Capítulo 46

Mirando al futuro

-1-

— Ángelo de Cáncer. — la hespéride repitió su nombre. — Me gusta.

— No lo hará en unos pocos minutos. — respondió el santo. — Lo que te garantizo, es que le recordarás por siempre.

— Por siempre es mucho tiempo.

— No para ti.

El cosmos del santo se encendió, envolviéndole en polvos dorados. Sus pupilas se tornaron del color del oro mientras su ceño reflejó la determinación que sentía por terminar todo de una vez por todas.

— ¡Maestro! — antes de que cualquier de los niños pudiera mover un solo dedo, Aioria les jaló hacia atrás, alejándoles de la batalla que iniciaba.

— Atrás. — musitó.

Él mismo tenía la cabeza llena de preguntas sin respuestas. Máscara de Muerte había cambiado, y no únicamente por su nombre. Algo en el italiano era distinto…algo que el santo de Leo no podría definir con claridad. Lo que fuera, en ese momento no importaba.

Estaba terriblemente aliviado de que estuviera de regreso. Con su llegada, los peores escenarios se desvanecían de a poco y eso era invaluable. Máscara de Muerte estaba de regreso… Ángelo estaba de regreso.

— ¡Volvió, Aioria! ¡Volvió! — festejó el más pequeño, a lo que el santo asintió. — ¡Es genial!

— ¿Dijo Ángelo?

— Sí. Eso escuché. — Altair respondió a Nix.

— ¿Ese es su nombre? — voltearon hacia al santo de Leo.

— Al menos lo era. Fue hace tantos años…que ya no recordaba. — respondió el castaño, y así era. El escuchar de nuevo aquel nombre le pareció el esbozo de un sueño lejano, de aquellos que quedan rápidamente en el olvido.

Los chicos regresaron su atención hacia el peliazul, completamente sorprendidos por aquel inesperado cambio. No eran lo únicos, eso también lo sabían. Bastaba mirar en los felinos ojos de Aioria para darse cuenta de que el santo de Leo se sentía tan intrigado como ellos mismos…sino más.

— Mantenlos lejos, Aioria.

— Sí. — respondió torpemente, mientras su sorpresa se hacía más y más grande.

¿Aioria? ¿Dónde había quedado el gato gordo en todo ello? ¿Desde cuando le llamaba por su nombre? Y de forma todavía más intrigante…¿Qué era ese dejo de tristeza en su mirada usualmente fiera? El castaño arrugó el entrecejo sin siquiera notarlo, pero le resultaba imposible pensar en respuestas para todas esas preguntas. Era Máscara de Muerte…sin embargo, también era Ángelo; y eso no sabría como definirlo.

A pesar de todo, se esforzó por mantener la situación en orden. Hizo tal y como su compañero le ordenase, alejando a los críos y resguardándoles de la batalla que iba a comenzar. Por alguna razón, esta vez no temía a las consecuencias, puesto que había algo en los ojos del italiano que le hacía sentir especialmente optimista. Quizás era la determinación indomable de mantenerles a salvo.

— ¿Lista? — Ángelo sonrió. Estaba listo para el combate, porque sin importar lo que sucediese, seguía siendo un guerrero. Uno jodidamente bueno.

La hespéride asintió, también con una sonrisa en los labios. Estaba dispuesta a demostrar que las de su especie estaban por encima de los mortales. Iba a vengar, a como diera lugar, la muerte de su hermana. Era superior a su contrincante y tenía la intención de demostrarlo.

Al santo de Cáncer, aquella mueca de burla, lejos de irritarle le resultó desafiante. Le encantaban los rivales ingenuos y confiados, le gustaba pelear contra cualquiera que le mirase por arriba del hombro. No había nada más satisfactorio que borrar risas de superioridad y hacer que esos gigantes doblaran sus rodillas frente a él. Esa ocasión no sería la excepción.

De nueva cuenta hizo explotar su cosmoenergía, que ésta vez se dibujó en tonos azules. Pequeñas esferas se desprendieron del gran espectro de luz y ardieron, de nueva cuenta, tornándose en la técnica con la que sabía, podía derrotar a su nueva enemiga.

Detrás de Hesperia, las aves volvieron a graznar. Sus alas revolotearon mientras las plumas oscuras que liberaban flotaban por todo el lugar. La mujer estaba lista para atacar.

Un segundos después, las aves volaron en dirección de Ángelo. Los fuegos fatuos permanecieron inmóviles, danzando lentamente en sus lugares, en espera de que sus víctimas llegaran a ellos. Ese ejército de luces, nostálgicas y aletargadas, lucían como una brillante telaraña: tan atractiva como peligrosa. Cualquiera que quisiese retarles, debería enfrentar las consecuencias.

Cáncer ensanchó su sonrisa en el momento en que el ataque enemigo colisionó al suyo con toda su fuerza.

Sus luces estaban hambrientas y era el momento de alimentarlas.

-2-

El Kyrenia se había consagrado como el navío más grande de su tiempo. Se decía que surcaba el mar, retando a los dioses, y que se presentaba como una de las grandes maravillas construidas por manos de mortales.

Sin embargo, sin importar cuan espacioso pudiera ser, para Kanon resultaba diminuto.

Desde el inicio del viaje se había apoderado de aquel incómodo rincón, cerca de la proa, donde el Sol golpeaba con toda su fuerza y del que todos rehuían. Poco le molestaba que su piel se tostara, o que el Sol escociera sus ojos, cuando conseguía lo más importante: mantenerse lejos de todos.

Aún así, no era suficiente. Sentía las miradas de todos y cada uno de sus compañeros y de la tripulación siguiendo cada movimiento suyo, contemplándole a la distancia, pero sin atreverse a pronunciar palabra ante él. Se esforzaba por ignorarles a como diera lugar, más sus intentos eran por demás infructuosos.

Se conformaba con mantenerles lejos. No deseaba conversaciones ni más palabras que terminaría enviando al demonio.

Lejos. Así era mejor.

Tenía suficiente con sus propios fantasmas como para tener que soportar también los gestos alicaídos y las caras de miseria de los demás. En algún punto, iba a hartarse de las miradas furtivas…era cuestión de tiempo. Pero el viaje apenas comenzaba.

— Estoy a punto de correr hacia ahí y lanzarle del barco. — Camus alzó una ceja ante el curioso, y peligroso, pensamiento de Milo.

— Hazlo. Se las ingeniará para subir de regreso al barco y lanzarte a ti. Probablemente vaya detrás para asegurarse de que te ahogues.

El gruñido que siguió a sus palabras por parte del escorpión dorado arrancó una sonrisa involuntaria de sus labios. Dentro de todo, Milo tenía tal peculiaridad: era imposible resistirse a sus modos accidentados pero con cierto toque de candidez en ellos.

— Si me ahoga, se ahogará conmigo. — el peliazul se cruzó de brazos.

— Es mucho mejor nadador que tú.

— ¡Camus! ¡Odio cuando haces esto! — espetó, tomando por sorpresa al acuariano.

— ¿Esto?

Esto. Arruinar mis pensamientos con esta clase de comentarios.

— Prevengo tus desastres, Milo. Eso hago. — le miró de reojo. — Pero si quieres seguir con ellos, adelante. No pienso rescatarte del agua, ni darte primeros auxilios. — se giró, para volver a la escueta sombra de la tienda en cubierta.

— ¡Camus!

A regañadientes, Milo le siguió. Parloteó todo lo que quiso mientras iba detrás, pero el galo le prestó poca o ninguna atención. Caminaron juntos hasta reunirse con sus los demás, que también buscaban cobijo del Sol de la tarde.

