Capítulo 61
Persecución
Después de un baño caliente, que había retirado cada pedazo de lodo pegado a su piel, los ánimos mejoraron.
Dohko notaba como el ambiente se había suavizado, a pesar del día tan complicado que habían tenido. Shura y Aioros se habían volcado en halagos y felicitaciones hacia Aldebarán. Saga había participado, de un modo más discreto y con muchas menos palabras, pero no por eso menos honesto. Por supuesto, no le sorprendió que Kanon fuera quien se mantuviera más al margen. Con la excepción de Milo, al gemelo menor le costaba reconocer éxitos ajenos. Mucho más poner dichos triunfos en palabras.
Por un segundo, hasta había olvidado la amenazante presencia de Dédalo. Con todo el servilismo y su infinito afán por agradarles, su actitud seguía siendo terriblemente sospechosa.
Y luego estaba aquel arranque de rabia durante el desayuno de esa mañana. Le preocupaba en exceso, no solo por la dramática escena que habían escuchado, sino por la insistencia del hombrecillo en involucrarlos en un asunto que el Rey había declarado, sin lugar a dudas, como ajeno a ellos.
Pero, cuando entraron al salón de banquetes, la realidad llegó para golpearlos sin misericordia.
La gran mesa estaba repleta de viandas y las doncellas del palacio estaban listas para servir cuanto vino desearan. Algunas de ellas, las más jóvenes y atractivas, iban envueltas en provocadores atuendos de telas transparentes, de múltiples colores y empapadas en esencias de flores exóticas que embriagaban al olfato. Llevaban el cabello recogido y trenzado con flores de bronce, dejando al descubierto la piel de sus cuellos y el pronunciado escote de las túnicas. Ellas mismas eran parte de la ofrenda que Creta les ofrecía.
Sin embargo, lo que realmente atrajo a sus ojos, por encima de aquel despliegue de carne y deseo, fue la identidad de la mujer sentada en la cabecera de la mesa. Rubia, pálida como la leche, de grandes ojos marrones, enmarcados en rojo a causa de las lágrimas y vestida de luto, la reina Pasifae esperaba por ellos.
—Mis señores, la reina Pasifae nos acompañará durante la cena. —Dédalo hizo su presentación.
Ella no pronunció una sola palabra. Permanecía tan quieta e inexpresiva que bien podría haberse confundido con una estatua de mármol. Las lágrimas se le habían gastado y su estirpe de reina afloraba, obligándola a tragarse todo sentimiento, y a presentarse con la poca estoicidad que le quedaba. Miró los rostros de cada uno de los hombres frente a ella. En otro momento se habría detenido a analizarles, a escudriñar cada expresión y cada rasgo, como estaba acostumbrada. Como una reina debía hacerlo. Pero el dolor y la deshonra habían nublado su cabeza. Todo a su alrededor era confuso y turbio.
—No sabía que tendríamos compañía—espetó Dohko. Su voz escupía reproche.
—Mis disculpas, mis disculpas. Un pequeño error de omisión.
—Entendible, dadas las circunstancias.
—Aprecio su comprensión, mi señor—replicó con una reverencia exagerada—, y de nuevo, les extiendo mis disculpas por la cabeza atolondrada de este pobre viejo.
Agachando suavemente la cabeza, el Santo de Libra extendió sus saludos a la reina. El resto de los chicos le imitó, y uno a uno, fueron tomando asiento alrededor de la mesa. Sus miradas no se despegaron de la reina, repletas de recelo y también de dudas.
La comida empezó y continuó en medio de un silencio sepulcral. El sonido de los platos, las copas de metal y el repicar de las campanillas en los atuendos de las doncellas eran todo lo que se escuchaba. Toda conversación se esfumó, junto con el buen ánimo. La sola presencia de la reina enfriaba el ambiente, con esa mirada gélida y su rostro inexpresivo.
—Le contaba a mi reina acerca de sus hazañas. —Dédalo intentó crear conversación cuando el aire se cortó con tensión. —De cómo todo el Gran Mar habla de ustedes, de su coraje y de su inigualable poder.
—Me parece que engrandeces las historias—intervino Saga—. No hacemos nada que cualquier guerrero no haría.
—Están siendo modestos.
—No, no lo somos. Los relatos son exagerados. —Aioros trató de restarle importancia a los halagos del viejo, a pesar de que presentía que la reina había dejado de escucharles un largo rato atrás.
—Y, por supuesto, hemos contado con el beneplácito de nuestra diosa y hemos contado con mucha suerte en más de una ocasión.
—Tonterías, tonterías. ¡Basta de modestia!
Y después, el viejo comenzó a narrar historias que ni ellos mismos eran capaces de reconocer. Mientras tanto, ellos escucharon en silencio. De vez en cuando intercambiaban miradas, esperando el momento en que pudieran huir de aquel compromiso que no habían hecho.
Pero entonces, como si compartiera su ansiedad, la reina despertó de su ausencia. Extendió la mano y buscó por su copa. Apenas mojó sus labios en el vino, antes de devolverla a su sitio.
—Se dicen que son héroes—musitó. La forma en que sus ojos ámbar les evitaban era escalofriante.
—Solo somos guerreros, señora—refutó Dohko.
—Guerreros malditos por los dioses, o de otro modo, no tendríamos que estar aquí, arriesgando la vida para justificar cada respiro—añadió Kanon. Su mirada esmeralda se centró desvergonzadamente en la reina. La observó con detenimiento mientras embutía un trozo de pan de romero y aceite de oliva en su boca. Se chupó los dedos y siguió hablando a pesar de tener la boca llena. —Así que no somos héroes, solo simples marionetas del destino.
—Entonces son rebeldes, o renegados. Eso no me importa. Buscó hombres con coraje, sin miedo, y honorables hasta los huesos. ¿Son ustedes a quienes busco?
—Nuestra misión aquí está cumplida. Si no nos marchamos antes, es porque nuestro transporte tardará cinco días en volver. Los asuntos de Creta no son nuestros; el rey ha sido enfático en eso—respondió Saga.
—Pensaba que era hombres de justicia, que serían capaces de entender lo duro que es el destino con algunos de nosotros. Luchan cada día para cambiar sus estrellas. Esperaba que pudieran ayudar a un inocente a cambiar las suyas. Él es…
—Lo sentimos, nuestras manos están atadas—interrumpió el gemelo. No necesitaban escuchar detalles sobre lo que había sucedido. Si no sabían al respecto, no podrían sentir culpa por negarse.
—Es un niño, un niño enfermo a causa de los malditos dioses. ¡No es la aberración que todos pregonan! Asterion lleva mi sangre y la de mi esposo. No la de una… bestia—añadió con la ira desfigurando su rostro. Sus manos pequeñas y finas, se cerraron en puños. Sus ojos, por fin, tomaron vida, solo para teñirse con rabia.
—El niño nació normal. Las malformaciones comenzaron cuando cumplió el primer años—explicó Dédalo, mientras servía un poco de agua a su soberana—. Su rostro se desfiguró, su cuerpo también. Entonces, la gente enloqueció. Toda Creta sabía de la maldición que Poseidón había lanzado sobre nuestro rey, cuando su Alteza se negó a sacrificar al Gran Toro en su honor. El rey Minos se había apropiado de algo que pertenecía al Señor de los Mares, así que ahora él tomaba algo que pertenecía a mi señor. Pero no era así. Mi reina nunca se entregó a ese monstruo. El pequeño Asterion simplemente ha nacido enfermo. Del mismo modo en que los niños pueden nacer ciegos, simples o tullidos.
Ninguno de los Santos demostró expresión alguna, aunque algunos parecían más interesados en la historia que otros. El ejemplo más claro del contraste eran los gemelos: Saga se había desparramado en su silla, esperando con ansias por el momento en que todo eso terminase, mientras Kanon escuchaba la historia con atención, levantando las cejas cada vez que el relato atentaba contra el mito que conocía.
Dohko hacía lo propio, inspeccionando cuidadosamente los rostros de sus jóvenes camaradas. Lo último que deseaba era que las palabras de Dédalo y Pasifae quedaran en sus cabezas y germinaran, hasta convertirse en planes.
Cumplir con las misiones era su labor. Irrumpir en la política de los reinos que visitaban, no lo era. No necesitaban más problemas.
—Solo tiene cuatro años. —Pasifae buscó por su copa de nuevo, esta vez bebió un gran trago de agua. Su frescura pareció calmar la sangre hirviente que bombeaba en su cabeza. —Minos le ha enviado al destierro, a una cueva al otro lado de la isla. Solos; él y su nodriza. No sobrevivirán sin ayuda. Ambos han sido condenados a morir y, con ellos, Creta. Él es el heredero legítimo, algún día habrá de ser rey. Cuando su padre muera, el reino le pertenecerá. Pero, por sobre todo, es solo un niño inocente. Ayúdenle. Él necesita creer en héroes.
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La oscuridad que había visto en el colgante de Herse lo había dejado taciturno. Altaír tenía razón. Durante todo ese tiempo, que él había malgastado mirando hacia otra parte, una red de misterio se había entretejido alrededor de la pequeña Nix. Una red que hasta entonces se había mantenido a bajo perfil. Realmente había sido estúpido al haberla ignorado por tanto tiempo.
Siendo el dios del engaño, resultaba irrisorio que dicho plan se desarrollara bajo sus narices, sin que siquiera lo notara. La ironía de que un dios como él hubiera sido burlado le irritaba. De no haber sido por el pequeño Altaír, jamás se había enterado de lo que sucedía.
Pero, ahora que tenía los indicios frente a él, Hermes estaba dispuesto a llegar hasta el fondo de todo aquello.
Esa noche no se retiró a sus aposentos. Por el contrario, se plantó en la terraza superior de su palacio, desde donde los jardines del Olimpo se contemplaban a plenitud. La oscuridad dominaba el paisaje, a excepción de la luz plateada de la luna que se reflejaba en las copas de los árboles y sobre el agua de los riachuelos. Una extraña calma, inusual en los últimos meses, se respiraba en el Olimpo. Nadie hubiese imaginado jamás, lo revueltos que se encontraban los dioses a causa de Athena y de sus guerreros.
