Capítulo 69

Malditos

La sangre brotaba copiosamente de la herida, empapando la túnica del Santo de Virgo. Camus apartó sus ropas con todo el cuidado que le fue posible, evitando mover o tocar la flecha. Quería ver la herida para examinar su magnitud. Shaka apretaba los dientes con cada acción suya; su dolor era palpable cada vez que su cuerpo era obligado a moverse.

Su mirada buscó a la del rubio. Había un dejo de resignación en ella y eso solo alimentó a la preocupación del acuariano.

—No puedo sacar la flecha—dijo, casi con desesperación—. Si lo hago, corro el riesgo de empeorarlo todo…

—¡Shaka! —Aioria se acercó a tropezones hacia ambos. Cuando quedó a su lado, sus ojos esmeralda se abrieron con una mezcla de sorpresa y terror. —¡Por los dioses, Buda! ¿Qué demonios…?

—Trata de no moverte. —Mu llegó un segundo después. Se hincó a su lado y, del mismo modo en que el acuariano hiciese, le revisó. —Hay que llevarlo dentro. Necesita curaciones tan rápido como sea posible.

—Tranquilo, Buda, tranquilo. —Estrechando su mano, Milo intentó infundirle fuerzas. Él mismo sentía su corazón latiendo frenéticamente. Algo dentro de él dolía y un mal presentimiento anidó en su pecho. —Te curaremos y en unos días, estarás listo para sermonearnos de nuevo. Prometo que esta vez, prestaré atención. Incluso dejaré que me exorcices si así quieres. Quizás puedas curarme la locura y alejarme de todos mis vicios. —Vio un amago de sonrisa en el rostro del Santo de Virgo que se desvaneció rápidamente ante un nuevo golpe de dolor.

—No creo que… tengas remedio—dijo Shaka. Su voz sonaba entrecortada y su respiración era pesada. —Pero me gustas así, Milo… Ahora mismo, te aceptaría un trago de ouzo…

—Estás muy blandeque para eso. Empezaremos con un buen tarro de hidromiel, ¿te parece? —Shaka asintió y Milo esbozó una sonrisa forzada. Algunas lágrimas traicioneras se amotinaron en su mirada azul. Tenía una horrible sensación atorada en la garganta. La sola idea de perder a alguien más le dejaba al borde del pánico. —¿Tú estás bien, Camus?—preguntó en un murmullo.

—Sí, no me han herido.

—Bien… —Y por eso, estaría eternamente agradecido. Quería a todos y cada uno de sus hermanos de Orden, pero Camus era su mejor amigo. Lo había perdido y llorado en dos ocasiones antes, y a pesar de haberlo recuperado, el dolor de aquellos días seguía latente dentro de sí.

—¿Y Bemus?

—Un raspón en el brazo. Nada grave.

Máscara Mortal solo observaba. Al igual que el resto, se había acercado, pero no se atrevió a mirar de más. De vez en vez, sus ojos sondeaban los alrededores, mientras sus sentidos permanecían tan atentos como fuera posible. Los ataques habían cesado, pero eso no significaba que hubieran terminado.

Todo indicaba que él no era el único en alerta.

—¡Vayan a por él! ¡Busquen al arquero! —Escuchó rugir a Felipo. —¡Lo quiero vivo o muerto!

A su mandato, los jinetes troyanos se desperdigaron para salir en busca de su atacante. Algunos de los principales mandos se quedaron cerca para hacer compañía a su príncipe y protegerle, en caso de que el ataque se repitiera. Sin embargo, esperaban que aquel traicionero enemigo tuviera el suficiente sentido común para no atacar a un ejército que clamaba por su sangre.

Felipo yacía hincado sobre el suelo. Junto a él, Dymas estaba tendido. Había un profuso pozo de sangre a su alrededor. La flecha se había encajado en su espalda, perforando su pulmón y ahogándolo lentamente en su propia sangre.

Desde donde estaba, el Santo de Cáncer podía ver la vida escapando de sus ojos. Había sido el mensajero de la muerte en incontables ocasiones… suficientes como para saber, con seguridad absoluta, cuando su buena amiga encontraba una víctima a la que no dejaría ir. Aferrada, como un perro a un hueso, la muerte llegó a Dymas. Su cuerpo convulsionó una última vez, mientras su alma escapaba junto con su último aliento. Después solo quedó el cascarón vacío, ese que se quemaba y terminaba convertido en ceniza.

—¡Maldición! ¡Maldición! —Los puños de Felipo golpearon el suelo.

La ira invadió el rostro del príncipe, aunque el italiano no estaba seguro si era por el dolor de perder a uno de los suyos, o simplemente era el sabor de un ataque que no vio venir.

Al menos la comitiva troyana se había dispersado sin que ellos tuvieran absolutamente nada que ver. Su inocencia quedaba en claro, con el doloroso precio pagado por Shaka y también por Bemus.

—Se fue. No he podido encontrarlo. —La presencia de Aretha sorprendió al peliazul. —Es como si se hubiera desvanecido…

—Si tú no lo has encontrado, es imposible que los troyanos lo hagan.

—¿Debo seguir buscando?

—No, no creo que tenga sentido…

—¡Ángelo! Necesitamos tu ayuda. —El grito de Aioria llamó la atención de ambos. —Tenemos que llevar a Buda adentro y curarlo.

No respondió, pero volvió a acercarse. Tenía un mal presentimiento y eso se denotaba en lo tenso de su rostro.

Esa ansiedad que poco a poco se transformaba en angustia se acrecentó cuando sus ojos chocaron con los de Shaka. El rubio lo miró por algunos segundos y sus ojos susurraban tantas cosas que Máscara Mortal se sintió sobrecogido.

Era como si Shaka supiera más que ellos, como si al mirarlo de aquella forma, le confiara el secreto de lo efímero que sería el tiempo que le quedaba. Su mirada, poderosa como ninguna, como el italiano la recordaba, de pronto se veía brumosa y llena de preocupaciones. Ángelo sentía que suplicaba; pero no suplicaba ayuda para si mismo, sino para los demás… como si supiera que tendría que marcharse y los dejaría atrás. Sabía los corazones rotos que su partida causaría y deseaba cuidarles, blindarles de todo sufrimiento.

Un nudo apretó la garganta del Santo de Cáncer. Las lágrimas se le aglutinaron en los ojos y a duras penas consiguió reprimirlas. Estaba impresionado.

—Vamos, Shaka. Estarás bien—musitó. Se abrió paso entre los más jóvenes para acercarse. —Tratemos de no moverlo demasiado. No queremos que esa flecha se mueva. Llevémoslo al palacio. Bemus, ven con… —Pero en el instante en que volteó y fijó la mirada en el marinero, el corazón se le detuvo. —Por los dioses…

—¿Qué pasa…?—cuestionó Mu, y a su voz, todas las miradas buscaron por aquello que había dejado a Máscara Mortal sin palabras.

El ateniense estaba sentado sobre el suelo, sujetando su brazo herido. Pero su rostro estaba pálido. Sudaba excesivamente, a pesar de que sus labios se notaban resecos y azules. Aretha estaba con él, tan asustada como el peliazul.

—¡Bemus! —Mu corrió de inmediato a su auxilio. Lo recorrió con la mirada, sin saber que estaba mal con él. Nada tenía sentido.

—No sé que le pasa—murmuró Aretha.

—Son las flechas… —Lo oyeron susurrar. Su voz no daba para mucho más. —Es igual que con Panza de Yegua… —Se esforzó tanto como pudo y aún así, apenas alcanzó a ser escuchado. —Están envenenadas.

-x-

Se requirió de varios botes para llevarles de regreso hasta la Kyrenia. Para fortuna de todos, el mar fue benevolente con ellos, y el paseo en barca no terminó con nadie vomitando. Ícaro, Asterión y Aldebarán habían ido en uno. Dohko y Shura fueron en otro; y por último, los gemelos y Aioros navegaron con Bias.

Bias había parloteado incansablemente dura todo el viaje. Fue un trayecto corto hasta el gran navío, pero el marinero había explicado que la decisión de su capitán de no encallar parecía correcta. De hacerlo, hubieran perdido muchas horas valiosas en Creta, donde los malos augurios y las leyendas de fantasmas, ponían los nervios de punta. A final de cuentas, mandar botes pequeños por los Santos resultó la solución a los problemas de Ganímedes. Por supuesto que, cuando viera cuanta gente de más llevaban, iba a sorprenderse.

Los amarres cayeron por los costados del gran barco cuando las barcazas llegaron junto a él. Uno a uno, los viajeros treparon hasta cubierta y la Kyrenia esperó algunos minutos más, mientras lo botes eran izados de regreso a su sitio.

—¡Mis gemelos y mi arquero! —Antes de que pudieran evitarlo, y por mucho que Kanon rehuyó, terminaron atrapados por el fuerte abrazo de Ganímedes. —¡Mis héroes de leyenda han salido victoriosos una vez más!—festejó el viejo.

—Más o menos…—espetó el gemelo menor, intentando librarse de su abrazo—. Las cosas se han salido un poco de control, pero aquí estamos.

—¡Oh! Veo que han traído compañía… —Ya no le sorprendía, a decir verdad. Las misiones de los Santos siempre terminaban entrelazadas con historias de gente en busca de ayuda. Ellos pecaban de buenos, tendiendo manos al por mayor.

—Me temo que tendremos que hacer una parada antes de Atenas.

—¡¿En dónde?! —La petición de Dohko preocupó a Bias. Deseaba volver pronto a casa y alejarse de nuevo no sonaba apetecible.

—Thera.

—No está lejos de nuestro camino. Apenas tendremos que desviarnos—masculló Ganímedes, mientras jugueteaba con su barba enredada y consideraba detenidamente sus alternativas—. Creo que podríamos hacerlo. —El pobre Bias dejó escapar la respiración con pesadez. —Pero, ¿por qué hemos de ir hasta allá?

—Pregúntaselo a nuestro héroe por excelencia—añadió Kanon, con marcada sorna. Su mano palmeó el hombro de Aioros, arrancando una mirada afilada de su compañero.

—¿Aphetoros? ¿Qué has hecho, rapaz?

—Yo…

—Tal vez deberíamos hablar de esto en otro sitio—terció Aldebarán, antes de que el arquero pudiera decir más. Llevaba al pequeño príncipe dormitando sus brazos, protegido del frío por innumerables frazadas. —¿Dónde puedo ponerle? Se ha dormido con el vaivén del bote y no quisiera despertarle.

—Cara de Asno te indicará donde.

Aldebarán se marchó, seguido de Ícaro, dejando a los demás tras de sí. A pesar de lo mucho que se complicó su misión a causa de ambos críos, se sentía muy a gusto. Habían hecho una buena acción y, aunque el presente luciera complicado, estaba seguro de que el Universo se encargaría de recompensarles. Además, su conciencia estaba tranquila y eso valía más que nada.

Mientras lo veían alejarse, Ganímedes no se molestó en ocultar el interés que sentía por las reacciones del resto de los Santos.

Encontró cansancio y un dejo de hastío en ellos. Pero fue la palpable tirantez que escupían sus miradas lo que realmente le preocupó. Les había visto pasar por momentos terribles y pruebas de dureza sobrehumana, que siempre habían enfrentado en unidad. Ahora los sentía divididos, como si el enemigo a vencer realmente estuviera entre ellos.

—¿Esta inesperada parada tiene que ver con los críos?—preguntó cuando el Santo de Tauro estuvo lejos.

—Parte de ello, sí.

—¿A qué te refieres? —Aioros se cruzó de brazos al sentir las miradas de cada Santo sobre él. No se amedrentó, pero seguía sintiéndose desconfiado.

—Ha pasado mucho durante nuestra estancia en Creta—dijo, a sabiendas de que le cederían el dudoso honor de contar lo acontecido—. Trataré de ser breve, así que… prepárate.

—Por los dioses. Me preocupas cuando suenas tan contundente. —Y era que echaba de menos el tono despreocupado y siempre optimista del arquero dorado.

—Minos fue asesinado—soltó sin preámbulos. La súbita palidez en el rostro del capitán dijo todo por él—. Aún es pronto para que la noticia haya corrido por el Gran Mar, así que seguramente no sabes nada de eso. Murió y yo fui culpado.

—¡¿Qué les dije de no intervenir en nada relacionado con la política cretense?!

