Capítulo 65
Las yeguas de Diomedes
La ruta más directa para llegar a Dardania, desde Troya, era atravesar las planicies del sur a caballo. Era un camino sencillo, bien definido y sin posibilidad alguna de extraviarse. También era panorámicamente bonito; verde hasta donde los ojos alcanzaban, montañas por un lado del camino y mar del otro, con riachuelos que permitían que las monturas tuvieran un viaje sin privaciones y algunas posadas en el camino que servían buena comida y ofrecían un sitio cómodo donde pasar la noche.
Pero también era un camino peligroso para aquellos que necesitaban mantenerse lejos de ojos curiosos. No solo era imposible encontrar un buen escondite en kilómetros a la redonda, sino que los soldados troyanos estaban apostados por doquier, como fieros vigilantes de su ciudad hermana.
Y habían sido aquellas las razones por las cuales Julius había decidido evitar los caminos y tomar la ruta por el mar. El viaje sería más largo, pero las posibilidades de ser encontrados, entre decenas de barcos pesqueros y comerciantes, eran prácticamente nulas.
Nicklas y su pequeño bote habían sido la solución que tanto buscó. Se trataba de un viejo pescador, medio ciego, pero con bocas jóvenes que alimentar y ansioso de dinero fácil.
Bastaron unos pocos aros de oro para que el hombre accediera a llevarles hasta Dardania y algunos aros de plata más sellaron su silencio. Pero eso no significaba que pudieran bajar la guardia, sino lo contrario. El plan de escape no daba lugar a equivocaciones, o todos podrían terminar muertos.
—Es casi la hora. El carruaje de Apolo está a punto de surcar el cielo. Debemos irnos—presionó Malkram. Julius no respondió, pero tampoco se molestó en guardarse un bufido.
—Esperemos tan solo un poco más—suplicó Aretha. Sus ojos azules no habían abandonado el camino que conectaba a la ciudad con la bahía, en busca de las siluetas de Talos y los demás.
—Si nos quedamos más tiempo, nos descubrirán y terminaremos muertos.
—Nos queda un poco de tiempo. Además, mira al Gran Mar, sus aguas aún están agitadas por la tormenta de anoche.
—¡Julius! —Pero el chico no estaba dispuesto a escuchar. —¡Nos estamos retrasando!
—Cierra la boca, Malkram. Pareces una mujer lloriqueando.
—¡Ey! Algunas mujeres somos más valientes que él. —Xantipa corrigió a Bor.
—Tú no eres una mujer. Eres uno de nosotros. Eres diferente. —Las palabras hicieron sonreír a la griega. Le agradaba que la vieran así, como uno más del grupo.
—Pero…
—Malkram—intervino Julius—, si dices una sola palabra más, te arrancaré la lengua yo mismo. —Dispuesto a no retar al mal genio de su líder, el persa prefirió callar. Julius era un hombre divertido y agradable, pero cuando estaban en una misión, podía convertirse en un demonio implacable. —Esperaremos unos minutos más. La ninfa tiene razón: el mar está muy picado y aún tenemos un rato más antes de que el Sol aparezca.
Al escucharlo, Aretha dejó escapar el suspiro que llevaba conteniendo. Estaba agradecida de que Julius decidiera esperar. Confiaba en que Talos llegaría a tiempo, junto con Hipólita y Dymas.
Sin embargo, sabía que Julius no iba a darles mucho tiempo más, ni tampoco dudaría en partir cuando la situación fuera insostenible.
Más valía que Talos se apresurara. Con, o sin Hipólita, todo lo que Aretha quería era que estuviera bien. Ella había cobrado favores para inmiscuirlo en esa misión y lo último que deseaba era que terminara herido, o muerto por culpa suya.
—Estás preocupada—dijo Xantipa. A Aretha no le sorprendió que lo notara, después de todo, no se molestaba en ocultarlo.
—Podrían haber sido atrapados… podrían estar muertos.
—Si hubieran sido descubiertos, ya lo sabríamos. Mira hacia la ciudad. —Apuntó hacia la colina, donde Troya descansaba. —Está en calma. Eso significa que Periandro aún no ha notado nada. Si lo supiera, ya habría blindado la ciudad. Las murallas estarían cerradas.
—¿Tú crees?
—Lo sé. Todavía hay esperanzas.
La pelirroja asintió a pesar de estar lejos de sentirse en calma. Mordisqueó sus labios y volvió a concentrarse en la entrada al puerto.
Nicklas estaba en la arena, con dos de sus hijos mayores, quienes le ayudaban con el barco. Habían sacrificado un cabrito en busca de los favores de Poseidón. Si el dios de los Mares cooperaba, el viaje sería largo, placentero y alejado de todo peligro. Tendría su dinero pronto y podría volver a su vida tranquila.
—Los dioses se apiaden…—musitó Tarsila al presenciar la ofrenda.
—Los dioses tienen cosas más importantes de que ocuparse—respondió Phineas. Ambas iban envueltas en un manto que las mantenían ocultas y también protegidas del frío de la madrugada.
—A los dioses no les interesan los mortales—complementó Bor. En lo que a él respectaba, jamás había recibido una bendición o favor de ellos.
—Silencio los tres. No estamos en un mercado y lo último que deseamos es llamar la atención.
—Estás siendo molesto, Julius.
—Y ustedes, escandalosos. —El gigante gruñó, pero antes de que pudiera quejarse, el etrusco se le adelantó. —Si estás aburrido y no tienes nada que hacer, ve y consigue algo de comer para las mujeres. No habrá oportunidad de comer más adelante.
—Ya, ya… no se marchen sin mi.
Brincó por la borda y desapareció rápidamente entre los marineros arremolinados en la playa. Regresaría unos minutos después con algunos trozos de pan de cebada y carne salada.
La noche había sido larga, la tormenta de arena la había hecho sentir aún peor. Las ráfagas de viento cesaron bien entrada la madrugada, dando descanso a la ciudad.
Habían conseguido abandonar el palacio durante los últimos minutos de la tormenta. El hecho de que Bor y Aretha aparecieran de último momento les resultó provechoso. Sin ningún empacho, el gigante mercenario se había echado a la oráculo a la espalda, facilitando moverla por todo el palacio, sin retrasar demasiado al grupo.
La pobre Tarsila se había esforzado por seguirles el paso, a pesar de su cojera. Era una mujer valiente y había crecido en una sociedad donde la debilidad no era una opción, así que no se quejó del esfuerzo extra.
Dos Apolonios más terminaron siendo víctimas de aquella aventura. Pero Malkram y Xantipa se encargaron de deshacerse de sus cuerpos, obsequiándoles un poco más de tiempo. Julius y Bor habían sido terriblemente listos al no causar ningún desastre. Se encargaron de asesinarlos sin sangre de por medio; uno había terminado con el cuello roto y otro asfixiado. Su único pecado había sido ser testigos indeseados del escape.
El resto era historia. Ahí estaban, esperando porque la otra mitad de su misión fuera exitosa. Pero el tiempo se volvía contra ellos. Cada minuto que se escapaba era tortuoso. Aretha solo quería que Talos regresara bien y pronto.
Pero, de pronto, una exclamación hizo que retuviera el aliento.
—¡Atención! Alguien se aproxima. —Xantipa anunció y todos se resguardaron dejando en soledad al viejo pescador.
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Escondidos, habían aguardado hasta descubrir la identidad de aquellos que se aproximaban. Con gran alivio descubrieron que se trataba de aliados: Talos y Dymas habían cumplido y llegaban de regreso, con Hipólita acompañándoles.
—Denme una mano—solicitó el soldado cuando la carreta en la que arribaron se detuvo junto al bote.
—¿Estás bien?—preguntó Xantipa. Él asintió. —¿La Reina les ha dado problemas?
—Ninguno. Está dormida.
—¿Dormida? ¿Le han dado algo para adormecerla?—intervino Tarsila, pero nadie le respondió.
—Deben irse pronto. —Dymas les urgió. —La guardia de los calabozos llegará en breve y notarán su ausencia. Se tomará un tiempo antes de que la noticia llegue a oídos del rey, pero eso no evitará que busquen por ellas en todos lados. Así que no hay tiempo que perder: partan ahora mismo.
—¿Cómo sabemos que no nos traicionarás?—cuestionó Julius. El Apolonio negó.
—Ya respondí eso a tu amigo: no lo sabes. Solo tienes que confiar. Pero, si te tranquiliza, no tengo la menor idea de hacia donde van, ni de qué será de ustedes. Así yo caiga, será imposible que pueda dar respuestas que desconozco.
Julius confiaba en que eso bastara para alejarlos de problemas, al menos por el tiempo suficiente para que esos hombres semidioses de los que la ninfa tanto hablaba, volvieran. Pero no había certeza alguna de nada. No tenía más opción que hacer lo mejor y esperar por lo peor.
—Tengo que marcharme y regresar al palacio antes de que busquen por mi, solo para no encontrarme. Que los dioses les sonrían—declaró Dymas. Sus ojos violeta buscaron a la ninfa. Aretha sonrió con una mueca de preocupación.
—Gracias por tu ayuda. Ve con cuidado también.
La despedida fue escueta y antes de que se dieran cuenta, la carreta en la que habían llegado desapareció de su vista, con camino hacia la ciudad.
Bor y sus enorme brazos habían acomodado a Hipólita en un rincón del bote, con gran facilidad. Tal como Talos dijo, estaba dormida y no parecía darse cuenta de lo que sucedía alrededor de ella.
—Talos. —Aretha buscó por su amigo. —Vendrás con nosotros, ¿verdad?
—Estaré contigo… con ustedes. Hasta el final.
