Capítulo 57
El arte de la estrategia
Aioros despertó lleno de energía esa mañana. Era un nuevo y brillante día en Atenas, con una agenda algo apretada, pero a la que estaba dispuesto a sacarle el máximo provecho. Después de ese día, no sabía cuanto tiempo más habría de pasar antes de tener otro momento de descanso, era hora de despertar y disfrutar de todas las horas de Sol que el día le regalase. Nada más, ni nada menos.
Se levantó de un brinco de la cama, lavó su cara y se aseó rápidamente, antes de salir volando hacia el comedor; el estómago le rugía. Sin embargo, su sorpresa fue enorme cuando, al llegar al salón, lo encontró vacío. No había señales de nadie por ningún lado… y tampoco había comida. Desorientado, se rascó la cabeza. ¿Qué podía hacer pasado para que nadie se presentara al desayuno esa mañana? Algo estaba mal y él no sabía que era.
Entonces, una de las doncellas entró al salón. Era aquella chica de melena azabache y ojos verdes, que hacía babosear a Milo a más no poder. El arquero intentó recordar su nombre, pero no lo consiguió.
—Hola—saludó—. ¿Sabes donde están todos? ¿Y el desayuno? —La mujer sonrió.
—Has llegado tarde. El desayuno terminó hace un par de horas y todos se han marchado.
—¡¿Hace un par de horas?! —¿Cómo era posible que durmiera tanto? Si Aioria no se hubiera marchado a la habitación de Ángelo, aquella terrible tragedia no habría sucedido y tampoco estaría muriéndose de hambre.
—Lo siento. ¿Quieres que pida que te preparen algo?
—Eh… no, gracias—bufó, aunque de inmediato recobró la energía—. Tomaré esto como una oportunidad de ir al Ágora y buscaré algo de comer ahí.
—Suena como un buen plan.
Y sin decir mucho más, se escabulló hacia la salida del Templo.
Cuando se detuvo justo bajo los dos pilares que marcaban la entrada principal, Aioros suspiró con fuerza. El olor del aire era divino; una mezcla de la dulzura de la flores del jardín y de la frescura de la mañana. Sobre su cabeza, el Sol brillaba con fuerza. A lo lejos, hacia el Oriente, sin embargo, un par de nubarrones oscuros pronosticaban tormenta.
En cualquier otro momento, no le hubiera preocupado en lo absoluto. De hecho, hubiera sido una gran bendición que el cielo se abriera y dejara caer un aguacero, pues el calor sofocante de la península griega disminuiría al menos un poco. Pero, extrañamente, al ver las nubes en el horizonte, Aioros se sintió inquieto. Sintió una ansiedad incipiente naciéndole en el pecho, e incluso la brisa, que unos segundos antes le resultara deliciosa, le hizo que la piel se le erizara.
Tratando de sacudirse esa terrible sensación, el Santo de Sagitario apretó los ojos y sacudió la cabeza, para concentrarse solamente en el momento. Retomar todo lo positivo, eso era lo que quería.
—¿Te sientes bien? —Aioros abrió los ojos y miró a su diosa, de pie al lado suyo. Ella le miraba con extrañeza y él sonrió torpemente.
—Si, si. Solo trataba de ordenar mis ideas.
—Comprendo. ¿Ibas a algún sitio?
—Al ágora. Desde que llegamos aquí he querido dar un paseo por ahí, pero hasta ahora no había tenido tiempo y oportunidad.
—Es el momento entonces. Te acompañaré, si te parece.
—Me parece bien.
Se fueron caminando juntos, a través de la ciudad. Hablaron de muchas cosas, aunque ese día en particular, el griego parecía tener problemas para retener las cosas en su cabeza. Como fuera, no pasó mucho antes de que llegaran a su destino. Como siempre sucedía a esas horas de la mañana, la plaza principal era un hervidero de gente.
Se internaron entre la multitud, que comenzó a hacerse más densa conforme se acercaban a la fuente que decoraba el corazón del ágora. Curiosamente, al llegar ahí, la gente alrededor de ellos pareció haberse esfumado. O estaban demasiado ocupados en los tenderetes del lugar, o prestaban atención a cualquier otro detalle que no fueran ellos. Como fuera, la diosa y el Santo tuvieron unos minutos de paz. Se daban por bien servidos con tener espacio para caminar sin que alguien los pisara o arrollara.
—Vaya… no creí que estuviera tan lleno—dijo el castaño.
—Esto siempre es así.
—¿Crees que alguno de los chicos esté por aquí?
—Quizás…
—¡Será imposible encontrarles aquí! ¡Rayos!
—Mira bien. Tal vez puedas encontrarles entre la gente. —Athena se giró, dándole la espalda y sembrando los ojos entre la multitud a su alrededor.
Aioros hizo como dijo la morena. Rebuscó entre las decenas de rostros desconocidos por alguno de sus amigos. Todo lo que vio fueron caras en blanco. De pronto, entre todo ese caos, distinguió a Shura.
—¡Ahí está Shura! Le llamó por su nombre y alzó las manos en el aire para llamar su atención. —¡Shura! ¡Shura! —El español notó su presencia y se aproximó a él, con zancadas.
Pero, para su sorpresa, el Santo de Sagitario notó que la atención de su amigo no estaba en él, sino en la mujer parada a su lado. El corazón le dio un brinco dentro del pecho. Recordó la conversación que tuvieran en el pasado, cuando el español le había confesado lo que sentía por ella. En ese momento, Aioros se había sentido preocupado, pero ahora estaba aterrado. ¿Qué había pasado? ¿Qué había hecho Shura?
Intrigado, entrecerró los ojos y miró de uno a otro. Algo estaba mal. Algo no le encajaba en la cabeza.
—¿Qué…? ¿Está todo bien? —No esperaba que le respondieran con la verdad, pero tenía que preguntar.
—Sí, sí. No les había visto—respondió el moreno. Sin embargo, aunque hablaba con Aioros, sus ojos estaban en Athena.
—Oh, por los dioses…—musitó el griego cuando fue completamente ignorado por ambos. Solo tenían ojos, el uno para el otro. Se llevó la mano a la frente, pensando en las miles de consecuencias que habrían si sus sospechas resultaban ser ciertas.
—"Mátala y todo habrá terminado". —La voz dentro de su cabeza tomó control sobre él. Su cuerpo dejó de responderle, a pesar de que mente cayó en pánico.
—No voy a hacerlo… yo… no puedo…—susurró para si mismo. Hubiera querido gritar para advertirles de la catástrofe que se venía, pero incluso su voz parecía traicionarle.
—"Lo harás. Me perteneces ahora y para siempre. Termina con esto".
—No…
Pero la resistencia se le agotaba. Su cuerpo se movió sin que él pudiera evitarlo. Tal como decía la voz en su cabeza, él le pertenecía. Sintió una gota de sudor frío corriendo por su frente y maldijo el momento en que había vendido su alma por nada. Sabía que todo lo que sucedía era obra de Ares y del ceñidor. Nunca se había sentido tan desvalido, ni tan asustado.
Sus dedos rozaron la piel de Athena, sin que ella viera venir el peligro. Apretó las manos alrededor de su cuello, hasta escucharlo crujir. Solo podía ver la silueta de su diosa desvaneciéndose entre sus brazos, mientras el rostro de Shura se desfiguraba con terror. Ahogó un grito de dolor y de rabia en medio del pánico, sin que Aioros pudiera explicarle sus motivos. Entonces, Excalibur brilló, con la misma intensidad y odio con la que se blandiera durante el enfrentamiento del Santuario, cuando tan solo eran unos niños.
El castaño sintió el filo de la espada legendaria abriéndole la piel. Sintió el ardor y el intenso dolor de la carne abierta. El calor de la sangre corrió por su cuerpo.
Y en ese instante, cuando el dolor se sintió insoportable, despertó.
Se sentó en la cama con un grito sordo y bañado en sudor. La brisa de la mañana, esa que se colaba por su ventana, se sentía helada al rozar con su ropa empapada. Sus rizos enmarañados estaban pegados a su frente, mientras sus pulmones no se daban abasto. Su corazón parecía dispuesto a romper su pecho para abandonarle el cuerpo y sentía que la cabeza la estallaría en cualquier instante.
Se llevó las manos a la cara, tratando de ahogar algún sollozo de pura desesperación. Había sido una pesadilla, pero había sido tan real que estaba temblando. Lo que era peor: ese mal sueño podía convertirse en realidad. Había algo malo dentro de él, algo que él mismo había buscado y que ahora no podía controlar.
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—¡Cielos! Pensamos que habías caído en coma y comenzábamos a decidir como nos dividiríamos tu desayuno.
—Buenos días para ti también, Milo—respondió Aioros ante el peculiar y fastidioso saludo, antes de tomar el único asiento vacío de la mesa. Ni siquiera notó los rostros demacrados de más de unos de sus compañeros, como consecuencia de una noche de poco sueño y mucho ouzo. —Perdón por la tardanza. Dormí de más. —Se revolvió el cabello con cierto nerviosismo; las pesadillas no le salían de la cabeza. Saga y Shion entrecerraron los ojos casi a la vez; en lo que a ellos respectaba, el castaño lucía más serio que de costumbre.
—No te preocupes. Sé que están cansados.
—Espero que al menos la noche les bastara para recuperarse un poco. —Athena complementó a Shion.
—Mucho. —Aunque más de uno de los chicos bajó la mirada ante el obvio sarcasmo en el comentario de Kanon.
Dohko fue el único que esbozó cierta sonrisa divertida. En realidad, aunque no habían dormido tanto como esperaba su diosa, la noche sí que les había servido para liberar tensión. Era agradable poder tomarse un trago sin pensar en las consecuencias y reír con tanta fuerza que el único dolor que importaba era el de su estómago. No era algo que repetiría muchas veces en su vida, pero debía admitirlo: Milo había acertado con esa idea.
Por primera vez en muchísimo tiempo, vivían el presente, sin mirar más allá. Habían encontrado amigos nuevos y también se habían reencontrado con ellos mismos, como hermanos de Orden que eran.
—Hay algunos asuntos que quisiéramos discutir con ustedes—dijo Shion, justo en el momento en que las doncellas del templo comenzaron a llegar al salón, con las viandas que desayunarían—. Athena y yo hemos hablado de las misiones que quedan por delante y trazamos un plan del que nos gustaría hablarles. Al final de cuentas, su opinión será la definitiva.
—Creí que no se hablaba de negocios en la mesa—Kanon contraatacó. Milo, en cambio, tomó como broma el comentario del geminiano.
—Oh, hablamos de más que negocios, hijo.
