Capítulo 63
Cuando los héroes se rompen
La reyerta había estallado en un abrir y cerrar de ojos. Los tracios se multiplicaron cual hormigas alrededor de ellos, y antes de que se dieran cuenta, estaban rodeados. A lo lejos, la estela de luz dorada se había extinguido. La oscuridad había reclamado el protagonismo una vez más. Solo los gritos y el repiqueteo del metal irrumpían la paz de la noche.
Al principio, los Santos se sintieron en ventaja. El filo de la espalda no era rival para sus cosmos. Uno a uno, los tracios cayeron, vencidos por aquel poder superior que no terminaban de comprender. El resto de su comitiva se crecía, a sabiendas de que no había poder mortal que pudiera competir con el de los Protegidos de Athena. Con ellos de su lado, aún los ejércitos más fuertes, tendrían problemas para derrotarles.
—¡No los dejen acercarse!—bramó Ophelos. Su espada pasó peligrosamente cerca del cuello de un tracio obligándole a retroceder. Empujó un poco y consiguió ganarse algo de espacio. —¡Háganlos retroceder! ¡Los tenemos donde queríamos!
—¡Talal! —Resonó el grito de Bemus. —¡Los arqueros! ¡Hay arqueros a tu derecha!
—¡Los veo!
El gigante africano tomó con fuerza las dos espadas cortas que blandía y plantó los pies sobre el suelo. Permitió que un par de tracios se acercaran, resguardados tras sus escudos, pero con las sicas preparadas. Las cuatro armas se engarzaron en un estira y encoge, hasta que Talal, con un poderoso bramido, consiguió empujarlos a ambos. Los soldados cayeron y el marinero aprovechó la oportunidad para hundir sus espadas en ellos. Una atinó al corazón de uno, mientras que la otra se hundió en el estómago del otro. El hombre soltó un aullido largo y agonizante antes de que Talal cegará su vida con un tajo en el cuello.
Entonces, con un poco de espacio para maniobrar, se permitió ir por la misión encargada por su capitán. Guardó sus armas en el cinto y robó las sicas de los guerreros caídos. Las lanzó.
Los filos curvos de las armas surcaron el aire. Dieron en el blanco. Dos arqueros cayeron, heridos por las armas de sus propios hermanos de batalla.
Sin embargo, un tercer hombre apareció y también un cuarto. Talal alcanzó a divisar más sombras detrás; un pequeño batallón de arqueros se arremolinaban alrededor de ellos, tomando todo punto de ventaja que tuvieran. Supo que no podía hacer mucho para contrarrestarlos.
Para su fortuna, no fue necesario que moviera un solo dedo en su contra. Desde detrás, las inconfundibles luces rojas de la Agua Escarlata volaron hacia sus enemigos. Uno a uno, los hombre cayeron con gritos sordos, que se perdieron en el caos.
Agradeció con una sonrisa al Santo y después, regresó a la acción, solo para presenciar el momento en que una brisa de aire frío e hiriente, arrasó con un grupo de tracios que atacaban por el norte. Si quererlo, sonrió. Sus facciones duras se ablandaron y, por un momento, se sintió poderoso. Andar el mismo camino que ellos le recordaba a las leyendas de su niñez, sobre dioses de ébano que guiaban ejércitos de creyentes hasta la victoria.
Pero poco entendía de que los dioses de las leyendas eran invencibles e intocables. Los hombres con los que había navegado, cabalgado y luchado, no lo eran.
Una lanza apareció de la nada. Varias la siguieron.
—¡Muro de Cristal! —Una tras otra, las lanzas encontraron final en la pared de cosmos. Algunas más se estrellaron contra el muro protector del lemuriano, haciéndose trizas.
Sin embargo, una pequeña ventana de oportunidad se abrió para los tracios. Ante la confusión de un ataque por varios flancos, una lanza consiguió colarse a pesar de todas las defensas y rasgó la piel de Mu. Fue solo una herida pequeña, apenas un corte a través de la piel, del cual surgió una gota de sangre. Pero eso fue suficiente.
Las puntas metálicas de las lanzas guardaban un secreto; una imitación, tal vez, de la solución propuesta por la hespéride.
Los curanderos tracios habían untado en ellos una mezcla de hierbas que daría por finalizada la batalla. No era un brebaje mortal, pero eventualmente llevaría a sus enemigos a la muerte.
Empezaba con un espasmo paralizador, una toxina que corría por el torrente de sangre y atrofiaba cada músculo del cuerpo en tan solo unos segundos. Tanta era su fuerza, que mente y cuerpo se desconectaban. Era un efecto rápido y aturdidor que empeoraba según la exposición al veneno. Después de la primera etapa, un sueño profundo sobrevenía al infectado. Y entonces, la gran cuestión surgía: una infección más larga terminaba en muerte; o volver atrás, y tener misericordia con el caído hasta verlo despertar. Pero para llegar a ese punto, el camino era largo y tedioso, así como doloroso.
Y fue de ese modo que la primera víctima cayó.
El Muro de Cristal se hizo pedazos cuando el cosmos de Mu dejó de obedecerle. El lemuriano sintió el peso de sus brazos superándolo, hasta que dejaron de servirle. Por último, sus piernas fueron incapaces de sostenerle y cayó.
—¡Mu!—exclamó Camus en el instante en que golpeó el suelo. Fue hacia donde él estaba para tratar de ayudarle. —¿Qué tienes? ¿Qué ha pasado? —Pero no obtuvo ninguna respuesta de su compañero. Lo que desconocía era que el silencio no era deseado. Incluso la lengua de Mu se había rebelado en su contra. —¡Mu!—insistió.
—¡¿Qué tiene?!—espetó Milo. Él trataba de lidiar con sus propios problemas del mejor modo en que podía.
—No lo sé—musitó Camus. No supo si el escorpión lo escuchó, o no, pero no le importó. —Maldición…
Su presentimiento de que algo malo sucedía tomó fuerza cuando, a tan solo unos pasos de ambos, otro marino cayó, con los mismos síntomas que el pelilila. Sin embargo, no supo que era con exactitud lo que sucedía.
Una lanza voló en su dirección. El francés apenas se movió a tiempo para esquivarla, sintiéndola pasar peligrosamente de él. El arma se estrelló contra el suelo y se hizo añicos.
—¡Camus! ¡Maldita sea! ¡¿Quieres que te maten?!
—¡Estoy bien, Milo! —Mu, en cambio…
—¡¿Bien?! ¡¿Bien?! ¡Sangras!
—¿Qué…?
Se llevó la mano a la mejilla y sintió sus dedos mojarse. Al contemplarlos, la sangre le dejó que saber que Milo tenía razón. Ni siquiera había notado el corte fino que le hizo la lanza.
No supo porqué, pero de pronto tuvo la sensación de que había estropeado algo. Un desastre se aproximaba a zancadas y supo lo cierto de sus premoniciones cuando experimentó los primeros síntomas. Quiso poner al resto sobre aviso, pero el tiempo no le alcanzó. Cayó al lado de Mu y solo pudo observar la expresión de consternación pura en el rostro de Milo. Poco después, lo vio caer también.
El caos sobrevino cuando no hubo nadie más que ayudara al pequeño grupo de marineros. Sobrepasados, sin contar con los Santos, la batalla no se alargó por mucho más. Las voces y los gritos de guerra se fueron acallando, hasta que solo quedaron murmullos y risas de victoria… y no eran los suyos.
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Algunas horas habían transcurrido. No era seguro cuantas, pero desde donde estaba, Mu podía ver el resplandor del Sol matutino a través del telar de la tienda. Dudó acerca de que tan avanzada estaba la mañana. Sin embargo, cuando Diomedes apareció y la luz dorada le golpeó directamente en los ojos, supo que había pasado más tiempo del que pensaba y que el día estaba avanzado..
—¿Siguen despiertos?—cuestionó Diomedes, tan pronto entró a la tienda.
—Sí, señor. Las hierbas mantienen su efecto y aún quedan algunas horas antes de que pierdan la consciencia por completo—respondió uno de sus curanderos.
—Bien. Asegúrate que sean muchas horas. Aún hay tanto que quiero que vean…
El pelinaranja se inclinó frente a Mu. El soldado encargado de vigilar al lemuriano le tomó del pelo y lo obligó a incorporarse para que el rey pudiera verlo cara a cara.
Mu se quejó pero no pudo articular palabra. Su cuerpo sentía cada sensación con perfecta claridad. Sin embargo, ese mismo cuerpo también se negaba a responderle. No podía moverse, no podía hablar. Respirar era ya un suplicio, como si sus pulmones estuvieran dándose por vencidos. Solo sus ojos hablaban por él. Su mirada estaba llena de rabia y de frustración. No era el único.
Lo que fuera que los tracios les hubieran puesto para controlarles, estaba funcionando.
A juzgar por las miradas de sus compañeros, todos compartían dicha desesperación. Tumbados, boca abajo contra el suelo, con solamente sus ojos bajo control, solo les quedaba observar.
—Pensaron que podía venir hasta aquí y retarme, ¿cierto?—habló directamente al rostro de Mu, aunque su mirada se desvió hacía los demás, justo en el momento en que el guardia dejó caer al lemuriano—. Pero no lo tendrán fácil. No soy uno más de aquellos que han dejado en el camino. Soy un rey, soy casi un dios… y ustedes no son nada.
—¡Eres un maldito cobarde! ¡Eso eres! ¡No tienes honor!—ladró Ophelos. Los soldados de la Guardia de Diomedes le golpearon el estómago y la espalda con el pomo de sus espadas para dominarlo con facilidad. El viejo soltó un quejido acompañado por un escupitajo de sangre. —Malditos… malditos todos—musito entre dientes. Podían intentar someterlo, pero nunca lo amedrentarían.
—Cierren la boca de ese maldito viejo—ladró el rey.
No fue necesario que se repitiera, pues de inmediato, con el golpe seco de uno de los soldados, el marinero cayó al piso, justo a los pies de Diomedes. Una patada se encajó en un costado de su rostro y algunas más impactaron su torso, hasta que Ophelos se encogió, presa del dolor.
—¡¿Qué están haciendo?! ¡Ophelos!—gritó Bemus—. ¡No te atrevas a tocarlo!
Su clamor hizo que el resto de sus marineros despertaran del letargo y buscarán libertad para ayudar a su compañero caído. En tan solo unos segundos, la tienda hirvió con gritos, maldiciones y consternación.
