Capítulo 66

Contra la pared

—¿A alguien más no le gusta esto? —Saga miró por encima de su hombro, mientras terminaba de afianzar las correas de su montura.

—No creo que a ninguno de nosotros nos guste. Pero no tenemos más opción—respondió Dohko.

El hecho de que las miradas de todos se buscaran furtivamente, confirmó las palabras del Santo de Libra. Ninguno había esperado que sus deberes en Creta se alargaran más allá del Gran Toro. Sin embargo, ahí estaban, a punto de embarcarse en una aventura de final incierto que afectaría a Creta para siempre.

Lamentarse no los llevaba a ningún lado. Tenían las manos atadas, y no había más opción que seguir adelante. Mucho dependía de lo que pudieran conseguir.

—Casi siento envidia por el arquero idiota—ladró Kanon—. Él, al menos, estará cómodo y seguro en su mazmorra.

—Dudo mucho que esté cómodo o seguro. Dédalo hará todo lo posible por separarle la cabeza del cuerpo antes de que regresemos—Shura masculló.

—Entonces, debemos ser más rápidos que él.

—Eso no va a depender de nosotros—respondió Dohko a Aldebarán—. Necesitaremos un poco más que suerte para volver a tiempo.

—¿Sabemos hacia donde vamos?

—Solo sabemos lo que Genes ha dicho. Si es verdad, o mentira, no lo sé.

—Vamos, Dohko. ¿Debemos confiar en alguien como él? —Y por la mirada que Kanon recibió de regreso, supo que el viejo Maestro estaba de acuerdo con sus dudas.

—Genes recibió órdenes de la reina para revelar la ubicación donde el príncipe fue abandonado. Es lo mejor que tenemos.

A Saga, todo el asunto seguía resultándole en exceso sospechoso. Detestaba la idea de marchar a ciegas; y no se limitaba a falta de conocimiento del paradero de Asterión, sino también a la falta de garantías por parte de Pasifae. El gemelo no creía poder confiar en ella, ni en ningún cretense. Se sentía como una trampa.

Con eso en mente, montó en su caballo. Se acomodó en la silla e hizo una coleta con su melena. Entonces, miró hacia los demás.

—No tiene caso discutir lo que no podemos solucionar. Empecemos el camino.

—Cuanta prisa… —Se quejó Kanon.

—¿Acaso no escuchaste? Quisiera evitar que Aioros realmente pierda la cabeza.

—Todos queremos lo mismo. Además, solo tenemos tres días más, antes de que Ganímedes y los demás vuelvan—intervino Aldebarán—. Creo que nadie querrá perderse ese barco.

Escucharon bufar a Dohko y cayeron en cuenta de que el viejo realmente estaba preocupado. Quizás era la implícita responsabilidad que Shion le había puesto encima al mandarle con aquel grupo en particular. O, tal vez, era porque siempre, de algún modo, se las ingeniaban para complicar cualquier misión a niveles insospechables.

La razón que fuera, a su manera, todos compartían su consternación. Nunca nada era fácil con ellos.

—Venga, marchando—ordenó el chino—. Hallemos a Ícaro y tendremos al niño. En lo posible… tratemos de encontrarlos vivos.

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Los ánimos ya eran tirantes debido a la clandestinidad del escape, pero tan pronto los ojos de la Reina se abrieron y fue capaz de mantenerse despierta, todo empeoró. Las miradas se dividían entre el horizonte y ella. Troya era tan peligrosa como Hipólita, por lo que ahora, las preocupaciones era tanto por los propios, como por los ajenos.

Tarsila no se había separado de ella ni por un segundo. Se había afanado por servirla tanto como podía. Se encargó de servirle agua y de ayudarla a comer trozos de pan fresco untados con miel.

Pero Hipólita apenas había probado bocado, muy a pesar de los esfuerzo de la vieja. Permanecía quieta como una estatua, con el rostro agachado y la mirada perdida en la nada. Aretha le había facilitado una túnica limpia y una capa, que le cubría la cabeza rapada. También ayudó a limpiarla un poco y asistió a Tarsila en la curación de sus heridas.

Ni la vieja, ni ella, ni nadie, había recibido una palabra por parte de la Amazona. Tampoco lo esperaban. Su silencio era mejor que cualquier señal de sublevación.

—Necesitas comer, señora—dijo Tarsila con suavidad—. El pan está suave y la dulzura de la miel te sentará bien.

La castaña selló los labios y apartó la mirada. Se cobijó un poco más con la capa en busca de calor. Usó la capucha para cubrirse, de tal modo que sus emociones quedaran exclusivamente para ella; sentir las miradas de todos aquellos desconocidos encima, la estaba enloqueciendo.

Su negativa hizo que Tarsila por fin se diera por vencida. Retiró el pan y decidió dar espacio a la Reina. Ayudó a arroparla antes de levantarse, para después, con pasos torpes, alejarse de ella.

—¿Sigue sin decir nada? —Aretha le preguntó.

—No habla y apenas ha comido un par de bocados.

—Quiero que seas honesta. —El hecho de que la ninfa comenzara con aquella frase, puso en alerta a la curandera. —¿Qué tan peligrosa es en este estado?

—¿Peligrosa? No creo que tenga fuerzas para levantar una espada.

—Eso no la hace débil, ni sumisa—terció Phineas, para sorpresa de las otras dos mujeres—. Es una Amazona, es la Reina. Si le das una oportunidad, la tomará y te cortará el cuello.

Tarsila apretó los labios, a sabiendas de que la pitonisa no se equivocaba. Por mucho que Hipólita luciera como una muñeca rota, su orgullo la envolvía de peligro.

Aretha supo leer esa expresión y no pudo evitar preocuparse. Era justo como temía: salvarla era la parte fácil, mantenerla cerca era lo peor. Todavía quedaba bastante antes de llegar a Dardania, así que hasta entonces, tendrían que irse con cuidado. Le tranquilizaba que no estaba rodeada de inútiles, sino lo contrario. Julius y compañía habían probado que eran verdaderos guerreros, y Talos se había convertido en un apoyo invaluable para ella.

Miró de soslayo hacia ellos antes de pensar en su siguiente acción. Chasqueó la lengua y pensó que estarían a salvo.

Se levantó muy lentamente para cruzar la barcaza. Todos los ojos se centraron en ella, especulando lo que estaba haciendo.

Más de una ceja se levantó cuando la ninfa llegó al lado de la Amazona y se sentó junto a ella. Primero estuvo ahí, callada, durante algunos minutos. Hipólita parecía dispuesta a ignorarle hasta el fin del mundo, y Aretha no encontraba el modo de iniciar una conversación con ella. Aún en su precario estado, sus ojos irradiaban una fuerza que imponía.

—Vamos rumbo a Dardania. —Se animó a decir. Quizás, si la daba un poco de claridad a su futuro, ganaría su confianza. —Nos quedaremos ahí por un tiempo, hasta que sea seguro movernos por el Mediterráneo. Después, continuaremos nuestro camino hasta Atenas. —Pero sus palabras cayeron en el vacío, pues nada de lo que dijo robó una sola reacción de la Reina. —Estás a salvo—insistió, dispuesta a no darse por vencida—. Nosotros te protegeremos. Queremos que estés bien. Así que, si necesitas algo, solo tienes que pedirlo. Si está dentro de nuestras posibilidades, lo tendrás. ¿Entendido?

Pero una vez más, habló a la nada. Hipólita no estaba dispuesta a reconocer su presencia y, con toda seguridad, tampoco creería nada de lo que ella había dicho.

Desilusionada, se apartó los flequillos del rostro para dar marcha atrás y volver a su asiento. Sin embargo, apenas se había puesto de pie cuando la mano de la Amazona se cerró alrededor de su muñeca. El movimiento fue tan repentino e inesperado, que Aretha se encontró incapaz de disimular su sorpresa.

Por instinto, buscó el rostro de la castaña y cuando su mirada azul chocó con la de ella, se paralizó. Hipólita no había cambiada nada, en lo absoluto. Sus ojos seguían siendo gélidos y duros, pero ahora también estaban sedientos de venganza.

—Sé quien eres. Te reconozco. —La oyó decir. —Estabas con ellos, los ayudabas.

—Yo…

—Si estás aquí, es porque ellos también volverán. Sé que lo harán… sé lo que quieren.

—Queremos ayudar.

—Quieren a la criatura. —La pelirroja guardó silencio, sabiendo que negar la verdad no traería nada de provecho. Contempló mientras una mueca de disgusto se dibujó en el rostro de Hipólita. —No la tendrán. Palas no tiene derecho sobre ella.

—Ella le protegerá. Su padre es uno de los Elegidos.

—Y su madre es una Amazona, la Reina de las Amazonas. El único al que sirvo, y al que mi sangre servirá, es a mi padre.

—Tu padre te ha abandonado.

Y aunque sintió que sus palabras sonaron severas, la retorcida sonrisa que brotó de los labios de Hipólita la hizo pensar que se había equivocado.

—Mi padre volverá, al igual que mi fuerza y mi imperio; y cuando eso suceda, cuando el día del renacer llegue, cada ofensa en mi contra será pagada con sangre… La de Palas y sus aliados será la primera en derramarse.

Aretha apretó los puños y blindó su rostro. No deseaba mostrarse débil, ni mucho menos asustada. Sin embargo, lo estaba.

Recordó aquella conversación con Talos, en la que el soldado le había dejado entrever que, rescatar a un ser como Hipólita, sería un error que pagarían con creces. Ella se había negado a creerle, pues todo el mundo merecía una segunda oportunidad. Pero ahora, realmente lo dudaba. Monstruos como la Amazona, que se alimentaban de dolor y bebían sangre, debían permanecer encerrados.

Al final, todo indicaba que Talos tendría razón: ella y los Santos habían liberado a un demonio, que iría tras de sus cabezas.

