Capítulo 70
Divinidad
El hombre avanzaba delante de ellos, un par de metros solamente. Su andar era nervioso y torpe; no daba más de dos pasos sin voltear por encima de su hombro, como si el demonio le persiguiera. Se le notaba la angustia en el rostro y también en las manos, que le temblaban sin ningún control.
La ansiedad era contagiosa. Rápidamente, el monje no fue el único que parecía ver fantasmas donde no los había. El ambiente lúgubre y rancio que hedía a peligro devoró a la comitiva. Los corredores de aquel templo olvidado, que alguna vez se caracterizaron por su paz, destilaban tensión e incertidumbre. Hedían a muerte.
El silencio resultaba un tormento; hacía que sus pasos resonaran con más fuerza e, incluso, que el susurro del viento se tornara en un aullido aterrador. Nadie hablaba. Lo único que iba y venía entre ellos eran las miradas recelosas, en busca de respuestas que ninguno poseía.
—¿A dónde nos llevas?—preguntó Kanon, sabiendo que le resultaría imposible guardarse por más tiempo la pregunta.
—Solo hasta donde me han ordenado, mi señor—respondió el pobre hombre.
—¿Y dónde es eso? —Pero esta vez, el gemelo no obtuvo respuesta. Chasqueó la lengua y giró los ojos con hastío. —Así serán las cosas, ¿cierto? No vas a decir más…
—Lo lamento, mi señor.
—No soy tu señor y vaya que vas a lamentarlo—musitó. Tan pronto dejara de ser útil, Kanon no dudaba que, quien fuera que moviera los hilos detrás de aquella emboscada, se desharía del pobre desgraciado como la basura que era a sus ojos.
Bufó y volteó en busca de los rostros de sus compañeros. El de Aioros le resultó especialmente interesante.
Éste caminaba con el ceño fruncido, ensimismado en sus pensamientos. Su mirada azul se perdía en el horizonte frente a ellos, pero Kanon no ponía en duda que sus sentidos no estaban tan dispersos como su mente. Después de todo, el cuerpo y mente de cada uno de ellos estaba entrenado para eso: para nunca bajar la guardia.
Por curioso que fuera y por mucho que considerara al arquero como un Santo en todo el sentido de la palabra, el gemelo no recordaba haberle visto tan serio jamás. Aquella era una faceta de él que desconocía.
—Relájate. —Dohko, a su lado, atrajo la atención del castaño. Éste le miró de soslayo. —Exudas tensión por cada poro.
—No es tensión.
—¿No? —Aioros negó. No, no era tensión. Eran unas ganas irrefrenables de mandar todo al demonio. También era un mal presentimiento de que aquella tontería terminaría en medio de un baño de sangre. Una rara mezcla de hastío e indiferencia. —Lo que tenga que suceder, sucederá. Para bien, o para mal, no queda mucho por delante.
—¿En serio? Pues es como si jamás viéramos la luz al final del túnel.
Y, por mucho que deseara contradecirle, el Santo de Libra sabía que no podría hacerlo. Desde su primer día en la Edad del Mito, todo había sido un ir y venir de eventos incontrolables y catastróficos; tragedia tras tragedia, dolor y lágrimas, nunca parecían llegar a un final. Aioros tenía razón en estar asqueado… Todos lo estaban.
Guardó silencio para concentrar su atención en el tembloroso guía que iba por delante de ellos. No pudo sino imaginar el terror de aquel hombre que vivía sus últimos suspiros. ¿Cuándo se terminaría ese camino de muertes que dejaban tras de sí a cada paso que daban?
—No vas a meternos en más líos, ¿cierto, arquero? —La voz del gemelo menor retumbó en medio del silencio, suave y provocadora, como era usual en él.
—No lo sé, Kanon. ¿Vas a quejarte si lo hago?
—Es altamente posible.
—Entonces, haré lo mismo que tú haces cada vez que alguien se queja de tus incordios: ignorar a los quejicas y hacer lo que se me venga en gana. Si tienes quejas, cómetelas.
Kanon atrincheró los dientes, pero no encontró palabras para replicarle. Estaba seguro de que, habiendo sido otra la situación, más de uno se habría reído. ¡Él mismo se habría carcajeado! Pero nadie lo hizo; un par de miradas y un silencio profundo. Eso fue todo lo que hubo.
