NdA: Muchas de las escenas en este capítulo suceden simultáneamente, por lo que, como verán conforme avancen en la lectura, están más relacionadas de lo que parecen. ¡Disfruten!

Capítulo 49

Deseos

-1-

— ¿Lo has sentido?

— Creo que se ha sentido incluso en el Inframundo. — Poseidón le respondió mientras volteaba lentamente para enfrentarla.

Perséfone no supo que decirle. La túnica, de un oscuro color púrpura, contrastaba deliciosamente con la blancura de su piel y con el vibrante verde de las hebras de su larga cabellera. Sus labios lucían tensos y su ceño, fruncido. Incluso, se había olvidado de todo protocolo. No se había anunciado, sino que había abandonado el templo de su madre a toda velocidad para ir al encuentro de su tío. Una vez ahí, entró como un huracán y no paró hasta encontrarle.

— ¿Cómo ha sucedido esto? — ella preguntó, sin dar crédito a lo que sentía.

No obtuvo más respuesta que una suave negación por parte del señor de los mares. Sin embargo, lo único claro y obvio ante sus ojos, era que la respuesta residía en el Templo del Sol; todo había iniciado ahí. La primera explosión comenzó en ese lugar y, en medio de la oscuridad de la noche, la luz se había propagado desde el hogar de Apolo hasta cada rincón del mundo conocido. El Sol había vencido a la Luna.

En los ojos del señor del tridente, Perséfone leía más de lo que a Poseidón le hubiera gustado revelar. El mar estaba inquieto esa noche, al igual que su señor. Tal parecía que a cada minuto, el ambiente se enrarecía y los dioses se volvían más y más impredecibles.

Lo que había comenzado como un berrinche infantil de Artemisa se convertía a pasos agigantados en un debacle de proporciones dantescas. De alguna forma, la diosa de la Luna se las había arreglado para involucrar a medio Olimpo en sus juegos retorcidos; y a partir de ese momento, los resultados de todas sus acciones serían tan impredecibles como el brillo de Apolo en mitad de la noche. ¿Cómo iba a terminar? Ningún dios, sin importar de quien se tratase, lo sabía con certeza.

— Ve con Athena. — el ceño de Poseidón reflejaba incertidumbre. Su cosmos se expandió, rodeándolo de un aura cerúlea, tan fría y brava como el océano del norte. — Asegúrate que no se mueva. Estamos cerca de recuperarlos. Un movimiento en falso y no volveremos a tener otra oportunidad como ésta.

— ¿Qué harás? — preguntó la Emperatriz del Inframundo.

— Visitaré a Apolo. Necesitamos explicaciones… y también es importante mantenerlos vigilados. No sabemos que es exactamente lo que los dioses gemelos pretenden, ni tampoco lo que podríamos encontrar, ni cómo reaccionarán a ello.

Perséfone asintió. No le quedaba más remedio que acatar órdenes.

Sabía lo que Poseidón quería decir y también lo que sus preocupaciones significaban. Todo su recelo tenía un nombre, uno que nadie se había atrevido a pronunciar; pero que ella, como esposa del señor de los muertos conocía muy bien.

"Orión."

Hades le había dicho que la deidad del Sol había bajado hasta sus dominios, buscándole. Su señor era un dios calculador y lo suficientemente astuto como para soltarle solo la información necesaria para hacer brincar a Athena. Poseidón, por otro lado, había sido igual de listo. Le había advertido que mantuviera su lengua bajo control y sus palabras lejos de los oídos de la diosa de la sapiencia. Ella, prudente, había hecho tal como se le ordenase. Había actuado con calma, en espera del momento para actuar. Solo así podían ser de ayuda.

— Mantenme informado. — alcanzó a pedirle antes que el cometa azul, dibujado por su cosmo energía, se elevó sobre la superficie del mar en dirección al Olimpo.

La diosa se quedó detrás, por un par de minutos, en soledad. El universo entero se sentía inquieto. Estaban en el albor de una guerra que podría hacer rugir a las entrañas de la misma madre Gea; una guerra en la que todos tenían culpa. Por un instante, la joven diosa sintió miedo.

"Padre, ¿por qué permites esto?" La pregunta surgió en su mente con naturalidad, pero las explicaciones eran nulas. Segundos después, al comprender que las divagaciones no ayudaban en ese momento, Perséfone se esfumó también.

Una nube de humo blanquecido quedó tras ella. Su destino era Atenas.

-2-

Aioros sentía la fuerza con que su sangre le corría por las venas. La cabeza le daba vueltas, y su cosmos revuelto no le ayudaba en lo más mínimo. Era como si demasiadas cosas sucedieran a la vez, como si de pronto se hubiera visto atrapado en un sueño del que no podía despertar. Todo sucedía con lentitud a su alrededor. Veía el mundo envuelto en los tonos dorados de su propio cosmos. El sonido de su energía quemándose lo aturdía. Las voces que gritaban su nombre, se escuchaban lejanas. Pero era el cosmos encendido a la distancia lo único en lo que podía pensar.

Aioria.

¡Era su cosmos! No podía ser de nadie más sino de él, Aioros lo sabía. Y estaba también el de Máscara de Muerte, confirmándole que no se había equivocado. ¿Cómo había sucedido? ¿Qué demonios estaba pasando? ¿Sería posible que los muertos estuvieran regresando del más allá?

Quería creer que si lo era. Deseaba con todas sus fuerzas que así fuera, que algún bizarro giro del destino le estaba devolviendo a su hermano. Sin embargo, una vocecilla oscura dentro de él, le susurraba que también podía ser una broma cruel de los dioses. No podía confiar en ellos, no habían hecho nada para ganarse su fe.

Sin embargo, un cambio en la cosmoenergía distante lo hizo ponerse alerta. En un abrir y cerrar de ojos, la presencia del león comenzó a desvanecerse de nuevo. Aquel fuerte resplandor de esperanza inició su descenso en el momento en que Aioria se convirtió en una fuerza agonizante. Miles de alarmas se encendieron en la cabeza del arquero. Cientos de ideas de lo más aterradoras cruzaron por su mente, y decidió que no estaba listo para acatarlas… no de nuevo.

Esta vez, teniéndolo tan cerca, no dejaría que su hermano se perdiera de nuevo. Costara lo que costara, le traería de regreso. Si el precio era alto, no le importaba ya; lo pagaría. A como diera lugar tenía que tomar el riesgo.

Miró a su alrededor, desconcertado y ansioso. Había solo una forma para ayudarle, nada más.

Trastabilló entre la paja, en busca de su objetivo. El fenómeno, a la distancia, le servía de cómplice. Los demás estaban demasiado ocupados en ello, como para prestarle atención. Casi a gatas, llegó al rincón donde estaban sus cosas. Rebuscó entre ellas con desesperación hasta que, al final, encontró lo que necesitaba. La bolsa de lona estaba ahí, junto con todas sus demás pertenencias. Echó una última mirada sobre su hombro, hacia el resto de sus compañeros, suplicando porque ninguno hubiera adivinado sus planes.

Pero Shura lo había hecho. El santo de Capricornio, a sabiendas de que seguramente no podría detenerle, meneó la cabeza, suplicándole que no se atreviera a seguir adelante con la descabellada idea. Trató de darle alcance y de contenerlo, pero estando tan torpe y confundido como todos los demás, no le resultó fácil moverse.

— No lo hagas, Aioros. — dijo. Su voz sonó con un susurro lejano e incomprensible para el arquero dorado.

El castaño no le escuchó, y si lo hizo, no le prestó atención. Sacó el ceñidor de la bolsa, lo desenvolvió de entre las telas que lo cubrían sin ningún tipo de finura, y cuando lo tuvo en sus manos, sintió su poder vibrando al ritmo de su propio cosmos. No lo pensó más. Antes de que se arrepintiera, decidió dar el siguiente paso. Aioria era lo primero.