—Oye, viejo, el resto de nosotros nos portamos bien. Pero al arquero le salió la vena rebelde a mal momento.

—La cuestión es que, a cambio de mi liberación, la reina ha pedido que el príncipe fuera llevado hasta un monasterio, donde será cuidado y protegido por el resto de su vida. —Aioros ignoró a Kanon y continuó con su historia. El modo en que el arquero se negó a reconocerle, le resultó divertido al gemelo. —Es ahí a donde lo llevamos.

—¡Un momento! ¿Estás diciéndome que ese niño es el príncipe maldito?

—Es solo un niño, Ganímedes; un niño enfermo.

—Es un príncipe…. De hecho, es más que eso ahora. Si su padre está muerto...

—Nunca será rey, si a eso te refieres. Su aspecto le ha arrebatado todo derecho.

—Esto es una locura…

—Solo lo dejaremos ahí, ¿vale? Nos aseguraremos que esté bien y seguiremos nuestro camino.

—¿Sin represalias de la isla?

—Tenemos el favor de la reina.

Ganímedes buscó aprobación en el resto de los chicos. No estaba seguro de haberla encontrado, pero sí que encontró resignación.

Shura lucía genuinamente preocupado, tanto como él. Dohko se veía contrariado y Saga… Saga solo encogió los hombros y, en un gesto idéntico al arquero, se cruzó de brazos. Estaba de sobra pensar en la reacción de Kanon, pues esa era muy obvia. A pesar de sus diferencias, Ganímedes jamás había visto reacciones tan distintas y extremas en ellos.

—Supongo que en realidad, tendremos que ir.

—Le dimos nuestra palabra, viejo amigo—dijo Dohko—. Lamentamos ponerte en este predicamento.

—No importa. Aunque en sí, el sitio es una aventura.

—¿De qué hablas?

—No importa, no importa…. Ya habrá tiempo para explicaciones. Por ahora, debemos apurar el camino. Descansen tanto como puedan y, si tiene hambre, hay pan y queso para comer. —Tocó comprensivamente sus hombros y se aseguró de sonreírles. Esos chicos le gustaban, y el corazón noble que cada uno tenía a su modo, le resultaba especial. Solo lamentaba que eso mismo fuera la causa de sus problemas. —¡Venga, venga!—exclamó—. ¡Bogadores a sus sitios! ¡Bias, al timón! ¡Volvemos al mar, rapaces!—ordenó.

Entonces, la Kyrenia despertó de su letargo y se deslizó sobre las olas, envuelta en la bruma marina, que la hacía lucir como un fantasma.

-x-

El silencio dentro de la fortaleza era pesado. La peste a muerte rondaba por los pasillos vacíos de aquel palacio fantasmal.

Todos se habían marchado. A la orden de Bemus, los habitantes del que alguna vez fuera su lugar, incluida la servidumbre, habían marchado rumbo al Axios, custodiados por el fiel Talal y los mercenarios troyanos. Phineas, Tarsila e Hipólita habían ido también. Él había decidido quedarse atrás, con los Santos, a negociar la paz con Felipo. Pero todo había salido terriblemente mal y ahora, su vida y la de Shaka pendían de un hilo.

Ni siquiera habían llegado a las habitaciones, sino que habían tendido a Shaka en un kliné y a Bemus lo sentaron en uno de los múltiples sillones con grandes colchones. Encendieron el hogar y se aseguraron de mantener las llamas vivas. Era un día frío, pero la presencia de la muerte lo volvía gélido.

—Necesita un poco de agua, ¿podrías traerla?—solicitó Mu a la ninfa. Los labios de Bemus estaban resecos y se cuarteaban. Tan solo habían pasado algunos minutos, pero su salud se demeritaba con cada bombeo de su corazón. La vida se le escapaba con cada respiro. —Por favor.

—En un momento…

La pelirroja se movió tan rápido como pudo a través de los pasillos. Pero cuando pasó junto a donde Shaka yacía, no pudo evitar detenerse por un segundo. Los ojos se le llenaron de lágrimas al verle y a duras penas alcanzó a reprimir un sollozo.

Cuando Aioria volteó a verla y alcanzó a percibir la desesperación en su mirada, a sabiendas de que el final estaba cerca, rompió a llorar. Sus lágrimas eran de tristeza, pero también de miedo, impotencia y rabia. Se negaba a dar crédito a la realidad que vivían. Todo había sucedido tan rápido, que era difícil de digerir.

—Trae todo lo que puedas para curarle—ordenó Camus—. Agua, vendas, cualquier cosa que pueda servirnos. Tenemos que ir rápido.

—Sí… —Desapareció en un pestañeo, aunque la verdad era que su optimismo agonizaba. Si Bemus, cuya herida había mínima, se encontraba en tal mal estado, ¿qué sería de Shaka? Las flechas realmente estaban malditas.

—Camus...—musitó Milo. Apenas veía a través de la cortina de lágrimas que cubría sus ojos azules. —¿Qué está pasando? Esto no puede ser normal. —El rubio se les moría y ellos no podían hacer nada para evitarlo.

—Quizás Bemus tiene razón…

—No, Shaka—terció Aioria—. Bemus no puede estar en lo cierto. —Porque, si era así, entonces la batalla estaba perdida.

—Hay cosas que son inevitables, Aioria.

—Pero también hay cosas que no deberían ocurrir antes de tiempo.

—¿Y quién sabe cuando el tiempo ha llegado? —El castaño ahogó un gruñido y apretó los puños. Ya no se molestó en ocultar las lágrimas.

—No yo, pero tampoco tú—masculló, y por una vez en su vida, quería salirse con la suya.

—Abre los ojos, Aioria… —Se detuvo, porque una nueva punzada de dolor lo hizo revolverse. A pesar del frío, un gota de sudor resbaló por su frente. —Que no quieras ver algo, no significa que no esté ahí…

—Shaka, deja de esforzarte. Te haces daño. —Camus habló en el momento justo en que Aretha llegó y asentó junto a él una vasija de agua, y un montón de paños limpios para la curación. El francés remojó algunos de los trapos en el agua y, armándose de paciencia y fortaleza, se decidió a limpiar la herida de su amigo. —Quédate quieto. Voy a quitar la flecha.

—No. No la toques.

—Tengo que quitarla.

—Si está envenenada…

—Con más razón debo removerla. Tendré cuidado. No te preocupes.

—Me preocupa que quieran ganar una batalla perdida…

—Las batallas perdidas son las que no se pelean, Buda. Deberías saberlo. —Máscara Mortal palmeó su cabeza con suavidad. Se notaba que luchaba por mantener la calma y que le era difícil conseguirlo. Sin embargo, había tanto dolor, inusual en su mirada que Shaka comprendía que, de todos, quizás el italiano era quien más consciente estaba de la situación que vivían.

—Solo asegúrate de que no peleen hasta perderse, ¿quieres? —Y Ángelo sabía muy bien a que se refería. Estaba poniendo a los otros en sus manos y él, con gusto, aceptaba aquella dificultosa tarea, a pesar de no sentirse preparado.

—No debes preocuparte de eso ahora. —Palmeó la cabeza del rubio. Después, murmuró a los demás. —Quizás un poco de cosmos le ayude. —Y cuando pensaba en "ayudar", no estaba considerando salvarle la vida… simplemente, minimizar el dolor por cuanto tiempo fuera posible y obsequiarle a todos unos minutos más para preparar el adiós.

Se dio la vuelta para suspirar, con más pesantez de la que le hubiera gustado mostrar. Los ojos le ardían y sentía que la garganta se la atoraba.

Avanzó unos cuantos pasos más allá de donde estaba el resto. Necesitaba dos cosas: calmarse y un poco de aire fresco. Cuando estuvo de espaldas, cerró los ojos para tratar de encontrar un poco de paz, pero no la obtuvo. El corazón le latía frenéticamente y sus emociones amenazaban con traicionarle.

—¿A dónde vas? —Escuchó la pregunta de Aioria.

—Yo…—carraspeó para aclararse la voz. —Me aseguraré de que los troyanos no nos den problemas. Solo saldré un momento. Estaré de regreso en un pestañeo. —Solo deseaba salir, maldecir un poco, desahogarse y recuperar su entereza.

—No tardes. Está delicado.

—No lo haré.

Mientras marchaba hacia la salida, sintió el cosmos de Camus encenderse. Siempre le había maravillado lo curiosa que la cosmoenergía podía ser. El Santo de Acuario era el ejemplo perfecto para demostrarlo; su energía podía ser tan gélida como el invierno más cruel, pero también tan reconfortante como la caricia más cálida.

Pero toda idea que pudiera alejarle del trágico momento por el que pasaban, se desvaneció cuando reparó en Bemus.

Le resultó impresionante lo rápido que la vida se le escapaba. Por mucho que Mu y Aretha trataban de ayudar, sus esfuerzos eran en vano. Fue imposible que no pensara en Shaka y el terrible final que se cernía sobre él. Se sintió rabioso, impotente… y triste; triste como no se había sentido en mucho tiempo.

A sabiendas de que no podía hacer nada por ninguno, decidió continuar su camino. Sin embargo, no alcanzó a avanzar demasiado, pues la voz desesperada de la ninfa lo hizo de tenerse.

—¿Qué pasa? —Para cuando volteó, la razón detrás de sus sollozos se hizo obvia. —Dioses… —Máscara Mortal se llevó las manos a la cabeza y enredó los dedos en su propio cabello. Sus ojos veían, pero su mente se negaba a comprender.

Su mirada buscó instintivamente a sus compañeros, un poco más allá, donde Shaka descansaba. Ellos lo miraban también a él. Desde donde estaban, era probable que no terminaran de entender lo que sucedía. Mu también le contemplaba, sin saber que respuesta ofrecerles. Pero los ojos de Ángelo le susurraron que dijera la verdad.

—Lo perdimos—susurró el lemuriano. Extendió sus manos y cerró cuidadosamente sus ojos. —Bemus ha muerto.

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La isla apareció a la lejanía, primero como un espejismo de tierra en medio del mar y luego, conforme se acercaban, como una realidad que traía libertad consigo. La Kyrenia se aproximaba lentamente hasta su destino. La bruma era pesada, pero el mar estaba inusualmente dócil.

El viaje, corto en comparación con otras expediciones, había transcurrido en silencio. Había cierta pesantez en el ambiente, que a Ganímedes le resultaba peligrosa.

Estaba acostumbrado a los líos que generaba la presencia de hombres de carácter fuerte y dominante, pero lo que sucedía entre los Santos auguraba momentos difíciles para todos. Era la unidad lo que los volvía únicos; era su principal fortaleza y ahora la sentía en peligro.

—¡Estamos cerca!—bramó, poniendo a cada alma en la Kyrenia en alerta—. Prepárense para encallar y para desembarcar. ¡Bias!—llamó por su gigante marinero y este apareció en un pestañeo.—. Asegúrate que nuestros hombres estén preparados.

—¿Estamos en peligro?—preguntó Aldebarán. Ganímedes ladeó el rostro y torció la boca.

—Se dice que estas islas están habitadas por mujeres salvajes.

—¿Amazonas?

—No, no, ¡que los dioses nos protejan! Hablo de otro tipo de locura, rapaz. —Sonrió, pues a pesar no ser considerado más que un mocoso por su corta edad, el tamaño del joven Santo hacía que el mote sonara más gracioso. —Hablo de mujeres repletas de lujuria que vagan desnudas por esta parte de la isla y yacen entre ellas. Se dice que usan hierbas para exaltar sus sentidos, que siempre están ebrias de placer y que, cuando ven hombres, se abalanzan sobre ellos sin que nada pueda detenerlas. —Sin darse cuenta, Aldebarán abrió la boca, incrédulo ante la historia que le estaba siendo narrada. Solo despertó al sentir la palmada de Kanon sobre su hombro. Volteó para verlo y se encontró con su sonrisa traviesa.

—En otras palabras, mi estimado Alde, prepárate para ser salvajemente violado por un montón de locas drogadas.

—Casi suena tentador—terció Cara de Asno—. Uno se cansa de las putas y busca carne más fresca.

—No estoy seguro de que pueda considerarse carne fresca. Recuerden que no quiero enfermedades en el barco. No hay permisos para descansar si se enferman por follarse a una loca.

—Sí, capitán…—acató el pelirrojo, no sin cierto disgusto.

