Capítulo 50

Tras la tormenta

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Los vientos huracanados habían traído algo más que desorden a la pequeña villa. Ni siquiera el caos que se avistaba por doquier competía con los ánimos oscuros que el temporal arrastrase consigo. Había sido un amanecer de sorpresas, la mayoría de ellas, amargas, y unas pocas más que resultaron ser agridulces.

El pueblo entero se había movilizado para ir en su auxilio. Los hombres se dedicaban a evaluar y reparar los daños de las modestas construcciones, mientras algunas pocas ancianas y mujeres se arremolinaban en el torno a los heridos, para auxiliarles de la mejor manera en que les fuera posible. La mayor parte de quienes necesitaban ayuda era por curaciones menores, raspones y golpes que no representaban peligro; siendo los santos de Athena quienes cargaron consigo las peores suertes repartidas esas noche.

Decir que estaban agotados era decir poco. La explosión de su propio cosmos los había drenado hasta límites que hacía tiempo no conocían. Algunos de sus sentidos todavía estaban aturdidos y sus cuerpos parecían dispuestos a renegar en su contra un poco más.

Entre todo, lo único que podía considerarse como positivo, era el regreso de Máscara de Muerte y de Aioria. Sin embargo, aún en ello, se cernía una tenue cortina de oscuridad que amenazaba con cubrirlos en cualquier instante.

Aioros no se había separado un solo minuto del lado de su hermano menor. Le habían importado poco las quejas y las peticiones de cordura por parte de sus compañeros de viaje. Pero es que, simplemente le resultaba imposible alejarse de él; no después de todo lo que habían pasado… no después de haberlo dado todo para volver a tenerlo a su lado. Pensando en ello, se había arrastrado y permanecido junto a él, en espera de que despertarse.

Eso no sucedió.

Una de las mujeres, que se habían tomado la asignación de curanderas, se mantuvo también con él todo el tiempo, para coser los cortes en sus brazos y, de paso, vigilar el sueño del joven león. No que aquello fuera necesario.

A diferencia de Máscara de Muerte, que musitaba palabras sin sentido y se respingaba con el toque a sus heridas abiertas y supurantes, Aioria parecía atrapado en un sueño profundo del que no tenía intenciones de despertar. Su pecho subía y bajaba suavemente, al ritmo de su respiración casi imperceptible. Su cuerpo, al igual que el del santo de Cáncer, estaba cubierto de heridas y moretones. Ninguno de sus compañeros se explicaba como habían terminado en tan lamentable estado.

Sin embargo, ninguno tampoco había planteado sus pensamientos en voz alta. La situación era por demás delicada.

Necesitaban muchas explicaciones, más de las que podían obtener, pero había prioridades que debían ser atendidas. Aioros era una de ellas… Aioros y lo que fuera que había hecho. Era grave, eso lo sabían todos. Su instinto nunca les permitiría pasar por alto algo como eso. Los problemas crecían y crecían en el horizonte, acercándose con pasos apresurados, sino es que ya les habían pillado de nuevo. ¿Qué seguía? ¿Qué debían hacer a partir de entonces? Y, por encima de todo, ¿en qué los había metido?

En muchas maneras, sin importar lo que pensaran, todos coincidían en algo: el cinturón de Hipólita era una caja de Pandora, capaz de liberar todos los males del mundo sobre ellos.

Pero era tarde ya para pensar en ello. El tiempo no iba a retroceder y nada iba a cambiar. Como siempre, su única alternativa era levantar el rostro y enfrentar lo que fuera que esperaba por ellos en el futuro. Una vez más, sobrevivirían por esfuerzo propio.

—Siempre lo hacemos. Podremos con ello de nuevo—se dijo el santo de Escorpio. Tenía que mantenerse animado. Si él mismo no mantenía la cordura, algo le decía que los demás tampoco podrían.

Camus le miró con expectación. En ocasiones, cuando se perdía en sus propios pensamientos, Milo terminaba haciendo justamente eso: hablar solo. Era una extraña manía a la que el acuariano jamás se acostumbraría, pero que había aprendido a sortear con cierto éxito. Usualmente, lo mejor era dejarlo pasar. Al final, el propio Milo terminaba por darle las explicaciones que deseaba, sin necesidad de solicitarlas.

—Podremos, ¿verdad, Camus? Saldremos también de esto.

—Tenemos que hacerlo. —Se esforzó por no sonar demasiado sombrío—. Mantener la calma es lo mejor que podemos hacer por ahora. Eso y estar atentos.

Milo pareció estar de acuerdo. En realidad, al francés le venía bien su compañía. Con todos los defectos que pudiera tener, el escorpión dorado tenía el don de brillar aún bajo la presión más absoluta. A Camus le gustaba eso.

—Iré a ver al gato—dijo—, si Aioros no me muerde primero, claro está. —Y Camus lo vio marchar en silencio y con sigilo.

Para su buena suerte, la improvisada curandera mantenía al santo de Sagitario ocupado. Saga y Shura parecían obstinados en facilitarle la misión, del mismo modo en que el arquero buscaba complicársela.

—Tengo que coserte—le dijo la mujer.

—Haz lo que tengas que hacer, pero no me pidas que me mueva de aquí. —Su mirada, azul y suplicante, fue incapaz de conmoverla—. Es mi hermano pequeño—insistió—, míralo. Se supone que estaba muerto, y ahora…

—Ahora está vivo y no irá a ningún lado. Tú, en cambio, necesitas que cerremos las heridas. Sangran demasiado. Así que deja de insistir, muchacho. Si te estás quieto, será más rápido y, después, podrás volver a enfocarte en él todo lo que quieras.

—Escúchala, Aioros—Shura intervino—. ¿Crees que a Aioria le va a gustar despertarse y encontrarse contigo en este estado?

—Aioria te patearía el culo de aquí hasta Atenas si se enterara que eres negligente con tu propia salud—terció el gemelo—. No es que él sea menos terco que tú, pero ya sabes como se pone cuando las cosas no salen del modo que le gustaría. Anda. Deja que la mujer te ayude.

Aioros echó una última mirada, por encima de su hombro, hacia su hermano. Dormía, como lo había hecho desde que volviesen. Dormía… como si no fuera a despertar. Descubrió a Milo del otro lado, cerca de él. El peliazul le miró también, antes de obsequiarle una sonrisa triste.

Al igual que los demás, Milo estaba entero. Su rostro estaba lleno de hollín, mientras algunas hebras de heno dorado se entretejían en su cabellera revuelta. Pero estaba bien, estaba a salvo, y Aioros agradecía a los dioses porque así fuera.

Sabía que había actuado con premura y con demasiada estupidez. Había hecho mal en apresurarse, pero, por sobre todo, había puesto a sus compañeros en peligro. Podía asumir las consecuencias de sus decisiones, lo hacía ya. Sin embargo, no estaba seguro de poder cargar en su conciencia con la vida de sus hermanos de Orden. Eso si que no podía hacerlo.

—Cuando Aioria despierte, va a preocuparse mucho si te ve así—Milo dijo. Aioros, por su parte, no pudo negarle la razón. —Va a pedirte respuestas también, y tendrás que explicarle el desastre que has armado por él. Sería menos dramático si no estuvieras a punto de desangrarte, ¿no te parece? Deja a la mujer hacer su trabajo. Yo estaré vigilando de cerca a la gatita dorada. Si despierta, prometo que te gritaré hasta que te hartes de mi voz.

—Pero…

—Oh, basta ya. —el escorpión meneó la cabeza—. Las has cagado reverendamente, Aioros. Haz algo bueno y déjate curar. Si se te caen los brazo, o te mueres otra vez, no vas a poder ayudarnos en nada. Lo entiendes, ¿verdad? —preguntó. El arquero agachó el rostro, gesto que Milo tomó una aprobación. —Además, si te mueres, Shura y Saga saltaran juntos de algún precipicio. ¿Quién va a darles cariño? Nadie. Ese también es tu trabajo.

A sus espaldas, Aldebarán, que se había autonombrado vigilante de Ángelo, ahogó una sonrisa con muchos esfuerzos. Al ver los rostros fastidiados de los santos aludidos, no pudo soportar más y dejó escapar una risilla cómplice.

—¿Ven? El toro está de acuerdo. –Rió—. Ve, ve. Estás ensuciando todo.

—Gracias, Milo —le respondió.

Bastó una sonrisa compartida como respuesta del peliazul. Después, éste se enfocó en lo que había ido a hacer: acompañar a su felino e inconsciente amigo.

Examinó en silencio sus rasgos, sintiendo como si hubieran pasado siglos desde la última vez que se viesen. Y es que, las cosas eran tan diferentes antes de que se marchara. En aquel tiempo, todavía había un aura de magia en ese mundo desconocido que los rodeaba. Un misticismo que había terminado junto con sus vidas. A partir de entonces, fue como si el cielo se hubiera abierto y un montón de desgracias les cayeran de ahí arriba.

—Ay, gato. —Suspiró—. Si supieras el montón de líos en que nos hemos metido. ¿Y tú? ¿Dónde demonios estabas? ¿Cómo volviste?

Desvió la mirada hacia el cangrejo dorado, encontrándolo igual de intrigante, aunque un poco más entero. Conocía de sobra la resistencia de ambos, en especial de Aioria, por lo que encontrarlos en ese estado, le desconcertaba. Lo que fuera que había pasado con ellos, tuvo que ser bastante drástico para dejarlos así. Milo torció la boca. ¿Así se había visto él después de la guerra con las amazonas? "Probablemente si, e incluso más jodido." Se dijo.

—¿Sabes qué, gato? —continuó su diálogo unilateral. Su interlocutor permanecía dormido. —Siempre creí que eras un minino haragán, pero te estás pasando. Te fuiste por demasiado tiempo y ahora que regresas, ¿tienes la desvergüenza de ponerte a jugar a la bella durmiente? La princesita pelirroja que debería despertarte está a miles de años de aquí. Y a tu hermano no va gustarle si tomamos prestada a la suya. Además—bajó la voz—, Águila es más sexy. —Sonrió ante su propio comentario. Si Aioria hubieses estado despierto, se habría ganado un golpe de su parte. —Te hemos echado de menos, ¿vale? Sé que te gusta hacerte el importante, así que ahí está. Te extrañamos. ¿Feliz? ¿Por qué no nos ahorras problemas y despiertas?

Pero sus palabras se perdieron en el vacío. El santo de Leo no despertó, ni tampoco hizo el intento de hacerlo. En el fondo, Milo comprendió la desesperación del arquero.

