Capítulo 62

En la oscuridad

—Está despertando. —Fue lo primero que Aioria escuchó, con sus sentidos aún adormilados.

Abrió los ojos lentamente. El sonido de su propia respiración resonaba en su cabeza, entre el murmullo insistente de las sombras que lo rodearon poco a poco. Su ojos tardaron en acostumbrarse. Sin embargo, la niebla que cubría su mirada desapareció y las figuras turbias tomaron la forma de sus compañeros. Todos estaban reunidos alrededor de él. Los cinco.

Huesos Flacos también estaba entre ellos. A juzgar por su cercanía, era él quien se había encargado de cuidarle hasta entonces. Sus rostros expresaban una genuina preocupación. Sabía que la causa era él.

Aioria no recordaba mucho de lo que había sucedido. Simplemente recordaba haber sentido un cansancio extremo. Al principio lo había atribuido a la tensión de su última desventura. Pero había sido mucho más que eso. Su cuerpo estaba acostumbrado a tolerar el estrés. De ninguna manera hubiera sucumbido de esa forma. Tenía que ser algo más. Algo que ni el león, ni nadie comprendía.

—No intentes levantarte. Aún estás débil. —Oyó la voz de Shaka. Casi de inmediato, Milo apareció en su campo visual, empujando al Santo de Virgo para hacerse sitio.

—¡Por Athena, gato! ¡¿Pretendes matarnos del susto?! ¡Esto ha sido muy desconsiderado!

—Cierra la boca, bicho. —Como hiciera él, Máscara Mortal se abrió paso a empujones. —¿Cómo te sientes?

—Mareado—respondió a la pregunta de Ángelo.

—¿Qué demonios te pasó?—insistió Milo.

—Yo… no lo sé.

—Colapsaste. Es todo lo que sabemos.

—Camus tiene razón—intervino Endré—. Nos diste un gran susto. Por un momento pensamos que se trataba del mismo mal que mató a Panza de Yegua.

Entonces, el recuerdo del marinero regresó a Aioria. Volteó hacia donde habían dejado el cuerpo y solo vio la pira ardiendo. La hoguera escupía una gran nube de humo gris. La madera crispaba, mientras el aroma a carne quemada hería el olfato.

Los marineros entonaban alguna canción que el león no reconoció. El himno funerario hablaba de los dioses, de los héroes, del Estigia y de Caronte. Su melodía era triste. La nostalgia era palpable. A Aioria se le erizó la piel. Como pudo, se sentó justo en el momento en que Mu le tendía una odre llena de agua. No podía apartar los ojos de la pira ardiente. El fuego lo había hipnotizado. La muerte volvía a ser palpable.

—Bebe. Un sorbo a la vez. —Le oyó decir, y así lo hizo. El agua le refrescó la garganta, lo cual le resultó agradable.

—¿Sabemos que le pasó a él?

—No. Sigue siendo un misterio—indicó Shaka.

—Entonces, ¿cómo sabemos que no me pasó lo mismo?

—Para empezar, porque estás vivo. —La mirada de Máscara Mortal se tornó severa. Sabía cuales eran las intenciones de Aioria y para donde apuntaba aquella conversación. Pero el italiano tenía sus propias teorías. —Los síntomas ni siquiera fueron los mismos.

—Quizás solo tuve mejor suerte…

—Por la razón que fuera, necesitas descansar. Te ves... exhausto—terció Bemus.

—No puedo. Tenemos que continuar el camino para alcanzar los tracios. —El castaño intentó ponerse en pie, pero de inmediato sintió a sus piernas traicionándole. De no haber sido por los rápidos reflejos de Shaka, hubiera terminado de nuevo en el piso, atropellando a su orgullo de paso.

—Tranquilo. Los tracios no irán a ningún sitio.

—Ni tú tampoco—sentenció Máscara Mortal—. Te quedarás aquí el tiempo que necesites para recuperarte. Podemos dejar una pequeña guardia para hacerte compañía.

—Quiero pelear. Me necesitarán ahí.

—Somos cinco de nosotros ¿Te parece que no somos suficientes? ¡Cinco Santos Dorados! Nos bastamos y nos sobramos.

—Pero quiero estar ahí, con ustedes…

—Máscara Mortal tiene razón—sentenció Shaka. Aioria conocía bien aquel tono de voz. Significaba que el rubio no daría lugar a réplicas. —Te quedarás aquí. El resto es asunto nuestro.

El castaño apretó los dientes y maldijo. Su disgusto se hizo evidente, pero nadie objetó nada, ni abogó a su favor. Después de todo, tal parecía que todos estaban de acuerdo. El león sabía que podía quejarse cuanto quisiera. El resultado sería el mismo.

Volteó el rostro al lado opuesto. Huía de la mirada de sus compañeros. ¡Pero es que estaba furioso! Estaba harto de ser la víctima; no quería ser la damisela en peligro por más tiempo. Había tenido suficiente. Necesitaba sentirse fuerte, recobrar su orgullo… necesitaba ser él mismo de nuevo. Y solo se reencontraría consigo en batalla, luchando hombro a hombro con sus compañeros. Tantos tropiezos lo estaban matando.

—Es por tu propio bien. —Mu trató de justificar la decisión del grupo. Sin embargo, al castaño no le bastaban las palabras. Bruscamente, secó una lágrima de frustración que se le escapó. Su mirada esmeralda centelló con la humedad de sus ojos.

—Sí...

—No es como que vayas a perderte de gran cosa, gato. Solo será un montón de caballos hambrientos.

—Cómo digas, Milo.

El escorpión levantó las cejas. Aioria nunca lo llamaba por su nombre. Cuando lo hacía, usualmente presagiaba problemas entre ambos.

Apesadumbrado y sintiéndose incapaz de aportar algo más para aplacar la frustración del león, meneó la cabeza y se retiró de ahí. No estaba enojado. Comprendía a Aioria más de lo que éste pensaba. Si alguien le pusiera un alto a sus deseos y a sus esfuerzos por ayudar al grupo, Milo se hubiese sentido igual de furioso como él.

Siguiendo los pasos del peliazul, el grupo se disolvió lentamente. Unos segundos más tarde, solo Shaka y Máscara Mortal permanecían a su lado. Incluso Huesos Flacos se había retirado momentáneamente. El chico había ido a presentar sus respetos a Panza de Yegua. La hoguera ardería por algunas horas más, pero las plegarias nunca estaban de más.

—Buda, ¿nos permites un momento? —A Shaka le sorprendió el modo en que la voz de Ángelo sonó suave, pero firme. Su tono solía carecer de sutilezas. —Solo será unos minutos. Por favor.

—Claro—respondió, más por inercia que por otra cosa. Rápidamente se levantó y siguió a los demás Santos.

Cuando se quedaron solos, Aioria supo que no lo tendría fácil. La mirada azul de Ángelo lo atravesaba sin miramientos. No era una mirada severa, pero él hubiera preferido que lo fuera. En cambio, había comprensión en ella y una acusadora preocupación.

Incómodo, se revolvió. Hasta que, por fin, no pudo evitarlo por más tiempo.

—¿Qué?—escupió.

—Esto no tiene ninguna relación con lo que mató al marinero. Lo sabes. —No fue una pregunta. Fue una aseveración cruda y directa. —Fue tu cosmos. Tu cosmoenergía desapareció por varios minutos. Como si estuvieras muerto… excepto que no lo estabas.

—No sabría decirte. —Oh, pero sí que lo sabía.

—Desde que Artemisa te privó de tu cosmos y sembró el alma de Orión dentro de tu cuerpo, nada ha sido igual.

—He utilizado mi cosmos antes, si eso es lo que implicas.

—Deja la mierda de un lado, ¿quieres? Admítelo. Eres incapaz de controlar tu propio cosmos. No con plenitud, no con voluntad. Sigues estando bajo las ataduras de esa perra. Estás a su merced y tu pequeño jueguito con ella, solo acentúa tus nuevas debilidades.

—No sé de que hablas.

—Admítelo—repitió—. Admítelo. No eres tú. No por completo.

—Ángelo…

—Dilo, Aioria.

—Estás equivocado…

—Orión sigue ahí adentro. Ha matado a una parte de ti y se ha apropiado de ella.

—No.

—Necesitas ayuda

—No. He dicho que…

—No puedes seguir mintiéndote. Dilo.

—¡He dicho que no! ¡No, no y no! ¡Déjame en paz! —Se sorprendió con la fuerza de su propia voz. Los cantos cesaron y las plegarias también. Toda atención había caído en ambos. —Lo siento—musitó el Santo de Leo—. Yo… lo siento.

Aunque su arranque de emociones había tensado el ambiente, marineros y Santos se esforzaron por obviar el momento. Poco a poco, los cantos regresaron. La atención se disipó de nueva cuenta. El castaño se permitió suspirar. El cansancio volvía a hacer mella en él. Ángelo tenía razón: no podía seguir negándose la verdad.

Fue entonces cuando Aioria lo sintió.

La mano del italiano se posó suavemente sobre su cabeza. Ángelo se había agachado para mirar directamente a sus ojos. Lo que descubrió en esa mirada azul hizo un nudo en su garganta. No pudo reprimir las lágrimas por más tiempo y lloró… lloró, como un niño asustado. Estaba aterrorizado de perderlo todo.

—Oye, te ayudaré. En todo lo que pueda, y al costo que sea, te ayudaré. Lo prometo. —Le oyó decir.

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A la distancia, Shaka observaba. Se había retirado solo porque Ángelo así lo había solicitado. Pero, de haber sido su decisión, se habría quedado ahí, al lado del león.

A últimas hechas, Aioria le preocupaba mucho. Desde su regreso al mundo de los vivos, no había sido el mismo. Algo en él era distinto. Por supuesto, Shaka no esperaba que fuera de otra forma. Morir lo cambiaba a uno… de muchas maneras. Mucho más cuando el alma de uno dejaba de pertenecerle, para caer en manos de una diosa caprichosa. Sin embargo, lo que más le asustaba de esos cambios, era el hermetismo de Aioria al respecto.

