Capítulo 64

Reyes caídos

Diomedes cargó contra Shaka. Tomó la empuñadura de su espada con ambas manos y se abalanzó para atacarle. Un puñado de demonios saltaron frente a él, dispuestos a apresarle. Pero el rey blandió su espada, con una destreza tal que lucía tan ligera como una pluma, y los destrozó para abrirse paso hasta su objetivo.

Sus ojos desbordaban en rabia; su mandíbula atrincherada y la mueca que desfiguraba su rostro lo confirmaban. Quería matar, necesitaba que la sangre corriera por el acero y lavara la vergüenza.

Opuesto a él, el Santo no se movió, ni siquiera pestañeó. Permanecía de pie, quieto como una estatua de mármol, con los ojos cerrados a pesar del caos a su alrededor. El peligro se acercaba, latente y ávido de muerte. Mas Shaka no iba a sucumbir ante él. Cuando la distancia entre Diomedes y él se volvió inexistente, y el acero del rey abanicó el aire, preparándose para la estocada final, sus ojos se abrieron. Sucedió en tan solo un segundo, pero para el tracio se sintió como una eternidad. Aquella mirada turquesa se reveló lentamente a él y, cuando pudo ver directamente a sus ojos, supo que el triunfo iba a negársele de nuevo.

Una fracción de instante bastó para que Shaka desapareciera de su vista. Para cuando la espada de Diomedes intentó atravesarlo, simplemente cortó el aire.

No alcanzó a reaccionar, ni tampoco pudo comprender lo que acontecía. Solo sabía que, de pronto, un escalofrío recorrió su espalda al saber que había fallado el golpe.

—No te confíes; no lo hagas. —Oyó aquella voz a sus espaldas. Jamás la olvidaría. —No eres rival para mí, o para ninguno de nosotros. Sin tus engaños, solamente eres un mortal, rey… y yo soy el hombre más cercano a dios.

—Maldito seas…

El frío desapareció cuando el golpe de cosmos, ardiente y poderoso, le impactó. Sintió su piel quemarse aún a través de la coraza. Cayó al suelo y rodó entre el polvo. Su espada quedó a unos centímetros de él, invitándole a continuar aquella batalla perdida.

Se movió a duras penas, experimentando dolor en cada rincón de su cuerpo. Estaba herido, pero sus heridas no llevarían a la muerte. Sin embargo, estar vivo no le impedía comprender que, de haber querido, ese hombre habría sido capaz de destrozarlo con aquella increíble fuerza que solo podía provenir de un dios. En cambio, el Santo jugaba: jugaba con él, como el gato con un ratón… como él mismo había jugado tantas veces con sus enemigos caídos.

Extendió el brazo en busca de su arma. Sus dedos rozaron la empuñadura de oro, aferrándose a ella, a sabiendas de que su vida dependía de ello.

Entonces, de soslayo vio los pies de Shaka deteniéndose a su lado. Esperaba que el rubio apartara la espada y diera por terminada la pelea. Pero éste no se movió, retándole a tomar el acero para enfrentarle una vez más. Por primera vez en mucho tiempo, Diomedes dudó.

Sus manos tomaron el acero y la sujetaron con tanta fuerza como pudieron. Se incorporó como pudo, sin soltar su arma. Enfrentó a Shaka, una vez más, con aquella mirada perdida en furia.

—¡Vamos!—rugió—. ¡Deja de jugar conmigo! ¡Esta batalla no ha terminado! —Desesperado, frustrado y con el ego adolorido, atacó. Si iba a morir, moriría luchando; forzaría a su oponente a terminar de una vez por todas con ello.

—Mira a tu alrededor, rey. Aún queda mucho por hacer.

Cada golpe de la espada fue esquivado sin ningún problema por Shaka. El Santo aparecía y desaparecía frente a sus ojos, sin nada que pudiera hacer para evitarlo. Cuatro embates de acero fallaron, a pesar de apuntar a su cuello. Dos más fueron detenidos por las propias manos del Santo sin causarle daño alguno. Con un último golpe, la espada del tracio se rompió. Shaka volvió a atacar; una explosión de cosmos hizo que Diomedes saliera despedido y aterrizará unos metros más allá, sobre su espalda.

Shaka avanzó hacia él, con paso firme pero tortuosamente lento. Esta vez, el rey no se movió. Apretando los dientes, se incorporó sobre sus codos y contempló al Santo en espera del final.

Para su sorpresa, y terrible desilusión, el Santo de Virgo se detuvo frente a él, solo a mirarle, con esos ojos que juzgaban y castigaban como látigos. Nadie nunca había tenido la osadía de mirarle así. Jamás hubo un hombre capaz de sostenerle la mirada con tanta fuerza. Pero el hombre frente a él lo hacía, al igual que los otros a pesar de la desgracia en la que habían caído.

—¡¿Por qué?! ¡Termina de una vez con este juego!—exigió, furioso. Shaka no se inmutó.

—Te lo dije antes: aún queda mucho por hacer

—Nada queda de un rey cuando lo ha perdido todo…

—No dije que quedara mucho para ti, pero hay asuntos que requieren solución y tú eres solamente parte de la estrategia ahora. —El pelinaranja dejó escapar un aullido de frustración. La rabia comenzaba a cegarle. Desesperado, se abalanzó sobre la hoja rota que quedaba de su arma. Al tomarla, con las manos, el filo le hirió la piel y cortó la carne hasta el hueso. Pero el rey, ni siquiera reparó en el dolor. Su imperio caído, su honor destrozado, eran más difíciles de sobrellevar que la agonía física. —No lo hagas. —Shaka advirtió. —Atacarme sería un enorme error.

Pero nadie, absolutamente nadie, podía dictar los pasos del soberano tracio, así como tampoco nadie podía meter cordura en un hombre desesperado.

Atacó con todas las fuerzas que le quedaban, haciéndose más daño a él que a su enemigo. Shaka ni siquiera requirió de su cosmos esta vez. Esquivó aquel embate agónico dando un único paso a su derecha y pilló de la muñeca al rey guerrero. Apretó con tanta fuerza que los huesos de su presa crujieron y, con un quejido de dolor, Diomedes no tuvo más remedio que soltar la hoja de acero. El metal cayó sobre la tierra y algunas gotas de sangre cayeron alrededor de él.

—Eres un rey: sé sabio—advirtió el rubio—. Ahora, mira a tu alrededor y piensa en lo que ves. Hombres, mujeres, niños y viejos sufren por tu causa; por una causa que solo alimenta a tu ego y a nada más. Y aún así, pelean. Derraman su sangre por ti, que te haces llamar su rey. —El Santo no mentía. La sangre guerrera de los tracios les impulsaba a luchar, a pesar del miedo y de la desesperanza. Todo aquel que podía sostener un arma, luchaba. Fuera por su vida, o la de alguien más, el instinto de supervivencia y el orgullo de su raza los impulsaba a continuar con una guerra perdida. —He visto esas miradas antes—continuó—. Sé que no se rendirán, aún a costa de sus vidas. Pero esta masacre carece de sentido, rey, y mientras tú decidas seguir con ella, ellos seguirán contigo. Así que sé un ejemplo y ríndete ahora. Renuncia a la divinidad que ellos mismos te han otorgado, para que tu pueblo no se extinga. Puede que tu vida termine aquí, pero no hay razón para que más vidas se pierdan con la tuya.

—No…—musitó primero. Después, montó en cólera. —¡No me interesa lo que sea de ellos! Son mi pueblo, y si yo he de caer, ¡caerán conmigo!

Shaka lo miró en silencio. El juicio en su mirada se endureció, pero su alma sintió una pena infinita. Qué poco entendían los mortales acerca de la divinidad… qué poco entendían del valor de una vida.

—Hay vida para ellos. Hay clemencia—insistió. Otorgaba una última oportunidad y después, no habría otra.

—No sin su rey.

—Otros reyes vendrán; más justos y más sabios.

—Esos reyes no serán yo.

—Entonces, todo es acerca de ti.

—Siempre lo ha sido. No existió rey más grande que yo y no lo habrá. Soy su dios, y como tal, decido que sus vidas se apaguen con la mía.

—Te equivocas. Tú no eres su dios, ni siquiera eres uno. —La mirada que el Santo le dirigió hizo que el rey temblara. —Eres la clase de hombre que no entiende de divinidad, ni de humanidad. Tu vanidad ha sido la que te ha hundido, vendiste tu alma por poder. Pero no permitiré que los lleves contigo. Si la única forma de hacerles rendirse para conservar sus vidas es ver a su dios de rodillas, te obligaré a hacerlo.

Shaka, que no le había dejado ir, apretó el agarre, hasta que la muñeca de Diomedes se hizo polvo entre sus dedos. El grito de dolor del rey retumbó hasta en el lugar más recóndito del campamento. Se retorció y trató en vano de librarse de su captor, pero le fue imposible.

La fuerza con que sus dedos se cerraban alrededor de su muñeca generaba tanto dolor que comenzaba a tornarse insoportable.

—Deja de luchar—demandó Shaka—, para que ellos hagan lo mismo. No se requiere de más sangre para alimentar a esta tierra.

—No dejaré de luchar hasta que me mates—jadeó, víctima de un dolor intenso.

—No te necesito muerto. —El Santo de Virgo respondió. —Te necesito vivo y derrotado.

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El cansancio aún se denotaba en su rostro. No era para menos, pues las últimas horas habían sido catastróficas para él. Sin embargo, nomás despertar, Aioria supo que no había tiempo para una convalecencia más larga.

Sus compañeros los necesitaban. Sus cosmos se habían ido apagando, uno a uno; el espíritu de guerra desapareció de ellos, mientras una inusual desesperación anunció los problemas. Algo había pasado para que abandonasen toda lucha… algo terrible. Y era precisamente por eso que, a pesar de las circunstancias, tanto Shaka como él supieron que no podían darse el lujo de esperar. El tiempo era precioso y escaseaba.

Pero Aioria estaba aún débil. Su cosmos era inestable, a pesar de sentirse más suyo que en todos los meses anteriores. Fue por eso que Shaka decidió tomar la ofensiva, permitiendo de ese modo que el león se escabullera en busca de los demás, protegido bajo su sombra.

Tampoco iba solo, pues Huesos Flacos se había ofrecido para acompañarle en dicha misión. Era solo un niño flaco y desabrido, pero podía levantar una espada y sus conocimientos en la sanación siempre podían ser útiles en caso de que el resto de la comitiva tuviera heridos que atender. Juntos, el Santo de Leo y el chico, debían sortear los peligros para encontrarlos.