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—¿Qué debemos hacer?

Ganímedes jamás se había sentido tan confundido en toda su vida. Estaba acostumbrado a tener todo bajo control, siempre en sus manos. Pero en ese caso, no era así.

Poco entendía de lo que estaba sucediendo. Sin embargo, sabía que nada bueno saldría de ello. Cuando veía a los recién llegados no podía evitar que la piel se le enchinara y que una angustia asfixiante le llenara el pecho. Los muertos no regresaban del Inframundo nunca… al menos no, sin que un altísimo precio fuera pagado. Las leyes de la vida eran claras y, sin importar de quien se tratase, no debían ser pasadas por alto.

—Deberíamos continuar—respondió Dohko.

—¿Qué hay de los dos muchachos y de Aphetoros?

—Aioria y Máscara de Muerte tardarán en recuperarse—dijo. Le hubiese gustado tener la convicción de que se recuperarían, pero ni siquiera estaba seguro de que tal milagro sucedería. —Y Aioros…—suspiró—. No sé que haremos con él y tampoco sé en que lío nos ha metido.

—No creo que sea conveniente dejarlo solo—acotó el marinero—. Estínfalo no está muy lejos de aquí, pero aún contando con que podremos vencer a las aves de Ares con rapidez, podríamos demorarnos al menos un par de días. Muchas cosas pueden suceder en ese tiempo.

Y Dohko tenía que concederle la razón. Bastaba un solo segundo para poner al mundo entero de cabeza.

Se quedó abstraído en sus pensamientos por un momento, analizando los pros y los contras de sus posibles decisiones. Al igual que Ganímedes, el chino se rehusaba a dejar a Aioros solo, mucho menos ahora que no tenían certeza alguna de lo que había sucedido. Herido como estaba, y cargando también con un par de santos inconscientes, el arquero dorado no tendría oportunidad alguna si algo sucedía mientras ellos no estuvieran.

Pero, ¿dejar una guardia con él? Si algo había aprendido de la Era del Mito, era que nada podía darse por sentado; y, aunque las aves del dios de la guerra bien podrían ser fácilmente abatidas con ayuda de sus cosmos, tenía miedo a equivocarse de nuevo. Los errores se pagaban caros en esa aventura y los chicos ya habían sufrido demasiado, como para seguir exponiéndolos de esa forma.

A decir verdad, había confiado en que Aioros y sus flechas serían determinantes para el éxito de esa misión. Así que, con el Sagitario incapacitado para actuar, volvía a sentirse receloso del resultado que obtendrían.

—Si te pidiera que te quedarás—Dohko habló tras un largo silencio—, ¿aceptarías?

—Solo si me explicas cada detalle de lo que tienes planeado. No estoy dispuesto a mearme de ansiedad pensando en todo lo que podría pasarles—. Dohko sonrió ante la respuesta del marinero. No esperaba otra cosa.

—Quizás no sea necesario viajar hasta el lago con todos los chicos—inició su explicación—. Algunos de ellos son especialistas en ataques de largo alcance, otros están más limitados. Puedo llevar conmigo a los primeros y dejar a los segundos de guardia, contigo para mantenerlos en orden.

El viejo capitán se rascó la barba anudada e hizo sonar la lengua cuando la pasó por sus encías semidesnudas. A simple vista parecía un buen plan, pero uno nunca sabía lo que los dioses deparaban dentro de sus caprichos.

—¿Avisarás si algo sucede? —Ganímedes cuestionó—. Es importante mantener ambos frentes comunicados.

—Puedo mantenerme en contacto con ellos. Si algo llegara a suceder, lo sabrías de inmediato.

—Bien. —No estaba seguro de que sería una buena idea, pero tampoco podían quedarse con los brazos cruzados. Algo tenía que intentarse. —Hagámoslo. Al amanecer, organiza a los grupos y apeguémonos al plan. Que sea lo que los dioses quieran.

El santo de Libra asintió. Sin embargo, por esa vez, no sería lo que los dioses quisieran. Sería lo que ellos pudieran lograr con la fuerza de su voluntad.

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Sabía que, si cerraba los ojos, caería dormido en dos segundos. La aventura de esa noche lo había llevado más allá del agotamiento, y todo aquel problema con las curaciones de Aioros solo había servido para empeorar su malestar. Pero, al final de cuentas, el estúpido arquero se había dejado curar, Milo había dejado de parlotear y todo la algarabía que causase su dramático incidente había disminuido ya… lástima que el Sol estuviera a punto de despuntar en el horizonte.

Con un poco de suerte, quedaría poco más de media hora para que los primeros rayos de luz se vislumbraran a través de las cordilleras rocosas. Sin embargo, Saga tenía que reconocer, que ansiaba por la luz del Sol.

Con la llegada de una mañana más, sabría que esa noche de confusión y pesadilla estaría en el pasado. Solo un poco más y el Sol se encargaría de poner orden entre ellos.

Lo que aún no terminaba de comprender era aquella presencia que había sentido a lo lejos, en medio de todo el caos. Tampoco se había atrevido a preguntar, claro estaba. Aunque, al igual que él mismo, ninguno solo de sus compañeros había pronunciado palabra al respecto. Ni siquiera Mu, quien mantenía uno de los lazos más cercanos con Shion, había hecho comentario alguno. Así que el gemelo comenzaba a pensarse si su sanidad mental estaba en juego de nuevo o si había algo más allá, algo que desconocía.

No hubo mucho tiempo para pensar al respecto, pues algo más se apropio de su atención. De pronto, se sintió observado. Sintió sobre sí la mirada insistente y, por un instante, sus sentidos se pusieron en alerta.

Saga se esforzó por mantenerse en calma, delatar sus inquietudes terminaría por jugarle en contra. Así que hizo acopio de calma y trató de mantener la cabeza fría. Fijó su mirada en Aioros y Aioria, un poco más allá. Después, recorrió uno a uno a sus compañeros, hasta que por fin, se atrevió a mirar sobre su hombro, hacia la puerta abierta de la cabaña que les daba refugio.

Con sorpresa, descubrió que, quien le miraba, no estaba dispuesto a escabullirse de él. La silueta del visitante le enfrentó por un segundo. Apenas distinguía la oscura silueta, envuelta en una capa tan negra como la noche, y con la cabeza cubierta, dándole aquel toque de misterio que bastaba para picar la curiosidad del geminiano. Entonces, el intruso desapareció. El santo arrugó el ceño.

Echó una mirada más a sus compañeros y al saberse fuera de vigilancia, se escabulló hacia fuera.

Cuando salió, el visitante caminaba varios pasos por delante de él. El peliazul apresuró el paso para ir a su encuentro, pero el otro mantuvo su ritmo, sin inmutarse. De vez en vez, miraba hacia atrás, asegurándose que el santo de Géminis le siguiera. Se adentró en el bosque para perderse entre los árboles y las sombras que generaban. Por segundos, incluso desaparecía de la vista de Saga, solo para mostrarse de nuevo unos metros más adelante justo cuando pensaba en desistir.

—¿Quién eres? —Se atrevió a preguntar. Pero el misterioso intruso no le dio ninguna respuesta. —Alto—solicitó, en vano.

El gemelo miró hacia atrás, donde ya no podía distinguir las luces escuetas de la aldea. Se maldijo por su impulsividad, más supo que era tarde para arrepentirse. Sin embargo, en ese preciso momento, la figura oscura se detuvo. Por inercia, Saga también lo hizo.

—¿Me has olvidado ya? —le cuestionó el extraño—. Se supone que ustedes, los mortales, poseen el don de atesorar recuerdos mejor que nosotros, los dioses.

El intruso se descubrió la cabeza, dejando bajo la escasa luz su larga melena castaña. Los rizos cayeron sobre sus hombros con suavidad y su mirada verde resaltó en la oscuridad de la noche.

El santo de Géminis se respingó, sin dar crédito a sus ojos por lo que veían. Hacía tanto tiempo desde la última vez que se encontraron… Demasiado.

—Afrodita—susurró.

—¿Me extrañaste? —La diosa se acercó hasta él hasta tenerlo al alcance de sus manos—. Porque yo a ti, si. —Rodeó su cuello con los brazos y le besó.

Incapaz de poner resistencia a sus labios, el santo se perdió en la caricia. La besó, disfrutándola… dejándole saber cuanto le había pesado su ausencia. No había pasado un solo día sin preguntarse cuando volverían a encontrarse. La había deseado en cada amanecer y en cada anochecer. Pero ahora que la tenía en sus brazos, no pensaba dejarla ir sino hasta embriagarse de su cuerpo.

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Milo había caído dormido hacía unos pocos minutos. Aioros, intoxicado por las infusiones de las curanderas, no había tenido mejor suerte. Incluso Aldebarán, que parecía el más dispuesto a mantener su vigía de Aioria y Máscara de Muerte, comenzaba a dormitar a esas horas de la madrugada.

En un rincón de la habitación, Shaka permanecía en silencio, más despierto de lo que hubiese deseado. Se había mantenido callado, distante de los acontecimientos. Y es que, por más que tratara de autoconvencerse, era incapaz de no sentirse culpable por haber fallado. Había sido imprudente al separarse del ceñidor. Sucediese lo que fuere, no tenía porque haberlo dejado sin vigilancia alguna. Saga se lo había advertido. Le había dicho que la mente de Aioros comenzaba a nublarse a causa de la manipulación de la joya; y él, como santo que era, debió haber pensado que la presencia del cosmos de Aioria terminaría por enloquecer al arquero hasta ese punto.

Ahora era tarde para arrepentirse, de la misma forma en que era imposible regresar el tiempo para prevenir el daño.

Miró al ceñidor que mantenía a su lado y lo maldijo en secreto. Si tan solo se hubiese mantenido más atento, aquel fantasma del mal que se cernía sobre ellos jamás hubiera existido.

En silencio, se puso de pie y caminó hasta donde estaba Aioria. Tuvo cuidado de no hacer ningún ruido que le delatara mientras permanecía ahí, de pie, observándole. Parecían haber transcurrido siglos desde la última vez que le viese, en el bosque de los centauros, antes de marchar de regreso a Atenas en compañía de Saga. Su muerte le había planteado muchos cuestionamientos respecto a su propia esencia humana y acerca del significado de la vida. También era cierto que, sin importar cuanto apego sintiera por sus doctrinas repletas de fe, Shaka no había dejado de extrañarle por un solo segundo. No podía definir exactamente lo que era, pero a pesar de sus naturalezas completamente opuestas, siempre había tenido un apego especial por el león dorado.