Las horas pasaron extremadamente lentas. Bostezó, no por cansancio, sino por aburrimiento. Había pasado demasiadas horas del día escondiéndose y observando desde las sombras. Pero al menos había hablado con Herse. Detestaba admitirlo, pero verla siempre le levantaba el ánimo.
Sin embargo, rápidamente se vio obligado a dejar sus pensamientos sobre la mujer atrás. Una sombra se movió entre la oscuridad. Su primera impresión fue que se trataba de alguien, pero rápidamente cayó en cuenta de que estaba equivocado. Nadie podría engañarlo tan fácilmente, ni escurrirse con tanto éxito en el Olimpo sin que su presencia no fuera obvia, para él o cualquier otro dios.
Se incorporó ligeramente y se refugió también entre las sombras. Esquivó del mejor modo que pudo a su visitante y observó.
Nix apareció poco después. Llevaba la túnica de dormir y su cabello rosa estaba enmarañado. Rebuscó por el jardín hasta encontrar lo que buscaba: aquella sombra misteriosa que se movía por el sitio sin recelo. Se acercó a ella y sus brazos la rodearon en un abrazo, a pesar de que a los ojos de Hermes no tenía forma o cuerpo. Era obvio que la niña veía algo que él no.
—Creí que no vendrías. —La escuchó decir. Hubo una larga pausa en la que el dios no oyó nada más. Sin embargo, a juzgar por la expresión de Nix, la sombra le respondía. —¡No, nadie más sabe somos nosotros! Altaír cree que estoy loca, así que no importa si le he contado, o no. —Giró el rostro y torció la boca con disgusto. El silencio volvió a hacerse entre los dos. —¿Cuándo te quedarás conmigo? ¿Cuándo podremos irnos juntos? Quiero estar contigo, y no aquí.
Hermes no entendía nada. Pero la expresión alicaída de la niña le indicó que la respuesta que recibió, no fue la que quería.
Ella volvió a abrazar al aire, aferrándose a él como si no hubiera mañana. Quizás Altaír tenía razón y la niña hablaba con un fantasma. Pero el dios sabía que los muertos no volvían… al menos no volvían por sí solos.
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Tan pronto el Sol apareció, el grupo estaba listo para partir. Desde antes que el cielo aclarara, Talal y Ophelos se habían encargado de preparar todo para el viaje que les esperaba. Los caballos estaban ensillados y acicalados; las mochilas de provisiones estaban en sitio, y el armamento listo para ser usado. Además de Bemus y sus dos guardaespaldas, un pequeño grupo de marineros se unía a ellos. Huesos Flacos había insistido en ir. Al capitán le había parecido una mala idea desde el principio, pero Ophelos se había unido a las súplicas del niño, y el moreno terminó por ceder.
Las monturas estaban inquietas. Sus cascos golpeteaban el piso y sus colas iban de un lado a otro con nerviosismo.
—¿En serio? ¿No podemos caminar? Estos animales me ponen nerviosos. —Se quejó Milo. La bestia destinada para él bufó, con tanto nerviosismo como él.
—Solo si quieres pasar las próximas tres estaciones persiguiendo a Diomedes, rapaz—respondió Ophelos—. Su comitiva se mueve a caballo, y rara vez acampan en el mismo sitio por más de siete noches. Nos llevan ventaja, muchacho. Tus piernas no son suficientes para alcanzarles. Esto es una persecución y no tenemos tiempo que perder.
—¡Argh! Lo juro. Prefiero ir arrastrándome que sobre los lomos de estos animales.
—Pues ya puedes empezar—terció Camus. El escorpión le miró con fastidio. —Nos veremos ahí cuando llegues.
—Y no lloriquees si las rodillas se te ampollan. —Aioria montó a su caballo. Tenía sus recelos sobre los caballos, al igual que Milo, pero no le disgustaban en absoluto. Cuando era pequeño siempre quiso uno.
—Y tú, no te caigas sobre tu culo a causa del caballo. —Le sacó la lengua y giró el rostro, ofendido.
Bemus les observaba de reojo. De pronto, no entendía cómo se había dejado convencer de marchar a la guerra por aquel crío. Esperaba que fueran más serios llegado el momento de sostener su palabra… confiaba en que así sería, pues eran Santos de Athena, y ella era irreprochable. Además, había visto lo que podían hacer. Creía conocer quienes eran.
Acarició el morro de su caballo y sus orejas, arrancando un suave bufido de satisfacción a la bestia. Echó una última mirada a sus compañeros de aventura, y después, montó.
—El rastreador ha identificado que el grupo cabalga hacia el Norte. Lo más probable es que se dirijan hacia la cordillera. Ahí hay abrevaderos para los caballos y sus jinetes, y también un asentamiento de pastores y agricultores. Tendrán lo que necesitan ahí, por unos días—explicó Ophelos.
—¿Cuántos son?
—Un par de centenar de caballos, quizás un poco menos, Bemus. Además, llevan consigo mujeres y niños, no solamente guerreros.
—¿Estamos seguros de que el rey cabalga con ellos?
—Sí —Talal apuntó a un montón de ceniza, que alguna vez fuera una hoguera. —La tienda del rey estuvo montada ahí, y las bestias viajan con él. Hay sangre en el área más cercana al mar, entre la vegetación, cerca de los huesos.
—¿Huesos?
—Humanos, me parece.
—Contamos tres personas… o cuerpos, mejor dicho. Aún había carne entre sus restos.
Máscara Mortal arrugó la nariz y torció la boca. Antes de montar su caballo, y mientras se recibía el informe de la situación, caminó con recelo hasta donde había indicado el africano. Se acercó con cuidado a la orilla. Miró entre las rocas y la vegetación, de un color oscuro, que crecía ahí. Oyó el sonido de las moscas que revoloteaban alrededor de la podredumbre. La peste le llegó a la nariz.
Acechó. Atorados entre las piedras, los huesos de los que Talal hablaba, quedaron a su vista.
Maldijo en silencio a su hallazgo. Su experiencia de los últimos meses no le había ablandado lo suficiente como para que el cruento espectáculo le sorprendiera. Sin embargo, esperaba que el mito de las yeguas antropófagas fuese solamente eso: un mito. Ahora se daba cuenta de lo real que era.
—Tres cráneos, como dijo Talal. Aunque por la cantidad de huesos, podrían ser más. Las olas pudieron arrastrar algunos de ellos hasta mar adentro—aseguró, cuando volvió a reunirse con el grupo.
—Genial. Caballos que comen gente… Esto es peor que mis pesadillas—gruñó Milo. Algunos de sus compañeros de comitiva esbozaron diminutas sonrisas.
—No podemos retrasarnos más. Si no les alcanzamos al inicio de la cordillera, enfrentarlos mientras las atravesamos, sería un suicidio.
—Estamos listos, Bemus. Solo da la orden y nos moveremos—dijo Ophelos. Su cabeza calva brillaba bajo el incipiente Sol de la mañana, mientras montaba a su yegua parda.
—¿Estamos listos?—preguntó a los Santos.
Los seis jóvenes se miraron entre ellos y asintieron, casi a la vez. Lo cierto es que nunca estarían lo suficientemente listos como para iniciar cualquier misión. Por mucho que los planes fueran minuciosos y bien pensados, las sorpresas siempre les superaban.
Pero Bemus tenía razón: el tiempo apretaba. Llevaban mucho tiempo esperando por el momento. Ahora era hora de actuar.
—Pues, ¡adelante!
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Mientras Iona leía detenidamente la escueta misiva escrita por Bemus, los ojos inquietos de Aretha examinaban cada rincón de aquel precioso jardín donde había sido recibida… y se maravillaban. No era un lugar tan grande como un palacio, pero los lujos no se escatimaban.
El pórtico bajo el cual se resguardaban, era de columnas gruesas y altas, con grabados que narraban historias de batallas, entre dioses y héroes. Por encima, se apreciaba una terraza de cuyas barandas colgaban enredaderas de grandes hojas, tan verdes que contrastaban con las lianas de flores multicolores que se trenzaban con ellas y caían hasta los pilares.
En medio del jardín, había un manantial del cual brotaba agua cristalina. Pequeños canales labrados por todo el lugar llevaban el preciado líquido hasta los rincones más alejados. Alrededor de ellos, los rosales engalanaban los parterres; carmesíes, amarillas o blancas, sus flores eran las reinas más hermosas del jardín. Por supuesto, como el hogar de todo noble ateniense, los olivos no podían estar ausentes. Altos y llenos de frutos, adornaban con su aristocracia aquellas tierras lejanas. Su sombra proveía de protección a las flores que luchaban por sobrevivir contra el Sol poderoso. Todo aquello, celosamente resguardado tras los muros de piedra, cubiertos hacia el interior con mármol rosa.
Se sobresaltó cuando sintió la mirada celeste de la mujer sobre ella. Iona había terminado su lectura y lucía pensativa.
Se le ocurrió que aquella mujer era el complemento perfecto a semejante sitio. Poseía una de las melenas oscuras más bonitas que ella había visto jamás. Su cabello era de un azabache oscuro, pero brillaba con un sutil tono azulado cuando el Sol caía directamente sobre él. Su piel era blanca, con las mejillas y labios rosas; sus ojos avellanas denotaban un aire de melancolía.
—Sígueme—pidió Iona, tras unos segundos de introspección, y tomó la delantera.
Unos pasos detrás de ella, Aretha descubrió que el interior del palacete era tan hermoso como el exterior.
Un arco de piedra daba la bienvenida a los corredores internos. El escudo de la familia del marinero estaba tallado en la parte superior. La puerta principal era de madera, con remaches de plata y reforzada en bronce. Lucía poderosa y, si habría de ser sometida a prueba, seguramente aguantaría lo suficiente para ganarles unos cuantos minutos. Las paredes estaban revestidas de piedra blanca y mármol azul. La parte superior, alrededor de las columnas, estaba decorada con hojas de olivo hechas de plata, bronce y oro.
Los pendones rojos caían hasta el suelo, añadiendo color y elegancia a los colores puros de la estancia.
—Tu hogar es precioso—dijo, admirando la hermosura de aquel pequeño palacio. Le carcomía pensar en que ella y los Santos arribaban a un sitio tan bello y pacífico, trayendo tambores de guerra consigo.
