Capítulo 60
El Gran Toro
Al despuntar el alba, cuando los primeros rayos de luz iluminaban la línea del horizonte, la tripulación del Axios se alistaba para continuar el último trecho de su largo viaje.
La noche anterior habían pernoctado en una diminuta bahía, entre los acantilados que se formaban en el estrecho que conectaba al Gran Mar con el Mar Sombrío. La hoguera que encendiesen para proveerse de calor prácticamente se había extinguido. Solo quedaban las brasas quemadas de madera que se negaba a morir a pesar de todo.
—¡Todos de pie! ¡La mañana ha llegado! ¡Hora de hacernos a la mar! —Un marinero rollizo y bajo de estatura, gritó. Toda la tripulación le conocía como Panza de Yegua, a causa de su prominente estómago. —¡Arriba, vagos! ¡Arriba!
Poco a poco, los marineros fueron despertando. Los arbustos alrededor de la bahía se abarrotaron de marinos meando, mientras otros hacían fila para el desayuno: una hogaza de pan negro y un trozo de carne salada.
Cuando Aioria terminó de despertar, solamente Milo seguía tendido sobre la arena, acurrucado entre las pieles. Se frotó los ojos y miró a su alrededor, analizando la caótica escena con la que había amanecido por las últimas semanas y a la que todavía no se acostumbraba.
—Despierta, bicho. O te abandonaremos en la playa—masculló, aún medio dormido.
Por supuesto, no esperaba que Milo le escuchara… y así fue. Sintiéndose vilmente ignorado, se levantó de su cama de arena, dejándole ahí, al menos hasta que Camus regresara y le arrastrara de los pelos hasta la galera.
Observó de un lado a otro: a los arbustos por un lado y a la fila de comida por el otro.
Adormilado, se sentía incapaz de tomar una decisión hacia donde debía primero. Por fin decidió que la fila del desayuno era demasiado larga y que, por lo tanto, podía esperar un poco más por él.
Sin embargo, poco sabía que todo tendría que esperar.
Mientras caminaba hacia ahí, una ventisca pasó por encima de ellos. No se trataba de una cualquiera, que levantaba la arena y hería los ojos. El aire era tan fuerte, que Aioria se vio a si mismo trastabillando por toda la playa. Consiguió mantenerse en pie con éxito, aunque se sentía el tipo más torpe que se había visto jamás. Podía escuchar las maldiciones de propios y extraños por todo el playón. Él mismo había sido incapaz de reprimir un par de malas palabras.
Cuando estuvo lo suficientemente alejado del resto de la gente, el viento dio un giro brusco que lo hizo caer sobre su culo. Después, la ventisca cesó.
—Sé que estás ahí—dijo, soplando sus flequillos. Entrecerró los ojos y oteó a su alrededor; la ninfa tenía que estar por ahí cerca. —Es muy temprano para bromas, Aretha.
—No es una broma. Tenemos que hablar.
—¿Y tenías que rebosarme con arena para eso? Ahora pasaré el día completo con arena metida en los sitios más incómodos.
—Lo siento. —Por fin, ella se mostró. Su rostro mostraba una sonrisa tímida.
La mujer le ofreció ayuda para levantarse. Él la aceptó. Lo primero que hizo fue sacudirse los rizos castaños y después la ropa. Tal como habría predicho, sentía el escozor de la arena por todo el cuerpo.
La miró con reproche por un segundo. Pero rápidamente su gesto mutó a una sonrisa traviesa que la pelirroja correspondió.
—Es muy temprano… incluso para una ninfa. ¿Qué te trae por aquí?—preguntó el león.
—Esta noche estuve en Troya. Podría decirse que apenas he dormido desde entonces y que de verdad deseaba que el Sol apareciera para venir en su búsqueda.
—Vaya. Me asustas.
—¿Sí?
—Sí. Lo que sea que haya pasado en Troya tuvo que ser verdaderamente grave para vinieras con tanta urgencia. Por cierto, ¿qué hacías ahí, en primer lugar?
—Esa no es una explicación que yo deba dar sola, pero… —Se cruzó de brazos y suspiró. —Digamos que fui en busca de algo y encontré algo más. Algo más grande.
—Creí que los asuntos con los troyanos estaban saldados.
—Eso pensaba yo también. —Aioria la observó con atención. De todo el tiempo que la había conocido, jamás la había visto tan seria, ni tan preocupada como esa mañana.
—Vamos, dilo de una vez o nos haremos viejos. —Trató de llevar el asunto a broma. Sin embargo, la rubia no rió. —Vale, entiendo. Es serio.
El león chasqueó la lengua e imitó la posición de ella, cruzando los brazos sobre su pecho. Torció la boca, esbozando su mejor gesto de seriedad. Le quedaba claro que el buen humor no era bienvenido esa mañana.
—¿Has escuchado hablar de Phineas?
—Sí. Milo la ha mencionado un par de veces: la mujer de los sueños de Mu. —Visto así, sonaba condenadamente gracioso. Con esfuerzo, se guardó una sonrisa.
—Hablé con ella, a escondidas del rey Periandro. —Vio el ceño de Aioria fruncirse lentamente. —Al parecer, es una especie de prisionera dentro de las murallas de Troya. En algún punto pensé en ayudarla a escapar de ahí. Pero, cuando le hice la propuesta, ella… —Aretha retuvo la respiración. Ya había sido difícil escucharlo, como para tener que repetirlo. —Me ha confesado un secreto.
—Vamos a meternos en un lío por ese secreto, ¿cierto? —Al verla asentir, el Santo bufó.
—La reina Hipólita aún vive. —El castaño levantó las cejas con sorpresa. —Vive y… está encinta.
—¿Qué? Pero… yo pensaba que las amazonas… No entiendo nada. ¿Qué tiene eso que ver con nosotros?
—El padre de ese niño es uno de ustedes: un Santo—soltó sin preámbulos. El rostro de Aioria perdió toda emoción.
—Eso no es posible.
—Lo es.
—¡No!—exclamó, aún a sabiendas de que defendía una causa que no le constaba de primera mano—. ¡¿Cómo puede ser?! ¡¿Quién fue el idiota que…?! ¡Maldición!
—Sospecho que es Kanon—susurró la ninfa. Agachó el rostro, pues estaba sobrepasada por la reacción del león.
—¿Kanon? —Lo mataría. Lo asesinaría lentamente… Eso si alguien más no se le adelantaba.
—No lo sé con certeza. Pero solo tres Santos estuvieran cerca de ella en Temiscira: Kanon, Saga y Aioros. De ellos, el único que estuvo a solas con la Reina, fue él. —Sentía la mirada feroz de Aioria sobre sí. A pesar de ser consciente de que su enojo no era contra ella, no podía evitar sentirse intimidada. —Además, todo por lo que ha pasado… No hay nada que indique que pueda ser alguien más que él.
El león se dejó caer sobre la arena de nuevo. Hundió la cara entre sus manos y maldijo en silencio a su horrible suerte. Desconocía lo que vendría a partir de ese momento. Solo tenía claro que aquel asunto no pasaría desapercibido para nadie. Tampoco podía ocultárselo al resto de sus compañeros.
—¿Qué vamos a hacer?—él soltó la pregunta, más para el Universo que para ellos.
—Phineas dice que debemos rescatarle.
—¿Al niño? ¿A un niño que aún se encuentra dentro del vientre de su madre? Una madre loca y que nos odia, por cierto —Levantó el rostro y miró a Aretha. —¿Cómo piensas que convenceremos a Hipólita de venir con nosotros? —La ninfa no supo responderle. Aioria soltó un suspiro y perdió la mirada. —Eso mismo creo yo.
Aretha se sentó a su lado, sobre la arena dorada. Acarició el brazo del Santo, en un gesto de compresión pura. Él posó su mano sobre la de ella.
—Volveremos a Troya, ¿cierto?—ella cuestionó.
—Sí, estoy seguro de que sí. —Detestaba la idea. Pero, ¿qué más podían hacer? Aquel niño no nacido era sangre de uno de los suyos… era sangre de todos. —Vamos. —Revolvió la melena color de fuego. —Es hora de atragantarle el desayuno a los demás. Debemos contarles sobre esto.
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Un aullido de desesperación hizo retumbar el palacio. Después, el tintineo del metal resonó en cada corredor, anunciado las carrera desenfrenada de la Guardia Real. Más gritos siguieron; súplicas que no encontraron empatía se escucharon y el llanto desgarrador de un niño se oyó. Al final, no quedó nada más que silencio.
—¿Qué ha sido eso?—preguntó Aldebarán. El toro dorado no obtuvo respuestas.
—No es nada—musitó Dohko—. No es nada en lo que debamos intervenir.
Ninguno de los Santos más jóvenes se atrevió a pronunciar palabra. Incluso Kanon, con su lengua afilada, permaneció en silencio. Un sensación de agobio creció dentro de sus pechos, con el peso de la incertidumbre pendiendo sobre sus cabezas.
El desayuno había llegado a su fin, a pesar de que apenas había probado bocado. La escena, que sus ojos no habían presenciado, había terminado con su apetito.
Aunque ninguno dijo nada, todos estaban dispuestos a esperar un poco más antes de abandonar el comedor. El alboroto por los pasillos estaba lo suficientemente vivo como para salir y verse inmiscuidos en él. Lo mejor, lo más prudente al menos, era esperar. Su supervivencia dependería de la habilidad que tuvieran para ser invisibles. De nada más.
—¿Cómo está tu cabeza? ¿Duele mucho?—cuestionó Aldebarán al arquero. Sentía la imperante necesidad de desviar la tensión hacia otros temas.
—Duele… y los puntos pican.