No era que el castaño fuera un hombre de muchas palabras. Pero tampoco era de aquellos que se encerraban en si mismos y se tragaban cada uno de sus sentimientos. Aioria era un hombre de emociones. Era un hombre pasional; para bien… o para mal.

Incluso había sido lo suficientemente cándido para confesarle el ridículo plan que tenía para traer de regreso a los niños de los que Artemisa se había apropiado. No le había importado lucir temerario, o estúpido. Simplemente había dicho lo que pensaba y haría lo que creía mejor para todos, sin importar el costo.

Pero aquel último incidente había sido la gota que derramó el vaso.

Ahora, Shaka no tenía dudas de que algo iba terriblemente mal. Si los problemas del león no venían de Diomedes, la única otra razón posible se encontraba en sí mismo.

¿Podría ser? ¿Acaso ese intruso en la consciencia de Aioria se negaba a morir? ¿Podría haber alguna otra explicación? Y, si la había, ¿cómo podía comprobar sus teorías al respecto? La vida estaba llena de incertidumbre, pero en casos como aquel, se tornaba insoportable y dolorosa.

Shaka apretó los labios. Su mirada se cruzó con la de Ángelo que venía caminando en su dirección. Sin previo aviso, se dejó caer a su lado. El rubio no pronunció palabra, expectante a su silencio. Por fin, lo escuchó suspirar.

—Tenemos que hablar—susurró el italiano. Miró sutilmente por encima de su hombro, hacia donde Aioria se encontraba. El rubio supo de inmediato de que se trataba aquella conversación. Asintió y se concentró.

—Te escucho.

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El palacio, por la noche, era tenebrosamente silencioso. Pero Creta en general, era así.

Cuando la oscuridad se apoderaba de la ciudad, la población completa se recogía. Las calles quedaban vacías y ni una sola alma se atrevía a salir. Los fantasmas de una maldición inexistente rondaban afuera.

Las noches, para Minos, resultaban especialmente largas. Su hogar, aquel portentoso palacio que coronaba a la ciudad, era un fiel reflejo de la oscuridad de su alma. Igual que en su interior, la luz era escasa… prácticamente inexistente. Las teas encendidas no bastaban para traer luz a la Casa Real. La gran mayoría de ellas ni siquiera ardían.

No había luz suficiente que iluminara la vida de Minos. No cuando los fantasmas a los que tanto temía habitaban en su interior. ¿Por qué iluminar un enorme palacio, si era incapaz de abandonar sus dormitorios sin que el miedo lo redujera a nada?

Así que, entre tanto silencio y oscuridad, los pasos de Aioros resonaban cual tambores. Su sombra se alargaba sobre los pisos de mármol, formando figuras caprichosas y grotescas. Se había escabullido de su habitación y marchaba con rumbo definido. Sabía que era imposible pasar desapercibido, en especial porque la Guardia Real se desplegaba por todo el palacio, por lo que no se molestó en ocultarse. A pesar de todo, nadie le detuvo. Continuó su camino hasta que alcanzó el patio sin ningún problema. Pero, cuando llegó a su destino, cayó en cuenta de que le seguían.

—Sé que estás ahí—habló lo suficientemente alto, como para que su perseguidor le oyera.

—¿Recién lo has notado? Te has vuelto descuidado.

El castaño chasqueó la lengua. Giró lentamente hasta encontrar a quien buscaba: Saga emergía de entre las sombras.

Sin embargo, no era el Saga al que Aioros estaba acostumbrado. Su mirada era severa e insistente. Tenía el ceño fruncido; tanto que, bajo la escasa luz que les cubría, le otorgaba un aire siniestro y oscuro. Era obvio que estaba contrariado, puesto que ni la sonrisa torpe del arquero le hizo dibujar una propia. El Santo de Sagitario supo de inmediato que estaba en problemas.

—¿Se puede saber que haces aquí afuera a estas horas de la noche?—preguntó. Aunque Saga temía mucho que sabía la respuesta.

—Nada en particular. —Mentira. Vil y enorme mentira.

—¿Nada? Pues para no ser nada, estás bastante sospechoso—replicó el gemelo.

—Vale, vale. Esperaba que Aretha se apareciera por aquí.

—Sabes que eres un horrible mentiroso, ¿cierto?

—Es que no estoy mintiendo.

—Ahórratelo.

—¡No miento!

Saga meneó la cabeza con desaprobación. Bufó, sintiendo como una terrible frustración crecía dentro de su pecho. Conocía a Aioros, o creía hacerlo. Sabía de su buen corazón y, aunque probablemente nunca lo había admitido en voz alta, siempre había admirado aquella cualidad. Era algo que él había perdido mucho tiempo atrás, y que jamás recuperaría. Tan solo una décima parte de la inocencia y la nobleza de su amigo… con eso le bastaba y le sobraba.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, se alegraba de ser él mismo, con sus aciertos y sus fallas. En ocasiones, el sentido común era mucho más valioso que un corazón de oro. Aquella era una de esas.

—Harás que nos maten a todos.

—¿Qué? ¿Crees que eso es lo que pretendo? —Aioros arrugó el ceño. De pronto, estaba inusualmente serio.

—No se trata de lo que pretendas, sino de lo que haces. Y, ahora mismo, tu terquedad y tu complejo de héroe nos convertirá en cadáveres.

—Eres un idiota.

—No, te equivocas. Esta vez no soy yo el idiota. Lo eres tú.

—¡¿Qué rayos pasa contigo?! —La voz del arquero se potenció. Sus manos se movían erráticamente, delatando su furia. —Me persigues, me llamas mentiroso y ahora me acusas de querer asesinarlos a todos. En serio, ¿cuál es tu maldito problema, Saga?

—Tú eres mi problema ahora mismo. No sé que demonios pasa contigo, pero has desarrollado una temeraria indiferencia a la muerte que… —Hizo una pausa. Cruzó los brazos a la altura del pecho, tomando fuerza para continuar con la discusión. —¡Me asustas, Aioros! Me asustas mucho. Este no eres tú.

—Este soy yo. O, ¿qué? ¿Esperabas que fuera un gatito asustado de la muerte eternamente? ¿Eso querías?

—No. —Saga lo miró desconcertado y aquella mirada revolvió algo en el arquero. —Esperaba que sintieras más aprecio por la vida. Esperaba que tuvieras deseos de vivir. Tú no eres como el resto… no eres como yo.

Le dirigió una última mirada que al arquero le supo a decepción. Los ojos de Saga siempre le habían resultado especialmente emocionales y severos como ninguno, cuando así se lo proponía.

Para su buena suerte, o mala, según se viera, no tuvo que soportar aquella mirada por mucho tiempo. En un santiamén, el gemelo giró sobre sus talones y retomó el camino al palacio. Estaba demasiado furioso para continuar con esa conversación. Eventualmente terminaría diciendo cosas de las que se arrepentiría. Aioros podía ser adorable, pero también podía ser insufrible.

Mientras tanto, el castaño lo miró marchar. Frustrado, pateó el piso, levantando el polvo. Se llevó las manos a la cabeza y esperó por un par de segundos a que las respuestas le cayeran del cielo.

De pronto, se dio cuenta de que todo dependía de él.

—Maldición—musitó mientras lo veía marchar—. ¡Saga! ¡Espera! ¡Saga, por favor! —Pero el gemelo no miró atrás.

Aioros no insistió más. Lo dejó ir. Ahogó a duras penas un grito de rabia y miró a su alrededor. Necesitaba hablar con alguien… y pronto. Tanta confusión lo estaba enloqueciendo. ¿Dónde demonios estaba Aretha? ¡Realmente la necesitaba!

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La Tienda Real estaba situada en medio del campamento. Se distinguía por su tamaño, lo suficientemente grande para que el rey no escatimara en lujos. Ahí podía dormir entre infinitas capas de pieles, acompañado por cuanta mujer eligiera para compartir su lecho. Compañía no le faltaba; sus amantes eran muchas y siempre encontraba alguien que mantuviera su lecho tibio por las noches.

Pero esa noche los ánimos de Diomedes iban en otra dirección. Había perdido el interés en la mujer que se afanaba en brindar placer a su cuerpo. No importaba la pasión en su caricias, pues los pensamientos del rey estaban muy lejos de ahí.

—¡Mi señor! ¡Mi señor! —Uno de los guardias apostados en la entrada de su tienda, entró repentinamente. Su acompañante dejó a un lado las caricias, mientras él abandonaba el lecho dispuesto a prestarle su atención. —Han regresado, Alteza… —El soldado dudó. Las noticias que traían consigo encenderían la rabia del rey tracio. —Pero solo unos cuantos de ellos, señor. El resto… han perecido. Quienes regresaron hablan de demonios y de hombres con poderes de dioses. —El rey no abrió la boca. Pero sus ojos ambarinos fueron quienes hablaron por él. Estaba tan furioso como sorprendido. —Dicen que son invencibles.

Quizás, en el fondo de su cabeza, había un dejo de admiración hacia ese oponente con el que su camino se cruzaba. Pero, por mucho que se lo negara, también existía aquel recelo, matizado con temor, que la profecía había despertado en él.

Y ya no se trataba solo de haber perdido a un puñado de hombres, sino del modo en que había sucedido. Detestaba que sus guerreros creyeran en demonios y dioses peleando guerras. Cuando eso sucedía, la mitad de la guerra estaba perdida. Los mortales no vencían a aquellos a los que consideraban superiores; no porque no pudieran, ni por falta de fuerza y valentía, sino por qué se negaban a si mismos esa oportunidad. ¿Cómo se vencía a lo que se consideraba invencible?

Así que, evaluando la situación y considerando sus opciones, supo cual sería el primer paso. Las historias tenían que terminar, antes de se convirtieran en leyendas.

