Capítulo 47

Tiempo de cambios

-1-

Para cuando el Sol ya brillaba en el horizonte, la Kyrenia y toda su tripulación estaban listos para reemprender el viaje. La noche anterior había parecido mucho más corta de lo que en realidad fue y pocos, sino ninguno de sus tripulantes, pudieron conciliar el sueño por algo más que unos pocos minutos. Ganímedes era uno de ellos.

— Hacia Estinfalo será. — susurró para si mismo en el preciso instante en que sus manos se posaron sobre el timón del navío.

Las mañanas en el océano siempre le habían resultado maravillosas. Sin importar cuantas hubiera visto, ni cuantos años hubieran transcurrido desde la primera vez que contempló una de ellas, cada una era especial ante sus ojos. Adoraba ver el Sol acechando desde el horizonte y el cielo teñido de naranja. El reflejo del astro rey sobre la marea tranquila le traía calma a su alma y el fresco olor de la brisa mañanera acicalaba sus sentidos. No había nada mejor en el mundo que el olor del salitre y el graznidos de las gaviotas sobre su cabeza; y pocas cosas podían compararse con el sonido arrullador de las olas que daban la bienvenida a un nuevo día, repleto de aventuras y retos.

Como todas, esa mañana no era la excepción. Agradecía a los dioses por el nuevo día de vida que le habían obsequiado. A su edad, cada nuevo amanecer y cada anochecer eran un regalo más apreciado que el oro.

Tenía que admitir que la noche anterior le había tornado ligeramente pesimista. Los cambios de planes nunca le habían sentado bien, por el simple hecho que le arrebataban todo control sobre las situaciones, al menos por un instante. La ciudad del sur, Estínfalo, ciertamente no se contemplaba como destino de ese viaje, pero siendo una orden de la mismísima Athena, Ganímedes no se atrevía a desafiarla.

Si algo, el viejo capitán era un hombre devoto y temeroso de los dioses. Sus años le habían enseñado a respetarles, de la misma forma en que a temerles. Sus favores le eran valiosos y, por lo tanto, estaba a dispuesto a ceder cuando era necesario… esta era una de esas ocasiones en que debía hacerlo.

Si Athena ordenaba, él obedecía. Así de simple era.

Además, aquel grupo de muchachos se habían ganado su simpatía con el paso del tiempo. Tan solo eran un montón de chicos, pero los años no hacían justicia a las experiencias que cargaban en sus espaldas y a la vida que les había tocado. Estaban llenos de heridas que ellos mismos parecían desconocer, heridas que aún supuraban y ardían como el día en que fueron hechas. Ganímedes podía verlas y sentirlas; sabía que estaban ahí, que hacían daño. Por eso, se había prometido ayudarles, aunque hasta ese momento, tristemente tenía que aceptar que no había conseguido progreso alguno.

Suspiró, cargando sus pulmones de aire fresco mientras rebuscaba dentro de si por las fuerzas necesarias para dar comienzo a un nuevo y largo día. No mucho después, se encontró acompañado.

— ¿Qué tan lejos se encuentra Estinfalo de Atenas? — Dohko se situó junto a él y miró el horizonte desde la parte más elevada de barco. El viaje, ya de por si largo, se sentía todavía peor. Durante todos los días que había pasado lejos, sus esperanzas radicaban en volver a encontrarse con su diosa, en la seguridad de su ciudad.

— Un par de días, quizás un poco más.

— Pensé que sería menos. — susurró.

— Siempre es más de lo que parece. Cuando uno añora regresar a casa, el camino se torna aún más difícil de lo que es.

El antiguo maestro asintió. Todo eso lo sabía perfectamente, solo que no podía evitar sentirlo. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que se había sentido así y no sabía si era bueno, o si era malo.

— Se siente como si hubiéramos pasado siglos lejos de Atenas…ni hablar de la eternidad que ha transcurrido desde que abandonamos nuestra época. ¡Y mira que soy un tipo paciente! — sonrió con melancolía.

— Los años te harán más paciente, muchacho. — el marinero le palmeó el hombro e, involuntariamente, Dohko soltó una carcajada al escuchar sus palabras: Ganímedes no se hacía a la menor idea de que sus años eran triplicados con facilidad por los suyos.

— Te sorprenderías de lo paciente que me han hecho.— respondió.

— Pues, enhorabuena, mi amigo, entonces solo agregarán más virtudes a tu espíritu joven. — continuó el viejo, completamente ajeno a lo que sucedía mientras Dohko se limitaba a esbozar una sonrisa tímida.

— Yo de ti, dejaría de hablar ahora mismo, Ganímedes. Haces un poco el ridículo. — la voz de Milo interrumpió la plática entre ambos, y les hizo desviar la mirada hacia el escorpión quien se unía a la conversación. Milo restregó sus ojos cansados y soltó un bostezo, evadiendo por completo el rostro curioso del viejo marinero y la sonrisa cómplice de Dohko. — Y tú, Dohko, que poca vergüenza la tuya. — continuó mientras meneaba la cabeza. — Un viejo engañando a otro viejo…de ninguna forma eso esta nada bien.

— ¿Viejo? Pero si Dohko tendrá tan solo…

— Unos doscientos años más que cualquiera de nosotros. — terció Camus, antes que el marinero pudiera continuar. — No le dejes engañarte.

La gran carcajada de Dohko se dejó de escuchar casi de inmediato, mientras el rostro de Ganímedes se pasmaba con incredulidad ante semejante declaración. Miró de uno a otro de los chicos, sin saber que decir, pero exigiendo respuestas en sus ojos casi desorbitados.

— ¡No! — exclamó. — Es una broma, ¿cierto? — miró, interrogante, a sus jóvenes amigos, y cuando los vio negar con la cabeza, abrió aún más la boca.

— Un regalo de Athena. — Dohko sonrió. — Algo bizarro, pero regalo al fin y al cabo.

— Por los jodidos dioses… — murmuró el viejo.

— ¡Jah! Si supieras todo.

— Eso, Milo, mátalo de la impresión. — el galo miró de reojo a su amigo, esbozando una sonrisa cómplice en los labios.

El escorpión terminó por soltar una carcajada, más fuerte que la primera. Era innegable lo divertido que la situación le resultaba, en especial porque cada parte de su historia terminaba por arrancar un gesto de sorpresa en quien la escuchara. No había forma, sin importar de quien se tratase, de que alguien pudiera mantener la compostura ante la narración de sus aventuras; simplemente excedía los límites autoimpuestos por la mente humana.

— Oye, Ganímedes, ¿qué harás cuando nos dejes en tierra firme? ¿Volverás a Atenas? — continuó Milo. El viejo tardó en reaccionar, pero cuando lo hizo se apresuró a responder.

— Esos eran los planes, si. Pero… — su mirada curiosa se posaba en Dohko una y otra vez, mientras su cabeza se negaba a creer las palabras del santo de Escorpio.

— ¿Pero?

— Las diosa nos ha encargado cuidarles. Así que haremos eso.

— Ni hablar. — la ronca voz del chino se hizo paso entre las demás. — Agradecemos todo lo que han hecho por nosotros, todo; pero no vamos a seguirles arriesgando de esa manera. El simple hecho de estar con nosotros les convierte en una amenaza para quienes están en nuestra contra. Athena les ha encargado velar por nosotros y han cumplido con ese trabajo a la perfección. No tendremos forma de pagarles por todos sus favores, y por eso mismo, no estamos en posición de exigirles más sacrificios.

— No es ningún sacrificio.

— Aún así…

— Nadie en Atenas va a morirse porque nuestro barco arribe unos días después de lo esperado. Además, ¡un poco de aventura no hace daño a nadie! — Ganímedes sonrió. Rascó toscamente sus cabellos grises y volvió la vista hacia el horizonte.

Con el viento soplando a su favor, las enormes velas de la Kyrenia lucían mucho más impresionantes. A sus pies, las olas se partían mientras las gotas de rocío brillaban bajo los rayos incipientes del sol mañanero. Solo el murmullo del voces y el chapoteo de los remos rompían la calma que había envuelto al capitán y a sus acompañantes.

— Gracias. — Dohko susurró. Era imposible pensar que podrían rechazar el apoyo del viejo y sus marineros… Quizás pecaba de optimista, o de melancólico, pero era bueno saber que contaban con amigos aún en tiempo remotos. Después de todo, la gente buena si existían en su mundo.