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—¡Despiértalo!—rugió Milo. Shaka, acomodado en un rincón de la tienda que fuese del rey, interrumpió su meditación y abrió los ojos, solo para encontrarse de frente con el rostro ensombrecido del escorpión. —¡Despiértalo, Shaka! ¡Despiértalo ahora!
—Milo…
—¡No! No digas nada—siseó—. Ahora mismo, vas a ir y vas a devolverle cada uno sentidos. Quiero que el maldito sufra. ¡Quiero que sienta en carne viva el dolor que ha causado!
La Aguja Escarlata resplandeció en su índice, dispuesta a causar tanto daño como fuera posible. El cosmos del Santo se había restablecido y centellaba con una rabia sin precedentes.
—Quiero que te calmes—dijo Shaka.
—¡No voy a calmarme! ¡Tú no estuviste aquí! ¡Tú no viste de lo que es capaz!
—Sé de sobra que es un monstruo, pero no quiero que tú lo seas también.
—¡No me importa! Despiértalo. ¡Despiértalo de inmediato!
Shaka no se movió, ni siquiera pestañeó. Sostuvo la mirada al peliazul y, al hacerlo, esculcó hasta lo profundo de su alma. Lo que encontró en los ojos de Milo le erizó la piel.
Siempre le consideró un hombre impulsivo, de sangre caliente, quizás únicamente superado por el temperamento volátil de Aioria. Sabía también que era un hombre celoso y protector de los suyos; aquellos a quienes quería y a quienes consideraba sus hermanos eran intocables, y los defendería aún hasta la muerte. Ante todo, con su testarudez y su pasión, Milo jamás podría ser considerado un hombre visceral, ni sádico. Incluso su técnica suprema estaba basada en el perdón y en la misericordia.
Pero de pronto, encontró en él un deseo de venganza más grande del que hubiera querido. Bemus y los marineros se habían encargado de contarle cada terrible detalle, así que el rubio comprendía la rabia de Milo. Lo que no quería era alimentarla.
—¿Qué vas a conseguir igualándote a él?—preguntó con una calma que exacerbó la furia del escorpión.
—¡Cállate! ¡No sabes nada de lo que sucedió aquí!
—Que no haya estado presente, no significa que no lo sepa.
—¡Entonces sabes que ese hombre merece algo peor que el Infierno!
—Esa no es tu decisión.
—¡Buda! ¡Cállate! ¡Haz como te he dicho!
—Basta ya, Milo. Te estás excediendo. —Ambos voltearon al escuchar la voz de Camus. —Shaka tiene razón.
—Lo que hizo… Ninguno de ustedes entiende.
—¿Por qué? ¿Por qué no somos griegos? Entendemos, claro que lo hacemos.
—¡Si entendieran no molestarían!
—Milo…
—Basta ya. Déjenlo ser. —El hecho de que Máscara Mortal interviniera llamó la atención de todos. —El chico quiere hacerlo sufrir. Dejen que lo haga. El maldito se lo merece y Milo se tranquilizará. ¿Cierto, Escorpio?
El apoyo de Ángelo lo sacó momentáneamente de sitio. Eran contadas, por no decir inexistentes, las ocasiones en que coincidían. Pero por esa vez, le gustaba tener a alguien que le secundara.
Al resto, dicha empatía les resultaba sospechosa, tanto como la solución se sentía peligrosa.
—Es una pésima idea…—susurró Camus. Buscó por la mirada de Shaka esperando que se opusiera igual que él. Su silencio le resultó preocupante.
—Se llama catarsis—acotó Ángelo. Mu y Aioria permanecían al margen, mirando de uno a otro, sin atreverse a soltar ninguna opinión.
—¿Catarsis? ¿De eso crees que se trata? —Milo apretó los puños y las lágrimas se le salieron de los ojos —¡No es una jodida broma! ¡No es un capricho! ¡Ni tampoco testarudez! ¡El maldito se merece tanto dolor como sea capaz de sentir!
—Oye, oye… —Aioria intentó acercarse a él para calmarlo, pero un empujón lo devolvió a su sitio.
—¡Deja!
—Por Athena, Bicho…
—¡No! ¡No quiero que digas nada! A nadie le interesa—ladró—. ¡Esto es un juego para todos!
—Milo, tranquilízate. No eres el único que está indignado…
—¡Estoy furioso! No indignado. Estoy…
—¡Basta ya! ¡Silencio! —Que la voz de Ángelo sobrepasara incluso a los alaridos del escorpión, obligó a que el lugar quedara en silencio. —Esto se está volviendo un verdadero problema. Así que solucionémoslo sin matarnos entre nosotros—bufó. Después se dirigió a Milo. —¿Estás seguro de que esto es lo que quieres? Y haz el favor de no gritar, ni de lloriquear como si nadie más aquí supiera lo que ha pasado. Maldita sea, Bicho. Solo míranos; todos estamos jodidos por igual.
—Quiero encargarme de él.
—Como alguien que tiene más cosas de las que arrepentirse, que de las que sentirse orgulloso, te lo advierto: la culpa es una perra. ¿Vas a lidiar con eso después? O, ¿volverás a hacer un escándalo cuando te sientas una mierda?
—Maldición, sé lo que quiero.
—Sigo pensando que es una mala idea. Está cegado por la rabia…
—¿Sabes cuál es el problema, Acuario? —Máscara Mortal se sopló el flequillo. Camus no respondió. —Que, sin importar lo que le permitamos o no, si no es él quien toma la decisión, si no es él quien la caga por sí solo, va a arrepentirse para siempre y jamás estará tranquilo. Lo entiendes, ¿cierto? —De pronto, lo único que encontró frente a él fueron un montón de caras largas y serias que le otorgaron la razón. Ni Camus, ni Shaka, ni ningún otro, podrían decirle que estaba equivocado. —¡Además no va a dejarnos en paz! ¡Por los dioses, las malditas hierbas me han dado jaqueca y no tengo ganas de escucharlo más!
La cara de fastidio de Camus volvió y sus ojos lo taladraron como dos espadas de hielo. Volteó, solo para encontrar una tenue y cómplice sonrisa en los labios de Aioria. Lo vio cubrirse la boca para ocultarla, pero sus ojos le traicionaban.
Además de él, nadie más parecía capaz de encontrar un descanso de la terrible discusión.
—Por un segundo, uno muy corto, casi sonaste como un tipo sumamente maduro. —Oyó al león.
—Tuve que compensar un poco. Debiste verles las caras; alguno iba a morir de un infarto en cualquier instante si continuaba luciendo serio. —Encogió los hombros y después, con una seña, le pidió a Aioria que le ayudara a levantarse. —Ayúdame, ¿quieres, gato? Vayamos afuera, con los demás y con los fantasmas deformes de Shaka. Necesito un poco de Sol.
—Vamos. —Echó una mirada fugaz a Milo, que éste se esforzó por ignorar. Mu, sin embargo, se unió a ellos.
—Les acompañaré.
Cuando salieron de la habitación, al escorpión solo le quedó enfrentar a los últimos dos obstáculos que le privaban de su objetivo. Midió con cuidado el siguiente paso, pues aunque no bien recibida, la ayuda de Máscara Mortal había sido útil.
Lo que quedaba por hacer dependía de él… y de su capacidad de cambiar dos mentes tan determinadas como las de Camus y Shaka.
—¿Seguiremos esta discusión? Porque yo no pienso ceder—dijo. Ninguno respondió de inmediato, pero el rubio buscó por el Santo de Acuario.
—¿Camus?—pidió su opinión. Todos tenían que estar de acuerdo con aquello, especialmente él.
Milo esperó con paciencia, con más de la que disponía. Sentía su sangre hervir y escuchaba los latidos de su corazón dispuesto a explotar dentro de su pecho. Cada segundo de espera era un tormento que solo alimentaba sus ansias.
Sin una respuesta, iba a estallar pronto.
En el instante en que oyó a Camus suspirar, el corazón se le paró. Retuvo la respiración y espero por la respuesta que creía correcta.
—De acuerdo. Despierta a Diomedes—dijo el francés—. Que sea como él quiera.
—Bien. —El cosmo dorado del Santo de Virgo se encendió. Pero sin que lo viera venir, Milo le detuvo.
—¡Espera, Buda! ¡Espera!
—¿Qué sucede?
Pero el peliazul no dijo más. Se adelantó y, tomando de la melena al rey, tiró de él con rumbo hacia la salida.
—No aquí. En las cuadras.
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Nunca antes, jamás en toda su vida, había pisado un calabozo. Estaba seguro de que, en algún punto de su corta adolescencia, habría merecido un castigo así. Sin embargo, era claro que Shion no había compartido esa idea.
Pero ahí estaba él, en la oscuridad prácticamente absoluta de las catacumbas, con la peste a inmundicia y un humor del demonio.
Dédalo había movido sus piezas con maestría. Lo último que el arquero hubiera esperado era precisamente aquello: caer por un magnicidio, por el asesinato del rey loco de una ciudad rancia como lo era Creta. Estaba sorprendido y enojado por tantas razones, que no sabría con exactitud cuál de ellas le era más irritante.
—No intentes nada raro. —Escuchó la voz lejana del guardia y, segundos más tarde, oyó los pasos que se aproximaban a su dirección. Ahogó un gruñido, pues reconocía la dueño de aquel andar. Saga apareció frente a él y se plantó del otro lado de las rejas.
—¿Qué tal tu nueva habitación?
—Menos privada de lo que esperaba—respondió—. ¿Cómo has llegado hasta aquí?
—Dédalo ha permitido que hable contigo. ¿En qué demonios estabas pensando, Aioros?
