No convencional

Suzumeda Kaori Out of Character
Disclaimer: personajes no son míos


La vida siempre puede afrontarse cómicamente. Alguien me lo dijo alguna vez, no he podido olvidarlo.

Inició con un comentario bobo que trajo a luz pequeños roces y fisuras acumuladas, que mutaron en una discusión no tan boba, y siguió escalando, ramificándose hasta peleíllas jamás cerradas, y se transformó en una guerra nuclear. Era como si buscáramos, ella y yo, motivos para hacernos daño.

A Yukie no le costaba nada lavar sus platos sucios acabado de comer. Pero ella dejaba sus trastos acumularse por días, a veces semanas, y cuando llegaba a su casa, su cocina entera pedía a gritos una lavada.

Ya le había dicho a Yukie que a mí no me gustaba limpiar, pero la suciedad me gustaba mucho menos, y que sentía que lo hacía a postas. Ella lo negaba. Que era su casa, que el problema era mío, y me acusaba de controladora. «No son solo los platos, Yukie», intentaba que me comprendiera, «es todo lo que hago por ti, sin recibir nada a cambio». Cada vez que la visitaba, me convertía en su empleada doméstica. Le hacía la colada, limpiaba las ventanas, aspiraba. Era yo quien ordenaba su cama cada vez que pasaba la noche en su piso, y era yo quien preparaba el desayuno para ambas, al otro día.

Yukie insistía que el problema era mío. Dijo que yo no tenía por qué ir a su casa a ordenar o preparar desayunos, y que estaba harta. Me impactó que fuese ella quien estuviese harta. Entonces ambas nos volvimos locas.

Tras destruir su propia vajilla, dijo que no podía más, y que se acababa.

—De acuerdo —respondí ahogando mis lágrimas. Agarré mi chaqueta de mezclilla de su perchero, le arrojé la copia de llaves de su departamento, y me debí ir a casa a hacer la colada, o a continuar mi trabajo de patchwork mientras veía una serie de Netflix como cada noche de sábado, pero me detuve en un bar. Me vinieron a la mente aquellas ideas que solo se piensan con unas copas de más. Yukie nunca me había querido. Me utilizaba, me merecía. Debía hacerle daño a Yukie, vengarme. Tantos años perdidos con una misma mujer, y me dejaba porque le dije que lavara sus putos platos sucios.

Me tragué el gintonic y llamé a ese joven que babeaba por mí en preparatoria. Llegó apresurado, el muy patético. Luego de unos tragos, hicimos el amor en un baño.

. . . .

Desperté en mi casa con el aliento pútrido y una cefalea crítica. Oí ruidos en la cocina. Yukie, apoyada en el umbral de mi puerta, sostenía una bandeja con tostadas y jugo de naranja.

—Sé que soy horrible, y que no te merezco, lo sé. Sabes que las cosas en el trabajo han estado tensas, están reduciendo personal y… no es excusa lo sé, no tienes al culpa de que yo sea un desastre. Desde ahora, te prometo que fregaré cada vez que use algún cubierto, y… toma —me regresó la copia de llaves—, por favor vuelve conmigo.

Tomé las llaves, recibí la bandeja.

—¿Qué haces aquí, Yukie?

—Me llamaste, ¿no recuerdas que me llamaste?

—Es evidente que sufro la resaca más grande de mi vida. ¡No! ¡No recuerdo nada!

—¿No quieres volver conmigo? ¿Es eso? ¿Me dejas solo porque no limpio mis platos sucios?

Observé la superficie del jugo de naranja.

«No son solo los platos», comprendí con la angustia lacerándome el pecho, «por donde vayas, Yukie, es como si te siguiera un tifón. No podemos hacerlo funcionar. Tus modales brutos me avergüenzan, tu costumbre de hablar con la boca llena, tu manera extravagante de reírte usando todo tu cuerpo, tu imprudente forma de conducir, tus inseguridades que me sacan de quicio, o que solo oigas lo que te conviene oír. Eres un espíritu caos, yo no. No fue una discusión solo por tus platos sucios, Yukie, ¿por qué no te das cuenta? Cada vez que surge algo pequeño, discutimos, ¿de verdad que no te das cuenta?»

Pero…

—Tonta, eres tonta, claro que quiero volver contigo.

No sé por qué dije eso.

. . . .

Cinco semanas después, me armé de coraje, entré a la farmacia, y compré un predictor de embarazo.

Sentada en el excusado, con las bragas por los tobillos, esperé cruelmente mi sentencia.

Tenía muchas ganas de llorar. Siempre fui ordenada y cuidadosa, prolija en los detalles. Pero nunca tuve un plan. Mi orden enmascarada el desorden interno en el que me hallaba sumida. Carecía de motivaciones, propósitos.

El predictor dio su sentencia. Ay, Yukie, a ver cómo te explico esto…

Me pasé las manos por los ojos, tratando de borrar las lágrimas. De mi garganta afloró una risa cruel y desabrida que heló mi sangre y mis propias lágrimas.

La vida siempre puede afrontarse cómicamente. Creo que fue Bokuto quien lo dijo.

. . . .

Agendé cita con el ginecólogo, me pareció lo más adulto de mi parte. Tenía veintiséis años, compraba verduras por voluntad propia en un mercadillo orgánico y acababa de meterme en una hipoteca, o sea, todo lo que simbolizaba la vida adulta. Debido a mis elevados gastos, busqué en internet al ginecólogo más barato.

Debía ser un error. A mí me gustaban las mujeres, no los hombres. Mi sistema reproductor no debería saber qué hacer con espermatozoides. Con una fe casi ciega, daba por hecho que mi útero desintegraría a esos bastardos extraviados. Además, no llegué al orgasmo. En algún lado leí que era imposible quedar embarazada sin un orgasmo de por medio, y que los úteros lésbicos eran tan ácidos que destruían instantáneamente a los espermatozoides extraviados que osaran penetrarlos.

Le dije todo esto al ginecólogo barato. Su mirada derrochaba una mezcla de indulgencia y condescendencia por la cual yo no había pagado.

—¿Usted tuvo clases de educación sexual, cierto?

—Las tuve, sí. Por supuesto que las tuve. Saqué un extraordinario.

Entonces recordé esas clases. Si no dormitaba sobre mi pupitre, dibujaba corazoncitos con el nombre «Yukie» en ellos. Al momento del examen, le copié las respuestas a Akaashi. Ambos aprobamos con sendos extraordinarios.

