Capítulo 56
Solo una noche
Cuando los dos anchos brazos de tierra les rodearon y la hilera sin fin de navíos quedó al alcance de sus ojos, los chicos supieron que estaban en casa. El puerto de Pireo, en toda su plenitud, les daba la bienvenida.
Las gaviotas revoletearon por encima de sus cabezas, entre chillidos y aletazos, ansiosas de apropiarse de los restos de la pesca que llegaba a la orilla. De vez en cuando, alguna de ellas conseguía burlar la vigilancia de los pescadores y robaba un bocadillo, que la convertía en el centro de atención de sus compañeras. Los hombres de mar, acostumbrados a ellas, ni siquiera se inmutaban ante el escándalo que se armaba por encima de sus cabezas. Decenas de barcos se alineaban sobre la arena, uno tras otro. Los niños correteaban entre ellos, vendiendo sus horas de trabajo al mejor postor. El puerto completo bullía con voces y gritos, con el golpe ronco de las olas rompiéndose contra la coraza de los barcos y los quejidos de la madera vieja con que los contenedores de la mercancía se descargaban.
Cuando la Kyrenia recorrió la bahía, en busca de un sitio lo suficientemente grande para albergarla, los ojos de todo el mundo quedaron atrapados por su imponencia. Decenas de pares de ojos siguieron su elegante danza sobre las olas, hasta que por fin, con la habilidad única de sus tripulantes, las maniobras para encallarlo comenzaron.
Embelesado, con esa eterna fascinación suya, casi infantil, Milo se asomó por la baranda. Vio a los marineros saltar del barco, tomar las riendas, para tirar del barco hacia la orilla, mientras, en cubierta, los bogadores seguían cada detallada instrucción de sus oficiales.
Conforme el brillo dorado de la arena se veía más y más cerca, el corazón del Santo se desbordaba con emoción.
¡Era el día perfecto! ¡El día que nunca parecía llegar! Había perdido la cuenta de cuanto tiempo habían pasado en el mar, comiendo caldo de pescado y mordisqueando carne salada y pan duro; sin cama donde dormir, y sin nada más que el océano para donde mirar. Las penalidades del largo y terrible viaje terminaban ahí. ¡Era un día de fiesta!
—¡Estoy totalmente listo para desembarcar! —Milo se asomó por la popa del navío, con la melena jugueteando al son de la brisa. Vestía la preciosa túnica negra que Saga le había regalado en Troya. Sus mejores galas para volver a Atenas, nada menos que eso. Se aferró a la baranda de madera, cuando el golpe contra la arena hizo que toda la Kyrenia se estremeciera. —¡Llegamos! ¡Al fin en casa!
—Casa… —Camus, a su lado, arrugó el ceño. No estaba seguro de que aquella fuera la palabra correcta para definir lo que era Atenas.
Ciertamente, la ausencia había sido larga, y Atenas, de algún modo, entrañable. Pero su casa, su hogar, estaba a miles de años de distancia. Su entusiasmo no era tan grande como el de Milo, sin embargo estaba aliviado de volver. Al menos ahí se sentía más seguro.
—¡¿Dónde está la emoción, Camus?! —De pronto, sintió el jalón de Milo y el sacudón que le siguió. Milo se aseguró de sacudir cada neurona de su cerebro.
—¡Basta! Estoy emocionado, pero no a tu nivel. —A veces, el Escorpión pecaba de entusiasta.
—¡Bah!
—Cálmate un poco, bicho. Sigue así y alguien se encargara de echarte, cabeza abajo, a la orilla. —Aioria se unió a la conversación. Asomó la cabeza y se sintió terriblemente aliviado de estar de regreso. Pireo, con todo el caos que le rodeaba, parecía radiante ese día. —Y créeme, nadie tiene intenciones de recogerte de la arena después.
—Gracioso, muy gracioso. Voy a perdonártelo porque estamos en casa, nada más.
—Si, si.
Miraron de reojo, prácticamente a la vez, cuando el resto de sus compañeros comenzaron a acercarse poco a poco. Antes de que cayeran en cuenta, todos estaban alrededor, observando con desesperación como los segundos se extinguían antes de que pudieran poner pie en tierra firme.
—¡Mira, Kanon, mira! —Milo pasó el brazo por encima de los hombros del gemelo y, con la mano libre, apuntó hacia la fortaleza de murallas bajas que era el puerto. —Llegamos.
—Casi.
—¿Casi? —El más joven de los dos arrugó la nariz.
—Con nuestra suerte, quizás el barco se gire y nos ahogue a la hora de encallar.
—Oh, por los dioses. —Saga, quien le había escuchado, giró los ojos. Con una sonrisa mal disimulada, Aioros bajó la vista.
Para fortuna de todos, los malos augurios de Kanon fallaron. Instantes después, la Kyrenia se de detuvo cuando no pudo avanzar más sobre la arena, mientras un alarido de alegría recorrió la cubierta. Todos los hombres por igual festejaron. Los dioses les habían bendecido en su larga travesía y aquella era su recompensa. Los tediosos y agotadores días en mar abierto llegaban a su fin.
Bias enloqueció de emoción. Con la habilidad de un simio grotesco, se asió de un amarre y se deslizó, hacia la costa, justo donde las olas rompían contra la arena. Sus pies levantaron una cortina de diminutas gotas de agua, mientras la sensación de la arena mojada entre sus dedos lo hizo reír. Caminó torpemente por la orilla, hasta abandonar por completo las aguas color acero del Mediterráneo. Entonces, volteó hacia atrás y, con un movimiento frenético de brazos, buscó la atención de los chicos que le miraban desde la baranda del barco.
—¡Hey! ¡¿Qué están esperando?! ¡Bajen! —gritó, capturando la atención de cuanto curioso estaba en la playa. De inmediato, Cara de Asno bajó a unírsele en tierra firme.
—¡Ese es el espíritu! —Milo festejó. Exhaló con fuerza y decidió que seguiría los pasos del gigante marinero. —¡Vamos, vamos!—urgió al resto—. ¡Iré primero!
Tal como dijo, buscó los amarres y se sujetó de ellos. Ahí, de pie en la barra del barco, se sintió fabulosamente bien. Razones le sobraban: era un sobreviviente, un ganador. Con un aullido de pura felicidad, se dejó caer.
—¡Milo, ten cuidado, o vas a…! —Shura no pudo terminar su advertencia, pues el santo de Escorpio volvió a apoderarse del espectáculo.
Las manos le fallaron y de algún modo que no entendería, la gruesa cuerda que le sostenía, escapó de su agarre. El aullido aventurero se convirtió en un grito de sorpresa y, con un gran chapuzón, el cuerpo del escorpión cayó bruscamente al agua, después de rebotar contra el casco de madera del navío.. En una reacción tan espontánea como uniforme, el resto de sus compañeros se encogió de hombros y entrecerró los ojos, tratando de ahorrarse la vergüenza ajena.
—Joder, el bicho se ha matado—masculló Aioria. Máscara de Muerte aprobó con un bufido.
—Sobrevivir a las amazonas para terminar con la cabeza rota a la entrada de Atenas…
—¿Deberíamos hacer algo?
—No lo creo. —Camus meneó la cabeza ante el cuestionamiento consternado del santo de Tauro. —Quizás esperar a ver si no se ha ahogado.
—Denle crédito. Milo está hecho de goma, es resistente. —Kanon torció la boca.
Un par de segundos y cientos de burbujas después, la melena empapada y desordenada de Milo surgió a la superficie. El Santo de incorporó lentamente, y apartó de una manotazo los cabellos que tenía pegosteados por toda la cara.
Gruñó lo suficientemente fuerte como alertar a cualquiera de que no quería escuchar carcajadas, aunque de poco le sirvió. Bias fue el primero en doblarse de la risa, contagiando a un montón de gente más. Con la firme intención de agujerear a alguien, el Santo se puso de pie y, haciendo acopio de la poquita dignidad que le quedaba, caminó chorreando hasta la arena.
—No veo lo gracioso—bufó—. Dejen de reírse o les pincharé el culo.
—¡Tranquilo, tranquilo! ¡Es un buen día! —Bias le palmeó la espalda mientras el escorpión trataba de deshacerse del exceso de agua en su cabellera. Y fue entonces cuando cayó en cuenta. —Oh… ¿Milo?
—¿Mm…?
—Estás… ¿destiñendo?
—¿Desti…? ¡¿Qué?! ¡¿Cómo que…?! ¡No! ¡No! ¡No! —chilló.
Miró hacia abajo, hacia sus piernas y brazos teñidos de color oscuro. El agua chorreaba por ellos, manchando cada centímetro de su piel con el tizne negro de su túnica. Trató de secarse, pero solo consiguió hacer la mancha más grande.
—¡Maldición, maldición, maldición! ¡Pero, ¿qué es esto?! —gruñó.
—¡Quítate la túnica! —Escuchó el consejo bien intencionado de Dohko, desde la parte de arriba del barco. Pero también escuchó a Kanon, con su sonrisa maliciosa, y su comentario posterior hizo que la piel se le erizara.
—Eso. Quédate medio desnudo por ahí. A los marineros les dará gusto ver un culo bonito meneándose por las playas.
—¡Argh! ¡Cállate, Kanon!
—Oh… esto es muy bueno. —Aioros sonrió a Saga.
—Lo mejor que he visto en mucho tiempo.
—¡Mi pelo está manchado de tizne también! —Volvió a chillar el escorpión. Y la graciosa y desesperada expresión en su rostro, hizo que Saga no pudiera contenerse por más tiempo. Estalló en carcajadas, al unísono con Aioros.
Sus risas, tan desparpajadas como extrañas a últimas fechas, capturaron la atención de todo el mundo. Hubo algún par de sonrisas cómplices y aura de tranquilidad que no sentían desde mucho tiempo atrás.
Bias y Cara de Asno tampoco pasaron la oportunidad de unirse al coro de risas. De pronto, Milo y sus berrinches fueron superados en magnitud. El peliazul entrecerró los ojos y miró hacia arriba, hacia la baranda, donde Saga lucía especialmente divertido. Un golpe de iluminación llegó a su mente, cayendo en cuenta que el pequeño incidente conllevaba más planeación de la que pensado al principio.
—¡Tú planeaste esto! —ladró hacia el gemelo. Levantó el puño al aire, como una silente amenaza de que tomaría venganza. Saga, por su parte, no se inmutó. —¡No es gracioso!
—No para ti, no. —Aioria, quien acaba de descender por el amarre, se acercó al escorpión revolvió la melena empapada, solo para arrepentirse medio segundo después, cuando su mano se tiñó de negro también.
—¡Son un montón de idiotas!
—Cálmate ya, Milo. Te dará un ataque.
—¡No quiero calmarme, Camus! —Manoteó en el aire. —¡Ahora soy un pitufo negro!
—Podría haber sido peor.
—¿Peor? ¿Peor? ¡¿Cómo va a ser peor?! —El acuariano le miró con fastidio y, tras pensarlo un par de segundos, encogió los hombros.
—Si Saga planeó todo esto, definitivamente podría ser peor.
—Buen punto. —Aioria estuvo de acuerdo.
Saga aterrizó en el agua poco después. Caminó hacia la playa con una sonrisa de satisfacción en los labios, sin quitarle los ojos de encima a Milo. Tenía que tener cuidado, porque tan pronto dejara de mirarle, el más joven le saltaría encima y le mordería el cuello hasta arrancárselo.
Igual y no le importaba demasiado. Al final, su maravillosa venganza, esa que se venía posponiendo cada vez que tenía algo en mente, se había vuelto una realidad.
—Tardará un tiempo en quitarse…—dijo—. Al menos eso me dijeron.
—Te odio…
—Lo sé.
Cuando pasó a su lado y quedó de espaldas a él, Milo le sacó la lengua. No podía creer que Saga hubiera planeado algo así. ¡Qué falta de vergüenza al jugar con sus sentimientos de ese modo!
Estaba a punto de seguir rabiando cuando un chico flaco, de cara alargada y ojos somnolientos, se detuvo frente a ellos. Permaneció en silencio, mirando la escena sin decir nada. A decir verdad, tampoco entendía gran cosa. Pero estaba ahí con una misión importante y no debía arruinarlo. Así que tomó una gran bocanada de aire y saludó tímidamente, con una reverencia poco menos que formal.
—Bienvenidos. ¿Son ustedes los Santos de Athena? —preguntó.
—Ellos en persona, mocoso. —Bias se adelantó a cualquiera y respondió con una gran carcajada.
—Vengo en nombre de Athena. Mi nombre es Sandro, soy el escudero de Nestor. —También era su nieto, pero no dijo nada al respecto—. Él me ha enviado con las monturas, para el viaje de regreso a Atenas. —Apuntó hacia el arco de piedra que marcaba el inicio de las fortificaciones que rodeaban al puerto. Ahí, bajo la sombra de un par de olivos, un grupo de corceles descansaba en espera de los muchachos.
—Genial… —Milo gruñó de nuevo. —¡Caballos! El suelo se abrirá y caeré directo al infierno.
La pesada mano de Aldebarán se posó sobre su hombro, en un gesto de compresión. A veces, Milo era capaz de crear verdaderas tragedias de detalles insignificantes… y, por muy molesto que fuera en algunas ocasiones, en otras podía ser terriblemente divertido.
Camus se llevó las manos al rostro, contrariado y avergonzado por Milo. Una cosa era soportar sus tonterías en privado y, otra bien diferente, era lidiar con ello en público. No necesitaba verlo para saber que el chico recién llegado los miraba cual bichos raros que eran.
—Ignórale. —Aioria le robó las palabras y se le adelantó. —Ha tenido varios días difíciles lidiando con si mismo en el océano.
—¡Gato! —Milo, para varias, se quejó.
—Basta ya. —Shaka intervino, sorprendiéndoles a todos. Curiosamente, nadie replicó. Había algo en aquellos ojos color turquesa, al verlos bien abiertos, que imponía orden sin lugar a dudas. —¿Están listos?
Dohko asintió, tomando la delantera. Auspiciado por la calma de los últimos días, había aprendido a observar a sus jóvenes compañeros en silencio y a disfrutar de las particularidades que se había perdido en tiempos pasados.
Así era que había entendido la complicidad fraternal y natural entre Aioros y Saga que apenas recordaba de su niñez y a la que Shura se había sumado; también la rebeldía de Kanon, y la eterna rivalidad entre los gemelos. Aprendió a reconocer la simpatía innata de Aldebarán, mientras que el aura de calma que rodeaba a Mu, le recordaba a la de Shion durante su juventud, aunque menos impetuosa. Reconocía también el optimismo inagotable de Milo y la paciencia infinita de Camus hacia cada locura suya. Shaka y su profunda espiritualidad le ayudaban a extrañar un poquito menos sus pláticas con el Patriarca. Y Aioria y Ángelo… improbables amigos compartiendo secretos que no dejaban de intrigarle.
