Capítulo 58
Tormenta en el horizonte
Perséfone se adentró en los pasadizos del templo submarino. Si no había ido antes al encuentro con Poseidón, era porque el mismísimo Hades le había obstaculizado la salida del Inframundo. Y, si algo había aprendido durante su estancia con él, era que ella podía ser lo suficientemente lista como para saber que, enfadar a su esposo era un terrible idea.
Sin embargo, apenas surgió la primera oportunidad, la peliverde tuvo bien claro cual iba a ser la primera parada de su itinerario.
La bóveda de agua sobre la ciudad submarina rugía. A pesar de sentirse segura, la diosa no pudo evitar mirar sobre su cabeza, hacia las olas que explotaban al chocar entre ellas. Pudo ver las burbujas cristalinas y brillantes que descendían desde la superficie. Sin ningún problema, adivinó que eran las almas de los hombres que el dios del Mar reclamaba a su nombre.
Las sirenas revoloteaban alrededor de los aces de luz. Sus siluetas se veían con claridad a través del mar revuelto. Tomaban a aquellas almas perdidas y se alimentaban de ellas. La dulce melodía que salía de sus gargantas se expandía con el eco de la bóveda marina, como un bello agradecimiento hacia su dios, por el alimento de ese día.
Perséfone se detuvo a observarlas por algunos minutos. Decidida a no dejarse amedrentar por el oscuro panorama frente a ella, entró al palacio submarino.
Atravesó los pasadizos de piedra desnuda y húmeda. Sus pasos eran ligeros, pero firmes. Siempre mantuvo la cabeza en alto, pasando por alto las reverencias que se le ofrecían al pasar. Avanzó sin problemas, ni dudas. Ella sabía donde encontrar al dios del Mar.
—Esperaba por ti. —Oyó su voz rugir, a pesar de que sus ojos no podían verle. Entonces, siguió el eco que la llevó hasta él.
—Escuché que me he perdido de mucho—respondió, mientras atravesaba la cortina de seda que resguardaba el balcón del palacio marino. Poseidón quedó al fin ante ella.
—Todo se ha enredado de un modo desconcertante.
—Mi esposo me ha contado.
—Él debe estar sumamente entretenido.
—Dudo que esa sea la palabra adecuada.
Poseidón no respondió. De pronto, había caído en cuenta de que comprendía a Hades más de lo que le gustaría. La sensación que corría por sus venas no podía definirse de otro modo más que pura indignación. Eran dioses, todos ellos, y ahora Athena usaba su don sagrado para someter a los de su misma especie, entregando más poder del que debería a los mortales.
Hasta ese momento, el Señor de los Océanos no se había planteado la posibilidad de que, en cualquier momento, él mismo podría verse del lado de las presas. La idea no le complacía.
—Estás preocupado. —Esa no era una pregunta. No era difícil para Perséfone adivinar las emociones de su tío. —¿Crees que alguno de nosotros sea el siguiente?
—¿Tú no? —Ella guardó silencio. —Creo que Athena ha llegado a un punto en el que, de ser necesario, no dudará en pasar por encima de cualquiera. Si eso significa que seamos tú, o yo, tampoco va a detenerse.
—No condono sus acciones, pero puedo decirte que le comprendo. Nadie más que nosotros mismos la hemos arrastrado hasta este punto. Se suponía que ésta era una batalla de diosas, entre Hera y ella. Y mira a tu alrededor. ¡Todo el mundo ha encontrado el modo de inmiscuirse en sus asuntos! Si estuvieras en su lugar, ¿acaso no harías lo mismo?
—Somos dioses; no debemos atentar contra nosotros mismos.
—¿Incluso si la enemistad ha sido jurada?
—Incluso entonces. Nuestra divinidad es lo que nos hace diferentes a los mortales: somos superiores. Si ellos encuentran el modo de arrancar ese aura divina, entonces no tendremos nada. —Hizo una pausa. —Athena nos ha arrancado eso ya.
—No nos ha quitado nada. Aún si los humanos quisieran pelear en nuestra contra, se requeriría que otro dios, tan fuerte como cualquiera de nosotros, les apoyara.
—Entonces, una guerra santa se desataría.
Perséfone se decantó por la prudencia y guardó silencio. Aquella conversación le recordaba peligrosamente, a todas las discusiones previas que había tenido con su esposo, en el pasado.
La sola mención de su vulnerabilidad, enloquecía a los dioses. Y no se trataba de que ella se sintiera menos amenazada, sino que no deseaba llegar a los extremos. Alguien en ese sitio tenía que mantener la cordura. Hasta donde pudiera, la reina del Inframundo trataría de ser la mediadora. Lo último que la peliverde deseaba, era que ese enorme lío terminara por romper la frágil sinergia que existía en el Olimpo.
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El navío se mecía de un lado a otro, empujado por el mar inclemente. Sobre el Axios, el cielo estaba enloquecido. Los rayos se dibujaban entre las nubes oscuras, como decenas de manos, cuyos dedos largos llevaban la luz centellante hasta los rincones más lejanos del cielo. Los truenos rugían, con la potencia de mil leones dispuestos a devorarles. La bóveda celeste se cernía sobre ellos con nada más que oscuridad y fiereza. Hasta donde la vista alcanzaba, todo era color gris.
Ophelos, el segundo hombre al mando después de Bemus, se afianzaba con todas sus fuerzas al timón del Axios. Las olas salvajes se azotaban sobre la cubierta, dificultando la labor del marinero. Sus años de juventud habían quedado atrás; más de cincuenta días del nacimiento habían pasado para él. A pesar de todo, resistió como el más fuerte.
El mar ahogaba los gritos de Bemus, quien se había apoderado del asiento de uno de los bogadores que había caído al mar, mientras trataba de liderar el trabajo de aquel grupo de hombres.
—¡No suelten los remos! ¡Hacia delante! ¡Vamos, vamos!—gritaba. Ellos se esforzaban tanto como podían.
Pero el mar luchaba en su contra, estallando las olas sobre la fila de asientos, sin darles descanso; hundiéndoles en el Gran Mar que amenazaba con engullirles.
Sobre la cubierta, la batalla por sobrevivir no era menos complicada. No solo se trataba de sortear al mar embravecido que tiraba de ellos, sino que la carga del navío mercante se había tornado en otro enemigo a vencer.
Los marineros iban de un lado a otro, sosteniéndose de donde les fuera posible, mientras intentaban mantener los amarres de la carga en su sitio. El mar se ensañaba con ellos, sujetándoles y aventándoles contra lo que se cruzara en su camino. El barco entero era un arma ahora. Un mal golpe, o un tropiezo, y los peces terminarían alimentándose de ellos.
—¡Nadie se suelte!—exclamó Máscara Mortal. Lo último que necesitaba era perder a uno de los mocosos en el mar. —¡Les patearé el culo si tengo que ir a salvarles!
—¡Cierra la boca y trata de no ser tú quien se caiga!
En cualquier otro momento, le hubiera gruñido al gato idiota. Pero el hecho de que tuviera que enfocar toda su energía en mantenerse vivo, le restó gracia al asunto. Incluso cuando una ola revolcó a Milo y éste, a su vez, arrastró a Aioria consigo, no tuvo tiempo ni de reírse.
Entonces, algo más captó su atención.
Un grito de dolor resonó por encima de los truenos y los golpes del mar. Una parte de la carga se había soltado, resbalando sobre la cubierta y atropellando a un par de hombres en su camino. La pierna de uno de los marinos se dobló de forma antinatural, arrancando un aullido de dolor de sus labios. Sin poder sostenerse, cayó al piso estrepitosamente.
La caja de madera siguió su curso. Chocó contra la baranda que dividía al área de bogadores de la cubierta, y la deshizo en pedazos. Cayó pesadamente sobre la línea de remeros, abriendo la cabeza de uno. Después, sin nada que la detuviera, se dirigió al mar, arrastrando consigo al hombre muerto. El mar estaba tan oscuro, que ni siquiera su sangre fue capaz de teñirlo.
Los Santos miraron la escena sin que hubiera forma de evitarla. En un abrir y cerrar de ojos, el cadáver fue engullido por el mar.
Mientras tanto, el otro hombre herido luchaba por su vida. Uno de sus compañeros intentaba sostenerle, sin mucho éxito. Parecía que en cualquier momento, los dos perecerían, víctimas de la tormenta.
—¡Hay que ir por ellos!—dijo Camus al resto de los chicos—. ¡Si no hacemos nada, caerán!
—¡Rayos! —Milo vio la situación y supo que realmente no tenían alternativa. Si tenían que enfrentar otra tormenta como aquella, terminaría por odiar al mar tanto como odiaba a los caballos. —¡Voy por ellos!
—Yo iré—dijo Shaka. Visto lo visto con Milo y sus desgracias, una misión de rescate con él de por medio terminaría en tragedia. —Cuídame la espalda. —Le pidió a Camus.
—Sí. Ten cuidado.
Shaka se soltó de la cuerda que le servía de sostén y resbaló hasta donde estaban los dos marinos. El agua le empujaba con fuerza, pero el Santo ponía tanta resistencia como podía. Por fin, entre trastabilleos y resbalones, consiguió llegar a donde los dos hombres luchaban por sus vidas.
—¡Les ayudaré!—gritó, aunque su voz se perdió entre el rugido del océano y del cielo. —¡Déjame ver como esta tu pierna!
Un nuevo aullido de dolor escapó de la boca del hombre cuando el Santo de la Virgen tocó su pierna. Examinó la herida del hombre, solo para descubrir que era peor de lo que pensaba. Si lo movían demasiado, el pobre individuo terminaría con la pierna inútil o peor. Debían ser muy cuidadosos.
—Tenemos que movernos—indicó Shaka. Era imperativo que llegaran a un sitio seguro para todos, donde el agua no amenazara con arrastrarlos.
Entre el marinero y el Santo, sostuvieron al herido. A duras penas avanzaron lentamente a través de la cubierta. Y justo cuando todo parecía terminar, el barco se elevó por encima de una ola gigante y se hundió por la proa en el mar. El agua enterró al navío por unos segundos, ahogando los gritos de los marineros, quienes luchaban por no perderse en el vasto y salvaje Mediterráneo.
El golpe del agua sobre la cubierta hizo que la nave entera se estremeciera. Los segundos que pasaron sumergidos fueron eternos y, cuando por fin salieron a la superficie, fue como si la gravedad les aplastara.