—¡Venga ya! ¡En este barco no hay vagos y es hora de trabajar! ¡Prepárense para encallar!—gritó el marino en la proa, poco antes de que el gran navío se convulsionar al golpear contra la arena.

Minutos más tarde, la tripulación ya estaba sobre tierra. Con gran maestría habían asegurado a la Kyrenia, levantado el campamento y el grupo de excursión se preparaba para empezar la aventura.

Después del riesgo que habían corrido al viajar en la noche, aquellas prometidas horas de descanso resultaban reparadoras. Ganímedes había ordenado que los remeros y algunos marineros más permanecieran con el barco todo el tiempo. El resto, incluido él mismo, marcharían con los Santos y el niño, hasta el sitio indicado por la reina Pasifae.

—¿Tienes el mapa? —Ganímedes cuestionó a Dohko. El chino se lo tendió.

—La reina dijo que el monasterio que recibiría al niño se encuentra en el corazón de la isla—explicó—. Cerca de la montaña.

—Había escuchado de ese sitio, pero pensé que era una mentira. —Ganímedes se rascó la barba.

—Parece que no lo es. ¿Nos vamos?

—Manténgase cerca, niños. —Kanon montó su corcel con un solo y rápido movimiento. Después, miró hacia Ícaro, Shura y Aldebarán. —No nos detendremos si alguno termina secuestrado por una loca.

—Cierra el pico, Kanon—amenazó Dohko, de forma tan repentina que, sorpresivamente, funcionó. Algunas sonrisillas aparecieron en los rostros de los Santos más jóvenes y de algunos miembros de la tripulación. —Ícaro, harías bien en escuchar el consejo de Kanon, pero no por las razones que enarbola. Desconocemos que otros peligros pudiera haber en la isla…

Otros…—masculló el gemelo menor por lo bajo, más divertido de lo que debería.

—No correremos riesgos, ¿de acuerdo? —En lo que se refería a Kanon, Dohko lo ignoró. Aquel era un arte que había perfeccionado durante su viaje al pasado.

—Tendré cuidado—asintió Ícaro.

—Empecemos entonces.

Aldebarán acomodó a Asterión sobre su caballo, junto a él. El niño parecía haberle tomado cierto cariño, además de sentirse seguro a su lado. Nadie se había quejado al respecto, así que el Toro adoptó aquella momentánea responsabilidad con gusto.

El grupo partió sin más distracciones, perdiéndose en la densa vegetación que cubría las faldas de la montaña. Tan pronto consiguieran salir del bosque, si el mapa estaba en lo correcto, encontrarían el sendero que se hundía en la formación rocosa y que los llevaría al monasterio que era su objetivo final. El niño habría de quedarse ahí, donde lo cuidarían y educarían por cuanto tiempo tuviera de vida.

A partir de entonces, Creta sería la principal benefactora y protectora de la isla hermana. Sin saberlo, el heredero de los cretenses moraría ahí, tan cerca y a la vez, infinitamente lejos de su trono.

—No hay locas a la vista—aseveró Kanon cuando el bosque se abrió y se encontraron en un claro.

—¿Estás seguro? —El hecho de que fuera la voz de Aioros, prácticamente desaparecida en todo lo que iba del viaje, llamó la atención del grupo. —Estás parado en el punto ideal para ser usado de diana. Tú no puedes verlas, pero ellas podrían verte desde el risco. Ni siquiera se requiere de un gran arquero para matarte ahora mismo, Kanon.

El gemelo menor abrió la boca para replicar, pero simplemente no supo como hacerlo. Gruñó antes de talonear a su montura para retirarse a los límites del claro, donde estaría más seguro.

Aioros no mostró interés en las acciones del gemelo. Ni asumió su silencio como un éxito, ni se preocupó en que su consejo fuera tomado en cuenta. Solo miró hacia donde el camino continuaba y avanzó.

—¿Sigues con la rabieta, arquero? —En un abrir y cerrar de ojos, Kanon le dio alcance. —Tienes mala cara.

—No creo que te preocupe nada relacionado conmigo.

—Me preocupa. No quisiera que cayeras en un episodio psicótico y nos mataras a todos mientras dormimos.

—En todo caso, no mataría a todos.

—¿A mí, sí?

—Seguramente a ti primero.

—Joder. —Kanon hizo un esfuerzo por no carcajearse, a pesar de que en el fondo, se sentía ligeramente inquieto. —¿Qué fue de nuestro arquero empalagosamente perfecto? —Nadie respondió a su pregunta.

—Déjale en paz.

—Oh, venga, Saga…

—Déjale en paz—recalcó su hermano—, te lo estoy advirtiendo. Si alguien aquí puede patearte el culo y romperte la cara, es él.

De nuevo, Kanon gruñó. Aquella era una humillante e innegable verdad. Aioros siempre le había parecido la víctima perfecta porque tenía una paciencia inusual para un Santo Dorado y una capacidad de evitar el conflicto que sorprendía. Pero eso no significaba que el gemelo no conociera los límites, ni que faltara al respeto a su capacidad como guerrero.

Lo contempló algunos segundos, cabalgando por delante de ellos. Se veía tan diferente que era imposible no notarlo.

—¿Te ha dicho algo? —Shura preguntó a Saga. Éste negó con el rostro.

—¿A ti?

—No en realidad. Es cómo si hablara por compromiso y contara las palabras.

—Eso es tan… raro.

—Lo sé. Espero que se la pase pronto.

—¿Qué demonios ha pasado con ustedes? ¿Los demonios de Creta se les han metido en el cuerpo? —Ganímedes habló sin ninguna vergüenza ni reparo. —Toda esta tensión es tan pesada que hundiría al Kyrenia.

—Aphetoros está muy enojado. Nunca lo vi así…

—Tranquilo, Bias, se le pasará. Es un buen chico a pesar de todo, y no está de más que muestre un poco el carácter que lo convirtió en héroe.

—¿Sabes cuál es el problema, viejo? —Kanon se dirigió al capitán. Ganímedes guardó silencio. —Que desconocíamos dicho carácter.

—Quizás si no le importunáramos tanto… —Y cuando decía "importunáramos", Aldebarán en realidad quería decir "importunaras" a Kanon.

—Ya lo dijo tu hermano, Kanon: déjale en paz. —Dohko sonó tan determinante que el antiguo Marina no se atrevió a replicar. Bufó, echando una última mirada al arquero y lo siguió.

Caminaron en silencio por un largo rato, acompañados únicamente por los ruidos propios del bosque. Conforme se acercaban a la montaña, sentían el corazón de la isla latiendo bajo sus pies. El suelo rugía, inquietando a las monturas en algunas ocasiones. El camino iba cuesta arriba, de tal forma que por momentos, cuando la vegetación amainaba, se alcanzaba a ver el mar desde lo alto.

El carruaje de Apolo concluía su viaje de ese día, por lo que el astro rey empezaba a hundirse en la línea del horizonte. Los nubarrones negros, típicos de la estación, no bastaban para privarle de sus rayos color de oro.

La mar estaba tranquila y sobre su superficie, la espuma de las olas pincelaba el profundo azul de un color naranja.

—Algunos la llaman Kallisté—dijo Ícaro, refiriéndose a la isla—. "La hermosa". Mi madre me contó que alguna vez fue habitada únicamente por ninfas, que rebelándose contra Zeus, se negaron a volver al Olimpo. Dicen que él las maldijo y las convirtió en doncellas encaprichadas con los placeres mundanos. Después llegó el monasterio para liberarlas, pero solo consiguió asustarlas y replegarlas hasta el lado Oeste de la isla.

—Aphetoros tiene una novia ninfa.

—¿En serio? —Ícaro levantó las cejas con curiosidad ante la aseveración de Bias.

—Pero no es una loca. Es bonita. De hecho, me parece que…

Pero el gigante cerró la boca antes de terminar, cuando el puño de Ganímedes se alzó en el aire, indicando que la comitiva debía detenerse. Bias, Cara de Asno y el resto de los marineros que iban en el grupo, desenvainaron sus armas; espadas, arcos y flechas vieron la luz. El roce del metal sonó al unísono.

Los Santos también reaccionaron. Sus ojos se afilaron y su instinto se puso en alerta. El peligro acechaba sobre ellos.

—¿Qué sucede?—cuestionó Shura.

—Miren ahí, hacia arriba. —Todos los ojos se dirigieron al punto donde el viejo marino apuntaba.

No fue difícil distinguir lo que Ganímedes divisó primero.

La luz que el atardecer dibujaba una serie de figuras sobre la montaña. Cual gigantes esbozados en la piedra, las sombras de aquel grupo de hombres les traicionaban.

Se trataba de soldados; era evidente por las armas que pendían de sus cinturas y los cascos que llevaban y que desfiguraban sus cabezas. Estaban la acecho, con intenciones desconocidas. Era cuestión de tiempo antes de que sus caminos se cruzaran y, solo entonces, podrían saber con seguridad cuál era su objetivo. Sin embargo, las probabilidades de que se tratara de aliados, u hombres indiferentes a su causa, eran pocas.

—¿Crees que sean enviados de Creta? —Saga preguntó a Ganímedes, pero fue Shura quien se adelantó a responderle.

—Nadie nos seguía. Además, hemos partido mucho antes que cualquiera nave cretense.

—Esa es una ventaja relativa—terció el capitán—. La Kyrenia es un barco veloz entre su clase y para su tamaño, pero no deja de ser una nave mercante. Una galera de guerra podría superarla sin ningún problema.

—Entonces no es descabellado pensar que pudiera tratarse de milicia cretense.

—Me temo que no lo es, Dohko.

—Pero nadie más que la reina sabía de este viaje. Ella no nos traicionaría… —O, al menos, eso era lo que el Santo de Capricornio quería creer. De haberlo hecho, Pasifae hubiera entregado la vida de su hijo a sus enemigos.

—La lealtad no es una virtud en Creta—acotó Aioros—. No importa quien habló o quien nos traicionó, lo que importa es que es muy probable que haya cretenses esperando por nosotros. Mantén al niño oculto—ordenó a Aldebarán—. Si no nos equivocamos, solo hay dos razones por las que Creta vendría detrás de nosotros: el príncipe o yo.

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Kozma se abrazó a sus piernas mientras esperaba sobre la cubierta del Axios por el regreso de Bemus y los Santos. Iona acarició con mimo su melena rojiza, esperanzada en poder infundir un poco de calma al pequeño. Kozma siempre había sido un niño valiente, pero en esa ocasión, la tensión lo superaba.

La hetaira no estaba menos nerviosa. Con cada segundo que se escapaba sin noticias de su señor, los malos presagios se crecían dentro de su pecho.

—Anda, ve a explorar el Axios—dijo al pequeño—. Escuché que alguien está narrando historias fabulosas cerca de la popa.

—¿Puedo ir?

—Claro.

—¡Bien! —Y con la candidez que solo los niños poseen, su rostro dibujó un inusitado optimismo mientras corría hacia su objetivo.

Iona lo miró marchar. Después, echó un vistazo hacia donde Hipólita había sido acomodada. Se había decidido que, por seguridad de ella y de toda la tripulación, la Reina Amazona sería recluida dentro del palacio de cubierta. Estaría siempre vigilada, con una guardia que no le permitiría dar un paso fuera de lugar. Había cierto respeto hacia ella, y hacia el poder que poseía, como semidiosa y guerrera que era.

—¿El vigía tiene noticias?—preguntó cuando Talal se acercó a ella.

—Ninguna.

—¿Deberíamos enviar a alguien? Se han tardado demasiado.

—Las instrucciones de Bemus fueron precisas: tenemos que esperar aquí a por ellos.

—Sé lo que ha dicho, pero tengo un mal presentimiento, Talal.

—Debes tranquilizarte. Mientras esté con los Protegidos de Athena, estará a salvo.

—Volvamos—dijo ella, haciendo caso omiso de las palabras del africano—. Por favor, Talal, volvamos. Si se encuentran en peligro, mejor que estemos cerca y no lejos, donde no podamos ser de ayuda. Volvamos. Él lo haría por nosotros.

Apeló a aquella amistad de años que sabía que existía. Pudo ver la duda en los ojos oscuros del gigante y supo que, si presionaba, tan solo un poco más, conseguiría su objetivo.