Talal fue quien estuvo más cerca de lograrlo. Tumbó de un manotazo al soldado que le escoltaba y, con un rápido movimiento, consiguió desarmar a otro de los tracios. Sin embargo, antes de que lo viera venir, el filo de un daga se clavó en su brazo, arrancándole un grito de dolor. El arma permaneció atrapada en su piel y músculo, mientras era sometido una vez más por sus captores. Terminó contra el suelo, sujetado por tres hombres. Aquel era el único modo de mantenerlo quieto.
Bemus se revolvió tanto como pudo. Pero la fuerza con que le sujetaban le superaba por mucho. Antes de que pudiera intentar cualquier cosa, estaba de rodillas en el suelo, con el filo de una daga acariciándole el cuello. Entonces notó que el silencio se había instaurado una vez más. Su motín estaba muerto.
—Vuelve a intentarlo y te abriré la garganta de oreja a oreja—siseó el rey tracio contra su cara. Su aliento apestaba a vino rancio. —Si quieres jugar a ser el héroe, adelante. Hazlo. No existe mejor placer que ver a los héroes romperse. —El moreno le sostuvo la mirada, haciéndole saber que no se daría por vencido. Solo cuando escuchó la voz de su viejo amigo, su atención olvidó a Diomedes y sus buscaron al otro marinero.
—Estoy bien, Bemus… estoy bien—musito el viejo. Ophelos levantó el rostro. Escupió sangre de nuevo y algunos dientes también. Su labio inferior se había partido. Tenía la ceja destrozada y una borbotón de sangre brotaba de la herida, resbalando por su cara.
—Ophelos…—musitó, antes de que la daga presionara aún más contra su piel y un hilillo de sangre se dibujara sobre ella.
—No te preocupes… estaré bien.
—Escucha al viejo, ¡porque tiene razón! —El rey se carcajeó. —Empieza a preocuparte por tu propio cuello. El destino del suyo está decidido. —Entonces, caminó hacia la rústica mesa, donde descansaban los asuntos de Estado. Ahí encontró aquel misterioso regalo enviado por los dioses del Gran Mar. Lo abrió y con cuidado, sacó una de las flechas envenenadas, para voltear . —Pero descuida. Seré benevolente… cuando el final esté cerca.
Esbozó una sonrisa diabólica, que hizo que la piel de Bemus se erizara. Miró hacia los Santos. Ahí estaban los tres, completamente inmovilizados, a merced de un veneno desconocido. Sus expresiones eran inútiles, pero sus ojos… Todos sus pensamientos quedaban desnudos en sus miradas y, por primera vez en aquella odisea, al reparar en ellos, Bemus se sintió asustado.
Vio al rey acercase a su amigo y se revolvió, a pesar de que el filo de la daga en su cuello agrandó la herida. Temía lo peor para Ophelos, así que no podía quedarse sin hacer nada. Sin embargo, con un golpe en la espalda, sus custodios lo tumbaron, de tal modo que moverse le fue imposible.
—No le hagas daño—suplicó, sin más opciones que aquella—. Si vas a desquitarte con alguien, hazlo conmigo. Ha sido mi barco el que les trajo aquí.
—Qué considerado, pero… torturarlo a él es torturarte a ti.
—¡Bemus! ¡No supliques por mi! Los hombres como este son basura. ¡No valen tu honor! ¡No lo…! —Pero el viejo marino no pudo continuar, pues un bofetón de un soldado le cortó el habla.
—Tendré tu lengua en mis manos. Solo así dejaré de escuchar tus molestos balbuceos, viejo. —El rey se volteó y fue hacia él, olvidándose de las saetas por un momento. —Sosténgalo, que quiero mi trofeo…
Dos guerreros tracios levantaron a Ophelos, tomándole de los brazos. Lo superaron en fuerza sin problemas, hasta que el pobre marino quedó a merced de Diomedes. Un tercer soldado se acercó por detrás y le sostuvo la cabeza.
Milo soltó un quejido, lo más fuerte que su inmovilidad le permitió. Luchó contra el veneno que corría por sus venas. La batalla era injusta. Sus gruñidos, en realidad, eran una amenaza; una promesa de que cualquier cosa que sucediese al viejo, él se las cobraría con creces. La bota de un soldado impactó contra sus costillas. Los huesos crujieron y el dolor desbordó por su cuerpo. Pero el escorpión no pudo gritar. Su propia garganta le traicionaba. Su cuerpo era el enemigo a vencer.
—¿Qué pasa, Santo?—cuestionó Diomedes, con marcada burla—. ¿Acaso no se jactan de ser asesinos de dioses? ¿Dónde está ese poderío suyo del que tanto se habla a través del Gran Mar y más allá? Intocables para el resto del mundo, pero no para mí. —El rey se acercó al escorpión y, poniendo el pie sobre su cabeza, hizo que su rostro se frotara contra el suelo. —Yo sí soy un dios.
Los ojos de Milo ardieron con la más pura de las rabias, mientras su piel se escocía con la piedra áspera bajo él. Le dolía el orgullo, pero le dolía aún más la impotencia. Ophelos estaba en peligro… todos lo estaban, y ellos no podían ayudarles.
Una lágrima se le escapó; una lágrima que quemó al resbalar sobre su piel. No recordaba la última vez que había sentido tanto odio. El joven griego no era de aquellos que odiaban con facilidad, pero cuando lo hacía era con tanta pasión como cualquiera otra de sus emociones. Y así se sentía en aquel momento. Tenía el cuerpo adormecido, pero el corazón en llamas.
—Calma, rapaz, calma. —Oyó la voz agotada de Ophelos y, del mejor modo que pudo, llevó sus ojos hacía él. —Nada aquí es culpa tuya, ni de ustedes. Solo de él. El maldito pagará por sus pecados y lo hará en manos de aquellos a quienes Palas protege. —Un nuevo bofetón lo obligó a detenerse. Mas su silencio no fue largo. —Asegúrate de sobrevivir y cuida de los míos, porque ellos cuidarán de ustedes. —Su voz había perdido toda esperanza, pero rebosaba valentía. —Haz que éste hijo de puta expíe a sus demonios…
Un gruñido se ahogó en la garganta del escorpión. Esta vez era un grito de pura confusión. Diomedes tuvo que notar su desesperación, pues una sonrisa retorcida apareció en sus labios.
—El mocoso quiere ver el espectáculo. Asegúrense que no se pierda nada—ordenó.
A su petición, el guardián de Milo le ayudó a sentarse y, tomándole de la quijada, dirigió su rostro hacia Ophelos.
Fue así como lo vio todo. Diomedes tomó la daga que llevaba atada al cinto, cuya empuñadura de oro era tosca y tenía piedras preciosas engarzadas en ella. Pasó el dedo por el filo, asegurándose que el metal fuera tan fino que pudiera cortar el aire. Entonces, dirigió una mirada hacia sus soldados. Asintió sutilmente y los hombres supieron que hacer.
Uno de ellos sujetó la cabeza de Ophelos, mientras el otro le tomó de la quijada, para obligarlo a abrir la boca. El viejo resistió tanto como pudo. Luchó y forcejeó, pero no tenía posibilidades de ganar.
—Abre la boca, viejo. ¡Abre!—gruñó el soldado. No estaba dispuesto a soportar que un hombre como aquel le diera problemas.
La pugna duró por unos segundos más, hasta su mandíbula crujió por la fuerza con que fue violentada. Un grito de dolor resonó en la noche que se ahogó con el borbotón de sangre que manó cuando la daga cortó su lengua.
Milo cerró los ojos y, apretándolos tanto pudo, sollozó en silencio.
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Cerca de la gran stoa, que se extendía a lo largo del jardín principal del Olimpo, y que dibujaba una media luna, estaban distribuidos los templos de los dioses olímpicos. Uno a uno se levantaban en medio de la densa foresta que cubría todo el paraíso divino. Por encima de las copas de los árboles, los tejados de los templos acechaban.
Athena siempre se sentía embelezada por la belleza de un sitio como aquel. Había sido su hogar por siglos, hasta el día que decidió adoptar a los mortales bajo su protección y eligió vivir con y cómo ellos.
Aún así, y por mucho que despreciara los modos de sus iguales, no podía negar que si el Olimpo no carecía de algo, era de belleza. Lo que sus ojos presenciaban cada que vez que subía a la cima del monte, era algo que los mortales jamás podrían imaginar. Un lugar tan magnífico como aquel era digno solamente de los sueños más osados… y quizás, ni así.
Pero la diosa de la sapiencia era una mujer con una misión. Estaba ahí en busca de explicaciones, no por placer.
Decidida, caminó a la sombra de las decenas de columnas del mármol más fino. El canto de las aves y las voces de las ninfas a la lejanía, le tranquilizaron un poco. El aire estaba impregnado de un tenue olor a jazmín. Soplaba una brisa fresca que venía del Norte.
—La hija pródiga está de visita. —Aquella voz llegó a ella y le robó la escasa paz que había conseguido. Se detuvo en seco para inspeccionar a su alrededor. Detrás de una de las columnas, a tan solo unos metros de ella, encontró a quien buscaba.
—¿No tienes a nadie más a quien incordiar, Hera?
—¿Incordiar? No, no, princesa. Vengo a hablar contigo.
—No tengo nada que decirte, ni nada que escuchar de ti. —Retomó el camino, a paso constante, dispuesta a ignorar a la diosa reina, a pesar de que ésta se empeñó en seguirla.
—¿Segura? Un pajarillo me ha dicho que nuestra pequeña y virginal Athena necesita con urgencia una plática de madre e hija.
—No eres mi madre, y yo no soy tu hija.
—Entonces, será una conversación de mujer a mujer.
La morena se detuvo de improviso. Escuchó que los pasos de Hera, tras de ella, hicieron lo mismo. Aún así, no volteó. Permaneció inmóvil, esperando a que la pelirroja diera el siguiente paso.
Tenía un mal presentimiento. Así que antes de decir cualquier palabra que la comprometiera, decidió que querría escuchar lo que Hera tenía que decir.
—¿Qué quieres? —Volteó de repente. Su melena oscura abanicó el aire. —No tengo mucho tiempo.
—Sé todo sobre él—espetó sin rodeos.
—¿Qué?