—¿Asumes que soy culpable?
—¿No lo eres? —El castaño no respondió. Tenía la mirada del gemelo sobre sí, inspeccionando cada una de sus reacciones en busca de la verdad. Sin embargo, por una vez en su vida, Aioros supo que Saga no tenía ni la menor idea de cuál era la verdad. Saga no era capaz de leerle, como siempre lo hacía, y eso hizo que sonriera.
—Soy lo que quieras que sea. —Encogió los hombros. —¿A eso has venido?
—Si no dices la verdad, el único modo de sacarte de aquí será armando un desastre del que nos arrepentiremos después.
—¿La verdad? ¿Eso importa? Si soy culpable, la verdad me mantendrá aquí. Si soy inocente, nadie querría creer esa verdad y seguiré encerrado. No hay por donde ganar.
Quizás fueron sus palabras, o quizás ese aire de desafío en su mirada, pero algo en su respuesta hizo explotar al gemelo.
—¡Esto no es un maldito juego, Aioros! ¡Tampoco es momento para uno de tus berrinches! —Sus manos se aferraron a las barras y las sacudieron con desesperación. —¿Te das cuenta del lío en que te has metido?
—Dime algo. —Lentamente, el arquero se levantó y caminó al encuentro de su amigo. Se detuvo justo frente a él. Sus ojos quedaron a la altura de los suyos. —¿Estabas ahí anoche? —El geminiano asintió. —¿Nos escuchaste discutir? —Saga repitió su gesto afirmativo. —¿Me viste asesinarlo? —Esta vez no hubo una sola reacción, ni afirmativa, ni negativa. Una ausencia de todo. —No tienes respuesta, ¿eh? Es un poco hipócrita venir a pedirme mi verdad, cuando tú no eres capaz de dar la tuya. Porque, hay algo que puedo asegurarte, lo haya hecho o no, tú no lo presenciaste. Si mantienes la boca cerrada es porque no puedes lidiar con tus propias dudas.
Aioros apartó la mirada y sin nada más que decir, volvió al fondo de la celda, donde se tumbó. Conocía demasiado bien a Saga como para saber que si antes estaba enojado, ahora ardía de rabia.
No lo culpaba. Si la situación fuese al revés, él también estaría furioso.
—¿Esta es tu respuesta? ¿Es todo lo que tienes que decir?—replicó el peliazul.
—¿Qué quieres que te diga? Estoy seguro de que solo estarás feliz cuando oigas lo que quieres escuchar.
—Estás comportándote como un idiota.
—Estoy de acuerdo. He tenido un excelente maestro, ¿no te parece? —Saga atrincheró la mandíbula. Aioros empezaba a sacarlo de quicio.
—Venga ya, señor listillo. ¿Qué esperas que hagamos ahora?
—¿Me lo preguntas a mi? Según recuerdo, no estoy autorizado a hacer, ni a decir nada. No es a mi a quien debes preguntarle. Mi opinión no es la que importa.
—Si esta reja no estuviera entre los dos, mi puño conocería a tu cara, arquero—siseó. La paciencia se le escurría a borbotones.
—No quieres liarte a golpes conmigo, Saga. Sabes quien terminaría perdiendo.
Aioros no estaba cooperando. De hecho, lo estaba empeorando. Esos gestos suyos, esa aparente apatía, eran frustrantes. Al verlo girar los ojos, deseó poder arrancar los barrotes para encajarle un par de golpes que lo trajeran de vuelta a la realidad. En cambio, tenía que quedarse ahí, observando sin hacer nada.
Bastaría un suave movimiento de su meñique para sacar al arquero de su prisión, pero debían ser cautelosos. No necesitaban más enemigos.
—¿Sigues considerándome un amigo? ¿A pesar de todo?—cuestionó. Su pregunta consiguió lo que sus amenazas no: borró la sonrisa sardónica de los labios del arquero.
—Sabes que siempre serás mi amigo.
—Entonces, deja esta mierda. Estás hasta el cuello de problemas, y no sé en que estabas pensando cuando te pusiste en este embrollo, pero ya ha sido suficiente. Estoy hablando en serio.
—Y yo también hablo en serio cuando te pregunto, ¿qué quieres que haga? ¿Qué quieres que diga? No soy estúpido y tú tampoco lo eres. Por eso sé que entiendes que no importa lo que haga o diga, ya han decidido que soy culpable.
—Eso no significa que no haya solución.
—A grandes rasgos, hay dos opciones… —Aioros hizo una pausa, midiendo con cuidado las reacciones del gemelo. —Podemos terminar esto por las buenas, o por las malas…
—Alto ahí. Sé por donde vas. No lo hagas. Ese tema se ha vuelto irritante.
El Santo de Sagitario apretó los labios con frustración. Aquel remanso de paz entre ambos había sido breve. Lo peor era que Aioros se sabía con la razón y la terquedad de Saga le molestaba, tanto como él al peliazul.
—Simplemente no vas a escucharme, ¿verdad?
—No mientras digas estupideces. Y, ¿sabes qué? En vista de que te quedarás encerrado aquí por algún tiempo, la decisión ya no es tuya. —El Santo de Géminis giró sobre sus talones y emprendió el camino hacia la salida. —Tu mayor preocupación será perder ese bonito bronceado tuyo. Nosotros nos encargaremos de que no pierdas también la cabeza.
—¡Oye! ¡Saga!
Pero el gemelo no miró atrás. Caminó con pasos firmes y la cabeza en alto hasta que vio la luz del día filtrándose a través de la puerta a los calabozos.
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El respeto que sentía hacia Roshi era infinito. Pero durante aquel viaje, Aldebarán había aprendido que además de ser un Santo espectacular, el chino también era un amigo noble. Era un tipo con buen temperamento, rara vez sobrepasado por sus emociones, y comprensivo hasta niveles casi absurdos.
Pero ese día, la paciencia de Dohko había encontrado un final.
Callado, había permanecido junto a los Santos de Libra y Capricornio, en espera de noticias de Saga. El pelizul había sido elegido para bajar a las catacumbas donde Aioros estaba prisionero. De todos los del grupo, el geminiano era el único con el balance perfecto de amistad y autoridad ante el arquero. Dohko confiaba en que conseguiría sacar de los labios de Aioros la verdad tras de lo sucedido. Aldebarán no esta muy seguro de eso, y el hecho de que Kanon se hubiera reído de la idea, no le daba mucha seguridad tampoco.
—¿Alguien sabe dónde está Kanon?—cuestionó Dohko. Shura y él negaron a la vez.
—Dijo que iría a investigar por su cuenta.
—Maldición. —El chino chasqueó la lengua. —Lo último que necesitamos es que él también se meta en líos.
—Kanon es más listo que eso…
—Ya, pero eso mismo pensaba yo de Aioros y mira ahora. —La respuesta blindó los labios de Shura. Dohko estaba en lo cierto.
—¡Miren! Ahí viene Saga.
Sin embargo, a juzgar por la expresión que llevaba en el rostro, Aldebarán se olió que no traía buenas noticias consigo. Al principio estuvo de acuerdo con que enviar a Saga a hablar con el arquero había sido una buena idea. Pero ahora se lo cuestionaba.
Quizás lo más apropiado habría sido enviar a alguien más neutral. Pensó en que tal vez debió haberse ofrecido a ir. Podría haber sido de más ayuda.
—¿Y bien? ¿Qué te ha dicho? —Dohko se adelantó a cuestionar. Saga dejó escapar un suspiro y se sopló el flequillo antes de responder.
—Nada útil, en realidad.
—¿Está bien?
—Se veía cómodo, Shura—replicó con sarcasmo, aunque lo cierto era que no le había visto preocupado, ni incómodo con su nueva habitación—. No hemos hablando mucho, pero creo que la solución a este lío tendrá que venir de nosotros. No de él.
—¿Tienes alguna idea en particular? —Ante la cuestión del chino, el peliazul guardó silencio. —Eso pensaba—bufó—. Bien, pues tratemos de ser optimistas y encontremos una solución. De preferencia, una que no incluya una guerra contra Creta.
Aldebarán se mordió los labios., pues realmente estaban en un aprieto. Sacar a Aioros de los calabozos no era ningún problema. Cualquiera de ellos, aún en su día más malo, podría despedazar las rejas y liberarlo en un pestañeo. Pero las repercusiones de un escape serían monstruosas, no solo para ellos, sino para todo aquel relacionado con Athena.
Así que, antes de marcharse de Creta tendrían que solucionarlo todo. Tenían una colección de enemigos por todo el Gran Mar, y no querían sumar uno más a la lista.
—Tendremos que hablar con Dédalo sobre esto. Negociar.
—Eso es pasarse de optimista, Shura. —Saga se quejó.
—Es muy probable que haya sido él mismo quien armó todo esto. No considero prudente que confiemos en él.
—¿Qué hay de la reina?—terció el Santo de Tauro—. Con Minos muerto y sin heredero, ella es quien manda ahora.
—No mientras la gente crea que está loca—dijo Dohko.
—Y Minos se ha encargado de que todo el mundo lo crea así. Dédalo tiene el control.
—¿No hay nada que podamos hacer por ello?
—Oh, pero claro que lo hay. —La voz de Kanon hizo que todos voltearan.
Ahí estaba el gemelo, aproximándose a ellos a través del corredor de columnas que llevaba al patio de armas. Caminaba con su usual calma, con esa mueca tan suya en la cara, que acariciaba los límites del cinismo a pesar de la gravedad de la situación.
—¿Averiguaste algo?