En mi defensa, no tenía caso poner atención. Esas clases de educación sexual solo tocaron el tema de las relaciones entre aparatos reproductivos femeninos con aparatos reproductivos masculinos. En ningún momento se habló de dos vaginas atraídas entre sí. A mí me gustaba Yukie. Las clases de educación no me enseñaron cómo afrontar que a mí me gustaban las chicas, hasta que Akaashi me enseñó los mangas yuri.

—¿De verdad no hay ningún error? Es que no puede ser, simplemente.

—Pues no hay ningún error, señorita Suzumeda, todo indica que usted está embarazada. El único error fue no haber tomado precauciones si es que no lo esperaba.

Acudió a mí otro recuerdo de esas clases de educación sexual. Algo que me repitió Akaashi hasta el cansancio. Debía cuidarme siempre, independiente de las probabilidades de embarazo, por las ITS, porque las infecciones no discriminaban por orientación sexual, a diferencia de las personas. El miedo congeló mis extremidades.

Al ver mi cara, el médico dijo:

—Le voy a pedir estos exámenes de sangre, solo para descartar…, no se asuste, es mero procedimiento.

Me sentía embarazada y contaminada. Me faltaba el aire. El médico me ordenó bajar la cabeza y respirar profundamente. Garabateó la orden médica y me sacó de su consulta apenas recuperé la sensibilidad de mis extremidades.

La mañana siguiente, en ayunas, le ofrecí a una enfermera mi brazo tembloroso, y no fui capaz de vivir hasta que recibí los resultados. Esta vez los dioses se apiadaron de mí. Al parecer, yo solo estaba embarazada.

. . . .

Corroborado mi embarazado y mi ausencia de alguna ITS, no me quedaba más que darle las noticias a mi novia.

Traté de hacerlo gracioso. Preparé la típica rutina de la buena y la mala noticia. Mi intención era soltar las novedades durante los postres. Compré un cheesecake crudivegano porque era saludable y estaba de moda.

Yukie observó su porción con recelo. Me aclaré la garganta.

—Qué prefieres que te diga primero: la buena noticia o la mala noticia.

—Oh no, vas a romper conmigo, ¡otra vez!

—¿Cómo? No, Yukie, no saques conclusiones precipitadas, y dime qué noticia prefieres oír primero

—No vengas con eso. Solo dime por qué rompes conmigo esta vez. Se valiente y dime de qué se trata.

—Yo no quiero romper contigo en, de eso se trata precisamente, de que no quiero romper contigo.

—¿Entonces por qué has estado rara y esquiva los últimos días? ¿Tan tonta me crees? Llegas con este crudinosequé imposible de tragar y me pides que elija una noticia. Me doy cuenta cuando quieres romper conmigo.

—De acuerdo, te lo diré solo porque has estropeado el juego completamente. La buena noticia es que no tengo ninguna ITS, la mala es que estoy embarazada, ¿feliz?

—¿Disculpa?

—Pues lo que has oído. Crece en mi vientre un tubérculo que en nueve meses explotará y… por favor no rompas conmigo.

Yukie me quedó mirando extrañada.

—¿Estás hablando en serio?

—Por favor no rompas conmigo —repetí.

—¿Te acostaste con un hombre? ¿Me engañaste?

«We were on a break» vinieron estas palabras a mi mente, al mismo tiempo que me odiaba porque yo jamás en la vida debería estar citando a Ross de Friends, mi archinémesis. Y, sin embargo, no tenía ninguna otra excusa.

—Habíamos terminado…

—Con quién fue.

—Ni siquiera me gustó…

—¡Quién!

—Fue un castigo, completamente. No rompas conmigo.

Yukie tomó sus platos y cubiertos de plásticos, los botó a la basura, y me pidió las llaves de su piso. A continuación, llamó un Uber que me llevase hasta mi propio piso.

. . . .

Estaba embarazada, Yukie había terminado conmigo, y me atacaban las náuseas más espantosas y los antojos más absurdos.

Uno de esos días que eran espantosos y absurdos a la vez, Akaashi me hizo una visita.

—¿Qué es eso de que estás embarazada?

Me descompensé por completo.

—¡POR QUÉ TÚ SABES ESO!

—Porque Yukie se lo contó a Bokuto y… bueno, a estas alturas, probablemente lo sepa todo Japón.

—Akaashi, no me jodas, ¿te enteraste por Bokuto?

—No, por Kenma.

—¿KODZUKEN?

—Se enteró por Kuroo, quien se enteró por Bokuto. Por eso te digo que ya lo debe saber, si no es Japón, al menos Tokio. ¿Por qué no me lo dijiste?

Mi teléfono sonó.

Mi madre, que nunca me llamaba, quería oírme desmentir esos rumores de que estaba embarazada.

—No mamá, no. Estoy de ocho semanas, sí, ya mido el tiempo en semanas mamá, y basta.

—Quien es el padre.

—He dicho que basta. Si has llamado para darme un sermón, por favor, ahórratelo.

Pero si con tu abuela nos alegramos mucho. Esa relación con Yukie no iba a ningún lado: era una chica muy rara.

—Mamá, basta.

—No seas cruel y dime el nombre de ese chico afortunado.

—No sé, no tengo idea, mamá, y no es afortunado en lo absoluto.

—¿Se ha desentendido? Dime su nombre ahora que comienzo la demanda.

—No tengo idea, mamá; no tengo idea.

Colgué pese a sus protestas. Miré a Akaashi. Él preguntó:

—¿De verdad no sabes quién es el padre?

Quería responderle, pero tuve que ir al baño a vomitar. Llevaba así todo el día. Akaashi me preparó un agua de hierbas medicinales. Él decía que eran medicinales. Yo también era partidaria de los herbolarios.

Si tanto Akaashi como mi madre estaban enterados, ese chico que era el padre de mi tubérculo muy seguramente también acabó enterándose. ¿Qué podía interpretar yo de que no hubiese tratado de ponerse en contacto conmigo?

. . . .

Estos son algunos antecedentes de mi vida.

Mi padre dejó a mi madre cuando yo tenía tres años. Extrañamente, nunca lo odié por dejarnos ni le guardé rencor. Él a veces nos visitaba y dejaba dinero. Otras veces venía a buscar dinero. Sin importar el motivo de su visita, para mí se trató siempre de un acontecimiento.

Papá murió hace varios años, cuando yo cursaba mi último año de secundaria. Su hígado se negó a seguir tolerando su alcoholismo, y un buen día, se declaró en huelga y contaminó el resto de su cuerpo.