El mar estaba revuelto y el Axios se mecía de un lado a otro, mientras el golpe de las olas al romper sobre el casco retumbaba cual tambores de guerra. Kozma estaba un poco más allá, cerca de la popa, con Huesos Flacos. El jovencito enseñaba algunos trucos de marinero al pequeño, tal como Ophelos había hecho con él cuando Bemus le recibiera en su tripulación. Iona agradecía por la buena fe del chico y también por la inocencia del más pequeño. Lo escuchaba reír de vez en vez, ajeno al dolor que, con toda seguridad, se avecinaba sobre ellos.

Sus ojos se humedecieron, a pesar de la fuerte que era ella. Apretó los puños y volvió a plantarse. No iba a permitirse más negativas por parte de Talal, ni de nadie más. Bemus le había concedido muchos derechos y estaba dispuesta a abusar de ellos si era necesario, con tal de conseguir lo que deseaba.

—Reune a un grupo de hombres—ordenó, sin dar derecho a réplica—. Desembarcaremos y volveremos al palacio. Julius, sus hombres y una cuadrilla más pequeña permanecerán aquí, cuidando de la Reina, la sacerdotisa y de Kozma. Yo iré con ustedes.

—Iona…

—¿No me has escuchado? —Trató de sonar tan firme como pudo, a pesar de que su voz amenazaba con romperse. —Bemus es mi señor y también el tuyo. Es nuestro deber estar a su lado y velar por su bienestar.

—Te he escuchado.

—Entonces, ¿a qué esperas?

—No vendrás con nosotros—negó él.

—Iré.

—Una mujer no pertenece al campo de batalla, si es que hubiera alguno.

—Puede que una mujer cualquiera no, pero yo sí. He luchado muchas batallas en mi vida, Talal; no con acero ni sangre, pero, oh, vaya que sé pelear. —Caminó hacia el costado del barco, donde las balsas estaba atadas, en espera de ser necesitadas. —Desandaremos el camino y entraremos por los túneles del palacio. Si hay una guerra, habremos de pillarles desprevenidos.

Talal la miró y recordó todas las veces en que Bemus había alabado su tenacidad, así como su terquedad. De algún modo, supo que no conseguiría convencerla de lo contrario. Tampoco quería hacerlo.

Solo necesitaba una excusa que le permitiera estar al lado de su capitán, y la hetaira acababa de dársela. Estaba feliz por ello.

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Aioros se sujetó de un saliente de la piedra y se impulsó para trepar un par de metros más. Se agazapó cerca de otra saliente, con la esperanza de observar a sus perseguidores sin ser visto. Miró hacia atrás cuando escuchó la caída de Bias, quien seguía sus pasos.

—¡Por un demonio!—chilló el gigantón. Aioros se asomó por encima de la zanja para mirarle. Bias estaba tirado en el fondo de aquel agujero, maldiciendo a su suerte.

—Silencio—ordenó en un susurro—. ¿Estás bien?

—Me caí.

—Lo noté. ¿Crees que podrías caer menos ruidosamente la siguiente vez? —Le tendió la mano y, aunque le costó, consiguió arriarlo hasta donde él estaba. —Estamos demasiado cerca y podrían escucharnos.

—Lo intentaré…

—Gracias.

Ni siquiera entendía en que momento le pareció buena idea llevarlo consigo, después de que Bias se ofreciera a acompañarle. Ganímedes no lo había detenido y, eso en sí, debió darle mala espina. Pero ahí estaban: arquero y su torpe cómplice en busca de una aventura.

La misión era trepar hasta donde la supuesta emboscada esperaba por ellos, para sorprenderles antes. A primera vista, debía ser sencillo. Pero visto lo lento que iban, Aioros comenzaba a pensar que no lo lograrían.

—¿Recuerdas el plan? —El plan era simple; Aioros serviría de carnada y Bias los atajaría por detrás. El objetivo era mantener con vida al menos a uno, con la esperanza de obtener información sobre el verdadero enemigo.

—Sí.

—Vale. Tratemos de no estropearlo y de no salir heridos. —Ya llevaba suficiente sangre en su conciencia. —Me adelantaré, ¿de acuerdo? Ya sabes que hacer.

No esperó a que Bias asintiera antes de desaparecer. Sus caminos a partir de entonces, los llevarían en rutas separadas. Debían moverse rápido, porque la luz del día comenzaba a escasear y, si la noche los pillaba en terrenos desconocidos, su objetivo podría complicarse.

Pero lo cierto era que Aioros se sentía confiado. Aún si todas sus opciones llegaran a fallar, la última, aquella que involucraba cosmos, no lo haría.

Quizás su único temor era caer en el mismo error que el resto de su grupo cometiera durante la misión de rescate de Asterión: abusar de la fuerza y terminar sin un prisionero vivo que pudiera darles respuestas. El manejo del cosmo era delicado, e incluso impredecible cuando se trataba con mortales simples, que nada conocían de él y que podían ser sumamente frágiles.

Giró con cuidado por un lado de la pendiente, usando la sombra de la montaña para protegerse. Miró hacia arriba, hasta localizar a sus víctimas. Ahí los encontró, esperando por ellos… o por él. Suspiró pesadamente, rezando en secreto porque Bias hubiera alcanzado el mejor punto para la emboscada, y que no hubiera terminado despeñado, hacia el fondo del barranco. Entonces, acompañado del más puro de los optimismos, se decidió a actuar.

Su primera misión era lucir vulnerable. Había aprendido que los hombres de la Era del Mito, si bien vivían rodeados de leyendas, poca o ninguna fe tenían en ellas. Quizás lo mismo aplicaba a ellos, como Santos de Athena que eran. Bajo tal predicamento, si bien habían escuchado de ellos y sus magníficas hazañas, jamás terminarían de comprender lo verdaderamente poderosos que eran. Su aspecto les ayudaba: niños, algunos; otros, simples hombres.

Tomó una flecha de su carcaj y la encajó en el arco. Cerró los ojos por un segundo, en busca de concentración. Tenía que ser rápido y preciso, como el mejor. Aún sin usar su cosmos, era un arquero formidable.

—Aquí vamos—susurró para sí mismo. Giró para salir de su escondite y, cuando estuvo en posición, estiró la cuerda y apuntó su arma. —¡Ey! ¡Ustedes! ¡Aquí estoy!

Al sonido de su voz, sus perseguidores abandonaron también su escondite. Aquellos que portaban armas de batalla cuerpo a cuerpo se abalanzaron contra él, con gritos de guerra; los arqueros enemigos tensaron sus arcos. Era ahí donde no podía permitirse fallar.

En cuestión de segundos, dejó escapar una flecha y encajó otra más, que voló siguiendo a la primera. Una tercera salió de su arco con una rapidez impresionante. En un pestañeo, tres arquero cayeron. El cuarto se vio envuelto por los fuertes brazos de Bias, que le tomaron del cuello y cortaron su respiración. Aioros se sintió terriblemente aliviado cuando vio al gigante. Sin embargo, no tuvo tiempo para un respiro, pues tuvo que moverse para esquivar las saetas que volaron en su dirección, provenientes de los hombres caídos.

Pero entonces era el momento de dejar las flechas un lado. Usando el arco, alcanzó a detener la espada del primer soldado que llegó a él. Con un rapidísimo movimiento, golpeó su muñeca, de tal modo que el dolor obligó al hombre a soltar el acero. Haciéndose del arma de su enemigo, Aioros la usó para clavarla en su vientre. La desenterró de un solo movimiento, justo a tiempo para voltear y enfrentar al segundo soldado. Un tercer hombre se unió a la batalla, obligando al Santo a pensar que, todas esas horas de entrenamiento con Shura, no habían sido en vano. Fue en ese momento que alcanzó a ver la señal de Bias por el rabillo del ojos. El espectáculo terminaba.

Hizo estallar su cosmos, cuya fuerza arrasó con la docena de hombres que le caían encima. El resplandor fue fulminante y, para cuando el destello se apagó, solo quedaron cadáveres a su alrededor.

Aioros torció la boca.

Era un Santo, y parte de sus obligaciones requerían tomar vidas, pero tal era un acto en el que no encontraba ningún placer. Demasiada sangre derramada por nada… Y jamás parecía suficiente.

Se sopló el flequillo antes de iniciar la desagradable tarea de asegurarse que no hubieran sobrevivientes. Tal como esperaba, ningún guerrero continuaba con vida. Descubrió el escudo cretense grabado sobre el metal de sus petos. No había más dudas de quien les perseguía. La pregunta que surgía era: ¿La reina sabía de aquello?

—Dime que no está muerto—dijo cuando se encontró con Bias y el soldado tendido a sus pies.

—Solo está inconsciente… creo.

El gigante dibujó un gesto travieso, mientras el Santo giró los ojos. A Bias le parecía que Aioros había estado oscuro desde que le recogieran en Creta, pero al verlo esbozar una pequeña sonrisa, supo que todo estaría bien.

El castaño se acercó y, tal como hizo con los soldados anteriores, se aseguró que el arquero cretense estuviera vivo. Sintió el pulso en su carótida y respiró con alivio.

—Buen trabajo, Bias—dijo. El marinero infló el pecho con orgullo. —Ahora, atémosle y avisemos a los demás que pueden subir. Este es un buen sitio para pasar la noche.

—Bien.

—Ve tú a por los demás

—¿Yo? ¿Te quedarás solo? —Aioros asintió.

—A menos que te despeñes, el camino por el que subimos está libre de enemigos. Si alguien más desea atacarnos, tendrá que pasar primero por aquí, y yo me encargaré de detenerle. Es más seguro que seas tú quien baje, mientras yo cuido.

—De acuerdo… —Aunque no estaba ni mínimamente convencido de dejarle, Bias se preparó para desandar el camino. Había avanzado un par de pasos cuando la voz del arquero lo hizo detenerse.

—¡Oye, Bias! —Volteó, solo para encontrar una sonrisa en su rostro. —Ten cuidado. Me agradas mucho, así que fíjate donde pisas.

El marinero correspondió su sonrisa y, con un movimiento de la mano, se aseguró de decirle que pronto volvería.

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Un grito se ahogó en la garganta de Iona cuando descubrió la fúnebre escena en el que alguna vez fuera su salón. Ella, siempre correcta y en total control, se rompió ahí, frente a todos. Poco le importaba lo que pensaran de ella, ni lo que vieran. Su mundo acababa de caerse en pedazos y nunca más volvería a ser el mismo.

Corrió tan rápido como pudo hacia donde yacía el cadáver del hombre al que había considerado suyo por un tiempo. Sin pensarlo, lo abrazó. Aún estaba tibio.

—Dioses, Bemus. ¿Por qué…?—musitó mientras sus manos acunaban el rostro inexpresivo entre ellas.

De no ser por la palidez extrema, hubiera podido jurar que dormía. Seguía pareciéndole perfecto, hermoso como lo recordaba y carente de defectos. Enredó los dedos en su melena oscura y rizada, acicalándole con mimo. Hubiera dado cualquier cosa por ver de nuevo aquellos ojos azules, profundos y brillantes. Pero sabía que no los tendría de nuevo; jamás volverían a mirarla, ni ella se perdería en ellos.

A su alrededor, el silencio se había apostado. En un acto de total respeto, nadie se atrevió a decir palabra alguna. Los Santos observaban en silencio aquella despedida que no sería correspondida. Las palabras brotaban de los labios de la mujer como susurros, difíciles de escuchar, pero muy fáciles de comprender. Su dolor se sentía propio.

La caída de la noche y la luz ambarina de las teas dotaba a la escena de una tristeza aún más profunda. No compartir las lágrimas con ella resultaba una misión difícil de conseguir.

Un involuntario quejido de Shaka regresó la atención hacia él. La herida abierta por la flecha continuaba supurando, como si no hubiera modo alguno de detener la hemorragia.

—Tenemos que coserte—musitó Camus.

—Conseguiré agua caliente para esterilizar las agujas. —Mu se levantó como una centella.

—Escuchen… Es suficiente. Basta ya. —Alzó la voz todo lo que pudo, y aún así, solamente fue un murmullo. Su respiración era densa, pesada y llena de dolor. —No hay nada que hacer. Han hecho todo lo posible y más. Por favor, dejen de luchar; desistir no es lo mismo que perder. Ya no hay nada más que ganar aquí. —Tuvo que detenerse, pues el aliento se le escapaba.

