Capítulo 51
La noche de las diosas
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Jamás, en su larga y eterna vida, Artemisa se había sentido más humillada que en aquel momento. La reunión entre los dioses había sido poco menos que inútil e increíblemente denigrante para con ella.
Al final, después del gran escándalo que su padre había armado, no había llegado a conclusión alguna, ni tampoco se había pronunciado por nada que atentara en contra de Athena y su maldita voluntad. Para nadie habían importando sus intentos de escupir veneno, ni mucho menos las propias quejas que había expresado. Después de todo, había terminado como una vil zorra, dolida de amor y ardida con el destino que le había tocado.
Apolo no solo había esquivado cualquier disculpa, sino que su mirada la había hecho sentir como la mujer más estúpida y sucia del universo. Esperaba muchas cosas de su hermano, como su protección, su cariño y su innegable devoción; pero jamás había esperado toparse con aquel lado obsesivo, cuyas expresiones de amor la ahogaban a cada momento y amenazaban con robarle la cordura en cada una de sus etapas.
Sobre Hermes, ni siquiera opinaba. Igual que todos los demás, había terminado como el hipócrita más grande de todos, reprochando errores a diestra y siniestra, cuando sus propios pecados eran difíciles de superar. Como buen dios que era, solamente importaban los yerros ajenos y nunca los propios.
—¿Más vino, señora? —La voz de su doncella la hizo despertar por un instante. Asintió, y poco después observó como el líquido escarlata llenaba su copa una vez más.
—Retírate—ordenó mientras bebía un sorbo de la bebida espesa y volvía a perder la mirada en el gran jardín que se extendía bajo el balcón de la que fuera habitación de Orión.
El sabor se le impregnó en la lengua, dejando una suave pero agradable amargura en ella. La noche había caído hacía mucho y, en medio de ella, justo cuando más debería brillar, Artemisa se sentía completamente apagada. Incluso, las estrellas lucían opacas, ocultas por las nubes rojizas de una noche que presagiaba lluvia.
—"Caerán lágrimas, justo como las mías." —Pensó. Sin embargo, las de ella eran amargas y llenas de ira, no puras ni cristalinas como las del cielo.
Pero, de pronto, la semipenumbra que la envolvía en la enorme habitación se disipó por un segundo, gracias a un resplandor de color rojizo que duró menos que un parpadeo.
La diosa rubia, sin embargo, ni siquiera prestó atención al suceso. Poco se enteró de lo que sucedía a sus espaldas; y si lo hizo, decidió ignorarlo. Los pensamientos que surcaban su cabeza eran mil veces más fuertes que lo que sucedía alrededor de ella. El mundo entero podía colapsar… y a ella simplemente no le importaba.
—¿Sabes, pequeña? Existen peores cosas en el mundo que perder a un amante. —Artemisa no se movió, sino que solamente sus ojos viajaron hasta el intruso en su templo.
—No eres la más apropiada para hablar. Tú no sabes nada acerca de lo que es amar a alguien, Hera—musitó.
—¿Tú si? —La diosa reina se invitó a entrar a la habitación, sin ningún reparo—. Las de tu tipo son especialmente aburridas: niñas mojigatas, que se han impuesto condiciones virginales de las que eventualmente se arrepienten. Y, ¿todo por qué? Para agradar a los ojos de un padre obsesionado con una pureza que él mismo es incapaz de representar. Les compadezco, Artemisa; les compadezco y también les repudió, pequeñas falsas.
—¿Hablas de falsedad? Quizás deberías mirar primero en tu anterior y después juzgarnos. ¿Has venido hasta aquí para eso? Porque si es así, guarda tus insultos para otro momento. Tus palabras no pueden hacerme más daño del que se me ha hecho ya. —Los ojos de la diosa de la Luna lucían opacos y su rostro de porcelana, aún más pálido que de costumbre—. Márchate por donde has venido, no me interesa nada de lo que tengas que decir ahora. —Se puso de pie para atravesar el salón en busca de la salida. Y, aunque esperaba que su madrastra la detuviera, Hera no hizo un solo movimiento al verla pasar a su lado.
Podía sentir su penetrante mirada sobre ella y el estómago le ardía con solo pensar en aquella sonrisa retorcida y burlona en sus labios; pero en ningún momento hubo oposición de su parte. Por un breve instante, se permitió creer que podría marcharse sin que la discusión llegara a más.
Sin embargo, poco conocía la mente de Hera, pues en el momento en que estaba a punto de abandonar el salón, su voz resonó y la hizo detenerse.
—Te han quitado todo, pero no he sido yo… sino otros. —Le dijo—. ¿No te gustaría verlos sufrir de la misma forma en que has sufrido tú?
—No veo porqué habría de interesarte.
—Porqué tenemos una enemiga en común y tus acusaciones en el Areópago han resultado de lo más interesantes. —La sonrisa en el rostro de la pelirroja se ensanchó. Artemisa le estaba prestando atención y con eso era más que suficiente por el momento. —Juntas, podemos más que separadas.
El silencio se hizo entre ambas, aunque ninguna de las dos se movió un solo centímetro. Toda su vida habían sido enemigas, incapaces de convivir en armonía y separadas por las conveniencias propias y por rencores basados en inexistencias. Sin embargo, a pesar de su tortuoso pasado, el dolor de Artemisa le susurraba directamente al oído que una alianza con Hera sería el punto perfecto para su venganza. Del mismo modo, un lado aún inexplorado de su razón, le gritaba que una decisión basada en rabia, sería una decisión de la que se arrepentiría eventualmente.
Su mente no podía dejar de pensar en Athena, en el hecho de que estuviera disfrutando de todo lo que a ella se le habían negado. ¿Con qué derecho ella tendría las oportunidades de las que Artemisa había carecido? ¿Por qué habrían de ser diferentes las opciones para un diosa que, al igual que ella, había jurado virginidad eterna? Si habrían de sufrir, lo harían las dos. Sin habrían de gozar, también sería un derecho de ambas.
—¿Qué es exactamente lo que quieres, Hera? No me siento con ánimo alguno de escuchar tonterías ahora mismo. Han sido suficientes por hoy.
—Un nombre. Es todo lo que pido. —Le respondió.
—¿Para qué? ¿Para qué sufra la misma suerte que Orión? —Al hablar del cazador, un escalofrío la recorrió. Si Orión se enteraba de la locura que estaba considerando cometer, solo se ganaría su odio y su repudio; nada más—. No sé si pueda soportar ver a otro hombre caer, en aras de un cariño que no ha pedido.
—Perdí a mi hijo y tú, a tu amante. ¿Por qué Athena tendría el privilegio de conservar a lo que más quiere?
—¿Quién eres tú para quitárselo? Ares merece el castigo que ha caído sobre él. En cambio, Orión nunca hizo nada que agraviara a dios alguno, más que al ego de mi hermano.
—Orión se metió en el corazón de una diosa que prometió no entregar su amor a hombre alguno… y, si me preguntas, estoy segura de que también se ha metido entre tus piernas. —El rostro de Artemisa no se inmutó ni un poco ante semejante acusación. No permitiría que su madrastra supiera más de lo que debería sobre su vida. —No existe peor agravio para un dios que el saberse vulnerable ante el poder de un mortal, aún si ese poder esta basado en un sentimiento tan confuso como es el amor. —La diosa reina se acercó hasta Artemisa para acariciar los rizos rubios de su melena. Ésta, se apresuró a retroceder, alejándose de la pelirroja. —Athena ha caído en el mismo embrujo que tú. Hunde al hombre que se ha apoderado de su corazón, y él la hundirá consigo. Eso es lo que merece y aún más…
Habiendo sembrado el veneno, Hera calló. Esperó, como una leona acechante, a que su víctima cayera en el hechizo de sus palabras.
Artemisa estaba herida, débil y ciega de odio; era el momento perfecto para atacarla. Solo necesitaba un nombre para volver al juego, un nombre con el que Athena quedaría en un desventaja más profunda de la que podría manejar. Nunca antes, Artemisa le había sido tan útil como en ese momento.
—No hay necesidad que te diga nada. —Los ojos azules de la diosa de la Luna se clavaron en los suyos con una fiereza desconocida—. Athena está enamorada y eso basta para que esté perdida. No hace falta de un dios para hundir a otro. Ocúpate de salvar a tu hijo, que el corazón de Athena se encargará del resto.
Y, sin soltar una palabra más, la rubia se dio la vuelta para continuar su camino hasta sus aposentos. Por un instante se sintió satisfecha de si misma. No había sido débil, como se esperaba, sino fuerte y decidida. Si quería venganza, encontraría sus propios métodos para conseguirla. No necesitaba de nada, ni de nadie. Todo estaría en sus propias manos.
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Ángelo sintió su garganta arder cuando el agua fría resbaló por ella. Bebió desesperadamente, sin importarle que las gotas del preciado líquido escaparan por la comisura de sus labios y rodaran por su barbilla hasta caer sobre sus ropas. Ignoraba cuanto tiempo llevaba inconsciente e, incluso, había llegado a cuestionarse si todo lo que recordaba no había sido más que un sueño. Sin embargo, las heridas distribuidas por todo su cuerpo le recordaban que su aventura había sido tan real, que poco faltó para que volviera a costarles la vida, o lo que fuera que Artemisa les hubiera dado.
