Era el cuarto día consecutivo en que trabajábamos en el libro. Ambos acordamos que debía incluir la fotografía de la persona, simplemente porque había muchos recuerdos que eran sólo rasgos físicos y aún así, importantes. Después sólo escribiríamos lo que sintiéramos que era correcto.

Empezamos por Rue. En mi mente, sus recuerdos se entremezclan con los de Prim pero simplemente no puedo iniciar con ella, es demasiado pronto y aún siento una opresión en el pecho que me quita la respiración cada vez que la recuerdo. Peeta estuvo de acuerdo en que iniciar con Rue parecía lo más adecuado y para el día de hoy ya tenía un bosquejo de cuando estábamos en la sala de entrenamiento y otro más en la arena, colgando de una rama con ambos brazos y sonriendo. El Dr. Aurelios amablemente había accedido a conseguirnos fotografías de quienes habían sido tributos, algo relativamente fácil porque habían salido en televisión. Le pedí que por favor incluyera en la lista a Portia y su equipo y, por supuesto, a Cinna.

Los últimos tres días había estado escribiendo lenta y cuidadosamente no sólo la descripción del rostro de Rue, con sus ojos y su sonrisa tan cálidos, sino también el calor que invadía mi corazón cada vez que pensaba en ella. Describí lo maravillosa y lista que fue en la arena y las lágrimas no dejaban de correr mientras lo hacía. No conocía a nadie que supiera música así que no pude agregar las notas de la canción que ella me enseñó, pero con la ayuda de los recuerdos de Peeta durante el tour de la victoria, describimos a su familia. Después, pacientemente, Peeta decoró cada una de las hojas con las flores silvestres con las que la adorné cuando murió. La caja con fotografías había llegado ese día así que pegamos su foto (del día de las entrevistas, donde utilizó un vestido muy bonito) a una hoja en la que Peeta pintó una flor especialmente grande y detallada en una de las esquinas inferiores. Esta hoja fue la que quedó encima de la pila que representaba nuestro pequeño homenaje a su corta vida.

Era entrada la noche cuando terminamos. Exhausta, mental y físicamente (ese día había ido a cazar), me quedé sentada en la mesa de la cocina, viendo hacia la sala. Escuché suspirar a Peeta.

-Se siente bien-dijo mirando hacia la pila de hojas.

Intenté sonreír ante el hecho de que él pudiera decir eso, que se siente bien. No pude contestar lo mismo pero sí sentía algo de liberación. Quedarme sentada sin hacer nada había hecho que creciera en mí una especie de desesperación e impotencia distinta a la desolación y tristeza que sentía todos los días desde que Prim había muerto. Pero escuchar a Peeta decir que algo lo hacía sentirse bien me dio algo de esperanza: tal vez Peeta sí pudiera repararse después de todo. Tal vez él sí tenía la oportunidad de deshacerse de este estupor que a mí me mantenía muerta en vida.

-Ahora todos sabrán lo buena y cariñosa que fue-dijo con sus brazos apoyados sobre la mesa y mirando a través de la ventana que daba al patio trasero.

-Sí- me limité a contestar mientras Buttercup se acercaba a mis piernas, probablemente tanteando el terreno para saber si finalmente podía saltar a mi regazo.

Abrí mis brazos en señal de aprobación y después de saltar se acurrucó y cerró los ojos mientras lo acariciaba detrás de las orejas.

-No sabía que te habías tomado tanto tiempo con Rue… Me refiero a después de que murió-dijo Peeta volviendo su mirada hacia mí.

-Supongo que las imágenes nunca llegaron al público -contesté mientras recordaba si alguna vez había discutido con él sobre el tema- ¿Sabías lo de las flores?-le pregunté mientras desviaba mi mirada de Buttercup hacia él.

-Haymitch me lo dijo pero no me había detenido a pensar en el tiempo que te había tomado colectarlas y lo expuesta que pudiste haber estado mientras lo hacías. Estabas distraída, con la guardia abajo…-dijo mientras volvía a mirar hacia la ventana.