Shaka abrió los ojos y buscó de inmediato que los dos hombres que intentaba salvar, permanecieran a su lado. El hombre herido seguía aferrado desesperadamente a él, pero el otro había sido arrastrado por la corriente y ahora su vida pendía de la fuerza con la que pudiera mantenerse colgado de la baranda.
Pero poco tiempo tuvo el rubio para preocuparse por ello, cuando frente a sí, vio una ola enorme levantarse. Como un par de poderosas manos, la ola se dispuso a aplastarles.
—¡Polvo de Diamantes! —De pronto, la oscuridad se iluminó con decenas de copos de nieve cósmicos. Una rampa de hielo protegió al Axos, consiguiendo que la ola gigante se despedazara sobre ella. El agua corrió hacia ambos lados, en tan solo una fracción de segundos. —¡Ahora, Aioria! ¡Destrúyelo!—ordenó el francés. Sin pensarlo, el Santo de Leo sabía lo que debía hacer.
—¡Plasma relámpago!
Millones de rayos de luz surcaron el cielo, convirtiendo el escudo de hielo en minúsculas gotas de agua que cayeron sobre el navío y evitaron que se estrellara contra él. De algún increíble modo, habían librado un obstáculo, con un plan tan arriesgado como loco.
Mientras tanto, Mu corrió a socorrer a Shaka, al mismo tiempo que Camus fue en busca del marinero que colgaba del barco.
El Santo de Acuario no puedo haber llegado más a tiempo. Justo en el momento en que el hombre cedía, el acuariano tomó su mano y le salvó de una muerte segura. Pero la tormenta no cedía, poniendo obstáculo tras obstáculo sobre ellos. Sostenerlo no era, de ningún modo, tarea fácil.
La mitad del cuerpo del marino iba bajo el agua, mientras Camus intentaba mantenerle la cabeza por encima, para evitar que se ahogara con la fuerza del mar. Estaba completamente concentrado en la tarea, cuando escuchó aquella risa que le hizo levantar la mirada. Se encontró con una sombra que se movía a toda velocidad apenas por debajo de la superficie. En algún punto, la misteriosa criatura apareció por encima del mar, pero definir su identidad resultaba terriblemente difícil, gracias al oleaje revuelto. Lo único que el Santo alcanzó a apreciar, fue la mirada centellante de aquel ser que volvió a perderse en el océano.
—¡Te tengo! —En ese preciso instante, se percató que Máscara Mortal estaba a su lado y sujetaba el otro brazo del marinero caído. El francés intentó no lucir sorprendido, pero fue imposible.
—¿Viste eso?
—¿El qué? —Camus se lo pensó. No tenía respuesta para esa pregunta.
—Nada. ¡Saquémosle de aquí!
La tormenta no parecía dispuesta a ceder y, en medio de la tempestad, no se divisaba un solo refugio que pudiera servirle al Axos. Que los dioses se apiadaran de ellos.
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Era realmente curioso, pero en los siglos que tenía de vida, Perséfone nunca había vivido una tormenta en el reino submarino. Lo que en la superficie se sentía aterrador, en el fondo del océano se convertía en un hermoso espectáculo de luces y de juego del agua.
—Cálmate ya—insistió la diosa. No sabía muy bien que más podía decir. —¿Qué puedo hacer para solucionar esto?
—¿Tú? Nada. No eres tú quien debe recapacitar y componer el camino.
—Vamos, Poseidón. Alguien debe mantener la cordura en medio de este desastre y, según parece, tendré que ser yo.
—Perséfone…
—No. Hablo en serio.
—Yo también. Tú eres mi tío y ella es mi hermana; por encima de todo, todos nosotros somos dioses. Quizás es momento de comportarnos como tales. Así que dime lo que debo hacer, y lo haré.
Sin embargo, Poseidón no le respondió. Aún si la peliverde conseguía meter en razón a Athena, la amenaza de que la situación volviera a repetirse, era muy grande. A la más mínima provocación, cualquier otro dios terminaría encerrado y él no tenía intenciones de ser el siguiente.
Si el momento llegaba y era necesario, entonces estaría listo para darle batalla. Athena podía ser fuerte y osada, pero él lo era todavía más.
—¿Te sentirías mejor si hablo con ella?—insistió Perséfone. Pasara lo que pasara, el cariño fraternal que sentía por Athena la impulsaba a tratar de ayudarla.
—Athena tiene que liberar a Afrodita.
—Poseidón—suspiró, buscando paciencia—, sabes que no accederá a ello. Mientras vea a Afrodita como una amenaza, ella no arriesgará a los Santos. No pidas lo imposible.
—No quiero a nadie más encerrado.
—Eso no pasará; puedo asegurártelo.
El dios miró a sus ojos, con esa mirada fría y profunda. En otro tiempo, Perséfone se habría sentido intimidada, pero su vida en el Inframundo, le había enseñado a sobrellevar aquellas expresiones.
Se mantuvo inmutable por unos segundos, hasta que giró, dispuesta a marcharse de ahí. Caminó con seguridad, a pesar de sentir la mirada de su tío sobre ella. Iría a Atenas, en busca de su hermana. No estaba segura de lo que diría, pero confiaba en que ella fuera más razonable que el Señor de los Mares.
De haber sabido que terminarían de ese modo, quizás hubiera permanecido algunos días más en el Inframundo. Los rumores y los chismes nunca cruzaban hacia al mundo de los muertos, lo cual era bueno si una quería vivir con cierta paz. Lo que no podía negar era que, si Hades se enteraba, estaría terriblemente entretenido con el giro de la historia.
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El viento del Este soplaba fuerte y frío. Muy a lo lejos, dibujada en el horizonte, una línea de nubes negras y desgarradas delataba la fiera tormenta que azotaba al Gran Mar.
Para Shion, fue imposible no pensar en sus chicos y en la larga travesía que les obligaba a adentrarse en los dominios de Poseidón. Habían pasado días desde su partida, pero eso no significaba que el lemuriano se hubiera acostumbrado a su ausencia. Por el contrario, mientras más pasaba el tiempo, más crecía su ansiedad. Era imposible que no dejara de preguntarse si había tomado la decisión correcta, o no. Los había dejado marchar, quedándose él detrás, bajo la premisa que, desde el templo de Athena, podría vigilar los movimientos de cada dios que se levantara en su contra. Pero, ¿podría sostener sus intenciones?
Suspiró y abandonó el balcón del templo. Al voltear, reparó que no estaba solo; su diosa le acompañaba, sin que él hubiera notado su presencia. Disimuló la expresión de sorpresa en su rostro y sonrió a la morena. Ella correspondió su gesto con la misma afabilidad.
—Estás pensando en ellos. —La oyó decirle. Juntos, volvieron a acomodarse en la baranda.
—Sabes que siempre es así.
—No eres el único.
—Lo sé. ¿Tenemos noticias de ellos?
—Aretha ha confirmado que se encuentran bien; según parece, el grupo que se dirige a Creta se encuentra más cerca de su destino que los demás. De cualquier modo, quizás deberíamos tranquilizarnos un poco: las malas noticias suelen viajar más rápido que las buenas.
—Que no haya noticias, son buenas noticias, ¿no? —Shion miró a Athena y la joven asintió.
—Exacto.
El peliverde no podía estar más de acuerdo. Sin embargo, por mucho que su razón le dijera una cosa, su corazón le decía lo contrario. Había hecho lo correcto para todos. Entonces, ¿por qué se sentía tan mal?
De pronto, la conversación se enfrío y la diosa se puso en alerta. Shion notó de inmediato el cambio en su señora, pero no comprendió de inmediato el significado de su reacción. Tardó solamente un par de segundos antes de caer en cuenta de lo que pasaba: tenían visitas.
—Ven conmigo—ordenó Athena. Tan rápido como pudieron, se dirigieron al megarón, en busca de quien llegaba.
Perséfone esperaba por ellos. Irradiaba impaciencia, visible en el modo en que iba y venía sobre sus pasos, a lo ancho del gran salón. Cuando descubrió a la morena, centró su atención en ella con una sonrisa. Sin embargo, tan pronto su mirada se encontró con la del Patriarca, que iba justo al lado de su diosa, la expresión de la peliverde se agravó.
—Athena—saludó, regalándole un gran abrazo después de unos segundos.
—Has estado desaparecida por un buen rato.
—Ya sabes lo que mi esposo piensa de todo esto. Aunque tuve intenciones de volver antes, no había sido posible hasta ahora.
—Lo imagino.
—Y tan solo llegar, pues…—echó un vistazo al lemuriano, haciéndole saber a Athena que no se sentía cómoda con su presencia ahí—. Creo que tenemos mucho que conversar.
Hizo una pausa, larga y contundente. Ni a la diosa regente, ni a Shion, les fue difícil entender lo que eso significaba. Pero Athena no estaba dispuesta a complacerla.
—Puedes hablar con confianza. No tengo secretos con él—dijo. Para sus adentros, Shion se guardó una sonrisa.
—Preferiría si tuviéramos algo de privacidad.
—La tenemos, Perséfone. Te garantizo que ni una sola palabra de lo que digas saldrá de esta habitación.
—Poseidón está furioso—confesó, sin más preámbulos. Si conocía tan bien a su hermana, como pensaba, era inútil continuar insistiendo sobre la presencia del Patriarca. —Quiere la libertad de Afrodita, a como dé lugar.
—Sabes que eso no sucederá.
—¿No existe ningún modo de solucionar esto?
—Mucho me temo que no lo hay.
—Por Zeus, ¡Athena…!
—Ella intentó traicionarme. Se escabulló hasta el corazón de mi templo para liberar a Ares. Si hubiese tenido éxito, mis Santos estarían muertos ahora mismo—trató de explicar—. ¿No lo entiendes? Ella es peligrosa, tan peligrosa como cualquiera… y desvergonzada. ¡Profanó mi autoridad, Perséfone! Ella trajo todo esto sobre su cabeza.
—Sí, y tú estás echándote encima el odio del Olimpo entero. Intento ayudarte…
—Es imposible dar marcha atrás.
—Tal vez no es demasiado tarde.
—Oh, claro que lo es.