-2-

Usualmente, la suave esencia de las flores bastaba para relajarla, pero no ese día. Llevaba varios minutos ahí, sumergida en los manantiales, rodeaba del aroma de sus jardines, y aún así, no bastaba para hacerla sentirse mejor.

Y es que Afrodita tenía demasiadas cosas en la cabeza como para no sentirse sobrepasada. Había dentro de si una guerra emocional como nunca había experimentado en su eterna vida. Por donde lo viera, su dilema no tenía una respuesta fácil. Sin notarlo, se había encontrado en medio de dos aguas, incapaz de tomar un bando por decisión propia.

— ¿Señora? — Afrodita miró de reojo hacia sus gracias. — ¿Necesitas algo más?

— No, Aglaya. Es hora de volver al templo.

Salió de la fuente, sintiendo su piel erizarse con el viento que soplaba. De inmediato, fue arropada por la suave tela de lino que sus gracias le tendían para cubrirla. Efrosine rápidamente acomodó los largos rizos de cabellos castaño, mientras Talia vestía sus pies con sandalias adornadas con oro.

Así, la diosa avanzó por el sendero que llevaba hasta su templo, absorta en sus propias ideas.

La simple idea de liberar a Ares no la dejaba dormir, y no precisamente por las razones correctas. Una parte de ella quería verlo libre, fuera del control de la presuntuosa Athena. Pero, a la vez, no soportaba la idea de que Saga terminara pagando el alto precio de las acciones de su diosa. Ares iba a estar furioso, como pocas veces le había visto, y no escatimaría en nada para hacerla sufrir a través de su santo. Pero, ¿cómo quedaba ella? ¿A quién debía proteger y a quien condenar? De alguna forma, su decisión terminaba por traicionar a alguno de los dos, le gustara o no.

Maldecía al Olimpo por no hacer algo en contra de Athena. Aquella diosa testaruda y presumida está jugando con fuego al amenazar la divinidad de cada uno de ellos, y enseñando el camino para que, algún día, los mortales pudieran dominarles y atar sus almas a un sueño del que no podrían despertar por cuenta propia.

A pesar de todo, no odiaba en absoluto a sus santos, ni les culpaba de las decisiones de Athena. Al final, no eran más que peones en un juego que no terminaban de comprender.

Nunca había sido pesimista por naturaleza, pero algo le decía que nada iba a terminar bien en todo aquello. Esos finales retorcidos de los que hablaban las leyendas tenían un porqué. Nada en el Olimpo ni en aquel mundo de magia solía tener un final feliz y los jóvenes protegidos de la diosa de la sapiencia iban a averiguarlo pronto: inmiscuirse en los líos de los dioses jamás llevaba por buen camino.

Tampoco era que le agradaran del todo, pero mientras más lo pensaba, menos podía tomar una decisión cuyas repercusiones fueran en su contra. Podían ser testarudos, como lo había comprobando antes, pero en si lo pensaba detenidamente, solo se comportaban movidos por el mismo recelo que los dioses habían sembrado en ellos. Podía ser una muestra de debilidad de su parte, pero Afrodita no se atrevía a juzgarlos del todo. En aquel momento solo sabía una cosa: dañarlos a ellos significaría herir a Saga, y no se sentía segura de poder hacerlo.

— Mi niñas. — se detuvo y volteó el rostro, hacia sus gracias. — Tengo una misión para ustedes.

— Lo que digas, señora.

— Vigilen de cerca de los santos de Athena. — ordenó mientras retomaba el camino. Su miraba había cambiando. Ahora estaba decidida.

— Afrodita, señora, ¿en qué estás…? — Talía la miró. Después intercambió miradas con sus hermanas.

— ¿Hay algo que debamos saber?

— Hay muchas cosas que deben saber, Aglaya, y habrán de saberlas en su tiempo. Por ahora les necesito cerca de ellos. Obsérvenles con cuidado y sigan cada movimiento. Al mínimo cambio, o la más pequeña amenaza, quiero que me informen. — la diosa del amor sabía que el peligro acechaba desde cada esquina. Muy probablemente no podría hacer mucho por ellos, pero por el momento estar al tanto le era suficiente. — Hay… algo más, algo que deben saber. — confesar sus inquietudes parecía la única garantía de que, si algo le sucedía, alguien supiera como salvarle. — Los dioses lo saben, todo el Olimpo lo susurra: Athena ha encontrado una forma de sellarnos. Encierra nuestras almas y adormece nuestros cuerpos. Ares ha caído bajo su poder.

— Por Zeus… — murmuró Efrosine, víctima de su propia incredulidad.

— Mi señora, ¿qué haremos? ¿Qué harás? ¡No podemos permanecer impávidos antes una noticia así! Ustedes los dioses tienen que detenerla.

— Estoy de acuerdo. — respondió a Talía. No pretendo quedarme con los brazos cruzados… no puedo. — probablemente ella era la siguiente. Para Athena no iba a ser difícil tomar la decisión de encerrarla. Había sido torpe al dejarse pillar por el viejo Patriarca, y las consecuencias eran bien claras ahora. — Pero el precio por la libertad de Ares será alto, quizás más de lo que esperamos. — y vaya que lo sabía.

— Señora Afrodita… — pero la diosa guardó silencio.

Delante de ella no había nada más que obstáculos. La probabilidad de éxito era mínima y, por el contrario, el fracaso parecía casi una certeza. Liberar a Ares era solamente en primer paso en su plan. Quizás el más importante.

Después de ello, el verdadero reto llegaría: la ira del señor de la Guerra. Cuando el dios de la lanza despertara, el cielo rugiría y los hombres habrían de temblar. Su rabia era implacable, borrando todo rastro de su razón. Afrodita, entonces, debía esforzarse por calmarlo, por hacerle ver que el verdadero enemigo era Athena… y nadie más que ella.

¿Podría conseguirlo? Se preguntaba una y otra vez; y la respuesta era la misma: No tenía forma de saberlo.

Tendría que valerse de cada una de sus artimañas para controlarlo, e incluso así, no estaba segura de lograrlo. Ares era fuerte y ella, débil. Sin embargo, había muchas razones para esforzarse, y un enorme abanico de emociones propulsando cada una de ellas. Iba a conseguirlo, tenía que hacerlo. Era hora de que los hilos de la venganza comenzaran a enredarse lentamente alrededor de la orgullosa Athena. Tarde o temprano pagaría por pisotear su divinidad… y Afrodita esperaba que fuera más temprano que tarde. Al menos ella haría hasta lo imposible por conseguirlo.

— La Diosa de la Guerra clama por batalla. No la hagamos esperar. — sentenció.

-3-

— ¡Au! ¡Au! ¡Au! ¡Me haces daño!

Saga miró a Aioros, lanzándole una intimidante mirada que le ordenó a guardar silencio. Aioros, por una vez, no se amedrentó y devolvió la misma mirada a su amigo quien, sin compasión alguna, prácticamente lo había arrastrado de los pelos hasta aquella parte del navío. El gemelo no se inmutó, y el arquero tenía ninguna intención de hacerlo tampoco. Inusitadamente, una guerra de miradas se había gestado entre ambos.

— Ejem… — escucharon a Milo, junto a ellos, aclarándose la garganta, pero no prestaron atención alguna. La batalla personal era la prioridad en ese instante. — Ejem… — insistió el escorpión. La respuesta: ninguna. — Ejem… — carraspeó más fuerte, y siguió sin obtener nada. — ¡Por un demonio! ¿Necesitan privacidad o algo? — lentamente, las dos miradas asesinas giraron hacia el santo de Escorpio quien, sin darse cuenta, retrocedió un par de pasos y tragó saliva.

— En realidad, solo necesitamos a Shaka. — por fin, contestó el geminiano. El rubio aludido se respingó.

— ¿A alguien más eso le sonado sumamente sucio?

— Milo, cierra la boca. — la mano de Camus estampó contra la nuca del escorpión.

— ¿En qué… puedo ayudar? —cuestionó el santo de Virgo.

Pero lejos de responder con palabras, Shaka fue arrastrado junto con Aioros lejos del grupo bajo la mirada incrédula del resto de los santos.

— ¿Qué están planeando esos dos? — Aldebarán ladeó la cabeza, completamente absorto en el comportamiento sospechoso de Géminis y Sagitario.

— Me da la impresión que, aunque no quieran, nos enteraremos tarde o temprano. — Camus terció.

