Capítulo 59
De reyes y guerreros
Creta era una ciudad atrincherada, cuyas callejuelas lucían como una intricada red de túneles que corrían en medio de grandes construcciones. Estaba empotrada a los pies de una gran montaña, con el palacio real coronándola por encima de cualquier otra edificación. Los caminos eran ascendentes y sus calles, barnizadas por los años, estaban repletas de cicatrices ocasionadas por el paso de carros tirados por caballos u otras bestias. También era una ciudad oscura y húmeda, groseramente contrastante con los campos verdes que la rodeaban y con la frescura de la piedra de la montaña que le daba asilo.
La única zona despejada era la del ágora, donde un mercado más pequeño que lo usual, se tendía esa tarde.
Los Santos descubrieron rápidamente que Ganímedes no había mentido, ni exagerado al hablar de las particularidades de la isla. Tan intricadas eran sus calles como las mentes de su habitantes, y eso quedaba a la vista en el modo paranoico y sospechoso en que les miraban a su paso. El ambiente era tenso y en exceso silencioso para una ciudad tan grande.
Había guardias apostados por doquier. Sus ojos iban y venían, desconfiando de todo y cuestionando sus propios pensamientos. El camino que iba desde el playón hasta la ciudad lucía como una zona de guerra. Hombres armados a cada paso, superando en número a los mercaderes que aún se atrevían a visitar la ciudad maldita. Ni las mujeres, ni los niños, se salvaban de minuciosas revisiones. Y, si era necesario, ningún soldado dudaba en usar el látigo para someter a alguna alma rebelde.
—Esto me da escalofríos—musitó Shura. El resto de su compañía le miró de reojo, a sabiendas de que el español había puesto en palabras lo que todos pensaban.
—Debemos ser cuidadosos. Siempre habrá oídos y ojos atentos a cada palabra o gesto nuestro—dijo Dohko. Saga se apresuró a complementarle.
—Y estaremos bajo el más duro de los escrutinio.
Aioros escuchó a ambos y tragó saliva. Él estaba acostumbrado, hasta cierto punto, a lidiar con el peligro. Pero cuando se trataba de política y de aparentar, solía cojear más de lo que debería.
Además, siempre estaba Kanon, dispuesto a hablar por todos. Esperaba que el menor de los gemelos fuera capaz de contenerse, antes de poner en peligro las cabezas de cada uno de ellos. En muchos aspectos, los relatos que Ganímedes y la tripulación acerca del rey Minos, habían hecho que el arquero se dibujara una imagen del soberano… una imagen muy parecida a la de la joven reencarnación de Poseidón: Julián.
—¿Qué demonios…? Por Athena, esta ciudad es de locos. —Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando la voz de Kanon resonó. Aioros llevó su atención al gemelo y lo primero que percibió fue el ceño completamente fruncido. Sus ojos miraban en una dirección específica, y al seguirlos, el arquero descubrió exactamente lo que observaba.
—¿Eso es…?
—Sacrificios—respondió Saga—. Probablemente para Poseidón. Apurémonos.
El gemelo taloneó a su montura para apresurar el paso, dispuesto a no mirar por mucho tiempo más la inquietante estampa.
Creta se había construido un improvisado muro de piedra, con espolones de madera por encima, a modo de lanzas. Era sencillo suponer que el motivo de la muralla era protegerles de un eventual ataque del Toro demonio. Sin embargo, no era eso lo que atraía a los ojos y causaba repulsión.
Cada estaca estaba coronada con la cabeza de algún desafortunado animal, la mayoría de ellos, cabras. Su sangre había sido esparcida por la madera y también por la piedra. Las manchas más antiguas se distinguían por su color oscuro y por su olor nauseabundo. Las más nuevas aún conservaban el tono carmesí de la sangre, y las moscas merodeaban alrededor de ellas, como las abejas alrededor de la miel.
—Hemos estado en muchos sitios horribles, pero esto es antinatural. —Aldebarán echó un último vistazo a aquel macabro panorama y se concentró en no perder el paso del resto del grupo. Mientras avanzaban, elevó su mirada hacia el palacio. —Será cuanto más que interesante…
—Permanecer juntos me parece una idea cada vez mejor.
—De acuerdo en eso, cabra.
—Mientras estamos en eso, tratemos de no meter las narices en asuntos que no nos correspondan.
—Si hablas de la reina y sus encuentros con…
—¿Qué acabo de decir, Kanon? —Dohko no le dejó continuar. Le dirigió una mirada severa que el peliazul no pudo pasar por alto.
—Ya. Me callaré ahora.
Dohko suspiró, satisfecho. Saga, en cambio, alzó una ceja, completamente consciente de que su hermano no podría mantener la boca cerrada por mucho tiempo. Ahora estaría callado. Después… no estaba seguro de nada.
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—Me arden las manos—lloriqueó Milo. Nadie pareció prestarle atención, salvo Camus, como siempre.
Llevaban a saber cuantos días en el mar. Lo que fuera, resultaba una eternidad.
Conforme más tiempo transcurría, el viaje se tornaba más pesado y más monótono. La conversación se iba gastando de poco, e incluso la tripulación perdía interés en ellos. Todas esas horas en mar les habían transformado, lentamente, en uno más de la tripulación.
—Si dejaras de rascarte, las ampollas podrían curarse un poco y dejarían de picar… o de doler.
—Quizás soy alérgico al remedio que nos dio Huesos Flacos.
—Nos advirtió que podría causar escozor.
—Admítelo, bicho. Siempre fuiste un enfermo horrible—terció Aioria.
—Habla el niño que aterrorizaba a las doncellas de la Fuente y tiraba todo el alcohol por el drenaje. —El otro lo miró con fastidio.
—Todos los niños detestan el alcohol. —Aioria le mostró la lengua y se cruzó de brazos. En un gesto idéntico, el escorpión le igualó.
—Ya. Pues todos los adultos le tenemos grima a las ampollas.
—Quizás. Pero al menos, algunos de nosotros tratamos de comportarnos como verdaderos adultos—añadió el francés.
Milo se supo superado en aquel instante. Todos contra él solo, era sumamente injusto. En ocasiones como esa, sus hermanos eran un verdadero dolor en el culo.
Guardó silencio un momento. Sin embargo, no estaba en su naturaleza mantenerse callado. Abrió la boca, dispuesto a continuar con la discusión, pero no tuvo tiempo de decir absolutamente nada. Justo en ese momento, una poderosa voz se espació por cada rincón del navío.
—¡Troya al frente!—gritó el vigía.
Los ojos de toda la tripulación se desviaron hacia aquel lejano punto. En el horizonte, como una visión nebulosa, se distinguía aquella línea oscura de tierra, donde descansaba la ciudad de las murallas.
El Axios no se detendría ahí, sino que continuaría más al Este, cruzando por el estrecho que llevaba hasta el Mar Oscuro, con rumbo a Tracia.
—No queda mucho para llegar a nuestro destino—acotó Shaka.
—Un par de días a lo mucho. Quizás menos. —Ophelos los tomó desprevenidos. —Espero que estén listos. Los tracios son… salvajes. Nómadas, en su mayoría; conquistan, agotan la tierra y a la gente, y se marchan. Son guerreros puros, difíciles de sobrellevar.
—Tenemos experiencia en ello.
—También somos guerreros—dijo Mu.
—No como ellos. Nuestros guerreros—hizo hincapié en el "nuestros"—son hombres de honor, más que asesinos. Los tracios son lo opuesto. Salvajes—gruñó con disgusto.
—Tomaré un riesgo y me aventuraré a decir que no estás nada a gusto con esta misión. —Máscara Mortal se rascó la nariz. Sonrió con desvergüenza al reparar en la mirada dura del viejo marinero.
—Somos mercaderes. Comerciamos con todos, sin distinción alguna. No sería la primera vez que estableciéramos negocios con los tracios. Aunque probablemente sea la última—respondió—. Cuando Diómedes se entere de que hemos traído enemigos hasta su territorio, no habrá ninguna consideración más para nosotros.
—¿Son tan grandes los problemas en los que se meterán por culpa nuestra?
El hombre no respondió.
Lo cierto era que, aunque Tracia se volviera en contra suya, los favores de Athena eran mil veces más valiosos… y, aún si no lo fueran, Bemus nunca, jamás, negaría nada a su diosa. Así de leal era.
—Creo que acaba de responder a tu pregunta—murmuró Aioria a Ángelo. El resto de los chicos observaron en silencio.
—No es lo que queremos—habló Mu.
—Lo sé; ningún hombre en su sano juicio desea algo como esto. Pero los dioses están en pie de guerra y nosotros las peleamos por ellos. Es nuestra misión… igual que la suya.
—Pero…
—No, no es necesario decir más. —Dirigió una mirada fugaz a su capitán, y sus miradas chocaron. —Tampoco deben preocuparse por nosotros. Somos extremadamente buenos sobrellevando problemas. Debo irme ahora, pero si aceptan un consejo se los daré. —Ninguno de los chicos puso objeción alguna. —Aprovechen las horas de paz que les quedan. Tan pronto pongan un pie en tierra firme, el peligro les acechara en cada rincón.
Sus palabras sonaron excepcionalmente lúgubres. No era que no estuvieran acostumbrados a lidiar con los peligros de su misión, pero habían descubierto que la Edad del Mito se las ingeniaba para sorprenderlos cada vez, y no precisamente de las maneras más gratas.