Entré a preparatoria siendo huérfana de padre. Una joven de ojos cansados y cabello violeta me entregó un volante. Me preguntó si me interesaba unirme al equipo de vóleibol. Su nombre era Yukie. Con el tiempo dejaría atrás el tinte violeta, pero sus ojos jamás se animaron.

Akaashi también jugaba vóleibol y nos sentábamos uno al lado del otro en clases. Nos queríamos como solo pueden quererse un gay y una lesbiana reunidos en un mar de heteros. Hacíamos las tareas juntos, nos compartíamos el almuerzo y éramos mejores amigos.

Hubo, eso sí, un joven que amenazó con poner nuestra amistad en entredicho. Le decían el Maestro de Nada. A mí me parecía feo y tonto. A Akaashi le parecía inteligente y guapo. Al Maestro, sin embargo, no le gustaba Akaashi, sino yo. Así fue como hicimos con Akaashi el siguiente pacto:

—¿Homos antes que heteros, Kaori?

—Homos antes que heteros, Akaashi.

Entonces, un buen día, muchos años después de sellado aquel pacto ya olvidado y rescindido, Yukie y yo rompimos, yo me harté de alcohol, llamé al Maestro de Nada, la única persona que tenía certeza de que alguna vez sintió algo por mí, y con ese gesto, traicioné a las personas más importantes de mi vida.

No era capaz de revelarle ni a Yukie ni a Akaashi la identidad del padre de mi tubérculo, si bien sabía el secreto era estúpido y deducible. Tampoco era capaz de llamar al Maestro y darle, oficialmente, la noticia.

Me dio antojo de piña. Horas después, la vomité entera. Debía empezar a cambiar el curso de mi vida.

. . . .

Después de darle un montón de vueltas, me decidí y llamé al Maestro de Nada. No me fui con rodeos:

—Mira, esto es así: tengo una ecografía mañana en la tarde, ¿me acompañas?

Me recogió en mi piso.

Si no lo sabía ya, era cosa de hacer matemáticas para que se diera cuenta que ese tubérculo era hijo suyo, y el Maestro tenía buenas matemáticas, trabajaba en una farmacéutica sintetizando drogas. Luego el técnico nos corroboró que el tubérculo era una niña. No sé por qué lloré. Él intentó tomarme la mano, la aparté.

—Puedo casarme contigo si eso quieres —me ofreció en ese lugar desangelado.

—Por favor, no.

—¿Cómo te ha ido? ¿Tu trabajo y esas cosas?

Lloré con más fuerza.

—No cargarás con esto tú sola, Kaori. No dejaré que eso suceda.

Me limpió el rostro con un pañluelo. Yo no dejaba de llorar. Regresamos a su carro. Recorrimos tiendas para comprar ropa de maternidad, y me aseguró que se conseguiría todos los medicamentos que necesitase, que no me preocupara de ello. Cuando me dejó de regreso en mi piso, tuve el impulso de pedirle perdón. No supe por qué debía pedirle perdón, pero algo en mí me impulsaba a hacerlo.

Al final, como siempre, me comí las palabras.

. . . .

Un martes visité a Akaashi en su piso. Lo que tienen los martes es que nadie espera nada de ellos. Es mejor recibir malas noticias un martes que un viernes, porque los viernes son propensos a estropearse con una mala noticia. La gente suele depositar mucha esperanza en los viernes, en contraposición con los martes. Si se trata de conversaciones complicadas, de exámenes médicos, o de malas noticias, es mejor reservarlas para un martes.

Después de salir del trabajo, pasé a comprar magdalenas y me dirigí hasta el piso de Akaashi. Un tanto furiosa, un tanto acongojada, le expliqué que había roto el pacto, y le pregunté si me odiaba. Akaashi se miró las uñas. Hizo un ademán de encenderse un cigarrillo, pero reconsideró y guardó la pitillera en el bolsillo interno de su americana.

—Cómo podría estar enojado contigo, Kaori. Si bien me ha tomado por sorpresa, aquello sucedió hace tantos años.

—¿Aunque haya roto el pacto?

—Konoha ya no me gusta. Como digo, eso sucedió hace tanto, al menos unos diez años, sería un crío si le diese alguna importancia.

—¿De verdad? ¿Es verdad que no te importa? ¿Acaso Konoha-kun no te gustaba muchísimo?

—Incluso si fuera cierto que todavía removiese algo en mí (por cierto, no), la felicidad es algo más complejo que una eventual pareja romántica, mucho menos como para atribuírselo a con quién se cuesta Konoha. Si fuera cierto que todavía me gusta (y te repito que no), el que se haya acostado con otras personas no necesariamente es factor de que yo no le guste (aunque en este caso, sí: yo por fuerza no le atraeré nunca), y si sé que él no siente nada por mí (esto sí es cierto), lo mejor que puede hacer una persona que tiene como objetivo alcanzar la felicidad, es seguir adelante. Es lo que he hecho estos diez años, y aunque duermo poco y fumo como chimenea, creo que me va bien.

—No sé si te he entendido, como siempre, eres muy complicado al hablar.

—No me importa que estés esperando una niña de Konoha. Seguro no era plan de nadie, pero ya no hay tiempo para lamentarse. El tiempo está corriendo. Él es guapo e inteligente, son buenos genes. Unido a los tuyos, tu niña será espléndida.

—Eres mejor amigo que yo, y te lo has tomado mejor que Yukie. Por cierto, ¿has hablado con Yukie? —era lo que más ansiaba preguntarle.

Akaashi pareció contener el aire. Su mirada barrió las paredes de su habitación, cubiertas de estanterías repletas de libros, como tratando de hallar, en alguno de esos libros, las palabras adecuadas.

—¿Akaashi? ¿Sigues ahí?

—No vuelvas con Yukie-san solo porque estás triste, Kaori —había un ruego oculto en esa petición. Instintivamente acaricié mi abdomen, como si quisiera taparle los oídos a mi niña.

—No «solo estoy triste», Akaashi. Por supuesto que yo no volvería con nadie por una razón tan egoísta.

—Tu relación con Yukie-san ya está lo suficientemente maltratada como para seguir agujereándola.

—¡Qué dices!

—Tú sabes de lo que hablo. Kaori, si vuelves con Yukie-san una vez más, precisamente ahora, te quedarás sin ningún buen recuerdo que conservar. Y con Yukie-san vivieron un montón de recuerdos. No se desgasten.

—Se acabaron las citas para mí…

—Por supuesto que no.