—Gracias. Pero no me pertenece. —El comentario sorprendió a la ninfa, tanto como la desconcertó. Como si leyera las dudas en su rostro, Iona continuó. —Bemus y yo… yo no soy su mujer, ni él es mi honorable esposo. Soy solamente una sierva de Afrodita; una hetaira. —Y decirlo en voz alta le partía el corazón. Pero ella conocía de sobra su lugar. Aquella belleza de cabello oscuro y ojos como el mar nunca sería suyo. Llegado el día, desposaría a una noble ateniense y se marcharía para siempre, a un palacio más grande y regio, al otro lado del Gran Mar. Entonces, ella se volvería solamente un recuerdo para él, que se desvanecería con el tiempo. —Entre las pocas bendiciones que he tenido en mi vida, ha sido encontrar un benefactor generoso como él. Es un hombre demasiado bueno.
—Debe ser difícil para ti.
—¿Difícil? ¿Por qué? Conozco bien las particularidades de mi oficio. Lo primero que se aprende, después de encamar a un hombre, por supuesto, es que todo en esta vida es pasajero. Todo. Incluido el dinero, el amor y la belleza. —Se detuvo y miró de frente a la ninfa. Por un segundo sintió envidia de esa frescura y juventud eterna que ella nunca poseería. —Mis mejores días llegarán a su fin muy pronto y, con ellos, se esfumará la vida como la conozco. ¿De qué sirve cubrir a una mujer con oro y seda, sino para disfrutar de su encanto, presumir su belleza y beber de su juventud? Las hetairas viejas se convierten en putas, y las putas en escoria.
—Estoy segura de que ese no será tu caso.
—Eres dulce y optimista. —Le acarició la mejilla con suavidad. Y, de inmediato, retomó el camino. —Pero, si has de saberlo, tampoco tengo intenciones de que eso me suceda.
Siempre había sido una mujer previsora. Pero desde que Kozma y su madre había llegado, años atrás, y había tenido un encuentro frente a frente con su futuro, la morena se había prometido que tal porvenir nunca la alcanzaría. Probablemente no viviría con los lujos que gozaba ahora, pero tampoco terminaría en la miseria, convertida en una peste a los ojos del mundo.
Los pasillos por los que Iona hábilmente se movía, desembocaron en un patio interior. Lo rodearon hasta llegar justo al lado opuesto de donde habían aparecido.
Al abrir la puerta, se encontraron en un despacho, cuya terraza tenía vista hacia la planicie, con el acantilado hacia el fondo. Una de las paredes estaba decorada con la colección de espadas más impresionante que Aretha conociese. Las había de todos tipos, todos materiales y de los lugares más remotos del mundo conocido.
La morena tomó asiento tras el gran escritorio de piedra y maderas preciosas. Rebuscó en uno de los compartimentos y, tras encontrar lo que buscaba, tendió una bolsa a Aretha.
—¿Qué es esto?
—Oro.
—No vine hasta aquí por tu oro. Vine por ayuda, como dice la carta.
—Y eso estoy haciendo: ayudándote. Bemus me ha explicado la situación y, desde ahora, te aseguro que no existe forma alguna de que consigas sacar a dos mujeres del palacio de Troya, bajo la protección directa de Periando, con solamente un hombre y con muchas buenas intenciones. —Aretha tragó saliva. Sabía que Iona estaba en lo cierto. —Necesitarás mercenarios; hombres que se vendan por oro. Para tu buena fortuna, Troya está repleta de ellos. Además, Bemus tiene el oro y yo tengo los nombres—aseveró, mientras garabateaba los nombres de los susodichos en un trozo de papel de lino.
—¿Conoces a alguien de fiar?
—A dos hombres. Antiguos benefactores de mi causa.
—Pero, ¿podemos confiar en ellos?—repitió. Su misión era tan delicada, que no podía involucrar a cualquiera.
—Sé calar a los hombres y sé leer sus almas a través de sus ojos. Son de absoluta confianza, no te defraudarán. Búscales. Yo estaré aquí, esperando por ustedes y haciendo los preparativos necesarios.
Aretha tomó el trozo de papel y leyó su contenido. Dedicó una última mirada a la mujer y, agachando el rostro, se despidió. Después abandonó el despacho a toda prisa, desandando el camino que llevaba al jardín. Antes de despedirse, miró a su alrededor.
Era un sitio tan bonito que no deseaban verlo destruido por la guerra. Ojala existiese otra manera.
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Oyeron el golpe en la puerta y abrieron. Shura y Aioros eran los últimos en llegar, para unirse al resto del grupo en la habitación de Dohko y de Aldebarán.
Por la expresión en sus rostros, el chino intuyó problemas. De los cinco chicos a los que acompañaba, temía de más por esos dos. Los gemelos eran demasiado calculadores para caer en el juego mental de Dédalo y Pasifae. Aldebarán, aunque poseedor de un corazón noble, le tenía más cerca y, por lo tanto, podía dedicarle más tiempo a convencerlo de dejarse guiar por la cabeza. Pero Aioros y Shura…
En muchos sentidos, eran demasiado parecidos: excesivamente nobles, pecaminosamente optimistas y terriblemente sensibles. Dohko temía que terminaran cediendo ante la insistencia de Dédalo y que el grupo se alienara. No necesitaba que las opiniones se polarizaran al respecto, puesto que tampoco esperaba mover un solo dedo en aquel asunto. Lo que era peor, si alguien era capaz de convencer a Saga de ir en contra de sus principios, eran precisamente esos dos. Aioros por si solo ya era un peligro y, en conjunto con Shura, podían convertirse en una tragedia.
—¿Cómo pasaron la noche?—preguntó.
—Ha sido larga.
—¿Cuándo no?—Saga intervino. Los tres compartieron una sonrisa a medias.
—Deberíamos estar acostumbrados ya. —Aldebarán se rascó la cabeza. —¡Pero es que es imposible!
—Si nos acostumbráramos, todo sería más fácil.
—Estoy de acuerdo con el viejo—añadió Kanon—. ¿Qué haremos hoy?
—Encerrarnos en las habitaciones y esquivar a Dédalo hasta el fin del mundo.
—Suena como un buen plan. —Aioros rió ante la desparpajada respuesta del otro gemelo. —Pero no creo que sea posible.
—Puede serlo… si nos esmeramos lo suficiente.
—¿En ignorar todo? ¿Crees que lo consigamos?
—¿Tú no? —Con honestidad, a Saga le preocupaba más que el arquero sintiera que aquella obligada apatía era una misión imposible. Usualmente, esos sentimientos de deber y honor terminaban por ser contagiosos. Y eso era algo que no podían permitirse.
—¡No lo sé!
—Deberíamos buscar algo en que ocupar el tiempo—terció Aldebarán—. Si estamos ocupados, en cualquier cosa, los días pasarán más rápido. Además, ahora que no existe la amenaza del Toro, con un poco de suerte, Creta espabilará lo suficiente como para ser un sitio entretenido.
—¡Me gusta esa idea!—festejó Dohko.
—Entonces, ¿qué? ¿Eso significa que nos iremos de turismo por la ciudad?
—Podemos ver con más tranquilidad el lugar, Kanon.
—Estas son las vacaciones más bizarras que he tenido jamás—bufó el gemelo. Tampoco era como que las vacaciones abundaran en su vida.
De pronto, se escuchó el paso rápido de un grupo de guardias por el pasillo. Por instinto, los Santos guardaron silencio. Lo último que deseaban era que Dédalo les encontrara. Con toda seguridad, el viejo acechaba por el palacio, esperando que ellos se mostraran.
Los pasos se alejaron, dando a los Santos la oportunidad de respirar. Aquel sitio tenía un inquietante modo de volver paranoico a cualquiera.
—Deberíamos salir—acotó Shura. Estaba seguro de que él no era el único en pensar eso.
—¿A dónde iremos?
—Cualquier sitio lejos de aquí está bien. —Kanon respondió a Aldebarán.
—Podríamos… averiguar el lugar donde el niño…
—No. —Enfático, el Santo de Libra arrebató la palabra a Aioros. El castaño apretó los labios y desvió la mirada. —Lo lamento por el niño, pero no voy a arriesgarme a perder a otro de ustedes por capricho del rey.
—Es obvio que Dédalo quiere que vayamos por él—complementó Saga—. Y también es obvio que sus intenciones no son buenas. El niño es la carnada para algo mayor. ¿No lo has pensado así?
—Sí, sí, pero… —El arquero se revolvió el cabello con nerviosismo. Sentía todas las miradas sobre él y ninguna estaba de acuerdo con él. —Es difícil mirar hacia otro lado. —Suspiró, resignado.
—Pues más vale que aprendas.
La firmeza con que Dohko le respondió, no dejó lugar a dudas ni réplicas. Aioros sabía que estaba en lo cierto, aunque él estuviera en desacuerdo. Además, Saga tenía razón. Por muy honorable que fuera la tarea de encontrar y salvar al niño, aquello era justo lo que Dédalo buscaba. Nada bueno saldría de eso para ellos.
Incapaz de negarle la razón y de afianzarse de su terquedad, decidió que no tenía sentido insistir. Prefirió el silencio por encima de lo demás.
—Entonces, ¿nos vamos?—preguntó con seriedad. La gravedad de su mirada hizo que Dohko y Saga intercambiaran miradas. Ninguno estaba seguro de que la resignación hubiera llegado tan rápido al arquero. —¿Qué? —volvió a cuestionar él, al notar su recelo.
—Nada. —Dohko negó con la cabeza—. Salgamos.
Uno a uno abandonaron la habitación, con Aioros al final. Antes de salir, miró atrás, hacia el patio, desde donde se veía el Sol en plenitud. Se preguntó donde estaría Aretha. Ella podría darle un panorama más amplio de la situación, con menos incertidumbre de la que ahora tenía que soportar. La echaba de menos.
Casi de inmediato reparó en la silueta de Saga esperándole bajo la puerta. Levantó las cejas con curiosidad y bufó, antes de continuar el camino.
—No te quedes atrás. —Le dijo el gemelo.
