Capítulo 48

Las manzanas del Jardín de las Hespérides

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La colina, tan oscura como el cielo en las noches sin luna, hedía a muerte. El viento aullaba cual triste lamento. La penumbra era absoluta y los muertos estaban libres esa noche para rondar entre las sombras. Entonces, la espada del guerrero resplandeció como una luz cegadora. Su caballo relinchó y descendió por la pendiente, veloz como un rayo. Detrás de él, las voces de los demás guerreros rugieron.

Al fondo, en el gran valle de las sombras, los espíritus esperaban por ellos. Sus formas, grotescas y aterradoras, se levantaban en medio de la neblina; y sus ojos sedientos de sangre centellaron como nunca antes. Sus voces sonaban como el cántico de las víboras. Entonaban melodías sádicas, que exaltaban a la muerte dolorosa. Suplicaban a sus dioses por la victoria, por beber la sangre de sus enemigos y vestirse con sus pieles. Querían muerte… se alimentaban de ella.

El ejército de la luz los golpeó con fuerza. Los tambores de guerra retumbaron y los ejércitos se tiñeron de sangre. La brillante espada del gran guerrero surcaba los aires con maestría. Su hoja se había teñido del rojo de la sangre… pero los espíritus no podían morir. Chillaron como el mismo demonio, se retorcieron y maldijeron a los dioses de los hombres. Nada les libró del sufrimiento de la vida eterna. En cambio los hombres lloraban y sangraban. Dejaban en lagrimas carmesí su último aliento de vida. Sus huesos crujían, sus carnes se hacían jirones y sus voces se fundían en gritos de dolor.

La ceniza se tornó escarlata mientras las aguas del río eterno se fundieron con los riachuelos de sangre. Pronto, el campo completo se había convertido en un mundo de contrastes, entre el rojo de la sangre y el negro de la noche.

Sin embargo, la espada de luz seguía brillando. Su portador luchaba, lloraba y sufría como todos los demás. Pero no se daba por vencido. Seguiría peleando hasta que las fuerzas le abandonaran o hasta que el último de sus enemigo cayera a sus pies. Su fe lo impulsaba a mirar adelante, la misma fe que le había coronado de olivos.

Pero se dio cuenta que se quedaba solo; sus aliados caían. Los rugidos de las bestias de guerra se extinguían y el chillido de los fantasmas les reemplazaba. El guerrero seguía luchando… su espada le abría el camino. Muchos más desfallecieron frente a él, solo para levantarse a sus espaldas. La guerra parecía perdida. El final era inevitable.

Entonces, la espada oscura surgió de la nada. Su corte, fino y letal, despedazó a las huestes de la luz. El guerrero le vio y, empuñando su arma, se lanzó en su contra.

El rojo se expandió por la coraza sobre su pecho y se impregnó en el faldellín blanco. Su aliento se condensó como una neblina blanca en la oscuridad mientras caía sobre sus rodillas. Alzó la mirada y contempló el cielo sobre él. Las nubes estaban revueltas y, pronto, las lágrimas de los dioses cayeron sobre él y sobre su ejército roto. Zeus aulló en el cielo. Su luz hizo mella en las tinieblas… pero nada cambió. El mundo se detuvo; era un mundo más oscuro y falto de esperanza. La humanidad sucumbió sin que los dioses pudieran hacer nada por ellos. No hubo nada más que dolor, lágrimas y tristeza. Las sombras habían ganado.

La espada de luz, caída y rota, seguía brillando. Su luz era cada vez más escueta, menos radiante… agonizante. Por fin, se apagó…

Phineas despertó con un grito. Su garganta estaba seca y su cuerpo estaba bañado de una capa de sudor frío. Solo cuando el viento cálido de la tarde acarició su rostro se dio cuenta de que todo había sido un sueño.

— ¡Señora! ¡¿Estás bien? — una esclava se acercó presta para ayudarla. Sin embargo, la sacerdotisa la retiró de inmediato con un grácil movimiento de su mano.

— Si, vete.

Se sentó sobre el kliné mientras luchaba por recuperar la respiración. Sus dedos acariciaron la cintilla de tela que cubría las cuencas vacías de sus ojos. Por primera vez en todos esos días, extrañó su vista. Cuanto hubiera querido ver el Sol para olvidarse de mundo de tinieblas. Anhelaba confirmar con sus propios ojos que el mundo oscuro de sus sueños aún no había llegado.

Había pasado demasiado tiempo dormida, atrapada en pesadillas. Una tras otra. Y cuando despertó de su larga agonía, los santos de Athena se habían marchado y ella había fallado a su promesa de ayudarles. Se preguntó si sería capaz de hacerlo en semejante estado.

Apolo susurraba a sus oídos, pero poco podía hacer para cambiar la historia que contemplaba. Ahora, sin la bendición de sus ojos, estaba condenada a mirar nada más que sueños, o pesadillas, de mundos que nunca alcanzaría a ver por si misma.

-2-

Apolo estaba tan quieto que parecía una estatua más en medio de aquel jardín repleto de flores doradas. Salvo por algún pestañeo o el sutil movimiento de su pecho al respirar, no hubo reacción de su parte.

Había escuchado pacientemente cada detalle de las acciones de Hermes y Artemisa, y ni una vez había chistado. Había partes que le había resultado difíciles de creer y otras demasiado obvias. Para empezar, ¿cómo demonios habían podido aliarse dos personas tan diferentes como lo eran su gemela y el dios mensajero? Nunca nadie en el Olimpo parecía ponerse de acuerdo y esos dos no eran la excepción. Aún así, muy a su pesar, lo habían conseguido y las consecuencias eran peores de lo que había pensado.

Descubrió también que el espíritu del gigante cazador había sido liberado por Hermes de la misma forma que el de los santos de Athena. Eso fue lo que más le preocupó.

Había sido lo suficientemente complicado librarse de él en la primera ocasión como para tener que hacerlo de nuevo. Artemisa lo había metido en el cuerpo de alguno de esos dos chicos, por lo que podía asumir que uno de los dos estaba perdido. Athena no iba a estar nada contenta. Si sus planes habían sido devolverle a sus guerreros con la condición de no levantar la mano contra Artemisa, Apolo no tenía le menor idea de cómo la mantendría en paz si solo le regresaba a uno.

Pensó en los medallones que guardaba en las entrañas de su templo, aquellos que brillaban con el cosmos de la diosa de la sabiduría. ¿Hasta que punto le serían de utilidad para devolver al muchacho perdido? Sería su poder sumado al de Athena, quizás incluso el poder de Hermes. Pero, ¿bastaría?

— Hay un detalle más. — Apolo no se movió. Era un último pormenor que el mismo Hermes no terminaba de entender pero en el que Artemisa había puesto principal atención. — Además del cazador, hubo tres almas más que fueron sacadas del Inframundo: tres niños de una villa que ardió bajo las órdenes de Hades.

— ¿Niños?

— Pequeños. No había nada de especial en ellos, eso puedo asegurártelo. — encogió los hombros.

— ¿Qué planea con ellos?

— Lo ignoro.

Podía ser nada o podían ser vitales. Sin embargo, el dios del Sol no le encontraba sentido. ¿Estaría relacionado con sus planes para los protegidos de Athena? ¿Qué significaban esos pequeños?

— Pues, tendrás que averiguarlo. — sentenció.

— ¿Yo?

— ¿Quién sino? — cuando Apolo se puso de pie su larga túnica acarició la hierba verde bajo sus pies. Emprendió el camino con Hermes a sus espaldas. Podía sentir la mirada turquesa sobre él y esperaba que pronto las palabras salieran de sus labios, en forma de queja. Obviamente, no estaba dispuesto a prestarle ninguna atención ni tampoco a ceder bajo sus reproches. — Antes de que digas algo más, tú eres el único al que ella le diría lo que planea. Has sido su cómplice desde el principio, así que no debería sentir recelos de confesar lo que ha pensado para esos niños.

— Ya, pero…

— No, no quiero peros. — terció. — Tú le ayudaste a comenzar todo este desastre y eres también tú el que quiere terminarlo. No creas que será tan fácil como pretender que yo haga todo por ti. Viniste a ayudar. Hazlo.

— Maldito seas, Apolo. — masculló, pero no se atrevió a rebatirlo.

— ¿Debo tomar eso como gesto de resignación? — habían entrado ya al suntuoso templo, de techo altos y columnas gruesas.

— Si, si.

— Pues ve, que mi hermana te espera.

Se detuvo y dejó el paso libre para el mensajero. Lo vio caminar frente a él, en busca de la salida del Templo del Sol.

Hermes llevaba un túnica corta, que dejaba al descubierto las alas de sus zapatillas legendarias. Las alas doradas se mecían con cada paso que daba, como si tuvieran vida propia. Eran tan inquietas como su portador y tan mágicas como el mundo en el que se encontraban inmersos.

— ¿Para qué queremos saber sobre los niños? — se paso los dedos por la melena turquesa. Los finos cabellos que caían por encima de sus hombros se revolvieron.

— Quiero estar seguro que los niños no son ningún tipo de plan alternativo. Debemos tener cuidado de no caer en la desesperación. Hay que ser precavidos y cuidadosos. Me temo que mi hermana ha perdido la razón y no se puede confiar en aquellos que han perdido la cordura.

— Ya… y por eso me mandas a mi.

— Deja de ser un crío. — Apolo le miró de soslayo. — Artemisa no va a confiarme nada. Tú, en cambio, eres su cómplice. No tiene motivos para desconfiar de ti.

Nadie confía en nadie en este lugar. — aseveró mientras retomaba el paso hacia la salida.

Sin mirar atrás, ondeó la mano en el aire a forma de despedida. Su figura se perdió entre las sombras de las columnas conforme se acerca a la salida. Cuando estuvo al borde de los escalones, justo entre las estatuas que representaban a las carrozas de fuego con las que Apolo surcaba el cielo, desapareció.

