Capítulo 68

Tres almas

La insistencia de su mirada comenzaba a ponerle nervioso. A pesar de ello, Aioros seguía de pie, quieto e inmutable como una estatua. Había sellado sus labios y no estaba dispuesto a soltar una sola palabra que no fuera en su mejor interés. Quizás era hora de detener los juegos; no quedaba mucho tiempo antes de que Ganímedes y el resto volvieran a por ellos… y todos tenían que estar ahí.

Pasifae le resultaba una mujer inquietante, pues era un lienzo blanco que era incapaz de leer. Su mirada estaba vacía como si el alma dentro de ella hubiera muerto mucho tiempo atrás.

Pero el arquero no iba a arriesgarse más, mucho menos delante de ella. Aunque Dédalo había hablado escuetamente de los planes de sus compañeros, Aioros no tenía claros todos los términos de aquel acuerdo. Solo sabía a ciencia cierta que habían abandonado la ciudad sin él, con rumbo y destino desconocidos. Si podía ser más listo que ella, quizás la reina traería claridad a sus ideas oscuras.

—¿Por qué le has asesinado?—preguntó ella una vez más, deteniéndose justo frente a él. Miraba hacia arriba, pues era considerablemente más pequeña que el Santo. Sin embargo, la diferencia de tamaños no la amedrentaba. —Quiero saberlo; me lo debes.

—Con todo respeto, Alteza, no te debo nada, y aunque así fuera, no puedo responderte preguntas cuya respuesta desconozco.

—¿Estás diciendo que no has sido tú quien le quitó la vida?

—Es lo que he dicho desde el principio, pero parece que nadie escucha. —Resopló. La reina arrugó el ceño y Aioros no supo como tomar aquel gesto. No estaba seguro si haber asesinado al rey era un crimen, o un acto heroico, ante los ojos de Pasifae.

—Creo que mientes.

—Todos los creen. —El castaño se encogió de hombros.

—En tal caso, no sabrías detalles de su muerte, ¿cierto? —La rubia dibujó una sonrisa que erizó la piel del Santo.

—No sé de que hablas…

—Su cuerpo estaba intacto, salvo por una pequeña quemadura sobre su pecho. Justo aquí. —Posó su mano sobre el pecho de Aioros, en el punto exacto donde su corazón latía y dónde Minos había mostrado señales de violencia. —Los mejores sanadores de Creta no han podido explicar el porqué de su muerte. Es como si su alma quemara a través de su pecho para escapar de él.

Mientras hablaba, los ojos del castaño no se apartaron de los suyos. Ella trataba de leer sus pensamientos a través de su mirada. Su mano, aun sobre el pecho del hombre, medía cada latido, como si de aquel modo pudiera sacarle la verdad sin necesidad de palabras.

Pero tras un par de largos, tensos y tortuosos segundos, el Santo tomó su mano y la apartó de él. Jamás apartó la mirada de ella.

—¿Pasé la prueba?—cuestionó el Santo. La sonrisa provocadora en el rostro de la reina se ensanchó y el castaño la imitó.

—No estoy segura de eso.

—Ya veo. —Bajó la cabeza por tan solo segundo y relamió sus labios. —En tal caso, no sé que más puedo decir o hacer para que cambies de opinión.

—Eres afortunado. —Pasifae giró sobre sus talones y caminó de vuelta a su trono. Se sentó ahí, sintiéndose más grande y poderosa que nunca antes. Ésta vez pudo leer la curiosidad en los ojos del Santo, por lo que decidió callar para alimentarla. Tras un instante, continuó. —Tus compañeros han hecho un trato por ti. —Fue tan solo un movimiento mínimo, pero lo vio entrecerrar los ojos. —Prometieron resguardar la vida del príncipe, si yo hago lo mismo con la tuya.

—¿Fueron por el niño?

—Al menos lo intentan.

—Y… ¿si no lo encuentran? —Fue la primera vez que la reina oyó titubeos en la voz de Aioros.

A ella también se le formó un nudo en la garganta. La idea de pensar en su bebé muerto le rompía el corazón y dejaba un vacío en su estómago. Hizo acopio para fuerzas para vencer a las lágrimas. Pero por sobre todo, se mantuvo altiva, como una reina debía mostrarse.

Notó que la aparente apatía del Santo se resquebrajaba en espera de una respuesta. Saboreó el momento y pensó que solo una confesión de su parte lo haría más dulce.

—En ese caso, deberías reconsiderar el hablar con la verdad. Admite ante mí, y solamente ante mí, que has sido tú quien terminó con la vida del rey… y serás un héroe a mis ojos.

—Un héroe cuya cabeza usarás para adornar tus murallas.

—Que poca fe tienes, Santo. —Ella replicó.

—Tendrás que disculparme, Alteza. Pero la vida que llevamos nos ha enseñado a desconfiar, aún de los actos de aparente buena voluntad. —A Pasifae le pareció que los ojos azules del castaño, usualmente resplandecientes, así fuera de rebeldía, se oscurecieron.

Desconocía quienes eran en realidad aquellos hombres, más allá de lo que los rumores traían consigo. Sin embargo, había mirado lo suficiente dentro de sus ojos como para entender que, al igual que Creta, cargaban sobre los hombros su propia maldición. En eso, compartía su pesar.

Pero los malos tiempos habían terminado para ella; los dioses perdonaron su condena. Pasifae había sobrevivido en contra de todo pronóstico. Tal vez ellos sobrevivirían también.

—Puedo protegerte—insistió ella. Aioros esbozó una sonrisa de fastidio y retiró la mirada de la reina. Cuando volvió la vista hacia ella, casi lucía divertido. —Solo tienes que decirlo.

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Se habían reunido en la proa. Al terminar con el increíble escape de Troya y tras asegurarse que ningún barco enemigo les siguiera, cambiaron posiciones hacia el frente del navío. Ahora que el pasado quedaba detrás, su lugar era tomado por el ansia desenfrenada de encontrarse con el futuro.

Todo lo importante estaba por delante: el último escoyo en su camino a casa y después, todo terminaría.

Aquel gran escape, lleno de magia y de fuerza, había servido para despertar a la tripulación del Axios. Ciertamente la sombra de Periandro se cernía sobre ellos, pero el poderío de aquellos que navegaban con ellos, hacía que el sentido de invulnerabilidad se creciera entre los marineros. Ahora más que nunca, se creían invencibles.

—¿Cuánto queda para Dardania? —Milo preguntó cuando Bemus se les unió al frente.

—Menos de lo que crees, pero la noche se acerca. Sería arriesgado permitir que la oscuridad nos atrapara navegando, especialmente en estas épocas.

—Entonces, tendremos que detenernos. —Bemus reforzó la observación de Mu.

—Así es. Talal está buscando un sitio dónde encallar.

—¡Demonios! Esperaba que pudiéramos llegar hoy mismo.

—Lo lamento. —Al hombre le resultaba curioso el modo en que se había acostumbrado a los diferentes temperamentos de cada chico. Quizás por eso, el ímpetu y el aparente enfado de Aioria no le sorprendió, ni le ofendió. —Zarparemos al alba, lo más temprano que sea posible. Yo también quiero llegar a casa.

Y razones le sobraban para marchar con prisa. Ahora que sabía con certeza de la enemistad de Periandro, todo su mundo se ponía de cabeza. Él y la familia real eran viejos conocidos, y como tales, conocían sus fortalezas y también sus debilidades.

El primer sitio donde el soberano troyano buscaría por él, sería en su palacio en Dardania. Aunque nunca tuvo la oportunidad de tenerle como su invitado, el príncipe heredero y también el menor de los tres, habían visitado su hogar en muchas ocasiones. Juntos hicieron buenos negocios que desembocaron en una amistad inusual entre ambos. Felipo, a pesar de tener un temperamento explosivo, al menos era un hombre en el que Bemus podía confiar. Periandro era una historia bien diferente.

Cuando se enfurecía, el rey arrasaba con sus enemigos, y ahora, el enemigo era él; y Periandro tenía a su alcance todo lo que realmente le importaba.

—¿Cómo se han enterado de nosotros? —Milo retomó la conversación. —Aretha dijo que no pensaba que sospecharan. Alguien les traicionó.

—¿El Apolonio?

—Podría ser… Confiemos en que se trata de él. —Máscara Mortal respondió a Aioria. Las expresiones de los chicos se mantuvieron atentas a él. —De acuerdo con lo que dijo Aretha, él no sabía de su destino. Mientras Periandro no lo sepa, estarán a salvo.

—Visto así…

—No sé si deberíamos ser tan optimistas. Nos han ubicado con tan solo ver el barco, así que es muy probable que supieran por adelantado que Bemus nos está ayudando.

—¡Por los dioses, Camus! ¿Tienes que ser tan…?

—Solo soy realista, Milo. Conviene que reconozcamos nuestra situación. Es mejor que lanzarnos a ciegas a la boca del lobo.

—Te superas…

—Pero tiene razón. —Al menos Mu pensaba con claridad. Aquello era útil para Camus. —Es un poco calamitoso, pero creo que aprendimos ya a esperar lo peor.

Ninguno respondió, pues a pesar de la crudeza, tal era la verdad. La fortuna era tan caprichosa, que jamás parecía otorgarles la más mínima oportunidad de salirse con la suya. Por mucho que se esmeraran en planear, sus estrategias se desmoronaban siempre frente a ellos. Su única opción era reaccionar tan rápido como pudieran ante los golpes del destino. Con cierta ironía terminaron convertidos en apaga fuegos: cuando un problema surgía, hacían su mejor esfuerzo para erradicarlo.

El grito de alerta llegó desde la proa, anunciando que pronto el Axios encallaría. Unos pocos segundos más tarde, el navío entero convulsionaría al chocar contra la arena de un pequeño islote que sería su abrigo por esa única noche.

Como ya era costumbre, toda vez que el barco estuvo asegurado, las orillas desiertas se colmaron de marineros dispuestos a encontrar un poco de descanso.

—Al menos no parece que lloverá esta noche. —Shaka levantó la mirada hacia el cielo, donde las estrellas brillaban tímidamente.

—No creo poder soportar más agua…

—Deja de quejarte, cangrejo. Al menos no apestamos. —El desparpajo en la voz de Aioria, sumada a la palmada que soltó contra su espalda, hizo arrugar la nariz de Ángelo.

—Eso es verdad. —Milo se unió a su conversación. —No sabes lo mucho que puedes apestar sino hasta que pasas semanas en un barco lleno de tipos más apestosos que tú.

—Los dos son muy agradables.

—Bah. No seas quejica. —Máscara Mortal miró al león con fastidio pero no dijo nada más. Ahora comprendía porque Kanon se quejaba tanto de los barcos y del mar.

—Cierra la bocota, gato. Vamos, busquemos algo que comer.

Pero no tuvieron oportunidad de cenar en calma, porque las malas noticias llegaron con el viento.

Cuando la brisa arreció en aquella forma tan característica que habían aprendido a reconocer, supieron que tenían visitas. En un pestañeo, la silueta de Aretha se definió frente a ellos, dejándoles entrever que había información importante que no podía esperar hasta su llegada a Dardania.

—Estás empezando a convertirte en un ave de mal agüero, preciosa—bufó Máscara Mortal al verla.

—Oh, venga. No es culpa suya.

—Gato tiene razón. Además, Aretha es mejor que los pajaritos mensajeros. —El Santo de Escorpio terció. La ninfa, mientras tanto, miraba de uno a otro sin saber que pensar.

—Ignórales. —Camus intervino y atrajo su atención. —¿Ha sucedido algo más? ¿Está todo bien en Dardania? Hemos sido atacados por Troya y no estoy seguro de que…

—No, las cosas no están bien—admitió ella.

