Capítulo 67
Olor a sangre
—No es la cabeza de un niño. Es de una mujer.
Saga acotó lo que a primera vista hubiera sido obvio, pero que a causa de la oscuridad se volvía difícil de distinguir. En lo que a él respectaba, era una noticia lo suficientemente buena… o al menos, una esperanza de buenas nuevas. Nunca había sido un tipo optimista y estaba lejos de empezar a serlo en aquel punto.
—Sí, sí. Solo es una cabeza sin cuerpo. Eso debería tranquilizarnos. —El sarcasmo en la voz de su gemelo hizo que Saga arrugara el ceño.
—¿Significa que Asterion puede estar vivo?—terció Shura, al notar aquel intercambio de miradas tensas entre los peliazules.
—Podría.
—Pero tal vez deberíamos tomar las cosas con calma, Aldebarán. Observen. —Dohko estaba agachado frente la cabeza amputada. La luz de las improvisadas teas le daba claridad. La había inspeccionado con cuidado, tratando de no dejar pasar detalle alguno. Creía tener una idea de lo que había sucedido con aquella pobre mujer. —El corte sobre la garganta es limpio, hecho con algo filoso. Pero conforme la herida avanza hacia la parte de atrás del cuello, las marcas de decapitación se vuelven menos precisas.
Los chicos escucharon el Santo de Libra con atención. De vez en vez, intercambiaron miradas entre ellos y también otearon a su alrededor. El bosque estaba hundido en un profundo silencio que lo hacía sentir especialmente sombrío.
Shura fue el primero en agacharse junto a Dohko para mirar más de cerca. No se atrevió a tocar nada, pero trató de enfocarse en las acotaciones del chino.
—Alguien le cortó el cuello y después, los animales se encargaron de terminar de separar la cabeza del cuerpo. ¿Es eso lo que dices?—cuestionó el español.
—Sí.
—Pues, a menos que los lobos hayan aprendido a usar espadas o dagas, hablamos de un asesinato entre humanos.
—Eres todo un genio, Kanon—masculló Saga. El comentario mordaz arrancó un gruñido del gemelo menor.
—Las ropas que encontramos río arriba debieron pertenecerle. Solían ser túnicas finas y costosas. —Aldebarán acotó. —Es posible que estemos hablando de la nodriza del príncipe.
—Es joven para serlo—terció Dohko. Aldebarán se encogió de hombros y replicó.
—Pudo ser simplemente una doncella dedicada a su servicio.
—Pero… —Shura se incorporó. Resopló y humedeció sus labios mientras ponía en orden sus ideas. —El Ícaro que Aioros describió, no me parece el tipo de chico que ocasionaría esta masacre. ¿Por qué asesinar a la mujer que podría ayudarlo a mantener al niño a salvo? No tiene sentido.
La breve reflexión de Shura les puso a pensar. Ninguno conocía a Ícaro de primera mano, sino que solo habían escuchado de él a través del arquero.
Aioros le había descrito como un chico soñador, trabajador y repleto de buenas intenciones. Ciertamente sus decisiones eran impulsivas y quizás podía pecar de impetuoso. Pero el jovencillo deseaba salvarse de una vida de esclavitud a través de un acto de heroísmo… no de un baño de sangre.
—Maldición, cabra—gruñó Kanon de nuevo. No era el único que estaba pensando en el escenario más oscuro.
—¿Qué? Yo no quería…
—No, has hecho bien. Creo que estás en lo cierto.
—Si es así, sabes lo que eso significa, ¿cierto, Roshi?
El chino asintió ante la pregunta de Aldebarán. Se puso de pie con lentitud y levantó el rostro para mirar a su alrededor.
La noche convertía al bosque en un vacío sin fín, en una cueva de misterios. Pero, en medio de la oscuridad, en algún punto desconocido, había alguien más con ellos, oculto en el follaje… alguien que iba tras lo mismo que ellos y que no iba a detenerse, aún si tenía que asesinar para obtenerlo.
-x-
Suhaila abandonó la habitación de invitados con una mueca de contrariedad. Al salir, se encontró de frente con su señora y alcanzó, a duras, a obsequiarle una reverencia. Iona le sonrió, con esas sonrisas enigmáticas que siempre esbozaba. Después, permanecieron en silencio durante algunos segundos, en los que Iona inspeccionó la bandeja repleta de comida sin tocar.
—¿Sigue sin probar bocado?—preguntó a Suhaila.
—Nada, mi señora. Le he traído cuanto se me ha ocurrido, pero se niega a probar nada. Lo lamento.
—No es culpa tuya. Has hecho lo que has podido. Deja las bandejas aquí cerca, que yo entraré a verla.
La mujer hizo como le fue ordenado y, tan solo un instante más tarde, desapareció de ahí. Iona suspiró al encontrarse sola, frente aquella puerta que se sentía como una muralla entre ella y la Reina Amazona. No se sentía especialmente emocionada de ir a su encuentro, pero tampoco tenía ningún sentido retrasar lo inevitable.
Acomodó su cabellera oscura y recopiló toda la paciencia que poseía para enfrentar a Hipólita.
Golpeó un par de veces a la puerta, solo para anunciar su entrada, no para pedir permiso. Sin esperar respuesta, abrió y entró. Trató de lucir distante y altiva, como la anfitriona que le daba la bienvenida a su palacio. Si se mostraba sumisa, o daba señales de debilidad, Hipólita jamás iba a respetarla. Eran dos mujeres, con ocupaciones completamente opuestas, pero cada cual poderosa a su manera.
—Me han dicho que has rechazado cada muestra de hospitalidad de mi parte—dijo tan pronto se encontró dentro—. Algunas personas podrían considerarlo ofensivo.
—Dudó que tu hospitalidad hacia mí sea sincera.
—Te he recibido en mi casa y te he ofrecido lo que tengo. No necesitas saber más.
—Soy una prisionera, no una invitada. Ni tú, ni yo, deberíamos confundirnos.
—¿Confundirnos? —La hetaira esbozó una sonrisa discreta e inteligente. —No podría decirte. Nunca antes tuve un prisionero… al menos ninguno que estuviera en contra de su voluntad.
—Yo no estoy aquí por voluntad propia. Si tanto te jactas de considerarme tu invitada, déjame ir.
—Eso no depende de mi. —Levantó la mirada y se encontró con los ojos azules de Julius, quien servía de custodio en turno para la Reina.
La rabia ensombreció los ojos de la Amazona y coloreó sus mejillas. Muy en el fondo, en un rincón oscuro de su corazón, Iona comprendía el dolor de una orgullosa mujer herida. Pero después, cuando compartía esa rabia, su razón le susurraba que Hipólita cosechaba lo que había sembrado y dejaba a un lado la empatía.
Por el momento, su misión era mantenerla a salvo hasta que Bemus volviera a casa, acompañado de esos misteriosos hombres de los que tanto se hablaba. Él se la había confiado y a Iona le gustaba honrar su confianza.
—Estás muy débil—continuó—. Si quieres recuperar tus fuerzas, debes comer. Aquí no hablamos de pan duro y agua. Aquí podrás tener lo que desees. Solo pídelo.
Y sabía que, si algo deseaba la Reina era volver a ponerse en pie. Podía ser una mujer caprichosa y humillada, pero jamás dejaría de ser una fiera salvaje en busca de libertad. La promesa de una recuperación rápida era todo lo que podía ofrecerle y confiaba en que la tomaría.
Cuando la vio levantar la mirada, supo que la había tentado lo suficiente. Pero la Amazona era orgullosa y nunca pediría nada a nadie.
—Pediré que traigan de regreso la musaca. Estoy segura de que te agradará.
-x-
El amanecer los pilló sin que ninguno hubiera tenido oportunidad de pegar ojo. La noche había sido agitada, por decir lo menos. Los macabros descubrimientos tenían a todos en alerta y con los oscuros augurios sobre ellos, la tensión se disparaba. Para colmo de males, la lluvia había comenzado antes del alba, disminuyendo drásticamente la temperatura, dejándolos en medio de un frío inmisericorde.
Así que, tan pronto hubo claridad suficiente para continuar el viaje, montaron sobre sus caballos y retomaron el andar. Todavía quedaba un buen tramo del camino hasta donde el príncipe había sido abandonado.
—Si la lluvia continua así, cruzar la montaña a caballo va a ser imposible—ladró Kanon. Con su mala suerte, su yegua resbalaría y ambos se despeñarían.
—Pues cruzaremos a pie. Rodearla es imposible.
—¿Y si el niño no está ahí? Quién sea que cortó el cuello de la mujer, bien podría haberse quedado con él. ¿Lo has pensando, Dohko?
—Estoy seguro de que todos lo pensamos, Kanon. Pero el hecho de que no hayamos descubierto su cadáver, a pesar de la extensa búsqueda, me hace pensar que tenemos esperanzas.
—Vale, pero si llegamos y descubrimos que se lo han comido los lobos…
—¿Podrías callarte?—terció Saga. Su gemelo le respondió con un gruñido.
—Tal vez deberías ser más optimista…—añadió Aldebarán, casi con timidez.
—Sería más optimista si no estuviera mojado y congelado.
—No eres el único.
—Tampoco soy el único con malhumor, ¿no, Saga?
La expresión con la que Saga correspondió a la ironía de su hermano acaparó miradas. Solamente Kanon pareció ignorar aquel gesto de hastío y sonreía, satisfecho con haberlo sacado de quicio.
Dohko se sopló el flequillo. Miró de reojo hacia el par de peliazules y giró los ojos al reparar en las expresiones de ambos.