— Shaka no va a soltar una sola palabra de lo que le digan. Lo sabes, ¿cierto?

— Si, si, Mu. Shaka es una tumba… eso dos por el otro lado…

— El arquero definitivamente va a soltar la lengua, tarde o temprano. — Milo complementó las palabras de su amigo mientras esbozaba una sonrisa cómplice.

— Por no hablar de los problemas que siempre les persiguen.

— ¡Exacto, gran toro!

Guardaron silencio mientras observaban a la distancia el ir y venir de palabras entre el castaño y el peliazul, mientras en medio de ambos, el semblante confundido del rubio delataba su pensar. ¿Cómo había quedado justo ahí, a la mitad del desastre de ambos? No tenía la menor idea, pero ahí estaba.

Estuvo tentando a interrumpir en un par de ocasiones, más no lo hizo; no tuvo la oportunidad. No entendía bien de que iba aquel lío pero parecía importante para ambos.

— Te dije que haríamos algo al respecto. — Saga espetó y, a pensar de que el volumen de su voz era mínimo, la autoridad en ella era innegable.

— Ya, pero ¿tan pronto?

— ¿Cuánto más querías esperar?

— ¡No lo sé!

— Pues calla y terminemos con esto de una vez. — le ordenó.

— ¡Pero…!

— Shaka, necesitamos tu ayuda y probablemente la de algunos más, pero por ahora es importante que nadie sepa lo que vamos a decirte. — habló con el rubio, ignorando en el entremedio al santo de Sagitario. Aioros se rascó la cabeza, torció la boca y esquivó las miradas furtivas que cayeron sobre él. Si las cosas ya eran confusas, en ese punto Shaka se sentía todavía más perdido. — ¿Escuchaste?

— Me están asustando.

— Es un tanto… complicado. — Aioros se sopló el flequillo. Estaba de regreso en la conversación.

— ¿De qué se trata? — los segundos que se tomaron para intercambiar miradas lo dejaron más nervioso de lo que estaba. — ¿Y bien? ¿Piensan decirme algún día?

Saga echó una última mirada a Aioros, encontrándolo mucho más indeciso de lo que hubiera deseado. Una vez más, se negó a guardar silencio por más tiempo a pesar de la mirada suplicante del arquero dorado que recaían él. Respiró profundamente y, habiendo tomado su decisión, no iba a mirar atrás. Shaka tenía que saber. Dohko seguramente se enteraría después. Lo importante en ello era que Aioros tenía que estar a salvo a cualquier precio. El Sagitario podía ser fuerte, pero Saga sabía mejor que nadie lo que significaba batallar contra el lado oscuro y desconocido que había dentro de cada uno. Sabía también que aquel que se negaba a compartir la verdad no era su amigo, sino que estaba siendo manipulado por ese deseo infrenable de control que el ceñidor despertaba en él. El verdadero Aioros había pedido su ayuda antes, había confiado en él… y no iba a decepcionarlo ni a abandonarle.

— Saga…

— Silencio, Aioros. Es mi turno de hablar. —miró a Shaka y después observó al arquero apretarse la cinta de su frente como muestra de nerviosismo. — Es acerca del ceñidor de Hipólita. Se está… saliendo de control y necesitamos detenerle antes de que termine por enloquecer a Aioros.

— No estoy loco. — masculló el otro.

Aquel fue un momento que pilló al siempre atento Shaka con la guardia en bajo. Pestañeó un par de veces, mirando de uno a otro santo. Su cabeza había comprendido con rapidez. Sin embargo algo dentro de él se rehusaba a creer lo que escuchaba. Habían salido de Temiscira albergando la esperanza de que todo terminaría una vez que estuvieran fuera. Al parecer, se habían equivocado.

— ¿El ceñidor sigue activo? — balbuceó, de manera tan inusual en él. Géminis asintió. Sagitario confirmó sus temores.

Y la verdad de las cosas, era que ninguno de los dos sabía que tan lejos podía llegar.

-4-

No sabía si era imaginación suya, o no, pero Ángelo le parecía especialmente disperso ese día. Sus ojos iban y venían, recorriendo cada rincón con escrutinio; analizando y midiendo cada detalle minuciosamente. Para ser justos, Aioria tenía que admitir que lo más probable era que su mente trabajara a toda prisa en busca de una salida a aquel encierro en que estaban sometidos.

Era raro percibir esa faceta en su compañero, en la que el estratega en él parecía más atento que nunca. Era como observar al cazador escogiendo a su presa, en espera del momento adecuado para asestar el golpe de gracia.

— ¿En qué piensas? — preguntó a Ángelo.

— En que es demasiado real. — susurró, mientras sus dedos recorrían el tronco de un árbol cercano a ellos. — ¿Tienes cosmos, gato?

— Si, aunque no puedo manejarlo del todo. — el italiano chasqueó la lengua. — ¿Por qué?

— Tengo mis dudas al respecto de esta ilusión. Me hubiera servido una segunda opinión.

— Explícate, cangrejo.

Máscara de Muerte exhaló con pesadumbre. No estaba seguro de lo que sucedía y mucho menos de si podría explicar lo que pensaba al respecto.

— Mira alrededor… — comenzó. — Una ilusión es un juego mental, se trata de hacer que tu propia cabeza crea cosas que no existen, pero esto… me parece mucho más complicado que eso.

— ¿Piensas que no es una ilusión? — el semblante de Aioria se oscureció.

— Pienso que es algo más que una simple ilusión.

— Entonces, ¿qué…? — sin embargo, antes de que el santo de Leo pudiera terminar de generar su pregunta, el italiano le tomó del brazo, acercándole a él. Echó una última mirada hacia el trío de aprendices que se había alejado unos metros de ellos y, después, susurró a su hermano de armas.

— Si estoy en lo cierto, podríamos salir de este círculo vicioso.

— Comprendo. — Aioria también bajó la voz. — Pero algo me dice que si estás equivocado, la última hespéride va a cargarnos a todos, comenzando contigo, ¿cierto?

La cara de fastidio de Ángelo no se hizo esperar con aquella declaración. Desvió la mirada mientras apartaba con su soplido los flequillos de su frente, para un segundo más tarde, llevar las manos a su cintura, asumiendo una postura indiferente. Estaba harto de jugar al gato y al ratón… especialmente cuando a ellos le tocaba el papel del roedor.

— ¿Cierto? — insistió el otro.

— Es una posibilidad. Si. — masculló.

— Genial.

— Si tienes una mejor idea, te escuchó, gato haragán.

— ¡Oye! No soy ningún haragán. Sabes bien que intento ser de utilidad.

— Vale, retiro eso. — Máscara de Muerte bufó. — No eres un gato haragán…en realidad solo eres una gatita asustadiza.

— Y tú eres….eres…. — la ligera sonrisa sardónica en el rostro del santo de Cáncer, despedazó lentamente los nervios de Aioria. Llevaba las de perder en aquel enfrentamiento de palabras. — Eres…un imbécil

Al final, Máscara de Muerte sonrió, complacido.

— Lo soy. — se carcajeó. — Bien, minino, pongámonos serios. ¿Qué dices? ¿Dejamos que sea el destino quien decida quien se jode a quién primero? — Aioria lo miró detenidamente. El santo de Cáncer había dejado de temer a la muerte hacía mucho.

— Bah. El destino es una mierda. — sonrió. — Que haga como se le dé la puta gana.

— ¿Eso es un si?

— Al demonio, cangrejo. Estoy fastidiado de huir. Si van a jodernos, que sea de una buena vez. ¿Cuál es el plan?

Máscara de Muerte se sintió orgulloso… se sintió respaldado.

No tenía idea de en que momento las cosas entre él y Aioria habían cambiado tanto, pero era raro poder compartir una sonrisa con él y, todavía más, poseer su confianza. Habían pasado de no soportarse a… entenderse. Era extraño, más no desagradable. La vida les estaba poniendo a prueba y, si algo compartían en aquel preciso instante, eran esas ganas infrenables de partirle la cara a quien se pusiera en su camino. Sus motivaciones podían ser diferentes, pero a pesar de todo, no eran tan mal equipo como cualquiera pudo haber asumido.