Había descubierto a Aioria, tendido junto a él, pero no había ni el más mínimo rastro de sus pequeños aprendices por ningún lado. Tan pronto lo hubo notado, había intentado preguntar por ellos, pero el sonido que abandonó su garganta fue tan lastimero, que Shura y Athena lo habían obligado a callar. El resto de sus compañeros, o al menos los que había tenido la oportunidad de ver, habían despertado en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, ninguno de ellos parecía especialmente interesado en responder sus preguntas, sino en enterrarlo entre cuestionamientos que no se sentía capaz de responder. Lo cierto era que no importaba. Su garganta estaba tan seca, que incluso respirar era un castigo insoportable.
La frescura del agua calmó temporalmente sus molestias. Sin embargo, había bebido con tanta prisa que la respiración se le tornó pesada. Le tomó unos segundos recuperarse, pero tan pronto tuvo la capacidad de hablar preguntó por ellos.
—Los niños—preguntó entre jadeos—. ¿Dónde están? —Comenzó a temer a la respuesta cuando observó el desconcierto en los rostros de los demás.
—¿Niños? Solamente tú y el gato regresaron. —Milo le contestó. El resto no supo proveerle de más información.
Sin embargo, poco sabía Máscara Mortal acerca de lo rápido que las ideas fluían en la cabeza de su diosa, y en lo poco que las palabras acudían a su lengua para poder proveerle de explicaciones. La joven Athena sabía mucho más de lo que decía, aunque su mente tampoco estaba libre de cuestionamientos no menos importantes que los del santo de Cáncer.
—Tres niños—musitó de nuevo—. Estaban con nosotros. El dragón… él nos atacó y ellos… —Las imágenes surgieron en su cabeza, una tras otra, sin descanso. Se veía a si mismo, a Aioria, a los niños. Luego todo se volvió borroso y lo único que recordaba era un desconcierto abrumador. Después…
—Los niños de los que hablas—Athena interrumpió sus divagaciones—, uno de ellos era de cabellera oscura. Un chiquillo realmente pequeño.
—Corban. —Alcanzó a musitar su nombre—. ¿Sabes donde se encuentra?
Vio a Athena asentir, más fue su semblante quien le proveyó de todas las respuestas que necesitaba. La realidad volvió para golpearlo con fuerza, hasta dejarlo sin aliento.
Incrédulo, abrió los ojos lo más que pudo. Su mirada, sin embargo, se perdió. A su mente acudieron los últimos recuerdos de su aventura en el Jardín de las Hespérides. Sintió el dolor de su piel abriéndose bajo la tortura de Ladón y el olor de la sangre inundando el ambiente.
—El niño está muerto. —Su diosa le confesó y, aunque Ángelo se esperaba la trágica respuesta, sintió como si alguien le sacara el aire con un golpe seco.
Las miradas de sus compañeros cayeron sobre él. Las sintió también, más no pudo prestarles atención. Lo que pasaba por su mente era mucho más fuerte… las emociones que experimentaba eran mucho más sobrecogedoras.
—¿Estás segura? —balbuceó. La diosa le asintió.
—Lo siento.
Una súbita sensación de vértigo le sobrevino. Aún sentado en el piso, se sintió al punto del colapso. Los ojos le ardieron y la garganta se le anudó. Sentía los labios resecos y el aliento entrecortado. Pero lo peor vino cuando una lágrima traicionera acarició cálidamente su mejilla.
Tan pronto cayó en cuenta de ello, la secó con brusquedad mientras luchaba por mantener la compostura. Balbuceó unas pocas palabras inteligibles, esperando que su desconcierto le diera tiempo para recuperarse.
No fue así.
En el momento en que sintió la mano de Shura posándose su hombro y proporcionándole un suave apretón, supo que no tenía forma de negar su sentir por más tiempo. Los ojos casi desorbitados del Milo, Shaka, Aioros y Aldebarán le susurraron sus pensamientos. En otro punto de su vida, habría roto en maldiciones y tragado todo sentir. Sin embargo, en ese instante, no le importaba. Su orgullo, su máscara de indiferencia y violencia, se había roto mucho tiempo atrás; y no estaba en condiciones de volver a crearla.
—¿Cómo…? —musitó de nueva cuenta. La voz se le quebró y se vio obligado a esconder la mirada tras los flecos que caían sobre su rostro.
—No lo sé. —Le respondió ella de nuevo.
—Dioses…
—¿Quiénes son esos críos? ¿Los conocías? —Milo le cuestionó. Su voz, que alguna vez pensara inolvidable y cansina, de pronto le pareció entrañable. Había pasado tanto tiempo lejos de ellos, que incluso había llegado a pensar que comenzaba a olvidarlos. No era así. ¡Por los dioses! Se estaba volviendo un llorón quejica.
—Eran… eran… —¿Qué eran? —¿Dónde están los otros?
Las miradas se clavaron en Athena. Incómoda, la diosa se revolvió en su lugar.
Con solo verla, Ángelo supo que seguiría rodeado de respuestas inconclusas. Se llevó las manos a la cabeza y enterró los dedos entre sus cabellos. Lo que fuera que estuviera sucediendo tenía que ser muy malo. Ahora, Nix y Altair estaban a saber donde, seguramente heridos, aterrorizados y dolidos por la muerte del pequeño Corban. Tenía que encontrarlos, tenía que asegurarse de que estuvieran bien.
—¿Dónde están? —Insistió.
—En el Olimpo. —La diosa le tomó las manos entre las suyas, mientras extendía ligeramente su cosmos, tratando de reconfortarlo—. Estoy segura de que se encuentran bien. —Y no le mentía, de alguna forma la morena sabía que Hermes no les haría daño.
—¡No! ¡No! —Ángelo espetó. Se puso de pie con tanta premura que perdió el equilibro y, de no ser por Shura y Aldebarán, hubiera caído. —¡Artemisa va a matarlos! ¡No le sirven!
Había hablado sin siquiera medir sus palabras. Por una vez, su preocupación había sido mayor que su prudencia. Pero Máscara Mortal estaba seguro de que la diosa de la Luna no iba a detenerse ahora. Quizás todo le había salido, quizás el teatro se le había caído, sin embargo los niños serían la fuente de escape para su frustración… y vaya que él sabía un par de cosas acerca del horrible carácter de Artemisa.
—¡Espera! Tranquilo. —Instintivamente, Athena le había sujetado el rostro para forzarlo a enfrentarla. Sintió la calidez de sus manos en sus mejillas y dejó de luchar. No así, un par de lágrimas más escaparon de su control. Entonces, se mordió los labios con tanta fuerza que se los hizo sangrar. El dolor lo hizo retomar el control por un segundo y se calmó. —Los niños no están con Artemisa.
—¿Qué?
—No, no están ahí. —La mirada de su diosa no disimuló sus deseos de calmarle, pero tampoco ocultó sus inquietudes—. Están en el Olimpo, más no con ella. Hermes; es él quien les tiene.
Las memorias de los últimos segundos regresaron a él, golpeándolo tan fuerte como bofetada: los gritos de Nix, las lágrimas de Altair y el pequeño e inmóvil cuerpo de Corban. Recordó la sangre del dragón, las manzanas, la explosión de cosmos y la última súplica de sus aprendices. Había prometido no dejarlos jamás; y justamente eso había sucedido. Al final, como siempre hacía, había fallado… los había abandonado.
—Debo recuperarlos—dijo. Athena agachó la mirada, dejándole saber que las cosas eran mil veces más complicadas de lo que pensaba.
—Primero, necesito que me digas todo lo que sabes. Cada detalle es importante, así que no omitas nada, ¿entendido? —Él asintió—. Después, encontraremos la forma de traerlos de regreso.
Volvió a asentir con torpeza, con la esperanza de que las palabras de su diosa consiguieran hacerse realidad.
Al desviar la mirada de la de ella, sus ojos se encontraron con el santo de Leo. Seguía hundido en un sueño profundo que no lucía ni medianamente cercano a terminarse. Aioria estaba tan herido como él mismo, pero Ángelo estaba despierto y el león no. Arrugó el ceño con una preocupación más grande de la que admitiría.
—¿Por qué no ha despertado? —Se atrevió a preguntar.
—No lo sabemos. —Para su sorpresa, Aioros le respondió. La ninfa estaba junto a él, con una mirada quizás tan confundida como la suya. Las vendas en los brazos del arquero llamaron su atención, pero no lo suficiente como para animarlo a formular más cuestionamientos.
—¿Tendrá que ver con que…? —Guardó silencio, reflexionando en las repercusiones de Orión sobre su amigo.
—¿Con qué? —Athena lo urgió a continuar. Cualquier información, por insignificante que fuera, le era valiosa a esas alturas.
—Artemisa le usó para traer de regreso a Orión. Su cuerpo era… No sé como funcionaba, pero era como si habitara dentro de él. —Se rascó la cabeza mientras repasaba las veces en que se habían encontrado y en todos los detalles que le eran posibles.
Un par de veces en su vida se había sentido tan asustado. Ninguna de esas ocasiones había sido digna de recordar. Pero, sin importar lo que sus miedos le susurraran, Ángelo sabía que no podía dejarse caer en ese momento. Sabía que nunca había sido especialmente valiente. Sin embargo, era el momento de demostrar que podía derrotar también a los fantasmas de su pasado.
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La piel de Aretha se erizó cuando retiró las vendas y vio la impresionante herida en los brazos de Aioros. A pesar de ello, la ninfa se hizo fuerte, cuidándose de no delatar emoción alguna, mientras realizaba el curetaje. Se había tomado esa responsabilidad como suya, a pesar de que las buenas mujeres de la aldea se habían encargado también de velar por los heridos y de vigilar sus mejorías. Pero era Aioros y ella no podía sentarse solamente a contemplarlo, sin hacer nada.