Algunos de los Santos permanecieron con la mirada clavada en la lejana figura de Troya, otros miraron hacia Bemus y Ophelos. Sin embargo, ninguno de ellos pensó en algo que no fuera Tracia y la misión que los llevaba hasta ahí, ni en todas las vidas que afectaban con cada paso que daban en ese tiempo que no era el suyo.
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Athena seguía sintiendo una fiera resistencia a entregar la última de sus urnas a Perséfone, a cambio de la confianza de Poseidón. Los constantes consuelos de Shion no eran suficiente para que ella se sintiera segura. Desafortunadamente, el instinto le decía que no tenía muchas más opciones.
Sentada en su trono, acarició la tapa de la urna con la punta de los dedos. Esperaba que la Emperatriz del Inframundo apareciera en cualquier momento en busca del artefacto.
Shion estaba a su lado, de pie. Desde que se conocieran, el silencio no había sido natural entre ellos. Sin embargo, ese día, las palabras parecían sobrar para ambos. Ni ella estaba feliz con lo que tenía que hacer, ni él quería seguir insistiendo. Al final, ambos habían tomado una decisión espinosa, con tantas ventajas, como desventajas. Estaba haciendo una apuesta, y solo quedaba esperar porque redituara.
—Perséfone está retrasada.
—Vendrá. Es importante para ella. —"Y para nosotros", pensó el Patriarca.
—Sigo preocupada sobre esto, Shion.
—Hablamos de esto, princesa.
—Lo sé—respondió, mientras sus ojos grises observaban de soslayo al lemuriano—. No dije que me echaré para atrás, solo digo que estoy recelosa al respecto. Estoy en mi derecho.
—Nos comprará tiempo.
—Maldición—musitó. Shion sabía que mientras más tardara Perséfone, más difícil sería arrancar esa urna de las manos de Athena. —Espero que no nos equivoquemos.
Aunque no recibió respuesta, la diosa sabía que Shion tenía las mismas esperanzas que ella. Ambos eran conscientes de que la vida de los chicos dependía en gran manera de las decisiones que ellos tomaran. Mientras los Santos se enfocaban en sus misiones, ellos debían cuidarles las espaldas del resto del Olimpo.
Para su fortuna, la tortuosa espera no se prolongó por más tiempo. Tan solo unos instantes más tarde, un resplandor anunció la llegada de la Emperatriz.
Tanto Shion como Athena retuvieron la respiración. Intercambiaron una mirada fugaz para infundirse valor el uno al otro, pues sabían que estaban a punto de dar un gran salto de fe. Ojala dicha muestra de buena voluntad fuera correspondida.
—Te esperábamos.
—Estoy retrasada, lo sé. Mis disculpas. —Perséfone caminó con pasos firmes al encuentro de la morena. Extendió los brazos para saludar, gesto que fue inmediatamente correspondido. —Debo hablarte.
—¿Sobre qué? —A Athena no le gustaba para nada lo que veía venir. Tenía un horrible presentimiento y, a juzgar por el semblante del peliverde, un par de pasos tras de ella, a él tampoco.
—Poseidón desea verte.
—Ese no era el trato.
—No cambiará nada. Simplemente desea verte a los ojos y… hablar contigo al respecto.
—Ya sabes lo que pedirá después.
—No. Hemos hablado de esto ya; no te pedirá que liberes a nadie.
—Por ahora.
Perséfone no supo que responder a ello. En lo que a ella respectaba, confiaba en que ambos dioses cumplirían las promesas que ella había negociado. Por su parte, no podía hacer más.
—¿Será bienvenido?—cuestionó.
—¿Tengo otra opción? —La morena soltó un suspiró más pesado de lo que le hubiera gustado. Se llevó las manos a las sienes y las sobó en busca de alivio. —Tráelo. Encontraré el modo de sobrellevar esto.
—Iré por él.
—Bien. —Después volteó hacia su Patriarca. —Trae a Niké, Shion. A mi tío le encantan los protocolos.
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Los profundos ojos azules de Bemus parecieron entrar en él, esculcando entre sus pensamientos. La conversación se había detenido por un instante y, si debía ser honesto, Shaka no sabía que esperar de ella. Él, que siempre se había jactado de su habilidad para leer a las personas, se encontraba en blanco respecto al marinero. Lo mismo podía aceptar, que negarse.
—Creo que deberías concentrarte un poco más en Tracia, y un poco menos en Troya—dijo, tras un silencio que se sintió demasiado largo—. Aún hay un largo camino que recorrer antes de si quiera considerar detenernos en Troya.
—Eres comerciante, pensé que…
—No te has equivocado del todo: Troya es la capital del comercio en esta zona del Gran Mar. Si solamente fuera mi decisión, nos detendríamos ahí a nuestro regreso. Algunas monedas nunca están de más. —Entonces, su rostro se agravó todavía más y después se cruzó de brazos. —Pero, lo que hagamos después de la misión Tracia, no va a depender de mi.
—Eres el capitán del navío.
—Sí, y eso significa que debo considerar cada factor. Si alguno de ustedes termina gravemente herido, o…—resopló. Shaka adivinó fácilmente lo que no dijo. —Todo dependerá de cómo salgamos de ahí. Mientras tanto, yo no puedo asegurarte nada.
El Santo de Virgo no quiso insistir. De cierta manera, comprendía el punto de vista de Bemus y admitía que en gran parte tenía razón.
Suspiró pesadamente, reconociendo que no podía hacer mucho más por cambiar las ideas del moreno. Si se había atrevido a acercarse a él, y a pedirle que hicieran una pequeña escala en la ciudad amurallada a su regreso a casa, era porque lo consideraba realmente importante. Tristemente, había pasado por alto aquellos detalles que no habían escapado a la mente de Bemus.
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El rey Minos les hizo esperar; sin duda, con toda la intención. El megaron del palacio real era húmedo y sombrío. Las ventanas estaban cubiertas por densos pendones de color oscuro, como si la entrada del Sol fuera un agravio contra el monarca.
Las esculturas y los grabados en la piedra se habían enmohecido. Un molesto olor a humedad brotaba de cada rincón.
Sobraba decir que ninguno de los Santos se sentía a gusto en aquel sitio. Las miradas de los guardias caían inquisidoramente sobre ellos, como si esperasen por el momento en que uno de ellos se equivocaría para caerles encima con lanzas y espadas, hasta someterlos. Estar de pie, en medio del palacio, era como caminar en la cuerda floja.
—No esperaba visitas. —El rey Minos apareció ante ellos, rodeado de su séquito. Se dejó caer pesadamente en el trono, mientras uno de los hombres viejos que le acompaña, arreglaba la larga capa, confeccionada de gruesas pieles.
—Alteza—dijo Dohko. A la vez, los seis santos hincaron rodilla como muestra de respeto.
Tal como Ganímedes había planteado, era un hombre cuyo ego necesitaba ser complacido para mantenerlo en paz.
El monarca los miró uno a uno, intentando dilucidar el trasfondo de los gestos de aquellos hombres desconocidos. Los relatos de sus hazañas habían llegado a sus oídos, desde las tierras continentales. Sin embargo, hasta ese momento, Minos no había tenido el placer de conocerles. Ahora que los veía, caía en cuenta de que no eran nada de lo que él esperaba.
—Athena pudo haber enviado palabra de que vendrían, para ofrecerles una bienvenida más apropiada. —Su rostro se agravó ligeramente. Pero fue lo suficientemente listo como para disimular su desagrado del mejor modo que le fue posible. —Pero que no se diga que el rey de Creta niega asilo a nobles extranjeros: consideren este palacio como su refugio hasta que su misión en estas tierras llegue a su final.
—Agradecemos tu hospitalidad—continuó Dohko. Aldebarán se apresuró a complementarle.
—Y lamentos presentarnos tan intempestivamente a tu puerta, Majestad.
—No son necesarias más explicaciones. —Se levantó, dispuesto a marcharse tan rápido como había llegado. —Mis sirvientes les mostrarán sus aposentos. —Entonces, detuvo su andar y volteó sutilmente hacia ellos. —Si bien el palacio está a su disposición, les recuerdo que son invitados y que se esperan ciertas cortesías de ustedes.
—Así será.
—Mantengan su atención en los asuntos que les corresponden. —Miró a Saga y, de inmediato, buscó el rostro idéntico de Kanon. Tan iguales, pero tan diferentes. —El resto de mi reino no es de su incumbencia.
El antiguo marina evitó por todos los medios pensar en las implicaciones de aquel último comentario. Por mucho que se esforzó, no lo consiguió. Las comisuras de sus labios se curvaron en una diminuta sonrisa sardónica y sus ojos centellaron, con aquella curiosidad tan suya.
Cayó en cuenta de su error cuando reparó en la mirada severa de Saga sobre él. Trató de ignorarlo y volteó el rostro hacia el lado contrario. Pero casi de inmediato se vio forzado a revivir ese sentimiento de represión cuando chocó con el rostro inusualmente serio de Aioros. Se trasladó a su niñez, cuando aquel par de idiotas se habían regido como su conciencia y vigilaban todos sus movimientos.
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Athena estaba contrariada; era evidente en su semblante tenso y en esos ojos fieros que lo atravesaban. A pesar de todo, sus labios dibujaban una sonrisa de bienvenida, por la que Poseidón le dio algo de crédito.
El hombre junto a ella lucía casi tan estoico como la misma diosa. Su desagrado por la situación tampoco escapaba del instinto del rey de los mares, aunque en esos momentos, lucía mucho más político que su diosa regente; y eso era más que suficiente para él. Trató de devolver la misma cortesía. Después de todo, el trato entre dioses era algo que el peliazul valoraba.