Al menos el camino era entretenido. Las tonterías de Kanon aligeraban el ambiente y hacían que los minutos transcurrieran más rápido. También quería pensar que, si Ícaro andaba por ahí, quizás la voz de Kanon podría llevarle hasta ellos. Pero, en contra, su voz retumbaba en el bosque como un martillo. Si, tal como pensaba, tenían compañía, tanto parloteo los ponía en el ojo del huracán.
—¿Crees que podamos regresar a tiempo? —La pregunta de Shura le tomó desprevenido.
—Quiero pensar que sí.
—Y…. ¿crees que la reina cumplirá su promesa?
—No lo sé. Eso me preocupa un poco más.
—Espero que Aioros esté bien—musitó el español.
—Con suerte hará gala de esa prudencia que no ha mostrado últimamente—añadió el chino—; con suerte mantendrá la boca cerrada y la cabeza en su sitio.
Sus palabras dejaron meditativo a Shura. De pronto, reparó en que las conversaciones se apagaron y todo el grupo avanzaba en silencio.
Sin voces que los opacaran, los sonidos del bosque cobraban vida. El tintineo de la llovizna que caía sobre la hojarasca era el principal protagonista. El agua mantenía a las bestias escondidas; sus madrigueras eran cómodas y tibias, en comparación con el clima inclemente.
La calma alrededor de los Santos era densa y pesada. Hasta los caballos andaban con pesadez. Pero fueron precisamente ellos, los que permitieron que Dohko cayera en cuenta de algo importante.
—Alto—ordenó de pronto.
—¿Qué pasa? —Saga le cuestionó.
—Silencio. —Lo tajante de su respuesta consiguió que Saga se respingara. —Silencio todos. Escuchen con atención.
—¿Escuchar qué?—susurró Kanon. Nadie le contestó.
Tal como Dohko había ordenado, permanecieron en silencio. Los ruidos de la naturaleza se intensificaron en medio de la calma. Todo se escuchaba lúgubre, como el clima, pero nada resultaba sospechoso, ni fuera de sitio.
Sin embargo, el Santo de Libra no se sentía satisfecho. Algo sucedía, aunque desconocía con claridad de que se trataba.
—Dohko, ¿qué se supone que buscamos? —Shura preguntó con recelo, como si temiera quedar en ridículo por no poder escuchar algo que los demás sí.
—Creo que nos siguen.
—¿Cómo lo sabes?
—Las orejas de los caballos—respondió con contundencia—. Están en alerta.
—¿Cómo demonios…? —Kanon era observador, pero lo de Dokho era superlativo.
—Hay que estar más atento, Kanon. Ahora, calla e intenta ayudar.
A regañadientes, el gemelo hizo como el chino ordenó. Un poquito de paranoia surgió en su cabeza. Después de todo, el blanco de cualquier acción sospechosa siempre eran ellos. Así que, ahí parados en medio de la nada, eran un magnífico cebo para su cazador.
De pronto, el caballo de Aldebarán se inquietó. Bufó con fuerza y movió la cabeza hacia arriba y abajo, mientras sus cascos golpeaban el suelo con nerviosismo. La ansiedad se contagió rápidamente a las demás monturas. A los Santos les costó trabajo controlarlos y mantenerse atentos a la vez.
—Creo que pronto sabremos quien nos sigue. —El corcel de Saga giró en círculo y permitió al gemelo observar por completo a su alrededor.
El crujido de la hojarasca se volvió más y más fuerte, delatando los pasos que iban en dirección a ellos. La lluvia arreció en aquel instante e hizo más difícil seguir el rastro.
Entonces, entre las ramas que colgaban a causa del exceso de agua, alcanzaron a distinguir algo. Se movía en la oscuridad del denso follaje. Las hojas crujían a su paso y las ramas se quebraban. Empezó como una sombra lejana, pero poco a poco fue tomando forma, hasta que sus ojos consiguieron ver con claridad.
—Es un jinete—musitó Aldebarán.
—Pero… ¿es un soldado?
—No estoy… seguro. —Shura respondió a la pregunta de Saga. —No creo que lo sea.
Y lo cierto era que no lo parecía. El corcel que llevaba era una bestia vieja y desgarbada. Se notaba en lo lento y torpe de su andar, así como en la postura cansada del pobre animal. El hombre que llevaba encima iba fuertemente cubierto por una capa, con la esperanza de protegerse de la tormenta. Era difícil distinguir sus facciones desde la distancia, pero era corto de talla. Montaba a pelo, lo cual indicaba un origen humilde y también dejaba al descubierto su falta de armas o equipo de batalla.
Las posibilidades de que se hubieran topado con un guerrero se hacían más pequeñas conforme la distancia se acortaba. Por fin, el desconocido estuvo lo suficientemente cerca como para ser reconocido.
—¡Ícaro!—exclamó Shura. La tensión que el español llevaba en el pecho, ahogándole, escapó de golpe, dejándole sin aliento.
—¿Éste es Ícaro? —Kanon cuestionó. La había imaginado muy diferente y, si debía decirlo, se sentía ligeramente decepcionado.
—Gracias a los dioses—musitó el jovencito—. Por un momento tuve miedo que se tratara de los soldados.
—¿Soldados? —Dohko quiso saber.
—Vinieron detrás de mi. Asesinaron a la nodriza del príncipe y después trataron de alcanzarnos, pero…
—Un momento—interrumpió Saga. El chico calló y buscó por la mirada dura del Santo. —¿Alcanzarles? En plural. —Las miradas de los demás Santos fueron del geminiano, a centrarse en la respuesta del chico, con un interés enorme, fuera de límite. —¿Encontraste al niño?
Los ojos grises de Ícaro parecían brillar en la oscuridad de aquel día nublado. La atención que caía sobre él le ponía nervioso. Sin embargo, ahora su supervivencia dependía de ellos. Por muy imponentes que fueran, y aunque algunas de sus miradas le asustaban un poco, tenía que confiar en ellos.
Agachó la mirada y descubrió su capa por el frente. Acurrucado contra él, protegido del frío y huyendo de la lluvia, Asterion dormía profundamente.
-x-
Una gran parvada de gaviotas revoloteaban por encima de los muros de Troya. El cielo estaba nublado y la mar revuelta. Por momentos, el astro rey conseguía vencer a las nubes y regalaba largos y preciados momentos de calor a los hombres. Después de todo, se trataba ya de aquella época del año en la que la temporada de navegación alcanzaba el final de su ciclo, con la llegada del invierno. El viento soplaba con furia y eso hacía que la presencia de las aves fuera tan inusual. En días como aquel, buscaban refugio contra el mal tiempo. Su presencia era un mal presagio, rezarían los viejos.
En cambio, para los remeros, días así eran un placer. Las velas hacían el trabajo por ellos y el barco surcaba el Mar con maestría. Había tiempo para descansar los brazos y permitir que las ampollas sanaran. Tal era el caso de los bogadores del Axios.
Las velas con la gran lechuza rugían con la fuerza del aire. El navío rompía las olas y cruzaba el mar, como si flotara en el aire. A toda velocidad, abandonó el estrecho que llevaba al Mar Oscuro, de tal modo que el Gran Mar se abrió frente a los ojos de la tripulación. Muy a lo lejos, cual agujas que apuntaban al cielo, las torres doradas de Troya aparecían en el horizonte. Con ayuda de Eolo, tomaría tan solo un par de horas más, antes de que alcanzaran su destino.
El tiempo pasó volando, y pronto, la bahía de Troya quedó a su alcance. El puerto estaba abarrotado. Todos los barcos mercantes de la Ciudad Dorada volvían a casa en busca de refugio para el invierno.
—Será un problema encontrar un sitio para encallar—gruñó Talal. Incluso un gran navegante como él, tendría que ingeniárselas para luchar por un tramo de arena donde el Axios pudiera afianzarse.
—Haz lo que puedas. De ser necesario, anclaremos lejos de la orilla y mandaremos balsas con algunos hombres por las provisiones.
El marinero asintió ante la orden de su capitán y se concentró en su misión. A su lado, Huesos Flacos observaba con atención cada maniobra.
La muerte de Ophelos aún le cimbraba y aún lloraba hasta dormirse por las noches. Sin embargo, se había propuesto usar la memoria del viejo como motivación. A Ophelos le hubiera encantado verlo convertido en un gran marinero y sanador. A su manera, Huesos Flacos querían honrarle así: convirtiéndose en lo que Ophelos esperaba de él.
Por eso prestaba atención a cada movimiento de Talal. Nadie mejor que él para aprender.
También se había preocupado por observar sus alrededores. Ophelos le había enseñado a fijarse en cada detalle, por mínimo que fuera. Siempre estaba atento, pues aquello podría marcar la diferencia entre vivir o morir.
—Estás muy callado. —Escuchó al africano. —¿Te sucede algo?
—No, nada. —Se apresuró a contestar. —Solo observaba.
—¿Qué ves? —El chico apuntó hacia lo alto del acantilado que resguardaba el flanco norte de la bahía.
—Las vigías—dijo. La mirada de Talal se desvió en busca de lo que Huesos Flacos le mostraba. —Cuando desembocamos en el Gran Mar, la luz en la primera torre estaba apagada. Pero está encendida ahora, al igual que todas las demás de camino aquí… y las torres del palacio también lo están.
Talal recorrió con los ojos el camino de atalayas que delineaban el acantilado. Cierto era que, hasta ese momento, no había reparado en aquel detalle. Pero, aunque no quería pecar de negativo ni paranoico, si Huesos Flacos estaba en lo cierto, podría ser una mala señal para ellos. Ahora tenía un mal presentimiento.
Sus temores se agravaron cuando las campanas de alerta empezaron a repicar. Fue una corazonada, pero tenía la impresión de que algo iba terriblemente mal.
—Encuentra a Bemus ahora—ordenó a Endré.