El camino llegó a su final más pronto de lo que esperaban.
Por fuera, el antiguo monasterio lucía enorme e imponente, pero por dentro, la lejanía de sus épocas gloriosas era evidente.
El atrio principal quedó a la vista. El marco de la entrada era alto y, aunque el resto del edificio era piedra en su mayoría, aquel arco era de mármol rosa, gastado por el tiempo y sucio. La puerta de madera, celosa guardiana de aquella habitación sagrada, había sido derrumbada. Había caído luchando, a juzgar por las cicatrices que las hachas habían hecho sobre ella, y no había sido la única.
La sangre se regaba por doquier. Estaba oxidada y apestaba. Las sandalias de los intrusos se habían encargado de esparcirla por el pasillo y de convertirla en arcilla rojiza de un tono único y desgarrador.
Adentro, el peligro esperaba por ellos.
—¿Por qué siento que entramos en una cueva de lobos?
—Probablemente porque es así. —Ante la respuesta de Dohko, Kanon bufó.
—No los hagamos esperar. Si se han tomado tantas molestias para seguirnos hasta aquí, terminemos con esto de una vez por todas.
El chirrido del metal les dio la bienvenida; decenas de espadas desenfundándose al unísono. El salón estaba repleto.
En ambos extremos de la bóveda, los soldados cretenses guardaban línea. Atentos y prestos para la batalla, mantenían espadas, escudos y lanzas en posición. Sobre ellos, otro pequeño ejército de arqueros esperaba desde lo alto, con el acero de las flechas apuntando hacia sus pechos.
—Han tardado más de lo esperado—dijo Genes, quien se abrió paso entre las filas enemigas—. ¿Qué les ha retrasado?
—No sabes lo mucho que nos hubiera gustado llegar antes… Quizás así habríamos evitado este baño de sangre inocente.
—Si era tal su clamor por paz, jamás debieron declarar una guerra que no podían ganar. —Genes no tuvo temor en interrumpir a Dohko, ni tampoco tuvo problema en sostenerle la mirada. Después de todo, a los hombres que tenía enfrente los consideraba impíos, dudosos merecedores del favor de los dioses.
—Esa guerra no comenzó de nuestra mano. Llegamos a Creta en son de paz—terció Shura. Pero el rostro del viejo general expresó su falta de interés en sus palabras.
—Llegaron sedientos de sangre y la bebieron a montones. Ahora la familia real está extinta y el pueblo ha sido abandonado a su suerte.
—Eso no ha sido nuestra obra—siseó Dohko. De inmediato, los ojos de Genes se desviaron en busca de los de Aioros.
—¿Qué tienes que decir a eso? Fue a ti a quien se reconoció como asesino del rey, y fue error de nuestra difunta Reina dejarte en libertad, solo para que tomaras su vida también.
—No asesiné a la reina. —Y el simple hecho de que el propio Aioros saliera en su defensa, por primera vez, sorprendió a más de un Santo. —Pasifae era una mujer noble y lista, que merecía mucho más de lo que la vida le dio.
—Un asesino con remordimientos siempre sorprende…
—Le acusas sin más pruebas que la palabra de un hombre que ha mentido y asesinado antes. —Saga habló. Él tampoco estaba seguro de estar defendiendo a un hombre inocente, pero las circunstancias apremiaban por un poco de ciega fe. Sin embargo, lo que venía le dejó sin palabras. —Dédalo ha manipulado a todos desde el principio. Él…
—Puedo y voy a defenderme solo. —Aioros le calló. Después centró su atención en el viejo. —Tus problemas son conmigo, no con ellos. Ya has involucrado a demasiada gente, gente que era inocente. Si lo que deseas es una guerra, declárala contra mí. Contra nadie más.
Confiaba en aludir a la buena fe de Genes. Quería creer que el viejo no era igual a Dédalo, que su oficio le brindaba un sentido de nobleza diferente donde cada vida era valiosa y la guerra dejaba de ser un juego de egos.
Genes, contrario a Dédalo, tenía mucho más que perder en una guerra; una nación, una familia. Dédalo desconocía cualquier tipo de amor.
—¿Qué propones?
—Hablemos. Tú y yo. —Genes no pudo evitar que su mandíbula delatara la tensión que lo invadió. No fue el único.