—Poseidón solamente desea que todo esto termine en el olvido. —Entonces, la mirada rosa de la Emperatriz, chocó con la de Shion. —Ningún otro mortal debe conocer el modo de someternos, Athena. Sé que tus intenciones han sido buenas, pero has puesto a todos en peligro, incluida tú misma.
—Mi preocupación no es para conmigo misma.
Perséfone suspiró, rebuscando por toda la paciencia que quedaba en ella y que se agotaba rápidamente. Entre Athena y Poseidón, se sentía atrapada. Ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder, lo cual era alarmante. Lo último que ella deseaba era tomar un bando, o peor aún, que el Olimpo completo se polarizara.
Tenía que encontrar el modo de apelar a la buena voluntad de ambos dioses. Pero, ¿cómo lo conseguiría si los dos tenían objetivos opuestos?
Si uno meditaba bien los argumentos, tanto de Poseidón como de Athena, podía darle la razón a cualquiera; sus motivos era poderosos. Por eso mismo, ella no quería verles enfrentados. Conociendo la explosiva personalidad de ambos, pondrían al mundo de cabeza hasta sentirse satisfechos. Eran demasiado poderosos y opuestos como para declararse la guerra. Aquel infame concepto de guerra santa era algo que Perséfone no quería experimentar.
—Athena, por favor—suplicó una última vez—. Piénsalo: no quieres a nuestro tío entre tus enemigos.
—Tampoco quiero a ningún otro de mis Santos en la hoguera.
—Yo no quiero eso tampoco.
Los ojos grises de la diosa regente se centraron en ella. No había un ápice de arrepentimiento en ellos.
Perséfone estaba a punto de marcharse, derrotada. Sin embargo, justo entonces, el Patriarca dio un paso al frente, capturando la atención de las dos deidades. Desde el principio de esa conversación, el peliverde había estado dando vueltas a todas las posibles soluciones en su cabeza. Probablemente, nadie más que él conocía lo que significaba una guerra contra Poseidón y no quería, ni necesitaba, una de esas en aquel momento.
—Mis señoras, si me permiten...—interrumpió—. Creo que tengo una solución a este conflicto.
—¿La tienes? —Los ojos de Perséfone brillaron con esperanza.
—¿De qué hablas, Shion?
—Primero quisiera discutirlo contigo, princesa. Si estás de acuerdo con mi propuesta, entonces podrás compartirla con la señora Perséfone y también con Poseidón.
Por un instante, Athena dudó. Pero de inmediato, su razón se impuso, recordándole que ese hombre jamás le había dado motivos para que dudase de él, de su lealtad, o de su inteligencia. Era el Patriarca de su Orden, el hombre que ella misma había designado para ejercer el papel de líder, entre los guerreros más poderosos que existían.
—¿Te importaría, Perséfone?—preguntó a su hermana.
—¿Esperar? No, no. Con gusto esperaré a que tengan una respuesta.
—Bien—sentenció—. Te llamaré cuando estemos listos.
—Hazlo. Esperaré por ti.
Diosa y Patriarca la vieron marchar en silencio. Cuando la figura se desvaneció en medio de un alo de energía oscura, la morena volteó hacia Shion. Su mirada hizo miles de preguntas más que su lengua. Ciertamente, estaba intrigada.
—Te escucho—dijo. El peliverde asintió.
—Pero, primero permíteme contarte una historia acerca del futuro.
Athena levantó una ceja, intrigada. Después, escuchó con atención cada palabra que abandonó los labios de Shion. Encontró algo de verdad en ellas y la historia le resultó fascinante.
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—¿Cuántos hombres perdimos?—preguntó Bemus.
A la distancia, podía ver el fuego donde ardía el cabrito que la tripulación había sacrificado en honor a Poseidón. Él no entendía porqué habían de glorificar y agradecer a un dios que acababa de tomar las vidas de sus compañeros. Pero las tradiciones de los hombres de mar eran arraigadas; si la sangre de un animal bastaba para tranquilizar la ira del Dios de los Mares, entonces no dudarían en derramarla.
—Un marinero y tres bogadores.
—Maldición. —Bemus chasqueó la lengua y arrugó la frente. —Asegúrense que no falte nadie más y que los heridos reciban cuidados. Después, quiero que verifiquen que el Axios se encuentra en condiciones de continuar.
—Cómo ordenes. —Ophelos ante las órdenes de su capitán y, girando sobre sus talones, se marchó a cumplir con lo pedido.
Bemus trató de calmarse. No era la primera vez que se veían atrapados en medio de una gran tormenta, ni tampoco era la primera vez que perdía gente a manos del mar revuelto. El problema era que, por mucho que sucediera, él jamás podría acostumbrarse a esa horrible sensación.
Respiró tan profundamente como pudo, pensando que debía calmarse antes de regresar y unirse con el resto de su gente. En ocasiones, cuando las tragedias sucedían, el antiguo soldado era cazado nuevamente por los fantasmas de su pasado.
—¿Señor? —El pelinegro trató de disimular el revuelo en su interior cuando escuchó la voz del chiquillo a su espaldas.
—¿Qué sucede?
—Tenemos un pequeño problema…
La cara de Huesos Flacos lucía genuinamente preocupada. Nunca le había gustado dar malas noticias a Bemus, ni tampoco preocuparle. Pero esta vez, por órdenes de Ophelos, no tenía más remedio.
—Además de los cuatro hombres que perdimos, al menos cinco más tienen algún hueso roto. Será difícil que puedan retomar sus puestos en el Axios—dijo el chico. A Bemus no le tomó ni medio segundo darse cuenta de lo que eso significaba.
—¿Estás seguro?
—Sí, señor.
—Eso es muy malo.
—Lo sé. Quisiera hacer más, pero no puedo.
—Haces lo mejor que puedes—sentenció el mayor, marchando de regreso a donde el resto de la tripulación esperaba, con el chico detrás de sus pasos. —Vamos, quiero hablar con todos.
—Voy.
Huesos Flacos no era más que un niño. Apenas había vivido catorce años, y llevaba un par de ellos viajando con Bemus, en el Axios. Al principio había sido difícil que se adaptara a la vida del mar. Sin embargo, con el tiempo, no solamente se había acomodado a los marinos, sino que también se había convertido en la mascota favorita de todos. No había nadie en el barco que no le tratara como a un hermano pequeño y torpe.
Su vida en tierra no había sido menos difícil.
Su padre había muerto cuando apenas era un niño pequeño, dejándoles a él, a su madre y a sus cuatro hermanas al cuidado de su abuelo, que era demasiado viejo como para sostener a la familia entera. Por esa misma razón, tan pronto había sido lo suficientemente mayor, Huesos Flacos —cuyo verdadero nombre era Endré— se había refugiado en la playa, buscando trabajo en las decenas de barcos que ahí atracaban. Pero su complexión delgada y frágil estatura habían jugado en su contra entonces. Nadie se atrevía a emplear a un crío que parecía romperse al levantar un cajón de madera. Al finalizar el día, nadie estaba dispuesto a pagar por sus servicios. Entonces, de algún modo que todavía no comprendía, había ido a dar con la tripulación del Axios.
Ophelos le había mirado con desconfianza al principio. Había visto en él nada más que una carga y un problema más. Pero Bemus se había entercado en llevarle consigo.
Su abuelo había sido un antiguo sanador de Pireo, aunque la vejez y la pérdida progresiva de la vista lo habían alejado de su oficio ya. Huesos Flacos había aprendido bien de él, al menos lo básico; Bemus encontraba útil aquella habilidad. Con el tiempo y con los viajes, el chico puliría sus talentos y, con suerte, se convertiría en un gran curandero en el futuro.
—La Isla del Ahogado no queda a más de un día de distancia de aquí. Una vez que estemos ahí, podremos encontrar algunos marineros que estén dispuesto a tomar los lugares faltantes—dijo el joven pelinegro cuando se reunió con el resto de su tripulación y de los Santos, en la bahía donde habían encontrado refugio—. Estamos algo cortos de remeros, pero creo que podemos llegar ahí con los que tenemos. Yo tomaré el lugar de uno de los heridos.
—¿Remarás con nosotros? —preguntó uno de los viejos remadores—. ¿Estás seguro?
—Uno hace lo que tiene que hacer.
—Nosotros también podemos ayudar. —Se ofreció Milo. Poco sabía que se arrepentiría de sus palabras, tan pronto la madera de los remos escociera sus manos, sacara ampollas en sus dedos y las hiciera estallar hasta que sangraran.
—Apreciaríamos la ayuda, al menos hasta que lleguemos a la playa.
—Podemos con eso.
—Bien—confirmó Bemus—. Entonces, pasaremos la noche aquí y mañana temprano, cuando el Sol despunte, partiremos. Descansen todo lo que puedan por ahora. Nos espera un día difícil al amanecer.
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Shion le había contado cada detalle que sabía acerca de la historia de la joven reencarnación de Poseidón, en los tiempos modernos. En lo que a él respectaba, solamente le había tratado en un par de ocasiones y sentía que la historia relatada por sus muchachos era congruente con lo que Julián le había mostrado.
—No entiendo del todo tu punto en esto, Shion.
—Los chicos que han nacido como reencarnaciones en el futuro, sin duda comparten rasgos con ustedes: sus esencias—explicó Shion.
—Sigo sin entender. Lo lamento.
—El joven Julián puede ser arrogante y berrinchudo, como un niño pequeño, pero la verdadera nobleza de su alma radica en el cariño que tiene para con sus generales marinos. Conoce y aprecia el significado de la lealtad hacia sus guerreros. Si conseguimos apelar a esa parte del corazón de Poseidón, quizás tengamos manera de negociar con él.
—No sé si consigamos tal cosa. Mi tío es…
—Prométele que esta guerra contra los dioses durará tanto como la estancia de los chicos aquí. Ni un día más.
—Él piensa en si mismo—dijo Athena—. Su verdadero temor es terminar encerrado en una de esas urnas, junto a Ares y Afrodita. No creas ni por un momento que todo este escándalo es pura preocupación por sus iguales.
—Mejor aún. —El lemuriano sonrió. Sin decir más, caminó hasta donde se encontraban las tres urnas y tomó aquella que estaba vacía. —Entrégasela.
—¿Qué?
—Entrégale esta urna. Si su temor es terminar dentro de ella, entonces dásela, como un gesto de buena voluntad.
—No voy a hacer tal cosa. Es posible que la necesitemos en algún otro momento y no pondré nada en riesgo para satisfacer el mal genio de Poseidón.