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Lejos había quedado el campamento tracio y lo que quedaba del pueblo en desgracia. Llevaban algunas horas a caballo, con rumbo hacia el Mar Oscuro, donde el Axios esperaba por ellos.

Como siempre sucedía, desandar el camino era más rápido que andarlo. Sin embargo, con la pena a cuestas, el silencio era asfixiante y agotador. Además, el encuentro con los tracios no había sido en vano, y las heridas aún frescas en los cuerpos de cada hombre de la comitiva, se encargaban de recordárselo. Por eso mismo, aunque el sentido de urgencia estaba vigente, habían decidido que los descansos eran necesarios y no aplazables.

Fue así que terminaron deteniéndose cerca de un abrevadero, donde sus monturas podrían descansar y ellos disfrutar de un poco de sombra. Llevaban consigo varias raciones de pan y carne seca que compartieron como almuerzo.

Ángelo se acomodó a los pies de un árbol, curtido por el Sol. No le proveía de mucho abrigo contra el calor, pero al menos encontró un lugar cómodo que no tenía que compartir con nadie. Los momentos de privacidad eran algo que había aprendido a apreciar y que atesoraba. Pero no contaba con que aquel no sería uno de ellos.

—¿Puedo hablarte un momento? —Shaka llegó y se sentó a su lado.

—Por supuesto… —¿Qué remedio le quedaba?

—¿Cómo están tus heridas?

—Mejoran. No es nada que no haya sufrido antes—bufó.

—Bien, bien…

—¿Qué pasa, Buda? No eres del tipo de personas que le dan rodeos a las cosas.

—Quería darte algo.

—¿Qué es?

—Mientras tú y los demás lidiaban con Diomedes, Aioria y yo nos quedamos detrás… Creo que él ya te ha explicado lo que pasó.

—Sí. Apolo y todo eso.

El león le había contado todo a grandes rasgos, sin detalles específicos. La verdad era que ninguno de los dos se sentía especialmente emocionado con la historia, así que eligieron dejar la versión larga para después, cuando hubiera más tiempo.

Lo que a Máscara Mortal le daba curiosidad, era el por qué el Santo de Virgo estaba interesado en lo que él sabía y lo que no.

—Recuperamos los medallones que Shion nos dio antes de venir—continuó el rubio. Sacó una bolsa de cuero viejo y rebuscó dentro. Instantes después, tendió la medalla de Cáncer al italiano. —Apolo los entregó.

—¿En serio?

—Ajá. La cuestión es que…—suspiró. Después, volvió a buscar en el saquillo. —Todos creemos que tú deberías tener esto. —Extendió la mano y, al abrirla, el colgante de Piscis quedó a la vista. —Afrodita era uno de nosotros, pero por sobre todo, era tu mejor amigo, ¿cierto?

Ángelo apenas pudo asentir. Tenía los ojos clavados en la joya mientras los recuerdos de su amigo desfilaban por su cabeza. Ni siquiera notó que había contenido la respiración y que la mirada se le nubló. Las manos le temblaron cuando el dije estuvo entre sus dedos. Podía sentir la fuerza del cosmos de Athena, pero también, tímidamente percibía la energía de Afrodita, latente y adormilada, como si su dueño estuviera atrapado en un sueño profundo del que podría despertar en cualquier momento.

El medallón brilló cuando tocó sus manos. El cosmos de Afrodita parecía reconocerle y aceptarle. Centelló con sutileza, como una caricia… como un adiós.

Ángelo lo apretó entre sus manos y lo llevó contra su pecho. Su mirada buscó por Shaka, sin saber que decir o que hacer. Pero tampoco era necesario que sus labios pusieran su sentir en palabras. Sus ojos, empañados por las lágrimas que se negaba a derramar, lo dijeron por él: gracias.

Sintió la mano del rubio posándose su hombro, en un gesto de empatía. Asintió antes de volver a acomodarse y mientras lo miraba marchar.

Cuando volvió a quedarse solo, echó una mirada más a aquel nuevo tesoro que ahora era suyo. Pensó que, a partir de entonces, su amigo iría con él a todos lados. Su cosmos sería uno con el suyo y mantendría su recuerdo con vida, hasta que volvieran a encontrarse en el Más Allá.

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Aioros sintió cómo los cosmos de sus compañeros se alejaban de la ciudad. Podía distinguir las emociones de cada uno, como si los tuviera junto a él. Una parte de sí, se sentía frustrado de no poder acompañarlos. Otra, mostraba destellos de una culpa que el castaño no se sentía listo para afrontar. Y una más, considerablemente más pequeña que las otras dos, esa parte egoísta a la que no solía prestar mucha atención, le susurraba que lo sucedido era lo correcto.

Pero ahora, se quedaba en soledad; aburrido hasta límites desconocidos dentro del viejo calabozo. Salir no era un problema, pero las consecuencias serían demoledoras, no solo para él y el resto de los Santos, sino para mucha gente más.

Y visto así, no tenía más opciones que quedarse donde estaba y esperar porque todo se solucionara de un modo razonable.

—¿Estás dormido? —No se sorprendió cuando escuchó la pregunta. Aunque Dédalo había sido discreto y más que silencioso, el Santo sabía que llevaba varios minutos oculto entre las sombras, mirándole.

—No, no lo estoy. Tampoco estoy seguro si es de día, o la noche cayó ya.

—Aún hay Sol.

—¿Qué haces aquí?

—Vine a decirte que no escaparán tan fácilmente de esto. Llegaron a Creta en busca de problemas y los han encontrado. ¿Es eso lo que querían?

—¿Lo que queríamos? ¿Te parece que estamos aquí en un viaje de placer? —Aioros se incorporó y caminó hacia su visitante. Temeroso de tenerlo cerca, Dédalo retrocedió un par de pasos. —Hemos perdido a uno de nuestros hermanos, hemos visto morir a gente importante e inocente; y hemos dejado en el camino pedacitos de nuestras almas que jamás recuperaremos. No estamos aquí por gusto, ni siquiera por voluntad propia. Así que estás equivocado: estamos aquí porque, en algún punto, pensamos que esto nos compraría una vida que ya no tenemos.

Pero veía en los ojos ratoniles del viejo, que sus palabras le importaban poco o nada. Tampoco le molestaba que Dédalo no prestara atención, ni que no comprendiera. Sabía que simplemente no podría.

En cambio, le interesaba más la idea de tenerlo ahí. El viejo había sido el primero en levantar el dedo para apuntarle como el asesino de Minos. Aioros se preguntaba que tanto sabría al respecto. Hasta entonces, no había tenido la oportunidad de confrontarle. Sin embargo, ahí estaba ahora, frente a él, con todas las respuestas que el arquero necesitaba.

—¿Por qué estás aquí? Además de para lanzar amenazas sin sentido.

—Sé lo que vi—dijo Dédalo y a Aioros le fue imposible no levantar una ceja—. Tú lo niegas y tus compañeros lo niegan también, pero yo recuerdo cada instante de esa noche.

—¿Lo haces? Porque, en lo que a mi respecta, todo lo que digas podría ser con la intención de incriminarme. Tienes un vendetta en contra de Athena y, por lo tanto, contra nosotros. Bien podrías haber sido tú quien asesinase al rey.

—¡Salvo que es mentira! ¡Y lo sabes! La sangre de Minos no está en mis manos.

Aioros guardó silencio, limitándose a mirarle con esos ojos tan azules que resaltaban en la oscuridad. Sentía la frustración de Dédalo e imaginaba el por qué.

El viejo creía haber tenido la situación bajo su control. Esperaba que cada paso de su destino fuera decidido por nadie más que él; pensaba que tenía a los Santos en sus manos. Pero de pronto, había perdido todo el poder. Un solo acontecimiento precipitó todo, tan rápido y de un modo tal, que no hubo nada que pudiera hacer.

—¿Sabes cuál es el problema con todo lo que has dicho?—preguntó al fin. Dédalo no le respondió. —Sé, de primera mano, que no has visto nada… o que no has visto todo lo que pasó.

—Vi suficiente.

—Quizás nos escuchaste discutir. No más. —Y de eso, estaba completamente seguro, porque aunque precipitado, Aioros no era descuidado. Su conversación con el rey había comenzado con ojos y oídos curiosos a su alrededor. Pero, para cuando llegó a su fin, estaban solos.

Dédalo apretó los dientes, pues no podía contradecirlo. Pero eso no significaba que su instinto estuviera equivocado. El inventor era un hombre listo, un genio según algunos. Siempre veía las cosas de un modo diferente a los demás. No temía saltar a conclusiones, porque no solía errar.

Era precisamente por eso que no se había tragado las acusaciones. Nadie iba a sacarle de la cabeza que el asesino del rey estaba en la celda frente a él.

—Hablas mucho, Santo. Levantas acusaciones contra mí e insistes en lo que he visto y en lo que no. Pero no hablas de tu inocencia, ni la defiendes.

—¿Por qué defender causas perdidas? Te has encargado de que la verdad no importe. Si lo hice, o no, tú has dado un veredicto ya.

—Tus compañeros marchan en busca del príncipe, para salvarte. ¿Acaso abogan por la vida de un asesino?

—Abogan por la vida de un amigo y de un hermano. Somos mucho más que compañeros. Si la vida de uno peligra, haríamos todo por salvarla. Todo.

—¿Todo? ¿Incluso asesinar a un rey?

Una mueca indescifrable apareció en el rostro del arquero. Dédalo se preguntó si había tocado un nervio o si el chico se burlaba de él. Pero, esa mueca que no decía nada, en realidad susurraba más de lo que debería.

Entonces, Aioros esbozó una pequeña sonrisa, repleta de sospecha. Sus ojos brillaron con un dejo de travesura, como si el viejo le hubiera pillado en su propio juego. Después se dio la vuelta y caminó de regreso hasta el fondo de la celda, donde se sentó. Su mirada volvió rápidamente a Dédalo, mientras pensaba su respuesta con detenimiento. Por fin, abrió los labios y dejó que las palabras fluyeran.