—Gracias por recibirme.
—Perséfone dijo que querías hablar.
—¿Puedo verlas? —Athena sabía a que se refería. Suspiró, suavemente, en busca de paciencia.
—¿Para qué?
—Simplemente me apetece ver como funcionan. —Se encogió de hombros, restándole importancia a un asunto que resquebrajaba cada vez más la relación entre ambos dioses.
—Puedes ver, pero no puedes tocar.
—Me parece justo.
—Shion—llamó por su Patriarca—. ¿Podrías traer las urnas, por favor?
—Como ordenes, princesa.
Y se retiró, tan contrariado como obediente. Después de todo, no esperaba tener que mirar directamente a los ojos de Poseidón. No le intimidaba en lo absoluto, pero tampoco le gustaba quedar a disposición de sus caprichos.
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—Adelante—respondió Saga cuando oyó los golpes a su puerta.
Aioros entró, seguido de Shura, y se acomodaron cerca del ventanal que daba hacia el patio interior del palacio. Detrás de ellos, Aldebarán y Dohko también hicieron acto de presencia.
—¿Están instalados ya?—preguntó el Santo de Libra
—Más o menos. Kanon sigue indeciso de que cama tomar.
—¡Oye! La que está más cerca de la ventana es más práctica para huir en cualquier momento, pero también es más fácil asesinar a alguien ahí, que la que está más escondida.
—Claro. —Saga se sopló los flequillos. —Como sea, ¿cuál es el plan?
—Pues… —Shura y Aioros intercambiaron miradas. —Creemos que deberíamos salir en busca del animal—sentenció el español.
—Deberíamos ver a que nos enfrentamos.
—¡¿A qué esperamos?! —Por un segundo, el optimismo de Aldebarán se sintió contagioso.
La comitiva se preparó para salir. Pero en el preciso instante en que abrieron la puerta, la figura de un hombrecillo acaparó la atención de todos. Por un instante hubo confusión, que se transformó rápidamente en recelo.
—Oh, mis señores. —Obsequió una reverencia más exagerada de lo apropiado. —¿Acaso les he interrumpido?
—Íbamos de salida—dijo Dohko. Se abrió paso entre los chicos y tomó el mando del pequeño grupo. —¿Podemos ayudarte en algo?
—No, no, mi buen señor. Simplemente soy el mensajero que trae un cordial saludo para todos ustedes.
—Pero… ya hemos hablado con el rey. —Y, su Alteza Real, no había ofrecido la más cordial de las bienvenidas, si debía decirlo.
—Han hablado con Su Majestad, el rey Minos. Yo vengo en nombre de la otra figura real en este palacio: la reina Pasifae. —Fue evidente que el nombre de la reina les descolocó. Por supuesto, Dédalo no podía asegurar si eran conscientes, o no, de los rumores que se esparcían en toda Creta acerca de ella, pero ahora, más que nunca, sospechaba que era así. —Mi reina lamenta no haber estado justo a Su Alteza, durante su recibimiento. Sin embargo, es su deseo que se sientan bienvenidos en este palacio. Hará lo que esté en su poder que sea así.
Y, al decir que haría cuanto estuviera en su poder, no mentía. Él, en persona, se encargaría de que cada capricho suyo fuera satisfecho, lo suficiente como para acercarse a ellos, ganando su confianza.
Había averiguado en el puerto que la Kyrenia los había llevado hasta ahí y que el viejo Ganímedes estaría de regreso en siete días. Asumía que ese sería el transporte que sacaría a los chicos de la isla. Visto así, no tenía mucho tiempo para actuar. Tendría que ser fino, pero agresivo, para ganarse sus favores y cumplir con el cometido que su reina y él habían planeado.
—Dile a la reina Pasifae, que no debe preocuparse por nosotros. Con el cobijo que este palacio nos ha ofrecido, nos basta y nos sobra. No es necesario que se tome ni una molestia más por nosotros. —Algo no terminaba de encajar para el chino.
—Pero ya que estás aquí, podrías ayudarnos. —Kanon tomó la palabra. El resto de sus compañeros le observaron, midiendo con atención cada palabra que saliera de sus labios. —¿Cuál es tu nombre?
—Dédalo, mi señor.
—Bien, Dédalo, ¿sabes a que venimos?
—Por el gran toro. Las misiones que enfrentan son famosas en todo el Gran Mar.
—Así es. Ahora, dime, ¿dónde podemos encontrarlo?
—El gran toro azota toda la isla. Puede decirse que va donde el viento le lleva y a donde le place…
—¿Pero? —Había un "pero" ahí, escondido en alguna parte. Saga lo sabía.
—Pero se le ha visto a los pies de las montañas, entre las cuevas escondidas en la piedra volcánica—declaró—. ¡Pero les urjo a ser prudentes, mis señores! La bestia es mil veces peor de lo que se cuenta. Se alimenta de almas y solo hay muerte tras sus pasos. Los que han ido en su caza, no han regresado.
Al apagarse su voz, solo quedó silencio. Las miradas graves de los Santos caían sobre él, aunque Dédalo no encontró temor en ellas. Tampoco podía definir que era lo que veía. Solo que eran diferentes a todos los hombres que había conocido hasta entonces, quizás con la única excepción de los pocos héroes con que alguna vez había cruzado camino.
Se dio cuenta de que sus palabras no les habían amedrentado. Aunque reconocía que aquellos hombres tampoco tenían opción. Simplemente tenían que seguir adelante.
—Agradecemos las advertencias—respondió Dohko. El resto de los se miraron entre ellos. —Confiamos en que podremos hacer una diferencia. ¡Deséanos suerte, amigo!
—Lo haré, mis señores. Lo haré.
—Vámonos, muchachos. Todavía nos quedan un par de horas de Sol, aprovechémoslas.
—Lleven un buen acero con ustedes. Encontrarán las mejores espadas en la armería del palacio.
—¿Acero? —Una sonrisa burlona apareció en las labios de Kanon. —No necesitamos acero para destruir al monstruo.
Dédalo no comprendió lo que significaban las palabras del gemelo. Él, como genio e inventor que era, sabía que había infinidad de recursos disponibles para enfrentar a la bestia. Pero no tenía idea de lo que ocultaban aquellos chicos.
—¡Andando, andando!—apresuró el gemelo menor—. Quiero regresar a la hora de la cena. Estoy harto de la sopa de pescado y la carne salada.
—No nos apresures. —Saga se cruzó de brazos, pero lo siguió.
—Pues yo tengo hambre.
—Y yo.
—Son un par de llorones—espetó el menor de los gemelos hacia Aioros y Aldebarán. Shura compartió una sonrisa ante la imagen de sus rostros indignados.
—¡Tú mencionaste la comida primero!
—Ya, pero tu lloriqueaste primero, arquero.
—Cállate.
Aioros fue quien abandonó la habitación primero, seguido de cerca por Aldebarán y Shura. Saga les siguió, con Dohko y Kanon al final, sin que el chino pudiera detener el parloteo del peliazul.
El otro hombre, mientras tanto, los observó marcharse.
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La puerta del comedor se abrió y Hermes atravesó por ella. Recorrió con la mirada el lugar, con la idea de encontrarse con el par de críos que había adoptado bajo su tutela. Su sorpresa fue grande cuando solamente divisó a uno de ellos. Al principio los había considerado sumamente cercanos, dado el duro pasado que compartían. Pero mientras más tiempo transcurría, más cabía en cuenta de que se había equivocado.
—¿Qué haces tú solo aquí?
—Comía algo—respondió Altaír. Pero a juzgar por el modo en que jugueteaba su comida, sin llevársela a la boca, el dios adivinó que no había probado bocado.
—¿Dónde está la niña?
—Oh, Nix…—suspiró—. Apenas sale de su dormitorio y, cuando lo hace…
Cuando la pequeña abandonaba su habitación, solía pasar horas enteras en los jardines, hablando consigo misma. Cada vez que Altaír se había atrevido a preguntarle, la pelipúrpura había aducido que conversaba con Urián, su hermano. Sin embargo, su amigo sabía que eso era imposible.
Las primeras veces se había atrevido a contrariarla, a expresarle su opinión al respecto. Las primeras veces, también, ella había escuchado, pero se había rehusado a creerle. En su mente todo parecía tan real, que solía atribuía las quejas de su amigos a los celos; Corban nunca volvería, y Altaír nunca recobraría a su hermano, del modo en que ella había recuperado al suyo. Conforme las quejas habían aumentado, Nix había terminado por enfadarse con él, al grado de prácticamente retirarle la palabra. Altaír se sentía más solo que nunca.
—¿Qué pasa con ella?—volvió a preguntar el peliturquesa. Tomó asiento al lado del niño y, extendiendo el brazo, robó una rebanada de manzana de su plato. Observó con atención, antes de que un suspiro del pequeño le hiciera sentir cierto recelo.
—Creo que ha perdido la razón.
—Cuando les rescaté, ella estaba mucho más cuerda que tú. ¿Estás seguro de que el problema es la niña, y no tú?
—Ella…—dudó. No conocía, ni confiaba tanto en Hermes como para hablarle con la verdad. —Ella habla con los muertos ahora.
—Eso no es posible. Ni siquiera la mayoría de los dioses tienen semejante habilidad. —Salvó Hades y él mismo.