El peliazul torció la boca. Si algo siempre le había sacado de juicio acerca de Shion, era esa capacidad de mantener la calma a pesar de todos sus embates; y le molestaba, pero no por las razones que uno creería. Le enfadaba porque le hacía recordar que esa paciencia infinita era solamente propia de un padre hacia su hijo… y viéndole de ese modo, era imposible presionar hasta hartarlo.
—¿Qué tienen en mente? —Shura se adelantó a cualquier posible embate del gemelo. Tomó un trozo de pan de avena y lo mojó en un poco de miel para darle sabor.
—Todavía tienen cinco retos más por delante, y todos ellos se encuentran en lugares remotos, separados por cientos de kilómetros entre ellos—explicó el lemuriano—. Aunque pueda resultar más complicado, quizás la mejor opción sea dividirse por esta única ocasión. Dependiendo del resultado, entonces podríamos decidir que hacer con el resto de las tareas.
—Mayormente, dependerá de lo seguros que puedan sentirse, o no.
—Con todo respeto, princesa, hay un par de tareas que simplemente no nos veo haciendo separados. —Milo bebió un sorbo de aquel té de color penetrante, solo para arrepentirse un rato después. Trató de lucir demasiado asqueado y, de inmediato, mordisqueó un pedazo de fruta con la esperanza de quitarse el mal sabor de boca.
—El viaje al Inframundo no lo harán solos.
—Claro que no. Tampoco iremos a limpiar mierda de vacas en grupos pequeños. Si unos tienen que ensuciarse las manos, todos tendrán que hacerlo.
—Siempre tan atento, bicho.
—No es nada personal, felino.
—¿Qué pasó con el espíritu de sacrificio? ¿Por qué tenemos que ensuciarnos las manos todos, si con la mitad de nosotros basta? —Ángelo masculló, con la boca llena.
—Oye, siempre puedo dejar que tu tomes el humilde papel de cooperación y sacrificio.
Divertido, el italiano ensanchó su sonrisa cínica sin dejar de masticar. Desde siempre, Milo le había resultado de lo más divertido y entretenido para molestar. Con el paso del tiempo, también había aprendido a ser afilado y rápido de mente, lo cual le agregaba cierto encanto.
—Si tomamos en cuenta el comentario de Milo, significaría que, aunque nos dividamos en las siguientes tareas, las tres últimas implicarían que trabajáramos juntos para conseguirlas—acotó Shaka—.Dividirnos en esta misión no significaría grandes ventajas respecto al tiempo.
—En realidad, separarse esta vez sería más provechoso de lo que piensan. —Con una sincronización perfecta, Herse entró a la habitación tan pronto Athena había comenzado a hablar. Saludó a los chicos con una reverencia y con una esplendorosa sonrisa, tan propia de ella; y tras echar un vistazo rápido a cierto Santo en particular, se mantuvo de pie al lado de su señora. —¿Trajiste lo que te he pedido? —Le preguntó la morena. La joven sacerdotisa asintió.
El resto de las doncellas ayudaron a retirar los platos frente a la diosa mientras Herse extendió los pergaminos sobre la mesa. Toda vez que el papel viejo estuviera en su sitio, Athena pasó los ojos sobre él, rápidamente. Ninguno de los Santos dijo nada, pero la curiosidad los había picado.
Shion pareció leer sus mentes e, internamente, sonrió. Durante las semanas que habían tomado a sus chicos volver a casa, él y la diosa se habían mantenido ocupados planeando cada detalle del futuro con un obsesión absoluta. Admitiría que Aretha había sido terriblemente útil y aplicada en su parte de la planeación. Su habilidad para recorrer kilómetros en cuestión de segundos les había proveído de un par de ojos en tierras lejanas, más allá del Gran Mar. De ese modo, y con su ayuda, habían encontrado la forma de no enviar a los chicos a ciegas. Tenían suficiente información para preveer algunos posibles contratiempos.
—Shion y yo hemos pensando en que las siguientes dos tareas deberían ser el toro de Creta y las yeguas de Diomedes—dijo ella, por fin—. De ser así, irían en direcciones opuestas: Creta se encuentra al Sur de Atenas, en medio del Gran Mar, y Diomedes habita en el Oriente, más allá de las tierras troyanas, cerca del mar oscuro. —Apuntó ambas direcciones en el mapa.
—¿De nuevo al mar? —Kanon no estaba mínimamente entusiasmado… ni él, ni nadie más en esa mesa.
—He hablado con Ganímedes; él y su tripulación van hacia el Sur. No se quedarán en Creta, pero la isla se encuentra a su paso y no tendrían problema en dejarles ahí.
—¿Y los que van hacia oriente?
—Tengo a la persona adecuada para llevarles. —La sonrisa en el rostro de Athena les dejó con una curiosidad aún mayor. Ciertamente, ella parecía divertida de intrigarles. —Si llegamos a un acuerdo sobre esto, yo misma les llevaré a conocerle mañana.
—¿Han decidido cuales serán los equipos para cada misión?
—Más o menos—respondió Shion. En realidad, lo tenía bien claro ya.
—¿Y bien? —Shaka insistió.
—Pues… —El Patriarca esperó porque Athena les respondiera. Sin embargo, ella le cedió ese honor. —Pensamos en que el primer grupo estaría conformado por Milo, Camus, Mu, Shaka, Aioria y Ángelo. —Los aludidos levantaron una ceja e intercambiaron miradas. El resto de los chicos no estaban menos intrigados con la idea. —Obviamente, el segundo grupo serán aquellos que no he nombrado.
—¿Viajarás con nosotros? —Saga cuestionó a Shion. A Aioros, el hecho de que el gemelo abriera la boca le pareció un milagro.
—No, me quedaré aquí y manejaré todo desde lejos.
—Shion es la ventaja que los demás dioses no esperan. Debemos esperar por el momento adecuado para mostrar nuestros planes; ni antes, ni después.
El Santo de Géminis torció la boca. Sabía que su diosa estaba en lo cierto. Pero, en lo que a él respectaba, hubiera preferido que Shion se mantuviera cerca de ellos. Al menos se sentiría un poco más seguro.
—Creo que nosotros podríamos tomar la misión de las yeguas, ir hacia el Oriente—dijo Shaka.
—¡¿Qué?! —Milo se inquietó. No tenía deseo alguno de acercarse a Troya de nuevo.
—Yo estoy de acuerdo con que sea así.
—¡Claro que estás de acuerdo, Kanon! ¡Nadie querría acercarse al rey loco de nuevo! —El menor de los gemelos entrecerró los ojos, a sabiendas de que sus motivos para mantenerse lejos de Troya eran otros. Sin embargo, estaba bien que el escorpión dorado tuviera sus propias ideas. —¡Esta vez va a secuestrarnos en serio!
Camus se llevó la mano a la frente. Ni el ouzo, ni el tinte purpúreo en la piel, habían hecho que Milo dejara de lado su faceta dramática.
Secretamente, el Santo de Acuario también tenía sus recelos acerca del gran plan. Él tampoco se sentía entusiasmado de dar marcha atrás y recorrer nuevamente el tortuoso camino hacia Troya. Pero también sabía que aquel viaje sería una bala imposible de esquivar. Todo lo que el francés deseaba era terminar de una vez por todas con las malditas tareas y regresar a casa.
—No es necesario detenerse en Troya, Milo—explicó el Patriarca—. Ciertamente pasarán muy cerca de la bahía, pero pueden seguir el camino hacia el Norte.
—Aún así…—bufó.
—¿Qué opinan los demás?—cuestionó al resto de los involucrados. Shaka y Milo habían dejado bien en claro sus opiniones opuestas.
—Yo no tengo ninguna objeción. —Camus respaldó la respuesta de Mu, con un suave movimiento de cabeza, ganándose una mirada asesina por parte del escorpión dorado.
—Pues yo no conozco Troya. Quizás debamos ir de turismo por ahí. —Aioria sonrió cínicamente, divertido por la reacción de Milo.
—Secundo la idea, minino.
—¡Silencio! ¡Silencio ustedes dos! ¡Cuando están juntos son… son…! ¡Argh! —La explosión del peliazul más joven hizo que Ángelo y Aioria estallaran en risas. Por lo bajo, el resto de los chicos también sonrieron.
—Vamos, dejen a Milo en paz.
—Perdona, Maestro—carraspeó Aldebarán y el orden regresó provisionalmente—. ¿Eso significaría que el resto de nosotros iría a Creta?
—Así es.
—No me parece mal. —El toro dorado recorrió los rostros del resto de sus chicos. Era un secreto que solo se confiaría a si mismo, pero estaba emocionado de poder participar en la misión que pertenecía a su signo.
—Tampoco tengo objeción.
Aioros levantó el vaso de agua de avena y bebió un sorbo. Poner un poco de distancia entre él y el ceñidor era justo lo que necesitaba. Había pensando que al llegar a Atenas tendría un remanso de paz. En vez de eso, había despertado con la sombra de la duda encima de él.
Todavía no se explicaba como sobrevivió a aquel tortuoso viaje, lidiando con la voz oscura dentro de su cabeza. Sin embargo, las condiciones eran que regresaran hasta la ciudad con aquel objeto del mal. El arquero nunca había tenido opción: resistir y resistir, recordarse a sí mismo quien era y lo que era realmente importante para él. Era Aioros de Sagitario, Santo de Athena, y solo a ella servía. Eso era todo lo que tenía que pensar.
—¿Cuándo nos vamos? —Kanon volvió a tomar la iniciativa.
—Pensaba en que partieran mañana, o quizás el día que le sigue—respondió la divinidad. Ella hubiese querido tenerles cerca más tiempo, pero también sabía que deseaba que terminaran de una vez por todas con el motivo de su visita a esos tiempos.
—Pues que no se diga más. —Ángelo tomó la palabra. —Continuemos con toda esta mierda.
Recibió una mirada de reprimenda por parte del lemuriano peliverde. Sin embargo, al italiano le importó poco. Tristemente, lo que le robaba el sueño no eran las misiones, sino todo lo que crecía alrededor de ellas. Él todavía tenía cuentas pendientes con un montón de gente en ese sitio. Su prioridad eran sus críos, y después ajustaría cuentas con Artemisa; la haría arrepentirse de joderles la vida.
Pero Ángelo no era un tipo que se corriera con prisas. Todo el mundo lo veía como un hombre sumamente visceral e impulsivo, pero él sabía que era mucho más que eso. Si se daba la oportunidad, y especialmente cuando odiaba tanto a alguien, podía tomarse su tiempo para planear la más viciosa de las venganzas. En ese caso, haría precisamente eso.
—Entonces, ¿están todos de acuerdo? —Milo respondió a la pregunta de la morena con un gruñido. ¿Qué más opción tenía? En el fondo, pensaba que casi era mejor pasar semanas en un barco, que sobre un caballo.