— "Lo que desees." — escuchó su propia voz en su cabeza. Sonaba oscura y seria, como pocas veces se había escuchado a si mismo, como sucedía siempre que tenía el ceñidor en las manos. Supo que no era él quien hablaba, sino la joya. Durante mucho tiempo, esa voz le había resultado escalofriante , pero no esa noche. Esa noche sonaba a esperanza.

— Tráelos de regreso. — ordenó, sin titubeos. — Devuélveme a mi hermano y a Máscara de Muerte ahora.

Un cosmos de color rojizo surgió de la prenda y se abrió paso entre el dorado de las energías, minándolo todo con su color. Se expandió, como una nube de polvo que engullía todo a su alrededor. Los santos lo miraron, tan sorprendidos como absortos. La energía se movió entre ellos, bailoteó a su alrededor y salió de la choza, marchando hacia el cielo. Conforme se elevaba, su color se dispersó hasta que de pronto, se volvió invisible.

Cuando no quedó rastro de ella, el viento despertó. Las ráfagas de aire comenzaron a soplar con una fuerza tal que amenazaban con derribar el tinglado de madera que les servía de refugio. El torbellino hizo caer a algunos árboles y alebrestó a los animales. A pesar de ser la mitad de la noche, el pueblo entero despertó también. Fue un despertar lleno de miedo.

— ¿Qué has hecho? — Shura arrebató el cinturón mágico de las manos de Aioros, pero sabia que ya no podía evitar la tragedia.

— Yo solo… le quiero de vuelta.

Y, aunque se sentía furioso, al mirar los ojos húmedos de Aioros, el español supo que no podía reprocharle nada.

— ¡¿Qué demonios es esto? — el grito de Dohko resonó entre el caos. No hubo respuesta por parte de nadie.

Apenas había terminado de soltar las palabras cuando un gran resplandor volvió a iluminar la noche con más fuerza que antes. Su poder era increíble, compitiendo con sus propias cosmoenergías. Hubo una última explosión de luz que los cegó, y después no supieron más.

-3-

Una oleada de cosmos golpeó el Santuario sin misericordia alguna.

Hasta ese momento, había sido una noche tranquila y silenciosa, como siempre desde que los tiempos de paz comenzaron. Pero una explosión de energía en el Templo Papal terminó con toda calma y con las horas de sueño de esa madrugada. Su luz se alzó hacia el cielo, dibujando un resplandor que teñía las nubes grises de tonos dorados.

El cielo oscuro se llenó de luz mientras los corazones de cada santo o amazona se llenaban de confusión y desasosiego. Aquello que sentían no era el cosmos de Athena, ni tampoco el de Arles. Esa cosmoenergía, poderosa y temible, era conocida por todos los habitantes del sangrado recinto. Era fácil de identificar; era su energía, la de ellos… era el cosmos de Los Doce.

La luz dorada iluminó la noche por varios minutos, sin descanso. Se alzaba como una torre de polvo color oro hasta el cielo y cruzaba las nubes, convirtiéndolas en espectros grisáceos flotando sobre el templo principal. El mármol de los edificios se dibujó en tonos cálidos, como los que la llegada del amanecer les brindaba. Las montañas se iluminaron y el mar tranquilo reflejo el halo de luz sobre sus aguas.

El panorama se volvió un poema a los ojos; tan misterioso como bello. Pero poco importaba la belleza en esos momentos. Había algo más, algo que competía por la atención de las miradas curiosas y que tampoco terminaban de explicarse: Meridia.

Seis llamas ardían con fuerza en el reloj, dos de las cuales se habían encendido con muy poco tiempo entre ambas.

Solo unos días antes, la llama de Virgo había despertado. El fuego había ardido en lo alto del reloj, anunciando el final de la guerra contra las amazonas. Sin embargo, ahora era Libra la que se encendía con furia. Sus llamas luchaban contra el viento embravecido que la luz había traído consigo.

— ¿Qué está pasando? — la mirada gris de la diosa no se daba abasto.

— Lo ignoro, princesa.

Y es que Arles carecía de las respuestas que ella necesitaba.

Frente a ambos, las armaduras de oro parecían dispuestas a quemar hasta la última gota de energía en ellas. El poder que emanaba de ellas era frenético, impredecible y también indomable.

Saori hizo arder su propia cosmoenergía para mitigarlas, pero sus intentos fueron en vano. Los ropajes desconocían incluso al cosmos de sus propia diosa.

— Princesa… — Arles intentó detenerla. Pero la joven princesa hizo caso omiso de sus palabras, arreciando su poder.

Niké respondió a ella, encendiéndose con llamas de energía y refulgiendo con un poder tan magistral como el de las doce armaduras. Por un segundo, el caos pareció tomar sentido. Las trece cosmoenergías se hicieron una, formando una fuerza que por momentos lucía invencible aún para los más fuertes y osados guerreros. Sin embargo, la calma duró poco.

— ¡Saori! — una a una, las voces de sus santos divinos fueron capturando su atención. A pesar de todo, la diosa no perdió la concentración. No intervinieron, sino que miraron con preocupación los esfuerzos de la pelilila por domar la energía dorada.

— Maldición. — Seiya apretó los puños. No tenía la menor idea de cuanto tiempo Saori sería capaz de soportar tal castigo a su cuerpo. Era un diosa, tal verdad era innegable; pero se requería demasiado esfuerzo para mantener en control las energía de las doce armaduras más poderosas del Santuario y, siendo humana, el cuerpo de Saori tenía límites que no debía rebasar. — Tenemos que hacer algo.

— Pero, ¿qué? — Shun le cuestionó y el Pegaso no tuvo más remedio que callar, sin poder darle una solución.

No tuvieron mucho tiempo de pensar, puesto que rápidamente encontraron más razones de las cuáles preocuparse.

— Seiya, ¿qué es eso? — la voz de Shiryu se escuchó. El castaño solo pudo menear la cabeza.

— No lo sé.

Una bruma carmesí surgió de entre las armaduras, envolviendo con su color al aura dorada que emanaba de ellas. Poco a poco, la marejada de neblina les rodeó por completo.

— ¡Seiya! — Saori gritó. Estaba asustada.

— ¡Saori!

Pero ninguno de los dos pudo luchar contra aquella fuerza desconocida.

-4-

La diosa se asomó al balcón. Sus manos se aferraron con fuerza a la baranda mientras sus ojos grises esculcaban la distancia con marcada incredulidad. El viento susurró a sus oídos, pero ella no le prestó atención. Aquello que percibía, esa energía que se quemaba a lo lejos era todo en lo que podía pensar.

Herse se asomó a la puerta unos minutos después.

La sacerdotisa había recorrido los pasillos llenos de columnas a toda velocidad, consumida por la desesperación. Abrió la pesada puerta sin aviso alguno, de manera tan poco propia para ella. Boqueó por oxígeno y, de inmediato, oteó la habitación buscando la figura de su diosa. La encontró ahí mismo, bajo el brillo de las estrellas y ensimismada en algo que la doncella no terminaba de comprender.

— ¡Athena! — reclamó su atención. — ¡Algo sucede, mi señora!

La morena ni siquiera volteó. Estaba completamente confundida. No podía dar explicaciones a lo que sucedía y, aún con toda su sabiduría, se sentía perdida como nunca.

— ¿Puedes sentirlos? — preguntó. No tenía la menor idea de que Herse fuera capaz de percibir sus presencias, como ella misma.

— ¿Percibirlos? Princesa, ¿de qué hablas? — la sacerdotisa respondió con igual asombro. Ella no sentía nada, pero había visto más que su diosa al respecto. — Es Shion. Algo le sucede. — solo entonces, la divinidad reaccionó.

— ¿Qué dices? — a cada segundo, las cosas perdían más sentido.

— Ha desfallecido. Dice ser incapaz de controlar su propio cosmos. ¡Señora, hay que ayudarle!