—Quizá deba conformarme con el Maestro y, no lo sé, casarme…

—Tampoco hagas eso. Kaori, no estás pensando con claridad. Es cierto que tendrás más responsabilidades y gastos que afrontar. Te cambiará el cuerpo, tu tiempo libre se verá increíblemente reducido, acaso tendrás alguno…

Akaashi continuó enumerando un montón de defectos y contratiempos que, en lugar de desanimarme, me sacaron por fin una sonrisa.

Entendía lo que trataba de decirme Akaashi.

Como fuera mi situación, nunca podría librarme de los «peros». Siempre habrá más contratiempos, más aspectos negativos que positivos. Debía lidiar con ello.

Nos abrazamos. Quería mucho a Akaashi. Y lo mejor, era que él también me quería a mí, de la misma manera.

. . . .

La charla con mi madre no era algo que yo pudiese postergar indefinidamente. Entre vivir con miedo día a día temiendo su aparición fantasmagórica en mi piso, a acordar una cena en un restorán elegante, al menos tenía la certeza de que, si me hacía llorar, ella se haría cargo de la deuda. Intenté quedar con ella un martes. Al final, nos reunimos un viernes.

Me atavié con mi mejor black dress y unos tacones altos, considerando que todavía no perdía el tipito y mi cuerpo era lo único que producía envidia a mi madre. Nada más verme, de pie en la recepción del hotel, me dijo:

—Aprovecha estos días que todavía eres guapa, especialmente esos zapatos, que pronto se te hincharán los tobillos.

Y tras evaluarme de arriba abajo, me saludó de dos besos, como era su costumbre.

No pude deducir si estaba irritada, decepcionada, o si realmente le hacía ilusión la idea de ser abuela. La pasivo agresividad era una especie de sello en ella.

Como de costumbre cada vez que solíamos comer en restoranes caros, mamá ordenó por mí. Lo que más le interesaba era la identidad del padre de mi niña, si ya había sentado cabeza y si había dejado atrás «la moda del lesbianismo». Lo peor era afrontar sus quejas estando sobria y soltera. Si tuviese novia ella no tendría mucho que objetar, pero al estar sin pareja, era como si mis argumentos carecieran de validez, y a ojos de mamá, me consideraba disponible para cualquiera de sus candidatos.

—No es una moda, mamá, cuántas veces se lo he repetido. Me enamoro de las mujeres. Me gustan las mujeres. Mi relación con Yukie fracasó, pero no porque ella sea mujer, sino simplemente no funcionó, y ya está.

—Dices que te gustan las mujeres —dijo haciendo comillas—, pero también te acuestas con hombres.

No me atreví a mirarla a la cara.

—Fue… un error, mamá. Las personas cometemos errores.

—No Kaori. Cuando una mujer se convierte en madre, deja de tener errores, porque los errores se enmiendan con disculpas, y eso ya no vale para nosotras. Todo lo que tendrás a partir de ahora, serán responsabilidades y consecuencias. Tu niña no es un error. Pero si no quieres afrontar más consecuencias, deberás buscarte un marido. Hablemos de la boda. Si nos apuramos, nadie se dará cuenta que estás… bueno, antes de que empieces a engordar.

—No me casaré, mamá. Yo criaré a mi niña.

Mamá alejó su copa de ella. Su expresión y su tono de voz calmados se inyectaron de una frialdad que erizó los vellos de mis brazos.

—Trágate el orgullo alguna vez, hija. No te corresponde, en tu situación, ser orgullosa. Te he dicho que, desde ahora, solo afrontarás responsabilidades y consecuencias, y si te abres de piernas de manera tan irresponsable, tienes que afrontar las consecuencias. Tú más que nadie deberías saber que una niña necesita un padre, porque luego se desvían y acaban como tú has acabado. ¿Eso es lo que quieres para mi nieta? ¿Qué todo el mundo comente a sus espaldas que se lía con chicas como una degenerada pero que igual se acaba embarazando de cualquier desgraciado? Ya no te corresponde tomar decisiones pensando en ti.

Con los ojos llenos de lágrimas, me abracé el vientre, incapaz de mirar a mamá a la cara.

—No.

—¿Disculpa?

—No —repetí, y tomando aire, la miré al fin a los ojos, fríos como el hielo, severos—. Usted más que nadie debería saber cómo acaban los matrimonios sin amor.

Sin perder su elegancia ni el aplomo, mamá me cruzó la cara de una cachetada. Ninguna ordenó postres o café. Con el viernes estropeado, regresé a casa a tragar dos litros de helado.

. . .

Según redes sociales, Yukie había empezado una relación con una muchachita más joven que yo. Faltó poco para que llamase al Maestro, me contuve.

Le anuncié a mis colegas de trabajo que estaba embarazada. A diferencia de mi madre, nadie se atrevió a hacer preguntas, ni a comentar absolutamente nada. Me habría sentido más cómoda si alguien hubiese hecho algún comentario. Sentía los cuchicheos seguirme donde fuera.

Al salir del trabajo llamé a Akaashi. Peleaba con un mangaka por el otro lado del teléfono. Me prometió devolverme el llamado, no lo hizo.

Me hubiese gustado embriagarme. Mientras pasaba por las fotos que había compartido Yukie, una sensación de injusticia me abordaba. No me gustaba verla con otra mujer y constatar cómo de rápido me había superado. Era como si no lamentase haberse separado de mí. Como si yo, al quedarme embarazada, le hubiese dado, por fin, la excusa que necesitaba para no volver a recaer en esa relación estropeada que arrastrábamos.

Hubo un tiempo en que realmente me gustó. Los últimos meses juntas no fueron agradables. Era como si solo deseáramos hacernos daño. Como si, en el dolor, encontrásemos la vitalidad perdida. Por eso era tan doloroso ver a Yukie con la sonrisa recuperada, junto a otra chica.

Descargué una aplicación de citas. Escribí en mi profile: «Kaori, lesbiana y embarazada, busca a una chica sin miedos, que no tenga nada claro en la vida».

No tuve muchas respuestas, pero no podía culparlas.

. . . .

Su nombre era Yachi Hitoka. Fue de las pocas en responder mi solicitud. Decía recordarme de preparatoria. Otra cosa que dijo, menos alentadora, fue que sus colegas de trabajo la obligaron a crearse una cuenta, y que si bien no buscaba ninguna clase de relación (de ningún tipo, fue increíblemente enfática), le había dado gusto saber de mí, y que siempre podíamos conversar.