—Si eso significa no tenerlo encima todo el tiempo, creo que vale la pena.
Para Shion, era una apuesta segura. Sintiéndose seguro, el dios de los Océanos se relajaría y, con un poquito de suerte, volvería a estar del lado suyo. Si ese era el precio de un poderoso aliado, entonces lo pagaría con gusto.
Conocía el fuerte carácter de Poseidón y prefería sacarlo con su gusto, al menos por el momento. El único problema sería convencer a su diosa de que aquella era la solución que buscaban. En todo caso, incluso si su idea llegaba a fallar, Poseidón no podría usar la urna contra ellos, pues la sangre de Athena la había consagrado solo para ella.
—¿Qué opinas, princesa?
—Sinceramente, no lo sé. —Él comprendía su indecisión. Sin embargo, aunque no deseaba presionarla, debía insistir.
—Confía en mi.
—Confío en ti, plenamente. Si no lo hiciera, no estaría aquí, escuchándote.
—¿Eso significa que llegamos a un acuerdo?
La morena se lo pensó un momento más. No deseaba ceder, ni arriesgar nada, pero tenía que concederle parte de la razón a su Patriarca.
—Si entregamos la urna, ¿crees que Poseidón dejará de exigir que liberemos a Afrodita y a Ares?
—Creo que es muy probable que así sea. Le haremos ver que lo que haces, es únicamente por tus Santos y quizás consigamos apelar a su sentido de lealtad. —Athena dudó de nuevo.
—De acuerdo—cedió, por fin—. Hablaré con Perséfone y le pediré que sea ella misma quien haga la mediación. Espero que esto funcione, Shion. A estas alturas, no podemos permitirnos ningún error.
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La isla del Ahogado era mucho menos siniestra que lo indicado en su nombre. En realidad, se trataba de un montón de pequeños islotes, con una población flotante, constituida en su mayoría por las tripulaciones de los barcos que buscaban refugio en el sitio. Por supuesto, las decenas de caletas que la conformaban estaban llenas de mala comida, putas carcomidas por el Sol y la arena, y de vino barato en abundancia. Con todos sus defectos y virtudes, era un lugar que solo podía definirse como "pintoresco".
—¿Cuánto tiempo estaremos aquí?—preguntó Milo, tan pronto el Axios tocó tierra firme.
—Al menos por esta noche. —Le respondió Huesos Flacos. No era la primera vez que pernoctaba ahí. —Mañana por la mañana, habrá una enorme fila de marineros esperando por la oportunidad de subirse al barco. Siempre hay gente en busca de trabajo, así que cuando ven al Axios buscando por tripulación, no dudan en acercarse. Bemus elegirá a los mejores y, entonces, partiremos de nuevo.
—Toda la noche aquí.
—Sí—confirmó el chico—. Si quieren pasar un buen rato, hay un pequeño tenderete al fondo del playón, donde sirven una sopa de cola de pescado muy sabrosa, y siempre hay buena música.
—Oh…
—Pero les advierto: tengan cuidado con las putas. La última vez, hubo una epidemia de verrugas en el navío por culpa de ellas.
Camus, al lado del escorpión, le miró de reojo. Sonrió escuetamente al reparar en su expresión. Milo no sabía si soltarse a reír, o comenzar a llorar. Quizás, a lo largo de la noche, haría ambas cosas.
—Mantendré a Milo alejado de ellas—dijo el francés, robando una sonrisa al chico y una mueca de sorpresa a su amigo.
—¿De quienes?
—De las mujeres, Gato. De las mujeres—respondió un alarmado peliazul.
—¿Y eso? ¿Camus al fin ha admitido que se pone celoso de la atención que les prestas? —La respuesta que obtuvo se tradujo en un golpe a la nuca. —Qué mal genio, Acuario.
—La conclusión importante en esto es: mantengan sus pantalones en su sitio.
—Entendido perfectamente, Buda—agregó Ángelo. Mu, mientras tanto, miró en silencio de uno a otro, esperando que realmente entendieran la magnitud de la petición. Ojala que nadie bebiera tanto vino como para perder la conciencia y terminar con verrugas en los sitios más incómodos.
—Les quiero de regreso por la mañana, ¿vale? —La voz grave de Bemus les interrumpió, haciendo que más de uno se respingara.
—Aquí estaremos.
Los chicos le miraron descender del barco y perderse entre el mar de gente que recorría la playa de la isla. Para ser un tipo tan alto y único, no le resultaba difícil fundirse entre la multitud, hasta pasar desapercibido.
Cuando por fin le perdieron de vista, los chicos decidieron descender también, en busca de cualquier cosa para comer, que no estuviera hecha de pescado seco.
—Es un poco intimidante. —Milo se sopló el flequillo. Pocas personas le imponían esa sensación de distanciamiento como el capitán de su barco.
—Yo diría que es algo oscuro.
—¿Oscuro? Bah. He visto peores. —Ángelo se frotó la nariz. Dijeran lo que dijeran, el moreno simplemente le resultaba callado.
—Siempre tienes que ir en contra de todos…
—Yo estoy de acuerdo con él—replicó Aioria. Shaka comenzaba a encontrar esa solidaridad bastante molesta. —Bemus es puro misterio. Quizás tenga un pasado complejo, pero no sé que tan oscuro pueda ser él.
—Pues yo no quiero que me regañe. —Milo meneó la cabeza. Después, rebuscó en los alrededores por algún sitio especial que le invitara a entrar.
—No creo que vaya a regañarte… si algo, te lanzará por la baranda del barco.
—¿De qué lado estás, Camus?
—Yo no me preocuparía de eso, Milo—acotó Mu, sólo para que sus palabras fueran continuadas y torcidas por el cangrejo dorado.
—Claro que no se preocupa. Si alguien sabe como aterrizar de boca en el agua, es precisamente él. Todos vimos el clavado olímpico que se dio en Pireo, al bajar de la Kyrenia.
El Santo de Escorpio gruñó, a sabiendas de que su orgullo había sufrido un golpe mortal cuando las risas estallaron y las sonrisas cómplices aparecieron. Cómo fuera, el viaje no parecía tan pesado como sonaba al principio. Al menos por esa noche, era divertido.
A lo lejos, un par de ojos vigilaban todos sus movimientos. Egles los observaba con cierta fascinación implícita en la mirada. No era la primera vez que les espiaba, pero mientras más les conocía, más desconcertantes le resultaban. Esos humanos no eran como los demás; había algo en ellos que los hacía especiales, algo que Athena había reconocido y la razón por la cual les había tomado bajo su protección.
Encontraba en esa innegable verdad la razón por la que los dioses se ensañaban tanto con ellos. Pues bien, ahora era su turno de cazarles.
Se cubrió la cabeza con la capucha de capa y, girando sobre sus talones, se alejó de ellos, en busca de un sitio donde descansar.
El Sol comenzaba a ocultarse en la Isla del Ahogado. Decenas de fogatas comenzaron a arder por toda la playa, mientras pequeños grupos de marineros se arremolinaban alrededor de ellas, a compartir vino e historias de mar.
Sobre la línea del horizonte, las nubes rojizas que presagiaban lluvia se asomaron. Avanzaron con rapidez, arrastradas por el viento. Un trueno rugió y un rayo dorado iluminó el cielo. Poco después, la cortina del cielo se abrió y las primeras gotas de lluvia cayeron sobre la playa. El agua era fría, pero no densa. Toda la noche pasaría así: con lloviznas suaves y las luces de Zeus surcando la bóveda celeste. Esa noche, las estrellas no brillarían.
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Él la había estado buscando incansablemente.
Cada vez que cerraba los ojos, Mu trataba de pensar en ella, con la esperanza de que, como sucediera en el pasado, acudiera a él en sueños.
En ocasiones, se preguntaba si sus sueños tendrían algo de verdad, o simplemente eran predisposición de una mente obsesiva. Cualquiera que fuera la respuesta, aquel era el único modo que tenía para convocarla. Era Phineas quien le había buscado desde el principio y, por lo tanto, era ella quien debía volver a él; no había otro modo. Poco a poco se perdió en el mundo de los sueños, hasta que los pensamientos se apagaron en su cabeza. Cayó, entonces, en el abismo de un profundo sueño. Antes de que se diera cuenta, sus pensamientos se desvanecieron, dejando nada más que la calma que solo dormir le otorgaba.
—Ha pasado mucho tiempo. —Al melodioso sonido de esa voz, sus sueños tomaron forma.
Se encontró a su mismo de pie, en medio de la nada. A su alrededor, podía ver el tenue destello de cientos de estrellas, cuya luz viajaba hasta él, desde muy lejos. Un poco más allá, se encontró con Phineas. Estaba de pie, observándole. Sus ojos estaban vivos; tan brillantes y hermosos como los habían visto en todos sus sueños anteriores.
La mujer le tendió la mano y Mu, con dudas, la tomó entre las suyas. Entonces, cuando se tocaron, un resplandor más fuerte que el de las estrellas, les envolvió. La voz de Phineas volvió a resonar en su cabeza, sin que sus labios se movieran en lo absoluto.
—¿Qué es lo que puedo hacer por ti, Mu de Aries?
—Volveremos a Troya—respondió él—. Debemos recuperar las joyas que poseen el cosmos de Athena. Apolo las ha tomado, con la promesa de ayudarnos, pero ni ha cumplido su palabra, ni tampoco nos las ha devuelto.
—La ninfa dijo que necesitan de mi ayuda. Pero, Mu, no está dentro de mi control que Apolo me visite. Es él quien decide el momento y el modo.
—¿No hay nada que puedas hacer? —Ella meneó la cabeza. —Oh…
—Sin embargo, puedo decirte algo.
—¿Qué?
—Troya guarda en sus entrañas un tesoro aún más grande, que pertenece a Athena.
—¿De qué hablas? —El lemuriano no entendía. ¿Cómo era posible que Periandro se apropiara de algo que, en esencia, lucía realmente importante para su diosa?
—El momento llegará de que veas la verdad.
—Pero, entonces, ¿qué es lo que debemos de hacer?
—No puedo darte una respuesta para esa pregunta, Mu. Sea cual sea la decisión que han de tomar, habrá retos y peligros. Nadie más que ustedes, los protegidos de Athena, deben valorar que es aquello por lo que vale la pena luchar.