Sin embargo, la decisión era riesgosa. Todos sus esfuerzos iban a resumirse en el resultado de esa aventura loca. Si sobrevivían tendrían una historia fantástica e irreal que probablemente nadie creería para contar. Si su destino los arrastraba al mundo de los muertos nuevamente, entonces habrían de reunirse ahí, desde donde se reirían de la estúpida decisión que con seguridad adelantaría su muerte unos pocos días. Ninguna de las dos opciones sonaba como una idea terrible… de hecho, resultaba agradablemente interesante.

Contempló en silencio a su nuevo amigo alejándose y, no supo porqué, se sintió ligeramente tranquilo.

Su única preocupación eran los niños. En caso de que Aioria o él no pudieran continuar, el futuro de las tres criaturas sería más incierto que nunca. Artemisa había demostrado no tener escrúpulos y su carácter volátil siempre acechaba desde las sombras. Los augurios no eran buenos bajo ningún término para ellos.

— Ángelo. — oyó su nombre y abandonó el mundo de los pensamientos. Sonaba sumamente extraño… pero tan bien. — ¿Vas a quedarte ahí todo el día con esa cara de idiota? Creí que eras el que más prisa tenía por patearle el culo a la hespéride.

— Joder, gatita. Deja de maullar y permite que los cerebros grandes piensen en paz. — Aioria alzó una ceja, mirándole. Un segundo después dejó escapar una risa desparpajada.

— Miaw. — respondió, dejando estupefacto a su compañero de Cáncer. — No me molestas, Ángelo. El bicho se ha encargado que eso detalles no me molestan. — negó con el rostro, recordando las miles de veces que Milo se había divertido a sus costillas. — Eso te deja totalmente fuera de la batalla. ¿No es así? — respondió.

El santo siguió su camino, sonriendo al escuchar la maldición del italiano a sus espaldas. A pesar del cansancio, de los malos presagios y de lo oscuro que se divisaba su futuro, se sentía relajado como pocas veces. Buena suerte la suya al tener alguien con quien compartir las desgracias.

"¿Amigos?"

Sonrió al plantearse la pregunta… y más aún, al responder a si mismo…

Quizás si.

-5-

Saga miró a Aioros, luego hizo lo mismo con Shaka. Alzó las cejas y se maravilló cuando, por vez primera, divisó claramente los efectos del ceñidor sobre su amigo. Aún así no se dio por vencido y, por enésima vez, trató de arrebatarle el morral de tela donde guardaba la prenda maldita. Falló miserablemente.

— Aioros, dale ese maldito cinturón. — Shaka entendió la mano al escuchar a Saga. Curiosamente, lejos de ceder, el castaño apretó el agarre sobre la bolsa. — Aioros, dale el ceñidor.

— Pero…

— Dáselo, ahora.

— Saga, ¿estás seguro que…?

Pero antes de que pudiera objetar cualquier cosa, el mismo santo de la virgen se apresuró a arrebatarle la prenda. A diferencia de Saga, no erró.

Aioros, que había sido tomado por sorpresa, entrecerró los ojos con reproche mientras la sutil sonrisa del rubio adornaba sus labios. Echó una última mirada más al ceñidor y pensó en que iba a extrañarlo. Solo que, de inmediato, un reproche llegó a su cabeza, haciéndole sentirse asqueado de si mismo. Esa joya había sido su maldición. Casi le había arrastrado a la locura por momentos, y ahora, tras días de tormento por fin estaba lejos de sus manos… y sin embargo, lo único en lo que podía pensar era en el momento en que volvería a tenerlo. Era ridículo, si; más no podía evitar que su mente pensara por si misma.

— No hay nada de lo que debas preocuparte. Lo cuidaré bien.

— Lo sé. — respondió a Shaka, sin saber si se sentía aliviado o más nervioso aún. — Si necesitas ayuda, o simplemente descanso, dímelo.

— Te haremos saber cuando sea necesario. Pierde cuidado.

— Pero…

— Aioros… — recalcó Shaka. — Deja esto en nuestras manos. Tómate un descanso, vamos a necesitarte entero. Si sigues así, terminarás peor que todos nosotros juntos. Además, ni siquiera tienes porque cargar con esto tú solo. Somos un equipo. Déjanos ayudar.

— Este es un caso especial. — torció la boca. No es que no confiara en ellos, pero la sola idea de que el ceñidor se saliera de control le aterrorizaba.

— Si, es un caso especial, y por eso mismo vas a dejar a Shaka hacer su trabajo, ¿entendido? — Aioros bufó, empujado por las palabras de Saga. ¿Tenía más opciones?

— Lo sé. Lo sé. — pero el geminiano había notado su inconformidad sin ningún problema.

— ¿Sabes qué? ¡No puedo creerme que estés haciendo todo este drama! Esto es por tu bien, ¿acaso no te das cuenta? — y el arquero dorado lo sabía, pero había dentro de si un impulso casi infantil que le obligaba a aferrarse al cinturón a como diera lugar. No dejaba de resultarle irritante que alguien más quisiera tomar su lugar, pero a la vez, tampoco podía dejar de sentirse estúpido por eso. — Esperaría esta conducta de alguien como… yo. — maldita fuera. Era un pésimo momento para fungir de ejemplo. — No de ti, Sagitario.

— Ya, ya. — resopló mientras se esforzaba por pensar con claridad.

— No te quiero pensando más en ese artefacto del mal. ¿No hay nada más que tengas que hacer? — le cuestionó el gemelo.

— Nop.

— ¿Nada?

— Nada.

— ¿Seguro?

Shaka los miró de nuevo, asombrado. Ahí estaba de nuevo aquella particular conversación entre ambos.

Seguro, Saga.

— Pues… estás equivocado. — cruzándose de brazos, el peliazul sentenció el principio del final.

— ¿Cómo puedo estar equivocado? ¡Explícate! Si tuviera algo más que hacer lo sabría. — Aioros imitó sus gestos.

— Tienes algo que hacer, algo importante. ¿Recuerdas?

La mirada que Aioros le dirigió estaba llena de curiosidad, decir que le había pillado fuera de balance era obvio. ¡En verdad no tenía la menor idea de lo que estaba hablando! Sin embargo, el gemelo no iba a dejar pasar la oportunidad de mantener a su amigo ocupado y, a la vez, aclarar un tema ciertamente escabroso, no solo para él, sino también para los implicados.

— Géminis, no tengo la menor idea de lo que me estás hablando. — confesó tras un pausa que se sintió eterna.

— Por supuesto que no te haces idea. — Saga se quejó una vez más. Al parecer, el cinturón también lo volvía despistado… o simplemente ya lo era. — Discúlpanos por un momento, Shaka. Debo sacudirle el cerebro.

De nuevo jaló al arquero lejos de cualquier par de oídos curiosos. Estaba comenzando a hartarse de tener que esconder las cosas de los demás, ¡especialmente cuando la mayoría de esos secretos no eran suyos siquiera! Siempre había sido una tumba cuando se trataba de privacidad, así que no comprendía porque de pronto le estaba resultando tan difícil mantener la boca cerrada.

— ¡Saga! ¡Deja de jalonearme de aquí para allá! ¿Qué pasa contigo? — Aioros se soltó con un manotazo. Después, se acomodó la ropa lo mejor que pudo y miró al gemelo con el reproche tatuado en los ojos.

— Curioso. — el santo de Géminis resopló. — Tener poder hace que algunas personas sean temibles, pero a ti te hace… infantil.

— ¿Infantil? No sé si es la palabra correcta. — se aclaró la garganta. Lo que pensaba cuando el ceñidor se metía a su cabeza y Aretha estaba cerca no era precisamente la definición de inocencia.

— Como sea… el punto es que… — miró disimuladamente hacia donde se encontraba Shura. El santo de Capricornio se había alejado del resto, posesionándose en uno de los costados del barco, donde a pesar del barullo permanecía absorto en sus propios pensamientos. Su mirada estaba perdida en el océano y sus pensamientos seguramente estaban mucho más lejos. — Deberías hablar con él. — le dijo. El arquero dorado se petrificó. Le debía esa plática a Shura,- Tendrían que hablar de ello tarde o temprano, pero la verdad de las cosas era que no tenía la menor idea de cómo enfrentar dicha conversación.

— Lo sé.

— ¿Sabes que vas a decirle?

— No tengo la menor idea. — alzó las cejas y soltó un suspiro.

— Pues deberías comenzar a pensarlo.

En un gesto casi imperceptible, asintió. Sintió pena por Shura, porque sus sentimientos eran un imposible e, inequívocamente, saldría herido en aquel debate moral. Ojalá hubiera algo que pudiera hacerse, pero tal cosa sería retar a todo lo que conocía o a todo lo que siempre habían creído.