—Menos mal que tiene la cabeza dura o lo estaríamos quemando en la hoguera. —Kanon intervino, y por una vez, a pesar del sardónico comentario, los demás no supieron si reprenderle o sonreírse con él. —Nueva regla para todos: si van a caerse de un caballo, eviten aterrizar sobre su cráneo. No todos tenemos la bendición de ser cabezotas como otros.
—¿Sabes lo odioso que eres?
—Me hago una idea, estimado arquero.
—No. No creo que sepas que tanto.
Pero la breve distracción no duró lo suficiente. Antes de que volvieran a darse cuenta, los seis estaban atrapados en sus pensamientos y teorías respecto a lo que recién habían escuchado. Quizás lo más desgarrador había sido el llanto de aquel niño desconocido, hundido en las feroces manos del miedo.
Dohko se frotó los ojos. Con movimientos rápidos y decididos se puso en pie; no podían esperar por más tiempo. Los asuntos del rey no eran asuntos suyos. Ni siquiera debían demostrar tanta atención hacia ellos.
—Vamos, ya es hora—dijo—. Tratemos de no pensar en lo que ha sucedido aquí.
Sabía que les pedía algo imposible, pues él mismo encontraba difícil de ignorar lo que estaba pasando frente a ellos.
Tomó su bolsa de cuero curtido, con algunas provisiones para más tarde y un pellejo lleno de agua, y la cruzó a través de su pecho. Miró de soslayo como el resto de los chicos le imitaban, dispuestos a arriesgarse una vez más, en esas misiones increíblemente inútiles, que ya comenzaban a hartarle. Se marchaba acompañado de cinco Santos irremplazables… esperaba regresar a Troya con todos ellos. Suplicaba a los dioses porque así fuera.
Pero aquellos segundos de reflexión le fueron arrebatados súbitamente.
—¡Ay, mis señores! ¡Se lo han llevado! ¡Se lo han llevado! —La repentina aparición de Dédalo cayó sobre ellos como un balde agua fría. Se miraron y después regresaron su atención al recién llegado. —¡Es una tragedia! ¡El rey desea su muerte! Tan solo es un niño y morirá ahora que no hay nadie que cuide de él.
Su congoja lucía real. De haberse basado únicamente en sus ojos, los Santos habrían creído en él sin lugar a dudas. Pero algo en todo aquello se sentía planeado. Era diferente a los gritos de antes, donde las emociones eran tan fuertes y reales que erizaban la piel.
Dédalo se sentó en uno de los lugares de la mesa que ellos acababan de abandonar. Era un hombrecillo pequeño, desde donde se le viere: su altura era inferior a la de cualquier de ellos, por mucho; y era en extremo delgado, con una joroba bien pronunciada que lo hacía lucir más insignificante. Su cabello pintaba canas. La cabellera de su juventud hacía cedido, dejando en su lugar una coronilla de cabello delgado y gris. Los surcos de su piel eran marcados, especialmente los de su entrecejo, que se hacían más visibles cada vez que fruncía las cejas.
—Discúlpanos, pero íbamos de salida—dijo Saga. Su voz sonó cortante y firme, con la esperanza de dejar al hombre sin derecho a réplica.
Pero Dédalo no estaba dispuesto a rendirse con tanta facilidad. Alzó una ceja y lo enfrentó, con una mirada dura que ellos no le habían conocido sino hasta entonces. Casi resultaba amenazante.
—Es un niño. Alguien debería apiadarse. —Apretó los dientes.
—Tu rey ha dejado en claro que los asuntos de este palacio no nos corresponden—replicó el geminiano—. Nuestra única misión aquí es el Toro. Nada más.
—Un niño morirá; un niño inocente. ¿Dónde están los héroes cuando se les necesita?
—¿Por qué vienes a nosotros con esto, justo ahora?—cuestionó Dohko. El resto de sus muchachos esperaron con ansias por una respuesta. Pero la mención de un inocente había jugado ya con sus sentimientos.
—Porque creo que los dioses les han traído hasta aquí por un motivo.
—No por esto.
—Vienen a traer muerte. Pero, ¿no pueden salvar una vida?
Hubo un silencio acusador, incómodo para todos. El hombre era jodidamente bueno apelando a sus emociones. Si existía un buen momento para aferrarse al sentido común y hacer de tripas el corazón, era entonces.
Fue así como el chino decidió que tenían que marchar. De quedarse por más tiempo, escuchando las palabras afiladas de Dédalo, terminarían haciéndose preguntas que no necesitaban. Con un gesto de cabeza les invitó a salir. Saga fue el primero en seguirle, seguido de su gemelo. El resto de los Santos se tomaron algunos segundos de más, preocupando al Santo de Libra.
—Andando, chicos—insistió Dohko. Su llamado les sacó del letargo y respondieron a él. Después, se dirigió al inventor. —Volveremos al terminar con nuestra misión aquí.
Dédalo los vio marchar, sin mirar atrás. Sus ojos rastreros siguieron cada movimiento, con la esperanza de su encuentro hubiera removido un poco el piso bajo sus pies. Solo necesitaba que se diera un primer paso y él daría el último empujón.
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Con todo lo siniestra que resultaba la situación, el rostro de todos al escuchar la enorme noticia acerca de Hipólita había sido digno de recordar. Especialmente el de Buda. Aioria hubiera podía jurar que el Santo de la Virgen colapsaría en cualquier instante. Juraría que su piel, ya de por sí pálida, se había tornado tan blanca como la leche al escuchar la declaración de la ninfa.
Shaka siempre había sido un genio en el manejo de las emociones, al nivel de Camus, o incluso mejor. Pero ese día, su autocontrol había brillado por su ausencia.
Lo cierto era que el león no le culpaba. Solo podía imaginarse que él mismo había lucido tan aterrorizado y sorprendido como cualquiera de ellos. De hecho, si debía admitirlo, aún lo estaba. Pasaría un largo tiempo antes de que volviera a sentirse en paz… si es que alguna vez lo conseguía.
—Por los putos y jodidos dioses…—susurró Máscara Mortal. Apretó los labios y reprimió el insufrible deseo de partir el mástil de un golpe. —Nos hundimos en mierda y nadie hace nada por enmendar el camino. ¡Mierda! ¡Mierda por todos lados!
—Hey—Camus le detuvo—, algunos de nosotros hacemos lo mejor que podemos.
—Aretha, ¿estás segura de esto?
—No la he visto con mis propios ojos, pero… —Suspiró, mientras la mirada del carnero dorado la interrogaba tanto como sus palabras. —Mu, tú conoces a Phineas. Sabes de lo que es capaz, y hasta ahora, no se ha equivocado.
—Antes de hacer cualquier cosa, necesitamos corroborar que la Reina… —Camus no se atrevió a continuar. Admitir en voz alta las predicciones de la pitonisa resultaba terrible; lo hacía más aterrador.
—Veré que puedo hacer.
—Aún así, si la mujer habla con la verdad, necesitaremos un plan—bufó Máscara Mortal. De pronto, tenía una terrible jaqueca que le duraría por días. ¿Por qué? ¿Por qué todos sus hermanos eran idiotas? —¿Alguien tiene alguna sugerencia?
Nadie respondió a su llamado.
Aquel problema no solo les pillaba de improviso, sino que era un asunto con el que ninguno de ellos estaba listo para lidiar. La idea de tener descendencia en la Era del Mito nunca estuvo contemplada en el plan de viaje… y si la madre de dichos retoños resultaba ser una semidiosa, digna hija del mismísimo Ares, las cosas pintaban incluso peor.
—Yo… yo necesito unos minutos—admitió Shaka. El resbalón de Kanon no solamente le había dejado impresionado, sino que también arruinado todos sus planes en relación a Troya. Sobó sus sienes con insistencia y se permitió cerrar los ojos por algunos segundos.
—Yo también los necesito—dijo Milo. Sin embargo, su cabeza estaba en un sitio muy diferente al de su compañero de la sexta casa. —Creo que tengo un plan.
—¿Qué?—corearon los demás ante dicho predicamento.
—Dije que creo tener un plan. ¿De verdad es tan sorpresivo?
—¿Qué estás planeando, bicho?—preguntó Aioria. No ocultó su sorpresa, ni tampoco su recelo. Él, quien había sido el primero en saber, apenas había podido digerir la noticia y ponerse a pensar en algo. ¿Cómo rayos Milo había sido capaz de hilar dos ideas tan rápido?
—Todavía no puedo contarles, pero… lo haré tan pronto pueda hablar con alguien más antes.
—¿Con quién?
—Si has de saberlo, Camus, con Bemus.
—¿Bemus? ¡¿Vas a contarle todo esto?! El tipo ya cree que estamos lo suficientemente locos como para enterarse de las aventuras de Kanon justo ahora.
—¿Estaría tan mal que alguno de ustedes me diera el beneficio de la duda de vez en cuando? —Ofendido por la reacción del Santo de Cáncer, Milo se cruzó de brazos y apartó el rostro. —Soy un Santo también; tan bueno, o mejor que cualquiera de ustedes. Además, admítanlo, montón de mojigatos, la noticia les ha dejado bien mudos.
—¿A ti no?
—Ciertamente no lo ha dejado mudo, Mu—respondió Aioria, mientras soplaba con desesperación los rizos castaños que le caían sobre la frente.
—Oigan, no estoy precisamente enloquecido con la idea de convertirme en tío. —Negó con un movimiento de manos. —Pero es un crío. Con una madre loca, un padre desobligado y un futuro tutor que lo usará como arma cada vez que le sea posible. ¿Podemos vivir con la idea de abandonarlo ahí?
—Odio acotar esto, pero… —El acuariano soltó un suspiro. —Ni siquiera sabemos si llegará a nacer.
—Tal vez, pero si lo hace, ¿qué? Son demasiadas cuestiones como para dejarlas todas en manos del destino.
—Esto no me gusta. No me gusta nada.