Se quedó congelada. Contemplaba la mirada suplicante de la doncella y sentía, más allá, las energía de sus santos tan descontroladas como Herse describía a Shion. Todo estaba relacionado, no había dudas de ello. Pero, ¿qué estaba sucediendo?

— Vamos. — atinó a decir mientras emprendía la marcha hasta la habitación donde se encontraba el lemuriano.

Por más rápido que corrió, el camino se le hizo eterno. Gritó órdenes a los guardias que encontró en su andar. No sabía lo que sucedía y tampoco podía permitirse errores. Hasta que estuviera segura de lo que acontecía, Athena no pensaba dejar ningún detalle al azar. La indicación era sencilla: sellar el templo. Nadie entraba, nadie salía.

Sin embargo, antes de que sus órdenes fueran implementadas, su siguiente visita se apareció frente a ella.

— Perséfone. — murmuró cuando la tuvo a la vista.

— Athena, necesitamos hablar. — le dijo la peliverde. No le pasó desapercibido el gesto en su rostro.

— ¿Ahora? Estoy en medio de algo. — la morena libró a su hermana para seguir su camino, pero ésta la detuvo del brazo.

— Notaste lo que sucede. — le dijo. — Algo ha hecho que los cosmos de tus santos enloquezcan. Aquellos que estaban perdidos han reaparecido.

— Están pasando demasiadas cosas. — aseveró la diosa de la sapiencia.

— Y tú tienes que mantener la calma.

Athena la miró como si no comprendiera sus palabras, y justamente era así. ¿Cómo podía mantenerse tranquila en un momento como aquel? El mundo estaba colapsando a su alrededor y ella ni siquiera sabía como reaccionar.

— ¿Tú sabes a que se debe todo esto? — le preguntó.

— No. Sé lo mismo que tú.

— Entonces, no me pidas que guarde la calma. Esos son mis santos y alguien está jugando con ellos. ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Sentarme y verlos caer?

— Quizás no, Athena. Pero es mejor que no intervengas. — terció la emperatriz del Inframundo.

— Tengo que… — se mordió el labio. — Shion está descontrolado, al igual que el resto de ellos. Debo hacer algo. Si continúan así, serán víctimas fáciles de cualquier enemigo… sino es que ya lo son. Perséfone, tienes que entender lo que eso significa.

— Me gustaría decirte que te comprendo, pero no es así. No puedo imaginarme lo que estás pensando. Sin embargo, debo aconsejarte que te mantengas alejada. Por ahora, concéntrate en ese hombre, en Shion. Deja el resto en manos de Poseidón.

— ¿Poseidón ha ido por ellos? — frunció el ceño sin darse cuenta. La diosa del Infierno asintió.

— Me ha pedido que te mantengas quieta.

Athena chasqueó la lengua. Miró hacia donde sentía los cosmos mientras pensaba en sus guerreros. Después sintió el cosmos de Shion, tan fuerte como el de ellos. Todos ellos eran su deber, su responsabilidad y sus protegidos. Al haberlos dejado caer en un caos como aquel, sentía que había fallado.

— ¿Quién está detrás de todo esto? — fue la última pregunta que hizo, sintiéndose cada vez más furiosa y dolida.

— La energía que los despertó provino de Apolo.

— ¿Apolo? — la diosa peliverde asintió.

— Poseidón ha ido hasta el templo del Sol para buscar respuestas, pero no sé que tanto será capaz de indagar. — añadió. — A pesar de todo, es tu mejor opción.

Estaba tan confundida que temía no tomar la decisión correcta. Pero, ¿qué debía hacer? ¿Podría vivir con las consecuencias?

— Si no consigue nada, pondré al Olimpo entero de cabeza por esto. — respondió, amenazante, pero no tan segura de que eso fuera lo que quería.

— Ya lo has hecho.

Tenía razón en eso, Athena no podía negarlo. El Olimpo y el mundo entero estaban de cabeza gracias a ella, a Hera y a sus santos. Sus iguales no se habían hecho del rogar tampoco, poniendo todo lo necesario para que la reyerta alcanzara niveles inigualables.

En la energía de sus santos, Athena sintió dolor, rabia… y también oyó tambores de guerra.

-5-

"Por los dioses, no."

Ángelo observó la acción con una lentitud espantosa y frustrante. Su cuerpo no le respondió, a pesar de que se esforzaba por hacer algo. Ladón y sus apéndices hacían escarnio de él y Aioria, pero Corban era ahora quien se llevaba la peor parte.

Así que, cuando vio la cola del dragón golpear al más pequeño de sus pupilos, sintió que el corazón se le saldría por la boca. Quiso gritar, pero tampoco pudo. Su cuerpo, su cosmos y su mente parecían haber enloquecido en el peor momento de todos. Solo atinó a cerrar los ojos y morderse los labios tan fuerte, que se sangró. Oyó el sollozo de Nix y los gritos de Altair un poco más allá. Pero no había nada que hacerse. Era tarde.

— ¡Corban!

El instinto de Altair pudo más que su razón, obligándole a abandonar el frente de batalla para ir en búsqueda de su hermano. Apenas consiguió alcanzarlo, evitando que su cuerpo pequeño golpeara el piso, pero el mayor daño ya estaba hecho. Tenía un profundo agujero en la espalda, del cual manaba un raudal de sangre todavía tibia. Respiraba con dificultad y sus ojos ámbar estaban apenas abiertos.

— La tengo. — susurró al sentirse seguro en los brazos de su hermano mayor. Sujetaba la manzana dorada con todas las fuerzas que le quedaban. Esbozó una sonrisa penosamente dolorosa. — Conseguí la manzana.

— Lo has hecho muy bien. — respondió Altair. Tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para no echarse a llorar. Bastaba una mirada para saber que el daño que sufría el niño era demasiado grave, lo suficiente para amenazar su vida.

— ¿Estás orgulloso? ¿El maestro está orgulloso? — musitó. Se atragantó con su propia sangre, pero ni eso fue suficiente para borrarle la sonrisa de los labios.

— Todos lo estamos. — y la sonrisa agonizante de Corban se ensanchó.

— ¡Cuidado! — oyeron a Nix que se había quedado sola en el frente de batalla.

Luchaba con todo lo que le quedaba por mantener ocupado al dragón, pero los esfuerzos serían más que inútiles. Ladón era por mucho superior a ella y no tenía intención de ser derrotado por una niña.

Altair apenas tuvo tiempo de reaccionar al grito de alerta. Tomó a su hermano en brazos como pudo y esquivó el nuevo embate. Aioria y Ángelo no tuvieron la misma suerte. El golpe les cayó encima sin misericordia, sin que pudieran hacer nada para evitarlo. Estaban por completo a su merced. Así, rendidos antes él, las ideas de un derrota total tomaban cada vez más fuerza en sus cabezas.

"Va a matarnos a todos" Ángelo se dijo.

Habían llegado demasiado lejos, demasiado cerca, pero ahora todo se desmoronaba frente a sus ojos. ¿En qué momento había pensado que podían conseguirlo? Todo estaba planeado para eso: para que Artemisa se deshiciera de ellos. A pesar de todo, el santo de Cáncer seguía sin comprender como es que Artemisa los había arrastrado hasta ahí. Tenía interés en un cuerpo para Orión, pero los niños y él no eran nada más que juguetes en sus manos.

— ¿Gato? — masculló de la mejor manera que pudo. No obtuvo respuesta. — ¿Gato? — de nuevo, el santo de Leo no le respondió. Aioria, a diferencia suya, estaba completamente inconciente. Máscara de Muerte ni siquiera había notado el momento en que había perdido el sentido. Se arrastró hasta él y le sacudió ligeramente. Nada sucedió. — ¿Aioria? — le llamó, dispuesto a no rendirse. Al no tener contestación, una poderosa ansiedad comenzó a hacer mella en él. — Vamos, gato, despierta.