—Sí… incluso asesinar a un rey.

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El palacio nunca había lucido más agitado. Todo el mundo corría; los guardias gritaban, maldecían y vigilaban cada respiro dentro de la Casa Real Troyana. Le tensión era palpable en el aire. El mal genio de Periandro se había contagiado a cada habitante del palacio. Si el rey no estaba contento, nadie podía estar tranquilo. Nadie había descansado, ni nadie lo haría sino hasta que la rabia del rey fuera aplacada. En ese punto, dicha misión se veía imposible.

Para Mirra las circunstancias no eran más fáciles. Jamás le había resultado tan difícil guardar un secreto. Estaba tan nerviosa como asustada. Esperaba que su padre se sintiera contrariado por la desaparición de sus prisioneros, pero no se le hubiera ocurrido que su ira fuera tan terrible.

Más temprano esa mañana, las cinco doncellas que cuidaban de Phineas habían sido declaradas traidoras y, una a una, fueron ejecutadas en el patio de armas del palacio. La sangre que había empapado la arena seguía fresca. Un mosquerío se arremolinaba alrededor, conforme el Sol del mediodía la descomponía y arrancaba aquella peste que hería el olfato.

Otros hombres esperaban el momento de su ejecución; algunos de los vigías y otros guardias a los que Periandro habían hecho responsables.

La princesa tenía la impresión de que, si su participación en la estafa era descubierta, ni siquiera compartir sangre con el rey podría salvarla de la muerte. Su padre jamás la perdonaría.

—Nunca creí decirte esto, pero tienes que controlarte y aprender a fingir. —Tomada por sorpresa, al escuchar la voz de Dymas, se inquietó. Volteó a su alrededor en busca del soldado y al encontrarlo, le dirigió una mirada severa.

—No es lo que crees. Estoy cansada; apenas he dormido en las últimas noches.

—No eres la única.

—¿Cómo va la búsqueda?—preguntó, a sabiendas de la respuesta. Dymas supo a que se refería.

—Infructífera. No hemos descubierto nada. Creo que las perdimos.

—¿Piensas que podrán averiguar algo más?

—Lo dudo. Es como si se hubieran esfumado. Si no sabemos en dónde buscar, no habrá forma de dar con ellas.

—Eso pensaba…

Se llevó los dedos a los labios para golpearlos con suavidad. Consideraba cuánta de su seguridad seguía en juego y las opciones que tendría si aquel espejismo se desvanecía.

Dymas parecía compartir sus inquietudes, a pesar de demostrar más entereza. Su fortaleza era entendible, pues se encontraba en la primera línea de fuego. Un hombre de su rango era cercano al rey, era poseedor de su confianza. Además, Felipo y él habían sido amigos de infancia. Si Dymas flaqueaba, tanto Pedriandro como el príncipe podrían leerlo como un libro abierto.

—Debes tranquilizarte.

—Este sitio, junto con la actitud de mi padre, me pone los nervios de punta.

—A estas alturas, pensé que conocerías mejor a nuestro padre—terció una voz ajena a ambos.

La llegada de Felipo selló los labios de ambos. Se miraron mutuamente, esperando que los susurros de su conversación no hubieran alcanzando los oídos del príncipe. Aunque Mirra trató de esquivar el rostro de su hermano, Dymas prestó atención.

No hubo señales en su expresión que indicaran algún tipo de conocimiento. Fuera así, o no, se esforzó por lucir indiferente.

Si no se preocupaba demasiado, quizás Felipo dejaría pasar aquella sospechosa conversación a mitad del pasillo. Después de todo, él y Mirra llevaban una relación volátil, con buenos y malos momentos, que solo ellos podían comprender. Había sido así por años, y en aquel punto, Felipo prefería no prestar atención a las tonterías de su hermana.

—Su Alteza está descolocado por el modo en que se han dado las cosas—acotó el moreno—. La princesa lo entiende, aunque no termine de agradarle.

—Se volverá loco si continúa así.

—Es nuestro padre, Mirra; es el rey. Vigila como hablas.

—Pero, ¡mira todo lo que causado! Ambas mujeres eran un problema.

—Eran valiosas para él. —La princesa chasqueó la lengua y giró el rostro. Dicha actitud no fue una sorpresa para su hermano. Mirra y sus caprichos eran una constante en el palacio. —Dymas, danos un momento, ¿quieres?

La petición fue como un golpe en el estómago. Sin embargo, Dymas obedeció. Con una reverencia, se excusó. Mientras se alejaba, no podía sino rezar porque los nervios de su cómplice no la traicionaran y terminaran costándole la vida a ambos.

Felipo, mientras tanto, lo observaba marchar. Despidió a su guardia personal y cuando estuvieron solos, se aseguró de lucir tan serio como le fuera posible: Mirra debía entender que no era uno de sus juegos.

—¿Qué está pasando? —La cuestionó.

—Tú lo sabes mejor que yo. Tenemos una reina y a una pitonisa perdidas.

—Eso lo tengo bien entendido. Lo que no comprendo es cómo estás relacionada tú con eso. —El hecho de que fuera tan directo, la preocupó. —Y no mientas. Eres una gran manipuladora, Mirra. Pero, lo que sea que hayas hecho, te está superando. Usualmente eres más discreta.

—¿Qué es exactamente lo que crees que hice?

—No lo sé. Pero sé que ha sido algo.

Mirra se cruzó de brazos y sonrió. El gesto en sus labios, usualmente arrogante y presuntuoso, en realidad delataba cierta duda. Detestaba la habilidad de Felipo para acorralarla.

—Bien—espetó—. Si tanto quieres saberlo, te lo diré.

—Habla. —El príncipe heredero esperaba lo peor.

—Todo lo que mi padre te dijo, yo ya lo sabía—declaró—. Estaba consciente del estado de la Amazona; lo supe desde el principio y no se lo dije. De hecho, pensé que todavía no sabía al respecto.

—¿Cómo lo supiste?

—La pitonisa. Ella me advirtió.

—Y, ¿por eso estás tan asustada? —Felipo sabía cuando alguien le mentía a la cara.

—Si nuestro padre se entera que le he ocultado algo tan importante, montará en rabia. Además…—bufó.

—¿Además?

—He estado ayudándole. Desde que supe que estaba encinta, me he encargado de llevarle comida, e incluso escabullí a la vieja curandera hasta el calabozo. Si se sabe, podrían acusarme de su escape también. —Miró hacia él y los ojos verdes de ambos chocaron. Odiaba el modo en que su hermano la miraba, como si a través de sus ojos pudiera acceder a sus pensamientos.

—¿Dymas sabe de esto?

—Le conté después que esta locura empezó. Quizás encuentre rastros de mi presencia ahí abajo.

Felipo consideraba a su hermana como una mujer sumamente lista, además de ser calculadora hasta la médula de los huesos. Era precisamente por eso que no terminaba de creerle. Había algo en aquella mentira a medias que lo inquietaba.

—Me encargaré que esto no te salpique—dijo al fin.

Lo que fuera que Mirra hubiera hecho, caería por su propio peso. Pero no sería él quien ayudara a Periandro a poner la cabeza de la princesa en una pica. Sus intenciones, por el momento, eran confusas.

Tomaría un poco de tiempo más para apreciar el panorama completo. Después, tomaría una decisión.

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—¡Iona! ¡Alguien viene! —La voz aguda e infantil de Kozma recorrió todo el palacete con rapidez. El pequeño pelirrojo, encaramado en la muralla, descendió a toda prisa y atravesó el jardín en dirección a los interiores. —¡Iona!—llamó de nuevo. La servidumbre se asomó por los pasillos, mientras el chiquillo corría por ellos a toda prisa.

—¿Qué es este escándalo? —Por fin, la encontró.

—¡Alguien viene por el camino! Podrían ser las visitas de las que hablabas.

Las noticias del niño la hicieron fruncir el ceño. Llegaban justo como ella había calculado, pero haber acertado no hacía nada más sencillo. Con sus nuevos inquilinos llegaban los problemas, los miedos y las noches en vilo. En aquella parte, deseaba equivocarse.

Tomó de la mano a Kozma y decidió ir hacia la parte de la muralla, donde podía mirar al exterior. Tenía las manos frías y húmedas. El día era lluvioso.

—¿Crees que sean ellos? —Kozma ardía de emoción.

—Lo sabremos pronto. Estás muy emocionado.

—¡Por supuesto que sí! Si de verdad son ellos, eso significa que Bemus vendrá en pocos días. Ophelos prometió enseñarme a timonear el Axios la siguiente vez que vinieran.

—Eso está muy bien, pero debes tranquilizarte. Esta es una misión muy importante para todos. Es posible que tengan que irse pronto y con prisa—dijo ella. No quería que Kozma terminara decepcionado.

—¡Deberíamos ir con ellos!

—¿A Atenas? Eso está muy lejos de casa. Echaríamos de menos nuestro hogar.

—¡Pero sería emocionante!

—Quizás, quizás…

Los siguientes minutos transcurrieron entre el parloteo constante del niño y el silencio de la mujer.

Las ansias del pequeño eran más evidentes con cada paso que daban. Iona lo consideraba normal; crecía y soñaba con conocer el mundo, como todo niño de su edad, en especial con la vida que había llevado hasta entonces.

Pero, en lo que a ella respectaba, su vida terminaba ahí, en Dardania. Era el final del camino para ella. Desde que había aceptado cruzar el Gran Mar al lado de Bemus, para establecerse en esa parte del mundo, supo que no habría marcha atrás. Ella se convertía en un secreto que nunca volvería a verse bajo el Sol ateniense, y como todos los secretos, algún día desaparecería con su dueño.

—¡Mira, ahí están! —Tan pronto llegaron a lo alto de la muralla, Kozma apuntó hacia el camino. —¿Son ellos?

Iona se tomó unos segundos para responder. Afiló la mirada para observar con atención. De inmediato reconoció a aquellas figuras a la distancia; no había modo en que pudiera olvidarles.