—A mi tampoco. Pero es lo que hay. —Se encogió de hombros. —Ahora, señores genios que desprecian a los bichos listos, ¿podrían darme unos minutos para afinar mi magnífico plan?
—Toma el tiempo que necesites.
—¡Magnífico! —Después, se dirigió a la ninfa. —Aretha, no te vayas de aquí, ¿vale?
La pelirroja asintió. Lo cierto era que tampoco tenía idea de que hacer si se marchaba. Prefería esperar un poco e irse con un plan más definido del mejor camino a tomar. Sin embargo, mientras veía a Milo alejarse, una pregunta surgió en su cabeza. Se respingó y se apresuró a expresar el cuestionamiento, antes de que el Santo de Escorpio se marchara.
—¡Un momento! Hay algo que debo preguntar ahora—dijo.
—¿Qué es?
—¿Debo… decirle a Kanon?
Se hizo el silencio, mientras los chicos intercambiaban miradas entre ellos. No eran necesarias las palabras para expresarse.
—No—respondieron al unísono. Un instante después, el propio escorpión le ofreció una respuesta más elaborada.
—Kanon es mucho más frágil de lo que aparenta y de lo que se cree. Ya has visto como se puso antes, ante la idea de haberse… tirado a la Reina. —Se sopló los flequillos. Tenía la impresión que aquel encuentro no había tenido nada de bueno para ambos. —Si se entera de esto ahora, me temo que terminará por hundirse y llevarse consigo al resto de su grupo. Si vamos a darle la sorpresa, que sea en Atenas, donde al menos podemos controlarle.
—Estoy de acuerdo—expresó Shaka. El resto de los Santos asintieron.
—Bien.
Y, de nuevo en silencio, vieron marchar al escorpión, sin hacerse la más mínima idea de lo que tenía planeado.
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Ajustó el capote sobre cabeza. Algunas hebras de cabello turquesa escaparon de la capa y cayeron sobre sus hombros. Hermes no se inmutó. A una distancia prudente, observó a la sacerdotisa, encontrándola tan fascinante como la primera vez que la había visto.
Durante los últimos días, la lluvia se había asentado sobre Atenas. El cielo encapotado anunciaba que ese día no sería la excepción. Por eso mismo, aprovechando que al menos algunas horas del día les daban un descanso, los habitantes de la ciudad se habían volcado a las calles, en busca de provisiones para el mal tiempo que se venía sobre ellos. El Ágora estaba repleta.
Esconderse a plena vista era el truco más viejo que el dios mensajero tenía… también era el que más había perfeccionado. Llevaba horas contemplando a la doncella, sin que nadie descubriera su presencia. Ni sus damas de compañía, ni la Guardia Ateniense de la que Athena tanto se enorgullecía, ni mucho menos ese hombre misterioso que también había llegado del futuro junto con el resto de los Santos. De hecho, casi le sorprendía que el lemuriano hubiera abandonado el palacio. Desde su llegada, sus salidas habían sido contadas y exageradamente discretas.
Pero, para el dios, solo había una misión: Herse. Hermes solo tenía que esperar por el momento adecuado para abordarla.
Si la conocía tan bien como pensaba, aquel momento llegaría muy pronto. Cada vez que la rubia descendía hasta el Ágora la parada final de su viaje era el tenderete de un viejo egipcio, cuya especialidad eran esas hermosas telas teñidas de los colores más impresionantes. Por lo que el dios sabía, la fascinación por los telares egipcios era compartida por Athena. Así que Herse no podía resistirse a aquella visita obligatoria.
El viejo egipcio, al que Hermes no le auguraba más que unos pocos años más de vida, siempre la invitaba a entrar a la trastienda, atrás del primer telón, donde guardaba su mercancía más exclusiva y costosa, destinada únicamente para la nobleza ateniense. Para evitar daños a sus lienzos, suplicaba a la princesa que dejara atrás a sus doncellas y a su guardia. Sin réplica, ella siempre le concedía aquel favor. Cuando eso sucediera, Hermes aprovecharía para interceptarla.
Y así fue…
El vendedor la recibió con toda la adulación que le fue posible. Hizo un sinfín de reverencias y la guió hasta la parte posterior de su tenderete, donde le cedió el paso.
Estaba a punto de entrar junto con ella, cuando algún otro cliente llamó su atención. Como siempre, Herse le disculpó, pidiéndole que no se preocupara por ella y atendiera al resto de las personas, que se arremolinaban alrededor las telas más comunes.
Fue entonces cuando el dios supo que tenía su oportunidad.
—Necesitamos hablar—dijo con suavidad, mientras se llevaba el índice a los labios, suplicando por su discreción. Aunque tomada por sorpresa, la rubia reaccionó con rapidez. Esos ojos verdes que le hipnotizaban cada vez cayeron sobre él, con tal desconcierto que el peliturquesa titubeó. —No pretendía asustarte.
—¿Has estado siguiendo mis pasos?
—Solo he esperado por la oportunidad de hablarte a solas.
Esperaba que ella se marchara, o que no le diera ninguna oportunidad. Pero, contra todo pronóstico, Herse permaneció ahí.
—¿Qué deseas?
Suspiró, a sabiendas de que tenía una solo oportunidad y que debía ser rápido. No tenía mucho tiempo antes de que cualquiera les interrumpiera. Además, aunque el corazón se le rompiera a pedazos, sus asuntos con ella habían terminado mucho tiempo atrás, cuando la doncella se había dado por vencida al ceder ante Athena.
—¿Llevas el colgante que te obsequié? —A pesar de que le había pedido expresamente que nunca lo arrancara de su cuello, Hermes comprendía que ella tenía motivos para no confiar en él y razones de más para desobedecerle.
—Siempre. Dijiste que…
—Necesito verlo—terció, sin ninguna consideración—. Muéstramelo, por favor.
—Pero…
—Solo será un segundo. Tal como prometí, la joya es tuya para conservarla.
Dubitativa, pero consciente de que Hermes no dejaría lugar para sus objeciones, la sacerdotisa rebuscó entre la tela de su túnica y dejó al descubierto el colgante. Con cuidado, lo descolgó de su cuello, depositándolo en la mano del dios.
El mensajero divino se tomó su tiempo para esculcarlo. Cuando se concentraba tanto como en aquel momento, su rostro afable se tornaba serio, pero seguía guardando un dejo de la fascinación infantil que le brillaba en los ojos. Herse siempre había encontrado aquella expresión fascinante. Que alguien como él, de origen divino y capaz de comprender los misterios de la vida, conservara la capacidad de asombro, era admirable.
—¿Qué es lo que buscas en él? ¿Qué es lo que me has obsequiado, Hermes?—demandó saber.
—Te he dado algo que nadie más que un dios puede poseer.
—¿De qué hablas? Explícate.
Él detuvo su labor de investigación y la enfrentó. Herse le sostuvo la mirada. Siempre tan determinada, pero tan frágil.
—Lo que tienes aquí—le dio de regreso el colgante—, es un alma, Herse. Un alma… o dos.
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Abandonaron la ciudad a caballo.
Tal como hicieron el día anterior, siguieron el sendero que cruzaba entre la cordillera, en busca de aquel valle escondido donde pastaba el gran toro. Pero no cometerían el mismo error de la tarde pasada; esta vez, los caballos habrían de mantenerse a distancia
Desmontaron cuando lo consideraron prudente. Ataron sus monturas entre los matorrales, junto a un pequeño estanque, donde tuvieran acceso a pasto, sombra y agua. A partir de ahí, el viaje continuaría a pie. Llevaban consigo solo lo necesario: odres llenas de agua, cuerda y alguna daga corta que pudiera serles de ayuda. Fiel a su palabra, Minos había sido hospitalario. Muy temprano esa mañana, había enviado a algunos de sus siervos a sus habitaciones, con armaduras ligeras para que vistieran y armas que pudieran resultarles útiles durante su aventura.
—Caminaremos a partir de aquí—ordenó Dohko. Nadie dijo lo contrario.
Al principio, el camino fue sencillo. Los pastizales suavizaron el camino, y la brisa fresca les proveyó de un momento agradable.
Sin embargo, conforme avanzaban e iban adentrándose en los territorios donde habían tenido su primer encuentro con la bestia, el panorama se tornaba oscuro y desalentador. La tierra quebrada y los muros de agua habían convertido a esa parte del valle en un pantano. Los pies se hundían en esa mezcla de tierra, arena y lodo. Además, se había convertido en una trampa mortal, pues las acumulaciones de agua hacían que las grietas más profundas no fueran perceptibles a los ojos.
Dejar atrás los caballos había sido buena idea. De otro modo, alguna de las pobres bestias se habría roto una pata a esas alturas del camino y habrían tenido que sacrificarle.
—Estamos cerca—dijo Shura. Algunos metros más adelante, la cueva donde se escondía el toro estaba a plena vista.
—Asumiré que la bella durmiente esta dentro. —Kanon arrugó la nariz. Cualquier cosa, bestia o monstruo que viniera del mismísimo Poseidón le resultaba desagradable. —¿Quién será el príncipe que vaya a despertarle?
—Paso—masculló Aioros. Literalmente, significaba meterse en la boca del lobo.
—Podemos derribar parte de la montaña y dejarle adentro para siempre.
—Es una buena opción—Saga respondió a la propuesta de Aldebarán—, salvo que si consigue salir…
—Estará más cabreado que nunca.
—Es una forma de decirlo, sí.
Aioros levantó los ojos, hasta la parte más alta de la montaña. Después, miró hacia sus espaldas, donde el terrible pantano que acababan de atravesar se levantaba como una trampa para ellos, en caso de que quisieran huir. Toda vez que comenzaran a mover las piezas, ellos tendrían que mantenerse firmes. Un paso en falso y terminarían con algún hueso roto, o peor aún, atravesados por el cuerno de un toro legendario.