—Al fin te comportas como una mujer y te olvidas de esos ridículos votos que, según tú, te hacen superior al resto. —La comisura de sus labios se curvó en una sonrisa de triunfo y sus ojos recorrieron a la otra diosa, leyendo cada una de sus reacciones. Athena no se dio cuenta del momento en que retuvo la respiración y apretó los labios. —Quizás un hombre de verdad te quite lo frígida y lo altiva. Me pregunto si Capricornio tendrá el coraje para domarte, o lo que opinarán el resto de tus Santos cuando sepan que su diosa virgen ha dejado de serlo.
—Has perdido la razón—sentenció la deidad de la sapiencia. Quiso replicar más, pero temía verse traicionada por su propia conciencia.
Su rostro había recobrado la expresión gélida que siempre mostraba ante Hera. Se dio la vuelta y emprendió la marcha con tanta dignidad como pudo. Pero por dentro, había un revolución de emociones arremolinadas dentro de su pecho.
La diosa madre sabía demasiado; información delicada que nadie, absolutamente nadie, además de ella y Shura conocían, y que tampoco incumbían a nadie más. Aquella clandestina relación le pertenecía solo a ellos, era su secreto mejor guardado. Y no era que Athena le preocupara su reputación como diosa, ni que sus votos de virginidad tuvieran más peso que su corazón. Se trataba de proteger al único hombre al quien alguna vez había visto de ese modo. Si la verdad salía a luz, todos los ojos de sus enemigos caerían sobre él. El Santo de Capricornio estaría en flechero de todo aquel que quisiera herirla… empezando, tal vez, con el hipócrita de su padre.
—A mí no vas a engañarme, Athena. Ni a mí, ni a nadie más. —La escuchó decir, más no se atrevió a responder, ni a voltear. —Una mujer enamorada no puede ocultar sus sentimientos por mucho tiempo. Menos una niña tonta e inexperta como tú. —El corazón se le retorció en el pecho. Hera tenía razón. De algún modo, había sido lo suficientemente estúpida como para dejar la verdad al descubierto. —Él debería tener cuidado; enemigos tienes de sobra, y la cabeza del hombre que posee el corazón de Palas, la diosa virgen, será la más codiciada del Gran Mar.
Una creciente sensación de miedo se apoderó de ella. La ansiedad se alimentó de sus inseguridades, hasta devorarla. La amenaza estaba ahí, implícita entre sus palabras, como una espada pendiente sobre su cabeza.
El Olimpo había dejado de ser un lugar de paz y belleza. Ahora solo había fantasmas, escuchando y mirando desde cada rincón, en busca de su siguiente gran error.
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El desayuno había transcurrido en relativa tranquilidad, sin sobresaltos, ni acompañantes indeseados. Aunque el silencio entre el pequeño grupo de Santos tampoco había pasado desapercibido. Al menos para Aioros, tal cosa era suficiente para empezar la mañana de mejores ánimos que los había tenido la noche anterior. Las cosas siempre podían ponerse peor.
No había dormido, eso también era cierto. Estaba cansado, los ojos ardían y el cuerpo se sentía más pesado que de costumbre. Pero no quería dejarse vencer tan pronto. Así fue cómo decidió que un poco de ejercicio quizás le ayudaría a revivir y le serviría para sentirse mejor. Con ello en mente, tomó rumbo al patio de armas, que rebosaba en gente a esas horas de la mañana. Todas las tropas de Minos se reunían ahí antes del cenit. Se escuchaban los gritos de los capitanes y tenientes por doquier. Las escuadras de corceles bufaban, las espaldas repiqueteaban al golpearse unas contra otras, y el silbido de las flechas rompiendo el aire terminaba en el golpe seco de las saetas alcanzando a su blanco. Todo un despliegue militar en un mismo sitio.
Aioros se mezcló entre ellos hasta perderse. Se encaminó hasta el campo de tiro; su lugar favorito de todo el lugar. Se dejó caer a un lado de la línea de arqueros y, tras contemplar los entrenamientos por algunos segundos, se decidió a prepararse para formar parte de los mismos.
Tomó el rollo de tela desgastada y la desenredó. Fue acomodándolas sobre sus manos y brazos. Pero, cuando llegó a sus brazos, donde las cicatrices de su promesa a Ares aparecieron en su campo de visión, se detuvo.
Las heridas habían sanado bien, más las cicatrices aún mantenían un tono más claro que el resto de su piel que las resaltaba. Desde ese día había tenido el cuidado de mantener sus brazo cubiertos. No porque le avergonzaran, sino porque eran un triste recordatorio del final que le aguardaba… no solo para él, sino para el resto de sus compañeros también.
¿Se arrepentía de aquel impulsivo acto? La respuesta era sí. Sin embargo, volvería a hacerlo; volvería a vender su alma a cambio de su hermano, las veces que fueran necesarias.
Sacudió la cabeza apartando todo pensamiento que no fuera útil. Terminó de protegerse los brazos y se puso en pie con un brinco. Rápidamente se apropio del primer sitio que fue desocupado y comenzó a tirar, flecha tras flechas sin perder el centro. Había algo tranquilizador en aquella fracción de segundo antes de que el proyectil surcara el aire. Mientras afilaba la mirada, tensaba la cuerda y sus dedos fijaban el blanco, todo era silencio; era pura paz. Después venía esa fugaz satisfacción cuando la flecha acertaba. El sonido seco de la punta hundiéndose en la madera declaraba la victoria. Desde pequeño, durante sus épocas de aprendiz, aquel sonido había sido capaz de forzar una sonrisa en los labios del castaño.
—¡Eso ha sido magnífico! —Escuchó el halago y no dijo nada. Miró de soslayo, tan solo un instante, para después soltar la siguiente flecha. —¡No has fallado una sola!
—Mi trabajo es no fallar.
—Igual que el de todos ellos. —El chico, un adolescente de cuerpo desgarbado y ojos vivarachos, apuntó al resto de las tropas. —Y aún así, no son infalibles.
—Nadie es perfecto. —Aioros bajó el arco y miró de frente a su acompañante. —Tú no eres un arquero, mucho menos un soldado. ¿Eres escudero?
—¿Yo? —El muchacho se rascó la cabeza con torpeza. —No, señor. Solamente soy un mozo. Trabajo en los establos del palacio. Mi nombre es Ícaro.
—¿Ícaro?
—Sí, señor.
Ahora comprendía el por qué Dédalo ni siquiera sospechaba que el niño era hijo suyo: no tenían ningún parecido.
Ícaro era un muchacho flaco, de mala postura, pero acostumbrado al trabajo duro. Se notaba en sus manos desgastadas y la forma en que sus venas se marcaban en brazos y piernas, a pesar de su corta edad. Tenía el cabello corto, pero encrespado. Era un tono pardo oscuro, que contrastaba con el gris blanquecino de sus ojos alegres. Pero quizás su rasgo más característico era el colmillo torcido que quedaba a la vista cuando su sonrisa se ensanchaba tanto que mostraba su dentadura. Le daba un toque simpático y despreocupado.
—Soy Aioros—continuó, tras un rato de silencio. Su mirada se desvió hacia la entrada al patio, donde distinguió al resto de su grupo que llegaban.
—Sé quien eres. He escuchado mucho de ustedes.
—Sí… supongo que hemos llamado la atención. —Se apartó las mechas que le caían sobre los ojos y ajustó la cinta roja de su frente.
—Mi madre me dijo que ha hablado con ustedes.
—Oh. Acerca de eso, verás…
—No es necesario que expliques nada.
—No, yo creo que sí es necesario…
—¿Esos son tus amigos? —Ícaro preguntó, con tal suerte, que Aioros rápidamente perdió el hilo de la conversación.
—Eh… sí, son ellos.
—¿Se llevan bien?
—Pues, sí. Somos hermanos de Orden; como hermanos de sangre, con nuestras altas y nuestras bajas.
—Debe ser genial. —El Santo levantó una ceja, intrigado por el comentario. —Tener hermanos y una familia tan grande… aunque no sean de sangre. Aquí solamente somos mi madre y yo. Mi padre… yo no sé nada de él. Madre jamás habla al respecto, salvo que era un hombre inteligente y que en eso me parezco a él.
—Al menos sabes algo, ¿no? Algo bueno, de lo que estar orgulloso. —Y probablemente lo mejor era que no supiera más. El Santo de Sagitario no estaba seguro de que hubiera más virtudes en Dédalo. El chico debía afianzarse a lo bueno.
—¿Tú tienes padres y hermanos? De sangre, me refiero.
La pregunta le congeló. Su niñez eran un montón de recuerdos difusos de los que raramente hablaba con alguien más. Había memorias preciosas y también momentos dolorosísimos. Pero lo que tenían en común es que le pertenecían. Eran algo suyo, con lo que lidiaba en secreto. Incluso con Aioria era receloso. Cada palabra que hablaba al respecto era cuidadosamente medida y calculada. No decía nada que no debía de ser dicho.
—Tengo un hermano pequeño llamado Aioria. Bueno, ya no es tan pequeño. Es algunos años mayor que tú. Mi madre murió al darle a luz, cuando yo tenía siete años. Su nombre era Litsa. Y mi padre… —Hizo una pausa, donde se permitió respirar. Hablar de aquel hombre era particularmente difícil para él. —Mi padre se llamaba Yorgos… o se llama, no sé si vive aún. Él se marchó, tras la muerte de mi madre, y nos dejó solos. Nunca más supe de él.
—Lo siento…
—No lo hagas. Mientras estuvo presente, los recuerdos fueron buenos… fue un gran padre durante el poco tiempo que duró.
—Debe ser difícil para ambos. Para ti y tu hermano.
—Lo es, a veces. Aioria no sabe nada de esto. En lo que a él respecta, nuestro padre está muerto, al igual que nuestra madre.
—¿Se lo has ocultado? —El Santo asintió. —¿Por qué?
—Porque hay verdades que no merecen el dolor que causan. ¿Para que atormentarlo con algo que no puede cambiar? Decirle que él nos había abandonado no cambiaría nada… quizás solamente le haría ver al mundo con ojos de amargura. Aioria no pudo conocer a nuestros padres, pero yo me encargué de quererle por ambos. —O al menos lo había intentado.
—Entiendo. Quizás tienes razón.
Ícaro se esforzó por sonreírle, pero Aioros supo que era joven para comprender. Para cuando se diera cuenta de los secretos que su propia madre guardaba de él, quizás tendría la madurez para perdonarla y para aceptar de donde venía.
Pero, de pronto, la atención del chico se le escapó y fue atrapada por un puñado de soldados que recién llegaban al patio.