—Han llegado.

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Las noticias de la muerte de Ophelos habían caído como balde de agua fría entre la tripulación del Axios. Aquellos que habían permanecido atrás, resguardando el barco, apenas podían creer las terribles crónicas que su capitán traía consigo. La desolación se volvió palpable en segundos. Para cuando el Axios estuvo listo para partir, los ánimos eran oscuros y la ausencia, palpable.

Ophelos era un hombre increíblemente querido entre sus compañeros; un padre para algunos y un amigo querido para otros. Todo el mundo tenía alguna anécdota que le incluía. Siempre había una buena palabra sobre el viejo.

—Estamos preparados. Cuando ordenes—dijo Talal a Bemus. Con la ausencia de Ophelos, el africano quedaba a cargo del timón.

—Entonces, zarpemos. Dejemos atrás esta tierra maldita.

—¡Nos vamos!—gritó el gigante—. ¡Remos, preparados! ¡Marinos, adelante!

Los bogadores levantaron las paletas. Los hombres que estaban en tierra se apoyaron contra el navío y presionaron, para empujarlo hacia el mar, liberándolo de su prisión de arena. Poco a poco, el barco se deslizó. Un instante después, flotó sobre las aguas. Con espacio para maniobrar, ahora era turno de las líneas de remos.

—¡Bogadores, remos abajo! ¡Adelante!

Con un gritos al unísono, los remos se hundieron en el mar; con un grito más, salieron. Mientras, el resto de la tripulación trepó por los amarres hasta la cubierta. Cuando cada hombre estuvo en su sitio, el ritmo de los remos aumentó, de tal modo que unos pocos minutos, el Axios surcaba el Mar Oscuro con presteza.

—¿Cuál es el rumbo?—preguntó Talal.

—Dardania—respondió su capitán—. Me gustaría que pasáramos primero por Troya, por provisiones para el camino hasta Atenas… pero no sé si sea seguro para nosotros.

—Entonces, ¿cómo sabremos?

—Fija la ruta hacia el Oeste. Esperaremos un poco antes de decidir que tan cerca nos situaremos de Troya. Cuando haya tomado una decisión, te lo haré saber.

—Entendido.

Bemus, entonces, se retiró. No necesitaba supervisar el trabajo de Talal, pues junto con Ophelos, eran los mejores marineros que jamás había conocido. Y, precisamente por eso, no temía confiarle su barco y a su gente. En la ausencia de Ophelos, Talal se convertía en su hombre de confianza… al viejo le habría gustado que así fuera.

El moreno fue en busca de los Santos. Estaban cerca del palacio en cubierta, donde habían tomado la costumbre de reunirse.

Se mantenían en un silencio inusual para ellos. En todo el viaje, no recordaba haberlos visto tan alicaídos. El hecho de que compartieran el dolor de su tripulación le parecía un gesto noble. Sin embargo, no podía evitar preocuparse por ellos. Con el rumbo que había tomado la situación, lo último que necesitaba era perderlos. Los necesitaba, tanto como ellos a su barco y a su gente.

—Hemos fijado rumbo hacia Dardania—dijo, mientras se agachaba junto a ellos—. Pero hay algunas cuestiones que decidir antes de llegar ahí. ¿Tenemos noticias de la ninfa?

—Ninguna.

—Entiendo. —Pero la respuesta de Camus no le gustaba. —Si existe algún modo de contactarla, si alguien sabe algo sobre ella, es momento de hacerle algunas preguntas.

—¿Qué es lo que necesitas saber?—cuestionó Aioria.

—Quiero saber si Troya sigue considerándonos aliados, o si nos ve como una amenaza. Suponiendo que haya conseguido su misión, si Periandro sospecha, tan solo un poco, de que ustedes o Athena están involucrados en lo más mínimo en la desaparición de Hipólita, mandará galeras para cazarnos cuando nos vea pasar.

—Y, ¿es imperativo que pasemos por ahí? —Volvió a cuestionar a Bemus. Éste se encogió de hombros.

—Me gustaría que nos detuviéramos por provisiones. Pero aún si no nos detenemos, la ubicación de la ciudad hará que el Axios sea visible desde la distancia. Seríamos un blanco fácil de detectar y de seguir.

—¿Eso que significaría?

—Bueno… —Se rascó la cabeza. —Nuestra mejor opción sería esperar a la noche y tratar de usar la oscuridad como escudo. Pero eso, no solo nos retrasaría, sino que es increíblemente peligroso. La bahía se caracteriza por grandes bancos de arena en los que podríamos encallar si no tenemos cuidado. —Se aseguró de mirar directamente a los ojos de todos. —Si eso sucede, no hay modo en que podamos poner al Axios a la mar de nuevo.

A decir verdad, ninguno se había detenido a considerar los peligros del camino hasta Dardania. Esperaban que el viaje fuera la parte más fácil de la última parte de su aventura. Los peligros vendrían después. Al menos ese era el plan.

Pero ahora, el panorama lucía complicado, aunque no desolador. Tampoco había noticias de Aretha y eso, a pesar de que nadie lo confesaría, creaba una nube de pesimismo sobre sus cabezas. Habían esperado que ella se mantuviera en contacto. Sin embargo, su ausencia levantaba dudas, y ninguna era buena.

—¿Cuánto tiempo tenemos antes de que tengas que tomar cualquier decisión? —Mu preguntó.

—Un par de días, máximo.

Después de ese plazo, tendrían que asumir lo peor y arriesgarse. Bemus sabía que quedaba mucho riesgo por delante, así que quería evitar cuanto peligro fuera innecesario. Ojala pudiera hacerlo.

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Se detuvieron después de varias horas, cuando las monturas comenzaron a dar señales de cansancio. Encontraron el sitio perfecto, justo donde dos riachuelos coincidían para formar un río de aguas tranquilas y cristalinas.

Haber llegado a ese punto fue un logro. Indicaba que no habían perdido el camino, de acuerdo a lo que Genes explicó antes de su partida.

Desde ahí, debían seguir hacia el Oeste, cruzando la pequeña cordillera, justo por el punto donde el pantano coincidía con la montaña. Tan pronto consiguieran dejar atrás el área de montañosa, cerca de las cuevas a sus pies, encontrarían el sitio donde el niño había sido abandonado. Si Ícaro no llegó ahí primero, tendrían noticias del pequeño.

—¿Cuánto queda para llegar hasta allá?—preguntó Kanon. Su impaciencia era palpable.

—En realidad, bastante. —Shura le respondió. —Queda lo peor adelante. Cruzar la montaña a caballo será complicado, y mira hacia arriba. —Por inercia el gemelo y todos los demás levantaron la vista. —El cielo está encapotado. Si comienza a llover, la piedra se pondrá resbalosa y subir será más peligroso.

—A esto nos referíamos cuando hablábamos de necesitar suerte, ¿cierto?

—Sí, a esto… —Dohko se sopló el flequillo. —Algún día aprenderemos que nunca tendremos la suficiente suerte como para sacar adelante cualquier capricho.

—Pues deberíamos apurarnos. Con un poco de suerte, le ganaríamos a la lluvia.

—¿Qué demonios, Saga? ¿Quieres matar a los caballos?

—Podrían resistir…

—No lo harán. Estás exhaustos—terció Shura—. Hagamos una fogata y quedémonos aquí algunas horas.

—Iré por leña. Nos hará falta.

Aldebarán se adelantó y fue en busca de maderos lo suficientemente grandes y secos para hacer un buen fuego. Trató de mantenerse cerca del cause del río, para no extraviarse. Avanzó sin darse cuenta, hasta perder de vista al resto de su grupo. Sus voces se fueron perdiendo con la distancia y, antes que lo notara, los únicos sonidos a su alrededor, eran los de la naturaleza.

El tintineo del agua corriendo le relajó un poco. Los últimos días habían sido un torrente de tensión que lo tenía al borde de la locura. Así que la tranquilidad fue bienvenida.

Se acercó de más al riachuelo y el agua le empapó las botas. La frescura del agua a través del calzado de piel fue refrescante. Tentando, decidió caminar por las orillas, bogando agua. Llevada los maderos al hombro y la mirada perdida en los alrededores. Caminó algunos minutos, alejándose más y más del campamento. Pero, entonces, reaccionó para darse cuenta que tenía que volver.

Estaba a punto de hacerlo cuando algo capturó su atención.

A una decena de metros de él, un par de lobos disputaban un trozo de tela. Estaba ensangrentada y hecha jirones. Las bestias gruñían y tiraban de ella, rompiéndola cada vez en trozos más pequeños. Un escalofrío recorrió al toro dorado.

—¡Largo! ¡Largo!—gritó, mientras una esfera de cosmos dorado se formó en su mano. La lanzó contra los animales, sin intención alguna de dañarles. Su plan funcionó y consiguió asustarlos. —¡Vamos! ¡Fuera de aquí! ¡Vamos!

Corrió hacia donde habían dejado su pequeño tesoro. Los trozos de leña que llevaba consigo cayeron al suelo. Aldebarán se detuvo justo donde habían estado y, tras asegurarse de que no volverían, tomó la prenda entre sus manos. Descubrió que la sangre estaba fresca. Empezaba a secarse, pero aún no tomaba el color marrón de la sangre oxidada.

Examinó con cuidado el resto y descubrió que era una túnica pequeña, probablemente de un niño. Tenía una textura fina y los colores seguían vivos, a pesar del maltrato, lo que indicaba un proceso de tintura delicado, que no era accesible a cualquier persona. Fue en ese momento en que Aldebarán temió lo peor.

Sin soltar la prenda, recogió lo más que pudo de la leña que había dejado caer y tomó el camino de regreso a los otros Santos.

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Mientras Dohko sostenía la prenda ensangrentada, Shura se llevó las manos al rostro. Los gemelos parecían haberse congelado en sus sitios y Aldebarán solo observaba, con la preocupación oscureciéndole el rostro. Todos compartían el mismo miedo: si Asterion estaba muerto, todo se había ido al demonio.