—Reúne a los sobrevivientes. —Su voz poderosa y fría se abrió paso en el silencio. —Y después, córtales la lengua. Los mudos no pueden inventar historias ni crear mentiras.

El joven soldado palideció ante la orden que le fue encargada. Después de todo, los hombres que habían regresado no solamente eran sus compañeros… también eran héroes de guerra y, muchos de ellos, sus mentores.

La sorpresa ató sus piernas, de tal modo que no reaccionó para moverse. Si esperaba, sin le daba tiempo suficiente, tal vez su rey reconsideraría su decisión.

Sin embargo, sus esperanzas fueron en vano. Fueron aplastadas cuando la mirada fiera de Diomedes recayó sobre él, demandando explicaciones a su falta de obediencia. Sus palabras habían sido claras, y sus órdenes, aunque crueles, no dejaban lugar a dudas. No había motivo por el que permaneciera ahí, en vez de comenzar la cruenta tarea de mutilar a los cobardes. Con cada minuto que se escapara, la historia se esparcería.

—¿No has escuchado?—murmuró el soberano tracio—. Muévete, o tú te unirás a ellos.

—Sí… señor—balbuceó.

Y antes de que Diomedes cumpliera su promesa, desapareció de ahí.

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—Debo admitir que no esperaba encontrarte aquí.

Mirra no se inmutó, sino que siguió con su silenciosa plegaria. Solo la traicionó una ligera mirada por encima de hombro, para asegurarse que su visitante no fuera enemigo suyo. Fue hasta que terminó con su oración que, tras apagar una de las decenas de velas en el altar de Apolo, se decidió a prestar atención a su acompañante.

—Soy troyana, después de todo; así como Troya es mi madre, Apolo es mi señor. ¿Qué haces tú aquí, en la casa del Señor del Sol?

—Te buscaba.

—Me encontraste, ninfa. Habla.

Aretha se tomó unos segundos para sí. Estaba claro que toda palabra que abandonara sus labios a partir de entonces, sería cuidadosamente examinada por la princesa. A final de cuentas, en lo que a ella respectaba, Mirra estaba lejos de ser considerada una aliada de su causa. Tampoco veía en ella a una enemiga. No estaba segura de su papel en aquella gran intriga. Sin embargo, no podía terminar de confiar en ella; no cuando había asuntos tan delicados en juego para Athena y para los Santos.

—El niño que crece dentro de la Reina—empezó—, no pertenece a esta ciudad, ni tampoco a este pueblo.

—Así que al fin lo has entendido. ¿Athena sabe de esto?

—He venido a reclamarlo para ella.

—No has respondido a mi pregunta, ninfa. —La castaña descubrió su rostro, hasta entonces protegido por un fino velo. Enfrentó a Aretha y caminó a su alrededor, escudriñando en sus gestos por respuestas. —Pero tampoco me interesa. De hecho, casi me siento más intrigada de la reacción de Kanon y de su aprobación ante esta atrevida declaración de la diosa.

—Estoy segura que su único interés es la seguridad del niño.

—Olvidas un pequeño detalle. Todos lo olvidan. —De pronto, una sonrisa agria apareció en su rostro, y la ninfa se preocupó. —El crío al que reclamas, aún duerme en el vientre de su madre. Y, en caso de que lo hayas olvidado, permite que te recuerde que esa mujer es una bestia salvaje, imposible de dominar en libertad. Aún suponiendo que consigas que mi padre la entregue, ¿cómo piensas llevarla hasta Atenas sin que batalle por su libertad? —"O, por quitarse la vida."

Aquello último no lo mencionó. Pero era una posibilidad que, con el paso del tiempo, había tomado cada vez más sentido a los ojos de Mirra.

Hipólita era una mujer orgullosa, o peor aún, era una Amazona hasta la médula de los huesos. La idea de verse prisionera, engendrando un niño del hombre que alguna vez la había humillado, tenía que ser un tormento para ella. Le sorprendía que hubiera sobrevivido tanto. Pero más le sorprendería que, ante la posibilidad de poder actuar por sí misma, la Reina no se lanzara al Gran Mar, para morir arrullada por sus olas.

—Cuidar de ella es mi misión, y también es asunto mío. Pero necesito saber de que lado estás aquí—insistió la pelirroja. Mirra se encogió de hombros.

—¿De qué lado estoy? ¿Estás llamando a una guerra?

—Es probable que sucedan cosas que ninguno quiere.

—No deseo una guerra para mi gente. Pero mi padre… el rey no renunciará a un niño como aquel. Es especial… es único.

—Sabes bien que no puede permanecer aquí.

—Lo sé. Pero tú también debes saber que es posible que no pertenezca a ningún sitio.

—Estamos dispuestos a correr el riesgo.

—¿Estamos?

La expresión firme de la pelirroja la hizo dudar. Sin embargo, Mirra desconocía que, detrás de aquel mohín de decisión pura, la ninfa se hundía en dudas.

Quizás, la peor de todas, la que le carcomía la consciencia, era la lealtad de la princesa troyana. Al principio, le había parecido que ayudaría a la causa ateniense. Pero había ocasiones como aquella, en la que encontraba todos los pretextos necesarios para justificar las decisiones de su padre, en que Mirra se constituía como el enemigo a vencer.

Así que Aretha solo podía preguntarse: ¿qué debía hacer? ¿Confiar en ella? Porque en verdad la necesitaban. Pero, ¿valía la pena arriesgarse a ser traicionados?

—Sacaremos al niño de Troya.

—¿Qué? ¿Los Santos están en camino? ¿Cuándo?

—Cuando sea su tiempo.

—Esa no es la respuesta que espero, ninfa—añadió, con el semblante fruncido y los labios apretados.

—Sabrás cuando sea el momento. Es todo lo que te diré.

Y cumplió lo que dijo, pues en ese preciso instante, una ráfaga de viento la envolvió y Aretha desapareció de su vista en un parpadeo.

Mirra no podía creer lo que acontecía. Por supuesto, tampoco sabía como proceder. Por un lado, estaba la lealtad hacia su padre y a Troya. Pero por el otro…

Cerró los ojos y sacudió la cabeza con suavidad. No era el momento de comportarse como una tonta, ni de dudar de sí misma. Ahora, más que nunca, debía estar alerta. Ante todo, debía hacer lo correcto, o al menos lo que contribuyera para un bien mayor. Pero, ¿qué era eso? Aún no lo sabía.

Volvió a colocarse el velo sobre el rostro, antes de abandonar el templo de Apolo. Echó un último vistazo a la estatua de oro que representaba al dios del Sol. Entonces, añadió una última petición a su plegaria: que le mostrara el camino a seguir.

Probablemente, lo que la princesa menos esperó, fue que la respuesta llegara casi de inmediato.

Cuando se disponía a abandonar el templo, protegida por las sombras de la noche, alguien la detuvo. Sintió la presión de una mano cerrándose sobre su brazo. El agarre fue tal, que no puedo evitar asustarse. Como princesa troyana que era, nadie se atrevía a tratarla de ese modo. Absolutamente nadie. Excepto…

—¡¿Qué crees que estás haciendo, Dymas?!—reclamó entre susurros. La bóveda del templo de Apolo no solía guardar secretos. El eco se encargaba de arrastrar cada palabra hasta los rincones más lejanos.

—¿Qué fue eso? —La cuestionó él de regreso. Bajo la luz incandescente de las velas y las teas, sus ojos violeta centellaban cual estrellas.

—¿El qué?

—No te hagas tonta conmigo, Mirra. Te conozco mejor que cualquiera. —Apretó el agarre y la doncella dejó escapar un sutil gemido de dolor. —Eso. La ninfa.

—Eso no te incumbe.

—Incumbe a Troya y, como su hijo y protector, me incluye a mi. Habla—ordenó.

Pero la princesa no era una mujer que se permitiera ser tratada como cualquier otra. Ella estaba acostumbrada a ser quien tomara el mando, nunca una simple seguidora.

Sembró sus ojos verdes en los violetas del soldado. Fueron tan solo unos segundos de severidad, antes de que la mirada le cambiara. En un abrir y cerrar de ojos, las dudas se le borraron de la cabeza. Sabía lo que debía hacer a partir de entonces.

—Siempre me ha gustado esto de ti: tu ferocidad—dijo al guerrero—. Cuando te hierve la sangre, es cuando más te disfruto. —Y, sin más preámbulo, se abalanzó sobre sus labios.

Sin embargo, lo que no esperaba, era que él la rechazase, como sucedió. Dymas apartó el rostro, lo suficiente como para evitar sus labios, pero sin que su mirada severa la abandonara. Confundida en un principio, Mirra reaccionó tan rápido como pudo. Esbozó una sonrisa e igualó su mirada, a sabiendas que ambos hablaban el mismo idioma.

—¿Estás traicionando a Troya?—insistió él. Mirra afiló más la mirada.

—Jamás haría tal cosa.

—Entonces, ¿por qué hablas con el enemigo? —La princesa no respondió de inmediato. No quería dar explicaciones que Dymas posiblemente no pudiera comprender aún.

—¿Estás seguro de que ellos son el enemigo?

—¿De qué demonios estás hablando, Mirra?

Lo que la castaña no podía negar, era que desde un principio, tenía pensado un gran futuro para alguien como Dymas. Un hombre como él, era valioso a niveles inimaginables. Tal era la razón por la que lo había mantenido a su lado hasta entonces.

—Es una larga historia—confesó—. ¿Tendrás tiempo para oírla?

—Sabes que sí.

—Entiendo. Pero, ¿podrás creerme?

Esta vez, Dymas fue quien mantuvo la boca cerrada y sus pensamientos guardados en la cabeza. Hasta ese momento, nunca se había planteado el desconfiar de la princesa. Pero ahora, estaba completamente en ascuas.

Nada era seguro.