Repetí su nombre varias veces, tratando de recordar porqué su nombre y su foto de perfil se me hacían tan familiares. Al fallarme la memoria, recurrí a Akaashi.

—Ah, Yachi-san, por supuesto, una mánager de Karasuno. La pequeñita, la que usaba estrellitas en el cabello.

—Sí, tienes razón, la recuerdo.

Se me vino a la memoria la imagen de una joven menuda, propensa a las crisis de ansiedad, que corría de un lado a otro transportando caramañolas más grandes que ella. La foto de perfil en la aplicación de citas, en cambio, revelaba a una mujer hecha y derecha, bastante guapa, con un impecable gusto en moda.

Fue Akaashi quien me animó a escribirle. Como me negaba, capturó mi teléfono y respondió en mi nombre.

«Hola Hitoka-chan, qué agradable tener noticias tuyas, ha pasado tanto tiempo desde la última vez ¡te has puesto tan guapa!»

—¡No le escribas eso! ¡Ha sido increíblemente enfática en no querer ninguna relación, de ningún tipo!

—Pues, lo lamento, ya lo he enviado.

Y el desgraciado siguió escribiendo.

«No estoy flirteando contigo ni nada. Solo quisiera hablar también. Cuéntame qué ha sido de ti, de todo tu equipo. Honestamente, especialmente en estos días, me hace falta alguna amiga»

—¡Keiji te odio!

Pero, para mi sorpresa, la pequeña Hitoka respondió a mis mensajes, casi instantáneamente, y sin darnos cuentas, de pronto eran las tres de la mañana y los mensajes fluían como un río que transporta agua de los deshielos.

. . . .

Una cosa que me escribió Hitoka, fue que ella también creció sin padre.

En su caso, nunca lo conoció. La curiosidad que sintiera de pequeña se había diluido con el tiempo, y ya no estaba interesada en conocerlo. Para Hitoka, su madre era también su padre. No necesitaba más familia.

Aquellas palabras me afectaron profundamente. Ya empezaba a notárseme la barriguita, pero no lo suficiente para parecer embarazada, sino hinchada. Mis tobillos también lucían hinchados, y ya no podía usar tacones, solo deportivas.

Hice las paces con mi madre. Le pedí que respetara mi decisión, cual sea que tomara. No me casaría, pero tampoco dejaría a mi hija creer sin su padre.

—Yo sé que para usted todo esto sonará muy extraño, pero será así. El padre de mi niña no va a desentenderse, porque él es así. Hasta ahora ha sido muy atento y me ha apoyado en todo lo que he necesitado, y no estoy pecando de ingenua, pero sé que seguirá apoyándome.

»Sin embargo, si no llegase a funcionar, encontraré una manera, así como usted encontró la suya.

Los ojos severos de mamá se aguaron momentáneamente.

—Si necesitas dinero, o lo que sea, hija no seas orgullosa y házmelo saber.

Ella, por supuesto, nunca pedía perdón. Mamá solo sabía asumir responsabilidades y consecuencias por sus actos. La abracé, le dejé un beso en la mejilla, y prometí llamarla más a menudo.

. . . .

Otro martes, por consejo de Hitoka, me reuní con el Maestro de Nada en un café, a aclarar las cosas.

Me quedé un momento de pie al otro lado de la vitrina, para observarlo a la distancia. Konoha leía despreocupadamente unos documentos, mojando sus labios cada tanto. Quizá percatándose de mi presencia, alzó el cuello hacia la ventana. Lo saludé con la mano. Sus ojos me sonrieron de vuelta y, rápidamente, reunió todos sus papeles y me acercó una silla.

Sin querer, quizá por no estar habituado a mi nuevo diámetro, su dedo rasgó sin querer mi panza abultada. Retiró la mano, avergonzado.

—Está bien, no seas tímido, puedes tocar si quieres.

Volvió a posar sus manos en mi vientre. Sus ojos se abrieron de la sorpresa al descubrir otra vida allí dentro.

—Cuanto…?

—Digamos que unos cinco meses más o menos, Más «más» que «menos», ¿ya ordenaste?

—Me sorprendió que eligieras este café —dijo él, acercándome la carta—, había tantas opciones que no conocía que me costó elegir, al final he terminado pidiendo un muffin vegano de poroto negro. ¿Ahora eres vegana entonces? ¿Es por el embarazo o hay otra razón?

—No, no realmente —no era vegana ni de cerca, pero estaba segura de que Yukie no se aparecería en un lugar así—. Konoha-kun, yo…

Podía oír la voz de mi madre regañándome por negarme a casarme con aquel chico que ya se me había prometido.

—Lo siento por involucrarte en esto —dije al fin.

Sus ojos rasgados volvieron a sonreírme.

—¿Por qué lo haces ver como si solo fuese tu culpa? No sé si lo recuerdas, pero yo también estuve allí…

—Sabes a lo que me refiero. Te llamé por las razones equivocadas —insistí, necesitaba atribuirme toda la culpa—, acababa de terminar con Yukie y…

—Basta con la autocompasión —me regañó—. Ambos tomamos decisiones imprudentes aquella noche, dejémoslo así.

Hizo ese gesto de pasarse una mano por el cabello, revolviendo su flequillo.

La camarera, que se había mantenido al margen oyendo nuestra conversación, por fin se acercó a rellenar el café de Konoha y a tomar mi pedido.

—Lo mismo que él —dije sin siquiera ojear la carta—, es un chico con buen gusto, al fin y al cabo.

De su maletín, Konoha extrajo un montón de medicinas y vitaminas que, en sus palabras, me ayudarían a sobrellevar el embarazo.

—¿Hacen pruebas en animales? —lo tanteé, solo por molestarlo.

Nos reímos mucho. No fue un mal martes, después de todo.

. . . .

Además de tener la costumbre de mojar sus labios y pasarse una mano por el cabello, Konoha tenía otras particularidades más. Cada vez que quedábamos, iba descubriendo los detalles de su vida ahora que era adulto.

Trabajaba entr horas diarias en la farmacéutica. No trabajaba en un laboratorio mezclando reactivo y haciendo cultivos de bacterias como yo me habría imaginado, sino que trabajaba frente a un computador programando y analizando datos.

Los días de semana despejaba el tedio laboral bebiendo alcohol con los colegas. Los sábados por la tarde jugaba vóleibol con estos mismos colegas. Los domingos intentaba ocuparse de los quehaceres domésticos que no podía realizar en la semana, pero finalmente, por mucho que lo intentara, dormía 14 horas y no lograba tachar nada de su lista de pendientes. Se pasaba las tardes saltando por páginas de internet, navegando tanto por sitios de citas como por tiendas de deportes outdoor, sintiéndose miserable e improductivo.