— ¿Qué pasa con Milo? — preguntó Shura, intrigado por el incesante discurso del santo de Escorpio.

— Busca opciones para el suicidio asistido.

— ¿Va tras Kanon? — Aioros soltó la pregunta.

— Si. Va tras él.

— Suerte.

— Gracias, arquero. — sentenció el peliazul, sacándole la lengua.

Saga, mientras tanto, solo observaba de uno a otro santo, siguiendo la conversación de sus compañeros. Su rostro no lo indicaba, pero de algún modo se sentía mucho más relajado. Tal parecía que mientras más se alejaban de la tierra, más se calmaba todo ese montón de nervios que llevaban asolándole durante el principio.

Sus inquietudes sobre Kanon seguían ahí, presentes en cada momento. Su ansiedad también acechaba desde un rincón de su mente. Atenas era, a la vez, la luz y la oscuridad en su horizonte. Quería volver, pero también veía ahí a la cuna de todos sus problemas. Ares, Afrodita, Athena…todo colisionaba en la ciudad del oeste, y temía no volver a controlar su vida, como sucediese antes. Pero el gemelo no quería pensar en eso, estaba dispuesto a vivir el día a día, preocupándose por nada más que el presente.

— Oye, ¿no piensas hablar con tu hermano? — por inercia, encogió los hombros y negó suavemente con la cabeza ante la pregunta de Milo. — Alguien debería hacer algo.

— No soy su persona favorita ahora mismo.

— Eres su hermano.

— Ya. ¿Dónde estuviste durante los últimos 15 años, bicho? ¿Qué parte de nuestra historia te perdiste? — Saga, con toda su seriedad, le cuestionó.

La atención de todos recayó en el escorpión. Una vez, gruñó con desgano. Quizás lo mejor era callar y guardarse sus ideas. Después de todo, parecía que nada de lo que dijese sonaba bien a los oídos de nadie.

— No hablaré más. — gruñó.

— No lo hagas, estás mejor callado.

Milo taladró con una última mirada a su amigo de Acuario. Después de ello, se dispuso a cumplir su palabra. Cruzándose de brazos y cerrando la boca, guardó silencio, dejando que su mirada fastidiada dijera todo por él.

— Vale, vale, Milo. Corta el drama. — Saga masculló. El santo de Escorpio no respondió, fiel a su decisión. — ¿Vas a quedarte callado el resto del día? ¿En serio?

Ante la cara de Milo, más de uno tuvo que guardarse una risa. Aioros y Shura, en especial, parecían intrigados, no solo por la conducta del Escorpio, sino también por el hecho que el gemelo parecía listo para jugar sus cartas.

Lo vieron rebuscar en su bolsa por lo que sabían era la túnica, y esperaron con paciencia para ver cual sería el siguiente paso en el plan del geminiano. Un segundo más tarde, la prenda se estrelló contra la cara de Milo y resbaló hacia su regazo.

— ¡Saga!

— Creí que no ibas a hablar más. — sonrió todavía más al ver el mohín en su cara. — Además, deberías dejar de quejarte. Es un regalo.

— ¿Un regalo? — rápidamente, Milo tomó la prenda en sus manos. La extendió frente a él mientras la molestia en su rostro desaparecía para dar lugar a un gesto de sorpresa casi infantil. — ¿Para mi?

— Si. Una túnica troyana, comprada con oro de la mismísima Athena del mito. Serás la envidia del Santuario algún día.

Casi pudo escuchar, detrás de si, las risillas involuntarias de los santos de Sagitario y Capricornio, y se maldijo internamente por elegir a los peores cómplices que tenía a su disposición. Bastó una mirada suya, de aquellas que parecían partirles en dos, para hacerlos callar.

— Es un…excelente regalo. — Shura carraspeó y habló torpemente, corrigiendo su indiscreción previa.

— Casi me siento celoso. — Aioros intervino también. — ¡A mi nunca me regalas nada! — golpeó la cabeza de Saga a manera de juego. El gemelo, tomado con la guardia en bajo, solo atinó a reacomodar su melena revuelta.

— Por cosas como esta, no te regalo nada jamás. — pero el arquero selló la conversación al sacarle la lengua.

— ¡Es genial! — Milo exclamó. Sin embargo, en contra de todo lo que Saga tenía planeado, el escorpión dorado dobló con cuidado la túnica para luego guardarla entre sus escasas pertenencias. — La cuidaré muy bien. Lo prometo. — Saga ladeó ligeramente la cabeza.

— ¿No vas a usarla?

— Quizás otro día. No quiero que se arruine.

— Pero… — chasqueó la lengua. Demasiada insistencia levantaría sospechas. — Vale, otro día será.

Miró de nuevo hacia Aioros, y éste le miró de regreso, extrañado. De alguna forma, el santo de Sagitario sabía que Saga no iba a conformarse con eso…de alguna forma, sabía que algo más cruzaba por su mente inquieta. Pero, por el momento, tendrían que esperar.

Era cuestión de tiempo antes de que Saga se las ingeniara para teñir a Milo de negro.

-3-

Cuando el último chillido de las aves se hubo extinguido, no quedó nada más que el silencio que se había apoderado de todo. Ninguno de los dos combatientes se atrevió a pronunciar palabra; uno sabiéndose vencedor y la otra, muda ante la inminente derrota. Solamente el viento silbaba con calma, permitiendo que de vez en vez, el sonido de las llamas ardientes llegara hasta los oídos de los presentes.

Ángelo y Hesperia, ninguno se movió.

Los fuegos azules aún se entretejían en esa red gigantesca alrededor de su señor. No dejarían pasar a nadie y su sed de energía, lejos de disminuir, había aumentado. Sus movimientos habían perdido todo rastro de sutilidad, y ahora se meneaban, agitados, por todo el lugar. Esperaban con desesperación en momento en que el santo de Cáncer les liberara, permitiéndoles terminar de una vez por todas con el alma de la mujer a la que enfrentaban.

La hespéride no comprendía lo que sucedía. Su mente, bloqueada por el debacle que se avecinaba, no podía pensar en nada más que la posibilidad de que su existencia, hasta entonces eterna, encontrara su final justamente ahí. Semejante opción nunca antes había cruzado por su cabeza de la forma en que lo hacía en ese instante.

— Bien. ¿Vas a recordarme? — el italiano le preguntó. El sarcasmo en su sonrisa se volvía más evidente conforme los segundos transcurrían y el miedo se apoderaba de la hespéride.

No recibió respuesta…tampoco la necesitaba.

Chasqueó la lengua y meneó la cabeza en desaprobación. El combate había terminado sin siquiera llegar a comenzar. Demasiado fácil, toda vez que ya conocía la estrategia.

Entonces, la miró por una última vez. Esta vez no hubo sonrisa, ni ironía; solamente una indescifrable mirada. Se dio la vuelta para no verla más…nunca más. No tenía porque quedarse ahí a observar un final anticipado. Lo mejor era continuar el camino.

— Vámonos. — comandó al pasar cerca de Aioria y sus aprendices, quienes contemplaban la escena sin dar crédito a sus propios ojos.

— ¿Vas a dejarla así? Pero, ¡aún no la derrotas!

— Cierra la boca, mocoso impertinente. Por si no te has dado cuenta, ya está derrotada. — respondió a las quejas de Corban, pero nunca detuvo su andar.

Aioria miró fugazmente a Hesperia. Después, devolvió la mirada hacia el peliazul, que les dejaba atrás. Sopló sus flequillos y se dispuso a seguirle. En realidad, Máscara de Muerte tenía razón. La hespéride estaba vencida.