El camino hasta las cuadras no había sido la mitad de fácil de lo que Aioria esperaba. A pesar de que el Santo de Virgo tenía la mayor parte de la atención, con sus demonios acosando a la tribu, hubo guerreros embravecidos que intentaron hacerle frente a ese par de invasores que se aprovechaban del caos. No le resultó un reto deshacerse de ellos. Sus puños y cosmos bastaban y sobraban, a pesar de estar lejos de su mejor forma. Con un golpe y una explosión de energía, hizo que dos soldados retrocedieran. Algunos más intentaron atacar, pero recibieron la misma respuesta. Así, en medio de la refriega, se abrió paso para continuar su camino.

Un tracio intentó atajarlo por la espalda, pero el león reaccionó a tiempo. Un golpe de cosmos hizo detener su espada y otro más le impactó en el estómago, haciéndole caer.

Entonces, escuchó otro golpe seco detrás de si y, para cuando volteó, alcanzó a ver como Huesos Flacos detenía a otro soldado dispuesto a atacar a traición, golpeándole la cabeza con un pesado escudo de bronce.

—Yo te cubro las espaldas—dijo el niño cuando vio la cara de sorpresa del Santo.

—Gracias… —Pero Aioria no alcanzó a decir más. La cercanía de algunos tracios más, le obligó a concentrarse. Lanzó algunas esferas de energía que dieron en el blanco y detuvieron momentáneamente el peligro. —¡Vamos!—exclamó, tirando del chico—. ¡Tenemos que seguir avanzando!

Huesos Flacos hizo su mejor esfuerzo para mantenerle el paso. Iba tan solo unos pasos detrás, tratando de mantenerse con vida, pero maravillado, y atemorizado a la vez, del caos que aquellos demonios convocados causaban. Él sabía que esos monstruos estaban de su lado y aún así se sentía asustado. No podía sino preguntarse el terror que debían sentir todas esas personas que eran perseguidos por ellos.

Pero también debía admitir que los tracios eran valientes. A pesar de enfrentarse a fuerzas superiores a ellos, no dejaban de pelear.

Un grupo de soldados salió de la nada para cerrarles el paso. Se plantaron frente a ellos, con sicas y lanzas listas para el ataque. Aioria se vio obligado a detenerse cuando cayó en cuenta de que su situación se había complicado. Aquel último embate de valentía se contagió entre el ejército tracio y, pronto, el Santo y el chico se supieron rodeados.

—Aioria… —Oyó su nombre en la voz de Huesos Flacos, pronunciado con desesperación. Los ojos del león, verdes cual esmeraldas, centellaron. Su mirada se afiló y su cosmos, se agitó como no lo hacía en mucho tiempo.

—Mantente cerca de mi. Hagas lo que hagas, no te muevas—musitó. El aura dorada de su energía rodeó a ambos en medio de un tormenta de luz y polvo de oro. Apretó los puños; centellas de electricidad crepitaron a su mando. Las flechas que volaron hacia ellos chocaron contra aquella barrera de luz y cosmoenergía que ahora los envolvía. El poder de los rayos hizo crujir el aire. No recordaba la última vez en que su cosmos le obedeció con tan facilidad y con tanta pasión. Sonrió, sintiéndose optimista. —¡Plasma Relámpago!

El león rugió con fuerzas renovadas y su rugido sacudió la tierra.

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Diomedes no podía más. El agotamiento de atacar sin resultados a un adversario superior le tenía jadeando. El dolor también arrancaba lo mejor de él. Sudaba copiosamente a causa de la extensa agonía. Su muñeca despedazada empezaba a inflamarse y la herida en su mano se había cubierto de tierra que, junto con la sangre, creaban una pasta de coágulos y lodo.

Las miradas habían comenzado a centrarse en él, a pesar de que los peligros eran otros. Los demonios convocados por Shaka seguían conteniendo a aquellos que todavía ponían resistencia y que ahora, también eran minoría.

Esos ojos, que alguna vez mostraron nada más que respeto y admiración, ahora lucían diferentes. Despedían dudas y también pena.

Aquel que alguna vez se jactase de ser el rey tracio más grande de su historia, se encontraba frente a ellos, en la situación más penosa que terminaría por definir su legado. El sonido del metal se fue acallando conforme los segundos pasaban. Los gritos que llamaba a guerra se extinguían poco a poco, dejando en soledad a los aullidos sobrenaturales de los espíritus.

—Abandona la lucha—urgió por enésima vez el Santo—. No tienes oportunidad alguna de salir victorioso, ni tampoco tengo ninguna intención de matarte ahora.

—Un hombre honorable asesinaría a su adversario ahora—jadeó el rey.

—Pero un hombre sabio te mantendría con vida, para que este pueblo entienda la diferencia entre los dioses y los mortales como tú, que nada conocen de divinidad a pesar de otorgárselas a si mismos.

—Eso no los hará dóciles.

—No los quiero dóciles. Los quiero sensatos, y para eso lo primero que deben entender es que el hombre al que sirven no será quien los salve.

—Soy su rey… ¡y siempre lo seré! Pelearán por mi. Pelearán por mi hasta que mueran.

Shaka no pronunció una sola palabra más. Simplemente lo miró con esos ojos que no decían nada. Tampoco había nada que quisiera decirle, pues era ya una causa perdida.

Suspiró y, por primera vez desde que abriera los ojos, apartó la mirada de Diomedes. Recorrió los rostros de todos aquellos que los rodeaban. En ellos encontró cientos de emociones, todas diferentes, pero ninguna menos válida que la otra. Lo más importante, quizás fue el recelo que leyó en ellos. Habían comenzado a dudar y, esas dudas, los habían detenido. Eso era lo que Shaka realmente quería: una rendija de esperanza que les permitiera comprender que no era él quien se equivocaba.

—Una vida a cambio de un pueblo—musitó. Después levantó la mirada y la sembró en Diomedes. —¡Los Seis Caminos del Samsara!

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El aire dentro de las cuadras era denso y asfixiante. Las yeguas demoníacas estaban inquietas… embravecidas y sedientas de sangre. El olor a muerte y dolor que se colaba desde afuera enardecía sus sentidos. Se revolvían, pateando y cargando contra las barras metálicas que las mantenían prisioneras.

Demasiado cerca de ellas, con más heridas de las que pudiera contar y sangrando abundantemente, Máscara Mortal se esforzaba por mantenerse consciente. Sin embargo, el veneno le llevaba la ventaja.

—¡Espera! ¡Te ayudaremos! —Bemus le gritó. Él y el resto de los marinos habían sido olvidados por los tracios al suscitarse el otro ataque. Pero estaban tan heridos, maltratados e inmovilizados como los Santos. A pesar de todo, lucharon tanto como pudieron por liberarse.

El estruendo del metal hizo que se detuvieran. Voltearon y descubrieron lo peor: la jaula que contenía a las yeguas comenzaba a ceder.

Los embates de los animales habían conseguido debilitar las coyunturas del metal. A pesar de estar firmemente fijadas al suelo, las estacas empezaban a soltarse. El esfuerzo de las yeguas consiguió doblar algunas de ellas, poniendo más peso sobre otras y forzándolas hasta el límite.

—¡Tenemos que soltarnos!—bramó Talal. Su voz ronca retumbó por encima de la de los demás.

—¡Busquen algo con que romper las cuerdas!

—¡Por los dioses! ¡Seremos devorados vivos!—chilló alguien más y el temor se esparció con rapidez entre los marineros.

El miedo tuvo que sentirse en el aire, porque los animales arreciaron sus ataques, enloquecidas y deseosas de alimento. Las estacas crujieron y el polvo se levantó cuando una más cedió.

Ángelo retuvo la respiración; la jaula se movió y las fauces de las bestias quedaron mucho más cerca de él. Miró en todas direcciones en busca de ayuda. La visión se le había nublado a pesar de intentar sentirse alerta. Pero solo descubrió que Milo, Camus y Mu estaban prácticamente inconscientes, mientras los marineros luchaban contra sus propias ataduras sin mucho éxito.

Algunas mordidas fallaron por tan solo centímetros sin que él pudiera hacer nada para evitarlo. Un intentó más terminó arrancando un trozo de la tela de su pantalón y supo que todo terminaría en una tragedia. Todo indicaba que nadie llegaría a su ayuda a tiempo.

Cerró los ojos, deseando que el veneno maldito que Diomedes había usado surtiera efecto y que su muerte no fuera tan agónica como se predecía.

Solo quedaba esperar por el dolor y por la muerte… pero algo muy diferente llegó a él.

Abrió los ojos al escuchar el aullido de las bestias cuando algo impactó contra ellas. Lo que sintió fue la sangre hirviente de los animales cayendo sobre él. Una de ellas tenía una gran herida en el cuello que sangraba a borbotones. Le costó comprender al principio, pues su cabeza, al igual que sus sentidos estaba adormilada, pero cuando vio la silueta de Aioria frente a él, con sus manos envueltas en cosmos, y se sintió arrastrado lejos del peligro por los brazos debiluchos de Huesos Flacos, entendió que estaban a salvo.

—Creo que llegamos a tiempo—dijo el león y, si hubiera podido hablar, Ángelo le habría recordado a todos sus ascendientes sin ningún tapujo… aunque en el fondo se sentía infinitamente aliviado de verle ahí. —Pedazo de ponis que son estos…

—¡Su jaula se ha soltado! ¡Ten cuidado!

—¿Eh? —Miró hacia el capitán.

—¡Bemus! ¡Chicos! ¡Ahora les soltaré! —Tan pronto se hubo asegurado de mantener a Ángelo fuera de la línea de peligro, Endré fue al rescate de la tripulación. Cortó sus ataduras con la daga que había arrebatado a un moribundo en su camino hasta ahí y se desconcentró por un momento, cuando las bestias volvieron a chillar después de que Aioria las hiciera retroceder con otro golpe de cosmos. —¿Están todos bien? Les liberaré en un instante—dijo, mientras cortaba las cuerdas—. ¿Dónde está Ophelos?

—Él no… —El moreno no tuvo que decir mucho pues sus ojos acuosos y la mueca de amargura en su rostro dijeron todo por él.