—Nada. Lo cual es bueno. —Se apresuró a aclarar cuando vio las caras de sus compañeros. —Parece que nadie más que Dédalo y mi querido hermano, aquí presente, presenciaron la discusión entre el arquero y el rey loco. Aunque, según parece también, nadie presenció el infame asesinato. ¿O sí? No has dicho ni una palabra al respecto, Saga.
Las miradas cayeron sobre el Santo de Géminis. Éste permaneció inmóvil, con los brazos cruzados y los ojos clavados en su gemelo.
Por fin cedió ante la presión y, con un bufido, se animó a hablar.
—No vi ni escuché nada sobre eso. Aioros estaba discutiendo con Minos cuando llegué. En realidad, si lo amenazó, no lo hizo directamente. Discutieron sobre Asterión, y el idiota arquero le dijo que si el niño moría, se arrepentiría. —Apartó la mirada por un instante y la fijó en la nada. —Después me marché. —Y cómo se arrepentía de haberlo hecho, porque quizás habría podido evitar una tragedia. Pero él estaba viviendo la propia y seguía sintiendo una rabia insana por el encierro de Afrodita. —No sé que más sucedió ahí.
—¿Te marchaste y dejaste a Aioros ahí? ¿Cabreado y necio? —El modo en que las preguntas surgieron de los labios del Santo de Libra anunciaron problemas para el peliazul. —¿En qué estabas pensando, Saga? Sabías que Aioros estaba mal y sabías que haría algo tonto.
—Ni siquiera sabemos si lo hizo—interrumpió Aldebarán.
—Eso es cierto. Pudo ser incriminado.
—O pudo haber planeado algo más grande que esto—terció Kanon, ocasionando que un pesado silencio cayera entre los Santos. —No quisiera acotar lo obvio, pero creo que tenemos las manos atadas. —El gemelo se encogió de hombros. —Me gustaría creer que todo esto ha sido una mera casualidad, y no que el arquero ha jugado con todos nosotros… Sin embargo, al final se saldrá con la suya. Demasiado conveniente si me preguntan.
—No estás diciendo que Aioros hizo esto a propósito…
—Tranquilo, cabra. A estas alturas, si lo hizo o no ya no importa. Lo que importa es que estamos jodidos y solo nos queda algo por hacer. No va a gustarnos, ni será agradable, pero…
—¿Quieres dejar de dar vueltas e ir al punto?
—¡Ey! No desquites tu ira conmigo, Saga. Además, sabes de que estoy hablando. Todos lo sabemos, ¿cierto?
Recorrió a sus compañeros con la mirada y supo que lo sabían tan bien como él. Dohko se frotó los ojos con cansancio y hastío. Dejó escapar un suspiro de resignación. Esos chicos iban a envejecerle cien años más.
—Me estoy temiendo lo siguiente que dirás…
—Vamos, Dohko. La única forma que tenemos de salir airosos en este drama, es dar a la reina una ofrenda de paz. Dédalo es un imbécil, pero ella es la que manda ahora.
—¿Una ofrenda de paz? —Saga se sopló el flequillo. —Vaya forma poética de decir las cosas.
—Da igual, sabes lo que significa. —Y aunque se sentía terriblemente irritado con esa decisión, no dejaba de gustarle un poco el drama. —Tenemos que ir a por el niño. Si salvamos a Asterión, nos salvamos a nosotros mismos.
Nadie objetó, nadie podía hacerlo. Kanon tenía razón y no había nada que pudieran hacer contra ello.
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—Por los dioses, está muy mal—sentenció Tarsila. A juzgar por lo que veía, Aretha no podía sino darle la razón. —Su salud era precaria ya. ¿A quién demonios se le ocurrió drogarla?
La Reina Amazona estaba en un estado lamentable. Su piel estaba cubierta de heridas infectadas, llagas avivadas por la humedad y toda clase de inmundicias propias de los calabozos. Alrededor de sus muñecas y tobillos, la carne estaba al rojo vivo. El metal de los grilletes había escocido su piel hasta gastarla. Sus captores habían cortado su melena castaña para tratar de mantener a raya a los piojos y pulgas, pero el remedio no había sido suficiente para evitar al mal.
También estaba severamente desnutrida y deshidratada. La tripa de su embarazo apenas era visible, aunque ahí estaba, como un diminuto recordatorio de la criatura que dormía en su interior.
La ninfa pensó en que solo un niño verdaderamente fuerte podría haber sobrevivido al maltrato al que su madre había sido expuesta.
Pensó también que tal vez los miedos eran infundados. No todos los hijos de guerreros seguían los pasos de padres, ni todos los protegidos de los dioses llegaban a la edad adulta. Además, siempre podría tratarse de una niña; una princesa a la Athena cultivaría en las más hermosas de sus artes y a la que crecería con sabiduría, lejos del acero y de la guerra.
—Es un varón—dijo Phineas, como si pudiera leer en sus pensamientos—. Apolo me lo ha contado en sueños.
—Entonces, sé prudente y guarda silencio. Las Amazonas solo permiten que sus hembras sobrevivan. Los varones, así sean frutos de su vientres, están condenados a muerte al dar su primer respiro. Si la Reina se entera de que lleva un niño en las entrañas, no habrá poder humano o divino que lo mantenga a salvo.
—¿Puedes ayudarla?—cuestionó Aretha. A esas alturas, y visto el pobre estado de la Reina, la ninfa dudaba que la espera llegara a buen término.
—Haré lo que pueda, pero no puedo hacerte ninguna promesa. ¡Traigan un poco más de agua, por favor!—rugió al resto de sus compañeros de aventura. Xantipa fue la que se aproximó llevando un pellejo rebosante.
—Una mujer tan temible jamás debería ser vista así.
—El destino ha jugado con ella. Sin embargo, es una mujer fuerte; se sobrepondrá.
—¿Tú lo crees? —Pero la vieja no le respondió. —Lo único que le quedaba era su orgullo, y ahora…
—Siempre será una Amazona. No se puede negar lo que uno es.
Xantipa dio por terminada la conversación al chasquear la lengua. Suspiró e hizo su mejor esfuerzo por atravesar el pequeño bote sin caer por la borda. El barco estaba abarrotado, apenas había sitio para moverse. Talos, Bor y Malkram habían encontrado entretenimiento en ayudar a Nicklas con los remos. Julius parecía preocuparse por todos y sus ojos no dejaban de moverse, inquietos, en busca de cualquier situación sospechosa; y ella… ella hacía lo que podía por ayudar al trío de mujeres limitadas que llevaban consigo.
Iban a una centena de metros de la orilla. La línea de tierra que se dibujaba consistía en precipicios enormes, coronados por campos verdes, donde las manadas de caballos salvajes pastaban.
Eran precisamente esos mantos de verdor los que le decían que quedaban todavía unas horas antes de que alcanzaran territorio dárdano. En Dardania, los campos eran más áridos, de colores dorados. Además, si se fijaba con cuidado, aún podía ver las torres de oro de Troya en el horizonte, como dos agujas que intentaban alcanzar el cielo. Cuando las perdiera de vista, cuando el último vestigio de la Ciudad Dorada desapareciera, entonces sabría que estaban lo suficientemente lejos.
—¿Preocupada? —Giró en busca de Talos, quien le hablaba, y asintió.
—¿Tú no?
—Sí, también. Pero mientras más lejos de Periandro estemos, más tranquilo estaré.
—No puede saber a donde iremos, ¿cierto?
—Espero que no. Salvo que seamos traicionados.
Y la sola idea revolvía el estómago de la mujer. Bor les había hablado del encuentro con el Apolonio y de la princesa que lo envió. Aquella era la única parte del plan que ninguno de ellos había contemplado. Era el cabo suelto que no dejaba de inquietarla.
Los detalles del escape con Hipólita eran un misterio. Talos y su parquedad apenas habían dicho algo al respecto.
Por lo poco que sabían, Dymas se las habían ingeniado para deshacerse de la guardia. Eran tan solo un par de hombres los que resguardaban las prisiones del palacio, pero sin ellos ahí, toda la misión se simplificaba. Después había guiado a Talos a través de las catacumbas, hasta el final de ellas, donde Hipólita estaba resguardada.
Para su suerte, la delicada salud de la Reina Amazona había jugado a su favor. Estaba tan débil que apenas había puesto resistencia. Sin embargo, el soldado no tomó ningún riesgo y la drogó. Lo último que necesitaban era que la mujer despertara en plena huida y complicara todo. Le había dado agua, mezclada con un remedio de hierbas que la dejaría taciturna hasta que todo terminara. Tomaron turnos para llevarla sobre la espalda. El camino de salida fue largo y estrecho, difícil para andar, y peor si se llevaba a una mujer desvanecida encima.
Talos se negó a hablar con exactitud, no había querido ahondar al respecto, pero por lo poco que dijo, debajo del magnífico exterior del palacio de Periandro, el reflejo de su paranoia dibujaba una serie de pasadizos secretos que llevaban más allá de las murallas.
Según había dicho, Dymas explicó que solo un puñado de personas conocían aquellos caminos, incluido él.
—¿Confías en el Apolonio?
—Ha hecho bien el trabajo. —Se encogió de hombros.
—¿Y si nos traiciona?
—No estoy seguro de que tenga lógica que lo haga. Está tan involucrado como nosotros—dijo—. Si lo hace, su cabeza adornará las murallas de Troya, hasta que las gaviotas la devoren. —Pero el silencio de Xantipa expresó sus recelos. —¿No lo crees así?
—No estoy segura. Espero que tengas razón.
El soldado también esperaba tenerla, porque si se equivocaba, el mundo les caería encima. Todo lo que quedaba por delante ya era complicado por naturaleza. No necesitaban tener a Periandro tras de ellos.