—¿Vendrás con nosotros a Atenas o será la despedida? —El chino volteó hacia Ganímedes. La sonrisa llena de agujeros del viejo capitán iluminó su rostro, mientras asentía repetidamente.
—Tenemos que descargar la Kyrenia, pero estaremos ahí tan pronto podamos. —Entonces, cruzó su brazo por encima de los hombros del Santo. —¡Esto es motivo de celebración!
—No lo digas demasiado fuerte, o Milo te pedirá que secuestres algún barril de vino.
—¿Sabes, Camus? A veces creo que piensas que soy una mala persona. —El aludido escorpión, teñido de negro, se cruzó de brazos.
—Pues estás equivocado. Solo creo que a veces exageras un poco en todo. —Todos los Santos aprobaron con un gesto al comentario del francés. —¿Ves?
—Grrr…
Kanon obvió el nuevo arranque de ladridos de Milo y se concentró en el chico que había ido hasta el Pireo por ellos. Quizás solo él lo había notado, pero el adolescente significaba mucho más que un niño flaco con un montón de caballos: era la señal de que estaban en casa. El viaje infernal había terminado; el oasis de descanso que tanto habían anhelado llegaba a ellos, entre sensaciones agridulces e historias a medio contar.
Lo único que él quería era llegar a Atenas, cruzar los jardines del palacio y buscar refugio en el corazón del templo de su diosa. Necesitaba dejar el pasado fuera de las columnas del templo. Necesitaba aclarar su mente.
Sin decir nada, cruzó entre todos y caminó playa arriba, hasta el arco de piedra que coronaba la entrada al puerto y donde comenzaba el camino de regreso a Atenas.
—¡Oye! —Máscara de Muerte se sobresaltó al verlo marchar. A decir verdad, él también esperaba con ansias malsanas el triunfal regreso a Atenas. —¡Espéranos! —Fue tras el gemelo.
—¡Que prisa la de ambos!
—¡Hey, Aioria! —Los Santos de Leo y Sagitario fueron detrás. Poco a poco, el resto no tardó en seguirles, con Dohko al último.
Antes de alejarse demasiado, el chino volteó hacia el mar, cuya espuma brillaba como purpurina, bajo la intensa luz del Sol. Se tomó un segundo para observar a la Kyrenia, encallada en la arena. Los gritos de hombres se expandían por toda la playa, con el ir y venir de la mercancía de las decenas de navíos. De pronto cayó en cuenta de algo que no había notado hasta entonces: el mundo ya no lucía tan amenazante.
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El ajetreo en palacio era evidente desde las primeras horas del día. El Sol ni siquiera había aparecido en el horizonte cuando todo el mundo se puso en pie. Las doncellas iban y venían, en compañía de los siervos. Limpiaban las habitaciones destinadas a los chicos, las equipaban con viandas, agua fresca y todo lujo del que Athena pudiera proveerles. Las mantas fueron remplazadas por ropas nuevas y limpias, impregnadas con el suave olor de la lavanda. Las cortinas se corrieron de par en par, para que Sol calentara el interior y su luz las hiciera lucir resplandecientes.
El megaron fue preparado con igual gusto. Los pendones escarlata fueron desempolvados, las mesas se prepararon para el banquete de bienvenida. Ningún detalle fue pasado por alto. Para la diosa, todo en ese día sería perfección pura.
Shion solamente observaba, escabulléndose por los pasillos como un ser invisible. Sentía una alegría absoluta por las buenas noticias: Aretha había aparecido la noche anterior en el gran salón y había avisado de la inminente llegada de los Santos. Desde entonces, el palacio entero se había revuelto con preparativos en su honor.
Así, la noche y la mañana habían transcurrido en un pestañeo. Con la mañana bien entrada, todo el lugar había adquirido un brillo especial.
—¿Qué te parece? —Volteó para encontrarse con el sonriente rostro de Herse.
—Creo que no puedo poner en palabras lo que siento ahora mismo.
—Te comprendo. ¡Es una locura tenerles de regreso después de tanto tiempo! —Habían sido demasiados días en ascuas. Tantas plegarias que por fin veían respuesta en su regreso.
—Lo sé. —Shion compartió la sonrisa. Después, tomó la tinaja de agua que la sacerdotisa cargaba. —¿Vas a alguna de las habitaciones?
—Si.
—Te ayudaré.
En compañía uno del otro, recorrieron los corredores hasta su destino final. Herse abrió la puerta del último dormitorio y, tras echar un vistazo, se aseguró de que todo estuviera en orden. Jaló las cortinas para que el Sol iluminara la pieza. De inmediato, sus rayos entibiaron el ambiente frío del mármol.
—¡Es una mañana preciosa! —La rubia festejó. Sus ojos verdes celebraron la entrada de luz.
—Lo es.
Asentando con sumo cuidado la vasija, el lemuriano recorrió la habitación en silencio. Reparó en un par de detalles que podía mejorar y así lo hizo. Sin decir nada, acomodó un poco más las sábanas, además de reorganizar algunas de las bandejas con frutas que las otras doncellas habían dejado ahí.
Mientras tanto, Herse lo observaba a él. Apenas comenzaba a conocerle bien, pero estaba prácticamente segura de que dicha paranoia por el detalle era un clara declaración de su nerviosismo. A decir verdad, ella misma se sentía así.
—Permite que te ayude con eso—intervino ella cuando Shion comenzó a liarse con tantas cosas. Solo entonces, el Maestro reaccionó y se dio cuenta de que su conducta le traicionaba.
—No, no. Lo lamento, Herse. Déjalo así, simplemente estoy algo… ansioso.
—Sé que es un mal consuelo, pero no eres el único.
—¡Lo sé! Es solo que ha pasado tanto tiempo que…
—No sabes cómo vas a encontrarles.
—Exacto.
El peliverde sopló sus flequillos y, con más resignación que nada, se sentó al borde de una de las camas. Un instante más tarde, la doncella hizo lo mismo, a su lado.
A pesar de que no se atrevió a soltar pregunta alguna, bastaba con mirar a los ojos verdes de la joven para saber todas las dudas que corrían por su mente. En muchos aspectos, Herse era demasiado inocente, tanto como para que el viejo Patriarca fuera capaz de esculcar sus pensamientos a través de sus facciones.
—¿Sabes? —Ella rompió el silencio. —Athena dice que se ven mucho mejor, Aretha dijo lo mismo también.
—Oh, Herse—musitó él—. No dudo de ellas, ni tampoco pongo en tela de juicio que son unos chicos fuertes.
—¿Pero? —Shion no respondió a su pregunta. Solamente esbozó una sonrisa triste, ante la cual Herse se sintió perdida.
Había mucho más detrás de sus chicos de lo que Athena o Aretha pudieran descubrir. Él, quien los conocía mejor que nadie, sabía que no los encontraría radiantes y tranquilos, como lo demostraban.
Lo peor era que no estaba seguro de poder ofrecerles ningún consuelo, ni tampoco salida alguna. Apenas estaban a mitad del camino; un camino largo, exigente y oscurecido por la sombra de la muerte. Shion había hecho todo lo posible por allanarles el paso y lo seguiría haciendo. Sin embargo, todos sus esfuerzos siempre terminaban por verse opacados por los nuevos peligros que surgían a cada paso de su andar. Temía que ellos fueron capaces de descubrir sus miedos y que, más allá de brindarles seguridad, terminaría por descorazonarlos.
Después de todo, conocerse tan bien era un arma de doble filo que bien podría jugarle en contra en el momento menos oportuno.
—¿Shion? —La suave y aterciopelada voz de la princesa ateniense capturó su atención de nuevo. No respondió, pero ella supo que la estaba escuchando. —Lo que sea que te aflija, lo que sea que te asuste… no dejes que te entristezca. A estas alturas, ellos no esperan milagros, ni tampoco un salvador que espante los peligros con un suspiro. Pero verte aquí, será la sorpresa más grande y bonita que hayan tenido en este mundo. Te tienen aquí ahora mismo… y eso será más que suficiente. ¡Una sonrisa tuya les iluminará el día!
—Espero que tengas razón. Es solo que…
—¡Herse! ¡Maestro! —Una joven doncella de cabellos castaños irrumpió en la habitación como un torbellino, haciendo un alboroto. Se detuvo bajo el marco de la puerta mientras luchaba por recobrar la compostura y el aliento. Había corrido todo el camino hasta ahí.
—¿Qué sucede?
—Llegaron—dijo, con el aliento entrecortado—. Están aquí… ¡los Santos están aquí!
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La primera expresión que vieron en el rostro de su diosa fue una sonrisa esplendorosa. Pero cuando la mirada gris de Athena chocó con el desparpajo de persona que era Milo, la sonrisa se tonó una mueca de extrañeza total. Levantó las cejas y su mirada se tornó interrogante. Más de uno de los Santos luchó por aplacar una carcajada incriminadora, mientras Milo gruñía, dispuesto a morder al primero que dijera cualquier estupidez.
—Bienvenidos de regreso—dijo ella al fin. Adornó su labios con una gran sonrisa y sus ojos brillaron de felicidad. —La espera ha sido demasiada larga.
—Eterna quizás. —Dohko imitó su gesto de felicidad. Sus ojos color turquesa recorrieron el salón, en busca de la mirada rosácea de Shion, que no se veía por ningún lado. Su corazón, sin embargo, estaba a punto de explotar. Habían pasado cientos de años desde la última vez que se había sentido tan nervioso por ver a su amigo a la cara.
—Pero ya están aquí y todo estará bien. Hemos preparado todo para ustedes, nada les hará falta. Lo que deseen estará al alcance, ¿de acuerdo? Tenerles de regreso es motivo de celebración.
—Te lo agradecemos, princesa. —Shaka agachó la cabeza.
Athena se sentía sobrepasada por la felicidad de tenerles de vuelta. No podía describir lo que significaba para ella que sus Santos hubiesen regresado. Cada lágrima, cada cicatriz, cada pesadilla que aquel largo viaje había robado de ellos, ella se aseguraría de retribuirla con creces. Eran sus guerreros, valientes como ninguno; no había nada que no se merecieran.
—No quiero sonar grosero, princesa. Pero, ¿te importaría si nos retiramos ahora? Necesito un baño—Milo se sopló el flequillo. No solo estaba teñido de negro, sino que tenía arena hasta en el rincón más recóndito del cuerpo.
—También necesitarás un cepillo. A ver si consigues despintarte. —Kanon acotó con cierta ironía y algunas risas hicieron coro a su comentario. Incluso la diosa sonrió, sin estar segura de lo que estaba pasando.
—Te odio… y a ti también, Saga.
—¿A mi? Pero si solo fue un simple e inocente regalo. —Obviamente era una terrible mentira, especialmente viniendo del gemelo mayor y aquella pésima cara de inocencia.
—Ya…
Lo que nadie notó, opacada por la graciosa escena entre el trío de peliazules, fue el intenso pero fugaz intercambio de miradas entre la morena y su Santo de Capricornio. Había demasiados sentimientos de por medio, demasiadas emociones de las cuales ninguna era fácil de definir. Ambos habían esperado ansiosamente ese reencuentro, pero ahora que estaban uno frente a él, comenzaban a temer de sus propios deseos.
Pero no pudieron flotar en el vacío por mucho tiempo. La atención que regresó súbitamente a la diosa, hizo que recobrara la postura y volviera a concentrarse en todos ellos, no solo en uno.
—Les acompañaré hasta sus aposentos. Deben estar cansados—replicó a tiempo, sin levantar sospechas acerca del breve instante en que su mente voló muy lejos de ahí—. Descansen, relájense un poco y comeremos juntos. ¿Les parece?
—Suena perfecto. —Pequeños detalles que ahora eran lujos para ellos. Eso era lo que Aldebarán pensaba.
Tal como había dicho, la diosa lideró el paso. En algún punto del camino, antes de abandonar el salón, miró hacia todos lados en busca de la figura de Shion; todo indicaba que la llegada de los chicos había tomado al lemuriano por sorpresa. Ciertamente les esperaban para más tarde. Aún así, le sorprendía que Herse y Shion no se hubieran plantando en el salón desde horas antes.
También echó un vistazo sobre su hombro, hacia los Santos. Estaba segura de que estarían tan intrigados como ella, sabiendo que Shion rondaba por ahí, pero a la vez, estaba desaparecido. Solo podía imaginarse lo que estarían pensando.
—¿Se marchan tan pronto? —La voz familiar hizo que el batallón se detuviera. Cuando giraron para enfrentarle y Shion vio sus rostros por primera vez en infinitas semanas, no pudo ocultar la ilusión que se apoderó de él. —Lamento llegar tarde. ¡Esperaba verles desde hace tanto!
—¡Maestro! —Mu fue el primero en reaccionar. Caminó a zancadas hacia el Patriarca y cuando le tuvo cerca, le abrazó con toda la nostalgia que la distancia había creado entre ellos. —¡Te hemos echado tanto de menos!
—Y yo a ustedes.
—¡Maestro!
El resto de los chicos siguieron a su compañero de Aries. Rodearon al viejo Maestro y esperaron por su turno para intercambiar saludos y abrazos. El Patriarca no cabía de emoción; sus niños estaban con él. Con ausencias marcadas y heridas imborrables, pero los tenía consigo y por ahora, era todo lo que le importaba.
Cada abrazo hizo que su corazón latiera con más fuerza. Sus brazos se resistían a dejarles ir, como si temieran a su lejanía de nuevo. Su pecho se llenó de angustian de tan solo pensar en lo caprichoso que el destino era con ellos y en lo poco que él podía hacer para mantenerles a salvo. Era como regresar todos esos años al primer ataque de Ares, cuando se había visto forzado a dejarles solos, como lo críos indefensos que eran. Después de todo seguían siendo sus niños; los niños por los que sacrificaría todo.
—¡Es maravilloso verles de nuevo!—dijo—. ¡Y saber que están bien! —Tomó el rostro de Aioria entre sus manos y lo miró directo a los ojos, esbozando una gran sonrisa. El griego se sintió superado por el escrutinio, pero trató de corresponderle con un gesto de alegría parecido al suyo. El lemuriano trató de hacer lo mismo con Máscara Mortal, pero el italiano se mostró más reacio ante la muestra de cariño, a pesar de disfrutarla en secreto. —Pensé que jamás volver a verles—les dijo.
—Pensamos lo mismo—bromeó Aioria.
—Salvo por el hecho de que, en el caso de Aioria, los gatos tienen nueve vidas; y, en mi caso, mala hierba nunca muere. —El peliazul se rascó la nariz.
El lemuriano dejó escapar una carcajada. Desde el principio de ese día había tenido un nudo en le garganta, esperando encontrarse con un montón de chicos devastados, liderados por un Dohko derrotado. Sin embargo, aquella pequeña prueba de mejores ánimo le endulzó terriblemente el día.
—¡Por el motivo que fuera, me da un gusto infinito tenerles aquí! —Volvió a abrazar a quienes tuvo más cerca.