Cuando recién habían llegado a la Edad del Mito, el Santo de Sagitario se había hecho a la idea de su viaje sería cansado y tedioso, pero la idea del peligro nunca había sido realmente vívida.
Por algún tiempo, a pesar de las penurias, todo parecía mantener cierto orden. Pero después, las cosas comenzaron a caerse a pedazos. Primero habían sido los ojos de Shura, después las muertes de Aioria y Máscara Mortal. Ares había aparecido, condenando a Saga a hacerse pequeño. Luego Afrodita y las amazonas… ¿Qué más seguía? El optimismo y las visiones de un futuro prometedor se apagaban con el pasar de los días.
Aioros era un Santo y el toro, una bestia tan mortal como cualquiera. Pero siempre, siempre, había una mínima posibilidad de que algo saliera mal. Y eso comenzaba a roerle el estómago y la fe.
—Oye, arquero, ¡despierta! —Salió de sus pensamientos cuando la mano de Kanon cruzó justo frente a sus ojos. —¿Estás dormido? ¿Nos escuchas?
—¿Eh?
—Vamos a movernos de aquí. Shura usará a Excalibur para cortar la montaña y no queremos morir aplastados—explicó Saga. En sus ojos verdes, el castaño leyó el recelo del gemelo hacia su extraña conducta de los últimos días.
—Vale, vale. Estaba distraído. Lo siento.
—Mantente atento, ¿de acuerdo?—pidió Dohko. Al igual que el geminiano, el chino estaba preocupado por él; Aioros podía distinguirlo.
Treparon por la ladera de la colina. Desde donde estaban, la cueva quedaba pendiente abajo. Una gran salida de piedra se levantaba por encima de la entrada, dándoles la oportunidad perfecta para dejar el animal atrapado.
Cuando estuvieron en posición, intercambiaron miradas. El español recorrió los rostros de cada uno de sus compañeros y al reconocer que todos estaban preparados, procedió.
Su brazo derecho se levantó en el aire; sus dedos apuntaban al cielo. Hubo unos segundos de silencio, largos y exasperantes. Después el brazo cayó a una velocidad impresionante. Un silbido cortó el silencio y, luego, el sonido de la roca desgajándose retumbó en la inmensidad del valle. La espada más afilada no tenía rival alguno… ni siquiera la montaña de piedra dura.
Una nube de polvo se expandió sobre los heridos pastizales. A su paso, tiñó el verde de gris, como un manto de gravilla fina y brillante. Las rocas más grandes arrastraron a los árboles consigo, pendiente abajo. Cayeron cual gigantes, arrastrados por la marea de piedra.
A lo lejos, los caballos chillaron con nerviosismo. Las aves escaparon de entre los árboles, perdiéndose en la neblina polvorienta que el derrumbe había creado. Graznaban copiosamente mientras se alejaban lo más rápido que les era posible, como si su instinto les guiara lejos del peligro, a tierras seguras y tiempos mejores. Caos por doquier, caos por un solo instante. Después, nada.
—¿Ahora qué?—preguntó Kanon. Nadie le contestó, pues nadie conocía la respuesta.
Desde el interior de la cueva, el monstruo no se había manifestado. Al contrario de todas las bestias que les rodeaban, el toro de Creta no reaccionó a la completa anarquía que se posesionó de sus territorios segundos antes.
Lo que era de él, constituía un gran misterio. Vivo o muerto, permanecería encerrado en esa prisión de roca hasta que el tiempo así lo permitiera. Su misión, de una manera u otra, estaba cumplida: el legendario animal había sido capturado y, con suerte, la maldición de la isla llegaba a su fin… aunque eso último era más culpa de los corazones mortales, que de los dioses caprichosos.
—Bajaré a inspeccionar. —Dohko tomó la iniciativa y resbaló por la montaña, entre la gravilla suelta por el derrumbe.
—Ten cuidado, Maestro. —Aldebarán y el resto de observaron desde la altura.
El chino se acercó con recelo a la entrada sellada de la cueva. Conforme avanzaba, las piedras sueltas bajo sus pies rodaban hacia abajo. El sonido que desprendían imitaba el siseo de una víbora dispuesta a atacar. Trepó entre las rocas más grandes y afiló el oído, con la esperanza de que recibir alguna señal acerca del estado de toro. No obtuvo nada. Solo silencio.
Echó un vistazo fugaz a sus compañeros, unos metros más arriba. Sus rostros notaban una evidente tensión. La incertidumbre sin duda era compartida.
Dejó de retener el aliento y su sutil sonrisa apareció en sus labios. Pero, cuando estaba listo para anunciar que todo había terminado, la tierra crujió. Como un volcán en un erupción, la montaña rugió. En vez de lava, agua brotó de ella.
Una parte de la montaña se deslavó bajo los pies de los Santos. El lodo los arrastró consigo. Sus gritos se perdieron entre el estruendo que la piedra colapsada generó. Uno a uno, el resplandor dorado de sus cosmos se encendió en medio del desastre. La cosmoenergía los blindó por un momento, proveyéndoles de la fuerza suficiente para sobrevivir al embate de las aguas y al peso de sus armaduras.
—¡Chicos! ¡Chicos! —Dohko trató de ubicarles con la vista, pero el caos superó a sus ojos.
Entonces, cuando las cosas no podían ponerse peor, una gran explosión terminó de cimbrar a la montaña. Las rocas que sellaban la madriguera de la bestia volaron por doquier. Un bramido se escuchó: fuerte, salvaje y violento.
Los ojos del Toro de Creta se iluminaron en la oscuridad de la cueva. Sus pezuñas golpearon el suelo, amenazantes.
Después, atacó.
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Milo no había caído en cuenta de lo grande que era el navío, sino hasta que se vio en la penosa necesidad de buscar a Bemus por todo el lugar. Primero había ido al palacete situado en la parte delantera del Axios. Después había recorrido ambas filas de bogadores… tres veces. Incluso había interrogado a Ophelos, y luego a Huesos Flacos. Pero el escurridizo capitán no asomaba por ningún sitio.
Culpó de su infructuosa búsqueda a aquel inconsciente deseo de no hallarle. Bemus le resultaba en exceso oscuro; demasiado intimidante e imponente para su gusto.
No era que le tuviera miedo, ni nada parecido. Simplemente no tenía absolutamente nada en común. En el mes que llevaban navegando, apenas habían cruzado palabra. En contadas ocasiones le había visto esbozar una sonrisa y, en todavía menos, le había escuchado reír.
—¡Bemus! —Lo distinguió, por fin. —¡Bemus! —Alzó las manos al aire para capturar su atención.
—¿Qué te sucede? —Los Santos de Athena le resultaban peculiares. Pero, por sobre todos, Milo era el más especial. Ya había tenido reportes del joven escorpión armando pequeños desastres por todo su barco. Sus remeros le tenían especial aprecio y, la verdad era, que Bemus prefería no saber el por qué.
—¿Tienes unos minutos?
—Por supuesto.
—¿Podríamos ir al palacete? Preferiría que habláramos en privado.
—Vamos.
Caminaron sin prisa, aunque por dentro la ansiedad carcomía al peliazul. No tenía muy en claro como plantearía su idea, ni tampoco como reaccionaría el marinero a su solicitud. Pero tiempos desesperados requerían acciones desesperadas. Milo y el resto de los chicos se habían quedado sin más opciones.
Al entrar al palacio, encontraron a Ophelos dentro. Talal, un gigante africano de piel tostada, le hacía compañía. Hasta donde Milo había sido capaz de observar, aquel par de hombres eran los más cercanos a Bemus, y también sus guardias personales. Tenía mucho sentido, puesto que el viejo era un hombre colmilludo y de vista afilada, y el más joven, poseía un físico imponente.
—Dennos un momento a solas—ordenó el moreno. Talal y Ophelos obedecieron sin preguntar. En silencio, Santo y marinero les vieron abandonar la habitación. Cuando solo quedaron ellos, Bemus encaró al escorpión. —Tienes mi atención. —Se dejó caer en su butaca, de madera fina y forrada en pieles. —¿Qué querías decirme?
—Verás…—carraspeó—. Tenemos un pequeño problema y necesitamos abusar de tu ayuda una vez más.
—¿Qué tan pequeño es el problema? —"Diminuto", pensó Milo. Tan diminuto como un feto.
—Hay dos personas en Troya que necesitan abandonar la ciudad. Dos mujeres; ambas prisioneras de Periandro, pero de distinto modo.
—Eres la segunda persona en este barco que me pide que, al regreso, nos detengamos en Troya. Y te responderé lo mismo que le dije al primero: todo dependerá de cómo sobrevivamos a Tracia.
—¿Eh? ¿La segunda persona? —Por un momento, se detuvo a cuestionarse quién había sido el primero. Sin embargo, esa no era su idea. —No, no. Yo no quiero que nos detengamos en Troya. ¡Por los dioses! Esa ciudad me da pánico. —Rió con nerviosismo.
—Entonces, ¿qué es lo que quieres, Milo?
—Escucha, creo que tenemos un modo de sacar a las dos mujeres de la ciudad. Tenemos aliados que arriesgarían la vida si así se los pidiésemos. Pero… —Se detuvo, y midió cuidadosamente sus palabras. —Necesitamos un sitio donde encuentren cobijo y protección; un lugar no demasiado alejado de Troya. Sé que tú posees tierras y un hogar en Dardania. ¿Sería posible que pudieras recibirlas ahí, hasta que al regreso, nosotros las llevásemos a Atenas?
Bemus no respondió. Sin embargo, en sus ojos, el Santo encontró una rotunda negación. Aquel par de ojos azules eran capaces de brillar con la rabia más pura de todas. Podían ser tan ecuánimes, como expresivos.
—¿Quién te ha hablado de mis tierras en Dardania?—siseó. Aunque se esforzaba por mantenerse en calma, el escorpión podía sentir su malestar.