—Pero…
—¡Ve! —La orden fue tan contundente que el joven no tuvo más remedio que correr a tropezones en busca del capitán.
Resbaló cuando el navío giró violentamente. Estuvo a punto de caer, pero sus reflejos le mantuvieron en pie. Un grito colectivo recorrió toda la cubierta. Se escuchó el crujido de un par de remos que chocaron y se rompieron. Las miradas, sin ninguna excepción fueron en busca del navegante.
Pero Talal simplemente no presto atención. Tenía sus propias preocupaciones y, por lo tanto, carecía de tiempo para distraerse.
Sabía que tenían el tiempo contado. Debían abandonar la bahía antes de que fuera muy tarde. El plan se desmoronaba ante sus ojos y, hasta entonces, ni siquiera habían notado los problemas que tenían encima.
—¡¿Qué está pasando?!—bramó Bemus cuando por fin apareció.
—Las atalayas—acotó el africano. Los ojos azules del joven marino buscaron por ellas. —Y las campanas…
El repiqueteó de las torres de la muralla sonó en sus oídos desde la lejanía. Apenas podía escucharlas por encima del murmullo del viento y el sonido del agua que rompía contra el Axios. Pero mientras más atención aprestaba, más podía escucharlas, como un grito de traición. Pronto, el ruido fue aplacado por los propios latidos de su corazón que se revolvía dentro de su pecho.
Corrió hacia la baranda del barco y oteó en la orilla atestada. No había señales de piratas, ni de enemigos en la costa troyana.
Cuando alcanzó a distinguir las maniobras de los trirremes troyanos para abandonar la bahía, supo que su objetivo no era otro más que ellos. Un escalofrío recorrió su cuerpo, mientras la sangre fría del guerrero que alguna vez fue, despertaba. Tenían el tiempo contado y debían actuar pronto, o caerían.
—¡Preparen maniobras evasivas!—exclamó—. ¡Bogadores, a sus puestos! ¡Los quiero a todos en los remos, ahora! ¡Suelten todas la velas! —Se aseguró de cada hombre tomara su puesto en las líneas de remos y, después, volvió a toda prisa hacia Talal. —Sácanos de aquí—susurró.
El semblante del gigante se agravó, mientras sus manos sujetaban con firmeza el timón. La brisa del Mediterráneo golpeaba contras la velas, haciéndolas tronar; los remos golpeaban contra el mar, hundiéndose y emergiéndose a la vez, y el Axios parecía volar por la bahía.
Pero los barcos mercantes como él, eran grandes y pesados, y poco podían competir en velocidad contra las galeras de guerra. Los trirremes eran considerablemente más pequeños, pero su triple fila de remos los proveía de una rapidez que pocas naves podían igualar. El Axios, con toda su majestuosidad y con su tripulación altamente entrenada, estaba en desventaja.
—Nos alejamos de Troya. —Mu interceptó a Bemus. El resto de los Santos iba con él. —¿Qué está sucediendo?
—Hemos sido descubiertos. —El ateniense apuntó a las galeras de guerra que habían roto las abarrotadas líneas de barcos cerca del puerto y se adentraban en mar abierto. —Los troyanos vienen tras nosotros. Si no abandonamos la bahía antes de que nos cierren el paso, estaremos atrapados.
La bahía de la que hablaban era un gran tramo de agua, envuelto en dos brazos de tierra, cuya única salida era una brecha, de no más de un kilómetro, que la unía con el Gran Mar.
Había un par de torres de vigía apostadas en cada extremo de la entrada. Troya era la Ciudad Dorada por una razón: debía su prestigio a la enorme cantidad de comerciantes que llegaban a la ciudad desde los rincones más lejanos del mundo. Era un sitio cosmopolita, donde el oro se movía en libertad y nunca escaseaba. Por eso mismo, los reyes troyanos nunca habían escatimado en seguridad. Troya era una ciudad blindada cuando quería serlo.
—Esto es una trampa—siseó Máscara Mortal. Llevó su mirada hacia las vigías que quedaban por superar. —Si llegamos hasta la boca de la bahía, nos atacarán por arriba.
—No será mucho mejor si los trirremes nos alcanzan. —Bemus le dijo.
Los barcos de guerra rompía las olas con rapidez. El viento soplaba a su favor y los convertía en saetas que iban en busca de su víctima.
Una docena de galeras con el corcel rampante dibujado en sus velas iban tras de ellos; más de cien remos en cada una, apuntalando a toda potencia contra el mar. Se habían dispersado para atacar al Axios por detrás y por los flancos. Los arqueros troyanos se habían posicionado para empezar el ataque. Tan pronto la distancia entre ellos y la nave enemiga fuera prudente, una lluvia de flechas caería encima de los bogadores atenienses. Mientras menos manos disponibles hubiera para remar, más fácil sería que cayeran.
Aioria evaluó la situación con cuidado. Sus ojos iban y venían, analizando cada factor a favor y en contra de ellos. Bemus tenía razón en preocuparse. Las posibilidades de salir enteros eran cada vez menores.
—¡Vamos! ¡Vamos! ¡Se acercan! —Oyó a Talal urgiendo a los remadores y su voz le sacó de sus pensamientos. Miró hacia los trirremes y notó que quedaba un corto trecho antes de que las saetas troyanas volaran hacia ellos. La salida hacia el Gran Mar aún estaba lejos de su alcance. —No llegaremos. —Le escuchó musitar.
—Llegaremos—afirmó el león—. Mantén el navío en rumbo y no te preocupes de nada más. Tengo una idea.
-x-
Kozma era la viva imagen de la fascinación cada vez que contemplaba a Bor. El gigante cimero, sin embargo, estaba menos que entusiasmado con su nuevo admirador. No era que le desagradasen los niños, sino lo contrario. Pero estaba seguro de que si Julius lo pillaba perdiendo el tiempo con el mocoso, le tocaría regaño y eso era lo último que deseaba.
Así que, mientras hacía guardia, apostado en la torre más alta de los muros que rodeaban el palacete, se esforzaba por ignorar al pequeño pelirrojo.
El niño se había cansado de hacerle plática, sin mucho éxito. Incluso intentó que el cimero jugara a las espadas con él, pero tras un serie infinita de intercambio de golpes con su arma de madera, todos detenidos con extrema facilidad por el mercenario, se aburrió y dejó de intentarlo. Así que enfurruñado, pero no menos fascinado, acampó junto al guerrero.
—Deberías ir abajo, a donde Iona—dijo Bor. El chico, ofendido por la solicitud, giró el rostro en dirección opuesta a él.
—No quiero.
—El día está horrible. Pronto comenzará a llover y terminarás mojado.
—No me importa.
—Te importará cuando te enfermes—al oírlo el niño volvió la mirada él, con rebeldía—, y tengas que beber ese asqueroso remedio a base de hierbas. —La sola idea, hizo que Kozma arrugara la nariz con desagrado. —Entonces, te enfermarás más al vomitarlo.
—Eres muy asqueroso.
—Y tú eres terco.
—Soy valiente y dije que no quiero bajar.
Fue así como Bor se agotó de reñirle. Derrotado por un mocoso de menos de la mitad de su tamaño, se cruzó de brazos y ajustó su capa, con la esperanza de que el viento dejara de tirar de ella.
Satisfecho consigo mismo, Kozma sonrió. Sus ojos verdes, vivarachos, se iluminaron ante la victoria. Pero la sonrisa no le duró mucho en los labios. Sintió pánico cuando vio cómo el rostro del mercenario se ensombrecía y se ponía de pie con un brinco. Por un segundo, su mente infantil le hizo pensar que el hombre se lanzaba en su contra, mas estaba equivocado.
Los ojos de Bor se fijaron en la distancia, en la línea del horizonte, donde una nube de polvo se levantaba por encima del camino. Era un nubarrón denso y grande, que presagiaba problemas.
Había peleado demasiadas batallas como para no saber que, aquella neblina de polvo significaba caballos… muchos caballos. Un ejército.
Apretó los dientes, a sabiendas del peligro que se acercaba a ellos a toda prisa. Todo indicaba que la paranoia de Julius no había sido en vano. Agradecía que al menos hubiera sido prevenido. Pero lo importante era dar la alarma pronto y blindar el palacio, para lo poco o mucho que pudiera servir.
Sin pensarlo dos veces, tomó al niño bajo uno de sus brazos y descendió de la torre tan rápido como pudo.
—¡Oye! ¡Te dije que no quería bajar! —Pataleó el niño.
—¡Cierra la boca!
—¡Pero…!
—¡Calla! —Llegó al patio y cruzó el palacio a toda prisa, con el niño peleando entre sus brazos. —¡Julius! ¡Iona!—gritó tan fuerte como pudo. Ninguno de los dos apareció, pero Malkram, Xantipa y Talos se cruzaron en su camino, al escuchar el escándalo.
—¿Qué pasa contigo? —La mujer le ladró.
—Tenemos problemas—aseveró. Después, un sinfín de maldiciones en su lengua madre escaparon de sus labios, acalladas por los gritos del pequeño que llevaba sujeto. Se recompuso al notar los rostros cada vez más preocupados de sus compañeros. —Caballos, a la distancia. Vienen hacia aquí—dijo—. Creo que son soldados… y estoy seguro de que pertenecen a Troya.
Malkram se quedó de una pieza, mientras que Talos y Xantipa intercambiaron miradas antes de correr en dirección al patio, donde esperaban corroborar las observaciones de Bor. Unos segundos después, el más joven reaccionó y fue tras ellos.
—¡Avisaré a Julius! —Bor les gritó mientras los veía marchar. Después, continuó su camino.