Yukie también era ese tipo de persona que intentaba hacer productivos sus fines de semana, sin lograrlo. Yo llegaba esos días con mi kit de limpieza y le hacía la colada, aspiraba, trapeaba el piso, ordenaba sus cajones, y le dejaba comida hecha para una semana. Estuve a punto de ofrecerle a Konoha mis servicios, me arrepentí.

. . . .

Asistí a uno de esos partidos de vóleibol, más que nada, para recordar cómo jugaba.

Le llamábamos Maestro de Nada porque era muy hábil en todo lo que hacía, si bien no era el mejor en nada. Tenía muy buenas notas, no las mejores. En los deportes también le iba muy bien, especialmente en vóleibol. Su versatilidad le fue muy útil al equipo. No eran solo sus habilidades deportivas, también estaba su carisma natural, y la manera en que soltaba cuchillas a los adversarios para picarlos, lo que convertía a Konoha en alguien indispensable para el equipo.

Reviviendo los días pasados, tomé aire le grité a Konoha desde las tribunas:

—¡Antes eras capaz de llegar a ese balón! ¡No seas holgazán y arrástrate!

Varios rieron.

Se me acercó una joven muy atractiva, de largo cabello negro y enormes ojos.

—¿Tú eres la amiga de Konoha-senpai? —dijo dirigiendo su mirada a esa panza antes que se me asomaba indiscreta sobre el pantalón.

Comprendí rápidamente qué quería decir con aquello de «la amiga de Konoha-senpai». Acaricié a mi niña que nadaba en mis entrañas, buscando las palabras.

—Nosotros no… Soy Kaori, puedes llamarme Kaori.

—¿Cuál es exactamente tu relación con Konoha-senpai? —lanzó su pregunta como expelida de sus labios, incapaz de guardarla por mucho más tiempo. Antes de ser capaz de darle una respuesta, siguió atacando—. Por favor, deje de entrometerse y de burlarse con mi senpai.

—Solo fue una bromita de viejos amigos.

—No me ha entendido. Comprendo que quieras darle un padre a tu cría, pero te pido que te alejes. No haces más que dañarnos.

—¿Quién eres tú?

No se molestó en darme respuesta.

. . . .

Fue Hitoka-chan quien me avisó que vendría a Tokio por asuntos laborales, y si acaso me apetecía que nos reuniéramos en alguna cafetería a la hora de almuerzo. Al final quedamos en un local de bentos.

Hasta entonces solo nos habíamos escrito y conversado por teléfono. Por las fotos de sus redes sociales inutía que Yachi Hitoka era una joven de ademanes elegantes y refinados, si bien yo la recordaba como una chiquilla insegura y nerviosa.

Comprobé que Hitoka era ambas personas. Con elegancia cruzó sus tobillos al sentarse y como si sus movimientos fuesen líquidos, rompió con agilidad el envoltorio de sus palillos descartables, e imprimiendo apenas fuerza en los pulgares, logró separarlos exactamente por la mitad.

Sin embargo, hablaba con rapidez, con los ojos muy abiertos, y se disculpaba cada dos por tres. A mí me daba mucha risa, pero también ternura.

—No te disculpes tanto —la regañé—, y dime, ¿se te ocurre qué debería hacer? Me estoy entrometiendo en alguna clase de relación, ¿cierto? Es obvio que mi relación con Konoha-san no es romántica, pero de todas formas, el que tengamos esta relación le espantará a Konoha a sus posibles novias, y no es justo.

—Kaori-san, pero por qué no lo has hablado aún con Konoha-san. Solo oíste las palabras de esa joven y sacaste tus propias conclusiones, y a lo mejor no es lo que piensas.

—¿Podría ser otra cosa?

—No lo sé. Nunca se conocen todas las versiones hasta que se habla con todas las personas.

—Era su novia, sin dudas. Solo una novia se atrevería a decir aquello. No debí interponerme.

—A veces nuestras novias son las inadecuadas… quiero decir… a lo mejor esa relación no va como crees, y no te estás interponiendo en ningún sitio.

—¿A qué hora es tu reunión?

—Todavía me queda tiempo.

La invité a que diéramos unas vueltas por el parque a tres calles. El ginecólogo me animaba a caminar, y la compañía de Hitoka me era muy agradable. Era una joven nerviosa y, al mismo tiempo, refinada, que se atrevía a decir lo que pensaba.

. . . .

—La vida siempre puede afrontarse cómicamente —me dijo Bokuto-san ese día que vino de visita.

También me dijo que estaba enorme como un globo y yo lloré porque mi físico era algo muy importante para mí. La gente cree que por ser lesbiana he logrado vencer todos los estereotipos de belleza, pero no es cierto. Soy una pésima feminista. Mi felicidad se sustenta en mi talla del vaquero y los centímetros de mi cintura, y es horrible ya no tener cintura.

—¿Cómo puedo afrontar cómicamente el hecho de que no hago sino engordar y engordar?

—Los globos aerostáticos son muy cómicos.

—Tú no tienes buen gusto para la comedia. Tú crees que Friends es gracioso.

—¿No eras tú la que recitaba todos los diálogos en la escuela?

—Sí, antes de que supiera que era machista y homofóbico, déjame en paz. A qué has venido.

—Déjame ver esa enorme barriga que tienes, oye, pero no me lances cosas.

—¡Te quiero fuera de mi casa!

Se las ingenió para seguir dentro, por muchas manzanas y toronjas que le lancé a su odiosa cabezota.

—De acuerdo, de acuerdo, era una pequeña bromita, no te enfades. Vengo a que hablemos de Konoha.

—¿Te mandó Konoha-san a que hablaras conmigo? No hay nada de qué hablar. Su novia no me quiere cerca y ya está. No sé por qué no me lo dijo. No hago más que pasar vergüenzas, es horrible. Yo no soy la otra, ¿sí? Odio ser la otra.

—Esa bruja no es su novia. Kaori-chan, en el fondo sabes que esa bruja no puede ser su novia. Es una bruja. Konoha-san no sale con brujas, sino con hechiceras.

—¿Cuál es la diferencia?

—Las brujas se comen a los niños, pero las hechiceras son geniales, como Hermione Granger.

—Bokuto, ¿a qué has venido?