—Pues… Nadie en especial… Yo…
—Escucha, Milo. —Sonó tan autoritario que el aludido se forzó a guardar silencio. —Yo estoy dispuesto a dar mi vida por ustedes, si Athena así me lo pide. Haría todo lo que ella me pidiera, incluso si eso significa entregarme a la muerte. Con mi espada, lucharía con ustedes hasta el final. Pero hay gente a la que quiero, gente inocente, a la que nunca pondría en peligro por nada, ni por nadie. Mis votos no les incluyen a ellos.
—Yo no quise decir que…
—Lo que estás pidiendo, traerá la guerra a su hogar. Despertará a un ejército que ellos no pueden enfrentar.
—Nadie tendría porque enterarse.
—No creo que entiendas lo grande que es Periandro en esta parte del Gran Mar. No hay nada que escape a sus ojos, ni a sus oídos—aseveró con gravedad—. Y, desde ahora puedo asumir, que las mujeres que deseas ayudar no serán de aquellas que pasan desapercibidas. Si son tan importantes para arriesgar todo por ellas, estoy seguro de que Periandro haría lo mismo que ustedes. Mi respuesta es no.
Dispuesto a no escuchar una palabra más, el joven capitán se dispuso a abandonar a habitación. Pero al pasar junto al peliazul, algo que no esperaba sucedió: Milo se plantó, le tomó del brazo obligándole a detener su huída y lo miró, por primera vez, del modo en que solo un verdadero guerrero podría hacerlo.
De pronto, aquel a quien había considerado un niño travieso, y en algunas veces malcriado, se convirtió en un león, capaz de devorarlo por defender lo que consideraba suyo.
—Comprendo tu posición—dijo, con voz profunda, pero aterciopelada—. Si yo estuviera en tu sitio, haría lo mismo. De no ser realmente importante, jamás me atrevería a pedirte que arriesgues a todas esas personas importantes por nosotros… y créeme cuando digo, que detesto pedirte este gran sacrificio. Pero hay sangre de mi sangre en juego. No me pidas que mire hacia otro lado y olvide todo. —Bemus se sintió confundido por aquella aseveración. Sin embargo, no le interrumpió, sino que le dejó continuar. —Te aseguro dos cosas: Primero, si sangras por los nuestros, nosotros sangraremos por los tuyos, hasta la muerte si es necesario. Es una promesa. Y, segundo, los Santos de Athena siempre cumplimos nuestras promesas. Siempre.
Sostuvieron mutuamente sus miradas, sin que ninguno de los pareciera dispuesto a ceder. Después de todo, ambos luchaban por pequeños tesoros propios.
La fiereza en los de Milo, la pasión que despedía resultó abrumadora para el moreno. Supo que no tomaría una negativa, sin importar lo mucho que él mismo pudiera entercarse. En aquel aspecto, recién descubría, que era iguales: darían todo por aquellos a quienes amaban.
—Más vale que terminen pronto con su misión en Tracia. Porque, cuando el ejército troyano llegue a mi puerta, demandando sangre, nosotros tendremos que estar ahí. —Se soltó un manotazo y se dirigió a la salida, sin mirar atrás. —Arregla lo que tengas que arreglar. Yo enviaré palabra de advertencia a Dardania.
Al escucharlo, Milo dejó escapar el aliento que había retenido sin notarlo. Se llevó las manos a la cabeza y enredó sus dedos en la melena azul. No podía creer que lo había conseguido. Al menos por un instante, había sentido que todo esta perdido.
Ahora solo quedaba afinar la última parte del plan. Necesitaban un aliado más. Tan solo uno.
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—Los dioses pueden ser dioses, pero ni siquiera ellos deberían tener el derecho de jugar con la única verdadera posesión de los mortales: su alma.
Ocultando su sorpresa del mejor modo posible, Hermes volteó lentamente para mirar por encima de su hombre, hacia sus espaldas. Los ojos de Shion estaban sobre él, implacables y demandantes, tanto como eran misteriosos.
No era la mirada de un mortal común, eso era fácil de reconocer. Eran los ojos de un hombre repleto de sabiduría, como los de aquellos que habían vivido muchos años y visto tantas cosas. Pero él era joven y fuerte. Un guerrero en el punto álgido de su vida. Por supuesto, estaba también su raza; impresa en su piel con la forma de ese par de lunares sobre su frente. Y su poder… ese gran poder que había puesto al Olimpo a temblar y que emanaba de él, como el río que brota de la montaña.
—Shion…—susurró Herse, sintiendo que la respiración se le cortaba.
—Bien, bien…—musitó Hermes. La mirada se le tiñó de su usual insolencia. —El Martillo de Athena está aquí. Ese mismo que aterroriza y aplasta dioses.
—¿Qué es lo que pretendes?
—Deberías aprender a tomar un halago, mortal.
—Tus halagos no me interesan. Has dicho que tienes dos almas dentro de aquella joya. ¿A quienes pertenecen? Y, ¿qué intenciones tienes como ellas?
—No son tuyas, ni mías. Por lo tanto, no te compete.
—Te equivocas. Has traído estas almas a los territorios de mi diosa… la mía y la de Herse. Dudo mucho que no tengas ninguna intención escondida tras un simple regalo.
Hermes retiró la capa de su cabeza, a sabiendas de que ya no tenía nada que ocultar. Había sido vilmente descubierto por el Santo.
Sentía los ojos de Herse, yendo de uno a otro; sentía el pánico de encontrarse atrapada entre ambos. Así que, cuando el viejo egipcio levantó el faldón de la tienda para asomarse, le dirigió una mirada que lo hizo retroceder de inmediato, obligándose a darles privacidad.
—Respóndele, por favor—suplicó ella—. ¿A quiénes pertenecen estás almas?
—Ahora, a ti. —Le tendió el colgante, pero la mujer se rehusó a aceptarlo. Apretó las manos contra su pecho, evitándole que las tomara entre las suyas para depositar la joya en ellas.
—No. No lo aceptaré hasta que me expliques lo que estás planeando.
—Necesito que confíes en mi, en esto.
—Quizás ella lo haga, pero yo no puedo fiarme de tu palabra—intervino el peliverde. Por la forma en que el ceño de Hermes se frunció, supo que estaba comenzando a colmarle la paciencia.
Se sintió tentado a marcharse de ahí tan rápido como pudiera. Pero, por alguna razón que no comprendía, decidió quedarse y escupir la verdad detrás de aquel obsequio. Lo único que le preocupaba era la reacción del Santo y, por sobre todo, su capacidad para guardar el secreto. Sin importar su posición al respecto, Athena debía ser mantenida al margen.
Suspiró con pesadez. Pasó entre sus dedos la frágil y exótica joya, atrapando la atención de sus acompañantes. Después, habló.
—La historia les resultará familiar—comenzó—. Hace un par de meses, cuando dos de los Santos desaparecidos de Athena regresaron a ustedes, dejaron tras de sí a tres pequeños. Ellos, al igual que sus guerreros, fueron traídos desde el mundo de los muertos. Uno de esos niños murió de nuevo. Pero dos de ellos sobrevivieron bajo mi cuidado.
—Sé de quienes hablan. —Shion recordó de inmediato la ocasión en que su diosa le había contado al respecto. Y también recordó haber escuchado de la terquedad del mensajero para defender a los niños.
—Las almas que tienes aquí son las de ellos. Mientras se encuentren en un lugar seguro, en las manos adecuadas, ellos estarán bien. Ni Artemisa, ni yo, ni nadie, podremos dañarles.
—¿Me los has entregado para mantenerles… a salvo?
—Es lo único que puedo hacer por ahora.
Herse parecía haberse tragado todo la historia de inmediato… pero Shion no estaba seguro. Desde su llegada a la Edad del Mito, ninguno de los dioses había demostrado ser digno de su confianza. ¿Por qué Hermes debería ser el primero? ¿Qué había hecho para ganársela? Nada. Absolutamente nada.
En primer lugar, había sido el aliado de Artemisa en aquel retorcido plan. Había compartido sus secretos, conspirado contra Athena y contra sus Santos… y después había traicionado a su compañera de pecados. ¿Qué evitaría que lo hiciera de nuevo?
—Todo comenzó de tu mano—Shion espetó al dios.
—Y así es como terminará.
—¿Este es el fin?
—De ningún modo. Solamente es un paso más.
—¿Qué vendrá después?
—¿Sinceramente? No lo sé. —Hermes se encogió de hombros y ladeó la cabeza. —Dioses y mortales no somos tan diferentes: cometemos errores, e intentamos enmendarlos del mejor modo posible. Al final, todo lo que tenemos es incertidumbre. Nada más.
—Pudiste acudir a Athena…
—No, no podía. —La mirada fugaz que dirigió a Herse y la forma en que ella agachó el rostro, indicó a Shion que existía una larga y tediosa historia entre los tres. Rápidamente se hizo una idea de lo que había sucedido. —Athena y yo somos como agua y aceite. No funcionamos juntos, ni nunca lo haremos. Además, en honor a tu petición por la verdad, admitiré que ella no es de mi confianza. Ha heredado gran parte de la personalidad visceral de mi padre… como todos los demás. No es mejor que cualquiera de nosotros.
—¿Por qué Herse?
—Porque ella lo es: es mejor que cualquiera que yo haya conocido.
—Hermes… —La voz de la sacerdotisa sonó como un murmullo lejano. Sus mejillas se matizaron de un suave tono rosáceo.
—Y sé que, si ella llega a encontrarse en peligro, el ejército ateniense en plenitud vendrá a su rescate. Incluyéndoles a ustedes.
El Patriarca no pudo negarle la razón. En cambio, fijó sus ojos en los suyos, escudriñando cada rincón de ellos, hasta llegar al fondo de su alma. En ningún momento Hermes le rehuyó. Una buena señal, para su gusto.