Mientras tanto, el arquero solo la observaba, fijamente y sin atreverse a decir nada. Explicaciones, no tenía ninguna. Sabía que había hecho la estupidez más grande de todas, que su error costaría más que un poco de sangre y que llegaría el momento en que aquella equivocación le fuera cobrada con creces. Pero lo hecho, hecho estaba; no podía borrarlo, ni tampoco negarlo por mucho tiempo más. Había visto los rostros de sus compañeros ensombreciéndose, y probó el sabor amargo de su decepción. Los entendía, comprendía su desencanto; y a pesar de ello, sentía que su decisión no había podido ser otra. Lo único que le atormentaba era la simple idea de que alguien más pagará sus pecados por él. El castaño estaba dispuesto a pagar el precio por recuperar a Aioria, pero no deseaba, bajo ningún concepto, que sus decisiones arrastraran a alguien más consigo.
—¿Qué pasará ahora? —Tras un largo silencio, la pelirroja se atrevió a preguntarle.
—Yo… no sé.
Ella no le respondió, ni siquiera hizo el intento por continuar la conversación en ese momento. Agachó el rostro y se dedicó a lo suyo, aunque el arquero era capaz de distinguir el pesar en sus ojos añiles.
—Aretha… —La llamó, con la esperanza de encontrar su mirada, pero ella no levantó la vista jamás.
—¿Si?
—Lo siento. —La ninfa meneó la cabeza. En algún punto, Aioros creyó ver una lágrima escapando de sus ojos y aquello le estrujó el corazón. —Nunca pensé en lo que esto realmente significaba y…
—Tsh. —Para su sorpresa, los dedos de Aretha se posaron sobre su labios, pidiéndole callar. —No digas más… no es necesario.
—Pero…
—Estoy asustada—murmuró—. No por mi, sino por ti. —La mirada de la pelirroja volvió a descender, no sin antes desviarse ligeramente, en busca de oídos curiosos e indiscretos que pudieran escuchar más de lo que deberían. —He estado a su lado por muchas razones; desde agradecimiento a ustedes, hasta por voluntad de Athena. Pero… a últimas fechas, si he llegado tan lejos… ha sido por ti. Traté de protegerte de la mejor manera que pude, y traté de protegerlos a ellos, para no verte sufrir. Y ahora… —La voz se le ahogó en la garganta, mientras Aioros luchaba contra sus propias lágrimas.
—Lo siento—insistió, sin saber que más debía decir. Las palabras no eran suficientes, ni tampoco servían para nada.
—El ceñidor había estado jugando contigo antes. —Y no era una pregunta. De pronto, el comportamiento raro de Aioros en los últimos días, cobraba sentido ante sus ojos. Al verlo agachar la cabeza, supo que estaba en lo cierto.
Se mordió los labios para no decir más, enfocándose únicamente en terminar con las curaciones. Lavó con sumo cuidado las heridas, las limpió y volvió a vendarlas. Al terminar, tomó la vasija de agua con la que se había auxiliado e intentó ponerse de pie, antes de que el santo de Sagitario la detuviera.
—Encontraré una solución. Te lo prometo—le dijo. Ella giró lentamente hasta encontrar su rostro.
—Solo no lo hagas a costa de tu vida.
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Altair asomó tímidamente la cabeza en la habitación de Nix. Sus ojos aún estaban enmarcados en el rojo de las lágrimas y la nariz enrojecida delataba que seguía llorando sin control.
Dentro de los aposentos, nadie prestó atención a su llegada. Sin embargo, sobre la cama, alcanzó a ver aquel bulto que le indicó que su amiga estaba ahí dentro, aún dormida en la enorme cama. Dudó por un segundo si debía entrar, o marcharse por donde había llegado, pero lo cierto era que se sentía extremadamente solo sin ella y sin Corban alrededor. Pensando en ello, se atrevió a aventurarse dentro.
Nunca antes había vivido en un lugar tan lujoso como aquel templo. Ni siquiera cuando estuvieron dentro del templo de la Luna, habían tenido la oportunidad de vivir de esa forma. Pero Hermes no escatimaba en nada para ellos. Mientras fueran sus invitados, Altair tenían la impresión que el dios mensajero les proveería de todo… menos de compañía.
—Nix—pronunció el nombre de su amiga. Pero no hubo ninguna respuesta para él. Se sentó a su lado en la cama y trató de buscar su rostro. —¿Podemos hablar?
Por fin, la niña despertó y se desperezó. Se sentó en la cama, frotándose los ojos. Había dormido muy poco, la emoción de la noche anterior no se lo había permitido. Miró a los ojos de su amigo, encontrándolos tan tristes que, por un momento, volvió a deprimirse.
—¿Cómo sigues? —Nix cuestionó con timidez.
—Sigo extrañándolo… mucho. —Solo se le ocurrió tomarle la mano. No sabía muy bien lo que debía decir.
—Lo lamento.
—¿Tú…—titubeó Altair—… aún extrañas a Urián?
—Si.
Por un solo día no había conseguido olvidarse de él. Rezaba todos los días por su alma y lloraba por las noches debido a su ausencia. Sin embargo, todo había cambiado unas horas antes, cuando tuvo la oportunidad de volver a ver su rostro.
—¿Y tú? ¿Sigues triste? —El chico volvió a cuestionarla. Dicha cuestión bastó para desarmarla y vencer todas las reservas que la noche anterior le había dejado.
—Pues… por Corban, si… y también por el maestro.
—No van a volver, nunca.
—Eso no lo sabemos.
—El maestro desapareció, con Aioria; y Corban…
—Aún los muertos pueden volver—susurró, con tanta mesura como si no deseara ser escuchada.
—¿Qué?
El moreno no daba crédito a lo que estaba escuchando. Juntos habían pasado por tantas cosas, todas raras y espectaculares, pero la convicción de Nix le decía que hablaba de algo mucho más profundo que eso. Ellos habían vuelto a la vida tras una serie de sucesos extraordinarios. Sin embargo, dudaba mucho de que una tercera oportunidad fuera servida a su hermano menor. Los milagros eran cosa de una vez; no se repetían y ciertamente no se entregaban a cualquiera.
—Es que anoche… sucedió algo. —La pelirrosa trató de explicarle.
—¿Algo?
—Vi a Urián. —El hecho de que el niño se mantuviera en silencio la urgió a continuar. —Hablamos… dijo que volvería a estar conmigo.
—Nix, eso no puede ser…
—¡Pero lo será! —Se había entusiasmado más de lo que debería, en especial considerando el dolor de su amigo, pero es que sentían más que emocionada al respecto. —¡Volverá conmigo y será genial! Estaremos juntos, como antes. Dijo que nos ayudaría a volver con el maestro y después…
—¡Basta! ¡Calla ya! —El grito de Altair la dejo pasmada. Lo vio ponerse de pie, sobrecogido por una mezcla de rabia y dolor. Las lágrimas corrían de sus ojos nuevamente, libres y sin ánimo de que refrenarlas. —¡No digas más mentiras! ¡Él no volverá! ¡Corban tampoco lo hará!
—Altair…
—¡No quiero escuchar nada más!
Bajó de la cama rápidamente y corrió hacia la salida, dejándola sola. Nix estaba confundida. No había tenido intención de mostrarse demasiado emocionada, sobre todo por el dolor de su amigo, pero no había podido guardarse la alegría de reencontrar a su hermano. El daño que le había ocasionado a Altair había sido accidental. De haber podido, jamás lo hubiera hecho.
Pero la promesa de Urián seguía en el aire. Si él volvía, quizás podría ayudar a Corban a volver. Lo primero era esperar hasta que se encontraran de nuevo. Entonces, el plan de su hermano se pondría en marcha y ambos podrían regresar al lado de su maestro. Después, todo en el mundo se compondría para ellos.
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Una fina capa de sudor recorría el pelaje de sus monturas. Al notarlo, Dohko supo que no podía forzarlos mucho más, o los perdería. Llevaban cabalgando por demasiadas horas seguidas. Ni siquiera cuando la noche los alcanzó, se detuvieron.
Había transcurrido un día entero desde su partida, pero para ellos, las horas se habían esfumado como agua. Estínfalo estaba cada vez más cerca, su misión también. Más sus mentes y sus corazones se habían quedado muchos kilómetros atrás, con el resto de sus compañeros y con sus problemas más graves.
Delante de ellos no había nada más que un inmenso llano que llegaba hasta donde la vista alcanzaba. La llanura simulaba a un mar de piedra blanca, con manchones de hierba de formas caprichosas y colores oscuros que, a la luz del día, hubieran adornado la pradera con el verde de sus retoños. De no haber tenido tanta prisa, se hubieran detenido varios kilómetros atrás, cerca de un arroyo de aguas cristalinas que todos hubieran disfrutado. Pero lo habían dejado pasar y, ahora, Dohko tenía la esperanza en que encontrarían pronto un lugar donde darles descanso a los animales y también a ellos mismos.
—Tendremos que detenernos pronto—dijo a sus compañeros más jóvenes—. Los caballos necesitan un descanso. Si alguno ve un arroyo, un riachuelo o alguna fuente, avisen.
