaba en cada rincón del mítico jardín resultaba absurda. Había algo, aunque no podía definirlo, que le mantenía preocupado.

Por donde mirara solo había tranquilidad, una calma tan profunda que resultaba frágil. Bebió un sorbo de agua del odre, solo para llenarlo de nueva cuenta. A decir verdad, la ausencia de ruido podía lentamente con sus nervios. Era como una largo preludio del que solamente esperaba lo peor.

— Aioria, ¿qué pasará si el maestro no regreso? — el santo miró a Nix.

— Volverá.

— Aún no aparece, y su cosmos… — Altaír bajó la cabeza.

Aioria no podía sentir la cosmo energía del Máscara de Muerte, sus habilidades como Orión no se lo permitían. Debido a ello, solo le quedaba confiar en lo que los niños decían; y no dudaba que estaban en lo correcto.

Tan solo habían transcurrido unos pocos minutos desde que se cobijaran bajo un árbol en busca de descanso, cuando el sonido de pasos sobre el pasto les puso en alerta. Los chicos se pusieron de pie mientras sus miradas buscaban el sendero que les había llevado hasta ahí. No se necesitaba ser un genio para saber a quien buscaban. Sin embargo, Aioria tenía el presentimiento que lo único que aproximaba eran problemas.

Entonces, el visitante se reveló. El mismo ciervo que encontrasen unas horas antes, asomó la cabeza entre el follaje del bosque. De nuevo, sus ojos oscuros cayeron sobre ellos conforme se acercaba. Fue en ese preciso momento cuando el santo de Leo tuvo la certeza que algo estaba mal; un animal salvaje jamás se acercaría con tanta confianza.

De inmediato, el león dorado avanzó hasta ponerse al frente de su grupo. No tenía la menor idea de lo que debía hacer, pero tampoco podía correr riesgos para con los niños.

— Estén alertas. — ordenó.

El ciervo continuó acercándose, lentamente, sin prisas. Sus pasos, a pesar de estar más cerca, se escuchaban cada vez menos. Era como si sus cascos se levantaran por encima del sueño, o como si simplemente se fueran tornando en un espejismo que se desvanecía en las cercanías.

— ¿Qué hacemos?

— Mantenerse atentos. Cuídense las espaldas. — les dijo, a lo que los chiquillos reaccionaron formando un círculo, con las espaldas hacia el centro.

Aioria se preguntó si las habilidades de Orión volvería a responderle. Por lo pronto, sabía que contaba con la fuerza del cazador, pero desconocía por completo que otras cualidades tendría a su disposición. Con todo y ello, tenía la corazonada de que el uso del arco no era precisamente una de ellas.

Para hacer aún mayor su sorpresa, el animal comenzó a mutar de forma poco a poco. Su pelaje fue tornándose verdoso, liso y brillante, mientras cada músculo de su cuerpo se retorcía en maneras antinaturales. Entonces, trozos de su cuerpo comenzaron a desprenderse, cayendo sobre al suelo sin dejar de retorcerse. De manera paulatina, tomaron formas alargadas y, segundos después, se convirtieron en serpientes.

Los bichos reptaron en todas direcciones, confundiendo por un segundo al santo. Desconocía lo que estaba sucediendo, pero no le gustaba. Si se desconcentraba un solo instante, cualquier cosa podía suceder.

Y no estaba equivocado.

En un pestañeo, desaparecieron. Se esfumaron como si del aire se tratara, dejando perplejo al castaño. Estaba seguro que, de tener su cosmos, hubiera sido capaz de rastrear a su nuevo enemigo, pero privado de él, resultaba imposible.

— ¡Hay que encontrarlos! ¡Busquen con sus cosmos! — giró hacia los pupilos del italiano.

Tras un respingo, los chicos hicieron como se les ordenase. Sus tres cosmos, aún incipientes e inexpertos, ardieron al unísono mientras se expandían en busca de su objetivo. De pronto, los ojos de los tres se abrieron desmesuradamente. Había hallado lo que buscaban.