-No lo pensé en ese momento…-le contesté mirando hacia un punto de la mesa. Dudé por unos segundos antes de continuar - Acababa de matar al chico del distrito 5 y creo que estaba como en un estado de shock…realmente no lo pensé hasta que terminé…-le dije y reanudé mis caricias hacia Buttercup.

Peeta suspiró de nuevo y regresó su mirada hacia mí.

-Será mejor que me vaya- anunció Peeta. Algo en su comentario me hizo reaccionar.

-Oh-contesté lentamente mientras él se levantaba de la mesa y yo recordaba que tenía por delante una noche llena de perturbaciones, pesadillas y poco descanso- Gracias por tu ayuda- me las arreglé para decirle cuando alcanzó la puerta de la cocina que daba hacia el patio trasero.

-De nada. ¿Continuamos mañana?

-Sí-contesté mientras me ponía de pie con Buttercup en mis brazos.

-Buenas noches, Katniss.

-Buenas noches, Peeta.

Me quedé de pie en la cocina pensando en si podría dormir hoy en mi recámara o mejor debería quedarme en el sofá, esperando a que las llamas de la chimenea me distrajeran un poco antes de quedarme dormida. Me dirigí a la sala en penumbras y comencé a sentir las consecuencias de la partida de Peeta. Su compañía no atenuaba el vacío que sentía todas las noches desde que había llegado del Capitolio, al contrario, los últimos 3 días que habíamos pasado juntos parecían haberla intensificado, algo muy distinto a lo que Sae la grasienta y su sobrina provocaban al marcharse. Probablemente porque no comparto con ellas una actividad tan desgastante que expone cada emoción dolorosa que albergo y que me deja exhausta y vulnerable.

Comencé a encender la chimenea y me quedé en cuclillas esperando a que las llamas se intensificaran. Buttercup estuvo dando vueltas detrás de mí, ronroneando. Me senté en el sillón y me cubrí con una manta mientras observaba el fuego. Mi mente regresa a Rue. Su recuerdo siempre me hace llorar pero, extrañamente, en este momento no. Tal vez es el cansancio o tal vez las lágrimas se me han acabado por hoy. Cierro los ojos y veo su rostro observándome desde el árbol, señalando hacia el nido de las rastrevíspulas. Sus brazos rodeándome antes de quedarse dormida. Las lágrimas no llegan. Volteo en dirección a la cocina y un pensamiento repentino llega a mí. Formulo la frase con la duda arraigada en cada fibra de mí ser: tal vez… tal vez encuentre algo de consuelo con ese libro.

Despierto con un sobresalto y descubro que estoy empapada de sudor. El fuego aún está encendido así que no debe haber pasado mucho tiempo después de quedarme dormida. La sala se siente algo sofocada así que me levanto y abro una de las ventanas. Después disperso los troncos que están quemándose para que el fuego se apague. Reflexiono un momento en que el verano está cada vez más cerca y me sorprendo al darme cuenta de cuánto tiempo ha pasado desde la muerte de Prim. Regreso al sillón y comienzo a recordar la pesadilla que tuve momentos antes. Antes de los muttos y una visión de Snow a punto de prenderle fuego a Rue (que fue lo que me hizo despertar), soñé con flores. Blancas con el centro amarillo y algunas de color miel con el centro café. Mientras me recuesto en el sillón intento recordar cuándo fue la última vez que no tuve pesadillas. Mi mente viaja a la noche en el tren durante el Tour de la Victoria, con Peeta. Y luego recuerdo a Effie al día siguiente y como Cinna y el equipo se hicieron cargo de mí. Cinna…su mirada cariñosa, su voz tan segura dándome ánimos…No, hoy no puedo, estoy tan cansada de llorar. Su rostro es lo último que recuerdo antes de entregarme por completo a las pesadillas de esa noche.