Le gustaba pensar que esa relación estaba basada en respeto, a diferencia de la que Aioria mantenía con Milo, basada en el desastre. Y era que, después de darle la oportunidad cuando más jóvenes, Shaka había descubierto que el griego era mucho más que la sangre del traidor. Poseía un espíritu indomable y una voluntad de oro que le había sacado adelante aún en los momentos más difíciles de su vida. Aioria no le debía nada a nadie. Era quien era, porque se lo había ganado a base de esfuerzo, lágrimas y sangre.

Era por esa misma razón que le dolía tanto verlo así: desvalido e inerte. Lo que fuera que estuviese enfrentando, el santo de Leo estaba luchando, de eso no le quedaba dudas, pero Shaka también temía mucho al resultado de la batalla. Si tan solo hubiera algo que pudiera hacer por él… algo.

"Lo que fuere."

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Una vez más, el Areópago sería el punto de reunión de los dioses. Pero en esta ocasión, los ánimos eran mucho más oscuros.

Zeus, quien había observado en silencio cada acontecimiento de los últimos días, se había visto arrastrado hasta lo alto de la colina sagrada. Cierto, se había propuesto no intervenir, pero debía admitir que los problemas entre sus dioses estaban saliéndose peligrosamente de control. Para ser sincero, no le gustaba el rumbo que las cosas estaban tomando. El mismo Poseidón, usualmente tranquilo y paciente, se había manifestado preocupado por aquel enorme lío que se acrecentaba con el paso de los días.

—Esto debe terminarse ahora, hermano—dijo el peliazul. No aprobaba en lo más mínimo la indiferencia de Zeus, ni su postura al respecto. —Y eso, incluye también a Athena.

—Athena hace lo que le parece conveniente.

—Athena enseña el camino a los mortales para que nos dominen—rebatió—. Vivimos de su respeto y su adoración, Zeus. Un dios jamás debería verse sometido a los caprichos de los hombres.

—Es… distinto.

Incluso para él, que estaba acostumbrado a dominar sus pensamientos, no expresar descontento le resultó imposible. El dios de los mares frunció el ceño y siguió con la mirada cada paso de Zeus mientras se aproximaba a las columnas que marcaban el final de la sala.

—¿Distinto?

—Si. —El dios supremo le confrontó—. No son los mortales quienes someten a un dios, sino una de nosotros que hace lo que cree necesario. Athena es tan diosa como Ares, y mi hijo ha intervenido en este duelo de voluntades por deseo propio. Se los advertí, Poseidón, a él y a todos los demás. Aquellos que decidan ensuciarse las manos, deben también prepararse para afrontar las consecuencias. —Súbitamente, giró para volver a darle la espalda a su hermano—. Ares no estaba listo para hacerlo—susurró.

—Y quizás ninguno de nosotros lo esté.

No hubo nada que Zeus pudiera rebatir a su igual, no cuando se escudaba bajo una verdad innegable. La puerta estaba abierta y sus vulnerabilidades se encontraban a la vista de los hombres. Athena debía andar con cuidado, pues enemigos no le harían falta en el camino y aún con toda su fuerza y sabiduría, la joven diosa habría de encontrarse en más líos de los que podía manejar.

—El amanecer esta cerca—dijo, mientras sus ojos azules inspeccionaban las luces lejanas del alba—. Les he ordenado reunirse aquí al rayar el día.

—Por supuesto. La noche ha sido entretenida, ¿no te parece? Te aseguro que ninguno de ellos va a faltar a la cita. —El sarcasmo en la voz de Poseidón le resultó inusual, pero ciertamente justo.

Así que lo mejor que Zeus pudo hacer fue callar.

Tal como el señor de los mares había predicho, todos los implicados aparecieron. En un segundo, el ambiente se volvió tirante hasta niveles insoportables. Cada uno de los dioses entró sin anunciarse, silenciosos y recelosos de quienes les rodeaban. Ocuparon una a una las sillas alrededor de las mesa. Sus copas se llenaron de vino, aunque ninguno bebió de ellas.

—¿Se han divertido esta noche? —El dios supremo les confrontó mientras tomaba asiento en la cabecera. Recorrió con sus miradas los rostros de quienes les acompañaban y esperó por sus respuestas, con actitud desafiante.

—Supongo que ellos si—respondió la diosa de la sabiduría.

Athena clavó sus brillantes ojos grises en sus hermanos. Su mirada irradiaba desprecio y reproche. Perséfone la había puesto al tanto de todo lo ocurrido, del mismo modo en que la había urgido a mantener la calma. Sin embargo, quedarse callada no era opción que la joven diosa contemplara. Y era que se sentía asqueada. Furiosa, por decir lo menos. Había llegado el punto en que desconocía en quienes ver a sus aliados y en quienes a sus enemigos. Ni Perséfone, ni Poseidón estaban complacidos con sus decisiones y, con sinceridad, la diosa les comprendía. Pero, ¿qué más podía hacer?

No así, Athena se sentía incapaz de perdonar a Apolo y a Artemisa, en especial a la última. Se sentía herida, traicionada por quien menos había pensado.

—Quiero explicaciones, padre—demandó.

—Me parece adecuado, pues tú también nos debes algunas. —la voz de Hera atrapó todas las miradas.

La reina se abrió paso hasta el corazón de la sala y se plantó a un lado de la silla de honor de su esposo. Esta vez no había reto o ironía en la belleza de su rostro, sino solo odio. Profundo y oscuro odio.

—Hera. —Zeus la llamó—. ¿Qué haces aquí, mujer? No has sido convocada.

—Los asuntos de mi esposo son míos también—la diosa respondió—, y más cuando nuestro hijo se encuentra de por medio. Te exijo que obligues a Athena a liberarlo.

—No cuentes con ello—terció la diosa de cabellos oscuros.

—¡Es un insulto para todos los dioses!

—Calma, Hera. Calma—pidió el dios rey, pero le sirvió de poco.

—No soy la única que piensa de esta forma, Zeus. —La mirada de la reina pidió el apoyo de Poseidón y también el de Perséfone. Ninguno de los dos aludidos hizo un gesto reprobatorio, pero tampoco de conformidad. —Cobardes—espetó ante su indiferencia—. ¡Zeus! Ares es nuestro hijo, el Señor de la Guerra; y Athena ha hecho de él nada más que un…

—Ares ha recibido lo que se merece—aclaró Athena—. Él decidió meterse en una batalla que no le dejaré ganar, Hera. Así que puedes llorar cuanto desees, puedes amenazar a mi padre tanto como quieras, pero no voy a liberarlo. No hasta que mis santos se encuentren a salvo. Y, te recuerdo, que no puedes intervenir de ninguna forma—siseó.

Las palabras de la diosa ateniense hicieron hervir la sangre de Hera, especialmente porque la verdad en ellas le resultaba frustrante. Estaba atada de manos, o al menos tendría que esforzarse por parecerlo así. Si quería tomar la venganza en sus propias manos, tendría que ser más astuta que nunca.

—Basta, Athena, es suficiente—interrumpió el rey de los dioses—. No quiero escuchar una sola palabra más de ninguna de las dos. Estoy cansándome de estos juegos.

Prudentemente, ambas guardaron silencio. Zeus podía ser un esposo y un padre complaciente, pero no por eso se debía abusar de su paciencia. Haciendo un esfuerzo mayor, las dos diosas se controlaron y volvieron a sus asientos para mantenerse en silencio en espera de las palabras de su rey.

—Al resto de ustedes, les he hecho una pregunta—continuó—. ¿Les parece entretenido el enorme desastre que han causado?

—No, padre—respondió un sumiso Apolo.

Era consciente de que había actuado mal y de que sus acciones tenían consecuencias aún desconocidas para todos. Sin embargo, no por eso se arrepentía de haberlo hecho. Si había de sentir remordimientos de algo, era de no haberse apresurado a intervenir. Ahora, el honor de Artemisa estaba mancillado, Orión se encontraba rondando en el mundo de los vivos y Athena no tenía intenciones de perdonar ninguna afrenta. Por si fuera poco, además, Hermes se había esfumado como el viento.

Cerca del dios del Sol, su melliza mantenía la mirada gacha. Las manos de la diosa sujetaban con impaciencia su túnica, de la misma forma en que la ansiedad la hacía apretar los labios sin ningún tipo de sutileza. Dentro de si, Artemisa reunía fuerzas para dar el gran paso.

—¡Padre! —Para sorpresa de todos, la diosa de la Luna se puso de pie. Su rostro lucía pálido y rígido, mientras su cuerpo se tensaba más y más conforme las miradas se posaban en ella. —¿No entiendo el motivo de tu reproches? ¡Dijiste que no habrías de intervenir en nuestras decisiones!

—Justamente dijo eso, porque creí que tendrían la capacidad de reconocer que existen límites para todo—contraatacó Zeus—. Pero está claro que no han sabido hacerlo. ¿Robar almas del Inframundo, Artemisa? ¿Cómo se te ha ocurrido semejante idea?

—De la misma forma en que a Athena se le ocurrido encerrar a nuestros iguales. —La acusación hizo que la diosa pelinegra frunciera el ceño—. Al igual que ella, he hecho lo que me ha parecido necesario.

—¿Necesario? ¿Necesario? ¡¿Necesario para quién?

—Para mi… para Orión—agregó en un hilo de voz.

—Oh. —La risilla burlona de Hera fue lo único que se escuchó después—. La pequeña niña se ha enamorado. Esto es ciertamente tierno—agregó con desdén.

—¡Te he dicho que guardes silencio! —exclamó Zeus. Su cosmos se encendió a la vez que sus manos golpearon bruscamente contra la mesa. Los dioses más jóvenes retrocedieron por instinto mientras sus copas caían, víctimas de la fuerza del Señor del Rayo. De nuevo, un profundo silencio ahogó la sala. —Les he permitido más de lo que debería. Les he dado libertades que ninguno merecía. Al final, no son más niños malcriados y caprichosos.

—No te equivoques, padre—replicó Athena—. Hago esto por mis santos; por ellos, que nada han hecho para verse envueltos en este caos. ¿Por qué tenías que involucrarlos, Artemisa? ¡¿Por qué?

—Athena, te he dicho que… —Zeus intentó callarla, pero el diosa de la Luna le arrebató la palabra.