Miró a su alrededor, hacia sus jóvenes camaradas. Aunque el peligro aparentemente había quedado atrás, la tensión se notaba en sus rostros. Era sencillo adivinar que nadie creía estar a salvo. A pesar de haber escapado de Troya y de marchar a territorio seguro, ninguno daba por sentado que la aventura había llegado a su fin. Temían que, en un pestañeo, la efímera calma que los rodeaba se convertiría en una tormenta.
—¡Está despertando! —Escuchó la exclamación de la curandera. —¡Gracias a los dioses! Creo que estará bien. —La vio buscar por Aretha.
La expresión en el rostro de la ninfa era confusa. Talos entendía su pensar.
A partir de entonces, controlar a la Amazona se convertía en un nuevo problema con el cual lidiar. ¿Cuál sería su actitud? Lo desconocía. Pero no esperaba que la mujer les pusiera las cosas fáciles. Sino todo lo contrario.
Aretha tuvo que sentir su mirada sobre ella, pues volteó hacia donde él estaba. Intercambiaron miradas, a sabiendas de que compartían dudas.
Cuando devolvieron su atención a Hipólita, lo primero que encontraron fue la gélida mirada marrón de una reina herida.
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El Templo del Sol era un sitio solitario y quieto, tal como a su señor le gustaba. Era un lugar donde podía pensar sin que nadie le importunara. La paz era invaluable para él; jamás la menospreciaba.
Pero sabía que aquella calma no iba a durarle mucho. Alguien había entrado a sus dominios y venía hacia él, emanando rabia de cada poro. Reconocía aquella energía, de toda la vida. Habían pasado cada segundo de la eternidad juntos, incluso desde el vientre de su madre. Pero ahora, desconocía lo que era su hermana, cegada por la ira.
—¡Apolo! ¡Sé que estás ahí!
—Los gritos son innecesarios, Artemisa—respondió, yendo a su encuentro—. ¿Qué te trae aquí?
—Sé que has sido tú. ¡¿Cómo has podido entrometerte en mis asuntos de nuevo?!
—¿Tus asuntos?
—El Santo era mío. Fui yo quien le rescató de la muerte—siseó, ahogando las lágrimas de rabia que amenazaban con desbordar de sus ojos.
—Es un Santo de Athena. Jamás fue tuyo.
—¡Pero lo era! ¡Era mío! ¡Su cuerpo me pertenecía al igual que el alma dentro de él!
—Usaste a un mortal para traer de regreso a Orión; y no usaste a cualquiera. Al involucrar a sus protegidos, declaraste la guerra a Athena. ¿En qué estabas pensando?
En amor, en eso pensaba. Pero ella no podía gritárselo, pues sabía que jamás podría entenderla.
A los ojos de su hermano, sus emociones no eran más que el capricho de una diosa que lo tenía todo. Eran una obsesión mal habida, que la destruía por completo, arrastrándola hasta la locura. Nunca le daría el beneficio de la duda, pues estaba cegado, más que ella. Artemisa ardía en frustración, pero solo podía luchar contra un enemigo al que no podría vencer.
—¿Por qué? ¿Por qué la has ayudado a ella y no a mí?—cuestionó.
—Porque ella es quien posee la razón aquí. Eres tú quien se ha equivocado.
—A nadie le hacía daño. ¿Por qué no podías dejarme ser feliz?
—Escucha, Artemisa. Hice un pacto con ellos, hace meses ya, y tenía que honrarlo.
—A costa mía…
—No. A tu favor. Cuando Athena se enterase que tú estabas detrás de la desaparición de sus Santos, te habría buscado y te habría encerrado. Lo hizo ya con Ares y con Afrodita. Nada te salvaría de su rabia.
Pero nada de lo que Apolo dijera iba a calmarla. Si él no cambiaba de opinión, ella tampoco.
¡Ya ni siquiera sabía por qué había ido a su encuentro! Era una pérdida de tiempo que solo avivaba esos sentimientos negativos que albergaba dentro. Odiaba esa calma en el rostro de su hermano, esa indiferencia ante su dolor y aquel maldito sentido de posesión que la asfixiaba.
—Jamás debí venir hasta aquí. Jamás—escupió, apartando la mirada de su hermano.
—Solo quiero protegerte.
—No lo hagas, ya no más. Si alguien necesita protección ahora, son ellos.
Abandonó el Templo a toda prisa, con la sed de venganza abrasando sus entrañas. Estaba sola en aquella guerra, pero eso no significaba que fuera a perderla.
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El dolor regresó a él como una bofetada que lo trajo de regreso a la realidad. El limbo donde estuvo encerrado había hecho que el tiempo se detuviera. Tan solo transcurrieron algunas horas, pero para Diomedes, habían sido años de flotar en la nada, con demonios alrededor de él, recluido en su propio infierno.
Tenía la mano derecha destrozada; el filo de su propia espada había cortado sus carnes y aquel hombre de habilidades divinas había hecho polvo los huesos de su muñeca.
Su cuerpo se sentía al borde del colapso también. Estaba agotado más allá de sus límites. Su cansancio era tal que adormilaba el dolor de sus heridas. Sin embargo, lo que era aún peor, era el daño a su ego. El rey tracio era un hombre portentoso, afanado en presumir sus logros y que vivía para mantener su leyenda. Ahora todo estaba destruido. No le quedaba nada por lo cual seguir viviendo.
—Lo que sea que vayas a hacer, piénsalo. —El sonido de las voces hizo que se esforzara por centrar su mirada difusa. Los Santos de Athena estaban ahí frente a él, de pie. Los papeles se habían invertido.
—Sé lo que hago, Camus. Déjame en paz.
—Milo…
—¡Largo! Si no me apoyas en esto, no te quiero aquí. Ve con los demás.
Abandonar a Milo era la último que Camus deseaba. El escorpión era un buen hombre, pasional como pocos, pero eso no evitaba que cayera en errores. El francés temía mucho que ese fuera uno de ellos… uno del que se arrepentiría más tarde.
Pero tampoco iba a quedarse a observar aquella debacle. No iba a respaldarlo, por mucho que le doliera. Solo le quedaba confiar en él, en su buen juicio y en ese enorme corazón suyo. Por lo demás, ya había dicho todo lo que le quedaba por decir, y solo le quedaba esperar con el resto de los chicos. Pensando en ello, palmeó el hombro de su amigo y, tras echar una última mirada, ligeramente acusadora a Shaka, abandonó la tienda.
—Tú también vete, Buda.
—Me iré, pero hay algo que debes recordar, Milo.
—Escúpelo de una vez.
—Tienes que recordar quien eres y que eres mejor que él.
La mirada teñida de rabia que sus palabras le ganaron, no amedrentó al rubio. Al igual que hiciese Camus, posó la mano sobre el hombro del Santo de Escorpio y continuó con su camino.
De pronto, todo lo que se escuchaba en la tienda eran los bufidos nerviosos y excitados de las yeguas malditas, y la respiración pesada del rey caído. Milo no se había movido un solo centímetro. Tampoco había apartado la mirada de Diomedes. Sus ojos azules no habían perdido la bravura que el tracio recordaba. Ahí estaba esa rebeldía propia de los hombres como él, y también la rabia que había escupido durante cada minuto del tormento y muerte del viejo marinero. Pero ahora encontró un dejo de odio y una sed de venganza que le hicieron pensar que, después de todo, esos hombres que parecían seres divinos, no eran más que mortales, como el resto.
—¿Así que eres mejor que yo?—dijo. Su voz sonó pastosa y cansada.
—No estés tan seguro. Eso no va a salvarte.
—No busco salvación.
—Entonces, ¿estás preparado para morir?
La Aguja Escarlata resplandeció en su índice. Un aura carmesí lo envolvió cuando reclamó a su cosmos que viniera a él.
Diomedes no se inmutó. Después de haber experimentado el terror a manos de Shaka, estaba seguro de que poco le quedaba por descubrir. Además, nadie mejor que él para conocer el poder destructivo de la venganza.
—¿Vas a matarme?—cuestionó una vez más.
—No hasta que sufras en tu propia carne todo el dolor que has causado. —El rostro del pelinaranja no demostró una sola emoción y eso encendió el fuego en Milo. —Te vi torturar a un hombre bueno, hasta matarlo. Te vi profanar su cadáver. Te vi privar de descanso a su alma. Jamás voy a perdonarte eso.
—Tu perdón no me interesa. Nada me importa ya. ¿Cuánto más daño crees que puedes causar a un hombre que no tiene nada?
—Me da lo mismo. ¡Solo quiero que sufras!
Las primeras tres agujas surgieron de su dedo e hicieron blanco en el cuerpo del rey. Un aullido escapó de la garganta de Diomedes ante aquella nueva clase de dolor.
El grito alebrestó a las yeguas. Chillaron también y sus cascos levantaron el polvo al golpear contra el suelo.
Las punzadas habían sido en sus piernas, pues las sintió a la perfección y veía las heridas que se abrieron. Pero la sensación se había esparcido por todo su cuerpo; una mezcla única de dolor y ardor que crecía con el paso de los segundos.
Mantenerse en pie se volvió intolerable. Su cuerpo convulsionaba, se retorcía. Por fin, sin soportar más, cayó sobre sus rodillas.
—Duele, ¿cierto? Es insoportable y solo se hará peor. —Se acercó, solo un par de pasos. —El veneno del escorpión correrá por todo tu cuerpo y te paralizará poco a poco. Sentirás tus músculos morir, y tus huesos, todo en ti morirá lentamente.
—Aún… estoy vivo—susurró. Su voz exudaba dolor, le costaba trabajo respirar.