—No, Shaka, no—lloriqueó Aioria. Se sentía un crío caprichoso, pero no le importaba. No iba a rendirse. No importaba cuán idiota pudiera sonar, no iba a rendirse. —No vas a dejarnos.

—El Universo es sabio, Aioria. Cada cual tiene su tiempo…

—¡No hay sabiduría en los muertes caprichosas! ¡Tu tiempo no es este!

—¿Estás seguro?

—No quiero que te vayas…

—Te necesitamos, Buda—Milo sonaba menos rabioso que Aioria, pero no menos adolorido. La prueba eran las lágrimas enormes que rodaban por sus mejillas.

—Y me tendrán, siempre; ahí estaré, con ustedes. Mi cosmos volverá el Universo, y les seguirá a cada paso que den.

—No así. Te queremos aquí.

—Eso ya no sucederá, Milo. Ya no puede ser…

Fue en ese momento, en que Camus y Mu dejaron de luchar contra lo inevitable. Solo sus cosmos permanecieron ardientes, en espera del final. No había más que hacer, nada más que ofrecer, solo consuelo. El hilo de su vida habría de ser cortado y no había marcha atrás.

—¡¿Qué hacen?!—ladró el león—. ¡No hay que detenerse! ¡No lo vamos a dejar ir!

—Aioria, no queda mucho por hacer… —Mu trató de tranquilizarlo, pero el león se liberó de un manotazo.

—¡No! ¡No! ¡No quiero oírte!

—Gato… —Pero éste fue incapaz de responder a Milo, pues la voz se le quebró y el llanto ahogó las palabras. —No peleemos ahora, por favor. No es el momento—susurró a su oído mientras le apretaba el hombro para consolarle.

Pero el castaño escapó de su agarre y, levantándose violentamente, se alejó del grupo. Arrancó las lágrimas de sus ojos con un manotazo, buscando desesperadamente un poco de calma que no llegaría.

Caminó a zancadas por la habitación, perdido entre su dolor y la rabia. Ni siquiera notó las miradas que caían sobre sí, y solo se detuvo cuando Mu le impidió avanzar.

—Déjame en paz—gruñó con voz ronca.

—No puedo hacerlo—aseguró el lemuriano—, porque no estás solo en esto. Estamos juntos. Somos hermanos. Vamos, Aioria, no te alejes. —Consiguió acercarse lo suficiente, como para abrazarlo y susurrarle. —Shaka nos necesita. A todos.

Y aquella era un verdad que, por mucho que doliera, el Santo de Leo no podía negar. Correspondió torpemente al abrazo de Mu, aún luchando contra sus sollozos. Se serenó tanto como le fue posible antes de regresar. Pero que cediera en ello, no significaba que estuviera listo para abandonar toda lucha.

—Si tú te vas también, todo esto se irá a la mierda…

—No, Aioria, no pienses de ese modo. La oportunidad que se nos dio, fue maravillosa para todos. Nos reencontramos, como hermanos que somos. Limamos asperezas; ofrecimos y recibimos perdón. Reímos, lloramos, nos indignamos y disfrutamos, juntos. El dolor que sientes ahora, que todos sienten—levantó su mano con un último esfuerzo y lo llevó al pecho del león—, se llama amor. Esas lágrimas me dicen todo lo que las palabras no pueden. Es un testamento de la vida que compartí con ustedes. Es un cumplido que llevaré conmigo como mi tesoro más preciado. —Y, de pronto, sus propias lágrimas resbalaron sobre sus mejillas. Nunca, jamás, decir adiós había resultado tan difícil. —Temo que voy a echarles de menos y que, aunque esperaré con ansia nuestro reencuentro, deseo que pasen años y años hasta que suceda.

—No te vayas—musitó Aioria, aferrado a su mano. Su voz no alcanzó a escucharse. Milo lo rodeó son sus brazos y lloraron juntos. Mu se les unió poco después. —No nos dejes.

—No lo haré… Siempre estaré cerca.

Camus posó su mano sobre los hombros de Milo, compartiendo el dolor de sus hermanos. Agachó el rostro y, de manera inevitable, sus ojos buscaron a Shaka; iba a echarlo mucho de menos.

La forma en que el Santo de Virgo le miró, hizo que el dolor de su partida arreciara. Mantener las lágrimas al margen se volvió difícil cuando lo pesado en la respiración del rubio anunció el principio del final. Solo entonces, una lágrima solitaria corrió por su rostro.

Shaka cayó en un profundo sueño, uno del que no despertaría de nuevo. Camus lo supo cuando lo último que quedaba de su energía se esfumó.

No fue el único en sentirlo, pero los quejidos de tristeza arrecieron unos segundos después.

Máscara Mortal palmeó la cabeza del rubio con suavidad, por una última vez. Después miró hacia sus chicos, sufriendo cada gota de su dolor con igual intensidad, pero haciendo honor a su promesa, de mantenerlos fuertes. Suspiró en busca de fuerzas, ansioso porque la voz no se le quebrara.

—Adiós, Shaka. Hasta la siguiente vida.

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Felipo ordenó una tregua a causa del duelo. Nadie, en todo su ejército, se atrevió a contrariarle.

Los soldados troyanos habían regresado de su expedición sin resultados, y la noticia de un posible arquero fantasma corrió por el campamento en instantes. Había una tensión pesada encima de ellos, como si los mismísimos dioses se hubieran levantado contra los mortales, tejiendo aquella conspiración. Existía también cierto temor, que nadie se atrevía a expresar en palabras. Entonces, solo quedaban miradas mal disimuladas y mucho nerviosismo.

Las piras estaban preparadas, en espera de que el Sol se pusiera. Cuando las primeras estrellas de la noche aparecieran, las llamas arderían; las almas de aquellos que habían partido buscarían refugio en los Eliseos.

Junto con los Santos y la caballería troyana, la tripulación del Axios esperaba por la despedida. A excepción de los mercenarios y la Reina Amazona, todos estaban ahí, a la orilla del acantilado para presentar sus respetos y dar el último adiós a su capitán y a su compañero de viaje.

Por fin, el horizonte se iluminó con los últimos rayos de luz del día. El cielo se tiñó de un oscuro azul, matizado con pinceladas de gris, en forma de nubes. Estaba nublado en su mayor parte. A lo lejos, hilos de luz avisaban de la tormenta. El viento soplaba desde el Este y traía consigo el olor a tierra mojada; la lluvia a la distancia amenazaba con estropear la ceremonia. Sin embargo, hubo una señal de benevolencia cuando las nubes se abrieron y un par de estrellas adornaron el firmamento.

—Deberíamos comenzar—acotó el viejo Demis, el más anciano de la tripulación, que servía de cocinero y también solía ser el hombre más respetuoso de los dioses. —Caronte espera por ellos.

—Señora… —Talal se acercó a Iona y depositó las monedas para el barquero en sus manos. Consideraba justo que fuera ella quien depositara el último obsequio para su amigo y líder. —Mis amigos…

Hizo lo mismo con los Santos; dos monedas de oro brillaron en las manos de Aioria. Todas las miradas se centraron en ellas, en su resplandor dorado que les recordaba a los ropajes que alguna vez les pertenecieron y que, con cada día que pasaba, parecían convertirse en un sueño más lejano.

El león quiso ceder las monedas, pero nadie más las aceptó. Con una palmada en la espalda, Milo le dijo aquello que todos pensaban.

—Creo que siempre fuiste su consentido—habló. Trató de sonreír para infundir fuerzas a su amigo, pero las lágrimas opacaron el brillo de su sonrisa. —Quizás porque eras un gran cabezota al cual redimir.

—A Buda siempre le gustaron los retos…—agregó Ángelo. El escorpión ahogó una risa pasada por llanto antes de complementarle.

—Y los imposibles.

—Idiotas.

—Es momento, Aioria. —Camus interrumpió el intercambio de palabras, devolviendo la dolorosa solemnidad a tan terrible despedida.

El Santo de Leo asintió. Respiró profundamente. El aire, al entrar a sus pulmones, trajo una nueva ola de lágrimas a su rostro. Sollozó sin siquiera darse cuenta.

Las piras se habían construido en alto, de tal forma que el viento alimentara las llamas y ardieron por tanto tiempo como fuera necesario. Olían a madera y a aceites rituales, que al quemarse, llevarían su aroma hasta donde el viento quisiera. Era un olor difícil de olvidar, e imposible de pasar por alto. Se impregnaba en los sentidos y se tatuaba en la mente.

Subió por las escaleras con deliberada lentitud, como si quisiera jamás tener que llegar hasta arriba y decir adiós. Toda vez que las monedas estuvieran sobre los ojos de Shaka, el fuego ardería, y entonces solo volverían a verse en otra vida.

Cuando llegó hasta el lecho de madera, contempló a su amigo.

Parecía dormido, hundido en un sueño de pura paz. Su rostro enmarcaba la expresión serena que siempre los caracterizó en vida y que lo acompañaría hasta el más allá. Le habían vestido con una túnica blanca, decorada con ribetes bordados en plata y oro. Llevaba sobre el pecho la medalla con su signo y una corona de olivos sobre la cabeza, entretejida en su melena de oro.

Aioria lo contempló en silencio por algunos segundos. Sus ojos se inundaron de lágrimas, que volvieron turbia su mirada. Se desbordaron y corrieron por sus mejillas, hasta caer sobre su amigo perdido.

No pudo más… No podía decir adiós y dejarlo ir de aquel modo. Se abalanzó sobre él una última vez y lo abrazó, en un gesto que probablemente habría sorprendido al rubio si aún viviera. Jamás fue un hombre dado a las muestras físicas de cariño, pero eso no significaba que amara menos, o con menos intensidad. Había sido un gran amigo, el primero de ellos para el león. Fue Shaka el primero en tenderle la mano cuando la sombra de Aioros y su supuesta traición cayeron sobre él. También fue el primero en reconocer su valor, en darle crédito por levantarse de su vergüenza.

Juntos había forjado una inédita amistad, que resaltaba sus diferencias y les hacía mejores. Era la voz de su conciencia y su mejor consejero. Shaka era… irremplazable.

Con manos temblorosas depositó las monedas sobre los ojos cerrados del hindú y retiró la medalla de Virgo. Pensó que extrañaría su mirada, repleta de sabiduría y de paz. A veces, aquellas gemas turquesas que llevaba por ojos podían ser dignas de temor, y otras de alivio, pero en ese instante, hubiera dado cualquier cosa por ver su mirada de nuevo. Sin embargo, sabía que no sucedería. El brillo en sus ojos se había extinguido y no ardería de nuevo, no en esa vida.

Palmeó con mimo la melena dorada, pues era momento de decir adiós. Las piras de Bemus y Dymas ardían a ambos lados de la suya. Aioria podía sentir la abrasadora caricia del fuego. Solo sus lágrimas refrescaban la piel de sus mejillas.

—Adiós, mi amigo—murmuró a su oído—. Nos veremos pronto.

Y antes de que le fuera imposible alejarse, dio marcha atrás, de vuelta a los demás. Cuando terminó el descenso y se encontró con los otros, Milo le recibió con un abrazo. Lloraron juntos, como el par de críos que eran.

Escucharon el rugido el fuego a sus espaldas, donde Camus acababa de encender la pira. La madera empapada de aceite ardió con facilidad. En un suspiro, el lecho de muerte fue devorado por el fuego. Sus llamas entonaban una melodía a coro con el viento. Sonaba como el lamento de las almas que continuaban su camino. Las olas del Gran Mar, al fondo, realzaban la dulzura de su voz.

El canto solitario de una flauta se unió a la canción del fuego. Una lira hizo su aparición. Sus acordes eran suaves y solemnes.

—"Brilla, mientras vivo estás…" —Los cánticos funerarios empezaron. Pero ninguno de los Santos pudo unirse a su canción. El dolor pesaba más que sus voces, que se ahogaban dentro de sus pechos. —"El llanto y la pena no te habrán de derrotar. La vida es pasajera, un adiós eterno no hay. Pero la luz de tu memoria, por siempre perdurará."

Una lágrima escurrió por la mejilla del león cuando una bocanada de fuego, azuzada por la brisa del mar, engulló la silueta de Shaka, apartándole para siempre de su vista. Entonces, su voz apareció, ronca y opacada por el llanto. Sus labios susurraron mientras su corazón se partía una vez más.