—¡Los necesitaba! —respondió Artemisa—. Necesitaba un cuerpo que fuera digno de lo que Orión fue alguna vez y solamente esos hombres podrían proporcionármelo.

—Estás enferma.

—No, Athena. No te atrevas a hablarme así—siseó, con lágrimas de rabia a punto de brotarle de los ojos—. Estoy segura de que tú harías lo mismo si le vieras a él en peligro. —El rostro de la diosa de la guerra se tensó ante la acusación de Artemisa mientras, una a una, las miradas recaían sobre si—. Te vi mirarlo y le vi abrazarte. Él se escuda bajo tu protección mientras tú le llamas tu santo, pero son más que eso. Mucho más. —El desconcierto en el rostro de su hermana la hizo sentirse mejor—. No eres muy diferente a mi, ya tendrás la oportunidad de descubrirlo.

Por primera vez en mucho tiempo, la lengua de Athena se encontró atada. Abrió los labios, dispuesta a contraatacar, pero no pudo pensar en nada que la sacara de semejante aprieto.

—Vaya… esto se pone mejor y mejor—susurró la diosa reina. De ser verdad, la niña consentida de su esposo tenía muchas más debilidades de las que Hera había visto al principio. —Las pequeñas niñas encuentran divertidos a los mortales.

—Cierra la boca, Hera. No volveré a repetirlo—amenazó Zeus—. Artemisa, esta pequeña aventura tuya no volverá a repetirse. Quiero el alma de Orión de regreso al Inframundo.

—Pero…

—No, no peros. Harás como te ordeno y te mantendrás lejos de él. Tú y también Hermes… —entonces, el dios cayó en cuenta—. ¿Dónde está Hermes?

—Le envié por los santos al Jardín de las Hespérides, pero nunca volvió—respondió Apolo—. Tampoco creo que haya podido rescatarles. Algo más sucedió después de que conseguí ubicarles—acotó—, una nueva explosión.

Athena escuchó en silencio. Nadie, a excepción de Perséfone, cuyos labios también seguían sellados, sabía acerca de la relación entre los extraños hechos y Ares. Solo esperaba que la emperatriz mantuviera la boca cerrada.

—¿Sabes algo eso? —Zeus confrontó a Athena. Ella negó con la cabeza.

—No sé nada, padre.

—Yo podría saber algo. —La voz del recién llegado atrapó las miradas de todos—. ¿Me echaban de menos?

Hermes entró lentamente al salón. Traía consigo un pequeño bulto envuelto, celosamente protegido por sus brazos. Caminó parsimoniosamente hasta el encuentro con sus iguales y, al llegar junto a la enorme mesa, dejó su carga sobre ella. Al descubrir lo que escondía entre las mantas, un suspiro colectivo se escuchó en el Areópago. Ahí, delante suyo, estaba el cuerpo frío del pequeño Corban.

—¿Qué significa esto, Hermes? —gruñó el dios supremo.

Esto es lo que nuestras guerras han causado. —Asentó el cuerpo del niño sobre la mesa con delicadeza—. Este es el resultado de tus caprichos. —Miró a Artemisa—. De tu soberbia—dijo a Athena—. Tu maldad. —Después, se fijó en Hera—. Tu indiferencia. —replicó a su padre—. Y, también, de mi estupidez. Pueden estar tranquilos. No pienso mover un dedo más en esta mierda de guerra que han armado. Me gustaría decir que alguien más, aparte de mi, aprendió algo con la muerte de este crío… pero está claro que no.

Un pesado silencio se apoderó del Areópago. Aunque ninguno de ellos dio muestras de incomodidad, más de un sintió el estómago revuelto ante la presencia del cadáver del niño. Hermes los miró a todos, con ojos afilados. Sin embargo, su rabia solo aumentó ante la ausencia de respuestas; y ya tenía suficiente con soportarse a si mismo como para tener que soportar a otros. Era momento de marcharse.

Tomó de nuevo a Corban entre sus brazos y les dio la espalda a su iguales, en busca de la salida de la sala. Caminó un par de pasos antes de detenerse súbitamente. Tenía algo más que decir.

—Olvidé decirte. —Miró de soslayo a Athena—. Debes la vida de tus santos a este niño. Quizás deberías comenzar a preocuparte más por tu aliados que a pelear con tus enemigos—dijo, antes de desaparecer con el viento.

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La había tomado una y otra vez, enloquecido por su pasión y arrastrado por el deseo. Ella le había correspondido, entregándose a él y cediendo ante cada beso y ante cada caricia. La noche les había servido de cómplice, ocultando sus cuerpos ardientes de los ojos curiosos. Pero cuando la mañana hubo llegado y el Sol amenazó con dejarlos al descubierto, los candentes juegos cesaron y la compostura regresó a ambos. Se dejaron caer al piso, sudorosos y agitados. El santo la atrapó entre sus brazos, como si dejarla ir significara el fin del mundo… el fin del suyo, al menos.

—Parece que de verdad me habías extrañado—la diosa le susurró al oído—. Haré que me eches de menos más seguido. —Atrapó sus labios con los suyos.

—Eres una mujer cruel. —El santo meneó la cabeza. Sonrió. —¿Dónde habías estado?

—He estado ocupada. —Afrodita esquivó la pregunta del mejor modo que pudo—. Me alegro que estés bien. Han sido días realmente difíciles, ¿no es así?

—Más de lo que te imaginas…

El tono en su voz sonó lastimero a los oídos de la diosa. Con cuidado, acarició su pelo y le besó con suavidad, de un modo completamente distinto a la pasión que los había consumido antes.

—Lo siento.

—Está bien—dijo él—. Y el idiota de Aioros solo acaba de complicarlo todo de nuevo.

—¿La segunda explosión de energía fue culpa suya?

Saga la miró de reojo, inseguro acerca de lo que debía decirle. Por fin, tras mantener los labios sellados durante un instante, se atrevió a responderle.

—Del ceñidor—dijo.

—¿El de Hipólita?

—Ese mismo. Ha sido una verdadera carga para él.

—¿Para qué ha usado su poder? —preguntó ella, intrigada.

—Para traer de regreso a Aioria, su hermano. Cuando su cosmos comenzó a arder a la distancia, Aioros simplemente perdió la razón. —El gemelo hizo una pausa—. No me gusta el rumbo que las cosas están tomando.

—Lo sé… lo sé.

Pero, internamente, Afrodita sentía un dejo de alivio. Lo único que Ares había deseado desde el principio de aquel lío era lastimar a Athena, demostrarle que no era superior a ninguno de ellos. Para eso había utilizado a Saga todo ese tiempo. Quizás, ahora que Aioros parecía haber convocado su poder, el dios de la guerra no necesitaría más del gemelo. Con un poco de suerte, el error del arquero significaría la libertad que Saga tanto había deseado. Y, aunque lo lamentaba por el Sagitario, le había facilitado la decisión acerca de Ares.

—Al menos todos se encuentran bien—continuó ella—. Quizás lo mejor sería volver a Atenas por ahora.

—No podemos. Estamos demasiado cerca de otra misión de Estínfalo como para dar marcha atrás.

—Tonterías. Estoy segura de que Athena y su Patriarca estarían más tranquilos—refutó.

Al escucharla, Saga se congeló en su lugar. Había llegado a dudar de su propio cordura al pensar en que aquel cosmos a las lejanías era el de Shion, pero el comentario de Afrodita lo llevaba a considerar de nuevo la posibilidad.

—¿Patriarca? —preguntó.

—Shion es su nombre, ¿cierto? —respondió ella. Notó de inmediato que Saga desconocía la presencia del lemuriano en aquella época. Un punto en contra de Athena y a favor de ella. —No sabías que estaba aquí.

—No.

—No era una pregunta. ¿Athena no les informó de lo que está sucediendo? Fue él quien la ayudó a sellar a Ares. —La diosa observó atentamente sus reacciones, aunque no consiguió sacar mucho de ellas—. Pensé que estabas al tanto de lo que sucedía. Pero parece que tu diosa guarda más secretos de los que puede manejar.

El santo rehusó a pronunciar una sola palabra, a pesar de que compartía las ideas de la diosa del amor. Sin embargo, debía ser prudente. No tenía la menor idea de lo que estaba sucediendo en Atenas, por lo que le era difícil saltar a conclusiones que bien podrían ser erróneas.

De lo que si estaba seguro era de que no tenía deseos de mirar al viejo lemuriano a la cara. Shion era un hombre bueno, uno al que Saga respetaba y quería. Sin embargo, para su mala fortuna, la fe del Patriarca en su diosa era inquebrantable, y eso le dejaba terriblemente mal parado. No le gustaba admitirlo, pero muchas de sus acciones habían sido cuestionables; y Shion no iba a tener miramientos para sentarse con él, en lo que sería una plática larga que el gemelo no deseaba tener.

—Debo irme. —Se dirigió la diosa—. Con todo lo que ha sucedido esta noche, no tardarán en notar mi ausencia.

—Tu diosa te debe explicaciones.

—Las tendré cuando regresemos a la ciudad. —"O quizás antes," pensó el gemelo.

—Te buscaré tan pronto tenga oportunidad. Mantente a salvo.

Saga asintió. La besó por última vez y caminó, en busca del camino que le guiase de regreso a la aldea. En la mente tenía muchas preguntas. Pero, quizás la más importante era: ¿Qué tanto sabían los demás al respecto y que le habían ocultado?

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—¿Alguien ha visto a los gemelos? —Dohko preguntó al asomarse por la puerta. No hubo ninguna respuesta que le sirviera.

—Estaban aquí antes de que me durmiera—le respondió el escorpión. Soltó un bostezo y encogió los hombros, pues no sabía más.

—Maldición. Necesitaba tenerlos a todos cerca para discutir algo importante.

—Estoy aquí y Saga no tardará en llegar. —Cuando Kanon irrumpió, se apropio de las miradas de todas—. ¿Qué quieres, Dohko?

Y la verdad era que Kanon estaba más que seguro de lo que había sucedido con su hermano. Lo había visto escabullirse a mitad de la noche hasta la espesura del bosque, para perderse en él. Había visto también a la misteriosa figura que había guiado cada uno de sus pasos y, sin saber por qué, algo dentro de él le decía que no era la mejor de las visitas.

—Quisiera que Saga estuviera aquí.

—¿Para qué? —El gemelo mayor, recién llegado, intervino—. ¿Qué ha pasado?