—Si no hay inconvenientes, me pondré a afinar los últimos detalles.
Un extraño silencio se apoderó de la mesa. Ninguno supo definir que encerraba exactamente. ¿Era preocupación? ¿Acaso se trataba de ansiedad? ¿Temor a lo desconocido? ¿Emoción? Quizás era todo a la vez.
El resto de la comida procedió entre conversación insulsa y sin verdadera relevancia. Las mentes de cada Santo estaban en otro sitio, muy lejos de ahí; estaban centradas en el futuro. Más tarde deberían prepararse para la aventura que comenzaría el día siguiente. Por lo pronto, ese último día de descanso se sentiría tan corto como un suspiro.
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Aún después de que todos se levantaran y abandonaran la mesa del salón, Dohko se quedó sentado por unos minutos más. Estaba algo pensativo como consecuencia de la conversación durante el desayuno. Apenas había pronunciado palabra, pero eso no significaba que tuviera su propia opinión al respecto. De hecho, tenía más de una.
Pensar le había dejado aletargado. Tenía claras muchas cosas, y otro tanto, las tenía completamente oscuras. ¿Se sentía aliviado de tener a Shion ahí? Sí, eso era innegable. Pero ahí iban de nuevo, a perderse en aquel mundo mítico y legendario, que parecía odiarles con todas sus fuerzas. Era como si sus enemigos brotaran de la tierra, cual flores. Incluso era peor, pues el peligro que les acechaba era mucho más poderoso que ellos mismos: era divino.
Por fin, se animó a levantarse lentamente. Antes de marcharse, bebió el último trago de leche endulzada con miel que quedaba en su copa. Muy a pesar de todo, debía comenzar el día para aprovechar el efímero descanso que la visita a Atenas les brindaba.
Sin embargo, justo cuando salía, alguien más entró al salón y chocaron de frente.
—¡Herse! —La saludó. Había estado tan ocupado con sus problemas, que se había olvidado de la esplendorosa sonrisa que la doncella siempre tenía para con ellos. —No había podido saludarte. Miles de disculpas por haber retrasado esto.
—No hay nada que disculpar. También he estado ocupada.
—Es una locura, ¿cierto? Cada vez que llegamos a este sitio, ponemos las cosas de cabeza.
—Hay muchos preparativos, ciertamente.
—Ya lo veo. Athena siempre tiene todo bajo control aquí.
—Así es. Cada detalle es importante. —Asintió la chica. Rió por lo bajo, contagiando al Santo con su sonrisa. —Pero, dime, ¿estás feliz de tener a Shion aquí? Es un gran tipo, ¿sabes?
—Lo sé, lo sé. Hemos sido amigos por más años de los que pueda recordar y espero que sea así por mucho tiempo.
No mentía. A pesar de todo lo que habían pasado juntos, de los errores y los malos ratos, las muertes y la tristeza, Shion siempre sería la constante en su vida. Una amistad como la suya era invaluable. Agradecía a los dioses por permitirle tenerlo a su lado.
—Es una gran bendición tenerlo aquí con nosotros—continuó ella.
—Cierto, es solo que…—Sopló sus flequillos—. No sé si quiero verlo arriesgando todo por nosotros. De alguna manera, él estaba a salvo. Ahora estará en la mira de todos los dioses; su cabeza tendrá más valor para ellos que su vida. Es aterrorizante pensarlo así.
—Entonces no lo hagas. —La rubia acarició su brazo con suavidad, esperando que pudiera reconfortarlo. —Él estará bien. Athena lo cuidará a costa de todo.
—Me gustaría poder hacer más por todos.
—Sé como te sientes.
Le tomó de la mano y cruzaron miradas. Fue tan solo un segundo, pero bastó para que se entendieran sin necesidad de palabras. Dohko sabía que ella no le mentía y Herse sabía que él comprendía.
La princesa bajó la mirada por un segundo, para centrarla en el dije que Hermes le había regalado semanas atrás. Era un impulso que se había convertido en manía. Cada vez que se ponía nerviosa, la energía de aquella preciosa joya le devolvía un poquito de paz. No entendía bien el por qué funcionaba de ese modo, pero lo hacía.
—¿Es nuevo? —La pregunta de Dohko la sacó de balance. Asintió torpemente, sin decir nada más. —Es bonito… y raro. Nunca había visto nada igual.
—Es un regalo, de un viejo amigo.
—¿Puedo tocarlo?
—Claro.
El Santo de Libra tomó con cuidado la pieza entre sus manos. La textura de la piedra era fina y elegante, frágil como el vidrio, pero fuerte como el diamante. Sintió algo diferente que emanaba del dije. Sentía energía fluyendo a través de él. Sin embargo, no podía definir su naturaleza. Solamente sabía que la cosmoenergía era pura y cálida.
Con toda su experiencia, estaba realmente intrigado con aquella hermosa roca. En su interior, nació un presentimiento. Pero, ¿era un buen presentimiento? O, ¿era malo?
—Es un regalo muy especial.
—Es un regalo que no esperaba—complementó la sacerdotisa—. No sé muy bien lo que significa o lo que es, pero hice la promesa de mantenerlo cerca todo el tiempo. Admitiré que me gusta mucho también.
—Ya lo dije antes: es precioso. —Herse sonrió y él correspondió su sonrisa. —Igual que tu sonrisa.
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En medio de la eterna oscuridad, Phineas escuchó los pasos presurosos que iban hacia ella. Por la falta de simetría en el sonido, supo inmediatamente que se trataba de Tarsila y de su cojera crónica, que empeoraba con el tiempo. También oyó el golpeteo de los frasquitos de cristal, donde la mujer tomaba los ingredientes a mezclar para el remedio que le daba todos los días.
La vieja había hecho todo un ritual de eso. Cada día, antes de que el desayuno le fuera servido, ella estaba ahí, para moler un montón de hierbas de olor fuerte que, según decía, la ayudaría a recuperar la salud lentamente. Pero Phineas sabía que la vida de sus ojos jamás volvería.
—¿Estas bien?—preguntó. La anciana le agradaba, pues sentía que sus intenciones de ayudarla eran sinceras. —Te oyes agitada.
—Se me ha hecho tarde esta mañana.
No se explayó más. Tal como había dicho, las pocas horas de ese día habían sido agitadas para ella. No se había quedado dormida, ni había perdido el tiempo. Desde antes del alba, Tarsila había despertado bajo el llamado de Mirra. Juntas había descendido hasta las catacumbas del palacio, habían atravesado el sinfín de pasillos mohosos y sucios, para llegar a la prisión de Hipólita.
A la curandera le preocupaba seriamente la salud de la reina. La falta de Sol, de comida y de cuidados se hacían visibles en ella con cada día que pasaba.
Se había esmerado en prepararle remedios que suplieran sus carencias. Había releído todos los trabajos que existían sobre su oficio, esperando encontrar la mejor solución para la Amazona. Entonces, se había esmerado por hacer su mejor trabajo. Aunque se decía para si misma que su incansable labor era una pequeña muestra de la lealtad que alguna vez le debiera a Hipólita, en el fondo, también sabía que si quería conservar la cabeza en su sitio, debía ganarse los favores de la princesa troyana. Mientras fuera útil, continuaría con vida. Cuando dejara de ser indispensable, Mirra pediría su cabeza para silenciar a su lengua.
Suspiró, con todos esos pensamientos merodeando en su cabeza. Quizás lo hizo con demasiada fuerza, pues de inmediato Phineas se puso en alerta.
—Ten—dijo la anciana. Phineas sintió las manos arrugadas y calludas tomando las suyas, para entregarle el pequeño envase de barro, repleto del jugo de hierbas medicinales. —Recuerda beberlo todo. Le he añadido un par de cosas nuevas, así que tendrá un sabor más amargo que de costumbre.
—Gracias. —No replicó, ni hizo gesto alguno mientras bebía hasta a última gota del remedio a pesar de que el sabor era muy fuerte y se impregnaba en la lengua.
—No hemos hablado a detalle en los últimos días—acotó la curandera—. ¿Te has sentido mejor? ¿Cómo va el dolor?
—No te mentiré. A veces, por las noches, el dolor me despierta. Es como si el filo de una daga se clavara de nuevo en mis ojos. No sé si algún día cesará—respondió, mientras bebía un poco de vino terciado, con la esperanza de enjuagar el sabor amargo de su boca—. Por lo demás, mi cuerpo se siente más fuerte. Ya puedo moverme con relativa facilidad por mis aposentos; dependo menos de mis doncellas.
—Eso es bueno.
—Lo sé. Me acostumbro de a poco a mi ceguera.
—¿Y los sueños?
—Esos nunca se irán. —Lentamente, la peliplateada se puso de pie. De inmediato, Tarsila se acercó para ayudarla a desplazarse. —Esos sueños son mi don; mis bendiciones y también mis maldiciones. No siempre son malos, ¿sabes? Cuando uno comprende que el destino obra a su modo, se vuelve más fácil aceptarlos.
—Y, ¿qué es lo que Apolo te ha mostrado para nosotros?
Phineas sonrió. Se afianzó del brazo de su curandera y caminó con pasos firmes hasta su lecho, donde las doncellas esperaban por ella para vestirla y peinarla. Sin embargo, en un movimiento inesperado, la joven las despidió.
—¿Podrías ayudarme, Tarsila?—pidió.
—Por supuesto.
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Tarsila se sentía intrigada, le resultaba imposible no estarlo. Había hecho una sola pregunta: ¿qué veía Phineas en el futuro para ellos? Y, por la forma de actuar de la oráculo, tenía la impresión de que la respuesta que tendría era mucho más grande e íntima de lo que estaba esperando.
Eligió una túnica de un suave color rosa para la joven. Pensaba que el color ayudaba a disimular la extrema palidez en su rostro, producto de los múltiples altibajos por los que salud había pasado. Después, recogió el cabello color plata en un peinado alto, muy adecuado para la ola de calor por la que atravesaba la Ciudad de las Murallas; y trenzó hilos de bronce por su cabellera que le dieron un brillo especial.
—Debes prepararte. —La pitonisa rompió el largo y tedioso silencio.
—¿Prepararme? ¿Para qué?
—Si la reina esta encinta, serás tú quien defina el futuro de ella y de la criatura también.
—¿Yo?—preguntó, sin disimular su sorpresa. Phineas era en verdad una elegida de Apolo si conocían la verdad sobre la reina Amazona. Pero, su verdadera pregunta era "¿Si…?". ¿Por qué Phineas, quien miraba de frente al futuro, no podía confirmarle el estado de Hipólita?
—Eres más que un simple peón en este mundo convulsionado.
—Ay, niña, me das más importancia de la que merezco.