Lo que fuera que estuviera pasando, los había debilitado a ambos. Desconocía los efectos del fenómeno que los aquejaba, pero por alguna razón parecían hacer más daño a Aioria que a él.

De pronto, vio el siguiente ataque de Ladón viniendo sobre ellos. No supo explicar por qué, pero su primer instinto fue cubrirlo con su propio cuerpo, de manera que la peor parte del impacto fue para él. Apretó los dientes y ahogó un quejido cuando sintió el golpe. Sintió sus músculos quejándose y también oyó a sus huesos crujir. El sabor de la sangre apareció en su boca mientras cada herida en su cuerpo ardía.

— Maldición. — se dijo a si mismo. Volteó hacia sus aprendices, pero no les iba mejor que a él.

Recordó a Afrodita, pensando que se reunirían más pronto de los previsto. Al ritmo que iban, solo podía pensar en que el final estaba cerca para todos. Ni ellos podían protegerse, ni él podía hacer nada por ellos.

No recordaba cuando había sido la última vez que se había odiado tanto a si mismo. No había peor momento en su vida que cuando se sentía incapaz de mover un solo dedo. Lo habían entrenado para actuar, para pelear, para cambiar el rumbo de las cosas; no para sentarse a lloriquear como una muñeca en desgracia. Ya había hecho demasiadas estupideces en su vida como para seguir cayendo en el mismo error, una y otra vez.

Darse por vencido era algo que se había prohibido hacer de nuevo, pero la situación lo estaba empujando a pensar que era todo lo que tenía. Gruñó, para no aullar de dolor, cuando el siguiente golpe le llegó. Por un segundo, se sintió a punto de perder el conocimiento.

Sin embargo, en un parpadeo todo cambió.

Una luz inesperada brilló entre ellos y el dragón, obligándolo a detenerse. El resplandor azul tomó forma ante los ojos del santo, quien descubrió rápidamente a su salvador. No le reconoció, pues jamás le había visto antes. Era un dios, pero ¿cuál de todos ellos? Y, ¿por qué estaba ahí? ¿Era amigo o enemigo? ¿Los ayudaría solo para destruirlos él mismo después? ¿O quizás pensaba matarlos ahí mismo, antes que el dragón? Tenía miles de preguntas, más ninguna respuesta.

Un rayo de energía hizo que Ladón retrocediera. El recién llegado se movió tan rápido como el viento, y atacó al dragón por el lado contrario. Cada relámpago de luz cerúleo cortaba la piel del monstruo con una precisión asombrosa mientras que cauterizaba la herida, impidiendo que más serpientes aparecieran. Las ataque surgieron, uno tras otro; inmisericordes, imposibles de detener y letales.

Nix y Altair le seguían tan atentos como su maestro, pero también sin entender nada. El dios lanzó un último embate y a la vez, la bestia soltó un chillido que resonó en todo el jardín. Su resuello terminó con todo.

— ¿Quién eres? — Nix dejó escapar la pregunta casi con miedo.

— Soy un amigo. — le respondió él. Pero supo que ninguno le creyó.

Echó un último vistazo al cadáver del dragón antes de encaminarse a donde se encontraban los santos. Al verlo acercarse, las alertas se dispararon en la mente del italiano. Solo cuando estuvo a unos pocos pasos, Máscara de Muerte descubrió su identidad.

— ¿Hermes? — le cuestionó entre jadeos. Las sandalias aladas le habían traicionado.

— El mismo. — Hermes se apartó una mecha de cabello que le caía sobre los ojos. Chasqueó la lengua y torció la boca al verlos. — ¿Pueden moverse?

— ¿A ti qué te parece? — la ironía en la voz de Ángelo, lejos de irritarlo, le sacó una sonrisa igual de socarrona.

— Me parecen que son un montón de mierda ahora mismo. Valientes santos se encontró Athena. — negó suavemente. — Venga, nos vamos de aquí.

— Este montón de mierda no piensa irse contigo. — joder, que todo le dolía; pero Máscara de Muerte no tenía intención de seguir siendo humillado por un dios.

— El niño está desfalleciendo. ¿En verdad quieres eso en tu conciencia? — Hermes le preguntó. La suya ya cargaba con eso, y no era una sensación agradable. — Fui yo quien les metió en esto y seré yo quien los…

No tuvo tiempo de decir más. De pronto, todo el jardín a su alrededor se había visto envuelto en una bruma de color carmesí que incluso el dios mensajero no supo explicarse. Volteó a los alrededores, sintiéndose inquieto. Hizo que su propia energía le envolviera, con la intención de hacer retroceder a la neblina rojiza, más no funcionó. Entonces, comprendió que el objetivo no era él.

— ¿Qué está…?

Las palabras de Máscara de Muerte se quedaron en el aire. La bruma se espesó alrededor de él y Aioria, ahogando el sonido de su voz y haciendo que la densidad del aire se volviera asfixiante.

— ¡Santo! — Hermes exclamó. Estiró la mano para sujetarle, pero pasó a través de ellos, como si se trataran de un espejismo. — ¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldita sea!

Usó todos los recursos que su energía le permitió para retenerlos pero le fue imposible. Terminó por verlos desaparecer con nada más que frustración dentro de si. Gritó y maldijo todo lo que pudo. Se sentía más allá de la rabia. Estuvo a punto de tenerlos en sus manos y se le habían escapado frente a sus ojos, haciéndolo ver como un reverendo inútil.

— ¡Maestro! — Nix gritó, entre lágrimas y confusión.

Fue en ese instante que Hermes despertó. Giró el rostro para mirar a los tres niños. Algo dentro de él se revolvió al mirar sus caras sucias, ensangrentadas y llenas de lágrimas. Abrió los labios para tratar de hilar las palabras, pero no encontró nada que decirles. Les echó una última mirada antes de darles la espaldas. Ellos no eran su misión, no eran ellos lo que terminarían por causar una guerra santa.

— ¿Te vas? — oyó de nuevo a la niña.

— Los perdí. No tengo nada más que hacer aquí.

— ¿Nos dejarás solos? ¿Aquí? — la pelirrosa le preguntó una vez más. Sus ojos le suplicaban porque no respondiera afirmativamente. Sin embargo, el dios tenía muchas otras cosas de que preocuparse. — Por favor, ayúdanos.

— Corban va a… ¡va a morir de nuevo si no le ayudas! — espetó el mayor de los tres. — Por favor, haz algo. ¡Sálvalo! ¡Te lo suplico! — continuó, aferrándose al cuerpo cada vez más pálido de su hermano pequeño y dejando que las lágrimas emergieran sin ninguna vergüenza. — Dijiste que eras nuestro amigo. ¡Ayúdalo!

Corban agonizaba y Altair podía sentirlo. Su respiración era cada vez más superficial y su piel estaba fría, como el beso de la muerte.

Hermes alzó una ceja.

Al igual que los niños, sabía que el final estaba cerca, pero la mirada que les dirigió fue completamente hueca. Siempre se había considerado un dios cercano a los mortales. Le habían parecido divertidos, interesantes y gustaba de pasar horas entre ellos, pero eran pocos los momentos en que había compartido su miseria; y aún entonces, no sabía si tenía deseos de meterse en más líos de los que ya tenía. Se preguntó que era lo que debía hacer y solo consiguió maldecirse a si mismo cuando llegó a una conclusión.

— Déjame ver. — se hincó y arrebató al pequeño niño de los brazos de su hermano.

Bastó una mirada al delicado y herido cuerpo para darse cuenta de la triste realidad. Hermes sabía que no había mucho que pudiera hacer. El destino del pequeño era inevitable.

Sin saber porqué lo hizo, posó las manos sobre el pecho del chiquillo e invocó a su energía para cubrirlo. No iba a conseguir curarlo, ni mucho menos salvarlo; pero tampoco se sentía capaz de darle la espaldas sin intentar nada. Para lo mucho o poco que pudiera servir su cosmos, iba a usarlo.