Asintieron y continuaron el camino, encontrando, no muy lejos de ahí, el esperado respiro que tanto ansiaban. Los bufidos de cansancio de los animales rompieron en silencio de la noche. Para su suerte, una fresca brisa comenzó a soplar no mucho después.
Aun quedaban unas pocas horas antes de que el Sol volviera a aparecer por el Oriente, sin embargo, lo más probable era que ninguno de ellos pudiera cerrar los ojos por lo que restaba de la noche. Armaron una escueta fogata. Sus habilidades habían mejorado cuando se trataba de improvisar fuego.
Las corceles se sintieron cómodos rápidamente, y los bufidos y pataleos cesaron. Pronto, el silencio absoluto fue todo lo que les rodeó.
Al principio, ninguno pareció incomodarse de él. Pero, conforme los minutos transcurrían y el sueño no acudía a ellos, tanta calma empezó a tornarse tensa. A pesar de todo, nadie se atrevió a pronunciar palabra al principio, solamente se atrevieron a mordisquear trozos de pan oscuro y viejo, y a beber diminutos sorbos de sus odres.
El viento, amigable al principio, se tornó más salvaje. Arrastró consigo cientos de partículas de polvo, que crisparon en la hoguera cuando el fuego las devoró.
—¿Cuál es el plan toda vez que lleguemos a Estínfalo? —La voz de Camus resonó en el silencio. Dohko lo miró, pero alguien más se le adelantó a responder.
—Matar cuantos pájaros puedas. —La soltura de Kanon casi le sacó una sonrisa. Ojala fuera tan fácil como eso, aunque con seguridad no lo sería. Nada era nunca fácil para ellos.
—La leyenda cuenta que viven en la isla, en medio del lago, y que son tan grandes como para capturar un caballo. Debemos ser cuidadosos —Mu les dijo y el Maestro asintió.
—Hay que ser cuidadosos. No bajemos la guardia en ningún momento—dijo el mayor.
—Maldito arquero estúpido. —Kanon chasqueó la lengua y se cruzó de brazos—. Si no le hubiera ocurrido abrirse los brazos, unas pocas de sus flechas hubieran sido de utilidad.
—Pero no contamos con él por ahora—Dohko le interrumpió—, así que olvídalo.
—¿Qué tienes en mente? —Saga jugueteaba con el trozo de pan que apenas había probado. Hasta entonces, su mirada se había mantenido fija en él, como si el resto de ellos no existieran. Sin embargo, al hablar, por un breve segundo, su mirada se levantó para encontrar el rostro de Dohko, siempre escondida detrás de su flequillo.
El chino esbozó una sonrisa pequeña. Extrañaba al Saga lúcido, observador y avispado; al que se adelantaba a todos. Así era cómo debía ser, era así cómo le necesitaban.
—¿Qué planeas, Maestro? —Los ojos turquesas de Camus se había contagiado de suspicacia. Una vez más, Dohko sonrió.
—Les diré…
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Cuando Athena se acercó a él y posó la mano en su hombro, Shura tuvo que luchar con todas sus fuerzas por ahogar un respingo. Su primera reacción fue buscar con la mirada a sus compañeros, asegurándose de que ninguno de ellos notara nada extraño, y esperando que la situación pasara desapercibida. Aunque, si lo pensaba bien, ¿qué tenía que ocultar? Nada… absolutamente nada. Nada había pasado entre Athena y él; y nada pasaría jamás. Aquel temor de ser descubierto, era solo el reflejo de su propia culpabilidad y el atisbo de esperanza que tenía en el hecho de que, quizás de alguna manera, aquella relación furtiva creciera entre ambos. Solo eso y nada más.
—¿Qué sucede? —Preguntó.
—¿Podemos hablar? —Ella le respondió. ¿Qué más opción tenía el santo que la de asentir? Así lo hizo y pronto, se encontró a si mismo, abandonando el improvisado refugio en compañía de su diosa.
Afuera, el Sol se había marchado ya y las tinieblas se habían posesionado una vez más del cielo. ¿Había transcurrido un día más sin que lo notaran? Así era, y es que con tantas eventos explotando sobre ellos a la vez, el concepto del tiempo era uno del que podían prescindir.
En ese momento, su mirada chocó con la de su diosa. Nunca antes le había resultado más hermosa. El cansancio en su rostro, lejos de robarle encanto, resaltaba aquel lado humano que pocos conocían en ella. El semblante consternado le susurraba lo mucho que les quería… y le recordaba también, que hubiera dado todo porque su cariño hacía él fuera muy distinto al que sentía.
Descubrió, cuando la oscuridad de la noche les envolvió, que la luz amarillenta de las velas encendidas dentro no hacía justicia a la belleza de su diosa. Con la poca luz que llegaba a ellos de las estrellas y las sombras que la noche creaba a su alrededor, Athena no podía lucir más bonita. Sus ojos grises, aunque tristes y recelosos, centellaban en medio de la oscuridad; y su cabellera, infinitamente larga y de un negro intenso, se mecía con la brisa nocturna, dotándola de un aura, digno solo de un sueño.
—¿Shura?
Solo al escuchar su voz, el Capricornio cayó en cuenta que llevaba rato ensimismado en ella. Se aclaró la garganta y asintió casi de manera automática a su llamado. Pero a pesar de eso, no fue capaz de retirar su mirada de la joven diosa.
En sus sueños, al recobrar la vista, lo primero que había visto era a ella; y si pudiera despertar tan solo una mañana con aquella primera visión, sería el hombre más feliz del mundo… aún si durase tanto como un pestañeo.
—Dime—le respondió. Se sintió presa de un nerviosismo incontrolable al pensar que le cuestionaría sobre el sueño, sobre aquel comentario que él mismo había empezado y que, para su fortuna, el despertar de Máscara de Muerte había interrumpido.
—¿Qué opinas de todo lo que hemos escuchado? —Instintivamente, Athena se abrazó a si misma. Sentía frío y no era precisamente por el clima. La sola mención del sueño por parte del santo le había tenido todo el día en ascuas. Si él la confrontaba, no habría forma de que pudiera negarle la verdad.
Al escuchar su pregunta, interiormente, el español se relajó. Mientras ella no mencionara el tema, él tampoco lo haría. Hasta entonces, estarían bien.
—Pues… —Shura balbuceó. A decir verdad, eran tantas cosas las que estaban sucediendo, que su cabeza aún estaba demasiado confusa como para hacerse conclusiones. —Creo que tenemos más problemas encima de los que podemos manejar.
—Lo sé. Me siento igual.
Y cuanto hubiera dado la diosa en ese momento por lanzarse a sus brazos y dejarle reconfortarla. Pero no podía… para él, y para el resto del mundo, no eran más que diosa y santo; y jamás serían nada más.
—¿Qué nos queda por hacer? —Él la cuestionó. Athena centró su mirada en su santo, más no encontró las palabras adecuadas para responderle. —¿Luchar? Hemos luchado cada día desde que llegamos a este lugar y lo único que hacemos es perder, sin importar cuanto intentemos salir adelante.
—Lo siento…
—Siempre ha sido así, desde que tenemos memoria. El problema es que…
—¿Qué? —Ella lo animó a continuar cuando lo escuchó caer en silencio.
—Por una vez, creímos que podíamos librarnos de eso. Cuando regresamos a la vida—encogió los hombros—, pensamos que tendríamos la oportunidad de disfrutar un poco de paz. No somos ingenuos como para pensar que duraría para siempre, y dudo que inclusive lográramos soportarlo, pero no esperábamos que el momento de comenzar a sufrir llegara tan pronto…
—Quisiera poder evitar esto, Shura. —Tuvo muchas dudas antes de acercarse, pero la diosa acarició suavemente el brazo del español. Se estremeció antes el contacto y, poco sabía ella, pero él experimentó la misma sensación.
—No puedes. Estamos aquí por una razón, ajena a ti, y hasta que no terminemos con esto, no vamos a regresar a casa.
Athena sonrió. Deseaba con todas sus fuerzas que regresaran sanos y salvos a su tiempo, pero a la vez, la idea de verlos marchar, le hacía un nudo en la garganta. En especial, sabía que decirle adiós a él, sería lo más difícil que jamás hubiera hecho. Solo la confortaría saber que estaría bien, que él volvería a su vida y ella… Ella trataría de seguir con la suya.
—Les conoces mejor que yo, Shura, ¿crees que pueda ganar nuevamente su confianza?
—Creo que nunca la has perdido—respondió sin una sola duda.
—Quizás en algunos, pero en otros…
—Han sufrido, llorado y muerto por ti. ¿En verdad crees haberlos perdido? —La forma en que el español la miró, le hizo guardar silencio. Sus palabras eran lo que necesitaba, pero sus ojos… Sus ojos la envolvían en un hechizo del que no deseaba salir nunca. —Eres nuestra diosa, nuestra razón de vida. Aún en los momentos más desesperantes, nuestra confianza en ti sería absoluta.
—Gracias—susurró.
Y sin pensarlo dos veces, se lanzó a sus brazos. No podía amarlo como una mujer amaba a un hombre, tampoco podía tenerlo de aquel modo, ni llamarlo suyo, con todo lo que eso implicaba; pero podía abrazarlo, esconder sus sentimientos tras la máscara del deber y disfrazar sus verdaderas emociones bajo la relación de santo y diosa, que era la adecuada para ambos.
Los brazos de Shura la envolvieron y sus dedos se perdieron en la melena oscura, haciéndola desear quedarse así para siempre. Sin embargo, una vez más, el tiempo apremiaba y el deber le llamaba con urgencia. La noche era corta y, sus obligaciones, eran muchas.