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Una rayo de luz carmesí, tan fino como el tallo de una espiga de trigo, atravesó el espacio en medio de la noche. Golpeó contra la espalda del soldado tracio, traspasó su cuerpo y salió por su pecho. Un grito se le ahogó en la garganta, mientras un delgado hilo de sangre brotó de la herida. Su cuerpo desfalleció, pero justo cuando estaba a punto de golpear el piso, los brazos de Camus lo detuvieron, evitando que su caída y el consecuente repiqueteo de su armadura, traicionara al grupo de invasores.

Unos metros más adelante, el gemido acallado de otro guardia, hizo que el Santo de Acuario volteara. Alcanzó a ver como la daga de Talal abría su cuello, de oreja a oreja, convirtiéndole en cadáver al instante. Otro par de guardias sucumbieron con dos toques más de la Aguja Escarlata, y terminaron siendo atrapados por Mu y Ophelos.

—El camino está libre—susurró Bemus. Con sus manos indicó el rumbo que debían tomar. La comitiva de Santos y marineros acataron la orden y fueron tras él.

En el silencio de la noche, caminaban cual fantasmas. Lo último que deseaban era delatar su presencia. Con ayuda de los Santos y sus habilidades sobrehumanas, burlar la vigilancia del campamento tracio no había sido especialmente difícil. Sin embargo, toda vez que estaban dentro, debían ser cuidadosos. Decenas de ojos avispados estaban distribuidos por doquier. El solo crujido de una rama bastaría para poner al campamento entero en alerta. Todo se reducía a su capacidad de ser invisibles: un movimiento en falso y todo el plan se derrumbaría.

La comitiva se reunió detrás de una de las tiendas más grandes, situada aún a las afueras del campamento. Había una hoguera al otro lado de ella, donde varios soldados se arremolinaban en busca de un poco de calor. El silencio era inusual, pero no extraño. Después de todo, estaban en pie de guerra. El presagio de una batalla siempre tendía a oscurecer los ánimos entre las tropas, especialmente porque no había lugar para vino, ni para mujeres que les hicieran olvidarse del frío de la noche.

—No podremos deshacernos de todos ellos sin tirar nuestra fachada—murmuró Camus. Eran demasiados. No había forma de desaparecer tantas vidas sin que nadie más lo notara.

—¿Cuál es el plan?

—Sortearlos.

—¡¿Qué?! —Bajo ningún contexto, sin importar que tan buenos fueran, la idea de Ophelos resultaba correcta a los ojos del Escorpión.

—Baja la voz, Milo—siseó el acuariano.

—Perdón, perdón. Pero, ¿se supone que daremos toda la vuelta por el campamento? Somos buenos, pero no invisibles.

—Solo tenemos que movernos con cuidado.

Con cuidado… ¡Claro! Como si moverse en medio de un enorme ejército enemigo, con nada más que la protección de la noche no fuera condenadamente difícil por si solo.

Milo bufó. Tenía un horrible presentimiento acerca de esa misión, que no se relacionaba exclusivamente con los malditos caballos que podían comerlo, como sucedía en sus pesadillas. Era algo más, que lo tenía inquieto y le revolvía el estómago.

Levantó la vista, hacia la gran pendiente detrás de ellos. La pared de piedra que daba cobijo al campamento tracio podía ser su peor enemiga, sin siquiera proponérselo. Escondidos en los recovecos de la montaña, los arquero de Diomedes esperaban. Ni Milo, ni nadie más, podían verlos. Pero los Santos, en pleno uso de sus cosmos, podían sentirlos. Agazapados, cual lobos protegidos por la oscuridad de la noche, rogaban por el momento en que sus flechas entraran en acción, arrancando vida tras vida, sin misericordia.

—Vamos. No te quedes atrás—insistió Mu, cuando el escorpión se rezagó. Milo levantó una ceja y torció la boca.

Ahí iban de nuevo, a tentar a la suerte, con la esperanza de que eso bastara para alcanzar el corazón del campamento, donde el rey y sus bestias esperaban por ellos.

Echó una mirada de nuevo sobre su hombro, hacia el gigante de piedra que parecía dispuesto a aplastarlos. Sintió las energías débiles de cada arquero apostado ahí. Uno, dos, tres, cuatro… doce en total.

Pero también encontró un cosmos más, infinitamente más poderoso que el de los guerreros de Diomedes, y también más escurridizo y hábil, moviéndose a través de la piedra. Era cuestión de unos pocos segundos antes de que alcanzara al primero de los arqueros. Cuando lo hiciera, el pobre desgraciado podría despedirse del mundo de los vivos. Sin darse cuenta, los labios de Milo dibujaron una sonrisa.

—Bemus, deberíamos matarlos a todos—ladró un marinero, cuyo nombre era imposible de recordar para el escorpión—. Estos chicos pueden hacerlo.

—Pero no lo harán—respondió el joven capitán.

—¿Por qué no? Es nuestra vida o la suya.

—Porque hay inocentes en peligro. —Los ojos azules del ateniense lo taladraron sin tapujos. —Si se tratara solamente de soldados, será diferente. Como guerreros, entendemos que cada día es una guerra. Pero hay niños y mujeres entre ellos.

—Niños que no dudarán en levantar la espada de un hombre caído para intentar matarnos, y mujeres que pelearían por encima de los cadáveres de sus hombres para proteger a sus cachorros.

—¿Y eso te asusta?—terció el acuariano—. ¿Un montón de niños desesperados y de madres acongojadas? ¿Te asustan tanto que deseas matarlos a todos?

—No… no es que me asusten…

—Pues parecería que sí… y tal vez deberías—continuó, mientras Mu y Milo escuchan con particular atención—. Es posible que esos niños y esas mujeres sean más valientes que tú. —El marinero atrincheró los dientes y miró de soslayo al resto de su comitiva, esperando que alguno de ellos intercediera a su favor. Nadie lo hizo. —Al menos ellos pueden mantener la frente en alto, enfrentando a aquellos que le superan en fuerza. Pero tú, asesinando niños, mujeres y viejos… podrías aprender una o dos cosas de ellos.

Sin ocultarlo, el otro par de Santos esbozó una sonrisa. Intercambiaron miradas que expresaron lo que ambos pensaban: Camus eran magnífico espetando verdades de frente.

Sin embargo, la mirada rosácea del lemuriano buscó el rostro de Bemus. No conocía lo suficiente al marino como para asegurar que las palabras de su compañero no lo habían ofendido a él y al resto de su tripulación. Pero, cuando encontró el rostro del moreno, descubrió que estaba equivocado; Bemus lucían tan satisfecho como él y Milo.

—Sigamos—interrumpió Ophelos—. Si nos quedamos mucho tiempo en el mismo sitio, es más fácil que nos descubran.

—Pero… —El marinero quiso insistir, pero el viejo no le dio oportunidad.

—Nos vamos. Y que quede bien claro—se dirigió al resto del grupo—: nadie, absolutamente nadie, hará nada estúpido a partir de ahora.

-x-

Shura no podía dormir.

Por un lado, Creta le ponía los nervios de punta, del mismo modo en que Minos, Dédalo y Pasifae le retorcían el estómago. Y, por el otro, Aioros estaba desaparecido y no podía evitar pensar en que era una señal del inicio de la siguiente catástrofe.

Llevaba un rato debatiendo consigo mismo lo que debía o no hacer. ¿Debía salir para buscar al castaño o correr a cualquier habitación vecina en busca de ayuda? No importaba lo que decidiera, no estaba seguro de tener las mejores opciones. ¡Odiaba que lo pusieran en esa posición! No le molestaba ayudar, pero le desagradaba sentirse contra la pared.

Por fin, después de incesantes vueltas en el lecho y sin la más mínima posibilidad de caer dormido, decidió salir en busca del arquero.

En plena noche, el palacio lucía como sacado de una historia de terror; oscuro, frío, con el viento aullando al colarse entre la piedra y, sobre todo, fantasmagórico. Se escuchaba el susurro de voces por doquier. Al principio, le habían tomado por sorpresa. Pero poco después, el español cayó en cuenta de que la Casa Real de Creta estaba permanentemente resguardada por docenas de soldados, que pasaban las eternas horas de la noche recorriendo cada recóndito pasillo de los dominios del rey.

Pasó junto a un par de cuadrillas en su búsqueda por Aioros. Tal como esperaba, recibió miradas recelosas cada vez que sus caminos se cruzaron. No eran bienvenidos; eso había quedado claro desde el principio. Sin embargo, en el fondo, y después de haber rescatado a la ciudad del acoso del Gran Toro, Shura guardaba la esperanza de que aquel recelo amainaría.

Se había equivocado.

—¿Estás perdido? —La pregunta lo tomó sorpresa y no pudo ocultar un respingo.

—Por Athena, ¿quieres matarme del susto?

—Parece ser que últimamente tengo instintos asesinos. —Aioros esbozó una sonrisa ligeramente agria.

—Estaba buscándote.

—Salí por un poco de aire. Este sitio es asfixiante.

—Oh…

—¿Estabas preocupado? —Shura no respondió, pero el bufido que se le escapó y la forma en que revolvió nerviosamente su cabello, le traicionó. —Ya… Saga dijo más o menos lo mismo.

—Solo nos interesa lo que pase contigo.

—Lo sé, lo sé…

—Aioros…

—No voy a hacer ninguna idiotez, ¿vale?

—No se trata de eso…

Pero sí lo era. Aioros lo sabía y el resto también, aunque se negaran a admitirlo. Al menos Saga y Dohko habían sido directos con lo que pensaban. Pero lo cierto era que las miradas indiscretas y recelosas estaban empezando a hartarle.

—Estoy cansado—interrumpió el arquero. Shura no comprendía todo lo que aquella frase implicaba. —¿Caminarás un rato más? Yo voy a la habitación. Aprovecharé a ver si puedo dormir un poco.

—Voy contigo. En realidad, solo salí a buscarte.

Pero el castaño no respondió mucho más. Emprendieron el camino de regreso, con un andar lento y pesaroso. Para el arquero, el silencio resultaba extraño, especialmente con Shura. Aún en los momentos más difíciles de su amistad, las palabras no eran algo que solía escasear entre ambos.