— ¿Puedes salvarlo? — pero no pudo responder a Altair.

— Estará bien, ¿verdad? — tampoco a Nix.

— Señor… ¿puedes ayudarlo?

Entrecerró los ojos un poco más. Su mirada, tan turquesa como sus cabellos, se ensombreció ligeramente.

Cuando su padre le nombró dios mensajero y le proveyó de la habilidad para guiar almas a través del Inframundo, aún en contra de Hades, le había dado una valioso consejo; uno que Hermes había olvidado con el paso de los años. Zeus le había puesto las manos sobre los hombros y, mirándole a los ojos, le dijo: "Nunca juegues con la vida y con la muerte… no lo hagas si no eres capaz de vivir con las consecuencias."

Había ignorado las palabras del rey del Olimpo y las consecuencias eran visibles. Lo que era todavía peor, lo había hecho todo por una estupidez.

Era tarde para arrepentimientos. Toda la astucia e inteligencia, de la que tanto había presumido, brillaba por su ausencia y lo único que quedaba en su lugar, era la imagen un dios ridiculizado y humillado por gusto propio. Lo había estropeado todo… y en grande.

— No está funcionando. — chilló la niña al notar ninguna mejoría en su amigo.

Entonces, Hermes cesó con todos sus esfuerzos. Se puso de pie, con el rostro tan duro como una piedra, y los miró.

— No puedo hacer más. — dijo, con voz ronca y seca. — El chico morirá y nadie puede evitarlo. — continuó mientras cerraba los ojos. "Lo siento" quiso decir, pero se abstuvo de hacerlo. ¿De qué servían las condolencias y los pesares de un dios hipócrita y estúpido como él?

— ¡No! ¡No! — Nix se derrumbó con las lágrimas empapándole el rostro. Pocos segundos después, Altair sufrió la misma suerte, aunque las palabras aún seguían atoradas en su garganta.

— Corban, no te vayas… — fue lo único que alcanzó a murmurar

El corazón de Hermes se le encogió en el pecho. Sabía un par de cosas acerca de perder a personas queridas, pero no se imaginaba siquiera lo que eso sería para un par de niños que no había conocido nada más que miserias en la vida.

Su dolor, atizado por las lágrimas de las chiquillos, se convirtió rápidamente en rabia; rabia contra si mismo, contras sus hermanos dioses, contra la guerra estúpida que estaba cobrando víctimas inocentes. Apretó los puños con tal fuerza que los anillos de oro en sus dedos se le clavaron en la piel y le hicieron daño. Deseó poder calmar el dolor de los niños incluso a cambio del suyo propio, más no podía. No había forma de secar sus lágrimas, ni de ahuyentar sus sollozos. Había roto las reglas y, ahora, en cada sueño, escucharía el clamor de sus voces infantiles, a las que su egoísmo les había robado el candor.

Contempló los alrededores, asqueándose con el caos que habían provocado. No encontró nada más que muerte, destrucción y pesar. Maldijo todo.

Con cuidado, se agachó junto al cuerpo de Corban. Tomó la mano pequeña entre las suyas y, una vez más, encendió su cosmos. Esta vez no con el afán de salvarle, sino solo para reconfortarlo. No sabía si los hombres, antes de morir, soñaban. Pero, si lo hacían, se encargaría que el niño avanzara al más allá entre sueños repletos de colores, de paz y de esperanza. Era todo lo que podía hacer por él.

Lo oyó respirar por una última vez y quiso pensar que aquel gesto de calma en su rostro infantil contenía una sonrisa casi invisible. La mano de Corban perdió toda fuerza y el dios supo que todo estaba terminado.

Los sollozos de los otrs dos chiquillos arrecieron y estuvieron a punto de robarle sus propias lágrimas. Se contuvo, repitiéndose a sí mismo, hasta el cansancio, que no iba a quebrarse. No podía quebrarse… por ellos.

Se arrancó la capa y envolvió el cuerpo del niño con ella, antes de ponerse de pie con él en brazos.

— Tenemos que irnos. — llamó a los dos chicos mayores. — Si quieren hacer algo por él, sobrevivan. Yo me haré cargo del resto.

Su cosmos, de un tenue tono azulado, cobijó a todos y desaparecieron, hacia un lugar alejado de aquel sitio lleno de pesadillas.

-6-

— ¡¿Quién te has creído que eres? — la mano de Artemisa se estrelló contra el rostro de su hermano.

Apolo no hizo el menor intento de impedírselo. Su gemela ardía en rabia, pero también se hundía en miedo. No recordaba haberla visto tan cerca de la locura antes, por lo cual le resultó todavía más preocupante.

— ¿Quién crees que eres? — le contestó con parsimonia.

— ¡No era asunto tuyo! — chilló ella una vez más. — ¡Siempre intervienes! Mis cosas no deberían interesarte. No tenías porque meterte. ¡Soy una diosa, déjame actuar como tal!

— Eres tan diosa como el resto de nosotros, pero tus dominios son otros y has rebasado los límites hace mucho, hermana. Alguien tenía que detenerte. Deja ya de ser una niña caprichosa.

— Te odio. — siseó.

Intentó abofetearle de nuevo. Sin embargo, ésta vez, Apolo le impidió que consiguiera su cometido. Se aferró a su muñeca con la fuerza suficiente como para dominarla. La escuchó quejarse, pero no la dejó ir.

— No sé si te das cuenta del caos que has armado por nada.

— ¿Por nada? — su indiferencia la enardeció. — ¡¿Por nada? ¡Tenía que traerlo de vuelta! ¡Tú lo arruinaste todo! ¡Le mataste y fingiste que nada había sucedido! ¿Qué querías que hiciera? ¿Qué agachara la cabeza y te besara las manos, como siempre? Estoy harta de vivir bajo tu ritmo, bajo tu opinión y sin que mi palabra valga nada.

Cada palabra la escupió con odio, con dolor. Estaba completamente ciega en esos momentos. Ajena a todo, lo único que veía, que pensaba y que anhelaba, era a Orión. Su cosmos había desaparecido en medio del caos… o al menos, lo que quedaba de él. Sentía que el vínculo que compartía con el santo, con ambos de hecho, se había roto. Había perdido toda conexión espiritual con ellos y sabía lo que eso podría significar.

— ¡Ahora le has destruido de nuevo! ¡Y a todos los demás también! — espetó. ¿Cuánto tiempo podrían sus almas aferrarse al mundo de los vivos, sin el poder de un dios como sostén? — Todos ellos pagarán muy caro tu osadía. ¡¿Estás contento? — tironeó, deseosa de liberarse, hasta que el pelirrojo la soltó por fin. Artemisa se acomodó la túnica lo mejor que pudo y se apresuró a buscar la salida, sintiéndose la ganadora en aquel duelo de palabras. Tristemente, en lo demás había perdido una vez más.

— Están bajo mi protección ahora. — Apolo le dijo, haciendo que la sangre se le congelara. — Ninguno de los protegidos de Athena morirá, a pesar de tus esfuerzos por conseguir tal cosa. Deberías agradecerme por limpiar tu desastre.

— Debería felicitarte por comenzarlo. — respondió sin saber que más decir.

Era su culpa. Él había sido el causante de todo su debacle, él y nadie más que él. Si tan solo la hubiera dejado ser feliz junto al cazador, si la hubiese dejado hacerse de una vida propia, las cosas serían distintas a lo que estaban viviendo.

Giró con tanta fuerza que la delgada tela de su túnica se alzó con el aire. Retomó el paso, esta vez con más velocidad. Solo quería irse… ¿a dónde? A donde fuera, pero necesitaba noticias sobre Orión y sobre lo que había sido de él. Después de que Apolo le espetase sus planes para mantenerlos con vida, había intentado dar con ellos; solamente encontró el cosmos de Máscara de Muerte. Por alguna razón que no terminaba de comprender, ni Aioria ni Orión parecían haber sobrevivido la hecatombe.