—Debo irme—musitó mientras lo dejaba ir lentamente, sin saber lo mucho que a él le dolía dejarla también—. Volveré tan pronto pueda, con buenas noticias… espero.
—Ve con cuidado, princesa. —La despidió.
Shura se quedó un momento más bajo el cielo oscuro, viendo el resplandor de su diosa desaparecer. Había estado con ellos por un día entero, y para Shura, aquel tiempo había sido breve como un suspiro. Apenas se había marchado y ya la extrañaba con un fervor creciente e incontenible.
Al quedarse solo, suspiró. Aún era capaz de sentir la suave esencia de su diosa, empalagando sus sentidos y el calor de su cuerpo entre sus brazos. La espera, hasta la siguiente oportunidad que tuvieran para encontrarse, le resultaría eterna. Pero al menos tenía su recuerdo y, por el momento, se aferraría a él todo el tiempo que bastase para volver a tenerla a su lado.
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—Necesitas descansar.
Ángelo no prestó la más mínima atención a las palabras de Shura. Solo le miró de soslayo cuando el español se sentó a su lado y resopló, mientras los ojos de ambos recaían en el santo de Leo, dormido frente a ellos.
Aioros estaba un poco más lejos, con un gesto tan extraño en el rostro, que Máscara de Muerte no pudo descifrarlo. La ninfa estaba a su lado, casi colgada de él, susurrando a saber que cosas a su oído. En otro momento, el italiano se hubiera divertido haciendo mofa de ellos, pero por esa ocasión, a sabiendas de la difícil situación que el arquero atravesaba, no iba a decir una sola palabra. Al igual que él mismo, el castaño parecía ser incapaz de fruncir más el ceño, ni tampoco de concentrarse en nada más que no fuera Aioria. Lo había visto musitar un par de palabras por aquí y por allá, pero nada más que eso.
Hubiera querido acercarse y explicarle todo lo que habían vivido. No lo hizo, porque no se sintió preparado para ofrecer respuestas que no tenía. Además, algo sucedía, algo que iba mucho más allá de ellos; y su instinto le susurraba que Aioros estaban en el medio.
—¿Qué sucedió en nuestra ausencia? —cuestionó a Shura en apenas un murmullo.
—Más cosas de las que te imaginas.
—Les conté mi historia, cuéntame la suya. —Volvió a observar por el rabillo del ojo al Capricornio. Vio sus dudas, reflejadas en una mordida poco menos que sutil de sus labios. Del mismo modo, cuando le vio entrecerrar los ojos, supo que Shura estaba listo para hablar.
—Después que Aioria y tu… —Era pronto para que la cabra dorada hiciera la primera pausa, pero la hizo. A ese ritmo, la historia le resultaría eterna. — Después de que murieron, fue como si el mundo colapsara alrededor de todos. Para empezar, ahí mismo, en el bosque, Ares apareció.
—¿Ares? No jodas, cabra—arrastró las palabras para no subir demasiado la voz. Lo cierto era que con el dios de la Guerra merodeando, estaban más que jodidos.
—Si. Ares, el mismo que conoces. —Shura suspiró—. Las cosas estuvieron realmente mal después de su primera aparición. Kanon quedó sumamente malherido y Saga…
—Destrozado.
—Así fue. —A Ángelo no le sorprendía. Saga, sometido de nuevo a Ares, debió haber perdido la razón. —La cuestión es que, por decisión táctica, nos separamos. Aioros permaneció en Athenas, cuidando de los gemelos; el resto de nosotros, viajamos hasta Cerinia. Pero las cosas no salieron como esperábamos.
—Continúa. —Lo animó a romper el silencio después de una pausa que le resultó eterna. La realidad era que, de toda la historia, solo le interesaba saber lo que había sido de Afrodita.
—Terminamos en Temiscira.
—¿Las amazonas? —Shura le concedió la razón.
—Organizaron una especie de… torneo. Al estar ciego, no pude participar. Sin embargo, las cosas se pusieron realmente difíciles. Aldebarán estuvo a punto de morir y Afrodita…
Afrodita había sido, ante los ojos de los demás, lo más parecido que Ángelo había tenido a un amigo, así que las consideraciones de Shura eran fundamentadas. El español no lo sabía, pero ya no importaba. Máscara Mortal había visto con sus propios ojos el último instante de Matti, antes de que su alma llegara al Inframundo, tras caer por el Yomotsu.
—Afrodita murió en sus manos—terminó lo que Shura no se había atrevido.
—Lo siento, Máscara. Sé que ambos eran…
—Pierde cuidado.
—Pero… —El español frunció el ceño. Ángelo volvió a apartarle la mirada, sobre todo porque sus ojos dirían más de lo que él quería.
—Ya sabíamos que Matti estaba muerto.
—¿Matti? Creí que odiaba que le llamaran así.
—La mayor parte del tiempo, si. —El peliazul sonrió con dificultad—. Pero era un gran pretexto para molestarle.
—¿Cómo se enteraron? ¿Artemisa les dijo algo?
—Pues, no. Durante la pelea con las hespérides, me vi obligado a visitar el Yomotsu. Me lo encontré ahí. Traté de detener a su alma, pero no pude hacerlo.
Solamente Aioria había escuchado semejante confesión, y quizás por eso, no le resultó tan terrible contarla de nuevo. De lo único con lo que no terminaba de sentirse cómodo era con la petición de ser llamado "Ángelo." Con el tiempo, así sería, pero no ahora. Todavía era muy pronto.
—Lamento que te enteraras así. —Le dijo.
—Tenía que enterarme de algún modo.
Por varios segundos, ninguno pronunció palabra alguna. Probablemente llevaría horas, o días, ponerse al corriente. Había mucho que contar y mucho que escuchar también. Además, estaba todo aquello que ninguno diría, lo que siempre guardaban y que les era propio.
—¿Qué sucedió con el arquero?
—Él… tomó una decisión errónea. —Ángelo odiaba cuando hablaban en clave. ¿Era tan complicado decir las cosas llanamente? Pensando en ello, alzó las cejas, exigiendo una explicación más amplia del asunto. Shura pareció comprender la indirecta y se apresuró a continuar. —Aioros usó el poder de Ares para traerles de regreso—susurró, como si las paredes oyeran—. Al hacerlo, Athena cree que es posible que haya firmado una especie de pacto con él.
—¿Qué? —En definitiva eso iba más allá de su comprensión. Podía esperar muchas cosas, pero no una estupidez de esa magnitud por parte de Aioros.
—Básicamente estamos en un lío enorme. Los gemelos, Dohko, Mu y Camus han partido hacia Estínfalo. Nosotros nos hemos quedado, por Aioria, Aioros y por ti.
—Ya veo. —Ángelo se sopló los flecos pensando en el montón de mierda que les había caído encima—. Estamos más jodidos de lo que pensaba.
El español no pudo negar nada. Así que cuando el silencio tomó presencia por enésima vez, Máscara Mortal intuyó que era el turno de Shura de hacer las preguntas.
—¿Qué hay con esos niños? —Al escucharlo, el italiano se sopló los flecos nuevamente. Era su turno de responder.
—¿Recuerdas la aldea que fue devastada por los esbirros de Hades?
—¿Cómo olvidarla? Marcó nuestra bienvenida a este mundo.
—Esos niños murieron ahí. —De pronto, las miradas de Milo, Aldebarán, y Shaka se afilaron en su dirección. Supo que le estaban escuchando. —Corban, él que murió de nuevo, fue el chiquillo que Aldebarán llevaba en brazos, el que no pudimos salvar.
—Oh, no. —Se quejó el toro dorado.
—¿Cómo llegaron a manos de Artemisa?
—De la misma forma en que nosotros: alguien robó sus almas del Inframundo y ella usó su energía de diosa para revivirlos.
—¿Con qué fin? —Aldebarán lo cuestionó.
—Ella quería una Orden, como la de Athena—respondió—, guerreros que lucharan y sangraran en su nombre.
—Por Zeus, esa mujer está loca. —Milo acotó. Comenzaba a pensar que todas las mujeres en la Era del Mito lo estaban.
—No te haces idea.
La conversación quedó en el aire cuando Bias entró en la habitación con varios tazones de barro, rebosantes de caldo. El enorme marino se las arregló para mantener el equilibrio y repartir el desayuno a todos.
La comida no era ni la mitad de apetitosa de lo que pudiera parecer, pero después de días de no comer nada, cualquier cosa le sabía bien a Ángelo.
Lo cierto era que al final, a pesar del hambre, Máscara Mortal solo dio un par de tragos al caldo y un par de mordiscos al pan que Bias le había dado. Su recelo hacia la comida se acrecentó al ver el poco interés de sus compañeros en la misma. Así, su apetito se esfumó, dando cabida a una nueva oleada de ansiedad. Sus dedos pagaron el precio del nerviosismo por el siguiente par de minutos, hasta que se decidió a salir por un momento.
El aire frío le sentó bien, y las gotitas de lluvia le resultaron refrescantes. Suspiró ante la sola idea de volver dentro, donde el ambiente era ciertamente asfixiante y, por como venía las cosas, su vida seguiría siendo un caos a pesar de haber escapado del Infierno en dos ocasiones ya.