—"Aioros…" —Su nombre le resonó en la cabeza al unísono, en las voces de Saga y Dohko, pero ambos les ignoró.
—¿A solas? ¿Pretendes que cometa el mismo error que mi rey y mi reina?
—Tu ejército puede quedarse. ¿No confías en la fuerza de tus armas?
Genes dudó. Su único ojo recorrió las filas de sus huestes y, en algún punto, su ego como general golpeó con fuerza.
Para sus adentros, Aioros sonrió. Notó, en tan solo un pequeño gesto de su contraparte, que había ganado. Bastaba un pequeño empujón para despertar el orgullo tan característico de aquellos que, como él, se afianzaban en la capacidad y grandeza de su persona para levantarse y dar cada paso de su vida.
—Hablemos—dijo el general.
Aioros volteó el rostro hacia sus compañeros y su semblante dio una orden bien clara. Encontró muchas objeciones en aquellos cuatro pares de ojos, pero no le importó. Jamás cedería en aquello.
—Ya lo han escuchado—dijo—. Retírense. Genes y yo hablaremos a solas.
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Incluso antes de que él llegara, ella sabía que estaba ahí.
Phineas se sorprendía a sí misma cada día. Le maravillaba la capacidad de su cuerpo para adaptarse a la ceguera, lo rápido que el resto de sus sentidos habían respondido para suplir a sus ojos. Le asombraban los progresos a la hora de moverse y ubicarse; la relativa facilidad con la que había aprendido a recodar pasadizos oscuros y llenos de obstáculos en la oscuridad de su ceguera. Se sentía mejor… Era capaz de ser un poquito más independiente. Se sentía más tranquila, tenía esperanza.
Y a pesar de todo, seguía sintiendo la nostalgia por los colores, por la luz. Extrañaba aquellos paisajes que ahora solo existían en su cabeza. Anhelaba ver cómo el tiempo les cambiaría, pues en su mente, siempre lucirían igual.
—Pensé que ya no vendrías. Te has retrasado—dijo. Sus labios se curvaron en una sutil sonrisa repleta de curiosidad, imaginando la cara de su acompañante.
—¿Eso es verdad? —Mu estaba genuinamente sorprendido. Para él era difícil calcular el tiempo, todavía más en los días nublados, pero Phineas parecía no tener ningún problema con ello.
—No mucho, pero sí.
—Eres sorprendente.
—¡Que va! Por ahora, todo lo que me queda es sentir el tiempo pasar.
—Tal vez no del mismo modo, y no sea ningún consuelo, pero todos estamos en la misma situación.
—Lo sé. La tristeza flota en el aire. ¿Cómo se encuentran?
—¿Preguntas por los chicos? —Ella asintió. Su mirada estaba fija en el vacío, pero Mu se había acostumbrado a ello. Tomó asiento a su lado y, tras poner en sus manos una pequeña cesta con un par de manzanas, suspiró antes de hablar. —Definitivamente no estamos bien.
—No esperaba que lo estuvieran. El duelo que viven es reciente y la pérdida de un hermano siempre es difícil de superar, sino imposible.
—En eso tienes razón. Uno pensaría que después de todas las tragedias que hemos visto, las batallas, la muerte… Uno pensaría que podría acostumbrarse, pero no es así.
—Mientras tengan alma, no podrán acostumbrarse. El día que eso suceda, entonces deberán preocuparse y el mundo deberá temer. La sola idea de imaginar a hombres con dones como los suyos, que hayan perdido toda humanidad, es temible.
—Confiemos en que eso no suceda jamás. Suficiente tenemos ya con el capricho de los dioses.
Phineas buscó a tientas por su mano y la apretujó entre las suyas. Con un par de golpecitos sobre el reverso, acordó con sus palabras.
Hubo un momento de silencio entre ambos, silencio que lejos de incomodarles, les agradaba. Bastaba con la compañía mutua para se sintieran a gusto. El barco era un sitio pequeño, donde estar solo resultaba prácticamente imposible, pero en el que era sencillo sentirse en soledad. Especialmente para ella, encerrada en su oscuridad, el abandono podía resultar duro y difícil de enfrentar. Quizás por eso esperaba con ansias la visita diaria de Mu, cuando al menos por unos minutos, la soledad se alejaba de Phineas.
—¿Estás bien? ¿Has estado tranquila?—preguntó el Santo.