—Sé que no es agradable para ti, pero escúchame: ni siquiera lo hablaste con Konoha. Le creíste a esa bruja y él ni sabe. Es horrible llegar a adulto y tener tantos problemas románticos ¿no crees que es horrible? A Konoha le pasa algo que por ejemplo a mí nunca me ha sucedido, y es que tiene muchas chicas que lo pretenden, y algunas están locas, pero bien locas.

—Es que lo he reflexionado, ¿sabes? Él no se habría dejado… o sea que nosotros no… en fin, él acudió a mi llamado. Tuvo que haber un motivo. Hay una chica que le gusta, lo sé. Yo solo estoy dándole una excusa.

—Sí, sí, exactamente, hay una chica, siempre hay una chica.

—¿Quién?

—Una novia que tuvo en la facultad. Ella se fue a Alemania a continuar sus estudios de postgrado y Konoha intentó que les funcionara la distancia. Incluso hizo arreglos para conseguir un trabajo en Frankfurt. Se iba a ir y todo. Lo tenía todo preparado. Y, de pronto, rompieron.

—¿Por mí?

—No, tú llegaste después. Kaori-chan… Su novia lo quería, realmente lo quería, pero allá en Alemania se enamoró de alguien más, y tuvo la decencia de decírselo a Konoha. Son cosas inevitables.

»No seas orgullosa, Kaori-chan. No le quites la palabra por una bruja. Hace unos meses Konoha estaba muy triste. No lo sabes, pero le has devuelto las energías. Tú y tu niña le han recordado que hay que seguir adelante.

—No es orgullo. Es que… realmente no me quería entrometer. Debí haber hablado con él, ¿cierto? Hitoka-chan dijo lo mismo…

Bokuto se carcajeó con muchas ganas.

—¿Hitoka-chan? ¿Te refieres a la menudita del Karasuno? ¿Son amigas?

—Es…

—Oh, ¿te gusta, cierto?

—¡No! Solo somos amigas…

—Pero te gusta, ¿cierto?

Volví a lanzarle manzanas y toronjas a su estupidísima cabeza de búho loco. Me agarró del brazo tomándome por sorpresa, y me arrastró fuera de mi piso. Pasamos a un almacén a comprar golosinas, sumamos a Akaashi, y llegamos los tres, los cuatros si contamos a mi niña, a animar a Konoha.

Hablamos de todo un poco hasta que se nos hizo tardísimo. Nadie quiso creerme que a mí no me gustaba Hitoka. En algún momento, yo tampoco llegué a creerme todo lo que decía.

. . . .

Según Hitoka, me había mejorado la piel y el embarazado me sentaba muy bien. Hitoka decía que estaba radiante. Comparaba una foto mía antes del embarazo con una actual, y decía que yo no había engordado. Pero, si acaso lo hiciera, ¿a quién le importaría?

Para mí, no se trataba de una foto de mí antes y después del embarazo, sino una foto de mi época cuando salía con Yukie, versus una foto de mí tras haber conocido a Hitoka.

Cometí la tontería de comentárselo.

Resultó que no fue una tontería para nada.

. . . .

Me sentía de muy buen humor. Me calcé unos pantalones de maternidad que dejaban expuestos mis tobillos hinchados y saqué a pasear a mi enorme barrigota, para que conociera la ciudad.

A la primera persona que se lo dije fue a Konoha. Lo llamé apenas terminé de hablar con Hitoka y usé estas palabras:

—En realidad no quiero decirlo porque no quiero estropearlo, pero, de todas maneras, a ti tendría que decírtelo. Si bien mi hijita tiene un padre y una madre, es posible que tenga además otra madre. ¿Eso te incomodaría?

—¿Entonces estás saliendo con Hitoka-chan? —Konoha-san era hábil sacando conclusiones.

—No, no así, pero ambas nos gustamos, aunque vivimos en ciudades distintas y puede que en algún momento sea muy complicado, sin embargo, hoy no es complicado y no quiero repetir lo de Yukie…

—Hey, tranquila, respira. Claro que no me incomoda. Por qué no nos vemos mañana y lo celebramos.

Iba precisamente de camino a celebrarlo con Konoha, y me dijeron que también estaría Akaashi cuando, inesperadamente, me crucé con Yukie. Nos percatamos ambas muy tarde, y no pudimos esquivarnos. Nos saludamos con cortesía. Sus ojos desanimados se clavaron en mi barrigota. Me preguntó cómo lo llevaba, le respondí que bien. Le pregunté cómo lo llevaba. Bien también. Voló un ángel entre nosotras.

—Estoy con algo de prisa… —esquivó Yukie, sus ojos se habían llenado de lágrima.

Antes de lograr reaccionar, Yukie había salido corriendo en dirección contraria.

Llegué llorando a mi fiesta. No celebramos nada.

. . . .

Un domingo, Konoha me invitó a un picnic en el parque metropolitano. Le pregunté si estaba loco. Hacía un frío horrible, había pronóstico de lluvias para la tarde. Me dijo que ya había arrendado una glorieta, y que no fuese holgazana, que un poquito de frío no había matado a nadie. Acepté a regañadientes.

De un canasto sacó un montón de emparedados. Mi niña pateó de la alegría.

—Tú antes te llevabas muy bien con Yukie, ¿cierto? —le pregunté a Konoha, desenvolviendo un sándwich.

—Sí, supongo que podríamos decir que hubo una época en que nos llevábamos bien.

—¿Y qué sucedió?

—Empezó a salir contigo.

—Oh…

—Sé que es infantil, pero en su momento no quise hablarle, y cuando dejó de importarme, ya no tenía caso recuperar nuestra amistad. Nos habíamos convertido en personas distintas a como éramos. No habríamos podido hablar de nada interesante —tras mascar de su propio sándwich, preguntó—, ¿a qué viene esto? ¿sigues pensando en tu encuentro con Yukie el otro día?

—Revisé sus redes sociales. Yo… no puedo negar que fue una persona importante en mi vida.

—¿Terminaron muy mal?

—No lo sé. Había muchos motivos para terminar. Por separados eran motivos pequeños sin gran relevancia, pero unidos nos volvieron en personas incompatibles, y al final, la razón por la que rompimos fue…

Toqué mi vientre, incapaz de decirlo.

—No me hagas caso, Konoha-san. Es solo que… cuando nos vimos, Yukie estuvo a punto de echarse a llorar. ¿Alguna vez has llorado en la calle, frente a desconocidos?

—Sí —admitió. No tenía idea—, varias veces, a decir.

—¿De verdad?