— Aioria… — Nix le siguió, compartiendo la visión de su amigo más pequeño. Hesperia seguía ahí y ellos le daban la espalda.

— Vamos, niños. Él está en lo cierto. — les dijo.

Mientras tanto, Ángelo se había propuesto no voltear. Caminaba con los ojos al frente, solo desviándolos en unas pocas ocasiones, en las que miraba a sus chicos de reojo. Por fin, cansado de sus dudas, decidió que todo debía terminarse de una vez por todas. Abrió ligeramente los labios, los relamió y pronunció todo lo que bastaba para poner punto final.

— Terminen con esto. — susurró.

Y detrás de ellos, un incendio azul se atizó.

De inmediato, los ojos de los chiquillos se centraron en el voraz fuego azul que su maestro había convocado y en medio del cual ahora ardía la hespéride.

Sus gritos terminaron con toda la paz que hasta entonces había reinado en el jardín. Los fuegos fatuos no la dejarían ir hasta haber terminado con la última gota de energía que mantenía su alma viva. Un ser inmortal, desde cualquier ángulo, era un banquete delicioso para las luces devoradoras de almas.

— ¡¿Cómo…?

— Basta ya. — dispuesto a no aceptar una sola palabra más de sus aprendices, el santo se detuvo. Giró hacia ellos con seriedad, dejando en claro que no quería más reclamos. — Está listo. Ahora, muevan esos pies, que aún tenemos mucho por recorrer.

No hubo un solo sonido más que proviniera de sus bocas. Acataron las órdenes, caminando en silencio detrás de los mayores. Los chillidos de la hespéride se hacían cada vez más lejanos y menos portentosos. Pronto, no quedó nada más de ella, mientras el sonido del fuego que la consumía desaparecía al igual que la luz de las llamas azules del santo de Cáncer.

Un obstáculo menos, pero el camino frente a ellos era largo, hostil y desconocido.

-4-

— ¡Es genial que estés de regreso!

Corban festejó, brincoteando alrededor de su maestro, ciertamente feliz de tenerle de regreso. Su alegría, sin embargo, parecía no ser compartida por el mayor, quien le miraba sin gesto alguno en el rostro.

Pero poco importaban al niño los desplantes de los que pudiera ser víctima por parte de Ángelo. Después de todo, le conocía bien y no esperaba nada más que aquel rostro indiferente con que siempre les miraba.

— ¿Por qué tardaste tanto en volver? — cuestionó Altair, cuya actitud era mucho más mesurada que la de su hermano menor. — ¿Estabas herido? ¿Estás bien?

— Lo estoy. No quiero más preguntas.

— ¿Seguro que estás bien? Estamos preocupados. ¿A dónde fuiste? ¿Qué pasó ahí? — insistió el más pequeño de los tres.

Máscara de Muerte soltó un gruñido. De todos, Corban era probablemente el más deficiente en prestarle atención y, obviamente, en esa ocasión, las cosas no habían sido diferentes.

No quería más preguntas. Había sido lo suficientemente claro, pero al pequeño le había importado poco o nada sus palabras…no quería preguntas, porque no sabría dar respuestas.

A unos pasos de él, Nix y Aioria caminaban compartiendo la misma actitud: ninguno de los dos preguntaría, pero ciertamente morían por conocer las respuestas que Ángelo tuviera que dar. La gran diferencia era que, por un lado, la pelirrosa ignoraba por completo lo que sucedía o no con su maestro; mientras que el león dorado sabía que algo no andaba del todo bien, más debía callar y preguntar más tarde.

— ¡Maestro! ¡Maestro! ¡Maestro! — volvió a chillar el pequeño moreno. — ¡¿Me escuchas?

— Para mi mala suerte, si.

— ¿No vas a responderme?

— No. — el niño se sopló el flequillo.

— ¿Por qué?

— Porque no quiero.

— ¡Estás siendo aburrido!

— ¡Y tú, molesto! ¡Ahora, cállate!

Corban gruñó, pero terminó por guardar silencio. Sin embargo, una gran sonrisa se dibujó en sus labios al saber que las cosas regresaban de a poco a la normalidad.

El italiano, por su parte, despeinó sus mechas azules y balbuceó un par de malas palabras ante la insistencia del chiquillo. Sin importar lo que sucediera, el niño no solía darse por vencido. Máscara de Muerte sabía que, antes de lo que pensara, la tormenta de preguntas volvería a caerle encima. Era cuestión de tiempo, y tarde o temprano, volvería a escuchar la graciosa, e insistente, voz de su discípulo.

Para Aioria, la situación lo arrastraba a los límites de lo que su curiosidad le permitiría soportar.

No importaba cuanto tiempo le mirara, simplemente le resultaba imposible leer su mente.

Tampoco se necesitaba ser un genio para darse cuenta de que el hombre que se había marchado al Yomotsu con anterioridad, no era el mismo que ahora tenía como compañero. Máscara de Muerte y Ángelo compartían una parte, una esencia; pero algo en ambos se sentía completamente diferente.

Aún así, Aioria no podía saber lo que era. Podía pensar en muchas y en ninguna a la vez, más las respuestas no llegaría sino de la misma boca de Máscara de Muerte… o de Ángelo, para ser más correctos. La cuestión era que el santo de Cáncer apenas y había pronunciado un par de palabras desde que se reencontrasen, y todo indicaba que tampoco tenía la intención de hacerlo. Cada uno de los cuestionamientos de Altair y Corban había sido ignorados.

Curiosamente, la pregunta principal no había surgido: ¿Por qué Ángelo? ¿Qué había sido de Máscara de Muerte?

-5-

Las decenas de pergaminos que se encontraban sobre la mesa hacían la escena más caótica de lo que en realidad era.

Herse y Shion habían pasado gran parte del día, encerrados en la biblioteca, descifrando cada oscuro secreto resguardado en la inmensa colección de volúmenes ahí guardados. Probablemente estaban más enredados de lo que hubiesen querido, pero sus preguntas necesitaban réplicas, de la misma manera en que sus inquietudes clamaban por un poco de calma.

— No estoy segura de que encontremos nada útil aquí. — Herse suspiró con pesadumbre. — Algo así no puede estar documentado, al menos no de la mano de un mortal.

— Algo tenemos que encontrar. Arriesgarnos más, no es una opción.

— Vigilarla, Shion. Quizás esa es nuestra única opción.

— Mi temor no es solamente ella. Cualquier otro dios podría intentarlo y, si alguno lo consigue, no solo tendríamos a Ares de regreso, sino que no tendríamos ningún tipo de ventaja contra ellos…salvo encerrarlos a todos. — la mirada que el Patriarca le dirigió le recalcó, si es que aquello era necesario, lo imposible de esa última opción.

— Estamos hablando, no de encerrar a dios, sino de limitar los poderes de todos los demás. ¿Cómo es que en tu tiempo puedes mantenerlos encerrados sin que ninguno de ellos intervenga en los líos de los demás?

Shion guardó silencio por un segundo. Pensó detenidamente la respuesta y terminó por esbozar una sutil y amarga sonrisa.

— Es precisamente por ello, Herse. Porque a ninguno le han interesado los líos de los otros, pero ahora las cosas son diferentes. El Olimpo entero parece unirse en nuestra contra.

— Cortesía mía. — la voz que se unió a su conversación acaparó la atención de ambos.

— Princesa.

— Shion, Herse.

La diosa caminó hasta ellos, tomando asiento en un banco cercano, para luego husmear en el trabajo de ambos. Leyó rápidamente unas pocas líneas, intrigada por el contenido de su biblioteca que yacía sobre la mesa.