—No…

Para Endré, Ophelos había sido un segundo padre. El viejo había cuidado de él durante esos primeros y terribles meses en el mar, y también le había enseñado a sobrevivir a la dura vida de un marinero. Fue tan estricto, como justo y cariñoso, dentro de lo que podía permitirse. Era un buen hombre que solamente deseaba proveer para su familia y volver a casa cada vez que fuera posible.

Estuvo a punto de romper en llanto hasta que recordó que Ophelos jamás le hubiera permitido tal cosa. Solía decir que a los hombres valientes y caídos no se les alaba con lágrimas, sino con coraje. Huesos Flacos pensaba honrar esas palabras.

Se secó las lágrimas con el reverso del brazo y se dirigió hacia los Santos, para inspeccionarlos. Lo que vio no le gustó en lo más mínimo.

—Lo siento… lamento que llegáramos tarde. —Oyó a Aioria, tan solo a unos pasos de ellos, pero sin quitarle la vista a las yeguas malditas.

—Nosotros también. —Bemus se tomó un respiro y trató de enfocarse en lo que quedaba por delante. —Los chicos han sido envenenados—dijo, tras un momento—. Diomedes ha usado una mezcla de hierbas en el filo de las espadas y las lanzas para mantenerlos sumisos.

—Por eso están inconscientes…

—Así es—respondió a Endré—. Tampoco pueden moverse.

—Veré que puedo hacer, pero… mientras no sepa de que se trata, es posible que tampoco pueda ayudarles en mucho. Solo resta esperar y confiar en que el efecto pase. —Miró hacia Aioria y éste, asintió.

—Entonces, tendremos que quedarnos aquí y comprar algo de tiempo.

Usó un poco más de cosmos para mantener a raya a las yeguas, pero justo en el momento en que el chillido de los animales se extinguió, pudo escuchar con perfecta claridad los aullidos de los demonios convocados por Shaka y también las maldiciones de Diomedes.

El Santo de Leo chasqueó la lengua y giró los ojos. Sopló sus flequillos.

—Al menos Buda se divierte…—masculló.

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La cena había destacado por las ausencias.

Shura llegó tarde. Para cuando apareció, varias de las fuentes se encontraban vacías. Las miradas, sin embargo, estaban repletas: de curiosidad, de incertidumbre y también de recelo. El español no dijo mucho, salvo ofrecer una breve excusa, y picoteó un poco de las sobras. No pasó por alto los dos asientos vacíos; Saga y Aioros no habían hecho acto de presencia.

No quiso cuestionar para no ser cuestionado, mas no era ingenuo. La peste de los problemas comenzaba a minarlo todo.

Así que, tan pronto terminó, se levantó junto con el resto y, envuelto en una conversación insulsa, partió con rumbo a su habitación. Cuando estuvo justo frente a la puerta, se detuvo antes de entrar. Permaneció ahí, un par de segundos, sin moverse, pensando en lo que encontraría al otro lado. Aioros estaría ahí, con toda seguridad; el malhumor podía sentirse a través de la puerta y, después de haberlo pensado con detenimiento, Shura había llegado a la conclusión de que no podía negarle parte de la razón.

Suspiró, a sabiendas de que no tenía escapatoria. Tarde o temprano, tendría que enfrentarlo. Quizás era el momento.

—Ya estoy aquí—dijo, mientras se adentraba en la habitación. Echó un vistazo por encima de su hombro y lo vio, tendido en la cama, con la mirada perdida en el tejado. —Te perdiste la cena.

—No tengo hambre.

—Eso es nuevo…—masculló, tratando de relajar la situación. Pero su pequeña broma no surtió efecto. Aioros no se inmutó. Shura resopló y caminó lentamente hasta su cama, donde se dejó caer. Miró con interés a su amigo, pero este decidió ignorarle tanto como le fuera posible. Al parecer, no tenía más remedio que insistir. —Oye, yo… lamento lo de antes—continuó. Jamás apartó la mirada del castaño y, por eso mismo, supo que él ni siquiera pestañeó. —Las cosas se salieron un poco de control. Nadie esperaba lo de Ícaro. ¡Incluso yo! No pensé que él y su madre actuaran tan rápido.

—Yo tampoco. —Para sorpresa del español, el arquero le respondió.

—¿Ves? A todos nos pilló por sorpresa.

—A todos… salvo que yo no culpé a nadie.

Las palabras se atoraron en la lengua de Shura. Apretó los labios y retuvo la respiración, sin saber que responder a aquel reproche. Por un instante, bajó la mirada. Pero casi de inmediato, volvió a fijar sus ojos verdes en la figura inmóvil del Santo de Sagitario.

Serio, enjuto y contrariado, Aioros por fin reaccionó. Lentamente se incorporó, hasta sentarse al borde de su lecho, quedando cara a cara con Shura. Su mirada se posó sobre él y, en lo que al Santo de Capricornio respectaba, era dura y severa, como pocas veces le había visto.

—Esperaba que me apoyaras—siseó el arquero, sosteniéndole la mirada—. Sabía de sobra que quizás, los demás no entenderían... Pero confiaba en que tú sí.

—Aioros…

—Shura, tú estabas aquí anoche; escuchaste toda la conversación y sabías que compartíamos la misma postura al respecto. Lo mínimo que esperaba era que fueras honesto y dijeras la verdad. En vez de eso, te callaste y dejaste que me crucificaran.

—Todos estamos preocupados por ti—confesó, con desesperación.

—¡No necesito que se preocupen por mi!—exclamó, levantando las manos en el aire, solo para estrellarlas con fuerza contra la cama. Sus ojos azules penetraron en los del español y supo que había conseguido intimidarlo. No era lo que deseaba, así que respiró en busca de la poca paz que quedaba en él. —Necesito que me crean, Shura—musitó, un segundo más tarde. Su voz había perdido emoción y sonaba apagada. —No creo haber hecho nada malo… Al menos nada demasiado malo. ¿Es tan terrible sentir pena por un niño? ¿Querer ayudarle?

—No se trata de eso… —Pero el arquero no le dejó continuar.

—¿De qué sino? ¡Confianza, Shura! ¡Confianza! Jamás les ha faltado eso de mi parte, a pesar de todas las estupideces que han cometido. Tú y Saga lo saben mejor que nadie. —Guardaba demasiados secretos para ambos, mas nunca les había perdido la fe. Ahora no estaba seguro de que su decepción no le nublara el juicio de ahí en adelante. —Y, ¿sabes qué? Me ha dolido… Me ha dolido especialmente por ustedes por dos. Solo tenían que darme el beneficio de la duda. Nada más.

Y fue en ese instante, cuando el arquero apartó la mirada de él y se puso en pie, que Shura reparó en que la severidad de su mirada se había esfumado. Temió lo peor, porque le prefería enojado que decepcionado. Lo primero tenía remedio; lo segundo… costaría más trabajo para repararlo.

No se atrevió a decir más, pues en parte le comprendía. Así que lo vio caminar hasta la puerta y solo alcanzó a agachar la mirada cuando Aioros volteó para verle una última vez.

Después escuchó el sonido de la puerta al cerrarse. Para cuando llevó su atención hacia ahí, su amigo ya se había marchado. Estuvo tentado a ir tras él, pero se detuvo. ¿Qué le quedaba por decir después de la conversación de la noche anterior y del encuentro de esa mañana? Nada que saliera de su boca sonaría sincero o, siquiera, convincente.

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Un ventarrón azotaba Troya. El aire soplaba desde el mar, arrastrando una nube de arena, desde la bahía hasta la ciudad. Las puertas se habían cerrado esa noche, con la esperanza de que así, la tormenta no golpeara con tanta fuera a los habitantes de la ciudadela.

Con la ciudad atrincherada, las ráfagas de viento no se movían con fiereza por las callejuelas bajas. Pero una lluvia de arena dorada les caía por encima.

La visibilidad era prácticamente nula. Los arqueros apostados en las torres que rodeaban al palacio estaban más preocupados en cuidarse los ojos, que en mantener la Casa Real vigilada. Después de todo, no había criatura lo suficientemente loca como para embarcarse en cualquier tipo de aventura durante una noche como esa. El mejor aliado de Periandro era la madre naturaleza.

Pero poco sabían del plan que se tejía en la oscuridad.

Para Talos, un intento de allanar el palacio, en medio de una ventisca como aquella, era un suicidio y también un mal augurio. Pero, para el resto de sus acompañantes, se trataba solo de un día más de trabajo.

Malkram y Xantipa lucían especialmente serios; el más joven, de hecho, se veía incluso contrariado. Al menos Aretha había cumplido su parte de ayudar. Como una pequeña brisa alrededor de ellos, los mantenía medianamente protegidos de la lluvia de arena y del viento salvaje que hería la piel en las alturas de la ciudad, donde descansaba el palacio.

El camino iba cuesta arriba, de tal modo que las habitaciones del rey coronaba a la ciudad, por debajo de ninguna otra. Los jardines estaban distribuidos en cuatro niveles, cada uno un poco más alto que el otro. Estaban conectados con rampas cubiertas de grava color de plata. El viento había revuelto los arbustos y arrancado los pétalos multicolores de sus flores. Las ramas de los árboles crujían y se resquebrajaban. Aquellas que se rompían quedaban a merced del viento, y surcaban el aire cual saetas en busca de un objetivo.

Un par de olivos se habían quebrado. Sus troncos yacían a varios metros del tocón. El aire continuaba tirando de ellos, y ellos a su vez, arrastraban a las plantas más pequeñas.

Julius se detuvo de pronto, obligando al resto de la comitiva a hacer lo mismo. Levantó el brazo derecho con el puño cerrado y después hizo señas hacia direcciones opuestas. Por lo que Talos alcanzó a entender, el resto de sus subordinados sabían lo que aquel gesto significaba. Tampoco era tan difícil de interpretar, pero en lo que a el troyano respectaba, el simple hecho de verlo ya era un milagro. La tormenta no le permitía ver más allá de sus narices.

—Muévete. —Alcanzó a escuchar la orden de Xantipa y poco después, sintió el empujón de Malkram urgiéndole a apurar el paso.

Se animó a continuar, en gran parte porque no quería quedarse atrás. Si se separaban en medio de la tormenta, encontrarse sería un tarea titánica. Acomodó el trozo de tela que le protegía la nariz y la boca, y continuó.

Recién alcanzaban el último nivel. Una vez ahí, tendrían que encontrar el balcón más cercano a los muros y trepar hasta alcanzarlo. Si no lo conseguían, su única opción se reducía a invadir desde la entrada principal, donde serían un blanco fácil de la guardia real.