—Cuando nuestra aldea fue atacada por las Keres, nosotros no fuimos los únicos en morir. Nix perdió a su hermano mayor, quien era todo lo que ella tenía—explicó—. Después, nosotros tres volvimos: Corban, ella y yo. Pero Urián nunca regresó. Cada día, lo ha extrañado como a nadie. —Se detuvo un momento, a ordenar sus ideas. Notó entonces que los cristalinos ojos del mensajero divino estaban sobre él y no se apartaban, entregándole su completa atención. —Desde que nos trajiste aquí, las cosas han cambiado. Yo he estado muy triste y por un tiempo, la abandoné. Cuando quise volver, ella ya no estaba. Pasa su tiempo encerrada en su cabeza, hablando con el fantasma de una persona que no existe. Dice que Urián ha vuelto y que va a ayudarla. He intentado persuadirla de que solo es una ilusión, pero…
—¿Te ha dicho como piensa ayudarla? —El niño negó.
—Estoy asustado.
Hermes no lo estaba, pero tampoco estaba tranquilo. Lo que para el niño era la pérdida de cordura por parte de su amiga, para él era algo completamente distinto. No estaba seguro del significado detrás de ese cambio. Sin embargo, si algo sabía, era que cuando los muertos estaban de por medio, usualmente nada bueno venía después.
Se levantó repentinamente y palmeó la cabellera oscura de Altaír. El contacto, tan espontáneo por parte del dios, hizo que se respingara. Hermes ni siquiera pareció notar su sorpresa.
—Escúchame bien—dijo—. Necesito que te mantengas alerta hacia ella. Cualquier situación que veas y que te haga sospechar, sin importar que tan pequeña sea, debes contármela.
—¿Sucede algo malo con Nix?
—No lo sé.
—¿La perderé también? —Sus ojos se llenaron de lágrimas y el joven dios solo pudo maldecir aquel lado suyo, que le hacía sentir simpatía hacia los mortales.
—Solo mantén los ojos abiertos—repitió—. ¿Puedes hacerlo?
—Sí.
—Bien. Yo haré lo mismo.
Abandonó el comedor dando grandes zancadas y, cuando se encontró fuera de la vista del pequeño, bufó. Apartó las mechas turquesas que caían sobre sus ojos, revelando una mirada taciturna, pero repleta de reflexión.
Tenía que ir en busca de Herse para asegurarse que el aura de los chicos se mantenía intacta.
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Poseidón examinó las urnas con cuidado. No se atrevió a tocarlas, pues sentía el poder de Athena emanando de ellas. También sentía las miradas afiladas de la diosa y su Patriarca. Miró de soslayo a su costado, donde Perséfone contemplaba las vasijas sagradas con tanta curiosidad como él.
Era increíble que toda su esencia, todo aquello que les hacía divinos, pudiera caber en algo tan pequeño. Un sentimiento de vulnerabilidad consumió a ambos.
—¿Cuánto tiempo permanecerán ahí?—preguntó el peliazul.
—Tanto como sea necesario, aunque todo tiene un tiempo. Con el paso de los años, el sello perderá su fuerza, hasta debilitarse lo suficiente como para liberar al dios prisionero—explicó la morena—. Quedan un par de siglos para eso.
—¿Y si alguien intenta romper el sello antes de su tiempo?
Athena no respondió. Sin embargo, su mirada gris lo dijo todo: "Que lo intenten". Si la ponían a prueba, sería una fiera que lucharía hasta el final por aquellos a quienes protegía.
—Eso no sucederá.
—Tienes muchos enemigos.
—Eso lo sé. —Hizo un gesto con la cabeza a Shion, para que retirara sus preciosas urnas. —Consideraré que ese comentario no tiene tintes de amenaza.
—Consideras bien.
—Eso pensaba.
Perséfone miró de uno a otro. Por un segundo agachó la mirada, ante la tensión que fluía de un lado a otro del salón. Su tío siempre había tenido un carácter difícil de entender y un ego digno de Zeus. Ahora descubría que Athena no era muy diferente a él.
Buscó la mirada de Shion. El lemuriano era tan consciente de la situación como ella misma. De hecho, podía decir que estaba aún más atento que los otros dioses, pendiente de cada detalle. Perséfone había conocido a muchos hombres sabios en su vida. Pero, de algún modo, intuía que a ninguno como él. Athena, a la que había considerado en desventaja en algún punto de esa carrera, ahora se convertía en una sombra que amenazaba y hacía temblar al Olimpo entero. Se había adelantado a todos… y eso la ponía en un peligro mucho mayor que antes.
—La última urna, la que entregaré—continuó ella—, es completamente inútil en tus manos.
—No esperaba que fueras a entregarme un arma que pudiera usar contra ti.
—Por supuesto que no. Solo me privas de una, que pueda usar en contra de cualquier otro.
—¿En contra mía?
—No… ya no.
Se midieron con miradas, dejando en claro que ninguno estaba dispuesto a ceder, pero que ambos necesitaban del otro. Athena necesitaba a Poseidón lejos de las líneas enemigas, y el dios de los mares requería su seguridad, por encima de todo. En un trato como aquel, a pesar de las pérdidas, había tantas ganancias.
Rápidamente, Perséfone se interpuso entre ambos, rompiendo de ese modo la creciente tensión. Tomó el jarro sagrado que Shion le ofrecía y sirvió de intermediaria para entregárselo al otro dios.
Confiaba que con eso, la visita se terminara de una vez por todas.
—¿No existe ninguna otra urna?
—No. —La simple pregunta le resultó ofensiva a la morena. No sabía cuantas veces más tendría que repetirse ante Poseidón. —Si deseas corroborar mis palabras, puedes hablar con Hefesto.
—No será necesario.
—¿No?
—Es tu palabra y la tomo.
Athena levantó una ceja, sorprendida por aquella reacción. Aceptaba la reciente confianza depositada en ella, pero no dejaba de ser sorpresiva. Esperaba que su relación con Poseidón saliera del bache en el que había caído y, por sobretodo, que la cordialidad durara.
—En tal caso, no hay nada más que discutir—replicó ella. Llevó su mirada gris hacia Perséfone, tan solo por un segundo y continuó. —Confío en que nuestra… alianza, se mantenga tan fuerte como antes.
—Lo será.
—Perséfone, gracias por tu ayuda.
La peliverde asintió. Tenía la esperanza de que todos los esfuerzos, todas las demandas y todas las conciliaciones tuvieran éxito.
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La cueva era oscura. Diminutas gotas de humedad resbalaban por sus paredes, tintineando al caer sobre un pequeño arroyo, que escurría hasta los pies de la montaña. El valle a sus pies estaba poseído por un silencio mortecino.
Las aves parecían haber ausentado de aquellos lugares desde mucho tiempo atrás. Su trino ya no se escuchaba. Incluso el viento parecía dispuesto a callar su canción, soplando con suavidad sobre los kilómetros de largos pastizales. La fauna había huido, siendo aquel el territorio declarado del gran toro.
Los caballos presentían el peligro, pues llevaban varios minutos avanzando a duras penas. Por mucho que los Santos insistieran, cada paso que daban era un lucha entre ellos y sus monturas. Las bestias se revolvían, nerviosas y temerosas. Intuían que el peligro se acercaba a ellos, que en cualquier momento, el toro aparecería y entonces, no tendrían modo de escapar.
—No tengo nada en contra de los caballos, pero, ¡vamos! Si estas bestias siguen así, voy a empezar a entender el odio de Milo hacia ellos—reclamó Kanon.
—La última vez, un pájaro gigante se comió a tu caballo. Uno entiende porqué el pobre animal se resiste a seguirte.
—Eso no fue culpa mía, Saga.
—Pero aquí estás, bien vivo. Mientras el pobre animal…
Kanon ni siquiera se dignó a responder a la burla de su gemelo. Lo miró de soslayo, intentando asesinarlo en el proceso. Pero en ese momento tuvo que aplicarse, pues su montura requirió de su completa atención, al alebrestarse intempestivamente.
El animal se movió de un lado a otro, echó las orejas para atrás y bufó, echo un ovillo de nervios. De pronto, se detuvo.
—¿Qué rayos…?
Cuando el gemelo levantó la mirada, se encontró con el resto del grupo tan quietos como él mismo. Sus miradas, perdidas en el montículo de piedra que estaba a tan solo unos metros de ellos. Pronto, descubrió que era lo que contemplaban con tanta sorpresa y, sobre todo, con tanto recelo.
El toro mítico estaba ahí.
Kanon estaba acostumbrado a que la Edad del Mito les jugara tretas retorcidas, pero aquello era un jodido insulto de animal. Era tan grande como dos o tres caballos. Blanco, como la nieve, con cuernos y cascos de plata. Cada músculo de su cuerpo se marcaba por debajo de su piel, revelando la fuerza sobrenatural con que contaba. Sus mirada era fría y vacía. Llevaba un enorme aro dorado en el hocico y su respiración evocaba una nuble de vapor blanquecino.
Pastaba por la pradera, en soledad. A cada paso, donde sus pezuñas tocaban el suelo, agua manaba bajo ellas, como recordatorio de su origen divino.
—Joder, está claro que los mitos poco tienen que ver con la realidad—masculló Shura. Su montura se reveló, obligándole a sacar sus mejores dotes de jinete para controlarlo.
—Quietos, quietos. —Dohko palmeó el cuello de su corcel, con la esperanza de mantenerlo tranquilo. Él no era el único que estaba en problemas.