—No lo creo así, y tú lo sabes bien. —Tarsila no la contradijo más. Simplemente se limitó a mantener la boca cerrada. —¿Vas a decirme que podrás mantenerte alejada de lo que suceda aquí? Oh, Tarsila, ya estás siendo parte del destino y ni siquiera puedes notarlo. Te necesitan más de lo que crees. —La anciana selló sus labios y trató de no pensar al respecto. Sin embargo, ahora las palabras de Phineas estaban en su cabeza.
Tendría que darle la razón al decir que no podría enajenarse de toda la situación. Los problemas recién comenzaban y ella ya se encontraba en medio de todo, con una lealtad divida entre su pasado y su presente. Al final, si la protegida de Apolo tenía razón, Tarsila tendría que tomar una decisión crucial, no solo para su futuro, sino para el de alguien más. Eso no le gustaba en lo absoluto. Lo último que quería era ser la persona que tomase las decisiones… fueran buenas, o malas.
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Sentada en la habitación que ella misma había dispuesto para atender asuntos oficiales, la diosa de la sabiduría mantenía la cabeza en cualquier sitio, menos ahí. Probablemente nadie había notado su falta de atención. Sin embargo, por ese día, Athena sentía la urgente necesidad de olvidarse de todo para disfrutar del mundo de afuera. Por una vez tenía verdaderos motivos para darse una descanso y también tenía un acompañante del que quería aprovechar cada momento que le regalase.
Levantó la vista cuando Néstor se dirigió específicamente a ella. Tenía un respeto absoluto por aquel hombre y, en ocasiones, no sabía que haría sin él. Era su mano derecha y su amigo.
—He enviado aviso a Ganímedes y también a Bemus. Todo está en orden para la partida de los Santos—dijo el viejo.
—¿Bemus ha aceptado?
—Sabes que el chico pasa por un momento difícil, pero no hay nada que pueda negarte, princesa.
—Espero que haya encontrado la paz que necesita.
—Es valiente, fuerte y obstinado. —Néstor suspiró—. Si vienes mañana al puerto, a despedirlos, podrás constatarlo por ti misma.
—Estaré ahí. —Esbozó una sonrisa. Después, recorrió con la mirada los rostros de todo su equipo. —¿Hay algo más que debamos tratar sobre este tema?
—No, señora. Creo que todo está listo para la partida de los chicos.
—Bien. —Athena suspiró, quedándose pensativa por un instante. Sus Santos solo habían estado en la ciudad por un par de días, lo cual le había resultado tan breve como un parpadeo. Deseaba que pudieran quedarse por más tiempo. Sin embargo, comprendía la imperante necesidad de que terminaran con sus tareas. —Pues, si no hay nada más…—se puso de pie y el resto de su comitiva la imitó como muestra de respeto. —Saldré a cabalgar. Búsquenme si es necesario
Reverenciaron cada paso que dio hasta que abandonó la habitación. Tan pronto se sintió libre, la diosa sonrió. El día aún era joven y, si tenía suerte, podría sacar provecho de él. Las cuadras del palacio no estaba muy lejos; durante el camino vería si conseguía encontrar a Shura, para robarle unas pocas horas solo para ella.
En adición, Athena adoraba montar. Los días como aquel, soleados y con cielo azul hasta donde alcanzara la vista, eran los mejores para salir a correr con el viento en la cara. Los caballos eran de sus bestias favoritas; no solo le recordaban la gran victoria sobre Poseidón por su ciudad, sino que también le brindaban un sentimiento de libertad y de fortaleza que pocas cosas podían igualar. Por esa razón, cuando tenía tiempo para ella, tomaba al mejor corcel de los establos reales, al más rápido, y salía a cabalgar alrededor de la ciudad.
Adrede, decidió desviar el camino y tomar la ruta larga. Su plan funcionó: unos minutos más tarde, su mirada encontró a Shura vagando cual alma en pena por el enorme templo.
—¡Hey!—saludó—. ¿Estás solo?
—Los chicos salieron a pasear.
—¿Por qué no fuiste?
—No tenía deseos de ir por ahí, sin rumbo. —En realidad se había quedado por ella. Athena lo sabía, Shura también. —¿Terminaste con tus obligaciones?
—Sí, todo está listo.
—Y, ¿vas a algún lado?
—A la cuadra. Sacaré a Melancton de paseo.
—¿Melancton?
—Mi corcel favorito.
—Es un gran nombre.
—Lo sé. ¿Quieres venir?—preguntó, ansiosa por una respuesta, pero tratando de disimularlo.
—No vamos a compartir montura, ¿cierto?
—Oh, por Zeus. ¡No, no! —Rió la morena. —Te conseguiré tu propio caballo.
—¿Puedo elegir?
—Sí. —Retomaron el paso hacia el patio. —Pero tengo uno perfecto para ti: Pythia. —Shura entrecerró los ojos. —No pongas esa cara. Es una yegua palomina preciosa. Su pelaje brilla como el oro y sus patas corren como el viento. Te encantará. Podría decir que casi puede ser tan rápida como Melancton. Casi.
—Será un paseo interesante.
—¿Sí? —Ella lo miró de reojo y él hizo lo mismo.
—Sí. ¿Sabes por qué?
—¿Por qué?
—Porque pienso ganarte en una carrera alrededor de la ciudad.
El español dejó escapar una carcajada y apuró el paso. Detrás, ella hizo lo mismo. Llegarían a las cuadras, ensillarían a los caballos y abandonarían la prisión que era el palacio. Afuera, flotando como el aire, en un mundo que los observaba, pero que a ellos no les importaba, se acompañarían hasta que el día terminase.
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El Ágora no era en lo absoluto como lo había soñado. Ciertamente rebosaba de gente, pero se podía caminar sin problemas y se podía mirar cada tenderete con calma, hasta encontrar cualquier cosa que uno estuviera buscando. Como fuera, el paseo al aire libre le había hecho mucho bien a los ánimos Aioros.
Saga, en cambio, estaba completamente aburrido. Oteaba a su alrededor, bosteza, giraba los ojos y volvía a bostezar. De vez en cuando se quedaba pensativo, encerrado en esa cabeza suya que solo él sabía comprender.
Sorpresivamente, Kanon había decidido ir con ellos. Aioros esperaba que el gemelo menor fuera a refugiarse de inmediato a su habitación, a morir de asco por todo el exceso de ouzo que había bebido la noche anterior. Camus, Milo y Aldebarán también se había invitado a la pequeña excursión.
De los cuatro, el toro dorado era quien más disfrutaba del paseo. Había comprado algunas cosas para el viaje y había convencido a Milo de hacer lo mismo. Tenía algo de ropa y algunas golosinas de frutas secas para deleitarse en la larga travesía que empezaría la mañana siguiente. La idea, al menos al escorpión, le había encantado. Camus había puesto un poco más de resistencia, pero al final, también había cedido y había comprado un poco de los dulces.
—Creo que también deberíamos llevar unos cuanto—acotó Aioros.
—Puedes comprarlos tú, porque yo no tengo dinero.
—¿Cómo que no tienes dinero?—preguntó a Kanon—. ¿En qué lo has gastado todo? Al menos hoy, no has gastado una sola moneda de bronce.
—Pues no tengo nada. —Aquello era una vil mentira y el arquero lo sabía. A pesar de todo, decidió ignorarlo. Ya sabía como terminaría la historia: tan pronto subieran al barco, Kanon encontraría el modo de robarse y comerse las provisiones que Aldebarán y él pensaban en formar.
—¿Saga?
—¿Qué?
—¿Tú tampoco comprarás algo?
—No veo chocolate por ningún lado. —Meneó la cabeza. El chocolate era otra de las muchas cosas que echaba de menos de la Era Moderna.
—Pero hay otros dulces por ahí.
—Pero no hay chocolate.
—¿Y eso qué? Hay cientos de golosinas que puedes comer.
—Pero no hay chocolate, Aioros.
—A veces tú y Kanon son demasiado parecidos—bufó. La afirmación del castaño hizo que los gemelos alzaran una ceja y esbozaran aquel gracioso gesto a la vez. —Justo como ahora.
—No eres gracioso.
—No lo soy. —Sonrió con ironía. Milo y Aldebarán rieron por lo bajo.
Aioros hizo el trato y pagó un par de monedas de bronce a cambio de un montón de fruta seca con caramelo. Se aseguró de guardar bien su compra, lejos de mano curiosas y prosiguió el camino.
Pero, de pronto, sintió que perdía el equilibrio. Uno de sus hombros pesaba más y se fue de lado. Medio segundo después, el peso cambió al otro hombro y se fue en sentido contrario. Una ráfaga de viento hizo un remolino a su alrededor, sin que él pudiera evitarlo. Su cara mutó a un gesto de verdadera preocupación. El resto de sus compañeros lo miraban entre confusión y diversión.
—¡Te asusté! —El rostro de Aretha se formó entre el aire, con una enorme sonrisa traviesa en él. Fue entonces cuando los chicos estallaron en risas.
—¡¿Quieres matarme?!
—¡Es divertido molestarte!
—¡La ninfa tiene razón! —Kanon se burló. Con ello, se ganó una mirada asesina del arquero.
Mientras intentaba acomodarse los rizos revueltos del mejor modo posible, el Santo de Sagitario gruñó. Sacudió el polvo imaginario de su ropa y la acomodó. Su ego estaba un poquitín herido al haber caído en el juego de la pelirroja.
Pero sus gestos de indignación salieron contraproducentes. Lejos de tomárselo en serio, los demás chicos los encontraron especialmente graciosos.
Saga trató de no reírse demasiado alto. Tenía la impresión de que, si lo hacía, Aioros le lanzaría uno de esos golpes que solían dislocar mandíbulas. Uno nunca debía jugar con el ego herido de un Santo Dorado, por muy noble que éste pudiera ser. Además, el hecho de que Kanon tuviera una gran bocota y de que él fuera su gemelo, le jugaban en contra.
Ahogó una risa y volteó el rostro, perdiendo la mirada entre la multitud. Sin embargo, mientras paseaba los ojos, creyó ver algo que le borró la sonrisa.
Entre las decenas de rostros que los rodeaban, distinguió fugazmente la cara de una de las Gracias. El corazón le dio un brinco dentro del pecho al verla. Ella lo miraba fijamente, como si sus ojos pudieran transmitir un mensaje que era solo para él, pero que no podía entender. Entonces, pestañeó y la imagen desapareció. Trató de buscarla entre el gentío, con la esperanza de preguntarle por Afrodita. La mujer no estaba por ningún lado; se había esfumado como el viento.
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—Maestro, ¿estás ocupado?
Shion levantó la vista de su viejo pergamino y centró sus ojos amatista en Aioria. El Santo de Leo le sonrió con cierta torpeza, que al mayor le recordaba los días en que no era más que un pequeño cachorro.