Pero incluso su primera y mejor opción representaba un peligro latente.

Para alcanzar el balcón del lado oeste del palacio, tendrían que atravesar la explanada más amplia del jardín, donde no tendrían protección alguna. Desde lo alto de las murallas, estarían a merced de los arqueros. Gracias a la tormenta, sus flechas u ojos no eran una amenaza. Sin embargo, debían ser cuidadosos. Si, por cualquier giro caprichoso del destino, eran descubiertos y los arqueros conseguían dar la alarma, quedarían atrapados y no habría forma de que pudieran escapar del palacio.

Pero, incluso si conseguían burlar a la guardia e ingresar por el balcón, era altamente probable que fueran recibidos por soldados troyanos.

Los pensamientos de Talos se detuvieron cuando llegaron al final de la última rampa. Se ocultaron entre las columnas del quiosco que decoraba aquel nivel. De ahí en adelante no tendrían protección, era una larga caminata hasta los límites del palacio.

—Cuando salgamos de aquí, no podremos detenernos, ¿entendido?—dijo Bor. Su voz sonaba apagada por la tormenta y por la tela que la cubría. —Hay que correr como si Hades viniera tras nosotros.

—El balcón que buscamos está al fondo, al dar la vuelta al palacio. Es el menos expuesto de todos.

—¿Están seguros de que es una buena idea? Esto suena a una estupidez enorme—cuestionó Malkram y Julius le respondió sacando una daga.

—Estás con nosotros, o no. Cualquiera que sea tu respuesta, ya no me importa. Es tarde para arrepentirse.

—Vamos, vamos. Asustan al invitado—terció la mujer. Posó su mano sobre el brazo de Julius y le obligó a guardar el arma. —Ignóralos, Talos. Malkram necesita un poco más de entrenamiento y Julius se pone de malas cuando está tenso. ¿Seguimos? —Julius bufó pero no dijo nada más.

—Recuerden: rápido y sin ser descubiertos—sentenció Bor.

Los ánimos entre Julius y Malkram se enfriaron con rapidez. Tomó un instante para que el más joven recobrara la compostura antes de que pudieran continuar. A pesar de todo, se armó de valor y fue tras el resto.

Pasar desapercibidos fue un verdadero milagro. Los dioses les bendijeron con suerte y con vigías vagos, dispuestos a nos sufrir los estragos de una tormenta de arena. Sin embargo, esos mismos dioses que en un momento fueron de ayuda, al siguiente estaban riéndose de ellos. Para cuando se pararon por debajo del balcón y miraron hacia arriba, supieron que la subida sería un intento de suicidio.

—¡Oh, por los dioses! —Suspiró Bor. Su rostro, afligido durante un segundo, mutó a una sonrisa abierta. La adrenalina le corrió por las venas. —¡Esto es una locura!

—¡Ninfa!—exclamó Julius—. ¡Es tu turno!

La cuerda en la mano del etrusco flotó en el viento. No voló con las ráfagas, como todas las demás cosas, sino en vertical. Trepó tan alto que pronto la perdieron de vista. Así de grande era la distancia que tendrían que subir, sujetos únicamente por la escueta cuerda que bailaba frenéticamente al ritmo que la tormenta dictaba.

De repente, la cuerda se detuvo. Fue la señal de que Aretha había hecho su trabajo y ahora eran ellos quienes debían retomar la escaramuza.

—¡Yo iré de último! —Bor ni siquiera había terminado de hablar cuando Julius ya estaba montado en la cuerda, listo para la escalada.

—Es más inteligente de lo que parece—masculló Julius.

La griega y el persa intercambiaron miradas con curiosidad antes de ir tras él. Talos los siguió prácticamente de inmediato. Bor, quien sujetaba la cuerda, esperó hasta perderlos de vista antes de trepar.

—¿Desde cuando Bor es inteligente?—cuestionó Xantipa.

—Desde que decidió ser el ancla para la cuerda—respondió Talos, debajo de ella—. Es el más grande y pesado. Al viento le será difícil sacudirlo y nos obsequiará un poco de estabilidad.

—Oh… —Pensó que escuchó a la mujer reír. —Quizás si sea más inteligente de lo que parece.

-x-

Entrar al palacio había sido más complicado de lo esperado, pero no era, ni por cerca, lo peor. Julius lo había repetido en infinidad de ocasiones, esperando que nadie lo olvidara: entrar no era problema, salir sí.

La tormenta de arena empeoraba la precaria situación. Las teas apenas conseguían mantenerse encendidas y los pendones se elevaban a cada ráfaga de viento, amenazando con jugarles en contra. El palacio entero era un caos; arena y desorden por doquier.

—Vayan con cuidado. El palacio está en alerta y también nosotros—ordenó Julius. Ante tantas precauciones, Bor giró los ojos. A diferencia de su compañero, que era más centrado, para el cimero la adrenalina lo era todo.

—Talos, la ninfa y yo iremos hacia los calabozos por Hipólita—dijo el gigante, sin ocultar le enorme sonrisa de su rostro—. Si encuentran a la pitonisa primero, no nos esperen y salgan de aquí. Es posible que tardemos un poco más de lo pensado. —Se rascó la cabeza rapada.

—Si nos separamos—y Julius esperaba que no fuera así—, nos veremos en el puerto. Esperaremos hasta el amanecer para partir, ¿de acuerdo?

Bor asintió y Xantipa deseó que su optimismo fuera contagioso. Ella, junto con Malkram y Julius tenían la misión más sencilla de aquella aventura. Pero en cambio, la ninfa, el soldado y el cimero tenían, por mucho, la parte más difícil entre las suyas.

En su momento, la mujer había expuesto sus dudas; la principal de ellas cuestionaba la capacidad de dominar a la reina Amazona.

Hipólita era temida por todo el Gran Mar y más allá. En cada rincón del mundo conocido se le reconocía como una mujer imponente y poderosa, cabeza de un imperio propio que ningún otro jamás había podido someter. Su caída había llegado como una gran sorpresa para todos. Se le presumía muerta, y no cautiva en los sótanos del palacio troyano… mucho menos preñada de un hombre consagrado a Palas.

Era una reina caída, una guerrera derrotada… pero eso no significaba que fuera débil, ni mucho menos la hacía menos peligrosa. Sino lo contrario.

También era una bestia herida que pelearía con uñas y dientes por recobrar su libertad. Su sed de venganza sería más fuerte que nunca. Esperaba que fuera una mujer desesperada, con una malicia y una capacidad de matar inusitada.

—Les mostraré el camino. —Las palabras de Aretha interrumpieron sus pensamientos. —Que los dioses les acompañen.

—No creemos en los dioses—espetó, casi por reflejo—. Creemos en nosotros mismos.

La pelirroja guardó un silencio prudente. Asintió y echó una mirada fugaz a Talos, quien no era tan disimulado como ella. Después retomó el camino, esperando que esa travesía no costara la vida de nadie.

—¿Sabes hacia donde vamos? —Bor la cuestionó. Ella asintió.

—Soy una ninfa del viento y no hay sitio donde el aire no sople, por escondido que esté.

—Eso está bien… —Miró de soslayo al soldado y notó lo tenso de sus facciones. —Vamos, viejo, relájate. ¿Qué más podría suceder? ¿Qué muramos? Mejor ahora que somos jóvenes y valientes, a después, cuando seamos viejos y rancios.

—Solo eres un niño que confunde valentía con estupidez.

—¡Ey! —Pero Bor no pudo decir una palabra más, pues leyó en la mirada de Talos que el peligro se aproximaba.

Rápidamente, tomó a Aretha del brazo y tiró de ella para esconderla, junto con ellos, en las sombras. No pasó mucho antes de que las sospechas de Talos se confirmaran.

Por el pasillo asomaron cuatro guardias, uno tras otro. Llevaban el rostro prácticamente cubiertos en un esfuerzo de evitar la molesta arena. Sin embargo, los ornamentos de plumas y los yelmos con forma de águila delataban sus estirpe: Apolonios, los hombres más cercanos al rey y también los más mortíferos de Troya.

Aretha y sus acompañantes esperaron con paciencia a que el grupo pasara. Era pronto para involucrarse en una batalla. Más adelante, cuando tuviera a Hipólita consigo, lo más probable era que no tuviera ninguna otra opción.

El peligro pasó pasmosamente lento. Tan pronto los guardias estuvieron fuera de vista, los intrusos se apresuraron a continuar.

—¿Qué tan lejos estamos?—preguntó Bor.

—Lejos. Tenemos que cruzar este corredor, que es bastante largo, hasta llegar a los jardines interiores. Una vez ahí, debemos buscar la entrada que baja hasta la cocina del templo y la residencia de los sirvientes. Las escaleras a las catacumbas se encuentran justo a un lado, resguardadas por un par de Apolonios.

—Genial… con las ganas que tenía que correr hoy.

Talos chasqueó la lengua con fastidio al escucharlo. A pesar de que estaba involucrado en una misión suicida, él no veía la muerte como algo añorado. En ese sentido, vivir no era un castigo. Le gustaba la vida.

Como si los dioses se rieran de él y sus esperanzas, la tormenta arreció justo en el momento en que alcanzaron el peristilum del palacio. Fueron recibidos con un ventarrón que azotó dolorosamente la arena en sus rostros. Apenas alcanzaron a cubrirse, pero en ese punto, la visión era nula.

—Maldición—susurró—. ¡No puedo ver nada!

—¡Manténgase juntos! ¡No dejen de avanzar! —En un parpadeo, Aretha se transformó en aquel torbellino de aire que se levantó alrededor de ambos, para protegerlos lo más posible contra la naturaleza.

—¡Joder! Debimos pedir más dinero—musitó Bor mientras trataba de mantener el paso en medio de aquella locura—. ¡Iona va a vérselas conmigo!

Fue un milagro que alcanzarán la entrada a las áreas de servicio sin ser vistos. Supusieron que los vigías estaban tan ciegos como ellos y que, ningún hombre en su sano juicio, se imaginaría a otro haciendo semejante estupidez. Pero, al menos, estaban a salvo.

Aquella parte del palacio tenía poco que ver en relación al resto. La luz y la calidez desaparecían, dando paso a teas prácticamente consumidas y un molesto olor a humedad. El inmaculado blanco del mármol era sustituido por una piedra oscura y, en ciertas partes, incluso mohosa. Los corredores eran angostos. El aroma, y también la pestilencia, de la cocina impregnaban sutilmente el aire, y junto con la peste a sudor, creaban un ambiente en ocasiones nauseabundo.