Aioros no le respondió. Pasó a su lado, no sin dirigirle una última mirada que Saga no terminó de entender.
La habitación quedó vacía tras de ellos.
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La gran montaña les guardaba las espaldas. A sus pies, el campamento tracio hervía en gente.
Diomedes había ordenado que las tiendas se montaran bajo la protección del risco, de tal modo que el enemigo no pudiera rodearles y emboscarles por la espalda. Las mujeres y los niños debían permanecer en las tiendas más alejadas de la refriega. Sin embargo, estaban avisados que cualquier varón capaz de sostener una espada, sin importar su edad, debía estar atento al momento en que fuera requerido por su rey. Después de todo, la guerra convertía a los niños en hombres.
Había arqueros apostados en diferentes puntos de la montaña. Una guardia estaba establecida en la parte más alta del risco, desde donde se veía todo el valle.
Los caballos estaban nerviosos, como si presintieran la guerra que se acercaba. Bufaban y golpeaban el suelo con sus cascos. El golpeteo del metal, de los herreros que trabajaban a toda prisa en arreglar las armaduras y el armamento, se crecía con el eco de la montaña.
El mismísimo rey supervisaba cada detalle de la preparación. A su lado, Egles caminaba tan rápido como podía, siguiendo cada uno de sus pasos. Por lo que veía, el tracio había exagerado un tanto los gritos de guerra… y a ella no le gustaba.
Había intentado explicarle todo desde el principio. Puntualmente, había señalado que la guerra no vendría en la forma en que él estaba acostumbrado. Diomedes esperaba por un ejercito, abanderado por Palas y liderado por sus Protegidos. Esperaba decenas de caballos de batalla y el doble de hombres marchando a pie, con espadas de bronce. Pensaba que la tierra árida se regaría con sangre, que la montaña recrearía los gritos de coraje y dolor por la eternidad. Lo que era peor, el pelinaranja creía que lucharía contra hombres. Pero los Santos no podían ser considerados así. Eran dioses, que alguna vez fueron despojados de su inmortalidad.
—¡Te estás equivocando!—exclamó la hespéride cuando no pudo soportar su terquedad por más tiempo. Intempestivamente lo tomó del brazo y tiró de él para enfrentarla. El rey se detuvo y la encaró, solo para que ella descubriera el temor que su mirada inspiraba. —Te he dado la solución a tus problemas—espetó—. Y sigues sin escucharme. Los hombres no están hechos para matar dioses. Ni tus mejores guerreros podrán acercarse lo suficiente como para que el acero les hiera. Si quieres matarlos y conservar tu tesoro, entonces usa a tus arquero y termina con esto tan pronto su sombra aparezca en el horizonte.
—No hay honor en esa victoria.
—No me hables de honor, rey. Nunca te ha preocupado—escupió.
—Una boca tan bonita como la tuya debería ser más cuidadosa. —Tomándola por sorpresa, Diomedes la sujetó del cabello y obligó a su cara a acercarse a la suya. Amenazante, siseó cada palabra. —Mis bestias están hambrientas. ¿Eres inmortal? ¿Te crees capaz de provocar mi ira y sobrevivir? —La mujer no respondió. Entonces, Diomedes sonrió. —Eso pensaba. Ahora, calla y mira. Así es como se ganan las guerras.
La dejó ir con un fuerte empujón. Él continuó con su camino, dejándola atrás. Su mirada estaba teñida de una rabia profunda y también de desdén.
Los mortales como aquel le revolvían el estómago. Le hacían entender el por qué de la crueldad de los dioses hacia ellos. Solo eran polvo, con un respiro fugaz de vida. Pero dedicaban su vida a buscar el poder mediante la guerra. Se asesinaban entre ellos y se odiaban. ¿Por qué merecían vivir, si no eran capaces de apreciar el maravilloso regalo que era su existencia?
Giró sobre sus talones y, sin mirar atrás, marchó en dirección contra al rey. La bruma a su alrededor la cubrió lentamente, atrapando la mirada de quienes la rodeaban. Cuando la neblina turquesa desapareció, ella también se había esfumado. Tenía que informar a su señora de la situación.
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Llevaban algunas horas cabalgando. Talal lideraba al grupo, como el gran rastreador que era. Junto a él iba Ophelos, con sus dos espadas anchas ceñidas a cada lado de su cadera. Bemus iba detrás de ambos, más interesando en los alrededores que en el frente. Algún par de marineros iban con él, aunque Panza de Yegua acaparaba toda la atención, con su conversación escandalosa y sus risas sin tapujos.
Por último iban los Santos, perdidos en su mundo propio, con ideas rondando en su cabeza y tejiendo planes llenos de incertidumbre. Huesos Flacos cabalgaba con ellos. Al chico le parecían simpáticos y, si debía admitirlo, se sentía seguro a su alrededor.
Pero, especialmente, le distraía observar a Milo. La forma poco ortodoxa y accidentada con que el peliazul montaba, resultaba bastante cómica. Casi podía jurar que su incomodidad contagiaba a la pobre bestia debajo de él. A la menor provocación, el caballo saldría desbocado y probablemente nunca más volverían a verlos a ambos.
Justo en ese instante, el caballo del escorpión giró hacia un lado y estuvo a punto de derribar a Camus, quien cabalgaba junto a él. Para buena suerte de todos, la montura del acuariano resistió y nadie salió herido.
—¡Oye! ¡Ten cuidado! —Se quejó el francés.
—¡Ay! ¡Lo siento! ¡Este caballo es idiota!—lloriqueó el escorpión—. ¡Va para donde quiere!
—Sujeta las riendas, Milo. Tú eres el jinete, no él.
—Por los dioses, debimos dejar al bicho cuidando el barco, con el resto. —Máscara Mortal giró los ojos y taloneó a su caballo para que se alejara del de Milo. Con un poco de mala suerte, el más joven se estrellaría contra él y ambos terminarían en ridículo.
—¡Intento ser de ayuda!—espetó Milo.
—Pues intenta no lanzar a nadie de su caballo.
—¡Fue un accidente, Camus!
—Evita que pase de nuevo.
El mohín de fastidio en el rostro del escorpión robó alguna sonrisas entre el resto de sus compañeros. Resultaba irónico, y casi cruel, que el pobre Milo terminara embarcado en aquella misión que incluía a cuatro de sus animales menos favoritos, convertidos en demonios. Pero ni así se había detenido a tener pena por si mismo.
Cierto era que se quejaba de todo y de todos. Lloriqueaba todo lo que podía y se enfuruñaba por cualquier movimiento no deseado de su montura. Sin embargo estaba ahí, en pie de lucha.
El problema era que Milo no era la mayor de sus preocupaciones, pero había plasmado muy bien la mayor premisa de su viaje. Incluso si conseguían vencer y recuperar al salvaje tesoro de Diomedes, un nuevo reto se levantaba para ellos. Todos ellos habían pensando en aquello, pero hasta entonces, ninguno tenía respuestas útiles.
—Suponiendo que salimos vivos de esto y que, de algún modo, conseguimos apropiarnos de las bestias esas…—preguntó Aioria—. ¿Alguien puede decirme como transportaremos a cuatro yeguas come-gente hasta Atenas?
—Manteniéndolas lejos de Milo. —La rápida y desparpajada respuesta de Mu hizo que las risas estallaran. El peliazul, en cambio, volteó hacia el lemuriano y le miró con severidad.
—¡¿Tú también, Mu?! ¡Esto no es divertido!
—Claro que lo es. Si hasta Mu encuentra ridículo todo este espectáculo tuyo, a pesar de cuidar a un niño pequeño él mismo.
—Bah. Dejen de fastidiarme, montón de genios, y piensen en cómo responder la pregunta del gato.
—Las mataremos. —Se hizo el silencio cuando la voz de Bemus se escuchó un poco más adelante. —No llevaremos a esos demonios con vida en el Axios. Y tampoco creo que su misión incluya mantenerlas vivas, ¿cierto?
—Pues… tienes razón. No hay ninguna instrucción al respecto.
—¿Estamos seguros de eso? —Camus increpó a Shaka. Lo último que deseaba era arriesgar su vida en una misión que terminara por ser invalidada por un capricho.
—No creo que haya problema.
—Que así sea, entonces.
Bemus aprobó la decisión. Echó una mirada a sus espaldas, hacia donde el mar se alejaba cada vez más de ellos, y la figura del Axios se había borrado ya de su vista. Después regresó la mirada al frente.
Un poco más allá, comenzaba un densa arboleda. Los caballos no tendrían problema en atravesarla, pero lo que el capitán temía era a todo aquello que podía esconderse ahí dentro. Toda vez que se internaran en el bosque, perderían visibilidad de lo que tenían por delante. Si Diomedes ya había notado su persecución, entonces aquel sitio era el lugar perfecto para tenderles una emboscada.
—¡Alto! ¡Alto!—gritó Talal, a la cabeza del grupo. Los caballos relincharon cuando sus jinetes tiraron de las cuerdas. —Los tracios atravesaron por aquí. Debemos ir con cuidado, pues quizás algunos de sus guerreros sigan escondidos ahí. Si nos atacan en la arboleda, estaremos más vulnerables que nunca.
—Iremos juntos. No quiero que nadie se separe del grupo, sin importar lo que suceda—ordenó Bemus. —Tengan sus armas al alcance. Talal, quiero tu arco listo ante la más mínima señal de peligro.
—Cuenta con ello.
—Nosotros podemos ayudar.
—Eso estaría bien—respondió a Shaka. El rubio aprobó con un movimiento de cabeza. —Su ayuda vendría bien al grupo. Pero no quiero que ni uno solo de ustedes tome un riesgo que no deba. Les necesitaremos al alcanzar el campamento. —Se aseguró de mirar directamente a los ojos de cada uno de los Santos. No quería impulsos locos, ni actos de heroísmo prematuros que estropearan su verdadera misión.
Cuando se sintió satisfecho con la determinación en sus miradas, miró al frente y taloneó a su caballo. Al verlo avanzar, el africano tomó la delantera. Tal como su capitán había demandado, su arco estaba listo y sus instintos estaban alertas.