-3-

Frente a sus ojos no había más que un caleta semidesierta, habitada únicamente por una decena de personas. Cuatro casitas de adobe se veían al fondo, encalladas en la piedra rojiza del risco. Un muelle de madera vieja sobresalía de la arena y avanzaba unos cuantos metros dentro del mar. Dos chiquillos y un perro corrían por él. La madera lucía frágil, como si en cualquier momento fuera a quebrarse, pero no lo haría. Las olas no habían conseguido destruir aquel muelle por años, aunque sin duda lo habían puesto a prueba.

La Kyrenia, con todo su tamaño, se deslizó sobre las olas hasta detenerse a su lado. Los amarres cayeron y un par de bogadores hicieron los mismo unos segundos después. Cuando el barco estuvo seguro, más cuerdas descendieron y los tripulantes abandonaron poco a poco el barco.

Los santos y Ganímedes fueron los últimos en desbordar. Bajaron lentamente, atentos a cada detalle que esperaba por ellos en tierra firme. Los pocos habitantes rodearon rápidamente el barco, sorprendidos antes las dimensiones del mismo. Aquel pequeño puerto era hogar de pescadores y las galeras mercantes rara vez arribaban a su humilde muelle. Pero la admiración casi infantil de los pueblerinos era tan grande como la desilusión de los navegantes. En un lugar como aquel, diminuto y perdido, no había posibilidad de encontrar buen vino y tampoco putas dispuestas a alegrarles la noche.

— Bienvenidos al fin de la civilización. — bufó Cara de Asno. Había nacido en un pueblo tan pequeño como aquel, pero desde que se mudase al mar siendo tan solo una adolescente, jamás había vuelto a poner un pie en lo que fuera su hogar. Se había acostumbrado a que su casa era el mar, y como tal, no tenía límites. En medio del barco, surcando los dominios de Poseidón, se había hecho hombre. Sus ojos habían presenciado cosas que pocos verían en una vida entera; tantas, que a veces se olvidaba que existían sitios como ese. — Será divertido para los que se queden. — agregó con un dejo de desdén.

— Maldito seas. — musitó otro marino, apenas era un chiquillo.

— Deja la aventura para los hombres de verdad, rapaz. — la estruendosa carcajada de Bias se abrió paso entre las demás voces. — Los niños y los viejos deben quedarse junto a la Kyrenia. Son órdenes del capitán.

El chico pateó un guijarro y desapareció cuando uno de los marinos gritó su nombre entre maldiciones. Todavía había mucho que hacer como para tomar un descanso.

— ¡Tierra firme! ¡Al fin! — Milo exclamó. Respiró lo más fuerte que pudo, aunque el viento seguía repleto del olor del océano. Un hombre fornido, casi tan alto como Aldebarán, pasó a su lado y le empujó por accidente. Poco faltó para que el escorpión dorado terminara cayendo por un costado del muelle. — ¡Oye!

— No te caigas, bicho. — la mano de Kanon alcanzó a sujetarlo. Cuando se hubo asegurado de que la integridad del santo de Escorpio estaba completa, le dejó ir y pasó a su lado, hacia la arena de la playa.

Los demás que venían detrás le siguieron con la mirada, hasta cierto punto desconcertados. Había hablado. ¡Kanon había hablado! Un milagro de los dioses que les habían acompañado hasta ahí.

— ¿Ya habla contigo? — Milo miró hacia Camus, quien le hablaba.

— Siempre ha hablado conmigo. — se encogió de hombros y continuó su camino. — Además, le he hecho un obsequio.

— Comprendo ahora. ¿Qué clase de obsequio?

— No seas chismoso, Camus. — se carcajeó. — Te darás cuenta cuando lo veas.

Camus de Acuario frunció el ceño. Dos cosas nunca sería en la vida: chismoso y curioso; y Milo acababa de acusarlo de ambas.

Sin hacer mayor escándalo siguió a su amigo hasta la playa, en busca de un poco de sombra. El Sol estaba en su cenit y no perdonaba a ninguna criatura que estuviera por debajo de él. Los demás no tardaron en unírseles. Cualquier poco de sombra era bienvenido en un día en que el astro rey era especialmente cruel con los hombres.

— Daré órdenes a la tripulación que tenga que quedarse y saldremos hacia el Este tan pronto sea posible. — les dijo Ganímedes. Se sacudió la espesa barba y se rascó la cabeza con insistencia. — Tendremos que caminar. En el siguiente poblado quizás podamos conseguir caballos. Mientras tanto, iremos a pie.

— ¿Vendrás con nosotros? — Dohko cuestionó. Ya lo habían discutido antes, pero el santo de Libra tenía la esperanza de que el viejo desistiera. No quería ponerles en peligro. No quería que nada malo les sucediera.

— Yo y un puñado de nosotros. Te lo dije, Dohko. Iremos con ustedes y ayudaremos en todo lo que podamos. La aventura está en la sangre de este viejo lobo de mar. — rió y su panza prominente tembló al hacerlo. — Los huesos anquilosados necesitan un poco de acción.

Dohko tuvo que tragarse sus preocupaciones y no protestar más. En realidad, no tenía sentido hacerlo. Nada de lo que dijese iba a persuadirlos de quedarse. Y, aunque no lo admitiese, le aliviaba tenerlos cerca. No era solo su presencia, sino era también esa brisa fresca que traía su humor y sus bromas. De no haber sido por Ganímedes, por Bias y por todos los demás, el chino estaba seguro de que el camino de regreso hubiera sido penoso y sumamente duro para todos.

Le tendió la mano y el capitán la estrechó. Sonrió, con la boca llena de huecos, pero pareció no importar ante la sinceridad de su risa.

Detrás de él, Bias apareció nuevamente. Llevaba un enorme morral bajo el brazo, repleto a saber de qué. Se abrió paso entre la gente y se aproximó al grupo, donde ser permitió descansar un segundo sobre la arena. Se sacó las sandalias y se limpió los pies, en un gesto innecesario porque rápidamente volvieron a impregnarse de arena.

— ¿Qué llevas ahí? — Mu formuló la pregunta que todos callaban.

— Provisiones para el camino. — respondió con rapidez. — Unas cuantas frutas, un poco de pan negro, un par de pellejos de agua y varios más de vino. — y era justo decir que las frutas estaban secas o podridas, las hogazas de pan tenían rastro de moho sobre la corteza; y el agua de los pellejos seguramente estaría rancia. De todo, lo único rescatable sería el vino.

— ¿Qué tan lejos está la aldea donde conseguiremos las monturas? — Saga cuestionó.

— Los viejos dicen que estaremos ahí antes del anochecer. Yo creo que antes. — espetó Ganímedes mientras mordía un higo seco. Lo escupió de inmediato. Estaba podrido. — Si los viejos pueden llegar ahí en ese tiempo, un montón de piernas fuertes como las nuestras podrán recorrer el camino mucho más rápido.

— ¿Y cómo vamos a conseguir los caballos? Ningún aldeano, loco o cuerdo, nos prestará tantos corceles para ir en búsqueda de las aves de Ares. Tampoco podemos asegurar que se los regresaremos vivos.

— Shaka está en lo cierto. — el gemelo mayor rompió una tira de tela de su túnica y ató su larga melena en una coleta alta. La caricia del viento contra su cuello ahuyentó por un instante al agobiante calor del medio día. — Tendremos que comprarlos o robarlos.

— ¡Los héroes no roban!

— Cierra el hocico, Bias. Nadie robará nada. Compraremos esas monturas.

— Siento ser un aguafiestas, pero… — Aioros sonrió nerviosamente. Desprendió la bolsita de cuero que llevaba colgando de su cinturón, la abrió y vertió el contenido sobre su mano. Unas pocas monedas doradas brillaron bajo la luz del Sol. — …ya no tenemos dinero.

— ¡¿Y en qué demonios te has gastado el maldito oro si hemos tenido que cazar ardillas para comer en este viaje, arquero?

— Kanon, dime que no te comiste a Estofado. — el castaño ignoró su pregunta. Miró al geminiano con reproche, mientras que a su lado, Saga casi hizo lo mismo.

— No sé si era Estofado, pero no oí a ninguno de los dos quejarse cuando se las serví con el puchero. — los ojos, azules para Aioros y verdes para Saga, se abrieron con incredulidad.

— ¡¿Hiciste que nos comiéramos a Estofado? — Kanon sonrió, sardónico, antes las quejas de Aioros.

— Era una ardilla gorda y sabrosa.

— Maldición, Kanon. — el arquero bufó, pero se dio por vencido. Giró sobre sus talones y se dio la vuelta, dispuesto a buscar un mejor refugio del Sol.

Saga hizo lo mismo, aunque al momento de girarse, alcanzó a mirar dentro de la bolsa de Kanon por el rabillo del ojo. Se respingó al descubrir lo que contenía.

— ¿Y eso? — preguntó, dispuesto a obtener una respuesta. Su dedo apuntó hacia la túnica negra que se asomaba por fuera del morral.

— Milo me la obsequió.

— ¿Milo hizo qué? — estaba seguro que de pronto había palidecido.

— Me la regaló.

— ¡Cómo una muestra de afecto! — intervino el tercer peliazul. Ensanchó su sonrisa lo más que pudo, tratando de ganarse la aprobación de Saga. Pero al verlo fruncir el ceño, supo que no lo había conseguido. El escorpión tragó saliva. — Me pareció un buen gesto. — carraspeó.

Sin embargo, Saga no le prestó mayor atención. Siguió hasta Aioros un poco más allá y se dejó caer a su lado. Frunció aún más el ceño cuando el castaño sonrió al verlo. Lo sabía, estaba seguro de lo que seguía. "Te lo dije," y Saga no estaba dispuesto a escucharlo.

— Calla. — gruñó.

— Esto se pondrá bueno. — Aioros ahogó una risa.

— Si, será de lo más gracioso cuando Kanon me arranque la cabeza. — volvió a gruñir.

— ¡Oh! ¡Pero habrá la valido la pena!

La mano de Saga se estrelló contra la nunca de su amigo, revolviendo aún más los traviesos rizos castaños. El manotazo hizo también escapar la carcajada traicionera que Aioros no pudo contener por más tiempo. Saga le golpeó de nuevo. Su juego había pasado de ser divertido, a ser peligroso. Pero, la parte irracional de él sonreía en sus adentros. Kanon curtido en negro sería una visión digna de no ser olvidada jamás.