—Cuéntanos. —Shaka lucía especialmente preocupado y aquella expresión se contagió a sus compañeros. La presencia de la pelirroja no pasó desapercibida para Bemus, quien rápidamente se unió al grupo.

—¿Están todos a salvo en casa?—preguntó el moreno.

—Sí, sí… Hasta ahora lo están. —Pero su respuesta no alivió al griego. —El palacio está bajo asedio. Las tropas troyanos los mantienen rodeados, aunque no han atacado hasta ahora.

—¿Asedio? ¿Cómo es posible?

—Un escuadrón de jinetes troyanos llegó hace poco. Su general… Iona dijo que lo conocías. Felipo, príncipe de Troya.

—¿Felipo? —La expresión en el rostro del marinero dijo todo por él. Era una mezcla de sorpresa e incertidumbre que solo acrecentó las dudas de los Santos. —Sí, le conozco.

—¿Qué significa eso para nosotros? —Lo que Shaka quería saber era si se trataban de noticias buenas, o malas. Los hombres como Bemus, o como ellos mismos, tenían amigos o enemigos; jamás generaban indiferencia.

—Felipo y yo nos conocemos de años. Diría que somos amigos, pero… —Se llevó la mano a la cabeza y enredó los dedos en la melena oscura y revuelta. —Felipo es un buen hombre y algún día será un rey excepcional. Pero en muchos aspectos, y no precisamente en los buenos, no puede negar que Periandro es su padre. Tiene un deseo insano de siempre complacerle.

—Entonces, ¿no saldremos de esto sin pelear?

—Si existe un hombre con guerra en la sangre, ese es Felipo—respondió a Camus—. Si partiéramos ahora, es probable que llegáramos en un día o menos.

—Imposible.

La negación de Talal fue profunda y también inesperada. Se unió a la conversación justo en ese punto, cuando el sentido de urgencia apremiaba y los riesgos parecían valer la pena. De todos ellos, quizás el africano era el único que pensaba con claridad; tal era su deber.

Al igual que el viejo Ophelos, su lugar ahora era al lado de Bemus, como mentor, consejero y ancla. Quizás la principal debilidad del joven marinero era su impulsividad, especialmente en situaciones donde había gente querida en peligro. Talal debía ser quien le atara las ideas a tierra y susurrara a su oído que, a veces, la paciencia traía más recompensas que la intrepidez.

—Si partimos ahora, es posible que jamás lleguemos—acotó Talal, adelantándose a los pensamientos de su capitán. No le conocía por tanto tiempo como lo hizo Ophelos, pero sí que era conocedor de su ímpetu y especial arrojo por proteger a la hetaira y al niño. —Bemus, estarías arriesgando demasiado. El mar está muy revuelto y el viento sopla en contra. Tampoco podemos acercarnos demasiado a tierra firme, pues corremos el riesgo de encallar. Esta parte del Gran Mar está llena de bancos de arena que terminarían con una embarcación como la nuestra.

—Kozma y Iona podrían estar en peligro. —El moreno subió ligeramente la voz, pero en nada afectó a su navegante.

—Será peor si no llegamos jamás. Entonces, estarán muertos con toda seguridad.

—¿No hay forma de llegar más rápido?—preguntó Mu. Bemus no era el único que quería llegar a tierra dárdana.

—Viajamos tan rápido como podemos, manteniéndonos a salvo. Ya no estamos en época de navegación. Al llegar estos días, las aguas se vuelven traicioneras. Poseidón no bendice a quienes son temerarios y faltan al respeto a sus dominios. A Poseidón le agradan aquellos que le temen.

La desesperación apareció en la cara de más de uno. Estaban ahí, tan cerca y a la vez tan lejos. Varados a mitad del camino y con más prisa que nunca.

Era claro que el africano no cedería. Ya no era solo por ellos, o por aquellos que esperaban en Dardania; sino por toda la tripulación. Habían tantas vidas de por medio ahí, como las había en el palacio de Bemus. La diferencia era que podía salvar a unas, y a otras no.

—Ya estuvimos aquí antes—habló de nuevo, al reparar en la falta de resignación de su capitán—. Sabes lo que pasó, Bemus. —Sus palabras parecieron despertar al ateniense y oscurecieron su mirada. —Prometiste que no sucedería de nuevo y nos hiciste jurar, por la amistad que te tenemos, que jamás permitiríamos que la historia se repitiera. Ophelos no está aquí para cumplir su palabra, pero yo sí. Si decides continuar con esto, no voy a ayudarte. Te he visto sufrir todos estos años y no seré tu cómplice para que continúes con tu tortura si algo terrible sucede de nuevo. —Y que los dioses se apiadaran del Axios sin un navegante tan diestro como él, o como el fallecido viejo. —¿Qué harás? Decide ahora.

Nadie se atrevió a preguntar. De pronto, las conversación entre ambos marinos había alcanzado un pico de tensión que explotaría a la más mínima palabra fuera de lugar. Desconocían la historia detrás de dicha promesa, pero era obvio que, fuera lo que fuera, aún era una herida abierta.

La ansiedad los carcomía por dentro también. Querían llegar tan rápido como fuera posible, antes de que una tragedia golpeara a los inocentes que ellos habían puesto en la línea de fuego. Estaban arriesgando mucho, quizás por nada. Pero las decisiones habían sido tomadas y se mantendrían. Sin embargo, todo indicaba que esa última decisión ya no sería suya.

—Aretha, vuelve a Dardania y recalca que estamos en camino. —El tono de Bemus escupía rabia y frustración. —Tardaremos más de lo esperado en llegar, pero lo lograremos. Si algo sucede, te suplico que hagas cuanto puedas por ayudar a mi gente.

—Haré todo lo posible…

—Gracias. —Agachó la mirada y la clavó en el piso, sintiendo que las siguientes palabras quemaban en su garganta. —Nosotros esperaremos al alba. Talal, asegúrate que todo esté listo para partir al primer rayo de luz.

Talal aprobó con un movimiento de cabeza y se marchó de ahí. A sus ojos, se había hecho lo correcto. El viejo estaría orgulloso de él.

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El porqué Felipo no había lanzado a sus tropas contra ellos era un misterio sin respuesta. La tensión en el campamento troyano era tan densa que casi se volvía palpable. Incluso desde la seguridad de los muros del palacete, se podían distinguir el revuelo entre los soldados que clamaban por sangre. Pero en cambio, habían acampado ahí por poco menos de dos días, sin que la orden de atacar abandonara los labios de su general.

Desde lo alto de las murallas, oculto por la densa niebla que azotaba esa madrugada, Julius contemplaba el silencioso campamento. Alcanzaba a ver el fuego de las hogueras a su alrededor y, cuando la brisa soplaba en contra, el sonido de algunas voces llegaba con perfección a sus oídos.

Como guerrero y estratega que era, Julius no comprendía las decisiones de Felipo. Eran un blanco fácil; una conquista segura. Para cualquier soldado, era una victoria esperando a ser reclamada.

Sin embargo, el príncipe troyano no había movido un dedo, ni tampoco había permitido que un solo hombre de su ejército se moviera fuera de sitio.

El etrusco incluso llegó a considerar que aquella larguísima espera era parte de alguna estrategia salida de la mente del heredero troyano. Quizás les daban la oportunidad de rendirse, o bien, aguardaban por la llegada de un ejército aún mayor, para no dejar ni siquiera rastro de ellos. Lo único que Julius tenía claro era que, sin importar de que se tratase, eran malas noticias para ellos.

En cambio, Talos miraba con una inusual esperanza hacia el Norte; ahí donde, con un poco de suerte, el barco que traía consigo a los llamados Protegidos de Palas, aparecería en cualquier momento,

Julius y el resto de su séquito eran mucho menos optimistas. Ninguno de ellos estaba acostumbrado a los milagros y, por lo tanto, no esperaban el beneplácito de los dioses.

—¿Qué haremos? —A juzgar por la expresión de Bor, estaba tan confundido como él mismo.

—Esperar. ¿Qué más podríamos hacer? —Resopló. —Hasta ahora, su pasividad nos beneficia.

—Sabes que detesto esperar.

—Cierto, pero también sé que te gusta respirar. Una cosa por la otra, Bor.

—Ya, ya…

—¿Hay noticias de la ninfa?—preguntó Julius. Malkram negó. —Maldición. Está tomándose demasiado tiempo.

—Quizás vuelva con ellos…

—Ojala sea así. —Suspiró antes de girarse, dispuesto a empezar el descenso. —Alguien debería reemplazar a Xantipa en la guardia de la Reina. Esa mujer es capaz de reventarle los nervios a cualquiera.

—Yo iré. —Malkram se ofreció. Nadie más objetó.

Todo lo que Julius quería era cerrar los ojos por algunas horas. No había dormido por dos noches ya, y aunque usualmente no necesitaba de muchas horas de sueño, ésta vez le hacían falta. Sin embargo, dada la compleja y amenazante situación en la que estaban atrapados, todo indicaba que aquel no era un lujo que pudiera darse.

No había descendido más que un par de escalones cuando se topó con aquella figura, envuelta en las sombras y en misterio, que se escurría cerca de los muros.

De inmediato se puso en alerta. En un santiamén, desenfundó la daga que llevaba en la cintura e, imitando cada gesto del intruso, se ocultó bajo las penumbras que la altura de la muralla creaba. Siguió sus pasos con presteza, pero también con sigilo. Lo último que quería era ser descubierto antes de pillarle. Cuando por fin le tuvo a su alcance, con un rápido movimiento, le rodeó con el brazo para acercarle a él y puso la daga contra su cuello. El intruso se revolvió al principio, mas un instante después, abandonó toda lucha y se sometió a su captor.

—¿Quién eres y qué es lo que buscas aquí?—siseó el mercenario. La daga apretó un poco más contra su garganta y el filo dibujó una línea de sangre en aquella piel inmaculada.

—Julius, soy yo.

Al reconocer esa voz, la dejó ir de inmediato. La obligó a girarse para poder verla a la cara y retiró la capa que le cubría la cabeza.

Tan pronto la tuvo al alcance de la vista, la expresión en su rostro delató su confusión. Era una mezcla de sorpresa, reproche y arrepentimiento; todas a la vez y ninguna más importante que la otra.

—¡Iona!—pronunció su nombre. Ella le pidió con un gesto que bajara la voz, para después llevarse la mano a la pequeña herida que el arma del etrusco dibujó en su cuello. —¿Qué demonios haces aquí? ¿Qué crees que estás haciendo?

—Voy a salir.

—¿Vas a dar un paseo a medianoche? ¿En pleno asedio?—contraatacó él, abusando del sarcasmo—. ¡Pude matarte!

—Es solo un rasguño. Estoy bien. —Pero los insistentes ojos azules el hombre seguían demandando respuestas. —Conozco a Felipo; Bemus y él son buenos amigos, y ha estado en este sitio muchas veces. Si puedo hablar con él, quizás pueda ser de ayuda…

—Esto no es un juego.

—Lo tengo muy claro, Julius. Esta es mi forma de pelear por mi vida y también por la de todos.

—Iona… —Ella no lo dejó continuar. Posó los dedos sobre sus labios, lo cual bastó para callarlo.

—Me conoces bien. ¿Crees que podrás disuadirme?

No hubo necesidad que Julius respondiera. La hetaira tenía razón, tanta razón que era imposible que él la negara. Iona era una mujer fuerte, determinada y terca, al extremo. No existía poder humano o divino que la hiciera cambiar de opinión, cuando ya tenía una decisión tomada.

Por supuesto, eso no significaba que él se preocupara menos por ella. Iona era una mujer habilidosa en su trato con los hombres, pero Felipo no era uno cualquiera.

—¿Cómo piensas salir?—preguntó él.

—Este es mi hogar; conozco cada uno de sus recovecos.

—¿Crees que nosotros podamos escapar por ahí?