El follaje a su alrededor era denso. Apenas se distinguía el angosto camino por el que las monturas podían cruzar sin que ellas o sus jinetes fueran arañados por las ramas secas, propias de la estación. Caminaban en pares, aunque por pequeños tramos, el sendero exigía que cruzaran de uno en uno. Los caballos estaban incómodos de nuevo. Bufaban, y sus orejas iban de adelante hacia atrás, ante el más mínimo sonido. La comitiva de marineros y Santos no estaban menos preocupados. El bosque se había encargado de encerrarles en una jaula que podía ser mortal, si no tenían cuidado.
Entonces, el silbido de una saeta enloqueció a los animales. Las primeras gotas de sangre afloraron.
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Desde la llanura, las torres coronadas en oro de Troya lucían como antorchas de fuego vivo y ardiente bajo el Sol. De un lado, hacia el Oeste, el Gran Mar se fundía con el cielo, en un azul tan intenso que era imposible no admirarle. Pero, hacia el Este, las praderas sin fin se constituían como un océano verde, de aguas turquesas, con manchones ocasionales que venían en forma de rebaños de ovejas y enormes manadas de caballos. Troya poseía el sobrenombre de Ciudad de los Caballos por una poderosa razón: sus corceles eran los mejores del Gran Mar, compitiendo en belleza y fuerza solamente con las monturas tracias.
Talos era troyano y adoraba a su ciudad. Pero siempre había pensado que volver a vivir en ella le resultaría tedioso.
Meses después de su llegada, caía en cuenta de que no se había equivocado. Detestaba la vida en la ciudad; repudiaba aquel festejo a la opulencia y el montón de mentiras detrás de una ciudad pavimentada en oro. Troya era una ilusión. Nada ahí era lo que parecía. En el fondo, no era mejor que ninguna otra ciudad que conociera, a pesar de aparentarlo.
A pesar de todo, no se había alejado demasiado. Si bien no vivía dentro de las murallas, estaba asentado en una casucha a los pies de las mismas. Su trabajo como pastor le proveía de suficientes monedas para pagarse comida y vestido. No tenía lujos, tampoco los necesitaba. Su vida era tranquila, tanto como para permitirse curar las heridas de su alma. Cuando se sintiera listo, se había prometido que tomaría sus cosas y se marcharía hacia el horizonte, en busca de un nuevo inicio.
Por quince años había sido soldado. Se había unido a los Apolonios tan pronto cumplió la edad legal para hacerlo. Y, aunque Troya había gozado de paz por las últimas tres generaciones, su experiencia en la guerra era amplia. Había viajado por todo el mundo con los ejércitos que Periandro alquilaba a otros reyes a cambio de oro. Había sobrevivido a muchas lesiones, dos de las cuales le habían tendido en cama por más de tres semanas, en cada ocasión.
Se consideraba un hombre resistente y un excepcional guerrero. Incluso había llegado a comandar a su propia unidad de soldados. Además, podía presumir que siempre había actuado con honor y que, a pesar de su oficio, nunca había asesinado por placer. Tampoco había violentado a ninguna mujer, ni matado a un niño.
Eventualmente se había retirado, pues estaba cansado. Su tiempo de guerra había terminado y su espíritu rogaba por paz. La única forma de alejarse de ese mundo era regresando a la diminuta aldea que había visto nacer a su madre.
Lo que Talos no sabía era que la revolución que se acercaba a él, a toda velocidad. Con la fuerza del viento, los problemas volaban a Troya.
—¿Talos? —Escuchó la voz en el aire y buscó a su alrededor.
—¿Quién eres?
—¿No me recuerdas? —El cuerpo de la ninfa tomó forma y, de inmediato, él supo quien era y en nombre de quien venía. —Soy Aretha. Nos conocimos en Temiscira.
—Ahora te recuerdo. Pensé que los Santos y tú habían marchado de regreso al Oeste. ¿Qué te trae de regreso?
—Ellos se encuentran en Tracia, al otro lado del estrecho. Por ahora, se trata solamente de mi. Pero ellos, vendrán tan pronto terminen con la misión que les ocupa ahora.
—Pero vienes en su nombre.
—Y me temo que lo que vengo a pedirte no será fácil, sino peligroso.
—Fui un soldado. No estoy peleado con el peligro… mucho menos si se trata de tender la mano a un amigo, quien alguna vez hizo lo mismo por mi.
—Eres un hombre valiente. Milo no se ha equivocado.
—¿Cómo está ese pequeño revoltoso?
—Milo sigue siendo Milo. —La sonrisa que se dibujó en el duro rostro de Talos la contagió.
—Eso es bueno. Muy bueno.
En tiempos como aquellos, con vidas como aquellas, que alguien conservara la alegría y los deseos de vivir, resultaba no solamente increíble, sino digno de ser admirado. De Milo, recordaba su optimismo.
Al separarse, le había deseado lo mejor, y le alegraba infinitamente que continuara siendo él. Deseaba volver a verle pronto. Le había tomado cariño al muchacho.
—Cuéntame. ¿Qué puedo hacer por ellos?
—Hay dos mujeres en el palacio de Troya que deben ser rescatadas. Y… —Sabía que al decir el nombre de la Reina, probablemente perdería la sonrisa del soldado. —Las conoces a ambas.
—¿Phineas de nuevo?
—Sí.
—¿Y…? —Talos se esforzó por pensar, pero nunca se imaginó el nombre de la otra persona.
—Hipólita.
—¿Qué? —Toda paz se borró de su rostro. Sus facciones se oscurecieron y una mueca de indignación y rabia sustituyó a su sonrisa.
—Sé que es una locura pedírtelo…
—No, no lo sabes bien. Esa mujer es un demonio hecho carne. Han sido los Santos quienes le han puesto ahí, sacrificando tanta sangre. Ha tomado tantas vidas que no merece que la suya sea salvada.
—No se trata de su vida… sino de la que lleva en su interior.
—¿De qué hablas?
—La Reina lleva un niño en su vientre, y el niño lleva la sangre de uno de los Santos en sus venas.
—Es una locura. —Talos no podía creerlo.
Se llevó las manos a la cabeza y cerró los ojos, dibujando los peores escenarios. Pero, lo que más ardía en su interior, lo que le enfurecía al punto de la desesperación, era que aquella maldita mujer se hubiera salido con la suya. Estaba claro que vivían en un mundo injusto.
Los dioses solo amaban a los de su condición. El resto de ellos se pudriría en la inmundicia por la eternidad.
—Pero es verdad. Y si ellos han decidido volver, es por eso, y por nada más—explicó—. Mi misión aquí es sacarlas de Troya y llevarlas a Dardania, donde ellos nos encontrarán.
—Eso es una locura más grande. Nadie puede entrar al palacio si Periandro no lo desea. Mucho menos salir.
—Si decides ayudarme, tú y yo lo haremos.
—Es imposible. No podremos solos.
—Pues nos conseguiré ayuda. Tendremos ojos dentro y fuera del palacio. Lo prometo.
Talos suspiró con pesar. Tenía pocos amigos en el mundo, y los Santos eran parte de esa reducida lista. Pero no quería vivir más guerra, no deseaba más dolor.
Rehusarse tampoco era una opción. Se los debía y, aunque no existiera tal deuda de por medio, había peleado con ellos una vez y eso les convertía en sus hermanos. Talos nunca abandonaba a sus hermanos. Era un hombre bueno, valiente y honorable.
El momento de blandir la espada llegaba de nuevo. Una guerra más. Quizás la última.
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Huesos Flacos tuvo que luchar por controlar su montura. Cuando sintió que el caballo le obedecía, agachó el cuerpo y se pegó a la piel del animal tanto como pudo, esperando protegerse de las flechas que siguieron a la primera.
Entonces, reparó que las saetas caían sobre ellos sin parar, pero ninguna les tocaba. Había una fuerza invisible alrededor de ellos que los protegía. Todos los ataque rebotaban contra aquella pared que sus ojos no podían ver.
Miró hacia atrás, donde Panza de Yegua se secaba la sangre que brotaba de un arañazo en su mejilla. El regordete marinero sabía que había sido afortunado. De haber avanzado tan solo un paso más, aquella saeta enemiga habría entrado justo por su ojo, atravesando su cráneo y matándole al instante. En cambio, bien podía vivir con una cicatriz más que adornara su nada favorecido rostro.
—¡Disparen! ¡A los árboles!—exclamó Bemus. Y su séquito supo de inmediato que hacer.
Una docena de flechas volaron hacia las copas de los árboles, en todas direcciones, con la esperanza de sobrepasar al enemigo. Un par de hombres cayeron, pero los ataques sobre ellos no cesaron, a pesar de ser infructuosos.
—¡Mu! —Milo llamó por el ariano, quien sostenía sin problemas el Muro de Cristal sobre ellos. —¡Sácalos de aquí! Yo me encargo de esto—afirmó, dibujando aquella sonrisa pretenciosa en sus labios que tanto le distinguía. Antares apareció en su índice derecho.
El Santo de Aries titubeó en dejar al escorpión atrás. Pero también sabía que Milo era un guerrero destacado y que, con su cosmos en pleno uso, era invencible. Los tracios no tendrían ninguna oportunidad contra él.
Así, tomó las riendas de su caballo y marchó hasta encabezar al grupo. El resto de sus hermanos de Orden le siguieron.
—¡Vamos!—gritó para hacerse escuchar—. ¡No hay nada más que hacer aquí!
—¡¿Qué?!—cuestionó Bemus.
—Milo se hará cargo. ¡Nosotros debemos seguir!
El moreno había visto, con sus propios ojos, la clase de poder que esos hombres poseían. A pesar de todo, no podía evitar dudar. Tal era su naturaleza.
Sin embargo, se tragó sus dubitaciones y siguió al lemuriano. Al verlo, su comitiva fue tras él. Mientras corrían a toda velocidad, miró atrás, a donde Milo se había quedado. Le resultó cuanto más curioso el modo en que el peliazul se había crecido. Por un instante, casi pudo jurar que sus riñas personales con el caballo se habían acabado y que toda su atención estaban en los hombres escondidos en el follaje.
Aunque se esforzó en no perder detalle de las acciones de Milo, lo único que alcanzó a distinguir fue la tenue aura carmesí que rodeó al Santo, y las decenas de luces rojas que brotaron de su mano, al moverla a su velocidad que superaba al marinero.