—La última vez fue cuando Bokuto me llamó para decirme que estabas embarazada. Nos llamó a todos los de Fukurodani, a todos, porque Yukie le pidió investigar quién era el padre.

»Yo estaba viajando en metro de regreso del trabajo cuando Bokuto me lo dijo. Le respondí que no sabía de lo que hablaba, y al cortarle, no pude evitarlo, lloré frente a todos los pasajeros.

—¿Por miedo? ¿Rabia?

—No lo sé. No te lo tomes de la manera equivocada, solo se sentía como si yo no tuviese la palabra en llevar las riendas de mi propia vida.

—Te entiendo. Yo cuando lo supe, también lloré mucho.

Konoha dudó un momento. Tras pensarlo, revolvió al interior de su mochila y extrajo una pequeña cajita de terciopelo. Me la mostró.

—Bokuto ya me dijo que te contó toda la historia. Planeaba regalarle esto a Mimi-chan, una vez llegase a Alemania.

Un bonito y sencillo anillo se asomaba al interior de la cajita de terciopelo.

—Oh, vaya. Es hermoso.

—Y carísimo…

Me habría encantado ser capaz de enamorarme de Konoha. Nos habríamos besado bajo la glorieta, y nos habríamos comprometidos.

Lo tomé de la mano.

—No te diré algo tan insignificante como que «ya encontrarás a alguien», porque a lo mejor nosotros no volveremos a encontrar a nadie, pero eso no quiere decir que nuestras vidas estén incompletas.

—No digas eso, tú tienes ahora a Hitoka-chan.

—Y vivimos en ciudades distante, ya te dije que era complicado.

—De acuerdo, de acuerdo. De todas maneras, tómalo tú —me entregó la cajita de terciopelo—, y si aparece alguien especial, entrégaselo antes de que se vaya a Alemania. Yo ya no podría entregarle este anillo a nadie, así que por favor, encuentra tú a esa persona.

Con un anillo de por medio, ambos nos comprometimos a seguir adelante con nuestras vidas.

. . . .

Era un día de noviembre. Había iniciado la temporada regular de vóleibol, y Konoha me invitó a un bar de deportes, a ver a jugar a Bokuto. Me dije «por qué no».

Grande fue mi sorpresa al encontrarme con los amigos de Konoha de nuestra época de preparatoria. Estaban Komiyan, Saru, Akaashi, y también, increíblemente, Yukie.

Nos recibieron todos con los brazos abiertos. Saru y Komiyan me pidieron permiso para tocarme la barriga.

—Yo lo predije. Yo le dije a Saru, cuando Bokuto nos llamó, se lo dije: te apuesto que es de Konoha.

—Gracias Komiyan, tú siempre tan discreto —le reprochó Konoha, con las mejillas rojas.

Yo solo tenía ojos para Yukie.

Se sentó a mi lado en la barra.

—¿Estás alimentándote bien? —me preguntó—, ¿estás tomando vitaminas y esas cosas?

—Ya lo creo. Konoha-san se las consigue gratis en el trabajo.

—¿Konoha se porta bien contigo? Porque si se porta mal, tienes que decírnoslo. Yo encantada le cortaré los genitales y lo obligaré a comérselos. Crudos.

Saru y Komiyan se largaron a reír.

—Sí, Kaori-chan, si este desgraciado se porta mal, más te vale que nos lo digas.

—Gracias Komiyan —volvió a responder Konoha.

Apareció Bokuto en pantalla. Todos levantamos nuestros vasos, cerveza sin alcohol en mi caso, y apoyamos a nuestro búho favorito.

Yukie y yo salimos del local una vez acabó el primer set.

Ella dijo:

—No sé qué nos sucedió. Después de tantos años, cualquiera habría pensado que seguiríamos hasta el final. No estábamos funcionando, ¿cierto? Lo intentábamos y lo intentábamos, pero no lo lográbamos.

—Era como si nos obligásemos a seguir juntas, pese a todo.

—Quizá te pasó lo mismo que a mí. Quería demostrarle a mis padres que no salía contigo por un berrinche o un capricho… pero al final se acabó convirtiendo en uno.

Recordé por qué me había enamorado de Yukie la primera vez. Ambas nos comprendíamos muy bien. Éramos distintas en casi todo e incompatibles en la mayoría de los aspectos, pero nos conocíamos.

—Siempre te guardaré afecto, Kaori querida.

Nos abrazamos. Mi niña me dio unas patadotas y giró como torbellino, quizá consciente de mi alegría. Volvimos al bar. Akaashi ya estaba muy borracho, y se reía por cualquier tontera. Y como estaba Komiyan allí, quien era increíblemente cómico, Akaashi no dejaba de reír. Konoha y Saru seguían el partido con mucha expectación. En algún momento, nuestras miradas se cruzaron.

Mi niña, que estaba increíblemente activa aquella noche, saltó de la alegría tan fuerte que me produjo un sobresalto. Yukie posó una mano en mi vientre, y gritó cuando también la sintió moverse. Inmediatamente me vi rodeada de manos que ansiaban tocarme la barriga. Akaashi pasó de las risas al llanto, y no dejó de llorar cuando el equipo de Bokuto ganó. Decidimos, entre todos, dejar a Akaashi en su piso.

. . . .

Estaba hablando con Hitoka-chan cuando me comenzaron las contracciones.

Hitoka-chan se comunicó con Konoha, Konoha llegó a buscarme. Mi niña nació después de nueve horas de parto. Odié a mi niña profundamente, hasta que finalmente la tuve en mis brazos.

Hitoka-chan apareció con un enorme ramo de flores, las más elegantes, las más espléndidas, y las depositó en el velador junto a mi cama. Le presenté a mi niña. La tomó en sus brazos con ternura, sus ojos cristalinos, llenos de lágrimas.

Sentía las fuerzas abandonarme. Cerré los ojos. La mano de Hitoka se cerró sobre mí. Sentí mas manos a mi alrededor. Estaba muy cansada para ver. Oía la voz de Konoha, de Akaashi a mi alrededor. La voz de Yukie. La de mi madre. Mi niña.

Era una madre soltera, con una novia que vivía en otra ciudad, una exnovia que era mi mejor amiga, un mejor amigo que alguna vez estuvo enamorado del padre de mi niña, y con ese padre de mi niña a quien amaba sin amar, con un proyecto de vida similar a mío, y también, distinto.

Quizá se debía a que estaba muy cansada. Después de tanto tiempo, por fin podía respirar y decir, sin reparos, que era feliz.


Gracias por leer. Japiera.