Sin embargo, lo que Aioros no terminaba de comprender era que, lo que había cambiado, era precisamente él. No era algo que hubiera planeado, o que hubiese querido, pero había sucedido, y desconocía el modo de dar vuelta atrás.

Sentía la mirada de Shura sobre sí, tímida y escurridiza. Escuchaba sus pasos detrás de los suyos, pero nunca se atrevió a emparejarle el paso.

Entonces, decidió que era hora de hacer un esfuerzo para amenguar la extrañeza entre ambos. Si él no daba el primer paso, el español no iba a intentarlo de nuevo. Además, le gustara o no, era culpa suya que los ánimos se hubieran oscurecido para ambos. El entrenamiento con Dohko aquella tarde, así como la discusión con Saga un par de horas antes, le habían dejado mustio y agrio. Y lo estaba pagando con Shura, lo cual era terriblemente injusto.

Ralentizó la marcha, dando tiempo a que su amigo le alcanzara. Cuando lo hizo, se esforzó por esbozar una sonrisa, discreta pero sincera, que fue correspondida de igual manera por el peliverde.

—¿Estamos bien?—preguntó el mayor. Shura asintió.

—Estamos.

Intercambiaron miradas, cargadas de alivio y reanudaron el paso, en silencio, pero menos incómodos con la presencia del otro.

Tras algunos minutos de camino, alcanzaron la puerta de su dormitorio. La tea junto a la entrada se había apagado. Acababa de suceder, pues aún brotaba humo de ella y se sentía el calor de la madera quemada por las llamas. Pero no fue eso lo que capturó su atención, sino la silueta escondida en las sombras, apostada cerca de la puerta, sin duda, esperando por ellos.

De inmediato se pusieron alertas. Afilaron la mirada y, por instinto, atrincheraron los dientes. En Creta no tenía amigos… solamente enemigos.

—¿Quién eres?—cuestionó el arquero.

—Mi nombre es Náucrate—respondió—. Les esperaba.

—Estamos aquí. ¿Qué es lo que quieres?

—Un momento de su tiempo y un poco de atención. Es todo lo que pido.

Cuando las nubes se disiparon y la luz plateada de la luna entró por la bóveda del Artium, el rostro de su visitante se reveló.

Era mujer, como su voz les había permito adivinar. También era relativamente joven, a pesar de que aparentaba más edad de la que tenía. Su cuerpo estaba desgastado, tanto como sus ropas. Tenía el cabello ralo, con las primeras canas pintando por encima de la mata de cabello oscuro. Las arrugas de su frente estaban marcadas, surcos de pesar en su piel bronceada. Tenía las manos ásperas y heridas, y las uñas rotas, delatando su función en el palacio. No podía ser más que una sierva, de aquellas que eran invisibles.

Quizás en sus mejores años había sido parte de aquel pequeño y distinguido grupo de esclavas a las que Minos presumía, y a las que mantenía cerca de él. Mientras fueran bellas y agradables a los ojos, serían privilegiadas. Pero al terminarse la juventud, terminaban como aquella mujer frente a ellos: desgastada al fregar pisos y limpiar, día tras día, hasta que la muerte la atrapara.

La tristeza en sus ojos apagados era tal que fue imposible que los Santos no lo notaran. No era solamente melancolía, sino también una angustia impresionante.

Aioros prefirió guardar silencio; se negó a aceptar, o rechazar dicha oferta. Cruzó los brazos sobre su pecho, y se relamió los labios, para después sellar la boca, dispuesto a no pronunciar una sola palabra fuera de sitio. Sin embargo, no pudo evitar que sus ojos azules se desviaran hacia Shura. No se sorprendió cuando su mirada chocó con la del español.

—Por favor. Solo unos minutos—suplicó la mujer. El Santo de Capricornio se sobó los ojos, arrepintiéndose de su aventura de esa noche. Más le hubiera valido no abandonar la habitación.

—Está bien, está bien—respondió—. Pero solo será un minuto y, que quede claro, que no queremos ningún problema.

—Muchas gracias.

La mujer entró de primero al dormitorio, seguida del Santo de Capricornio y del Santo de Sagitario. Antes de cerrar la puerta, el arquero se aseguró de que no hubiera ojos curiosos que les espiaran.

Toda vez que estuvieron dentro, Náucrate lucía más inquieta de lo que debería. Se revolvió incómoda bajo la mirada de los Santos, hasta que por fin se atrevió a hablar.

—Este lugar se ha vuelto peligroso—dijo, nerviosa—. Nuestro rey ha perdido la razón, y lo mismo sucede a quienes les rodean. Deben ir con cuidado, pues es difícil identificar aliados de enemigos.

—Eso ya lo sabemos—terció Aioros.

—Y, no te ofendas, pero tú estás incluida en tu propia advertencia. En lo que respecta a nosotros, no sabemos quien eres en realidad, ni lo que pretendes. Si te escuchamos, es por pura cortesía y nada más.

—Entiendo su recelo y lo acepto. Pero también agradezco que me escuchen.

—¿Qué es lo que deseas de nosotros?

—Tengo un hijo, su nombre es Ícaro. —Ni Shura ni Aioros la interrumpieron, pero en un gesto idéntico, ambos fruncieron las cejas. —El destino que le espera aquí no es el que deseo para él. Es un chico noble y listo… su inteligencia no debería malgastarse en pulir mármol, o limpiar establos. No les pido que lo conviertan en su discípulo, así como tampoco suplico porque cuiden de él cada día de su vida. Solo les pido que le permitan marcharse con ustedes cuando su barco regrese a Creta. Toda vez que él se aleje de aquí y de la oscuridad de nuestra isla, el destino habrá de sonreírle.

—¿Ícaro?—cuestionó el español. La mujer asintió. —Su padre es… Dédalo.

La simple mención hizo que la mujer esbozara su gesto de terror. Aquel era un secreto que se había esforzado por mantener enterrado, incluso para el hombre en cuestión.

Ícaro había sido el resultado de una de las muchas noche de trabajo, en aquellas lejanas épocas, donde complacer a los huéspedes era también parte de sus funciones como doncella del palacio. Sin embargo, para ella, Dédalo había sido diferente. No era un hombre necio o ignorante, como la mayoría de los que tuvo que tratar. Sino, al contrario: era brillante y sumamente interesante; cualidades que creía ver en su joven muchacho.

—Nadie sabe eso—musitó.

—Nosotros sí—aclaró el peliverde.

—No sé si podamos ayudarte. Sabrás que Dédalo no está precisamente interesado en ayudarnos, sino todo lo contrario. Lo último que deseamos es darle más motivos para estar en nuestra contra.

—Pero eso no sucederá, mis señores. Dédalo ignora que Ícaro es hijo suyo.

—¿Qué?

—Para él solamente soy una sierva más de este palacio. Es posible que en estos días, en que mi juventud se ha apagado, incluso sea incapaz de recordarme.

—Náucrate… ese es tu nombre, ¿cierto? —Ella asintió de nuevo, así que Aioros continuó. —No es del todo posible que podamos…

—Mi niño mostrará su valor, si es eso lo que necesitan—interrumpió la mujer.

—No se trata de eso. Es que…

—Les suplico. Tan solo tiene dieciséis años. Su vida no debe terminar aquí.

—Es muy probable que, aún marchándose con nosotros, no consiga la vida que deseas para él.

—La tendrá. Ustedes son Protegidos de Palas, del mismo modo en que su padre lo fue alguna vez. Ícaro ha heredado la inteligencia de su padre, Athena sabrá reconocerlo.

—Ni siquiera sabemos si saldremos de aquí algún día… —El arquero, nervioso, se revolvió el cabello.

—Lo harán. Sé que lo harán.

La mujer tenía fe en que lo conseguirían, y también en que su hijo marcharía con ellos, hacia lugares donde el futuro era más brillante.

Quizás fue precisamente esa esperanza ciega la que hizo que Náucrate malentendiera sus palabras y se hiciera una idea equivocada de la respuesta de los Santos. Antes de que cualquiera de los dos pudiera objetar, ella les obsequió una sonrisa y salió volando de aquel sitio.

—¡Oye...! —Shura intentó llamarla, temiendo que algo había ido terriblemente mal en su conversación. Pero ya era demasiado tarde.

Náucrate se había marchado de ahí con un plan en mente. La esperanza burbujeaba en su interior. Sería difícil que las ideas abandonaran su cabeza, especialmente cuando la fuerza de la fe las alimentaba.

-x-

Kanon observó todo a través de una de las rendijas de su puerta. Había estado ahí todo el tiempo: desde que la misteriosa figura apareció, hasta que abandonó el dormitorio de Shura y de Aioros a toda velocidad.

Lo que fuera que estuviera pasando, le traía un mal presentimiento. Después de todo, entre las múltiples cosas que el arquero y su gemelo tenían en común estaba el hecho de que, sus catástrofes, cuando existían, solían ser de dimensiones dantescas y con repercusiones inexplicables, no solo para ellos mismos, sino para todos.

Apretó los dientes al pensar en ello, y chasqueó la lengua. Se escurrió contra la pared, hasta quedar sentado sobre el piso, justo a la lado de la entrada de su habitación. Su mirada se dirigió irremediablemente hacia Saga.

El Santo de Géminis dormía en la cama del fondo, de espaldas a él. O, al menos eso fingía; porque tanto Kanon como él, sabían que no estaba dormido. También sabían que estaba furioso. Aioros tenía esa particularidad en él: lo mismo era de gran ayuda, o se convertía en un enorme estorbo. Kanon estaba seguro de cual papel jugaba en ese momento.

—Se ha marchado—susurró, apenas un suspiro, pero lo suficientemente fuerte como para que su hermano, si estaba despierto, le escuchara.

—¿Quién era?

—No estoy seguro, pero creo que era una mujer—respondió Kanon. Sonrió escuetamente al darse cuenta de que no se había equivocado. —Estuvo algunos minutos dentro de la habitación, con ese par de idiotas. Y ahora se ha marchado a toda prisa… Tengo un mal presentimiento sobre esto—bufó, soplando sus flequillos.