Se escuchaban algunas voces en dirección a los dormitorios. Sin embargo, dada la hora, la mayor parte de la servidumbre y los esclavos aprovechaban el tiempo en descansar. Con un nuevo día llegarían otra vez esas infinitas jornadas de trabajo duro.

—¿Están bien? —Aretha les inspeccionó con la mirada. Lo peor que podía suceder era que la tormenta hubiera herido a alguno de gravedad.

—Enteros, sí.

—¡Tengo arena en todos lados!

—Deja de quejarte… —Talos intentó tomar la delantera pero, como siempre sucedía, Bor se le adelantó.

—El líder va por delante—acotó.

Talos le hubiera gruñido y soltado alguna maldición, pero en cambio se vio forzado a reaccionar con instintos felinos para desenfundar su espada, levantarla y detener el filo de otra arma que venía dispuesta abrir de un tajo la cabeza del cimero. Para cuando Bor reaccionó, el chirrido del metal junto a él consiguió aturdirlo por un segundo. Vio a Aretha conteniendo un grito y todo ocurrió deliberadamente lento. Sin embargo, al recuperarse, desenvainó la espada y la clavó en el vientre desprotegido de su atacante.

El hombre ahogó un quejido y tan solo un instante después, un borbotón de sangre salió por su boca.

Cuando dejó de luchar, Talos supo que la vida había abandonado su cuerpo. Apenas dio tiempo para que él y el gigante lo sostuvieran, evitando que su caída delatara su ubicación. El primer instinto fue sacar el cadáver del camino y esconderle, pero de poco serviría, pues su sangre había formado un gran charco en el suelo que era imposible de disimular.

—Gracias, viejo. Un poco más y…

—No agradezcas—terció Talos—. Solo sé más cuidadoso. ¿Estás bien? —Volteó hacia Aretha y ésta asintió, aún sobrepasada por el susto. —Entonces, sigamos. Ahora estamos a contratiempo. No pasará mucho antes de que noten nuestra presencia.

Aunque Bor torció la boca con desagrado, no pudo negarle la razón. Las cosas no pintaban bien, ni para ellos, ni para sus compañeros.

Apuraron el paso y corrieron por varios minutos, pasillo tras pasillo, en aquel laberinto de túneles cada vez más estrechos y oscuros que desembocaban en los calabozos, en una inusual calma. Esperaban que el camino se les complicara. Era raro que solamente chocaran con aquel guardia que había terminado muerto y con ninguno más. Resultaba sospechoso e infundía en ellos una sensación de zozobra que crecía con cada paso.

—¡Ahí está!—exclamó la ninfa.

—Vayamos con cuidado.

—Yo iré primero. —El cimero se adelantó a ambos y, extendiendo los brazos, les obligó a permanecer tras de él. Por muy irritante que fuera, Talos tenía que admitir que el chico tenía coraje.

Desenfundó la espada y caminó despacio hacia la última puerta que se interponía entre ellos; esperaba que, al abrirla, al menos un par de guardias se lanzaran sobre él, dispuestos a despedazarlo.

Con una mano tiró de la puerta. Con la otra, se preparó para el combate. No se equivocó, aunque tampoco atinó del todo.

Un único oponente salió a su encuentro. Bor apenas tuvo tiempo de usar su espada para detener a la de su enemigo y, antes de que pudiera reaccionar, se encontró envuelto en un intercambio de golpes, cada uno anunciado por el chirrido del metal que se impactaba.

El soldado troyano libró una estocada por parte del cimero. Se agachó y giró sobre sí mismo, dispuesto a atajarle las piernas. Pero el gigante era un hombre inusualmente rápido para su tamaño. Tiró el cuerpo para atrás para esquivar el ataque. Fue solo un par de pasos pero bastaron. Sin embargo, se vio a retroceder un poco más, cuando el troyano volvió a embatir sin darle descanso. Sin ningún deseo de permanecer a la defensiva, Bor levantó la espada y trató de atacar desde arriba. Pero el hombre que tenía en contra no era un soldado cualquiera.

Dymas, a pesar de su relativamente corta edad, era un capitán condecorado del ejército troyano; uno de los favoritos del rey. Era el más joven de un puñado de guerreros curtidos, a los que Periandro se permitía escuchar. También era en extremo habilidoso con la espada, y poseía un coraje del que pocos podían presumir.

El troyano detuvo con su espada el ataque del mercenario. Apretó los dientes cuando sintió la presión del golpe. Sin duda Bor era un guerrero monstruoso.

—¡Detén tu espada!—siseó Dymas, aguantando la fuerza brutal con que Bor le atacaba—. ¡Tienes que escucharme! ¡No soy tu enemigo!

—¡Eres tú quien debe soltarla primero! —Zafó su arma y trató de abatirle con un golpe a su estómago. Sin embargo, el capitán troyano no era ningún novato con el acero y rápidamente consiguió detener la estocada. Bor gruñó disgustado. Giró para golpearle por la espalda. Dymas le igualó, consiguiendo que sus ataques no le dañaran. —Eres bueno…

—Soy el mejor.

—También eres un arrogante.

—Tú lo eres más. —El gigante frunció el ceño al reparar en el destello sarcástico que centelló en los ojos violetas de Dymas. Se dispuso a atacar una vez más, pero se obligó a detenerse cuando el troyano dejó caer su arma y levantó las manos anunciando una rendición a medias. —Te dije que no era tu enemigo, y visto que eres un cabeza dura, seré yo quien demuestre prudencia. —Le oyó decir.

—¿Quién demonios eres?

—Mi nombre es Dymas y soy capitán dentro del ejército troyano. Soy un Apolonio.

—Entonces, ¿por qué no peleas por tu pueblo? Por tu rey.

—En ocasiones, las batallas no se libran con la espada. —El troyano desvió la mirada del mercenario y buscó por el rostro de la mujer de la que Mirra le había hablado. —Tú debes ser la ninfa—dijo—. La princesa me ha hablado de ti.

Aretha se vio sorprendida, al igual que sus acompañantes. Bor se negaba a bajar la espada y Talos, sutilmente, se posicionó entre la pelirroja y el castaño, dispuesto a intervenir en caso de que fuera necesario.

Pero si habían llegado tan lejos, la ninfa no iba a amedrentarse. Esquivó a ambos hombres y con una seña, pidió al cimero que bajara el arma. Después de dirigió a Dymas.

—¿Por qué la princesa te ha hablado de mi?

—Me ha contado todo. Mirra siempre supo que, tarde o temprano, intervendrías para ayudar a los Santos a recuperar a uno de los suyos.

—¡¿Sabían que vendríamos?! —Bor estaba furioso. Habían caído en una trampa.

—Era predecible.

—Esto es una emboscada—masculló Talos. Giró la cabeza en ambas direcciones, esperando que el resto de la milicia troyana saliera de las sombras y los atajara.

—No. Nadie más sabe de ustedes. Aquí yo no soy su enemigo.

—¡¿Qué?!

Los ojos de Bor y Talos urgieron a Aretha a desconfiar. Ella guardó silencio mientras consideraba sus opciones.

Mirra siempre le había resultado una incógnita. Por momentos la sentía de su lado y, en otros, la veía como una posible enemiga de peligro. Pero, por sobre todo, esa extraña relación en la que era ojos y oídos de Kanon en el palacio le intrigaba. Quería creer que era un gesto de buena fe, pero… ¿y si era algo más que eso?

Dymas reparó de inmediato en sus dudas y supo que tenía que actuar rápido, o los perdería. No habían tenido el mejor de los inicios, y eso jugaba en su contra.

—Escucha, porque esto es muy simple—dijo él—. Mirra está ahora mismo con la oráculo y su cuidadora. No evitará que las lleven consigo. Pueden retirarse ahora con la pitonisa, la vieja y con sus vidas, y confiar en que les daré alcancé junto con la reina. O, pueden continuar con su búsqueda, llegar a los calabozos, donde está resguardada la Amazona, y no volver a ver la luz del Sol jamás.

—¿Por qué habría de confiar en ti?

—Porque busco exactamente lo mismo que tú: mantener a los míos a salvo.

—¿De qué estás hablando?—presionó Bor. Talos se mantenía en silencio, pero quizás comprendía más que los otros dos.

—Ese niño es el Hijo de la Guerra, bendecido y maldito a la vez, por Ares y Athena. Crecerá y poseerá la fuerza de Ares y la inteligencia de Palas. Será invencible, pero su sed de sangre será implacable. —La piel de Aretha se erizó. Jamás se habían planteado el futuro de la criatura en aquel modo tan terrible. —Periandro entiende esto tan bien como cualquiera y guiará los habilidades de ese niño hacia la conquista. Troya no volverá a conocer a la paz, pues la ambición del rey es poderosa, y la mano del Hijo de la Guerra será temible. Puede que sea un soldado que se hizo en el campo de batalla, pero eso no me impide disfrutar las bendiciones de la paz.

Los ojos azules de Bor, usualmente vivarachos y traviesos, se opacaron. Su mirada transmitió una mezcla de preocupación y temor, rara en hombre temerario como lo era él. Miró de reojo a Aretha, como si de pronto cuestionará el verdadero objetivo de esa misión. ¿Debían salvar a un niño capaz de traer tal caos al mundo? ¿Debían destruirlo? ¿Por qué querría Athena que su ciudad recibiera una amenaza como esa?

—Mi señora sabrá encaminarlo—respondió la pelirroja, como si pudiera leer las preguntas en la cabeza del mercenario.

—Confiaba en que pudiera ser así. —Dymas añadió. —¿Me dejarás ayudarte?

—Si Periandro se entera, no serán solo nuestras vidas las que estén en peligro. Te acusará de traición y te asesinará.

—Es un riesgo que estoy dispuesto a correr.

—Eso o podrías traicionarnos y convertirte en héroe—terció Bor.

Dymas calló. Entendía el recelo pero no tenía más palabras para combatirlo. Serían ellos quienes tomarían la decisión definitiva.

—Serán ustedes quienes decidan lo que se hará. Pero no tenemos mucho tiempo antes de que les sea imposible salir—presionó—. Así que díganme ahora, ¿cuál es su decisión?

—Yo digo que lo matemos y sigamos con nuestra misión—bramó Bor. Aretha tragó saliva.