— ¿Qué es exactamente lo que buscamos? — cuestionó.

— Alguna forma de evitar que cualquier dios pudiera romper el sello que has creado. — Shion la miró, consciente de que ella sabía muy bien de lo que hablaban.

Ella estuvo aquí antes. — Athena le respondió.

— ¿Lo sabías? — los ojos, rosas para Shion y azules para Herse se fijaron en la diosa.

— Para cuando noté su presencia, probablemente ya hubiese sido muy tarde si tú no hubieses intervenido.

— ¿Crees que lo hubiera conseguido? — el lemuriano tomó un sorbo de la taza de té que tenía a su lado. Arrugó ligeramente la nariz al descubrir que su bebida se había enfriado.

— No lo sé. Aunque, sinceramente, me sorprende más que haya querido liberarle.

— Es Ares. Él y ella han sido amantes casi desde el principio de los tiempos.

— Si, si, no necesitas decirme más sobre eso, Shion. — Athena meneó la cabeza. — Pero, ¿y Saga? Afrodita sabe mejor que nadie lo que Ares significa para él, por lo que intentarlo resulta…

— Terrible. — complementó la sacerdotisa.

La diosa no tenía que decir nada más.

Asintió a las palabras de Herse y llevó su mirada a Shion, de quien esperaba alguna respuesta que no llegó de inmediato. El peliverde bajó la mirada por un segundo, remembrando todo el infierno que Ares significaba para su santo de Géminis; y semejante tortura no era algo que él quisiera verle vivir de nuevo.

— Hay que encontrar la forma de detenerla. — habló, de nuevo. — Si libera a Ares, estará furioso.

— Y Saga pagará las consecuencias. — la morena soltó las palabras que Shion tanto temía decir, para después caer en el silencio de la meditación. Llevaba días dando vueltas a una idea en su cabeza, por lo que probablemente era el momento de consultarla con sus dos personas de más confianza. — He estado pensando…Deberíamos sacar provecho a cada minuto que Ares pase encerrado. No sabemos cuanto tiempo más podremos mantenerle fuera de la gresca, así que estoy considerando la opción de que mis santos no regresen directamente a Atenas. — dijo, atenta a cada gesto de Shion y Herse. — Ahora que están navegando con Ganímedes y su tripulación, quizás sea buena idea que continúen su camino hacia el Sur, hacia Estínfalo. Su siguiente misión espera ahí por ellos.

— Las aves de Estinfalo.

— Exacto, Herse. Es peligroso, pero mucho menos que otras misiones y podríamos ganar un poco de tiempo. ¿Qué opinas, Shion?

El Patriarca olvidó por unos minutos los rollos que ocupaban su atención para centrarse únicamente en su diosa. Hizo a un lado el té frío y meditó por unos segundos en la idea que le era consultada.

— Me parece una idea apropiada. ¿Sabemos algo más de ellos? ¿Aldebarán esta bien? ¿Y Aioros? Ellos eras quienes habían salido peor librados en todo esto.

— No sé mucho. Sé que llegaron a Troya y que debieron zarpar hace un par de días hacia aquí. Quizás sea momento de mandar a Aretha hacia ellos de nuevo. Si no hay problemas mayores, entonces podrían evitar desembarcar en Pireo y seguir navegando el Egeo, hacia la ciudad de Estinfalo.

— Bien. Si todo está en orden, podríamos ganar un poco de tiempo con ello.

— Haré los arreglos con Aretha.

Se dio la vuelta y desapareció con el mismo sigilo con que había llegado ahí, dejándoles de nuevo solos. No pasó mucho antes de que volvieran a enfocarse en sus respectivos pergaminos, con el deseo de seguir hasta encontrar una solución al problema que se le plantaban.

— ¿No vas a decirles? — la sacerdotisa miró de soslayo a Shion.

— ¿Decirles qué?

— Que estás aquí. No lo saben.

Shion sonrió, casi con pesar. Moría de ganar por verlos, por hablarles, pero ese encuentro tan esperado tendría que volver a aplazarse.

-6-

A saber cuantos días y cuantas horas llevaban caminando, pero habían sido suficientes como para que sus cuerpos suplicaran por algo de descanso. Tal como habían aprendido en los últimos días, el Sol no se ponía en aquel remoto y mágico punto del planeta. Siempre había luz, lo cual dificultaba todavía más la medición del tiempo que llevaban ahí. Sin embargo, les había parecido una eternidad.

Ambos santos eran conscientes de que, si ellos se sentían cansados, los niños probablemente lo estarían más. Tarde o temprano tendrían que hacer una pausa y regalarles unos pocos minutos de sueño. De lo contrario, a la siguiente batalla terminarían cediendo antes de lo planeado. Además, ninguno de los dos lo diría, pero ambos se habían dado cuenta de lo que sucedía ahí.

Llevaban horas caminando, sí; pero no iban a ningún lado y tampoco lo harían a menos que, quien fuera que manejara aquel lugar, así lo decidiera.

Era tan patético como eso: una maldita ilusión.

Habían pasado incontables veces por el mismo lugar, visto las mismas cosas y sin importar que camino tomaran, siempre terminaban en el mismo punto. La última hespéride, si es que de ella se trataba, estaba dispuesta a matarlos de cansancio, hambre o lo que primero les sucediera; y aquello les llenaba de frustraciones.

— Tomemos un descanso. — Aioria fue el primero en hablar, y a pesar de que Máscara de Muerte no le respondió, supo que estaba de acuerdo con él.

Así, eligieron un pequeño claro cerca de una formación rocosa para hacer su escondite por esos pocos minutos de paz. En realidad, desde ahí podían observar con claridad los alrededores, y a la vez, sentirse resguardados de cualquier posible ataques por diferentes flancos.

El santo de Cáncer se dejó caer cerca de la única entrada al pequeño claro, asumiendo la misión de vigía. Sobraba decir que, por más que lo intentase, dormir sería imposible para él.

Aioria hizo lo propio del otro lado, mientras los niños quedaban en la posición más protegida que pudieran ofrecerles. El santo sacó las provisiones de pan y agua que cada vez se volvían más y más escasas, despertando sus preocupaciones acerca de lo que deparaba el futuro para ellos. Toda vez que se quedaran sin alimento, estarían perdidos.

Dividió la hogaza entre los más pequeños a sabiendas de que probablemente ni él ni Ángelo terminarían con un bocado de comida ese día, aunque tampoco le importaba. No tenía hambre.

— Descansen un poco. Duerman, porque cuando despierten todavía habrá mucho por caminar. — les dijo.

— ¿Ustedes no dormirán? — preguntó Altair mientras Corban no se molestaba siquiera en esconder un bostezo de cansancio.

— No. Alguien tiene que vigilar…y tampoco tenemos sueño. — recalcó Leo. Máscara de Muerte no soltó palabra.

No mucho después, víctimas del cansancio, los tres niños se dejaron abrazar por el sueño. Les bastó cerrar los ojos y dejar que su cuerpo, agotado, buscara por si mismo el respiro que tanto necesitaba.

Sin moverse, los dos santos permanecieron por incontables minutos en silencio.

Aioria sabía que cada mirada suya, que cada suspiro soltado con la suficiente fuerza para captar la atención de su compañero, estaba siendo ignorado magistralmente. Ángelo no deseaba hablar y, a menos que fuera directo, no iba a conseguir nada de su parte.

— Vale. —suspiró, rompiendo el silencio. — ¿A mi vas a decirme que sucedió?