Su indumentaria los delató como la Guardia Real de Creta, los guerreros más fieles y mortíferos al servicio de Minos. Eran respetados y temidos por igual; se notaba en el modo en que el resto de las tropas les miraban y en como se replegaban a su paso, prácticamente cediéndoles todo derecho. Aioros solo pudo preguntarse si era así como las demás Órdenes del Santuario les veían a ellos, y si ellos mismos lucirían así de prepotentes cuando se mezclaban con el resto.
—¡Tengo que irme!—exclamó Ícaro repentinamente. El Santo no pudo reprimir un respingo, al ser sorprendido.
—¿A dónde vas?
—Tengo algunas cosas que hacer, antes de partir.
—¿Partir? Oye… sobre eso…
—Tranquilo. Mi madre me ha explicado todo y haré lo que sea necesario.
—Ícaro, no—insistió, tomándole del brazo para que no se alejara—. Lo siento, pero no podemos ayudarte.
Sus miradas se encontraron y en los ojos de Ícaro, el arquero encontró confusión. Pero aquellas dudas y preguntas recelosas rápidamente mutaron en una decepción profunda, pincelada con rabia.
El adolescente se soltó con un manotazo, pero jamás apartó sus ojos de los del Santo. Aioros tenía que darle crédito por eso: dentro de aquel cuerpo frágil y torpe, había un espíritu fuerte. Lo vio alejarse un par de pasos, solo para crear una distancia cómoda entre los dos. Entonces, notó que había algo más que furia en su mirada. Había determinación.
—Traeré al niño y tendrán que llevarme con ustedes—siseó—. Verán que valgo más de lo que parezco.
Y antes de que Aioros pudiera replicar cualquier cosa, corrió lejos de ahí. El Santo pensó en ir detrás de él, pero se contuvo. Apretó los labios y llevó mi mirada al cielo. A duras pena contuvo una maldición.
Volteó hacia donde Ícaro se había perdido entre el gentío y después llevó la mirada hasta sus compañeros.
—Mierda—musitó.
Entonces apuró el paso para ir al encuentro de los demás Santos. Tenía un par de cosas que discutir con ellos, y estaba seguro de que seguramente iban a culparlo de algo que no había ocasionado.
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El Templo del Sol se levantaba frente a ella. El camino hasta ahí resultó eterno, especialmente después del encuentro con la diosa reina.
Decir que estaba preocupada era decir poco. Sentía sobre sí al fantasma de las amenazas de Hera y tampoco podía dejar de pensar en qué había fallado. Solo podía pensar en aquella última reunión en el Areópago, cuando una dolida Artemisa había espetado un poco de veneno en su contra. Pero jamás pensó que alguien la tomara en serio.
Además, la esposa de su padre había sido terriblemente específica. No dijo medias verdades, ni tampoco se anduvo con rodeos. Shura. Capricornio. Clara como el agua de los estanques. Directa, como una saeta directa al corazón.
Nunca se imaginó que su viaje al Olimpo la pusiera de frente a una situación como esa. Esperaba ir en busca de aquel que había convocado su poder sin consentimiento. Pero no con Hera, y aquel golpe de realidad que le había proporcionado. Había sido tan repentino, que ni siquiera había atinado a hacer lo correcto. Y llevaba un rato pensando en ello, solo para caer en la misma pregunta, una y otra vez: ¿Qué se supone que tenía que haber hecho?
—Sabía que vendrías. —La puerta de oro del Templo del Sol se abrió, interrumpiendo sus pensamientos.
—Apolo…
—Sé que vienes por respuestas y estoy dispuesto a dártelas. Ven conmigo.
Dudó de nuevo, pero supo que no podía marcharse de ahí sin respuestas. Así que, a pesar de su recelo, siguió a Apolo hasta las entrañas del templo.
Caminó siempre un par de pasos detrás del dios. Jamás apartó sus ojos de él, a pesar de que los tesoros guardados en aquel templo, además de su belleza sobria, eran tentadores. Athena tenía problemas de confianza y no era secreto para nadie. Ella lo sabía, el Olimpo entero lo sabía… Apolo incluido.
—Lo que has sentido antes, se trata, efectivamente, de tu cosmoenergía—habló el dios Sol, mirando de soslayo hacia su hermana—. Sé que no lo comprendes aún, pero lo harás. La respuesta es más sencilla de lo que parece.
—Sé que solo existe un modo de que mi energía explotara más allá del Gran Mar, tan lejos de donde yo me encontraba. —Hizo una pausa y, aunque no alcanzó a verle, supo que Apolo la escuchaba. —Los medallones protectores de mis Santos.
—No estás equivocada.
—Lo que quiero saber, es cómo han llegado a ti, y por qué has sido capaz de utilizarlos.
—Te lo dije antes, Athena: tendrás respuestas. Solo esfuérzate, que la paciencia jamás fue una de las virtudes que cultivaras.
La morena apretó los dientes y se tragó las palabras. Podía haber respondido muchas cosas. Sin embargo, si quería las explicaciones que el pelirrojo estaba dispuesto a darle, tendría que aguantar un poco. Llevaba un día malo, que estaba a punto de ponerse peor. Apolo podía decir lo que quisiera de su paciencia, pero lo cierto era que en ese momento, estaba más agonizante que nunca.
Subieron hasta el piso superior del templo y después cruzaron el pasillo principal, hasta el megarón, donde el dios la acompañó hasta el balcón. Athena no había estado antes ahí.
—Yo fui el primero en descubrir el secreto de Artemisa. —Apolo apuntó hacia el Templo de la Luna. —Supe que se había apropiado de las almas de tus Santos, y el porqué. A pesar de todo, no podía actuar solo. Su vida está ligada a ti, y a nadie más que a ti. Aún si hubiera podido rescatarles, no sé si habrían sobrevivido. Entonces, supe de las joyas que les habías obsequiado. Las necesitaba para traerlos de vuelta, pero sabía que tus Santos jamás me las confiarían por voluntad propia. Y hubieran hecho bien en desconfiar: mi deseo no era salvar a tus guerreros, sino cortar de tajo la locura de mi hermana.
—¿Cómo conseguiste que te los dieran?
—Les ofrecí un trato. Su ayuda, a cambio de la mía.
—Los engañaste—sentenció ella. Pero el dios del Sol negó la acusación, con un suave gesto de cabeza.
—Una mujer bendecida con mis dones necesitaba ayuda. Ellos la salvaron y, a cambio, yo salvaría a los suyos. —Se detuvo para pensar un poco en aquel momento. Después, continuó. —Cuando llegó la hora de cumplir mi promesa, pedí las joyas como parte del ritual para devolver a Cáncer y a Leo a este mundo.
—¿Vas a decirme que te dieron los colgantes así nada más?
—La esperanza hace estragos en la cordura de los hombres, Athena. Creo que lo sabes.
Aquella era una verdad que la diosa de la sabiduría no pudo negar. A pesar de que sentía que se habían corrido grandes riesgos, comprendía el porqué.
Miró hacia los jardines del templo de Artemisa y, sin que lo notase, su mirada se oscureció. Todo había empezado con ella. Siempre le tuvo un cariño especial, porque veía en ella a una hermana pequeña y frágil. Pero ahora comprendía que Artemisa era como cualquiera de ellos. Poco tenía de desprotegida, o de noble.
—¿Hace cuanto que sucedió esto? Porque ambos sabemos que el regreso de Cáncer y Leo no fue con ayuda tuya, ni mía.
—Alguien actuó antes que yo.
—¿Entonces?
—Tus Santos regresaron, pero creo que sabes que uno de ellos no "regresó" por completo. —La diosa chasqueó la lengua. Estaba al tanto de aquello. —Artemisa usó su cuerpo para recuperar el alma de Orión, un antiguo amante suyo. Ese espíritu intruso nunca abandonó al Santo de Leo. Resistió todo lo que pudo, a pesar de la resistencia de tu Protegido. Hasta que no pudo más.
—Esta historia se está alargando demasiado. —Apolo sonrió, pensando que Athena nunca dejaría atrás esa salvaje impulsividad.
—Artemisa descubrió que estaba siendo engañada y rompió el último lazo que la unía a él. Cuando lo hizo, todo se vino abajo. Así que tuve que intervenir.
—Fue cuando usaste los colgantes…
—Así es.
—¿Cómo?
—Las joyas, si bien están activadas por tu cosmos, contienen parte del cosmos de aquellos a quienes están destinados. La energía de tus Doce Santos, respaldada por el poder del Sol, está relacionada conmigo. Así que me permití usar tu energía para traerlo de regreso, esta vez, de forma definitiva.
—¿No debo preocuparme más por Aioria?
—No. Ni yo de Orión. —Sintió la mirada gris de Athena sobre él y volteó a verla. Lo que había comenzado como una sonrisa en los labios femeninos, se tornó en una mueca de disgusto. —Pensé que estarías más optimista al respecto.
—Y yo pensé que serías menos ingenuo.
Se dio la vuelta y buscó la salida del templo. Detrás de ella, el dios Sol solo podía mirarla con una inusitada curiosidad. Estaba seguro de que no había ocasionado su furia, o de otro modo, lo habría notado. Lo que no comprendía era lo que estaba sucediendo con exactitud.
Estaban a punto de llegar a la puerta principal, cuando por fin, Athena se detuvo. Volteó de pronto, tan rápido, que Apolo se sorprendió. La miró con interés y ella lo notó.
—Aunque agradezco que ayudarás a salvar a uno de los míos, sé que comprenderás que su batalla al respecto no ha terminado—dijo Athena—. Si Artemisa decidió deshacerse de él, no tolerará que le hayas salvado y que siga con vida. Puede que vuelva a ser él, pero el camino es largo, peligroso y complicado aún.
El pelirrojo entendió todo. No le costó admitir que, aunque su misión respecto a Orión estaba terminada, la de los Santos no. Todavía quedaban muchas cosas que hacer.
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Tal como había supuesto, las miradas se posaron en él, acusadoras y severas. Una parte de él le susurraba que quizás las merecían. Pero otra, menos flagelante, insistía en que no. Y lo era cierto era que, por una vez, Aioros había escuchado y se había mantenido lejos de problemas. Los problemas, sin embargo, no se mantuvieron lejos de él.
Les había contado de Ícaro porque creía que era lo correcto. Tampoco creía haber hecho nada mal. Además, necesitaba de su ayuda… necesitaba de sus hermanos de Orden. Un consejo, o una idea, no le hubiera venido mal.