-x-
—¿Estás listo?—preguntó Aioria. Ángelo esbozó una sonrisa ligeramente sardónica que el león correspondió.
—Esto será divertido. —Máscara Mortal se crujió los dedos y el cuello, preparándose para un poco de emoción. Miró a sus compañeros, asegurándose de que estuvieran preparados. Toda vez que él marcara el inicio del espectáculo, no habría momento para improvisaciones. —¡Empecemos! ¡Fuegos Fatuos!
Cientos de pequeñas llamas azules surgieron de la nada. Flotaron en el aire, en un danza cargada de energía. Al comando de su señor, volaron por encima del agua como meteoros. Se enredaron en las velas de los trirremes y las hicieron arder. En unos pocos segundos, el corcel rampante que coronaba las naves de guerra troyanas se esfumó, dejando al fuego indomable en su lugar.
Cada hombre disponible se abocó en tratar de extinguirlas. Pero las llamas de los fuegos fatuos eran diferentes a cualquier otra conocida por el hombre. El agua no las intimidaba, ni las amenazaba; arderían mientras el cosmos del Santo de Cáncer lo hiciera. Sin la ayuda de sus velas, y dependiendo únicamente del esfuerzo humano para moverse, las galeras perdieron velocidad.
El Axios se tomó un respiro, pero todavía no estaba fuera de peligro. La ligereza de los barcos de batalla y la fuerza de su remeros aún eran una amenaza que no debían menospreciar.
—¡¿Cuánto queda?! —Bemus, apostado en la popa con los Santos, cuestionó a Talal.
—¡Aún no estamos cerca! ¡Necesitamos más tiempo!
—Nuestro turno. ¡Vamos, Camus!
El puño de Aioria se envolvió en cosmos dorados, mientras que el de Camus se rodeó de cristales de hielo. Se situaron sobre la baranda, cada cual a un lado de las aflastas. Esperaron algunos segundos, hasta que el Axios consiguió adelantarse un poco. Después, se pusieron en acción.
Decenas de golpes surgieron del puño del león. Ninguno impactó contra las naves enemigas, pues ellas no eran el objetivo. Las centellas de cosmos impactaron contra el mar, por toda la bahía. Rompían la superficie del agua y la hacía levantarse hacia el cielo.
Y era ahí donde Camus encajaba. Como picos apuntado hacia los dioses, el agua se congelaba. Los navíos tenían dos opciones: esquivarlos o encallar.
Algunos de los trirremes fueron incapaces de sortear los obstáculos y chocaron contra el hielo afilado. La madera de los barcos crujió y el agua entró a borbotones, hundiéndolos con rapidez. Otras embarcaciones con más suerte, salieron ilesas. Pero el precio que pagaron por su supervivencia, fue detenerse por completo y olvidarse de sus posibilidades de triunfar en la persecución.
Atrapados entre el fuego y el hielo, los marinos troyanos sabían que estaban vencidos. El Axios se alejaba cada vez más de ellos y, con él, la victoria.
—¡Bien hecho! —Mu exclamó. —Los estamos perdiendo.
Aioria y Camus intercambiaron miradas y alguna que otra sonrisa disimulada. El camino estaba libre, pero el peligro no había sido superado. Hasta que no atravesaran la boca de bahía, no estarían fuera lejos del alcance de Periandro.
—¡Arqueros al frente! —El grito que vino de la proa arrebató la satisfacción del momento.
Las miradas volaron hacia adelante. Sobre ellos, las atalayas situadas en los extremos de las salidas de tierra estaban listas para el ataque.
A la luz del Sol, las puntas metálicas de las flechas resplandecía. Al igual que cada hombre en el Axios, contaban los segundos antes de que la lluvia de saetas congestionara el aire y cayera sobre los atenienses, desatando ríos de sangre.
—¡Cubran a los remeros!—ordenó Bemus y, a su mandato, cada hombre sin función indispensable tomó un escudo y corrió hacia las filas bogadores.
Todo arquero bien entrenado sabía que el mejor modo de detener a un navío en marcha era asesinar a los bogadores. Sin hombres que sostuvieran los remos, cualquier embarcación, sin importar el tamaño, estaba destinada a parar. Era precisamente por eso que, cuando el Apocalipsis les viniera encima, los primeros en caer serían los remeros.
La prioridad, por encima de conservar la vida propia, era proteger las de ellos. Cada par de brazos, capaces y entrenados para sostener un remo, se volvía invaluable a mitad de una batalla.
—Me haré cargo. —Mu corrió hacia la proa. Levantó los brazos e invocó a su cosmos. —¡Muro de Cristal!
La muralla de energía invisible cubrió al navío. Cuando el resplandor del Sol le caía encima, y uno afilaba la vista, podía distinguir su leve destello. Ninguna flecha, sin importar de que tan fuerte fuera, podría atravesarla.
Shaka había ido tras de él y contemplaba cada movimiento de su compañero con atención. Los arqueros troyanos se habían quedado sin opciones, pero no significaba que terminara ahí. Eventualmente, guiados por el deseo insano de Periandro, volverían a verse. La ambición de un hombre terminaba con muchas vidas y aquella no sería la excepción. Shaka no quería arrepentirse más tarde, cuando alguno de esos arqueros les encontrara en el campo de batalla y tomara las vidas de sus aliados… o las suyas.
—¡Invocación de espíritus!—susurró.
De debajo de los pies de los soldados troyanos, las almas convocadas por el Santo de Virgo surgieron.
Los gritos de los hombres desesperados resonaron por toda la bahía. Sus voces que pedían auxilio llegaron hasta el Axios. Sin embargo, ahí no encontrarían aliados. Trataban de escapar del mejor modo en que podían. Algunos corrían hacia tierra firme y algunos más desesperados, se lanzaban al mar. No importaba lo que hicieran, no serían capaces de escapar; los muertos eran inmisericordes.
Cuando el Axios cruzó la boca de la bahía, los lamentos se tornaron más reales que nunca. Cada hombre en el barco miró hacia arriba, con la piel erizada y el temor en los ojos. Para algunos no era el primer encuentro con los espíritus, y aún así seguían siendo un espectáculo desgarrador.
El Gran Mar se abrió ante ellos y con él, la oportunidad de un escape definitivo. Una exclamación colectiva de la tripulación festejó el logro.
—¡Lo conseguimos! ¡Salimos!—chilló un eufórico Huesos Flacos. Sus ojos habían visto muchos milagros, pero nunca dejaba de maravillarse con cada hazaña de los protegidos de Athena. —¡Fue fantástico!
—Aún no terminamos.
Aioria regresó la mirada hacia la caótica bahía que dejaban atrás. Esperaba que aquel rotundo fracaso enseñara una lección a Periandro. Sin embargo, tenía la impresión de que no sería así. Si algo le había enseñado la Edad del Mito, era a no hacerse grandes expectativas.
La brisa salada del mar le revolvió el cabello mientras las diminutas gotitas de agua que levantaba el paso del navío acariciaban su rostro.
Troya y sus columnas doradas se alejaban cada vez más de ellos. Lucían hermosas bajo la luz del día. Aioria pensó que, en otro momento, bajo otra situación, le hubiera resultado fascinante encontrarse ahí. Pero ahora, era solo una pesadilla de la que querían escapar a tan rápido como fuera posible.
—¿Empezamos? —Camus le preguntó y solo atinó a asentir. Cerró el puño y su cosmos color de oro revoloteó a su alrededor.
—¡Sujétense! ¡Habrá oleaje!
Dejó su energía escapar de tal forma que los rayos de cosmos cortaron el mar a lo ancho de la entrada a la bahía. Una ola se levantó al paso de la cosmoenergía, como una muralla entre ellos y los troyanos.
Escuchó a sus espaldas los resuellos y exclamaciones de asombro de los marineros. Sonrió al pensar en lo comunes que aquellas cosas eran para ellos, y lo inusuales que eran para cualquier mortal común. Le gustaba eso: la capacidad para asombrarse que ellos habían perdido con el tiempo.
Aquella enorme ola alcanzó su punto máximo justo en el momento en que el polvo de diamantes de Camus la alcanzó, convirtiéndola en una muralla de hielo color plata, contrastante con las torres doradas de Troya, pero no menos hermosa.
El idílico paisaje, de mar, arena y hielo, enmarcado en nubarrones grises y densos, fue quedando atrás con rapidez. El caos quedaba atrapado tras de él, pero no desaparecía, sino que amenazaba con volver.
La calma volvió al Axios. Sin embargo, su ritmo no se detuvo.
Habían conseguido detener a Periandro por mar, pero eso no significaba que fuera a abandonar la lucha. Si lo conocían la mitad de lo que creían, los mejores corceles y soldados de la Casa Troyana continuarían la persecución por tierra.
—Tenemos que llegar a Dardania antes que ellos. —Bemus soltó un suspiro y volvió a donde Talal, para asegurarse que su navegante supiera que no tenían tiempo para perder. Pero cuando apenas se hubo alejado un par de metros, se detuvo y volteó hacia los Santos. —Buen trabajo—dijo—. Estamos a salvo gracias a ustedes.
Una diminuta sonrisa, ausente durante todos esos días, iluminó los rostros de los chicos. Bemus igualó su gesto, a pesar de que sus facciones seguían ensombrecidas por el dolor.
Mientras le veían marchase, los Santos intercambiaron miradas. Una en particular capturó la atención del grupo… una que no venían en muchísimo tiempo y que, de pronto, era preciosa e infinitamente valiosa.
—¡Eso fue muy emocionante!
—Excepto que no hiciste nada, bicho. —La respuesta desparpajada de Aioria dibujó una mueca de fastidio en el rostro del escorpión, que rápidamente mutó en un gesto de complicidad, muy parecido a una sonrisa.