—Mañana hablaré con Shura.

El antiguo marina levantó una ceja, con curiosidad. ¡Por supuesto! ¡¿Cómo no lo había visto antes?! Si Saga iba a acudir a la cabra, y no al arquero, la situación tenía que estar realmente mal.

—¿Qué harás con el arquero?

—¿Qué haré con él? Nada. No soy su maldita niñera—gruñó. Lo cierto era que, en parte, se sentía responsable del idiota amigo que tenía.

—Creo que hará alguna estupidez, en un futuro cercano, que nos costará caro.

—Quiero confiar en que no será así.

—Estás siendo ingenuo. Tú nunca eres ingenuo.

—No es ingenuidad. —Pero, ¿lo era? Aioros podía tener ese efecto en las personas: su optimismo e ingenuidad resultaban tremendamente contagiosas.

—¿No? Y, ¿qué es?

Esta vez, Saga prefirió guardar silencio. Enfuruñado, gruñó de nuevo y se revolvió en la cama. En ningún momento enfrentó a su hermano, sino le dio la espalda durante la breve conversación.

Kanon, por una vez, tampoco quiso abusar. Era plenamente consciente de que, si en algo Saga y él jamás estarían de acuerdo, sería acerca de Aioros.

En algún momento de su vida había odiado aquella sinergía entre su gemelo y el Santo de Sagitario… los había detestado a ambos. Pero ya no más. Por supuesto, tampoco le fascinaba dicha cercanía, especialmente ante la idea de sentirse relegado. Se decía a si mismo que la aceptaba y que lidiaba con ella mucho mejor ahora, que catorce años atrás. Una señal de madurez, sin duda. Aunque tal vez era simplemente resignación.

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Era un sueño. De eso estaba seguro.

La casa de Leo lucía radiante, tan hermosa como siempre la recordaba. ¿Cómo más podía verla? Era su hogar, su templo: el palacio del león.

Envuelta en la bruma de aquel sueño, lucía aún más majestuosa. El mármol blanco y perfecto trepaba hacia el techo, hasta la cúpula adornada con hojas de olivo, talladas en oro y plata. El piso bajo sus pies resplandecía, como un precioso espejo de piedra fina. Observó en él su reflejo: llevaba la armadura puesta, y su capa, de un rojo escarlata como la sangre, ribeteada con hilos de oro, ondeaba suavemente a sus espaldas. Sus botas tintineaba a cada paso que daba. Solamente aquel repiqueteo rompía la calma; el silencio era sepulcral, como si él y su templo se mantuvieran suspendidos en el tiempo.

La niebla iba con él, impidiéndole ver unos metros más allá de donde se movía. A cada instante que pasaba, se tornaba más densa y se cerraba poco a poco a su alrededor. La paz comenzó a abandonarle, conforme Leo se transformaba en un laberinto que ni él mismo parecía capaz de descifrar.

Pero, justo entonces, cuando la desesperación empezaba a apropiarse de su cordura, la distinguió.

Era solo una figura a la distancia, oscura e indefinida, pero a la vez, sumamente familiar. El corazón le brincó y, dentro de él, brotó un rayo de esperanza, así como de alegría. Su primer instinto fue correr hacia ella. Sin embargo, su prudencia, aquella que raras veces aparecía, obligó a sus piernas a detenerse.

—"Estas soñando. Nada aquí es real"—susurró la voz de su conciencia. Y el león lo sabía, pero no quería escucharla.

—Debo verla—musitó.

—"Es solo una mentira."

Y bien podría serlo, más eso no importaba ya. Decidido a ignorar las dudas en su cabeza, dio el primer paso, y el siguiente. Antes de que se diera cuenta, caminaba a zancadas hacia aquella ilusión. Se detuvo justo cuando la niebla dejó de ser un estorbo. Ahora podía verla. Solo estaba a un par de metros… y no podía creer cuanto la había extrañado.

—Marin…—musitó, despacio y en un murmullo, como si temiera que el sonido de su voz fuera a despertarle de aquel sueño—. Te he extrañado. Mucho.

—Y yo a ti.

Lucía como una diosa: radiante y hermosa. No vestía a Águila, ni llevaba el rostro de plata cubriéndola, como estaba acostumbrado a verla. Iba cubierta por un peplo de tono azul acallado, que contrastaba con el rojo intenso de su melena y resaltaba el marrón de sus ojos. Su voz era la de un ángel; así siempre le había parecido a Aioria, pero nunca más que entonces.

Aunque moría de ganas de correr a ella para estrecharla en brazos, el Santo no se movió un centímetro. Se sentía incapaz de tocarla, de olerla y probarla, solo para volver a perderla.

—Ven. —La Amazona extendió los brazos, invitándole a acercarse. —Ven conmigo.

—Si te toco… desaparecerás.

—Si no lo haces, también me iré.

—No quiero perderte. —Agachó la mirada y apretó los labios. —No puedo.

—Sabes bien que nunca me perderás. Siempre estaré esperando por ti. —Marin insistió. —Ven conmigo.

Aquello pareció convencerlo.

Dubitativo, se permitió avanzar. Caminó muy despacio, a pesar de que la distancia entre ambos era mínima.

Los brazos extendidos de Marin pedían por él y él no iba a resistirse. El león se permitió buscar sus manos con las suyas, y se aferró a ellas con suavidad, pero decisión, como si el mundo pudiera terminarse en ese instante. Una vez que su piel rozó la suya, no hubo vuelta atrás. Tiró de ella para atraerla contra sí. La estrechó entre sus brazos y hundió el rostro en la melena roja y ensortijada. Su olor, la suavidad de su piel y el calor de su aliento, golpeando contra su cuello… todo le recordaba a ella.

Si aquel era un sueño, entonces era cruelmente real.

—Lo siento—susurró el castaño, sin soltarla—. Lo siento tanto.

—¿Por qué? Nada aquí ha sido culpa tuya.

—Las cosas que he hecho… —Y recordaba cada una de ellas. —Lo siento. Yo solo quería sobrevivir y volver.

—¿Te arrepientes de lo que hiciste? —La pregunta lo obligó a evaluarse. No había una respuesta sencilla, ni tampoco una fácil de comprender.

—No me arrepiento de haberlo hecho, si eso me lleva de regreso a ti—habló. Las palabras abandonaron sus labios con temor a que ella no entendiera sus motivos. Besó su melena y cerró los ojos, para dejar que fueran sus sentidos quienes se impregnaran de ella. —Solo desearía haber tenido otra opción.

La pelirroja permaneció estática en sus brazos. Aioria sentía la suavidad de su respiración, mientras la espera por una reacción en ella le atormentaba. Sabía que la había decepcionado. Pero también sabía que había sido sincero y que no le había mentido.

Sin embargo, ahí, con ambos enredados en un abrazo, algo cambió.

Al león le tomó un par de segundos notarlo, pero cuando el primer aviso llegó, lo hizo como una bofetada inmisericorde. La cabellera de fuego, de la que no podía cansarse, mutó entre su dedos. Los rizos se deshicieron y las hebras de cabello crecieron. El aroma de Marin también se disipó, como si el viento hubiera arrastrado su esencia lejos de él. Y su cuerpo, pequeño y frágil, que a Aioria siempre le pareció que se amoldaba al suyo con perfección, cambió hasta volver incómodo aquel abrazo.

—¿Qué…? —El Santo se alejó de ella y buscó su rostro, solo para caer en el más profundo de los miedos al encontrarlo. Ya no era Marin, no quedaba nada de ella. —Tú…

—Así que te arrepientes de mí. —Artemisa estaba frente a él, con la mirada más oscura que le había visto jamás. —Todo este tiempo, me has engañado.

—Artemisa, yo…

—¿Queda algo de él en ti? —Su mirada ámbar carecía de cualquier brillo que alguna vez la hiciera lucir viva. Un dolor profundo se observaba en ellos, con la sombra de la ira que empezaba a dominarlos.

Aioria no supo responderle. A veces, podía sentir a Orión en él; otras, simplemente sentía que se había desvanecido.

—Yo… es que… no lo sé. Lo siento—dijo, con la voz en un hilo. La diosa clavó su mirada en él y posó la mano sobre su pecho, justo a la altura de su corazón.

—Entonces ya no eres mío—murmuró—. Pero tampoco serás de ella, ni de ninguna otra.

La mano de la diosa se encendió con cosmoenergía y una fuerte punzada de dolor retorció el corazón del Santo. Aioria abrió los labios, pero ni un sonido abandonó su garganta. Sentía que aquel golpe de energía partía su pecho en dos. Los latidos de su corazón se desbocaron, retumbando en sus oídos. El aire le escaseó.

Se ahogaba. Sus pulmones no se daban abasto y su corazón estaba a punto de explotar. Como un castillo de naipes, el sueño se desmoronó. Leo se desvaneció ante sus ojos; las columnas colapsaron y el tejado comenzó a desplomarse sobre de él. Lo último que vio fue la mirada penetrante de Artemisa. Sintió las lágrimas correr por sus mejillas.

Y después, solo hubo oscuridad.

-x-

Shaka había insistido en quedarse con Aioria, cuando la comitiva partió rumbo al campamento tracio. Sabía que cualquier ayuda sería importante cuando llegaran ahí, pero también sabía reconocer a un amigo en problemas al tenerlo enfrente. Especialmente después de aquella breve pero analítica conversación con Máscara Mortal. Así que había sopesado sus opciones y tomado la decisión que creía correcta. No se arrepentía: el león empeoraba con cada minuto que pasaba.

Después que el grupo se marchara, Endré y él se había hecho cargo de Aioria. Éste había pasado la mayor parte del tiempo luchando entre la conciencia y el sueño, como si no pudiera dominar a ninguno de los dos.