—Creí haberte dicho que no te metieras en asuntos que no nos corresponden, Aioros—ladró Dohko.
—Y eso hice. No he tenido ninguna participación en esto.
—¿Vas a decirnos que la idea le ha surgido de pronto al crío? ¿La misma idea que llevas metida en la cabeza desde que esto comenzó?
—¿Por qué iba a mentirte? Su madre vino anoche a nosotros y nos dijo que Ícaro probaría su valor para que le sacáramos de aquí. Shura estaba ahí. Díselo. —Se dirigió al español. —Diles que en ningún momento fue idea mía.
—Aioros no dijo nada al respecto anoche…—musitó Shura. Sin embargo, tampoco estaba plenamente convencido de su inocencia.
—¿Escuchan? Yo no hice nada. No es mi culpa.
—¿Estás seguro? Porque convenientemente desapareciste anoche de tu habitación para venir a husmear aquí mismo—terció el Santo de Libra. Sus palabras provocaron que los ojos del arquero se abrieran desmesuradamente y que, poco después, su mirada rabiosa se dirigiera a Saga.
—¡¿Me acusaste?! ¡¿Qué demonios les has dicho?!
—Estabas aquí afuera, solo, pensando a saber en qué.
—¡Te dije que vine a por Aretha!—bramó, mientras sus manos abanicaban el aire con desesperación. Sentía la rabia atorada en su garganta, creciendo ante la notable indiferencia con que el gemelo le miraba. —¡No tenías porqué ir a los demás con mentiras!
—En lo que a mi respecta, el único mentiroso eres tú—terció el peliazul, cruzándose de brazos—. Sigues encaprichado con el tema y ahora, te las has arreglado para involucrar a un crío inocente. Estás poniendo en peligro a mucha gente, Aioros. Comprende de una vez que no vale la pena.
El Santo de Sagitario apretó los labios y se negó a responder. Las lágrimas de cólera le quemaron los ojos, pero se esforzó en contenerlas. No iban a delatarle.
Miró los rostros de cada uno de sus compañeros, chocando de frente con toda clase de emociones. Desde la severidad de Saga y Dohko, hasta la visible incomodidad de Shura y Aldebarán, pasando por el recelo de Kanon. Lo que no encontró en ninguno de ellos fue comprensión. No había una sola persona ahí que estuviera dispuesta a creerle.
Respiró profundo una y otra vez, con la esperanza de tranquilizarse un poco. Quería hablar, gritar tantas cosas y maldecirlos a todos, pero la voz se le quebraría a la primera palabra. En otro momento, en otro lugar, no le habría importado mostrarse débil. Más no estaba dispuesto a darles ese gusto, no después de que le habían hecho sentir traicionado y de que le habían herido con su desconfianza.
Y le dolía. ¡Claro que le dolía! Porque había cometido un error y lo estaba pagando con creces.
Si algo, jamás dejado de ser honesto: nunca había mentido. La historia narrada por la reina, acerca del pequeño príncipe, le había conmovido. No negaba que la idea de salvarle le cruzó por la mente alguna vez. No era un complejo de héroe, como los otros le habían llamado. Simplemente era compasión.
Un niño inocente iba a morir a kilómetros de ahí; solo, asustado, y con frío. Llamaría a su madre hasta que el cansancio le venciera y cayera dormido. Su muerte sería lenta y dolorosa. Tendría sed, tendría hambre… tendría miedo. ¿Qué iba a matarle primero?
Imaginarlo le había robado el sueño y también la cordura. Pero había hecho acopio de toda la frialdad que tenía en sí, para cerrar los ojos y tratar de mirar hacía otro lado.
La noche anterior, en el patio de armas, sí había ido en busca de Aretha. Sentía que era la única persona a la que podía contarle sus inquietudes y sus penas, sin saberse juzgado. Ella comprendería, y precisamente por eso, tendría las palabras de consuelo que tanto necesitaba. Su mente era un hervidero de ideas que solo su voz podría aplacar. Aioros había aprendido que cuando tropezaba, podía confiar en que ella le tendería la mano para ponerse en pie… justo como lo harían sus hermanos.
Pero le habían fallado.
De un manotazo, arrancó el atisbo de lágrimas que traía en los ojos, y entonces, su mirada destiló solo furia.
Tan solo duró un momento, pero la intensidad en sus ojos lo dijo todo. Estaba harto de esa situación, así que no pensaba soportarla un minuto más. Les dio la espalda y se marchó de ahí a toda prisa.
—Al demonio con todo—musitó mientras se alejaba. No quería ni siquiera verles la cara.
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Shura no iba a sentirse tranquilo sino hasta que estuvieran a bordo de la Kyrenia, a varios kilómetros de las costas cretenses. Pero aún quedaban días enteros antes de que Ganímedes y su tripulación regresaran a por ellos. La espera hasta entonces, resultaría eterna.
Lo que era peor, el asunto con Aioros y Asterion lo estaba agravando todo. Aunque el arquero se había esforzado en negar su responsabilidad en todo ello, nadie le creyó. A Shura le dolía no poder hacerlo.
Así que cuando el Santo de Sagitario se marchó, musitando maldiciones y furioso con el mundo, al español se le partió el corazón.
Decidió alejarse, pues necesitaba un poco de aire. Tenía la impresión de que el ambiente tóxico del palacio era contagioso y comenzaba a infectarlos a ellos también. De pronto, había empezado a pensar que si existía una maldición rondando por la isla, pero no era la que todos creían ver. Merodeaba en esos sitios el fantasma de la discordia, que envenenaba a toda alma en su camino.
Dispuesto a escapar de la tensión, se internó en el pueblo. Rápidamente cayó en cuenta de que estaba equivocado al pensar que solamente el palacio rebosaba de fantasmas.
La gente le miraba como si se tratara del demonio. Sus miradas eran recelosas y duras. Seguían cada paso que daba, esperando que la catástrofe le alcanzara. Shura se preguntaba si entendían que el Gran Toro había desaparecido gracias a ellos. No esperaba agradecimientos, ni los necesitaba. Sin embargo, no comprendía tanta desconfianza.
—Un aro de bronce, mi señor—suplicó una anciana, pillándole por sorpresa.
—Yo… lo siento. No traigo nada conmigo.
—Tengo hambre, por favor—insistió.
Shura revisó sus bolsillos y no encontró nada que darle. Le mostró que no llevaba nada, para después continuar su camino. Avanzó algunos metros más, antes de darse cuenta que la vieja le seguía. Miró de soslayo por encima de su hombro y se sobresaltó cuando la mano huesuda de la mujer apretó su brazo.
—¿Qué haces?
—Me has olvidado. —Los ojos del español se abrieron con incredulidad.
—¿Eres…?
—Tshhh… —Ella se llevó al índice a los labios. —Ven conmigo—dijo, tirando torpemente de él.
—¿A dónde vamos?
—A la posada. Invitarás a una vieja mendiga a algo de comer.
El Santo levantó una ceja y se dejó arrastrar. Se aseguró, ante todo, de que nadie prestara más atención de la que debería. Creta lo estaba dejando paranoico.
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El posadero le sirvió un cuento de humeante caldo de cordero, con algunos trozos de pan flotando por encima. Shura solo ordenó un poco de vino especiado para hacerle compañía. Sin embargo, la diosa ni siquiera probó la comida. La posada estaba prácticamente vacía, con la excepción de ambos, y de un borracho que dormitaba en la esquina del lugar.
Era un día caluroso y el ambiente dentro se sentía asfixiante. Había un marcado olor a madera húmeda, aunque por momentos, el aroma a levadura del pan recién horneado se imponía, refrescando los sentidos.
Athena no se había retirado las gruesas telas que la cubrían casi en su totalidad. A pesar de que no notaba un peligro cercano, tenía que ser precavida. Ajustó el albornoz sobre su cabeza para evitar accidentes. Después, tras asegurarse que no había ojos curiosos sobre ellos, permitió que su cuerpo recuperara el aspecto juvenil que le pertenecía. Las arrugas desaparecieron y los ojos cansados recobraron su brillo de vida. El gris de su cabello se oscureció, hasta tomar el intenso tono azabache que Shura conocía.
—¿Qué haces aquí?—preguntó él. Tenía la impresión de que no recibiría un "te extrañaba" como respuesta.
—Hay algo que tienes que saber.
—¿De qué hablas? Se supone que no debes acercarte mientras estamos con las misiones…
—No puedo interferir, pero no estoy aquí por eso, Shura. Escúchame. —Alargó el brazo y tomó la mano del español. Miró directamente a sus ojos antes de dejar escapar las palabras que tanto temía decir. —Estás en peligro.
—¿Qué? —El peliverde entrecerró los ojos, mirándola sin entender. ¡Claro que estaba en peligro! Lo había estado desde que pusieron pie en la Edad del Mito y lo estaría hasta el día en que volvieran a casa. Pero eso ya no le asustaba. —Athena—bajó la voz al pronunciar su nombre—, ha sido así por meses.
—No, no esta vez. Es diferente ahora…
—¿De qué estás hablando?—terció.
—Hera sabe de nosotros. —Soltó la confesión tan de repente, que pudo jurar que el rostro de su Santo palideció. —Llevaba mucho tiempo insistiendo en que he olvidado mis votos de virginidad, pero ahora, lo sabe. —La mirada de Shura hizo la siguiente pregunta que ella respondería: "¿Cómo?" —No sé cómo ha sucedido. Es decir, Artemisa espetó algunas verdades y mentiras a medias durante la última vez que estuvimos juntas, pero no estoy segura de cómo Hera se ha enterado de ti. Lucía tan segura de que eras tú…
—¿Ha amenazado en algo?
—Hera no necesita amenazar. Si desea hacer daño, lo hará… Y no será solo ella. —Hizo una pausa, durante la cual sus manos estrecharon con más fuerza a las del Santo. —No quiero que nadie te lastime. No a ti. No por culpa de las enemistades que he forjado.
Shura la miró, de un modo considerablemente distinto. Athena siempre había sido una mujer fuerte ante sus ojos, pero por una vez, la sintió vulnerable. Así de pronto, entendió el porqué de aquellos votos de virginidad para ella, y de los propios, de devoción única hacia ella.
Se esforzó por sonreírle a pesar de la compleja situación en la que estaban. Sin soltar de sus manos, depositó un beso en ellas.