-4-

Sentía el palpitar de su propia sangre en las sienes mientras la oleada de dolor aturdía todavía a su cerebro. No es que hubiera pensado que podría salir ileso de su última ocurrencia, pero si era sincero, tampoco esperaba que su cráneo amenazara con explotar en cualquier momento de la forma en que lo hacía. Había bebido un poco de agua y tratado de mantener los ojos cerrados a petición de Aioria. El león esperaba que así disminuyera el malestar. Sin embargo, no había funcionado.

Maldijo cuando el castaño lo dejó caer bruscamente sobre la hierba. Sus ojos azules le miraron con fiereza mientras Aioria se limitaba a sonreír atropelladamente. Si esa era su manera de cuidarle, entonces casi prefería tenerlo lejos.

— ¡Joder, gato! El culo va a quedarme morado después de eso. La próxima vez que me cargues de un lado a otro como un vil muñeco ten la delicadeza de tratarme bien. Imagínate que soy esa aguililla tuya de la que tanto presumes. — ladró. — A qué su lindo trasero jamás tocaría el piso con tanta brusquedad como el mío, ¿cierto?

— Maldito seas, cangrejo. — Aioria meneó la cabeza mientras la imagen descrita por su amigo rondaba en su cabeza y un escalofrío lo estremecía. — Si llego a pensar en eso, jamás en mi vida volveré a tocarla.

Cáncer soltó una risa desparpajada. Hubiese sido mucho más divertido si tuviera la suficiente fuerza como para levantarse y propinar una patada al santo de Leo que le dejara el trasero tan amoratado como el suyo. Pero su suerte era tan escasa, que reírse ya era toda una proeza, considerando lo débil que se sentía.

Los fuegos fatuos habían arrasado con todo, incluida su fuerza. Desde que el espejismo de la hespéride se esfumase, lo único que los niños, Aioria y él habían podido hacer, era huir y esconderse. Eventualmente, como siempre solía sucederles, la buena suerte iba a terminárseles y se las verían cara a cara con el maldito dragón que rondaba por el gran jardín. Era cuestión de tiempo y de preguntarse cual de las cien cabezas terminaría por comerse a cada uno. Algo había que decir y es que, terminar el estómago de un bicho gigante, por más mítico que pudiera ser, no estaba dentro de los planes de Máscara de Muerte. Aunque, si le preguntaban, prefería que dijeran que había muerto en las fauces de un dragón, que bajo los colmillos de un jabalí. Había algo humillante en perecer bajo las pezuñas gordas de un cerdo sobrealimentado.

— ¿Qué tan lejos está el árbol de las manzanas de oro?

— Lo suficiente como para ser engullidos por una lagartija gigante en el camino. — Nix respondió a Corban. Bebió un sorbo del pellejo y lo cedió a Altair para que también saciara su sed. Era la primera vez que se habían detenido a descansar desde que consiguieran librarse de la última hespéride y estaban agotados de correr todo el tiempo. Su garganta estaba seca y le picaba. El agua fresca calmó momentáneamente las molestias.

— Aioria, maestro, ¿creen que de verdad exista Ladón? — los santos intercambiaron miradas. Hubieran querido responder de manera diferente, pero no podían. En honor a la verdad, habían visto tantas cosas desde su llegada a la Edad del Mito, que pensar en Ladón como una fantasía, sería mentirle a los niños.

— Si. — respondieron a la vez. No eran necesarios los rodeos.

Aioria apartó los flequillos humedecidos con sudor de su frente y se dejó caer al lado de su compañero de Orden. Esperó con paciencia hasta que fuese su turno de beber mientras sopesaba el siguiente movimiento. Hasta ahora se habían movido sin sentido, corriendo de un lado a otro con la esperanza de seguir el camino correcto. También, hasta ese momento, nadie los había seguido ni atacado. Nadie… y eso era lo realmente preocupante.

Si sus pasos los estuvieran guiando por el camino correcto, seguramente se habrían cruzado ya con el dragón o con cualquier enemigo que les tapara el paso.

Soplaba una ligera brisa del Sur, pero el aire era cálido y seco, no como el del Mediterráneo. Por momentos era asfixiante, por lo que Aioira no podía sacarse de la cabeza que aquel viento árido provenía de las fauces de Ladón. ¿Sería que los dragones respiraban fuego como en los cuentos para niños?

— No tenemos mucho tiempo para descansar. — Máscara de Muerte aprobó su comentario. — ¿Crees que vamos por el camino correcto?

— Sé tanto como tú. No más.

— ¿Deberíamos seguir por el mismo camino? Tanta tranquilidad me pone los nervios de punta.

— Cuando aparezca el dragón vas a quejarte todavía más. Te lo aseguro.

— Espero que me dé tiempo de hacerlo. — bufó, tras una risa nerviosa. — Venga, ¿puedes caminar? ¿O todavía tengo que cargarte? Me llamas "gato gordo" todo el tiempo, pero el gordo eres tú.

Ángelo lo maldijo por enésima ocasión pero no rechazó la mano que le tendió como apoyo para mantenerse en pie. Dio un par de pasos, inseguros y temblorosos. Todavía estaba demasiado débil. Sin embargo, su orgullo le sacó adelante. Sus huellas se dibujaron sobre el pasto verde, seguidas de las del resto del grupo.

— Andando. El dragón debe tener hambre. Seguramente estará esperando por un bocado. — les dijo.

Hubiera querido avanzar más rápido, pero sus piernas se habían propuesto llevarle la contraria. En realidad no le importaba. No estrellar la boca en el suelo le bastaba.

El trío de niños marchaba detrás. Las voces y la algarabía que mostraban al principio se había extinguido, dejando solamente susurros y suspiros ahogados. Lucían agotados. Los días anteriores habían sido más que difíciles y el resultado se dibujaba en sus rostros. Ya no había gestos de picardía, sino de nerviosismo. Sus sonrisas se habían borrado mientras las muecas de resignación las habían reemplazado. De pronto, ya no había inocencia en ellos. Igual que sucedía con los niños del Santuario, se las estaban arrancando de a poco.

La lucha por la supervivencia había hecho que Máscara de Muerte se olvidara por ratos del dilema sobre ellos. Quería salvarles la vida, por encima de la suya incluso, pero, ¿cómo salvar a alguien que ya estaba muerto?

Se preguntó que estaría haciendo la maldita de Artemisa. ¿Estaría siquiera pensando en ellos? Con seguridad, no. Para la diosa, no eran más que juguetes con los cuales pasar un rato de diversión. Lo que sucediera o dejara de suceder con sus vidas, le era irrelevante. Al final, todo se reduciría a la conveniencia de ella: si eran útiles, les conservaría; si no, se desharía de ellos como un par de trapos sucios… Quizás conservaría a Aioria como esclavo sexual hasta que descubriera que Orión había desaparecido del todo o hasta que el gato decidiera matarse. Lo que sucediera primero.

Los chicos eran pura diversión, eran un capricho. En el instante en que la diosa de la Luna descubriese que se necesitaba de algo más que unos pocos guerreros para ser fuerte, también los desecharía.

Confiaba en que al menos Matti tuviera la decencia de esperar por él en el Más Allá. Tendrían mucho que charlar. Seguramente sería entretenido. Con un poco de suerte podrían comparar muertes y quizás su historia fuera la mejor. Después de todo, casi había muerto dos veces; y ser despedazado por un jabalí y devorado por un dragón sin lugar a dudas eran dos peculiares formas de morir.

Bah… con verle y hablar de nuevo le bastaría.

Entonces, cuando el suelo tembló bajo sus pies, se detuvieron. Miraron en todas direcciones, hacia el cielo, entre los árboles, pero no vieron nada. El temblor volvió a sentirse. Las piedras brincaron y las hojas de los árboles se sacudieron. A lo lejos, una parvada de aves levantó el vuelo entre graznidos.

Y después, una calma absoluta invadió el huerto sagrado.

-5-

Las voces masculinas resonaban en la habitación, intentando acallarse o superarse entre ellas, pero sin ningún éxito. Atenta, la mirada de la joven diosa iba y venía por sus rostros. Los ojos grises escudriñaban cada gesto, cada mueca y sus oídos escuchaban atentamente cada palabra.

Athena siempre había tenido aprecio a sus capitanes de ejército. Los había escogido cuidadosamente, tomando en cuenta su conocimiento y experiencia en el arte de la guerra. Todos ellos podían jactarse de ser élite: los mejores entre los mejores. A diferencia de Ares, Athena era una diosa que creía que las guerras se ganaban con inteligencia, más que con miedo y rabia. Cada uno de sus líderes compartía su ideología, ella se había asegurado de que así fuera. Sin embargo, la noticia sobre el aprisionamiento de Ares había corrido como un reguero de pólvora entre sus huestes. Habían bastado unos pocos días para que todo su ejército hablara de ello y para que cada quien tuviera una opinión al respecto.

Algunos celebraron la victoria de su diosa, y Athena los acusó de imprudentes. Otros maldijeron el momento y temieron a los días venideros así como a la venganza del dios; la morena vio cobardía en ellos. Los últimos prefirieron callar y aguardar por los hechos.

— ¡Mi señora, debemos prepararnos! — Néstor, el mayor y más confiable para la diosa, habló. — No faltarán enemigos que quieran liberarle para empañar su victoria.

— Mi victoria es lo que menos me preocupa, Néstor. — la voz de la diosa se oyó clara y segura, sin necesidad de gritos. — Son mis santos lo que importan en este momento. Con los dioses en su contra, se encuentran profundamente vulnerables. He perdido a tres de ellos ya. — su tono se tiñó de tristeza. — No quiero sacrificar a ninguno más.

— Debiste dejarnos marchar a su lado. — con todos sus años, el viejo Néstor no era un hombre cobarde y mucho menos egoísta. Athena sabía que si ella le pedía sacrificar su vida por la de ellos, lo haría sin pestañear siquiera. Por eso le tenía tanto aprecio.