—Nunca estoy demasiado ocupado para ustedes. Adelante, hijo, adelante. —El castaño entró, no sin cierto aire dubitativo. Sonrió cuando estuvo cerca del lemuriano y se sentó a su lado, en una mesilla de mármol que tenía junto a la ventana, donde la brisa matutina se sentía sumamente agradable. —Sé que sueno repetitivo y sobre protector, pero ¡por Athena! Estoy muy feliz de saber que están a salvo.
—Bueno, nosotros estamos muy felices de haber regresado.
—¿Cómo han sido estos días?
—Una locura, a decir verdad. Fabulosos, a la vez. Nunca imaginamos que volveríamos, así que ya puedes hacerte una idea de lo que sentimos.
—Lo imagino. Pero mi pregunta es: ¿todo está en orden?
Aioria sonrió. Sin embargo, incluso el Patriarca no supo interpretar aquel gesto. Quiso pensar que el chico no le engañaría y que, de verdad, las cosas habían mejorado. Si algo iba mal, confiaba en que Aioria acudiera a él para ayudarle.
—Diría que, en su mayoría, las cosas caen en su sitio—respondió al fin.
—Eso es magnifico, Aioria. —El lemuriano lo vio asentir con insistencia, más no escuchó ninguna palabra más de sus labios. Pudo adivinar que, a pesar de su silencio, el león dorado tenía muchas cosas más que decir. Se sintió intrigado, pero también divertido. Para un tipo como Aioria, siempre impulsivo y sin tapujos a la hora de hablar, dicho arrebato de timidez eres terriblemente simpático. —¿Pasa algo? —Se atrevió a preguntar.
—Pues… —¿Podría decirle el por qué había ido ahí? Ahora que lo pensaba mejor, tal vez había sido una mala idea ir a buscarle, en primer lugar.
Pero el peliverde fue paciente y astuto. Esperó con calma a que su Santo diera el primer paso, sin presionarlo demasiado. Si algo había aprendido de sus chicos mayores, era precisamente eso: el arte de la paciencia. Aioria hablaría cuando se sintiera listo.
Entonces, lo pilló mirándole de reojo. Podía ver sus dudas. Comenzaba a pensar que el león dorado se pondría de pie en cualquier momento y saldría volando a toda velocidad de ese dormitorio. Sorpresivamente, para ambos, Aioria tomó un último empuje de voluntad. Suspiró con todas sus fuerzas y se armó de valor para decir los motivos detrás de su visita.
—Quería preguntarte sobre… nuestra Era—dijo.
—Oh, por supuesto. Veamos—pensó un poco en su respuesta—, la princesa ha estado realmente preocupada por ustedes y el resto de sus chicos también. Lo que es más, creo que Arles está a punto de sufrir un infarto a causa de tanta incertidumbre.
—Pobre Arles. —Aunque esa no era la respuesta que buscaba, a Aioria le hizo algo de gracia que el gruñón Santo de Altaír estuviera tan preocupado por todos.
—Lo sé. Ahora que he venido, creo que tendrá que reponerse y apoyar en todo a nuestra Athena.
—Ella, Seiya y los demás son un montón de chicos fuertes y obstinados. Estarán bien, ya lo verás.
—Eso espero.
Sin embargo, el castaño volvió a guardar silencio. No se había atrevido a preguntar lo que realmente quería saber y, vista la conversación, Shion no iba a entender el significado verdadero de sus cuestionamientos.
Mordió sus labios con ansiedad y su mirada felina se afiló un poco más. ¿De dónde había salido ese lado suyo, tan inseguro?
—Maestro, lo que yo quería preguntar en realidad es…—dudó, pero se obligó a continuar a pesar de que sentía sus mejillas ardiendo—. Marin. ¿Cómo está ella?
Increíblemente, vio a Shion sorprenderse. En lo que respectaba a él, estaba casi seguro de que el viejo lemuriano sabía cada detalle de su relación clandestina con la amazona. Quizás el problema era que no esperaba que abordara el tema tan directamente y así era.
—¿Marin? Pues… —Al igual que hiciera él unos segundos antes, Shion pareció atragantarse con sus palabras. —Ella ha sido muy fuerte, Aioria. Se podía notar a leguas que estaba devastada cuando llegaron las noticias de que Ángelo y tú habían muerto, pero nunca se abandonó al dolor.
—Esa es la Marin que conozco. —Se sentía muy orgulloso de ella. —¿Ella sabe que hemos vuelto?
—Athena se ha encargado de informar a Saori de cada detalle de lo que sucede aquí.
—Bien. Eso está my bien.
—¿Quieres que le pida que entregue algún mensaje por ti?
—No, no. —Lo último que quería era que esa relación que tenía con la pelirroja se volviera asunto de todos. Por mucho que hubiera deseado decirle tantas cosas, no quería intermediarios; quería que Marin lo supiera de sus propios labios. —¿Tú crees que… ella y yo podamos hablar?
—¿Marin y tú? —El Santo de Leo asintió. —Oh, hijo. Eso es realmente complicado. Athena y nuestra pequeña princesa se comunican a través del Aerópago, en el Olimpo. Ahí está el único portal abierto entre ambos mundos. Ni tú, ni yo, podríamos llegar ahí, aunque quisiéramos. Solo los dioses pueden caminar en la Colina Sagrada. Lo siento mucho, Aioria.
Pudo ver el desencanto en el rostro del león y le dolió no poder ayudarlo. Era consciente de lo difícil que había sido para el joven llegar ahí y hablar tan abiertamente de un tema en extremo personal para él y para la Amazona. De haber estado en sus manos, hubiera hecho todo lo humanamente posible por obsequiarles unos minutos juntos. Pero no podía; sus manos estaban atadas.
—Supongo que solo la veré al regresar—musitó el castaño. "Si consigo sobrevivir hasta entonces", pensó.
—Quisiera poder ayudarte.
—Ya lo has hecho. —Le sonrió con tristeza, antes de levantarse para abandonar la habitación.
Shion correspondió la sonrisa triste y lo vio marcharse en silencio. Tal como había dicho, se sentía mal por quedarse con los brazos cruzados. Ojala pudiera hacer más por ambos; eran buenos chicos los dos y, aunque su relación fuera ilícita a los ojos del Santuario, traía un poquito de alegría a un mundo usualmente oscuro. Aquellas eran las cosas por las que valía luchar en ese mundo.
Suspiró y continuó con su lectura, sin todos esos pensamientos se alejaran de su mente. Quizás debería comenzar a pensar en una solución a aquel pequeño e insospechado problema.
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La hespéride estaba nerviosa.
La última vez que se había encontrado con su señora, Egles había terminado mal parada y con una amenaza de muerte pendiendo sobre su cabeza. Ella no quería morir, amaba demasiado a su vida como para rendirse. Así que, si quería conservar el más preciado de sus tesoros, debía ser lo suficientemente lista como para encontrar el modo de satisfacer a Hera.
Con esa misión en mente, había decidido aproximarse a la ciudad. Debía ser cuidadosa, pues el peligro la acechaba desde cada rincón. En Atenas, estaba a merced de la diosa regente. Si su fachada caía, si alguien la descubría, entonces tendría más problemas de los que podía manejar. Se cubrió la cabeza con la capa, tan pronto atravesó el arco de piedra que marcaba el inicio de Atenas. Sus ojos, sin embargo, se afilaron para estar pendiente de cada detalle que pudiera serle útil. Caminó varias callejuelas sobre la calle principal, que desembocaba justo en el ágora y continuaba hasta el palacio de la diosa, donde supuso que encontraría a los Santos.
Atenas lucía exactamente igual que siempre, tal como la recordaba: con los pequeños grupos que formaban los filósofos y sus alumnos, con la algarabía de las carretas mercantes y los políticos con sus discusiones sin fin.
En su camino, se detuvo a comprar una hogaza de pan. La panadería era una vieja de casa de adobe, con un gran horno de piedra que dejaba escapar un delicioso aroma a pan. Al probarlo, no se sintió decepcionada. El sabor de la miel y el queso se le impregnaron en los labios y la llevaron de regreso a tiempos mejores.
—¿No eres de aquí? —La cuestionó la mujer que atendía la panadería.
—No. Vengo de… tierras muy lejanas—atinó a responder, encubriendo su identidad.
—Te gustará la ciudad.
—Oh, ya me gusta.
Entonces, el alboroto de afuera la hizo voltear. Un par de caballos pasaron a toda velocidad por el sitio. Alcanzó a reconocer a los jinetes: Athena y uno de los Santos.
Debió haberles mirado con mucha insistencia, puesto que, al regresar su atención a la mujer, ésta la observaba con cierto recelo. Trató de restar importancia al asunto y rebuscó por las monedas para pagar por su almuerzo. Podía segurar que los ojos de la mujer la atravesarían en cualquier momento. Tenía que ser rápida e inventar una excusa que valiera. Mientras menos llamara la atención, sería mejor para ella.
—¿Esa era Athena?—fingió demencia.
—Así es.
—Vaya… Nunca antes había visto a una diosa en persona—mintió—. Ciertamente Atenas esta llena de misticismo.
—Te dije que te gustaría. —Cuando la mujer perdió el interés en ella, Egles respiró. Había salvado la situación. —¿Viste al joven que iba con ella? —La hespéride asintió. —Es uno de los Protegidos. Quizás habrás oído algo de ellos.
—Todo el mundo habla de ellos. También sé que son varios.
—Trece, o doce. Apenas han pasado tiempo en la ciudad.
—No veo al resto con ella. Solo a uno… —Vio a la mujer subir los hombros sin ninguna mala intención. En cambio, la mente de la pelipúrpura fue un poco más allá, hasta terrenos peligrosos.
Agradeció el bocadillo y se despidió. Debía perderse en la ciudad hasta encontrar la información que buscaba. Las horas del día no serían suficientes para todo lo que le quedaba por hacer.
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Melancton y Pythia resoplaban con insistencia después de que la intensa carrera hubo terminado. Ambas bestias habían dado su máximo esfuerzo, pero al final, el corcel negro había sido quien se llevara la victoria.
Por supuesto, Shura había apelado el resultado. Alegaba que cierta diosa de la sapiencia había usado su conocimiento del terreno como ventaja, y que le había adelantado al tomar un atajo cuando abandonaron la ciudad y tocaron campo abierto. Athena, como se esperaba, había negado los cargos, declarándose inocente. Explicó que no fue culpa suya la decisión del Santo de ir por el camino largo. Ella simplemente se había atenido a la ruta inicial.
Al final, el reclamo quedó sin resolución. Los caballos, sin embargo, habían exigido descanso y también un poco de agua.