—Pero la luz de tu memoria, por siempre perdurará…

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Ganímedes palmeó con mimo el hombro de Bias. El gesto de aprobación robó una sonrisa repleta de satisfacción al marinero, a sabiendas de un trabajo bien hecho.

Aprovecharon la hoguera que los cretenses habían mantenido viva hasta entonces y se arremolinaron alrededor, con la esperanza de ganar un poco de calor. Había provisiones ahí y una fuente cercana de donde brotaba agua fresca, directamente desde la montaña.

—Muy bien, muchachos, hora de un merecido descanso. —Sin embargo, las horas de sueño no habían llegado para todos. —Cara de Asno, Bias y el resto de ustedes—se dirigió a sus propios hombres—, se quedarán con los rapaces. Los héroes y yo tenemos algunas cosas que hacer.

—No, no quiero…—chilló el pequeño Asterion, mientras sus manos diminutas se afianzaban a la túnica de Aldebarán. —No quiero que él se vaya…

—Bueno, bueno… Aldebarán puede quedarse contigo un rato más. Pero debes dormirte ya, ¿vale? Es tarde para un niño pequeño. —Dohko se agachó frente al niño y el Toro, y acicaló con cariño la melena rubia del príncipe.

—Está bien…

—De acuerdo. El resto de ustedes—y se aseguró de mirar directamente a los gemelos y a Shura—, vengan conmigo.

Se alejaron hasta donde estaba Aioros, vigilando atentamente al arquero enemigo. El prisionero recién había recobrado la consciencia; su mirada estaba adormilada y era obvio que estaba confundido.

El Santo lo miraba fijamente, aunque no pronunciaba ni una sola palabra. Quizás era precisamente eso, su silencio, lo que ponía más nervioso al pobre hombre.

—¿Está despierto?—preguntó Dohko.

—Sí.

—¿Ha dicho algo?

—No… Claro que tampoco pregunté nada. —Una sonrisa traviesa apareció en sus labios. —¿Quién va a interrogarlo? Porque yo tengo hambre, así que les cederé el placer. —Se puso de pie y se estiró.

Desapareció antes de que cualquiera de ellos pudiera objetar, aunque no iría muy lejos. Buscaría algún bocadillo que le calmara el apetito y volvería, para observar a distancia prudente lo que sucedía.

Por supuesto, no le sorprendió que Kanon tomara la delantera. Su equipo en general, con los gemelos y Dohko en él, era una lucha de poderes. Demasiados mandos, si le preguntaban al arquero. Pero, si lo miraba con calma y desde afuera, se veía entretenido. Por supuesto, también estaba él mismo; era fácil entrever el desconcierto de los otros tres ante su falta de sumisión… y eso le gustaba.

—Vamos, chico—empezó el gemelo menor, a pesar de que el hombre en cuestión era prácticamente de su misma edad—. Creo que sabes lo que queremos, ¿cierto? Dinos quien dio la orden de enviarles hasta aquí.

—Solo he seguido órdenes de mi capitán—dijo, con la voz temblorosa. Sus ojos buscaron el sitio donde los cuerpos de los fallecidos estaban siendo enterrados por los marineros de Ganímedes.

—¡Sabes más que eso!

—¡No! ¡No lo sé!

—Todos siempre saben más de lo que dicen—siseó Kanon, mientras su manos se cerraba sobre el cuello de la camisa del cretense. Dohko estuvo a punto de intervenir, pero se contuvo. Saga ni siquiera pestañeó. —Piensa, piensa—susurró—. Todos vemos y escuchamos más de lo que nosotros mismos sabemos. Así que piensa. Recuerda. ¿Quién ha dado la orden de seguirnos hasta aquí?

—No lo sé. No sé nada. —El pobre hombre tartamudeó.

—Entonces, tendré que motivarte un poco….

El cosmos del gemelo se encendió y el frío de la noche desapareció. Su energía ardía, incluso a la distancia. Quienes observaban solo podían imaginar el calor que sentía aquel pobre desgraciado. Ardía y escocía.

Ganímedes se puso nervioso y dicha tensión se dejó escuchar en la forma de un bufido. Miró de soslayo a Aioros, encontrándolo bien interesado en la situación.

Lo que el capitán no sabía era que todo lo que el Santo de Sagitario pensaba era lo mucho que les costó mantener al infeliz con vida para que Kanon lo matara del susto. Sin embargo, no estaba dispuesto a intervenir, porque seguramente lo culparían de todo lo que pudiera suceder mal. Además, herir el ego de Kanon podía llegar a ser molestoso. Después, no habría forma de quitárselo de encima.

—¿Vas a hablar ahora?—insistió el peliazul. El pobre hombre no tenía la menor idea de lo que debía de decir.

—Venga ya, Kanon.

—Saga…

—Si lo matas de miedo, de nada va a servirnos. —El Santo de Géminis posó la mano sobre la de su hermano y encendió su propio cosmos, obligando a su gemelo a detener el suyo. Después, se dirigió al soldado. —Escucha. Todo lo que tienes que decir es lo que sabes. Nada más, ni nada menos.

—Pero…

—¿Cuál es la situación en la isla?

—Cosas terribles han pasado, señor—respondió el hombre. Su voz todavía temblaba, pero al menos parecía que sus ideas tomaban forma. —Con la muerte de rey, la maldición se ha acentuado… Dicen que los dioses claman por más sangre. El rey, el príncipe… la reina.

—¿Qué? —El hecho de que fuera la voz de Aioros la que interrumpiera, desvió la atención de todos del prisionero. —¿A qué te refieres con que eso último? —El castaño se acercó a zancadas.

—Es que… la reina murió también, señor. Los demonios la han llevado consigo. La familia real se ha extinguido.

—Eso no es posible—terció Aioros. Su mirada azul buscó enseguida por los ojos turquesa de Dohko.

—¿Cómo ha pasado eso?—cuestionó el chino.

—Sus doncellas la han encontrado en su lecho, dormida... muerta. Dicen que el mismo fantasma que se ha llevado al rey la llevó a ella.

El silencio se apoderó de los Santos y de los marinos. Incluso el soldado cautivo compartió su falta de palabras.

Había muchas interrogantes en el aire, que se plasmaban en las expresiones confundidas de cada uno de los chicos. Sin embargo, de los cinco, solo uno tenía certeza. Aioros sabía que era imposible que el mismo demonio que arrastrara a Minos se hubiera llevado a la reina. Pasifae había sucumbido ante un tipo diferente de monstruo y, de quién fuera que se tratase, era el que ahora estaba tras de ellos.

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Cuando las piras se apagaron y solo quedó la ceniza, el silencio se restauró entre los bandos enemigos. La paz se sentía efímera, como si, al igual que el humo que brotaba del carbón, fuera a extinguirse en cualquier momento. Lo que había sido una solo multitud en luto, se separó.

Quizás la tregua fuera a durar un poco más, quizás no, pero agua y aceite no se mezclaban. Solo la muerte unía a bandos contrarios y, en aquel caso, el momento de pesar se veía forzado a terminar.

Había una tensión creciente en el ambiente. Con la muerte de Bemus, el futuro del Axios y de sus territorios quedaba al aire, así como también los favores que su amistad con el príncipe troyano podrían conseguirles. Resultaba difícil comprender cuál era el camino a tomar, así como también especular acerca de las decisiones de Felipo, desde aquel punto en adelante. Talal deseaba regresar junto con lo que quedaba su tripulación al barco y cumplir el último deseo de su fallecido capitán: llevar a su familia de regreso a casa.

Kozma se había dormido en brazos de uno de sus marinos, vencido por el llanto. Iona había ordenado que se le llevara de regreso al Axios, mientras ella terminaba asuntos pendientes.

Era notable el modo en que la mujer había mantenido la compostura. El dolor había endurecido sus facciones y las lágrimas ahogaron sus ojos en más de una ocasión, pero jamás se permitió romperse de nuevo, muchos menos delante de Kozma. Si ella lo hacía, el pequeño pelirrojo se rompería con ella. Y aún ahí, sabiendo que con Bemus lo perdía todo, se mantenía intacta, con la mente más clara que nunca, aunque el corazón se le hundía en pesar.

—Vengan conmigo, por favor—pidió al pasar junto a los Santos. Sutilmente, acarició el brazo de Aioria y luego el de Milo, buscando reconfortarles. No era que fueran los únicos que sufrían, pues sabía reconocer muy bien el dolor en la mirada de los otros, pero ambos eran los más sacudidos.

—¿A dónde vamos?—preguntó Camus.

—A terminar con esta guerra.

La contundencia con que sus palabras resonaron, a pesar de la suavidad de su voz, hicieron que Máscara Mortal arrugara el ceño. Sin embargo, ninguno de los cinco se negó a caminar con ella.

A su paso, las tropas troyanas se abrieron, permitiéndoles avanzar. El recelo era grande, pues el sonido de las espadas siendo desenfundadas no pudo ser disimulado. A pesar de la amenaza, ninguno de los Santos, ni la mujer, mostraron señales de debilidad. Continuaron avanzando con pasos firmes y seguros.

Divisaron su objetivo un poco más allá, al centro del grupo. Al mismo tiempo, Felipo los divisó a ellos.

El príncipe levantó la mano para pedir espacio a sus soldados. Sin hacerse esperar, avanzó hacia la comitiva. Si debía ser sincero, no tenía temor. Había escuchado lo que aquellos hombres enviados por Palas eran capaces de hacer, pero no se sentía en deuda con ellos. Antes del mortal ataque, habían evitado la violencia a través de las palabras. ¿Por qué ahora debería ser diferente, cuando el beso de la muerte golpeó a ambos por igual?

—Iona, Santos…—habló y llevó su mano hacia el pecho—. Mi corazón llora con el suyo.

—Te lo agradezco—replicó Iona.

—No lo hagas. También he perdido a un buen amigo y un hermano este día. —Se dirigió a los Santos. Le sorprendió encontrar lágrimas en los ojos de algunos. Quizás vivir en el frente de guerra le estaba volviendo cínico, pues su dolor poco tenía que ver con el de ellos. —Creo saber porqué están aquí. Dejamos una conversación sin terminar.

—Cierto. Pero es ella la que quiere hablar contigo—respondió Camus.

—Y ve con cuidado, príncipe. Estamos en luto, pero no indefensos. Si algo, el dolor nos agranda.

Milo secó abruptamente una lágrima de su rostro al escuchar a Máscara Mortal. Era cierto; no existía mentira en ello. Resultaba imposible ser un guerrero y permitir que el sentido de pérdida les dominara. Dolía, ardía, destrozaba… pero no iba a ponerles de rodillas.

Mucho tiempo atrás, siendo apenas un niño, se había enseñado que cada muerte, en aras de la causa, valía y debía ser honrada. Si alguien moría por él, o peleando a su lado, Milo no se dejaría vencer. Pelearía hasta los límites de los imposible y haría que dicho sacrificio nunca fuera en vano.

—¿Continuarás con esta guerra?—habló la hetaira, claro y fuerte—. O, ¿permitirás que marchemos en busca de un nuevo hogar?

—Este es tu hogar, Iona. Si el niño y tú deciden quedarse, yo me encargaré que nada les falte, ni que nadie les toque.

—Estás equivocado. Aquí no nos queda nada. —Aquel palacio en Dardania, ya no se sentía como su lugar. Era algo más que le habían arrebatado.

—Lo que necesites aquí, será tuyo…

—No creo que entiendas mi posición, Alteza—interrumpió. Pocas personas podrían hacerlo.

Iona era una mujer fuerte, pero no dejaba de ser una hetaira. Aunque para ella, Bemus había sido especial, ante los ojos del mundo jamás sería más que su patrocinador. Él pagaba por su caricias y ella vendía su amor a cambio de oro. Ahora que él no estaba, ella volvía a quedarse sola.

Lo que le quedaba ahora era regresar a Atenas, tomar a Kozma y desaparecer. Tenía lo justo para vivir decentemente junto con el niño.

Todavía le quedaban algunos años más de belleza y juventud, pero sabía que ninguna de las dos virtudes duraría para siempre. Precisamente por eso, se había preparado desde el inicio de su oficio. Se había prometido que no terminaría en la calle, perdida y humillada como una puta. Tal vez viviría marcada como la sierva de Afrodita que era, pero nunca pasaría carencias. Ni ella, ni el niño al que ahora consideraba como suyo.