Después escuchó los gritos. Uno a uno, los arqueros tracios cayeron de los árboles, entre aullidos de dolor, aunque sin señales evidentes de batalla. Se retorcían en el suelo, como si estuvieran siendo sometidos a una tortura cruel, pero invisible. Oyó también la carcajada de Milo y supo que todo había terminado cuando escuchó los cascos de su caballo tras del grupo.
Confundido, volvió a concentrarse en el camino frente a ellos. El sendero lucía como un laberinto, en medio del cual los caballos se movían como ratones atrapados. Además, Bemus tenía la horrible sensación de que aquella decena de arqueros caídos no eran los únicos enemigos en el bosque. Si Diomedes había descubierto que les perseguían, tomaría la ofensiva y se convertiría en el perseguidor.
—¡Gato! ¡A tu izquierda! —Oyó la voz de Máscara Mortal, pero antes de que pudiera voltear a la dirección indicada. Bemus observó las miles de luces doradas que barrieron con el bosque y los guerreros escondidos en él.
—¡Plasma relámpago!—Le escuchó gritar. Pero poco después, la exclamación del Santo de Cáncer lo hizo voltear al lado contrario, donde volvió a ser sorprendido.
—¡Llamas azules demoníacas!
Cientos de flamas de luz azulada brotaron de la nada. Danzaron alrededor de ellos por un instante y después volaron cual saetas, perdiéndose en el bosque. El moreno escuchó gritos de nuevo, de hombres tracios atrapados por aquel espectáculo de luces. Aunque en realidad, nunca supo que sucedió con ellos.
De pronto, reparó que el bosque se cerraba frente a ellos. En cualquier otro momento, habría representado otro obstáculo infranqueable. Pero la última sucesión de eventos solamente habían picado su curiosidad. ¿Qué otro despliegue de poder seguía?
—¡Lo que sea que hagan—irrumpió la voz de Shaka—, no suelten las cuerdas de sus caballos y no dejen de avanzar! ¡No importa lo que vean, no deben temer! —Esperó un segundo, dándoles tiempo de prepararse para lo que seguía. Entonces, desplegó su poder. —¡Invocación de espíritus!
El bosque entero vibró. Chillidos, aullidos, gritos infernales brotaron de la nada. Los espíritus acudieron al llamado de su amo. Surgieron de la tierra, del aire, de los árboles, y se perdieron en lo denso de la hojarasca. Buscaron a los hombres enemigos y los rodearon. Sujetaron sus cuerpos, los atraparon y comenzaron a devorarles. Sus almas estaban perdidas.
Camus observó la escalofriante escena con atención. Su mente regresó a aquel fatídico día, cuando Shura, Saga y él habían intentado atravesar las Doce Casas en busca de la cabeza de Athena.
Para ellos, como Santos Dorados, había sido aterrador. No podía ni imaginar lo que sería para aquel montón de desgraciados, que poco o nada conocían de ellos, y de su manejo prolijo del cosmos. No solamente sufrirían una muerte horrenda, sino que lo harían hundidos en el terror más profundo que conocerían jamás.
Tal como Shaka había predicho, los caballos reaccionaron con temor ante las almas invasoras. Los marineros no tuvieron una reacción muy diferente, aunque consiguieron recobrar la compostura y continuar adelante.
Los espíritus desechos les habrían paso. Iban al frente y también a los costados, terminando con todo enemigo que intentara detenerles.
—Por los dioses…—masculló Ophelos.
Después de aquel espectáculo, podría decir que había bajado al mismísimo Inframundo, y había presenciado la obra de los demonios más oscuros de Hades. La incertidumbre lo envolvió por un segundo. ¿Con quienes estaban viajando? ¿Quiénes eran esos chicos capaces de convocar semejantes poderes? ¿Ángeles, o demonios de guerra?
—¡No queda mucho! ¡Apuren el paso!—gritó Talal, cuando a lo lejos, el bosque oscuro comenzó a filtrar luz.
Los caballos parecieron esperanzarse en la luz al final de aquel túnel de monstruos y enemigos. Apuraron el paso, en un último esfuerzo por librarse de la pesadilla que los rodeaba. La locura que los espíritus sueltos ocasionaban convertían el camino restante en una experiencia aterradora para todos.
Al fin, tras lo que pareció una eternidad, la franja de árboles llegó a su fin, y las montañas quedaron a la vista, sin más obstáculos. El resplandor del Sol les cayó encima, mientras los fantasmas a su alrededor desaparecían, junto con los gritos de sus enemigos.
—¿Todos están bien?—preguntó el moreno, cuando se detuvieron a varios metros de la arboleda—. ¿Huesos Flacos? ¿Dónde está el chico?
—Aquí… aquí estoy. —La voz del niño alcanzó a escucharse al final del grupo.
—Todos estamos bien.
—Genial. Tomemos un descanso. Los caballos necesitan un respiro y algo de agua.
—¿Alguien necesita curaciones?—preguntó el muchacho, mientras descendía de su caballo. Su labor en el grupo era bien clara y tenía que cumplirla a pesar de que todo su cuerpo aún temblaba. —Tengo ungüento y vendas limpias, si alguien lo requiere.
Al principio, nadie le prestó atención. Tampoco le importó demasiado. En medio de aquel inusual caos, resultaba de lo más normal que todo fuera confusión y adrenalina desbocada.
Tal como Bemus indicó, encontraron un poco de sombra y se acomodaron en espera de un poco de paz. Endré se tumbó en el suelo, sintiendo como las piernas continuaban tiritándole de tanta emoción. Se esforzó por respirar profundamente. Tenía que calmarse a como diera lugar. Así que dibujó en su mente las siluetas de su abuelo, su madre y sus hermanas. Recordó todos los momentos felices que tuvo a su lado. Su familia esperaba que él volviera a casa a salvo y eso haría. Poco a poco, su cuerpo fue perdiendo tensión. Se sentía ligeramente mejor.
Pero, súbitamente, su momento de tranquilidad se vio interrumpido. Panza de Yegua llegó a tropezones hasta donde estaba. Cayó a su lado, pesadamente. Al chico le pareció que estaba tan aturdido como él. Tanta emoción les estaba costando caro.
—Me tiemblan las manos—dijo al marinero. No obtuvo respuesta, pero continuó hablando. —Ha sido toda una aventura. ¿Has visto todo lo que los Santos pueden hacer? ¡Es una locura! Creí que moriríamos… Eso ha estado muy cerca.
Después hubo un largo silencio entre ambos. A Huesos Flacos se le antojo raro que el marinero no tuviera nada que decir. Panza de Yegua siempre se había caracterizado por tener la última palabra en todo. Curioso ante tanto silencio, se incorporó. Sin embargo, cuando buscó el rostro de su compañero, soltó un grito de sorpresa.
—¡Por Zeus, Panza de Yegua!—exclamó—. ¡¿Qué te ha pasado?! ¡¿Qué tienes?!
El rostro del regordete marino estaba pálido como el papel. Sus ojos se habían opacado y estaban enmarcados en un tono rojo sanguinolento. La herida en su mejilla, que había resquebrajado su piel, tenía un tono oscuro, como el de la carne descompuesta.
Los gritos del muchacho capturaron la atención de todos. Uno a uno, toda la comitiva rodeó al marinero. Ninguno entendía lo que había sucedido. Con cuidado, le ayudaron a recostarse, aunque a juzgar por su respiración, era prácticamente un cadáver. A pesar de ser una batalla perdida, Huesos Flacos hizo todo lo que pudo para tratar de salvarlo. Le dio cuanto remedio encontró en su bolso y revisó todo su cuerpo en busca de cualquier herida mortal. No encontró nada, a parte de la herida en su rostro.
—No puede ser—masculló, apretando los dientes.
—¿Qué le sucede?
—No lo sé, Ophelos. No lo sé. No tiene ninguna herida que pueda ocasionar esto, pero…
—¿No puedes hacer nada?
—Es que… no respira—sentenció, sintiendo que la voz se le quebraba.
—¿Está muerto? —Al chico le costó trabajo admitirlo, pero no había nada más que pudiera hacer. Una lágrima se le escapó, a pesar de esforzarse al máximo por reprimirlas.
—Sí…
Nadie hizo ningún comentario más. El silencio se tornó pesado y confuso. Aunque la situación había sido peligrosa, ninguno se había planteado, o imaginado, que hubiera llegado a costar una vida.
Los Santos se miraron entre ellos. Muchas vidas se habían perdido durante su larga aventura en la Edad del Mito. Vidas inocentes, que ninguna ingerencia tenían en aquel caprichoso plan de los dioses. Y, aún entonces, a esas alturas de su misión, nunca se acostumbrarían a que el costo de su existencia se pagara con vidas ajenas.
—No deben culparse. —Ophelos los abordó, como si hubiera sido capaz de leer sus pensamientos. —Todos nosotros sabemos que nuestro trabajo es peligroso. Incluso antes de esta misión, arriesgamos todo cada día. A ninguno se nos miente. Mucho menos a hombre experimentado como lo era él.
—Además, esto no ha sido obra de los hombres—contraatacó Talal—. Brujería. Magia oscura. Eso ha sido. —En sus días en África, había visto a muchos hombres caer del mismo en que Panza de Yegua. Solo la magia era capaz de matar así. Los demonios que el diablo enviaba cobraban tantas vidas como podían.
—La magia no existe—ladró Bemus. Algo más había sucedido. Algo que nadie entendía.
—Lo que haya sido, es una profunda pena. Era un buen hombre. Dejó esposa y cinco mocosos en Atenas. La más pequeña apenas llega a los cinco años. Le echarán mucho de menos. Su muerte no será en vano.
—No, claro que no lo será—intervino Aioria. De pronto, se sentía agotado; física y emocionalmente drenado. Se rascó un arañazo que llevaba en el brazo, en el cual no había reparado hasta entonces. Las malditas flechas habían volado por todos lados. —No tenemos que arriesgarles a todos. Es innecesario ponerles en la línea de batalla. Nosotros tenemos nuestros cosmos para protegernos… ¡y no estoy diciendo que no sean muy capaces de cuidarse a si mismos! Pero… no queremos que esta historia se repita.