Y los niños… ¿qué había sido de sus niños durante todo ese tiempo? El pequeño Corban estaba perdido. No había conseguido salvarle, ni ahorrarle el sufrimiento al que fue sometido. Apretó los puños y se maldijo a si mismo por su incompetencia. ¿Alguna vez conseguiría hacer algo bien? ¿Algún día podría defender lo que era realmente importante para él? Apoyó la espalda contra la pared de adobe de la casucha y resbaló hasta quedar sentado en el piso. Si hubiera sido capaz de llorar, lo hubiese hecho. Pero todo lo que sentía era un dolor punzante en el pecho que, con el recuerdo del niño, se hacía cada vez más fuerte e insoportable… y que parecía que nunca iba a cesar.
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Se habían puesto de acuerdo para descansar por turnos, de manera que siempre alguno de ellos permaneciera despierto, vigilando por su seguridad. Sin embargo, la verdad era que ninguno de ellos habían podido pegar ojo en toda la noche. Estaban agotados y necesitaban dormir un poco, pero después de todo lo ocurrido en el último día, era casi imposible dejar descansar la mente. Siempre, de una forma u otra, los recuerdos y las reflexiones regresaban, privándoles de las pocas y valiosas horas de sueño, e inclusive, de la poca calma a la que podían apelar.
En ese momento de la noche, en específico, la responsabilidad de fungir como vigía recaía en Mu. Las señales del cansancio se hacían visibles en el rostro del carnero dorado a esas alturas. Su mirada somnolienta estaba enmarcada en dos círculos oscuros alrededor de sus ojos, especialmente evidentes debido a la palidez de su piel. Había bostezado en un par de ocasiones durante el par de horas que llevaba en funciones, pero siendo honesto, en ningún punto la sensación de agotamiento lo había rebasado por completo. En realidad, dormido o despierto, no le importaba; descansar se había vuelto imposible para él. Tardaba horas en conciliar el sueño y, cuando lo hacía, toda clase de sueños extraños y retorcidos le obligaban a regresar a la realidad. Así que, tras pensarlo detenidamente, casi prefería permanecer despierto, que dormido, la mayor parte del tiempo.
El frío de la noche le sentaba bien, le recordaba a Jamir. La fogata y el calor que expedía, añadían un agradable contraste, mientras el silencio le resultaba reconfortante.
Se envolvió un poco más en las mantas de lana y se sopló las manos, buscando brindar un poco de calor a sus dedos entumecidos. Después, se frotó los ojos con insistencia, hasta que el escozor que sentía en ellos desapareció. Hubiese dado cualquier cosa por volver a Jamir en ese preciso instante, con sus noches tranquilas y sus días llenos de la palabrería incesante de Kiki. Estaba seguro de que ahora que Shion había regresado de entre los muertos, no dudaría en unírseles. Jamir llamaba a la sangre lemuriana; eso era una verdad innegable.
Entonces, al recordarlo, no pudo sino sentirse nostálgico. ¿Qué había sido del viejo maestro? ¿Dónde estaría y en qué estaría pensando? Seguramente les echaba de menos, tanto como ellos a él.
Estaba lo más cerca de él que había estado en semanas, más la eventual reunión seguía postergándose hasta convertirse en una agonía. Mu lo extrañaba de una forma imposible de explicar. Necesitaba su fortaleza, y también su sabiduría. Porque, con el colapso de toda certidumbre alrededor de ellos, la fe del carnero dorado comenzaba a resquebrajarse.
Dohko había sido extremadamente fuerte para sostenerlos, pero incluso él parecía comenzar a ceder ante el peso de la dantesca tarea; y los acontecimientos más recientes hacían temblar sus rodillas. Mu lo sabía y presentía que el resto de ellos lo sentía también. Pero, ¿qué más podía hacer el Viejo Maestro? No mucho, considerando que todos ellos parecían esmerarse en hundirse solos antes de dejar que alguien más los derrotara. Cada decisión era peor que la anterior… y ya eran lo suficientemente malas como pensar siquiera en lo que se venía.
Sus sueños, o pesadillas si era más exacto, tampoco ayudaban. No dejaba de percibir muerte en ellos… y miedo, mucho miedo.
Nunca había sido de creer demasiado en los sueños, pero la insistencia era tal que comenzaba a dudar de lo que debía creer y de lo que no. La cuestión es que tenía problemas reales que debían preocuparle más que los fantásticos.
El mundo ya estaba demasiado mal como para seguir pensando en espadas mágicas, caballeros de luz y ríos de sangre que se abrían paso en la oscuridad.
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Llevaba un buen rato sentado ahí, a la intemperie, y todavía no conseguía las fuerzas para animarse a regresar a la cabaña. Su ausencia ahí dentro era más que obvia; lo sabía por el par de ocasiones en que Shura, o algún otro de sus compañeros, se había asomado a la puerta y buscado por él.
Lo último que se le ocurrió para esconderse un poco de la presión, fue internarse en el pueblo, perdiéndose entre las casas, hasta encontrar el bosque, donde se atrevió a perderse. Apenas había avanzado un par de metros dentro del espeso follaje, cuando su instinto lo hizo volver sobre sus pasos. La oscuridad de la noche, las sombras de los árboles y el profundo silencio, le habían puesto los nervios de punta; al punto que terminó saliendo de ahí tan pronto le fue posible.
El pequeño pueblo que les había acogido se encontraba desolado. Las señales de destrucción eran evidentes a cada paso que daba, y Ángelo no podía pensar en otra cosa más que en el hecho, que todo ese caos había sido culpa suya.
Tampoco podía sacarse de la cabeza la imagen de la villa donde había visto por primera vez a Corban. Las llamas, los gritos, la desolación con la que habían chocado se sentía mil veces más impresionante ahora que tenía un vínculo que le unía a aquel lugar de muerte y dolor. Esos niños habían pasado por un infierno dos veces ya. Máscara Mortal ni siquiera lo había notado, pero solo había contribuido a incrementar su sufrimiento. Nada de lo que había hecho, o dicho, había sido para reconfortarlos. Todo ese tiempo se había comportado como un verdadero idiota y, como siempre le pasaba, para cuando quería cambiar, hacer una diferencia, era demasiado tarde.
Furioso, lanzó un golpe contra lo primero que se le cruzó en el camino. La viga de madera crujió antes el impacto y cedió un instante después. Al santo le importó poco la nube de humo que se levantó. Hubiese seguido golpeando y pateando un rato más, pero lo cierto era que cada paso era ya un tormento difícil de digerir.
—Puedes tenerlos de regreso. —Escuchó aquella voz, inconfundible y tenebrosa. No se molestó en buscar a su dueña, pues sabría que solamente la vería si ella así lo deseaba.
—No quiero nada que venga de ti—contestó. Su mirada permaneció clavada en el suelo y sus puños tan apretados, que sentía los músculos entumiéndosele.
—Los quieres… y yo también.
—No los quiero para ti. No les mereces.
—Solo yo puedo devolvértelos—insistió su contraparte—. Pero no puedo retenerlos ahora conmigo. Necesito que sigas a cargo de ellos, que termines de crecerlos por mi.
Tras unos segundos de silencio, la carcajada del italiano resonó, agria, sarcástica y repentina. No podía creer hasta donde llegaba el descaro de aquella mujer. Su locura tenía que haberle carcomido el cerebro para atreverse a hacer semejante petición.
No recordaba haber detestado tanto a una persona, como la detestaba a ella. Su sola presencia le revolvía el estómago y la idea de que continuara siendo capaz de hacer daño, lo enfermaba.
—No te debo nada ya. No eres tú quien tiene mi vida en sus manos—dijo—. Una vez, hace muchos años, hice un pacto con el diablo. No tengo la menor intención de cometer el mismo error dos veces, Artemisa.
—¿Qué hay de tu amigo?
—¿Qué hay con él?
—Orión sigue en su interior.
—¿Qué te hace pensar eso? —Comenzaba a sentirse estúpido por hablar con el vacío. Sin embargo, tampoco deseaba verla. Lo último que deseaba era tener aquel rostro de nuevo frente a él.
—Tiene que ser así. Mientras el alma tenga un cuerpo en el cual sobrevivir, no volverá al Inframundo, bajo ninguna condición.
—Aioria no te pertenece más, y su cuerpo tampoco es juguete para tu entretenimiento. Hace mucho que logró sobreponerse a Orión. —Sabía que, en parte, mentía. Él mismo había presenciado cómo las habilidades del extinto cazador habían formado parte del repertorio del león dorado con anticipación y por eso mismo, dudaba de que hubieran visto ya el final del gigante. —Te lo advierto: ahora todo está en manos de Athena.
—Athena no va a solucionarte nada.
—Es mi diosa; me arriesgaré con ella.
—Estás renunciando a ellos.
—No. —El santo se apresuró a contradecirla. —Estoy renunciando a ser tu perro faldero. No tienes más ingerencia en nuestras vidas y tampoco en la de ellos. Si han de regresar, no será por ti. Aún si me cuesta la vida en el intento, te aseguro que encontraré como regresarlos.
Levantó el rostro y se dispuso a continuar el camino de regreso a la cabaña. Caminó sin molestarse en voltear, o en insistir en su búsqueda por ella. Solo deseaba no haberse vuelto loco y estar hablando con el viento. Entonces, ya sería el colmo para su cabeza y también el final para su jodido orgullo.