Sus ojos, astutos y acusadores, miraron al santo de Libra con descaro. Dohko pareció resentir la fiereza en su mirada, pero ni siquiera se imaginó lo que sucedía dentro de la cabeza del geminiano.

—Ganímedes y yo hemos estado hablando. Pensamos que lo mejor sería continuar con esta misión lo más pronto posible—explicó—. Nos gustaría partir hacia Estínfalo hoy mismo. Pero también comprendemos que no podemos abandonar a Aioria y a Máscara de Muerte; y Aioros tampoco tendrá las fuerzas para retomar el viaje.

—¿Qué propones? —cuestionó el gemelo.

—Dividirnos en dos equipos—respondió el mayor, sin dubitaciones—. Yo llevaré a unos cuantos de nosotros hacia el lago y Ganímedes quedará a cargo del resto, aquí.

Nadie dijo nada después de aquello, aunque más de uno se mantuvo atento a los rostros de sus compañeros. Dohko levantó las cejas y, con un sutil gesto de cabeza, los animó a compartir opiniones.

—¿Dividirnos? ¿De nuevo? —Kanon fue el primero en atreverse a hablar—. La última vez, eso no salió nada bien.

—Ares se encuentra bajo el control de Athena y las aves de Estínfalo no deberían representar demasiado peligro. Además, tenemos nuestros cosmos de regreso. Es una ventaja enorme para nosotros.

—¿Cómo dividirás los equipos, Maestro? —Esta vez, fue Aldebarán quien preguntó.

—Visto que no contamos con un arquero, me llevaré a aquellos que tengan mayor habilidad en ataques de larga distancia. Los demás se quedarán.

—Oh. ¿Quiénes se quedan y quienes se van?

—Eso es lo que quería hablar con todos, Milo. ¿Quiénes se conocen mejor que ustedes mismos?

Los santos se miraron los unos a los otros mientras Dohko encontraba en ellos más dudas que entusiasmo. Pero, ¿cómo podía culparlos? Él mismo estaba llenos de cuestionamientos que, por ratos, le superaban. Cuanto más ellos. Tan solo eran un montón de chicos que habían pasado por más penurias de las que la vida podía darle a cualquier mortal entrado en años. Sin embargo, y aunque no le gustara, era su deber empujarlos a seguir adelante. Por una vez, no iba a dejarlos solos, se esforzaría por sacarlos adelante, sin importar lo grandes que fuera los obstáculos en su camino.

—Creo que los gemelos y yo podríamos ir. —Camus fue el primero en hablar—. Quizás podríamos llevarnos a Mu, o a Shaka. Ambos manejan a la perfección el uso de barreras de protección. Podrían sernos de utilidad.

Saga y Kanon se echaron una mirada recelosa el uno al otro, pero ninguno de los dos protestó.

—Preferiría quedarme, Maestro—Shaka dijo—, si a Mu no le importa ir en mi lugar, por supuesto.

—No hay problema—acotó el carnero dorado, y el rubio le agradeció en silencio.

—¡Bien! ¡Aldebarán y yo nos haremos cargo del montón de depresivos! —Un entusiasta Milo robó la palabra—. Camus, tú vigilaras que Saga y Kanon no se maten, ni se tiren al lago. ¡Te los confío!

—Cierra la boca. —Ambos aludidos se quejaron al unísono, pero solo consiguieron hacer reír al escorpión.

—Tengan cuidado.

—Pierde cuidado, Shura. Cuando Aioria y Máscara de Muerte despierten, asegúrate de avisarnos—pidió el santo de Acuario.

—Lo haré.

Dohko suspiró ante el nuevo reto que tenían que enfrentar. Era difícil, no podían negarlo; pero confiaba en que la determinación los sacara adelante una vez más. Pensó en Shion, en su cosmos a la distancia. Ninguno de los muchachos había preguntado al respecto, aunque con seguridad las dudas estaban ahí, dentro de la cabeza de cada uno. Sin embargo, las explicaciones debían esperar un poco.

Por lo pronto, las aves de Ares eran el siguiente reto y también eran la prioridad.

—Pues, si está decidido—dijo—, preparen todo. Partiremos cuando estén listos.

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Aioros miró del uno al otro.

De pronto, a pesar de todas las diferencias que pudieran tener, Saga y Shura lucían de lo más parecidos en aquel momento. Alzó las cejas, con curiosidad, y por un momento se sintió peor que un crío reprendido por sus travesuras.

—No hagas ninguna estupidez más, ¿de acuerdo?

—No lo haré, Géminis. Despreocúpate.

—Me preocupo, créeme. —Bufó—. Shura se quedará aquí, junto con Milo, Shaka y Aldebarán. Debería bastar con ellos para detenerte en tus idioteces, pero uno nunca sabe. —Esbozó una sonrisa ligeramente burlona que le ganó una mirada de fastidio por parte del arquero—. En serio, Aioros, ten cuidado. —La seriedad volvió a apoderarse de sus rostros.

—Me gusta pensar que, por más grande que haya sido esta estupidez, valió la pena. —Miró de reojo hacia Aioria, que aún permanecía inconsciente—. De todas formas, no volverá a suceder. Lamento mucho haberles arrastrado hasta este lío.

—Deberías lamentar más haberte metido a ti mismo en esto… que ni siquiera sabemos que es.

—Saga está en lo cierto—aprobó el cabrito dorado.

Y la verdad era que Aioros no lo negaba.

Al aceptar el poder del ceñidor, había firmado un pacto en blanco, en el que su contraparte podía hacer lo que deseara con él. No lo decía, pero se sentía aterrorizado. A pesar de eso, luchaba por mantenerse bajo control, por lucir lo más tranquilo que pudiese, del mismo modo en que se tragaba el dolor de sus brazos cosidos.

Asintió, dando la razón a los otros dos santos. Era lo único que podía hacer.

—Yo estaré bien, pero tú debes cuidarte también—le dijo al geminiano—. Trata de mantener la paciencia, ¿de acuerdo? —Preguntó, mientras sus ojos azules se desviaban hacia la lejana figura de Kanon. Los pleitos entre el gemelo menor y el mundo no había mejorado nada.

—Ya. Deséenme suerte.

—La tendrás.

Saga les sonrió de la mejor manera que le fue posible y, tras suspirar profundamente, se dio la vuelta para reunirse con el resto de su nuevo e improvisado grupo. Mientras lo veían alejarse, tanto Shura como Aioros experimentaron una ansiedad insoportable. La Edad del Mito les había enseñado que unidos tenían más posibilidades de sobrevivir, que separados. Solo deseaban poder volverlos a ver a salvo.

—Maldita sea, voy a echarlos de menos—bufó el santo de Escorpio. No dijo mucho más, pero en el fondo se sentía aliviado de no tener que montarse sobre un caballo para cabalgar hacia las fauces de las aves de Ares. Con su suerte, seguro que la maldita bestia que le tocaba resultaba estúpida y ambos terminaban siendo comida de pajarraco mitológico.

—Volverán. —La voz de Shura sonaba segura y, por una vez, Milo le envidió el optimismo.

Apretó los dientes y los puños con desesperación. Después, tras echar una mirada fugaz a los cuerpos maltrechos de Aioria y Máscara de Muerte, supo que no podía dejarlos ir así nada más.

—¡Hey! ¡Ustedes! —Les llamó—. Más les vale regresar vivos, o me las arreglaré para morir y bajar hasta el Inframundo a patearles el culo hasta que se me caiga la pierna, ¿entendieron?

Los aludidos miraron hacia el chico, con la sorpresa dibujada en sus rostros cansados. Dohko estaba a punto de responderle, cuando Kanon se le adelantó.

—Somos cinco contra uno, bicho estúpido. Si te dejas matar, nos encontraremos en el Infierno, te arrancaremos la puta pierna y te la meteremos por el culo, para que aprendas a no ser idiota, ¿entendiste? —Al escucharlo, Milo sonrió, para después dejar escapar una carcajada.

No morirían. No se dejarían vencer con facilidad. Y él tampoco bajaría las manos. Lucharía con uñas y dientes para salir vivo de ese pesadilla. Eso haría.

—Entendido.

Así, equipados con nada más que unas cuantas odres y provisiones para el camino, los santos partieron rumbo a Estínfalo una vez más. Atrás de ellos quedaban muchas preguntas, y todavía más preocupaciones. Pero el tiempo apremiaba, obligándoles a desperdiciar ni un solo segundo.

Tenían que seguir.

Aún había mucho camino por recorrer.

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Cuando llegó a Athenas entró a su templo, su cosmos distorsionado fue lo primero que Shion sintió. Se mantuvo quieto un par de segundos, expectante por las noticias que trajera su señora. La sintió aproximándose a la habitación y se puso de pie en el momento en que ella estuvo a punto de entrar. Las dos doncellas que la acompañaban y el físico que se trataban las heridas de Ares, le igualaron.

—Mi señora—saludó el lemuriano.

—Shion—ella correspondió—. ¿Estás mejor?

—Un poco mareado, pero no es nada grave. —La vio asentir, para después acercarse hasta el borde de la cama del dios dormido. Se cruzó de brazos y sembró sus ojos grises en él. Cuando vio su ceño arrugarse, el Patriarca supo que algo andaba mal.

—Me alegro que estés mejor. ¿Qué hay de él? —Apuntó a Ares.

—La herida es profunda, pero inofensiva—respondió el médico.

—Si algo cambia, quiero que me avises.

—Como ordenes, princesa. —El hombre le obsequió una reverencia, imitado por las doncellas.

La morena les sonrió a medias. Después, se dio la vuelta y caminó hasta la salida. Al pasar junto a Shion, se detuvo por un segundo para mirarlo.

—Acompáñame. —Le pidió.

Caminaron por las afueras del templo, protegidos por la sombra de la stoa. Los jardines se encontraban prácticamente vacíos. Sin embargo, la algarabía de los mercados cercanos llegaba hasta ahí, arrastrada por el viento. La población de la ciudad se mantenía ajena al desastre de la noche anterior. Nada en la ciudad se sentía diferente… solo era ella misma quien se sentía incapaz de encontrar un poco de calma.

Avanzaron varios minutos en silencio. Shion permanecía atento a su diosa y sus gestos, más no pronunciaba palabra al respecto. Sin embargo, tampoco fue necesario, pues poco después, la misma Athena retomó la conversación.

—El Olimpo está más revuelto que nunca—dijo—. Y no sé cuanto más peligroso se volverá todo, Shion. Cada vez entiendo menos.

—Los rumores sobre Artemisa… ¿resultaron ciertos?