— Te necesito aquí, junto con todo tu ejército. Lo peor está aún por venir. Habrá tiempo suficiente para prepararnos y ser de ayuda para ellos.

— Pero, mi señora… — otro hombre, un poco más joven que Néstor, pero curtido en cicatrices intervino. — Si enfrentamos a los dioses ahora, tendrán menos tiempo para tornarse aún más peligrosos.

— A los dioses no se les detiene, Albahaca.

— Tú has detenido a uno de ellos.

"Por ahora" pensó. Pero la diosa sabía que cuando Ares fuera libre, las cosas no harían sino empeorar. Bastarían dos minutos para que el cruel dios desmoronara a su ejército entero y dos minutos más para destruir a sus santos; Saga siendo el primero.

— Por ahora me interesa proteger el cuerpo de Ares y su alma. — Athena retomó la palabra. — Hemos tenido indicios de problemas. Afrodita en persona ha acudido a su auxilio.

Un silencio absoluto se apoderó de la habitación. Nadie tenía nada que decir y, siendo sincera, a Athena no le sorprendía. Los hombres amaban a Afrodita lo mismo que la temían. La sensual deidad era quien alegraba sus noches de soledad con besos de amantes dispuestas y era también quien les desarmaba con un sencillo desplante de belleza. Decían que los hombres no podían resistirse a ella, que susurraba a sus corazones y los rendía a su voluntad.

— Señora Athena…

— No hay nada que temer. No les quiero ahí en persona, pero necesito que sus ojos y sus oídos estén atentos. Afrodita no es guerrera por naturaleza, pero se vale de muchos trucos para conseguir sus objetivos. Les he advertido que habrán peligros en el futuro cercano, ahora les pido prudencia y astucia, mis señores.

— Pero, ¿quién queda a cargo de Ares?

— Shion y Herse. — respondió casi de inmediato. Ambos se habían convertido en su principal apoyo en esa guerra. Poseían su confianza absoluta.

— La señora Herse es… una doncella. — murmuró un incrédulo capitán.

— Buenos, las doncellas son inmunes a los dones de Afrodita, ¿no es así? — Athena sonrió. En cualquier otro momento, se hubiera inclinado a favor de la opinión del hombre, pero no más. Sus mujeres eran valientes, más allá de lo que la fuerza les permitiera.

— Y la ninfa…

— Aretha. Su nombre es Aretha, Néstor. — se apresuró a corregirle. — Ella es mis ojos y oídos ahí donde están mis santos.

— ¿Es de tu confianza, señora?

— Así es.

— Que así sea. — Néstor agachó la cabeza en una reverencia, y el resto de sus compañeros le imitaron.

— Cuento también con ustedes. — cuando la diosa se puso de pie, todos la siguieron.

Su peplo voló detrás de ella conforme caminaba hacia la salida. Oyó detrás de si las voces de sus guerreros y el repiqueteo de sus armaduras. Aquel reto, que comenzó como un duelo entre trece mortales y una diosa se parecía más y más a una guerra con el tiempo. Se preguntó como terminaría; e incluso ella, en su absoluta sabiduría no supo la respuesta.

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En algún punto, Ángelo se dio cuenta de que su expresión le estaba traicionando. Lo descubrió cuando el rostro de sus pequeños aprendices mutó en uno de terror. A pesar de todo lo que habían vivido hasta ese punto, jamás les había encontrado tan asustados. Recordó que Aioria y él eran la cabeza. Si alguno de los perdía el control, ¿cómo podían esperar que los niños se mantuvieran fuertes?

Un nuevo gruñido lo devolvió a la realidad, donde la enorme bestia que custodiaba las manzanas del huerto por fin se mostraba frente a ellos.

No era precisamente como lo había imaginado, pero tampoco estaba muy alejado. Era un monstruo de cien cabezas, si; cinco de ellas eran tan grandes como el mismo Máscara de Muerte y las otras eran menores, del tamaño de animales pequeños y otras tan pequeñas como las de una serpiente corriente. Era enorme, eso era indudable. Su cuerpo era largo y escamoso. Terminaba en una cola coronada con un espolón triple. Parecía que reptaba sobre el suelo, como la víbora que era, pero en realidad era sostenido por los cuatro pares de patas que salían de los costados de su cuerpo esbelto.

Rugió de nuevo y ser acercó a ellos con un andar torpe. Su peso y tamaño parecían superarlo. Sin embargo, los santos intuían que, al menor descuido, eso no iba a impedirle atacarlos y, seguramente, destriparlos.

— Atrás. — el italiano empujó a los niños, de forma tal que él quedara por delante de ellos. Aioria hizo lo mismo y ambos se constituyeron en una barrera para mantenerlos a salvo.

— Parece que si seguimos el camino correcto. — tal aseveración era probablemente lo único positivo en lo que Aioria podía pensar.

— Si, eso parece.

Sus ojos buscaron más allá de Ladón, a donde posiblemente encontrarían las frutas doradas que necesitaban para terminar de una vez por todas con eso. Pero no había señal del árbol ni de las manzanas. Aquello les hizo preguntarse si en realidad habían acertado o si el dragón simplemente había aparecido para matarlos.

Las cinco cabezas principales aullaron hacia el cielo y su sonido desató en un escalofrío en ellos. Las cabezas más pequeñas chillaron junto son ellas. El ambiente se cargó de miedo.

— Ángelo…

— Lo sé, Gato. Lo sé. — sabía a que se refería y la pregunta que seguía: "¿Puedes pelear?" — Puedo hacerlo.

"Más vale que así sea." Si Ángelo resultaba incapaz de mantener el ritmo, las cabezas de Ladón terminarían disputando sus huesos.

— Ma-maestro… — chilló Corban. Estaba aterrado, Ángelo lo notaba en el temblor imposible de ocultar de su voz. El santo de Cáncer miró hacia atrás y lo que vio en Nix y Altair no distaba mucho del pánico del más pequeño.

— Váyanse de aquí. — les ordenó. Había pensando que tal vez podrían resistir juntos, pero al verlos presas de sus propios miedos, supo que no podía pedirles más. — Ocúltense en los bosques. Aioria y yo nos encargaremos. — los vio dudar. Estaban paralizados. — ¡Largo!

No hubo remilgos por parte de los más pequeños, sino lo contrario. El grito de su maestro los devolvió a la realidad y salieron huyendo, despavoridos.

Máscara de Muerte los vio desaparecer entre la espesa jungla a sus espaldas y solo entonces se sintió tranquilo. Con ellos lejos, no había porque medirse… aunque tampoco era necesario. Estaba seguro que su cosmos se había mermado tanto que le resultaría difícil pelear como en las veces anteriores. Se preguntó si Aioria sería capaz de invocar la fuerza que mostrara antes. Ojala pudiera hacerlo, porque iban a necesitarla. Hasta la más mínima ayuda que pudieran tener sería agradecida.

— ¿Algún plan?

— Si. — por un momento, la respuesta de Aioria pareció calmarlo. — Cortar cuantas cabezas sea posible.

— Joder, ¡eso no es un plan!

— Pues es lo mejor que tenemos. — no supo si el brillo en los ojos del santo de Leo era el fervor de la batalla inminente o si era el último resplandor de un hombre muerto. Cualquiera que fuera la respuesta, iban a averiguarla juntos.

El monstruoso animal chilló de nuevo, o al menos la mayoría de sus cabezas lo hicieron, mientras sus patas los impulsaban más cerca de los santos. Aioria y Ángelo se prepararon para lo que seguía… lo que fuera que eso significara. No sabían a que se enfrentaban. Aquel mundo de magia y misticismo les había demostrado, de las maneras más crueles, que sus ojos no eran dignos de confianza y sus instintos, tampoco.

Las cinco cabezas principales centraron sus ojos ambarinos en los dos y abrieron sus fauces, mostrando los enormes colmillos. Las escamas púrpuras brillaron bajo la luz que quedaba del día mientras la larga cola se mecía de un lado a otra, inquieta. Rugió, tan fuerte como antes, o más.

Las manos del santo de Cáncer se envolvieron en cosmos y las de Aioria se cerraron en puños. Estaban listos, no querían posponerlo más; así que atacaron. Pero apenas habían avanzado unos metros, cuando se vieron forzados a detenerse. Justo cuando no era posible que las cosas fueran más raras. La Edad del Mito se encargó de recordarles que estaban en su poder.

Las cabezas más pequeñas se retorcieron. Sus cuellos, largos y escamosos, se hicieron jirones. Chillaron como pequeños demonios y su origen oscuro quedó claro en el momento en que, con un crujido espeluznante, rompieron sus vértebras y mordisquearon su propia piel para separarse de su cuerpo. La sangre corrió por su pecho, en forma de hilos de color verdoso. Los trozos de carne cayeron, aun vivos y temblando, en lo que parecía una muerte lenta y agónica.

— ¿Qué significa esto? — el rostro de Aioria evidenciaba su confusión.

— ¡Mantente en tu lugar! No los pierdas de vista.

Ni Leo, ni Cáncer, comprendían lo que estaban observando. Se habían congelado en sus lugares, completamente desconcertados por lo que sucedía. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Qué debían hacer?

El macabro espectáculo les había parecido eterno, aunque en realidad solamente habían transcurrido un par de segundos. El final los dejó todavía más perplejos.

De la muerte surgió la vida. Las cabezas que parecían muertas recobraron fuerzas y sus herida se cerraron para dar paso a un cola terminada en punta. En el cuerpo de Ladón, los cortes que sus colmillos habían ocasionado se resanaron, dando lugar al nacimiento de nuevas cabezas, que vibraban incluso con mayor fervor que las anteriores.

— Jodidos sean los dioses… — murmuró el cangrejo dorado. Una mueca cínica y nerviosa adornó su rostro. — Y ahora quieren jodernos a nosotros.

— Oh, vamos, cangrejo… ya estábamos más que jodidos antes que ellos llegaran.