—Sé que no tienes que renunciar a nada—contraatacó él.

—Quiero volver a Atenas. Ahí nací y ahí esperaré por mi final. Kozma tendrá un sitio donde crecer, conmigo. Los Santos vendrán conmigo, pues Bemus dio su palabra a Athena de velar por ellos. Le ha costado la vida y ha perdido a uno de ellos, pero pretendo cumplir su promesa. Por favor, permíteme hacerlo. Si en verdad le consideraste tu amigo, concédele esa última voluntad. Deja que su memoria permanezca intacta.

Por unos segundos, el príncipe permaneció en silencio, con cientos de consideraciones corriendo por su cabeza. La tensión creció conforme el tiempo escapó sin respuesta y la expresión en el rostro de Felipo no mostró respuestas.

Cuando la respuesta por fin llegó, todos esperaban lo peor.

—Sabes que no estoy interesado en ellos—soltó en un suspiro.

—Nosotros no iremos a ningún lado sin el crío y la pitonisa—replicó Mu, de inmediato—. La única razón por la que estamos aquí son ellos. Irnos con las manos vacías sería igual a escupir sobre el recuerdo de Shaka y eso no va a suceder.

—Suficiente sangre se ha derramado aquí, Alteza. ¿Es necesario derramar más? Porque si es así, será tu decisión y dichas vidas estarán en tus manos. —Camus no estaba dispuesto a ir con medias palabras. Todo lo que deseaba era saldar aquel problema y volver a casa. Por aquella aventura estaban pagando un precio muy alto. No quería que costara más. Ya era demasiado.

Echó una mirada hacia Milo. El escorpión estaba inusualmente silencioso: el marco rojo alrededor de sus ojos lo hacía ver demacrado y enfermo. El francés estaba seguro de que, en el instante en que abriera la boca, rompería en lágrimas. Se sintió aún más pesaroso: apenas empezaban a recuperar al Milo burbujeante y sonriente, y ahora lo habían perdido de nuevo, junto con Shaka.

Aioria no estaba mucho mejor. Tenía la mandíbula atrincherada y los puños apretados con tanta fuerza que sus nudillos palidecían. Sus ojos esmeralda se nublaban de lágrimas por momentos. En ocasiones, el llanto lo vencía.

Pero, al igual que el mismo Camus, Máscara Mortal estaba bien atento a las reacciones del león. Al Santo de Acuario le parecía poco menos que curiosa aquella nueva amistad. Era quizás la muestra más grande del cambio en el canceriano. De ser uno de los principales acosadores de Aioria durante su juventud, había pasado a convertirse en su mayor protector.

Y luego estaba Mu… Mu era pura serenidad, con una entereza y una aparente fuerza emocional que incluso Camus envidiaba. Le recordaba a Shion, y no era solo por su raza; transmitía un aura de tranquilidad como pocas. Su semblante susurraba un "todo estará bien" que todos necesitaban tanto.

—Yo podría dejarles ir—Felipo habló y recuperó su atención—, pero no puedo hablar por mi padre. Si no soy yo, enviará a alguien más. Esta es una afrenta que no olvidará y que, muy probablemente, no sean ustedes quienes terminen pagándola. Si vuelven a Atenas, con la oráculo y la Reina, la sombra del rey les seguirá hasta ahí. ¿Pueden entender eso? Si una guerra se presenta, no serán mis manos las que terminen cubiertas de sangre.

—Lo entendemos.

—Bien. —El castaño escuchó la respuesta de Mu, pero realmente no estaba seguro de que comprendieran. Una guerra en el horizonte, a costa de un niño y una pitonisa no sonaba como un trato justo. —Si es así, son libres de marcharse. Que los dioses se apiaden de ustedes y también de nosotros.

Ni bien había terminado de hablar cuando Aioria se dio la vuelta intempestivamente y caminó sobre sus pasos, en busca del camino que los llevaría de regreso al Axios. No lo hizo sin dedicarle una última mirada al príncipe; una mirada llena de rabia. Sus ojos centellaban como los de un león herido: fieros, ardientes, llenos de rabia.

Felipo, sin embargo, no se inmutó, ni lo tomó como una ofensa personal. Cierta parte de él comprendía al chico. Sabía lo que se sentía ser involucrado en una guerra ajena, que arrebataba a personas queridas.

—Gracias. —Fue todo lo que obtuvo de Iona, acompañado de una reverencia fugaz y una mirada llena de agradecimiento puro, teñido con dolor.

—Has tomado la decisión la correcta—añadió Camus.

Pero el heredero troyano no sentía que fuese así. Más allá de sus propios deseos, estaban los de su padre… y vaya que lo conocía bien.

Asintió sin tener nada más que decir. Sus ojos buscaron la parte más alta del barranco, donde la pila de cenizas marcaba el sitio de los funerales. Fríamente, su mente de estratega le susurraba que habían sido tres vidas a cambio de muchas más, incluida quizás la suya. Pero dos de esas vidas habían sido importantes para él: el amigo y el fiel compañero de armas.

Su dolor eran tan legítimo con el de ellos… porque los Santos también sufrían. Ellos perdieron a un hermano, y con él, se había abierto una herida en su corazón que no sanaría jamás.

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Perséfone extrañaba el olor dulce de la primavera y el calor del verano. Amaba profundamente a Hades; siempre había sido bueno con ella, jamás le había fallado y el amor que sentía por ella era más grande que el tiempo. Sin embargo, no se acostumbraba a la oscuridad del Inframundo y quizás nunca lo haría. Las hojas del otoño, que caían y eran arrastradas por el viento, le recordaban en muchas maneras a las lágrimas que su madre derramaba por su ausencia.

A pesar de todo, había encontrado un culposo placer en contemplar la llegada de las almas perdidas al Inframundo. Era ahí que se pasaba horas, viendo la caída de los espíritus que bajaban desde el Yomotsu.

Llegaban como luces brillantes, cargadas de un último suspiro de vida, que iluminaban la oscuridad del mundo de los muertos. Caían directo a una alberca carente de luz, a un mar negro que las consumía poco a poco. La superficie de aquel pozo, sin embargo, era un espectáculo digno únicamente de los ojos de los dioses. Centellas de todos colores se deslizaban sobre él, convirtiéndolo en un arcoiris de luz.

A veces, le gustaba rozar las aguas con la punta de su dedos. Cada vez que un alma la tocaba, alcanzaba a ver los recuerdos cosechados en vida. Escuchaba las risas que jamás volverían a sonar y sentía la tibieza de las lágrimas de despedida.

Nadie más que ella era bienvenida en aquel rincón del Inframundo. Hades no permitía que absolutamente nadie más llegara hasta ahí. Era un rincón que había reservado para su reina, una pequeña indulgencia que regalaba a la mujer que lo hacía sentir vivo en medio de aquel mundo de muerte.

—Extrañaba verte aquí. —Perséfone retiró las manos del agua y giró, en busca de su esposo, quien le hablaba. —Con todo lo que ha sucedido ahí afuera, pensé que te vería poco en los próximos tiempos.

—He ayudado en lo que he podido y ahora me retiro del caos. —Se puso en pie, secó las manos en su túnica y fue en busca del dios. Cuando lo tuvo cerca, buscó sus manos con las suyas. Estaban frías, como siempre.

—¿Estás segura de eso?

—¿De que me he retirado? ¿Por qué no habría de estarlo?

—Athena y tú siempre fueron cercanas. Volverías a su auxilio si ella te lo pidiera.

—Pero no lo hará. —Hades guardó silencio, sin atreverse a contradecirla. Sin embargo, en sus adentros, sabía que así sería. Athena estaba sola, rodeada de enemigos, y ante la innegable realidad, en la que sus Santos caerían uno a uno, era cuestión de tiempo antes de que volviera a acudir a ella.

—Entonces, ¿te quedarás conmigo? —Le besó la mano.

—Cada minuto que sea posible.

El dios asintió, sintiéndose ligeramente tranquilo. Desde que los choques con Athena comenzaron, su relación con Perséfone se tornó turbulenta. Tenían ideas encontradas al respecto, y era de sobra consciente de que la lealtad de hermana y esposa llevaba a la joven diosa en direcciones diferentes.

Desafortunadamente, la gran batalla aún estaba a punto de iniciar. Tarde o temprano, Athena y sus Santos llegarían hasta su puerta, con tambores de guerra, y desatarían una batalla que perduraría por la eternidad. Hades no les temía, pues su ejército era poderoso y el Inframundo era su dominio. Nadie iría hasta ahí a retarle y saldría victorioso; él se encargaría de eso.

—¿Vienes conmigo de regreso al palacio?—pidió él.

—Solo un momento más. Sabes lo mucho que me gusta estar aquí.

—Entiendo. En tal caso, nos veremos ahí. —Y con mimo, depositó dos besos, uno en cada mejilla de la diosa. —Vuelve con cuidado.

Después de la despedida, se marchó. La oscuridad se fusionó con él, hasta que desapareció por completo, dejándola sola.

Perséfone suspiró, al saberse sola. Veía problemas en los ojos de su esposo y también un espíritu indómito, como el todos los dioses de su camada. Sabía que eventualmente, su camino y el de Athena colisionarían, y que ninguno de los dos iba a estar dispuesto a ceder.

Pero, lo que verdaderamente atribulaba a la diosa peliverde, era que había visto con sus ojos el poder de aquellos que marchaban bajo la protección de su hermana. No dudaba de la capacidad y del poder divino de Hades, pero eso no significaba que no temiera por él. Alguien tenía que salir victorioso de aquella guerra y alguien iba a perecer por perderla. Perséfone amaba a ambos, a su hermana y a su Emperador, tanto que no soportaría perder a ninguno. Deseaba poder salvar a ambos…

Entonces, la respuesta descendió de las alturas, en la forma de una estrella dorada, de luz agonizante.

—¿Qué eres…?—musitó mientras sus dedos iban en busca de la calidez de aquel espíritu.

Al tocarlo, el mundo se abrió frente a sus ojos y muchos secretos fueron susurrados directamente a su cabeza. Cuando toda ilusión terminó, hubo un largo momento de reflexión para la diosa. Perséfone, entonces, vio la luz crepitar, cada vez menos y menos, hasta estar a punto de extinguirse.

Pero, contrario a aquel suspiro de vida que se apagaba, la esperanza en ella renació. Tenía el camino marcado y sabía como proceder. Solo tenía que esperar hasta que el gran momento llegara.

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—¿Sigues enojado? —La voz de Saga hizo que Aioros apartase la mirada de las llamas. La hoguera frente a él crepitaba, mientras la grasa de los conejos que habrían de cenar caía sobre ella.

—No estoy enojado.

—Ya…—chasqueó el gemelo—. Entonces, ¿qué? ¿Sigues ofendido? ¿Decepcionado? ¿Triste? ¿Qué?—añadió, no sin cierta ironía que no pasó desapercibida para el arquero. Aioros levantó la mirada de nuevo y la fijó en él. Saga se tensó; le crispaba verlo tan serio.

—Si has venido aquí con la intención de zanjar el asunto, tu bocota la está cagando. Ciérrala.

—Vaya. A alguien le surgió el carácter así de pronto. —Al escucharlo, Aioros torció la boca y esbozó una sonrisa agria.

—En verdad eres el gemelo de Kanon—masculló. El peliazul, quien apenas alcanzó a escuchar un susurro, arrugó la frente.

Hubo un gruñido más de cada lado y después, silencio. Cada cual volvió a encerrarse en sus propios pensamientos.

Poco más tarde, Shura llegó. Se sentó junto a ambos con timidez, y guardó silencio. Sus ojos oscuros fueron de uno a otro, encontrándose con sus miradas ausentes. Shura se consideraba muy cercano a ambos, creía conocerlos bien. Y, en aquel instante, tanto silencio le resultaba inusual.

—¿Quién creen que esté detrás de todo esto?—preguntó en apenas un murmullo.

—Dédalo—respondieron al unísono.

—¿Están tan seguros?

—¿Quién sino?—cuestionó Saga.

—Fue él quien desde el principio mostró sus intenciones.

—Y, ¿qué podemos hacer?

—En realidad, nada. —El arquero subió los hombros.