De reojo, recorrió las caras del resto. Aún entre todo ese optimismo común, descubrió un par de rostros que, muy a pesar de la sonrisa que esbozaban, irradiaban emociones encontradas.
Ese mismo par de rostros, a los que creía conocer a la perfección, le dijeron mucho más que las lenguas de sus dueños. A él no podían engañarlo. Lo que encontró en su mirada era mucho más que cansancio: era desencanto. Dicho desaliento no le tenía a él como principal causante, sino que iba mucho más allá, a algo en el interior de cada uno.
No intentó ahondar en las preocupaciones de sus dos chicos. Ni Aioros, ni mucho menos Saga dirían nada comprometedor delante del resto de sus compañeros. Así que Shion y su eterna prudencia guardaron silencio. Tenía la impresión que sus jóvenes Santos hablarían cuando se sintieran listos. En el caso de Aioros, el hermetismo era raro en él, así como la inusitada relación. Con Saga, por el contrario, el Maestro había aprendido que debía sacar el máximo al arte de la paciencia; presionarlo nunca había sido una buena idea.
Dohko rompió el momento de meditación, cuando se acercó a él por la espalda y le cruzó el brazo por encima. Enredó un poco con la melena verde y rió con tantas ganas, que le dolió.
—Es grandioso tenerte aquí—musitó mientras compartían una sonrisa. Dentro de sí, la esperanza de que los tiempos mejoraran, hizo que el Santo de Libra se sintiera reconfortado. —Todo irá a mejor ahora.
—Eso intentaremos.
Shion sabía que el camino era largo, tedioso y lleno de peligros. Sin embargo, no había nada que no haría por llevarlos de regreso a casa, sanos y salvos. Contaba con Dohko y contaba con que cada uno de sus chicos harían su mejor esfuerzo. Por lo pronto, quedaba luchar y luchar, luchar por ellos y su futuro. En medio de la adversidad, esta vez peleaban una guerra por ellos y por nadie más.
—¡Necesito un baño!—chilló Milo, rompiendo por un instante la atmósfera y arrancando más de una risa.
—No sé que ha pasado contigo, pero estoy de acuerdo—dijo el Patriarca—. Aséense, descansen y relájense. Tenemos tiempo de sobra para hablar. Les acompaño hasta sus habitaciones.
—Haré preparativos para el día. Tomen el tiempo que necesiten para recuperarse; la travesía ha sido larga y llena de retos—complementó la diosa, considerando dejarles tiempo a solas.
Ella los vio marcharse sin decir más, entre comentarios y risas de los guerreros. Contuvo el aire conforme desaparecían y, sin que pudiera evitarlo, se respingó con la última vez que sus ojos y los de Shura se encontraron. Fue solo un segundo, pero se sintió como una eternidad.
Cuando el Santo desapareció, Athena no supo lo que debía pensar, ni lo que significaba. Solo sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarle y, en el momento en que eso sucediera, desconocía por completo las explicaciones que tendría que dar.
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Tan pronto entraron en la habitación sintieron como si un enorme peso les fuera retirado de sus hombros. Aioros se estiró, como un felino perezoso mientras Aioria se asomó a la ventana. A la mente le vinieron los recuerdos de cuando pasaba horas en el templo de Artemisa, contemplando las magníficas flores que solo crecían en el Olimpo.
Si le preguntaban, diría que no había nada en el Olimpo que el mundo real le envidiara. Al menos a sus ojos, el mundo mortal jamás lució más bello que en ese preciso instante.
—Extrañaba este sitio. —Oyó a su hermano detrás de él.
—Yo también. ¡Ha pasado tantísimo tiempo!
—Demasiado. No esta mal estar de regreso, ¿no?
—En lo absoluto. Creí que jamás volvería—musitó—. Ojala pudiéramos pasar más tiempo aquí.
—Estaría bien.
Pero, de pronto, el Santo de Leo giró sobre sus talones y enfrentó a su hermano. Tenía las cejas ligeramente fruncidas, como si pensara detenidamente en algo. Sin poder evitarlo, el arquero dorado sintió curiosidad por sus pensamientos.
Le llamó la atención que se mantuviera callado. Su hermano pequeño nunca había sido de aquellas personas que se guardaban sus ideas y pensamientos para él.
—¿Qué pasa? Cuéntame—preguntó.
—Es que… —Se sopló el flequillo. —¿Te molestaría si cambio de habitación por una noche? Ángelo estará solo en su habitación ya que Afrodita, pues… tu sabes. Era su mejor amigo y estoy seguro de que le echa muchísimo de menos. No quisiera que se quedara solo; al menos no esta noche.
—Oh… —Aioros no supo nada más que decir. Esa nueva y rara amistad entre Máscara de Muerte y su hermano no terminaba de entenderla. Sin lugar a duda, era una de las pocas cosas que no esperaba que sucedieran durante ese viaje al pasado. —Supongo que estaría bien. Es su primera noche aquí y ahora será más evidente la ausencia de Afrodita, así que… —Se encogió de hombros. —Quizás tengas razón y necesite un poco de compañía.
—Gracias por entender.
—Oye, tengo experiencia en amigos con problemas… y, si decide sacarte de su habitación a patadas, siempre eres bienvenido aquí. —Sonrió con travesura. Aioria, por su parte, le respondió con una risa torpe.
—Espero que eso no suceda. Te veré más tarde, ¿de acuerdo?
El mayor asintió con suavidad y después lo miró marcharse sin decir nada más. A decir verdad, no sabía si debía sentirse celoso o tremendamente orgulloso. Aunque esperaba haber podido pasar un poquito más de tiempo con su hermano, le agradaba ver la preocupación de Aioria por un amigo en soledad. Una enorme sonrisa llena de optimismo se dibujó en sus labios. Ese chico, tan impulsivo como tierno, era el Aioria que conocía y al que adoraba.
Tras aquel breve instante de reflexión, se dejó caer sobre la cama y disfrutó del silencio. La privacidad, que no conocía desde que abandonaron el Santuario, le supo a gloria.
No quiso levantarse de inmediato, sino que se permitió disfrutar un rato más de esa calma que le invadía y que alejaba sus pensamientos de todos los problemas que llevaban acarreando. Quizás más tarde se lavaría, se arreglaría y saldría en busca de Shion. Pero ese sería un momento difícil en el que no tenía intenciones de pensar sino hasta que llegara la hora. Por ahora cerraría los ojos y descansaría un instante.
Paz. Por fin tenía un poquito de paz.
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Había seguido a Dohko y a Shion, y les había visto entrar a la habitación del chino. Mu dudó si debía interrumpirles o si debía marcharse para volver más tarde. La cuestión era que realmente quería ver al Patriarca y pasar unos momentos con él, pues le había extrañado muchísimo.
Si catorce años no habían bastado para olvidarle, un par de meses no conseguirían que el joven lemuariano olvidara el cariño que tenía por su Maestro. A sus ojos, no era solamente si mentor, sino su padre; el padre que le había cuidado desde que no era más que bebé. Además, siempre había sentido que el cariño era recíproco y aquello era invaluable.
Lo pensó un poco más y al final, se animó a llamar a la puerta. Suavemente, golpeó la madera. Esperó a que alguien le respondiera, hasta que la puerta se abrió y el rostro de su maestro asomó por ella.
—Maestro, disculpa la molestia…
—Mu. Adelante, no eres inoportuno. —Le invitó a pasar. Desde adentro, el Santo de Libra le saludó. —Dohko y yo nos disponíamos a poner todo al día. Hay muchas cosas que necesito saber y que ustedes también deben conocer.
—Ha sido mucho tiempo sin noticias. ¿Cómo se encuentra nuestra princesa? ¿Y Kiki?
—Oh, Kiki… inquieto y al pendiente de cada detalle de ustedes. Y nuestra pequeña. —Sonrió con melancolía. —Está realmente preocupada por ustedes. Cada día lejos ha sido un tormento para ella. Sin poder ayudarles, sin nada que hacer por ustedes… se siente completamente frustrada y perdida.
—Lo imagino.
—Ella no tiene por qué culparse por esto—Dohko acotó—. Sé que se siente así.
—Precisamente. Quisiera haber tenido las palabras para confortarla, pero mi única opción era venir hasta aquí y hacer todo lo posible por ustedes.
—Tú tampoco tenías que arriesgarte tampoco.
—Oh, Dohko. Estoy cansado de esperar en casa y de verles sufrir sin que nadie les tienda la mano. —Bastaba con mirar a sus ojos cansados para saber que había tomado la decisión correcta. —Así que aquí estoy. Necesito que me cuenten todo lo que ha sucedido. Todo.
Si algo le quedaba claro era el hecho de que Athena le había dado su versión de las cosas, Aretha había hecho lo mismo, e incluso Zeus cayó en la misma situación. Pero nadie podía darle un enfoque más claro de cada detalle que sus protagonistas. Shion tenía la firme convicción de que muchas cosas más habían sucedido; cosas que nadie más que sus chicos sabía.
El chino expiró con fuerza, mientras cientos de ideas imposibles de ordenar llegaban a su cabeza. Miró fugazmente a Mu, quien parecían tan sobrepasado como él. Había demasiado que contar.
—Tendrás que prestar mucha atención. Nuestra historia esta llena de recovecos, medias verdad y algún par de secretos—dijo.
—Lo tomaré un paso a la vez.
—Bien. —Pero Dohko no sabía por donde comenzar. No solo se trataba de un relato excepcionalmente largo, sino que también era doloroso por la mayor parte.
—Quizás yo deba comenzar—terció Mu. Dohko no se opuso a que fuera así, sino todo lo contrario. El ariano le quitaba un enorme peso de encima.
Según Dohko, había dos cosas sagradas en la vida de Shion: su diosa y sus subordinados. Ese amor por sus compañeros de Orden se había remarcado con esta última generación de Santos, a la que su amigo había acogido como si se tratara de los hijos que nunca había tenido. Desde los gemelos y Aioros hasta el pequeño Kiki, cada uno de ellos se había ganado un lugar especial en el corazón del peliverde. Dohko tenía bien claro el cariño que les tenía, tan grande como el que él mismo sentía por Shiryu y Shunrei. Era un sentimiento increíble, imposible de anticipar, pero maravilloso de experimentar. Así que cuando habían marchado de regreso a la Edad del Mito, con él como líder de los pequeños tesoros de Shion, el chino había tomado muy en serio su promesa de traerlos de regreso.
Ojala las cosas se hubieran dado de un modo distinto, porque ahí estaba, meses después, buscando el modo de confesar su fracaso. No era la primera vez que le fallaba a alguien, pero tratándose de Shion, sus malogrados esfuerzos dolían más.
Había perdido a uno de los chicos…o a tres de ellos, si contaba las extrañas circunstancias en que Aioria y Ángelo habían desaparecido antes. También había estado a punto de perder a Shura, Kanon, Aldebarán y a Camus, bajo heridas severas. Después estaba la terrible aparición de Ares, reclamando a Saga. Y por último, Aioros…
¡Dioses! ¿Cómo iba a explicarle semejante cadenas de errores a Shion?
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—¡Adivina quién está aquí!
—¿Qué…? —Ángelo se incorporó sobre la cama y miró a la entrada, donde Aioria tenía aquella inquietante sonrisa, de oreja a oreja, que a veces le recordaba mucho a Milo. —¿Qué coño haces aquí, gato? ¿Conoces el significado de la palabra "privacidad"?
—Idiota. Solo vine a acompañarte. Pensé que te gustaría un poco de agradable compañía y buena plática para esta noche.
—Si sigues pegado a mi de este modo, la gente comenzará a hablar. No tengo la menor intención de convertirme en la segunda versión de Milo y Camus.
—¡Oye!
A pesar de fingir cierta indignación, el felino no se retiró. Entró a la habitación, no muy diferente a la suya, y husmeó cada sitio como si fuera la primera vez que contemplaba algo así. Por último, y antes de acomodarse en la cama vacía, echó una mirada fugaz a su nuevo amigo.
Máscara de Muerte nunca lo diría, pero Aioria podía ver la melancolía en su mirada. Todo ese tiempo había hecho esfuerzos extraordinarios para ocultar cualquier reacción que involucrara a Afrodita. La única vez en que el Santo de Leo le había visto quebrarse habían sido esos pocos minutos, durante la noche que pasasen en el Jardín de las Hespérides. Después de eso, nada. De algún modo temía que todas esas emociones reprimidas emergieran ahora que estaban de regreso en Atenas, en la habitación que alguna vez compartieran.
—Solo para que sepas, no tengo esa especie de enamoramiento masculino que Milo sufre con Camus. Tengo bien definidas mis intenciones contigo. Si acaso, quizás me he acostumbrado a tu molestia presencia todo el tiempo. ¡Eso es! Soy masoquista—bromeó.
—Eso esta bien. Puedes ser lo que quieras. Salvo que me siento acosado.
—Te das demasiada importancia, cangrejo idiota.
—Supongo. De cualquier modo, si no puedes vivir sin mi impactante presencia, te dejaré quedarte aquí.
—¿En serio? —De ningún modo, de ninguno, Aioria esperaba que fuera tan fácil. Entrecerró los ojos y miró al peliazul con desconfianza. ¿Planeaba algo que él no supiera?
—¿Sorprendido, minino? ¿Pensabas que te sacaría a patadas?
—Algo así… sí. Creo que Aioros pensaba lo mismo.
—Soy un genio sorprendiendo a la gente. —Ángelo esbozó una diminuta sonrisa de satisfacción. —Acomódate donde quieras. Pero te advierto de una vez: si escucho un solo ronquido, te despertaré a patadas.
Vaya que era bueno sacando sorpresas; el Santo de Leo no tenía a menor duda. Si le hubiesen preguntado a él, que a esas alturas de semejante aventura estuviera compartiendo pensamientos y habitaciones con el cangrejo dorado, no les hubiera creído nada. Soltó una risa torpe y entretenida, mientras pensaba en lo mucho que las cosas cambiaban.
Ángelo también le contempló de reojo, agotado pero más tranquilo. Aunque jamás lo admitiría de labios para afuera, la presencia de Aioria traía cierta calma implícita. No porque fuera callado o discreto, sino porque al menos le entretenía y le alejaba de pensamientos oscuros y fatalistas.
Desafortunadamente, el griego tenía más razón de la que Máscara Mortal estaba dispuesto a otorgarle: por mucho que se negara a pensar en Afrodita, era imposible no hacerlo estando en aquella habitación.
Poco entendía del por qué su relación con Afrodita había sido tan cercana. Quizás era porque los unían todos esos años oscuros que los demás querían olvidaran, pero que ellos tenían tatuados en el alma y que no podían darse el lujo de dejar en el olvido. Nadie mejor que el desaparecido Santo de Piscis para comprender la vergüenza que esa época representó. De no haber sido por él, por sus consejos de prudencia y su sorpresiva actitud humilde después de la resurrección, el Santo de Cáncer nunca habría conseguido acercarse ni siquiera un poco al resto de los muchachos.