Al día siguiente sugerí que trabajáramos en Cinna. Peeta estuvo de acuerdo y comencé escribiendo la manera en que me hizo sentir cómoda desde el día en que lo conocí y cuán importante fue para mí contar con su apoyo. Quise mencionar de alguna forma la magia que hacía con algo de tela y su visión pero lo único que se me ocurría era describir los atuendos que había hecho para mí. Descubrí que yo no era tan hábil con las palabras como Peeta con las pinturas pues todo intento de descripción no le hacía justicia al talento que caracterizaba a Cinna; desde lo que usamos el día de la inauguración de los primeros juegos y las repercusiones que eso tuvo, pasando por el atuendo elegido para la entrevista después de que ganamos para dar una impresión más inocente y por supuesto, mi traje de cuando me convertí en el Sinsajo.

Mi frustración se extendió durante los 2 primeros días hasta que Peeta llevó una serie de dibujos a color que incluían varios de los atuendos que alguna vez había usado: el vestido largo rosa pálido que usé en el tour de la victoria cuando visitamos el distrito 11, el traje del día que iniciamos el tour, incluso el vestido amarillo del día de la entrevista después de los primeros juegos y, sorprendentemente, también mi vestido de novia, dibujado con mucho cuidado pero en blanco y negro y, por supuesto, también el de sinsajo que estaba por debajo. Pero ninguno me asombró tanto como el del día de la inauguración de los primeros juegos. No sólo los colores eran vivos y llamativos, sino que era el único de los dibujos que era un retrato. Una chica con el cabello recogido en una trenza de lado con un tocado en llamas sobre un fondo de colores me estaba mirando. Estoy vestida de negro y se pueden ver los broches que sostienen la capa que también está en llamas.

Viene a mi mente la escena en que Peeta y yo bajamos de los carros y la expresión en su rostro al decir que las llamas me sentaban bien. Volteé a verlo en la silla frente a mí, con la mirada concentrada en un dibujo a lápiz de Portia. Ahora sé que la dulzura que sus ojos emanaban ese día era sincera y que, por el contrario, el beso que yo le di en la mejilla no era más que una charada. Una gota de sudor le recorría la cien del lado derecho por el esfuerzo al dibujar. Decir perdón es mi primer impulso, pero la palabra simplemente no sale.

Acomodo con cuidado los dibujos y, finalmente, sin poder contener las lágrimas, escribo lo valiente que fue Cinna al apoyarme, lo mucho que lo extraño y lo agradecida que siempre estaré por su cariño y amistad. Por la noche, sueño que sus párpados dorados pasan al rojo vivo en un segundo, mientras sus manos llenas de póstulas y ampollas intentan coser un trozo de tela. Despierto en mi recámara gritando en medio de la noche.

Pero los días continúan avanzando y seguimos trabajando.

La siguiente fue Portia. Peeta hace un dibujo especialmente bonito lleno de colores en el que ella está sonriendo y me entrega un trozo de papel con lo que le gustaría que estuviera escrito en el libro. Con sumo cuidado, transcribo las frases de aliento que Peeta recibió de Portia y las lágrimas comienzan a correr cuando me entero de que Portia fue la responsable de que Peeta pudiera recuperarse por completo de lo de su pierna. Portia no sólo convenció al fisioterapeuta que atendió a Peeta de que le asignara ejercicios para llevar a casa, sino que, además, le llamaba todos los días para asegurarse de que los hiciera.

-Casi me hizo creer que era guapo-dijo Peeta cuando notó que había terminado de transcribir lo que me había dado.

Me quedo unos segundos (¿o fueron unos minutos?) contemplando su rostro mientras él relee lo que transcribí. Sus ojos azules, el tono dorado opaco de su cabello, el perfil de su nariz, la forma de sus orejas, la cicatriz de quemadura que le asoma por el cuello y la que tiene cerca de la sien…

-Lo eres- le digo casi sin pensar. Desvío inmediatamente la mirada hacia las hojas que tiene frente a él. Por el rabillo del ojo noto que un leve sonrisa se asoma por la comisura de su boca.