Una de las viborillas llegó reptando hasta ellos y Máscara de Muerte le asestó un pisotón que la hizo crujir bajo su peso. Chilló y se revolvió hasta convertirse en una mancha sanguinolenta sobre el piso. El movimiento cesó cuando el bicho se rindió. Siseó una última vez y murió.

— ¿Te has fijado que siempre nos tocan los monstruos? — se quejó el peliazul. Se ensañó todavía más con la serpiente muerta, aunque su rabia ya no hacía la diferencia. — Maldita sea.

— Ha de ser porque eres feo.

— Gato estúpido. — le dio un golpe sin ánimo de lastimarle.

Pero la bestia volvió a demandar atención con ayuda de un rugido; y los santos no pudieron negársela. Avanzó hacia ellos con un par de pasos, haciéndolos retroceder. No lo admitieron, pero estaban preocupados.

— Venga, de una vez. Es casi más épico morir bajo las garras de una lagartija a sobrevivir a un cerdo gigante.

Aunque, si lo pensaban bien, ya estaban muertos. ¿Qué más tenían para perder?

-7-

Los ojos de Artemisa destilaban nada más que desdén. Lucía altiva, callada y recelosa. Su boca, rosada y pequeña, estaba fruncida en una mueca de desagrado.

A Hermes le fastidiaba esa faceta suya, sobretodo porque compartían demasiados secretos como para que ahora le despreciara. Cuando le fue útil, se había desvivido en palabras zalameras. Pero ya que lo peor había pasado, la diosa de la Luna se daba el lujo de hacerle de menos.

"Lameculos" pensó.

A pesar de eso, no demostró la rabia que su actitud le causaba. Dos podían jugar el mismo juego, y por donde lo viera, el dios mensajero era mucho mejor en el arte del engaño que la diosa rubia. Era tonta por querer tratarle así. Era todavía más estúpida, por darle la espalda en ese momento. Había algo que Hermes no perdonaba: haberse dejado usar por ella. No entendía como había estado tan ciego como para dejarse manejar a su antojo, ni tampoco cómo la había permitido llevar las riendas del juego.

— No seas tan efusiva en tu recibimiento, querida hermana. — le obsequió una reverencia cargada de sarcasmo. Esperaba que ella lo notara y se viera obligada a hacer lo mismo que él. Artemisa lo dudó, pero ante todo, era un diosa de finas maneras. Así, con dudas, correspondió.

— ¿A qué debo tu honorable visita?

— Directa, ¿no? — soltó una risa burlesca. — En realidad, me apetecía hablar.

— Creí que no teníamos nada más de que hablar. — Artemisa se levantó de su trono y cruzó el salón sin detenerse a su lado. Estaba dispuesta no intercambiar una palabra más con él. Sin embargo, antes de que alcanzara la salida, enmarcada en un arco de madera incrustado con estrellas de oro, una ráfaga de aire pasó junto a ella y, un segundo después, sus ojos se encontraron con Hermes, que la esperaba en la puerta.

— Tú y yo siempre tendremos algo de que hablar. ¡Estamos unidos por un crimen! — festejó, no sin un toque de sarcasmo.

— ¿Crimen? — ella entrecerró los ojos. Su mirada lo retó y se burló de él al mismo tiempo. — No sé de que crimen me hablas, hermano mío.

— ¿La pequeña princesa se ha olvidado tan pronto de nuestro trato?

Su mano apartó un mechón dorado que cayó sobre el rostro de Artemisa. Su mirada la taladraba, se metía hasta el fondo de ella. Podía mentirle al mundo, pero esos vibrantes ojos turquesas le recordaban que no podía mentirse a si misma. Le apartó con un manotazo y le esquivó, deseosa de librarse de su acoso. Caminó sin mirar atrás, lo más rápido que pudo, con la mirada en alto y su túnica meciéndose detrás de ella. Oía los pasos de Hermes tras de sí, pero se forzó a no voltear.

Se detuvo cuando el dios mensajero le obligó a hacerlo. La tomó del brazo y la jaló, deteniendo así su marcha.

— ¿Qué quieres, Hermes? — su miraba exudaba desprecio y su voz lo confirmaba.

— Muero de curiosidad, Artemisa, y eso nunca es bueno para mi. — la rubia trató de zafarse, pero solo se vio envuelta en una pelea a jalones con el otro dios.

— ¿Qué quieres saber? Habla ahora y después márchate.

— ¿Es necesaria tanta hosquedad, mi señora? — la dejó ir. A pesar de su sonrisa, había dejado en claro su punto: demandaría respuestas y llegaría hasta donde tuviera que llegar. — Creí que éramos aliados.

— No hay aliados en este lugar. Deberías saberlo ya.

— Vaya desilusión. — soltó. — Pero dime, ¿dónde están tus huéspedes? ¿Aún siguen por aquí o Apolo ha conseguido arrebatarlos de tu lado?

Por un segundo, creyó que Artemisa no respondería. La vio pasear la mirada nerviosa y rehuir de él. Toda la fanfarronería que había demostrado antes se esfumó, y la gatita impresionable que Hermes conocía regresó a tomar posesión de la rubia. Para sus adentros, sonrió. Era bueno saber que aún existía una chiquilla asustadiza detrás de aquella falsa bravuconería suya.

— No es asunto tuyo. — respondió. La respuesta no le sorprendió, era justamente lo que esperaba. Sus palabras reflejaban su deseo de terminar rápidamente con esa conversación.

— No, no. Estás equivocada. Es mi asunto desde el momento en que me pediste que te ayudara a secuestrar sus almas.

— Dijiste que no harías preguntas. — ella lo enfrentó de nuevo. Las palabras de Hermes parecían haber despertado a la leona que se había acurrucado. — ¡Por eso mismo no tengo ninguna respuesta que darte!

Giró violentamente para continuar su camino, solo hasta que la risa descarada del peliturquesa la hizo detenerse en medio de su rabia desmedida. Sus sentimientos pasaron desapercibidos para el dios, lo cual la hizo enojar aún más. Cada sonrisa o mueca retorcida de su igual la encendía como el viento aviva al fuego.

— ¿Qué has hecho con ellos? Supongo que no les trajiste hasta aquí para terminar de asesinarlos. ¿Me equivoco?

— Está en sus manos vivir o morir, como ha sido desde el principio. — siseó ella. Su ira la había cegado parcialmente. — Si han de vivir, tendrán que luchar por ello. Sino, que Hades acoja su alma en el rincón más oculto del Inframundo. — Hermes frunció el ceño, sin entender del todo lo que significan sus palabras. Ladeó la cabeza y se pensó con detenimiento la siguiente pregunta. Sin embargo, no le fue necesario hablar, porque la misma diosa se le adelantó y continuó. — Están más allá de donde tú puedes encontrarlos, Hermes. Si eres tan astuto, ¿cómo es que no has dado con su paradero? — sentenció con una sonrisa. Sentía que lo había callado, que había ganado el duelo de palabras. Pero, a la vez, se sintió amargada por las implicaciones que sus acciones llevaban.

Podía sentir ningún interés por la vida o el destino de Máscara de Muerte y de los pequeños que le acompañaban, más Orión era quien le hacía pensar con cuidado cada palabra y cada deseo. Le gustara o no, el cazador mítico compartía destino con ellos. Lo que le sucediera a uno, terminaría siendo lo que deparaba para el otro.

— ¿Eso es un reto? — el dios no estaba dispuesto a ceder. Era una competencia de egos y el suyo era probablemente más fuerte que el de la diosa de la Luna.

— ¿Crees que lo es? — lo miró fijamente.

— No. Soy demasiado listo para ti… y Hades también lo será. Debo admitirlo, me intriga ver lo que será de ti cuando el Señor del Inframundo reciba de regreso todas las almas con las que jugaste.

— ¿Jugué? Jugamos, querrás decir. Y ni siquiera eso. — admitió la diosa.

— ¡Ah! ¿Y qué hicimos con ellos, Artemisa? ¿Carne de cañón? ¿Para qué? — sus miradas se encontraron y ninguno agachó la suya. Las sostuvieron como reto al otro.

— Solo… probamos su valía. Esos dos vencieron a los dioses una vez, quizás puedan demostrarme que pueden entrar y salir de los dominios de uno sin contratiempos.

Lo rodeó y siguió su camino. Probablemente había hablado de más, pero no le importaba. Si Hermes era tan astuto como se decía, sabría suficiente con eso. Sino, mejor para ella.

A sus espaldas, el dios mensajero decidió dejarla ir. La observó en silencio y con muchas ideas en la cabeza. Una cosa le era obvia: ni los chicos, ni los santos, estaban en ese templo de plata y mármol. Donde fuera que estuvieran, estaban en más peligro de lo que pensaba.

Se rascó la cabeza y abandonó el lugar. Todo el camino de regreso pensaría al respecto. La respuesta estaba ahí, justo frente a él. Solo necesitaba mirar con un poco más de calma.

-8-

La pequeña esfera de cosmos explotó con fuerza y devastó la carne a su paso. Una mezcla de carne oscura y sangre verdosa corrió por el cuerpo del animal mientras su garganta liberaba un grito tan temible como doloroso. Una cabeza cayó pesadamente al suelo, aún retorciéndose y abriendo la boca como último instinto. El resto de ellas, sisearon con fuerza y mostraron los colmillos a sus enemigos.

Aioria y Máscara no retrocedieron. Habían aprendido algo: Ladón era tan vulnerable como cualquiera de ellos; y no pensaban dejar pasar la oportunidad de sobrepasarle.

Los dioses estaban a su favor ese día, eso era indudable. Además de las debilidades del dragón, habían descubierto que las habilidades de Orión seguían vigentes en el santo de Leo. La fuerza estaba ahí aún y la velocidad también. Bastaba uno de sus golpes para intimidar al monstruo y el cosmos de Ángelo para rematarlo. De una forma bizarra e inexplicable, el destino se había encargado de que se convirtieran en un buen dúo.

— Esto es asqueroso. — masculló el león dorado. Sus manos estaban cubiertas de aquel líquido viscoso que hacía de sangre para el dragón y su ropa también estaba manchada con ello.