— ¿Por qué habría de hacer tal cosa? Dije que no tenía ganas de contestar preguntas y eso, incluye a las tuyas. — el italiano respondió.

— Ya. Pensé que por ser tu compañero de desgracias iba a ganarme semejante derecho. — se rascó la cabeza. Bebió un trago del odre y volvió a guardar silencio, siempre sin alejar sus ojos del peliazul. Después, se decidió a hablar de nuevo. — Me estás asustando, Ángelo.

Los ojos de Máscara de Muerte se despegaron del piso, centrándose en el rostro del santo de Leo ante la mención de su nombre. En los labios de alguien más sonaba todavía más impresionante y ajeno a él.

— No sé que quieres que te diga. Lo que sea, no hace ninguna diferencia, sino lo contrario. — musitó, agachando la mirada.

— ¿Es tan malo?

— Creo que… — se encogió de hombros. —…creo que si.

Aioria tragó saliva. Malas noticias…y temía profundamente a ellas.

— Anda, cangrejo. Suéltalo de una vez. — mordió sutilmente sus labios. Ángelo bajó la mirada y pensó con mucho cuidado cada una de sus palabras.

— Es Afrodita. — dijo en un susurro. — Está muerto. Matti está muerto.

— ¿Cómo dices? — el rostro de Aioria lo decía todo. Sus ojos abiertos a más no poder y aquel mohín de incredulidad completa gritaban su desconcierto.

— Esta muerto. Le vi en el Yomotsu…vi como caía. — conforme hablaba su voz se desvanecía mientras su semblante se tornaba oscuro. — Uno no puede detener a los muertos, Aioria. No importa cuanto lo intente, simplemente es imposible.

— Ángelo…

— Pero si puedes evitarlo. Si hubiésemos estado ahí, quizás…

— No. Eso no puedes saberlo y tampoco puedes culparte por esto. — sus miradas se encontraron.

— No me culpo, no culpo a nadie, pero sabes que pudimos hacer una diferencia y si de esa forma hubiéramos podido salvarle, entonces… — callaron. No había nada más que decirse. — Tenemos que volver, Aioria. — cuando Aioria levantó el rostro y su mirada coincidió con la del italiano, notó el cambio. De pronto, toda la oscuridad de antes se había esfumado y aquel aire de determinación que encontró tras su regreso estaba ahí, reflejado en sus pupilas. — Hay que regresar, y pronto.

-7-

Si había algo que los gemelos y Aioros no extrañaban de sus viajes en barco era, en definitiva, el menú a base de sopa de pescado y pan duro que les quedaba toda vez que la carne seca se agotaba. Era entonces cuando el vino, en cambio, a pesar de no ser el más caro o el mejor, resultaba mucho más satisfactorio que nunca. Así que, cuando la noche llegó y la Kyrenia se resguardó en un islote desierto en espera de que el Sol volviera a brillar en el cielo, el trío de santos esperó con más ansias por la bebida que por la cena.

— Mi cena por tu copa. — Kanon miró fijamente a Bias, porque no tenía intenciones de aceptar un no por respuesta.

— Pero…

Y antes de que el marino pudiera reaccionar, el intercambio fue finalizado por el antiguo general marino. Bias no insistió, no tenía sentido hacerlo.

Lo dejó marcharse hacia el rincón más alejado de todos, donde la luz de la gran hoguera apenas podía distinguirse. Sin lugar a dudas, Kanon se sentiría mejor en las penumbras, oculto de las miradas que llevaban días enteros acosándole.

Bias caminó hasta donde el resto del grupo estaba y se dejó caer sobre la arena, dispuesto a pasar bien lo que quedaba del día. Bebió de un gran sorbo el caldo aguado de la sopa y dio un gran mordisco a su hogaza de pan.

— Cada día sabe mejor. — dijo.

— ¿La sopa? — Aioros alzó las cejas.

— ¡Por supuesto!

— ¿Quieres la mía?

— ¿No vas a cenar? — Bias le observó con suspicacia.

— Con el pan me basta.

— Opino igual. Si quieres mi cena, puedes tenerla también. — Saga imitó al arquero y tendió su comida al hombre de mar.

— ¿Por qué me da la impresión que deberíamos hacer lo mismo? — Camus habló en un murmullo. A su lado, Shaka y Mu asintieron sin ninguna timidez.

— Me importa poco lo que sea, es comida. Comida.

— Estoy de acuerdo, Milo. — Aldebarán soltó una gran carcajada. Habiendo atravesado tantas cosas y sobrevivido al infierno que las amazonas habían creado para ellos, era buen momento para sonreír.

— Ya somos tres. — Dohko les miró.

Su preocupación por Kanon no había disminuido en lo más mínimo, pero se sentía optimista de haber dejado a Temiscira y a Troya atrás. Las pérdidas dolían, mucho más de lo que pudiera imaginarse, pero los demás chicos aún estaba con vida; y el hecho de que se atrevieran a mirar hacia delante, le reconfortaba.

— Sonrisas, eso es excelente. — Ganímedes fue el último en unirse. — Bias, ¿de nuevo has estado robando la comida de todos?

— Son regalos, capitán.

Y aunque no convencido del todo, el viejo marino aceptó la respuesta.

Pasaron algunos minutos de conversación y convivencia antes de que el cansancio arrullara a varios bogadores, para hacerlos rendirse ante el sueño. Poco a poco, el sonido de las voces fue decayendo mientras el silencio de la noche les envolvía. En aquella isla en medio del Gran Mar no existían los lujos del palacio troyano, pero tampoco la tensión que emanaba de él. Por fin, lejos de todo peligro, la paz se dejaba sentir entre ellos.

Aldebarán soltó un bostezo. Su cuerpo, a pesar de haberse recuperado con cierta rapidez, todavía mostraba los vestigios de la dura batalla contra las amazonas. Las heridas ardían y la piel quedaría marcada. A veces, al cerrar los ojos recordaba detalles perturbadores, más no tenía nada de que arrepentirse. Había luchado por su vida, y había ganado.

— Creo que es hora de dormir. — dijo en medio de un nuevo bostezo. Se acomodó sobre la arena de la mejor manera que pudo y se preparó para descansar todo lo que la noche le permitiera.

— Comida y sueño. ¿Qué más se necesita? Y aún así, nunca son lo suficientemente apreciados.

— Eres la cosa más sorprendente del mundo, Milo.

— ¿Por qué lo dices? — preguntó a su amigo de Acuario.

— Creo que lo dice porque olvidaste la palabra sexo en alguna parte de la oración. — Camus miró con fastidio a Saga por su respuesta.

— No lo dije por eso.

— Creí que si.

— Pero Saga tiene razón. — el santo de Escorpio se acomodó también. — Comida, sueño y sexo. Nada más.

— Por los dioses…

Milo sonrió una última vez antes de cerrar los ojos. Sin embargo, antes de que pudiera siquiera conciliar el sueño, una lluvia de arena le cayó encima, obligándole a despertar en medio de un sobresalto.

— ¡¿Qué..?

— Ay…lo siento, Milo. — se encontró con la risa nerviosa de Aretha frente a él y en medio del grupo.

— Una tormenta de arena, ¿en serio? Bonita forma de presentarte. — se quejó.

— Tendré más cuidado la próxima vez. — la ninfa se mordió el labio y después rebuscó por un rostro entre los de todos. — ¡Ahí estás! — se concentró en Aioros.

— Si, Aretha, al resto de nosotros también nos alegra verte. — Saga masculló, completamente divertido por el sobresalto de su amigo castaño ante la presencia de la pelirroja y la forma en que ella había ignorado por completo a todos los presentes. De inmediato, la mano del arquero volvió a estrellarse contra su nuca.