—Ya será mi turno y entonces verán lo entretenido que soy—dijo Milo.
Y, entonces, su sonrisa se ensanchó.
-x-
Julius examinó con cuidado el caótico horizonte que venía hacia ellos, amenazando con arrasarlos. Conforme los segundos pasaban y el ejército se acercaba al palacete, el ceño se le fruncía más y más.
Sus compañeros no dejaban de observarle, con curiosidad y recelo. En todo el tiempo que habían compartido como cómplices de su negocio ilegal, jamás le habían visto tan serio, ni tan oscuro. Cuando un hombre como él se ensombrecía de aquel modo, nada bueno se aproximaba. Sin lugar a dudas, el futuro se pintaba complicado para ellos.
—¿De cuántos hombres creen que hablamos?—cuestionó Julius, tras un largo y pesado silencio.
—Tres o cuatro docenas—respondió Xantipa—. Lo cual es suficiente para exterminarnos en un respiro.
—Podríamos abatir a algunos con flechas desde aquí. Pero no sé si bastará para mantenernos vivos. —Después de todo, Malkram era un arquero diestro.
—Lo que necesitamos es ganar tiempo. Aretha dijo que los Santos están en camino. Si tan solo pudiéramos contenerles hasta su llegada… —Talos quería ser optimista, a pesar de que no era una característica suya.
—No sé si soportemos tanto y, lo que es peor, aún si pudiéramos sobrevivir a esta comitiva, serán cuestión de días antes de que Periandro envíe una más y otra tras de esa.
Las palabras de Julius eran duras, quizás crueles también, pero no dejaban de ser ciertas. El temperamento de Periandro era conocido a lo largo y ancho del Gran Mar, del mismo modo en que el poderío de su ejército se había labrado una reputación de leyenda por todo el mundo conocido; y ellos habían tenido la osadía de robar algo que el rey troyano apreciaba y que ahora deseaba de vuelta.
Cada gota de su sangre se regaría sobre piso dárdano y Periandro se encargaría de ello. Solo saldrían de ahí como cadáveres. Casi prefería que fuera así, a salir como prisioneros.
—Oh… esto se pone peor. —La gravedad en la voz de Bor hizo que la piel se le erizara. —Mira el estandarte que lidera al grupo.
—No puede ser… —Malkram se lamentó su mala suerte. —Se supone que estaría fuera de Troya por otra temporada.
—Pues ahora viene tras nosotros. Será interesante verlo, cara a cara.
—¿En verdad… se trata de él? —Talos preguntó—. ¿El príncipe Felipo?
—El Corcel de Cascos de Oro.
En sus últimos días como soldado, alcanzó a escuchar algo al respecto. Pero nunca antes tuvo la oportunidad de conocer al príncipe troyano. Pues bien, dicha oportunidad llegaba y no precisamente en el mejor de los momentos.
Tragó saliva y, por instinto, dirigió su mirada hacia el mar, con la esperanza de que el navío que traía consigo a los Santos apareciera a lo lejos.
Pero su desilusión fue grande cuando se topó con nada más que el océano azul, como el acero. No había señales de ellos, ni tampoco de esperanza. La guerra que se les venía encima, tendrían que pelearla solos.
—Traigan los arcos, todas las flechas que consigan, a cualquier hombre que sepa usar el arco y, por los dioses, alguien vaya por la ninfa.—ordenó Julius. Malkram y Xantipa se movieron tan rápido como pudieron para acatar sus mandatos. Pero Bor y Talos permanecieron ahí, expectantes.
—¿Cuál es el plan? —El gigante lucía ansioso y confundido.
—Resistir.
-x-
Le sorprendió el ruido que se escuchaba a las afueras de los calabozos. Por incontables horas, todo lo que el Santo de Sagitario había oído era silencio, ocasionalmente interrumpido por las voces de los guardias durante el cambio de guardia. Pero eran dos, o tres voces; no más. Sin embargo, en esa ocasión se trataba de un considerable número de hombres los que esperaban afuera.
Reconoció la voz de Gene. No era difícil, pues su tono era en extremo parco y severo, rayando en lo agresivo.
Después escuchó el golpe seco del metal cuando la pesada cerradura que guiaba hacia las catacumbas fue abierta. Instantes más tarde, oyó el repicar de los pasos que descendían por las escaleras. Aioros cerró los ojos y prestó atención. Alcanzó a reconocer trece pares de pisadas diferentes. Una pequeña tropa iba a por él.
—No sabía que tendría visitas—acotó cuando la comitiva se detuvo justo frente a su puerta.
—Levántate, vienes con nosotros. —La orden de Genes sonó tan definitiva, que el arquero alzó una ceja. Si no tenía planes de visita, mucho menos tenía planes de paseo.
—¿A dónde vamos?
—No es asunto tuyo.
—Lo es, si debo ir con ustedes.
—No es cómo que tengas opción. —El cerrojo de su celda crujió escandalosamente cuando el seguro cayó y el metal chilló cuando la puerta se abrió para dejarle salir. —Vamos, sal de ahí—urgió Gene.
A regañadientes y deliberadamente lento, Aioros hizo como le fue ordenado. Observó con cuidado a los hombres elegidos para resguardarle, solo para descubrir que, con seguridad, todos ellos eran soldados de élite en el ejército cretense. Y aún así, a pesar de su vasta experiencia y su indudable fuerza, estaban asustados… de él.
Pero no iba a hacer ninguna locura. Se detuvo cuando estuvo fuera de la celda y tendió las manos para que pusieran un par de inútiles grilletes alrededor de sus muñecas. Si eso les daba seguridad, lo aceptaría.
Entonces, volteó hacia Gene, en espera de instrucciones futuras. La mirada del viejo parecía dispuesta a asesinarle. Aioros no se preocupó de aquello.
—Escucha, no voy a poner resistencia. Solo dime a donde vamos—insistió el Santo.
—Lo sabrás en un momento.
Aioros se sopló el flequillo. El viejo era tan terco que no soltaría una sola palabra. En vista de eso, asumió que debía resignarse. Cuando tiraron de los grilletes para hacerlo andar, dejó escapar un gruñido, pero tal como dijo, no puso resistencia. Simplemente avanzó al paso que le marcaron. Su curiosidad tendría que darle un poco de espacio y su paciencia debía imponerse por encima de todo.
-x-
Con una gran polvareda, el contingente troyano se detuvo a las puertas del palacio. Los bufidos y chillidos de los caballos agotados inundaron el aire con la peste a guerra. El heraldo se detuvo al frente del grupo, con el banderín del corcel de cascos dorados entre sus manos. Un caballo se adelantó al batallón, negro como la noche. Sus hiposandalias estaban tejidas con hilos de oro, así como sus crines se trenzaba con tiras del metal dorado.
Su jinete no era otro más que el príncipe heredero de Troya. Con el yelmo de crines negras y escarlatas lucía como un dios liderando a su ejército. Era a él a quien todos miraban y serían él quien decidiera el futuro de los hombres ahí presentes.
—¡Bemus!—exclamó. Las enormes puertas de gruesa y resistente madera le impedían el paso. Era la primera vez que el palacio del ateniense se mantenía cerrado para él. Después de todo, eran amigos y socios comerciales; su alianza los convertía en hombres ricos y poderosos, cada cual a su lado del Mediterráneo. —¡Abre, Bemus!
Solo el silencio le respondió. El hombre al que buscaba no se encontraba ahí aún, pero Felipo lo desconocía.
La negativa del ausente enardeció los ánimos entre el ejército troyano. Algunas voces empezaron a escucharse en forma de murmullos, que crecieron a gritos aislados y, después, a una exclamación conjunta que demandaba que las puertas se abrieran para ellos, a la orden de su príncipe.
Felipo no se unió a ellas, sino que esperó pacientemente por cualquier respuesta. Las exigencias de su padre no eran las suyas. Ante todo, Troya y Atenas eran ciudades hermanas, que se beneficiaban mutuamente.
Luego estaban aquellos hombres misteriosos de los que tanto se hablaba. Felipo no había tenido la oportunidad de conocerles durante su invasión a Temiscira, pues estaba lejos de ahí, a decenas de kilómetros de su tierra madre. Pero por años, Periandro y los consejeros de Troya habían planeado aquella intrusión en territorio amazónico, sin mucho éxito. En un abrir y cerrar de ojos, los llamados Protegidos de Palas consiguieron lo que ningún rey troyano pudo en siglos. Ciertamente eran hombres impresionantes a los que Felipo no quería como enemigos de guerra.
Sin desmontar, giró para mirar a sus tropas. Con un gesto de la mano les indicó que guardaran silencio. Poco a poco las voces se acallaron hasta extinguirse.
Un guerrero solitario emergió del grupo y se unió a Felipo, en el frente. Dymas llevó sus ojos hacia lo alto de las murallas, para después observar a su príncipe con detenimiento. La tensión en el rostro de Felipo era notoria. Dymas se sintió inquieto.
—Parece que no hay nadie. ¿Has pensado que quizás el hombre te mintió? —Dymas rogaba, desde lo más profundo de su alma, que la comitiva ateniense ya se encontrara lejos de ahí, donde Periandro no pudiera alcanzarles.
—Es una posibilidad. Aún así, la servidumbre debería estar aquí. El palacio jamás está vacío.
—¿Qué haremos?
—Esperaremos. Si nadie responde, entraremos.
—¿Estás seguro? —No quería sonar a que presionaba a favor del bando contrario, pero haría lo que pudiera.
—No tenemos ninguna otra opción. Mi padre no permitirá que regresemos a la ciudad con las manos vacías.
—Entiendo.