— ¡Arriba! — Altaír exclamó, haciendo que todos llevaran sus miradas a las copas de los árboles, sobre sus cabezas.

El primer ataque no se hizo esperar por más tiempo. Cual saetas, las víboras se abalanzaron en su contra, con las fauces abiertas y los colmillos preparados. El vibrante color verde de su piel brillaba con la luz del Sol, mientras sus ojos rojizos agregaban un aire tenebroso a ellas.

Sin embargo, y por más amenazantes que pudieran lucir, nadie estaba dispuesto a amedrentarse. Con la misma presteza con que la amenaza se había cernido sobre ellos, los niños respondieron. Sus cosmo energías surcaron los aires en forma de esferas que, si bien no poseían la fuerza para destruir a los animales, al menos consiguieron interrumpir sus rutas, manteniéndoles provisionalmente a salvo.

Aioria sonrió.

Crédito a Máscara de Muerte por haber entrenado correctamente a los enanos y, por encima de todo, crédito a ellos por las agallas para seguir adelante a pesar de todo.

Pero no hubo tiempo para mayores celebraciones ni felicitaciones porque unos instantes después, una risa femenina irrumpió en el enfrentamiento. El origen de aquella carcajada no era claro pues el eco se habían encargado de propagarla por cada rincón. De lo que no había duda es que la dueña de esa voz no podía ser otra más que la segunda hespéride y su enemiga en turno. Todo tenía la sentido: Eritia y su manejo de las plantas…y ahora ésta, y los animales.

— Imprudentes mortales. — habló, aún sin mostrar la cara. — Vienen y se adentran en los dominios de una diosa celosa de lo suyo. Retan a la muerte jugando con la inmortalidad de seres como nosotras. Han conseguido derrotar a una, pero se requiere más que eso para salir de aquí, si es que es deseo suyo hacerlo. — la felina mirada de Aioria iba de un lado para otro, sin éxito alguno. No había nada que ver.

— ¿Pueden sentirla? — preguntó, casi en un susurro, a los niños. Ellos negaron.

— Desapareció. — aclaró el mayor de los tres.

— Solo quedan las serpientes.

Y Nix estaba en lo cierto. Los bichos retorcían en el piso, como si agonizaran. En poquísimas ocasiones, Aioria se había sentido como en ese momento. Ahí, en el jardín, no eran más que presas…en espera de ser cazadas.

— ¡¿Por qué no te muestras, cobarde? — espetó el pequeño Corban.

Las palabras del niño resonaron en los oídos de Aioria. No es que tuviera miedo, pero le preocupaba la reacción que desencadenaran la impulsividad del niño. En muchas maneras, era como él, y por lo tanto, sabía las consecuencias de abrir la boca sin medir las consecuencias. Para su mala suerte, tal como lo pensó, la respuesta no tardó en llegar.

Las serpientes que se retorcían en el piso confundidas por el último ataque de los niños, comenzaron a revolverse. Perdiendo lentamente su forma, se transformaron en aves. Las escamas de su piel se tornaron en plumas y sus colmillos mutaron en picos. Sus graznidos inundaron el ambiente, fusionándose con la risa de la mujer, mientras el incesante aleteo los hizo lucir todavía más amenazadores.

Aioria apretó los puños. Tragó saliva mientras observaba la nube de plumas multicolores que se cernía sobre ellos. De reojo, vio a los niños alzar sus cosmos, listos para un nuevo contraataque. El problema era que, le gustase o no, los embates de la hespéride no iban a cesar y, por el contrario, el cosmos de los chiquillos eventualmente iba a agotarse.

Antes de que pudiera decir nada, las lluvia de esferas de energía chocó contra las aves, azotando a algunas y esquivando a otras. Aquellos pájaros que logrados evadir el ataque, se lanzaron con fuerza sobre ellos. Sus picos y patas abrieron heridas en las pieles de los chicos y el santo. Se cubrieron como pudieron, pero no podían hacer mucho contra las escurridizas aves.