Sin embargo, conforme el tiempo pasó, sus síntomas empeoraron. Sus ratos de lucidez se hicieron más breves, y pronto cayó en un profundo sueño del que no podían despertarle. Después le sobrevino la fiebre. Los remedios del joven curandero no habían conseguido cambio alguno en el Santo. Antes de que se dieran cuenta, todo quedó fuera de su control.

—Está ardiendo—musitó Hueso Flacos mientras se apresuraba a humedecer de nueva cuenta el trozo de tela que le había puesto sobre la frente. —Pensé que había mejorado.

—Yo también pensé en lo mismo cuando despertó.

—¿Qué haremos? —El niño volteó hacia él y, por primera vez en mucho tiempo, las palabras se atoraron en la garganta del Santo de Virgo.

—No lo sé.

Detestaba no saber. Repudiaba vivir con incertidumbre y sin control del destino. No era que no se sintiera capaz, o lo suficientemente valiente, para manejar cualquiera reto que los dioses pudieran enviarle. Pero cuando dicho evento involucraba a alguien a quien apreciaba, entonces el camino se veía cuesta arriba.

Apretó los dientes al escuchar el quejido del león. Por instinto, buscó la mirada del joven sanador. Pero el chico estaba tan confundido como él. No había mucho que cualquiera de los dos pudiera hacer.

—Trae un poco más de agua. Hagamos lo mejor que podamos—solicitó. Vio a Huesos Flacos marchar a toda prisa hacia el estanque más cercano, mientras él se encargaba de cambiar el trozo de tela sobre la frente de Aioria. Notó que había comenzado a temblar. —¿Qué está pasando?—musitó para sí mismo—. Pensé que estabas mejor.

Tocó su frente y ardía. Los rizos castaños estaban empapados de sudor y de agua, pero la temperatura de su cuerpo no disminuía. Si la fiebre continuaba de aquel modo, Shaka comenzaba a temerse lo peor. En medio de la nada, no habría mucho que hacer por él, y tampoco había nadie que pudiera ayudarlos.

Los temblores arreciaron, así que el rubio lo arropó un poco más. Buscó su brazo y le midió su pulso; el corazón parecía dispuesto a abrirse paso a través de su pecho a punta de golpes.

Aioria soltó un quejido de dolor puro y su cuerpo convulsionó. Shaka apretó los labios, sintiendo como su propio corazón se aceleraba.

—¡Tengo el agua!—dijo Endré cuando regresó. Pero tan pronto reparó en la expresión agravada del Santo, temió que de poco, o nada, sirvieran sus esfuerzos. —¿Qué pasa?

—Su corazón…

—¿Qué tiene?

—Late demasiado rápido.

—¿Qué? ¿Por qué?

Shaka no pudo responder, porque no sabía nada con certeza con que estaba lidiando. Pero justo en el momento en que Huesos Flacos untó sobre los labios del león un poco de aquella rara de mezcla de hierbas con que le trataba, el resuello de su respiración hizo que el aliento se le cortara.

Una punzada de ansiedad recorrió su cuerpo, mientras sentía el cosmos de Aioria extinguirse.

Buscó de nueva cuanta por su pulso, pero no lo encontró. De inmediato, trató de buscar el vaivén de su respiración, pero nada sucedía. Aioria estaba completamente estático; su rostro se había perfilado y sus labios palidecían con el paso de los segundos.

—No puede ser…—murmuró el Santo de la Virgen—. No puede ser.

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El cosmos de Artemisa centelló con una furia inusual. Apolo solo lo había sentido explotar con tal intensidad en una ocasión anterior. Había sido tras la muerte de Orión, cuando él misma la engañase para asesinarlo. No negaba que sus métodos eran innecesariamente crueles, pero para el dios del Sol, ese era el único modo de arrancar aquel sentimiento del corazón de su hermana, para preservar sus votos de pureza.

Sin embargo, lo que realmente llamó su atención, fue la otra energía agonizante que se apagaba en ritmo contrario al modo en que el cosmos de Artemisa se encendía.

Tardó un par de segundos en comprender. Pero cuando lo hizo, supo exactamente que hacer.

Con pasos rápidos y ligeros, fue en busca del cofre donde resguardaba los medallones de Athena. Cuando lo abrió, se encontró con el resplandor tenue que envolvía a uno de ellos en particular. Tenía que actuar, con presteza y sin miramientos.

—Es hora—dijo.

Si los había conservado, era por una razón en especial. Porque, de algún modo, temía que eso sucediera, tarde o temprano.

Sacó las doce joyas y las ordenó sobre la mesa, formando un círculo con todas ellas. Se aseguró que todas estuvieran en el orden correcto y, entonces, pasando por sus manos por encima, hizo que su propio cosmos las despertara. Bastó solo un poco de su energía para que reaccionaran. Un segundo más tarde, los dijes centellaron por si mismos, al unísono.

Apolo sonrió. Tenía una promesa que cumplir.

-x-

—Vamos, Aioria, vamos. Reacciona. —Endré estaba haciendo su mejor esfuerzo para conseguir que el león respirara de nuevo. Pero conforme el tiempo escapaba, la tarea lucía cada vez más titánica.

Mientras tanto, Shaka solo observaba. La impotencia carcomía sus nervios, conforme los segundos se esfumaban y la situación no cambiaba. Pensaba en que lo peor que podía pasarle era precisamente eso: contemplar, segundo tras segundo, sin nada que pudiera hacer para ayudar a su amigo.

Pero, cuando el chico abandonó todos los esfuerzos, el Santo de Virgo sintió que él mismo se quedaba sin respiración. Sus ojos turquesa se abrieron con incredulidad. No esperaba llegar a ese punto.

—No creo que pueda hacer más—declaró el joven. Shaka meneó la cabeza, en negación pura.

—No. Tenemos que hacer algo… ¡Lo que sea!

—Pero… —El chico contuvo las lágrimas a duras penas. —No sé como más ayudarlo.

—¿Entonces…?

—Lo siento. No hay nada que yo pueda hacer.

Confundido y con las emociones enredadas en su interior, el rubio enredó los dedos en su cabellera. No podía describir lo que estaba sintiendo, salvo quizás, el hecho de que estaba siendo superado por la situación. Todo iba tan rápido, que era difícil comprender por completo lo que estaba aconteciendo y el porqué.

Miró de nuevo hacia Aioria y trató de decirse a si mismo que las cosas sucedían por un razón. Pero lo cierto era que no podía.

Racionalizar el dolor no le era efectivo ya.

Aún cuando en el pasado hubiera tenido una fe ciega para aceptar las curvas de la vida, la Edad del Mito, y aquel constante ir y venir de decepciones que les perseguían, estaban comenzando a hacer mella en él. Ahora esta confundido y dicha confusión se reflejaba en su mente aturdida. ¿Cómo podía ser fuerte, si su propio espíritu resultaba incontrolable para él? ¿Cómo conservar la fe, cuando el destino caprichoso les arrebataba todo?

Pero justo cuando su frustración comenzaba a tornarse en lágrimas, y su rabia en amargura, los dioses le enviaron una respuesta que no esperaba.

Sobre el pecho del león brilló el medallón de Leo. Dónde, o cómo había aparecido, a Shaka poco le importó. Sin embargo, estaba seguro de que se trataba de la joya que su diosa les obsequiase. Otras once esferas de energía rodearon a la primera, flotando en el aire, cual plumas al viento.

Surgieron con una luz suave y cálida. Era el cosmos de Athena, el mismo del que Shion les había contado. Al Shaka no le costó reconocerlo, sin embargo desconocía el alcance y el origen de dicho poder.

De pronto, los dijes se encendieron, como el fuego avivado con el aire. En un pestañeo, doce estelas de luz dorada se elevaron hasta el cielo, iluminando la noche y ahuyentando al frío de la madrugada.

Las ráfagas de aire se desataron, pero eran tibias y exudantes de energía. Jugaron con las largas hebras de cabello rubio del Santo y hundieron a Huesos Flacos en la admiración más grande que había experimentado jamás. Aquel torbellino de cosmos que los había envuelto, crecía en poder y en fuerza. Una gran explosión se preparaba. Y, cuando sucediera, ni siquiera Shaka sabía lo que sucedería.

—¡Ven aquí! —Tomo al chico del brazo y lo obligó a alejarse de aquel caos. Sin embargo, ambos se mantuvieron expectantes, con los ojos bien abiertos, como si temieran perderse parte del glorioso despliegue de cosmoenergía.

—¡¿Qué es eso?!—preguntó Endré. Pero no obtuvo respuesta. Dudó si la falta de réplica se debía a desconocimiento del Santo, o a que la fiereza del viento arrastraba sus palabras.

Tampoco fueron necesarias las explicaciones, pues poco después, con una violenta convulsión, el cosmos estalló. El instinto del niño fue cubrirse, pero no el de Shaka.

El Santo no despegó la mirada ni por un instante, a pesar de que la luz le hería la vista. Su propio cosmos se había desplegado, buscando con ahínco comprender lo que la otra energía pretendía. No le temía, pues al final de cuentas, era el cosmos de su diosa. Pero era de sobra consciente de que no había sido ella quien lo había convocado.

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Ahí iba él, camuflado entre la piedra oscura, aferrándose tanto como podía a la montaña. La pendiente era prácticamente vertical. Un paso en falso, o un resbalón, y terminaría cayendo al vacío, hacia una muerte segura.

Ángelo, sin embargo, no era del tipo de persona a la que la muerte le espantara. Dicho de paso, tampoco estaba listo para abandonar el mundo de los vivos. Así que, sin temor, pero con consciencia, avanzaba en su misión muy particular: mientras el resto del grupo se infiltraba en el campamento tracio, él era el encargado de deshacerse de los arqueros apostados a lo alto de la montaña.

Bien podría haber enviado a sus fuegos fatuos de cacería, pero prefería hacerlo él mismo. De ese modo, era más discreto, mas efectivo y también más certero. Además, mientras más arriba estuviera, mejores eran las vistas y tenía acceso a un sitio más estratégico.