—¿Qué opinas, Talos?—preguntó. Por muchas razones, confiaba más en la temple y cabeza fría del viejo soldado.

Talos fue prudente y pensó detenidamente su respuesta. Con tantas cosas en juego, sabía que lo que sus labios dijeran podría determinar el tumbo entero de esa misión y el destino de todos ellos, así como el de generaciones futuras.

—Vamos, viejo, córtale el cuello y sigamos con lo nuestro. —El filo de la espada del cimero se acercó al cuello de capitán. Dymas no se movió, ni mostró señales de ansiedad. Para sorpresa de los tres, el arma del soldado obligó al mercenario a bajar la suya.

—No. Espera—dijo Talos—. Creo que no miente.

—¿Confías en él?

—Puedo entender a qué se refiere—confirmó—. Pero no sé si deberíamos dejarle solo. —Echó un vistazo a Dymas antes de continuar. —Sea para vigilarlo, o para ayudarle, uno de nosotros debería quedarse con él. Yo lo haré. Ustedes busquen a los demás y vayan hacia el punto de encuentro. Yo les encontraré ahí.

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—¿Estás perdido? —La pregunta hizo que se respingara.

—No, no lo estoy. —Pero era cierto que Aioros ni siquiera se había dado cuenta del camino que sus pies habían tomado. Después que abandonara su habitación, se había dedicado a caminar sin rumbo, con la cabeza y los pensamientos muy lejos de ahí. Quizás, lo último que hubiera esperado, era toparse de frente con el soberano cretense. —No os había visto, Alteza. Mis disculpas.

—Es tarde para merodear sin rumbo por el palacio.

—Es que… no podía dormir.

—Comprendo.

Y el arquero realmente no entendía lo mucho que Minos compartía la sensación de ser incapaz de cerrar los ojos y descansar en paz.

El castaño estaba a punto de ofrecer una disculpa más antes de seguir su camino, cuando un aullido de dolor rompió la tranquilidad de la noche. El llanto desgarrador de la reina Pasifae corrió por el palacio y se creció con el eco del mármol. La piel se le erizó mientras su corazón se oprimía. Minos, sin embargo, no mostró una sola emoción.

A Aioros le hubiera gustado ver algo en él; cualquier cosa, lo que fuera. Pero la indiferencia que recibió hizo que la sangre le hirviera. Trató de ocultar su rabia del mejor modo que pudo. Sin embargo, muchas veces había sido advertido de lo transparente que podía llegar a ser. Precisamente por eso, resultó fácil para el rey cretense notar aquel brillo rabioso en sus ojos azules. Secretamente, lo disfrutó. Aquellos hombres de habilidades divinas no eran diferentes a cualquier otro mortal; la misma sangre roja corría por sus venas.

—La reina está inquieta—dijo—. Dice sentir el dolor de su engendro. Siente el miedo de la bestia.

—Solo es un niño—respondió el arquero.

—Es un monstruo nacido de una pasión perversa.

—Está enfermo, pero no deja de ser un niño.

—¡Está maldito por los dioses!—exclamó Minos. Esta vez fue su mirada la que desbordó rabia.

—No, no lo está. —Aioros sonó autoritario. Había levantado la voz ligeramente y su mirada adoptó un toque rígido. —Si no tuvieras deudas con Poseidón, entenderías que tu hijo no es producto de una maldición y que, de ningún modo, puede ser considerado un monstruo.

—¿Qué sabes tú de mis deudas con Poseidón?—siseó el rey. Como todo soberano, no estaba acostumbrado a ser increpado.

—Sé que son las causantes de tus fantasmas. —Minos se guardó las palabras para sí, en un intento inútil por guardar la cordialidad. Pero sus esfuerzos no rindieron frutos.

Le dedicó una mirada que el castaño sintió como una puñalada. Sin darse cuenta, aguantó la respiración, a sabiendas de que se había dejado llevar por sus sentimientos. Pensó en excusarse y retirarse, pero al rey no se le dejaba con las palabras en la boca. Tampoco estaba seguro de que pudiera marcharse; si Minos estaba tan enojado como se veía, no se lo permitiría.

Así que plantó los pies y trató de lucir firme. Lo cierto era que no iba a tragarse sus palabras. Quisiera reconocerlo, o no, Minos tenía que entender que la razón lo favorecía.

—¿Quién crees que eres para hablar así del rey? De mí.

—Soy alguien que también vive rodeado de fantasmas—respondió el Santo—. Pero, a diferencia tuya, no culpo a nadie más que a mi mismo por ellos. La reina y el príncipe no son los villanos; son las víctimas.

—¿Príncipe? Creta no tiene un príncipe. Mi heredero no será el engendro de una bestia.

Aioros tuvo que morderse la lengua para no responder. En lo que a él respectaba, el pobre Asterion era precisamente eso: un niño nacido de una bestia… Minos era esa bestia. Nada diferente a esos monstruos a los que tanto temía.

Apretó los labios para forzarse a guardar sus pensamientos. Sin embargo, le resultó imposible desviar la mirada del rey, espetando más de lo que hubiera deseado.

Al soberano le disgustaba la reprobación en esos ojos color de cielo. Detestaba por encima de todas las cosas que, aunque su silencio demostrara prudencia, aquella mirada le gritaba que no esperara por sumisión, pues jamás la tendría. Iba más allá del orgullo y ahora se sentía juzgado… incluso se sentía amenazado. Aquellos hombres obraban milagros, según se decía por toda la isla; y ante la posibilidad de que ellos fueran sus jueces y verdugos, no podía sino preocuparse.

—Para cuando descubras que estás en un error, será tarde—sentenció el arquero.

—Ni estoy en un error, ni pienso arrepentirme de esto.

—Pero lo harás—terció el Santo—. Cuando el final esté cerca, todo pintará más claro.

—Mi final está lejos aún.

—¿Estás seguro de eso?

La sola pregunta arrastró la mirada del rey hacia la oscuridad. Su naturaleza ya era lúgubre y digna de temer, pero de pronto, al sentirse cuestionado también comenzaba a sentirse encerrado. Paranoico, permitió que sus ojos vieran fantasmas que no existían y que sus oídos escuchasen palabras jamás dichas.

Las alarmas se encendieron en su cabeza, mientras que aquel feroz instinto de supervivencia empezó a jugar con su razón.

—¿Es esto una amenaza?—cuestionó.

—Es mi forma de enfrentarte con la realidad que te niegas a aceptar.

—No tienes ningún derecho…

—No, es probable que no lo tenga—Aioros interrumpió—. Pero el que nadie se atreva a decirte lo equivocado que estás, no significa que yo tenga que callarme también. ¡Por los dioses! Es un niño… ¡es tu hijo!

—No es mi hijo—siseó Minos. El rostro se le desfiguraba a causa de la ira.

—Es tan tuyo que no puedes negarlo. Es eso lo que tanto te irrita. —El arquero sabía que caminaba al borde de la impertinencia, pero cada palabra que salía de sus labios era bien merecida por el cretense. —No soportas ver la desgracia que tú mismo te has traído, y culpas de tu miseria a un pequeño que nada tiene que deber en este asunto. ¿No quieres que sea rey? Bien. Pero eso no debería ser una condena de muerte.

—¡No te atrevas a interferir en asuntos de mi reino! ¡Tú no eres un hijo de Creta! ¡Tú no eres el rey! —El estallido de cólera hizo que Aioros se tensara. Se irguió un poco más y escuchó en silencio. El rey se acercó a él y el aliento a vino rancio le golpeó la cara. —¡No eres nadie para decir sobre quien vive y quien muere! ¡En cambio yo… soy un rey! Soy yo quien dicta el futuro. ¡Nadie más!—bramó y su voz poderosa retumbó en el silencio de la noche.

Su mirada destilaba odio y desdén. Era tan penetrante que Aioros se sorprendió del peligro que encontró en ella. Ya no había amenazas en sus ojos, solo una promesa de que sus palabras no serían olvidadas… era un juramento de que aquella afrenta en contra de su autoridad, sería vengada.

Dispuesto a no soportar una palabra más del extranjero, Minos dio vuelta para marchar hacia sus aposentos. Pero ni bien había dado tres pasos, cuando sintió la mano del arquero alrededor de su brazo, obligándole a parar.

—¿Qué crees que haces?—cuestionó, sin dar crédito a lo que sucedía. Trató de soltarse pero el Santo le superaba en fuerza. —Quítame las manos de encima.

—Necesitas escuchar y entender.

—¡No hay nada que puedas decir o hacer que me haga cambiar de opinión. El crío está muerto. Jamás habrá de volver.

—Te arrepentirás si lo hace…

—¿Me amenazas de nuevo? —Sus miradas chocaron, sin que ninguno estuviera dispuesto a ceder. Aioros jamás había sentido tantos deseos de maltratar a alguien como entonces. Agarró con más fuerza hasta que vio los labios del rey apretarse en un esfuerzo de mantener sus quejidos para él mismo.

—Quiero que sepas…—susurró—que vas a arrepentirte.

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Cuando Saga alcanzó la entrada al palacio, la noche ya estaba bien entrada. Flotaba en el ambiente la calma de la noche. Las calles de Creta lucían vacías y fantasmagóricas. Las hogueras que ardían en cada esquina, para mantener la ciudad iluminada, agonizaban. Adivinó, por la falta de vigilancia en las callejuelas, que eran las primeras horas de la madrugada; no era raro que, al entrar en los albores del nuevo día, los guardias acortaran sus rondas para aprovechar el calor de las teas y comer algún bocadillo que los mantuviera despiertos.

Le resultó curioso el modo en que consiguió burlar toda vigilancia sin ningún problema, hasta escurrirse al mismísimo corazón de la ciudad, a tan solo unos pocos metros del paranoico Minos.

—Esto es una locura…—musitó al adentrarse en el patio de armas sin ser detectado. Para ser un rey tan temeroso, poseía un ejército descuidado.

Atravesó la enorme explanada cuidándose de ojos curiosos: el hecho de que nadie le hubiera visto hasta entonces, no significaba que pudiera ser descuidado. Hasta donde sabía, él y el resto de sus compañeros seguían siendo considerados una incógnita para el rey: los visitantes incómodos.

Poco después alcanzó la pequeña stoa que daba inicio a los corredores del palacio. Las sombras de las columnas se convirtieron en sus mejores cómplices.