La morena los había llevado al sitio adecuado: un estanque situada en medio del bosque de la zona sur de Atenas, que no se secaba ni siquiera en verano. Era un lugar verde y pintoresco que aún bajo la crueldad del Sol griego, se mantenía intacto, como un oasis en medio del abochornante calor.
—Sigo pensando que fue injusto. —Se quejó Shura, mientras las monturas saciaba su sed. —Pythia pudo haber ganado fácilmente esta carrera.
—Tal vez, pero fue error de su jinete.
—Oye…
—Es cierto. —Athena lo miró de reojo, con esa sonrisilla suya, tan arrogante como divertida. —¿Sabes que más es verdad?
—¿El qué?
—Te dije que Pythia te gustaría y no me equivoque.
—Siempre tienes que tener la razón, ¿cierto? —Ella no respondió. Se limitó a sonreír. —Lo sabía.
El viento sopló e hizo crujir las hojas de los árboles a su alrededor. Su melodía se escuchó perfecto en medio del silencio. Para la diosa y para su Santo fue un respiro de paz.
Se sentaron un rato a la orilla del estanque, bajo la sombra de un gran árbol que les protegía del Sol. Ninguno tenía verdaderos deseos de volver y de retomar el distanciamiento que se veían forzados a fingir. Ni él, ni ella, lo habían mencionado, pero a pesar del avivamiento de sentimientos y de las confesiones robadas, la noche también dejado muchas dudas sin resolver.
Shura extendió la mano para tocar la suya. Acarició suavemente su piel con la punta de los dedos, en una caricia tímida. Sabía que las caricias y las muestras de afecto no eran familiares a la diosa de la sabiduría. No podía ir con prisa. Ella no rehuyó y el Santo lo consideró como un gran avance. De hecho, se encontró gratamente sorprendido cuando la morena entrelazó los dedos con los suyos.
—Qué tranquilo se está aquí—musitó el español. Athena le dio razón con un movimiento de cabeza. —Pero qué rápido pasa el tiempo.
—Así se siente.
—¿Qué pasará después de mañana?
—No lo sé. Estaré yendo y viniendo, hacia donde ustedes estarán. Pero… —Bajó la mirada y arrugó el ceño.
—Pero no podemos permitir que nadie sospeche.
—No. No entenderían.
Después de todo, Shura comprendía que ella nunca sería completamente suya. Una parte de ella le pertenecía, pero había otra a la que jamás podría tener. Todo lo que hubiera entre ellos sería herejía, indigno a los ojos del mundo, aunque para ellos fuera el sentimiento más puro que hubieran experimentado.
Sin embargo, si le obligaban a elegir entre tener aquello o no tener nada, el Santo de Capricornio tenía una respuesta. Por ahora, se conformaría con lo que tenía.
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Saga llevaba dando vueltas en su habitación por tanto tiempo, que Shion comenzaba a sentirse ansioso. Le agradaba tenerlo ahí, con él. Pero las preguntas y las conclusiones que se formaban silenciosamente en su cabeza, le preocupaban. Había estado tentado a confrontarle en un par de ocasiones. Sin embargo, prefirió callar, de tal modo que su ansiedad no traicionara a sus secretos.
Se concentró en su lectura, mirando de vez en vez y de reojo al gemelo. No sabía si el geminiano le ignoraba a propósito, o si solamente estaba tan perdido en sus ideas como aparentaba.
Cada vez que su mirada paseaba sobre las urnas y se detenía frente a ellas, al Patriarca se le salía el corazón por la boca. Saga era uno de sus Santos más listos, sino el que más. Era cuestión de tiempo y de mala suerte para que se diera cuenta de lo que contenía la otra prisión de dioses. No lo tomaría bien; eso era lógico. Pero Shion tampoco deseaba romperle el corazón, confesando lo que había llevado al encierro de la Diosa del Amor… no estaba seguro de que Saga fuera a creerle tampoco.
—¿Puedo preguntarte algo?—habló el gemelo, mientras sus dedos recorrían el sello de Athena que mantenía blindadas las urnas. Shion lo miraba atentamente cada movimiento. Solo cuando Saga dio un par de pasos atrás y se retiró hasta la puerta que llevaba al balcón, el peliverde se permitió respirar.
—Dime.
—¿No te desilusiona un poco que nos marchemos tan pronto?
—Más de lo que crees.
—¿En serio? Sé que debes quedarte aquí, pero en verdad esperaba que vinieras con nosotros—musitó Saga sin hacer contacto visual. Si sus miradas chocaban, no sería capaz de pronunciar media palabra. —Tenerte cerca nos hace sentir más… seguros.
—Haré hasta lo imposible por mantenerles a salvo, aún en la distancia.
—Sí, lo sé. Es solo que hubiera deseado que estuvieras ahí.
El silencio hizo de las suyas de nuevo. La ciudad entera parecía suspendida en el tiempo, ahora que la algarabía de la mañana había desaparecido y todo lo que quedaba era la calma del atardecer.
Pero Saga no podía dejar de pensar en aquella mañana; en la Gracia, en el rostro perdido entre la multitud y en lo que esa mirada significaba. De haber podido, habría corrido hasta ella para preguntarle. Pero la mujer había desaparecido con la misma rapidez con que se había asomado. Mientras más lo pensaba, más se cuestionaba lo cierto que podía ser. ¿Acaso lo había imaginado todo? ¿Su obsesión por ver a Afrodita comenzaba a jugarle en contra?
Dio marcha atrás y volvió a donde las urnas. Las miró detenidamente, examinándolas a detalle.
—¿Cuál de las dos contiene a Ares? —La pregunta hizo que la piel de Shion se erizara.
—No puedo decírtelo.
—¿Por qué? —Saga lo confrontó. Lucía genuinamente sorprendido de esa respuesta.
—Si alguien intenta romper el sello, tan pronto éste comience a colapsar, Athena y yo sentiremos su energía. La persona que decida hacer tal cosa tendrá que jugarse todo en una decisión.
—Ya. Pero si elige la urna correcta, no servirá de nada.
—Tendremos menos tiempo, pero no significa que no podremos detenerle.
—Vale… —El Santo de Géminis no estaba ni mínimamente convencido con esa explicación. Shion, a pesar de todo, no diría más. Mientras menos detalles diera, sería más fácil mantener la mentira con vida.
—¿Has preparado tus cosas ya?
—¿Para el viaje? —El lemuriano asintió. —¿Qué cosas? Nuestro equipaje se limita a un poco de ropa limpia que quedará inservible para cuando estemos de vuelta. Aioros y Aldebarán asaltaron las tiendas de golosinas en el ágora. Creo que Kanon los asaltará a ellos tan pronto estemos en altamar. —El mayor sonrió ante la ocurrencia. —Y, entonces, Aioros y Kanon pasarán todo el viaje discutiendo. El resto de nosotros quedaremos en medio, vigilando que mi hermano no le lance por la borda cuando se fastidie.
—Bueno, si te consuela, será una travesía entretenida.
—Lo dice el hombre que no tiene que soportar a Kanon.
—Eso es cierto, eso es cierto—admitió—. Hablando de ello, ¿cómo está tu hermano?
—¿No ha hablado contigo?
—No. Me ha evitado como a la lepra. —Y eso, le resultaba terriblemente preocupante.
No era tan ingenuo como para pensar que Kanon se acercaría a él, y se abriría el corazón en una plática. Pero el hecho de que le hubiera evitado a capa y espada, le hacía tener las ideas más horribles. Tenía un pésimo presentimiento al respecto.
—Pensé que contigo aquí, quizás podrías persuadirlo de hablar. Tuvo unos días muy difíciles en Temíscira; en el camino de regreso no hacía más que maldecir y gruñir. No entiendo qué fue mal—bufó.
—Fue una misión difícil.
—Sí, pero aún quienes lo tuvieron peor no terminaron tan jodidos de la cabeza.
—Kanon es una mente complicada.
—Y que lo digas.
—Se le ve mejor ahora. —Al menos, eso era lo que el Patriarca quería creer.
—Eso es lo que me asusta: ¿Está mejor? O, ¿solo quiere hacernos creer que lo está?
Shion no podía responder a ese cuestionamiento; Saga tenía toda la razón en desconfiar. Kanon era un genio engañándoles a ellos y también era una bomba de tiempo que estallaría en el momento menos adecuado.
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Descubrió en carne propia el por qué Saga siempre estaba ojeroso: las pesadillas eran abominables.
Aioros nunca las había padecido, hasta entonces. Desde el incidente con el ceñidor y el consecuente pacto con Ares, dormir se volvía más difícil. La pesadilla de la última noche había sido especialmente aterradora y real. Fue el sutil recordatorio de que, aunque no lo pareciera, el mal le acechaba desde cada rincón. Estaba tan cerca, tanto. Estaba dentro de sí. Estaba dentro de su cabeza.
Y ahora sentía que no podía cerrar los ojos sin revivir la cruenta escena.
Estaba realmente agotado. El día había sido largo y a la mañana siguiente retomaría el viaje, esta vez con dirección a Creta. Necesitaba descansar; su cuerpo y su mente se lo suplicaban. Pero lo cierto era que no podía, no sin consumirse por los malos sueños de nuevo.
Cerró los ojos y apretó la almohada de plumas contra sí. Trató de pensar en todo lo bueno que tenía, quiso llenarse de pensamientos positivos. Pensó en su vida, en sus amigos, en su hermano, en todo. Ciertamente nada había sido fácil desde que reviviera, pero las recompensas y las bendiciones habían sido muchas y sumamente valiosas. Tenía razones de sobra para agradecer a Athena. Despertar cada mañana era en sí, un enorme milagro. Por muy complicado que resultara, siempre había encontrado motivos para sonreír. Era a todo eso a lo que debía aferrarse.
El cansancio le ganó y los ojos comenzaron a cerrársele. Poco a poco, su mente fue cayendo en el vacío que precede a los sueños. Pero justo cuando se rendía, las imágenes de su sueño volvían a su cabeza. Volvió a verse indefenso ante la voluntad de los dioses. Sintió el cuello de su diosa sucumbiendo entre sus manos y el sonido de los huesos que crujen se escuchó como un estallido en medio de la noche.
Aterrorizado, Aioros abrió los ojos y se incorporó, más despierto que nunca. Ahora estaba seguro de que no dormiría por el resto de la noche.
Se dejó caer en la cama de nuevo, con los ojos bien abiertos y sin intenciones de intentar dormir otra vez. Se maldijo todo lo que pudo, por haber arruinado su paz interior y quizás su futuro. Pero ya era tarde para arrepentirse: todo lo que quedaba era afrontar las consecuencias y rezar porque nadie más saliera herido por su imprudencia.