—Nosotros no sabemos lo que hay en el futuro. Ni siquiera sabemos de las sorpresas que están destinadas para nosotros. No tenemos ojos que miran al futuro. ¿Cómo podremos…?
—De eso está hecha la vida, Mu: de incertidumbre y de caos—terció—. Aún así, en medio de ella, los mortales encontramos el modo de vivir. Todo lo que necesitas es esperanza.
En ese momento, Phineas dejó ir sus manos y el ariano sintió que la voz le fue arrancada. Por mucho que intentó llamarla, gritando su nombre, no hubo un solo sonido que se generara en su garganta.
La silueta de la pitonisa empezó a alejarse de él, poco a poco. El santo trató de ir de ella, pero por mucho que corrió, no se movió de donde estaba. Lentamente, la desesperación hizo mella en su persistencia; tenía tantas preguntas que hacerle aún. Cerró los ojos, apretándolos con fuerza mientras gritaba lo más fuerte que sus pulmones le permitían. Pero en ese preciso momento, al abrirlos de nuevo, descubrió que había despertado.
El sonido de las olas rompiendo contra la arena y el golpeteo de las gotas de lluvia sobre su improvisada tienda fue todo lo que pudo escuchar. Se sintió agotado y también confundido.¿Había sido solo un sueño? ¿Phineas había acudido a él?
Mu ya no estaba seguro de nada.
Cerró los ojos y volvió a acomodarse, con la esperanza de dormirse nuevamente. La Edad del Mito le había enseñado a no desperdiciar ningún remanso de paz. Tomó algunos minutos para que se calmara y para que su cabeza comenzara a funcionar con racionalidad. Cuando todo se aclaró para él, cayó en cuenta de que había tomado una decisión.
Con los colgantes de por medio, o sin ellos, iría a Troya. Iría en busca de Phineas.
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Por fin, después de un lloriqueo interminable, Milo se había dormido. Se había quejado de todo: de la comida, de la compañía, de la falta de sueño, de la lluvia e incluso, de la playa. Para colmo, todas las horribles historias sobre las ampollas en las manos, habían terminado por ser ciertas. Ahora, todos tenían las manos destrozadas. Cerrar el puño o mover los dedos, se convertía en una tortura; algo parecido a un clavo hundiéndose en sus manos y desgarrándoles la piel.
Aioria no tenía nada en contra del bicho… de hecho, comprendía su pesar. Sin embargo, sintió un alivio inmenso cuando su voz se extinguió y el escorpión dorado se entregó al mundo de los sueños.
Lo único malo era que él ahora estaba bien despierto y el sueño se le había espantado.
—Maldición—masculló mientras se incorporaba.
Al final, había terminado durmiendo muy cerca del barco, en un pequeño campamento que el resto de los tripulantes habían montado. La arena mojada se sentía como una roca contra sus espaldas. En momentos como aquel, cuando sentía todos sus discos lumbares dislocados, Aioria comenzaba a comprender el por qué Kanon detestaba tanto viajar en barco.
Decidió que prefería dar un paseo por la bahía que quedarse ahí, pensando como la arena le picaba en todos lados. La tormenta y todas esas vidas que se habían perdido, también le habían dejado algo sacudido.
—¿A dónde vas? —Escuchó el murmullo de la voz de Ángelo y se detuvo.
—A ningún sitio en especial. Solo caminaré un poco para ver si puedo dormir un poco después.
—Creí que a los gatos no les gustaba el agua. —Arrugó el entrecejo. Aioria le sonrió con complicidad.
—Sabes que no soy un gato cualquiera.
—Más o menos. —Se rascó la nariz. —Ten cuidado, minino.
Ángelo había desarrollado un sexto sentido para con Aioria. Era como si pudiera descifrar sus pensamientos con solo mirarle a la cara, y algo no estaba del todo bien esa noche con el Santo de Leo.
A pesar de todo, Máscara Mortal también sabía que, cuando se trataba de Aioria, tampoco se podía insistir de más. Todos los traumas de su juventud, en las que sentía que no podía confiar en nadie, se convertían en paranoia pura cuando se sentía acorralado. Así que decidió dejarlo ir. Quizás la caminata nocturna de verdad le tranquilizara un poco, y le permitiera reflexionar acerca de lo que fuera que estaba mal.
Y así fue.
El castaño se alejó del campamento, perdiéndose entre las hogueras que habían sobrevivido a la llovizna y las largas sombras que éstas proyectaban. Tropezó con algún marinero borracho y no pudo evitar sonreír cuando vio a algún otro huyendo hacia las sombras con una prostituta; la famosa mención de las verrugas le vino a la mente. Pero en general, no se fijó en mucho más. Su cabeza estaba muy lejos de ahí, miles de años en el futuro. Aquella última conversación con Shion le había dejado algo sacudido. En realidad, se había dicho que su petición era algo alocada y que sus esperanzas eran pocas, pero según parecía, su corazón esperaba que las cosas funcionaran de un modo diferente.
De pronto, el camino de la caleta llegó a su fin. Aioria descubrió que unos metros más allá, rodeando una rocosa salida de piedras, podía alcanzar una nueva y pequeña playa.
Sin embargo, un golpe de razón le vino a la cabeza. Quizás ese enorme brazo de rocas, apenas visibles desde la superficie y en el que las olas se estrellaban con fiereza, bien podía ser el motivo que daba nombre a la isla. Un mal paso y caería; si no se rompía la cabeza, seguramente se rompería algo más y terminaría ahogado.
Muy en contra de toda lógica, decidió aventurarse.
Caminó con mucho cuidado sobre las rocas, sujetándose de donde podía para no perder el equilibrio. El golpe del agua amenazó con tirarle, más de una vez, pero de algún modo logró mantenerse en pie. El cruce solo tardó algunos minutos, que para el Santo se sintieron como una eternidad. Por fin, llegó a su destino.
El sitio estaba solitario; ni una sola alma se veía por los alrededores. Quizás había alguien más allá, pero tenía que ser un loco como él para haberse aventurado a aquella parte de la isla.
La playa era una placa de piedras y arena sólida. Con razón ningún barco se arriesgaba a encallar ahí; sería un suicidio. La caleta estaba perfectamente bien escondida entre dos grandes cordilleras, sin ningún otro camino para llegar ahí, más que él que Aioria había usado. Tampoco era una caleta grande. Más allá del playón, había una densa zona de árboles y manglares. Después, solo la piedra de la montaña.
En un instante, Aioria se arrepintió de haber arriesgado tanto por nada.
Estaba a punto de volver sobre sus pasos cuando sintió esa suave caricia sobre su hombro. Volteó en un santiamén. Sus ojos se encontraron con la mirada ámbar de Artemisa.
La realidad le golpeó como un puñetazo en el estómago. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que se encontraron, que todo ese horrible enredo había pasado a ser solamente una pesadilla. Con la diosa de regreso, la vida real le recapturaba una vez más.
—Ha sido difícil encontrar el momento adecuado para verte—dijo la diosa. Él asintió, luchando por dominar sus emociones.
—No he podido aislarme lo suficiente del resto. Discúlpame por la espera.
—Despreocúpate. Ahora estamos juntos y eso es lo único que importa. —Artemisa intentó besarlo, pero él se adelantó y, tomándole de la mano, depositó un beso sobre ella.
—¿Qué ha sido de ti? ¿Cómo han sido estos largos días de ausencia?
—Una locura. Cada día ha sido un tormento. Debes volver conmigo al Olimpo. Te necesito a mi lado, no aquí… fingiendo ser uno de ellos.
—Sabes que no es el momento.
—Nunca lo será.
—Recuerda el plan, Artemisa. Entrega los niños a Athena y tendrás con que negociar un tratado de paz.
Sin embargo, la rubia se alejó de él, dándole la espalda y visiblemente contrariada. Estaba harta de aquel estúpido juego. Todo lo que ella quería, era tener lo suyo de regreso: a Orión. No comprendía el porqué debía seguir siendo víctima de la voluntad de otros dioses, cuando ella misma era capaz de decidir su propio futuro.
Aioria la miró en silencio. Apretó los labios, esperando que la paciencia le aguantara. Sentía que se le hacía mucho más difícil con el paso de los días.
—Artemisa… —Se acercó a ella y posó sus manos sobre los delicados hombros de la diosa.
—Estoy cansada de este juego.
—Entonces, haz que llegue a su fin.
—Yo solo te quiero a ti. —La rubia volteó de improviso y buscó sus labios. —Lo que suceda después, no me interesa.
—Oye, oye, escúchame. —Trató de liberarse del modo más disimulado que pudo. Cada beso que entregaba, le robaba un pedazo del alma. —Yo necesito esto. Mi conciencia nunca estará tranquila, sino hasta que esos niños se encuentren seguros.
—¡Ellos no importan!
—Para mi, sí que importan. Solo son unos niños, Artemisa.
Ella se alejó de él, con un empujón y con la rabia impregnada en la mirada. Por un momento, el león se sintió descubierto, pero tan pronto se recobró del breve susto, se dio cuenta de que la actitud de la diosa no era más que berrinche. Un escalofrío recorrió su espalda de tan solo pensar en la reacción de Artemisa al saberse engañada. Desafortunadamente, algún día tendría que enfrentarla.
Trató de recobrar la calma, manteniéndose impávido. Tampoco insistiría con el asunto de los críos, pues terminaría por resultar sospechoso. Simplemente esperó, sin despegar la vista de ella. Cuando se trataba de Orión, la rubio generalmente era la primera en ceder.
—Lo siento—masculló ella tras unos segundos.
—Está bien. Pero debo regresar, o comenzarán a sospechar.
—No te vayas, por favor—suplicó Artemisa, y aunque el Santo se sintió terriblemente culpable, no estaba dispuesto a complacerla.
—Lo siento.
—¿Estás enojado? —Le detuvo del brazo. El castaño volteó lentamente y del mejor modo en que pudo. —No quiero que te despidas de mi así.
—No estoy enojado—respondió él.
—Prometo que veré por los críos. —Haría cualquier cosa por él. Cualquier cosa.
—Está bien. No te preocupes.
—De acuerdo. —Sintió la caricia suave de sus dedos sobre la mejilla y la piel se le erizó. —Volveré a buscarte.
Artemisa se despidió de su amado con un beso. Aprovechó que le tenía cerca para pasar las manos sobre su cuello y atraerlo hacia ella. Unió su boca con la suya, en un beso largo y lleno de pasión. Después, simplemente se desvaneció con el viento.