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El aleteo del ave que se posó en su ventana, la despertó. Afrodita abrió los ojos lentamente y fijó la mirada en la paloma blanca que descansaba en la baranda de su balcón. A través de la cortina de una fina seda transparente, vio al ave tornarse humana y acercarse a ella, hasta sentarse en el borde su cama. Una vez ahí, la mujer le ayudó a sentarse, para acomodar sus cabellos con cuidado sin dejar de mirarla un solo instante. La abundante cabellera castaña resbaló por sus hombros y cubrió sus pechos desnudos, pero lo único que a Afrodita le interesaba era la razón que había llevado a su gracia de regreso a casa.
—Talía—susurró—, me alegra tu presencia.
—Te agradezco, mi señora. —La cárite le respondió—. Yo también ansiaba volver a tu lado. Traigo noticias que te serán útiles.
—Cuéntame.
—Athena ha abandonado su templo; lo que es más, ha salido de Atenas—musitó la gracia, dibujando una sonrisa tan diminuta como encantadora en sus labios.
—¿Estás segura? —La diosa arrugó la frente, no sin sentir una suspicacia casi infantil dentro de si—. ¿Cómo te has enterado?
—Los guardias hablan todo el tiempo. Ellos se preocupan por su salida mientras las doncellas mueren de miedo ante su ausencia. La ciudad está en guerra y su diosa regente ha desaparecido.
En ese preciso momento, Afrodita compartió su sonrisa. Abandonó su lecho, sintiendo su piel erizarse cuando sus pies tocaron el frío suelo de mármol. Talía se levantó detrás de ella y rápidamente cogió la túnica de su señora para cubrir su desnudez.
—Ha ido tras ellos—Afrodita continuó—. No ha podido resistirse, mucho menos después del espectáculo de hace dos noches. ¿Qué hay de Shion?
—Permanece dentro del templo.
—Siempre será un estorbo.
—¿Deseas que le distraiga?
—No—dijo—. Estará alerta a cualquier eventualidad, y sospechará hasta de lo más mínimo. Créeme, te esforzarás en vano.
—Cómo ordenes, señora mía.
La Gracia terminó de acomodar el cabello de su diosa en silencio, sin nada que objetar. Solamente sus ojos traicionaron su curiosidad, cuestionando los planes de Afrodita sin necesidad de palabras. Acicaló la melena castaña y trenzó capullos de flores en ella. Rápidamente buscó un par de broches de oro para sostener su túnica y usó sus manos para alisar la tela.
—¿Qué pasará ahora? —Cuestionó a su diosa una vez más.
—Iré yo misma a reconocer la situación.
—¿A Atenas? ¿O volverás a donde los santos?
—A Atenas, por supuesto… aunque me encantaría volver a uno en específico. —Sonrió, con el recuerdo aún latente de las noches anteriores—. Quizás más tarde deba volver a Estinfalo.
—¿Cuáles son tus planes?
—Terminar de una vez por todas con los juegos de Athena. Sus caprichos han ido demasiado lejos esta vez.
—La señora Athena es de temer. Deberías tener cuidado con lo que haces. Sabes que ella no va a tentarse el corazón para reclamar venganza.
—¿Corazón? —Afrodita arrugó el entrecejo—. Athena no tiene corazón. Si lo tuviera, con seguridad sería de piedra.
Talía sonrió, en un gesto que emulaba una mueca, por encima de todo. Habiendo terminado de vestir a su diosa, abrió la puerta tras la cual Afrodita desapareció unos segundos más tarde, seguida de ella.
—Envía a tus hermanas a vigilarles—ordenó—. Se han dividido nuevamente, quiero que cada una esté atenta de un grupo en específico. Cada detalle de Saga, deseo saberlo; y sigan también detenidamente a Aioros.
—¿Qué hay con él?
—Ha hecho un pacto que tarde o temprano debería cobrarse.
—Les diré ahora mismo, mi señora.
No hubo más indicaciones de su parte. Lo único que a Afrodita le quedaba era esperar porque la suerte y el coraje a acompañaran en sus planes. Se había propuesto que a partir de ese punto, no habría marcha atrás.
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Abrió los ojos cuando la luz se reflejó en sus párpados cerrados. Por un segundo pensó que había conseguido quedarse dormido y que era el Sol quien le despertaba con su caricia. Pero no era así.
—¿Athena?—Saga se frotó los ojos, creyéndose víctima de una alucinación—. "Lo que me faltaba. Pesadillas."
Se sentó como mejor pudo y acomodó la melena despeinada mientras rezaba, secretamente, por no tener el primer gran enfrentamiento con su diosa en semanas. No había extrañado su presencia en días. De hecho, era hasta lo contrario. Sin embargo, ahora que la tenía enfrente no iba a tener más remedio que morderse la lengua e intentar volverse invisible. Era todo lo que le quedaba.
—¿Están despiertos? —La diosa habló en voz baja, como si no quisiera despertarlos. La realidad era que ninguno de ellos estaba dormido lo suficientemente profundo como para no escucharla.
—¿Princesa?
—Dohko—saludó—. Lamento robarles los pocos minutos de descanso.
—Nadie esta dormido. —Kanon se incorporó, al igual que el resto de sus compañeros—. ¿Qué haces aquí?
Y aunque la diosa no contestó de inmediato, el gemelo tampoco necesitaba que lo hiciera. Si la mismísima Athena había abandonado la ciudad para ir en su búsqueda, los motivos de semejante decisión tenían que ser realmente graves.
—Tenía que verles. Hay situaciones que apremiaban mi presencia.
—¿Has visto a los otros? Me parece que ellos son quienes tienen más asuntos que discutir contigo—insistió el gemelo—; Aioros en especial.
—Estuve ahí.
—¿Le has visto? —La incertidumbre en los ojos turquesas de Dohko resultó imposible de ocultar. Athena no tenía más opción que contarles todo lo que sabía al respecto.
—Me temo que sí… y las noticias no son buenas. —Más de uno suspiró al escucharla y se sintió peor al tener que ser el ave de mal agüero—. La mala decisión de Aioros no pudo haber llegado en peor momento, ni tampoco pudo ser menos afortunada. Lo que él ha hecho al aceptar los favores de un dios como Ares, es simplemente quedar en deuda con él. El poder que se le ha brindado, viene con un precio.
—¿Eso significa que…?
—Significa que Aioros y Ares están unidos por vínculos más fuertes de lo que me gustaría reconocer. Es un pacto… entre ambos.
—Tienes que estar en un error. —Saga intervino y, con sinceridad, la diosa podía decir que no le sorprendía. —Aioros no puede quedar en medio de un pacto con Ares. No puede.
—Pues lo está. —Athena dejó escapar un suspiro, lleno de pesar. A ella tampoco le gustaba creerlo, pero esa era su triste realidad. —Las marcas en sus brazos son precisamente la prueba de ello.
Saga se puso en pie más rápido de lo que le hubiera gustado. Tenía el entrecejo arrugado y los labios ligeramente apretados. Se llevó las manos a la cabeza mientras su rostro delataba una incredulidad inusual de él. Ni siquiera reparó en el montón de ojos que lo observaban ir y venir alrededor de la hoguera. Tampoco le interesó demostrar su frustración al patear un trozo de leña con tanta fuerza, que hasta los caballos se revolvieron, nerviosos.
—Saga…
—Todo esto esta terriblemente mal. —Ignoró a Camus. —¡Tiene que ser un error!
—Lo siento…
—¡No lo sientas! ¡Haz algo! —Demandó a su diosa.
—Tranquilízate. —Volteó para encontrarse con la mirada de Mu, prácticamente rogándole por un poco de calma. Solo entonces cayó en la cuenta de que, por un breve momento, había perdido el control. Pero, ¿cómo no perderlo, cuando sabía que la última vez que Aioros se encontró en medio de los planes de Ares, había terminado muerto? La historia no podía repetirse; no iba a permitirlo.
—No puede suceder de nuevo—musitó mientras se dejaba caer sobre las mantas que le servían para dormir—. Tiene que haber algo que podamos hacer.
—La situación es delicada, Saga, no voy a mentirles.
Los demás permanecían en silencio. Sabían lo que estaba pasando por la cabeza de Saga y, del mismo modo, sabían lo que significaba volver a encontrarse frente a frente con Ares. Las cosas ya iban lo suficientemente mal con un solo santo encadenado al dios de la guerra; tener dos, sería catastrófico. Más increíble aún era que ambos santos compartieran un pasado que pudo haber coronado a cualquiera de los dos como líderes de una generación incipiente y ciertamente tan importante como ninguna otra en doscientos años.
—Idiota arquero—Kanon masculló. No hubo eco a sus palabras, pero sabía que estaba en lo cierto.
—¿Qué podemos hacer, Athena?
—Solo seguir adelante, Dohko. Nada más. El resto no depende de ustedes—respondió.
—¿Qué pasará con Aioros? —La pregunta de Saga la desarmó. Al igual que él, no tenía respuestas para esa pregunta.
—No lo sé. —Responder con sinceridad; era todo lo que podía hacer.
—Por los dioses…
—Si existe una forma de ayudarlo, Saga, cuenta con que voy a encontrarla.
La diosa quería creer con todas sus fuerzas que las palabras de Shura eran verdaderas, que a pesar de todo, seguía conservando la fe que sentían en ella. Sin embargo, la mirada de Saga la hizo dudar. Aún así, no estaba dispuesta a darse por vencida. Mientras Ares estuviera bajo su control, tenía una oportunidad de salvar la situación.
—Hay otras noticias—continuó—, buenas noticias.
—Vaya que eso sería inusual.