—Podríamos… Pero, ¿con una mujer ciega, una vieja tullida y una reina preñada? No soy optimista.

—Maldición.

—Julius, escucha. —La morena acarició su mejilla, por debajo de aquella densa barba marrón. —Podría quedarme aquí, toda la noche, lamentando nuestra mala fortuna. Pero tengo planes en mente, que serán inútiles si el alba me alcanza. Cuida mi hogar, pues volveré pronto.

Con más resignación que confianza, Julius aceptó su partida. Asintió, no sin sentirse preocupado. Después de eso, la dejó marchar, deseándole la mejor de las fortunas… por ella y por todos.

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Se internó en aquel pueblo fantasma, ahora convertido en un cementerio. Los tracios habían huido tan rápido como pudieron, dejando tras de sí todo aquello que no era necesario y que traía malos recuerdos.

El campamento entonces, con tiendas, hogueras carbonizadas e incluso algunos animales enfermos, se congeló en el tiempo.

Pero nadie sabía del tesoro escondido en el corazón del abandonado asentamiento.

Justo donde Hera había indicado, en la carpa que alguna vez perteneciera a Diomedes, una pequeña caja yacía olvidada. Para ella, que sabía donde buscar, no fue difícil hallarla, incluso en la oscuridad. Con cuidado la tomó en sus manos y la examinó antes de abrirla. Cuando lo hizo, descubrió el obsequio de muerte en su interior.

Tres flechas, tres almas.

Con una, arrebataría la vida de la persona que hacía a su corazón latir, a ese amor que él poseía y que a ella le había sido negado. Con otra, crearía un hueco en su alma, una ausencia que no podría ser reemplazada y un vacío que jamás se llenaría. Y con la última, le robaría la paz y derruiría su mundo.

Tres flechas, tres almas… y la destrucción del ser que se había burlado de ella.

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Una densa neblina mantenía a la isla bajo su encanto. Traía consigo la frialdad de su rocío que humedecía la ropa y volvía peligroso el camino de subida hacia la ciudadela. Creta dormía bajo la luz agonizante de las teas en sus calles. Los guardias mantenían sus rondas a mitad de la madrugada, a pesar de que la visibilidad era nula y el clima era inclemente.

La pequeña compañía de intrusos reconocía la importancia de la discreción. El pacto que habían hecho con la reina los incluía a ellos y a nadie más. El resto de la corte no tomaría a bien el regreso del príncipe; los conspiradores se levantarían contra él y su vida volvería a pender de un hilo, quedando a merced de los opositores que negarían su derecho a un niño nacido de un monstruo.

Los chicos llegaron a Creta, escabulléndose a mitad de la madrugada. El plan era simple: encontrar a la reina, recuperar a Aioros y rogar a todos los dioses porque Ganímedes no faltara a su promesa de regresar a tiempo a la isla.

—Me quedaré aquí con los chicos. —Nadie tuvo que pedirle a Aldebarán que los cuidara. Él se ofreció y él los mantendría a salvo. —Esperaremos cerca de la salida hacia el puerto. Tengan cuidado. Si Ganímedes llega antes que ustedes, pondré a los niños a salvo e iré a buscarles.

—Bien. Asegúrate de que nadie les vea.

Aldebarán asintió a las instrucciones de Dohko. Entonces, liderando el camino y seguido por Ícaro, marchó hacia el bosque que rodeaba el camino.

El resto de la comitiva tomó el rumbo contrario, por el sendero empedrado que llevaba hacia la ciudadela. La neblina humedecía la piedra, haciendo peligrosa la subida. Los caballos iban con prudencia, su aliento forma nubes de condensación tibia. El silencio de la noche era tan profundo que los cascos de sus monturas resonaban cual tambores en medio de la tranquilidad.

Atrajeron de inmediato la atención de una cuadrilla de guardias, pero ninguno de ellos les detuvo. Era por todos sabido que la reina Pasifae les había permitido cierta libertad, sin motivo aparente y en contra de toda lógica.

Fue así que avanzaron sin obstáculos hasta el palacio. El patio de armas estaba cerrado a esas horas de la madrugada. Sin embargo, tan pronto fueron reconocidos por la guardia nocturna, no hubo ningún otro obstáculo en su camino hasta el salón del trono. Esperaron ahí, en completo silencio, temerosos de que las paredes escucharan y cualquier palabra suya revelara más verdad de la que debería.

Tras una espera agónica, la reina apareció. Su semblante, el mismo que habían conocido alicaído y derrotado, ahora era realmente el de una reina.

—Han regresado—susurraron sus labios cuando les tuvo de frente—. ¿Traen noticias? —Y su corazón latía desesperado por noticias benévolas de su hijo.

—Le encontramos y se encuentra bien—respondió Dohko. El resto de los chicos permaneció en un silencio expectante, mientras sus ojos buscaban por señales de traición en la reina. —Está bajo el resguardo de uno de los nuestros. Se quedará con él hasta que nuestro transporte regrese a por nosotros y podamos marcharnos. Decidimos que traerle hasta aquí era peligroso para él… y también para ti.—Poco a poco, el semblante de la rubia se relajó ante la esperanza que las noticias de la buenaventura de Asterión le trajo.

—Entiendo. —No mentía, pero aquello no hacía menos dolorosa su realidad.

—Hemos cumplido nuestra parte. Es tu turno de cumplir con la tuya.

—No tan rápido, Santo—interrumpió a Saga y no se amedrentó cuando la mirada del peliazul se empañó con desconfianza—. Entiende que su palabra no es suficiente. Necesito que mis ojos constaten la verdad. Quiero ver a mi hijo.

Su petición les robó el aliento. Llevar a la reina hasta el punto de encuentro era una decisión delicada. Si ella estaba envuelta en las intrigas de traición, entonces se convertirían en la presa perfecta; y si no, aún suponiendo que fuera inocente, se arriesgaban a ser seguidos y sorprendidos por el verdadero traidor.

Pero vista la determinación que brotaba de los ojos pardos de Pasifae, no habría modo de cambiar su opinión. Hasta que la reina no viera con sus propios ojos al hijo perdido, no habría trato.

—No hay forma de que te permitan ir sola con nosotros, Alteza.

—Y vamos a ser muy sinceros contigo—continuó Saga ante las inquietudes de Shura—. Hay un traidor en Creta… y no estamos seguros de que no seas tú.

—¡Que infamia!—bramó Pasifae. Su rostro, que destilaba una valentía inusual, mutó en un gesto de ira. —¡¿Con que insolencia se atreven a acusarme de traición?! ¡Somos aliados y les he dado mi palabra!

—Un grupo de soldados cretenses nos siguió al bosque y nos atacó. —El gemelo menor tampoco iba a retroceder. Su voz sonaba firme y sus palabras eran rotundas. —Soldados cretenses, soldados tuyos.

—No, no míos

—Disculpa si compartimos tu recelo. No eres la única que tiene que cuidarse las espaldas. Estos tiempos no son benévolos con nosotros.

—No tiene sentido levantarme en contra de aquellos que pretendo proteger.

—No todas las acciones tienen lógica. De otro modo, no existirían los errores, Alteza.

Dohko seguía con inusitada ansiedad el intercambio de palabras entre los gemelos y Pasifae. Aunque la reina y ellos eran aliados temporales, no estaba seguro de que debieran tentar a su suerte de aquella manera. Miró también a Shura, tan tenso como el mismo, pero mucho menos disimulado.

A diferencia de ambos, el gemelo parecía cómodo con el intercambio de palabras, mientras sus ojos examinaban con cuidado cada reacción de la reina, buscando en ellas la verdad.

Pasifae apretaba sus labios con tal fuerza, que habían palidecido. Sus facciones se habían afilado, dejando al descubierto una inusual dureza en su rostro.

El chino se dio cuenta que fruncía cada vez más en el ceño. No había llegado ahí esperando que todo fuera sencillo, pero tampoco había deseado que se complicara tanto. Si los peliazules no se callaban pronto, o si la rubia perdía el temple, todos sus esfuerzos se irían al demonio.

—Alteza—irrumpió en la tensa discusión—, si no eres tú quien ha intercedido en contra del príncipe, entonces has de saber que quizás tú también corres peligro. Hay un traidor entre los tuyos, que atenta contra tu voluntad y persigue sus propios intereses. Si nosotros no podemos confiar, tú tampoco deberías hacerlo.

—El príncipe se encuentra ya en peligro, pero se expone todavía más si insistes en verle. —Shura se unió a su ruego por prudencia.

Sin embargo, el corazón de madre dentro de la soberana se imponía a su razón. Las amenazas contra ella y su hijo eran muchas, pero habían estado ahí desde el día del nacimiento del príncipe, y nunca se habían esfumado. Aún así, los dos estaban vivos; habían sobrevivido a los abusos de Minos, al odio de su pueblo y a las maldiciones que rondaban la isla. ¿Por qué ahora, cuando el final de su sufrimiento se veía más cerca que nunca, era que debían temer?

Pasifae sabía que nunca se perdonaría si lo dejaba ir sin darle un último beso y obsequiarle una promesa.

—No importa lo que suceda. Iré con ustedes—sentenció ella.

Dohko dejó escapar el aliento lenta y penosamente, con marcada resignación. Se mordió los labios y agachó la cabeza, cediendo al fin ante los deseos de la reina.

—Como la reina prefiera—dijo. Shura lucía más preocupado por la decisión que resignado; mientras Kanon estuvo a nada de reiniciar la conversación, solo para ser acallado por una severa mirada del chino.

—Esperen por mi a las afueras del palacio. Tengo un par de asuntos que arreglar, pero les daré alcance ahí.

—¿Qué hay de Aioros? Fue su libertad a cambio de la vida del príncipe.

Una tenue sonrisa se dibujó en los labios de la reina ante la inquietud del gemelo. Sin embargo, ni una sola palabra más surgió de su garganta. Giró sobre sus talones y desapareció con la misma parsimonia con la que había aparecido.

Los cuatro Santos quedaron atrás, hundidos en un profundo silencio, repleto de recelos. Se miraron entre ellos, sabiendo a la perfección lo que el otro pensaba.

Dohko fue el primero en reaccionar. Chasqueó la lengua y dio marcha atrás, deshaciendo el camino que les llevó hasta ahí. Se detuvo solo cuando no escuchó los pasos de sus chicos detrás de él. Volteó para buscarles; ninguno se había movido.

—Vamos, chicos. —Les animó. —Terminemos de una vez con esto.

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Iona nunca había sido tímida al internarse en las tiendas de cualquier hombre, incluso si dicho hombre estaba destinado a ser rey. Su oficio la había llevado a verlos como iguales, a pesar de no serlo. Quizás ellos poseían poder y fortuna, pero era a ella a quien buscaban y necesitaban.

Las sombras de la noche siempre habían sido sus aliadas. Eran el manto de oscuridad que la protegía y que la convertían en una diosa de plata, radiante bajo la luz de las teas.

Su oficio le había enseñado a ser invisible. Era un fantasma que atravesaba campos de guerra y ejércitos sin que nadie la viera. Fue de ese modo que consiguió colarse en el campamento troyano, sin que nadie reparara en su presencia. La tienda de Felipo estaba en el centro, protegida por el resto de sus hombres. No era difícil de localizar, pues por mucho, era la más grande y cómoda de todas.

Entró con cautela y apartó la capa que le cubría la cabeza. El hogar en el centro de la tienda se había reducido prácticamente a carbón, pero bastaba para mantener un ambiente tibio, alejado del frío que venía del mar.

Sus ojos recorrieron las improvisadas habitaciones del príncipe heredero. Cada detalle era importante en caso de que tuviera que plantearse una huída apresurada, aunque no se sentía amenazada por Felipo. Lo conocía bien; Bemus y él eran socios comerciales y también buenos amigos. Aquel palacio, su palacio, había dado abrigo al troyano en muchas ocasiones, con ella como anfitriona.