—Si. —Athena asintió—. Fue ella quien mantuvo prisioneros a Aioria y a Máscara de Muerte. Admitió haber usado a uno de ellos para proveer a Orión de un cuerpo útil y digno de su alma. —Negó suavemente con la cabeza al recordar las posteriores acusaciones que le hizo la diosa de la Luna—. No puedo creer lo lejos que ha llegado.

—El amor es una emoción hermosa, mi princesa, pero también es fuente e inspiración de locuras. Artemisa es la prueba de ello.

El rostro de Athena tomó una expresión reflexiva mientras escuchaba a su Patriarca. Aún cuando el lemuriano guardó silencio, ella permaneció callada, meditando cada una de sus palabras con especial detenimiento. Pero, por sobre todo, pensaba en las verdades escupidas con veneno de su hermana. Pensaba en él y se preocupaba por la naturaleza de sus propios sus sentimientos y, también, en sus repercusiones.

—"Shura" —pensó.

Athena que no comprendía como ella, siempre dura y firme, había caído ante los deseos de su corazón; y lo que era peor, ¿cómo era posible que sus acciones la traicionaran de esa manera?

—Debería ir a verles—comentó, tras lo que pareció una pausa eterna—. Me gustaría asegurarme que todos están bien.

—Si te parece, princesa, me encantaría acompañarte. —Pero la diosa negó con la cabeza.

—Preferiría que te quedarás aquí. No quiero que, bajo ninguna circunstancia, Ares se quede sin vigilancia. Los demás dioses se encuentran tremendamente ofendidos, Shion. Temo que alguno de ellos haga algo que nos arrastre a más problemas.

—Comprendo. —Y lo hacía, pero su desencanto era palpable.

Llevaba semanas extrañando a sus chicos. Había llegado hasta ese tiempo con la esperanza de ayudarles y, hasta ese momento, ni siquiera había tenido la oportunidad de verles. Tenía tantas cosas que decirles, que la esperaba se tornaba cada vez más insoportable.

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Seiya mantuvo los brazos cruzados durante todo el tiempo. Sus ojos marrones, sin embargo, se encontraban completamente centrados en la máscara inerte de Arles. El viejo santo de plata no había pronunciado una sola palabra en todo el tiempo que llevaba escudriñando la armadura de Sagitario. En el fondo, las ansias se lo comían.

El Pegaso siempre había sido un hombre de acción, su paciencia nunca fue demasiada. Sentarse a observar jamás le había resultado placentero y, a pesar de ello, a eso se había resumido su papel en aquel nuevo reto de los dioses.

—Vamos, Arles. Di algo—le urgió—. ¿Qué sucede? ¿Hay algo que podamos hacer?

—Seiya, déjale trabajar.

—¡Pero, Shun! —bufó el Pegaso—. ¡Esto es muy frustrante! Algo malo sucede con la armadura.

—Es bastante obvio. —Ikki intervino—. Deja al hombre trabajar, o jamás sabremos de que se trata.

—¡Pero…!

Antes de que el santo de Pegaso objetara una vez más, Arles se puso de pie. Vieron su pecho subir y bajar bruscamente, mientras el sonido de un suspiro se hizo eco con su máscara.

—Nunca había visto algo así—comenzó a hablar—. No estoy seguro de lo que le diré, princesa mía, pero solamente existe una explicación a este extraño fenómeno. La sangre, el cosmos, el repentino cambio en su color…

—Solo dilo—urgió Seiya.

—Únicamente un tipo de ropaje sagrado, dedicado a los dioses, es descrito con ese color… el color de la sangre—dijo—: Las miaiphonas, las armaduras de Ares.

Sus palabras ataron las lenguas de los más jóvenes. Sintió sobre si las miradas repletas de preguntas e, incluso, algún gesto reprobatorio hacia sus ideas.

—¡Eso es imposible! ¡Es una mentira! —Seiya reaccionó con rabia—. ¡Una vil mentira!

—Seiya… —Saori intentó calmarlo.

—¡No, Saori! ¡No! Lo que Arles dice no son más que mentiras.

—Puedo estar equivocado, Seiya. Pero las evidencias confirman mis palabras. —La voz de Arles se mantuvo lo más estoica que podía, en tan complicada situación—. Es mi deber informar a Athena de cuales sean mis sospechas y mis temores.

—Saori, no puedes creerle. —Pegaso se interpuso entre la diosa y la armadura. Su dedo índice apuntó frenéticamente al ropaje del centauro—. Esa armadura te ha protegido desde que eras una niña. ¡Aioros ha velado por ti, incluso después de la muerte! ¡No podemos dudar de ninguno! ¡Es una mentira!

A Arles, en esa ocasión, le pareció que lo más correcto era guardar silencio. Comprendía lo que sus palabras implicaban, de la misma forma en que entendía la indignación de Seiya. Él también dudaba de que Aioros estuviera involucrado en un lío de semejantes proporciones. El solo pensar en esa posibilidad le resultaba aberrante. Después de todo, tal como el castaño había dicho, desde siempre, el cosmos del arquero había visto por su diosa a pesar de la muerte.

—Quizás deberíamos guardar un poco de prudencia y no saltar a conclusiones—intervino Shiryu, ante la creciente rabia de su compañero—. Princesa, deberías hablar con Shion.

—Lo haré.

Saori asintió, aunque no con una convicción absoluta. No tenía miedo de enfrentarse a los dioses, ya lo había hecho en innumerables ocasiones. A lo que realmente temía, era a la verdad. Ya habían sufrido demasiadas pérdidas, como para afrontar una más.

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Una poderosa ráfaga de viento hizo temblar a los habitantes del pequeño poblado una vez más. Los cientos de hojas que todavía inundaban las calles volvieron a levantarse con el aire, mientras la poco gente que se encontraba afuera corría en busca de refugio. Sin embargo, en esa ocasión no existía peligro alguno para nadie.

En medio de los vientos, dos figuras se dibujaron. Aretha surgió de entre el aire, con la túnica revoloteando a su alrededor y sus largos rizos encrespados por su fuerza. Sobre su cabeza, una luz dorada contrastó con la segunda silueta: la de un búho. El ave extendió sus alas, apareciendo de la nada y avanzó hasta el suelo donde, al posarse, se transformó en la misma Athena.

La diosa no prestó atención a las miradas de asombro que recaían sobre ella, sino que avanzó con pasos firmes hasta la casa de adobe, que servía de refugio a los santos que se habían quedado. Un par de pasos detrás, la ninfa la seguía. A diferencia de la morena, ella podía sentir las miradas que las seguían con una curiosidad implacable. A pesar de ello, trató de evitar, concentrándose únicamente en el hecho de que pronto podría asegurarse que Aioros estaba bien.

—¡Mi señora! —Al distinguir a Athena, Ganímedes se apresuró a ir a su encuentro. Cuando llegó a su lado, se agachó y hundió la rodilla en la tierra como señal de respeto. —Nos alegra verte.

—De pie, mi amigo—ella le pidió—. ¿Mis santos están aquí?

—Si, princesa. Sígueme, por favor. —Le mostró el camino.

—¿Están bien, Ganímedes?

Sin embargo, el silencio que su pregunta causó en el marinero le dejo la respuesta negativa en claro. Se mordió los labios ligeramente, sintiéndose terriblemente frustrada, mientras Aretha, sin poder disimular, se cubrió la boca con las manos.

—¿Qué ha pasado?

—La noche anterior ha estado llena de confusión—explicó el viejo—. No estoy seguro de lo que sucede y creo que nadie más lo sabe. Dohko, Mu, Camus y los gemelos han partido hacia Estínfalo unas horas antes, señora—continuó, tras soltar un suspiro—, los has perdido por muy poco.

—¿Se han separado?

—Si.

—¿Qué hay con los demás? —intervino la ninfa.

—Los demás… —Ganímedes no estaba muy seguro de lo que debía decir, aunque la diosa pronto constataría con sus propios ojos lo que había sucedido—. El resto se ha quedado aquí. Los dos muchachos que creían muertos han regresado, pero no pueden viajar.

—Y se han quedado a cuidarles—dijo Athena.

—Si, pero… —Al escucharlo, el rostro de Aretha se tensó y la mirada de la diosa se sembró en los ojos cansado del capitán.

—Vamos, Ganímedes, nunca has sido un hombre de rodeos. Habla, por favor.

—Algo malo ha sucedido con Aioros.

El corazón de Aretha le brincó en el pecho. De no haber estado acompañada por Athena, hubiera corrido al encuentro del arquero para asegurarse de su estado. Sin embargo, se vio forzada a mantenerse en calma.

Mientras, Athena, a su lado, entrecerró los ojos con suspicacia y entreabrió los labios. Por un segundo, tanto el marinero como la ninfa callaron, en espera de las palabras de la diosa. Pero, poco después, la deidad de la sapiencia se retractó y pidió, con ayuda de un ademán, que Ganímedes continuara con sus explicaciones.

—Primero se cubrieron de dorado, mi señora—explicó—. La luz era tan fuerte que parecía que el mismísimo Sol iluminaba a mitad de la noche.

—No has errado, mi amigo—intervino Athena—, eso es precisamente lo que viste. Apolo estuvo detrás de ello.

—Pero no fue él quien causó la bruma escarlata.

—¿Bruma?

—Si, si, preciosa princesa. Después de la luz del Sol, apareció la bruma, flotando hacia el cielo como si se tratara de una nube de sangre. —Las manos del viejo capitán se movían frenéticamente conforme avanzaba en su historia—. Se alzó tan alto como una columna. Y su brillo era tan fuerte como el de la cortina de oro, incluso más, por algunos momentos. Cuando todo terminó, Aioria y Máscara de Muerte estaban aquí—musitó—; y Aioros… Ha sido culpa del ceñidor, Athena. Eso es lo que ha sido.

Athena apretó los puños, sintiendo una rabia descomunal creciendo en su interior. Las cosas no podían seguir así, ese debacle no podía durar por más tiempo.

—Oh, por Zeus. —Oyó a Aretha susurrar, solo para verla desaparecer un segundo después, con rumbo al interior de la pequeña casa.

—Vayamos tras ella —indicó a Ganímedes y ambos siguieron los pasos de la ninfa.

Al momento en que entraron, encontraron a la ninfa de pie, mirando hacia Aioros con los ojos desorbitados. A su vez, el santo de Sagitario y el resto de sus compañeros la observaban con igual sorpresa.