Athena era… Athena; intocable para cualquier dios, hombre o criatura. Especialmente para ellos.

-6-

Mientras acomodaba todos los pergaminos en su morral, Hermes podía sentir la mirada penetrante de su padre sobre él. La ignoró y continuó a lo suyo sin ninguna prisa, importándole poco lo que pasase por la mente del dios supremo. Cuando terminó, se acondicionó la bolsa sobre el hombro antes de encaminarse a la salida.

— ¿Qué es lo que te mantiene tan callado? — oyó la voz de su padre y maldijo por lo bajo. Tenía la esperanza de poder marcharse de ahí sin contratiempos, pero ahora, la había perdido.

— No tengo nada que decir. — podía no gustarle, pero no existía forma alguna en que dejara a Zeus con la palabra en la boca.

— Todos tienen algo que decir en estos días. — continuó el dios mayor. — Así que, dime, ¿qué es lo que mantiene a la lengua más activa del Olimpo atada?

El joven dios arrugó el entrecejo, sin saber si las palabras de Zeus reflejaban verdadero interés o solamente eran una de las múltiples ironías que se escupían a diario en el jardín de los dioses. Pero, independientemente de lo que fueran, tenía que contestar de alguna forma. Era su obligación responder a las preguntas de su señor.

— No sé que quieres escuchar.

— ¿Sigues envuelto en los escándalos de Artemisa? — preguntó sin más rodeos. Ante el silencio que prosiguió a su pregunta, la deidad del rayo continuó. — Hay algo que no entiendo en todo esto, Hermes, y es que, ¿con qué palabras pudo convencerte Artemisa para te involucraras en asuntos ajenos?

— Artemisa no me ha persuadido en nada, padre.

— Ante los ojos del mundo, lo ha hecho. ¿Qué te ofreció?

Los ojos turquesas del mensajero se abrieron con sorpresa mientras sus labios dibujaban un tenue sonrisa torcida. Negó con la cabeza, preso de una incredulidad que le resultaba hilarante. Artemisa, la dulce e ingenua Artemisa, convenciéndole a él, ¡a él! de hacer algo en contra de su voluntad.

Incapaz de contenerla por más tiempo, la risa que había guardado tan bien se dejó escuchar.

— ¿Tú crees que…? — volvió a reírse. — Oh, padre, has perdido la razón. No hay forma alguna en que Artemisa pueda manejar mi voluntad a sus modos. Ninguna.

— ¿Qué buscas entonces?

— Simple satisfacción personal. — ensanchó su sonrisa.

— Difícil de entender… viniendo de ti.

— Ya, ya. Soy un ángel.

Zeus suspiró, permitiendo que aquel gesto dijera todo por él. Hermes siempre había sido diferente al resto, aunque las desigualdades parecían desaparecer día con día. A sus ojos, el mensajero divino siempre había sido especial: único. Sin embargo, tal como lo había establecido en el Areópago, esos asuntos no le correspondían. La guerra entre dioses tampoco era de su incumbencia.

— ¿Algo más en que pueda ayudarte? — sus ojos azules se fijaron en vástago.

— No, puedes marcharte.

No hubo necesidad que lo repitiera, puesto que el peliturquesa, obsequiándole una última reverencia, desapareció de ahí en un instante.

Zeus se quedó solo. Ausente.

Frotó sus sienes en un gesto de impotencia y alzó la mirada hacia su ventana, pensando en el maldito momento se había dejado engatusar lo suficiente como para poner al Olimpo entero de cabeza. Tal había sido uno de los errores más graves de su divina existencia.

-7-

El cuerpo de Aretha tomó forma en medio de aquel remolino de viento que se había formado en el megaron. Obsequió un escueto saludo a la diosa morena y oteó los alrededores en busca de la figura de Shion, a quien desde su llegada, siempre se le veía acompañando a su señora. No le encontró.

— Señora Athena. — saludó.

— Aretha, bienvenida de nuevo. ¿Traes noticias?

— Nada en especial. — musitó, no sin sentir que mentía. La conducta de Aioros la tenía confundida y en alerta. Todavía recordaba su rostro desconcertado y la piel se le erizaba, más no decía nada porque no estaba segura de que era lo que sucedía.

— ¿Mis santos están bien? ¿Han tomado una decisión?

— Si. — asintió. — Irán a Estinfalo, tal como deseabas.

La diosa no sabía si sentirse aliviada o lo contrario. En su mente se repetía de manera incesante que era lo mejor, que tenían que aprovechar cada segundo que Ares estuviera fuera de la jugada, pero tampoco podía dejar de preocuparse… ni de añorar verles de nuevo.

— ¿Cómo siguen los heridos? — volvió a preguntar mientras apartaba una mecha de cabello oscuro que caía sobre su rostro.

— Están mucho mejor. Las heridas de Aldebarán han mejorado con los días y a Aioros se le nota más recuperado.

— ¿Y Shura? — para cuando se dio cuenta de la rapidez con que había surgido su pregunta, era tarde. — ¿Cómo están sus ojos? — trató de desviar rápidamente la atención, aunque la ninfa pareció no notar el desliz.

— Por lo que he observado, se encuentra perfectamente bien.

— Me alegra. — sonrió con sinceridad.

Había arriesgado demasiado al acercarse a ayudarlo y agradecía a la suerte porque nadie le hubiera descubierto en dicha travesía. Saber que el santo de Capricornio estaba bien, le hacía pensar que todos los riesgos habían valido la pena.

Lo que era más, había notado cuanto le extrañaba. No sabía en que momento había comenzado a echar de menos su presencia. Hacía mucho que no le veía. Tanto, que los sueños dejaban de ser suficientes para recodarle. En los sueños, su voz no sonaba igual, ni tampoco podía percibir su olor ni acariciar su piel. Ojala pudiera tenerle de regreso pronto, pero desafortunadamente, esa no era una opción… al menos no una viable. No estaba segura de lo que Shura pensaba, creía u opinaría al respecto, y tenía un miedo atroz a averiguarlo. Se suponía que todo sería un sueño, una ilusión que la mente de Shura, en un momento de debilidad había inventado. Pero, ¿y si no? ¿Y si Shura había sido capaz de ver más allá de toda la ilusión que se había esforzado por crear? ¿Y si descubría el engaño? ¿Cómo lo tomaría?

Por encima de todas las cosas, ella era su diosa; una diosa justa, indomable y cuya decisión había sido la de no atarse a nadie… al menos hasta ese momento. ¿Qué pensaría él? ¿Podría quererla? ¿La aborrecería? Y ella… ¿sería capaz de asumir las consecuencias de sus acciones? ¿Podría vivir sintiendo su corazón atado a él?

— ¿Athena? — despertó, encontrando la mirada cerúlea de Aretha sobre ella. — ¿Sucede algo?

— No, no. Nada.

¿En qué estaba pensando? Toda esa tormenta de sentimientos, todo lo que planeaba o dejara que sucediera, al final no importaría. Con franqueza, lo suyo era imposible. No era más que un sueño desahuciado que eventualmente terminaría o se esfumaría de sus mentes. No tenía porque pensar más al respecto. Hacerlo solo causaría más daño del que pudiera reparar.

— ¿Hay algo más que necesites? — la cuestionó la ninfa.

— Nada por ahora. Solo mantente alerta, no les descuides. Quiero saber sobre cada uno de sus pasos.

La ninfa asintió y, en un pestañeo, volvió a disolverse en el viento dejando a la diosa con su soledad.

Athena suspiró, arropándose en la comodidad de su trono. Llevaba años encerrada en aquel templo de mármol y oro, y solo hasta ese momento había caído en cuenta de lo sola que se sentía. Por primera vez el palacio de piedra se sentía vacío. Se sentía sola, se sentía hueca… tenía frío.

-8-

Temiscira había sido una pesadilla. Muerte, desolación, lágrimas y tristeza. Todo en cantidades que hacía tiempo no experimentaban. Dijeran lo que dijeran, había sido una pequeña guerra en aquel mundo desconocido para ellos, una guerra que habían luchado sin sus cosmos… solo a punta de espada. Estar vivos era, en si, un milagro. Pero, con todo lo malo, algo bueno había para el joven Capricornio.