—Asesinarlo, tal vez… Suena como una buena opción para algunos—ladró Saga y, de manera irremediable, la mirada azul y fría de Aioros hizo acto de presencia para fijarse en él. Shura tragó saliva cuando ambos se sostuvieron la mirada. —¿Qué? ¿Dije algo que te irritara?

Pero no obtuvo ninguna respuesta de Aioros, solo silencio. El Santo de Sagitario le contempló por algunos segundos, hasta que por fin, no lo hizo más. Retiró sus ojos de él, para volver a centrarse en la hoguera que ardía frente a ellos. No lo vio, pero su indiferencia hizo que Saga apretara los labios.

Shura suspiró mientras la tensión se apagaba de a poco. Le resultaba extraño verlos de aquel modo, mas no se atrevía a intervenir.

El corazón le dio un brinco cuando, inesperadamente, el arquero se puso en pie. Lo vio estirarse un poco y luego, dio un par pasos. Al pasar junto a Saga, se detuvo. Shura esperaba lo peor. No era el único: Dohko afiló la mirada y Aldebarán se preparó para intervenir si era necesario… Afortunadamente para todos, no lo fue.

—Te desespera no saber que ha pasado, ¿cierto?—dijo al gemelo. Esta vez, fue Saga quien arrugó el ceño. —Pues iba a contártelo, tarde o temprano. Pero estás haciendo todo tan terriblemente interesante, que me ha fascinado verte caminando a ciegas sobre esto. Así que resígnate: te lo diré cuando me plazca… cuando me fastidie. Voy a seguir siendo esa incógnita que te saca de quicio. —Sonrió, irónico. —Pero por ahora, me voy a dormir. No sueñes conmigo. —Le palmeó el hombro y desapareció.

Todo lo que se escuchó detrás de él, fue la carcajada de Kanon. Razones tenía, pues la cara de su gemelo era un poesía. Saga se aseguró de callarlo con una mirada asesina, pero aquellas nunca habían funcionado con Kanon.

Sin embargo, más allá del berrinche, estaba preocupado por Aioros. Pocas veces le había visto como incógnita, como lo era en aquel momento, y ese modo de plantarse frente a él resultaba más que irritante. Sumado a eso estaba su gemelo y esa actitud: gozaba cada intercambio de palabras entre él y el arquero. Quizás ahora, más que nunca, estaban enfrentados, y a Kanon le encantaba la idea.

—¿Estás bien? —Shura preguntó. Miraba intermitentemente de Saga a Aioros, sin saber que más decir o hacer.

—Sí, es solo que me está colmando la paciencia—gruñó el peliazul. Sus ojos se desviaron hasta Aioros, recostado un poco más allá. —Es molesto que se comporte así.

—Lo sé, pero no podemos hacer mucho.

—Eso lo hace peor. Si tan solo…

Sin embargo, algo dentro de él ardió, como una punzada directo al corazón. Notó que no había sido el único, pues Aioros se incorporó de golpe, como un resorte. Aldebarán dejó caer el plato de caldo que compartía con Asterión, mientras la mirada angustiada de Dohko buscó por ellos en busca de respuestas. Shura solo abrió los ojos de par en par, sobrecogido por aquella sensación de perdida. E, incluso Kanon, borró la mueca de satisfacción de su rostro, tornándose serio y confundido.

—¿Qué? ¿Qué sucede?—cuestionó Ganímedes al notar la súbita impresión en los Santos. El resto de sus acompañantes se agitó.

—Es que… —Aldeberán intentó responder, pero no tenía palabras para hacerlo. De inmediato, buscó por Dohko. El chino apretó los dientes.

—Algo ha sucedido, algo malo…—musitó.

—¿El qué?

Pero ninguno le dio respuestas. Aquella sensación, que había cruzado por sus pechos como un cometa, lo dejó sacudidos. Si las respuestas estaban ahí, frente a ellos, no querían saberlas. Sentían que algo les había sido arrancado, no sabían con exactitud el qué. Pero había dolido, mucho… justo en el alma.

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El aire era denso. Había una sensación de asfixia que provenía de su interior y que los ahogaba lentamente. Estaba también aquella sensación de pérdida que no entendían del todo y que tampoco querían comprender. Algo malo había pasado; al terrible. Una energía hermana se había extinguido, como las estrellas que se apagaban y desaparecían del Universo, y con ella, se habían esfumado muchas esperanzas.

Sin embargo, nadie se había apresurado a saltar a conjeturas, ni a aceptar las pérdidas por obvias que fuera. Dolía, por supuesto que lo hacía. Sin embargo, el tiempo de llorar no llegaba aún. Romperse en aquel momento, cuando el peligro los perseguía, era un lujo que no podía permitirse.

—¿Sabes algo de la ninfa? —Saga preguntó al arquero. Éste negó. —Probablemente su ausencia esté relacionada con lo que sucedió ayer…

—Estoy seguro de que es así.

—¿Nos avisarás si sabes de algo?

—Lo haré, aunque quizás no sea necesario. Si algo terrible sucedió, creo que todos lo sabremos—susurró, con la esperaza, quizás fuera de sitio, de que todo hubiera sido un error.

El monasterio estaba en la parte más alta de la montaña. Se encontraba enclavado directamente en la piedra y los siglos que llevaba ahí se notaban en su estado. El tejado, hecho de láminas de adobe estaba desgastado, con algunos agujeros, mal emparchados con madera. El color blanco de sus paredes se había deslavado con la lluvia; mostraban rajaduras y algunos trozos se habían caído.

Sin embargo, sus jardines eran preciosos. A pesar de la aridez del suelo y de la temporada, los arbustos aún estaban frondosos y las últimas flores todavía se asomaban tímidamente entre la hojarasca. Había muchos árboles grandes, cuyas hojas se teñían de naranja. Algunas ramas habían sucumbido ante la estación y se levantaban en el aire, desnudas y frágiles, a capricho del viento. Un camino de piedras blancas atravesaba hasta la entrada del monasterio. La puerta estaba cerrada y no se veía un alma en los alrededores.

No había muros, ni bardas; nada que les prohibiera el paso, ni que desanimara a invitados indeseados a volver por el camino. Lo que sí había era silencio… silencio sepulcral y preocupante.

—Esto no me gusta—masculló Ganímedes. Sus ojos recorrieron la zona, buscando aquello que estaba fuera de sitio y que ponía a sus sentidos en alerta. —Mantén al niño cerca, Aldebarán. No sabemos lo que encontraremos. —Al escucharlo, el pequeño Asterion se revolvió en los brazos del Toro Dorado y se acurrucó más cerca de su cuerpo.

—Tranquilo. —Aldebarán palmeó con mimo la cabeza del niño. —Yo te cuidaré.

—Hay algo aquí… Algo está mal. —Shura susurró. Su cosmos se expandió y buscó por intrusos.

—Atentos—ordenó Dohko.

Nadie replicó pero todos pusieron sus sentidos en alerta. Caminaron lentamente, hasta que llegaron hasta el pórtico del monasterio. Nada ni nadie salió a su encuentro. Ahí, desmontaron.

Los ánimos se habían enfriado después de una noche sacada del Infierno. Sin embargo, las palabras entre ellos seguían siendo escasas y las sonrisas se habían vuelto inexistentes. Ahora había pesar en el ambiente, una tristeza palpable que ninguno sabía como definir, ni cómo enfrentar.

—Los Santos y yo entraremos primero—dijo Ganímedes—. Bias, tú y los demás se quedarán aquí, cuidando de las monturas. El rapaz se quedará contigo. —Apuntó a Ícaro. —Asegúrense que nada malo pase al niño, ¿entendido? Si me entero que alguien le ha tocado siquiera un pelo, pasarán el resto del viaje puliendo pisos.

—¡Sí, capitán!

—Bien. —El viejo marinero asintió. Después, miró hacia los Santos. —Andando, muchachos.

Pero no tuvieron oportunidad de adentrarse mucho más allá del marco de la entrada, pues cuando se disponían a entrar, se encontraron frente a frente con la primera señal de vida.

Un monje les salió al paso. Era un hombre mayor, de tez tajada y ropa desgastada. Sin embargo, se notaba que aún tenía un cuerpo fuerte y que su salud era buena. Llamaba la atención el modo en que las manos le temblaban, así como las marcas rojizas alrededor de sus muñecas que se veían por debajo de las mangas de su túnica. Sus ojos grises suplicaban por ayuda, a pesar de encontrarse opacados por el miedo.

—Bienvenidos—tartamudeó—. Esperábamos por ustedes.

—¿Está todo bien? —Los ojos de Ganímedes sondearon el perímetro. Ante la pregunta, el viejo se revolvió con nerviosismo.

—Alguien más espera por ustedes. —Y a juzgar por el modo en que los veía, quien quiera que fuera, era de peligro. —Buscan al príncipe.

—Llévanos con ellos. Pero el niño se quedará aquí. Antes de verlo a él, tendrán que vernos a nosotros. —Dohko echó una mirada a sus chicos.

—No sé si esa solución sea de su agrado, mi señor—respondió el monje. El temblor en sus manos empeoró y, a pesar del frío, algunas gotas de sudor resbalaron por su rostro.

—¿Estás solo?

—No, señor. Mis hermanos están con ellos.

—Entonces, llévanos allá.

-Continuará…-

NdA: Vale. Lo admito: este capítulo estuvo a nada de enloquecerme. ¡No estoy hecha para este complicado negocio de asesinar Santos!

La cuestión es que ha sido un capítulo especialmente difícil. Eso de ir por la vida asesinando santitos me sobrepasa; y si se trata de Shaka, el asunto se pone peor. El Santo de Virgo, en lo que a mi respecta, es sumamente complejo para la mente limitada de esta pobre autora. Además, con cada muerte de uno de mis niños, el corazón se me rompe, las palabras se me atoran y los dedos se me ponen torpes.

Y así ha sido que me ha tomado más tiempo del necesario terminar con esta entrega. Pero, a cambio de su infinita y noble paciencia, les dejo un capítulo larguísimo.

Además hay otro alguien por ahí que me enviciado con cierto juego en línea que me trae estúpida. No diré quién pero el nombre con que va empieza con D y termina con S. Ahí, al contrario que por aquí, la facilidad para matar griegos es enorme.

Total, que solo me queda decir: ¡Estoy de vuelta!

Hablando de otras cosas, y con el fin de limpiar mi conciencia y a modo de cultura general, confesaré que la he cagado un poquito con el asunto de Thera… vale, vale, la cagué un montón.

Resulta que, aunque siempre investigo un poco antes de escribir sobre cualquier cosa, el asunto se me fue de las manos y he errado por completo al respecto. Thera fue el nombre de la isla griega hoy conocida como Santorini. Sin embargo, el nombre Thera (o Tera, como mejor les parezca) le fue dado muchos siglos después del tiempo estimado en que sucede esta historia… cof… cof… en conclusión: Sun no es historiadora. Según anduve leyendo por ahí, el nombre correcto que debería tener dicha isla en este fic sería Kallisté, que significa "la más hermosa". Quienes conocen Santorini (yo no tengo dicho placer, pero he visto fotos y he leído algo), sabrán que es un lugar precioso.

He tratado de corregir ese error en esté capítulo a través de la pequeña historia que le era narrada a Ícaro con su madre. Sin embargo, me mortificaba un poco dejarlo sin aclaración. Avisados están. ¡No se vale reprobar la evaluación de geografía e historia griega y culpar a Sun!

Habiendo dejado mi conciencia limpia, voy a agradecer a aquellos que han regalado sus comentario acerca del fic y el capítulo anterior: Rozeta, Artemiss90, Sagitarius, Denise, belen26, Carola-Gigi, Sabaku no judith, kennardaillard, Mariana Elias, Anank, LadyMadalla-Selene, Kaito Hatake Uchiha, Crisorel, PotterMayCry, Silver Hatake, Omac, Guest, Damis, LinSaintSeiya, lolacartagena, Pyxis and Lynx, Guest, melina, Altariel de Valinor, Guest y TheCrystalFlame. ¡A todos, gracias!

¡Ahora sí! Me voy, antes de que las notas sean más largas que el capítulo. ¡Gracias por leer y gracias por obsequiarme un comentario!

Sunrise Spirit

P.D. Después de mucho tiempo sin un empleo estable, una nueva oportunidad me ha surgido. No tengo la menor idea de cómo repercutirá en mis actualizaciones, pero agradezco de antemano su paciencia y sus buenos deseos :)