Ninguno se atrevía a decirlo con todas sus letras, pero estaban en verdaderos aprietos. La maldita suerte había conspirado contra ellos y, muy posiblemente, se había declarado ganadora.

—No estamos seguros de que sea del crío. —Saga rompió el silencio. Su naturaleza no era optimista, pero esta vez, se esforzaba por ser objetivo.

—¿Cuántos más niños con ropa fina crees que hayan sido alimento de lobos recientemente?

—Cierra la boca, Kanon.

—Saga tiene razón. No tiene que ser necesariamente de él, o bien, la sangre podría no ser suya—terció Shura.

—¿Desde cuando somos todos tan ingenuos?

—Desde que necesitamos al niño para evitarnos un montón de problemas más. Así que mantengamos la calma y tú, Kanon, escucha a Saga y cierra la boca. —La respuesta del Santo de Libra hizo que el gemelo menor se lo pensara y se decidiera a guardar silencio, no sin antes torcer la boca en un gesto de indignación. —¿Qué tan lejos encontraste esto? —Después, Dohko se dirigió a Aldebarán.

—Unos trescientos metros, río arriba.

—Moveremos nuestro improvisado campamento ahí y después, nos dividiremos en busca de cualquier otra cosa que pudiera darnos información. Si hay lobos cerca, alguien tendrá que mantenerse siempre con los caballos.

—Y, ¿si no encontramos nada más? —Dohko miró a Shura, quien le cuestionaba.

—Seguiremos hasta donde Genes ha indicado. Tenemos un plan, y a menos que estemos seguros de que esta sangre es del príncipe, no vamos a cambiarlo.

Sonaba sensato, pero también arriesgado. Vagar por la isla sin noticias y sin rumbo, les robaba el elemento más valioso en su misión: tiempo. Sin embargo, saltando a conclusiones precipitadas, no ganaban nada.

Así que hicieron como Dohko dijo y centraron su búsqueda en los alrededores. Decidieron que tomarían turnos para buscar, quedándose siempre alguien a cargo de las monturas.

El resto iban y venían, en busca de señales que indicaran la identidad o el paradero del chico herido. Pero el Sol prácticamente se había puesto y la luz era escasa. La manada de lobos local aulló a la distancia, mientras el frío de la noche empezaba a arreciar. Conforme la noche caía, el sonido de las aves fue acallándose, hasta que todo lo que quedó fue el silbido de los insectos y el murmullo del agua en movimiento, que dictaba el punto de reunión.

Shura se sentía vez más incómodo. No era por la entrada de la noche, sino por todo lo que dependía de la vida de Asterion.

Se arrepentía de haber dejado la ciudad sin hablar antes con Aioros. Desde la resurrección, muy a pesar del turbio pasado que compartían, se habían vuelto inseparables. Encontraron el modo de superar el dolor y la culpa, dejaron el pasado atrás y miraron hacia el futuro. Pero ahora, por primera vez desde entonces, el arquero estaba realmente enojado con él.

Aunque se había disculpado, las palabras no bastaron para arreglar los problemas, y realmente se sentía en deuda con su amigo. Por eso, iba a hacer todo lo posible por sacarlos de los calabozos del palacio. Además, el español creía fervientemente en la inocencia del Santo de Sagitario.

Muy a lo lejos, entre el follaje de los árboles, alcanzaba a ver el reflejo naranja de la fogata, El calor del fuego se le antojaba agradable, pero sabía que la búsqueda era importante.

Sin embargo, habiéndose alejado tanto y con la oscuridad a cuestas, quizás sería útil regresar por un poco de fuego para continuar con su misión. Decidió caminar cerca del arroyo para no perderse; después de todo, las penumbras y la densidad del bosque eran traicioneras.

—¿Cabra? —La hojarasca a un lado del camino crujió, mientras Kanon aparecía en medio de la oscuridad. —¿Vas de regreso?

—Sí. ¿Encontraste algo?

—Nada. ¿Tú?

—Tampoco—bufó—. Quizás el viejo tiene razón y nos apresuramos a concluir que era el niño.

—Eso o murió en otro sitio.

—¡Eh! ¿Qué fue del optimismo?

—No lo sé. —Shura suspiró. —Es tarde y estoy cansado, quizás sea eso.

Regresaron juntos y en silencio. Cuando alcanzaron el punto de reunión, Aldebarán ya había preparado el pan y la carne seca para la cena, mientras se esforzaba por mantener el fuego con vida para proveerse de un poco de calor. Dohko llegó poco después, con la frustración emanándole de cada poro.

Se sentó a un lado y bebió un gran sorbo del odre antes de decir cualquier cosa. Sin embargo, no era necesario que nadie hablara; las noticias seguían siendo las mismas.

—¿Alguien halló algo? —Kanon y Shura negaron con la cabeza. El mayor suspiró. —Yo tampoco.

—¿Y Saga?

—No ha regresado—respondió Aldebarán. La respuesta sorprendió a Kanon.

—¿Se habrá perdido?

—No creo que Saga sea de las personas que se pierden.

—No, no lo soy. —A la voz del gemelo, todos voltearon. —Encontré algo.

—¿Qué es?

—Tienen que venir a verlo. Sería buena idea traer algo de luz con nosotros.

A nadie le gustó el tono lúgubre en la voz del gemelo, que auguraba malas noticias. Pero, tampoco, nadie estaba dispuesto a quedarse atrás.

Tomaron algunos leños encendido a modo de antorchas y fueron tras los pasos de Saga. El gemelo los guió bien adentro del bosque, donde la oscuridad era absoluta y lo denso del ramaje dificultaba el paso. La caminata resultó larga, tediosa e interminable. Llegado un punto en que sentían que no iban a ninguna parte, más de uno se atrevió a pensar que quizás erraron el camino y ahora estaba perdidos.

Sin embargo, cuando las dudas comenzaron a aflorar y la espera empezó a tornarse insoportable, Saga se detuvo.

Lo observaron mientras oteaba a su alrededor, hasta encontrar lo que buscaba. Se acercó a algunos arbustos y, tras registrar un poco con las manos, vieron como su rostro se agravaba.

—Aquí está—dijo, mientras que con un gesto de la mano, les invitó a acercarse—. Miren justo ahí.

Se acercaron poco a poco, de tal modo que la luz de sus antorchas se creció en medio de la noche. Entonces, el descubrimiento de Saga quedó a plena a vista. La visión contagió el semblante del Santo de Géminis a los de ellos; toda señal de calma desapareció, dejando paso a las dudas que crecían con rapidez en sus mentes.

—Es una cabeza—susurró Kanon, como si la mismísima noche pudiera escucharle—. Es una maldita cabeza.

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A pesar de haber advertido a Shura, y aunque estaba de regreso en casa, donde las cosas siempre se veían mejor, seguía sintiéndose preocupada. Sus chicos estaba en constantes problemas y ella cada vez se sentía más maniatada. No quedaba mucho camino por delante, pero muy seguramente eso no lo haría más fácil.

Athena llevaba pensando en ello por un largo rato, con la esperanza de llegar a una solución. Ahora, más que nunca, con los demonios desatados en el Olimpo, necesitaba respuestas. Nadie, sino ella misma, podría ayudarlos.

—¿Shion está en sus aposentos?—preguntó, cuando Herse le salió al paso.

—Así es, mi señora.

—Iré a verle. Asegúrate que nadie interrumpa. —Y, sin esperar respuesta, fue en busca del lemuriano.

El palacio donde vivía era enorme, con corredores que se entrecruzaban entre ellos y más habitaciones de las que pudiera necesitar. Sin embargo, para ella, perderse era imposible. Había pasado tanto tiempo ahí, que conocía el lugar como a la palma de su mano. Fue por eso que solo bastaron un par de minutos para que encontrara su destino.

Golpeó un par de veces a la puerta, antes de atreverse a abrir. Cuando lo hizo, lo primero que vio fueron los ojos rosáceos de Shion, atentos a ella.

—Has vuelto. —Le oyó decir.

—Tengo noticias… y también planes. Quizás debamos comenzar por el principio. —Shion la invitó a tomar asiento en el kliné de la habitación y jaló de un silla para sentarse frente a ella, no sin antes preparar un par de humeantes tazas de aquel té de olor dulce y sabor ligeramente amargo que sabía que tanto le gustaba. —Gracias. —Athena agradeció aquel gesto dando un sorbo a su bebida. —Fui al Olimpo por respuestas y encontré más de lo que buscaba. Ya sabíamos que Artemisa se encontraba detrás de la desaparición de Aioria y Ángelo, pero ha intervenido de nuevo… al menos lo ha intentado. No sé que ha sucedido con exactitud, pero ha tratado de matar a Aioria, borrando el último rastro de cosmos que la unía a él. La explosión de cosmos que hemos sentido antes, efectivamente, era mi cosmos; Apolo ha usado los medallones de los chicos para mantenerlo con vida. Por ahora, creo que se encuentra fuera de peligro.

—¿Apolo? ¿Cómo es que han llegado los medallones a él? —La pregunta de Shion era una que Athena compartía. Suspiró, pensando en que aquella era una explicación que no terminaba de entender ella misma.

—Aparentemente, los chicos hicieron un trato con él desde hace un tiempo y, hasta ahora, él no había encontrado el modo de honrar dicho pacto.

El modo en que el lemuriano la miró, hizo que comprendiera que estaba tan confundido como ella. Sin embargo, de poco servían las explicaciones a esas alturas. Resignada, más que satisfecha, subió los hombros y negó con la cabeza.

Humedeció sus labios con un trago de té, que pareció reconfortarla. No había ido en busca de su Patriarca para hablar del pasado, sino del futuro.

—Pero, ¿los chicos están bien?

—Eso creo. Debo ir a verles, sin embargo… —Hizo una pausa. —Quería hablarte primero. Hay algo importante que tenemos que discutir.