Sin embargo, la espera no fue larga. Apenas habían dado por terminada su breve conversación cuando, desde la parte alta de los muros, Iona apareció. Lucía regia y ligeramente arrogante, con esa belleza arrolladora que Felipo recordaba. Por alguna razón, le resultaba una mujer difícil de olvidar.
Permaneció con la mirada clavada en ella. Los segundos de silencio se sintieron interminables. Por fin, la voz de Iona se hizo escuchar.
—Bemus no se encuentra aquí, Alteza—dijo con firmeza.
—Iona, abre la puerta. Déjanos entrar—demandó él una vez más.
—Lo siento, mi señor. Eso no sucederá.
—¿Hay algo que estés ocultado? De otro modo, no veo porque debas de temer.
—Mi señor viene hasta nuestra puerta con hombres y monturas que claman por guerra. Es a sus espadas y a sus ánimos caldeados a quienes temo. No puedes pedir por confianza, cuando lo que pides a cambio es sangre. —Suspiró, más pesadamente de lo que hubiera querido, pues el resuello de su respiración se creció con el silencio. —Así que no. No pasarás. Lo que hagas, y sus consecuencias, son responsabilidad tuya, Alteza.
Tras de ella, escondidos de los ojos troyanos, Julius y Bor se mantenía alertas, con arco y flecha en mano. Esperaban ansiosos por la respuesta del príncipe, aunque en realidad, las palabras nunca llegarían.
La respuesta de Felipo no llegó a sus oídos. Sin embargo, las tropas tampoco retrocedieron, dejando en claro las intenciones del heredero troyano.
Los ojos avellana de la hetaira se desviaron fugazmente hacia sus cómplices. La sombra de la preocupación los oscurecía, pues sabía que el peligro no se marcharía de su puerta. No estarían seguros hasta que la Reina y la pitonisa desaparecieran del palacio, o hasta que las tropas troyanas fueran barridas lejos de ahí, como hojas en el viento.
-x-
Su enfermedad aún era incipiente. Asterión conservaba, en mayor parte, el rostro dulce e inocente de un niño de su edad. Pero su frente mostraba tumores que comenzaban a asemejarse al nacimiento de los cuernos en las crías de ganado y sus pies era grandes y desproporcionados en comparación con el resto de su cuerpo. Su nariz empezaba a cambiar también; la piel colgaba como un saco pequeño por encima de labio y obligaba a que su hablar fuera ligeramente incompresible.
Estaba asustado y se notaba en sus ojos, marrones como los de su madre. Estaba rodeado de extraños que parecían incapaces de alejar la mirada de él. Además, tenía frío y hambre. Ícaro y él apenas habían probado bocado durante su escape.
Pero, a pesar de todo, no dejaba de ser un niño. Cuando Aldebarán le ofreció un puñado de nueces bañadas en miel, el rostro se le iluminó.
—¿Te gusta?—preguntó el Santo de Tauro.
—Está rico. ¿Tienes más?
—Solo un poquito más. De otro modo, no habrá para mañana, o para el día siguiente.
—Muchas gracias. —Le sonrió y como respuesta, recibió una sonrisa aún más grande de Aldebarán.
El brasileño palmeó con cariño la melena rubia y despeinada. Después, se aseguró de cubrirle muy bien, para mantener lejos el frío y con una seña, le indicó que era hora de dormir.
Se aseguró de que el niño se recostara y, mientras lo veía conciliar el sueño, no pudo sino sentir una infinita pena por él. Era demasiado pequeño para llevar una vida tan dura, que solo amenazaba con ir a peor. Aunque arriesgaban sus vidas en el proceso, se alegró de que al menos pudieran hacer algo por él. Mientras permanecieran a su lado, estaría a salvo; ellos se encargarían de eso.
—¿Está dormido? —Dohko acechó al pequeño.
—Eso creo. Debe estar agotado, pero me parece que se encuentra bien.
—Esas son buenas noticias.
—¿Cuál es el plan? —Ícaro estaba interesado en saber.
—Mantenerlo a salvo. Debemos volver a Creta con él, mas nadie puede notar su presencia—explicó Shura.
—¿Y eso por qué?
—Porque queremos rescatar con vida a Aioros. La reina ha puesto precio a su cabeza, y la cuota para mantenerla sobre sus hombres, es el príncipe.
—¿La reina? Pero la reina está loca. El rey Minos dice…
—El rey Minos ya no dice nada, porque está muerto. —Saga le interrumpió, recuperando la palabra. —Todos piensan que ha sido culpa de Aioros.
—¡Eso es imposible! Aioros parece una buena persona…
—También es estúpido.
—¡Kanon! —Shura le reprendió.
—¿Qué? Todos sabemos que es verdad. —El peliazul se encogió de hombros.
—Como sea… —Para callarlos a todos, Dohko intervino. —La reina quiere que el niño viaje con nosotros, hasta un lugar donde le acogerán y podrá estar seguro. —No reveló más información, pues no deseaba pecar de confiado. Ícaro seguía siendo un misterio para ellos.
—¿Puedo ir también?
La pregunta causó una reacción inmediata en los Santos. Se miraron entre ellos, algunos con semblantes más benévolos que otros. Pero, a final de cuentas, llevar o dejar a Ícaro ya no hacía ninguna diferencia. Estaban metidos hasta el cuello en problemas y uno más, o uno menos, daba lo mismo.
Dohko giró los ojos y ladeó la cabeza. Suspiró, con más resignación de la que debía, y después esbozó una pequeña sonrisa.
—Claro que puedes venir. Pero antes, tenemos que volver a tiempo a la ciudad y recuperar a Aioros.
—¿Qué pasará con quienes nos perseguían?
—Nos seguirán persiguiendo; eso puedes tenerlo por seguro. —Saga le dijo.
—Pero nosotros nos encargaremos de ello—añadió Shura, tan pronto distinguió la preocupación en el semblante del chico.
Ícaro asintió, en un gesto apenas visible. Había escuchado de las hazañas de aquellos hombres, que marchaban bajo la protección de Palas. Sin embargo, también sabía de las destrezas que se requerían para que cualquier enemigo decidiera lanzarse en su contra.
A pesar del temor, decidió que no tenía sentido preocuparse de más. Llevó sus manos cerca de la hoguera, para calentar sus dedos entumecidos.
Habían elegido un pésimo día para estar al aire libre.
-x-
Poseidón levantó la mirada, hacia la cúpula de agua que cubría su palacio submarino. Se encontró con un mosaico de tonalidades azules y verdes; desde el azul profundo y metálico del Gran Mar, hasta el turquesa de las aguas menos profundas. Ahí, en las corrientes marinas, podía leer todo lo que sucedía en sus dominios. No había secretos que el mar guardara de él, pues sus aguas le susurraban lo que acontecía aún en los rincones más lejanos de su reino.
Ese día en particular, las aguas turbias arrastraban rumores de guerra. Traían cadáveres consigo; el rojo de la sangre se diluía en el azul del mar y las aguas se revolvían ante el paso de las galeras de batalla.
Cerró los ojos y permitió que el aroma a sal se impregnara en su olfato. Pronto, la efímera calma de los días recientes terminaría y los hombres, siempre avariciosos y ávidos de poder, volverían a sesgar sus propias vidas con el filo de la espada. La paz era así: escasa, y por lo tanto, valiosa.
Una burbuja, cristalina y ligera, descendió desde la superficie. De inmediato, atrajo la atención del dios. Decenas de pompas más siguieron a la primera. El dios supo que ya no estaba solo.
Ese era el modo en que sus criaturas se manifestaban. Cuando el dios llamaba por ellas, debían volver a su mandato. Sin embargo, ella era la excepción. Poseidón llevaba un rato esperándola. Le había enviado en busca de información mucho tiempo atrás y, el hecho de que desapareciera sin aviso, le irritaba. Nadie desobedecía; su palabra era una ley a la que ninguna de sus huestes debía resistirse.
—Así que has regresado, Thalassa—musitó.
Las burbujas se arremolinaron y de ellas, surgió una mujer. Era alta y espigada. Conservaba facciones humanas, aunque su mirada era salvaje, digna de una criatura libre de ataduras. Tenía piernas, como cualquier mortal, pero estaban cubiertas de escamas, turquesas y brillantes, que trepaban hasta apenas por debajo de cintura, donde su cuerpo imitaba al de una mujer normal. Esas mismas escamas cubrían sus hombros y parte de su cuello, donde las branquias estaban, como recordatorio de su origen marino. Llevaba la cabellera suelta, turquesa como sus agallas; ensortijada y húmeda, caía sobre su espalda y también por su torso, ocultando sus pechos desnudos.
Avanzó un par de pasos hacia su señor, quien le daba la espalda. Después, se hincó tras él, en señal de respeto y devoción hacia el dios que le había dado la vida.
—Disculpa la tardanza, mi señor—musitaron sus labios pálidos. No levantó el rostro, pero a través de su melena, sus ojos buscaron la silueta de Poseidón.
—Creí haber sido claro en mis instrucciones.
—Lo fuiste. Pediste información relevante y eso te he traído. —Sonrió, con cierta travesura. —No dijiste que tenía que darte todos los detalles del día a día.
Poseidón volteó hacia ella, con esos ojos azules y fríos como el hielo. La miró detenidamente, sin pasar por alto la arrogancia en su mirada. Dibujó una sonrisa diminuta y casi imperceptible. Su sirena era así: lista como ninguna e incapaz de quedarse sin palabras.
Con un gesto de la mano, la invitó a ponerse de pie. Sin que tuviera que repetírselo, ella se levantó y permaneció estática, contemplando cada expresión del dios.
—No te pases de lista—advirtió Poseidón. No había amenaza en su voz, pero Thalassa comprendía que no debía tentar a su suerte. —Cuéntame. El mar ruge, ¿qué es lo que está sucediendo?