—Esperaba que vinieras antes. —La voz de Felipo la sobresaltó, pero no lo demostró. Le había visto, dormido entre las pieles que le servían de lecho. Era obvio que se había equivocado.

—Pensé que dormías, Alteza.

—El sueño ligero es parte vital del instinto de supervivencia. Quien quiere llegar a viejo, no puede permitirse olvidar que vivimos en un mundo belicoso y traicionero.

—Atinado como siempre. —El príncipe esbozó una ligera sonrisa que se perdió en su ceño somnoliento.

—¿Viniste a negociar tu libertad?

—No vine a pedir por mi vida, sino por la de aquellos que son inocentes.

—¿Qué significa eso, Iona? ¿Tú no lo eres?

Se puso de pie, envuelto en las gruesas pieles donde dormitaba hasta unos momentos antes. Debajo de ellas no había nada más que su cuerpo desnudo. Deliberadamente lento, caminó en busca de una botella de vino a medio beber. Sirvió dos copas; una para él y otra para su acompañante. Le tendió la copa de plata, que ella aceptó sin dudar.

Los ojos marrones de Iona habían seguido cada movimiento suyo. Tal era su modo de actuar, de conocerle. Era una mujer a la que ningún hombre podía guardarle secretos.

Los labios femeninos, sin embargo, no permitían escapar ni una sola palabra. Se le había enseñado a escuchar, y a hacerlo con cuidado. Sabía leer entre líneas y aprendía más de sus benefactores con los ojos, que con la boca. Ser una hetaira conllevaba muchas habilidades que solo la experiencia alimentaba. Pero toda vez que conseguía amaestrarse en ellas, un mundo de opciones se abría ante sus ojos.

—¿No vas a responderme? Puedes hablar, somos amigos. —Bebió un trago de vino, pero nunca dejó de mirarla por encima de la copa. —Lo que digas, quedará entre nosotros.

—¿Es así?

—Tienes mi palabra y sabes lo mucho que eso vale. Habla sin temor.

No había nadie, quizás con la única excepción de Bemus, en quien confiara ciegamente. Mucho menos se sentía dispuesta a confiar en el hombre que mantenía su hogar bajo asedio y que amenazaba, apoyado de su ejército, la paz que ella tanto atesoraba.

Pero haber llegado tan lejos, solo para mantener la boca cerrada, no era parte de sus planes. Estaba ahí para hablar, para apelar a una vieja muestra de hospitalidad de un viejo conocido. Si con eso podía salvar algunas vidas, se daría por satisfecha. Después de todo, aquel crimen no era compartido por mucha gente, cuya vida ahora peligraba.

—Bien. En tal caso, hablemos como amigos—aceptó—. Yo entendía los riesgos que mis decisiones conllevarían, Alteza; ni los sirvientes, ni mucho menos Kozma lo hacían.

—No me llames Alteza, Iona. Sabes mi nombre, úsalo.

—No pensé tener dicho privilegio.

—Lo tienes.

—Entonces, permíteme abusar de él y de esta recién hallada confianza, para pedirte que no permitas una masacre aquí, en nuestro hogar.

—Lo creas o no, eso es lo último que deseo. Al igual que el resto del mundo, he escuchado lo suficiente acerca de aquellos hombres que viajan bajo la protección de Palas, y aunque sé que mis guerreros son los mejores de esta parte del Gran Mar, evitarlos sería una bendición—suspiró—. Perdonaría tu vida y la de los tuyos, pero una afrenta contra mi padre fue cometida en suelo troyano, insultándonos a todos. ¿Por qué Bemus participaría en algo así? Es considerado amigo de Troya y mío. En vista de que tú le conoces mejor que nadie, no me importaría que trajeras un poco de luz a mis dudas.

—Bemus sigue siendo un protegido de Athena, un guerrero a su servicio. Bastaría la palabra de ella para que él hiciera hasta lo imposible en su nombre—respondió. Las verdaderas razones del porqué se habían atrevido a llegar tan lejos, las desconocía. —Pero el resto de su historia tendrás que preguntársela a él. Cualquiera que fuera mi versión, muy probablemente terminaría por ser errada.

Felipo se apoyó contra el sostén de su tienda y permaneció quieto, simplemente observándola. Como todas las mujeres de su clase, la noche la envestía de diosa. Sus palabras, sin importar su significado, eran imposibles de resistir y de dudar. Su voz era suave, e invitaba a confiar… a creer. Simplemente era hipnotizante, mucho más allá de la belleza que poseía. Era una mujer que sabía moverse en un mundo de hombres.

Se frotó la barba incipiente. Vació su copa en busca de un poco de calor y dejó escapar lentamente la respiración, mientras pensaba con detenimiento la decisión que estaba a punto de tomar.

—¿Cuándo regresará?

—Debería hacerlo pronto—respondió la morena.

—Bien. —Se incorporó de nuevo y fue directamente hacia ella. —Sé que encontrará el modo de escabullirse hacia su palacio sin que notemos su presencia. Así que, cuando le veas, dile que deseo hablarle. Mientras tanto, tienes mi promesa de que no atacaré a nadie que esté dentro de tus muros. —La forma en que Iona lo miró le demostró su recelo. —Una vez más, tienes mi palabra.

—Te lo agradezco.

—No lo hagas. A cambio, permite que te escolte de regreso.

—Si lo haces, estarás en problemas. Serás el príncipe heredero, pero tus hombres no verán que buenos ojos que marches con el "enemigo".

—No eres mi enemigo.

—Ni tú el mío. —La sonrisa en los labios femeninos le recordó tiempos mejores. Quizás por eso, a pesar del cansancio, la correspondió con sinceridad. —Ahora, debo marchar, antes de que alguien me encuentre aquí. Volveremos a vernos pronto.

Volvió a envolverse en la oscuridad de su capa antes de salir, y con el mismo sigilo que había llegado, se fue, esfumándose entre las sombras de la noche y dejando al príncipe hipnotizado por su partida.

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A pesar de que ya era tarde, Aioros no había conciliado el sueño. Por orden de Pasifae había regresado a sus aposentos, donde estaría recluido hasta que la reina ordenara algo distinto. Sin embargo, tenía la impresión de que su última plática le había ganado el indulto. Aioros no era de las personas que decía lo que los demás querían escuchar, pero en aquel caso particular, resultó de esa manera. Lo mejor era que ambos habían sido terriblemente honestos, fuera para bien, o para mal.

Lo cierto era que ahora se sentía momentáneamente confundido y la sensación no le gustaba. Su primera impresión acerca de Pasifae, en la que la veía como mujer sumisa y desecha, había cambiado radicalmente después de conocerla en su papel de reina.

Provisionalmente, sentía que tenía su favor; desconocía por cuanto tiempo más lo tendría. Aunque Pasifae había jurado mantener su palabra, las constante desilusiones habían causado que el arquero perdiera la fe en los hombres. No deseaba hacerse expectativas que terminaran aplastadas bajo el peso de la traición.

De pronto, la puerta de su dormitorio se abrió y sus pensamientos llegaron a término. Se incorporó rápidamente, solo para sentirse intrigado ante la presencia de la reina. Su rostro no ocultó la sorpresa que generaba su visita.

—De pie, Santo.

—¿Qué sucede ahora?—preguntó él, mientras la veía rebuscar entre sus cosas, hasta que encontró una capa y se la lanzó.

—Ponte eso.

—¿Saldremos?

—Es tiempo de que vuelvas a casa.

—¿Qué?

—Los demás Santos han regresado. —Desde la puerta, Pasifae se aseguró de que el pasillo estuviera vacío. Lucía ansiosa y con prisa. Con un gesto de la mano, apuró al Santo para que usara la capa. —Dicen tener al príncipe con ellos y, si es verdad, entonces tú eres libre de volver a casa. Di mi palabra.

—Tenía la impresión de que ya era libre—terció Aioros.

Sus palabras fueron como una bofetada que despertó a la reina de su ansiedad. Todo sentido de urgencia se borró de su rostro mientras avanzaba hacia él, con deliberada lentitud. Se detuvo a tan solo centímetros y sembró sus ojos marrones en los del Santo.

—¿Qué dices?—cuestionó en un susurró.

—Pensé que me habías devuelto mi libertad.

—¿Por qué haría tal cosa? ¿Acaso eres un héroe?

—Dímelo tú; sabes la verdad.

Pasifae retiró la mirada de él, y miró por encima de su hombre, asegurándose que estuvieran solos. Ni un solo ruido se escuchaba en el palacio.

Después volvió a contemplarle un par de segundos, hundida en el más absoluto de los silencios. Descubrió que Aioros la observaba también, con esas gemas azules que llevaba por ojos, que parecían medir cada expresión suya en busca de respuestas. Supo que el Santo no tenía las respuestas que buscaba en ella.

Le sorprendió al tomar su rostro entre las manos y tirar de él, para acercarle a ella. Sus labios quedaron cerca de sus oídos. El arquero podía sentir el calor de su respiración sobre la piel, y entonces la escuchó susurrar lo último que habría de decirle.

—En ocasiones, los demonios se visten de reyes; y a veces, los asesinos se convierten en héroes. Pero no es mi opinión la que te importa, ¿o sí?

Y no estaba equivocada.

Al final de cuentas, su juicio era el que menos importaba. Pasifae era solamente uno de esos personajes fugaces en su vida. Había opiniones mucho más pesadas que la suya… empezando por la propia.

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—¡Mamá!—chilló el pequeño Asterion cuando se sintió seguro entre los brazos de su madre. La reina lo abrazó, apretujándolo contra su pecho, deseando no tener que dejarlo ir.

—Mi pequeño…

Pasifae luchó por mantener las lágrimas al margen, pues no deseaba hacer que aquella separación fuera más dolorosa para el niño.

Ícaro y los Santos retrocedieron, dando espacio a madre e hijo de reencontrarse. Sin embargo, aún si se hubieran mantenido cerca, la reunión entre la reina y el príncipe no era lo que más les interesaba en ese instante. Las miradas recaían en Aioros, frente a ellos, por primera vez desde que lo dejaran para ir al rescate del niño.

—¿Estás bien? ¿Te han hecho daño?—cuestionó la rubia al niño.

—Solo estoy asustado.

—Has sido muy valiente, pequeño.

—¿Cuándo volveremos a casa?

Y con aquella pregunta, Asterión se apropió de la atención de todos. La reina no pudo más; algo dentro de su pecho se rompió y con ello, un par de lágrimas rodaron sin control por su mejilla.

Se arrancó las lágrimas con un manotazo y luchó por recomponerse. Esbozó una diminuta sonrisa que buscaba infundir fuerza en el chiquillo. Sus manos se posaron con cuidado sobre los hombros infantiles, mientras sus ojos buscaban los de su hijo, idénticos a los suyos.

—Nuestro hogar se ha vuelto peligroso, Asterión. Si vuelves ahí, los hombres malos encontrarán el modo de hacerte daño. Pero he encontrado un sitio donde estarás a salvo y crecerás en paz. ¿Me entiendes?

—Sí… Eso creo. —El pequeño se tornó pensativo. —¿Eso significa que debo irme?

—Estos hombres—recorrió con sus miradas los rostros de los Santos—, te cuidarán y te llevarán hasta ahí.

—¿Tú no vendrás? —La voz del niño tembló.

—Quisiera, mi niño. Pero no puedo. —La reina, entonces, se dirigió hacia los Santos. Sus ojos estaban inundados de lágrimas, pero su mirada era dura. —Han cumplido su palabra y yo cumpliré la mía. Eres libre—dijo a Aioros—. Se lo debes a ellos, tanto como se lo debes a la verdad.

El significado detrás de aquella aseveración fue algo que nadie entendió del todo; tampoco era el momento para preguntas.