— ¿Qué pasa? — Aioros preguntó a la ninfa.

— Necesito hablar contigo. — le dijo, jalándolo un poco más allá del grupo bajo las miradas curiosas de Saga y Mu. Ninguno dijo nada, pero sus semblantes decían más de lo que deberían. Ante la insistencia de las miradas de sus compañeros, Milo sonrió, comprendiendo el mensaje escondido detrás.

— Esto no me lo creo. — susurró. — ¡Uh! ¡Bien por el arquero! Va por el tercer elemento para la suma de la felicidad.

— Milo…

— ¿Qué? Si no querías que supieses, debiste disimular mejor, carnero. — bostezó. — Tampoco es algo de que avergonzarse, la vida lo trata bien. Solo hay que suplicar porque esas costillas suyas resistan cuando sea su turno de... — una nueva lluvia de arena cayó encima de él, atragantándole. — ¡Camus!

— Solo duérmete, Milo.

Algunas risas más se escucharon conforme el sueño parecía haberse retirado en aquel instante.

-8-

Mientras Aretha le jalaba, Aioros podía escuchar las risas de sus compañeros que iban quedándose atrás. Estaba seguro de que, cuando regresara, iba a ser sometidos a todo tipo de cuestionamientos de su parte, y no tenía la menor idea de cómo iba a evitarlos.

De pronto, Aretha se detuvo, obligándole a hacer lo mismo. La observó, sin embargo, rápidamente se vio obligado a bajar la mirada ante los recuerdos de la última noche que se vieron, en Troya. Agradeció la penumbra de la noche porque impedía que la ninfa distinguiera sus mejillas sonrojadas. Se aclaró la garganta cuando Aretha rebuscó por su mirada y se atrevió a enfrentarla en el momento que ella le sonrió de vuelta.

— Pensé que no te vería sino hasta que estuviéramos de regreso en Atenas.

— Athena me envió…y de todas formas, me las arreglaría para verte de nuevo antes. — respondió la ninfa. Aioros asintió; él también esperaba que ella hiciera tal cosa.

— ¿Qué sucede con Athena? ¿Todo esta bien?

— Tiene un mensaje para ustedes. Quiere que cambien de rumbo y se dirijan hacia el Sur, hacia Estinfalo, en vez de desembarcar en Pireo.

— ¿Quiere que vayamos directamente a la siguiente misión?

— Eso parece, si. — la ninfa aprobó. — Sin embargo, necesita estar segura de que podrán hacerlo. No está dispuesta a ponerles más en peligro. Si alguno de ustedes no puede seguir o consideran que es mejor regresar, entonces quiere que lo hagan.

— Comprendo. Pero esa es una decisión de todos, no solamente mía. — se sopló los flecos.

— ¿Cómo están tus costillas?

Aioros se respingó. Su costado estaba perfectamente sano, como si la flecha jamás le hubiera atravesado. El cinturón se había encargado de todo, y aún así, el santo de Sagitario no sabía si debía o no confesar la verdad de todo.

— Está mucho mejor. — respondió a secas. Sintió la mirada cargada de extrañeza sobre él y se esforzó por ignorarla. Después, tras un instante de silencio, se dispuso a hablar de nuevo. — ¿Aretha?

— ¿Sí? — ella alzó las cejas con un gesto que a Aioros siempre le había parecido de lo más gracioso.

— La otra noche… — tosió. — Lo…siento. No debí ser tan impulsivo.

— No importa. Pierde cuidado. — Aretha le miró. Bastaba con observar su rostro para saber que importaba mucho más de lo que ella decía…Pero Aioros no podía asegurar si aquello era bueno o malo. Pronto lo averiguaría.

En un parpadeo, de forma inesperada, la pelirroja le besó.

Sus labios atraparon a los suyos mientras sus brazos rodeaban su cuello en busca de más cercanía. Aioros tardó unos segundos en responder, pero cuando lo hizo le resultó imposible separarse de ella.

— "Demasiado fácil de complacer. Deberías pedir más."

El santo de Sagitario abrió los ojos. Quizás había bajado la guardia, o quizás simplemente habían pensado que la voz del ceñidor se había apagado, por lo que tenerla de regreso en su mente le dejó desconcertado.

Lo que tenía claro era que le había menospreciado. Había fallado en advertir su peligrosidad y en calcular erróneamente el poder de la joya. No se trataba solamente de un objeto maligno, sino de uno capaz de explotar las debilidades de aquellos que caían en sus garras. Obviamente, había encontrado en Aretha a la suya.

Desconocía los planes exactos del ceñidor, o de aquel lado suyo tan oscuro como ignorado hasta entonces. De hecho, ni siquiera quería pensar en ellos.

Sin embargo, le dolía que hubiese elegido precisamente a la ninfa como objeto de sus juegos retorcidos. Aretha era especial, era única para él. Lastimarla no era opción, pero mientras más cerca estuviera, menos podría controlar a toda la fuerza que ejercía el ceñidor sobre él. Sin importar cuanto le disgustase, debía mantenerla lejos.

Pensando en ello, rompió el beso. Desvió ligeramente el rostro, impidiendo que la joven volviera a encontrar sus labios. Sonrió a medias, sin saber como sería tomado aquel gesto.

— ¿Athena te dijo algo más? — habló. Debía mantener la conversación en temas que no estuvieran relacionados con ambos, ni con la particular relación que habían desarrollado entre ellos.

— No, no dijo más. — la ninfa respondió, no sin dejar en claro lo mucho que le extrañaba el rechazo del arquero.

El gesto de completa confusión en el rostro de la pelirroja le cayó como un balde agua fría. Era imposible saber todo lo que se ocultaba detrás de aquel mohín tan poco común en ella, pero no tenía más alternativas.

— ¿Sabes por qué Athena ha cambiado de decisión?

— No con certeza, pero… — hizo una pausa. — …ella y Shion han conseguido capturar a Ares. — los ojos del arquero dorado delataron su sorpresa. — Me parece que quieren ganar un poco de tiempo ahora que Ares se encuentra en estado inofensivo.

— No es una idea descabellada. Tiene sentido.

— ¿Eso significa que irán?

— No lo sé. Te dije antes: es una decisión de todos.

De inmediato, sus pensamiento volaron al ceñidor de Hipólita, aún en su poder. Llevaba días sin separarse de él, y a pesar de que estaba más tranquilo, acababa de demostrarle que no se había debilitado en lo más mínimo.

Aioros quería deshacerse de él…necesitaba hacerlo. Pero entregárselo a Aretha no era opción, como tampoco lo era frenar los planes de su diosa y su Patriarca por algo como ello. Solo le quedaba rezar a los dioses para que le infundieran la fuerza que necesitaba para resistirle.

De lo demás, y de lo que decidieran, tendrían que encargarse todos juntos.

-9-

— ¿Ya? ¿Tan rápido? — Aioros bufó.

— Cierra la boca, Milo. Casi te prefería callado. — agregó en un susurro, desencadenando la risa del peliazul.

— Uh. Fue mal, ¿no?

Silencio.

— Bueno, bueno. ¡Cuéntanos detalles! — pidió.

— Milo, cállate. Hay cosas más importantes de que hablar. — volvió a terciar el arquero.

— Pero… — y lo siguiente que Milo supo es que se había quedado sin voz momentáneamente. Buscó, sorprendido, hasta encontrar el rostro del culpable. Shaka sonrió, con cierta complicidad, robando también una sonrisa a más de uno.

— Es bueno tener nuestros cosmos de regreso. Continúa, Aioros.