—Troya tiembla bajo el fantasma de la guerra. Periandro ha decidido ir tras los Protegidos de Palas y estos le han demostrado el porqué son dioses entre los mortales. Esos hombres son intocables, mi señor… al menos para los de su clase. —Notó como sus halagos hacia los Santos robaron un gesto de preocupación en el dios. Le resultó interesante e inusual; era entretenido ver a Poseidón es ascuas. —La bahía de Troya está repleta de cadáveres y de naves encalladas. Los peces y gaviotas se darán un festín con sus ojos y sus carnes. Los hijos de Atenas, mientras tanto, navegan con tu beneplácito hacia Dardania.
—¿Dardania? ¿Qué hay ahí para ellos? —La sirena subió los hombros y ladeó la cabeza.
—Te diría que el futuro.
Su respuesta borró toda expresión del rostro del peliazul. Permaneció en silencio, reflexivo. Tenía una mente compleja que siempre iba un paso por delante de los demás. A la sirena, dicha cualidad le resultaba fascinante.
Permitió que algunos segundos escaparan antes de hacer cualquier cuestionamiento. A veces, cuando se trataba de Poseidón, el silencio obtenía más respuestas que las palabras.
—¿Qué debo hacer?
—Vuelve tras ellos. —La mujer asintió y, tras una reverencia, se dispuso a marcharse. Pero antes de que pudiera volver al océano, la voz de su señor la detuvo. —Y Thalassa, cuando te digo que los sigas, me refiero a ir tras ellos; a observar. No quiero que intervengas de nuevo. —Sorprendida por haber sido pillada, la sirena fingió demencia. El dios no compró ni un segundo de aquel rostro de inocencia. —Sé que lo has hecho con anterioridad, sé que has salvado a uno de ellos. Que no se repita.
Antes de marcharse, ella le obsequió una sonrisa coqueta y, del mismo modo en que llegó, su cuerpo se convirtió en burbujas que volaron hacia la bóveda de agua que coronaba el templo submarino.
-x-
La lluvia había cesado, pero el frío que dejó en su lugar hacía tiritar los dientes. Una nube de vapor emergía de las fauces del caballo, mientras la bestia luchaba por abrirse paso en el suelo enlodado y pantanoso del bosque.
Había amanecido algunas horas antes, pero aún estaba oscuro. La densidad de las nubes impedía que el astro rey se abriera paso y regalara un poco de calor a los hombres.
Ícaro seguía cubriéndose con la capa húmeda, que no había tenido tiempo suficiente para secarse cerca de la hoguera pues partieron de prisa con destino a la ciudad. Se había asegurado de ponerse algo de ropa seca por debajo, para protegerse un poco, pero era insuficiente. El frío le calaba los huesos y le mantenía adormecido. Casi envidiaba a Asterión que iba en su regazo, dormitando, aprovechándose del calor que su cuerpo despedía y manteniéndose lo más a salvo que le era posible.
Le parecía que era un buen niño, completamente diferente al demonio que los rumores pintaban de él. Era muy tímido; quizás por el aislamiento en que su madre lo había criado, pero era educado y muy dulce.
—¿Estás asustado? —Le preguntó, cuando lo sintió temblar. El niño negó sacudiendo la cabeza. —¿Tienes frío? —Ésta vez, asintió. Ícaro podía ver la expresión alicaída de su rostro. Con la intención de reconfortarle un poco, acarició cuidadosamente los cabellos rubios del príncipe. —Has sido un niño muy valiente hasta ahora. No queda mucho. Sé fuerte.
No estaba seguro de que el pequeño le hubiera le entendido, pero tampoco tenía sentido pensar en ello. Todo lo que importaba era mantenerle a salvo por tanto como fuera posible.
Por supuesto, no podía culpar al pequeño si estaba asustado… porque él también lo estaba. Avanzaban solos, tal como habían iniciado su aventura contigua. En el silencio del bosque, aún el sonido más pequeño e inocente sonaba ensordecedor y, por sobre todo, tenebroso. Creaba un sentido de paranoia que le ponía los nervios en punta y hacía sentir al frío intolerable.
Se sentía observado. Su instinto le gritaba que el peligro les acechaba una vez más, a pesar de que no podía verlo. Además, estaban vulnerables. Un paso en falso y su aventura terminaría en tragedia.
Una flecha silbó al cortar el aire. Pasó cerca de su jamelgo y lo asustó. El animal se levantó sobre sus patas traseras y luchó por librarse del peso extra que entorpecería su huida.
—¡Quieto! ¡Quieto! —Ícaro no tenía clara cual era su prioridad: tratar de mantenerse sobre el lomo del caballo o evitar que el pequeño Asterion se le escapara de los manos. —¡Tranquilo!
A duras penas consiguió mantener el equilibrio, sin perder a su montura ni al niño. Pero cuando una segunda saeta siguió a la primera, supo que no debía mantener posición, sino que primero tenía que ponerse a salvo.
Taloneó a su caballo y se aseguró de que el príncipe estuviera seguro entre sus brazos. Corrieron tan rápido como pudieron, con la esperanza de que sus perseguidores fueran tras de ellos y abandonaran toda clandestinidad. Asterion lloraba, agazapado contra él, sujetándose de sus ropas del mejor modo en que podía.
—¡Vamos! ¡De prisa!—gritó Ícaro. Pero la pobre bestia que montaba era vieja y su velocidad se había esfumado con los años.
Miró por encima de su hombro para ubicar a quienes le daban caza. Al fin alcanzó a divisarlos. Eran seis jinetes, cuyos monturas iban fuertemente protegidas, característica propia de los caballos de batalla. No había duda alguna de que, si llegaban a alcanzarles, no saldrían con vida de aquel aprieto. Con desesperación, el chico vio como la distancia entre ellos desaparecía poco a poco.
Fue incapaz de reprimir un grito cuando divisó una lanza volando en su dirección. Cerró los ojos con fuerza y se aferró al niño, en espera de lo peor.
Pero el fatal golpe jamás llegó.
—¡Otra Dimensión!
Un diminuto agujero negro se abrió entre él y sus perseguidores, engullendo la lanza en un abrir y cerrar de ojos. El chico respiró, pero no bajó el ritmo de su carrera. Agradecía a todos los dioses que el plan marchara a la perfección.
—¡Excalibur!
—¡Gran Cuerno!
Echó un vistazo una vez más, ahogado en curiosidad. Había escuchado grandes cosas de aquellos hombres y no quería perder oportunidad de observarles con sus propios ojos. Un rayo de luz dorada cruzó tras él y, a su paso, la tierra crujió y se abrió.
Ahí, donde la espada de dioses cortó la tierra, el suelo tembló bajo la fuerza imparable del Gran Cuerno. La potencia del temblor hizo que la piedra herida se levantara y formara un barrera infranqueable para los caballos enemigos. Entre bufidos y chillidos de desesperación, las bestias se forzaron a detenerse.
Confundidos, los jinetes enemigos no sabían hacia donde mirar; lo que fuera que les estuviera atacando, estaba fuera de sus posibilidades. Y aquella maldición que había caído súbitamente sobre ellos, estaba lejos de terminar.
El aullido conjunto de una manada de lobos se escuchó a la distancia. Su chillido, en medio de aquel silencio ensordecedor se escuchaba siniestro. Los caballos, ya nerviosos por los incomprensible acontecimientos que sucedían a su alrededor, enloquecieron ante la inminente presencia del peligro. Relincharon y se revolvieron violentamente, sacando de balance a sus jinetes. Recibieron un poco de ayuda cuando el grito de guerra del Santo de Libra se hizo escuchar.
—¡Dragón Ascendente de Rozan!
La bestia de cosmos rugió en medio del bosque denso, sembrando el pánico en animales y hombres. Parvadas de aves de todos colores levantaron el vuelo en medio de terror, los árboles crujieron al ceder ante la fuerza del poder del Santo. El caos se apropió de la situación.
Con un grito de pavor, uno a uno, los soldados enemigos fueron levantados por el dragón de energía. Dos de ellos cayeron muertos; tres terminaron heridos, pero con la suficiente fuerza para huir, y el sexto, quedó tan malherido, que moverse le fue imposible. De sus monturas, no quedó rastro alguno. Los pobres animales huyeron con tanta velocidad como les fue posible, olvidándose por completo de cualquier fidelidad a los hombres que llevaron sobre sí.
—Deberíamos hacer esto más seguido. —Kanon fue el primero en emerger de entre las sombras. Avanzó hacia el hombre caído, hasta detenerse cuando lo tuvo justo a sus pies.
—¿Asesinar gente? —Dohko se detuvo junto al par de cadáveres y los examinó para asegurarse de que estuvieran muertos. Cuando no encontró señales de vida, levantó lo mirada hacia sus compañeros y negó con sutileza. —Se está convirtiendo en un mal vicio.
—¿Dónde están los críos?
—Aquí. —Respondiendo a la pregunta de Saga, Aldebarán se acercó de a poco, seguido de la montura de Ícaro y Asterión. El pequeño príncipe aún lloriqueaba, pero ambos estaban a salvo. —Ambos están bien. Asustados… pero bien.
—Ha sido un movimiento arriesgado.
—Tranquilo, cabra. Quien no arriesga, no gana; y nosotros hemos ganado por ahora.
Pero la lógica de Kanon no satisfacía en lo absoluto al español. En lo que a él respectaba, estaban arriesgando de más. Todo lo que quería era regresar a Creta, recuperar a Aioros y partir hacia Atenas tan pronto le fuera posible. Los juegos de poder no eran para él.