Lo que sí, era claro que Aioros no lucía como un prisionero que había pasado días en el calabozo. Estaba aseado, inusualmente tranquilo y callado… callado como no lo habían visto en meses. Tenían la impresión de que los veía, pero que los ignoraba a la vez. A pesar de todo, taloneó suavemente a su montura y se acercó hasta donde ellos estaban. En silencio, toda vez que estuvieron juntos, se apartaron. La reina necesitaba un momento a solas para decir adiós.

—¿Te encuentras bien? —Shura fue el primero en interesarse en Aioros. Éste asintió. —Pensamos que todo podría ir a peor y…

—Sí, lo entiendo. Pensé lo mismo también, pero todo está mejor ahora.

—Podrías simplemente dar las gracias, arquero—terció Kanon—. Nos hemos metido en un montón de líos por salvarte el culo.

—Gracias, Kanon—dijo con cierta ironía. Estaba seguro de que, si hubiera sido decisión del gemelo, él se habría quedado en el calabozo hasta el fin de los tiempos. —Y gracias a todos también—añadió—. ¿Qué sigue ahora?

—Volver a Atenas. El plazo que Ganímedes dio para reencontrarnos, está por vencer. Asumo que nadie quiere llegar tarde. —Dohko estaba en lo cierto; nadie quería permanecer más de lo necesario en la isla.

Casi a la vez, miraron en dirección a la reina y al niño, donde los sollozos habían llegado para no irse. El momento de la separación se aproximaba y ambos corazones se rompían para no sanar jamás.

Ante tanto dolor, Aioros prefirió alejarse. Avanzó por el camino que llevaba a los muelles y, a una distancia prudencial, se detuvo. Su intención tampoco era perderse. No pasó mucho antes de que su soledad llegara a término. No había olvidado el rostro de aquel chico que tenía enfrente y, con toda sinceridad, podía decir que le agradaba tenerlo ahí.

—¡Hola otra vez!—saludó Ícaro.

—Lo conseguiste, ¿no? —El chico se mostró curioso ante la aseveración. —Tu hazaña heroica.

—Oh, eso… ¡Ahora podré marcharme con ustedes! Mi madre estará orgullosa de mí.

—Siempre lo ha estado. Si no tuviera fe en ti, jamás se habría esforzado por sacarte de aquí, para que buscaras un mejor futuro.

—Sí… estás en lo cierto.

—Ícaro—Saga intervino de la nada y puso su conversación en pausa—, ¿puedes darnos un momento? Quisiera hablar con Aioros.

—Sí, por supuesto.

Y así como había aparecido, el niño desapareció, dejando a los dos Santos a solas. Mientras lo veía alejarse, los ojos del arquero no se separaron de él. Por el contrario, la mirada esmeralda de Saga no se apartó de su amigo. El gemelo todavía estaba irritado a causa de aquella última conversación. La supuesta indiferencia de Aioros solo alimentaba el malestar que llevaba arrastrando por días.

—¿Qué pasó durante nuestra ausencia? Nos fuimos y te dejamos en un calabozo; volvemos y estás… así. —"Mejor que nosotros" quiso decir.

—Apenas me dejó salir, si a eso te refieres. No te creas que me he dado la gran vida mientras ustedes estaban ahí afuera. —Aioros entrecerró los ojos, sintiéndose acusado de algo, pro sin saber de qué.

—¿Qué hizo que Pasifae cambiara de opinión?

—¡No lo sé! Siento que me interrogas.

—Eso estoy haciendo. Nadie da algo a cambio de nada.

—Ella solo quería saber si asesiné a Minos, ¿de acuerdo?—soltó, dispuesto a terminar de una vez por todas con ello—. A diferencia del resto de Creta, Pasifae está dispuesta a dar una medalla al asesino.

—¿Le dijiste que lo hiciste? —Aioros giró los ojos ante el cuestionamiento. —Aioros, te hice una pregunta.

Pero no hubo tiempo para respuestas. La reina entregó el niño de regreso a los brazos de Aldebarán. Depositó un beso sobre su frente, obsequiándole de ese modo la última bendición de una madre. Acomodó el cabello de su niño, quien se acurrucó contra el Santo en busca de consuelo.

Con el corazón hecho pedazos, Pasifae se obligó a recomponerse. Rebuscó en su interior por toda la fuerza que le quedaba y enfrentó a los hombres que habría de llevarse su tesoro más grande consigo.

—Saben que hacer. Cuiden de él como si fuera uno de los suyos—les dijo.

—Te hemos dado nuestra palabra y puedes contar con que será así. —Después, Dohko volteó hacia sus chicos. —Vámonos ya. Ganímedes llegará en cualquier momento.

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La bruma espesaba conforme se acercaban a la playa. El sonido de las olas se alcanzaba a escuchar por encima de los ruidos de la noche, a pesar de que sus ojos no distinguían el inicio del mar. El fuerte olor de la marisma los golpeó de pronto, crecido por el viento que soplaba desde el norte.

Entre la negrura de la noche, se divisaron las luces agonizante de las fogatas que regalaban un poco de calor a los marineros visitantes. Las costas cretenses eran amplias, con arenas limpias y playones extensos que daban la bienvenida a quienes encallaran en busca de protección. Usualmente estaban repletas; entre barcos comerciantes y pequeños negocios locales, que proveían a los marineros visitantes de lo que pudieran necesitar. Pero la llegada del invierno las vaciaba. Sin navíos cargados de marinos dispuestos a gastar dinero, era preferible para los aldeanos volver a la ciudad en busca de protección contra el frío.

—El Kyrenia no está aquí aún. —Kanon acotó lo obvio. Bastaba una mirada fugaz a la playa para darse cuenta que el enorme y único barco de Ganímedes no estaba atracado en el lugar.

—Dijo que estaría aquí para hoy. Más vale que llegue a tiempo.

—Ey, tranquilos. Tenemos un poco de tiempo todavía.

—No sé cuanto tiempo más tengamos, Dohko. Si alguien vio o supo del niño… Es un tesoro valioso.

El chino sabía que Saga estaba en lo cierto. El peligro que los perseguía estaría latente hasta que estuvieran a bordo del Kyrenia. Cuando se corriera la voz de que el príncipe estaba vivo y que marchaba, protegido por ellos, con destino a Tera, habría intrigas políticas que irían tras de ellos, hasta conseguir lo que desearan.

Todo lo que el chino quería era desaparecer, antes de que alguien pudiera seguirles y descubrir cual era su paradero.

—¿Alguien ha pensado que si no están aquí ahora, es probable que no lleguen sino hasta mañana, bien metido el día? —Shura preguntó, a pesar de que no perdía la esperanza. Su ojos recorrían la playa, o lo alcanzaba a ver de ella, en busca de buenas noticias. —Los buenos navegantes no viajan por la noche. Deberían haber encallado en algún otro sitio, tan pronto la oscuridad les pilló. Aún suponiendo que zarparan al alba, tardarían algunas horas en llegar.

—Por Athena, Cabra. Eres el mejor levantando ánimos.

—¿Qué? —El español desvió fugazmente la mirada, para observar a Kanon por encima de su hombro. —¿Eres el único que puede decir las cosas como son?

El menor de los gemelos gruñó y, aunque Shura no prestó demasiada atención a sus quejas, Saga esbozó una sonrisilla de satisfacción.

Pasaron entre las decenas de tenderetes abandonados que enmarcaban la entrada de la playa. A esas horas, nadie prestó especial atención a ellos. La mayoría de quienes estaban ahí eran pescadores locales, un puñado de putas buscando clientes y algun que otro marinero que había cedido ante el alcohol. No llegaron tan lejos como para acariciar el mar, sino que permanecieron bien dentro de la arena.

Aioros desmontó y avanzó hacia el mar. La brisa le pegó en la cara; su fría caricia le erizó la piel. El agua llegó hasta sus sandalias cuando una ola rompió contra la arena. El arquero no retrocedió. Aunque hacía frío, la frescura del mar se agradecía.

—Para ser invierno y con el clima tan revuelto, el mar está muy tranquilo—musitó al sentir la presencia de Shura tras de él.

—Espero que todos estén bien. Son épocas difíciles para la navegación.

—Yo también lo espero. —Y no se trataba solamente de la Kyrenia y su tripulación, sino también de ellos mismos. No habría mucho tiempo para abandonar Creta sin mayores repercusiones.

—Sé que te pregunté antes pero ¿ estás bien?—preguntó el español. Aunque la verdadera pregunta era "¿Estamos bien?". Ante todo, era su amigo, quizás el mejor de ellos, y Shura no quería distanciarse de él.

—Mejor que antes, al menos.

—La reina… Ella… ¿Por qué te liberó antes de que nosotros volviéramos? —No obtuvo una respuesta inmediata. Una mirada de Aioros repleta de misterio, alargó su agonía. El arquero no era de aquellos que se quedaran sin palabras, o que tuvieran poco que decir… o al menos no lo era cuando estaba con él.

—No lo sé—respondió tras un silencio larguísimo. Retiró sus ojos de Shura y volvió a centrarlos en el manto blanquecino de niebla que cubría el mar. —Sus razones habrá tenido, pero no soy nadie para saberlas.

—Todos en el palacio estaban seguros de que tú….—calló.

—¿Que maté al rey?—complemento el castaño—. Sí, estoy seguro de que aún lo piensan. Pero detente a pensar por un momento: Minos fue un monstruo para Pasifae y para el niño; y los asesinos de monstruos tendemos a convertirnos en héroes.

Shura tragó saliva. La contundencia en las palabras del Santo de Sagitario le heló la sangre, en algo que a primera vista sonaba como una confesión, pero no terminaba de serlo.

La tranquilidad en su mirada tampoco dejaba de inquietarle. ¿Eran aquellos los ojos de un hombre inocente que encontraba la paz tras haber sido liberado? ¿O, los ojos de un asesino, que no necesitaba ocultar la verdad por más tiempo? El español siempre se consideró diestro para leer a Aioros, pero una vez más, quedaba en evidencia que, cuando más importaba, la verdad en el rostro de su amigo le resultaba imposible de encontrar.

—Ey, ustedes dos. —El llamado de Dohko los hizo reaccionar. —No se alejen demasiado, permanezcan con el grupo. Buscaremos un sitio seguro y apartado donde pasar lo que queda la noche. Roguemos a los dioses porque Ganímedes no se retrase más. Este sitio verdaderamente está maldito.

Jamás había sido un hombre supersticioso, pero Creta lo había hecho dudar de muchas de sus creencias. Aparentemente, las maldiciones existían y eran capaces de imponerse a todo.

Dando la vuelta, caminó hasta tomar la cabeza del grupo. No quedaba mucho de aquella locura. Todo habría de terminarse pronto.

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Bruma, bruma y más bruma… Saga estaba aprendiendo rápidamente a odiarla.

Ya no se trataba solo acerca de la incertidumbre de su entorno, sino también de su futuro. La tensión entre su grupo podía cortarse con un cuchillo. Los esfuerzos de Aldebarán por aligerar el ambiente eran en vano, a tal grado que incluso Dohko parecía haberse rendido. Kanon no hacía más que molestar, Shura se había encerrado en sí mismo, Aioros fingía que todos eran invisibles y él… Él solo quería volver a Atenas tan rápido como fuera posible.

Ícaro estaba inquieto y eso lo ponía nervioso. El chico no dejaba de mirar por encima de su hombro, hacia el camino, quizás esperando que las tropas de Creta aparecieran en cualquier momento y arremetieran en su contra. Si volteaba una vez más, Saga comenzaba a pensar la posibilidad de voltearle la cara de un manotazo.

—¿Eso ha sido un gruñido? —Ni siquiera notó que había hecho tal cosa, sino hasta que Dohko le cuestionó.

—Estoy cansado.

—Todos lo estamos, Saga.