— Ya lo decía… todos ustedes son un montón de quejicas. Un poco de sangre y comienzan a lloriquear su desgracia. Pues vale, Gato, ten un poco más de orgullo y cierra el hocico.

Aioria sonrió. Quizás no le gustara admitirlo, pero las bromas oscuras de Máscara de Muerte le parecían cada vez más divertidas. Le miró de soslayo y, por un segundo, se sintió tranquilo a pesar de que el mundo se les caía encima. Pensó que, pasara lo que pasara, al final había sido bueno conocerle y poder llamarle amigo.

Se preguntó si el santo de Cáncer pensaba igual. ¿Le había llegado a apreciar de la misma forma? También pensó en aquel día en que le encontró ausente, perdido en la desaparición de Afrodita. Nunca antes había pensado en la amistad que esos dos compartían y, ciertamente, esa demostración de sentimientos le habían dejado pensando en que, debajo de toda esa hosquedad, Ángelo era un tipo que sufría igual que todos ellos. ¿Se habría dado cuenta Afrodita de ello antes de partir?

No hubo tiempo para más reflexiones, puesto que la enorme cola de Ladón se batió contra ellos. Ambos rodaron por el piso, en direcciones opuestas, pero se libraron de un golpe casi seguro.

Ladón estaba furioso.

Las cabezas que había liberado se encontraba sobre el suelo, despedazadas a manos de los santos. Las nuevas cabezas pequeñas junto con las grandes que restaban, aullaban rabiosas en espera de venganza. Su sangre corría y su largo cuerpo se movía como una serpiente ansiosa de clavar los colmillos. El espolón de la cola iba y venía, amenazante y mortal. Un mal golpe y las espinas terminarían por destrozarles el cuerpo.

La buena noticia era que, a diferencia de las más pequeñas, la cabeza principal que habían conseguido arrancar no había vuelto a formarse. Por donde lo vieron, esa era una pequeña bendición a su favor.

El dragón rugió y su cola cayó pesadamente justo entre Ángelo y Aioria. Los santos lo esquivaron mientras se preparaban para el siguiente movimiento. Les había funcionado la primera vez, así que usarían la misma fórmula. Aioria se movió lo más rápido que pudo hacia su derecha y atrajo la atención de la bestia. Decenas de pares de ojos ambarinos le miraron con odio, dispuesto a terminar con él a como diera lugar. Las cabezas pequeñas, distribuidas como verrugas por la parte superior de su cuerpo, sisearon con ansiedad. Volvieron a retorcerse y a chillar para liberarse. Mientras lo hacían, las mandíbulas de las principales se abrieron y sus lenguas bífidas se dejaron ver.

Por fin, una de ellas se animó a atacarle. Se movió con rapidez y lanzó la mordida hacia el santo. Aioria la esquivó. Los colmillos de la bestia chocaron contra el piso, dándole al santo de Leo el tiempo necesario para pillarle.

— ¡Ahora! — le gritó a Máscara de Muerte.

El peliazul asintió. Hizo crecer dos esferas de cosmos cerúleo en sus manos que salieron disparadas contra la cabeza que tenían atrapada. El animal rugió. La carne del cuello se escoció por la cosmoenergía y, en un abrir y cerrar de ojos, la sangre viscosa comenzó a correr por la extremidad amputada.

— Dos menos. — murmuró para si mismo mientras su pie se estampaba contra una de las pequeñas serpientes que había reptado hasta él.

— Faltan tres. — otro de los bichos murió cuando Aioria imitó a Ángelo. — Joder, son molestos.

El pequeño ejército de viborillas oscuras se arrastraba en dirección a ellos, pero no había disciplina entre ellas. Algunas les atacaban directamente, otras se extraviaban por el camino y, algunas más, terminaban mordisqueándose entre ellas.

Tuvieron que cuidarse de un par de embates más de Ladón, que aullaba entre cólera y dolor. Cola, piernas o cabezas; cualquiera era bueno para terminar con ese par de molestos intrusos. La cola estuvo cerca de golpear el brazo de Aioria un par de veces e hizo trastabillar a Ángelo en otras dos. Las serpientes eran un estorbo más que cualquier cosa. Se metían entre sus pies y lanzaban dentelladas molestas con sus colmillos afilados. Las agujas de sus colas intentaban clavarse en sus piernas y, cuando lo conseguían, provocaban un dolor agudo.

— Malditas bestias. — la paciencia, escasa de por si, del italiano iba en decremento. No iba a soportarlo más. — ¡Fuegos fatuos!

Las almas ardiendo en fuego azul volaron por todo el lugar. Sus gritos resonaron como el eco, opacados solamente por el sonido de su energía que se quemaba. Devoraron todo a su paso. Nada dejaron atrás.

Su presencia hizo enojar aún más al dragón. Sus múltiples hocicos intentaron darles caza, sin éxito alguno. Los fuegos desaparecían entre sus dientes, dejando solamente el humo azul detrás de ellos, pero a los muertos no se les podía herir, así que la ventaja era para Máscara de Muerte y su danza de almas.

-9-

Se habían trepado a un árbol, desde donde la vista resultaba de lo más impresionante. Podían ver al dragón, retorciéndose y atacando a cualquier cosa que se moviera; y también veían a su maestro y a Aioria, defendiéndose y haciendo daño cuando les era posible. Podían ver las manchas de sangre verde y oxidada sobre la tierra.

Los muñones que las cabezas caídas habían dejado en el cuerpo de la bestia lucían grotescos. Supuraban ese líquido espeso que era como sangre para Ladón y la carne, de un color oscuro, caía a jirones por los lados. Cada vez que se movía, la mancha sanguinolenta corría más y más, salpicando árboles, piedras y todo en los alrededores. La enorme cola, con el espolón en la punta, derribó unos pocos árboles al mecerse con furia. La madera de los troncos crujió mientras caían pesadamente. Afortunadamente, el árbol en que ellos se refugiaban estaba lejos y les mantenía a salvo de la destrucción.

— Debimos quedarnos. — Nix se mordió los labios. Sus ojos rosas iban y venían, derramando ansiedad en cada mirada. — Hubiésemos podido ayudar.

— Quizás debemos volver. ¡Aún podemos hacer algo!

— Pero… — Corban miró a su hermano mayor. "Tengo miedo," quiso decir; pero calló.

Un nuevo estallido los hizo prestar atención a la batalla. Aioria y Ángelo había intentando arrancar una cabeza más, pero no lo habían conseguido. El cuello le sangraba, pero aún tenía tres cabezas. Sus fauces se habían vuelto aún más agresivas, en un intento de vengar las afrentas que se habían cometido en su contra.

Aioria tuvo que retroceder y, por un momento, le perdieron de vista entre los árboles caídos. Ladón, a diferencia de ellos, todavía lo tenía en la mira. Dio vuelta a su pesado cuerpo, ignorando por completo a Máscara de Muerte. Caminó encima de los árboles, como si no le importara que las ramas se le clavaran entre las escamas. Buscó entre las hojas, volcando los troncos rotos una vez más con la fuerza de sus mandíbulas.

No alcanzaban a ver al león. Sin embargo, sabían que estaba ahí; lo sabían por la forma en que Ladón rebuscaba, por la forma en que se retorcían entre su propio desastre y por la forma en que ignoraba a Ángelo. A su paso, dejaba un rastro de sangre y de muerte. Conforme avanzaba, él mismo se encarga de asesinar bajo sus poderosas patas a los pequeños seres que surgían de su cabeza.

— Por los dioses, va a alcanzarlo. — musitó Altair.

Antes de que Ladón consiguiera su objetivo, un nuevo golpe del italiano lo hizo chillar. Su puño, forrado en cosmos, le impactó, hiriendo a otra de las cabezas principales. Debió golpearle con demasiada fuerza, porque el líquido verde brincó por todas partes.

— Eso es asqueroso. — Nix arrugó la nariz y desvió la mirada. — Ese monstruo está llenando todo de…

No había terminado de hablar cuando un resplandor dorado se encendió cerca del dragón. El aura teñida con los colores del oro se abrió pasó entre el bosque herido. Se alzó hacia el cielo, como una columna de luz.

De entre el verde del bosque, surgió un polvo dorado. Uno de los árboles mutó, como si el otoño cayera de repente sobre él. Sus hojas, hasta entonces verdes, se tiñeron de rojo y de tonalidades cafés. El tronco se volvió más ancho y sus raíces más profundas. De las ramas, surgieron capullos. Los capullos brotaron y se convirtieron en flores blancas que después se marchitaron. En su lugar quedó aquello que habían buscado, la razón de sus penurias: las manzanas doradas del huerto de las Hespérides.

-10-

La villa les había dado algo más que monturas: les había provisto de comida, bebida y un techo bajo el cual pasar la noche. Era solo un establo, pero estaba limpio y el olor del heno resultaba agradablemente diferente al del mar. Ahí, en medio de la nada, no eran santos, ni guerreros; no eran héroes, ni tampoco aves de desgracia. Eran solamente hombres comunes y corrientes, como el resto de ellos.

— ¿Es normal que el heno resulte tan cómodo? — Milo, tendido sobre las fibras de hierba seca, perdió la mirada en el techo de madera. Camus, a su lado, no respondió.

Era una construcción austera, vieja. Los tablones de madera dejaban ranuras entre ellos a través de las cuales se veía el cielo oscuro de la noche. No había luna esa noche, pero las estrellas brillaban con más fuerza que nunca. De vez en cuando, una rata cruzaba a toda velocidad por el entablillado, siempre con una hebra de heno en el hocico. En un par de ocasiones, el roedor miró hacia abajo y movió los bigotes. Al darse cuenta de que eran inofensivos, seguía su camino.

"Tu pariente, Estofado, seguramente se lo hubiera pensado dos veces antes de mirarnos así" pensó Milo. No conocía a la desdichada ardilla, pero tenía que admitir que actuaría igual que Kanon si las tripas le pidieran a gritos algo de comida.