A pesar de diferir, se mantuvo al margen mientras el gemelo inspeccionaba al hombre herido. Shura, quen había visto a muchos hombres agonizantes en su vida, notó de inmediato que al pobre desgraciado no le quedaba mucha vida por delante. Pero lo peor aún le quedaba por delante. Antes de morir, tendría que decir las razones que lo guiarían al Hades.
—Oye, ¿puedes hablar? —El menor de los gemelos se agachó al lado del moribundo y, con un par de palmaditas al rostro, llamó su atención. El hombre respondió con gemido cargado de dolor. —Sabemos que eres un soldado de Creta. ¿Quién te ha enviado a cazar al chico? ¿La reina? ¿Su esbirro? —Porque las sospechas venían en todas direcciones; desde la fétida peste de la traición hasta la desconfianza en un viejo que añoraba épocas pasadas.
Sin embargo, todo lo que Kanon recibió del hombre fueron quejidos, ahogados por la sangre que empezaban a acumularse en su boca. El gemelo estaba dispuesto a no mover un solo dedo para ayudarle, pero antes de que lo viera venir, sintió el empujón de su hermano que le obligó a moverse hacia un lado.
Rápidamente, el Santo de Géminis ayudó al hombre a incorporarse un poco. Ladeó su cabeza, con la esperanza de que los borbotones de sangre escurrieran y no terminaran por asfixiarlo.
—No puede respirar, idiota. —Lo oyó mascullar. Kanon frunció el ceño con desagrado. —Se está ahogando con su propia sangre. Si no hacemos nada, morirá y, hasta dónde sé, los muertos no hablan. De nada nos sirve si también muere.
—Quizás ni siquiera pueda hacerlo…—bufó el otro peliazul.
—¿Deberíamos ir tras los demás?
—No, no creo que sea necesario. —Aldebarán escuchó con atención la respuesta de Dohko. —Si están tan heridos como éste, no les queda mucho. Aún si estuvieran en mejores condiciones, sin caballos, en medio del bosque, es poco probable que alcancen Creta en cualquier futuro cercano.
—Lo cierto es que casi preferiría que lo hicieran.
—¿De qué hablas? —Shura cuestionó a Saga.
—Quizás así, quién sea que los enviase, se daría cuenta de que no estamos jugando. A pesar de todo, siguen subestimándonos.
—No creerás que la reina está involucrada, ¿cierto? —Al menos, eso era lo que Shura quería creer. De otro modo, las posibilidades de que cumpliera su parte del trato, y liberara a Aioros, se desvanecían trágicamente.
—Quiero pensar que no.
Entonces, el resuello en la respiración del soldado los hizo volver su atención sobre él, solo para ver como la vida se esfumaba de sus ojos. Un par de segundos después, todo lo que quedó fue un cuerpo, cuya alma se había marchado para no volver.
Saga apretó los dientes y maldijo por lo bajo. Se habían librado de ellos, pero no habían obtenido nada de información a cambio. Había sido un error descuidado.
—¿Está muerto? —Escuchó la pregunta de Ícaro y asintió. Después, la voz de Dohko hizo que buscara por el chino.
—Será mejor continuar. Debemos apurarnos y volver pronto. Nos quedamos sin tiempo.
Ninguno puso objeción, pues el Santo de Libra no mentía: ahora la carrera era contra el tiempo y, todo indicaba, que estaba agotándose. No importaba más de quien se tratase la traición, el peligro seguía latente, no solo para ellos, sino también para Aioros.
Con el aire apestando a sangre, buscaron sus monturas y marcharon a toda prisa, hacia las murallas derruidas de la ciudad.
-x-
Su improvisado viaje había sido provechoso. Aioros había sido llevado hasta los aposentos privados del palacio, donde le dieron un buen baño y le cambiaron las ropas. Le vistieron con una túnica que le parecía cómoda y bonita. Confiaba en que ningún condenado a muerte era acicalado antes de su ejecución, así que tenía que tratarse de buenas noticias.
Cuando estuvo listo, los guardias devolvieron los grilletes a sus muñecas y prácticamente volvieron a arrastrarlo por todo el palacio.
Alcanzaron su destino y, entonces, el sorprendido fue el Santo. Se habían detenido justo frente a la puerta del megaron. Al otro lado de la puerta, con toda seguridad, estaría la reina. Aioros no esperaba aquella reunión.
—¿Qué hacemos aquí?—preguntó una vez más, a pesar de que no esperaba respuestas.
—Eso quisiera saber—masculló el viejo soldado—. Solo la reina sabe a que has venido. ¡Anúncianos!—ordenó a los soldados de la entrada.
Aioros escuchó el anunció y esperó porque la puerta frente a él se abriera. El salón del trono seguía siendo un sitio oscuro y lóbrego, tal como lo recordaba. Lo único diferente era la persona sentada al final de la alfombra, sobre el trono. Solo que el Santo de Sagitario desconocía cuál era la posición de la reina respecto a él.
El camino hasta los pies del trono le resultó eterno. Se enfocaba en los detalles, en observar tanto como podía, en especial a ella. Pasifae era un enigma que quería descifrar.
—Ahí estás. —La escuchó decir. Le sostuvo la mirada por un par de segundos, antes de que un manotazo de Gene le obligara a bajar el rostro y un golpe detrás de sus rodillas, le forzara a doblarlas, para reverenciar a la reina.
—Lo traemos, Alteza, tal como pediste.
—Bien. Ahora, déjanos Gene.
—No, Alteza…
—Vete. —La temeridad de la reina hizo que Aioros levantara las cejas.
El viejo se mordió los labios, tanto que palidecieron. Después dirigió su único ojo a Aioros, dejando implícita una amenaza en su contra.
A pesar de sus recelos, no dudó en desobedecer a su reina dos veces. Ofreció una última reverencia y, con un gruñido, ordenó a sus soldados que dejaran al Santo. El castaño los vio alejarse de él, sin moverse un solo centímetro. Los grilletes, sin embargo, no fueron retirados de sus muñecas, pero tampoco era necesario.
Se levantó del suelo lentamente cuando escuchó la puerta cerrarse. De un manotazo apartó los flecos castaños que le caían en el rostro. Sus ojos volvieron de inmediato a los de la reina.
—He preguntado esto muchas veces ya, pero sigo sin respuesta. ¿Qué hago aquí?
—Estás aquí porque yo lo he ordenado.
—Eso lo sé. Pero, ¿por qué?
Con parsimonia, Pasifae abandonó su trono. Descendió lentamente los pocos escalones que la separaban del Santo y, cuando estuvo a su nivel, caminó alrededor de él, inspeccionando cada detalle.
Aioros se mantuvo expectante, con sus ojos azules siguiendo cada movimiento. No le infundía temor, pero tampoco confianza.
—Estás aquí porque quería ver directamente a los ojos del hombre que asesinó a mi rey. Quiero saber quien eres en realidad.
-Continuará…-
NdA: Creo que Sun se merece una galletita por ser buena niña y haber actualizado tan rápido una vez más. ¿No les parece?
Me hace ilusión estar de regreso tan pronto. No esperaba poder continuar con este ritmo durante las actualizaciones, pero les debía un capítulo más, cuando menos. Además, la inspiración ha estado de mi lado y, ya saben, hay que aprovecharla.
Me gustaría añadir un capítulo más antes del final del año. Sin embargo, ya saben: es diciembre, las fiestas, la familia, los amigos… Desconozco con cuanto tiempo cuente.
Lo que si puedo garantizar es que, si mi agenda lo permite, pueden contar con que volveremos a leernos antes del 2016. Tengo muchísimas ganas de poder adelantar esta historia. Este año anduve un poco vaga, pero quiero compensar por eso.
Sobre este capítulo…
Quisiera aclarar que los acontecimientos en Troya no ocurren a la par que los de Creta. Por eso es que en algunas escenas es de día y en otras es de noche; algunas ocurren en horas y otras en días. La razón por la que intercalo las escenas, es para hacer la lectura más variada y entretenida (y para añadir un poco de dramatismo, ya que estamos en eso).
También tengo que recordarles que el pequeño Asterion en realidad no es un monstruo, ni es víctima de una maldición. Decidí decantarme por la opción de que esté enfermo; padece el síndrome de Proteus (también conocido como síndrome del hombre elefante), como ya había comentado anteriormente. No soy médico, ni pretendo serlo. He tratado de informarme cuánto he podido al respecto, pero vamos, si tengo por ahí algún lector que se dedique al área de la medicina y repara en algún error con mi interpretación de la enfermedad, ¡mil disculpas!
Ahora sí, me toca agradecer a quienes continúan regalándome algunos minutos de su tiempo, escribiendo un comentario. ¡Chicas y chicos! Su opinión es infinitamente agradecida :)
Así que gracias a Artemiss90, Denise, Sabaku no judith, fer gp, Pyxis and Lynx, Jabed, PotterMayCry, Kaito Hatake Uchiha, Mariana Elias, Lady Saya, Sagitarius, Jorge Ramirez, itatechi98, LadyMadalla- Selene, Doncel. Fera07, Cristian, LinSaintSeiya y Skat. ¡Muchas gracias a todos!
Y por ahora, creo que aquí se termina por hoy.
¡Recuerden! Sun fue buena y se está aplicando con la escritura. Sean buenos también y regálenle un review. Si lo hacen, daré buenas referencias de ustedes a Santa Claus ;D
Así que, pequeñas y pequeños, en caso de que no pueda actualizar antes, me queda mandarles besos y abrazos a montones. ¡Felices Fiestas! Y no se olviden de rezar por este mundo nuestro, tan convulsionado y tan necesitado de paz.
¡Saludos!
Sunrise Spirit
P.D. ¡Feliz cumpleaños a mi arquerito!