No notó la corriente de aire que entró por su ventana, en la forma de una brisa suave y fresca. Para cuando reparó en ello, la silueta de Aretha se había formado a los pies de su cama. Antes de que pudiera reaccionar, la ninfa reptó por su cama y se tumbó a su lado, después de zamparle un beso en los labios.
—Pensé que ya estarías dormido—dijo, mientras se acomodaba entre sus brazos. A él le gustaba tenerla así. El calor de su cuerpo contra el suyo le reconfortaba, el olor a flores de su cabellera le alejaba de sus problemas.
—Tengo insomnio.
—¿Nervioso por lo de mañana?
—No, no en realidad—respondió el Santo.
—¿Entonces? —Aretha levantó la mirada y buscó los ojos cerúleos del arquero. Le resultó cuanto más curioso el hecho de que él le rehuyó. —¿Qué sucede? Puedes decirme.
—Sé que puedo contarte lo que sea. El problema es que… no estoy precisamente orgulloso de lo que sucede.
—Cuéntame—insistió ella.
El Santo de Sagitario retuvo la respiración por unos segundos. Se quedó pensativo, en silencio, decidiendo sobre lo que debía hacer. Cuando lo escuchó exhalar, la ninfa supo que hablaría. Era algo que siempre le había gustado de Aioros: su facilidad para abrirse con los demás.
—He estado teniendo pesadillas—admitió el castaño—. Desde que comenzaron los problemas con el ceñidor, no hay noche en que no haya un mal sueño. Ha sido difícil, pero de algún modo había podido soportarlo… hasta ahora. Las pesadillas se vuelven cada vez peores. Anoche…—hizo una pausa, buscando el modo de hilar las palabras correctamente, mientras la pelirroja escuchaba con atención—. Anoche fue especialmente horrible. Yo perdía el control, asesinaba a Athena con mis propias manos. La sentía morir entre mis dedos… Fue tan real.
—Oh, cielo. —Aretha le acarició la mejilla. —Fue solo un sueño. Gracias a Shion, el ceñidor no te hará más daño, Ares tampoco. Y tú, tú tienes la fuerza de un gigante. Resistirás hasta el último de sus retos. Tu corazón es demasiado grande para rendirse ante la maldad.
—Estoy asustado.
—Sé que lo estás. Sé que tienes miedo y que miras con repulsión lo que sucede contigo. Pero, ¿sabes qué es lo que eso significa? —Él meneó la cabeza. —Significa que sigues siendo tú: Aioros. Todos sabemos quien eres y todos estaremos aquí para ti, siempre. Mira a tu alrededor. Estás rodeado de amor, de amistad y de cariño.
Aretha tenía una fe ciega en él. Lo que había visto, lo que habían vivido, lo que compartían, la había llevado a la misma conclusión. Si tuviera que poner la vida en juego, lo haría con él y por él. Estaba segura de que Aioros pensaba del mismo modo.
Lo escuchó callarse un sollozo y, antes de que se pusiera más triste, le dio un beso más. Verlo sufrir le partía el corazón. Si dependía de ella, lo ayudaría todo lo que le fuera posible e incluso más. Le dio otro beso y uno más.
—Todo estará bien—murmuró a su oído. Suavemente, enredó los dedos en los rizos castaños. —Lo prometo.
Aioros asintió repetidamente, tratando de calmarse. Cerró los ojos e intentó no pensar en nada que estuviera fuera de esa habitación. Tras unos segundos, volvió a abrir los ojos. Esbozó la sonrisa más sincera y grande que pudo para la chica. Ella merecía lo mejor de él. Cada vez que se sentía agotado y que no podía más, Aretha se encargaba de recordarle lo grande y fuerte que podía llegar a ser.
Volteó hacia la ninfa y apartó los mechones color fuego que le caían sobre la cara. Después, buscó sus labios.
Ninguno retrocedió cuando la intensidad del beso creció y creció, envolviéndolos lentamente en algo muy parecido a la pasión. El Santo la tomó de la cintura y, mientras se tendía en el lecho, la llevó consigo hasta tenerla sobre sí. Sin dejar escapar sus labios, sus manos descendieron por su cadera, escabulléndose bajo la túnica, para acariciar la piel de sus muslos.
Un suave gemido escapó de los labios de la pelirroja y él se forzó a detenerse. La quería para nadie más que él, pero necesitaba saber que ella deseaba lo mismo.
Aretha se apartó por un segundo. Sus azules se encontraron con los de Aioros y dijeron todo lo que tenían que decir. No podía dejar más tiempo para tenerlo, ni deseaba dejar pasar aquella oportunidad. Selló el destino con un beso sobre los labios del Santo.
Esa noche no habría nadie más que ellos. Esa noche ellos serían uno.
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Era una noche especialmente oscura, pero desde el peristilo del templo se podían observar las estrellas en plenitud.
Mu había descubierto ese pequeño rincón de paz durante la mañana, mientras recorría los pasillos del palacio ateniense.. Entonces, había decidido que regresaría al caer la noche, si no conseguía conciliar el sueño. Y así había sido: estaba seguro de que se gastaría algunas horas de la noche ahí, bajo la sombra de las columnas, disfrutando de las flores del pequeño jardín y de las ondas que se formaban sobre la superficie del impluvium.
Al otro lado del pasillo, entre el juego de luces y sombras creado por las teas, distinguió una figura conocida yendo hacia él. Un instante más tarde, Shaka se sentó a su lado.
—Pensé que te encontraría aquí. —Le escuchó decir.
—Es tarde, pero no podía dormir. Asumo que estás en la misma situación.
—No te equivocas. Tengo demasiadas cosas en la cabeza como para dormir sin preocupaciones.
—¿Qué es lo que tanto piensas? ¿El viaje?—preguntó el lemuriano. Siempre había sabido que la cabeza de Shaka iba mucho más adelante que todos ellos.
—Sí, en parte es el viaje. —Aunque la respuesta a medias atrapó la curiosidad de Mu, éste se limitó a arrugar los lunares a modo de cuestionamiento. —Tracia se encuentra cerca de la región de Troya—explicó.
—Así es.
—Estaba pensando en los colgantes; aún tenemos que recuperarlos. Troya es la ciudad favorita de Apolo. Su pitonisa está ahí y sus adoradores también, incluido el mismísimo rey. Es el mejor sitio para convocarle y encontrarlo, Mu. Tenemos que ir a Troya.
Mu soltó la respiración que había contenido con cada palabra del Santo de la Virgen. Por un segundo se había olvidado del asunto. Pero el rubio tenía razón.
No podían dejar las cosas a medias, ni tampoco estarían tranquilos, ni seguros, hasta que recuperaran las joyas bendecidas por Athena. ¿Cómo lo harían? Esa era la gran pregunta, a la que todavía no tenían respuesta. Aunque, a juzgar por la reacción de Shaka, parecía que comenzaba a encontrarle sentido al misterio.
—¿Cómo haremos tal cosa? Nos guste o no, dependemos del capitán del barco en el que viajaremos. Si él decide que Troya no se encuentra en nuestro camino, entonces no hay forma de que podemos visitar la ciudad.
—Si es un barco mercante, como el de Ganímedes, se detendrá en Troya. La ciudad es la capital del Oriente, Mu. El mucho, o poco tiempo que tengamos ahí, tendremos que aprovecharlo al máximo, ¿entiendes? —El Santo de Aries no entendía del todo. Sin embargo, conocía lo suficiente a Shaka, como para darse cuenta de que sus planes no eran tan vagos como sus palabras. —Necesitaré tu ayuda.
—Cuenta con ello. ¿Qué puedo hacer?
—La mujer, Phineas…—dijo.
—¿Qué hay con ella?
—He estado enviando a Aretha hasta ahí para comunicarse con ella. Le he pedido que encuentre a Apolo y le pida las joyas que se ha quedado.
—Phineas posee los dones de Apolo, pero de ninguna manera tiene contacto directo con él. Si fuera así, Periandro no se hubiera desesperado porque la trajéramos de regreso a Troya.
—Aún así. Es nuestra mejor oportunidad.
—Bien, bien—aceptó—. ¿Qué tengo que ver yo con esto?
—Ella te tiene confianza.
—Suena terrible, pero solo la he visto en sueños.
—Tú la salvaste en Temiscira. —Mu no respondió. Tenía la impresión de que dijera lo que dijera, esa parte de la estrategia no iba a cambiar. —Ella confiará en ti, nos ayudará si eres tú quien se lo pide.
—Haré lo que pueda, pero debes prometerme algo antes.
—Lo que sea.
—Phineas no saldrá herida en todo esto. Ha sufrido bastante y no quiero ocasionarle más dolor.
—Cuidaremos de ella a toda costa. Lo prometo.
A pesar de seguir receloso al respecto, Mu asintió. Lo que le preocupaba no era el plan de Shaka en su totalidad. Confiaba en su compañero de Orden y sabía que encontraría el modo perfecto de solucionar aquel problema. También sabía que todavía había mucho tiempo por delante para afinar detalles y que, si alguien era especialmente cuidadoso con ellos, era el rubio.
Lo que le molestaba era que Phineas volvía a quedar en medio de su dios y de los mortales. Todo su pasado había sido marcado por la maldición de su don. A juzgar por lo que veía, el futuro no era menos diferente.
Mu de verdad quería cuidarla, evitar que el mal volviera a hacerle daño. A cualquier costo, se esforzaría porque fuera así. Estaba dispuesto a hacer que Shaka cumpliera su palabra.
-x-
El alboroto que se armó en Pireo con su presencia pasó desapercibo para la diosa. Después de todo, ella estaba acostumbrada a la algarabía que la acompañaba a todo lugar a donde iba. Aquella visita al puerto era tan solo un día más de su vida.
Su séquito, esta vez, era mucho más grande que lo acostumbrado. No solo iba flaqueada por Néstor y su guardia real, sino que todos sus Santos la seguían, montando en los corceles más finos de la cuadra real. Todos habían madrugado ese día. Desde el alba, mucho antes de que el Sol adornara el cielo, la comitiva se había preparado para partir al Pireo. La travesía empezaba una vez más y nadie haría al destino esperar.
Para cuando llegaron al puerto, la Luna se había ocultado y un nuevo día había nacido. Como siempre, con la llegada de los barcos pesqueros, Pireo estaba en pleno esplendor.
Sustituyeron a los caballos por la maravillosa sensación de la arena entre los dedos, al caminar por la playa. Costearon por la bahía natural que se formaba el puerto de abrigo. A lo lejos, imponente como ninguno, la Kyrenia se lucía por encima del resto de los navíos. Sin embargo, antes de llegar a donde Ganímedes y su tripulación, Athena tenía que hacer otra parada.