—Tú dirás. —Shion dejó su taza sobre la mesilla y se dispuso a escuchar.

—Cuando los chicos regresen, solo quedarán tres misiones por delante. Dos de ellas deberían ser relativamente sencillas, pero la tercera y última no lo será. Descender hasta la entrada del Inframundo será un pretexto de guerra para Hades. En un abrir y cerrar de ojos tendremos una guerra en nuestras manos… y será una que pelearemos en territorio enemigo.

—Hades siempre ha sido tu enemigo más acérrimo y peligroso, princesa.

—Esta vez no será la excepción. Y, lo que más me duele, es que estando tan cerca del final, alguno de los chicos pudiera perder la vida. No es una realidad que quisiera enfrentar, Shion.

—¿Qué es lo que tienes planeado?

Athena consideró con cuidado sus palabras. Caminaba justo en el borde de las reglas establecidas para aquella aventura. Jugaría un poco con ellas y las torcería hasta donde fuera necesario. Pero, visto que nadie estaba dispuesto a actuar con rectitud, ella también tendría que sacar ventajas de donde pudiera.

Para eso necesitaría de Shion. Ahora más que nunca, reconocía que haberle llevado hasta la Edad del Mito había sido un acierto.

—Tendremos que darles toda la ayuda que podamos, Shion; usaremos todos nuestros recursos, de ser necesario. Para eso, tendremos que comenzar a trabajar ahora. —Al peliverde, las palabras de su diosa le resultaron intrigantes, pero eso no significaba que fuera a apoyarla menos, sino lo contrario. —Nuestros Santos necesitarán protección… Necesitarán armaduras y armas hechas especialmente para ellos.

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Camus y Aioria, desde rincones diferentes, llevaban un rato mirando a Milo y especulando sobre lo sucedía en su cabeza. Ninguno se había animado a dar el primer paso para acercarse. Pero sí que habían notado que ambos tenían las mismas intenciones. De pronto, aquel intercambio de miradas se volvió un ir y venir de preguntas entre los dos, a pesar de que no estaban listos para avanzar.

Pero, cuando el Axios se vio forzado a encallar para protegerse de la incertidumbre de la noche, las oportunidades se dieron.

Milo fue el primero de los Santos en abandonar el barco. Descendió lo más rápido que pudo, tan pronto los marineros aseguraron el barco al islote donde habían decidido pasar la noche. Bogó un poco de agua, debido a su prisa, pero no pareció importarle. Todo lo que quería era buscar un sitio donde tenderse y dormir tan profundo como sus pesadillas les permitieran.

En cambio, Aioria y Camus fueron los últimos en descender. Contemplaron el escape de Milo en silencio, sin moverse y tratando de poner sus inquietudes en palabras. Al fin, tras un largo momento de meditación, los dos Santos pusieron manos a la obra.

—¿Vas a hablarle? —Camus preguntó primero. Como respuesta, Aioria asintió.

—¿Tú no?

—Quiero hacerlo.

—Vale. ¿Vienes? Dos son mejor que uno.

—Espero que tengas razón.

La falta de optimismo del francés no le emocionaba demasiado, pero si quería a alguien de cómplice en aquella misión, era precisamente a él. Todo el mundo sabía lo importante que era Camus en la vida del escorpión, así como el peso de sus juicios en su mente.

Aioria no hacía de menos la gran amistad que desarrollara con Milo a últimas fechas. Sabía que para el peliazul, un amigo era un tesoro que jamás dejaba ir. Por lo tanto, en retribución a esa relación, su deber era estar al lado de un amigo en problemas, a pesar de que éste se negara a hablar de lo sucedido durante aquella noche en Tracia.

Tomó una de las pieles con las que se cubrían y bajó del barco. Camus no se separó de él, ni él del acuarino.

Pasaron cerca de la gran hoguera que los marineros luchaban por encender, caminando hasta el fondo del playón, donde la vegetación comenzaba a volverse densa y donde Milo se había decidido a pasar la noche.

—¿Vas a dormir aquí? Está muy lejos de la hoguera y todo indica que ésta noche habá frío—dijo Aioria, tratando de mantenerse lejos del conflicto.

—Aquí no tengo que escuchar los ronquidos de nadie.

—Espero que no me estés acusando a mi.

—Nah, ¡que va! Si algo, tú ronroneas.

—¿Eso significa que puedo hacerme un hueco por aquí también?

—Como quieras, gato. No te quejes si te congelas.

—No entiendo el escándalo con el frío. El clima está bastante agradable—terció Camus, ganándose un par de miradas de reproche. Sin prestar mucha atención, encogió los hombros.

—Por supuesto que no entiendes. Has vivido en Siberia la mitad de tu vida—bufó Aioria. Milo asintió repetidamente.

—Exacto. En cambio, nosotros los griegos somos de sangre caliente.

—Sí, sí. Dejen de quejarse y cúbranse bien, o les dará una gripe.

—¡Ay! Extraño el café… y ni siquiera me gusta.

—Tranquilo, gato. Tranquilo.

—Estaré bien.

Milo se esforzó por corresponder por una sonrisa. Sin embargo, se sentía tan poco animado, que le costó mucho.

En alguien tan transparente como él, la falta de sinceridad resultó obvia. Y eran precisamente aquellas actitudes, poco propias en él, las que tenían a los Santos de Leo y Acuario en vilo. El peliazul era de las personas francas y abiertas, que solían expresar sus preocupaciones con palabras, en vez de tragárselas, hasta ahogarse en ellas.

—Hablando de eso… ¿tú cómo estás?—preguntó tímidamente el león—. Apenas has hablado en todo el viaje de regreso, y eso es mucho tiempo.

—No soy el único que calla.

—Cierto, pero usualmente eres aquel que no puede callar. Eres quien mantiene los ánimos arriba y trae un poco de normalidad, aún en tiempos turbulentos—Camus acotó.

El Santo de Escorpio escuchó en silencio, tomándose algunos segundos antes. Por fin, cuando lo hizo, solo chasqueó la lengua y apartó la mirada. La tristeza en sus ojos azules se hizo más notoria.

—Bicho, en verdad, estamos preocupados por ti.

—Estoy cansado. Realmente me siento agotado—musitó.

Y sus dos amigos sabían que se refería a algo más profundo que solo a la extenuación física.

Al igual que todos ellos, ese optimismo con el que se esforzaban en vivir, se iba apagando con las palizas que recibían día tras día, donde las heridas dolían mucho menos de lo que dolía el corazón.

Pero Milo jamás había sido como el resto de ellos. Milo se caracterizaba por ese optimismo sinfín que, a su manera, tiraba de los demás. Era el que siempre se robaba una sonrisa y el que siempre tenía una para obsequiar.

Usualmente era quien animaba al resto… y ahora, cuando la situación era al revés, todo se complicaba.

—Milo, escucha… —Camus exhaló. —Después de todo lo que ha sucedido, comprendemos que te sientas de este modo.

—Oye, Camus…

—Espera, que aún no he terminado. —A regañadientes, el escorpión guardó silencio. Aioria pudo notar que las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos azules. —Lo que quiero decir… lo que queremos decir, es que estamos aquí y que no estás solo. Esperamos que sepas que puedes confiar en nosotros.

—Para eso son los amigos. —El Santo de Leo se encargó de buscarle la mirada y de sonreírle. Juguetonamente, le revolvió la melena. Milo respondió con un manotazo sin mala intención.

—Me arruinas el pelo. El mar ya lo arruinó demasiado.

—¡Bah! Quejica. —Aioria sonrió, pero notó que Milo solo esbozó una mueca. No pudo sino sentirse desilusionado por no haber conseguido animarle. —¿Sabes? Cuando volvamos a Atenas, iremos de nuevo a la taberna, y beberemos tanto que todo esto parecerá una horrible pesadilla.

—Eso me gustaría.

—Claro que te gustaría, pero no es la solución adecuada.

—¡Camus! —Se quejaron los otros dos, cada cual a su modo. Pero el acuariano no se inmutó.

En nombre de Milo y de él, el león estaba a punto de iniciar una discusión con el Santo de Acuario cuando fueron interrumpidos. Algunos gritos se escucharon en el playón y la arena se levantó en un pequeño torbellino.

A pesar de la repentina sorpresa, ninguno de los Santos reaccionó ante aquella aparición como si se tratara de un ataque. No había ninguna energía agresiva surcando alrededor. Pero, en un instante, lo que sucedía frente a sus ojos tomó sentido. No habían errado; no se trataba de un enemigo quien se presentaba.

—Tenemos visitas—dijo Camus—. Por fin está aquí.

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Aretha apareció de la nada. Como siempre, llegó en medio de un torbellino que acaparó todas las miradas. El viento, al que ella misma había convocado, azuzó las llamas de la hoguera. La luz aumentó en medio las expresiones de sorpresa de los marineros, y volvió a la normalidad conforme las voces se acallaban.

Tan pronto, la euforia del momento terminó, la oscuridad de los ánimos volvió a hacerse tangible. Ninguno de los rostros alicaídos pasaron desapercibidos a la ninfa.

Tragó saliva, esperando lo peor. Por inercia, sus ojos buscaron por los Santos. Cuando los encontró, no pudo guardarse un suspiro. Temía lo peor; después de todo, los había perdido de vista por mucho tiempo. Sin embargo, su alivio por encontrarlos enteros no hizo que obviara los gestos pesarosos y el inquietante silencio.

—Hola. —Escuchó el saludo de Aioria y saludó a medias. En vista de las caras largas, no quería ser tan efusiva ni molesta. —Ha pasado mucho…

—¡Lo sé! ¿Están todos… bien?

—Es una larga historia.

—¿Qué ha pasado en Troya? ¿Tienes noticias? —Shaka intervino. El resto de los Santos se arremolinaron alrededor.