Sin embargo, no había conseguido abandonar el templo cuando un relámpago azul se cruzó en su camino, cortándole el paso. La rubia retrocedió un par de pasos, a la expectativa.

— Poseidón. — musitó.

— Me alegra encontrarles juntos. — la mirada gélida del dios recayó sobre ellos. — ¿Alguno de los dos va a explicarme qué es todo esto?

— Mi hermano podría responder tus preguntas mejor que nadie, tío. — la diosa de la Luna intentó escabullirse a su lado, pero el señor de los océanos le impidió el paso.

— Quiero las explicaciones de ambos. — recalcó.

— A ti tampoco te debo nada. — siseó Artemisa. — No le debo explicaciones a nadie.

Pero Poseidón no estaba dispuesto a pedir una vez más. Sus pupilas reflejaron el color cerúleo de su cosmos, tornándose amenazante. Un par de chiquillos no iban a hacerlo retroceder.

— Permíteme arreglar los problemas con mi hermana, por favor. — Apolo habló con prudencia. Conocía a Poseidón y le era familiar la presteza con que la rabia podía cobijarle. Al igual que Zeus, el dios peliazul era rápido para la ira.

— Les he dado el tiempo y las libertades suficientes. Ahora exijo respuestas. — no iba a darles opción. Apolo afiló la mirada del mismo modo y, apretando los dientes, respondió.

— Artemisa era quien tenía en su poder las almas de los dos santos. — por una razón que no terminó de comprender, no mencionó nada de Orión. — Las he liberado; Hermes ha ido en su búsqueda, para traerles.

— ¿Qué intenciones tenías con ellos? — el peliazul desvió su atención hacia Artemisa.

La joven diosa calló. De pronto, su mirada era tan afilada como la de su gemelo e igual de severa que la de Poseidón. Pero a un dios como el de los mares, nada de eso le amedrentaba. Levantó sutilmente las cejas, demandándole su respuesta.

— Te hice una pregunta.

— Fue un capricho. — respondió el señor del Sol.

— No sabes nada de mis caprichos, hermano.

— Sé lo suficiente.

— Pues para saber tanto… lo has descubierto demasiado tarde. Orión siempre será mío. — Artemisa nunca supo porqué escupió algo tan suyo así de repente. Pero de pronto, todo lo que quería era hacer daño a su hermano; aún si eso significara traicionar su propia intimidad.

— Eres una diosa casta. Deberías actuar como tal.

— Y tú eres ingenuo si crees que aún existen diosas castas en el Olimpo.

Sus palabras sembraron el silencio entre los tres. De alguna forma, la deidad de la Luna se sintió satisfecha al ver el rostro desencajado de su hermano. También notó cierto desconcierto en su tío, aunque no estaba segura de que se tratara de ello. Si ella no tenía derecho a ser feliz, nadie más debería gozar de tal privilegio, ni siquiera Athena.

— No sé tú, pero Athena es una diosa casta. Eres temeraria al calumniarla así, sobretodo después de haber secuestrado a sus santos. — Poseidón recuperó la calma antes de lo que ella hubiera deseado, pero no le importaba. Tenía muchas cosas más que echarle en cara.

— ¿Calumnia? ¿Cómo puedes estar seguro de que mis palabras son mentiras? Athena tampoco es la niña pura que ustedes creen que es. Ella cuida de sus santos… tan bien como yo. — sonrió con ironía.

— ¿Te has atrevido a…? — Apolo no terminó no formular la pregunta.

— No pienso seguir escuchando nada de esto. Me interesa lo que tengas que decir, no lo que Athena haga o deje de hacer. — terció el dios de los mares. No estaba dispuesto a prestar oídos a los chismes.

— ¿Qué importa ya lo que hice? — entrecerró los ojos y esbozó una sonrisa, entre agria y triste. — Todo está en el pasado. Se han encargado de arruinarlo todo, pero no podrán quitarme esos recuerdos. — y lo decía con pesar. Todo lo que había conseguido, lo había perdido, pero Orión había sido suyo y ella de él. — Estarán felices… Athena estará feliz. — continuó con amargura. — Enhorabuena.

Esta vez, Poseidón no se molestó en detenerla. Tenía razón al decir que sus planes no importaban ya. Ahora, lo único que tenía en mente era encontrar a los protegidos de Athena.

Miró fugazmente a Apolo, que estaba rojo de rabia y tan confundido como jamás le había visto. Poseidón no necesitaba pensar demasiado para darse cuenta de lo que sucedía… o de lo que había sucedido, mejor dicho. Y aunque las palabras de Artemisa habían sonado como un último embate de malcriadez, se preguntó como tomaría Zeus tales acusaciones. Athena y Artemisa siempre había sido las niñas de sus ojos. Quizás lo mejor era guardar silencio, aunque por lo que veía, Apolo no iba a dejar pasar las cosas con tanta ligereza.

— Por el propio bien de tu hermana, será mejor que no hagas ni digas nada más al respecto. — el mayor de los dos dioses le dijo. Esperaba que su consejo fuera suficiente, pero a la vez temía que no serían más que palabras huecas en los oídos del dios Sol. — Por ahora, solucionemos esto. ¿Dónde está Hermes?

— En camino. — fue todo lo que Apolo pudo decir.

Tarde…

Había actuado demasiado tarde.

-7-

— ¿Shion? — el rostro consternado de su princesa se dibujó frente a él, brumoso al principio, pero con mayor claridad conforme los segundos transcurrían.

— Athena. — el lemuriano llamó su nombre.

El esfuerzo para hablarle había sido grande, más la voz le salió como un hilo. El cuerpo le ardía y le dolía, como si hubiera padecido de fiebres intensas. Intentó moverse, pero las fuerzas no le bastaron.

— Bebe. — Herse, a quien no había notado hasta ese momento, le acercó una copa. Obediente, Shion bebió un sorbo, encontrando el líquido tan refrescante como amargo. — Es vino de mandrágora. Te aliviará el dolor.

— ¿Qué ha pasado? — preguntó.

— No estamos seguras.

— Parece ser que Apolo ha decidido jugar con ustedes y sus estrellas protectoras. — la intervención de Perséfone le resultó todavía más confusa. Aún así, el lemuriano escuchó con paciencia. — Ha despertado sus cosmos con la intención de encontrar a aquellos que habíamos perdido. Ha sido un desastre mayor… — la emperatriz de los muertos sonrió con un dejo de ironía. — …pero le ha dado resultado. El muy maldito nos ha pillado con la guardia bajo.

— Mi señora, ¿han encontrado a Aioria y a Máscara de Muerte? — por un segundo, Athena encontró alegría en esos ojos cansados.

— Poseidón se encarga de ello. — le respondió.

— Debemos hacer algo nosotros mismos. — presto, el Patriarca trató de incorporarse, solo para ser detenido por la diosa de la sabiduría y por su sacerdotisa.

— Estás muy débil. Dejemos que sea él quien se encargue.

Shion no protestó, estaba demasiado agotado para ello. Sin embargo, el tono en la voz de su diosa y la mirada que le dirigió a Perséfone le dejaron saber que tenía tanto recelo como él. De cualquier manera, su señora había tomado una decisión y Shion esperaría para comprender sus motivos. Por el momento, el vino de mandrágora comenzaba a ser efecto y la visión volvía a nublársele.

— ¿Los chicos…? — susurró, mientras el sueño le abrazaba de nuevo.

— Han pasado por lo mismo que tú, aunque esperamos que estén bien. Estoy segura que Aretha nos traerá noticias tan pronto le sea posible. Preocúpate solo por descansar. — Athena le apartó un mechón de cabello verde que tenía sobre el rostro y se sintió más tranquila al verlo asentir.