Al no encontrar amenaza en él, ni tampoco mentiras, se relajó. Tomó una decisión que no estaba seguro de que fuera la correcta. Sin embargo, en ese preciso instante, se lo parecía. No era un hombre que fuera generoso con la confianza, sino lo contrario; entregarle a alguien su fe ciega requería de mucho más. Era exigente y lo admitía. Mucho menos cuando el dios del engaño era quien daba su palabra a cambio de nada.
—Es hora de marchar. Nos esperan en el palacio—dijo. Tendió la mano hacia el peliturquesa, solicitando el colgante. Cuando lo tuvo, lo entregó de inmediato a Herse. —Despídete—ordenó a esta última, antes de dejarlos solos.
Hermes sonrió, sin quitarle la vista de encima y viéndolo marchar. Ciertamente era un hombre de pocas palabras, pero cuyas acciones y gestos decían lo suficiente. Algo, en todo lo que había dicho, bastó para convencerle. Con eso estaba satisfecho.
—¿Todo lo que has dicho es verdad? —Oyó la pregunta de Herse y se obligó a regresar su atención a ella, aunque no quería. Tan solo verla y tenerla cerca era doloroso.
—Cada palabra.
—Has hecho lo correcto. Nosotros cuidaremos de ellos.
—Jamás he dudado de ti.
Y, sin importar lo que pasara entre los dos, jamás lo haría.
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La marea de lodo era densa, resbaladiza y traicionera, cual arenas movedizas bajo sus pies. Las piedras que arrastraba herían la piel, dibujando líneas rojizas donde quiera que les tocaran. Si hubieran marchado con los caballos, los animales ya se habrían ahogado en ese punto. Incluso con todas sus habilidades, el margen de error contra la madre naturaleza era mínimo.
Para colmo de males, ahora el gran toro esta libre.
—¡Manténganse atentos!—ordenó Dohko; misión más fácil de decir, que de conseguir.
El sentimiento era agobiante y, ciertamente, despertaba la frustración de los Santos. A duras penas conseguían mantenerse en pie en medio del campo de batalla. Cada paso era una lucha contra su propio punto de equilibrio.
Kanon fue el primer en hartarse. Explotó su cosmos sin importarle las consecuencias. No consideró que la fuerza de su energía al quemarse podría terminar de derrumbar la colina. Tampoco consideró que arrasaría con sus compañeros en el proceso. Un maremoto de lodo de desató en el valle. Mientras él quedaba libre de todas sus limitantes, los demás fueron enterrados en aquel ataque aliado.
—¡Maldición, Kanon!—gritó su gemelo. Sin que su hermano le dejara otra opción, se vio forzado a imitarle. Pero Saga no estaba dispuesto a ahogar al resto de los chicos para beneficio propio. —¡Otra Dimensión!
En un plan del que tenía muchas dudas, abrió la Otra Dimensión. La oscuridad apareció en medio de la luz y aquella mezcla de lodo y piedras que los asolaba se desparramó como una cascada dentro de ella. De pronto, la idea que sonaba descabellada al principio, funcionaba.
—¡Sosténganse! —Se escuchó el grito de Aioros poco después. —¡Impulso de Quirón!
Las ráfagas de viento salvaje surgieron de la nada. Su poder complementó al hambre voraz de la Otra Dimensión del geminiano. Entre ambas, se deshicieron de todo impedimento para los Santos.
Mientras tanto, el Toro de Creta libraba su propia batalla contra para mantenerse en pie. Los vientos arremolinados de la técnica de Sagitario habían bastado para embravecerlo todavía más. Bramó con toda la fuerza que sus pulmones le proveyeron. Sus cascos rasgaron el piso debajo de él. Arremetió contra la fuente del caos: los Santos.
Corrió tan rápido que la tierra temblaba a su paso. Lucía imbatible, incluso ante el poderío de las ráfagas que le rodeaban. Una vez más, se convertía en una amenaza que debía ser detenida.
Afiló la mirada y agachó la cabeza, de tal manera que sus cuernos quedaron por delante, presentándose como el arma mortal que eran. Apuró la carrera.
Los Santos se afirmaron. Sabían que tenían que resistir tanto como fuera posible. La ventana para atacar era diminuta y solo esperando por el momento adecuado tendrían éxito. Sus ojos se mantenían sobre el animal y los de él, en ellos.
—¡Déjenmelo a mi, muchachos! —La gran risa de Aldebará resonó. Su rostro mostraba una expresión de travesura infantil, mientras su cuerpo se erguía magistral y poderoso, como solo un guerrero de élite podría lucir. —¡Gran Cuerno! —Su voz estalló al unísono con su cosmos.
Una vez más, la técnica suprema de Tauro golpeó a la bestia. El toro trastabilló y cayó sobre su costado, derrapando sobre la tierra húmeda.
Desde el principio de aquel infinito viaje al pasado, el brasileño había considerado que aquella sería su misión. No era que estuviera indispuesto a participar en todas las demás, que de hecho, se había esforzado por formar parte de cuanta aventura le fuera posible. Sino que la tarea del Toro de Creta, por estar ligada directamente a su signo, le resultaba un reto personal. En la batalla de los dos toros, solo el más fuerte habría de sobrevivir.
Corrió, con grandes zancadas, al encuentro del toro blanco. El animal, mientras tanto, luchaba por ponerse en pie de nueva cuenta. Su enorme tamaño jugaba en su contra.
Al fin, consiguió levantarse. Elevó la cabeza hacia el cielo y bramó. Sus fauces se iluminaron, hasta que poco después, el fuego surgió de ellas. El ámbar de sus ojos mutó a un tono naranja, amenazante y lleno de ira.
Al ver al Santo aproximándose a él, se dispuso a atacar de nuevo. Ningún mortal se atrevería a retar de frente, a una bestia de Poseidón. El gran toro estaba acostumbrado a sembrar el terror, y un hombre capaz de mantenerse en pie a pesar de sus amenazas, era un hombre al que deseaba terminar. Muy pronto, reclamaría el poder sobre sus dominios, que aquellos guerreros ponían en entredicho.
—¿Deberíamos dejarle solo?—Shura cuestionó. Su cuerpo entero estaba tenso y mantenía los puños apretados.
—No lo sé…
Tragó saliva al escuchar a Aioros. No dudaba de las habilidades de su compañero de Tauro, pero las sorpresas inesperadas y trágicas eran comunes en la Edad del Mito. De cualquier modo, comprendía el significado detrás de la respuesta del arquero: tendrían que mantenerse atentos y, de ser necesario, intervendrían. Con suerte, su presencia no sería necesaria.
De pronto, el gran momento llegó. El español trinchó la mandíbula cuando vio a ambos toros colisionar. En una fracción de segundo, todo quedó definido.
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—¿Dónde está la ninfa?
—Cerca de la proa. Se ha apropiado del gato. —Máscara Mortal respondió al cuestionamiento de Milo.
En su voz, el escorpión reconoció un dejo de fastidio y le pareció apropiado. Ahora el italiano experimentaba en carne propia lo que era que le robasen a un cómplice del crimen. Que se sintiera así de mal al menos por un rato.
Sin decir más, apresuró los pasos en dirección hacia la proa.
El resto de los chicos se sintieron intrigados por tanto secretismo y fueron detrás de él, dispuestos a escuchar el gran plan que Milo de Escorpio tenía entre manos.
—¿Pudiste arreglar las cosas con Bemus?—preguntó Camus. Contrario a toda su naturaleza, el escorpión respondió únicamente con un escueto gesto de cabeza. Ante tanta parquedad, Mu inició su propia lucha.
—¿No piensas decirnos cuáles son tus planes?
—En un momento, en un momento.
—Milo, esto es muy importante. ¿Te importaría decirnos que tienes en mente?
—Tranquilo, Buda. Casi suenas como yo: siempre desesperado.
—Estoy preocupado.
—Todos lo estamos. Pero yo estoy pensando.
—Joder. —Máscara Mortal esbozó una sonrisa burlona. —Ahora resulta que el bicho es el genio del equipo. El mundo está de cabeza.
—Ja ja. Que gracioso te has vuelto, cangrejo. Ahora, cierra la boca y camina detrás de los genios. —Le detuvo, cuando el italiano intentó adelantarse. Él era líder, él iría por delante.
Escuchó alguna maldición en italiano y eso le pareció muy divertido. Sin embargo, no se entretuvo en lo absoluto. Estaba perfectamente concentrado en su misión de hermano/tío genial. Además, había dado su palabra a Bemus y no tenía ninguna intención de fallarle.
Se dio cuenta de que Aretha y Aioria habían reconocido su presencia, así que les hizo un gesto para que se acercaran.
—¿Ahora sí vas a decirnos? —El león bufó. Llevaba un buen rato comiéndose las uñas y el maldito bicho se negaba a abrir el pico.
—Tengo todo listo. Pero seguiremos necesitando tu ayuda, mi estimada ninfa. —El peliazul pasó el brazo por encima de los hombros de la pelirroja. Ella le miró de reojo y le obsequió una sonrisa.
—¿Qué es lo que tengo que hacer?
—Presten atención ahora, que no quiero preguntas después. —Se dirigió a todos. —Creo que Aretha tiene mucha razón al decir que no podemos volver a Troya. En el momento en que lo hagamos, Periandro nos declarará enemigos y usará nuestras cabezas para decorar su playa.
—¿Entonces?
—¡Buda! No me interrumpas que ahora voy a ello—bufó. Acababa de descubrir que un Shaka al borde del colapso, era un Shaka ansioso y desesperado. —Todo sería un poco más sencillo si Phineas e Hipólita pudieran salir por sí mismas de la ciudad.
—Fácil para nosotros. Hipólita es una prisionera y Phineas es ciega, ¿recuerdas?