El santo de Sagitario compartió aquella sonrisa antes de seguir con lo que había ido a decirles. Tomó una bocanada de aire, dispuesto a compartir las palabras de Aretha.

— Aretha ha venido con un mensaje por parte de Athena. — comenzó. La mirada de Saga no le pasó desapercibida. — Quiere que continuemos hacia Estinfalo, para la siguiente de las misiones; siempre y cuando creamos que sea lo más conveniente.

— ¿Conveniente?

— Supongo que se refiera a que podemos soportar lo que siga. — Aioros respondió a su amigo, pero de alguna forma, dicha respuesta parecía no ser suficiente.

— ¿Por qué tanta prisa? — volvió a cuestionar el gemelo. — No es como que este viaje haya sido nada fácil.

— Estoy de acuerdo, y creo que ella también.

Aioros y Saga eran amigos, pero su percepción de Athena probablemente era completamente opuesta, y ambos eran concientes de ello. Podían hablar todo lo que quisieran al respecto sin llegar a ninguna conclusión. Por tal razón, aunque ninguno lo dijese, el tema era prácticamente indiscutible entre los dos.

— No respondiste mi pregunta, Aioros. ¿Por qué la prisa de mandarnos a una misión tan pronto? — Sagitario exhaló. — ¿No lo sabes?

— Hice esa misma pregunta. — subió los hombros.

— ¿Qué te respondió Aretha?

— Ares está encerrado. — soltó sin más. — Por eso, Athena quiere que avancemos todo lo posible en nuestras misiones.

Los rostros impávidos de todos sus compañeros no le pasaron desapercibidos. Uno de ellos, en especial, atrapó su atención.

— ¿Estás diciendo que selló a Ares? — Saga, de nuevo, fue el primero en hablar.

— Si, eso parece.

— ¿Ella está bien? — Aioros desvió la mirada hacia Shura. La pregunta no le sorprendía en lo más mínimo, lo mismo que el desmedido interés en su diosa. Tenían una conversación pendiente al respecto, a la que Aioros llevaba días dándole largas.

— Si, Shura. Está bien.

— De pronto, continuar con las misiones no suena como una idea nada mala. —Aldebarán musitó.

Varias veces las miradas de sus compañeros se fijaron en Saga, furtivamente. El tiempo había pasado desde el último incidente pero nadie había olvidado. ¿Cómo hacerlo? Ares se había encargado de que sus preocupaciones llegaran a límites, hasta entonces, insospechados.

— También pienso lo mismo. — el arquero dijo. — Mientras más pronto terminemos con esto, y mientras menos obstáculos tengamos que lidiar será mejor.

Saga bajó la cabeza, sembrado su mirada en el suelo. Sus labios se apretaban, como si se esforzara por guardarse sus pensamientos para sí mismo.

— Podemos hacerlo, ¿no? — Dohko intervino. — ¿Aldebarán? ¿Qué tal te has sentido?

— Mejor. No hay de que preocuparse.

— ¿Aioros? — cuando los ojos turquesas del antiguo maestro coincidieron con los suyos, Aioros se respingó. — ¿Y tú?

— Bien, bien. Mucho mejor.

— Me alegra. ¿Alguien más tiene algo que decir?

Solo hubo silencio.

— Creo que tenemos una decisión. — Camus aseveró.

— Informaré a Ganímedes. — con la sentencia de Dohko, no había nada más que decir. Los planes habían cambiado, y Atenas volvía a verse lejos de su camino.

-10-

No necesitaba pensar mucho para saber lo que debía hacer. Era obvio que, por el momento, Saga era la prioridad.

Ni uno solo de sus gestos había pasado desapercibido durante la conversación anterior, por lo que Aioros se hacía una idea de todo lo que había pasado por su mente en esos instantes. De la misma manera, sabía que Saga no hablaría de sus pensamientos. El gemelo era hermético cuando se trataba de ello, aunque él tampoco estaba dispuesto a darse por vencido. Aioros era tan bueno insistiendo como Saga lo era esquivando. Se venía un duelo de voluntades.

Encontró a Saga cerca de donde había encallado la Kyrenia. Estaba descalzo, a la orilla del mar, con su mirada esmeralda perdida en el horizonte. El viento agitaba suavemente su melena, de la misma manera en que las olas del mar taciturno acariciaban sus pies. Era extraño, porque el geminiano poseía la capacidad de lucir más tranquilo cuando su mente se agitaba con más fuerza.

Aioros se acercó con sigilo, en el mismo silencio en el que Saga se encontraba hundido. No era necesario porque, con toda seguridad, el peliazul sabía ya de su presencia, pero Aioros no sentía deseos de armar una entrada estruendosa.

Se detuvo a su lado, para mirar el extenso océano que se abría ante ellos.

— Una moneda de oro por tus pensamientos. — comentó.

— No es suficiente.

— No pensaba que la aceptaras de todos modos. — sonrió.

— No, Aioros. Me refiero a que, lo que sea que Athena esté planeando, no será suficiente. Ella lo sabe, por eso la prisa. — jamás despegó su mirada de la oscuridad del cielo, pero no era difícil adivinar su ansiedad. — Ares no se mantendrá sellado para siempre y, cuando se libere, las cosas serán peores que nunca. Él va a encargarse de ello.

Aioros no pudo contestar de inmediato…no sabía como hacerlo. Siempre lo había dicho: Saga tenía un modo peculiarmente oscuro de mirar el mundo.

Entendía que le fuera difícil, que todo lo que había atravesado le había convertido en la persona que era. Sin embargo, a veces, simplemente podía más que él. Incluso alguien como Aioros, con todo el optimismo que le rodeaba, era incapaz de negarle la razón cuando su lógica no iba muy alejada de la realidad. Saga tenía una mente maquiavélica, pero en un mundo como aquel, lleno de intrigas y rencores, las suposiciones del gemelo, por más terribles que fuesen, terminaban por ser más acertadas de lo que cualquiera pudiera desear.

— Athena encontrará un modo de hacer que las cosas mejoren. — dijo, solo por no quedarse callado.

— ¿Sí? ¿Cómo? Es cuestión de tiempo antes que Ares encuentre la forma de romper el sello, o de que alguien lo haga por él.

— No lo sé, Saga. Pero si ella no encuentra el modo de ayudarte, nosotros lo haremos. — escuchó la pesadamente respiración de su amigo, que presagiaba poco, sino desesperanza.

— No hay nada que puedan hacer. Estamos a cientos de kilómetros de ahí, ¿qué más se puede hacer sino mantenerme lejos?

— Tiene que existir un modo de detenerle, algo más…definitivo.

— ¿Y cómo vamos a encontrar tal cosa? Dime. — por primera vez en la conversación, el santo de Géminis se había girado para confrontar a su igual de Sagitario. — Anda, estoy ansioso de saber. — el sonido de las olas se escuchó con una claridad pasmosa. No había nada más entre ellos. — Eso pensaba. — murmuró al no obtener respuesta.

Aioros agachó la mirada, sabiendo que había perdido esa conversación junto con el optimismo de su amigo. Pocas veces experimentaba aquel desasosiego como cuando miraba a los ojos apagados del Saga.

— No tengo la menor idea de cómo lo haremos, Saga. No voy a mentirte al decir que sabemos más de lo que tú sabes, pero… deberías estar seguro de que yo, y todos los demás, haremos lo que esté en nuestras manos para ayudarte.

— Jamás puse eso en duda. — susurró.

— Más vale que no lo hagas.