Una de las bestias relinchó, en medio del pánico. Todas las miradas buscaron a Saga, tan sorprendido por la reacción de su caballo, como los demás Santos.
—Mierda—susurró, apretando los dientes.
A lo lejos, los ojos oscuros del toro sagrado se encontraron con los suyos. El monstruo levantó la cabeza y soltó un poderoso bramido que hizo temblar a la pradera. Golpeó el piso con sus cascos, abriendo surcos a través de él, de donde brotaron salvajes arroyos. Después, arremetió contra ellos, con toda la fuerza que sus musculosas extremidades le permitieron.
El poder que emanaba de él revolvía el ambiente, tornándolo caótico. Las vibraciones terminaron de enloquecer a los corceles, que emprendieron la carrera en medio del horror. Chillaron, se revolvieron, pero nunca dejaron de correr, a pesar de las quejas de sus jinetes.
De pronto, la tierra bajo sus pies se resquebrajó. Agua manó de las cicatrices en el suelo, cual sangre brotando de un cuerpo herido. El agua cobró fuerza, y se levantó por encima de la tierra, hasta más allá de las cabezas de los guerreros.
Lo que era una llanura se convirtió en un laberinto de paredes acuosas que trastornaban a los caballos, tapándoles el paso y obligándole a seguir el ritmo de la bestia mayor.
En algún punto de la carrera, sabiéndose atrapado, el caballo de Aioros intentó brincar por encima de una barrera de agua que surgió frente a él. Pero la fuerza del agua lo hizo volcar, desmontando al Santo con la fuerza del impacto.
—¡Aioros! —Shura intentó detenerse y volver el camino, pero el temor de su caballo le impidió parar a pesar de sus órdenes.
La montura del arquero cayó pesadamente, rodó sobre la tierra herida y consiguió ponerse de pie a duras penas. Confundido por el golpe que no vio venir, el corcel marrón se tomó algunos segundos en decidir hacia donde continuar la carrera. Al menos aquel instante bastó para que Aioros reaccionara de su propio desconcierto. Se llevó las manos al rostro y sacudió ligeramente la cabeza. Sus dedos se impregnaron de la sangre que corría por su frente, de una herida abierta durante su caída. A pesar de todo, se levantó tan rápido como pudo, se aferró a las riendas de su caballo y consiguió montar con un movimiento rápido. Pero cuando volteó, se dio cuenta que estaba en aprietos.
Para el toro todo era distinto. Si bien su cuerpo era más pesado y sus movimientos más lentos que los de los caballos, para él no había barreras. Atravesaba las paredes de agua sin ningún esfuerzo. Era como si las aguas le reconocieran y se abrieran a su paso. El arquero y su caballo, aún ligeramente aturdido, estaban más cerca que nunca.
Aioros supo que el golpe sería inminente. Afiló la mirada, parcialmente cubierta por el hilo de sangre que manaba de su frente y resbalaba hasta su mandíbula. Apretó el puño, permitiendo que un halo de cosmos dorado lo rodeara.
No estaba seguro de que iba a suceder cuando su cosmos golpeara al toro, pero no tenía ninguna opción más.
Antes de que pudiera mover siquiera un dedo, uno de los muros de agua se rompió con un gran estruendo. Aquel poder que había que había abierto las aguas, avanzó hasta golpear a la bestia sin ningún tipo de misericordia.
—¡Gran Cuerno! —Alcanzó a escuchar el grito de Aldebarán y sus ojos azules le buscaron por reflejo.
De inmediato, el bramido del toro salvaje volvió a robarle la atención. La técnica de Aldebarán impactó en él directamente, terminando con su carrera. Cayó al suelo estrepitosamente y derrapó levantando un nube de polvo.
—¡Vamos, Aioros! ¡Vamos!—urgió al Santo de Sagitario. Sabía que el toro de Creta no pasaría mucho tiempo fuera de combate.
El castaño no necesitó que se lo dijeran dos veces. Rápidamente emprendió la huída, del mejor modo en que su castigado caballo se lo permitió. Se unió al resto del grupo y avanzaron de regreso al palacio a toda velocidad. Lo último que escucharon en las praderas fue el bramido feroz del monstruo caído; una amenaza de muerte que pendería sobre sus cabezas hasta la próxima vez que se encontraran.
El Sol prácticamente se había ocultado y algunas estrellas brillaban en el grisáceo manto celeste.
Tendrían que volver al día siguiente, con la esperanza de no llevarse más sorpresas. Los caballos se quedarían a la distancia, para evitar otro ataque de pánico que pusiera en peligro las vidas de todos. Para la mañana siguiente, todo se basaría en cosmos. En cosmos y un poquito de suerte, que nunca estaba de más.
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Cuando divisó las velas blancas, con los grandes ojos y las alas de la lechuza ateniense, Kozma levantó los brazos y brincó, a modo de saludo hacia la galera.
Desde el gran peñasco, donde se encontraba su hogar, estaba acostumbrado a observar los navíos que atravesaban el estrecho de Dardania, hacia el Mar Sombrío. Con la ciudad de Troya tan cerca de ellos, había barcos de sobra navegando por esas aguas. Sin embargo, cada vez que distinguía las velas con el blasón de Bemus, le resultaba imposible contenerse de emoción. Esperaba siempre que su amigo marinero se detuviera en esas tierras lejanas y desembarcara para saludarle de nuevo.
—¡Bemus! ¡Bemus!—llamó su nombre tan pronto reconoció al Axios, con aquel impresionante palacio en la parte delantera. Afiló la mirada, intentando encontrar su figura, pero le resultó imposible. —¡Bemus!—gritó mas fuerte, con el cañón haciendo eco de su voz. Aún así, sus gritos no sirvieron para mucho.
Justo cuando comenzaba a perder la esperanza, la puerta del palacete de cubierta se abrió y el moreno apareció. Lo vio levantar la vista, exactamente a donde él estaba y estiró el brazo al aire, devolviéndole el saludo.
Sonrió. Sabía que su amigo mantendría su promesa de saludarle cada vez que su flota alcanzara esos rincones del Gran Mar.
Había conocido a Bemus dos años atrás, cuando tenía cinco años y tan solo unos días antes de que su madre falleciera. El joven ateniense lo había descubierto robando un par de hogazas de avena. Su madre llevaba días postrada en cama, y en todos y cada uno de esos días, el niño no había probado bocado alguno. Su madre, alguna vez hermosa y rodeada de hombres ricos, se había convertido en una mujer decrepita, azotada por las enfermedades de su poco honorable oficio. Los hombres y el dinero había desaparecido, dejándoles en la miseria más triste. Así que Kozma no había tenido más remedio que salir en busca de sustento para ambos.
El hombre del mar se había apiadado de él. Quizás había sido su lamentable aspecto y su famélica figura lo que le habían impresionado.
Los rizos rojizos y brillantes que lucía ahora, poco tenían que ver con la maraña de cabellos repletos de piojos que llevaba aquel día. Su piel estaba curtida de llagas y mordidas de los animales con los que compartía el camastro donde dormía. Y su ropa… los quitones de seda que el oro de Bemus le compraba, eran un sueño que Kozma nunca se había atrevido a imaginar. Ahora era un pequeño príncipe, al que solamente le faltaba una corona.
Bemus le había salvado la vida y lo había cambiado para siempre.
Todo lo que era se lo debía a él. Su presente era obra de sus manos, y su futuro también. Algún día, cuando fuera mayor, el marino le había prometido que lo llevaría con él, en el Axios, hasta los rincones más lejanos y maravillosos del mundo. Hasta entonces, él esperaría con paciencia.
Lo que era, y lo que sería, era gracias a él… y a Iona.
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—¿Quién es el crío?—preguntó Milo. Ophelos echó una mirada fugaz al mocoso y sonrió.
—Kozma. Es el protegido de Bemus.
—Oh. No esperaba que tuviera una protegido en estos rincones del mundo.
—Bemus es ateniense, pero desde que dejó el ejército, el mundo entero se ha convertido en su hogar. Un día estamos aquí, otro día estamos allá.
—Entiendo…
A decir verdad, no lo hacía. En todas esas semanas que llevaban navegando, ni una sola vez había visto un ápice de alegría en el moreno. Pero, de pronto, aquel chico del barranco había asomado desde lo lejos y, por primera vez, Bemus había sonreído. Si le preguntaban, Milo diría que había algo mucho más fuerte detrás de todo ello. Solo que no sabía qué era. Por supuesto, si Camus estuviera ahí, le habría dicho que tampoco era asunto suyo.
Soltó un bostezo y se quedó pensando un rato más en sus teorías.
Acababa de descubrir que mientras se mantuviera cerca de Ophelos, nadie le molestaba. Los marineros no se acercaban con tonterías, ni tampoco le pedían que bajara de nuevo al área de bogadores a terminar de destrozarse las manos.
Incluso, el resto de sus amigos solían comportarse decentemente alrededor del malencarado marinero, especialmente Aioria y Ángelo, que parecían haber cogido la manía de fastidiar a todo al mundo. Y, sí, estaba celoso. Hasta entonces, la gata dorada había sido su cómplice de maldades. De nadie más. Y ahora, disfrutaba atormentándole en conjunto con el cangrejo.
—¿Ves aquella colina al final del barranco?—retomó la conversación el viejo. El peliazul levantó la vista y creyó divisar algo. —Bemus tiene tierras ahí. En algunas ocasiones, le dejamos aquí y continuamos con el viaje hasta el Este.