Aioria la vio marcharse en silencio. Su caminata nocturna, lejos de tranquilizarle, le había dejado más sacudido.
Cuando supo que estaba solo, hundió la cara entre sus manos. El agua de la lluvia resbaló de sus rizos mojados y le cayó sobre el rostro. A pesar de todo, se forzó a no mostrarse débil; todo aquel enredo con Artemisa había sido idea suya y debía finalizar lo que había empezado. Respiró profundamente, una y otra vez. Sin embargo, el repentino aviso de su instinto le hizo levantar el rostro.
—¿Qué haces aquí?—cuestionó con dureza. No estaba dispuesto a admitir sus tropiezos, mucho menos ante Máscara Mortal.
—No puedes seguir con esto. ¿Sabes lo que sucederá cuando ella despierte del engaño?
—Es la única opción si queremos recuperar a los niños.
—Ya, ya. Pero, ¿sabes qué? Estás vendido tu alma a cambio, Gato.
Aioria le echó una última mirada y, sin pronunciar palabra alguna más, pasó a su lado, dispuesto a regresar al campamento. No necesitaba que le dijeran lo que se estaba jugando; después de todo, era su propia vida la que quedaría de por medio. Pero tenía que hacer lo que debía. No sabía cómo hacer las cosas de un modo diferente.
-x-
Marin estornudó dos veces y luego una más. De pronto, se encontró a si misma sonriendo. ¿Acaso Aioria estaría pensando en ella?
Se reprendió casi de inmediato y trató de recomponer la compostura. Ella era una Amazona, una guerrera de Athena, cuyo orgullo le impedía comportarse como una adolescente enamorada… a pesar de que, precisamente, eso era.
Desde que Athena le había contado la increíble historia acerca de la resurrección de Aioria, la pelirroja se encontraba a si misma, sonriendo sola, más veces de las que estuviera dispuesta a aceptar. Pero es que estaba terriblemente feliz. Tantas veces había suplicado a los dioses por un milagro y, de alguna increíble forma, se lo habían concedido. Sonaba tan surreal que parecía un sueño.
—¿Marin? —Escuchó la voz a sus espaldas, pero no se alarmó. Lentamente giró el rostro para centrar la mirada en la radiante sonrisa de su aprendiz favorito.
—Seiya.
—Estaba buscándote.
—¿Sucede algo?
—No, en realidad no. Simplemente quería saber como estabas. —Desde que la noticia de la muerte de Aioria había llegado a sus oídos la primera vez, el Santo de Pegaso no se había despegado de su maestra, ni por un segundo. Había tomado como misión personal, el velar por su bienestar; su amigo de Leo hubiera querido que así fuera y él también se lo debía a Marin.
—Estoy bien. Aunque te lo agradezco, no es necesario que me sigas a todos lados.
—Me preocupo por ti. Además, sé que me echas de menos. —El castaño le dirigió una mirada traviesa. Ella dejó escapar una risa.
—Sabes que es así.
—Bien. Entonces, me quedaré a hacerte compañía.
—Eso estaría bien.
Se dejó caer a su lado, justo al límite del enorme barranco que formaba el cabo. Era una noche tranquila, en la que apenas había brisa, pero en la que la Luna se veía enorme, como si estuviera solo a unos metros de la Tierra.
El mar se fusionaba con el color oscuro del cielo. Las estrellas se reflejaban sobre su superficie, creando la ilusión de que la bóveda celeste les envolvía por completo.
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Mirra llevaba largo rato sentada sobre el lecho, observando mientras las doncellas terminaba de arreglar a Phineas. Según le había parecido, la peliplateada ni siquiera había reparado en su presencia ahí. ¡Vaya pitonisa por la que su padre había arriesgado a toda Troya!
En ese instante, la puerta se abrió y Tarsila entró a la habitación. El repicar de sus tarros de cristal, así como el ritmo torpe de su pierna coja, traicionaron su presencia. Phineas, de inmediato, giró hacia ella.
—Buen día…—saludó la curandera, solo para tragarse sus palabras cuando vio como la princesa troyana le pedía que guardara el secreto de su estadía ahí, rozando sus labios con el índice. Obedeció. —Phineas.
—Te esperaba, Tarsila.
—¿Qué sucede, mi niña?
—Tuve un sueño anoche. —De inmediato, Mirra se puso en alerta. Tarsila se sintió nerviosa, y a la vez, avergonzada de traicionar la confianza de la joven de ese modo. —Los Santos regresan a Troya.
—¿Cuándo?
—Pronto. El viento del Oeste les traerá de nuevo.
—Deberán ser cuidadosos; no se despidieron de Troya en el mejor de los términos. —La vieja sintió sobre de sí la punzante mirada de Mirra, pero no se inmutó. —¿Cuál es el motivo de su regreso?
—Los dioses han tomado algo que es suyo y vienen a reclamarlo. Sin embargo…—Hizo una pausa. —El destinos siempre es caprichoso con ellos. Quizás la misión final de su viaje sea una muy distinta.
—¿Eso que significa? —Si algo sabía Tarsila al respecto de los sueños de la pitonisa, es que eran usualmente tan abstractas, que ni ella misma podía comprenderlas con plenitud.
—No significa nada. Simplemente debemos estar alertas.
—Comprendo.
La mirada opaca de la anciana se desvió hacia Mirra, donde encontró interés desmedido. La princesa estaba al borde de la cama, atenta a cada palabra de la pitonisa. Intercambió una mirada fugaz con la curandera y, solo un segundo después, sus ojos se afilaron.
Se levantó del lecho con el sigilo de un felino y buscó por la salida. Las palabras que había escuchado en esa habitación se quedarían en su cabeza hasta el momento en que los Santos decidieran llegar a Troya. En el intermedio, se aseguraría de no dejar ningún detalle al aire. Por supuesto, la discreción lo era todo; su padre era un hombre intuitivo, pero terriblemente peligroso cuando se lo proponía.
Si Phineas tenía razón, entonces más le valía comenzar con los preparativos. El gran momento decisivo se acerca a su tierra, y Mirra estaba dispuesta a enfrentarlo.
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Saga llevaba un buen rato observando a Aioros desde lejos. El Santo de Sagitario se había apoderado de un rinconcito de la baranda en el que todavía había sombra, a pesar de la hora del día.
Durante el tiempo que habían pasado en el mar, el arquero había desplegado todas las emociones que Saga le conocía y más.
Incluso Kanon parecía desconcertado y aquello era mucho que decir. Su gemelo siempre, siempre, había tenido la rara habilidad de leerlos a ambos, como si fueran un par de libros abiertos. Si mostraban debilidad, el antiguo marina les saltaba a la yugular; en cambio, si se sentían más fuertes que de costumbre, Kanon cuidaba cada paso que daba, deseoso de no terminar malparado. Y, por el modo en que había evitado a Aioros, y por como se había mantenido lejos de él y de sus golosinas, Saga podía afirmar que estaba ligeramente confundido.
Al fin, el Santo de Géminis no pudo aguantar la incertidumbre por más tiempo. Sopló sus flequillos y se armó de paciencia. Con un poco de suerte, quizás conseguiría vislumbrar algún que otro secreto en la cabeza de su amigo.
—Hey—saludó.
—Hola.
—¿Estás bien? Llevas un rato parado aquí, sin moverte.
—Estoy bien.
—¿Seguro? —El arquero asintió. —Vale. Si vas a comenzar a vomitar, ten la delicadeza de avisarme para que salga de aquí a toda velocidad.
—Lo tendré en cuenta. —Sonrió.
—Genial. —Saga le miró de soslayo y, después, fijó la vista en el horizonte; ahí donde el mar y el cielo se unía. —Estoy un poco harto del mar.
—Dímelo a mi.
—Al menos Kanon no está molestando.
—No le invoques. Estoy seguro de que puede oírte y comenzará a esmerarse. —La seriedad con que Aioros habló hizo que Saga dibujara una sonrisa retorcida.
—Cuando estemos en el camino de regreso a Atenas, y podamos ver el Pireo lo suficientemente cerca, deberíamos arrojarle al mar.
—¿A Kanon?
—Sí. Sería divertido. —El castaño soltó una risilla cómplice que tranquilizó ligeramente al gemelo. —Poseidón se encargaría de que el mar le escupiera ahí mismo.
—Vale la pena intentarlo.
Aioros le sonrió con travesura y, tan solo por unos segundos, su atención perteneció al gemelo. Después, el mar volvió a atraparle con los destellos que el Sol pintaba por encima de sus aguas.
—Oye—Saga se sopló el flequillo de nuevo, sin saber muy bien como abordarle—, ¿seguro que estás bien? Estás más callado que de costumbre.
—Estoy pensando.
—¿Se puede saber en qué?
—En lo que nos queda por delante aquí.
—¿Eso que significa exactamente?
—Después de estas misiones, si regresamos completos y vivos, solamente quedarán tres desafíos por delante; uno de los cuales, más que peligroso, simplemente es asqueroso. Pero la última batalla, descender al Inframundo y salir de ahí con vida… Bueno, tú lo has hecho ya y no fue precisamente bien, ¿me equivoco?
—Ya. Comprendo a que te refieres. —El peliazul se tomó unos minutos para pensar con cuidado su respuesta. Aioros había tocado un punto delicado y bastante real. —¿Quieres que sea honesto?
—No me molestaría que lo fueras.
—De acuerdo. La verdad es que no eres el único que ha pensado en eso. Casi puedo asegurártelo. —El resto de ellos, con excepción del arquero, sabían un par de cosas acerca de bajar al Infierno y morir ahí, enterrados. A pesar de su ausencia y prematura muerte, quizás la bendición más grande del Santo de Sagitario era precisamente esa: mantener cierta ingenuidad al respecto. —Tampoco creo que nadie esté ni mínimamente seguro de sobrevivir a dicha travesía. Se siente como una burla: sobrevivir a tantas penalidades, solo para caer al final, cuando todo se supone que debía terminar. —Echó una mirada a su amigo, después de tan severa afirmación. Para su sorpresa, el rostro de Aioros no había mostrado emoción alguna. —Esta bien sentir miedo. Lo sabes, ¿cierto?
—Lo sé, lo sé. Pero… no estoy asustado.