La sonrisa que Saga esbozó no era sincera, se notaba a leguas. Pero, con pesar, Aioros admitía que no tenía mucho más que decir. Las palabras no eran útiles en esa situación, y solo el tiempo terminaría por demostrarle a Saga que hablaba con la verdad.

-11-

— Estoy cansado. ¿Cuánto más tardaremos en llegar al árbol de las manzanas doradas? — el lenguaje corporal de Corban reforzaba su afirmación.

El niño caminaba cada vez más lento, y sus pies apenas se levantaban del piso. Nix y Altair, a pesar de que tomaban el largo viaje con mucho más estoicismo, no distaban mucho del estado de agotamiento del más pequeño. Era fácil para los santos identificar que el tiempo se les estaba acabando. Entre el estrés, la extenuación, la falta de sueño y la cada vez más escasa comida, la situación empeoraba a límites peligrosos para todos.

— Quizás es momento de detenernos. — el comentario de Máscara de Muerte tomó a todos por sorpresa. — No podemos seguir caminando hacia ningún lado, así que, si esa cosa quiere matarnos, que lo intente de una vez por todas. Estoy harto.

— Dudo que decida mostrarse. Si no lo ha hecho en todo este tiempo, ¿por qué habría de hacerlo justamente ahora?

Las palabras de Aioria le disgustaron, especialmente por la verdad que encerraban en ellas. El león dorado tenía razón: detenerse o andar, no hacía ninguna diferencia. Si quería que su enemigo se mostrase, para terminar de una vez por todas con esa misión, debían hacer algo lo suficientemente impactante.

Ángelo chasqueó la lengua mientras sus ojos inspeccionaban los alrededores en busca de respuestas que pudiera estar ahí, escondidas ante ellos.

Tenía que encontrar una solución a sus problemas lo más rápido posible.

-12-

El frío de la madrugada había arreciado, permitiendo que la noche se tornara en una temperatura agradable. Sin embargo, la espera era agotadora, además de incierta. Herse llevaba horas esperando ahí, en los jardines traseros del palacio real ateniense, su antigua morada.

Había llegado con la esperanza de que sus ruegos fueran escuchados y que, de la misma forma en que sucediese en años pasados, su soledad fuese compartida. Ignoraba lo que diría o haría, pero no podía esperar más tiempo. Necesitaba hacer algo más que esconderse en los viejos pergaminos de la biblioteca; y lo único que le había venido a la mente era precisamente eso: buscar ayuda.

Pero, a cada minuto que se esfumaba, su optimismo moría lentamente. Todo indicaba que había perdido su tiempo y sus horas de sueño. En realidad, muy en el fondo, sabía que ese sería el resultado de sus actos. Probablemente era ingenuidad, pero había sentido que tenía el deber de intentar una última y desesperada maniobra, sin importar las consecuencias.

Así, se envolvió de nuevo en la túnica negra con la que se protegía del viento y de las miradas curiosas. Debía regresar al templo de su señora antes de que ausencia fuera notada y de que las preguntas comenzaran a circular a su alrededor.

Sus intenciones era buenas, pero más de uno podría malinterpretarlas, tornándolas ofensivas para su fidelidad a Athena.

— Para todo lo que has esperado, tu huída es por demás rápida.

Se petrificó al escuchar esa voz a sus espaldas. Giró despacio, casi asustada de lo que pasaría de ahí en adelante, para encontrarse con ese par de ojos turquesas en los que tantas veces se había perdido. Con tristeza, descubrió como las cosas habían cambiado, que sus recuerdos ya no eran parte del presente.

— Hermes. — susurró.

Sí, era él, pero a su vez, era otra persona. Su mirada ya no brillaba con aquella picardía, reconfortante y alegre, que ella remembraba. Su sonrisa se había esfumado y sus facciones, endurecido. Hasta ese instante, Herse no había notado lo que mucho que su antiguo amor había cambiado.

— Es poco propio para una sacerdotisa de Athena pasearse por estos lugares a horas tan avanzadas de la noche. ¿Lo sabe tu señora? — el joven dios desvió la mirada de la de ella. Fijó sus ojos en la inmensidad del manto estelar que los cubría.

— No, no sabe nada.

— Dudó que le haga gracia la idea.

— Eso no importa. Estoy aquí por ti. — ella respondió.

— ¿Por mi? — la sonrisa cínica del mensajero divino la hizo estremecerse. Nunca antes había sido víctima de la ironía de Hermes. — No estás aquí por mi, princesa. No te engañes, ni intentes engañarme. Estás aquí porque necesitas algo de mi.

No tenía con que rebatir la acusación. Después de todo, Hermes estaba en lo cierto.

— Así es. Yo… — musitó.

— Si Athena te envió, estás perdiendo tu tiempo y el mío. — la interrumpió. La simple idea de que aquel fuera un plan retorcido de la diosa de la sapiencia le asqueaba. — Regresa por donde viniste, Herse. Te arriesgas por nada.

— Athena no me envió aquí. Vine porque es mi deseo suplicarte que enmiendes el camino. ¿Por qué haces esto, Hermes? ¿Por venganza? ¿Por mi? — la rubia le enfrentó, más el dios no ofreció respuesta alguna. Ella le observó por unos segundos, con una profunda pena en su mirada. — Si el odio es todo lo que dejé en ti, entonces más hubiese valido jamás conocernos.

La indiferencia en los ojos del peliturquesa pareció desvanecerse por un instante. Las palabras de Herse habían dolido en lo más profundo de su ser…pero no iba a cambiar de idea. Estaba herido y nada podía resanar el daño hecho.

— Probablemente estás en lo cierto. — musitó. — Regresa sobre tus pasos, Herse. Nada hay que hacer aquí.

Le dio la espalda, incapaz de verla marchar de nuevo. Ella no se movió.

— Puedes cambiarlo todo, Hermes, puedes volver a ser aquel hombre que me enamoró. — dijo. — No eres como el resto de ellos, y lo sabes. No eres un dios cruel e insensible, el odio no está en tu naturaleza. Estás por encima de los demás dioses. Por favor, ayuda a los santos. Tú conoces cual es su destino y, con seguridad, sabes que no lo merecen. Tráelos de vuelta. No por mi, no por Athena, sino porque es lo correcto; es lo que harías.

Después de su suplica no hubo nada.

Silencio. Un profundo silencio.

-Continuará…-

NdA: Larga ausencia, lo sé. Mis crisis existenciales pudieron más que mi imaginación en esta ocasión, por lo que me disculpo con cada uno de ustedes, mis queridos lectores. Por fin, a regañadientes, conseguí sacar este nueva capítulo, el cual espero sea de su agrado y ojalá que haya valido la pena esperar tantísimo tiempo.

Lo dije antes y lo reitero: mientras esté dentro de mis posibilidades, este fic seguirá y seguirá hasta alcanzar su final.

Les agradezco su infinita paciencia y todas esas muestras de apoyo que siempre hacen que siga adelante.

A quienes me escriben: Damis, Artemisa-Cazadora, vivianitta, Saint Lu, toaneo07, Harlett, Sagitariusgirl, Yesimar-selene, RIAADVD, saga-adry-kanon, Sweet Viictory, FaSCeN, Yukime Hiwatari, Larc, ddmanzanita, Art1sta, Liz, Pyxis and Lynx, Alde93, legendary, elbereth2982, GreeceSJL, Tisbe, kirstty, AngelElisha y Tatsumaki. ¡Miles de gracias!

Sin más drama de por medio, volveré a mi desastrosa vida =S Haré todo lo posible por estar de regreso en un mes, como siempre.

Así, mis niños, me despido hasta el siguiente capítulo.

Sunrise Spirit

P.D. A diez reviews de los 900! *_*