-Sí, eso fue lo que ella me contestó cuando – Peeta se interrumpe en medio de la frase y de nuevo regresa a contemplar el libro.

Sin previo aviso se pone de pie, de espaldas a mí, mientras se sostiene del respaldo de la silla con la mano izquierda. Me pongo nerviosa inmediatamente y eso me paraliza. Sostengo la respiración mientras veo como sus brazos comienzan a temblar ligeramente y mantiene baja su cabeza. Comprendo que está teniendo un episodio y sostengo la respiración mientras escucho que la de él se acelera. No sé si quedarme sentada sin moverme para evitar hacer algún ruido que lo perturbe o si es mejor que no esté cerca de él. Sin embargo, me quedo, simplemente para saber si va a estar bien, aunque no me atrevo a mover un músculo. Unos segundos después, escucho como su respiración se normaliza poco a poco y entonces suelta el respaldo de la silla para llevarse ambas manos al rostro. Lentamente se da la vuelta y cuando me ve, durante un breve segundo la sorpresa atraviesa su rostro.

-Perdón-le digo inmediatamente- no supe qué hacer pero no quise molestarte- no me atreví a preguntarle si se sentía bien porque era obvio que estos lapsos nunca podrían relacionarse a "estar bien".

-Sí, perdón por eso, yo…todavía pasa-

-No te disculpes, Peeta. Por favor, jamás tendrás que disculparte por ello. No conmigo- es lo único que puedo decir antes de que la garganta se me cierre a causa de las ganas que tengo de llorar. Avergonzada y con una inmensa sensación de culpa debido a que Peeta sufre de estos episodios, regreso mi mirada hacia las hojas de la mesa.

- Está bien. Estoy bien, es sólo…sé que no mataste a Portia y al equipo de preparación porque vi el video de su ejecución transmitido a nivel nacional…-

Me quedo en silencio mientras escucho lo que me tiene que decir. Peeta sigue de pie pero ahora tiene ambas manos sobre el respaldo de la silla y mira fijamente un punto de la mesa.

-Los torturaste ¿Real o no real?

No pude decidir si me sorprendía o no que Peeta aún utilizara el juego que Jackson había inventado para ayudarlo a que distinguiera sus propios recuerdos de los impuestos por el Capitolio.

-No real-contesto sin dudar.

-Ya lo sabía, sólo quería escucharte a ti decirlo-

Peeta se queda de pie unos instantes y por primera vez, me atrevo a mirarlo a la cara. Parece estarse debatiendo internamente pero al final toma una gran bocanada de aire y se sienta de nuevo en la misma silla en donde había estado, a mi derecha.

Con un último dibujo a lápiz del equipo de preparación, una hoja con la palabra "Gracias" decorada cuidadosamente por Peeta y más lágrimas de parte de ambos, terminamos.

Era de madrugada cuando Peeta anunció que se iba a casa. Pero antes, me dirigió unas últimas palabras desde el umbral de la puerta de la cocina y dándome la espalda:

-Le dijiste a Portia que no importaba lo que hiciera, yo nunca sería como Gale ¿Real o no real?

La pregunta me toma desprevenida. Por supuesto que jamás había dicho algo parecido y si lo pensaba un poco, tampoco lo habría deseado nunca, menos ahora que vivo todos los días con las consecuencias del carácter tan explosivo de Gale. Entiendo que si Portia está relacionada con esto, Peeta sólo puede estarse refiriendo al aspecto físico. Nunca me había preguntado qué tipo de rasgos me parecían atractivos en los chicos así que no podía decir si alguien encajaba con mis ideales. Pero recordando la mirada tan tierna de Peeta con sus ojos tan azules, sus rizos rubios y sus brazos fuertes, lo único que se me ocurre es por qué alguien habría de querer algo diferente.

-No, jamás dije eso- contesto.

-Ok…Buenas noches, Katniss- y cerró la puerta.