—Solo quiero que esta isla desaparezca. Estoy empezando a creer que la locura es contagiosa. —Oyó a Dohko suspirar y supo que pensaba del mismo modo.

Ambos guardaron silencio, a sabiendas de que compartían pensamientos. El Santo de Libra buscó con la mirada al resto de sus muchachos. No se habían dispersado mucho, pero tampoco estaba dispuesto a perderlos de vista.

Por lo que había visto, ninguno de ellos había dormido nada. Cada cual había encontrado el modo de permanecer despierto, encerrados en sus cabezas.

Aioros se puso de pie y, de pronto, todas las miradas se fijaron en él. Nadie dijo nada, pero las alertas sonaron en espera de las intenciones del arquero. Sin embargo, la normalidad volvió lentamente cuando el castaño no hizo más que estirar un poco las piernas, caminando sobre la arena. Por momentos, cuando se alejaba de más, su silueta se perdía en la neblina. Pero su ausencia era efímera y rápidamente volvía a mostrarse, sin mayores consecuencias.

Sin embargo, repentinamente, Aioros se detuvo mirando al mar. La insistencia en su rostro atrajo la atención del resto. Ellos no alcanzaban a ver lo que el arquero veía, y eso incrementaba la curiosidad. Pero para el Santo de Sagitario, el panorama se aclaraba.

Entrecerró los ojos en busca de certeza y fue con por fin lo distinguió: nunca confundiría aquella silueta.

—Bias…—susurró al reparar en la silueta grande y tosca del gigantón que se acercaba en un pequeño bote—. Han vuelto. ¡Por fin!

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Esperar a que el Sol se pusiera fue un tormento. Después de más tiempo del que les hubiera gustado, por fin habían llegado a aguas dárdanas. Habían encallado el Axios a una distancia prudente del palacio y, desde ahí, se habían movido a caballo. El palacio poseía dos rutas de escape; túneles que iban más allá de las murallas, uno directamente hacia el camino a la ciudad, y otro más arriesgado, que terminaba en el despeñadero.

La presencia de Felipo le traía sentimientos encontrados. La buena fortuna de encontrar a un amigo al otro lado del conflicto, y el desatino que el deseo ciego de un príncipe heredero que buscaba nada más que complacer a su rey.

—Tengan cuidado—acotó cuando llegaron hasta el límite del precipicio. Desde donde estaban, apenas podían ver el estrecho camino, perdido entre las rocas de la pendiente, que permitía descender hacia la entrada del pasadizo. Debajo de ellos, el mar cubría un lecho de piedra que los mataría con toda seguridad si resbalaban. —La piedra se humedece con el viento del mar y estará resbalosa. Además, la visibilidad es poca. Traten de no quedarse atrás.

—¿Qué tan abajo está?

—A mitad de la caída. El camino es bastante seguro, pero hay un tramo especialmente empinado, donde es fácil resbalar. —La respuesta que obtuvo a su pregunta no fue del agrado de Máscara Mortal. El Santo de Cáncer arrugó la nariz y echó una mirada hacia el vacío. La oscuridad no le permitía ver el mar, pero lo escuchaba rugir.

—¿Preocupado, cangrejo?

—Sí, algo—respondió a Milo. Éste esbozó una sonrisa traviesa. —Me preocupa que el gatito dorado es un pésimo trepador.

El aludido gruñó, mientras varias sonrisas cómplices se dibujaban en los labios de sus compañeros. Sin embargo, lo delicado de su misión les obligó a retomar la seriedad con rapidez.

Bemus iba por delante, acompañado de Talal. Aunque el capitán había deseado que el africano se quedara en el Axios y se hiciera cargo de cualquier eventualidad ahí, Talal había insistido en ir con él y con los Santos. Un par de brazos fuertes y una mente aguda nunca estaban de más, especialmente cuando el objetivo era complejo.

—Siento como si nos metiéramos en la boca del loco—masculló Milo cuando empezaron el descenso.

—Eso es exactamente lo que hacemos.

—Tu optimismo ha vuelto, Camus. —Lo miró de reojo y un mohín de ironía. El acuariano le ignoró.

—No te caigas, Milo.

—Tú tampoco, Camus.

Después, se internaron en ese pasadizo que los llevaba a las entrañas del palacete.

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Su hogar le recibió con un cálido abrazo y suave aroma a incienso.

Después de haber sobrevivido a la pendiente en busca del pasaje secreto, y toda vez que consiguieron dejar atrás la humedad de dicho sendero, el tormento llegaba a su fin y el palacio de Bemus se abría ante sus ojos.

No había sido un camino sencillo, pero al menos valía la pena. A pesar de estar construido en piedra, que lo dotaba de una humedad natural, el lugar se sentía tibio y seco, gracias a las teas y a las hogueras que también proveían de luz a sus habitantes, aún en los días más difíciles. Era particularmente agradecido el aroma de los inciensos, que permitían al olfato un descanso después de respirar el aire pesado de los túneles. Bemus reconocería aquel olor en cualquier sitio; se trataba de un incienso de jazmín, traído de tierras orientales y que Iona amaba.

—Pensé que jamás llegaríamos. —Oyó mascullar a Máscara Mortal, unos pasos detrás de él. —La nariz me arde de tanto respirar moho.

—Eres un quejica, Ángelo. Déjalo ya.

—¿Ya no te quejas más, gato? Hace un rato eras tú quien lloriqueaba mientras resbalabas sobre la piedra—terció Milo. La risa cómplice del italiano y el gruñido del león no tardaron en escucharse.

—Ya basta. Dejen de discutir.

—¡Buda!—corearon los tres.

Hubo algunos intercambios de palabras más, a los que Bemus apenas prestó atención. Le pareció una buena señal que los ánimos comenzaran a mejorar, muy a pesar de que él aún sentía el corazón entumecido.

Su esperanza radicaba en que su regreso a casa le ayudara a sanar. Aquel sitio era un santuario para él, donde los caprichos e injusticias del mundo no tenían cabida.

—¡Iona!—llamó con prudencia. Sus ojos, mientras tanto, buscaban por ella.

—Hay demasiado silencio aquí. Me da escalofríos—susurró Milo. Camus le dijo con una mirada que callara. Lo último que necesitaban en ese punto eran más malas noticias. El escorpión entendió su plegaria y suspiró. —Quizás simplemente están dormidos. Es muy tarde, o muy temprano, según sea vea. Además, nadie sabía que llegaríamos. No es como que nos estuvieran… —Pero su parloteo se detuvo de golpe cuando la vio.

El súbito silencio de Milo primero atrajo las miradas hacia él, para después, siguiendo su insistente mirada, desviara la atención hacia la mujer al final del corredor. Un par de cejas se levantaron, algún ceño se frunció, una que otra sonrisa traviesa se dibujó, pero lo cierto era que la expresión del Santo de Escorpio era un poema.

Camus salvó la situación hundiendo el codo en el costado de su amigo. El escorpión volteó hacia él con cara de inocencia. Pero se conocían demasiado bien para entender más allá de sus acciones.

—¡Estás aquí!—exclamó la hetaira al ver al moreno. Fue a su encuentro y, aunque se moría de ganas por colgarse de él y buscar sus labios, se comportó como la mujer que era y se limitó a saludarlo con un escueto abrazo y una reverencia. —Por los dioses, te ves agotado. —Tomó su rostro entre las manos y lo examinó.

—Ha sido una larga travesía. ¿Tú y Kozma están bien?

—Todos lo estamos. Han sido días muy tensos, pero nadie ha resultado herido. Los hombres que han ayudado a sacar a la pitonisa y a Hipólita de Troya, siguen con nosotros. Han mantenido vigilancia permanente sobre los troyanos. Y también está Felipo, ya sabes sobre él…

—La ninfa me dijo.

—He hablado con él y ha prometido no atacar, sino hasta hablar contigo…

—¿Has… hablado con él? —Iona retuvo el aliento y asintió.

—Le conozco tan bien como tú, y él sabe quien soy.

—¿En verdad son tan cercanos? —Milo interrumpió. Por primera vez, la mujer reparó realmente en ellos.

—Lo somos.

Iona simplemente lo contempló. Los había imaginado de mil formas, pero en poco o nada había acertado. Era muy jóvenes, niños que se habían forzado a convertirse en hombres. Sus ojos derrochaban cansancio, aunque ellos mismos se resistieran a mostrarlo.

En muchas maneras, le recordaban a Bemus cuando recién lo conoció: demasiado jóvenes y demasiado rotos.

—Soy Iona. —Se presentó—. Bienvenidos.

—Gracias y… lamentamos haberles puesto en este predicamento—respondió Shaka.

—Teníamos la oportunidad de negarnos y no lo hicimos. Ha sido decisión más nuestra que suya—acotó con determinación—. Ahora, están cansados, hambrientos y mojados. Pediré que se prepare todo para ustedes. Mientras tanto, si me acompañan, puedo contarles más detalles de nuestra situación.

—Algo caliente estaría bien. —Milo se frotó las manos en busca de calor. Junto con todos los demás, fue tras la hetaira. Tenía la melena empapada y sus tripas rugían por algo más, especialmente si era algo diferente a pescado o carne seca.

—Disculpa, Iona—terció Mu, obligando a que el grupo se detenga—. Si no te importa, quisiera saber como está Phineas.

Ella se detuvo y buscó al lemuriano. Para sus adentro, sonrió. Conocía demasiado bien a los hombres y había aprendido a leer sus intenciones. Las de Mu, en particular, le parecieron interesantes, además de nobles.

Ofreció un gesto de aprobación al Santo antes de asentir. Mordió sus labios mientras buscaba por la respuesta que él esperaba.

—Phineas se encuentra bien. Está saludable y parece sentirse a gusto aquí. Sin embargo, apenas duerme por las noches, así que es seguro que esté despierta ahora. Si deseas verla, su habitación está al final del pasillo. —Al notar la reacción en su mirada, supo que había acertado con su respuesta. —Mandaré a avisarte cuando la cena y el baño estén listos.

—Te lo agradezco.

Mu acompañó su agradecimiento con una ligera reverencia y después, intercambió una mirada con sus compañeros. Su presencia no era realmente necesaria y, por el contrario, estaba seguro de que su amiga agradecería la compañía.

Al no encontrar reparos se separó del grupo. Fue justamente en la dirección que Iona la había indicado. Ojala la mujer hubiera acertado y Phineas estuviera despierta a pesar de la hora.

-x-

Cuando entró a la habitación, la vio sentada frente al ventanal. Era muy tarde, pero ella estaba aún despierta. Condenada a las sombras eternas, Phineas había perdido interés en el día y la noche; dormía cuando se sentía cansada y prefería el silencio de la noche para meditar, perdida en sus pensamientos.

Apenas movió la cabeza al escuchar el suspiro de la puerta al abrirse. Poco a poco, sus demás sentidos se habían afinado para sustituir a sus ojos.

Mu entró despacio, sin atreverse a hablarla. Sus pasos eran ligeros; apenas hacía ruido y parecía flotar en el aire. Seguía estando tan pálida como la recordaba, aunque se veía más saludable. Sus labios habían cogido color y sus mejillas denotaban un rubor tenue que indicaba días mejores. La contempló durante algunos segundos, viéndola dudar. Pero de pronto, sin que lo esperara, una sonrisa se dibujó en sus labios.

—Has vuelto. Bienvenido, Mu. —La escuchó decir y, ésta vez, fue él quien no pudo guardarse la sorpresa.

—¿Cómo ha sabido que se trataba de mí?

—No lo sé. Solo lo he sabido.

—Me alegra ver que has mejorado.

—Estoy más fuerte, aunque el pesar en mi corazón es grande. Ven, siéntate conmigo. —Estiró los brazos hacia donde sabía que el Santo estaba, invitándolo a acercarse. Mu tomó sus manos con cuidado, dejándose guiar. Eran frágiles y suaves. Se sentó junto a ella y se quedó ahí, durante un instante, mirando aquello que ella no podía ver. —Estás triste—dijo la pitonisa.