—Aioria está en lo cierto. Han hecho más que suficiente al traernos hasta aquí. Podemos seguir solos a partir de aquí. —Camus se encogió de hombros. Sabía que estaban pidiendo más de lo que debía. Y también sabía todo lo que quedaba por delante. Aún faltaban muchos sacrificios. —Está claro que los tracios saben que vamos tras sus pasos y que, de algún modo, han encontrado el modo de asesinar sin necesidad de heridas mortales. No es necesario poner más vidas en riesgo.
—¡Ni hablar, muchacho! ¡Ni hablar! —Ophelos se opuso con vehemencia. —Ese que ves ahí—apuntó al cuerpo del marino fallecido—, era nuestro hermano de mar. Y, si ha perdido su vida por esta causa, su muerte no será en vano. Ahora más que nunca, compartimos su causa. Diomedes habrá de caer.
—Continuaremos con ustedes. —Talal dijo y Huesos Flacos asintió. Alguno de los marineros que les acompañaban vitorearon.
Bemus dibujó una tenue sonrisa en los labios, a pesar de la terrible situación. Sus hombres eran valerosos y también hombres de palabra. El truculento destino no iba a detenerlos. Lucharían hasta el final, para bien, o para mal.
Echó un vistazo hacia el cadáver de Panza de Yegua. Después, buscó el horizonte, donde las montañas aún estaban lejos.
Esperaba no tener que enterrar a nadie más. Ni una muerte más era aceptable. Nadie más debía perecer por la causa. Los riesgos eran muchos y habían sido aceptados por sus hombres. Pero él no quería más sangre. Ahora que había visto el verdadero poder de los Santos, tenía esperanzas. Sin embargo, el misterio de la muerte de su marino le acosaba, como un fantasma que los acompañaría durante toda la travesía.
—Diomedes sabe que estamos aquí y ha venido por nosotros—dijo, dirigiéndose al grupo—. No tiene caso ocultarnos más, ni apresurarnos. Él quiere un enfrentamiento.
—¿Cuál es el plan?
—Descansaremos aquí. Buscaremos madera para la pira y Panza de Yegua tendrá el funeral que merece. No le dejaremos esperando para cruzar el Estigia.
—Parece adecuado. —Le secundó Ophelos. —¡Manos a la obra!
Nadie protestó.
El grupo entero se movilizó de inmediato. Sin necesidad de más instrucciones, cada cual supo lo que tenía que hacer. El ambiente era oscuro. Pero todos se negaban a renunciar.
Huesos Flacos se encargó de preparar al muerto. Al principio le resultó difícil moverlo, pues le superaba en talla y peso. De no haber sido porque Aioria se dio cuenta de sus dificultades y se acercó a ayudarle, el chico jamás habría terminado.
Con más esfuerzo del que habría pensado, el Santo de Leo lo levantó en brazos para colocarlo sobre la incipiente hoguera que se preparaba para el funeral. Lo debo caer sobre la madera seca, mientras Bemus colocaba las monedas para el balsero sobre sus ojos. El león observaba, entre confuso y agotado. Sentía que las fuerzas le abandonaban poco a poco. La mirada se le nubló. Una gota de sudor resbaló por su frente.
Después, colapsó.
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Las piernas le temblaban. Por un momento, Egles había pensando que el plan de Hera funcionaría a la perfección. Sin embargo, la terquedad de Diomedes ponía todo en peligro de fracasar.
Hera no lo culparía a él, sino a ella… y eso era lo que más temía.
Ahora se veía obligada a volver a los terrenos de su señora, para rendir un informe que, bajo ninguna circunstancia, quería entregar. Pero no tenía más opciones. Con un pesar que la sobrepasaba, golpeó la puerta de madera y oro que llevaba a los aposentos de su diosa. Los segundos de espera antes de que Hera le permitiese entrar, fueron eternos. Después, entró en silencio con la cabeza baja.
—Has vuelto.
—Traigo noticias, mi señora—respondió.
—Habla. —La diosa le dio la espalda y permitió que las ninfas que le acompañaban siguieran trenzando aquella larga melena roja con hilos de oro.
—Diomedes ha recibido tu regalo. Las profecías de sus dioses han augurado su caída, así que su desesperación es nuestra aliada.
—¿Los Santos van en camino?
—Sí, señora. Seis de ellos.
—¡¿Seis?! —Hera volteó. Con un gesto, retiró a sus acompañantes. —¿Dónde está el resto?
—Viajan hacia Creta.
La diosa se puso de pie y avanzó hacia la hespéride. Se sentía irritada y tremendamente frustrada con la falta de utilidad de su enviada. Cuando quedó a un par de pasos de Egles, tomó su mandíbula entre las manos y la obligó a levantar el rostro. Sus ojos azules atravesaron a la otra mujer. Egles se sintió diminuta a su lado.
—Creí haber sido bien clara al decir que quiero a los doce. No a uno, ni a dos… ni a seis.
—Lo siento, señora. Athena ha cambiado todos los planes…
—No me interesa lo que Athena haya hecho, o no. Eres tú quien debe encargarse de ellos. Quiero a todos muertos—siseó, sin soltarla.
—Athena desea lo contrario. Por esa razón los ha separado.
—Jamás los arriesgaría a separarse. Tampoco pondría a unos, en más peligro que a otros. No hay distinciones con ella.
—Oh, pero las hay. —Soltó entre dientes, adolorida por el fuerte agarre de la diosa sobre su rostro.
Sorprendida por la súbita confesión de la hespéride, Hera la dejó ir. Retrocedió un par de pasos y disfrutó en silencio del temor que halló en sus ojos.
Egles se llevó la mano a la cara, sobando la mandíbula adolorida. Su piel estaba roja y las lágrimas de rabia amenazaban con desbordar sus ojos. Sentía que la voz le temblaba. Sin embargo, se esforzó por no demostrarlo. Hera no soportaba la debilidad. Sino que la explotaba al máximo.
—¿De qué estás hablando?
—La vi con mis propios ojos, en Atenas, cabalgando con solamente uno de ellos. No había señal del resto. Se veían… cercanos.
—No tiene ningún sentido. —Pero a pesar de sus palabras, a la diosa, aquella confesión traía de regreso las palabras acusadoras de Artemisa, semanas atrás en el Olimpo. Quizás la caprichosa Luna tenía razón. Quizás la diosa virgen había olvidado sus votos y había entregado aquel renuente corazón suyo a un mortal. Lo que había comenzado como un rumor ahora se convertía poco a poco en una realidad. Athena estaba poniéndole todo, en una bandeja de plata.
—Eso no lo sé. Pero sé bien lo que vi.
—¿Quién es? —La hespéride dudó en responder. —¿Quién es el Santo?—urgió la diosa.
—Capricornio—respondió—. Es Capricornio.
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Al entrar a la taberna, Aretha sintió como todas las miradas cayeron sobre ella. El ambiente era denso. Una mezcla de olores poco agradable la golpeó de frente. Apestaba a sudor, alcohol y a la mezcla de grasas de las comidas poco apetitosas que ahí se servían. La ninfa era el gran contraste en el lugar. Su túnica blanca y fresca apariencia eran radicalmente opuestas al aire pesado de dentro. Estaba fuera de sitio. Lo sabía, pero no le importaba.
Entró en silencio, oteando por los rincones. Iona le había explicado muy bien a quienes buscaba y cómo encontrarles. Solo esperaba encontrarlos y no equivocarse. Sin su ayuda, presagiaba un gran fracaso.
—¿Buscas a alguien?—Le preguntó una mujer. A Aretha le pareció que era joven, pero la vida que llevaba la había desgastado.
—Busco a dos hombres. Me han dicho que puedo encontrarles aquí.
—Lindura, mira a tu alrededor. Hay decenas de ellos aquí dentro, solo escoge el que más te guste. No creo que ninguno te ponga reparos. —La expresión le robó una sonrisa.
—No, no. Los hombres que busco tienen nombre y rostro. Bor y Julius. ¿Los conoces?
—¡Todo el mundo los conoce! Cuando no están en una loca aventura por el Gran Mar, consiguiendo oro, están gastándolo aquí. En la mesa del fondo. Son esos dos cerca de la ventana. Ahí puedes encontrarlos siempre.
—¡Gracias!
Tal como la mujer le dijo, distinguió de inmediato la mesa que le había indicado. Alrededor de ella había tres hombres y cinco mujeres, todos entretenidos en la curiosa representación de uno de ellos.
El hombre, un gigante de espalda ancha y cuerpo musculoso, cuyo cabello estaba cortado a ras del cráneo, estaba encaramado en una silla. Tenía un pie sobre el banco y otro sobre la mesa. Su brazo iba y venía, blandiendo una espada imaginaria. Contaba una historia a gritos, donde él era el gran héroe. Después, brincó para colgarse de la ventana, sin que los embates a diestra y siniestra cesaran.
Su voz era ronca, por lo que los gritos con que narraba su aventura resultaban graciosos y entretenían a su público. Se notaba a leguas que él disfrutaba el espectáculo tanto como el resto.
El otro era un hombre más corto de estatura, pero a la vez, más alto que la ninfa. Aunque para ser justos, cualquier hombre hubiera lucido pequeño, al lado de aquel otro gigante. A simple vista, parecía el mayor del grupo, a pesar de no ser mayor en edad que cualquiera de los Santos. Su barba era espesa y lucía mal cuidada, aunque llevaba el cabello tan corto como el de su compañero. Estaba sentado, con la espalda apoyada en la pared y un gran jarro de vino en la mano.
Reía desparpajadamente. De vez en vez, giraba hacia el tercer hombre e intercambiaban algún comentario ingenioso. El tercero era el más joven de los tres. De piel canela y ojos oscuros. También era el menos eufórico. Mucho más mesurado en sus gestos, en comparación a los otros dos.
De las mujeres no había mucho que pensar. Todas siervas de Afrodita, según sus provocativos atuendos y sus exagerados deseos de satisfacer.
Pero de pronto, el bullicio cesó cuando la pelirroja se detuvo junto a la mesa. Ellos la miraron con curiosidad y ellas con desconfianza. Pero tras un instante de silencio, el mayor de los tres reaccionó. Le sonrió y ordenó a sus compañeros que le dejaran hablar.