Sin embargo, Athena se enfrentó a sus propios temores al atravesar la puerta y encontrarse directamente con la mirada de Shura sobre ella. Sus ojos se clavaron el uno en el otro por unos pocos segundos que se sintieron como una eternidad. Para él, ella jamás se había visto más hermosa; y para ella, perderse en esos verdes era una enorme bendición. Athena le sonrió, embelezada por la expresión en su rostro y Shura la correspondió con una mezcla de incredulidad y timidez.

—Athena. —La voz de Aldebarán la obligó a despegar su mirada del español para sonreírle al resto de ellos.

—Mis santos. Ha sido larga su ausencia.

—También te hemos extrañado, princesa—correspondió el escorpión—. A ti y a esas camas tibias en Atenas. Parece ser que la hospitalidad no les caracteriza en esta época.

—Eso parece, Milo. Eso parece.

De pronto, la sonrisa se le tornó amarga. Desvió sus ojos hacia donde estaban Aioria y Máscara Mortal. Se acercó lentamente a ellos para hincarse a su lado. Las curanderas se apartaron a su paso, permitiéndole un instante para contemplarlos. Con cuidado, apartó los mechones de cabello que les cubrían el rostro. Los vio tan lastimados que toda la rabia que había sentido al principio se convirtió en pena.

—¿No han despertado?

—No, señora—respondió Shaka, dejándola todavía más pensativa.

Después, se volteó hacia Aioros. Aretha estaba hincada frente a él. Sus manos le sostenían el rostro mientras sus ojos azules buscaban insistentemente la mirada del arquero. Susurraban, aunque la diosa no alcanzaba a escuchar que decían. Al verlos, no pudo evitar suponer que algo más que amistad crecía entre ambos. Lo notaban en la forma en que se miraban, en lo cómoda que les resultaba la cercanía, pero sobre todo, en la complicidad que existía entre santo y ninfa.

En otro momento, sus pensamientos hubieran sido mucho más severos respecto a su relación. Como diosa, siempre había sido celosa de sus guerreros y exigente para con las mujeres que le servían. Sin embargo, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, esta vez era diferente.

Estaba a punto de retirar la mirada, sintiéndose invasora de su privacidad, cuando lo notó. Su primera reacción la hizo abrir los ojos en un gesto de desconcierto total. Se puso de pie con presteza y caminó hasta su santo de Sagitario.

—Tus brazos—dijo, tomando por sorpresa tanto a Aioros como a Aretha—. ¿Qué te ha pasado?

—Yo… —Pero el castaño no tuvo palabras para responderle. Bajó la mirada hacia sus heridas y después, miró fugazmente a su hermano.

—Aioros, te he hecho una pregunta.

El silencio y la tensión dentro de la diminuta habitación se volvieron palpables con cada segundo que se escapaba sin respuestas. Lo cierto era que, aunque más de uno hubiera querido dar una explicación, poco podían decir con cierta certeza.

—Yo… —Suspiró—. Yo usé el poder del ceñidor para traer a Aioria de regreso—admitió el arquero dorado.

Se forzó por sostenerle la mirada a su diosa, aunque la gravedad de su rostro delataba también el pesar en su interior por la decisión tomada. Tragó saliva, sintiéndose ciertamente ansioso, y apretó tanto los puños que las heridas de los brazos le ardieron.

—Entonces, fue eso—murmuró ella, más para si misma que para los demás.

—¿De qué hablas, Athena?

La joven diosa miró de soslayo al escorpión dorado antes de agacharse frente a Aioros. Con toda la delicadeza que le fue posible, tomó los brazos del arquero entre sus manos. Miró las heridas y, después, buscó la mirada del santo.

—Estas heridas—dijo—, han aparecido también en los brazos de Ares. —Un profundo temor apareció en los rostros de todos los ahí presentes—. Al principio no entendí el por qué, pero ahora todo tiene sentido. Al usar el poder de Ares, has pactado con él: un pacto de sangre.

—¿Qué? —La pregunta surgió de los labios del arquero como un murmullo.

—Los dioses no ofrecemos nada gratis, Aioros, tú lo sabes; mucho menos si se trata de Ares.

—¿Hay algo que podamos hacer, mi señora? —intervino la ninfa.

—No lo sé—Athena respondió con franqueza—. Desconozco los términos de esto, pero encontraremos una respuesta.

Aioros asintió torpemente, sobrecogido por las noticias. Tenía un nudo en la garganta y un miedo enorme, como nunca había sentido. Se lamió los labios resecos y bajó la cabeza, esforzándose por todos los medios en ocultar las lágrimas que amenazaban con desbordarse de sus ojos. No se sentía con el derecho de llorar, no después de haber sido él mismo el causante de su tragedia. Había sido una decisión impulsiva, una decisión errónea, incluso, estúpida; pero su decisión a final de cuentas, y asumía las consecuencias que le traería.

Sin embargo, cualquier sacrificio, sin importar lo grande que fuera, valía la pena con solo observar el rostro de su hermano pequeño. Aioria era lo único que tenía, lo único… y no tenía intenciones de perderlo. Con gusto daría su vida por la de su pequeño león, así que pagaría el precio que fuera necesario.

—¿Puedes ayudarles? —Se atrevió a preguntar a la diosa morena, refiriéndose a Leo y Cáncer—. No te pido nada para mi, Athena, pero ayuda a mi hermano y a Máscara de Muerte también.

—Pienso ayudarlos a todos—sentenció la deidad, poniéndose de pie.

No estaba segura de cómo tomaría Hera una intervención como aquella, pero no estaba dispuesta a dejarse manipular por la diosa reina tampoco. Quizás no podía intervenir directamente en las misiones, más eso no significa que no pudiera hacerse cargo de la guerra que los demás dioses habían armado en su contra. Sus santos de Cáncer y Leo eran víctimas de esa guerra y justamente era lo que pensaba a usar en su favor en caso de que la esposa de su padre quisiera culparla de cualquier intervención indebida.

—¿Qué harás, mi señora? —Cuestionó un preocupado Bias.

Al igual que muchos de los compañeros de excursión, tenía algunos cortes en cuerpo y rostro pero nada grave. "Seguirás igual de feo" le había dicho Cara de Asno, así que el gigantón marino no tenía motivos para preocuparse demasiado por eso.

—Apolo los ha liberado de Artemisa, el poder de Ares los ha traído de regreso y yo pienso despertarlos—acotó— Ningún sacrificio será en vano.

—Pero, princesa… —Milo terció.

—No puedes intervenir, no de este modo al menos. —Shaka expresó los pensamientos del santo de Escorpio. Detestaba la idea de no hacer nada, pero odiaba todavía más las consecuencias de otro posible error.

—Shaka está en lo cierto.

—Aldebarán, Milo, Shaka, comprendo sus preocupaciones, pero esto es lo que haré y ninguno de ustedes me hará cambiar de opinión. Quédense tranquilos que mi padre me dará la razón. No interfiero en las misiones, simplemente reparo parte del daño que mis hermanos dioses les han causado.

—No quiero sonar insistente y tampoco impertinente, princesa, pero… —Y aunque la diosa permaneció expectante a la pregunta del santo de la virgen, las palabras no nacieron de sus labios.

—Lo que Shaka quiere decir, Athena, es, ¿estás segura de lo que vas a hacer?

—Milo, no sería la primera vez.

Prefirió guardarse el hecho de que los ojos de Shura eran la prueba de ello. Con lo que no contó, era que una simple mirada la traicionaría. Sin que se diera cuenta, en un error minúsculo, sus ojos grises se fijaron una fracción de segundo en el español. Para cuando quiso retirar la mirada, fue tarde. Algo dentro de su interior le gritó que Shura no había pasado por alto sus pensamientos; y es que no estaba del todo equivocado.

Shura se había mantenido callado hasta ese instante, absorto en nada más que la presencia de su joven diosa. Había seguido en silencio cada uno de sus movimientos, completamente incapaz de separar la mirada de ella. Pero aquellas últimas palabras, la mirada mal disimulada y esa expresión de desconcierto tan inusual en Athena, habían ocasionado un escalofrío que le erizó la piel. Desde aquella noche lejana en Temiscira, cuando sus sueños habían traicionado a su sentimientos, el cabrito dorado no había hecho nada más que convencerse de estar equivocado. Se había repetido hasta el cansancio que no había sido nada más que eso: un sueño. Sin embargo, de pronto, ese par de ojos grises que lo habían hipnotizado aquella noche, volvían a abrir una ventana de esperanza que no estaba seguro de querer. Athena era su diosa… eso y nada más.

No debía verla de otra forma. No debía.

—¿Cómo piensas despertarlos? —Para fortuna de diosa y de santo, Ganímedes los sacó a ambos de sus meditaciones, no sin robarles un respingo.

—Con cosmos—respondió ella, presurosa—. Son mis santos. Su energía está ligada a la mía, incluso mejor de lo que está ligada al Sol. Si Apolo a sido capaz de convocar su poder, yo debería conseguir lo mismo.

—¿Y si no?

El simple cuestionamiento por parte del escorpión la dejó muda. No se trataba solamente de la posibilidad de fracasar en su intento de ayudarles, sino de que la fe de sus santos se tambaleaba en el momento menos oportuno.

—Funcionará. —Fue lo único que atinó a rebatir.

—Athena, yo no quise…

—Está bien, Milo. Te comprendo—dijo, guardándose su desconcierto de la mejor manera que pudo—. Han sobrevivido a momentos sumamente difíciles, y yo no he podido hacer mucho por ustedes. Estás en tu derecho de tener dudas.

—No es eso. —Milo meneó la cabeza—. Es solo que… nada parece lo suficientemente claro a últimas fechas—acotó mientras se sentaba en un rincón de la habitación. Observó con atención como las manos de su diosa se cubrían de cosmos dorado que fluía desde ellas hasta los cuerpos de Aioria y Máscara de Muerte. —Es complicado discernir lo que está bien de lo que está mal.

Athena levantó el rostro para obsequiarle una sonrisa empática, pero ligeramente triste. No había mentido al decir que lo comprendía y solamente lamentaba haber contribuido al desencanto que sus guerreros sentían por aquel mundo que no les había dado nada más que dolor.

—Necesitan descansar. Háganlo ahora que estoy aquí—habló una vez más.

—Pero…

—Descansa, Aioros. Cuando despiertes, Aioria estará mejor. Si recupera la consciencia antes que tú, lo sabrás. Dudo que no desee darte un abrazo apenas abra los ojos.