—Ha sido una viaje largo y doloroso. Perdimos a varios hombres, pero uno muy especial.

—Los buenos hombres suelen marcharse antes. Es mediante su memoria que nos recordamos que el bien en capaz de crecer incluso en un mundo convulsionado como el nuestro.

—Entiendo eso, pero es difícil decir adiós.

Ella no respondió. Buscó por las manos del chico y, tras encontrarlas, las apretó con firmeza entre las suyas. Estaban frías, tanto por el clima como por los nervios. A pesar de todo, su agarre era sólido, como se esperaba de un hombre como el Santo.

Phineas apenas había pasado tiempo con él, pero sentía que le conocía de toda la vida y más allá. Su sola presencia le reconfortaba, la soledad quedaba momentáneamente en el olvido cuando estaba cerca. Platicar con él era sencillo y los silencios, agradables. Además, no se sentía a la defensiva, como sucedía normalmente. Tarsila había sido un gran apoyo, pero siempre quedaba aquel dejo de desconfianza entre las dos. La lealtad de la vieja estaba con las Amazonas, no con ella. En cambio, con el Santo, sabía que podía confiar en él para todo.

—¿Cómo has estado?—cuestionó él—. Aretha nos habló del escape y sabemos que ha sido complicado.

—Vivir en Troya lo ha sido más. —Él no se atrevió a preguntar, pero ella interpretó su silencio. —Las intenciones de Periandro jamás fueron claras, pero sus deseos siempre han sido oscuros. No entiendo la utilidad que encuentra en mí. Sin embargo, lo que sea que esperaba, solo contribuiría a su ansia de poder y fortuna.

—Por eso el niño es importante para él.

—El niño es importante para cualquiera; será vida o muerte, dependiendo de quien guíe su camino.

—Esa será Athena. Ahora que está con nosotros, no lo perderemos… ni a ti tampoco.

—Sé que has pugnado por ayudarme, a pesar de que no hay nada de mi que sirva a los propósitos de Palas.

—No estamos aquí por eso.

—Lo sé. Solo quería agradecerte por no olvidarme.

—No hay nada que agradecer. No hay forma de olvidarte. —Aunque no podía verlo, Phineas sabía que Mu sonreía; lo escuchaba en su voz, suave y dulce. Hizo lo mismo y correspondió. —Solo lamento que aún no estemos a salvo.

Y, para que el camino quedara verdaderamente libre, todavía quedaba un largo tramo que empezaba con superar al pequeño ejército apostado frente a ellos. Mientras tanto, y hasta que el último escollo no quedara superado, no podrían decir que habían salido victoriosos.

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La salida del Sol trajo consigo algunos minutos de un frío estremecedor. Soplaba el viento del Norte con fuerza y las gaviotas se revolvían sobre el palacio, ansiosas de robar algún bocado de las tropas que acampaban al lado.

Talos y Bor se acurrucaron un poco más contra las pieles que habían tomado para protegerse del frío de la noche. Apenas habían pegado ojo, pues esa noche la guardia recayó sobre ellos. Como todas las noches desde que el asedio comenzó, nada excepcional sucedió. El campamento troyano estaba inquieto pero no hubo conato de guerra, ni amenazas que pudieran representar un verdadero peligro.

—Tengo hambre. —Se quejó el gigante cimerio. —Espero que al menos el desayuno esté listo.

—Pronto vendrán a relevarnos.

—No sé porqué seguimos aquí. Si el príncipe prometió a Iona que no atacará hasta hablar con tus amigos, entonces no lo hará.

—Estás muy seguro.

—Nadie falta a las promesas que le hace a Iona. Es así de sencillo. —Talos esbozó una sonrisa. Hablar con Bor era una de esas cosas bizarras que había aprendido a disfrutar durante esa aventura. —No te estoy mintiendo. Tú tienes fe en tus amigos, yo tengo fe en los míos.

—Te entiendo y realmente espero que estés en lo cierto.

—Ya verás.

Quedaron en silencio, hipnotizados por un hilillo de humo negro que surgía de la agonizante fogata del campamento troyano. Las voces de los hombres empezaban a escucharse, conforme el ejército despertaba. Los caballos estaban inquietos, quizás porque era hora del desayuno.

Bor frunció el ceño. Era injusto que las bestias comieran antes que él. Tenía hambre y eso le ponía de malhumor.

—¡Buenos días! —Al escuchar el inesperado y desconocido saludo, el mercenario se puso de pie en un brinco. Desenfundó la espada, dispuesto a tumbar a cualquiera. En cambio, Talos no se movió. Nunca, en todo lo que le restaba de vida, olvidaría esa voz.

—Tranquilo, Bor. Estamos entre aliados—intervino Julius. El etrusco iba acompañado del resto del equipo y de un grupo de hombres que Bor no conocía pero cuya identidad podía adivinar.

—¡Talos! ¡Viejo!—continuó Milo. El soldado se levantó y fue en busca de su amigo. Ambos se estrecharon en un abrazo lleno de afecto. —Me alegra que estés bien.

—¡Milo! Ha pasado mucho.

—Vaya que sí. Me hubiera gustado encontrarte en mejores circunstancias, pero… —Se encogió de hombros, complementando con un gesto lo que quedaba por decir. —Gracias por tu ayuda.

—Te considero mi amigo y los amigos se apoyan.

El peliazul sonrió. Aunque la Edad del Mito les había maltratado, eran las personas como Talos las que le recordaban que no todo era oscuridad.

Camus, Shaka y Mu saludaron también al troyano. Ángelo y Aioria, como los desconocidos que eran, fueron más escuetos. Sin embargo, no hubo mucho más tiempo para presentaciones y agradecimientos, pues el tiempo apremiaba y las piezas debían comenzar a moverse una vez más.

—Así que estos son los famosos Protegidos de Palas—musitó Bor. A su gusto, se veían bastante normales y faltos de músculo.

—Llegaron anoche—explicó Julius. Malkram estaba ahí, pero Xantipa había permanecido como vigilante de Hipólita. —Pero creo que no se quedarán por mucho.

—¿Huiremos de aquí o aplastaremos troyanos? —El gigante prefería lo segundo.

—Con suerte, ninguna de las dos—intervino Shaka.

—Oh…

—¿Cuál es el plan?—cuestionó Talos.

—Las chicas y ustedes deben salir de aquí—dijo Bemus—. Deben ir al Axios, del mismo modo en que nosotros llegamos y esperar por nosotros ahí. Pensamos que lo mejor sería que ustedes fueran con ellas. Lo más inteligente sería venir con nosotros a Atenas, si así les parece.

—Nos gustan los viajes sin pagar y Atenas es una ciudad preciosa—acotó Julius.

—Bien. Los Santos y yo hablaremos con Felipo, e intentaremos conciliar con él. Talal les acompañará y acercará el navío tanto como sea posible. Todo dependerá de la disposición de Felipo pero… vale la pena intentarlo.

-x-

La puerta principal del palacio se abrió. La madera se movió con pesadez y los remaches rechinaron al romper el sello que los mantuvo cerrados por días.

Afuera los caballos se inquietaron, contagiados por el nerviosismo de sus jinetes. Su temor no debía tomarse a la ligera. La reputación de los Santos no había pasado desapercibida para nadie; habían barrido con ejércitos enteros, derrotado bestias legendarias y mirado a los dioses directamente a los ojos. Si bien aquel grupo de troyanos eran élite entre los suyos, ¿qué garantizaba que esos hombres de poderes divinos decidieran no borrarles de la faz de la tierra moviendo un solo dedo?

—Al fin—musitó el príncipe. Dymas, a su lado, apenas desvió los ojos para mirarle. —Veremos cara a cara a los héroes de los mitos. Casi me siento emocionado.

—Héroes o no, no dejan de ser hombres.

—Vamos, Dymas, el cinismo no te queda bien. Les esperabas con más ansia que yo.—El joven Apolonio se tensó. Felipo no era un hombre de medias palabras. —Ya sabes cómo Mirra presume su rebeldía y hace alarde de su valentía, a pesar de ser mujer. Pero esta vez, los nervios la han superado. Puede que mi padre esté ciego para no notarlo, pero yo sí. Esto tiene su nombre por todos lados.

—¿No estarás acusándola de…?

—No, tranquilo. No la acuso de nada… ni a ti. Aunque deberías considerar que protegerla, eventualmente va a costarte mucho.

Intercambiaron una mirada fugaz; rígida para el soldado y mucho más pícara para el futuro monarca. Sin embargo, no tuvieron más tiempo para ellos, pues la atención volvió a concentrarse en los recién llegados.

Bemus iba por delante, como el anfitrión que era. Flanqueándolo, estaban los Santos, apenas un par de pasos por detrás de él.

Lo que le pareció a Felipo, era que lucían como hombres normales, tal como Dymas había acotado con anterioridad. De hecho, algunos de ellos, distaban mucho de la imagen de un soldado que le fuera familiar. Sobraba decir que la mayoría ni siquiera eran griegos, pero aquello era quizás lo que menos preocupaba al príncipe. Después de todo, habiendo viajado alrededor del mundo, estaba acostumbrado a encontrar pueblos enteros, repletos de magníficos guerreros, lejos de casa.

Dejando atrás sus pensamientos, el troyano taloneó a su caballo, negro como la noche, y avanzó entre las filas de su ejército, hasta llegar al frente, a escasos metros de sus recién conocidos enemigos.

—La última vez que nos vimos, no esperaba que nos reencontraríamos de este modo, Bemus—dijo. A pesar de la tensión del momento, llevaba una sonrisa discreta que el griego notó y agradeció de algún modo.

—Yo tampoco lo esperaba, Alteza.

—Esto es un desastre. —Felipo chasqueó la lengua y desmontó. Casi al mismo tiempo, Dymas y su escolta hicieron lo mismo. —Siempre has sido considerado y has actuado como un amigo de Troya. ¿Debo pensar que son ellos la razón por la que ahora mi padre ha puesto precio a tu cabeza?

—No es a ellos a quienes debes culpar, sino a mi sentido de lealtad, ese al que siempre has dicho admirar.

—Mi padre quiere sus tesoros de regreso. Si los entregas, yo mismo me encargaré de que tu afrenta sea perdonada y olvidada. Mis amigos son pocos y me gusta conservarlos.

—No creo que eso sea posible. —Bemus soltó un suspiro. Miró por encima de su hombro hacia sus acompañantes y supo que no había vuelta atrás. —Los tesoros que tu padre se ha atribuido… No le pertenecen, Felipo. Hablamos de personas, no de objetos que puede coleccionar y almacenar.

—Eso lo dices tú y quizás yo pueda llegar a pensarlo. Pero conoces al rey. —Hizo una pausa. —Has secuestrado a una prisionera de guerra y a una oráculo bendecida por el mismísimo Apolo. Podría dudar del sitio a donde pertenece Hipólita, pero, ¿la pitonisa? Su hogar es Troya y ahí es a donde volverá.

—Phineas es una prisionera en Troya, no una sacerdotisa. —La sorpresa no cupo en el príncipe cuando se vio interrumpido por uno de aquellos hombres, que hasta entonces parecían haber sellado sus labios. Levantó una ceja y esbozó una sonrisa enigmática que poco dijo de sus pensamientos.

—No conozco a ningún prisionero que vista en seda, duerma en lecho de plumas y viva en una de las mejores habitaciones del palacio de un rey—respondió a Mu—. Pero creo que no hemos sido presentados. Olvidemos la descortesía; soy Felipo, príncipe de Troya. ¿Cuál es tu nombre?

—Mu.