Hasta ese momento, todo había salido perfecto. Dos arqueros habían caído y uno más estaba a punto de hacerlo. Avanzaba a buen ritmo, tranquilo de que abajo, en el campamento, nada delataba problemas. Eso solo podía significar que el resto lo estaba haciendo bien también.

Consiguió llegar a aquella diminuta explanada donde su siguiente víctima aguardaba, sin siquiera haber reparado en su presencia.

Se asomó por encima del borde de la piedra y esperó. El hombre estaba atento, mucho más que cualquiera de los otros dos a los que asesinase primero. Pero lo cierto, era que, para Máscara Mortal, no hacía ninguna diferencia. Solamente era cuestión de paciencia y de precisión. Toda vez que encontrara la ventana de oportunidad, solo tenía que lanzarse sobre él, pillar su cuello y torcerlo en un solo movimiento, antes de que el primer grito escapara de su agonizante garganta.

Entonces, el momento se dio.

El italiano se impulsó y saltó, listo para abatir al tracio. Sin embargo, justo en el instante en que cayó sobre él, el cielo se iluminó.

La distracción de la luz, aunada al cosmos conocido que se explotaba, le costó un golpe. El soldado consiguió encajarle un puñetazo en la mejilla, pero el Santo reaccionó y lo sometió con facilidad. El hombre chilló ante la presión con la cual le torció el brazo. Pero el dolor no le duró demasiado. Ángelo terminó con su vida en un instante.

Se incorporó rápidamente y miró hacia el horizonte, donde la columna de luz se levantaba. El aura dorada de aquel resplandor se reflejó en sus ojos azules.

—Maldición—susurró. Apretó los puños y entrecerró los ojos. —Gato… Buda…

Pero, de pronto, una lluvia de saetas cayó sobre él.

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La diosa reconoció de inmediato aquel cosmos que ardía a la distancia, más allá del Gran Mar. La piel se le había erizado y los latidos de su corazón resonaban dentro de ella, desbocados. Era su cosmos; era su energía la que se quemaba a kilómetros de ahí.

Pero, ¿cómo había sucedido?

Athena se puso de pie y caminó hacia el balcón que daba al Oriente. Sus ojos grises centellaban con una inusual mezcla de consternación y también de desasosiego. Las razones de aquel extraño fenómeno escapaban de toda lógica para ella.

La única forma de que su cosmoenergía ardiera sin que ella misma la convocara, era mediante los medallones que sus Santos usaban para protección, y para que dicha energía fuera capaz de generar una explosión tan violenta y poderosa, era necesario que fuese enardecida por un ser divino. Sobraba decir que dicha divinidad, la que había empezado todo, no había sido ella.

—¡Princesa! —Shion apareció algunos minutos después. A juzgar por la prisa de sus pasos y la expresión grave de su rostro, él también había sentido lo mismo que ella. —Lo has sentido—aseveró, al verla de pie en el balcón, con la mirada fija en el horizonte.

—Ha sido mi cosmos.

—Lo sé. Pero, ¿cómo…?

—No lo sé. No sé que está pasando.

Pero lo obvio era que estaba preocupada. Shion también lo estaba, porque al igual que ella, comenzaba a atar cabos acerca del cómo y el por qué, y lo que tenía, no le estaba gustando.

Miró de reojo a la diosa, y al ver el modo insano en que sus manos se cerraban sobre la baranda, así como los labios apretados y su ceño fruncido, supo cual sería el siguiente paso.

Si había otro dios de por medio, entonces habría que averiguar de quien se trataba y lo que pretendía.

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—¡¿Qué demonios es eso?! —El grito colectivo hizo estruendo por todo el campamento. Las voces corrieron rápidamente, conforme la columna de luz dorada se alzaba hasta el cielo, a tan solo un par de kilómetros de ahí.

Los Santos no fueron la excepción a aquella masiva demostración de incertidumbre. La explosión de cosmos a la distancia los había pillado desprevenidos. La oscuridad de la noche, aquella que había sido su aliada, los abandonó en un abrir y cerrar de ojos. Las ráfagas brutales de viento enloquecían a los caballos y amenazaban con tumbar las tiendas tracias. En un pestañeo, todo estaba en contra suya.

—¡¿Qué es eso?! —Bemus confrontó a Camus, quien era el más cercano a su ubicación. —¡Esto ha sido obra suya!

—Baja la voz—siseó el francés—. Eso es cosmos… pero no es nuestro.

—Camus…

—Lo sé, Milo.

—¿Qué? ¿Qué sabes?

—Es el cosmos de Athena—musitó Mu.

—¡¿Eh?! ¿La señora Palas?—preguntó Ophelos. Talal, el gigante moreno, arrugó el entrecejo. —¿Cómo es posible? ¿Ella está aquí? ¿Dónde?

—No, no… ella no está aquí.

Sin embargo, para mala fortuna de todos, incluidos ellos mismo, Camus no tenía más explicaciones que ofrecer.

El viento arreció y un par de tenderetes cayeron. Los telares de uno de ellos aterrizaron sobre una fogata, prendiendo fuego de inmediato. Se escucharon algunos gritos de sorpresa que acapararon la atención de un puñado de hombres, que corrieron tan rápido como pudieron hacia el incipiente incendio, para tratar de extinguirlo. Pero las ráfagas de aire alimentaban las llamas que crecían con avidez. Antes de que pudieran evitarlo, las fauces del fuego devoraron una tienda más, y otra.

Fue entonces cuando todo se desmoronó.

Entre el pánico y la desesperación que el fuego generó, surgió también la solidaridad. Hombres llegaron desde muchos rincones del campamento para ayudar a contener el incendio. Prácticamente rodeados, la comitiva de Santos y marineros se vieron atrapados. Trataron de ocultarse tanto como les fue posible. Pero el caos, la luz de la estela y el ventarrón conspiraban en su contra.

Un soldado corrió directamente hacia su posición. El hombre solo buscaba por un poco de agua, pero encontró mucho más que eso.

Sus ojos oscuros no ocultaron la sorpresa de encontrarse con los intrusos. Retrocedió un par de pasos, confundido acerca de su proceder. Después miró hacia ambos lados, en busca de refuerzos.

Sin embargo, en medio del caos, a pesar de estar rodeado por decenas de personas, descubrió que estaba solo.

—Maldición—musitó Mu. Tragó saliva y midió sus opciones. El soldado hizo lo mismo.

—¡Intrus…!—intentó gritar.

Antes de que la palabra abandonara sus labios, el resplandor rojizo de la Aguja Escarlata surcó los aires. Un pestañeo más tarde, el soldado cayó muerto.

A pesar de todo, era demasiado tarde. Para cuando el cuerpo inerte del hombre golpeó el suelo, y el metal de su armadura repiqueteó, los ojos de los tracias parecían haber olvidado el incendio para centrarse únicamente en ellos. Tan solo fueron unos segundos, pero fueron lo suficientemente largos como para que se sintieran eternos.

Rápidamente, el pequeño batallón de Santos y marinos se puso en alerta. Acababan de ser descubiertos.

-x-

Cuando el resplandor de aquella tormenta de cosmos se disipó, dejó tras de sí un caos en la mente del Santo de la Virgen. Huesos Flacos estaba aferrado a él, como si su vida dependiera de ello. Shaka sabía que ninguno de los dos corría peligro, pero tampoco podía explicar lo que acababa de contemplar.

Suavemente, apartó al chico. Sus ojos turquesas recorrieron el lugar, encontrando nada más que el cuerpo de Aioria y los restos de la pira funeraria de Panza de Yegua.

Dubitativo, decidió acercarse a su compañero. El cuerpo de Aioria despedía una energía conocida, pero más intensa de lo que Shaka había pensando en un principio. Se trataba del cosmos de Athena, de diosa. Pero había algo en aquella energía que resultaba diferente.

—¿Aioria?—musitó, mientras se acercaba con pasos bien calculados. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, descubrió que el colgante de Leo descansaba sobre el pecho del castaño. El resto de los medallones estaban sobre el suelo, a su alrededor. —¿Aioria?—insistió solo para seguir sin respuesta.

—¿Qué ha pasado?

—Esos colgantes, nos pertenecen… y a Athena. Estaban en poder de Apolo, pero ahora…

—¡¿Apolo?!—exclamó el chico. De inmediato, se reprendió por hablar con tanta fuerza. —Pero… entonces, ¿cómo es que han vuelto?

Shaka entrecerró los ojos, sin ofrecer respuesta a las dudas del chico. Extendió el brazo, con cuidado, para tomar el colgante que pertenecía a su propio signo. El metal estaba caliente, más no quemaba. Al estar entre sus manos, la joya reaccionó al contacto con su dueño.

Entonces, descubrió la sorpresa más grande de esa noche.

—Está respirando…—susurró, primero para sí mismo. Un segundo después, volteó hacia Endré. El chico estaba tan sorprendido como él. —¡Aioria está respirando!

-Continuará…-

NdA: ¡Un capítulo más!

No tengo mucho que agregar, salvo que he terminado uno de mis otros multichapter, lo cual probablemente me dará un poquito más de tiempo con esta historia. Veremos que tal va.

Tampoco puedo despedir el capítulo sin agradecer a todas esas adorables personitas que se toman algunos minutos para dejarme sus comentarios después de leer. ¡Ya saben que importantes son todos sus comentarios para mi! TuT

Así que, a nike-chri, lesliecatherine. sagasteguilau, Shakary, Mariana Elias, O-Mac, LinSaintSeiya, Kaito Hatake Uchiha, Krmenxita Uchiha, Spring Surprise, Doncel. Fera07, Damis, Kisame Hoshigaki, Jabed, marlys, Aspros, Katsumi, Sekmeth Dei, itatechi98, Liluz de Géminis, Narutoouji, Altariel de Valinor, Ghost Reader, Any003 y Autumnal Soul; a todos, ¡gracias!

Chicos y chicas, ¡62 capis y contando!

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