—Tenemos a Hipólita y también a Phineas. Las hemos llevado a Dardania, al palacio de Bemus, cerca del acantilado. Estarán seguras ahí hasta que el Axios llegue.

—Eso es excelente. ¿Alguien sabe de su huída o de su destino?

—En realidad… —El cuestionamiento de Mu la hizo dudar. —La misión hubiera sido imposible de conseguir para Talos y para mi. Así que hemos contado con la ayuda de un pequeño grupo de mercenarios. Iona nos ha recomendado…

—¿Iona? ¿Quién es ella?

—Es una buena amiga de Bemus. Es de confianza, Camus—aclaró Milo. No estaba seguro de que amiga fuera el término correcto, pero bastaba para describir la situación. Después, se cruzó de brazos y esperó por más respuestas. —Continúa.

—Ellos se encuentran con ella y Talos. Además de eso… —Lo que quedaba por confesar era más delicado y por lo tanto, se sentía intimidada. Se mordió los labios y buscó por Aioria. La pequeña sonrisa en los labios del león le dio ánimos. —Recibimos ayuda de un par de personas del palacio.

—Esto no me está gustando—gruñó Máscara Mortal—. ¿De quiénes se trata?

—La princesa, Mirra, y un Apolonio llamado Dymas.

—¡Por los dioses!—ladró el italiano. El resto de los chicos no estaban menos contrariados.

—Oye, Aretha—Aioria trató de alivianar la situación—, ¿estás segura de que podemos confiar en ellos? Es decir, se trata de la hija de Periandro y de un soldado de élite.

Y, a juzgar por el modo en que todos le observaban, el Santo de Leo había puesto el pensar de los demás en palabras.

Aretha se apartó las mechas rojas que le caían sobre el rostro. Se tomó un segundo para pensar, a pesar de estar muy segura de la respuesta. Pero no podía negar que los Santos estaban en su derecho de dudar y sus razones eran más que válidas. Ella también había sido recelosa al principio.

—Kanon confiaba en Mirra… y Dymas, creo que sus intenciones eran buenas. Además, ninguno de los dos sabe con certeza a donde nos dirigimos.

—¿Eso qué significa? —A todos sorprendió la repentina aparición de Bemus. Le abrieron paso para que se uniera a la reunión. —¿Troya sabe de nosotros? ¿Nos considera sus enemigos?

—No lo sé… no lo creo.

—Piénsalo bien. Lo que hagamos a partir de ahora, dependerá de eso. —La ninfa entendía lo mucho que su respuesta podría afectarlos a todos.

—No, no nos traicionarán—aseveró con firmeza—. Si lo hicieran, sus propias vidas estarían en peligro. Ninguno es tan estúpido como para caer de ese modo.

—¿Segura?

—Sí.

Bemus no tenía motivos para dudar de ella, pero realmente, fuera de la palabra de los Santos, tampoco tenía motivos para tenerle una fe indiscutible.

Sus ojos azules recorrieron los rostros de los chicos a su alrededor. Quería creer, quería ser capaz de cerrar los ojos y tomar su palabra. Pero, lo cierto era que estaba asustado. Desde el principio había previsto que habría vidas en peligro, muchas cosas malas podían suceder; la muerte ya les había tocado de cerca y dolía, aún dolía.

Pero, a diferencia de él, los Santos tenían un panorama más claro. Aunque encontró dejos de recelo en sus ojos, ni uno solo dudaba de la ninfa. Suspiró, reconociendo que, mientras ellos tuvieran definido el camino, nada podía hacer él.

—Bien. En tal caso, no deberíamos tener problemas. Sin embargo, lo último que quiero es pecar de descuidado—dijo el joven capitán—. Nos detendremos en Troya por provisiones, pero nadie ahí puede saber que ustedes viajan con nosotros.

—Suena bien, suena sensato.

—A la más mínima señal de problemas, nos largamos. —Y aunque sabía que no solo tenía el apoyo de Camus, sino también el del resto, eso no apaciguaba sus nervios.

—Nosotros esperaremos en Dardania.

—Ten cuidado, ¿quieres? Recuerda que de este lado del Gran Mar, Periandro tiene ojos y oídos en cada rincón.

—Esperaremos por ustedes.

Se dispuso a marcharse de vuelta al palacio, pero antes de que pudiera hacerlo, Aioria la tomó de la muñeca y la apartó un poco del resto. A Aretha le resultó curiosa su acción, más no puso resistencia. El Santo de Leo era un buen amigo y, lo que fuera que pasara con él, era de interés para ella.

Acapararon algunas miradas curiosas que para ellos pasaron desapercibidas. Cuando estuvieron lo suficientemente lejos para hablar a gusto y sin oídos extraños, el león le habló.

—Supongo que no sabes nada de los demás.

—No, lo siento…

—No lo hagas. —El castaño le sonrió. —Has hecho mucho por nosotros y no podríamos pedirte más. Solo preguntaba, porque ha pasado mucho y no tenemos noticias.

—Cuando estén de camino a Atenas, y todo se encuentre en orden, te prometo que iré en su búsqueda.

—Gracias. —Aretha le palmeó el hombro. Estaba preocupada por todos y cada uno de ellos; desde lo que estaban ahí con ella, hasta los que estaban al otro lado del mar, en Creta. —Hay algo más que quiero que sepas. Te lo he dicho antes y no voy a cansarme de repetírtelo.

—¿Qué es?

—Si las cosas se ponen mal, ponte a salvo. Tú eres más valiosa que cualquiera ahí, ¿entendido?

La ninfa le sonrió. Acarició su mejilla con los dedos y, sin nada más que decir, desapareció con la brisa del mar. Dardania esperaba por ella.

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Llevaba dentro de su pecho una rabia que la carcomía. Cada vez que pensaba en lo que le había sucedido, un nudo se formaba en su garganta y una punzada de dolor le hería el pecho. No solamente tenía el corazón roto, sino que también se sentía humillada. Todos se habían burlado de ella; se rieron en su cara, se mofaron de su desesperación y después le arrebataron toda esperanza.

Artemisa lloraba y la oscuridad se apoderaba de su alma. Ella, la reina que iluminaba la noche con su luz de plata, se apagaba en las tinieblas a las que combatía.

Por un breve tiempo, pensó que lo había logrado. Creía tener lo que siempre había deseado, lo que Apolo le negase años atrás. Pero, en realidad, todo había sido un espejismo que se disolvió con el viento. Fue una mentira que todos a su alrededor veían y que ella había creído.

Había sospechas, ¡por supuesto que las había! Conocía a Orión demasiado bien como para no reconocer sus cambios. Sin embargo, tenía un corazón terco, que negó con vehemencia las advertencias de su razón.

Fue por eso que, aquel último golpe de realidad, esa última ilusión le dolió tanto. Orión no solo se había marchado, sino que su ausencia, le convirtió en la burla de un hombre que jugó con ella y la hizo creer en un futuro perdido. Eso jamás iba a perdonárselo. Nunca podría olvidar que había cometido un error al escogerlo. Pero no iba a equivocarse de nuevo. Cada movimiento, a partir de ese instante, sería cuidadosamente medido, sin dejar margen de equivocación.

—Una mujer con el corazón roto es peligrosa. Pero una diosa… puede ser devastadora.

Escuchar aquella voz no le sorprendió; en realidad, esperaba por ella. Era cuestión de tiempo antes de que Hera se atreviera a aparecerse en el Templo de la Luna. La mujer tenía un olfato increíble para los problemas y las intrigas.

Artemisa no se movió, como si no quisiera prestarle atención. Pero, lo cierto era que escuchaba y tenía interés en sus palabras.

Su madrastra nunca había sido una buena mujer con ella. Desde el principio de los tiempos la maltrató y sobajó, acusándola de ser el fruto de una relación ilícita, de esas que tanto le gustaban a Zeus y que tantos hijos le habían dado. Ella no era la única; todos sus medio hermanos habían sufrido a manos de Hera. Sin embargo, por alguna razón, ella había sido la más vulnerable.

Pero ya no le tenía miedo. Los tiempos en que permitiese todas esas vejaciones, quedaron atrás. Ahora solo la miraba como a una más de las personas que le hicieron daño. Nada más.

—Muchas cosas han sucedido últimamente en este templo, Artemisa. —La oyó de nuevo. —El aire trae el hedor a amor, traición y venganza.

—Y nada de esto es asunto tuyo.

—No, claro que no. Pero nadie mejor que yo entiende lo que estás sintiendo.

—No creo que lo sepas.

—¿Quién mejor que yo para entender la traición de aquel a quien amas? ¿Quién sino yo conoce la humillación de ser expuesta ante el mundo por las aventuras de aquel que juró amarme? Sé lo que sientes y sé lo que deseas.

Mientras la contemplaba, Artemisa cayó en cuenta de algo sobre sí misma que la asombró: no había lágrimas corriendo en su rostro. A pesar de las palabras de Hera, del dolor que le quemaba por dentro, sus lágrimas se habían agotado.

Se hacía fuerte, o se hacía dura… no lo sabía con seguridad. Pero se alegraba de no tener más lágrimas que derramar. Nadie las merecía.

—¿Qué es lo que quieres? ¿A qué has venido?—preguntó a la diosa mayor.

—Vine a decirte que lo que sientes y deseas es correcto. —Porque para Hera, no había mejor premio que la venganza… y los enemigos de sus enemigos, siempre serían sus aliados. —Esa rabia que tienes por dentro, solo sanará cuando todos los que te dañaron hayan caído. Eso es lo que quieres, ¿cierto? Que sufran tanto como tú.

—¿Por qué te interesa tanto? ¿Es por Athena?

—Compartimos enemigos. Eso nos convierte en aliados durante esta guerra.—La diosa de la Luna guardó silencio, dispuesta a escuchar. Nunca se había visto trabajando al lado de Hera. Pero debía reconocer que tenerla de su lado era un gran avance. —Espetaste una vez, que la pequeña Palas había fijado los ojos en un hombre. Tuve dudas al respecto. Después de todo, es muy engreída para amar.