—¿No?
Se sintió intrigado, Saga no pudo disimularlo. De todos los defectos que podían encontrársele a Aioros con respecto a su vida de guerrero, el más importante era la inexperiencia. Y, si el gemelo lo pensaba, la inexperiencia usualmente se convertía en miedo.
—No hay razón para preocuparse.
—Pues yo estoy preocupado… por ti. No sé si todo esto me suena a resignación. —Saga entrecerró los ojos, tratando de dilucidar los pensamientos de su amigo. Sin embargo, Aioros simplemente esbozó una sonrisa simple y vaga.
—No es resignación; es aceptación.
—Están peligrosamente cerca.
—Bah, no seas exagerado.
—No lo soy. Sólo quiero saber que hay dentro de esa pequeña e intricada mente tuya. —Los labios de saga dibujaron una sonrisa traviesa al reparar en la expresión de fastidio de su amigo.
—¿Mi mente es pequeña e intricada?
—Sí. La mía es grande e intricada.
—Muy gracioso, Saga; muy gracioso.
—Venga, deja de ponerte misterioso y cuéntame qué es realmente lo que piensas—insistió, tornándose más serio.
—No estoy pensando en nada en particular.
—Lo haces. Te conozco, así que deja de mentirme.
—No lo sé. Sólo intento tener un plan de respaldo.
Saga se sintió extraño porque, por un lado, sentía que lo que Aioros decía, tenía mucho sentido. Pero, a la vez, había algo que no terminaba de encajar para él. Quizás de verdad se estaba convirtiendo en un jodido paranoico. Si sobrevivían a todo eso, más valía que Shion y Saori les dieron un tiempo para vacacionar y desintoxicarse de tanto estrés.
Lo que fuera que estuviera pasando, tendría que esperar para ambos, pues en ese mismo instante, había asuntos que reclamaban su atención. Dichos asuntos venían en la forma de un marinero cuanto más que emocionado por su presencia.
—¡Hey! ¡Ustedes dos! —Reaccionaron ante el grito de Bias. El marinero gigante venía hacia ellos, tirando de un reacio Kanon y seguido de un nutrido grupo de admiradores y del resto de los Santos. —¡Sabía que les encontraría aquí! Traje a alguno de los chicos para escuchar todas las historias que Kanon nos ha contado.
—Creí que ya las habíamos escuchado todas. —Shura susurró a Aldebarán y a Dohko.
—Obviamente, no han sido todas.—respondió el chino, mientras el trío de Santos compartían una sonrisa.
—Creo que a Kanon le encantará escuchar las historias de nuevo. —Saga tuvo que contenerse para no estallar en risas.
—Ah, solo mira su cara de alegría.
Las sonrisas cómplices de su hermano y del arquero hicieron que el gemelo se sintiera todavía más irritado. Quizás debió haber aprovechado la ausencia mental de Aioros para lanzarlo de la borda; con seguridad, Saga se lanzaría tras de él.
Pero su pequeño momento de maldad se vio interrumpido cuando el pesado brazo de Bias cayó sobre sus hombros.
—¿Me ayudarás a narrar la historia esta vez?—preguntó al gemelo.
—Te cederé ese placer—gruñó el peliazul.
—¡Pero, Kanon…!
Kanon se gastó dándole razones por las cuales no repetiría los cuentos que alguna vez inventara. Sin embargo, el marino no parecía dispuesto a escuchar sus explicaciones. No importaba que tanto se quejara el Santo, Bias no iba a darse por vencido. Por supuesto, quizás el tendría que narrar todo por si solo, pero nunca se cansaría de repetirlos. ¡Eran de las mejores historias que había escuchado jamás! Y, siendo un marinero que había viajado por el mundo entero, aquello era mucho decir.
Mientras el repertorio de historias comenzaba, Saga y Aioros intercambiaron miradas, sin que nadie más que ellos mismo lo notara.
Su pequeña conversación no había cambiado mucho las cosas, ni tampoco había solucionado ninguna duda. Pero por el momento, tendrían que poner un alto a todo ello. La línea negra y apenas perceptible que apareció en el horizonte, resultó ser Creta. Ninguno reparó de inmediato en ella, pero el viaje llegaba lentamente a su final.
La Kyrenia se deslizó sobre las olas hacia su destino. Las horas de luz de ese día eran cada vez menos.
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—Creta…—musitó Ganímedes, cuando la bruma se abrió, permitiendo que la isla quedara a la vista.
El reino del rey Minos jamás había sido su favorito, especialmente ahora, que se veía forzado a dejar a su jóvenes amigos ahí, a merced de un monarca loco.
En otros tiempos, según le habían contado los viejos marinos con los que creciera, Creta se había jactado de ser la isla más próspera y bella del Gran Mar. El abuelo del actual rey, cuyo nombre compartía, había sido uno de los hombres más justos y buenos que Grecia había conocido. Aún en tiempos modernos, su reputación era impecable; su nombre era sinónimo de leyenda.
El heredero de su reino, el hijo de su hijo, no había heredado nada de la sabiduría de su abuelo. Lentamente, había hundido a Creta en un círculo de decadencia, no solo económica, sino también social. Sin embargo, su peor ofensa había sido para con los mismísimos dioses.
Contaban los rumores que el rey Minos había insultado a Poseidón en el pasado y que, como consecuencia de su insolencia, el dios de los Océanos había lanzado una maldición contra su reino entero.
—Capitán, ¿estás bien?—cuestionó Cara de Asno. Su voz pareció despertar de su letargo al viejo marinero.
—Sí, sí. Trataba de ordenar mis ideas.
—Estamos bastante cerca de la isla. Deberías avisarle a los muchachos.
—Estás en lo cierto. —Se encaminó en busca de los Santos, hacia el sitio del que prácticamente se habían apropiado, en la proa.
No iba a negar su preocupación. Desde que les conocía, de algún modo siempre había conseguido mantenerse cerca. Pero ahora, tenía que dejarlos a su suerte y, si algo sucedía, no podría llegar a toda prisa, para socorrerles. En otras palabras, los dejaba por su cuenta.
Cuando llegó a donde estaban, descubrió que Bias se había apropiado de su atención. El marinero estaba de lo más entretenido narrando de nueva cuenta todas las historias que Kanon les había contado durante el primer viaje que hicieron juntos. Alrededor de ellos había también un montón de marineros ociosos. Todos lucían sorprendidos y emocionados por cada historia… todos, menos los chicos.
—¿Está de nuevo con las historias? —Ganímedes se acercó a Dohko y murmuró la pregunta con discreción.
—Todo indica que no se le olvidarán pronto. Tengo que admitirlo: son entretenidas.
—Kanon no opina igual que tú. Creo que está a punto de lanzarse por la borda. —Dohko miró hacia el gemelo y tuvo que acordar con el capitán. Estaba seguro de que el joven peliazul se lamentaba el momento en que se le ocurrió contar todas esas historias.
—Oh, esto es nuevo. —Rió el chino. —Usualmente, a Kanon le fascina ser el centro de atención.
—Ya veo, ya veo. —Pero rápidamente, el viejo recobró la compostura. —Lamento interrumpirte, Bias, pero quisiera hablar con los Santos por un momento—dijo—. El resto de ustedes, creo que tienen deberes que cumplir, ¿cierto? Vamos, vamos. No tenemos tiempo que perder.
En un abrir y cerrar de ojos, el pequeño grupo se disolvió; solo quedaron los guerreros y el marino. Si debían decirlo, los Santos estaban realmente intrigados con la súbita seriedad del capitán.
—Hey, Ganímedes, gracias por hacer que Bias se calle—bufó Kanon—. Creo que ha exagerado un poco con el asunto de las historias.
—¿Gracias a quién pasó eso? Todo el crédito de esas historias es tuyo. —Saga le dijo. El resto de sus compañeros rieron por lo bajo.
—Yo solo quería hacer el viaje más ligero.
—Bien hecho. —Le palmeó la cabeza.
—Chicos, chicos, un minuto de su atención—reclamó el marinero—. Como pueden ver, estamos a nada de Creta. —Y todas las miradas giraron hacia el horizonte, donde el fantasma de la isla se dejaba entrever. —Quisiera que habláramos un poco al respecto, ¿vale?
—Te escuchamos.
—Bien. Presten atención. —Hizo una pausa. —Esta tarde les dejaremos en la isla. Seguramente nosotros también pasemos la noche ahí, para partir muy temprano por la mañana. En siete días estaremos de regreso. Siete días. Para entonces, confío en que habrán terminado con la misión que les trae aquí, así que pasaremos por ustedes y volveremos a Atenas. Les quiero a todos vivos, ¿entendido? No estoy dispuesto a regresar con nadie menos.
—Entendido. Estaremos bien—reafirmó Aldebarán. A Ganímedes le gustaba ese optimismo en el chico.
—Tengan cuidado, pues todo lo que se cuenta sobre Creta, no son exageraciones.
—Hemos escuchado mucho.
—Oh, pero realmente mucho. —Kanon complementó a Shura.
La historia que conocían era cuanto menos retorcida. Desde la historia clásica de avaricia y egoísmo, hasta los más bizarros escándalos sexuales. Definitivamente no era un cuento para niños, y ellos estaban a punto de caer en medio de ello.
—Fíense de nadie, ¿entendieron?
—Estamos acostumbrados a mirar sobre nuestro hombro todo el tiempo—dijo Aioros. Por una vez, la paranoia parecía adecuada.
—Les avisaré cuando estemos listos para el desembarco. Mientras tanto, preparen todo lo que vayan a necesitar.
Casi pudo escuchar un suspiro colectivo mientras se marchaba, de regreso a donde Cara de Asno le esperaba. Tenía la impresión de que esos siete días que pasaría lejos, le resultaría eternos.
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—Bueno, ¿alguien tiene una idea de lo que haremos al llegar a Creta? —Nadie le respondió a Kanon.
El gemelo entrecerró los ojos, sin saber qué pensar de todo ese silencio. Se suponía que le había tocado el equipo de los "genios" estrategas… pero al parecer, el Sol del Mediterráneo les había cocinado las neuronas a todos.
Bufó. Si todo continuaba así, estarían en problemas.
—Vamos, señores genios, piensen en algo—demandó.
—Oye, eres tú quien se jacta de ser un genio. Ilumínanos.