Con todo en contra, siguieron intentando defenderse. Entre cosmos y golpes, se resistían a caer. Sin embargo, por cada ave que caía, otra surgía en su lugar. Todo parecía indicar que la clave para sobrevivir en el Jardín no era mas que resistencia.

Mientras luchaban, a unos metros de ellos, la hespéride por fin mostró su rostro.

Se dibujó como un espejismo a la distancia. Sus cabellos oscuros tocaban el piso, siendo tan largos como la túnica grisácea que la cubría. El tono ceniciento de su piel no demeritaba sus facciones; finas y femeninas. Era, como todas las de su especie, una criatura delicada a los ojos, pero poseedora de una fuerza que solo los seres mitológicos poseían.

— Son frágiles…como todos los de su especie. — musitó.

Hesperia observó la rabia en la mirada de Aioria y la mezcla de impotencia y miedo en la de los niños. No entendía como Eritia había fallado.

— Deberías darles más crédito. — otra voz se unió al juego…y entonces, una sonrisa se dibujó en los labios de los aprendices. — Para ser un montón de inútiles han logrado mantenerse con vida.

Esta vez, fue la hespéride quien tuvo que levantar los ojos en busca de quien le interrumpía. Su mirada cristalina no se inmutó, sino que tranquilamente recorrió todo a su alrededor.

— ¿Te escondes de mi? — pronunció con calma. La carcajada que resonó no fue la suya.

— ¿De ti? — repitió la pregunta, irónicamente. — Bah. Al igual que tu amiga, te sobreestimas. Verás, una vez que se encuentra la manera de vencerles, es bastante sencillo hacerlo. Cada una de esas cosas es un extensión tuya, de tu alma. Pues bien…destruir almas es mi especialidad.

— ¿Quién demonios eres? — la morena cuestionó. A pesar de que su rostro no denotaba emoción alguna, el sutil cambio en su tono de su voz indica que comenzaba a perder la paciencia. Por un largo momento no hubo respuesta. Hasta que el recién llegado se dignó a hablar de nuevo.

— Soy Ángelo de Cáncer, santo dorado al servicio de Athena.

-Continuará…-

NdA: Oh, por dios….tres años. ¡Tres! Éste lunes 18 se cumplen tres años desde que publiqué el primer capítulo de esta historia. No sé si pasaré otros tres años en ella (espero que no e_e), pero sin duda han sido tres años de muchas satisfacciones y de mucha emoción.

Creo que ha sido divertido, gratificante y, sin duda, especial. He conocido mucha gente, saludado a otro tanto e imaginado lo que piensan el montón de cabecillas que sé que leen. ¡A algunos ya les conozco tan bien que cuando escribo, imagino sus reacciones! Con mis lectores fantasmitas, solo me queda guardarme las dudas :9 Con los más cercanos, converso amplio y tendido al respecto. Y solo que me queda decirles: Gracias =)

Gracias, porque sin ustedes probablemente no habría historia. Gracias, por compartir esta afición conmigo. Gracias, por reír, llorar, gritar, sonreír y maldecir a mi lado (xD). Gracias por divertirse junto a mi.

Snif…Sun se puso sentimental :')

Cof…cof…Solo imagínense lo que será el capítulo 50 xD (¡solo faltan 5 capis más!)

Ejem…volviendo a este capítulo. ¡Gracias a quienes leen y comentan! Como siempre les agradezco los minutos que dedican a dejarme sus ideas, comentarios y opiniones. Damis, Amary22, RIAADVD, legendary, toaneo07, Sweet Viictory, Saint Lu, Harlett, Sagitariusgirl, Artemisa-Cazadora, Kirigoe, Kisame Hoshigaki, Kokoro-koko, Alde93, ddmanzanita, Art1sta, kumikoson, Tisbe, Pyxis and Lynx, Chris, BlUe CoOkIe MoNsTeR, elbereth2982, FaSCeN y AngelElisha…¡gracias a todos!

Pues, habiendo respondido los reviews anónimos, paso a despedirme, chicas y chicos. ¡Hasta el siguiente capi! Pórtense bien en vacaciones que nada les cuesta ;)

Sunrise Spirit