—¿Pero?

—Pero estabas en lo cierto. Athena ha renunciado a sus votos de virginidad por uno de sus Santos. Se ha enamorado y, como bien sabes, una mujer enamorada es una mujer débil.

—¿Qué estás diciendo?

—A ti te han negado al hombre que has querido. ¿Por qué ella habría de tenerlo?

La rubia retuvo la respiración. Las palabras de Hera revoloteaban en su cabeza y crecían, tomando cada vez más sentido. Tantas cosas se le negaron, que ahora no creía que nadie más mereciera lo que ella no podía tener.

Mas no se trataba solo de Athena. Ella le había fallado, sí; pero otro se había burlado de ella, y él también debía de pagar.

Entonces, los recuerdos vinieron a ella: la mujer en ese último sueño, la melena color fuego que lo tenía hipnotizado y esa despedida bajo la luz de la luna en las costas de Tracia que también había presenciado. Era a causa de ella que él le había roto el corazón. Era a ella a quien quería y por la que se había jugado todo. Era a ella a quien Artemisa envidiaba… y, por lo tanto, la primera que debería de caer.

Él la había hecho sufrir, pero ahora sería él quien sufriera. Si ella no podía tener al Santo, nadie más lo tendría.

-x-

Troya se había convertido en un polvorín. La ciudad entera estaba en alerta; el palacio estaba revuelto y el soberano, furioso como un dragón hambriento. Las primera cabezas ya habían rodado. Las doncellas de Phineas y los custodias de Hipólita fueron sentenciados a muerte y sus cabeza decoraban cruentamente las murallas de la ciudad. Pero el ego de Periandro no estaba satisfecho aún y su rabia seguía clamando por sangre.

No había un solo troyano o extranjero que no hubiera sido interrogado. Ninguna piedra había sido dejada sin levantar en la frenética búsqueda de las dos mujeres, pero los esfuerzos eran en vano.

Phineas e Hipólita parecían haberse desvanecido en el aire. Con la excepción de unos cuantos Apolonios muertos, las señales de su desaparición eran inexistentes. Los caminos ciegos terminaban en frustración para el rey, y dicha frustración comenzaba a enloquecerlo.

—¡¿Nada?!—rugió cuando escuchó los escuetos reportes de sus soldados—. ¡¿Vienen a mi sin nada?!

—Lo sentimos, Alteza. Pero no hay señales de ellas por ninguna parte.

—¡Es porque no están buscando bien! —Los hombres agacharon la cabeza y soportaron los gritos con estoicismo. —¡Quiero respuestas! Los inútiles no tiene cabida en mi ejército.

Su copa de vino voló hacia sus soldados. Apenas consiguieron moverse para evitar el golpe, por lo que la copa de plata cayó al piso. El tintineo del metal, en el silencio absoluto del salón, sonó como un cañón. Las miradas se agacharon, esquivando a la de rey. Sus ojos centellaban como si el fuego viviera en ellos; y ese fuego consumiría a aquel que se atreviera a retarle.

Dymas, a un costado del soberano, se concentró en los soldados. Imaginaba lo duro que sería estar en su lugar y, aunque no lo admitiera, temía a las consecuencias de sus acciones.

—¡Dymas! —Cuando Periandro ladró su nombre, luchó por mantener la compostura. —¿Dónde se encuentra el príncipe?

—Salió, Alteza. Bajó al pueblo con la Guardia Real.

—¡Lo quiero aquí de inmediato! Nunca di mi permiso para que abandonara el palacio.

—Da seguimiento a una pista, señor…

—¡Ve y tráele!—espetó a gritos.

—Alteza…

—Tranquilo, Dymas. —La voz del príncipe irrumpió en el caos del salón. Los ojos de la corte fueron en su búsqueda; Felipo y su séquito llegaban justo a tiempo. —La paciencia jamás ha sido una virtud de mi padre.

A pesar de tratarse de su hijo, la mirada del rey no se suavizó. Observó en silencio y con los dientes apretados, mientras Felipo se acercaba.

El príncipe iba a la cabeza del grupo. Dos filas, de tres Apolonios cada una, avanzaban tras de él. En medio de las líneas, un hombre viejo caminaba, encorvado y torpe, ridículamente contrastante con el porte de los soldados troyanos. Estaba aterrorizado; se notaba por el modo en que sus ojos iban y venían, buscando un apoyo que no iba a encontrar en el megaron.

—¿Has encontrado algo útil?—siseó el rey. Respetuoso, el heredero le obsequió una reverencia cuando se encontró a los pies del trono.

—Así es, padre. —Con un gesto de la mano, ordenó a sus soldado que acercaran al viejo. —Éste es Nicklas; es pescador y tiene su propia barca. —Notó el fastidio en el rostro de Periandro y decidió apresurarse. —Nicklas, acércate y dile al rey lo que me has contado. No omitas ningún detalle.

Torpemente, y con el pánico tatuado en el rostro, el pescador dio un paso hacia delante. Entrelazó las manos y jugueteó con sus dedos. La mandíbula le tembló cuando se decidió a hablar. Los ojos salvajes del rey no ayudaban a darle valor.

—Alteza… —Obsequió varias reverencias toscas. —Yo… tengo información de las dos mujeres que buscas. —El hecho de que Periandro se mostrara interesado le dio un poco de seguridad. —Hace unos días, un hombre se acercó a mi en el playa. Me ofreció algunas monedas de oro por llevarle a él y a sus amigos en mi barca. También ofreció algunas más, a cambio de silencio. ¡No sabía, mi señor! No sabía de quienes se trataba. Dijo que esperara al alba para que ellos llegaran.

—¿De quién se trata?

—No le conozco, pero sus compañeros se dirigían a él por el nombre de Julius. Además de él, habían dos hombres extranjeros y un troyano. Creo que eran mercenarios.

—¿Las mujeres iban con él?

—Una mujer ciega y otra, que lucía enferma. Iban custodiadas por una vieja, que parecía curandera, una mujer joven y otra más, que sonaba como griega, pero no lucía como tal.

—Hemos investigado acerca de los mercenarios que han sido vistos en la ciudad. Creemos saber de quien se trata y…

—Eso no me importa por ahora, Felipo. Podré verles a la cara cuando sus cabezas cuelguen de las picas—terció el rey. Una mueca de oscura satisfacción le iluminó el rostros. —Lo que quiero saber es, ¿a dónde los has llevado?

Nicklas dudó en responderle. Tenía un ubicación probable, pero no exacta. Si fallaba en su respuesta, tan pronto el rey supiera de su error, le cortaría la cabeza.

Leyendo sus dudas, el príncipe le animó a continuar. Si el pescador no hablaba, Periandro tomaría su silencio como una mala señal: fuera por la paranoia y su incesante búsqueda de traición, o quizás lo tomaría como un engaño. Cualquiera que fuera, eran peores noticias para el viejo.

—Fuimos a Dardania, Alteza—dijo por fin—; a las afueras de la ciudad.

—¿Dónde? Sé exacto.

—Cerca del último acantilado, antes de la bahía de Dardania… donde está el palacio de la lechuza. —Se apresuró a responder.

—¿El palacio de la lechuza?

—Conoces el sitio, padre—terció Felipo—. Es el palacio de Bemus.

El nombre puso en alerta al soberano. Su mente sacó rápidamente conclusiones y, en un abrir y cerrar de ojos, todo cobró sentido.

—¿El ateniense? —Su hijo asintió. —Esto no es una coincidencia. —Y, si antes estaba furioso, ahora lo estaba más. La sangre le hervía, pues se sentía burlado. Profanaron su palacio y pagarían por ello. —Prepara a tus hombres, Felipo. Irás por ellos.

-Continuará…-

NdA: ¡Sorpresa! Soy yo, de nuevo.

Quisiera (y hago énfasis en "quisiera") poder actualizar al menos un capítulo más antes de que éste año termine. Sé que he estado fatal en mis actualizaciones en el último par de años, así que me gustaría compensar un poquito toda mi ausencia, aprovechando que me va bien en el tema de inspiración por ahora.

Por lo pronto, me he sentido genial escribiendo en estos días y esas son buenas noticias. Creo que se ha notado en la frecuencia de mis actualizaciones.

Ojala pueda continuar así, pero no hago promesas. Ando un poco distraída enredando en otros fandoms, pero hasta ahora no ha afectado mi capacidad para continuar con este fic. Por lo pronto, estoy feliz de haber sido capaz de postear un capítulo nuevo con tanta presteza (3 semanas entre cada uno, ¡hurra!).

Como ya saben, ¡me encanta recibir comentarios! Por eso mismo, no me canso de agradecer a quienes me obsequian algunas palabras. Chicos, chicas, ¡gracias por la motivación! Esta vez quiero dar mis más sinceras gracias a Artemiss90, Mariana Elias, Liluz de Géminis, kennardaillard, LadyMadalla-Selene, itatechi98, Sabaku no judith, Safo de Lesbos, Kaito Hatake Uchiha, melina, Ceci, PotterMayCry, Guest, Jabed, Damis, LinSaintSeiya, Guest, Amazona de PISCIS, Sagitarius, O-Mac y Cristian. ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias!

Les recuerdo que a aquellos que tienen cuenta, les llegará el reply a su review al correo electrónico, y a quienes comentan sin cuenta, pueden leer la respuesta en mi profile.

También sigo animando a aquellos lectores fantasmitas a que se animen a dar alguna señal de vida ;) No muerdo, ni comentar duele.

Y, ya por último, pero no menos importante, ¡el fic alcanzó más de 1400 reviews y superó los 200 favs! Que locura tan fabulosa :) No tengo palabras suficientes para agradecer esta increíble recepción a la historia. ¡Son una maravilla!

Así que me despido ya, hasta la siguiente actualización. Disfruten el capítulo y no se olviden de comentar, ¿eh?

Sunrise Spirit