Se detuvieron junto a otro barco, más pequeño que la Kyrenia, pero igual de cuidado. Bastaba con mirar lo impecable del navío para saber que su dueño le adoraba. La madera era impecable y el bronce de su coraza brillaba bajo la luz del Sol. La cubierta estaba repleta de bogadores, perfectamente liderados por un hombre mayor, calvo y con un brazo enfermo. Abajo, un grupo de marineros luchaban por cargar la mercancía que cruzaría el Gran Mar. Mientras, las olas de un mar especialmente inquieto, golpeaban el intricado diseño de hojas de olivo y espadas que decoraban la proa del barco. En toda la extensión de la palabra, era un deleite a los ojos. Si aquel era el navío que llevaría al segundo grupo hasta Tracia, entonces no tendría motivos para quejarse de su transporte.
—"Axios". —Shaka leyó el nombre escrito a un costado.
—Apropiado—complementó Camus. El rubio no podía estar más de acuerdo con su compañero.
Pero Néstor no les dejó hablar del tema por mucho tiempo. Se adelantó a todos y miró hacia la cubierta del barco. El Sol de la mañana le golpeó directamente en los ojos, por lo que los cubrió ligeramente con sus manos. Cuando divisó la figura del hombre que buscaba y que le miraba desde arriba, sonrió.
El hombre en cuestión descendió del barco, ayudándose de los amarres. En menos de un minuto, el joven estaba frente a frente con ellos.
Era un tipo joven, tan joven como cualquiera de ellos; también era alto, delgado, pero de músculos marcados. Si debían adivinar, cualquier de ellos hubiera dicho que el chico compartía profesión con ellos: guerrero. Pero verlo en un barco mercante levantaba sospechas y algunas cejas. ¿Quién era? A juzgar por la reacción de Néstor, eran buenos amigos y viejos conocidos.
Él no satisfizo sus dudas, sino que los recorrió con la mirada. Tenía los ojos azules, del color oscuro de las aguas del Mediterráneo, y centellantes. Llevaba un pañuelo atado sobre la cabeza, cubriendo la cabellera oscura, rizada y rebelde. Sus hombros y brazos mostraban huellas de cicatrices ganadas en batalla, mientras que la piel que quedaba al descubierto en el costado de su cuello dejaba entrever los límites de una cicatriz que se expandía por gran parte de su espalda.
—¡Bemus!—saludó el viejo general y los gestos del hombre más joven se suavizaron, revelando una sonrisa—. Es un gusto verte de nuevo, hijo. ¿Cómo has estado?
—Néstor, viejo. —Intercambiaron un apretón de manos y un abrazo fraternal. Para el joven guerrero, Néstor no solo era el padre al que había perdido de pequeño, sino también el mentor que le había puesto en pie después de los peores días de su vida. —Ha pasado una eternidad desde la última vez que nos vimos. ¿Es idea mía, o esa barba tuya se parece cada vez más a la nieve del Norte?
—Quizás, quizás. —El general masajeó la barba, coloreada de blanco. —Si tienes suerte, algún día llegarás a viejo como yo.
—Se requerirá del favor de todos los dioses y ya sabes que no me quieren.
—Pero, ¿qué dices? Sabes que eso es mentira. —Athena intervino. Bemus la miró y correspondió la sonrisa en sus labios. —Puede que la mayoría de los dioses no te quieran, pero no todos.
—Princesa.
—Te ves bien, amigo mío—continuó ella—. La vida en el mar te sienta.
—Le debo mi vida al mar. Me ha curado.
—Se nota.
La última vez que lo había visto, Bemus era un hombre roto por el destino. La vida le había alzado hasta el cielo, convirtiéndole en el futuro de su ejército, en la imagen de la juventud, la inteligencia y la valentía. Pero después, lo había azotado del peor de los modos, hasta dejarlo de rodillas.
Athena sabía que debía dejarlo ir, que alejarse de la guerra y los recuerdos era el único modo de sanar. Abandonar el ejército y buscar una vida propia sería su medicina. Nunca lo hubiera dejado marchar de otro modo. Pero también sabía que algún día volvería a ella. Su sangre guerrera y su lealtad no le permitirían alejarse para siempre. Aquella nueva misión era el primer gran paso de un regreso triunfal; podía verlo en sus ojos azules que brillaban como el cielo radiante.
—¿Estos son los chicos a los que te referías en el mensaje?—preguntó el guerrero, mirando a los Santos. Milo levantó ligeramente una ceja. Se había referido a ellos como "chicos" cuando él mismo no podía ser más que un par de años mayor que ellos.
—Los mismos.
—Soy Ángelo. —La repentina interrupción del italiano sorprendió a todos. —Soy el líder del equipo.
—¡¿Qué?! —Milo y Aioria corearon a la vez. Camus, Shaka y Mu fueron menos vocales, pero no menos expresivos.
—¡¿Quién te nombró líder del equipo, cangrejo? —Se quejó el escorpión.
—Soy el mayor y el más experimentado. Me haré cargo de los pequeños mocosos.
—Corrección: eres el más viejo—Aioria hizo que el ceño del italiano se arrugara.
—¡Podemos cuidarnos solos!
—Y no somos mocosos—complementó Camus, ligeramente ofendido por el comentario y porque, ni Milo, ni Aioria, se habían quejado del mote.
—Como sea, soy el líder.
—Bien… —Bemus miró de uno a otro. Acomodó la melena oscura que le caía por encima de los hombros, mientras analizaba a sus nuevos compañeros de viaje. —Mi nombre es Bemus y creo que estaremos viajando juntos por las próximas semanas.
—¿Este barco es tuyo?
—Así es.
—Es grande. —Milo recorrió el navío con los ojos.
—Nada comparado con la Kyrenia. Tengo entendido que han pasado una buena temporada con Ganímedes.
—Algunos de nosotros seguiremos viajando con él por un buen rato—complementó Kanon—. Iremos hacia Creta.
—Oh. —Fue bastante obvio el modo en que la mención de la gran isla ocasionó que el semblante de Bemus se oscureciera. Miró a Athena, como si la cuestionara. La diosa permaneció en silencio.
—Tienen toda la información que necesitan, Bemus. No debes preocuparte.
El antiguo soldado no dijo mucho más. Pensó por un momento en las palabras de la morena y asintió antes de decir cualquier cosa. Lo cierto era que Bemus conocía de sobra los problemas que aquejaban a Creta. La tierra y todos sus habitantes habían sido malditos por los dioses, y la familia real era el claro ejemplo de la decadencia del que alguna vez fuera un sitio de ensueño.
Pero todo eso no era asunto suyo. Él tenía una clara misión, encargada por Athena, y esa sería la única preocupación en su cabeza. Por lo que sabía, los chicos que venían del futuro eran capaces de cuidarse solos. Que el favor de los dioses estuviera con ellos todo el tiempo.
—Les daré un consejo—dijo, a pesar de todo—: eviten hablar sobre y con la reina Pasífae. El rey Minos no se compara en lo absoluto con su abuelo.
—Lo tomaremos en cuenta. Gracias—respondió Dohko. El resto de sus compañeros de travesía intercambiaron miradas, con cierto recelo.
—Oye, Bemus. —Pero el escorpión dorado no les dio mucho tiempo más para preocuparse. Rápidamente volvió a apropiarse de la atención de todo el mundo. —Ganímedes nos alimentó a base de sopa de pescado y pan negro durante todo el viaje. ¿Nos darás de comer lo mismo? —Sonrió, pícaro.
—¿A Su Alteza Real le parecería bien tener un banquete al menos una vez a la semana? —Milo notó de inmediato la sonrisilla sardónica de Bemus y le resultó extremadamente divertido.
—Me llamo Milo, pero "Su Alteza Real" suena perfecto. —El moreno estalló en carcajadas. Tendió la mano al Santo de Escorpio, sin borrar la sonrisa de sus labios.
—Será Milo—dijo, siguiéndole el juego—. Y lamento informarte que nuestra despensa no es mucho mejor que la de Ganímedes. Desafortunadamente, la vida en el mar es así. Ya te acostumbrarás. —Le palmeó el hombro. El escorpión se sopló los flequillos.
—No lo creo.
—Entonces, te deseó la mejor de las suertes… y mucha resignación.
Milo sabía que no había suficiente resignación en el mundo para pensar que, de nuevo, volvería a meterse en un viaje infernal donde todo lo que vería sería mar y decenas de marineros sudorosos. Prefería no pensar en ello; por mucho que sufriera, no tenían más opción. Además, siempre era mejor viajar en barco que a caballo.
Para su fortuna, Athena no le dio tiempo de continuar con la auto tortura. Se tomó el tiempo de aquel breve intercambio de palabras para contemplar la magnífica nave de su antiguo capitán. A simple vista, podía apreciar que el barco era un reflejo fiel de Bemus: meticuloso, elegante y portentoso. Tenía la impresión que detrás de la fachada de navío comerciante, el espíritu de guerra estaba oculto en la nave, del mismo modo en que lo estaba en el joven.
—Néstor te ha dado todos los detalles, ¿cierto?—preguntó la diosa.
—Así es. Partiremos cuando estén listos.
—¿Los cuidarás por mi?
—Si son guerreros a tu servicio, son hermanos míos. Tienes mi palabra de que será mi sangre por la suya, de ser necesario.
—No quiero que mueras, ni tú, ni nadie. Quiero que vuelvan, todos y cada uno de ustedes. Regresen con la victoria. Que Niké les corone.
Bemus se perdió por un momento en ella y esa última frase. Sus tiempos en la milicia ateniense le regresaron a la cabeza. Después centró su atención en sus nuevos compañeros de viaje. Él confiaba en Athena y Athena, a su vez, confiaba en los chicos. Si debía juzgarles por una sola cosa, sería precisamente por eso. Sospechaba también que el viaje no sería tan tormentoso como pensaba. El moreno no tenía demasiados amigos; la gran mayoría de ellos se habían ido.
—¿Listos? —Les preguntó y ellos asintieron. —Bienvenidos al Axios.
-Continuará…-
NdA: ¡Sorpresa, sorpresa! Alguien no se tardó siglos en actualizar. Buenas noticias, ¿no?
Aprovecho para agradecer el gran recibimiento que le han dado a este fic, a pesar del largo tiempo sin actualización. A todos, ¡gracias! En especial a todos los que me dejaron un comentario: Leah Rivaille, estrella Blank, Kisame Hoshigaki, Nike – Cherie, shakary, Jabed, kyokai1282, Spring Surprise, lesliecatherine . sagasteaguilau, sagitariusgirl, Mariana Elas, Rowan, Damis, Kaito Hatake Uchiha, Tisbe, PricessVirgo, kumikoson4, Nanashi The Lord of the Sky y Altariel Valinor. ¡Muchas gracias a todos!
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Sunrise Spirit