— ¿Ares…? — Shion insistió con las preguntas. Habían dejado al dios de la guerra sin vigilancia y la sola idea de lo que podría pasar si alguien le liberara, le aterrorizaba.

— Los médicos del palacio se encargan de él. — y Shion se dio cuenta que los ojos de su princesa se habían llenado de consternación.

— ¿Qué… sucedió? — por los dioses que tenía enterarse antes de caer víctima del sueño.

— Algo de lo más extraño. — Athena intercambió miradas con Herse y con Perséfone. La sacerdotisa lucía tan preocupada como ella. En cambio, la mirada de Perséfone expresaba algo muy cercano al reproche. — Le hemos encontrado con los brazos heridos. Como si alguien le hubiera cortado y sangrado.

Shion no supo que responder. No recordaba haber sido el causante de ello, pero estaba tan confundido que tampoco podía negar con seguridad no haberlo hecho. Quizás la mirada de Perséfone era por ello. Shion sabía que la reina del Inframundo nunca compartió la idea de aprisionar el alma de uno de sus iguales, así que seguramente le culpaba de haberse extralimitado con Ares.

— Yo no recuerdo… — murmuró. Los ojos casi se le habían cerrado.

— Hablaremos más tarde sobre esto. — con la mano, la diosa se encargó de terminar de cerrarlos. Depositó un beso en su frente y se retiró, dejándole al cuidado de Herse.

Perséfone caminó a su lado con rumbo al megaron. Avanzaba en silencio, inusualmente seria y fría con ella. Athena conocía de sobra las razones de su indiferencia.

— Shion no le ha hecho daño. — habló. En cualquier otro momento, Athena no hubiera dado explicaciones, pero siendo Perséfone una valiosa aliada, sentía que se las debía.

— Pues alguien lo ha hecho. Y, si lo han conseguido, es porque te encargaste de dejarle completamente indefenso.

— Hice lo que me pareció adecuado.

— Enseñaste a los mortales el camino para detenernos… para humillarnos. — la peliverde se sentía especialmente irritada. — Cualquiera de nosotros podría ser la siguiente víctima.

— Si hubiéramos sido menos injustos con los mortales, nuestros miedos serían infundados.

Perséfone se detuvo de golpe, como si las palabras de su hermana hubieran dibujado un muro enorme frente a ella. Athena también detuvo su andar y miró hacia atrás, donde estaba la reina.

— Espero no te arrepientas nunca de esto, Athena. Has abierto una puerta que ya no podrás cerrar después. Que nuestro padre se apiade de ti. — le advirtió por última vez, antes de continuar el camino.

-8-

Cuando todo se hubo calmado, la confusión se hizo más tangible que nunca.

Saori yacía sobre sus rodillas, con la respiración desbocada y con Niké firmemente apretada entre sus dedos entumecidos. Estaba exhausta. Se había visto obligada a llevar su cosmos hasta más allá de sus límites, todo con el único objetivo de controlar la marejada de energía que emitían sus doce armaduras doradas.

De alguna forma, se habían calmado… aunque la diosa no estaba segura de que aquello hubiera sido gracias a sus esfuerzos.

— Princesa. — Arles fue el primero en acercarse. Se hincó junto a su señora y, con ayuda de Seiya, la ayudó a incorporarse.

— ¿Qué ha sido esto? — la voz de Saori resonó entre jadeos.

— No lo sé, señora mía.

— ¿Estás bien? — ella respondió a Seiya con un movimiento afirmativo de cabeza. — Ven, necesitas descansar.

— No, no. No puedo. — la chica hizo acopio de todas sus fuerzas para sostenerse a si misma en pie.

Caminó hacia donde estaban las armaduras, suplicando porque sus piernas temblorosas no la traicionaran ni la hicieran caer. Se detuvo justo frente a ellas, a una en particular: Sagitario.

La armadura del arquero brillaba frente a ella, pero lo hacía de una manera completamente distinta a todas las demás. De pronto, era como si el brillo del color dorado se hubiera tornado más oscuro. Desprendía un calor sofocante y la flecha, tensa en su arco, estaba bañada en un líquido que le pareció peligrosamente parecido a la sangre.

— ¿Qué significa? — volvió hacia sus espaldas, donde estaba el santo de Altair.

— No puedo ayudarte, princesa. No estoy seguro de nada de lo que sucede.

Ella no dijo más. Con cuidado, pasó suavemente los dedos por la flecha de oro, ahora teñida de rojo. Sintió el metal ardiendo al contacto con su piel y rápidamente apartó la mano.

— ¿Te has hecho daño? — el santo de Pegaso se acercó a ella y la ayudó a llegar a su trono. Cuando la hubo sentado ahí, se apresuró a revisarle los dedos heridos.

— La sangre no es mía. — Saori explicó mientras él retiraba el líquido viscoso y oxidado de sus manos. Era sangre, no se había equivocado antes.

— Aún así, te has quemado.

— El metal hierve… pero no sé por qué.

— Será porque ha estado sometido demasiado tiempo al calor de las cosmoenergías. — él trató de calmarla.

— A ninguna de las demás le ha sucedido lo mismo y tampoco explica el por qué de la sangre.

Esta vez, no hubo nada que Seiya pudiera decir para calmarla. Él mismo se sentía inquieto. Había vestido a Sagitario antes, muchas veces, bajo la protección de Aioros. Sentía a esa armadura casi como si fuera la suya, aunque con pesar, tenía que decir que nunca había sido demasiado hábil para entenderla por completo. Pero, de una cosa estaba seguro en ese momento, el cosmos de la armadura del centauro había cambiado.

— ¿Estás segura de que es sangre? — Shiryu se acercó a examinar. Sus ojos, al igual que los de Saori, no le engañaron.

— Tiene que serlo.

— Pero, Saori, ¿de quién podría ser? — Shun hizo lo propio. Sin embargo, tampoco encontró respuestas a sus preguntas.

— Quizás debas llamar a Zeus.

— Hyoga está en lo cierto. Quizás el pueda ayudarnos. — la mano del santo de Pegaso se cerró suavemente alrededor de la de Athena. Ella no hizo ningún intento de apartarlo.

— Quizás…

— Las armaduras viven de sangre. — para sorpresa de todos, Ikki intervino. Se agachó frente a la armadura y la miró con detenimiento, como si los ojos del centauro alado contuvieran todas las respuestas que anhelaba.

— Continúa. — le invitó su diosa.

— Puede ser una estupidez pero… ¿para que más serviría la sangre sobre una armadura viva y fuerte?

— No estarás insinuando que… — Arles arrugó el ceño. Las palabras se le quedaron en los labios.

— Una nueva unción. La sangre solo puede significar dos cosas: o Sagitario se hace más fuerte o estamos presenciando el reclamo de alguien más sobre ella. De todas formas, sino no es tuya, ¿de quién podría ser?

El silencio del salón se tornó pesado, denso e insoportable. Hablar se volvió imposible y el miedo, les gustara o no, asaltó a más de uno de los ahí presentes.

Mientras escuchaba al santo de Fénix, el cuerpo de Arles se tensaba más y más cada vez. Las deducciones del chico tenían sentido, pero también pintaban un panorama desalentador. Habían perdido a tres de los señores de los Doce Templos y ni una sola de esas pérdidas se había reflejado en su armadura de la forma en que ahora sucedía con Sagitario. ¿Qué estaba pasando? ¿Aioros estaría bien?

— Debemos avisar a Shion, princesa. — se apresuró a aconsejarla. — Lo más pronto posible, el Maestro necesita saber. Esta sangre… su misterio, su repentina aparición, todo; solo indica una cosa: sangre divina.