—Y eso es lo que quiero.
Cuatro luces carmesí surcaron el aire. Una tras otra golpearon a Diomedes. Diminutos agujeros se abrieron en su piel. La sangre formó manchas que se expandieron sobre sus ropas.
Esta vez, el pelinaranja no alcanzó a gritar. Los gritos se le ahogaron en la garganta, su cuerpo sucumbió ante el dolor. Se curvó sobre si mismo. Sus manos golpearon el piso y, a duras penas, evitaron que cayera. Boqueó por aire; sus pulmones se contraían, el oxígeno escaseaba. Sudaba; la sangre en sus venas ardía. Sentía un incendio en su interior, que quemaba con la fuerza del mismísimo Infierno.
Levantó la mirada y chocó con los ojos fríos del escorpión. No comprendía lo que sucedía pues, al igual que con el primer hombre al que enfrentó, jamás había presenciado un poder equiparable.
—Aquí, la muerte es un regalo; un acto de misericordia que no mereces, y que no obtendrás.
Hubo tres embates más de la Aguja Escarlata, separados por largas y agónicas pausas. Diomedes gritaba, aullaba y se retorcía. La piel de sus heridas se abría y sus carnes escocían. El veneno comenzaba a paralizarlo; poco a poco, su cuerpo dejaba de responder, atrapando su mente en el dolor más profundo que jamás había experimentado.
Mientras, Milo no se movía. Contemplaba su obra sin ninguna emoción en el semblante, esperando para dar el siguiente golpe.
—¿Qué pasa?—cuestionó el rey entre jadeos. Las fuerzas se le esfumaban y su voz comenzaba a agotarse. —¿No se siente tan bien como creías? O, quizás… ¿estás empezando a disfrutarlo más de lo que deberías?
—Cállate—ordenó, mientras un golpe más impactaba a Diomedes, obligándole a callar. —Dos impactos más y comenzarás a desangrarte. Tres y estarás muerto… Pero no cuentes con que todo terminara tan rápido. Tu agonía será lenta.
—Tener una vida en tus manos es intoxicante, ¿eh? El saber que tu poder puede preservarla, revolverla en agonía, o acabarla… que todo depende de ti. Así somos los mortales: nos gusta el dolor, más no nos gusta sentirlo… —No pudo continuar, por la décimo tercera Aguja lo golpeó sin miramientos.
El corazón del Santo latía desbocado. El final se acercaba para el rey y sería su decisión determinar cuando todo terminaría.
Las palabras de Camus resonaron en sus cabeza de nuevo; las de Shaka y sus demás compañeros también. Incluso aquel último escupitajo de realidad que Diomedes le había dado, volvió a él. Pero, de pronto, algo más interrumpió en sus sentidos, obligándolo a prestar atención. Se concentró y pudo oír.
Entre el escándalo de las bestias, enloquecidas por el olor de la sangre, alcanzó a escuchar los cánticos que venían de afuera. Eran unas pocas voces, todas conocidas, que recitaban una melodía que Milo había escuchado antes.
Era un canción sobre hombres valientes que miraban hacia el cielo y se atrevían a volar. Los límites de su mortalidad no los detenían. Surcaban el cielo y atravesaban los mares. Iban en busca del destino, en vez de esperar por él; y cuando el final de su camino llegaba, los Eliseos esperaban por ellos, con pastos verdes y flores multicolores, con esa paz que solo la muerte daba y esa alegría que aquellos que vivían jamás comprenderían. Era una oda al guerrero que se había marchado… al amigo perdido y extrañado. Y Milo no estaba ahí, para entonarla con el resto. No estaba ahí para decirle "hasta luego".
—No lo vales—musitó mientras su mirada regresaba al tracio—. No lo vales. —La expresión muerta de su rostro había cambiado, suavizándose ante el destello de dolor en su corazón y las lágrimas que los inundaron.
—¿Qué…?
—Hay un buen hombre ahí fuera, siendo despedido por aquellos con quienes compartió su vida. Nada de esto debería estar sucediendo, de no ser por ti y tu deseo de convertirte en dios. No vales la pena… no mereces que esté aquí, contigo, en vez de estar con ellos, diciendo adiós.
Dejó escapar la respiración y apagó su cosmos. La Aguja Escarlata desapareció de su dedo cuando sus intentos de continuar con aquella locura cesaron.
Sin embargo, no apartó la mirada del rey. Veía la desesperación en sus ojos, sustituyendo al dolor que los había empañado. Sabía que el tormento al que la Aguja Escarlata sometía a sus víctimas seguía vigente en él, por lo que su sufrimiento continuaba. Milo pensó en que quizás Diomedes comenzaba a desear una muerte que no llegaría. Pero, ¿era eso lo que quería? Porque, aunque no quería continuar con lo que había comenzado, eso no significaba que el escorpión no pensara en que ese hombre merecía morir.
—¿Por qué te detienes? ¡¿Por qué has cambiado de opinión?!
—Porque no soy tú… no quiero serlo.
—Tienes que terminar con esto. —Y, en su voz, aquello sonó como una súplica.
—Tu vida ya no está en mis manos. —El peliazul calló justo en el momento en que las yeguas lanzaron un aullido de desesperación. Estaban hambrientas y provocadas por el peste de la sangre.
La mirada de ambos hombres se fijó en ellas por algunos segundos. Después, Milo y Diomedes volvieron a coincidir. Pensaban en lo mismo, ambos lo sabían, a pesar de que ninguno estuviera dispuesto a hablar de ello.
—Iré a despedir a mi amigo—dijo Milo—. Alguien más vendrá por ti, pero mientras eso sucede, eres dueño de tu destino.
Dio la vuelta y caminó hacia la salida. Miró a Diomedes una última vez, de soslayo. Lo que vio fue a un hombre derrotado, destrozado, que veía frente a sí una última oportunidad para escapar de su miseria.
Si tomaría, o no, aquella rendija que abría, era cosa suya. Al Santo ya no le importaba lo que fuera de él.
Al apartar la manta que cubría la entrada a la improvisada cuadra, lo primero que sus ojos vieron fue el resplandor de la hoguera donde ardía el cuerpo de Ophelos. Todos estaban reunidos a su alrededor. Los cánticos funerarios continuaban, al igual que las lágrimas seguían corriendo.
Milo se detuvo.
Sus propias lágrimas le nublaron la mirada cuando pensó en todo lo que había acontecido en las últimas horas. A sus espaldas, escuchó el chillido de las yeguas y los gritos de Diomedes, que se extinguieron en tan solo uno pestañeo. Después solo hubo silencio… un silencio que forzó a que las lágrimas resbalaran por sus mejillas.
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Mirra se llevó un trozo de ternera a la boca. Como siempre que ella, sus hermanos y su padre comían juntos, la melodía del arpa era todo lo que se escuchaba en el salón. Jamás se habían llevado bien. La relación entre los príncipes era tirante y se alimentaba de la constante competencia que su padre creaba entre ellos. Los favoritismo del rey eran marcados y daban lugar a recelos mal sanos entre ellos.
Felipo, su hermano mayor y heredero al trono, era un hombre inquietantemente parecido a su padre. Pasaba la mayor parte de su tiempo en viajes de exploración y en el campo de batalla. Tenía rango de general entre los Apolonios y lideraba las misiones más complicadas encargadas al ejército troyano. Mirra pensaba en él como la luz de los ojos de su padre. Era el mayor orgullo de Troya y de Periandro.
En contraste, el segundo varón, Gruev, era la noche de su día. Todo lo que el rey consideraba impropio para un hombre de su estirpe. Era enfermizo e insulso. Su carrera militar había terminado antes de siquiera empezar. Quizás su virtud más relevante era su habilidad para entrenar caballos, y sin embargo, había mejores domadores que él en Troya.
Mirra era la hija de en medio, la única hembra y la mejor oportunidad de Periandro para crecer su fortuna. Sería aquella que se casaría con el mejor postor, con aquel que ofreciera el mayor dote por una princesa.
Había también al menos una docena de bastardos, pero ninguno de ellos era importante para el soberano. La mayoría eran hijos de esclavas o mujeres de clase baja, y solo algunos cuantos habían nacido en familias nobles, pero crecían bajo el cuidado de padres que no los habían engendrado. A estos últimos no se les negaban riquezas, mas carecían del derecho a heredar, o a aspirar siquiera a los privilegios propios de los príncipes.
—Felipo, ¿cuánto tiempo más estarás en Troya?—cuestionó el padre.
—Marcharemos con el alba del tercer día. Mileto espera por nosotros.
—Sé cuidadoso—intervino Gruev. Era un chico un poco lento, pero de buenas intenciones. —Escuché que algunas tribus de bárbaros atacan las villas desde el Este.
—Pero, ¿a qué crees que se dedica tu hermano? El ejército troyano es quien libra batallas ajenas a cambio de oro, Gruev. Que seas incapaz de sostener una espada, no significa que tampoco tengas que usar la cabeza.
—Es el príncipe heredero y me preocupo por él—añadió el joven.
—No necesita que te preocupes. No necesita los buenos pensamientos de un inútil como tú. Se basta solo para mantenerse a salvo.
Siendo prudente, Gruev decidió callar. Su padre siempre debía tener la última palabra en todo y con el apoyo de sus hermanos no contaba. Felipo era demasiado orgulloso como para obsequiarle un poco de respeto y Mirra era una maestra en el arte de la indiferencia, aunque había alcanzado a ver en sus ojos aquella mirada ligeramente empática que le dirigía muy de vez en vez. Así que en silencio retomó la comida.
Con suerte, no habría conversaciones más largas en lo que quedaba de la comida. Con más suerte, el vino no escasearía.