—Lo sé, Kanon, lo sé—agregó con cierta amargura—. Pero Máscara de Muerte ha despertado y eso, sin duda es una gran bendición.
—¿Se encuentra bien? —Athena asintió a la pregunta de Mu.
—Cansado, pero bien.
—¿Qué hay de Aioria?
—Aún no despierta, Camus. Parece ser que la situación, en su caso, es un poco más difícil de lo que habíamos pensado. —Athena atizó un poco más las llamas de la hoguera. —No sé que tan pronto podamos recuperarlo, pero hay algo que quisiera verificar primero en Atenas.
—¿Has venido hasta aquí a ponernos al corriente de las noticias?
Los ojos de Saga parecían penetrarla y mirar hasta el fondo de su alma. Cada vez era más difícil sostenerla y obviar aquel constante reto que había en ella. Pero en el momento en que cediera, la diosa sabía que lo perdería para siempre. Ella era una diosa, la diosa de la Guerra y señora de cada uno de los guerreros ahí presentes; ser fuerte no era opción, era la obligación que tenía para con ellos.
—También he venido a darles algo—comentó, esforzándose todo lo posible por sostener esa mirada esmeralda—. Sé que van detrás de las aves de Estínfalo y les urjo a que tengan extrema cautela.
—Aves come-gente, ya lo sabemos.
—Es más que eso, Kanon. Deben saber también que Estínfalo es una zona en desgracia. Las aves han convertido el lugar entero en un caos; la vida ahí se ha vuelto insoportable, hasta el punto que toda la gente que ha podido, se ha marchado en busca de escenarios mejores. Las aves viven en el centro del lago, en un diminuta isla que esconde la entrada a su cueva. Solo hay dos modos de llegar hasta ahí: en un barco, o en las fauces de las aves; y créanme, ninguna embarcación querrá llevarlos.
—Eso nos deja la peor de las opciones. Genial. —El tono en la voz de Kanon arrancó más de una sonrisa involuntaria. Sin embargo, ninguno pudo negarle la verdad.
—Podemos usar nuestros cosmos para atacar directamente a la cueva. —Mu intervino.
—No es posible—terció la diosa—. Mientras estén dentro de la cueva, nada puede dañarles.
—¡Por los dioses! ¿Tenemos alguna opción? Un poco de ayuda nos vendría bien.
—Para eso estoy aquí.
—¡Alabada seas!
—Kanon, solo déjala hablar. —Y por la mirada que le dirigió, el gemelo supo que Camus no estaba bromeando.
—Tienen que cazarlos al vuelo… provocarlos para salir.
—¿Cómo hacemos eso?
—¡Kanon!
—Bueno, bueno, ya. Me callo.
La diosa sonrió al ver aquel mohín de frustración tan gracioso en el gesto del geminiano menor. Sin embargo, tal y como Camus insistía, debía continuar. Sacó una bolsita de tela que llevaba ceñida a su cinturón y la entregó en la mano de Dohko. El santo de Libra, y también los más jóvenes, la miraron con recelo.
—Hay dos objetos ahí dentro: una campanilla y una flauta. El repicar de la campana podrá sonar insignificante a sus oídos, pero su sonido bastará para sacar a las aves de su refugio—explicó.
—¡Justo lo que necesitamos!
—Pero… —Odiaba interrumpir los buenos ánimos de Kanon, pero tenía que hacerlo. —El problema es que la campanilla solamente funcionará si es usada justamente por encima de la cueva.
—¡Mierda!
—¡Kanon!
—Solo déjala terminar, hijo—suplicó Dohko. Camus comenzaba a pensar que soportar a Milo era más sencillo que hacer lo mismo con Kanon.
—Para eso es la flautilla, Kanon. Cuando lleguen a la orilla del lago, úsenla. —Athena se aseguró de mirar directamente a los ojos de cada uno. —Les aseguro que se llevaran una gran sorpresa. —Los santos la contemplaron, intrigados ante su promesa.
Mientras tanto, a lo lejos, el primer rayo de luz de la mañana apareció en el horizonte. Uno nuevo día llegaba y nadie, absolutamente nadie, sabía lo que traía consigo para ellos.
-x-
Shion cabeceó ligeramente.
El errático movimiento, sin embargo, terminó por despertarlo del todo. Restregó sus ojos cansados y cerró con cuidado el pergamino que le ocupase hasta unos momentos antes. Las velas que estaban encendidas a su alrededor se habían consumido casi en su totalidad, mientras que la luz que emanaban de ellas, se volvía más y más errática con el paso de los minutos.
Se puso en pie lentamente, sintiendo como sus músculos atrofiados se quejaban ante el esfuerzo. Llevaba demasiadas horas sentados, rebuscando en toda clase de literatura al misterio que tenían en manos Durante todo ese tiempo, él y Herse habían ido y venido con libros, leído hasta la letra más pequeña en ellos; pero nada les servía de la manera en que hubieran deseado.
El cuerpo de Ares aún yacía dormido, en la cama cercana a su escritorio. Desde la aparición de Afrodita en el templo, el lemuriano no había querido correr riesgo alguno, ni dejar nada a la suerte. Bajo ningún precepto podía darse el lujo de permitirle su libertad; no cuando la vida de Saga dependía de ello.
Bebió el último sorbo de té que quedaba en su copa.
Herse había sido sumamente amable de mantenerse pendiente de él durante las largas jornadas de estudio. A pesar de ello, él mismo la había mandado a dormir un par de horas antes, después de haber notado que pronto sucumbiría ante el cansancio.
Él se había dicho que mantendría la vigilia un poco más. Sin embargo, con profundo pesar, tenía que admitir que se sentía más exhausto de lo que debería.
Echó una mirada al dios dormido, resultándole imposible no fruncir el ceño. Mientras más lo veía, más le detestaba. Odiaba todo lo que significa y también todo el daño que había causado a sus muchachos. Al haberlo hecho, era consciente de que se había puesto una diana sobre el pecho. Todos los dioses verían en él y en Athena, a dos enemigos de peligro, con la gran diferencia que la inmortalidad de la deidad, era algo que él jamás tendría.
—¿Mi señor? —Escuchó el llamado a la puerta y caminó hasta ahí, en busca de la persona que le llamaba.
—¿Qué sucede?
—Los sacerdotes solicitan su presencia. —Le contestó la joven doncella que encontró al otro lado de la puerta.
—¿Sucede algo? —Y de manera inmediata, el entrecejo del lemuriano se frunció. A últimas fechas, parecía que cada paso era una tortura inmensa, que solo hacía más y más grande con el paso del tiempo.
—Athena llama por usted.
—¿Athena? ¿Ha regresado?
—No, mi señor. —La mujer negó tímidamente. —No se trata de nuestra princesa, sino de la suya.
—Saori… —murmuró su nombre.
No se sintió medianamente seguro de marcharse de ahí, pero si Saori le buscaba era por alguna poderosa razón que no podía pasar por alto.
Se puso en marcha de inmediato, con la esperanza de poder regresar a la habitación antes de que cualquier cosa pudiera suceder. Cerró con cuidado los aposentos y se dirigió a la parte del templo destinada a los viejos sacerdotes, donde tenían completa libertad de obrar bajo el poder de su diosa.
Lo que Shion no notó, era lo que sucedía al otro lado de la ventana.
El arrullo de una paloma blanca rompió la calma de esa noche y poco después, cuando el viento sopló hacia dentro de la habitación, arrastró consigo una marea de pétalos rojos como la sangre. La estilizada figura de la diosa surgió en medio de ellos y su sonrisa apareció también, cuando reparó en el rostro del dios dormido.
—Es hora de despertar, cariño.
-Continuará…-
NdA: ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Escritora vaga y malagradecida regresa a la acción! Quisiera disculparme por la tardanza con respecto a la última actualización. La verdad es que he tenido la mente sumamente dispersa en lo que se refiere a esta historia. Además, las vacaciones se han cruzando en mi camino… y bueno, ¿qué decir?
Pero aquí les dejo un capítulo enorme, que espero disfruten =)
Una vez más, ¡miles de gracias por esos mil reviews! Es un verdadero placer saber que comparten mi emoción por esta historia y que sigue estando entre sus favoritas a pesar de todo.
Cómo siempre, me gustaría mencionar y agradecer a todas esas personitas que se toman unos minutos para dejarme un comentario. Chicos y chicas, sin su constante apoyo, sus palabras bonitas y esas ideas que suelen enviarme todo el tiempo, no sé si esta historia hubiera llegado tan lejos. Así que en esta ocasión me toca agradecer a: Damis, FaSCeN, L. Byron, Kisame Hoshigaki, luxie-chan, Mine, RIAADVD, Sagitariusgirl, Kumikoson4, Rose 129, Krmencita Uchiha, k2008sempai, lithium25, Pyxis and Lynx, LittleMonsterStick, Koko, PauLove, ddmanzanita, Tatsumaki, Eli, Cristina2306, Altariel de Valinor, GreeceSJL, Tisbe, Shaka-love, Helena Hibiki, Kaito Hatake Uchiha, Alde93, Miyu Sayan y Fury. ¡Muchas gracias!
Cambiamos un poquito el formato en esta ocasión, y los replies a reviews anónimos se van a mi profile ;)
Mis niños y niñas, nos leemos prontito. De nueva cuenta, miles de gracias por leerme y si me regalan un comentario, Santa Claus lo sumará a la lista de cosas buenas para Navidad =9
Sunrise Spirit