—Bien, arquero. Lo intentaré. —Tomó un segundo para pensar. —Primero, debemos encontrar al toro… y no hablo de ti, Alde.
—Es una brillante idea, Kanon.
—Ese sarcasmo no es bienvenido. Si tienes una mejor idea, te escucho, hermano querido.
—Es lógico que tenemos que encontrar el toro. El problema no será ese: el problema será que no escape.
—Es un buen punto—complementó Dohko.
—No tengo intenciones de ir por el mundo, cazando a un toro asesino.
—¿Alguna idea?
—No lo tengo claro aún—comentó Shura. Se rascó la cabeza y trató de pensar en un modo de facilitarse el trabajo.
—Lo mejor es matarlo al primer golpe.
—Eso sería lo mejor. —Saga estuvo de acuerdo con su gemelo. —Pero dudo que sea así de fácil.
—Vamos a ver. —Kanon meneó la cabeza. Después, con ayuda de sus dedos, enumeró todo aquello que tenían que hacer. —Tenemos que llegar a Creta, buscar al toro del demonio, acorralarlo, evitar que huya y después, matarlo. Y todo eso mientras la reina trata de tirarse a la bestia.
—Pero, ¿qué…? —El rostro de Aioros fue prácticamente el mismo que el de los demás. Ese pequeño y abominable detalle de la historia era algo que no se habían detenido a pensar.
—Gracias por recordarnos, Kanon.
—De nada, viejo.
Dohko sacudió la cabeza. De todo lo que se había dicho en esa conversación, estaba de acuerdo con una sola cosa: de ningún modo iba a ser tan fácil. Ignoraba de que modo se complicaría toda esa travesía, pero era casi seguro que sucediera.
Tenían que ser cuidadosos y esperar por lo peor. Era el único modo de sobrevivir: ser más listos y precavidos que el resto.
—Debemos ir al palacio primero; presentarnos ante el rey Minos y hacerle notar que no pasamos por encima de él. Tanto Athena como Ganímedes están de acuerdo en que es un hombre sumamente visceral y lo que menos debemos hacer, es ofenderle—acotó el chino. Los Santos más jóvenes asintieron. Sonaba como un buen curso de la acción. —Escucharemos sus ideas al respecto, pero seremos nosotros quienes tomemos las decisiones finales, ¿de acuerdo?
—Sí.
—Quizás hay algo más que es importante.
—Te escuchamos. —Dohko invitó a Aioros a continuar.
—Mantengámonos juntos. Es importante no perdernos de vista.
Ninguno de ellos estuvo en desacuerdo. Lástima que sonaba más fácil de lo que era en realidad.
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Desde la torre más alta del palacio real, Dédalo oteó el panorama.
La pitonisa del reino había predicho que aquel día llegaría. Entre sueños, hipnotizada por el poder de los dioses, la doncella había soñado con los hombres que vestían en oro, cuyos ojos habían visto el futuro y también el Infierno. Athena y su escudo viajaban con ellos, según mencionó el oráculo. La diosa de la sabiduría les había acogido bajo su cuidado; su poder marchaba con ellos. Eran únicos y especiales. Eran justamente lo que Dédalo había estado esperando.
El consejero real e inventor de la corte, sabía que tal día llegaría tarde o temprano. La joven pitonisa nunca se había equivocado antes y esa no era la excepción.
Descendió a toda prisa, hasta las entrañas del palacio. La casa real estaba sumida en un silencio inquietante y reciente. Una tensión casi palpable oprimía a todos sus habitantes, y se extendía incluso más allá de las murallas del castillo de piedra, hacia la ciudad.
La maldición que caía sobre Creta eran tan real y vívida como contaban los cuentos. Para quienes vivían en la isla, la realidad y la fantasía eran peligrosamente cercanas. Pero no para Dédalo. Él era un hombre de ciencia, más listo que el ciudadano común y, por lo tanto, con mayores intereses también.
Veía al mundo con otros ojos. Su mente era aguda y su lógica era más fría. Si la vida le ponía historias de niños en el camino, él las convertiría en leyendas dignas de ser contadas. Tenía el ingenio y la inteligencia de sobra para conseguir su objetivo. Además, tenía aliados en posiciones de poder…
Después de vagar por los pasillos, alcanzó su destino cuando divisó a los guardias encargados de resguardar una enorme puerta, tras la cual se encontraba el más vergonzoso secreto de Creta., aquel que intentaban guardar del mundo.
—Traigo los remedios de la reina—dijo a los soldados. Ninguno de ellos le impidió el paso, sino lo contrario. La pesada puerta se movió, dejando el paso libre al hombre.
Adentro de la habitación, todo estaba oscuro. El aire era pesado y húmedo; un solo rayo de sol se colaba desde el techo, donde un pequeño tragaluz era la única fuente de aire fresco y luz.
Debajo de la claraboya, en una silla tan elegante como triste, la reina Pasífae dejaba el tiempo pasar. Su encierro era un tormento difícil de soportar, en el que las horas eran un cruel enemigo. Sus treinta y dos veranos pesaban sobre ella, como si fueran más de sesenta. Su larga cabellera, alguna vez dorada como el Sol, ahora vislumbraba hebras teñidas del blanco de la nieve. La piel de su rostro dibujaba arrugas, que contaban la amargura de su alma. Pero, por encima de todo, el brillo de sus ojos marrones se había apagado, dejando nada más que vacío y dolor en su mirada.
—Han llegado, mi reina—dijo, desde la puerta.
—¿Estás seguro?—preguntó al hombre.
—Los he visto con mis propios ojos… tal como el oráculo predijo. No pasará mucho antes de que se anuncie su llegada al palacio. El rey Minos les recibirá como dicta el protocolo, cual príncipes de un reino vecino. No tiene más opción.
—No, no será como dicta el protocolo. —Meneó la cabeza con lentitud. —Si fuera a así, el lugar de la reina sería a su lado, haciendo honores a la visitas… y yo no estaría aquí, abandonada y humillada, hasta el fin de mis días. —Un gesto de rabia agravó sus facciones duras, mientras sus puños se apretaron contra su regazo.
—Llegará el día en que tengas de regreso tu libertad y yo, el reconocimiento que me merezco. Cada vez falta menos para nuestra venganza. Ten paciencia, mi señora.
Se acercó a ella y, poniendo rodilla sobre el suelo, le besó la mano. No obtuvo reacción alguna por parte de la mujer. Con algunas raras excepciones, ella parecía ausente la mayor parte del tiempo.
No la culpaba. El pasado había sido cruel con ella; la había destruido, hasta convertirla en nada.
—¿Te quedarás un rato más?—preguntó Pasifae. Dédalo entendió su pregunta como petición y decidió complacerla.
—Cuanto tiempo necesites, mi señora.
Su alianza era vital. El destino había sido caprichoso, pero benevolente a final de cuentas. De algún bizarro e inexplicable modo, aquellos seres que alguna vez se habían ensañado con ellos, terminaban por verse relacionados.
Por un lado, estaba la reina Pasifae y su jurada venganza contra su propio esposo, el rey Minos. El hombre al que alguna vez había amado, terminó por convertirse en su peor maldición y, de paso, en su peor enemigo. No solamente había traído la desgracia y vergüenza sobre su familia, sino que también la había humillado de todos los modos posibles, al prestar oídos a todas esas voces necias que levantaron rumores increíbles sobre ella.
Del otro lado, estaba Dédalo. Su historia carecía de la inocencia que tenía la de Pasifae, pero no por eso le resultaba menos válida. En el pasado, durante sus años en Atenas, Dédalo se había forjado una reputación de genio con la que nadie rivalizaba. Sin embargo, ante el florecimiento de una nueva generación de inventores, encabezados por su propio sobrino, la envidia había corrompido su corazón, llevándole al peor pecado jamás cometido por él: un asesinato. Pero los ojos de Athena, esos que todo lo veían, descubrieron su crimen y le obligaron a pagar por él, con la deshonra. Así, Dédalo había terminado exiliado en Creta, con el estigma del deshonor sobre sí. Su nombre había sido condenado a perderse con el tiempo.
Partiendo de ello, de sus iras y rencores, el plan era simple: los culpables de sus desgracias debían chocar. Debían conocer el dolor que habían causado; la deshonra y el desconsuelo se convertirían en sus amigos inseparables.
Athena perdería a sus Santos a manos de Minos, y ella le arrebataría su reino, hasta dejarle postrado de rodillas. Se destruirían mutuamente y la última palabra sería de ellos. Prevalecerían. Si todo salía como lo tenían planeado, ese duelo de titanes terminaría sin un ganador absoluto, más que la venganza.
-Continuará…-
NdA: ¡Feliz cumple a Carito, al fic y a mi! Un poco tarde, pero aquí estoy.
La pequeña escena de Aioria y Marin fue pura autoindulgencia jeje. ¡Es mi propio regalo de cumpleaños! Y todo aquel que me siga, sabe que estos dos son mi pareja favorita cof… cof…
Como sea, hay muchas cosas que festejar. El fic cumplió 6 añitos el pasado día 18 y también llegamos a los 1,200 reviews. ¡Que locura! Ninguna de estas cosas se hubiera logrado sin todos ustedes, querido lectores. Son quienes le dan forma a esta historia y la mantienen con vida. No sería ni la mitad de divertido escribir todas estas locuras sin ustedes ;) No tengo forma de agradecerles por todo ese apoyo, chicos y chicas.
Respecto a la historia del Toro de Creta, la verdad es que es bastante retorcida y más pervertida de lo que estoy acostumbrada. Así que le daré un giro diferente e interesante. Si tienen dudas, les invito a que investiguen un poco más al respecto.
Por lo pronto, quisiera agradecer todos los comentarios que llegan al fic. Cada uno de ellos es importante para mí y me animan a continuar adelante. Así que muchísimas gracias por tomarse el tiempo de escribirme algunas líneas. A lesliecatherine, Kisame Hoshigaki, Mariana Elas, Kaito Hatake Uchiha, Leah Rivaille, Jabed, Shakary, fer gp, Pyxis and Lynx, Mine, Damis, Altariel de Valinor, Nanashi The Lord of the Sky, k2008sempai, Ghost Reader y Art1sta; ¡gracias!
Las respuestas a los reviews sin cuenta están en mi perfil, mientras que el resto deben llegar a sus correos.
Con un poco de suerte, nos leeremos pronto.
Sunrise Spirit