—Yo lo cuidaré por ti—terció la ninfa.

Y, aunque Aioros hubiese confiado su propia vida a Aretha, su subconsciente no quedaba del todo tranquilo. Aioria era su hermano pequeño, y él, como el mayor que era, debía velar por su bien. El destino ya le había arrebatado un par de veces esa oportunidad y no quería volver a perderla.

Asintió porque no le quedó más remedio, porque las miradas de sus compañeros eran un lastimero recordatorio de su equivocación y porque no quería volver a equivocarse. Lentamente se acomodó en el improvisado lecho de heno, cuidando siempre las heridas de sus brazos. Pensó en que tenía cientos de cicatrices en el cuerpo, pero aquellas serían el triste recordatorio de un error a medias. Cada vez que las viera, pensaría en lo peligrosa que resultaba su estupidez, sin importar los buenos motivos que la movieran.

-x-

Mientras más veía llorar a Altair, más indefensa y furiosa se sentía. Se suponía que las cosas serían distintas, que a pesar de los peligrosos, todo estaría bien. Pero, como siempre les sucedía, los planes habían fracasado de la manera más estruendosa y dolorosa posible.

Una vez más, les habían abandonado. No había importado en lo más mínimo lo mucho que se esforzaron, ni tampoco las fuerza con la que habían aferrado a su nueva vida. Al final, no habían estado menos indefensos que en su pequeña aldea, semanas atrás. No habían sido capaces de cambiar nada, ni siquiera de velar por si mismos.

Nix se secó las lágrimas bruscamente. Odiaba llorar, detestaba sentirse así.

Si en vez de lloriquear como una niña pequeña hubiera tenido la fuerza para defender a aquellos a quienes quería, entonces el mundo hubiera sido un lugar distinto para ella. Pero todo les había salido mal. Corban estaba muerto, Aioria y su maestro se había marchado y ella… ella solo podía observar, con los ojos llenos de lágrimas y las manos manchadas de sangre que no había podido proteger.

Ni siquiera se sentía a gusto con Hermes. No entendía lo que pretendía, ni se sentía a salvo a su lado. Después de todo, ¿qué había hecho aquel joven dios por ellos?

Nada. Absolutamente nada.

Les había dicho que con él, nadie podría hacerles daño. Sin embargo, el daño ya estaba hecho. Quizás sus corazones aún latían y sus pulmones respiraban, pero Nix estaba segura de que, por dentro, tanto ella como Altair estaba muertos. No tenían nada, ni tampoco a nadie. Estaban solos y así sería hasta que la muerte volviera a arroparlos. Los dioses habían sido infinitamente crueles al regalarles la vida en tantas ocasiones.

Negándose de soportar aquella tortura por más tiempo, la niña se puso de pie y corrió hacia las afueras del templo del dios mensajero.

Corrió tan rápido como le dieron las piernas. Se perdió entre los exóticos jardines, repletos de plantas traídas desde cada rincón del mundo. Las enormes estatuas, de ojos muertos y gestos severos, la observaron a su paso. Sin embargo, la niña no les prestó atención. Ella siguió su camino, perdida entre su rabia y en su dolor. Las ideas iban y venían en su cabeza. Pensaba en tantas cosas, pero también en ninguna. Entonces, tropezó y cayó sobre el suave pasto de los jardines. Ni siquiera intentó levantarse, sino que se quedó ahí, dando rienda suelta a su dolor.

Maldijo a todos y a todo. Gritó, sollozó, rabió hasta agotarse. Las lágrimas le habían ahogado los ojos rosas y su voz se había apagado, apretada por el nudo en la garganta. Se preguntó si Hermes o Altair habían notado su ausencia. Probablemente no, pues nadie había salido en su búsqueda.

El sueño la fue acogiendo lentamente. Los párpados se le tornaron pesados y la mirada se le nubló. Por fin, se durmió.

No sabía cuanto tiempo llevaba dormida, pero súbitamente el frío la despertó. El cansancio la persuadió de levantarse ante la primera caricia gélida. Sin embargo, la insistencia terminó por forzarla a abrir los ojos.

A pesar de ello, lo que vio la hizo pensar en que seguía hundida en un sueño. Se sentó muy despacio, con la cabeza envuelta en nubes. Frotó sus ojos adormilados y las últimas lágrimas de ese largo día corrieron por sus mejillas. Sus labios se abrieron sutilmente, pero las palabras no emergieron de ellos, sino que se quedaron atoradas en su garganta. Estiró su pequeña mano hacia aquel rostro conocido y dejó escapar un sollozo cuando él le correspondió, tomándola entre las suyas.

—Nix.

Al escuchar su voz, la niña rompió en llanto. Se prendió de él, con una urgencia desoladora. Lo abrazó con todo lo que sus brazos le permitieron y hundió el rostro en su ropa.

Su presencia era un milagro en sí. Le había extrañado con dolor y con locura. Cada noche había rezado por que los dioses se lo devolvieran, porque regresara a su lado justo cuando más lo necesitaba. Y, por una vez, los dioses parecían haberle escuchado. Estaba de regreso, su hermano había regresado del mundo de los muertos…

—Urián—llamó su nombre, sin notar el frío que de él manaba.

-x-

Todos había caído dormidos con una rapidez increíble, incluso Aioros quien había protestado contra el sueño todo lo posible. Era comprensible con solo verlos: estaban agotados. Athena se había esforzado, no solo por usar su cosmos en Máscara de Muerte y Aioria, sino también porque su energía fuera lo suficientemente reconfortante para todos.

Llevaba horas con el cosmos encendido y le tranquilizaban los signos de mejoría.

Máscara de Muerte, cuyo sueño había sido inconstante e inquieto, yacía plácidamente dormido. Sus heridas, al igual que las de Aioria había mejorado considerablemente mientras los gestos de agotamiento en sus rostros aminoraban poco a poco. La diosa se sentía feliz de que su plan estuviera funcionando. Solamente faltaba que abrieran los ojos, porque cuando lo hicieran, su alegría sería infinita.

Athena no solía pecar de ingenua, sin embargo, en esa ocasión estaba dispuesta a ser más optimista de lo que debía. Necesitaba serlo, después de todo lo que había sucedido en días anteriores.

Se detuvo por un momento para tomar un respiro, la noche le estaba resultando eterna.

De pronto, se sobresaltó al escuchar los pasos detrás de ella. Volteó rápidamente y se quedó petrificada. El santo de Capricornio estaba de pie a su lado.

—Shura—susurró.

—Están mejor—le dijo, también entre susurros—. Ojala despierten pronto.

—Tienen mucho que contar.

—Todos tenemos mucho que decir.

La diosa simplemente asintió. No pudo sostenerle la mirada a Shura, no sin que él notara todo lo que su mente pensaba.

—Tú también estás mejor—habló mientras le veía de reojo.

—Lo estoy.

—Me alegra.

—Hay… hay algo que quería preguntarte. —Shura la miró disimuladamente. Ella, por su parte, no respondió. —Algo sucedió en Temiscira…

—¿Si?

—Fue… un sueño… —Titubeó—. Pero…

Sin embargo, no tuvo tiempo de decir nada más, porque en ese instante un gemido los hizo detenerse. Giraron sus rostros a la vez y se encontraron con los ojos adormilados de Máscara de Muerte.

—¿Qué ha pasado? —musitó con voz pastosa—. ¿Dónde estoy?

—Volviste. Has vuelto—le respondió la diosa.

-Continuará…-

NdA: OMG! ¡994 reviews! ¡Esto es una verdadera locura!

Si me hubiesen dicho hace unos cuantos años que este fic llegaría a estas alturas, les habría tildado de locos. Pero, si estamos hasta aquí el día de hoy, es debido a todos ustedes, mis adorados lectores.

Estoy segura que, sin su apoyo, sin sus palabras repletas de aliento, sin las múltiples ideas que han ido aportando a lo largo de esta historia, "Las Doce Tareas" hubieran quedado en no más de 20 capítulos. Solo basta mirar lo que se consigue con un poquito de atención y de aprecio mutuo: 50 capítulos, más de 1,000 páginas y contando. Creo que "gracias" no alcanza a decir ni la más mínima parte de lo que me gustaría decirles, pero es la única palabra que se ocurre ahora mismo: GRACIAS. Miles de gracias.

Gracias a los que le dieron una primera oportunidad a este fic. Gracias a los que llegaron y después se fueron, a los que llegaron para quedarse. A los más recientes, a los antiguos. A quienes comentan, y a los que jamás se atrevieron a confesar su lectura (¡que les remuerda la conciencia! =9). A los que lloraron, a los que rieron, a los que se enfadaron, a los que se ofendieron. A los pervertidos, a los santurrones, a los seriecillos y también a los graciosos.

Gracias también por la paciencia, por la comprensión y por los consejos. Por su tiempo, por su compañía y, por sobre todo, por su complicidad. Porque, a pesar de no siempre disfrutar de mis maldades, siguen ahí, al pie del cañón conmigo.

En especial, gracias a mi nueva beta, cómplice/alma gemela del mal, mi amiga del corazón y a quien me soporta todos los días: La Dama de las Estrellas. Te quiero un montón, Pelusa mía.

Gracias a todos y espero poder seguir compartiendo muchos capítulos de este fic con ustedes. Snif… snif…

Antes de que Sun se ponga a lloriquear o se empine la botella para celebrar, agradezco a todos los que me han dejado un review en el capítulo anterior: Minako Uzumaki, Damis, L. Byron, Carola-Gigi, Sagitariusgirl, Kumikoson4, Tatsumaki, Koko, Ace. Angell, Krmencita Uchiha, k2008sempai, FaSCeN, Luxie-chan, June Star, Shaka Love, Artemisa-Cazadora, Alde93, Rose129, Eli, Izabella, Altariel de Valinor, Tisbe, ddmanzanita, Pyxis and Lynx, itachisgirlfriend08, Lu, DiCrO, LittleMonsterStick, Black Aioria y Mine. ¡Gracias a todos!

Última aclaración antes de ir por la botella de vodka para celebrar: Las miaiphonas son el nombre que le he dado a los ropajes sagrados de Ares. Miaiphonos era uno de los muchos epítetos del dios de la guerra y me pareció correcto usar algo así para sus armaduras. Significa "Manchado en sangre." Apropiado, ¿no?

Una vez más: miles de gracias, de todo corazón.

Sunrise Spirit

P.D. Ahora si, ¡fiesta! \(^0^)/