No solo había recobrado la vista en el momento justo, cuando toda esperanza amenazaba con desaparecer, sino que además había descubierto un sentimiento dentro de si que jamás pensó encontrar. Era extraño sentirse así, pero a la vez, era desgastante.

Cada vez que pensaba al respecto, veía en si a un estúpido soñador, a un chico que se había atrevido a posar sus ojos sobre un inalcanzable. Estaba descubriendo que aún ellos tenía límites y que su corazón latía como el de cualquiera, a pesar de haber sido entrenados para no rendirse ante ningún otro sentimiento que no fuera la lealtad que debían a su diosa. Basándose en ello, lo que sentía ni siquiera era correcto. Athena solo podía ser una cosa en su vida: su diosa, y nada más. ¿Tenía sentido seguirse atormentado de esa manera? ¿Valía la pena soñar despierto con el momento en que volvieran a encontrarse?

Y por más cruel e inconciente que pudiera ser, la respuesta a cada pregunta era siempre la misma: por ella, esperaría la eternidad de ser necesario.

Se maldijo en el instante que dicho pensamiento arrasó con su mente. Ni poseía la eternidad para esperarla ni ella tampoco lo miraría jamás de esa forma. Eran santo y diosa, reina y caballero; mundos cercanos que nunca se encontrarían.

Sin darse cuenta, Shura había arrugado el entrecejo y su mirada se había ensombrecido rápidamente. Resultaba… doloroso, pensar en ello.

— ¡Shura!

— Hey. — saludó a su amigo, no de la manera más efusiva.

—¿Qué haces aquí… solo? — Aioros preguntó.

Todo lo que Shura hizo fue encogerse de hombros. No tenía ninguna excusa para su aislamiento.

El santo de Sagitario tampoco hizo mucho, limitándose a sonreír tímidamente mientras se sentaba en la barandilla del barco y perdía la mirada en aquel punto lejano, donde el mar y el cielo se fundían en uno.

Cuando uno conocía a Shura tanto como Aioros creía hacerlo, verle de ese modo simplemente le dejaba sin palabras. No era necesario ser un genio o adivino para averiguar lo que le sucedía, pero a la vez, hablar de ello se tornaba complicado en demasía. Era obvio que el español sabía lo incorrecto de sus ideas. Era indudable que se sentía culpable por albergar todos esos sentimientos que amenazaban cada una de sus creencias. Pero, ¿quién podía culparlo? La mente y el corazón humanos eran misterios que ellos, en muchos casos, no estaban preparados para enfrentar.

— ¿Qué haces aquí? — Shura le devolvió la pregunta.

— Venía a hablar contigo.

Notó de inmediato el desencanto del más joven. La conversación que tenían pendiente era una que ninguno de los dos estaba especialmente emocionado de entablar. Lo que ambos también sabían era que, tarde o temprano, tendrían que hacerlo. Shura, en especial, era conciente de que su postura en aquel debate no tenía bases sobre las cuales mantenerse. No era posible explicar el cómo y el porqué se sentía así.

— Escucho. — susurró. El castaño asintió de nueva cuenta, carraspeó y, sintiéndose ligeramente paranoico, miró sobre sus hombros para asegurarse de que nadie podría oírles.

— Yo… necesito saber si en verdad estás… — sus manos se movieron nerviosamente mientras buscaba la palabra adecuada. Pronto descubrió que, lo dijera como lo dijera, sonaba bastante mal. — Vale, vale, lo diré sin rodeos. —renunció a los preámbulos. — Necesito saber si es verdad que, ante tus ojos, Athena es algo más que… solo nuestra diosa.

La respuesta que Aioros necesitaba tardó solamente un par de segundos en llegar, pero el tiempo avanzó tormentosamente lento hasta ese momento. No hacían falta palabras para que Aioros supiera. Podía leerlo en la mirada verde de su amigo. Esa mezcla de tristeza, resignación, pero a la vez de cariño, que se reflejaba en su mirada era innegable. No es que fuera experto en asunto del corazón. Sin embargo, Aioros era capaz de comprender lo que sentía su amigo.

Shura agachó la mirada, clavándola en el piso de madera a sus pies. Mordió sus labios ligeramente y su respiración se tornó un poco más pesada. Se sentía confundido, avergonzado.

— Si te soy sincero, no sabría definir exactamente lo que siento por ella… — ¿y cómo podría? Amor no era un sentimiento con el que cualquiera de ellos se sintiera identificado. — Solo puedo decirte que estás en lo correcto: Athena, ahora mismo, es mucho más que solo mi diosa… aunque no sepa que es.

— Oh, Shura… — Aioros dejó escapar el aliento y se sentó sobre el piso, a su lado. Odiaba verle herido… y lo peor era que él no podía ayudarle tampoco.

— Estoy jodido, ¿verdad?

— Si, bastante de hecho.

— Refrescante sinceridad. Gracias. — sonrió con tristeza.

— No sé que quieres que te diga y tampoco sé que decirte. — el arquero prosiguió, compartiendo su sonrisa triste. — No quiero sonar exagerado, pero ¡es un desastre! Athena no es… y nunca será mujer para nadie. Comprendo que no puedas dominar tus emociones, y no te culpo por ellas, pero tienes que encontrar un modo de dejar de pensar en ella. — le contestó, a sabiendas de que sus palabras no eran, ni serían, suficientes.

— No es como que pensara hacer algo al respecto, Aioros.

— Lo sé, lo sé. Pero es más que eso. — suspiró. — Si alguien se entera…

— ¡Nadie va a saber nada!

— Eso espero… sin embargo…

— Dime algo. — Shura habló de nuevo, solo para hundirse en el silencio unos segundos más tarde. Aioros, mientras tanto, esperaba ansioso porque terminara lo que había comenzado. — ¿Cómo hace uno para olvidarse de alguien a quien cree querer?

Aioros no supo que decir. Abrió la boca pero no consiguió hilar una sola idea coherente. Después de todo, desconocía la respuesta que Shura buscaba; con seguridad, ni siquiera existía. Desaprobó su propia incapacidad con un movimiento de cabeza mientras palmeaba el hombro de su amigo, en un gesto de empatía. Deseó poder hacer más, pero sentía que sus manos estaban atadas. Solo podía observar desde la distancia, esperando porque el español encontrara el consuelo que necesitaba y la fuerza que suficiente para controlar sus sentimientos.

Se atrevió a ponerse en su lugar, a pesar en lo que significaría tener que olvidar a una persona amada. Debía ser un pesadilla… tenía que serlo.

— No creo que exista forma alguna de olvidarte de alguien a quien quieres. — respondió con honestidad. — Solo es cuestión de… atar tus sentimientos. — encogió los hombros. — Ella no debería saber nada de esto, Shura. Es Athena, es nuestra diosa. Nos quiere, pero no sé como se tomaría algo como esto. — el español asintió, un gesto que fue tomado como uno de conformidad por el arquero. No era así.

— Hay algo más que deberías saber. — susurró. Quizás si le contaba, Aioros sería capaz de deducir algo diferente a lo que él había pensado. — Cuando las amazonas intentaron sanar mis ojos, sus remedios me pusieron al borde de la muerte. Durante mis delirios tuve un sueño, en el que Athena me visitaba. — se sonrojó. La mirada de Aioros estaba tan fija en él que parecía atravesarlo. De pronto, sentía que haber abierto la boca era una mala idea. — En la visión, ella me curaba. Podía sentirla junto a mi, sentía su preocupación. Confesamos tantas cosas y, después… — tragó saliva. — … la besé.

— Es normal soñar con alguien importante. — aún dentro de su confusión, Aioros intentaba por todos los medios de ser racional. Sin embargo, cada palabra de Shura ponía más claros los verdaderos sentimientos del santo hacia la deidad de la Guerra y eso le aterraba. — Fue solo un sueño.

— No, pero es que… no es todo.

— ¿Hay más? — por primera vez su voz sonó temerosa.

— La mañana siguiente, las fiebres habían cesado y mis ojos estaban curados. Tarsila lo atribuyó a un milagro, a una obra de la misma Athena. — sonrió, consternado. — Dijo que la princesa había estado ahí, disfrazada bajo la forma de una anciana curandera. Tarsila parecía tan segura, pero tiene que ser una equivocación, ¿cierto? Tuvo que ser una casualidad. Un error.

Fue como si el barco completo se hubiera hundido en un profundo silencio. Por más que buscara una explicación, el arquero no terminaba de entender. Una sola cosa se le ocurrió, y a pesar de sus propias dudas, se atrevió a externa con tal de sacar a Shura de su desconcierto.