—De ahí es donde viene el asunto del niño.
—Algo así.
—Cuando terminemos con esta mierda de las misiones, haré que nos lleve de vacaciones hasta ahí. Las merecemos—acotó—. Espero que tenga una de esas piscinas enormes donde uno puede remojarse todo el día. En serio, necesito descansar.
Ophelos lo miró de reojo. El chico sin duda le resultaba gracioso y cuanto menos, sincero. Era una buena compañía. Pero casi prefería tenerlo al lado, que andando por ahí y armando escándalo entre sus remeros. Era lo que Ophelos llamaba un alborotador por excelencia.
Cuando regresó su vista al frente, descubrió que su viaje llegaba poco a poco a su final. No tenía la menor idea de lo que deparaba aquella aventura. Se preguntó si regresaría todos por ese mismo camino, o si habrían de alejarse de ahí, mientras las piras de los muertos aún ardían. Esperaba que los dioses les favorecieran, y todo se desarrollara sin pérdidas humanas. Ya estaba viejo y no deseaba ver más muertes.
—Las vacaciones suenan bien, rapaz—musitó, pensando en el futuro tan complicado que enfrentaban—. Cuando terminemos con esto, les invitaré al mejor ouzo que puedan encontrar alrededor del Gran Mar.
—¿En serio? —El viejo asintió. —¡Pues pienso recordártelo! Palabra de caballeros.
—Palabra de caballeros.
Milo ensanchó su sonrisa. Si iba a enfrentarse a cuatro yeguas endemoniadas, que salían justo de sus pesadillas, estaba bien que le recompensaran con un buen trago.
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Cuando por fin alcanzaron la seguridad del palacio cretense, la noche estaba en todo su esplendor.
Dejaron a las monturas en los establos y recorrieron el corredor de la casa real a grandes zancadas. Aioros iba por delante, con una mueca de frustración en los labios y una mano haciendo presión sobre la herida abierta que se negaba a dejar de sangrar. Shura caminaba a su lado, tratando de darle alcance del mejor modo en que podía, increpándole con cientos de preguntas que se resumían en una sola: ¿Estás bien?
Saga iba un par de pasos detrás, sin cuestionamientos, pero con la misma mirada de preocupación del español. Al menos el arquero agradecía que no sumara al interrogatorio. Si tenía que admitirlo, casi se sentía idiota al haberse abierto la cabeza por una caída de caballo. Habiendo sobrevivido a mil cosas peores, su accidente de unas horas antes resultaría en una triste anécdota que compartir cuando alguien más le preguntase al respecto.
—¿Estás seguro de que estás bien? Sangras mucho.
—Es la cabeza, Shura. Usualmente es más aparatosa que cualquier otra parte del cuerpo—siseó—. Pero estoy bien. Solo será una cicatriz más para la colección.
—Deberíamos ir a que te costuren o algo.
—Quizás esa sea una buena idea—intervino Aldebarán. En cambio, el castaño no parecía mínimamente convencido. —Deberíamos buscar a alguien que revise la herida.
Estaba a punto de objetar cuando sus ojos chocaron con la mirada de Saga, y después con la de Dohko. De algún modo supo que no podría negarse por mucho tiempo, o los cuatro le arrastrarían por todo el palacio en busca de ayuda.
Resignado, suspiró.
—Busquemos al hombre antes, ¿vale?—dijo.
Y fueron tras Dédalo, donde quiera que se encontrase.
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—Es un corte superficial, mi señor—acotó el viejo inventor—. Puedo darte un par de puntos, para evitar que vuelva a abrirse durante alguna futura batalla.
—Hazlo. No quiero más problemas con esto.
—De acuerdo.
Le dio la espalda y procedió a preparar todo lo que necesitaba para la curación. Pidió agua limpia a una de las doncellas, enjuagó sus manos y limpió bien el área de trabajo.
A sus espaldas, sentía las miradas de los Santos sobre él. Ninguno había pronunciado palabra alguna, pero tampoco se habían retirado. No estaba seguro de que significaba aquello, ni de por qué se resistían a separarse. Quizás debía cuestionarse si sospechaban del verdadero peligro que los rodeaba.
Giró, para enfrentarles de nuevo y se acercó al Santo de Sagitario. Limpió nuevamente su herida, antes de proceder.
—No te muevas.
—No lo haré—masculló. Atrincheró los dientes cuando sintió la aguja penetrándole la piel, pero ni un quejido abandonó sus labios.
—Pediré una jarra de vino para después—susurró, mirando al chico de reojo. —Los mejores vinos, destinados al Rey y a la Reina.
—Hubiera sido mejor idea dármelo antes.
—Quizás sí. —Pero antes de que pudieran continuar con la pequeña e insulsa conversación, Kanon intervino.
—Oye—dijo—, ¿dónde se encuentra esa famosa reina tuya de la que tanto hablas? Hubiera esperado conocerla durante el recibimiento de Minos, pero no ha estado al lado de su esposo entonces.
Dédalo no respondió de inmediato. Terminó pacientemente con su trabajo, en completo silencio, mientras las miradas de Saga y de Dohko, amenazaban con atravesar al menor de los gemelos.
Cuando el viejo terminó, acomodó su instrumental y solicitó a la doncella que lo llevara consigo, dejándole a solas con los protegidos de Athena. Después se tomó unos segundos para contemplar los rostros de todos. El suyo, en cambio, no denotaba expresión alguna. Era macabramente indiferente.
—Su Alteza, la reina Pasifae, se encuentra alejada, confinada al área más lejana del palacio. —Tomó asiento en un banquito vacío y secó las gotitas de sudor que tenía en la frente. —Los últimos meses han sido terribles para ella; ha sido calumniada, aborrecida y humillada por un pueblo de ignorantes y un rey que ha permitido estas abominaciones.
—Entonces, ¿los rumores son solo eso? ¿Mentiras?
—Kanon. —Dohko intentó reprenderle, pero la desvergüenza del peliazul le obligó a no inmutarse.
—No, no, mi señor. No debes preocuparte por sus preguntas. Cada oportunidad para reivindicar a mi reina, he de aprovecharla. Es mi deber, después de todo, hablar con la verdad.
—¿Y cuál es la verdad en todo esto?
—La verdad es, que aunque el rey se niegue a ver la realidad, el hijo que la reina ha dado a luz es suyo y de nadie más. Su aspecto, grotesco y sobrenatural, ha sido una triste coincidencia. Desde tiempos ancestrales se habla de niños que crecen con rostros diferentes en el vientre de sus madres. Eso no les hace descendientes de bestias, ni de monstruos.
—Oh, eso significa que el asunto del Toro…
—Patrañas, mi señor. Patrañas. Producto de una mente aberrante.
Los Santos miraron con atención al hombre. Su aflicción se sentía legítima, pero había algo en él que no terminaba de encajar. La Edad del Mito había desarrollado y afilado sus instintos. Siempre tenían presente que nada era lo que parecía; que la confianza debía ser escasa, y que no debía ser otorgada simplemente a cualquiera.
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Durante el día, cuando el palacio estaba repleto de ojos que todo lo miraban y oídos que todo lo escuchaban, era imposible pasar desapercibida. Siendo una visitan oficial, Aretha también sabía que jamás tendría acceso a Phineas. Las pocas palabras que pudiera hablar con ella estarían siempre repletas de enigma, o bien, diría solamente lo que Periandro quisiera escuchar.
Así, por una corazonada, o por simple capricho, estaba de regreso en Troya.
Entró, como una ráfaga de viento, a través del ventanal. Su cuerpo tomó forma, después de asegurarse que nadie la observaba. Era una noche silenciosa, que se sentía especialmente inusual en una ciudad tan bulliciosa como Troya. Durante el día, la ciudad hervía. Pero por la noche, el revuelo solamente sobrevivía en la bahía, entre marineros, vino barato a raudales y putas dispuestas a ganarse algunas monedas. Mientras, la ciudad se recogía; quedaban solamente las guardias marchaban por sus calles y el crepitar de las hogueras que ardían en cada esquina.
Aretha se sorprendió de lo fácil que le resultó entrar a las entrañas del palacio sin ser descubierta. Sin embargo, se recordó a si misma que debía ser cuidadosa. Aunque había conseguido entrar hasta los aposentos de Phineas, no estaba exenta de ser atrapada por la doncella que siempre permanecía cerca.
Con pasos ligeros se acercó al lecho de la pitonisa. Se aseguró que nadie más estuviera por los alrededores y la despertó, acariciando con suavidad su mejilla.
—¿Phineas?—susurró, lo más suave que le fue posible. Lo último que deseaba era alterarla. —Phineas, soy Aretha. Soy amiga de los Santos y vengo en su nombre, ¿recuerdas?
La peliplateada se revolvió en la cama. Se estiró, como un felino adormilado y tras soltar un bosteza, se incorporó.
A la ninfa le resultó difícil entender si tenía su atención, o si solamente se había incorporado como un reflejo. Pero cuando la vio voltear en varias direcciones, como si buscara algo con los ojos cerrados, supo que la estaba buscando a ella.
—¿Eres la hija del viento?
—Soy una ninfa del viento, sí.
—Has vuelto.
—Teníamos que hablar. No pudimos hacerlo la última vez—aseveró. Buscando no inquietarla, se sentó en la cama, a su lado.
—Te pones en peligro… y a los Santos también.