Afortunadamente, su estómago estaba satisfecho. Ese día habían cenado cordero asado, que les supo a gloria. Estaba seguro que si probaban un trozo más de pescado, les saldrían aletas. Los peces les habían matado el hambre por muchos días, pero no estaba mal variar. El vino, aunque común, supo mejor que muchos de los más caros que había bebido en otros momentos. Y el pan, ¡el pan! De avena, suave y aún caliente cuando les fue servido. Le acusarían de exagerado si lo dijera en voz alta, pero esa había sido la mejor cena de su vida.

Se acurrucó contra un montón de forraje y se cubrió con la manta gastada que el viejo de la casa les había facilitado. Cerró los ojos, dejándose arrullar por el sonido del silencio.

Había una calma absoluta en la aldea. La noche parecía haberlos adormecido a todos. Escuchaba la suave respiración de sus hermanos, dormidos a su lado. El clima era benévolo y los ánimos se apaciguaban de a poco. Había olvidado la última vez que sintiese tanta paz. ¿Cuando había sido? ¿Antes de llegar a esa época? ¿Después de terminar su primera misión? Lo había olvidado. Sin embargo, algo podía asegurar: si es que alguna vez cruzó por su mente, habían sido optimistas en pensar que su viaje sería corto y ligeramente placentero.

-11-

Para cuando llegó al Templo del Sol, Hermes todavía sentía la rabia palpitando en sus sienes. Irrumpió en el salón principal, sin tomarse la molestia de anunciar su presencia. Iban a importarle poco los reclamos de Apolo y aún menos lo que tuviera que decirle. Después de todo, Artemisa había hecho todo lo posible porque el resto del día le supiera amargo.

— ¡Está decidido! — anunció su llegada con un grito que se repitió en el eco del salón. — ¡No hay forma en que vuelvas a enviarme ahí!

Apolo levantó la mirada, clavándola en él. Su mirada, como en tantas ocasiones, no decía nada… y su boca tampoco. Se quedó ahí, impávido, solo observando; desmenuzando cada palabra, cada gesto y cada emoción de su compañero.

Hermes detestaba esa actitud, como a pocas cosas. Apolo y él eran lados opuestos de una moneda. El uno era un puño de emociones, y el otro, de hielo.

— ¿No has conseguido ninguna información?

— Tú eres el dios vidente. ¿Por qué no me dices? — la respuesta le había salido de los labios con demasiada premura. Era tarde para arrepentirse. Chasqueó la lengua y esperó la respuesta del otro dios, resultándole eterno el tiempo que se tomó, igual que su indiferencia.

— Sígueme. — fue todo lo dijo al final.

Sin dar crédito, Hermes no tuvo más remedio que obedecerle.

El camino a los aposentos de Apolo fue largo y silencioso. Ninguno de los dos se atrevió a pronunciar palabra. Lo de Hermes era recelo. Lo de Apolo, a los ojos del mensajero, era presunción. Pero, a final de cuentas, les gustara o no, se necesitaban.

Llegaron a la habitación, que a los ojos de Hermes era demasiado oscura para ser la habitación del dios Sol. Las velas ardían taciturnamente mientras la brisa que entraba por la ventana abierta amenazaba con apagarlas a cada soplo. Aún así, Apolo no prestó atención a esos detalles al adentrarse en sus aposentos. Su mente estaba en otras cosas.

Caminó directamente hacia la mesa de madera labrada y tomó un cofre de bronce que descansaba en ella. Acarició la tapa antes de quitar el cerrojo y, por fin, satisfizo la curiosidad del dios peliturquesa al abrirlo. Dentro, los doce dijes de oro hicieron mella en la oscuridad.

— ¿Qué es esto? — el tono de Hermes exigía respuestas.

Esto es la única forma de encontrarlos… y esperemos porque no sea tarde. — temía que Artemisa lo hubiera arruinado todo. La desconocía, no sabía hasta donde sería capaz de llegar con esa locura.

— ¿Qué harás?

— Hacerlos brillar. — dijo.

— ¿Qué?

— Arderán, como el cosmos de sus protegidos, y nos revelarán su paradero. — aseveró de nuevo. — Aunque, a la vez, me temo que dejarán nuestros planes al descubierto; por eso no quería utilizarlos salvo que fuera nuestra última esperanza. Toda vez que los activemos, tanto Athena como Artemisa sabrán que estamos tras el rastro de los santos.

— Jah… menos mal que me avisas. Comenzaré a cuidarme el cuello. — Hermes bufó.

— Hay algo más…

— Por Zeus, me asustas cuando usas ese tono de voz. — Apolo no poseía la voz más alegre del Olimpo, pero cuando lo deseaba, podía poseer la más lúgubre.

— El vínculo entre el cosmos de Artemisa y el de los desaparecidos se extinguirá.

— Eso significa que…

— Sin el cosmos de Artemisa, y no estando ni en el mundo de los muertos ni en el de los vivos, su alma regresara al estado en que ella les encontró.

— Casi muertos.

Casi muertos. — confirmó Apolo, aunque lo de Hermes no había sido una pregunta.

— Maldición. Si mueren, Athena va a meternos ese báculo suyo por el culo.

Apolo pareció no prestarle atención… no lo culpaba. Aquella no era una idea agradable.

Uno a uno fue retirando las joyas del cofre que las protegían y las ordenó en un círculo perfecto sobre su mesa. De Aries a Piscis, las distribuyó de acuerdo a la elíptica. En medio de todo, depositó un trozo de oro, que mostraba la forma de un Sol. "Singular elección" se dijo Hermes. Pero guardó sus pensamientos para si mismo.

En realidad no sabría decir quien era el que estaba mal. Las doce constelaciones que Athena había elegido se encontraban en la elíptica Solar, dominio de Apolo. Cualquier lógica dictaría que el dios dorado debía ser su regente, pero cuando se trataba de los señores del Olimpo, nada se daba por sentado. Así que, visto desde ese punto, tenía sentido pensar que el poder del Sol sería capaz de convocar, despertar y encender los cosmos de los guerreros a los que protegía.

Hermes permaneció en silencio, solamente contemplando y tratando de imaginar lo que planeaba su hermano. En más de una ocasión arrugó el ceño con curiosidad. Apolo no le decía nada, pero si lo hacía, el joven mensajero sabría lo que diría: "No comas ansias." El dios del Sol era demasiado tranquilo para su gusto.

— Llegó el momento. — fue lo último que dijo antes de posar su manos sobre el Sol del centro.

Hizo que su energía vibrara, cálida y pura. El trozo de oro absorbió la luz dorada mientras empezaba a girar. Como respuesta, los doce dijes también se cubrieron de un fino polvo dorado. Lentamente, la elíptica que describían se dibujó en oro, y los doce signos danzaron en ella. Cada vez se movían más y más rápido, hasta que el pequeño sistema solar cobró vida ante los ojos de los dioses.

Una sonrisa iluminó los labios de Apolo mientras el asombro se apoderaba del rostro de Hermes.

La danza se expandió por varios segundos, con los cosmos creciendo a cada paso. Cuando no se pudo contener más, la energía explotó.

-12-

— ¡Las manzanas! ¡Son las manzanas de oro!

Todo rastro de miedo que pudiera haber en Corban parecía haberse esfumado. Su rostro, que había languidecido bajo la presión, brillaba de nuevo; y su voz sonaba más fuerte que nunca. Nix, Altair y él recobraron la esperanza con el primer brillo de las frutas sagradas. Solo tenían que tomar una de ellas y estarían de regreso en la seguridad del Templo de la Luna.

Faltaba poco. Un último esfuerzo y la pesadilla habría terminado.

— ¡Vamos! ¡Tenemos que coger una! — Altair comenzó el descenso del árbol que les daba cobijo y jaló consigo a los dos más pequeños.

Estaban seguros que Ángelo y Aioria habían visto tan bien como ellos el árbol, pero la bestia se había empecinado todavía más en no dejarlos acercarse.

Desde que el árbol se revelara, Ladón se había tornado más fiero. Se había olvidado de buscar a Aioria y en su lugar, se había plantado frente al manzano dispuesto a retar a cualquiera que quisiera aproximarse. Lanzaba dentelladas y rugía como no lo había hecho antes.

Los dos santos se le plantaron, con la intención de pasar por encima de él si era necesario. Los chicos les vieron murmurar algo, pero la distancia les impidió escuchar lo que decían. De nueva cuenta, se fueron encima del dragón; Aioria con la fuerza de los puños de Orión por delante y Máscara de Muerte con su cosmos. Al igual que sus pequeños acompañantes, haber visto la luz al final del túnel había inyectado nuevas fuerzas en ellos. Pero frente a ellos, Ladón se constituía como una muralla. Quedaban dos cabeza, que ahora lucían más capaces que antes. Y estaban también las otras decenas de extremidades más pequeñas, que no dejaban de surgir del cuerpo como verrugas de las que era imposible deshacerse.

Los chicos tuvieron mucho cuidado al deslizarse entre la espesa vegetación que había sobrevivido al dragón guardián. Habían asesinado en silencio a varias viborillas suyas y, en más de una ocasión, les había parecido que las cabezas de Ladón les observaban, aunque obviamente sin interés alguno en ellos. Incluso una bestia sabría reconocer que el verdadero peligro eran aquellos dos chicos mayores que habían arrancado tres de sus cabezas sin reparo alguno.

Ninguno de los chiquillos quiso pensar más al respecto. La única forma en que podían ayudar a su maestro y a Aioria era obteniendo las manzanas. Estaba en sus manos.

Altair lideraba el grupo y Nix iba detrás, con Corban en el medio, protegido por los mayores. Habían aprendido bien el arte de pasar desapercibidos. Sus pisadas eran suaves, pero rápidas; y su instinto de supervivencia estaba al máximo. Un árbol cayó cerca de ellos y los hizo brincar. Afortunadamente, ninguno de ellos salió herido.

Continuaron el camino, siempre con el estómago atorado en la garganta. Era difícil superar a sus miedos, pero estaban dispuestos a conseguirlo.

Corban estuvo a punto de chillar dos veces.

La primera fue cuando una de las pequeñas víboras lo mordió en el tobillo. El osado bicho terminó muerto entre los pisotones de Nix y de Altair, y aunque el más pequeño hubiera querido llorar, aguantó bien las lágrimas. Nix le dijo que el maestro se sentiría orgulloso, así que al final, el llanto terminó en el olvido.