Y así, avanzó por algunos minutos con nada más que el silencio de la noche como compañía. Iba más preocupado por las preguntas que su ausencia levantaría que por ser atrapado. Podía dar muchas excusas y estaba seguro de que la mayoría de sus compañeros le creerían. Pero Kanon no. Podían llevar una vida separados, pero su gemelo era especialmente bueno encontrando sus inquietudes… y también explotándolas.

Pero su meditación se vio interrumpida cuando el eco de un par de voces resonó a través de los pasillos. De inmediato reconoció una de ella y se sintió intrigado.

Saga se acercó lo suficiente, hasta donde su necesidad de anonimato se lo permitió. Corroboró que no estaba equivocado: una de las voces pertenecía a Aioros y, sorprendentemente, la otra era la del mismísimo Minos. Discutían, eso era seguro; aunque sus voces guardaban cierta prudencia, inusitada en ambos.

Lo correcto, según pensó él mismo, era intervenir y terminar con aquel altercado. Pero, contra toda lógica, decidió mantenerse al margen para solo escuchar.

—¿Qué demonios haces, Aioros?—susurró entre dientes, solo para sí, cuando pilló el hilo de la conversación.

El arquero estaba siendo temerario al llegar a aquellos límites. Caminaba sobre hielo muy delgado y Saga temía mucho que pudiera romperse en cualquier momento, porque entonces, todos estarían en problemas. Gravísimos problemas.

Pero, muy a pesar de todo, lo último en lo que Saga quería pensar esa noche, era en Aioros y sus complejos. Había tenido una tarde endemoniada, repasando una y otra vez todas las razones por las que sentía traicionado. El encierro de Afrodita lo traía al borde de colapso. Athena había pasado todos los límites conocidos tomando esa decisión… y estaba seguro de que el nombre de Shion estaba inmiscuido en el medio.

La simple idea de tener que enfrentarse al viejo y a su diosa, le arrancó un gruñido. A sus espaldas, alcanzó a escuchar las voces de Aioros y Minos, pero dejó de prestarles atención.

No tenía sueño, pero estaba cansado. Así que se negó a continuar con su vigilancia y decidió regresar a su habitación.

Ya tendría tiempo suficiente para lidiar con el arquero.

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Soplaba el viento desde el Mediterráneo. Era cálido; demasiado denso para aquella época del año. El otoño terminaba, pero el invierno parecía dispuesto a no hacer acto de presencia. A través de las extensas llanuras de Milos, el verde de los pastos había mutado a naranja y después, a un amarillo decadente. Sin embargo, el Sol brillaba en el cielo, con tal fuerza que recordaba los días del verano griego.

Milo se vio a si mismo, perdido en aquel océano ambarino, que olía a forraje. La altura de las espigas le superaba, pues él era tan solamente un niño. Tenía cuatro años, o quizás cinco. En aquellos tiempos, la edad no era algo que le preocupara. Pero recordaba haber sido inmensamente feliz, a pesar de la humildad en la que crecía.

Su madre, corría detrás de él, tratando de finalizar con su huída. Ella llamaba por él, pero sus propias carcajadas ahogan el sonido de su voz. La escuchaba gritar su nombre, aunque ya no lo reconocía.

No había nacido con el nombre de Milo, sino con uno diferente. Aquel nuevo mote lo había adquirido tiempo después, y lo había adoptado, como recuerdo de su lugar natal, para que nunca olvidase de donde venía. Era así como se mantendría sencillo y humilde de corazón, a pesar de vivir como un príncipe y basar su existencia en el código de un guerrero. Sería siempre como una manzana: su ego era la dura coraza que protegía aquel corazón dulce, al que solo un puñado de afortunados tenían acceso.

—¡Ten cuidado! ¡No te alejes! —La escuchó llamar de nuevo. Pero no prestó atención. Sus carcajadas, infantiles y exudantes de travesura, superaban a la voz de la prudencia.

—¡No me alcanzas! —Se escuchó retarla. Corría, con nada más que el follaje dorado frente a él. Hasta que distinguió el final del laberinto.

—¡No te acerques al camino! ¡Es peligroso!

De nuevo, la ignoró. Era un niño, después de todo; un niño rebosante de vida y ansioso de aventuras, sin importar lo pequeñas que fueran. Y fue así, en medio de su carrera, que los pastizales llegaron a su fin y, junto con ellos, también la vida que conocía.

Sus manos pequeñas apartaron los últimos tallos que le apartaban del sendero empedrado. Abandonó la protección de los pastizales a toda prisa, sin reparar en los peligros que se aproximaban. En su apresurada huída, en medio de los juegos, no reparó en la carreta del viejo carbonero que iba en su dirección.

Su aparición, tan repentina como remolino, asustó al caballo que tiraba de ella. La bestia bramó y se levantó sobre sus patas traseras. Sus cascos golpearon en el aire, mientras sus chillidos resonaban en los oídos del niño.

Milo sintió el pánico tomando el control. Su cuerpo, pequeño y vulnerable, fue incapaz de obedecer a su instinto de supervivencia, y permaneció inmóvil, a merced de la yegua aterrorizada. Se vio a si mismo, diminuto ante el animal. No habría misericordia para él; el terror irracional no era su amigo.

—¡Cuidado, pequeño! ¡Cuidado! —Sintió el poder protector de los brazos de su madre empujándole lejos de la línea de peligro.

Cayó a un costado del camino, arañando sus rodillas y escociendo la piel de sus brazos. Pero las heridas eran diminutas en comparación con lo augurios. Confundido, aletargado por el golpe y por el disparo de adrenalina en sus venas, alcanzó a levantar el rostro, para que sus ojos buscaran por su madre.

La encontró sin necesidad de buscar demasiado. Ahí estaba ella, tendida en el camino, protegiéndose como mejor podía de las embates de aquel animal en pánico. El ambiente se llenó de gritos: los de su madre, los del carbonero, y los de cuanta mujer y hombre que se aproximaban en su auxilio. A todos ellos se unió el suyo.

—¡Mami!—chilló—. ¡Mami!

Intentó correr hacia ella, pero los brazos de un desconocido lo detuvieron de cometer una locura que habría terminado con su vida. Pataleó y se revolvió en busca de libertad para ayudar a su madre, pero siendo tan solo un niño fue superado.

A través de las lágrimas que nublaban sus ojos y que corrían por sus mejillas quemándole la piel, Milo lo contempló todo.

Su madre luchó con todas las fuerzas que tuvo para mantenerse con vida. Duró mucho más de lo que se esperaba para una criatura tan frágil que enfrentaba a un enemigo tan grande. El pequeño observó cada segundo de su agonía, con terror e impotencia. La voz se le había apagado poco a poco, conforme la esperanza desaparecía. Sus ojos se encontraron una última vez, cuando de entre sus brazos que la cubrían, ella levantó la mirada buscándole. Estaba herida y sangraba; también estaba aterrada ante un final inminente. Pero, a pesar de todo, le sonrió.

—Te quiero, mi pequeño… te quiero. —Leyó las palabras en sus labios.

Con un golpe letal a su cuello, la asustadiza yegua terminó con todo. Su madre abandonó toda lucha. Dejó de defenderse y permaneció inmóvil sobre el camino empedrado, con la mirada fija en la nada.

Había perdido…

—¡Mami! ¡Mamá! —Se oyó gritando.

Y en ese preciso instante, abrió los ojos.

Siempre sucedía así: la pesadilla terminaba en medio de un último grito de desesperación, cuando su corazón se rompía dentro de su pecho por enésima vez. No importaba cuantas veces soñara, ni cuantas veces se había dicho que lo tenía superado, dolía cada vez.

Despertó con el pecho ahogado de ansiedad. Pestañeó un par de veces antes de que la mirada se le aclarara. Por un brevísimo instante, apenas hubo abierto los ojos, pensó que lo vivido el día anterior había sido una pesadilla más; una brevísima sensación de alivio le invadió. Pero la calma fue tan fugaz como un suspiro. El dolor y la rabia regresaron a él como una punzada al corazón.

Se llevó la mano a la cabeza y secó el sudor que se le impregnaba en el cabello. Entonces, cayó en cuenta de que, por fin, podía moverse.

Sin embargo, no se sentía listo para incorporarse aún. Permaneció tendido sobre su costado, con sus ojos yendo y viniendo, en busca de enfoque. Encontró la silueta de Mu, tendido muy cerca de él, y también la de Camus. Sabía que Máscara Mortal estaba ahí, porque recordaba haberle visto vagamente, entre sus último recuerdos. Sin embargo, también porque escuchaba sus quejidos, a sus espaldas, mezclados con el barullo de voces que, en ese momento, le costó reconocer.

Divagando entre sus últimas memorias, recordó que en algún punto, habían perdido toda esperanza. Aún en la confusión de su mente revuelta, tuvo dudas acerca de lo que había pasado.

A duras penas, haciendo acopio de fuerzas, luchó por sentarse. El veneno suministrado por los tracios aún no había sido asimilado por completo. Sus músculos tensos dolían, a tal punto, que encontró imposible retener un quejido. Esa misma debilidad hizo que sus brazos le fallaran y trastabillara en su tarea.

Apretó los dientes, sintiendo renacer la rabia y frustración junto con los recuerdos. Cerró los puños con tanta fuerza como pudo. La impotencia hizo acto de presencia.

—Oye, oye… tranquilo. —Tan pronto escuchó aquella voz familiar supo que estaban a salvo. Aceptó la ayuda ofrecida y volvió a recostarse. —No te muevas. Todavía estás muy débil.

—Gato…

—El mismo. —Milo vio la sonrisa de su amigo y, por primera vez en todas esas larguísimas horas, sonrió. Pero la sonrisa no duró mucho en sus labios, convirtiéndose en una mueca de tristeza, que se complementó con un par de lágrimas que hicieron que el corazón del león se estrujara. —Vamos, bicho. ¿Tanto te emociona verme?—intentó bromear. ¿Qué más podía hacer?

—Es que… —Aioria contuvo la respiración. Ya había escuchado los escalofriantes relatos de los supervivientes y no se sentía listo para escucharlos de los labios de Milo. —Lloro de pena…

—No tienes que…

—Porque te ves horrible, gato…—continuó, arrancado una sonrisa del rostro preocupado del castaño.

—Tú te ves peor.

—Mierda. Eso es muy malo.