—No es mi seguridad la que me preocupa. —Encogió los hombros y apartó un rizo pelirrojo que le caía sobre la frente. A pesar de todo, precavida, miró de reojo hacia la puerta, esperando que no fueran interrumpidas. —Debo pedirte algo sumamente importante, y la última vez que estuve aquí, la presencia de tantos oídos no me permitió hablarte con libertad.
—No entiendo. Fuiste muy clara con tu petición. —Phineas agachó el rostro y su semblante, inexpresivo como siempre, se sumió en una profunda reflexión.
Tal como había dicho en su momento, ayudarla o no, no estaba en sus manos. Los dones de Apolo llegaban a ella sin que los pidiera, pero él no acudía a ella jamás. Su comunicación era unilateral; él le hablaba, pero ella no podía responderle. Si bien comprendía que los dijes bendecidos con el cosmos de Athena serían importantes, y también determinantes para su aventura, no podía hacer absolutamente nada para ayudarles.
Lo lamentaba muchísimo, pero tenía las manos atadas en aquel sentido. De tal modo, no terminaba de comprender los motivos que habían llevado a la ninfa hasta ahí, de nuevo.
—Debes dejar de hablarme con medias palabras. Sé que la última vez no tenías ninguna otra opción, pero ahora yo te la ofrezco. Todo lo que sepas, que sea importante para mis chicos, dímelo—dijo la pelirroja—. Tú misma dijiste que nuestro camino juntos no había terminado…
—Y respecto a eso, no me he equivocado.
—No te has equivocado respecto a nada. No cometas errores ahora.
—Aretha…
—No, escúchame. —La ninfa tomó su mano entre las suyas y, por un instante, el rostro de la pitonisa giró en su dirección, como si pudiera verla. —Quizás piensas que los Santos están lejos de aquí, que están a salvo. Pero no es así. Se encuentran en Tracia, no tan lejos como a ambas nos gustaría. Y volverán a Troya… volverán por ti y por los dijes.
—Pero no seré yo quien regresé con ellos. Este es mi hogar y también es mi prisión. El destino dice que pertenezco aquí.
—Si crees que ellos acatarán y aceptarán las imposiciones del destino, estás equivocada. —Sonrió, a pesar de que los ojos muertos de Phineas no podían verla. —Y tú tienes que ayudarles.
Phineas deseaba lo mismo. Sin embargo, no podía dejar de pensar en toda la sangre que se había derramado por culpa de ella. Sus dones no eran más que una maldición que pesaba sobre ella y sobre todas las personas que la rodeaban.
No estaba dispuesta a derramar una sola gota más. Si los Santos regresaban a Troya, no saldrían de ahí con vida.
—Ellos no deben volver—musitó.
—¿De qué hablas?
—Periandro no los verá como aliados ahora. No hay nada que ellos puedan ofrecerle, o que él necesite de ellos. Ahora son prescindibles.
La sola palabra disparó un escalofrío en Aretha. La reputación de Periandro y su personalidad impulsiva estaba bien extendida por todo el Gran Mar. Los chicos ya tenían suficientes enemigos divinos, como para también rodearse de poderosos mortales que pidieran sus cabezas.
Le preocupaba todavía más que no tenía modo de convencerlos de no poner un pie en la ciudad amurallada. Mientras hubiera tantas cosas importantes de por medio, los Santos insistirían en que Bemus encallara en la bahía dorada.
—No creo que podamos disuadirlos de no llegar hasta aquí durante su regreso.
—Debes hacerlo.
—¿Yo? —Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios rosas. —¿Cómo?
—No lo sé.
La noche, de pronto, se tornó aún más silenciosa para ella. La ninfa se encontró sumida en un río de pensamientos que carecían de orden y sentido. Nunca se había considerado una mujer persuasiva, mucho menos una que fuera capaz de hilar argumento tras argumento para imponerse a nadie. Pero si Phineas tenía razón, era el momento de convertirse en todo lo que no era.
Debía ser rápida, intuitiva y, sobre todo, más lista que cualquiera. El único modo de mantenerlos a salvo, era obligarlos a mantenerse lejos de Troya. ¿Cómo haría tal cosa?
—¿Sigues aquí? —Phineas la cuestionó. Se sintió torpe al olvidar que la otra mujer era incapaz de verla y que su silencio no estaba ayudando en lo absoluto.
—Sí. Solo pensaba.
—¿En qué?
—En que debo sacarte de aquí. —Apretó los labios y ahogó un suspiro repleto de pesimismo. Después, esperó con impaciencia por cualquier reacción de la joven pitonisa.
—¿Por qué? ¿Por qué harías tal cosa?
—Si ellos no pueden venir a ti, tú debes ir a donde ellos.
—Es un plan terrible.
—Quizás, pero por ahora, no tengo más opción. Tú eres lo único que los ata a esta ciudad; tú y Apolo. Si conseguimos huir…
—Es un plan terrible, Aretha. Yo no…
—¿No qué? —Se cuidó de no gritar, a pesar de que se sentía muy frustrada. Admitía que su idea era increíblemente impulsiva y demasiado ingenua, tal vez. Pero, ¿qué otra opción le dejaban? —Ni siquiera te has pensando intentarlo. No me has dado ni el más pequeño beneficio de la duda.
Phineas retuvo el aliento por un par de segundos. Sus manos apretaron con fuerza las mantas del lecho, hasta que los nudillos le palidecieron.
Lo que sentía no era miedo, sino rabia. Rabia de encontrarse tan desvalida y de verse a si misma como un gran escollo. Además, los secretos pesaban más que nunca. Eran una gran carga que no podía soportar por más tiempo.
—No se trata de mi—siseó—. Yo no soy lo único que los ata a Troya. Simplemente que aún no lo saben. Aún si pudieras sacarme de aquí, tarde o temprano ellos tendrán que volver. En las entrañas del palacio se guarda un tesoro, uno que Athena no estará dispuesta a perder y que reclamará como suyo. Sangre de su sangre. Estirpe de su Orden.
—Pero, ¿qué estás diciendo? —Aretha no comprendía nada. Phineas sabía que el secreto terminaba esa noche.
—La Reina lleva un niño en el vientre; un niño que comparte sangre con uno de los Protegidos de Athena.
—¿Qué dices? ¿Reina? ¿Qué reina? —Aturdida, la pelirroja balbuceó. Las palabras le revoloteaban en el cabeza, sin que les encontrara ningún sentido. —No es posible. Periandro enviudó hace tantos años…
—No hablo de la reina troyana. Hablo de la Reina, aquella por cuyas venas corre sangre divina: Hipólita.
El nombre hizo eco en los oídos de la ninfa. Sus ojos cerúleos se abrieron de par en par, mientras sus labios se movían sin que su voz hiciera acto de presencia. La cabeza le dio vueltas, con las imágenes de la última noche Temiscira entremezcladas con miles teorías.
—No es verdad. Es imposible…
—Lo he visto en mis sueños; Apolo nunca se equivoca. Y Tarsila lo ha confirmado también.
—Pero, ¿cómo…?
En un golpe de claridad, tan repentino como atronador, todo embonó a la perfección: Kanon, su mal genio, su confusión, el mensaje de Mirra hacia él y el interés hacia Troya. Todo cobraba sentido.
Un punzante dolor de cabeza hizo mella en ella. Se propagó rápidamente hacia su nuca, descendió por su cuello e hizo estragos en sus hombros. En mucho tiempo no había sentido una tensión tan terrible como la de aquel momento.
—Maldición, maldición—musitó, aceptando la cruda realidad—. Que los dioses se apiaden de nosotros.
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Las aguas del Mar Sombrío lucían especialmente oscuras. Los mitos decían que eso solo sucedía cada siete años, cuando el gran ojo, aquel capaz de ver más allá del tiempo, se abría. Los dioses paganos, se decía, habitaban en las profundidades, desterrados por los Olímpicos y malditos por la eternidad.
Las costumbres tracias dictaban que el rey debía ir al encuentro del futuro cada vez que el mar se oscureciera. El mensaje de estos dioses estaba destinado para él.
Pero esos mismos dioses, caprichosos y egoístas, no daban nada, sin recibir algo a cambio. Exigían aquello que el hombre valoraba por encima de todas las cosas y su única verdadera posesión: su alma. Aquellos a quienes el Ojo les mostraba el futuro, nunca más podrían volver al mundo de los mortales. A cambio de ser tocados por el don divino, debían entregar lo que restaba de sus años, pues nadie que viera el futuro podría ser parte del mismo.
Era así como, cuando el momento llegaba, la tribu tracia elegía a un anciano sacerdote… al más viejo y también al más sabio. A las orillas del mar, el hombre sacrificaba su vida a cambio de la verdad. Cuando la muerte llegaba a él, en sus últimos suspiros, sus ojos eran abiertos a las revelaciones que nadie más entendería.
Pues aquel día había llegado y, por segunda vez en su reinado, Diómedes esperaba con ansias por la voz de los dioses. En cualquier momento, la cicuta arrancaría el último suspiro del pobre hombre y sus ojos se abrirían a un mundo que pocos conocerían.
—Es el momento, mi rey—dijo la vieja sacerdotisa que lideraba la ceremonia. —Los dioses hablan y debes decidir si habrás de escucharles una vez más. Recuerda que los dioses no complacen a los oídos mortales, sino que solamente hablan con la verdad. —No obtuvo una respuesta verbal, pero el ceño fruncido del hombre le trajo una respuesta. —Si estás listo, sígueme.
Su guardia real le despojó de su pesado abrigo de pieles. Después, retiraron la pechera, el resto de su armadura y el yelmo, antes de volver a cubrirlo con una túnica de seda casi transparente.