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Saga observó la escena con incredulidad. Llevaba un rato siguiendo a Shura, con la intención de hablarle a solas respecto a Aioros. Pero, justo en el momento en que estaba a punto de darle alcance, aquella misteriosa mujer le había ganado, atajando al Capricornio antes de que él pudiera hacerlo.
El porqué los había seguido después, no tenía muy claro.
Quizás porque la mujer, a pesar de su edad, lucía sospechosa. O, tal vez, porque en Creta todo era sospechoso. Pero, por sobre todo, Saga se decía que solo vigilaba a otro amigo, en problemas potenciales.
Así que no se sorprendió cuando lo vio entrar y salir de la posada con aquella mujer. Lo que sí le sorprendió fue el cambio de actitud que hubo, toda vez que estuvieron dentro. Se quedó mirando, a la distancia, oculto en una callejuela donde la luz del Sol no llegaba a esas horas. Los vio hablar y, después, tomar caminos separados.
El gemelo era un tipo observador, y por eso, no le pasó desapercibido el mimo con que el español caminó al lado de la vieja, hasta que se apartaron. A partir de entonces, notó el recelo de su compañero. Shura se veía nervioso y miraba constantemente por encima de su hombro. Por eso mismo, el Santo de Géminis decidió no acercarse.
Esperó que Shura se alejara, antes de animarse a salir de su escondite. Cuando hubo desaparecido, Saga decidió regresar sobre sus pasos hacia el palacio.
—Dime que su apariencia no te ha engañado. —La voz femenina lo puso en alerta. Hasta donde sabía, estaba solo. —Sé que eres más listo que esto.
—¿Quién eres?
—¿No nos recuerdas, Santo?—cuestionó otra voz, idéntica a la primera. Algunas risillas se dejaron escuchar.
—Al fin te encontramos solo.
—Queríamos hablarte.
—No hablo con fantasmas—terció—. Si quieren ser escuchadas, muéstrense.
Un par de plumas, blancas como la nieve, cayeron por encima del peliazul. Saga alzó la vista al cielo y rápidamente apartó la vista, cuando el aleteo de las aves, a sus espaldas, capturó su atención.
Tres palomas descendieron en medio del espacio reducido de la callejuela. Se posaron frente a él.
El instinto le dijo a Saga que algo ahí no era lo que esperaba. Los ojos engañaban siempre en la Edad del Mito. Y se dio cuenta que estaba en lo correcto, cuando las aves mutaron, convirtiéndose en tres doncellas que el gemelo no había olvidado. Se reprendió por no haberse acordado de ellas antes. Pero en el fondo, se emocionó al verlas ahí.
—Ustedes—musitó.
—¿Nos extrañabas, Santo?—dijo Eufrosine.
—No creo que nos extrañara precisamente a nosotras—complementó Talía.
—Pues tendrá que resignarse por ahora—terció la última Gracia, Aglaya.
—¿Qué hacen aquí? ¿Afrodita les ha enviado? —Esta vez, fue él quien las cuestionó. No pudo reprimir una sonrisa al pensar en la diosa.
—Ella no está aquí.
—Ella es prisionera…
—De tu diosa.
Saga sintió un escalofrío recorriendo su espalda. Las manos se le enfriaron y, sin darse cuenta, contuvo la respiración. Recorrió con la vista los rostros idénticos de las Gracias, demandando explicaciones más extensas.
Ninguna se movió, ni rehuyó. Ninguna tenía nada que ocultar.
—¿Qué significa eso?
—Athena fue a su caza—explicó Aglaya. Talía continuó lo que su hermana empezó.
—La atacó y atrapó su alma en una de las urnas malditas.
—Ahora, ella duerme. No despertará hasta que alguien la libere—dijo Eufrosine.
—Y ese alguien… eres tú—sentenciaron, al unísono.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Por qué Athena haría tal cosa? —Era de sobra conocida su mala relación, pero de ningún modo Saga se hubiera imaginado que llegaría tan lejos. Afrodita jamás se declaró una enemiga para su causa. La diosa del amor tenía sus propios asuntos.
—Athena es hipócrita.
—Condena el amor ajeno…
—Pero cuida y alimenta al propio. —Talía apuntó hacia la posada, donde Shura y la anciana se habían reunido poco antes. Entonces, todo cobró sentido. La mujer con la que el español se reunió, no era nadie más que Athena en persona.
¿Eso significa que ella y Shura…? ¿Podría ser?
Porque, para Saga, los sentimientos del Santo de Capricornio eran tan claros, como confusos. Ya una vez antes, en medio de un arranque de ira, le había escupido la cruda realidad detrás de esas emociones que la diosa de la sabiduría despertaba en él; todas inapropiadas.
Sin embargo, desechó cada pensamiento al respecto, porque había un asunto con el que su cerebro se habría encaprichado: Afrodita.
—¿Esto ha sido por mí?—susurró el peliazul. No alcanzaba a entender como había llegado a ese punto.
—Tienes que liberarla. —Oyó la voz de una de las Gracias.
—Te necesita.
—Ayúdala.
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Su corazón estaba entumecido, tanto como su cabeza. El cadáver de Ophelos yacía a tan solo unos metros de él, en medio de un charco de sangre que comenzaba a formar coágulos. Las moscas se arremolinaban alrededor de la sangre descompuesta. El olor metálico había mutado a una ligera peste. Pronto, la fetidez se expandiría por todo la tienda.
Milo se sentía atrapado en una pesadilla, de aquellas en las que no queda más que observar y sufrir. Quería despertar, pero no podía. Los curanderos de Diomedes se habían encargado que no lo hiciera… ni él, ni ninguno de sus compañeros. Cada determinado tiempo, se acercaban a ellos y, arrancando las costras de sus heridas, hacían que la sangre corriera de nuevo para untar la maléfica mezcla de hierbas que los mantenía inutilizados. Así, atrapados en sus propios cuerpos, y soñando con los ojos abiertos, habían presenciado aberración tras aberración, hasta que no pudieron soportar más.
El marinero había sido resistente, alargando su tortura. Las mutilaciones no habían terminado con su lengua y el maldito rey tracio había disfrutado de aquel grotesco espectáculo durante cada segundo que duró.
En algún punto, Milo había deseado que los tímpanos le estallasen para no escuchar los gritos y quejidos del desdichado hombre. Cualquiera pensaría que después de todas las batallas que como Santo había librado a lo largo de su vida, y de todos los asesinatos en nombre de su diosa llevase a cabo, el escorpión estuviera cómodo con la muerte. Pero no esta vez. De principio a fin, había sido una demostración del sadismo más brutal y sanguinario que presenciase jamás.
Incluso Camus, usualmente más fuerte y estable emocionalmente que él, había apartado la mirada en algún punto. El peliazul hubiera jurado que había descubierto lágrimas en los ojos de su amigo, aunque al igual que las suyas, no sabía si eran de dolor, de frustración o de rabia. Solo sabía que los ojos turquesas del Santo de Acuario se esforzaban por transmitirle un consuelo que de poco o nada le servía.
Quizás era porque se había encariñado con el viejo Ophelos, pero cada gota de sangre, cada lágrima del marinero, había abierto una herida en Milo que tardaría en sanar.
—El viejo comienza a apestar—ladró Diomedes, despertando de aquel terrible letargo a los Santos y también al resto de la pequeña compañía de marinos—. Terminen de una vez por todas con él y desháganse del cuerpo.
—¿A las yeguas, mi señor?—preguntó un soldado.
—Por supuesto que no. —El rey espantó una mosca que se posó en su rostro por un instante. —Mis yeguas prefieren la carne viva, no los cadáveres. Quémenlo—ordenó—. Pero antes, corten su cabeza y saquen sus ojos.
—No, los ojos no… —La voz de Bemus sonó lejana y vacía. Una parte de él había muerto junto con Ophelos. El viejo había sido su mentor, su protector y, probablemente, la razón por la que había permanecido vivo por tanto tiempo. Le debía tanto y, cuando éste más le necesitó, no pudo hacer nada para ayudarle. Le falló… al final del camino, había fracasado. —No toquen sus ojos.
—¡Ah! ¿Aún tienes fuerza para hablar? Pensé que junto con la lengua del viejo había arrancado la tuya.
—¿No has tenido suficiente ya?
—Nunca es suficiente.
—Déjale descansar. No hagas esto.
—Ustedes los griegos y sus estúpidas creencias. —Tomó una de la daga que había usado para mutilar a Ophelos y, tras limpiar la sangre con un trozo de piel, cortó un pedazo de queso para comerlo. —El viejo era un pendenciero, arrogante e irrespetuoso; y por esa misma razón, vagará por el Tártaro sin ojos, por la eternidad. Ese será su verdadero castigo. —Después, se dirigió a sus propios guerreros. —¿A qué esperan? Quiero su cabeza, ahora.
Tomó cuatro golpes del hacha para separar la cabeza del cuerpo. Con cada uno de ellos, el escorpión sentía que el corazón se le detenía. Escuchaba el resuello de Bemus y los demás. Un poco más allá, Talal rezaba en su lengua madre, a sus los dioses africanos para que tomaran y cuidaran del alma de Ophelos, con mucho más mimo de lo que los dioses griegos lo harían.
Cuando por fin el cuello del viejo cedió, el soldado a cargo sujetó la barba, impregnada de sangre pastosa, y la llevó hasta el pelinaranja. Diomedes sonrió al tenerla cerca.
—Esta es mi parte preferida—musitó, mientras preparaba una vez más su arma.
Desde donde estaba, Camus no alcanzaba a ver lo que sucedía, pero tampoco era necesario. Sabía lo que el tracio haría a continuación y casi prefería no tener que presenciar más de aquella tortura.
En cambio, su mirada hizo centro en Milo. Estaba sufriendo… no había dejado de hacerlo. Vio sus ojos a punto de desorbitarse y supo que el soberano tracio había cumplido su amenaza. Podía ser solo un atentado más al cadáver de un hombre que había sufrido demasiado, pero para los griegos era una ofensa tan mala como ninguna. Sin ojos que le acompañaran más allá del Estigia, el alma de Ophelos estaba condenada a pasar la eternidad en la más profunda de las oscuridades. Era un destino cruel y ofensivo para cualquier griego… y Milo era uno de ellos.
El acuariano podía entender el porqué, aquella última muestra de crueldad, era especialmente dura para su amigo.