Ahora, recordarle era el único modo de honrar su memoria.
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El tiempo pasó tan rápido que, para cuando Mu terminó el largo relato, Shion sintió que solamente había tomado un pestañeo. Se frotó los ojos, experimentando un inusual cansancio, y agachó la mirada con el afán de tomarse unos pocos segundos para pensar.
Se habían pintado un panorama realmente oscuro de lo que sucedía ahí, pero ahora que había escuchado cada sórdido detalle de la boca de Mu y de Dohko, comenzaba a pensar que no sabía ni la mitad de lo que estaba pasando. Incluso el peor escenario en su cabeza palidecía en comparación con la realidad. Si, en algún momento, había llegado a pensar que con dominar a Ares había dado un paso gigante, Shion ahora sabía que estaba equivocado.
—Por los dioses…—musitó. Humedeció sus labios secos y trató de ordenar sus pensamientos. El otro par de Santos guardó silencio. —¿Cómo hemos llegado a esto?
—Ha sido una mezcla de malas decisiones y muchas enemistades.
—Sé que debí hacer más, Shion…
—No, Dohko, no—terció el lemuriano mayor—. Has hecho lo que has podido.
—No fue suficiente.
—Maestro, no te culpes. —Sin embargo, Mu sabía que sus palabras no traían mucho consuelo al Santo de Libra.
—El chico está en lo cierto, Dohko. La muerte de Afrodita es desgarradora, pero a pesar de los tropiezos, el resto de los muchachos están vivos. Mientras haya vida, habrá esperanza, mi amigo. Ahora estamos juntos en esto.
Dohko quería creer; de verdad que deseaba tener esa fe ciega que Shion poseía. Pero al menos por ese día, se sentía cansado. La Edad del Mito tenía esa extraña virtud: rompía aún la más férrea de las voluntades.
Sin que lo notara, los ojos meticulosos de Shion le observaban, descifrando cada gesto en su rostro. El viejo Patriarca lo conocía demasiado bien, tanto como saber cada pensamiento que surgía en su cabeza. La pesadumbre y negatividad alrededor de su amigo no eran comunes. Si algo había caracterizado a Dohko a lo largo de su vida, era ese espíritu de fuerza y de optimismo contagioso. Cuando la situación se veía oscura, él siempre encontraba un modo de impulsar al resto a seguir adelante. Pero no ese día.
—¿Saben? Creo que ha sido un largo viaje y que todos están cansados. —El peliverde se puso en pie. —Nos veremos más tarde si les parece. —Mu asintió, imitando a su maestro y abandonó la habitación de Dohko poco después. Siguiendo sus pasos, Shion solo se detuvo cuando estuvo debajo del marco de la puerta. Entonces se volteó y buscó la mirada de su amigo para obsequiarle una sonrisa. —Cuando estés un poco más tranquilo, ven a buscarme. Tenemos mucho de que hablar.
—¿Te importa si tomo un baño y después voy a buscarte? La verdad es que no me apetece quedarme solo todo el rato.
—Me gustaría la compañía.
Se marchó sin decir más. Sabía que como había dicho, Dohko iría tras de él cuando más tarde. Lo importante era que tomaran unos minutos de descanso mental. Era necesario que se alejaran del terrible pasado y se sintieran seguros de haber alcanzado Atenas.
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—Tranquilízate, Saga. Tranquilízate. —Se dijo
Saga se había plantado frente a la puerta de Shion desde que se despidieran tras la cena. Desde que se vieran a su llegada, había estado buscando el momento de acercarse al lemuriano, pero hasta entonces no había encontrado el valor de hacerlo.
Llevaba mucho tiempo ahí. Mientras esperaba, Saga solo podía pensar en todas las malas excusas que saldrían de sus labios tan pronto los ojos amatistas de Shion le exigieran respuestas. A cualquier otro podría mentirle y envolverlo hasta hacerle creer, pero no con el viejo lemuriano. Para Shion, su rostro siempre era un libro abierto, repleto de verdades.
Al principio, había pensado que lo mejor sería esperar a que el Patriarca fuera quien le buscara. Sin embargo, no tardó mucho en cambiar de idea, cuando pensó detenidamente en la agonía que dicha espera representaría.
Así fue como puso los pies en marcha y atravesó el templo en pos de él. Era plenamente consciente de que tendría que esperar para verle. De pronto, tenía la sensación de que había un montón de gente haciendo fila para robar algunos minutos del lemuriano. Shion era el tipo más popular de Atenas en aquellos momentos. Todos querían verle, todos querían hablarle… todos necesitaban de él, de su presencia y de su paz.
Chasqueó la lengua cuando se detuvo frente a la habitación del Maestro. Desde adentro, escuchó la voz de Dohko y también la de Shion. Como si el solo sonido de su voz arrastrara una plaga, retrocedió. Fue entonces cuando, mientras reculaba sin mirar, tropezó con quien menos esperaba.
—¡¿Qué haces aquí?! —Trató de no gritar.
—No sabía que debía mantenerme lejos de este corredor. —Aioros entrecerró los ojos y arrugó el entrecejo. No recordaba la última vez que Saga había reaccionado a los nervios con torpeza. —¿Qué estás haciendo tú aquí? Dime que no estás escuchando a través de la puerta.
—No… claro que no.
—Ya… —Lástima que su rostro decía lo contrario. —¿Vas a hablar con Shion?
—Si, o al menos eso pretendo, si algún día Dohko sale de ahí—gruñó.
—Tal vez deberías tocar.
—No voy a interrumpir.
—¿Interrumpir qué? ¡Llevan horas ahí dentro! Si no tocas, nunca saldrán. —Con pasos determinados, el arquero se dirigió a la puerta, dispuesto a anunciarse. La verdad era que él también deseaba hablar con Shion y, de algún modo, que Saga estuviera ahí le daba cierta seguridad. —Venga, yo llamaré.
—¡No!
El jalón con que Saga le impidió acercarse más, le sacó de balance y estuvo a punto de hacerle caer. Torpemente, consiguió mantenerse en pie, solo para dirigir una mirada asesina a su amigo, poco después.
—No es necesario intentar romperme la cabeza contra los muros, ¿sabes? Bastaba con decirme que no—replicó, mientras se las ingeniaba para recobrar la compostura, sacudiendo el polvo inexistente en sus ropas—. ¿Cuál es el problema?
—No quiero interrumpirles.
—¿Por qué? No creo que le moleste.
—Ya, pero no quiero hacerlo. —Se cruzó de brazos.
Aioros se rascó la cabeza. Todo el mundo decía que Saga y él eran complementarios a niveles que nadie más comprendía. Decían que pensaban como uno y que, en ocasiones, sus cerebros eran capaces de saber lo que el otro pensaba, sin necesidad de pronunciar palabra alguna. Eran raros… esa era la conclusión.
Sin embargo, en ese preciso momento, se sentía perdido. Saga estaba más raro que de costumbre y, usualmente, esas cosas terminaban mal para ambos.
—A ver, voy a repetirme. ¿Cuál es el problema?
—¡Ya te dije!
—No. Me dijiste una estupidez—respondió, consiguiendo que Saga le mostrara la lengua.
—¿Qué quieres que te diga exactamente?
—Estás asustado.
—No, no lo estoy.
—Lo estás…—bufó—. Y yo lo estoy también. Sinceramente, no sé que voy a decirle cuando lo vea, pero la espera me está matando. —Suspiró y aparragó la espalda contra la pared. —No sé si vaya a comprenderme, o lo que va a pensar de mi. No sé si va a sentirse decepcionado, o traicionado. Tampoco me siento capaz de sostenerle la mirada mientras tanto. Sin embargo, mientras más retrasamos esto, creo que nos sentimos peor y peor.
—¿También viniste a hablar con él?
El castaño asintió. Por unos segundos, sus ojos coincidieron con los de Saga, hasta que él mismo bajó la mirada, escapando del escrutinio del gemelo.
Saga necesitaba lo mismo que él: valor. Y, si juntos eran capaces de infundirse el coraje para afrontar a Shion, así como la calma para mantenerse enteros, que así fuera. El arquero prefería tener ahí a Saga mil veces, antes que dar un paso así de grande, y solo.
—¿Sabes que el viejo va a querer hablar con nosotros, por separado, más tarde? —Saga insistió.
—Lo sé. Eso me asusta.
—¿Crees que sea buena idea entrar juntos ahora?
—Sé que me gustaría que estuvieras ahí, al menos para el primer saludo. Si no te parece adecuado…—Encogió los hombros. —Si prefieres entrar solo, no hay problema, ¿vale?
No hubo respuesta inmediata, Saga se tomó su tiempo para pensar. Por un lado, le aliviaba tener ahí cerca la presencia accidentada y parlanchina de Aioros. Por el otro, tenía tantas cosas que decirle a Shion que no sabía cuanto tiempo querría quedarse a su lado, o cuando las palabras por fin dejarían de fluir. La pregunta era: ¿quería sobrellevar todo eso solo, o en compañía? ¿Podría hacerlo si Aioros se marchaba y todo dependía únicamente de él?
Probablemente, la respuesta que buscaba estaba implícita en el hecho de que, por mucho que lo pensaba, seguía dudando en presentarse solo ante el lemuriano. No podía ir tan mal…
—Quizás a Shion le gustaría vernos a ambos—masculló—. Y, sino, al menos se ahorrará el tener que repetir el regaño, ¿no te parece?
—Me parece un excelente modo de ver las cosas. —Aioros se sopló el flequillo. —¿Significa que puedo llamar a la puerta?
—Adelante.
—Bien.
—Bien…
Con ciertas dudas, se acercó a la puerta, esperando el momento en que Saga volviera a colgarse de él y a tratar de azotarlo contra la pared de nuevo. Entrecerró los ojos, sin apartarlos del Santo de Géminis, mientras levantaba la mano y se disponía a llamar. Sin embargo, para su sorpresa, el peliazul no movió un solo músculo.
Por fin, tras muchos rodeos, los golpes secos sobre la madera, resonaron cuando tambores con el eco del pasillo. El par de Santos, a pesar de ello, solo podían escuchar los latidos desbocados de sus propios corazones. Entonces, la puerta se abrió.
—Hola. —Torpemente, el Santo de Sagitario saludó a los rostros sorprendidos de Shion y de Dohko. Saga, tras de él, parecía haberse congelado en su sitio.
—Aioros, Saga, que sorpresa.
—Si… —Carraspeó el arquero, esperando que Saga saliera a su auxilio, lo cual nunca sucedió. —Nos preguntábamos si podemos hablar contigo…
-x-
Dohko se había excusado con una rapidez increíble. En un abrir y cerrar de ojos se había desvanecido de la escena, no sin antes dirigir una mirada de apoyo a los más jóvenes, y una silente petición de paciencia y comprensión, para el mayor.
Después de eso, las palabras fueron inexistentes.
Invitados por su maestro, el dúo de Santos se aventuró en los aposentos. Ninguno se había armado de entereza para abrir la boca, sino que buscaban con insistencia por cualquier señal de emoción en sus ojos amatista. Irónicamente, desconocían que era exactamente lo que querían encontrar en ellos; decepción, reproche, rabia, tristeza. Sabían que no buscaban nada bueno, ahí no había duda. Tal vez no tenían derecho a esperar nada más.
Entraron cabizbajos, en silencio, uno tras de otro. Escuchaban los pasos calmados de Shion a sus espaldas y el rechinar de la puerta que se cerraba tras ellos. Sin embargo, cuando la puerta se cerró por completo, lo impensable para ambos sucedió.
—¡Cuánto les he extrañado! —Ninguno de los dos alcanzó a reaccionar cuando los brazos de Shion les rodearon a ambos, atrayéndolos contra él. —Sé que ha sido difícil, pero me alegra tanto que estéis aquí, vivos y peleando. Mis niños.
Se congelaron. No hubo reacción suficiente para ninguno. Solo las lágrimas que acudieron a ellos, en un gesto imposible de evitar.
Devolvieron el abrazo, con fuerza y emoción, tal como el lemuriano se los obsequiaba. Le abrazaron, como si fuese la última vez que fueran a hacerlo. Se sentían dos niños pequeños, frágiles y ávidos de caricias, arropados por su padre, al que habían extrañado cada día desde que les dejase ir. Shion los hacía sentir a salvo, les infundía fuerzas que ellos mismo no sabían que tenían. Con él ahí, más que los juicios que habían esperado, recibieron esperanza. El Patriarca no los dejaría ir, iba a sostenerlos, hasta el último momento. De pronto, por un efímero instante, todo se sentía bien.
—Te hemos echado de menos también—murmuró el arquero. Saga, por su parte, no se sentía capaz de articular una sola palabra sin dejar escapar los sollozos que reprimía a duras penas. —No creímos volver a verte. Te hemos necesitado tanto.
—Estoy aquí. Estoy aquí… —"Nunca debí dejarles solos" pensó. Tan enteros por fuera, pero con el interior destrozado, así estaban sus jóvenes aprendices… y él lo lamentaba terriblemente.
Los apretó con tanta fuerza como le fue posible. No estaba dispuesto a dejarlos ir, ni tampoco a permitir que nadie más les hiciera daño. Los peligros ya eran muchos, y las amenazas latentes y reales. Ellos le necesitaban y él lucharía por mantenerlos a salvo.
Haría todo por ellos. Todo.
—Lo siento… siento mucho que pasaran por todo esto, solos.
—Nosotros… tú… no… Era nuestra batalla. Tú no nos abandonaste. —Aioros dijo mientras Saga luchaba por recobrar la compostura. —Y ahora estas aquí, poniendo tu propia vida en peligro, por nosotros.
—No estaba dispuesto a sentarme por más tiempo mientras ustedes derraban sangre en estos tiempos lejanos—respondió.
—¿La princesa ha estado de acuerdo?
—No creo que tuviera alternativa. —En realidad, no se la había dado. —Ella también haría todo por ustedes.
Apoyó las manos en los hombros de cada uno de sus chicos y los invitó a sentarse. En un abrir y cerrar de ojos, el cansancio se había vuelto visible en ellos. El mundo les había caído encima. Un abrazo había servido para romper la máscara de fortaleza que se habían construido para sobrevivir.
Dohko había tenido razón en advertirle, le agradecía que lo hubiera hecho. Había muchas cosas que discutir con sus Santos y Shion no comenzaba siquiera a hacerse una idea de lo difícil que había sido todo para ellos.
—Han pasado por muchas cosas—inició, esperando que ellos tomaran la iniciativa de contarle la larga historia que les tenía como protagonistas. Miró de uno a otro, irradiando paciencia en su mirada, dándoles tiempo de dar aquel primer y enorme paso.
—Sí, han sido tiempos tan difíciles y…
—¿Y? —Buscó la mirada cerúlea del arquero, tan transparente como dolida.