-9-

Lo que había sentido, ¿era el cosmos de Shion? ¿O quizás solo estaba comenzando a perder la cordura de nuevo? Su confusión era tal, que Saga no podía darse una respuesta apropiada a si mismo. Se levantó del piso con la cabeza aún dando vueltas y los ojos todavía aturdidos por el cegador brillo que les envolviera antes.

Tosió, porque sentía la garganta rasposa. No recordaba haber gritado, ni siquiera había pronunciado una palabra, pero sentía la faringe abrasada. Un poco de agua hubiera sido un regalo divino en aquel instante.

Había alguien más a su lado, aunque no podía asegurar de quien se trataba. Quizás era uno de sus compañeros o quizás otra persona; de momento, no le importaba. Solo podía preguntarse acerca de lo sucedido. ¿Qué era esa energía tan poderosa que los había vuelto locos? Tenía que haber sido obra de dioses. Nadie más poseía tal fuerza. Pero entonces, al verlo de ese modo, el santo de Géminis no podía sino sentirse terriblemente atemorizado. ¿Eran tan fáciles de manejar para un dios?

Ares lo había manejado antes, por varios años que resultaron ser los más miserables de su vida. Sin embargo, una cosa era manejar la cabeza débil de un santo… otra muy diferente era manipular el poder de doce de ellos, con una facilidad que a Saga le resultaba pasmosa.

Alguien le ayudó a incorporarse y, por la fuerza de las manos que le sostuvieron, el gemelo adivinó que se trataba de Bias. No puso resistencia; no es que tuviera fuerzas para hacerlo.

— Por los dioses. — oyó al marinero. Su tono delataba la estupefacción que le hacía víctima.

"¿Qué?" quiso preguntar, pero solo consiguió toser una vez más y otra.

Se sentó como pudo, haciendo acopio de lo que le quedaba de fuerzas para no desvanecerse. Su cuerpo no le ayudaba, la sensación que le envolvía iba más allá del agotamiento. Supuso que sus compañeros estaban en las mismas condiciones, pues ninguna sola voz además de las de Ganímedes y sus muchachos se escuchaban alrededor. No entendía lo que estaba sucediendo, pero nada bueno sacarían de ahí.

— ¿Qué… pasó? ¿Están todos… bien? — cuestionó con mucho trabajo.

— No sabemos, muchacho. — le contestó el viejo. — Bias, encárgate de los otros. Verifica que todos se encuentren bien.

Cuando el marinero lo soltó, Saga se sintió a punto de caer de nuevo. Se llevó la mano a la cabeza, enterrando los dedos entre las hebras de su melena azul. Trató de concentrarse en una sola cosa a la vez. Repasó cada segundo que era capaz de recordar y trató de hilar de sus ideas de una manera coherente.

Recordó el establo, donde todos dormían. Después, se acordó de esa enorme explosión, que le obligó a levantarse a toda prisa, al no poder controlar sus propia cosmoenergía. Tras ello, en su cabeza solo veía caos, confusión y miedo. De pronto, recordó haber sentido demasiados cosmos inesperados; Shion, Aioria, Máscara de Muerte. Trató de encontrarles explicaciones, pero solo consiguió ganarse una punzada de dolor en las sienes. "Aioros" fue lo siguiente que le vino a la mente. "Shura" pensó poco después; y de alguna forma, aquello tomó forma en sus pensamientos.

Apretó los dientes y maldijo en voz baja. ¿Podría ser? ¿Aioros se hubiera atrevido? Lo que fuera, tenía que averiguarlo.

Hizo un intento de ponerse en pie, pero su cuerpo se negaba a obedecerlo. Volvió a tensarse y a tratar de nuevo. El resultado no fue muy diferente.

— Te harás daño. — Ganímedes quiso detenerle.

— El ceñidor. — gruñó en el momento en su cuerpo se quejó a causa de sus esfuerzos.

— No, no. No puedes tomarlo. — la falta de comprensión por parte del viejo enervó los nervios de Saga. — Shaka lo tiene a su cuidado. No debes preocuparte por eso.

— ¡No! — exclamó. Maldijo a su lengua por fallarle en un momento tan crítico como aquel. "Shaka no lo tiene. Aioros lo ha…"

— ¡Capitán! — al oír el grito de Cara de Asno, el gemelo presagió malas noticias.

— ¡Capitán, ven pronto! — Bias le secundó.

Ganímedes miró una vez más a Saga y después hacia donde estaba sus dos marineros. La indecisión en sus ojos fue evidente para el geminiano, que no supo si sentirse asustado u ofendido.

— No te muevas de aquí, ¿vale? — le dijo antes de ir en busca de Bias y Cara de Asno. — ¿Qué pasa? ¿Por qué tanto jaleo? — pero las respuestas no fueron necesarias, pues sus ojos encontraron rápidamente lo que sucedía. — Jodidos sean los dioses… ¡Ayúdenme! ¡Rápido! — ordenó al resto de sus acompañantes. — Aphetoros está herido. Muchacho, ¿qué demonios te pasó en los brazos?

Aioros no le respondió. Su mirada estaba ausente, perdida en el rojo intenso de la sangre que brotaba de las grotescas heridas en sus brazos. Los rizos despeinados se mecían suavemente con el viento y sus labios estaban ligeramente abiertos, aunque ningún sonido nacía de su garganta.

El capitán rápidamente arrancó un par de tiras de tela de su ropa y las usó a manera de torniquete. La sangre dejó de salir a borbotones, pero el arquero no pareció reaccionar.

— Maldición. Tendremos que costurarte. — Ganímedes continuó hablando, aunque no estaba seguro de que el chico le escuchara. — Te has despedazado los brazos y a saber cuando podrás usarlos de nuevo. ¡Justo cuando más necesitábamos un arquero!

— Aioria… — el castaño susurró de pronto, interrumpiendo las preocupaciones del marinero. Una lágrima solitaria empañó sus ojos azules.

— ¿Quién?

— Capi-¡Capitán! — Bias tartamudeó al llamarlo un segundo después.

Al prestarle atención, el viejo marino le vio apuntando un poco más allá de donde estaban. Tenía los ojos abiertos como platos y no daba crédito a lo que veía. Pronto, Ganímedes entendió el porqué.

— Que me jodan… — murmuró, también incrédulo. — ¿Qué sucedió en medio en esa tormenta? — el capitán preguntó, a sabiendas de que nadie podría responderle.

Los cuerpos de Aioria y Máscara de Muerte estaban ahí, frente a él, cubiertos en heno de color oro y sangre oscura que apestaba a muerte.

-Continuará…-

NdA: Capítulo corto que sabe a confusión. Muchas cosas y muy corto el tiempo que ha transcurrido. Solo espero que no haya terminado creando un desconcierto total. De ser así, pregunten y con mucho gusto respondo dudas XD

A mis personitas especiales que han dejado comentarios, se los agradezco con todo mi corazón. Todos esos mensajes son lo que alimenta esta historia (y a la musa de la autora). Damis, luxie-chan, Krmenxita Uchiha, xanxel, Gislaine C, Lu, Tatsumaki, k2008sempai, sagitariusgirl, FaSCeN, DiCrO, Altariel de Valinor, Kumikoson4, Eli, ddmanzanita, Navaratri, Doje, amorazul, Itachisgirlfriend8, Shaka love, elbereth, Ayumi03, RIAADVD, Minako Usumaki, Ace. Angell, Artemisa-Cazadora, Pyxis and Linx, Izabella, Alde93 y Minelava… ¡Muchísimas gracias por todas esas palabras de ánimo!

Por cierto, algunos lo sabrán, otros no, pero he renunciado a mi trabajo. La verdad es que me estaba matando lentamente y ya no pude hacer más. Era mi sanidad mental la que iba de por medio. Así que, con más tiempo disponible, quizás pueda volver a mis épocas de actualizar una vez al mes juju. Deséenme suerte.

Y, damas y caballeros…

¡Estamos a un capítulo del Gran 50! ¡A preparar la fiesta en grande! =9

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