—Las bestias salvajes deben estar hambrientas. Aliméntenlas—sentenció Diomedes cuando hubo terminado. Limpió la sangre que manchaba sus manos y dejó que sus guerreros se encargaran de deshacerse del resto. —Y ahora, respecto a ustedes… —Volteó hacia los Santos y pudo ver sus miradas sobre sí. —Les dejaré contemplar con sus propios ojos aquello por lo que han venido. Llévenlos a la cuadra—ladró a sus guardias antes de encaminarse a la salida, dispuesto a guiar al grupo.
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Talos entró a la taberna y el golpe de peste a sudor le golpeó el olfato. No pudo evitar una mueca de desagrado, pero rápidamente su nariz se acostumbró al ambiente rancio.
No era que le desagradara beber de vez en cuando. Sin embargo, en la medida de los posible, trataba de evitar sitios como aquel, donde los escándalos entre borrachos eran comunes. De hecho, raras veces se internaba más allá de los tenderetes a las afueras de la ciudad. Si se habían quedado en Troya era porque, de momento, no tenían ningún otro lugar en donde estar.
—¡Aquí estamos! —Divisó la mano de Aretha ondeando en el aire, en una de las mesas apartadas. Echó un vistazo a los rostros de los hombres en la taberna y se dirigió a donde ellos.
—Lamento la tardanza.
—Llegas a tiempo—dijo ella. Después, se dirigió al resto. —Ahora sí, ya estamos. Él es Talos. Ellos son Julius, Bor, Malkram y Xantipa.
—¿Qué hay, viejo?—saludó Bor.
El soldado no respondió. Sus ojos recorrieron los rostros de sus nuevos compañeros, calándoles con cuidado. No solía ser una persona sociable, pero siempre se había considerado bueno para juzgar a las personas. Y también era exigente: no sangraba por cualquiera.
—Son mercenarios y metecos—acotó al reparar en los tatuajes que marcaban sus pieles. Ningún griego, o troyano, se atrevería a marcarse de aquel modo.
—No nos gusta la palabra "metecos"—intervino Julius. Bor en cambio, no disimuló su desagrado por el recién llegado.
—Pero sí, somos mercenarios—intervino Xantipa.
Era un mujer joven, alta, de cuerpo robusto con curvas marcadas que harían la delicia de cualquier hombre. Talos le hubiera podido considerar un mujer hermosa, salvo porque atentaba contra toda norma social.
Los tatuajes le cubrían el brazo izquierdo y subían hasta su hombro. Eran diseños raros, que Talos no reconocía. Llevaba la mitad de la cabeza trasquilada, con el cabello a ras del cráneo. La otra mitad mostraba una cabellera abundante y larga. Algunas trencillas la adornaban, con aros de bronce enhebrados en las puntas. Su cabello era de un azul oscuro y metálico, como el del Gran Mar, que contrastaba con el brillo agresivo de sus ojos carmesí.
—¿Iremos con ellos a esta misión?—cuestionó a la ninfa.
—Así es. Son de confianza—aseveró ella. No había sido capaz de ocultar el temor que la reciente tensión disparó en ella.
—¿Estás segura?
—Lo está—ladró Bor—. Somos mercenarios: vamos a donde está el oro… y la mujer tiene suficiente. No deberás preocuparte de nuestra lealtad mientras nos paguen—añadió con sarcasmo. Talos respondió a su burla con una expresión grave.
—Es más que eso—terció la ninfa con rapidez, antes de que la situación se saliera de control—. Son viejos conocidos de alguien de confianza para los Santos.
—¿Santos? ¿Qué son los santos?
—Son los Protegidos de Palas: Santos Atenienses, guerreros a su servicio—respondió la pelirroja a las preguntas de Malkram.
—Oh…
—Si a tu amigo le incomoda nuestra presencia, tal vez debería llamar a esos Santos para pelear esta batalla.
—No, Julius espera. Ellos no pueden estar aquí en este momento, pero nos alcanzarán más adelante. Por ahora, nos necesitan para llevar a cabo este rescate.
—¿Un rescate? Creí que asaltaríamos el palacio en busca de tesoros—bufó Bor. Él había soñado con joyas y oro a montones.
—Buscamos un tesoro, pero no del tipo que creen.
—Y, ¿eso es…?
—Una pitonisa y un niño.
El cuarteto de guerreros permanecieron en silencio. Entonces, sus miradas coincidieron en Julius, quien era el líder del grupo.
El etrusco agravó sus facciones. Bebió un sorbo de la jarra de cerveza para humedecerse los labios. Se secó una gota que resbaló por la comisura y asentó el jarro sobre la mesa con más fuerza de la que debería.
—No asesinamos niños—sentenció.
—Y no quiero que asesinen a nadie. Quiero que nos ayuden a salvar a dicho niño, a su madre y a un oráculo.
—¿Salvarlas? ¿Liberándoles del palacio?
—Así es.
Hubo unos segundos de silencio antes de que la carcajada de satisfacción de Bor estallara. Sus ojos brillaron con el frenesí de una nueva aventura que iniciaba. Era una locura, una misión suicida. Pero al hombre, todo lo que le importaba era la adrenalina y aquel deseo enfermizo de conseguir lo imposible.
El resto de sus compañeros le observaron, sin saber si reírse con él, o tildarlo de loco. Quizás lo último era más adecuado, pues de aquello tenían certeza.
—¿Quieres irrumpir en el palacio de Periandro para salvar a dos mujeres y a un niño? —Xantipa bajó la voz, temiéndose que Troya estaba llena de oídos para él.
—Sí, aunque… —Aretha titubeó. —Es un poco más complicado que eso.
—¿Más? —La peliazul adoptó una expresión cínica. —¿Cómo podría ser peor?
—Pues una de las dos mujeres, la pitonisa, es ciega. Y la otra… se trata de Hipólita, la Reina Amazona.
—¡¿Qué?! ¡¿Estás loca?! —Malkram comenzaba a pensar que era un horrible plan. —Hipólita es un demonio hecho carne. Su reputación la precede, aquí y más allá del Gran Mar. No vendrá con nosotros de ninguno modo y, si lo hace, al menor descuido nos asesinará.
—¿Tienes miedo, niño? —Sonrió Bor.
—No es miedo. Es cordura.
—Es solo una mujer. ¿Qué más puede hacernos?
—Es una semidiosa. Hija de Ares—corrigió Xantipa—. Puede matarnos con un dedo si así lo desea.
—¡Mejor aún! Seremos asesinados por el dios al que siempre invocamos. ¡Nos convertiremos en leyendas!—exclamó eufórico y burlón.
—Cierra la boca, Bor—intervino Julius, quien hasta entonces había escuchado con paciencia—. ¿Es necesario traerla con nosotros?
—No hay otra manera. —Talos replicó, para sorpresa de todos. Había tomado asiento en un rincón de la mesa mientras observaba la interacción de los mercenarios. La idea de trabajar con ellos, así como la misión en sí, le desagradaban. Pero sabía que no tenían ninguna opción más. —El crío al que debemos salvar está dentro de ella. La Reina está encinta.
El soldado pudo jurar que los chicos retuvieron el aliento. En el fondo, les comprendía. Él mismo solo estaba ahí por pura lealtad y agradecimiento a los Santos… a Milo especialmente.
Aretha también lucía asustada. Probablemente no era el objetivo lo que la tenía temerosa, sino el hecho de perder la ayuda que tanto necesitaban.
—Si conseguimos sacarlos de ahí, no habrá lugar donde podamos escondernos después—musitó Malkram, con la esperanza de sus propios compañeros recapacitaran.
—En realidad, tenemos donde. Los sacaremos y les llevaremos a Dardania.
—¿Dardania?
—Al palacio de Iona. —El nombre arrancó una sonrisa sincera de los labios de Julius y Aretha se permitió respirar al verla. De algún modo, supo que aceptarían.
—Maldita mujer. —El etrusco se rascó la densa barba con desparpajo. —Siempre fue jodidamente valiente. Más que nosotros.
Al escuchar a su líder y al reparar en la enorme sonrisa de Bor, el joven supo que había perdido la batalla. Malkram maldijo por lo bajo, aunque su rostro se esforzó por mantener la dignidad.
Estaban a un paso de inmiscuirse en una batalla de la que probablemente no saldrían vivos.
-x-
El relinchar de los corceles sonó como un sueño lejano para el escorpión. Milo iba y venía de la consciencia al sueño, sin ningún control. Quería abrir los ojos para mirar lo que sucedía. Pero las drogas hacían que sus párpados se sintieran tan pesados, que a duras podía mantenerlos abiertos por más de un par de segundos.
Sabía que caía dormido porque las pesadillas lo alcanzaban de inmediato. Eran destellos de sueños oscuros que aparecían como saetas y se desvanecían cual fantasmas en un instante.
Había sentido cada minuto del viaje hacia la cuadra. Les llevaron a rastras, con Diomedes marcando el camino. El camino áspero y empedrado le había escocido la piel. Las rocas más grandes abrieron heridas que supuraban sangre, cuyo olor enardecía a las bestias hambrientas. Después los habían dejado caer en aquel tenderete que se sentía hervir con el Sol de la tarde; la peste del estiércol y la podredumbre le herían el olfato.
La bestias endemoniadas estaban exaltadas. Se golpeaban entre ellas y contra las barras de metal que las contenían. Sus cascos, fuera de la proporción de un corcel real, pegaban contra el suelo, levantando una nube de tierra blanquecina. Sus chillidos sonaban como escapados del Inframundo. Sus fauces expedían el vapor pesado y denso de su respiración excitada. Estaban hambrientas; siempre lo estaban. El olor a sangre, a sudor y a miedo las enloquecía. La naturaleza oscura de sus espíritus surgía en las peores situaciones, convirtiéndolas en despiadadas asesinas de hombres.
Ni siquiera su señor se atrevía a recortar la distancia entre él y las yeguas antropófagas. Diomedes sabía que los animales no guardaban lealtad a nadie… ni siquiera a él.
Pero eso no le impedía disfrutar de ellas y del cruento espectáculo que ofrecían, sin fallar. Los gritos de los condenados a muerte eran especialmente apetecibles a los oídos del rey. Mientras más suplicaran, mientras más se resistieran, más divertida era la cacería de sus preciosos animales.
—Tenemos a otro, Alteza—anunció el capitán de sus arqueros. Se abrió paso entre la multitud de soldados que se aglomeraba en la cuadra, y un par de sus subordinados, arrastraron a Ángelo hasta ahí. —Asesinó a cuatro de los nuestros. Solo lo detuvimos por la gran luz que iluminó el cielo. Ya había matado a dos de los chicos, y consiguió matar a otros dos, antes de que el veneno hiciera efecto—explicó el hombre.