Mientras tanto, la anciana se había internado en las aguas del Mar Sombrío. El quitón que llevaba flotó por encima del mar, proveyéndola de un aire fantasmal.
Detrás de ella, el rey tracio se aventuró en las turbias aguas. Su figura, más gallarda y espigada que la de los ancianos que le rodeaban, lo convertía en un imán a los ojos. El agua formaba delicadas ondas a su alrededor, que se alejaban de él, perdiendo fuerza hasta desaparecer. Se detuvo a tan solo unos metros del agonizante sacerdote, como si temiera que las garras de la muerte pudieran arrastrarlo también a él.
Diomedes observó con atención la grotesca escena, sin inmutarse. Los sonidos guturales, del hombre que moría frente a él, no le causaron ningún efecto. Si algo, en el fondo de su alma despreciaba esa muerte, triste y patética. Un pueblo guerrero como el suyo glorificaba a aquellas almas jóvenes y valientes que morían con la espada en la mano, bañados en sangre enemiga; no a aquellos que alcanzaban la vejez.
—¿Qué es lo que ves? —Escuchó la pregunta de la vieja al moribundo.
—Veo el final del camino—masculló él—. Un corcel sin jinete y una espada que ha caído. Los hombres se han perdido, las mujeres lloran y los niños perecen. Los ojos que miran en la oscuridad pueden verlo todo: sus alas traen consigo un huracán, cuya fuerza el corcel no resistirá. ¡Ay! ¿Qué será de mi pueblo? ¿Qué será de nuestros hijos?—lloró.
—Será lo que los dioses quieran, hermano mío. —La mujer acarició el cabello húmedo del viejo. —¿Deseas continuar?
—El rey debe saber.
—El rey te escucha. Habla sin temor.
—Aquello a lo que debe su poder, también será su perdición. Si puede renunciar a ello, habrá de vivir para ver otro día… sino, habremos de encontrarnos pronto. —Entonces, su mirada se llenó de miedo, miedo a la inminente muerte. —¡Sé prudente, mi rey! ¡Sé prudente!—imploró.
Se sacudió una última vez, mientras un alarido de dolor escapaba de su garganta. Su cuerpo, ya sin vida, se escurrió de entre los brazos de su Orden y se hundió en el mar adormecido.
Los dioses fueron benévolos con él, pues nunca alcanzó a distinguir la mirada de Diómedes, llena de desprecio hacia su persona. No solo le disgustaban aquellos hombres que dedicaban su vida al sacerdocio para alejarse de la violencia de la guerra, sino que ahora estaba furioso con las predicciones de aquellos dioses que parecían no comprender el funcionamiento del mundo mortal y que no apreciaban su fuerza y su poder.
—No renunciaré a todo lo que he ganado. —La voz grave y teñida de cólera del rey se dejó escuchar. Bogó entre las aguas, hacia la orilla. —Si los dioses quieren despojarme de lo que es mío, que lo intenten. No doblegaré mis rodillas a cambio de sus favores.
Tan pronto alcanzó la arena, su guardia corrió a ayudarle. Quitaron la seda húmeda y secaron con esmero las grebas y sus piernas. La coraza de cobre cubrió su pecho desnudo, y encima de ellas, las pieles le brindaron un poco de calor.
Sus melena, de un naranja intenso que resaltaba con las crines rojas de su yelmo, caía por encima de sus hombros. Su mirada permanecía fija en la nada.
—Quizás tus dioses paganos te han abandonado, mi señor. Pero los dioses que rigen las tierras del Gran Mar han venido a tu auxilio. —La multitud que lo rodeaba abrió paso a la mujer que se atrevía a enfrentar la furia de Diomedes.
—¿Quién demonios crees que eres, mujer? Y, ¿qué te hace pensar que la ayuda de tus dioses será aceptada? —Ni siquiera volteó a verla. A pesar de todo, Egles me mantuvo firme.
—El peligro que ese pobre desgraciado no terminó de ver, viene en la forma de guerreros dedicados a Athena—explicó—. Estos hombres no son como ninguno que hayas enfrentado jamás. Su fuerza no radica en el acero, ni en sus monturas. Su poder, dicen, rivaliza con el de los mismos dioses. ¿Crees poder enfrentarlos sin la ayuda de mis deidades? Lo que es tuyo, seguirá siendo tuyo. No pedimos nada a cambio… simplemente sus vidas.
Cuando Diomedes torció la boca, con disgusto, la enorme cicatriz en su mejilla derecha de retorció. Se llevó la mano a la quijada y masajeó la piel dura, que iba desde la base de la mandíbula hasta casi el rabillo del ojo. "Eres afortunado", le habían dicho cuando sobrevivió a la batalla que le dejó dicho marca. El tracio estaba de acuerdo. Pero era afortunado, no por las bendiciones de los dioses, sino por haber sido capaz de blandir la espada a pesar del punzante dolor. Había sido el filo de su espada lo que le había salvado… eso y su propio coraje.
—No pelearé guerras ajenas a nombre de tus dioses, mujer.
—Pero ya no lo son—terció—. Esta es tu guerra ahora. En algunos días, seis de esos hombres, mitad mortal y mitad dios, desembarcarán en tu territorio. Ellos traen la guerra consigo. Desean la fuente de tu poder y no se detendrán hasta obtenerla. Para cuando reacciones, mi rey, se marcharán con todo lo que es tuyo, pisoteando la sangre fresca que aún mane de tu cadáver.
—Dame una sola razón por la que debería confiar en ti y en tus dioses. Ellos han maldecido a mi pueblo desde el principio de los tiempos, por negarles la adoración que demandan.
—No tengo que darte ninguna razón. —La mirada purpúrea de la Hespéride se afiló. Sus piernas se envolvieron en pequeño remolino de viento salvaje. Por instinto, la multitud retrocedió ante la inquietante visión. —Tú sabes el por qué.
—¿Y qué harás para ayudarme? —A pesar del temor de su pueblo, el pelinaranja no retrocedió.
—Te daré un regalo, Alteza. Uno que ni todos los tesoros de Tracia pueden comprarte. —Descolgó de su hombro un hermoso carcaj, hecho de piel teñida y bordado con hilos de oro y plata; y cerrado, de manera que las saetas en su interior se mantuvieran protegidas de manos y ojos curiosos. Después, tendió el ostentoso regalo al monarca. —En su interior encontrarás diez flechas, cada una de ellas es mensajera de muerte.
Diómedes la miró con recelo. Tomó el carcaj y lo sopesó entre sus manos. Su primera impresión fue que estaba siendo timado. En lo que respectaba al obsequio de la mujer, no encontraba nada extraordinario. Entonces, intentó abrirlo, pero de inmediato, ella le detuvo.
—Creí que era un regalo para mi—dijo, amenazante.
—Y lo es. Pero debes ir con cuidado. Las flechas engañan a los ojos; pueden parecer comunes a simple vista, más no lo son. Están bañadas con la sangre de la Hidra de Lerna. Si una sola gota de tu sangre roza con ellas, morirás. No hay antídoto en esta tierra que neutralice su veneno. —El severo rostro del rey mutó en un instante. Una sonrisa diminuta apareció en sus labios, a la vez que un brillo de victoria centelló en sus ojos ámbar. —Recuerda: ellos son tus enemigos… y vienen a por ti. Mata, o muere.
-Continuará…-
NdA: ¡Hola de nuevo! Ha pasado muchísimo tiempo desde la última actualización. Si soy honesta, pensé que pasaría mucho más para llegar a esta. ¡Pero aquí estoy!
Cómo habrán notado, la mala racha de inspiración sigue haciendo mella en mi capacidad de actualizar. Han pasado muchas cosas y me resulta difícil concentrarme en mis actualizaciones, a pesar de tener mis ideas bastante claras. Pero aquí seguimos para rato.
Como sea, seré breve porque mi cabeza esta que arde.
Como única observación de capítulo, les cuento que el rey Minos, en Creta, no es Minos, el juez. Existen muchas versiones al respecto, pero la que más me ha gustado, es que se trata de su nieto. Minos, el juez, fue conocido por ser uno de los grandes reyes de Grecia, razón por la cual al morir, fue declarado juez. Pero su nieto (el Minos de nuestra historia) era un desgraciado :)
En fin, a quienes me han dejado review en este largo tiempo, quisiera agradecerles. Siempre lo hago, pero me gustarían dejar muy claro que no es algo que se tome a la ligera. Después de todo, los comentarios son el modo en que los autores nos enteramos de sus pensamientos y también en el que disfrutamos con ustedes. Así que, ¡muchas gracias! Kaito Hatake, Uchiha, Kisame Hoshigaki, Jabed, Mariana Elas, Shakary, fer gp, brayan. marin94, Doncel Fera, La Dama de las Estrellas, Aspros, Ghost Reader, Altariel de Valinor, Art1sta, kodama677, O-Mac, Nanashi The Lord of the Sky y Sekmeth Dei.
Como ya es costumbre, los reviews anónimos serán respondidos en mi profile, mientras que los que tienen cuenta, recibirán el reply en sus correos durante las próximas horas.
Lo último que me queda decir es: ¡Felices Fiestas! Sin importar la fe que profesen, o el significado que les den a estas fecha, les deseo lo mejor. Seamos felices y disfrutemos de estos días.
Muchas bendiciones y mis mejores deseos para este Año Nuevo.
Sunrise Spirit