—¿Podemos ayudarte?
—Busco a Bor y a Julius.
—Pues los encontraste. —Se puso de pie y esbozó una sonrisa divertida. —Yo soy Julius y él es Bor. —Apuntó al gigante. —¿Qué deseas?
—Necesito su ayuda.
—Y te ayudaremos… por el precio correcto.
—Tengo oro para pagar.
—Eso esta muy bien. Pero primero tendrás que decirnos que hacer y, después, te daremos un precio. No somos baratos.
—Pero, somos los mejores—terció Bor.
—Por eso venido por ustedes.
—¿Cómo supiste de nosotros?
—Iona—soltó el nombre sin rodeos. A juzgar por la reacción de ambos, ellos también se acordaban de ella.
Julius y Bor intercambiaron miradas, aunque el tercer chico lucía completamente desconectado de la conversación. Con un gesto, Bor despidió a la compañía femenina, no sin antes recibir un beso de cada una de las mujeres.
Cuando se supieron solos, se sentaron en la mesa e indicaron a Aretha que les acompañara. La conversación se puso seria.
—¿Eres amiga de Iona?—preguntó Julius.
—Tengo una importante misión que cumplir y ella es aliada de mi causa.
—¿Cuál es tu nombre?
—Aretha—respondió a Bor.
—Bien, Aretha. Una amiga de Iona es amiga nuestra. Ya conoces el dicho: los amigos de mis amigos son mis amigos… ¡o algo así! —Rió, ante su propia ocurrencia. Julius compartió la sonrisa.
—Oh, este de aquí es Malkram. —Apuntó al tercer hombre en cuestión. —Es el miembro más nuevo de nuestro pequeño grupo. Él y Xantipa.
—Pero Xantipa odia las tabernas y a las putas.
—La conocerás más tarde. Así que dinos, ¿cuál es la misión que traes para nosotros hoy, Aretha?
La ninfa miró por encima de su hombro, asegurándose que nadie estuviera cerca, ni pudiera escuchar sus palabras. Entonces, se acercó a ellos y susurró tanto como pudo.
—Un asalto… al palacio de Troya.
El trío de hombres se quedaron sin palabras. Sus ojos se abrieron de par en par, pero ninguno atinó a decir nada. Al fin, al cabo de unos segundos de silencio, las carcajadas de Bor estallaron.
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—¡Vamos, Kanon! ¡Vamos! —Le retó Dohko.
La espada de madera del Viejo Maestro pasó por encima de su cabeza, solo porque el gemelo tuvo el suficiente instinto como para agacharse y no terminar con un golpe en la cara. Pero el chino corrigió de inmediato el error y siguió atacando. Entre tropezones, Kanon apenas podía mantenerse en pie.
—¡Venga! ¡No te rindas! —Le animaron Shura y Aldebarán. Saga observaba en silencio, con una diminuta sonrisa socarrona en los labios.
—¡No seas vago! ¡Ataca! ¡Planta los pies!
—¡Eso intentó! ¡Pero ni siquiera me dejas respirar! ¡Joder!
—¡Tienes que ser más hábil! ¡Solo estas ahí bailoteando por todos lados! —La mueca de disgusto en el rostro del peliazul le resultó graciosa. Dohko se estaba divirtiendo en grande. Sin querer, una carcajada se le escapó.
—¡Te estás burlando de mi!
—¡Qué va!
Al fin, Kanon no pudo más y, con un último tropezón, cayó sentado sobre su trasero. La punta de la espada de Dohko quedó justo sobre su yugular, mientras una sonrisa enorme se dibujó en el rostro del castaño.
El gemelo se sopló los flecos. Con el índice apartó el trozo de madera de su cuello. Bufó con más fuerza cuando escuchó los silbidos y las quejas de su público. El idiota de su hermano y su corte se burlaban de él también. ¡Como si no fuera condenadamente difícil vencer al viejo! Dohko era una maestro en armas, a las cuales ninguno de ellos tenía acceso.
Para suplir esas carencias de habilidades físicas estaba su cosmos. Pero, aparentemente, no estaba permitido en aquel entrenamiento con armas.
—Aplícate, o la próxima vez que no tengas cosmos, estarás muerto.
—Sí, sí. ¿Sabes? Aioros ya intentó esto y fracasó rotundamente—espetó. Si el arquero había resultado fastidioso, Dohko lo era más.
—¿Eso es verdad, Aioros? —Ambos voltearon a donde estaba el castaño. Shura, Aldebarán y Saga hicieron lo mismo. Pero él estaba completamente ausente, con la cabeza en otro lado. —¿Aioros?
El Santo de Sagitario ni siquiera les prestó atención. Miraba atentamente un poco más allá, donde la puerta de madera del patio de armas se había abierto y un grupo de jinetes entraba a toda prisa, levantando el polvo a su paso.
Su concentración era tal, que los demás no pudieron más que mirar con atención aquello que contemplaba.
—Oye, Dohko te está hablando. —Saga insistió. Torpemente, Aioros reaccionó.
—¿Eh?
—Olvídalo. Te has perdido el momento.
—Lo siento. Estaba distraído.
—Sí, ya vimos. —El peliazul sopló sus flequillos. Meneó la cabeza con desaprobación, pero prefirió no decir más al respecto.
—Deja el asunto, Aioros.
—¿Cuál asunto?
—Lo sabes bien—replicó Dohko. Sabía que la mente del arquero estaba encaprichada con Asterion y, sospecha al igual que Aioros, que el grupo de recién llegados era el que había escoltado al joven príncipe al destierro. —Ya hablamos de ello.
—¡Pero no estoy haciendo nada!
—Qué pésimo mentiroso eres—intervino Kanon—. Todos sabemos que los ojos se te fueron tras el escuadrón que ha llegado. Y también sabemos cuál fue la misión de la que regresan. Así que deja de hacer el idiota, o harás que nos maten. —Le lanzó la espada de madera que Aioros atrapó, no sin mostrarle un severo gesto de reproche. —Anda, enséñanos que tan bien puedes manejar al viejo.
Cerró las manos sobre la empuñadura de la espada. La apretó tan fuerte que sus dedos palidecieron. Después esperó, hasta que la primera estocada de Dohko dio la pauta para el entrenamiento.
Aioros no era ningún torpe en el manejo de las armas. De hecho, era bastante bueno. Sin embargo, a pesar de la diferencia de tamaños, la técnica del Santo de Libra superó a la suya. Tras detener un par de golpes, intentó atacar por arriba, pero el chino se las ingenió para esquivarle. Entonces, decidió ir al otro extremo y atacó sus piernas. Dohko saltó, sorteando el ataque una vez más. El arquero maldijo. Con sus casi trescientos años a cuestas, el viejo era condenadamente ágil.
—¡Cuida tu cabeza, niño! —Le escuchó decir, antes de que tuviera que agacharse para que la madera no impactara contra su cara. —¡Y cuida también tu corazón!
Con un movimiento rápido, Dohko giró y golpeó el pecho del arquero con el pomo de la espada. El golpe fue seco y potente. Lo suficiente para sacarles de balance y hacerlo caer al piso.
Aioros se llevó la mano al pecho y sobó el punto donde la espada le había impactado. Levantó la mirada, acusadora y fiera. Pero Dohko ni siquiera se inmutó.
—Un gran corazón es como una espada de dos filos—dijo—. Puede dar vida a maravillosos milagros, o pavimentar el camino para las grandes tragedias.
-Continuará…-
NdA: ¡Aquí estoy!
No tan tarde como en otras ocasiones, pero tampoco tan pronto que hubiera querido. El capítulo estaba listo desde el viernes, pero desafortunadamente no tuve tiempo para responder a sus reviews y detesto actualizar sin responder a sus comentarios. Después, ayer sábado, FF estuvo caído y no tuve oportunidad de actualizar. Así que hasta hoy fue. Sin embargo, estoy satisfecha. He podido mantener este fic actualizado, así como también he tenido la oportunidad de continuar con otras de mis historias :)
Quisiera explicar rápidamente mi versión del mito de Pasifae y el Toro de Creta. Primero diré que el mito narra que Pasifae se enamoró del Toro, se acostó con él y concibió al Minotauro. Lo cierto es que, además de ser imposible concebir con un toro, la historia me resultaba demasiado bizarra como para escribir sobre ella. Así que he cambiado algunos detalles y hacerla a mi mod.
En esta historia, como habrán leído, he decidido que la relación entre la reina y el Toro sea puramente una mentira, un calumnia. Todo vendrá derivado del nacimiento de un niño con deformaciones. Hasta ahora, según he investigado, creo que lo más parecido a lo que he imaginado, es el Síndrome de Proteus, mejor conocido como la enfermedad del hombre elefante. No ahondaré más en el tema, porque tampoco soy médico. Simplemente es una referencia, así que disculparán si no he acertado. Pero siempre pueden recurrir al buen Google para leer más al respecto. Dicho esto, espero que todo quede aclarado.
¡Ah! Y las flechas malditas están en acción. ¿Quién será el siguiente en caer? ¿Apuestas?
Y, bueno, confesaré: no pude resistirme a un momento hardcore-fan. El domingo pasado, mis Patriotas ganaron el Super Bowl. Así que, en homenaje a tres jugadores realmente importantes en el juego, les he dado nombre a mis tres nuevos mercenarios… al menos un guiño al respecto xDD Les dije que era un momento hardcore-fan u_u'
Por último, a mis lectores que me regalan comentarios, ¡gracias! Spring Surprise, Mariana Elias, Minelava, Zerz, Kaito Hatake Uchiha, La Dama de las Estrellas, Kisame Hoshigaki, Sekmeth Dei, Sagitariusgirl, Pyxis and Lynx, Altariel de Valinor, Guest, Doncel. Fera07, Jabed, O-Mac, marlys, Artemiss90, LinSaintSeiya, Anns y kriziaprincesa de la luna, sus replies llegarán a sus correos, o bien, en mi perfil. ¡Gracias por escribirme!
Nos leeremos en el siguiente capítulo. ¡Hasta entonces!
Sunrise Spirit