Sin embargo, la segunda vez, un par de lágrimas traicioneras escaparon de sus ojos y tuvo que cubrirse la boca para no gritar. Fue justo cuando la cola puntiaguda de Ladón alcanzó a Ángelo, abriéndole un agujero en el hombro, y también cuando Aioria sufrió la misma suerte al tratar de ayudarle.

Altair le tomó del rostro, obligándole a desviar la mirada. Secó las lágrimas con tosquedad y se agachó frente a él. Sus ojos plateados se sembraron en el suyos mientras las palabras surgían con la calma que Corban tanto necesitaba.

— Escúchame. — le dijo. — Estarán bien. Están heridos, si; pero estarán bien. Necesitamos las manzanas, Corban. Concéntrate solamente en las manzanas.

El niño asintió, se limpió los mocos y se dijo a si mismo que no volvería a llorar. Su maestro había confiado en ellos. Su maestro les necesitaba. No iba a defraudarlo.

El resto del camino trató de no voltear, sin importar los gritos, las maldiciones y los rugidos del dragón. Todavía veía el borbotón de sangre corriendo por el brazo de Máscara de Muerte y la herida profunda en la pierna de Aioria. Pero se obligó a ser fuerte. Estaba entrenando para ser un guerrero y, por lo tanto, era el momento de demostrar que las horas de trabajo duro rendían frutos.

Entre la maraña de árboles caídos y la oscuridad alcanzaron por fin a divisar el manzano dorado. Estaban cerca, más de lo que habían esperado.

Nix echó una última mirada hacia su maestro antes de que los tres corrieran en dirección al árbol de las frutas de oro. Fue entonces cuando reparó en ello…

Notó que ambos, león y cangrejo, lucían extenuados. Sus heridas parecían las causantes, pero ella sospechaba que podría ser algo más. Algo le decía que las cosas estaban por empeorarse.

Altair volteó poco después. Arrugó el entrecejo y apretó los labios. Sus gestos no pasaron desapercibidos para la pelirosada. No alcanzaba a comprender que sucedía, solo que algo estaba mal. ¿Qué era? ¿Qué estaba pasando?

— Sus cosmos...

— ¿Qué? — preguntó al no escuchar con claridad a su amigo.

— Sus cosmos están encendidos… incluso el de Aioria. — respondió el mayor.

— Aioria no tiene cosmos.

— Orión no tiene cosmos. Aioria si. — los ojos de plata de Altair centellaron.

— ¿Qué significa eso? — Corban preguntó. Al igual que Nix, se sentía perdido.

— No lo sé. Y el maestro… su cosmos esta fuera de control.

Los ojos aterrorizados de los más pequeños se posaron sobre los santos. Los vieron jadear por aire; observaron mientras su velocidad se desvanecía y, presenciaron con pánico como sus rodillas tocaron el piso.

—¡¿Qué pasa? — esta vez fue la voz de Nix la que sonó ahogada y eran sus ojos los que se llenaron de lágrimas.

— ¡Hay que ir por ellos! — Altair apretó los puños. Trató de contener esa mezcla de miedo y rabia que sentía, y volteó hacia su hermano pequeño. — ¡Corban! Tienes que ir por las manzanas. Nix y yo nos encargaremos del resto.

— Pero…

— Sin peros. — Corban vio en su hermano a un líder. No le quedó más que asentir y prometerse que no lo estropearía.

Los vio correr hasta donde se desarrollaba la batalla. Lanzaron esferas de cosmos, no tan poderosas como las de Ángelo, pero que bastaron para distraer al dragón y atraer su atención hasta ellos.

También ahí, los santos se arrastraban por el suelo. Apenas podían moverse. Pero las viborillas habían hecho tanto escarnio de ellos que no podían darse el lujo de rendirse. Corban no sabía de donde sacaban sus fuerzas, pero luchaban y luchaban… y por un momento quiso ser tan valiente como ellos.

Una vez más, cerró los ojos al resto del mundo y lo único que veía era el gran manzano de hojas rojas, y las frutas que pendían de él. Corrió. Corrió con todo lo que sus piernas le daban. Escuchó el grito de su hermano y después el de Nix, pero no le importó. Tropezó, cayó y volvió a levantarse. Siguió corriendo. Se aferró al tronco del árbol. No supo como, pero trepó. Las ramas parecían abrirse a su paso mientras sus pies encontraban el sostén perfecto siempre.

— ¡Corban! — oyó que le gritaron, pero no volteó. Si lo hacía, se congelaría de miedo. — ¡Corban! — volvieron a llamarle. Extendió la mano y sus dedos rozaron la manzana dorada. Sonrió mientras observaba su reflejo en la fruta de oro. — ¡Corban! ¡Cuidado!

Se fijó en la manzana, en la imagen suya, clara como un espejo que se reflejaba, y detrás de él, vio la cola de Ladón a punto de golpearle. El corazón se le desbocó en el pecho. Sintió miedo y estuvo a punto de gritar…

Pero no tuvo tiempo.

"He sido valiente" se dijo, antes de que su mundo se volviera oscuro.

-13-

El aire de Jamir olía a invierno. El viento le hería la piel y tenía los dedos entumidos. Aún así, seguía trabajando. Escuchaba el golpeteo de su cincel mientras el polvo de estrellas le rodeaba, en una nube cristalina de color dorado. La sangre le manaba de las muñecas abiertas, resbala sobre la armadura rota y, ante su tibia caricia, el metal se reblandecía. Una gota de sudor resbaló desde su frente, corrió por su mejillas y cayó al suelo. Se evaporó casi de inmediato en la tierra seca y áspera del lugar.

La sombra de la torre sin puertas iba cayendo lentamente sobre él conforme las horas avanzaban. Esperaba que en cualquier momento, Kiki apareciera de la nada y le obligara a tomar la merienda con él. Siempre era así.

Le pareció escuchar pasos a sus espaldas, pero no volteó. Con seguridad, su aprendiz estaba buscándole. Sin embargo, una ráfaga de cordura le golpeó, haciéndole recordar que Kiki rara vez hacía uso de sus piernas por haber nacido con el don de la tele transportación. En un impulso, volteó. Sus ojos se abrieron y los lunares en su frente se alzaron con desconcierto.

— Phineas… — balbuceó.

— No hay tiempo para saludos, santo. — le urgió a callar. — Prometí ayudarte, si tú me socorrías. Es tiempo de cumplir con mi palabra. El momento se acerca.

— ¿El momento? ¿De qué?

— Pronto, tus hermanos serán liberados. Mi señor les dejará en libertad, pero… sus vidas corren peligro. Athena no debe interponerse. No puede intervenir — sus ojos, de los que Mu solo había visto el rastro de sangre que habían dejado cuando Hipólita se los arrancó, brillaban de una forma que le hipnotizó. — Si ella interviene, perderán sus vidas.

— ¿De qué hablas?

— Ésta vez no es por ella. Solo el Sol puede opacar a la Luna, pero ningún dios puede intervenir entre ellos. Alértala. Alerta a tu diosa. — casi suplicó.

— Phineas, ¿por qué…?

El sueño se desvaneció con un resplandor dorado, un aura que se sentía como la suya. Mu escuchó su propia voz llamándole. La oyó gritar su nombre una y otra vez. Las voces de sus compañeros se unieron, cada cual convocándose a si mismos. El griterío se hizo más fuerte y su eco creció con ellos.

Los ojos de Mu se abrieron en la oscuridad. Se sentó rápidamente, más por impulso que por deseo. Seguía en el establo… todos estaban ahí. Los miró, tan sorprendidos como él mismo. Algunos ya estaban de pie, otros como él, seguían sentado entre el forraje. Sus ojos hablaban más que sus lenguas, pero ninguno encontraba explicaciones en los demás. Entonces, se dio cuenta que su cuerpo ardía. Su cosmos se había encendido sin que él lo convocase. Se puso de pie, sintiéndose ligeramente mareado.

— ¡Muchachos! ¡Muchachos! — la voz de Ganímedes sonó pastosa y lejana, como si solo se tratara de una ilusión.

Mu intentó dominar su cosmos y no pudo. Sintió las energías de los demás santos, ardiendo tan fuertes como la suya. Dohko, Shaka, Aldebarán, Milo, Camus, Aioros, Saga, Kanon…

De pronto, se quedó paralizado. Su instinto obligó a que su mirada viajara hasta Aioros. Lo vio de pie, aferrado al marco de madera de la entrada. Sus ojos azules, inundados en lágrimas, estaban perdidos en algún punto en el horizonte y su boca murmuraba palabras que no salían de su garganta. A su lado, vio a Saga palidecer. También le vio desviar la mirada hacia aquel punto al Este, el mismo que Aioros contemplaba con tanta atención.

Mu sabía lo que pasaba. Él también podía sentirlos. Máscara de Muerte y…

— Aioria… — se oyó el susurro del arquero.

-Continuará…-

NdA: La primera actualización del año… y una actualización bien larga. Pasaron muchas cosas en este capítulo, lo sé. ¡Pero es que quedan tantas cosas que contar! Y, a falta de dos capítulos y llegamos a la mitad de la centena.

A quienes siguen ahí, pacientemente, leyendo y comentados, ¡Se los agradezco muchísimo! A Damis, luxie-chan, kumikoson4, ZerzuraSie, Kisame Hoshigaki, Hada, FaSCeN, itachisgirlfriend08, Artemisa-Cazadora, Altariel de Valinor, Tatsumaki, DiCrO, Saint Lu, Alde93, Eli, ddmanzanita y Tisbe, ¡miles de gracias, chicas y chicos! Es bastante increíble pensar que está historia tiene tantos comentarios. No sé como agradecerles.

A quienes leen y no han comentado, también gracias. Ojalá algún día se anime a dejarme alguna idea. Les prometo que no muerdo =9

Me despido diciéndoles que lo siento por mi pobre Corban T_T

Au revoir! (*Sun corre a seguir leyendo sus libros*)

Sunrise Spirit