—¡Alteza! —La interrupción casi fue agradecida. Quizás la presencia de Periandro fuera requerida en otro sitio, lejos de ahí. —¡Alteza! Perdona la interrupción… —Se apresuró a decir el soldado al reparar en el gesto importunado de su rey.
—¿Qué es lo que quieres?—ladró.
—Tenemos un problema, mi Señor. —Sin descuidar su comida, Mirra observó de soslayo y prestó atención. Ella ya sabía lo que estaba sucediendo.
—Habla.
—Las doncellas han reportado la desaparición de la pitonisa y de su sierva, Alteza. Y… —El semblante de Periandro se oscureció, mientras que el de Felipo se tiñó de curiosidad. —Desde los calabozos se ha informado que la reina Amazona ha escapado.
El sonido de los platos y copas se desvaneció. Un suspiro colectivo anunció que las respiraciones se detenían y todos los ojos recayeron sobre el rey.
La mirada de Periandro se endureció. Su rostro se encendió; sus mejillas se colorearon del color de la ira y su boca se desfiguró en una mueca de rabia pura. Los nudillos le palidecieron con la fuerza que apretó los puños. Sus dientes rechinaron cuando tensó la mandíbula.
—¿De qué demonios estás hablando?—escupió cada palabra con desdén y una cólera inusitada.
—Hemos revisado todo el palacio, Alteza. Pero no hay señal de las tres mujeres. Es como si se hubieran disipado con el aire.
—¿Disipado, dices? ¡¿Disipado?! —Su copa voló y el pobre hombre apenas consiguió esquivarla. —¡Ninguna mujer se disipa en el aire! ¡Búsquenlas! ¡Busquen por ellas en el palacio, en la ciudad, fuera de sus límites! ¡Busquen hasta debajo de las rocas si es necesario! Y también quiero saber cómo es que se han perdido. Quiero saber todo, hasta el último detalle, y si alguien las ha ayudado a esfumarse, quiero su cabeza.
Mirra bajó la cabeza y guardó silencio. Miró a su alrededor para medir con cuidado la situación en la que estaban metidos. Su padre era un energúmeno, perdido en su rabieta. Gruev parecía dispuesto a escurrirse de su silla y desaparecer por debajo de la mesa. Pero cuando volteó hacia Felipo, chocó con esos ojos, tan verdes como los suyos.
No esperaba que él la contemplara del mismo modo en que ella lo hacía. ¿Acaso actuaba de la misma manera también? ¿Medía la situación para sobrellevar el juego? ¿Sospechaba de ella?
Lo que no podía negar era que había un susurro de recelo en sus ojos, una acusación tan sutil que le ponía los nervios de punta. En ese aspecto, el príncipe heredero era muy diferente a su padre: era un hombre de instintos afilados que confiaba en ellos. Dejaba a un lado esa vena visceral del rey para escuchar a su intuición. Era un ser de "personas", capaz de leer aún al hombre más hermético.
—¡Felipo! —Aquel intercambio de miradas terminó con el grito de Periandro. —¡Olvídate de Mileto! ¡No irás ahí!
—Pero, padre…
—Envía a quien quieras, pero tú te quedas aquí. No confió en nadie, no puedo hacerlo; solo en ti.
—Cómo ordenes—cedió. Mirra hizo su mejor esfuerzo por no revolverse en su asiento. Si el heredero se quedaba, estarían en problemas.
—¡Y tú, Mirra! Creí que eras cercana a la oráculo.
—Creo que ambos hemos sido engañados, padre—respondió con tanta firmeza como pudo—. Pensé que había conseguido que confiara en mí, pero veo con pesar que me he equivocado. Aunque tampoco entiendo cómo una mujer ciega y una anciana tullida han podido escapar de este palacio.
—Quizás… —Gruev se animó a hablar—Si la Amazona escapó de primero… aún siendo una prisionera, no deja de ser una guerrera temible. Ella… tal vez… Quizás ella las ayudó.
—Eso es poco probable—gruñó el rey.
—Pues, si me preguntas, tiene sentido—acotó el mayor de sus hijos—. Hipólita bien podría librar una vigilancia como la del palacio, en especial en una noche de tormenta.
—No, no en su estado.
—Débil o no…
—¡Te he dicho que no es posible!—rugió de nueva cuenta—. La Amazona está preñada.
La expresión en ambos príncipes delató su sorpresa ante las noticias desconocidas. Mirra apretó los labios y trató de lucir igual de estupefacta. Sin embargo, no estaba segura de haberlo conseguido con éxito.
Su respiración se había vuelto pesada y sus ojos iban y venían, recorriendo cada rostro con más interés del que deberían.
—¿Estás seguro?—preguntó Felipo, aunque sabía que su padre jamás mentiría al respecto.
—¿Te parece que no lo estoy?
—Aún así, padre, una mujer como ella jamás daría a luz a un hijo de la deshonra. Si ha sido violentada como botín de guerra…. —Pero no pudo seguir hablando, pues la risa lúgubre y burlona del soberano le interrumpió. El rey se burlaba de quien quería y cómo quería, así se tratase del mismísimo heredero a su trono.
—Ni uno solo de mis soldados puso un dedo en ella. Fue azotada, humillada, obligada a presenciar la caída de su imperio… pero jamás fue carne para mis hombres.
—Padre, ¿tú…?
—No, no, no. Era una yegua preciosa, eso lo admito. Sin embargo, es demasiado salvaje para ser domada.
—¿Entonces?
—Esa misma pregunta me hice, al descubrir aquella pequeña sorpresa. —Sonrió, y a juzgar por el modo en que Felipo frunció el ceño, Mirra no fue la única que tembló ante aquella sonrisa. — Hipólita secuestró y mantuvo cautivos a los Protegidos de Palas. Hombres en Temiscira, hombres allanando territorio amazónico. Eso solo sucede por una razón: descendencia. —Las facciones de Felipo cambiaron tan lentamente, que fue fácil adivinar que todo tomaba sentido en su cabeza. —Hipólita lleva en el vientre la semilla de uno de ellos. Por primera vez, Athena y Ares, dioses de la guerra, bendicen la sangre de una única criatura. El guerrero más grande jamás conocido está en nuestras manos... y lo quiero de regreso.
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Dédalo gruñó. El malestar era visible en su postura y en su rostro. Estaba inquieto, con las manos atadas acerca de aquel asunto.
Y así había sido, pues no tuvo más opción que ceder. Todo salía a pedir de boca, los dioses le sonreían como jamás habían hecho. Sin embargo, la presencia de los Santos estaba poniendo todo en el limbo. Habían solicitado hablar con la reina y Gene, como hombre de honor presionó para que su deseo fuera concedido. De haber sido por él, Dédalo habría negado la petición desde el principio. Pero con la presión del veterano general, le fue imposible hacerlo. Si Aioros había, o no, cometido asesinato, a los demás no podía culparles de nada. No tenía modo.
—Su Alteza Real, la reina Pasifae—anunció el heraldo, justo en el instante en que la puerta del megaron se abrió para dar paso a la viuda.
Pasifae iba de luto. Se había cortado la cabellera dorada y llevaba la cabeza cubierta. Su duelo, sin embargo, estaba más unido a la pérdida de su hijo que a la de su esposo. La mujer no lloraba al hombre con el mismo dolor con que la madre lloraba a su hijo.
Avanzó con la cabeza en alto y los ojos perdidos hasta el trono. Santos y cretenses se apartaron a su paso. Subió los escalones hasta el trono y, por primera vez, se sentó en él.
Las rodillas de sus súbditos se doblaron cuando ella tomó el lugar de su esposo. Solo los Santos permanecieron de pie, observando a aquella mujer de la que ahora dependía su destino. Tan frágil, tan insignificante… pero con una carga emocional que podría arrasar con todos como un huracán.
—De pie—ordenó, con una voz espesa que delataba sus lágrimas—. Mi esposo y mi hijo se han marchado, pero los asuntos de Creta deben continuar. ¿Qué es lo que tenemos que discutir?
—Mi reina… mi corazón y el de Creta lloran con el tuyo. —Dédalo ofreció una reverencia más; exagerada, como todas las suyas. —Y lamento interrumpir tu duelo, pero los Protegidos de Athena han pedido audiencia con Su Majestad.
—Es un derecho que a nadie se le niega, Alteza. Menos a aquellos enviados por los dioses.
—Gene no se equivoca, mi señora, pero si se trata de posibles conspiradores de asesinato…
—No somos tal cosa—intervino Dohko.
—Pero, señora… —Dédalo quiso replicar, pero Pasifae levantó la mano e hizo que todos callaran.
—Quiero escucharlos—dijo.
—Alteza, si pudiéramos hablar en privado…—pidió el Santo de Libra—. Es delicado e importante.
No hubo una respuesta inmediata, pero sí mucha tensión. El rostro de Dédalo delataba su ansiedad: sus ojos amenazaban con salir de sus órbitas y comenzaba a sudar, a pesar de que el palacio era frío.
Entonces, la reina soltó un suspiró y tomó una decisión.
—Todos fuera—ordenó—. Hablaré solamente con ellos.
—Majestad, permite que me quede contigo. Como protección—solicitó Gene, pero la mujer negó con un gesto.
—Hablaremos a solas. Uno de ellos ha asesinado a mi esposo; estoy segura de que no tratarán de asesinarme a mi también.
—Eso no lo sabes…
—Y tú tampoco sabes que lo intentarán, Dédalo. Déjennos solos.
Los Santos se esforzaron por guardar su pensar. El hecho de que la reina aceptara era una pequeña victoria para ellos, y un revés terrible para Dédalo.