— ¿Crees que te mentiría? — musitó. Shura le regaló su atención. — Tarsila. ¿Crees que te mentiría? Si tuviste fiebres, es posible que hablaras dormido. Quizás ella notó algo y trató de usar eso para sacarte información sobre Athena.

El santo de Capricornio levantó la mirada. Arrugó ligeramente el semblante al tonarse pensativo. Había cierta lógica en las palabras de Aioros. Excepto que Tarsila jamás mentiría.

— Quizás tengas razón. — admitió sin sentirlo.

O quizás no la tenía.

-9-

— ¿Están seguros de que esto funcionara? — preguntó Nix.

— Mocosa incrédula. — Ángelo bufó, aunque la verdad era que compartía las dudas de su aprendiza. Esperaba que funcionase. Tenía la esperanza de conseguirlo. — Deja de cuestionarnos y mantente lejos. Esto va a ponerse feo.

El trío de niños se miraron entre ellos. Por más confianza que quisieran tener en los santos, aquella maniobra se sentía como una acción desesperada de resultados inesperados. Al parecer tanto Aioria como Máscara de Muerte estaban dispuestos a jugarse el todo por el todo. O salían de ahí, o morirían en el intento.

— Vale, niños. — sintieron las manos de Aioria, obligándoles a retroceder. — Manténganse alertas. Si el plan de Ángelo funciona, habrá una hespéride muy molesta clamando por sangre.

— ¿Qué haremos con ella, Aioria? — Corban le miró con esos ojos que brillaban como el oro.

— Ustedes se mantendrán alejados de ella. Déjenme el resto a mi.

— Basta de parloteo. — terció el peliazul. Su rostro se tornó serio y completamente concentrado. — Aquí vamos. ¡Fuegos Fatuos!

El ambiente se enrareció. La brisa desapareció y los árboles dejaron de moverse. Sus hojas dejaron de silbar mientras un silencio abrumador tomaba su lugar. De la nada, las primeras luces azuladas se dejaron ver. Comenzaron como esferas diminutas de energía y fueron creciendo, alimentadas por el cosmos de su creador. Pronto no quedó nada más que el sonido de los fuegos cerúleos ardiendo por todo el lugar.

— ¿Qué sigue ahora? — Altair preguntó entre murmullos.

— Esperar porque hagan su trabajo.

Aioria apenas había terminado de hablar cuando el viento volvió a soplar de nuevo, esta vez con fuerza. Las hojas del bosque volaron alrededor, formando enorme torbellinos multicolor. Todo aquello que tocaba a las flamas se encendía, para desaparecer de inmediato. Los fuegos consumían la energía a su alrededor, devoraban cuanto les rodeaba.

Pero unos minutos después, las llamas dejaron de esperar por sus presas. Iniciaron sus movimientos rápidos y erráticos en busca de más energía que engullir. Se prendían de árboles, arbustos, piedras y polvo. Nada quedaba detrás de su paso.

No era como las veces anteriores, en que su blanco era definido. En esta ocasión, las luces atacan a todo aquello que tuviera energía de vida. Cosmos fuertes o débiles, les resultaba indiferente. Su misión era una: consumir. Como un espejismo, todo a su alrededor se disolvía. Conforme se alimentaban, los fuegos ardían con mayor fuerza. Su aura era fría, como la muerte que predicaban.

Egle, que observaba desde las sombras, retrocedió. Era un locura lo que intentaban aquellos mortales. Estaban rodeados por cantidades exorbitantes de energía que conformaban la ilusión. Terminar con ella sería imposible.

Sin embargo, pronto se dio cuenta de que el bosque ardía. Los fuegos azules formaban ya un incendio que no escocía ni dejaba cenizas a su paso, sino que asesinaba lentamente.

Poco a poco la ilusión fue decayendo. Los tonos rosáceos se esfumaron lentamente, y el verdadero resplandor de un día de verano envolvió al jardín entero. A sus ojos lucía brumoso, difícil de distinguir. Era como mirar a través de un cristal, como un espejismo que surgía entre las llamas.

Aioria y los niños observaban boquiabiertos como todo mutaba frente a sus ojos. El mundo imaginario en el que había pasado el último par de días encerrados caía en pedazos. Era una clara demostración que el mundo en que vivían era uno lleno de magia. No había ninguna otra forma de explicarlo. ¿Qué más era un espejismo? ¿Qué encontrarían en el nuevo mundo que se abría para ellos? Imposible adivinarlo. Tampoco hubo tiempo para pensar en ello.

La sorpresa terminó súbitamente cuando la imagen de Ángelo regresó a sus mentes.

El santo de Leo fue el primero en notarlo y también el primero en regresar su mirada esmeralda hacia donde se encontraba el italiano. Contempló su ceño fruncido y la concentración que se reflejaba en su mirada centellante. El azul de los fuegos fatuos refulgía en sus ojos con una fuerza abrumadora. Su cabello revoloteaba con la brisa que alimentaba a sus luces y su cuerpo brillaba, envuelto en la cálida aura de su cosmos.

Estaba forzándose hasta el extremo, no resultaba difícil notarlo. Aún sin su cosmos, el león dorado podía saberlo. El jardín no solo representaba un reto, sino que además, la energía que alimentaba a cada planta, a criatura, incluidas las hespérides, era un regalo de los dioses. Por eso mismo se mantuvo atento. Desconocía cuanto más duraría la fuerza de Ángelo ni cuanto tardaría la última hespéride en hacer acto de presencia. Bastaría un descuido para terminar muertos de nuevo… si es que no menos. Afiló la mirada. Con un poco de suerte, la encontrarían primero. No encontró nada, pero su presencia no tardó en revelarse.

En contraparte a Ángelo, una nueva energía se dejó sentir. Se presentó con una fuerza arrolladora que estuvo a punto de extinguir las llamas azules. El peliazul trinchó los dientes e hizo arder su cosmos aún más. Los fuegos fatuos tomaron nuevo auge.

Se vieron envueltos en una lucha por seguir ardiendo contra esa cosmoenergía que amenazaba con extinguirlos. Viento contra fuego, cada uno buscando superar al otro.

Cáncer no dejaba de pensar en que no podía fallar. Costase lo que costase, tenía que terminar con la mentira en que estaban encerrados. Si la hespéride lograba imponerse, las probabilidad de confrontarla de nuevo y salir victoriosos serían mínimas. No estaba seguro de tener la capacidad para arder su cosmos con esa misma intensidad dos veces. Tenía que ser fuerte, entregarlo todo y sentenciar esa justa de cosmos ahí mismo.

Pensando en ello, la cosmoenergía de Ángelo explotó de repente. Hubo un resplandor todavía más fuerte que el de las llamas y después, nada más que silencio.

Un lastimero aullido que les erizó la piel hizo pedazos la calma. No supieron identificar si era un ser humano u otra criatura, pero poco después, las ilusiones que les hacían presa terminaron abruptamente.

— ¿Maestro…?

Los corazones de los niños latían a toda prisa dentro de sus pechos mientras sus ojos sondeaban detenidamente cada rincón del jardín. Su maestro permanecía en medio, con el ceño fruncido y la respiración desbocada.

Cada músculo de su cuerpo pesaba y dolía. Se sentía drenado, si una pizca de fuerza en él. Llevó sus ojos hacia sus compañeros de aventura. Estaban bien y eso le bastaba. ¿Qué había sucedido? Su cabeza estaba demasiado revuelta como para pensar con claridad. Solo sabía que el jardín había cambiado.

— Vámonos. — Aioria le ayudó a ponerse de pie, tomándole por sorpresa. Su instinto le gritaba que la victoria era efímera. Sin el espejismo como último obstáculo, no iba a haber más rodeos: cualquier ataque, a partir de ahí, sería directo e inmisericorde. — Síganme. — ordenó a los niños.

El huerto parecía mucho más pequeño ahora, pero cada rincón apestaba a peligro. No iban a estar a salvo sino hasta que todo hubiera terminado. Sin embargo, el final aún era lejano. En algún lugar de ese jardín se escondía el peligro más grande de todo: Ladón.

-10-

Milo resopló. Moría de intriga por saber lo que Saga, Shaka y Aioros había discutido. Tuvo que ser algo relativo al ceñidor de Hipólita, algo importante como para que el rubio fuera el nuevo encargado de resguardarlo. Pero, ¿qué sería?