—¡Por los dioses! ¡Déjenme hablar!
Un extraño silencio se apropio de los Santos. Consideraron que tal vez Ángelo estaba en lo cierto y el mundo se había puesto de cabeza por un día. Sin necesidad de intercambiar opiniones, todos estuvieron de acuerdo en permitirle terminar.
Milo observó todos sus rostros, con los ojos entrecerrados. Esperaba quien sería el siguiente en interrumpir. Al notar el silencio, se animó a continuar.
—Bien. —Sopló sus flequillos. —Como decía, lo mejor que podemos hacer por ahora es continuar con nuestra misión, mientras Phineas e Hipólita encuentran el modo de escapar del palacio y de Troya. Cuando sean libres, se dirigirán a un sitio en especial; un lugar seguro y aliado, donde cuidarán de ellas hasta que nosotros regresemos de esta travesía y las escoltemos a Atenas. —Hizo una pausa que añadió dramatismo a un relato. Casi podía escuchar los cerebros de sus compañeros trabajando a toda velocidad y formulando mil preguntas que no iban a externar. —Bemus nos ayudará con eso. Resulta que posee tierras y un pequeño palacio a las afueras de Dardania, donde puede hospedarlas hasta que estemos listos para llevarlas con nosotros.
—¿Él aceptó?
—Más o menos. —Se sentía bien tener la atención de Camus, así que no le reprendió. —Hay personas importantes para él viviendo ahí. Obviamente, le aterroriza la idea de ponerles en peligro…
—Lo cual sucederá.
—Ya lo sé, gato.
—¿Pero?
—Pero, el bicho ha hecho un trato, Mu. Seguramente ha ofrecido nuestros culos a cambio—añadió Máscara Mortal.
—¡Exacto!
—¿Qué hiciste, Milo?
—Tranquilo, Camus. —Restó importancia al asunto, con un ademán. —Simplemente le prometí algo muy lógico: el cuida de las mujeres, nosotros cuidaremos de los suyos.
El optimismo del escorpión no resultó contagioso en esa ocasión. Todos pensaban en que apenas conseguían mantenerse con vida, como para ser responsables de todas esas personas también.
—Supongo que es lo mínimo que podríamos ofrecerle a cambio—terció Shaka—. Pero, Milo, me gustaría que nos explicaras con más detalle como piensas sacarlas de Troya. Porque queda claro que ellas no podrán liberarse solas.
—Eso también lo sé. Aquí es donde entras tú de nuevo, Aretha…
—Alto ahí—interrumpió el león—. No vas a mandarla sola a hacer milagros. Ni se te ocurra pensar que podrá rescatarlas sin ayuda. Ya se ha arriesgado demasiado y yo no quiero…
—¡Oye! No pensaba hacer tal cosa. —Se cruzó de brazos. —Si me hubieras dejado continuar, habría dicho que Aretha nos ayudará encontrando a un viejo aliado.
—¿Tenemos aliados en esta parte del mundo? —La naturalidad, y el sarcástico optimismo contenido en la pregunta del león, hizo sonreír a más de uno.
—De hecho, lo tenemos.
—¿Quién?
—Mi viejo amigo: Talos.
—¿Talos? ¿El mismo de las amazonas?
—Justamente él, carnerito. Debe seguir en Troya, y Aretha puede encontrarlo con facilidad.
—Puedo hacerlo—asintió la ninfa.
—¿Y con una persona será suficiente?
Milo no pudo responderle al italiano. De hecho, acababa de señalar la más parte más débil de su plan y eso le resultaba chocante. Habiendo pensado en casi todo, le resultaba enfadoso que aún hubiera detalles dejados al destino. Esperaba que los dioses se compadecieran de todos ellos, porque él ya no tenía más ideas.
—Quizás yo pueda ayudar eso—propuso la pelirroja—. Veré que puedo hacer al respecto.
No obtuvo objeciones, pero estaba segura de que nadie comprendía lo que tenía en mente. Aretha acababa de recordar que había alguien más inmiscuida en medio de todo aquel lío y ella estaba dispuesta a sacar todo el provecho que tuviera de la situación.
Era hora de hacer algunas visitas.
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Aunque su pisada era firme y sus brazos, fuertes, el impactó lo obligó retroceder varios metros. Aldebarán aferró sus manos a los enormes cuernos del toro, a sabiendas de que cualquier error le costaría la vida. Sentía el ardiente aliento del animal sobre su torso y sus brazos, quemándole la piel y la carne.
Las murallas de agua se levantaron alrededor de ambos, encerrándoles en un esfera transparente, cargada de poder y de energía.
Dejó escapar un grito de dolor que reflejaba todo el esfuerzo al que su cuerpo era sometido. Gritó tan fuerte, que sentía su garganta abrasarse también. Las manos le ardían a causa del abuso y los músculos de sus brazos se sentía a punto de estallar. Pero, a pesar del dolor y del cansancio, no se dio por vencido, ni dudó por un segundo de sus capacidades. Era el Santo Dorado de Tauro. Aldebarán, como la estrella más brillante de su constelación. No iba a perder… sin importar lo que le costara. Su cosmos habría de brillar con más ímpetu que el fuego de la bestia.
—¡No… darás… un paso… más!—espetó, entre gritos. Sus cosmos se quemó con toda la intensidad que le era posible.
Y, de pronto, sus piernas encontraron el modo de afianzarse a la tierra, deteniendo el arrastre de la bestia. Sin soltar sus cuernos, hizo un último acopio de fuerzas. Necesitaría todo lo que su cuerpo pudiera darle.
El impulso, frenado de pronto por el Santo, hizo que el cuerpo del Toro de Creta se levantara. Aldebarán presionó su cabeza hacia el piso y sus patas traseras quedaron en el aire. Con un rápido movimiento, el brasileño le obligó a girar. El enorme cuerpo del monstruo pasó por encima de él, elevado en el aire; y cayó pesadamente del lado contrario, sobre su lomo.
Cuanto intentó levantarse, el guerrero dio el golpe final. Con ayuda del agarre sobre su astas, obligó a que su cabeza girase en una posición antinatural. Un crujido sentenció la batalla de titanes. Tan solo un instante más tarde, el cadáver del enorme toro yacía en el suelo, con el cuello roto y los ojos apagados. A su lado, el Santo contemplaba el trabajo de sus manos.
Se había terminado.
—Por Athena…—musitó Kanon. Sus ojos esmeralda se sentían incapaces de abandonar la dantesca escena. Su capacidad de sorprenderse era tan limitada, que momentos como aquel le dejaban sin habla.
El resto de los chicos no estaban menos impresionados. La fuerza de Aldebarán era de sobra conocida en el Santuario, y su reputación iba mucho más allá del tiempo. Pero ninguno de ellos jamás había presenciado dicho poderío con sus propios ojos. Nunca, el Toro Dorado se había visto tan magistral y poderoso como en aquel momento; con la mirada decidida, las heridas de guerra y el cuerpo empapado de las aguas dominadas por el enemigo caído.
Una diminuta sonrisa apareció en los labios del más joven cuando su mirada chocó con la de sus compañeros. Esa misma sonrisa dulce y amistosa que terminaba por coronar a su leyenda.
—Lo hizo. —La declaración de Shura surgió en medio de un murmullo. Pero, pronto, estalló en grito de júbilo. —¡Lo hizo! ¡Lo venció!
—¡Eso es, Alde!—festejó el Santo de Libra.
A su lado, Aioros dejó escapar una enorme carcajada y corrió en dirección al chico. Shura y Dohko fueron detrás de él. Saga hizo lo propio, algunos segundos después, mientras que su gemelo se tomó un poco más de tiempo para salir de su sorpresa.
Aldebarán los vio arremolinarse a su alrededor y se sintió infinitamente orgulloso de todas las muestras de afecto y de orgullo. Después de todo, todos sus acompañantes habían sido, en diferentes puntos de su vida, personas como las que hubiera querido ser. Ahora sentía que estaba al nivel de ellos. Se sentía apreciado y reconocido. Aquello no tenía precio.
—Les dije que me haría cargo. —Sonrió. —¡Se los dije!
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Dieciséis años atrás, durante el apogeo de su vida, Dédalo había sido el hombre más grande y famoso de Atenas. Decían que había recibido infinitas bendiciones de Athena; regalos en forma de dones, que solo aquellos hombres destinados a la inmortalidad poseían.
Por encima de todas sus dotes estaba la inteligencia sobrenatural de la que era dueño. Su mente era una máquina bien aceitada, inquieta e innovadora que lo llevaba a convertir sueños en realidades. Su fama había cruzado las fronteras de la ciudad, expandiéndose por toda Grecia y mucho más allá, alrededor del Gran Mar e incluso en los reinos de metecos. En pocas palabras, Dédalo vivía la vida que siempre había soñado. Nada, ni nadie, se interponía en su camino.
Hasta que un día, una mente tan brillante como la suya hizo mella en su corazón.
Su sobrino, Perdix, hijo de su hermana más pequeña, compartía los dones de su tío. Mucho más joven, y con un futuro tan prometedor como el de Dédalo, el joven ateniense había comenzado a construirse un nombre propio.
Incluso Athena se sentía orgullosa de él. La diosa de la sabiduría apreciaba las grandes mentes de los hombres, pues a pesar de las limitaciones de su mortalidad, encontraban el modo de trascender en formas que los dioses ni siquiera merecían. Dédalo no pudo soportarlo; no fue capaz de manejar la posibilidad de que su fama y fortuna fueran compartidas con un chico que no sabía nada de la vida. Él quería ser único. Solo había un Dédalo, y estaba dispuesto a todo, porque continuara así.
Ahora se había convertido en una sombra más del palacio cretense. Lo había perdido todo: su buen nombre, su fortuna, su honor y a su familia.