—Creo que hay muchas decisiones más que cuestionables. ¡De mi parte, al menos! —Se apresuró a aclarar. Las cicatrices en sus brazos respaldaron a sus palabras.
—Todos cometemos errores, Aioros.
—Lo sé, en ningún momento me he considerado perfecto. Solo que… si existe tal cosa como un tiempo adecuado para equivocarse, yo he elegido el peor de todos.
Para Shion no había modo de colorear la verdad, tampoco era como que pudiera engañarlos. Aioros sabía como eran las cosas, tan bien como lo hacía Saga. Engañarlos no era una opción, aún si hubiese sido capaz de hacerlo. Pero la realidad era cruda y no daba rodeos: error tras error, habían llegado en un pésimo momento.
Extendió la mano para reposarla sobre la de Aioros. Su otra mano buscó a Saga.
El peliazul no había pronunciado una sola palabra, sino que se había limitado a ser el testigo silencioso y adolorido de aquella conversación. No era que Shion necesitara escuchar de sus labios lo que su corazón sentía. Lo conocía demasiado bien como para sentir su dolor. Saga sufría, a su modo y guardándose para si mismo, como siempre había sido. Por eso era tan difícil llegar a él, por eso siempre necesitaba mirar más de cerca, cuando era el geminiano quien se encontraba en medio.
—Los errores no son los que les definen, hijos—habló, asegurándose de mirar directamente a los ojos de sus muchachos—. Todos hemos errado en algún punto. Equivocarse es de humanos. Es el modo en que nos recuperamos lo que nos hace especiales. Hay que levantarse y seguir adelante, como lo han hecho hasta ahora.
—No es fácil…
—Nadie dijo que lo fuera. Ambos lo saben.
—No, no, no me refiero a eso. —Aioros se levantó impetuosamente. Se llevó las manos a la cabeza y enredó los dedos en sus rizos castaños. Saga y Shion miraron su frustración en silencio. —Ellos no merecían esto.
—¿Ellos?
—Ellos. El resto: Aioria, Shura, Aldebarán, Dohko, Mu, Milo, Camus, Shaka, Ángelo, incluso Kanon… Ellos.
—Oh, Aioroa. Nadie lo merecía, ni siquiera ustedes. —Negó, pesaroso. —Ellos comprenderán. Les quieren demasiado como para no hacerlo.
—Les fallamos. —Shion no podía mirar su rostro, pues el arquero se las había ingeniado para darles la espalda, pero oyó su voz quebrándose y no le fue difícil adivinar las lágrimas que surcaron sus mejillas.
Lentamente, el Patriarca se puso en pie. Caminó hacia el castaño y le hizo girarse para quedar frente a frente. Secó las lágrimas, sin pronunciar una sola palabra, solo para abrazarle después. Su mano revolvió suavemente los rizos castaños, sintiendo como Aioros trataba sin éxito de callarse los sollozos. Casi podía sentir su corazón rompiéndose dentro de su pecho.
Ninguno de sus dos chicos lo notaba, pero quienes habían salido más heridos en aquel juego de manipulación habían sido ellos mismos.
—Yo sé lo que es sentir que fallaste a aquellos a quienes más quieres, hijo. Difícilmente exista una sensación más terrible que esa—musitó el peliverde. Él había pasado por lo mismo antes de morir, cuando dejó a todos sus pequeños a merced de Ares. —Sin embargo, mientras haya vida habrá esperanza. Y ustedes tienen tiempo para levantarse y enfrentar los errores; pueden demostrar que sus aciertos superan con creces a sus equivocaciones. Tengan fe en ustedes—rompió el abrazo y se alejó para mirar a sus ojos celestes, ahogados en lágrimas—, pues yo tengo fe en ustedes y estoy seguro que el resto de los chicos sienten igual que yo. —Miró también a Saga. —¿Pueden hacerlo también? ¿Pueden recuperarse por ellos… por ustedes mismos? Yo sé de sobra que si alguien puede levantarse como un gigante de entre el lodo, son precisamente ustedes dos.
—¿Tú crees todo eso? —Aioros se secó bruscamente las lágrimas. Saga agachó la cabeza, tratando de ocultar las propias.
—Creo eso y más.
Una sonrisa torpe y triste encorvó los labios del Santo de Sagitario. A pesar del dolor encerrado en ese gesto, su rostro se iluminó con esa aura tan suya. Shion sabía de sobra lo que esa mirada significaba y sabía que esa era la razón por la que confiaba ciegamente en el Santo. Aioros siempre encontraba un modo de resplandecer en medio de la oscuridad. Su optimismo, la fuerza con que su alma brillaba le mostraba el camino a seguir.
Saga era otro caso… uno más difícil.
Su alma podía tener un brillo tan fuerte como la de Aioros, pero la oscuridad en él parecía conocer perfectamente el modo de ocultarlo. Sus tropiezos habían sido tantos y tan grandes que le habían arrebatado toda señal de optimismo. Las colinas siempre parecían más empinadas para el gemelo y las batallas, más duras. Pero eso no lo hacía más débil, ni más frágil, sino lo contrario. Incluso en contra de su propia razón, Saga era capaz de realizar milagros. Poseía esa fuerza interna que él mismo se negaba a reconocer. Saga vivía de la esperanza, aún cuando no pudiera verlo. Era un hacedor de milagros.
—¿Saga? —Shion se plantó frente a él y se agachó, buscando sus ojos detrás de los flequillos que los ocultaban.
—¿Mmm?
—¿Puedes notarlo?—preguntó.
—¿Notar qué? —La voz del gemelo sonó ronca y grave. Se notaba el efecto del llanto en ella.
—El silencio en tu interior—dijo el lemuriano—. No hay nadie más ahí dentro, sólo tú. Ares se ha ido.
—Volverá. Siempre vuelve.
—No esta vez. Mientras yo esté aquí, Ares no se acercará a ti de nuevo, a ninguno de los dos. Lo hemos vencido.
Saga levantó la cabeza por primera vez para encararle. Sus ojos verdes eran iguales a los de un crío asustado y herido; le rompían el corazón a Shion.
—No quiero herirlos de nuevo—susurró.
—Esta vez no estás solo. Nadie permitirá que eso suceda, incluido tú. —Shion le tomó de la mano. Miró hacia Aioros y este asintió.
—No puedes saberlo.
—Lo sé, lo sé de sobra.
—No… —El mayor no le dejó continuar, levantando la mano para hacerlo callar.
—¿Ves esa urna ahí? —Apuntó hacia la repisa, donde las dos urnas con las almas de Ares y Afrodita descansaban. Obvió la de la diosa y habló solamente de aquella que mantenía prisionero al Señor de la Guerra, aunque no fue específico de cual era cual. —Ares está adentro, indefenso y sometido al poder de Athena. Eso es algo que jamás conseguimos en nuestro tiempo, pero que aquí y ahora es una realidad. No puede hacer más daño.
—Puede liberarse.
—Para cuando el sello pierda su poder, ninguno de nosotros existirá ya. ¿No lo entiendes, hijo? —Tomó su rostro entre las manos con cariño. —Tomará siglos antes de sea libre de nuevo. Estás a salvo. No te hará daño nunca más.
Dos grandes lágrimas rodaron por las mejillas del peliazul. Era como si alguien hubiera quitado un peso enorme de sus hombros, como si por primera vez se hubiera sentido libre de verdad.
Shion le abrazó, permitiéndole liberar todo ese estrés que le mataba por dentro, en su hombro. Le dejó llorar todo lo que quisiera… era necesario que se desahogara. Su reacción le decía que había comprendido la magnitud de los éxitos cosechados por la diosa y el Patriarca. Shion quería que el geminiano entendiera que el pasado estaba detrás, y que, con un poco de suerte, el futuro sería un poquito más brillante para todos.
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Camus reconoció de inmediato aquella mirada en el rostro de Milo. Como en los buenos tiempos, cuando había tiempo de sobra y energía que malgastar, el Santo de Escorpio tenía aquella expresión que dejaba en claro sus planes para conseguir algo más divertido. A decir verdad, el francés no sabía si debía temer, o agradecer al ánimo incansable de su amigo. Solo tenía clara una cosa: Milo no iba a detenerse.
Quizás era bueno para la salud de todos, quizás serviría para levantar los ánimos. Si funcionaba, el peliazul se apuntaría una victoria importante. Probablemente, lo mejor era dejarlo seguir adelante… probablemente, no lo era.
—Salgamos—dijo el griego. Camus no demostró una sola emoción.
—¿A dónde piensas ir?
—A la taberna. —Sonrió. —Y dije: "Salgamos". No dije: "Saldré".
—Vale. Asumiré que no hablas solamente de ti y de mí.
—Asumes correctamente, Camus. ¡Celebremos nuestro regreso! —exclamó—. Nos merecemos una noche de ouzo y quizás, quizás, con un poco de suerte, alguna chica linda habrá. —Levantó las cejas en varias ocasiones, con esa coquetería tan suya.
—Estás loco.
Cuando Camus se dio la vuelta y huyó, Milo, tras soltar un respingo, se vio forzado a correr detrás de él. Si no podía convencer a su mejor amigo de tomarse una noche libre, entonces nadie más le seguiría.
—¡Camus! No te vayas. —Le dio alcance.
—Quiero dormir.
—Oh, venga—bufó, soplándose los flequillos—. Puedes dormir cualquier otra noche. ¡Hoy estamos de fiesta!
—No todas las noche tengo una cama cómoda y caliente donde dormir, Milo. Discúlpame si quiero aprovecharla—añadió con ironía. Lo cierto era que de verdad extrañaba dormir con ciertas comodidades. Nunca había pedido demasiado, pero ya habían sido mucho días llenos de penurias que bien valían una buena noche de sueño reparador.
Habiendo dicho todo, se acomodó en su cama, dispuesto a ignorar a Milo hasta que el infierno se enfriara. Con suerte se fastidiaría y le dejaría en paz. Lo importante era no mostrarle debilidad.
—¡Camus! —En ocasiones como esa, cuando el Santo de Escorpio abusaba así de su nombre, al francés le parecía que no había palabra más irritante en el mundo. —No puedo irme a festejar yo solo.
—Te aseguro que puedes encontrar a alguien más que quiera ir contigo.
—Si tú no vas, nadie querrá ir conmigo. —Se tumbó en la cama al lado de la suya y cruzó los brazos con claro disgusto. —¿Quién va a cuidarme de no hacer ninguna tontería? Te diré quien: ¡nadie!
—Estás siendo dramático.
—¿Te lo parece? —El acuariano giró los ojos. —No sé porqué no puedes ser más divertido.
—Quizás porque estoy cansado.
—¿Y eso qué? Yo estoy teñido de negro todavía y eso no me impide divertirme.
—Eso es porque eres hiperactivo y tienes problemas de atención.
—Solo esta noche, Camus… un par de horas solamente. —Usó aquella cara de cachorro abandonado que había aprendido a perfeccionar para chantajear a todo el mundo. —Por favor.
—No.
—Por favor.
—Milo…
—Por favor, Camus…
—Ya te dije que…
—Por favor… —Sonaba cada vez más lastimero y el francés cada vez sentía menos deseos de soportarle.
Gruñó. Gruñó muy fuerte. No podía creerse lo que estaba a punto de hacer. Las cosas a las que Milo le obligaba siempre terminaban mal. El porqué siempre cedía era un extraño misterio que nunca terminaría de entender. Pero lo hacía. Milo siempre se salía con la suya.
De cualquier modo se incorporó y, tras sobar sus ojos cansados, miró a su amigo de nuevo, esta vez con mirada amenazante. Si iba a permitirle ganar ese duelo, al menos se aseguraría de que Milo supiera que estaría vigilado todo ese tiempo y de que las concesiones que se harían estarían limitadas a lo que él quisiera y a nada más. A la más mínima desviación del plan principal, el joven griego se ganaría un paseo a casa, arrastrado de los pelos.
—Solo serán un par de horas—advirtió—. Una breve visita a la taberna, con derecho a unos pocos tragos, pero nada que te haga perder el sentido o la cordura. Brevísima. Si te pones impertinente, te congelaré. Si nos haces pasar alguna vergüenza, te congelaré. Si empiezas a cantar, te congelaré. Si…
—¡Ya, ya! Comprendí. —Una radiante sonrisa, de esas que solo Milo podía esbozar, apareció en su rostro. —Si hago cualquier cosa mal, me congelarás. ¡Pero no importa! Vendrás conmigo, ¿cierto?
—Solo un rato. De verdad quiero dormir.
—¡Pues mientras más pronto salgamos, más pronto volveremos! —De un brinco, con fuerzas renovadas, Milo se puso de pie. Camus no entendía de donde sacaba toda esa energía. —¡Vayamos por demás! Tenemos que encontrar a Ganímedes y a los otros… ¡Una noche bien divertida nos espera!
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Cuando estuvieron más tranquilos, Shion se permitió respirar. Bebió un sorbo del té que le había sobrado de su conversación con Dohko, descubriendo que ya se había enfriado. Pero en realidad, no le importaba. Al menos sentía que había dado un pequeño paso con los chicos y, con eso, era muchísimo.
—¿Están mejor?
—Quizás un poco más tranquilos.
—Bien, Aioros. Bien. Tenían demasiadas tensiones dentro que necesitaban sacar.
—Nada ha sido fácil—complementó Saga.
—Tienen mucha más fortaleza de la que piensan. Y yo estaré aquí con ustedes todo el tiempo. —El lemuriano palmeó sus hombros.
—Gracias. —El Santo de Sagitario abrazó al lemuriano y fue correspondido. —Estoy agotado y creo que necesito dormir. —Los ojos le ardían. —¿Vienes, Saga?
El gemelo apenas levantó la mirada. Se quedó observando a su amigo por unos momentos antes de darle una respuesta. Al fin, meneó la cabeza.
—Me quedaré un rato, si no es molestia. —Miró a Shion. El Patriarca sonrió.
—Sabes que no lo es.
Aioros no insistió más. De hecho, le gustaba que Saga hubiera decidido quedarse: hablar con Shion siempre le hacía bien y en esa ocasión, no sería la excepción. Se despidió escuetamente, a sabiendas de que vería al Maestro al día siguiente por la mañana, y que tendrían tiempo de sobra para hablar con calma y ponerse al corriente. Ahora, el lemuriano era completamente de Saga. Esperaba que de verdad ayudara a que se sintiera mejor.
Cuando se hubo marchado, el peliverde se mantuvo en silencio esperando que Saga fuera el primero en hablar. No solía presionar de más, pues temía espantarle.
Contempló en silencio al geminiano. Sus ojos iban y venían por la habitación, reconociendo cada rincón y sacando sus propias conclusiones. La semipenumbra de la noche hacía que el color verde de su mirada resplandeciera. Descubrió que la cabellera azul le había crecido un poco, especialmente aquel flequillo protector que blindaba a sus ojos. Tenía los labios atrincherados y resecos, fruto de los interminables días en el mar, durante la travesía de regreso a casa. Por último, pensó que se notaba el cansancio en su rostro, pero seguía conservando aquel toque altivo y orgulloso que le hacía lucir regio.