Esperaron con paciencia, intercambiando miradas discretas entre ellos. Fue así que vieron a la gente esfumarse lentamente, hasta que solo quedaron ellos, en compañía de los viejos. Era obvio que Gene no quería marcharse, se notaba en lo indeciso de su mirada. Dédalo, en cambio, estaba nervioso. Se sonaba los dedos y mordía sus labios, porque sabía que no tenía más remedio que obedecer.
—Márchense—demandó la reina, una vez más—. ¿Debo repetirme?
—No, mi reina. —Gene agachó la cabeza y, con más dudas de las que hubiera querido, fue hacia la salida. Estaba a punto de abandonar el salón cuando se detuvo. No escuchaba los pasos de Dédalo tras los suyos, así que buscó por él. El viejo erudito no se había movido. —Dédalo, mi señor, la reina ha dado una orden—dijo.
—Ya voy, ya voy.
A regañadientes, cumplió con sus palabras y fue al encuentro del soldado. Juntos abandonaron el salón, dejando tras de sí el golpe pesado con que la puerta se cerró.
Hubo algunos segundos de silencio que se sintieron tirantes antes de que cualquier parte se atreviera a hablar. Las palabras tenían que ser prudentes y debían conservar la calma, para no caer en desesperación. Aquello era una negociación, no una muestra de resignación, ni mucho menos de sumisión.
—¿Qué es tan importante ahora, para que una madre no pueda llorar a su hijo?
—El niño es importante, Alteza. Podría estar vivo. —Dohko tomó la palabra. No dudaba que hubiera algunos más persuasivos en el grupo que él, pero también eran más volátiles. Prefería ser sensato que descuidado.
—Mi niño fue abandonado a mitad de la nada hace días. Es tan pequeño como sus esperanzas de sobrevivir.
—Lo sabemos pero…
—Es posible que alguien más esté con él ahora mismo. —Saga arrebató la palabra al chino.
—¿De qué hablas?
—Hay un chico, un cretense, que ha ido en busca del príncipe. Es hijo de una esclava, que piensa que al rescatarlo, comprará su libertad.
—¿Acaso… es verdad? ¿Hay alguien ahí afuera buscando por él?
—Es posible, Alteza.
Un par de lágrimas escaparon de los ojos enrojecidos de Pasifae. Su corazón era una mezcla de emociones encontradas: por un lado, la caricia reconfortante de la esperanza, y por otro, el temor a un futuro incierto.
Las secó con fuerza para retomar su expresión adusta, firme y controlada como la de una reina. Miró hacia ellos una vez más.
—¿Por qué han venido a decirme esto?—cuestionó.
—Porque, aunque las intenciones del chico son buenas, no estamos seguros de que pueda conseguir el regreso del príncipe—habló Dohko—. Una vez nos pediste que le ayudásemos y podemos hacerlo.
—¿A cambio de qué?
—De nuestro compañero.
—¿El asesino del rey? —Pasifae oscureció su mirada. —No, es imposible. Un asesino de reyes no puede abandonar los calabozos, ni mucho menos Creta, con vida.
—Puede, si la reina lo encuentra inocente—terció Saga—. No hay ninguna prueba de que él terminara con la vida del rey Minos. Es la palabra de Dédalo contra la suya… y todos sabemos porque Dédalo está aquí.
Las palabras de Saga, aunque duras, eran reales. Levantaban ampollas, sí; pero la reina y todos ellos lo sabían.
Dohko notó el malestar que la mención del pasado de Dédalo generó en la reina. No quería incomodarla, ni tampoco perder su atención. Quiso intervenir, pero Aldebarán le ganó la oportunidad.
—Alteza, podemos salvar al niño—dijo—. Es una vida a cambio de otra… ambas importantes para ti y para nosotros. —La reina se tomó un instante para pensar. Después, continuó.
—Para salvar a mi hijo se requiere de algo más que solo encontrarlo. El príncipe no puede volver a Creta. —Y su corazón se rompía en pedazos con tan solo pensarlo.
—Entonces, ¿qué es lo que quieres que hagamos, señora?
—Encuéntrenlo y salven su vida; llévenlo más allá de los límites de Creta, donde nadie le conozca, ni tema de su aspecto. —Su voz exudaba decisión, pero la tristeza invadió sus ojos, en forma de lágrimas que no se molestó en ocultar. —Hacia el Norte, no lejos de aquí, en Tera, existe una orden de sacerdotisas que podrán cuidar de él. Ahí crecerá, tantos años como los dioses le permitan. Estará a salvo. Nadie más volverá a dañarlo. Nadie.
-x-
La pira llevaba ardiendo por horas, y parecía dispuesta a arder por muchas más. El viento de la tarde avivaba las llamas. Era la única hoguera.
El resto de los cuerpos habían sido enterrados, como dictaba la tradición tracia. Uno junto a otro, del mejor modo que se podía, el pueblo tracio lloraba a sus muertos. El campamento era una enorme y tensa tumba, de la que solo emanaba silencio. Eran un pueblo que se había rendido ante un oponente superior, con la esperanza de conservar su futuro. Intercambiaban honor por vida… y eso, por el momento, bastaba.
—La pira de Ophelos arderá hasta el amanecer. Las últimas cenizas se elevarán con la brisa de la mañana—dijo Talal. Todos se habían acomodado en algunas tiendas que perteneciesen a los líderes caídos de Tracia. Sin embargo, una pequeña guardia se mantenía frente a la pira de Ophelos, en señal de respeto.
—Será entonces cuando nos marchemos: cuando la última llama se apague.
—Estoy de acuerdo con Bemus. Pasemos la noche aquí y después volvamos al Axios. —Camus acotó. Nadie se opuso la idea. —¿Alguien sabe que haremos con las yeguas? ¿Debemos llevarlas, o dejarlas aquí?
—A estas alturas, creo que da igual. Ya no existen como lo que eran; ya no son demonios, ni monstruos.
Y Mu estaba en lo cierto. Con la muerte de Diomedes, al ser devorado por ellas mismas, la maldición que caía sobre ellas se había roto.
Los dioses paganos, esos mismos que alguna vez le entregasen el poder, se lo habían arrebatado. Su alma era el precio de un pacto que caducó cuando él mismo tomó su vida. Así que, habiendo llegado todo a su fin, las bestias retornaron a su naturaleza real: un cuarteto de yeguas purasangre, de belleza y porte inimaginable, en lo absoluto similares a un demonio.
—Las llevaremos con nosotros. Mucha sangre se ha derramado por ellas y no correremos el riesgo de que suceda de nuevo. —Bemus se levantó y abandonó el grupo. —Iré a avisar que todo se prepare para nuestra partida, al amanecer.
—¿Necesitas ayuda?
—No es necesario—respondió a Mu—. Quédense con Ophelos por un rato más.
Lo vieron marchar en silencio, mientras Talal entonaba una canción en su lengua madre. Tenía una melodía dulce, pero triste a la vez. Ninguno entendía aquel idioma olvidado por el tiempo.
Los Santos permanecieron en silencio durante el tiempo que duró la canción. Cuando terminó, Talal recitó una oración y desapareció de ahí.
—Y, ¿ahora qué?—preguntó Aioria.
—Ahora marchamos hacia Dardania. La ninfa debe estar esperando por nosotros ahí, con la Amazona. —Ángelo le respondió. Pero Camus se apresuró a soltar otra pregunta.
—¿Alguien tiene noticias de ella?
—Ninguna.
—¿Estás seguro, Buda?
—Creo que lo estoy, Milo.
—Vaya… Y, ¿si no lo consiguió?
—Lo hará. Estoy seguro.
—Cuanta fe, gato.
—Aioria tiene razones para sentirse seguro. Aretha ha demostrado que es lista y que puede sacar adelante misiones complicadas—terció Mu—. Pero no debemos retrasarnos más, porque no sabemos en que condiciones se encuentra.
—¿Estás preocupado?
—Tengo un presentimiento… y no es bueno.
Las palabras de Mu acabaron con el ánimo de conversación. De pronto, las horas de oscuridad que quedaban hasta el alba lucían interminables.
-Continuará…-
NdA: ¡Ajá! ¿Alguien esperaba que actualizara tan pronto? ¿Nadie? ¡No les culpó! Pero heme aquí, con esta nueva entrega de la historia, que ha fluido increíblemente bien en mi cabeza.
Hablando un poquito de la historia, creo que las cosas comienzan a ponerse interesantes y peligrosas por todos lados. Me gustan mucho los planes que tengo al respecto, así que muero de ganas por irlos develando de a poco. Aunque, lo cierto es que también hay dudas por el camino. ¿La más curiosa? Bien fácil: Aioros es inocente, ¿o no? En vista de todo lo que ha salido a partir de ahora, ¿qué opinan ustedes? ;)
En otras cosas, ¡quedan 13 reviews antes de llegar a los 1,400! Con un poco de suerte, en la siguiente actualización será.
En fin, no voy a despedir el capítulo sin antes agradecer a quienes siguen leyendo y dejándome sus comentarios. ¡No saben cuanto me gusta recibirlos! A Artemiss90, Guest, Mariana Elias, Damis, melina, O-Mac, LadyMadalla-Selene, Marlys, NaDeSyKo, itatechi98, Guest, Kaito Hatake Uchiha, Jabed, k2008sempai, Juank, Guest y Guest, ¡gracias a todos!
Como ya es costumbre, replys a lectores con cuenta, en sus correos. A mis queridos anónimos, busquen en mi profile por su respuesta.
Gracias por leerme y todavía más gracias por regalarme un review ;D
¡Hasta el siguiente!
Sunrise Spirit