Al asesinar a Perdix, había intercambiado todo, a cambio de nada. Athena había castigado su envidia y su corazón avaricioso. Le había enviado al destierro, y en vez de llorar la pérdida de uno de sus grandes hombres, había llorado la pérdida de un niño que, a ojos de Dédalo, no había hecho nada para ganarse el renombre que poseía.
Sus cavilaciones se interrumpieron cuando el sonido del cuerno anunció la llegada de sus huéspedes.
Rápidamente, se levantó y dio los últimos ajustes a la mesa. Se aseguró de que cada detalle de la enorme mesa fuera perfecto. Manjar tras manjar, todo esta listo para presentarse a los guerreros atenienses, ya fuera para alabar su triunfo, o como consuelo por la derrota.
Algunos minutos después escuchó los pasos presurosos de los invitados y sus voces que se crecían con el eco de los pasillos vacíos del palacio. Esperó por el momento adecuado para abordarles: justo cuando pasaran cerca del comedor. Cuando sucedió, salió a su encuentro con rapidez.
—¡Señores míos! ¡Mis señores! Sean bienvenidos. —Como ya era costumbre, exageró sus reverencias y sus ademanes. Había aprendido que ser rastrero rendía frutos en la corte de Creta. Pero cuando levantó la mirada y los descubrió, hechos una desgracia de lodo y heridas sin gravedad, no pudo ocultar sus sorpresa. —¡¿Qué ha pasado?! ¿Se encuentran bien?
—No, no. Nos encontramos bien. Perfectamente. —Dohko ensanchó su sonrisa y palmeó el hombro de Aldebarán, con infinito orgullo.
—¿Han… vencido a la bestia?
—Está muerta—dijo Shura. Aioros se apresuró a complementarlo.
—Bien muerta.
—¡Pero eso es magnífico!—festejó el viejo, a pesar de que su emoción era fingida.
—Lo es. —Sin embargo, Saga no estaba ni mínimamente emocionado. Si bien, vencer al Toro de Creta había sido un gran triunfo, ahora tendrían que pasar seis largos días encerrados dentro del palacio, bajo la vigilancia del rey Minos y de aquel tétrico personaje que no terminaba de entender.
—Pues haré que los siervos les preparen un baño caliente, ¡de inmediato!—dijo Dédalo—. Se lo han ganado, mis señores. Después, podrán disfrutar del delicioso banquete que he mandado a preparar solamente para ustedes.
—Oh, eso no es necesario…
—¡Insisto! Es mi modo de disculparme por la triste escena de esta mañana y por mis palabras imprudentes.
—Pero…
—Vamos, vamos. Esperaré aquí por su regreso.
Y, tras verlos marchar, se dispuso a preparar el último paso de su plan de aquella noche: iría por la reina Pasifae. Si alguien podía convencerlos de levantarse contra Minos era ella; ella y su dolor de madre herida.
-x-
Era de noche cuando el Axios encalló en las arenas oscuras y duras del Mar Sombrío. Después de semanas en el mar, el viaje llegaba a su final. Las cuerdas de amarre cayeron y los primeros marineros que desembarcaron, se encargaron de afianzar el barco a la playa, del mejor modo posible. Cuando su labor estuvo terminada, el resto de la tripulación comenzó el lento desembarco y, varios minutos después, un improvisado y pequeño campamento tomó forma en la costa.
Aioria había sido uno de los últimos en desembarcar. Junto con Milo y Aretha, habían esperado porque Bemus terminara de redactar una concisa pero muy clara nota a Iona, que la ninfa se encargaría de entregar. Los detalles de la misión de rescate estaban en ella, así como las instrucciones para ofrecer asilo a los futuros fugitivos troyanos.
Al final, cuando todo estuvo en orden, Milo y Bemus también habían descendido, con la esperanza de dormir al menos un poco, antes del agitado día que les esperaba al amanecer.
El Santo de Leo se había quedado atrás, pues su cabeza había sido incapaz de dejar pasar cierta cuestión que le ponía los nervios de punta. Todo había sido planeado de un modo bastante escrupuloso por el escorpión… o casi todo. La parte más importante, el escape, estaba al aire por completo. Y quien lideraría aquella hazaña, no era otra más que Aretha; la pequeña y frágil Aretha.
—Aquí nos despedimos—dijo ella. Él asintió con más pesar del que debería.
—Hay algo que yo tengo que decirte.
—¿Qué es?
—Escucha—posó sus manos sobre los hombros femeninos—, sé que quieres ayudarnos y que harás hasta lo imposible por conseguirlo. Pero no quiero que arriesgues de más, Aretha. No quiero que te pongas en peligro por nada, ni por nadie.
—Estaré bien—trató de infundirle un poco de calma, pero por el modo en que la veía, sabía que no lo conseguiría.
—Quizás suene egoísta o cruel, pero si hemos de perder a alguien en esta… desventura, preferiría que no fueras tú. No deberías ser tú quien tiene que limpiar detrás de nuestro desastre.
—Aioria, quiero ayudarles.
—Lo sé. ¡Y por los dioses, lo has hecho ya! Lo que yo quiero decir es que…—suspiró—tengas cuidado. No me perdonaría si algo te sucediera por nuestra culpa.
—Prometo que tendré cuidado.
La ninfa acarició suavemente su mejilla y el Santo se estremeció. Quizás era aquel parecido insano con su Águila lo que le hacía sentir de ese modo hacia Aretha, pero había aprendido a quererla y a desear protegerla, como un precioso tesoro. Estaba realmente aterrorizado de lo que pudiera acontecerle. Y no era solo por ella, sino también por su hermano. Muchas cosas podía soportar. Sin embargo, estaba seguro de que no sabría sobrellevar a un Aioros con el corazón roto.
—Ustedes también deben cuidarse. Tú debes cuidarte. Volveremos a vernos—habló la pelirroja.
—Ve—le dijo él—. Y que los dioses te acompañen y protejan.
Depositó un suave beso sobre su frente y le obsequió una radiante sonrisa antes de verla desaparecer en el viento. Se quedó ahí, mirando la bóveda celeste, sintiéndose diminuto.
Solo la Luna le hacía compañía. Esa enorme Luna de plata, que brillaba en medio del cielo como la reina que era y que todo lo veía… Esa misma Luna que se había proclamado como su dueña, que seguía cada movimiento suyo, pero que poco entendía sobre lo que sucedía frente a ella.
-Continuará…-
NdA: Sesenta capítulos. ¡Sesenta! ¡Se-sen-ta! ¡60!
Oh, por dios. La fácil que se dice y lo enorme que es. Este fic fue iniciado oficialmente el 18 de Julio de 2008. Hace seis años y medio. Increíblemente, ha superado las mil páginas en Word y también ha llegado a más de mil comentarios. Es una locura. Una locura maravillosa.
Extraoficialmente, cuando mi días como ficker apenas empezaban, mi plan con respecto a Las Doce Tareas era muy simple: catorce capítulos, doce tareas bien sencillas, algo de humor, algo pequeño.
Pero entonces, los comentarios comenzaron a llegar, de a poco. Trajeron consigo muchas ideas que se sembraron en un rinconcito de mi cabeza y germinaron, hasta convertirse en este monstruo al que tanto quiero. Lo cierto es que nada de esto habría prosperado de no haber sido por el constante y encantador apoyo que he encontrado hacia mi historia, hacia los personajes, e incluso hacia personajes originales que se han hecho un espacio en el corazón de todos ustedes.
Creo que tengo mucho que agradecerles. Aunque creo que no existen palabras suficiente para expresar todo lo que quisiera decirles.
También tengo mucho que agradecer a esta historia. Ha sido mi refugio en muchos de los momentos más difíciles de mi vida, me ha forzado a levantar cabeza en otros, y también me ha hecho creer que existe al menos un poquito de constancia en mí, si consigo concentrarme lo suficiente. Por encima de todo, me ha permitido conocer a mucha gente especial, a gente a la que quiero con todo mi corazón. Incluso me obsequió a una mejor amiga, a un alma gemela perdida al otro lado del mundo, que probablemente nunca habría encontrado de otro modo :)
Por todo esto, y por mucho más, con todo lo banal o ligero que pueda sonar, creo que ha sido un bendición… sigue siéndolo.
Y me he puesto melancólica ya, así que voy a callarme y a decir lo que tengo que decir, con la palabra más sencilla, pero también más grande de todas: Gracias. Gracias por su compañía, gracias por su apoyo, gracias por su aprecio.
A quienes han comentado en este último capítulo y que no se han olvidado del fic, a pesar de mi falta de constancia: Kaito Hatake Uchiha, Carola- Gigi, La Dama de las Estrellas, Mariana Elias, O-Mac (por tus múltiples reviews!), Jabed, Doncel. Fera07, Sekmeth Dei, Artemiss90, Spring Surprise y Guest. ¡Muchas gracias, chicos y chicas!
Recuerden que los replies a quienes tienen cuenta les llegarán vía correo electrónico y a quienes usan cuenta anónima, pueden encontrarlos en mi profile.
Ahora sí, ¡nos vemos en el siguiente capítulo!
¡Feliz 2015! ¡Que esté repleto de éxitos, bendiciones, salud y amor! (Y de Santitos Dorados en Soul of Gold TuT) ¡Bendito 2015!
Sunrise Spirit
P.D. Rompiendo la tradición, en vez de llamar a este capítulo "El Toro de Creta", he decidido nombrarle con algo más representativo de nuestro querido Alde también.
Creo que si tuviera que ponerle un nombre "real" a Alde (de acuerdo con el LC, el mote "Aldebarán" se le otorgaba a todos los guardianes de Tauro, por lo que no podía ser su verdadero nombre) creo que sería Ferdinando. El cuento de Ferdinando el Toro, no podía ser más que perfecto para él. Es simplemente adorable.