—No creí que vinieras.
—¿No? Simplemente esperaba por la excusa adecuada.
—Athena y tú han tenido tiempo para charlar. —Le miró de soslayo y vio al lemuriano asentir. —Comprendo. —"Supongo que sabrás", pensó. Dudaba que Athena hubiera dejado pasar la oportunidad de contarle cada sucio detalle de su vida y sus múltiples desacatos también.
—Me ha contado muchas cosas. Dohko y Mu también hicieron lo mismo.
—¿Y… qué piensas al respecto?
—Que tenemos muchas cosas con las que trabajar. —Shion trató de evitar cualquier tema que involucrara a Afrodita. Vista la reacción del Santo de Géminis, todavía no sabía nada al respecto a la deidad del amor.
—Ciertamente.
Al igual que el Patriarca, Saga se guardó sus cartas para si. Llevaba un rato prestando atención a un punto importante de la habitación: la repisa con la urna de Ares. Se preguntaba cuanto podría soportar la vasija sagrada, con el sello de la sangre de Athena. Ares era un dios poderoso y suponía que en la Edad del Mito lo era mucho más. Las intenciones eran buenas, pero considerando la rabia que el dios de la Guerra sentiría cuando fuera liberado, se sentía aterrado.
—Saga—llamó Shion—. ¿Te gustaría contarme tu parte de la historia?
—Yo… no lo sé. Tal vez…
Y mientras ordenaba las ideas de lo que sería un larguísimo relato, una pregunta golpeó su cabeza. ¿Qué había en la otra urna? ¿Estaría vacía o llena? Pero, sobre todo, ¿ por qué Shion no hacía ninguna pregunta al respecto?
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Se volvieron el centro de las miradas tan pronto aparecieron por la puerta de la taberna. Sin lugar a dudas eran un grupo particular: entre el desparpajo de los marineros y la imagen mucho más cuidada de la que Athena había proveído a sus Santos. Era de resaltar la falta de timidez los primeros y de Milo, así como las dudas en el resto de los guerreros. Muchas cosas se habían escuchado en la ciudad sobre ellos, así que su presencia ahí levantaba más que un par de cejas.
Aunque quizás lo que realmente llamaba la atención era el extraño color purpúreo que Milo había cogido conforme el tizne de la ropa se asentaba en su piel. A pesar de todo, el escorpión no se inmutó ni siquiera un poco. Esa era su noche y estaba dispuesto a aprovecharla.
—Busquemos una mesa. —Tomó la delantera. El resto de sus compañeros que le habían seguido hasta ahí, fueron tras de él.
—¿Alguien me explica por qué lo seguimos?—bufó Ángelo.
—Porque sentimos pena de dejar a Camus a su suerte con Milo.
—No sé si agradecerte por eso o reñirte, Aioria—dijo el aludido. Tristemente, tampoco podía objetar a la situación.
—Tranquilo. Todos entendemos tu problema. —Shura pasó al lado del francés y le palmeó el hombro. Camus soltó un gruñido.
—¡Que traigan las bebidas!—exclamó Bias y su voz resonó como un trueno en el salón.
Se dejó caer sobre una silla de madera, que rechinó bajo su peso y crujió después, cuando forzó el asiento para subir los pies sobre la mesa. Cara de Asno se sentó al otro lado de la mesa y golpeó la madera vieja con sus manos en repetidas ocasiones. Un par de marineros más se unieron a la peculiar petición por alcohol, al igual que Milo, quien pareció encontrarle cierto gusto a todo ese escándalo.
—Por Athena, Milo. Deja eso.
—Es divertido, Camus.
—Estoy de acuerdo con el bicho.
—Cierra la boca, Kanon—respondió el francés—. No es necesario hacer un escándalo.
—No, pero como Milo dijo, es divertido.
Camus sacudió la cabeza, pensando que no tenía caso discutir un tema así como Milo. Al final, el escorpión haría como le viniera en gana y, sin importar lo que él tuviera que objetar, tendría una respuesta… sobretodo ahora que había encontrado eco y aprobación en Kanon.
—Respira profundo. —Sintió las palmaditas empáticas de Aldebarán sobre su espalda y decidió dar por terminada la situación. Shura compartió una sonrisa con él.
—Presiento que el viejo se enterará de esto… y no va a gustarle.
—Cuanta preocupación, Máscara Mortal. —El gemelo menor giró los ojos. En lo que a él respectaba, un trago le vendría bien. —¡Vive la vida!
—Claro. Te lo recordaré cuando el viejo nos grite hasta reventar el cerebro resacoso.
—Pues a mi me parece bien salir de la rutina.
—¡Ese es el espíritu, gato!
Las bebidas no tardaron en llegar mucho más. En un santiamén, Milo se encargó de que nadie se quedara sin copa. Incluso Shaka, quien rechazó un par de veces su proposición, terminó aceptando que le dejaran cerca el trago, a pesar de no tener deseos, ni intenciones, de beber.
—¡Brindemos!—exclamó el peliazul. Levantó su vaso, mientras urgía al resto a hacer lo mismo. Las miradas interrogantes de sus compañeros no lo desanimaron, sino lo contrario. Nadie lo notaba como él, pero estaba seguro de que los demás también sabían que momentos como aquel eran dignos de que festejar. —¡Brindemos! Porque a pesar de todo, seguimos vivos, sobreviviendo y seguimos juntos—dijo.
Un montón de sonrisas brotaron en los labios del resto de los chicos. Cuanta razón tenía el Santo de Escorpio.
Al ver los gestos de optimismo, Milo se sintió satisfecho.
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Cuando Saga abandonó la habitación de Shion, se sentía agotado. Cerró la puerta detrás de él y apoyó su espalda sobre ella. Agachó la cabeza, frotando sus ojos cansados.
Odiaba llorar, lo odiaba por encima de muchas cosas. Era en esos momentos cuando más vulnerable se sentía y después, siempre terminaba con aquel terrible dolor de cabeza que le impedía pensar adecuadamente. Además, cuando Shion quedaba en el medio, siempre era peor. El lemuriano tenía un modo infalible de desarmarlo. Con él, los secretos eran terriblemente difíciles de guardar.
—¿Estás bien?
—¿Me esperabas aquí afuera?—preguntó a Aioros.
—No. En realidad, volví por ti. El resto de los chicos salieron a una noche libre en la ciudad y, aparentemente, estamos invitados.
—¿Tienes ganas de ir? —Después de aquella sesión intensa y desgastante, el gemelo no se sentía especialmente ansioso por salir de juerga.
—No demasiadas. Pero creo que deberíamos hacerlo.
—¿Por qué?
—¿Por qué? ¿Prefieres encerrarte en tu habitación y sentirte miserable durante toda la noche?
—No estaría mal y tampoco sería inusual. —Saga se ganó una mirada de fastidio por dicho comentario.
—Fingiré que no escuché lo anterior. Y visto que te encanta que me repita, preguntaré de nuevo: ¿estás bien?
—Estoy agotado.
—¿De verdad quieres quedarte aquí? —El geminiano se pensó la respuesta. Bufó, soplando sus flequillos, y meneó la cabeza.
—Vamos.
Se quedó pensando en todo lo que Shion les había dicho, acerca de olvidar las culpas y de mirar al futuro. El problema era que toda su vida la había pasado ahogado entre remordimientos. ¿Cómo se suponía que olvidara todo y volviera a empezar? Error tras error, siempre terminaba en lo mismo. Simplemente estaba condenado a vivir de ese modo: cayéndose y levantándose, aún cuando no pudiera más. Así que, ¿por cual parte del caos que era su existencia debía comenzar para solucionar su vida?
No tenía ni la más mínima idea.
Pensó también en el más reciente de sus "problemas". Desde varios días atrás, no tenía ninguna noticia de Afrodita. Ella no le había buscado a pesar de que él había hecho todo lo posible por buscar espacio propio. No recordaba haber pasado tanto tiempo sin la diosa. Era como si se hubiera esfumado de la faz de la tierra, y él la echaba terriblemente de menos.
Ver la urna de Ares le había hecho pensar en Afrodita. Se preguntó, por enésima ocasión, por qué no había ido a su encuentro. Por una vez, eran libres… y ella se había marchado. Era imposible que algo malo no hubiera sucedido.
Sin darse arrugó la frente, tratando de dar forma a esa corazonada que resonaba en su cabeza, pero a la que se negaba a prestar atención. Sus presentimientos usualmente terminaban por convertirse en verdades. Sin embargo, por esa única ocasión, deseaba con todas sus fuerzas que se equivocara. Ojala hubiese un modo de encontrarla. Necesitaba saber de ella.
—¿Qué te pasa? —Encontró a Aioros mirándole de soslayo y trató de recobrar la compostura, a pesar de que era imposible. Entre el montón de lágrimas que Shion le había sacado y la preocupación por Afrodita, su cabeza estaba hecha una desgracia.
—Pensaba.
—¿En qué? —El arquero tuvo que conformarse con el silencio. Sopló sus flequillos con frustración. —Sabes que puedes contarme, ¿cierto?
—Pensaba en Ares. —"Y también en Afrodita", pero eso último lo guardó para sí.
—Shion parece tenerlo bajo control. —Saga no respondió a ese comentario. Si Ares le habían enseñado algo, era que siempre tenía recursos, aún cuando parecía que todo estaba perdido para él. —¿No lo crees?
—Sabes que siempre he sido escéptico al respecto. Ver una urna no me da ninguna seguridad de que Ares no consiga el modo de escapar.
Inesperadamente, Aioros se detuvo y se mantuvo pensativo. Miró disimuladamente las cicatrices en sus brazos, considerando el peso de sus palabras. A diferencia de su amigo, a él siempre le había gustado creer. Sin embargo, ahora estaba asustado.
Era curioso el modo en que Shion conseguía hacerle sentir seguro, pero también era cuanto más desconcertante, el modo en que Saga se las arreglaba para bajarlo de su nube y poner los pies sobre el piso.
Si Ares se liberaba, ya no solamente sería Saga el que terminara involucrado, sino él también. Y, juntos, podían ocasionar un daño enorme, que arrastraría al resto de los chicos. Correr esos riesgos era un lujo que no podían darse. Quizás, ahora más que nunca, esa guerra no era por ellos, sino por los demás. El Santo no tenía la intención de decepcionarlos de nuevo.
—Shion encontrará el modo—repitió, más para si mismo que para hacer entrar en razón a Saga. Se esforzaba por pensar como su antiguo yo de nuevo. —Más vale que la jodida urna aguante.
—Aparentemente tiene otra.
—No sé. Si llegara a ser necesario usarla con otro dios, pues…
Y con ese inocente comentario, algo encajo en el cerebro de Saga. Afrodita, Athena, Shion, la urna… ¿Sería posible que…?
Sacudió la cabeza, tratando de que aquella conspiración saliera de su mente. Shion le había pedido que confiara en él, y él había accedido a hacer tal cosa, a pesar de saber que era extremadamente difícil para su naturaleza recelosa. Pero si era así, si el motivo de la ausencia de la diosa del amor había sido aquella hermosa prisión, entonces tendrían un grave problema.
Por supuesto, tampoco podía traicionar sus pensamientos antes de averiguar al respecto. No haría acusaciones, ni tomaría decisiones, si no tenía certeza de nada. La situación dictaba que debía esperar y buscar respuestas. En el mejor de los casos, sería simplemente una alucinación de su mente paranoica. Y en el peor…
—Será una noche larga—dijo el gemelo. Aioros se mostró de acuerdo, asintiendo con firmeza.
El problema era que no solo sería esa noche, sino las consecuentes también; y el Santo de Sagitario tampoco sabía que tan larga podía ser.
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Estaba seguro que, en cualquier momento, Milo se subiría a alguna mesa y comenzaría a cantar a todo pulmón. También estaba seguro de que, cuando lo intentara, Camus le congelaría. Pero es que el Santo de Escorpio estaba cada vez más animado, quizás al borde de la euforia. Más escandaloso, más inquieto, más… Milo. Y, a pesar de todo, había conseguido hacer reír a todo el mundo. Incluso Máscara de Muerte, el más alejado de ellos, y Shala quien siempre parecía al margen de sus locuras, habían compartido alguna risa accidentada, gracias a él.
Sin embargo, Shura había tenido suficiente.
Si seguía abusando del ouzo, comenzaría a decir necedades. Con un poco de mala suerte, quizás bailaría al ritmo que Milo le cantara. Así que lo mejor era terminar la noche ahí e ir por aquel momento en el que había pensado cada minuto, por el último par de semanas.
Había planeado cada detalle, obsesionado con la perfección. Pensó y repensó cada palabra, con tanto empeño que las noches se le habían escapado en un parpadeo. Tenía su parte planeada, perfectamente esquematizada. Cuando la oportunidad surgiera, su cerebro sabría lo que debía hacer… Por supuesto, siempre estaba la enorme posibilidad de que, llegado el momento, las emociones tomaran posesión y los planes terminaran como un recuerdo de lo que debió haber sido.
Y ahí iba, por las callejuelas solitarias de Atenas, bajo la escueta luz de las hogueras que ardían en cada esquina. Poco a poco fue dejando el bullicio de la taberna atrás, hasta que no hubo más que silencio a su alrededor. Atravesó el ágora y caminó bajo las sombras caprichosas que las columnas de la stoa proyectaban a la luz de la luna. Iba caminando con sus pensamientos tan lejos de ahí que, cuando reparó en donde estaba, ya se encontraba al pie de las escaleras del palacio ateniense.
El templo de la diosa estaba oscuro, solitario y silencioso. El sonido de las teas ardiendo era el único murmullo que se expandía por cada pasillo, amplificado por el silencio. Ocasionalmente, las sombras y las voces de los guardias llegaban hasta sus sentidos, poniéndole en alerta. Pero en cada ocasión la oscuridad de la noche había jugado como su aliada, blindándole de los ojos indiscretos.
Sus pasos le condujeron hasta los aposentos de la diosa, mientras su imaginación y ansiedad le transportaban mucho más lejos, a un sueño al que temía tanto como atesoraba. El futuro lucía radiante, pero a la vez, sobrecogedor. ¿Podría hacerlo? ¿Sería Shura capaz de confesar y aceptar sus sentimientos hacia la única mujer prohibida en el mundo para él? Peor aún: ¿podría ser correspondido y amado por aquella que se había negado a si misma la oportunidad de entregarse?
Pero ella misma le había pedido que le buscara. La había sentido tan confundida como él y sentía el temor que emanaba de un corazón conquistado y herido.
Hizo acopio de fuerzas y decidió no atormentarse más por eso. Esa noche, sin que una más pasara, habría de encontrar las respuestas a sus preguntas.
Pensando en ello, levantó la mano y golpeó con suavidad a la puerta. Esperó, esperó lo que se sintió como una eternidad para él.