—¿Han usado las flechas de la mujer?
—No, señor. Las nuestras solamente… como ordenaste—titubeó. Diomedes era un hombre de mente cambiante e ira rápida.
—Bien, bien. ¿Está consciente?
—Eso creemos. Se resistió al principio, pero ha dejado de moverse desde hace un rato.
—Perfecto…
El pelinaranja había llevado consigo la caja de madera donde guardaba el obsequio de Egles. No se separaba de ella, pero su recelo era por razones distintas a las que se pudieran sospechar.
El soberano tracio era un hombre arrogante y pretencioso, que no aceptaría la ayuda de dioses paganos, que alguna vez le dieran la espalda a su pueblo. No confiaba en ellos… no confiaba en nadie. Era por esa razón por la que había declinado usar aquel presente, que seguramente traía implicaciones que no quería, ni necesitaba.
Sin embargo, tampoco podía alejarse del carcaj que guardaba tan mortífero tesoro. La sangre de la hidra no era solamente peligrosa para los Santos, sino para cualquier mortal. Él, incluido. Si las flechas caían en las manos equivocas, cualquiera podría terminar muerto. Los traidores acechaban en las esquinas y su blanco, eran siempre los hombres poderosos, como él.
—Bueno, bueno, bueno. Déjenme ver. —Se acercó a Máscara Mortal, agachándose a su lado. El italiano estaba más despierto que sus compañeros. El efecto de las hierbas en él estaba en una etapa diferente del resto. —¿Tú también pensaste que podías derrotarme? —Le tomó del cabello y lo obligó a levantar la cabeza. Tenía la ropa ensangrentada. Un trozo de flecha sobresalía de su hombro, y los agujeros en brazos y piernas dejaban en claro que aquel proyectil no fue el único en dar en el blanco. —¿Qué se siente? ¿Qué se siente haber perdido?
No obtuvo respuesta de sus labios, pero la fiereza de sus ojos le recordó a los de los otros Santos. Eran guerreros en plenitud; orgullosos y valientes como ninguno.
Aquella rebeldía en sus ojos le irritó. Esperaba verlo temeroso, o terminado, pero lejos de eso, le plantaba cara y, así, le faltaba al respeto. Diomedes los quería de rodillas. Quería terminar, no solo con su vida, sino con su orgullo. Quería tener a esos hombres, mitad dioses, a su merced. Era la única forma de estar satisfecha.
—Dame la daga—exigió a Admes, el capitán de los arqueros y uno de los hombres más respetados de su ejército—. Prepararemos el banquete para mis yeguas.
—Mi señor. —Obediente, el arquero hizo como se le pidió.
El rey, entonces, ensanchó las heridas en el cuerpo de Máscara Mortal. El Santo de Cáncer no pudo gritar, pero el dolor de su piel abriéndose, le quemó por dentro. La sangre corrió por su cuerpo. El olor metálico impregnó el aire.
Limpió la daga y chasqueó los dedos para que sus soldados levantarán a los demás Santos. Un grupo de tracios entró poco después, trayendo al resto de la comitiva de marineros.
—Ahora que estamos todos, podemos comenzar. —El pelinaranja abrió los brazos y, con una sonrisa retorcida en los labios, se alimentó del vitoreo de su gente. —¡Alimentemos a las yeguas! ¡Los héroes caen hoy!
Los animales parecieron contagiarse de la euforia del pueblo tracio y relincharon con una fuerza descomunal, liderando el grito de guerra.
Un grupo de soldados de bajo rango tomó a Ángelo y lo arrastró para acercarlo a la jaula de las yeguas malditas. A su paso, un sendero de tierra húmeda y sanguinolenta se dibujó. Los gritos de los tracios arrecieron, pues la ofrenda a las bestias estaba servida. En medio de su exaltación, las súplicas por misericordia de los marineros de Axios se disolvieron en la nada.
Sus captores dejaron caer al Santo de Cáncer a tan solo un par de pasos de la jaula. Después, dudaron.
Sus dubitaciones no eran por misericordia, ni humanidad. Eran por miedo. El último desgraciado que había tenido la terrible tarea de alimentar a las mascotas de Diomedes, terminó sin tres dedos de una mano y un trozo de músculo arrancado de su pantorrilla. Las bestias, después de todo, no diferenciaban entre aliados y enemigos. Ellas solo buscaban comida.
Por fin, uno de ellos encontró valor para comenzar su tarea.
Soltó uno de los cinco seguros y sintió la fuerza de las yeguas al golpear contra la puerta de metal. Dudó, antes de soltar el segundo seguro.
Entonces, cuando estaba a punto de soltar el tercero, el infierno se desató. Las yeguas dejaron de ser el centro de las miradas y los ojos de todos los que ahí estaban recorrieron el lugar, con tanta sorpresa como terror. Del suelo, se levantaron cadáveres. Decenas de ellos aparecieron por doquier, no solo ahí, sino por todo el campamento.
—¡¿Qué es todo esto?!—bramó el rey.
—¡Son los demonios!—gritó una voz, perdida entre muchas—. ¡Los demonios que atacaron en el bosque! ¡Los dioses nos castigan! —La furia del rey coloreó su rostro.
Diomedes supo que había sido emboscado cuando los alaridos de terror inundaron en el aire. Escuchó la estampida humana que se desbocó afuera, así como los terroríficos aullidos de esos que se habían levantado de la muerte.
Su primer instinto fue desenvainar la espada. Con un par de tajos, se deshizo de los brazos huesudos y largos de un par de muertos. Después, se abrió paso hasta la salida de las cuadras. La locura que halló afuera hizo que la sangre le hirviera. Su campamento, su pequeño reino, estaba hundido en la anarquía más profunda, liderado por nada más que el miedo.
Enloquecido de rabia, apretó la empuñadura de su espada y se lanzó al combate. Era un rey, pero también era un guerrero. Era poderoso, habilidoso y valiente como ninguno. Ni siquiera los demonios del más profundo rincón del Hades le arrancarían su gloria.
Destajó a cuantos pudo, en su frenética marcha. Un puñado de soldados se le unieron, pero sus manos no parecían ser suficientes para luchar contra aquel enemigo.
—¡No hay otros dioses más que mi espada y yo!—exclamó, en el fragor de la batalla. Y, en su mente, no estaba dispuesto a que nadie le retara.
Diomedes estaba al borde de la desesperación. Su rabia desmedida y la frustración de verse superado, lo arrastraban hacia el oscuro vacío. Su furia hizo que batallara con toda la fuerza que tenía. No sabía a quien odiaba más: a los demonios que les acosaban, o su gente, débil de mente y corazón.
Descubrió a un viejo que huía de los espectros. El anciano fue acorralado, y sus extremidades, apresadas por las manos fieras de los muertos. Cayó al piso, sin poder defenderse. En su desesperanza, suplicó por piedad. Pero, cuando pensó que todo terminaba para él, la sica del rey lo liberó, cortando los brazos que lo detenían. Por un instante, el rostro cansado se llenó de esperanza.
—¡Gracias, mi señor! ¡Gracias!—dijo. Sin embargo, cuando sintió la espada de su soberano hundiéndose en su pecho, toda ilusión desapareció. —Pero, ¿por qué…?
—Porque los cobardes y los débiles no tienes espacio en este mundo—espetó justo antes de que lo viera morir.
El cadáver del viejo cayó a sus pies. Diomedes limpió la sangre hermana contra su ropa, con hastío; era impura y debilitaría al acero de su espada. Pero, entonces, sintió una mirada sobre sí.
Y, en ese momento, sucedió.
A lo lejos, a mitad del desorden, distinguió una figura que no se movía; paz infinita, en medio del caos. Se acercó en su búsqueda, hipnotizado por la curiosidad. Sus ojos se afilaron y el rostros se le desfiguró de cólera al reconocer de quien se trataba.
—Eres uno de ellos—siseó. El hombre ni siquiera se movió. Tras unos segundos de silencio y una mirada que parecía calar en lo más profundo de su alma, el Santo habló.
—Soy Shaka de Virgo, el hombre más cercano a dios.
-Continuará…-
NdA: A ver, empezaré aclarando algo importante, porque no quiero que a nadie le dé el soponcio y comience a creer cosas que no son XD
En este capítulo, he hecho referencia a los votos virginales de Athena, y al hecho de que ella, de alguna manera renunció a ellos. No estoy diciendo que Athena y Shura ya hayan tenido sexo, ni nada medianamente parecido. De hecho, cuando eso suceda (si sucede, que mala soy), ¡les aseguro que quedará muy claro! Creo que ya lo he explicado, y si no, aquí vamos: mi concepto de virginidad en Athena se refiere a que nunca va a atarse a un hombre. Es decir, no será una mujer/diosa que se enamore de alguien. Su corazón, se suponía, siempre sería virgen y libre. Lo cual, como habrán notado, quedó en historia pasada en el fic. Nada que ver con sexo… eso es punto y aparte.
Habiendo aclarado esto, ¡continuamos!
He manejado en alguno de mis one-shots, el hecho de que el padre de los Aios no murió, como normalmente se asume. En la realidad virtual de mi cabeza, su padre los abandonó después del nacimiento de Aioria, tras la muerte de su madre. La verdad es que tampoco tengo claro si lo prefiero vivo, o muerto, pero esa es la historia.
Oh, y Aioros no lo sabe, pero Aioria está enterado de la "mentira blanca" que él le ha venido repitiendo desde siempre.
A todos aquellos que siguen regalándome sus comentarios, ¡les agradezco! Kaito Hatake Uchiha, Damis, nike-chri, Marlys, Artemiss90, Pyxis and Lynx, Sagitariusgirl, LinSaintSeiya, Donce. Fera07, itatechi98, Jabed, O-mac, Mariana Elias, LadyMallana-Selene, Safo de Lesbos y NaDeSyKo, a todos, ¡gracias! Los replies de sus comentarios llegarán a sus correos para quienes tienen cuenta, y para los que no, en mi profile, como ya es costumbre.
Por último, ¡es el séptimo cumpleaños del fic!
Gracias por su compañía durante todos estos años ;) Como siempre, espero que hayan disfrutado del capítulo y, ya saben que agradezco con locura cada review que me regalen. ¡Hasta la próxima!
Sunrise Spirit