Ahora, cada cuál había tomados caminos distintos. El santo de la Virgen se había unido a Dohko y a Camus, envolviéndose rápidamente en una conversación sobre Estínfalo y lo que ahí deparaba para todos. Ni una palabra del cinturón mágico.

Saga estaba un poco más allá, cerca de la proa. Milo notaba como se esforzaba por fingir que miraba el horizonte, pero la verdad de las cosas era que su atención estaba dividida entre Kanon, al extremo opuesto del barco, y Aioros y Shura. Con lo bueno que Saga era para fingir y disimular, en aquel momento estaba fallando miserablemente en conseguirlo. Su situación había empeorado con la llegada de Bias. El gracioso marinero se había emperrado en contar historias repletas de perversión y morbo a las que el gemelo no prestaba el más mínimo interés. El santo de Géminis reía por compromiso y por nada más. Su falta de atención fue obvia cuando Bias había pronunciado las frases "tu culo" y "cerca de él" en la misma frase. ¡Saga había reído solo para inmutarse un segundo después con cara de espanto! Nada que involucrara al marinero cerca del trasero de Saga debía resultarle divertido al gemelo. Milo desaprobó con un gesto de cabeza.

Por último, Aioros y Shura parecían a punto de echarse a llorar a mitad del barco. Hablaban en secreto y todo indicaba que uno de los dos moriría pronto otra vez… solamente podía tratarse de algo así de grave a juzgar por la desolación en sus rostros. Quizás el arquero por fin estaba dejando a Shura para quedarse con Saga. Sin notarlo, se carcajeó de su propia idea. Definitivamente, no había nadie más gracioso que él en la Orden.

— ¿Qué es tan divertido, Milo? — sintió el pesado brazo de Aldebarán rodeándole el cuello y ensanchó su amiga sonrisa.

— Observo, mi querido Toro. Observo. — asintió. — Tenemos un desastre de compañeros. ¡Menos mal que tienen a un par de tipos tan graciosos y guapos como nosotros! ¡Jah! — volvió a carcajearse y, estirándose todo lo posible, alcanzo a revolver el cabello de su amigo de Tauro. — ¿Sabes? Creo que somos los únicos normales en esta Orden.

— ¡Estoy de acuerdo! — volvieron a carcajearse al unísono. Sin embargo, en ese preciso momento, una sombra llamada Kanon pasó a su lado, aguando los ánimos con un gruñido.

Contemplaron como se alejaba en silencio. Cualquier ruido, cualquier provocación o movimiento, podría ser causal de que un toro y escorpión dorados terminaran ahogados en el hermoso mar griego. Cuando se hubo alejado, ambos dejaron escapar la respiración.

— Deberíamos hacer algo.

— ¡Lo sé! Pero no me apetece morir joven y guapo, Alde… no morir de nuevo. — el peliazul meneó la cabeza. — Además, ¿qué harían esta panda de tristes sin mi? ¿Eh?

— Tienes razón. No creo ser capaz de mantener los ánimos arriba yo solo. Eso sin mencionar que creo que Kanon te quiere. Solo así te has mantenido vivo a pesar de todo.

— Me extrañaría, si. — cayó en un silencio raro en él. — ¿Sabes? — su rostro se tornó serio, adquiriendo un aire infantil y, hasta cierto punto, dulce. — Creo que sé como hacerle sentir mejor.

— ¿Cómo?

— Le haré un regalo muy especial. — sonrió. — Sé que a Saga le hubiera gustado que compartiera mi túnica con él. ¡Quizás lo haga!

Aldebarán esbozó una sonrisa. ¡Era una magnífica idea!

-11-

Entró en silencio, pero no por eso pasó desapercibido. Apolo estaba al fondo de la habitación, sentado cerca de la ventana y con la mirada perdida en el horizonte. No se molestó siquiera en voltear cuando escuchó los pasos de su igual, ni prestó atención cuando Hermes se detuvo a su lado. Únicamente giró la cabeza cuando el carraspeo del mensajero le indicó que necesitaba unos minutos de su tiempo.

— Apolo. — saludó.

— ¿Algún mensaje de nuestro padre? — preguntó el pelirrojo. Nunca había sido un dios de muchas palabras ni tampoco de rodeos.

Hermes asintió, ligeramente resentido por la parca conducta de su igual. Rebuscó en su bolsa y sacó un pergamino envuelto en un listón rojo. Lo tendió al dios del Sol.

Apolo tomó el trozo de papel en sus manos, lo desenrolló y leyó en silencio, De reojo observó a Hermes, que no se movía. Se había quedado ahí, de pie a su lado; y siendo sincero, Apolo no alcanzaba a comprender porque no se había marchado ya.

Cuando hubo leído el mensaje de su padre y entendido que nada tenía que ver con Hermes, no puso sino incrementar la curiosidad que sentía por la presencia del mensajero. Lo miró directamente a los ojos, encontrándolo inusualmente indeciso. No estaba seguro de porque lo hizo, pero le invitó a sentarse en el kliné frente al suyo. No dijo nada, sino que esperó que el peliturquesa fuera el primero en hablar.

Observó atentamente.

Hermes cruzó los brazos sobre el pecho, aún sin decir nada. Torció la boca ligeramente mientras giraba los ojos, y encontrar el valor para decir aquello por lo que se había quedado. Entonces, tras soltar un pesado suspiro y acomodarse en su silla, el dios mensajero se animó a hablar.

— Estaba pensando… — se aclaró la garganta. Apartó la mirada de Apolo, pero jamás dejó de observarle de reojo, siguiendo cada movimiento y reacción suyos.

— ¿En qué?

Después de aquella pregunta hubo un largo silencio que les dejó saber todo lo que debían. En un santiamén, el rostro de Hermes mutó. Las dudas que parecían corroerlo antes desaparecieron y sus gesto se tornaron seguros… decididos. Se puso de pie con un brinco y miró directamente hacia la deidad del Sol.

Apolo frunció el ceño, desconcertado. Estaba a punto de cuestionarle una vez más cuando Hermes le arrebató la palabra.

— ¿Sigues pensando en cómo detener a Artemisa?

— Creí que no era asunto tuyo. — alcanzó a reaccionar. La simple mención, de los labios de Hermes, le había pillado con la guardia baja.

— Te hice una pregunta.

— Y yo te hago otra ahora mismo: ¿por qué te interesa?

Iba a arrepentirse de eso, era una seguridad, pero a esas alturas del juego, ya no le importaba. Llevaba mucho tiempo pensado en lo mismo, encontrando absolutamente fastidiosa a su propia indecisión. Cerraba los ojos y veía la desilusión en la mirada de Herse. Dormía y soñaba con sus palabras. Algo tenía que hacerse, porque tal ilusión no podía continuar así.

— Porque… quiero ayudarte.

-Continuará…-

NdA: ¿Hola? ¿Alguien se acuerda de mi? No, no estaba muerta… solamente que Saga terminó de enojarse conmigo y me envío de paseo a Otra Dimensión. Gigas les manda saludos a todos u_U

Antes de desaparecer misteriosamente, estaba planeando que para estas épocas, el capítulo 50 ya estuviera arriba… tristemente no fue posible. Esperemos que este año que viene, las cosas vayan mejor y pueda estar más pronto por aquí, actualizando. Mientras tanto, agradezco su paciencia T_T ¡No me abandonen!

Mientras estaba ausente, mi querida Koko hizo algo de lo más genial. ¡Un fanart de Phineas! Échenle un ojo ;) h t t p : / / f a v . m e / d 4 i 0 v 9 6 (sin espacio en blanco). ¡Gracias Koko!

A todos los que han continuando con la lectura y comentan: Artemisa-Cazadora, angel de acuario, luxie-chan, Koko, kumiko-son, AngelElisha, Tatsumaki, Altariel de Valinor, Damis, RIAADVD, Saint Lu, Sagitariusgirl, Tisbe, LadyDeath, Kisame Hoshigaki, Pyxis and Lynx, Ayumi03, ddmanzanita, elbereth2982, FaSCeN, June Star, itachisgirlfriend08 y Fabiola Brambila. ¡Muchas gracias!

Para todos ustedes, amigos y lectores, solo me queda desearles un muy feliz Navidad y un 2012 repleto de bendiciones. ¡Que no decaiga el ánimo! Es tiempo de esperanza ;)

¡Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo!

Sunrise Spirit