Compartieron una sonrisa fugaz, triste y llena de las emociones que cada uno guardaba. Habían sido días difíciles, llenos calamidades y dolor. Pero, al menos, estaban vivos… aunque hubieran trozos de sus almas que se habían perdido en el camino.

-x-

Era temprano. Tan temprano que el Sol de la mañana apenas despuntaba por encima de la montaña, donde la ciudad descansaba. También hacía frío. La brisa que soplaba del mar traía un olor fuerte, que presagiaba tormenta. Las gaviotas revolteaban sobre el palacio, alejadas del Gran Mar, en busca de un lugar seguro donde resguardarse. Era un día especialmente oscuro, en el que nada bueno podía suceder.

El palacio cretense, sin embargo, era un hervidero. El nuevo día les había saludado con sangre.

Se escuchaban gritos por doquier y también maldiciones. Los pasos presurosos de los soldados, yendo y viniendo, delataban el caos que se sobrevenía. La confusión se erguía como reina absoluta. No había nada, ni nadie que pudiera contra ella. Los dioses habían mandado la última de sus jugadas maestras. La maldición llegaba a su final.

Shura despertó con el forcejeo en la puerta de su habitación. Escuchó los gritos al otro lado, pero desconocía lo que estaba pasando. Adormilado, se incorporó. Su primer instinto fue buscar a Aioros. Estaba ahí, dormido en el otro lecho, aunque no por mucho tiempo.

Por fin, la cerradura cedió y, en un abrir y cerrar de ojos, la pequeña habitación se llenó de gente. Una docena de lanzas los rodearon, con sus puntas afiladas apuntando hacia ellos.

Lentamente, Aioros se sentó sobre su lecho. Miró de reojo al español, solo para encontrarlo tan quieto y sigiloso como a él mismo. Tenía las manos al aire, en señal de paz. Ambos, o cualquiera de ellos por separado, podrían detener a aquella pequeña tropa invasora con un único movimiento. Sin embargo, no necesitaban más problemas. Mientras no supieran con exactitud lo que sucedía, ambos Santos estaban dispuestos a ser tan cautelosos como fuera posible. Ni uno iba a hacer nada que pudiera resultarles más caro.

—¡Dédalo! ¡Mi señor! ¡Los tenemos!—gritó el mayor de los guardias. Se trataba de Genes, el mismísimo capitán de la Guardia Real. Era un hombre de cabello entrecano, al que le faltaba un ojo, pero le sobraba experiencia como guerrero.

—¿Qué está sucediendo?—preguntó Shura.

—¡Silencio! Hablarás cuando se te sea permitido—espetó Genes.

El español hizo como se le ordenó, aunque jamás bajó la guardia. Los murmullos afuera arrecieran y, poco después, entre gritos de "¡Abran paso!", la regordeta figura de Dédalo se escabulló hasta la habitación.

El viejo entró y, para sorpresa de todos, Genes le cedió el mando. El intercambio de miradas fue breve, pero lo dijo todo. Su palabra era la que valía.

—Es él. —Apuntó a Aioros.

—¿Estás seguro?

—Le vi con mis propios ojos.

—¿De qué estás hablando?—cuestionó el Santo aludido—. ¿Qué es lo que viste?

—A ti, anoche, con Su Alteza. Te oí reñirle y sé que le amenazaste.

—¿Qué? ¡Jamás hice tal cosa!

—¿Vas a mentir ahora? —Dédalo contraatacó—. Piensa bien cada palabra que salga de tu boca, Santo, porque no he sido el único que te ha escuchado. Hay más testigos que solo yo.

Aioros entrecerró los ojos y apretó la mandíbula. Intentó moverse pero las lancetas se acercaron más a él, dispuestas a no darle un solo centímetro más de libertad. De soslayo, buscó por Shura. El español estaba tan quieto como estatua; había contenido el aliento y ni siquiera respiraba.

—¿Qué pasa aquí? —Se oyó la voz gruesa de Dohko desde afuera. —¿Qué es todo esto?

—¡Quédense donde están!—gritó algún guardia. Varias voces más secundaron la amenaza, a la que Aldebarán respondió tratando de recuperar la calma.

—Tranquilos, tranquilos… no somos enemigos.

—¡¿Qué demonios…?! —Kanon fue mucho menos sutil. Cuando las lanzas y espadas cretenses le rodearon, se preparó para lo peor. —Yo tendría cuidado con eso—amenazó. Saga, junto a él, se limitó a examinar su situación.

El mayor de los gemelos no temía a lo que aquel montón de hombres con acero y madera pudieran hacerles. No eran enemigos de consideración.

Uno solo de ellos sobraba y bastaba para detener al ejército completo. El cosmos era, por sobre todo, el arma más poderosa de todas… especialmente cuando se trataba de cosmoenergía dorada. Sin embargo, reconocía que debían ser cuidadosos y precavidos. Las implicaciones de una guerra contra Creta los dejaban malparados. Suficientes enemigos tenían como para echarse más encima. Además, quedaban aún unos pocos días antes del regreso de Ganímedes y la Kyrenia. Hasta entonces, estaban atrapados ahí.

—Solo queremos saber que está sucediendo—habló, con tanta calma como podía, pero sin perder autoridad.

—¡Traición! ¡Eso sucede!—espetó uno de los guardias más jóvenes y el resto de sus compañeros estalló en gritos de muerte. A Saga siempre le pareció que la inmadurez de la juventud era peligrosa. El chico le estaba dando la razón.

—¡Silencio!—ordenó Genes, y ante su orden, los gritos acallaron—. Ese es el hombre. Dédalo quiere hacerle unas preguntas.

Saga se sintió intrigado. Uno de los soldados, un hombre pelirrojo y rechoncho, le cogió del brazo y trató de arrastrarlo hacia dentro de la habitación.

Pero Saga no se movió. Por mucho que el hombre intentó tirar de él, no consiguió moverlo. Gruñó y abrió la boca para soltar alguna maldición, mas entonces sus ojos chocaron con la mirada del peliazul y prefirió callar. Los ojos verdes de Saga eran fieros y no mentían; no estaba dispuesto a ser mangoneado como una muñeca por nadie.

—Quítame las manos de encima—susurró—. Puedo andar solo. —El soldado le dirigió una mirada aguerrida, pero no se atrevió a más. Aquellos atenienses no podían ser considerados humanos.

—Ve con cuidado. —El gemelo oyó el consejo de Dohko y asintió.

Las tropas cretenses se dividieron a su paso. Por el modo en que le miraba, y la fuerza con que sus manos apretaban las escuetas armas que tenían para defenderse, Saga supo que le temían. El olor a miedo apestaba el ambiente.

Cuando estuvo dentro de la habitación, se detuvo. Oteó a su alrededor en busca de explicaciones.

Su cabeza trabajó rápidamente atando cabos.

Aunque todos ellos estaban estrechamente vigilados, la atención de Dédalo y Genes estaba depositada en Aioros. Era él quien, de alguna forma, se las había ingeniado para ponerse en el centro de aquel enredo. También era él a quien Saga viese la noche anterior, inmiscuido en un duelo de palabras con el rey. Fue así que el geminiano descubrió que, al alejarse esa noche, había cometido un enorme error, cuyas consecuencias aún desconocía.

—¿Qué es lo que quieres saber?—preguntó a Dédalo.

—Tú estabas ahí, tú oíste lo que sucedió. ¿Éste hombre se encontró anoche con el rey? —Ante la pregunta, la mirada de Saga atravesó al arquero. Sus labios permanecieron sellados. —¡¿Éste hombre discutió con Su Alteza?! ¡¿Lo amenazó?! —Las preguntas y tono de la voz del viejo arreciaron. —¡No mientas ahora!

—¿Saga? ¿De qué habla? —Escuchó a Dohko cuestionar, pero no respondió. Las preguntas del Santo de Libra se perdieron con la voz de Dédalo que presionaba sin piedad.

—¡Habla! ¡No niegues la verdad! ¡Fue él!

—¡Yo no le amenacé!—terció el castaño, ante la falta de respuesta del gemelo—. Discutí con él, cierto es. Pero, ¿vas a apresarme por haberle reñido? ¿En serio? ¿De eso se trata todo esto? —Aún así, no se resistió. Si lo hacía, solo empeoraría la situación para él y para los demás. —¿Minos va acusarme haberle dado una opinión?

—No, no. No juegues al inocente, Santo. El rey Minos fue asesinado anoche y sé que tú eres su asesino.

-Continuará…-

NdA: ¿Se preguntaban por qué Milo odia tanto a los caballos? ¡He aquí la respuesta!

Es una idea que ha estado siempre presente en mi cabeza, desde la primera vez que decidí usar esta fobia en el bicho, pero a la que jamás di explicación, porque simplemente nunca surgió la oportunidad. Lo curioso de todo esto, y lo que más me gusta, es como algo aparentemente tan tonto, en realidad oculta un dolor terrible. ¡Mi pobre y pequeño bicho!

He descubierto que hay algunos capítulos que me resultan especialmente difíciles, y esos son aquellos en los que quiero meter tantas cosas que termino por hacer un desbarajuste. Lo cierto es que tenía muchísimas escenas. Fácilmente pude haber escrito unas 10 páginas más (este capítulo ocupa 26 páginas en Word), sin embargo, me pareció una exageración y también creo que hubiera llegado a ser tedioso. Así que hice lo mejor que pude. ¡Ojala el resultado sea el adecuado! De cualquier modo, sé que hay huecos de la historia que han quedado por ahí y los iremos explorando poco a poco.

Sin falta a la costumbre, me tomaré unas líneas para agradecer a quienes han dejado sus comentarios: Artemiss90, Damis, fer gp, LadyMadalla- Selene, Marlys, NaDeSyKo, Safo de Lesbos, PotterMayCry, Mariana Elias, Doncel. Fera07, itatechi98, Pyxis and Lynx, Lady Saya, Jabed, LinSaintSeiya, Spring Surprise, O-Mac, k2008sempai, Kaito Hatake Uchiha, Saint Kayuza, Shakary, Thrabelle, kennardaillard, palomawence, Guest y dohko1989. ¡Muchas gracias a todos! ¡Gracias!

Por si alguno no sabe, los replies a quienes tienen cuenta deberán llegar a sus correos, a quienes comentan sin cuenta, pueden leerlos en mi profile.

Dicho esto, es hora de despedirse. ¡Les espero en el siguiente capítulo! ¡Gracias de antemano por animarse a comentar! Es gratis y no duele ;)

¡Saluditos!

Sunrise Spirit