Entonces, la sintió al otro lado de la puerta. Cerró los ojos y pudo envolverse en la suavidad de su aura. Pensó en ella, pensó en él. Cada sentimiento le llegó como si fuera propio. En silencio, guiado por su imaginación, se sintió uno con ella. El sonido de su respiración, profunda y nerviosa, sonó en sus oídos como si la diosa estuviera a su lado. Su mano rozó la madera que los separaba e imaginó la mano de Athena, sobre la suya, del otro lado. Aquella sensación, de la noche en Temiscira, de la calidez de sus labios besando los suyos, volvió a él e hizo que la piel se le erizara.
Por fin, la puerta se abrió y un rayo de Luna, color plata, escapó de la habitación. Y la vio frente a él: radiante, preciosa, pero tímida, insegura y vulnerable, en esa faceta de ella que solo él conocía… ese pedacito de ella que era solamente suyo.
—Soy yo—murmuró el Santo. La diosa asintió con suavidad.
Athena le invitó a pasar, sin palabras, con nada más que esa intensa mirada que refulgía en la oscuridad de la noche. Siguió cada uno de sus movimientos con atención, suspendida en el tiempo. Quería grabar en su memoria cada detalle de él: desde la expresión tranquila y bella de su rostro, hasta la elegancia de su andar. Nunca había sentido nada así por nadie, jamás alguien la había atrapado de ese modo. ¿En qué momento había perdido la cabeza por él? ¿Cómo es que había robado algo que ella se había propuesto no entregar a nadie?
El español caminó lentamente por la habitación, hasta que ella lo vio sentarse en el mismo kliné donde le había tenido la última vez que estuvieron juntos ahí. La joven deidad recordó esa noche, tan vívida como si hubiese sido tan solo un par de días atrás.
El Santo estaba ciego, derrotado y herido; ella se había esmerado por ayudarle, a pesar de no haberlo conseguido. Pero lo había tenido ahí, para ella y desde ese entonces no hubo marcha atrás.
Suspiró, en busca de un poco de paz, y se sentó frente a él. Lo miró, solo un instante, porque al coincidir sus miradas, se sintió superada y le rehuyó. No entendía el porqué de sus nervios desquiciados, así como tampoco comprendía la causa de su repentina mudez. Respiró de nuevo, esta vez con mayor profundidad. Al levantar la mirada, se encontró con los ojos de Shura sobre ella y una sonrisa indescifrable en su labios que ella correspondió del mismo modo.
—Viniste. —En algún punto, la diosa se había convencido de que él no iría en su búsqueda. Tenían tanto que perder que quizás él no se arriesgaría.
—No podía faltar. Tenía que verte. —Tenía que verla. Necesitaba verla. Habían sido demasiadas noches en vela pensando en ella, en ese momento y en lo que vendría después; en las buenas y en las malas opciones. De ningún modo iba a echarse para atrás.
—Nuestra última conversación… —Athena continuó. Humedeció sus labios mientras intentaba encontrar las palabras adecuadas para definir aquel momento en el que no había dejado de pensar un solo segundo. —Yo… lamento haber dejado tantas cosas sin decir y haber sembrado tantas dudas. Es solo que…
—Lo comprendo. No era el momento ni el lugar para discutirlo. —¿Acaso había un momento ideal para hacerlo?
—Exacto.
Ella guardó silencio, compartiendo todas las dudas y miedos de él. Mientras más lo pensaba, menos comprendía de donde había sacado el valor para confesarle la verdad semanas atrás. Ahora estaba aterrorizada.
Toda esa vulnerabilidad no pasó desapercibida para el Santo. Tímidamente tomó sus manos y la apretó entre las suyas, en un intento desesperado de hacer la sentir segura. Por un segundo pensó que ella le rechazaría, pero no fue así. Ella se aferró a él y, por primera vez, ambos fueron capaces de sostenerse la mirada.
Por supuesto, Shura no estaba menos asustado que ella. Sin embargo, estaba dispuesto a enfrentar sus dudas, pues se sentía incapaz de seguir viviendo de ese modo: en ascuas. También quería que esa frágil seguridad suya la contagiara y la ayudara a retomar la conversación que habían dejado en el aire. Con aquella última confesión, Athena le había abierto una diminuta puerta de esperanza y él no iba a desperdiciarla. Si podía haber algo entre ambos, él lo quería. No podía seguir viviendo sin ella.
—La última vez que hablamos tú dijiste algo que yo no esperaba—dijo el Santo, dispuesto a enfrentar la realidad de una vez por todas—. Te atribuiste un milagro que, yo pensaba, pertenecía a alguien más.
—Tus ojos. … —La morena liberó una de sus manos y le acarició el rostro, sin que su mirada abandonara los ojos verdes del español, mientras él se reconfortaba en su caricia. —Ese milagro nunca perteneció a las amazonas. Quizás tampoco fue obra mía, sino de mis médicos y curanderos. Pero tus ojos… Tus ojos viven y brillan gracias a todos.
—¿Cómo es eso posible?
—Yo fui en tu búsqueda. Sabía que me necesitabas y no podía abandonarte—confesó, sintiendo que las palabras le escurrían de los labios, como si nada más que el Santo importara—. Los planes de Hipólita siempre fueron transparentes y, si ella encontraba un solo defecto en ti, no le serías de ninguna utilidad: te mataría. La sangre de Asir que ellas te dieron podría haberte matado o curado, cualquiera de las dos opciones. Aún si tu cuerpo eliminara el veneno de la Hidra, estaría demasiado débil para luchar contra los efectos de sus remedios. Si no íbamos en tu ayuda, probablemente habrías muerto.
—Por eso estabas ahí esa noche. —Ella asintió ante las palabras de Shura. Sus ojos estaban prendados de su rostro, de sus ojos, de su boca, de todo él. —Yo te recuerdo. Te vi ahí, en medio del cansancio y la fiebre, como si fuera un sueño. Hasta hoy, me había convencido de que no había sido más que una alucinación. —Athena sintió que el corazón se le salía del pecho. El latido desbocado llegaba hasta sus oídos y su cuerpo entero se tensó ante semejante declaración. ¿Qué tanto recordaba Shura de esa noche? Se alejó de él y se permitió mirarle directamente a los ojos. —¿Lo fue?
Ella dudó. Fue un solo segundo que tardó para siempre. Pero Athena sabía que era el momento de ser valiente; de cerrar los ojos y dar un salto de fe. Si lo quería para ella, esa era su oportunidad.
—No lo fue, no fue un sueño. Fue tan real.
"¿Todo ello? ¿Todo fue real?" quiso preguntar él, pero las palabras no le salían de los labios. ¿Qué parte de aquella noche había sido real y qué parte le debía a su imaginación?
—¿Por qué nunca volviste? ¿Por qué no dijiste nada? —La cuestionó, esperando que Athena comprendiera el verdadero cuestionamiento detrás de esa pregunta..
—No podía. —Shura guardó silencio. Quería que ella continuara. —Sabía que te habías recuperado y que estarías bien. Pero también sabía que esa noche… —Suspiró, tratando de impedir que sus emociones le superaran. Esa noche se habían cruzado muchos límites. —Esa noche todo se puso al revés.
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Aioros todavía poder ver la humedad en los ojos de Saga. La piel alrededor de sus ojos lucía ligeramente oscura, del mismo modo en que su rostro exhibía la gravedad de la conversación con Shion. Ambos habían estado de acuerdo en salir del templo hacia el improvisado festejo de Milo. De ese modo, según habían pesando, podrían despejar la cabeza de toda la intensidad que esa noche de confesiones les había costado.
Sin embargo, viendo a su amigo tan serio y cansado, el arquero comenzaba a cuestionarse si había sido una buena idea salir tan tarde, a un sitio repleto de alcohol y con Milo como conciencia, susurrándoles malas ideas al oído. Probablemente debió pensarlo mejor antes de insistir.
Escuchó a Saga suspirar profundamente cuando se detuvieron a la entrada y estuvo a punto de preguntarle si deseaba regresar al templo. Pero no fue necesario que lo hiciera, pues el gemelo se le adelantó y entró al establecimiento de primero. Aioros no tuvo más remedio que seguir sus pasos para entrar también. Dentro, la oscuridad de la noche de disipó ligeramente. La cabaña era oscura, escandalosa y apestaba a alcohol y sudor.
—Ahí están. —No le sorprendió la rapidez con la que Saga encontró al resto de sus compañeros. Después de todo, era difícil ignorar al nutrido y ruidoso grupo de marineros y Santos.
—¡Saga! ¡Aioros!
—Oh oh. Milo nos ha visto—bromeó, escuchando a Saga gruñir poco después—. Si pensábamos escapar, es tarde ya.
—Estoy casi seguro de que intentará envenenarme como venganza por el tizne.
—Oye, hay que darle crédito por animarse a salir así. —El castaño vislumbró una diminuta sonrisa en los labios del geminiano y se sintió ligeramente aliviado. —¡Mírale! Esta teñido de pies a cabeza de negro y parece no importarle.
—No creo que ese color sea negro. Diría que parece… ¿púrpura?
—Es como una betabel gigante.
Saga esbozó una sonrisa torcida y por un segundo, la expresión de pesadumbre se alejó de su rostro. Ni siquiera se molestó en ocultar la satisfacción que su pequeña broma le había brindado conforme Milo se acercó a ellos.
—¡¿Dónde rayos se habían guardado?! —El escorpión dorado pasó cada uno de sus brazos por encima de ellos. —Hemos estado esperándoles todo este rato. La fiesta ha estado tan buena que la Cabra ha salido huyendo y Buda esta a punto de huir también.
—¿Shura se fue ya?
—Es tarde, arquero. Si hubieran llegado antes, no se habrían perdido la mejor parte de la noche.
—Es una pena…—añadió el castaño, con un mal presentimiento.
—¡Claro que es una pena! Por cierto, Saga, quiero que sepas algo.
—¿Yo? —Llegaron a la mesa, donde Cara de Asno les entregó un cuenco de madera con lo que parecía ouzo. El Santo de Géminis miró con sospecha el contenido.
—Sí, tú.
—Si es algo sucio, no queremos saber—replicó Ángelo.
—De acuerdo en eso. —Aioria le apoyó.
—¡No es nada sucio! ¡¿Por qué todos se han vuelto tan mal pensados?!
—No, no todos. —Shaka le miró de reojo. Después dirigió su mirada hacia quienes comenzaron esa discusión. —Sólo Aioria y es por culpa de Ángelo.
—¡Oye! —La queja de los dos aludidos hizo estallar las carcajadas.
—Como sea, lo que quería decirte, Saga, es que estas perdonado. —Inseguro sobre cómo debía tomarse dicha confesión, el peliazul entrecerró los ojos. Milo leyó las dudas en su cara y continuó. —Sí, como escuchaste: te perdono que me convirtieras en un bicho morado.
—Azul. —Camus irrumpió.
—Creo que es púrpura—dijo Aioros. Rápidamente, las opiniones se polarizaron.
Desde el asiento del rincón, Ganímedes observó la escena con una enorme sonrisa en los labios, acompañado por Dohko. Se había acostumbrado tanto a los chicos, que ahora que sus caminos se separaban, iba a extrañarles muchísimo de menos.
Por supuesto, también tenía la impresión de que antes o después, volverían a encontrarse. El mundo era demasiado pequeño y los aliados de los Santos eran muchos. No había modo alguno de que sus destino terminaran de compartirse ahí. Empinó su copa, sintiendo el ardor que trepó por su garganta. Estaba tan acostumbrado a ello, que ni siquiera hizo gesto alguno.
—¿Beberán algo?—preguntó a los recién llegados.
—Suena como una mala idea.
—Lo es. No quiero tener que llevarte a rastras hasta el templo de Athena—Saga intervino.
—Oh, venga, Aioros. No seas aburrido. —La súbita interrupción de Aioria, hizo que el castaño entrecerrara los ojos Tanta insistencia le pareció sospechosa.
—¿Ves? Le han llevado por el mal camino.
—Basta con eso, Shaka.
—Y para que conste, yo no soy una mala influencia para el gato. —Máscara Mortal se defendió, empinando el último trago de su bebida. —De hecho, si me escuchara más a menudo, estaríamos en muchos menos problemas.
—No sé de que hablas.
—Admítelo: ya estabas bastante jodido antes de que yo llegara. —El italiano esbozó una sonrisa retorcida a modo de preámbulo. —Te haré una lista de cosas que ya tenías mal desde antes: el mal genio, la bocaza, la falta de paciencia, el gusto por el pelo rojo, tu rechaza por la soltería… —Enumeró cada defecto con sus dedos también, arrancando carcajadas del resto de los asistentes.
—¿Sabes qué? No eres gracioso.
—No creo que nadie más concuerde contigo. —Ensanchó la mueca burlona, mientras que el ceño fruncido de Aioria se marcaba más y más. El león volteó a su alrededor y las sonrisas mal disimuladas de sus amigos le dieron la razón al italiano. —¿Ves? Estás muy irritable, mi estimado felino.
—Es la soledad. —Milo acotó.
—Soledad no es la palabra correcta—complementó Kanon, inusualmente relajado gracias al alcohol.
—Ya saben a que me refiero… —El peliazul más joven se carcajeó con travesura, seguido del montón de marineros y de varios de los Santos.
—Ya, ya. Veo que me dedicarán la noche.
—¡Que va! Eres demasiado aburrido para estas cosas.
—Todos somos muy aburridos en esas cosas, bicho. —Y aunque Aioria hablaba en serio, más de uno se sintió incómodo con la falsedad del comentario, incluido él mismo.
—Te dije que debimos llevarles de putas en la bahía del Buitre—dijo Bias a Ganímedes. El viejo marinero estalló en carcajadas.
—La próxima vez será…
Y pensaba cumplir esa promesa. La misión de aquellos chicos era larga, tediosa y peligrosa; necesitarían aliados fieles, por lo que su destino era permanecer cerca.
Sabía de sobra que él no era el único que pensaba así. El resto de su tripulación les había tomado cariño. Si fuera necesario, los acompañarían también al fin del mundo. La última guerra sería cruel y cruenta, y ellos se asegurarían de estar ahí para ayudarles. De verdad deseaba que los chicos sobrevivieran para recibir la recompensa que merecían.
—Nada de prostíbulos—advirtió Shaka. El resto de los chicos encontraron divertida su oposición.
—¿Sabes qué, Buda? Es momento de divertirnos. No sabemos cuanto nos durará la alegría. —Le dijo Kanon. Milo aprovechó el momento para inmiscuirse en la conversación.
—¡Vamos! ¿No se te antoja hacer nada especial? ¿No echas nada de menos?
Shaka se detuvo a pensar, a pesar de no responderle nunca al Santo de Escorpio. Por supuesto que extrañaba muchas cosas. Extrañaba el silencio de su templo, sus tés especiados y de aroma fuerte, y por sobre todo, recordaba con especial cariño a su jardín repleto de cerezos.