—¿Mu? Será fácil de recordar. Ahora, Mu, debes entender que la mujer ha sido elegida por nuestro dios guardián. Apolo es la deidad protectora de Troya, y aquellos que son bendecidos con sus dones, pertenecen a ella.

—¿Qué hay de lo que ella desee?

—Tú eres un elegido de Athena. Has nacido con sus dones y has crecido con ellos. ¿Alguna vez tuviste la oportunidad de desear algo diferente? ¿Podrías ir en contra de tu destino? —Como si las palabras escaparan de la lengua del lemuriano, éste calló. Felipo supo cual era su respuesta. —Eso es un "no".

Se sintió satisfecho al ver las facciones del Santo endurecerse, con el agrio sabor de la derrota aún en los labios. Lo cierto es que al troyano no le importaba demasiado el destino de las mujeres, pero Periandro era otra historia. Aún si él regresaba con las manos vacías, el monarca se las ingeniaría para mandar un nuevo escuadrón contra los Santos, sin importar que se tratase una misión suicida.

Felipo no quería eso. Apreciaba las vidas de los troyanos y también la suya. No deseaba retar a su suerte ni tampoco incordiar a su padre.

—Has estado ausente, Alteza, y por eso, te has perdido mucho de la historia. Pero existen razones que nos hacen creer que la verdad que enarbolas, podría no ser absoluta.

—¿Tú eres…?

—Shaka de Virgo.

—Bien, Shaka, habla ahora. Han escuchado mis razones y ahora yo debo escuchar las suyas.

El rubio notó que la paciencia del príncipe no era compartida por sus huestes. Los corceles estaban cada vez más inquietos, como reflejo fiel de sus nerviosos jinetes. Las miradas se dispersaban de a poco, sin decidir si deberían fijarse en su príncipe, en los Santos o en ellos mismos. No habían llegado tan lejos en busca de palabras.

Solo Dymas parecía prestar suficiente atención a su conversación. Por lo que sabían, era su único cómplice en el bando contrario, ¡y ni siquiera estaban seguros si debían considerarlo un traidor!

—Apolo nos buscó, antes de que de buscara la ayuda de Troya—explicó—. Hizo un trato con nosotros usándola a ella.

—¿De qué hablas?

—Phineas nos pidió rescatarla de las manos de Hipólita, pero jamás hubo orden precisa de dejarla en Troya. Si lo hicimos, fue porque tu padre nos dio las mismas razones que nos das ahora. Creemos que si ella pudo hablar con nosotros, fue precisamente por Apolo.

—¿Apolo les pidió rescatarla? ¿Cómo? No todos los dioses se manifiestan ante los mortales con la facilidad con que Athena lo hace.

—En sueños.

—¿En sueños? —Bemus reparó en su sonrisa y en la carcajada que ahogó a duras penas. El mismo rostro de su padre, la misma molesta y burda ironía de Periandro. —No es precisamente fiable, amigo mío.

—Dices que la mujer habla por Apolo, ¿cierto? —Shaka continuó haciendo caso omiso de la burlona mueca en su rostro. El silencio del príncipe le dio razón. —Entonces, pregúntale. Ella no va a mentirte.

—¿Por qué una sacerdotisa de Apolo debería vivir en una ciudad dedicada a Athena?

—¿Qué utilidad tiene Phineas en Troya, sino servir a los intereses del rey?

—Eres audaz—señaló el príncipe tan pronto la pregunta abandonó los labios del hindú. Lucía severo al principio, pero no mucho después, una sonrisa apareció en sus labios. —Me gusta.

Milo soltó la respiración. Toda la situación era demasiado tensa, y eso que ni siquiera era su seguridad la que estaba de por medio. Un chasquido de dedos bastaría para borrar del mapa a aquel grupo de jinetes, sin importar que se trataran de la élite troyana. Pero eso no prevendría un conflicto mayor, que no solo los atraparía a ellos, sino que podría desembocar en el drama de dos ciudades bellas y únicas, como lo eran Atenas y Troya.

El escorpión no estaba seguro de que Shaka pensara en eso mientras escupía palabra tras palabra, sin ningún tacto. Era un hombre que hablaba sin rodeos, eso lo sabía. Pero no estaba seguro de que el príncipe lo comprendiera.

Al menos se había reído, lo cuál a primera vista, era una buena señal; rompía un poco la intensidad del momento y demostraba que, tal como había dicho Bemus, el príncipe troyano era tan parecido a su padre como diferente. Curioso era que el único que encontraba entretenida la situación era Felipo. El resto de ellos, incluido él, retenían la respiración y esperaban por el fatídico momento en que todo se desmoronara.

—Shaka—continuó el príncipe—, puede que todo lo que digas sea válido para ti, pero es poco probable que lo sea para mi padre. La mujer pertenece a una villa cercana a Troya.

—Alteza, una mujer con los dones de Apolo debería tener una panorama más amplio de lo que es mejor para su propio futuro.

—Es un buen punto. —Felipo levantó una ceja y ladeó la cabeza, concediéndole la razón.

—¿Pero?

—Tú y yo tenemos las manos atadas. Mi padre no cederá y, por lo que veo, ustedes tampoco. Y ni siquiera hemos empezado a hablar de la Reina…

—La Reina no se discute. —Para sorpresa del rubio y del troyano, una tercera voz atrajo su atención. Era Milo. —Podrás tenerla de regreso cuando el niño nazca. Lo que sea de ella no nos importa. —Y hablaba de parte de todos, estaba seguro de eso. —Pero el niño, o niña, es nuestro. Es sangre de nuestra sangre.

—Por los dioses… el niño es lo que importa a mi padre.

—Pero no está en derecho de exigirlo.

—Su madre es Amazona, hija de Ares; y su padre, es un Santo de Athena. El nombre de Apolo o de Periandro no figura en ningún lado—terció Camus.

—Estoy empezando a pensar que están a punto de proponer un trato. ¿Hipólita por la pitonisa?

—No, no hay trato.

—¿Estás seguro, Mu?—cuestionó el príncipe. Una sonrisa traviesa atravesaba su cara. —¿Cómo han sabido que el niño en el vientre de la Reina tiene a un Santo como su padre? ¿Quién de ustedes es?

—Ninguno de nosotros. A quien buscas se encuentra el otro lado del Mar.

—¿Y cómo han sabido que él…?

—Phineas nos ha dicho, a través de una amiga.

—¿Amiga?

Ni bien había terminado de formular su pregunta, cuando el viento se revolvió alrededor del pequeño grupo. Las armas de los troyanos se pusieron en alerta a causa del incidente, pero un movimiento en la mano del príncipe detuvo cualquier imprudencia.

Miró de reojo a Dymas para descubrir que estaba inusualmente tranquilo. Fue eso lo que le hizo sentir seguro de no tomar una decisión precipitada.

Tan solo unos segundos después, Aretha apareció.

—¿Sorprendido? —Escuchó la voz de Bemus.

—No debería, pero lo estoy. Athena no ha escatimado en protegerles.

—Aretha es nuestros ojos alrededor del mundo. Pocas cosas escapan a ella. Nos mantiene en contacto con…

Shaka no alcanzó a terminar. Un silbido cortó el viento, obligando a todos a reaccionar. Dos silbidos más se dejaron escuchar en medio de aquellos segundos de escalofriante silencio. Todo sucedió en un pestañeo, pero a sus ojos, el tiempo se congeló de tal forma que pudo observar todo con una insana precisión.

—¡Abajo! ¡Abajo todos! —Escuchó gritar a Camus.

No supo porqué, pero tardó en reaccionar. Las alertas de su cuerpo estaban al máximo, pero de pronto se sentía aletargado por la sorpresa. La mano de Camus lo alcanzó y tiró de él, obligándolo a caer.

El segundo silbido cruzó también muy cerca y, por un momento, creyó que haría blanco en la ninfa, pero de algún modo, Aioria consiguió colgarse de ella y jaló para llevarla al piso. Se tendió sobre ella para cubrirla de cualquier peligro, pero eso no evitó que la flecha continuara su camino e impactara contra el brazo de Bemus.

—¡Bemus! —Aioria gritó, justo en el momento en que Aretha desapareció de entre sus brazos para convertirse en un fuerte ventarrón que los protegería momentáneamente del ataque.

Y fue entonces que el tercer silbido declaró que el enemigo al que buscaban, no era al que tenían enfrente. Dymas apenas alcanzó a tumbar a Felipo antes de que la última flecha, aquella destinada al príncipe y que había fallado, se hundiera en su espalda.

—¡Maldición, Dymas!—siseó el príncipe. Sintió la convulsión del cuerpo de su soldado ante el dolor y, cuando llevó la mano a su espalda, al sangre caliente se impregnó en sus dedos.

—¡Muro de Cristal!

Para cuando el escudo invisible se levantó entre ellos y su atacante, ya no era necesario: ni una flecha más voló sobre sus cabezas.

El caos se aplacó lentamente, mientras todo cobraba sentido poco a poco en sus cabezas. La confusión se disipó y fue en ese momento en que las consecuencias se volvieron reales y tangibles. Shaka estaba entumecido, la cabeza la daba vueltas. Alcanzó a escuchar las voces consternadas de sus compañeros y también de los troyanos. No entendió con claridad lo que decían, pues sonaban distantes y turbias.

—¿Shaka? —Su nombre en la voz de Camus lo hizo voltear. El acuariano intentó ayudarle a levantarse, aunque no pudo hacer mucho. Una punzada de dolor le recorrió el cuerpo. —Por los dioses… No te muevas.

El rubio quiso hablar, pero las palabras no le salieron de los labios. Se llevó la mano a un costado, justo al punto donde aquel ardor le hería la piel. Sintió el calor y humedad de la sangre entre sus dedos. Maldijo por lo bajo… Acababa de cometer un enorme error.

-Continuará…-

NdA: ¡Cha cha chaaaaan! Sí, es música dramática. Empezamos bien el año, ¿no?

Yo pienso que habiendo terminado diciembre, las buenas intenciones quedan un poquito relegadas y los cadáveres aparecen (en fics nada más, no se crean que soy una psicópata o alguna loca). Eso sí, admito que me encanta planear estos capítulos de finales retorcidos. Me gusta, me gusta, me gusta.

Ha pasado mucho desde la última vez que escribí un capi tan largo T_T

No tengo mucho más que decir salvo: ¡Feliz Año Nuevo! Ojala hayan pasado maravillosamente bien estos días y que el futuro pinte más brillante que nunca para todos.

Así que empezando este 2016, me queda agradecerles por seguir acompañándome en esta enorme aventura. Me encantaría avanzar a toda velocidad, para resarcir el tiempo perdido, pero por el momento, es solo un propósito más. Espero poder hacerle justicia ;)

Como siempre, a quienes me regalan algunos minutos de su día y me escriben comentarios, ¡miles de gracias! Son el combustible de esta historia. Cada vez que leo sus reviews, es una infusión de ánimos para continuar escribiendo. Que quede bien claro que cada comentario es muy importante para mí y que los leo todos (y los leo muchas veces).

Gracias a palomawence, Artemiss90, maria, O-mac, Denise, Sagitarius, LadyMadalla-Selene, melina, AnitaaDigi, Mariana Elias, Damis, Meli Amazona, PotterMayCry, Isa, NaDeSyKo, Loreley, Guest, Spring Surprise, Dohko, Jabed, Kaito Hatake Uchiha, Anank y Jean Carlos. ¡Muchas gracias a todos por sus reviews! ¡Gracias por no olvidarse de mí! Sus replies estarán en sus correos para aquellos que tienen cuenta, y para quienes no, pueden encontrarlos en mi perfil.

¡Anímense a comentarme! Me encantaría saber que piensan y, ya de paso… ¡no me responsabilizo de futuras lágrimas, rabietas e infarto! Plegarias por Shaka, en el apartado de comentarios, por favor ;)

Nos vemos pronto.

Sunrise Spirit