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Shura no podía soportarlo más. Entre tantas palabras que decían tan poco, estaba completamente confundido y asustado. Sentía el corazón en su garganta y sus manos temblaban, como si el Apocalipsis se acercara.
Conocía de sobra la pregunta que tenía que hacer, pero no tenía el valor para formularla. Si leía entre líneas, entonces tendría la respuesta que buscaba. Pero siempre existía el peligro de equivocarse y no podía tomar semejante riesgo en una situación tan delicada como la que compartían. Cuando había tanto en juego, el español no podía asumir nada, ni tampoco podía confiar en sus corazonadas. Todo su mundo se había puesto de cabeza en un segundo. A esas alturas, su alma y su cabeza gritaban por un descanso, por acto de misericordia que revelara la verdad ante sus ojos y terminara con todo… o que iniciara algo grande.
Levantó la mirada cuando sintió el roce de los dedos de la diosa sobre su mejilla. Se encontró con la mirada gris sobre él. Entonces, sus ojos quedaron prendados de los de ella, como si el tiempo se hubiera detenido entre ambos.
—Lo siento, Shura. No puedo mentirte más, no puedo mentirme más tampoco—musitó la morena. Sus dedos delinearon el rostro del Santo lentamente. —Nada fue un sueño. Esa noche fue tan real como tú y como yo… y fue perfecta.
Por mucho tiempo, el Santo se había imaginado ese momento, pensando que una confesión de esa magnitud haría pedazos con su cordura. Pensó siempre en lo que no podía ser, en lo imposible que ese amor era para ambos. Pero aquel sueño prohibido volvía a él, con nueva fuerza, arrasando con su corazón. El amor que creía perdido revivió y volvió a adorarla con locura.
—Te amo—confesó entre susurros. Las palabras brotaron de sus labios con naturalidad. Llevaba demasiado tiempo guardándoselas para si y no podía seguir con aquel secreto. —Te querré… siempre.
Una sensación de calma le envolvió. Todo lo demás desapareció; las prohibiciones, los miedos, lo que era correcto y lo que no. Solo sabía que la quería para él y para nadie más. Ya no era solo su diosa; Athena era su corazón, era su vida y era el fuego que encendía en su alma cada día.
Shura se refugió en las caricias incesantes, en la suavidad con que sus manos suplían a las palabras que contenían su respuesta. Su mente voló al pasado, a ese momento que era incapaz de olvidar, cuando ella le protegió entre sus brazos, con un sinfín de cuidados y con su voz suave, arrullándole. Esta vez, sus ojos no le fallaron y la visión de su diosa, tan embelezada como él, se convirtió en lo único dentro de su cabeza. Sin darse cuenta, buscó el mismo final que aquella noche y descubrió que ella lo añoraba tanto como él.
—Promételo—susurró la morena, con sus labios a centímetros de los de él, hipnotizada por sus labios y deseosa de probarlos—. Promete que hablas con la verdad y que me quieres.
El Santo se alejó ligeramente para poder mirarla a los ojos. Apartó con cuidado los mechones de cabello oscuro que caían sobre su rostro y, después, con la vibrante mirada gris sobre él, le sonrió.
—Lo prometo—respondió sin dejar de contemplarla—. Hasta el último de mis días.
En los oídos de la diosa, su voz sonó profunda, dulce y sincera, tan honesta como sus caricias.
Athena cerró los ojos y apoyó la frente sobre la de él. Sintió su respiración tranquila sobre ella, invadiéndola de una paz absoluta. De algún que ella no comprendía, se rindió hacia él, aunque poco sabía de cómo lidiarían con el difícil futuro que esperaba por ambos. Pero por ahora, todo lo importante en el mundo se resumía a ellos.
Buscó la cercanía a su boca. Sus labios se acariciaron suavemente; un toque íntimo y receloso al principio. Las manos del Santo la tomaron del rostro para que no alejara de él. Esa noche era suya, solo suya. Siempre lo sería.
Entonces, todos los miedos quedaron detrás y la emoción se apoderó del momento. Sus bocas dejaron atrás la timidez y se atrevieron a probarse, como si el mañana no existiera. La intensidad se desbordó; sus sentidos se impregnaron uno del otro, sus labios se acariciaron apasionadamente y sus corazones latieron con fuerza. Se pertenecían.
—Te amo también. —La escuchó musitar con la voz de ángel. Shura no necesitaba nada más.
Habían vendido sus almas por amor.
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Desde su balcón, Hermes contempló la escena con suma atención.
Tenía la impresión de que algo raro sucedía con los críos que había adoptado bajo su cuidado. No podía definir con claridad de que se trataba, pero si debía decir cualquier cosa, hubiera dicho que un gran muro de silencio había crecido entre ambos, separándoles.
La niña se había retraído por completo, absorta en sueños que el mismo dios no comprendía. El niño, en cambio, la miraba con recelo, siempre atento a cada movimiento suyo. Le había visto intentar acercarse en un par de ocasiones, pero en cada una de ellas, Nix se las había ingeniado para apartarlo y encerrarse en su propio mundo. Podía asegurar que Altaír tenía más desacuerdos con ella que otra cosa. Cada día sus diferencias crecían y sus corazones se alejaban.
Pero sus divagaciones fueron interrumpidas por el cosmos tibia de su primer visitante en mucho tiempo. Se sintió intrigado y sorprendido de que se atreviera aparecido para verle.
—¿Debería preguntarles?—cuestionó al ser resplandeciente que se aproximó a él por la espalda.
—Solo si estás dispuesto a vivir con la verdad.
Hermes sonrió. Apolo siempre aportaba respuestas que él mismo no estaba dispuesto a aplicar en su vida.
De todos modos, más que preocupación sentía curiosidad. Aquel par de niños habían llegado a él sumidos en el dolor y unidos por su pérdida. Pero ahora estaban más lejos que nunca.
—¿Qué haces aquí, Apolo? Hace mucho que no te dignas a poner un pie en este humilde templo.
—La última vez te aseguraste de convertirte en la persona menos deseada del Olimpo. Gritaste, escupiste y rabiaste al ritmo que te vino en gana. ¿Has encontrado un poco de paz ya?
—No es paz lo que necesito.
—¿Y qué es? —La pregunta hizo que el peliturquesa estallara en carcajadas. Apolo, por el contrario, arrugó la frente. No encontraba lo divertido en su pregunta.
—No deberías preguntar, hermano—respondió—. No preguntes, si no estás dispuesto a vivir con la verdad.
De haber sido cualquier otro dios, el rostro se le hubiera desfigurado en rabia ante semejante burla. Pero no Apolo. El dios del Sol era, por encima de todo, un dios de apariencias.
—Veo que tu ingenio no ha desaparecido.
—Hace falta más que una rabieta para eso.
El pelirrojo no pronunció ninguna respuesta. No tenía caso medir ingenio con Hermes, pues nadie era capaz de superarle en ello. Así, en silencio y con su eterno rostro de indiferencia, caminó hasta la barandilla, donde se apoyó a su lado para clavar la mirada en el par de críos mortales que tanta curiosidad causaban al dios mensajero.
Su actitud bastó para intrigar un poco más a Hermes, si es que aquello era posible. Afiló la mirada y miró de soslayo cada reacción de su hermano. Cada uno de sus gesto fue inspeccionado minuciosamente, aunque la indiferencia de Apolo era capaz de ocultar todo pensamiento. Hermes no tenía mucho de donde buscar información. Al menos no obtendría nada que el pelirrojo no quisiera darle,. Según su experiencia, Apolo era el dios más indicado para guardar secretos. Por mucho que se jactara de conocerlo, la mayor parte de las veces no era más que un misterio para él.
—¿Qué es lo que ves?—preguntó.
—Luz y oscuridad—le oyó decir—, todo alrededor de ella.
—¿Qué demonios significa eso?
—No estoy seguro.
—Por Zeus, ¡eres el dios del oráculo! No vengas a decirme que no sabes de que estás hablando.
Apolo no malgastó más palabras con él. Miles de años de experiencia le habían enseñado que el futuro era mucho más que una visión: era un fino equilibrio tejido entre el destino y las decisiones tomadas por aquellos que le vivían.
No era solo designio de los dioses, sino algo mucho más grande. Los mortales no lo notaban, pero cuando se trataba del futuro, tenían más opciones de las pensaban.
—No vas a decirme nada más, ¿cierto?
—No hay nada más que decir. Si me permites un consejo…—dudó—quizás deberías prestar más atención al par de críos, o devolvérmelos.
—¿A ti? ¿Por qué a ti? No te pertenecen.
—Pertenecen a mi hermana.
—Y tú vas a utilizarlos contra ella de algún modo. —Hermes no era tonto. Si de manipulación se trataba, no había nadie mejor que él. —Puedes engañar a quien desees, Apolo. Pero tus intenciones… puedo leerlas incluso mejor que tú.
No iba a permitir que nadie más los utilizara. El Olimpo estaba demasiado retorcido ya; poner críos en medio de todo aquel asunto solo terminaría por costarles la vida, como había sucedido con el más pequeño. En lo que al peliturquesa respectaba, el derramamiento de sangre había sido suficiente.
Y, si además conseguía hacer enojar a más de un dios en el proceso, se daba por bien servido. Egos demasiado grandes y cordura demasiado escasa; eso era lo que había entre sus parientes divinos.
—No puedes tenerlos aquí para siempre. —El dios pelirrojo susurró. Había una carrera entre diosas que lo ponía en medio y que podría costarle más de lo que imaginaba.
—Eso lo tengo bien claro.
—Bien. Piensa en ello.
Sintió la caricia tibia de su cosmos al encenderse durante su partida, pero Hermes nunca separó sus ojos de los pequeños en su jardín. Pensó que las palabras de Apolo no pesarían tanto en su cabeza. Sin embargo, estaba equivocado. Su mente inquieta no le permitiría vivir sin descifrar el mensaje detrás de esa predicción.
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El errático y desesperado movimiento de sus caderas danzando sobre la de él guió a ambos hasta el epítome de aquel frenesí de placer. Aferró las piernas contra su cuerpo, en un último intento de llenarse de su amante por esa noche. Su garganta expresó en un grito seco el placer que atrincheró cada rincón de ella. Mirra sintió el agarre salvaje del hombre sobre sus caderas y el modo en que fusionó su cuerpo con el suyo.
Se separaron cuando ella se desplomó a su lado, agotada y sudorosa. Su corazón latía desbocado mientras su piel aún ardía a causa del ardiente contacto con la de él.
El oxígeno escaseó en los pulmones de los amantes cuando el dulce alivio llegó lentamente a ambos después de la excitación del momento. No hubo besos, ni caricias; lo que los unía no era nada más que necesidad carnal. Tampoco era la primera vez que se usaban para satisfacer a sus instintos. Él había estado en su cama más de una vez y ella lo había arropado en su interior cada vez que él se lo pedía y ella lo necesitaba.
—Nunca me fallas, Dymas—dijo con el aliento entrecortado. Relamió sus labios, en un gesto de obvia satisfacción. —Extrañaba esto.
—Bueno, eres tú quien ha estado ocupada. —El hombre la miró de soslayo, buscando cualquier reacción en sus rostro. —¿Qué estás tramando, princesa?
Por mucho que se esforzó en descifrar la sonrisa que ella le obsequió, no supo que había detrás. Realmente, tampoco era una sorpresa. Por mucho tiempo que hubieran pasado juntos, no se conocían en lo absoluto.
Ella era la princesa troyana, la favorita de Periandro. Él era un oficial del ejército troyano, nacido en una familia noble que siempre se había enorgullecido de su pasado militar. Mirra había pasado su vida entera en el palacio, mientras Dymas había recorrido los lugares más impresionantes que el mundo conocía. La una vestía en sedas, el otro en cueros y armaduras.
Sus mundos no se tocaban, al menos no hasta que sus cuerpos se unían en medio de una tormenta de placer y de locura perversa. Así de diferentes eran.
—Quieres saber más de lo que debes. —La castaña se incorporó y con sumo cuidado apartó los cabellos sudorosos y oscuros del rostro su amante.
—Mis hombres hablan. ¿Qué es lo que buscas con tanto ahínco en los calabozos?
—Busco el futuro y he de encontrarlo.
—¿El futuro? —El guerrero atrapó su mano y con suma rapidez la tumbó, posicionándose encima de ella. —Si existe el futuro, te aseguro que no está ahí abajo. La muerte ronda por sus pasadizos, no hay nada más.
—Pero, ¿y qué si hay algo más? ¿No estarías dispuesto a formar parte de él?
Dymas se mostró intrigado por sus palabras. Sin embargo, el roce de la piel desnuda de Mirra hizo que se concentrara en sus sentidos y dejara a un lado las ideas. Atrapó sus labios en un beso apasionado mientras su cuerpo despertaba a la lujuria una vez más.
La mujer le dejó tomar el control. Permitió que sus labios y sus manos guiaran el camino hacia la cumbre del placer. Pero su mente trabajaba a toda velocidad, deliberando si debía confiar en sus instintos. Dymas había sido una constante en su vida por mucho tiempo, pero no sabía si podía confiar en él y verlo como un aliado. De algún modo, sabía que le necesitaba. Si todo llegaba a complicarse, el soldado sería increíblemente valioso para ella.
-Continuará…-
Estimadísimos lectores:
La ausencia ha sido larga, excesiva incluso. Y, aunque traté de compensar todo este tiempo perdido con un capítulo largo, me temo que ha sido imposible remunerar las múltiples muestras de apoyo y de solidaridad que he recibido durante este tiempo. No creo ser capaz de explicar lo que significó para mi cada review que llegó a mi correo electrónico durante este tiempo. Han sido realmente lo que al final me empujo a no mandar todo al demonio.
Así que miles de gracias a Damis, Sagitariusgirl, PrincessVirgo, Kisame Hoshigaki, kodama677, RIAADVD, Shaina de Aries, Kumikoson4, Gabrieth, Jabed, Rwan, Kaito Hatake Uchiha, Nike-Cherie, Pyxis and Lynx, lithium255, Art1sta, tisbe24, shakary, Izabella, Altariel de Valinor, Andromeda no Sainto, Pavlos de Cáncer, Caliope07, Carola-Gigi, Minelava, Tatsumaki, Mariana, kilder, Ghost reader y Ellistriel, además de tres personitas más que se registraron solo como Guest. ¡Muchas muchas muchas muchas GRACIAS!
He pasado por tiempos difíciles, donde probablemente mi peor enemigo soy yo misma. Sin embargo, estoy luchando contra ello. Creo que este es un primer gran paso para mi.
De cualquier modo, ¡estoy de vuelta! El capítulo es gigantesco y guarda algunos secretos sobre el futuro de la historia. Ojala lo disfruten :)
Los replies estarán en sus correos y los que no tengan cuenta en FF, en mi perfil.
Miles de gracias por su incondicional apoyo y por no olvidarse de mis niños sufridos. Cheers!
Sunrise Spirit