—Lo mejor que se puede dadas las circunstancias. Pero, como te he dicho antes, el pesar es mucho. El pequeño llora; la mujer también. Y la Reina… Oh, la Reina…
—¿Has soñado de nuevo con ella?
—Sueño cada noche, pero en mis sueños solo hay confusión. A veces, los dioses tienen el destino en sus manos, ¿sabes? —Giró el rostro, como si hablara mirándole a los ojos. —Y hay otras ocasiones, en las que los mortales son capaces de robarles dicho poder. La Reina lucha por ese derecho en la batalla más encarnizada que jamás libró.
—Todos lo hacemos, de un modo u otro.
—Excepto que algunos luchan para sobrevivir. Ella… Temo que la vida en sí sea su penitencia.
Mu guardó silencio. Su mente ató cada una de las palabras de la sacerdotisa y las primeras ideas saltaron a la vista. Sus ojos buscaron por la mujer en cuestión.
La encontró tan diferente a la Hipólita que conoció por primera vez. Los tiempos de su grandeza lucían lejanos e irreales. Aquella poderosa y regia mujer se había desvanecido, para dar lugar a una criatura cargada de amargura y gastada por la vida. Era tal la diferencia que todo rastro de odio que pudiese haber sentido por ella desapareció, dejándole una enorme lástima.
Y aun así, miraba a Phineas y miraba a sus compañeros… Todo el pesar que había traído a otros, ahora regresaba a ella y en la peor de las formas.
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—¿En qué piensas?
Aioria levantó la vista para encontrarse con la mirada interrogante de Ángelo. Encogió los hombros y volvió a hundirse en sus pensamientos.
Llevaba un largo rato sentado junto al palacio del navío, con la espalda apoyada en sus paredes de madera de acacia, las piernas encogidas contra el pecho y la cabeza agachada.
Su corazón era un océano revuelto; rugía con ira, lo mismo que lloraba. Sujetaba con fuerza el medallón de Virgo, como si al soltarlo, el alma de Shaka se esfumara para no volver jamás. Tenía los ojos enmarcados en rojo, el color de la sangre y del dolor. Ya no había más lágrimas que derramar, ni más maldiciones que musitar. Todo lo que le quedaba era el dolor de los recuerdos y amargo sabor de la impotencia.
Máscara Mortal se dejó caer a su lado y, por instinto, adoptó su misma posición. Sus ojos se clavaron en el frente, donde el timón del barco era sujetado por los potentes brazos de Talal. Por un instante, le vino a la mente la figura regordeta de Ophelos al mando. Casi pudo escuchar sus gritos y carcajadas, arrastrados por la fuerza del viento.
—Fue un error—musitó el castaño.
—¿Troya? —Aioria negó. —Entonces, ¿qué? ¿Qué fue un error?
—Pensar que podía engañarla.
—¿Engañarla? Una ella. ¿A quién? ¿De qué demonios estamos hablando?
—Artemisa. —La sola mención del nombre oscureció el semblante del italiano. —Ha sido ella. La muerte de Shaka ha llegado de su mano… y ha sido mi culpa.
—Suenas demasiado seguro.
—Es porque lo estoy.
—¿Estás seguro de que no ves fantasmas donde no los hay?
—Piénsalo: ¿a qué otro arquero conoces capaz de desaparecer con el aire? —Ángelo no encontró palabras para aquel cuestionamiento. Desde aquel ángulo, Aioria estaba en lo cierto. —Ha sido ella. Nadie más que ella.
Máscara Mortal bufó. Apartó la mirada del león para llevarla al horizonte. El día era una mierda: la llovizna no cesaba y el Axios se bamboleaba de lado a lado cual hoja dejada al viento.
Inconscientemente apretó los labios, mientras su cabeza daba interminables vueltas alrededor de la confesión de Aioria. Más lo pensaba, y más sentido cobraba.
—Si estás en lo cierto—dijo al fin—, entonces esto está lejos de terminar. Si ha descubierto que la engañabas, ya no tiene nada que perder. Dejaste de ser valioso para ella. Acaba de declararte la guerra y quizás…
—Quizás yo sea el siguiente. —Ángelo no le contradijo. Eso era exactamente lo que se había negado a decir.
—Tenemos que detenerla.
—¿Cómo? Es una diosa.
—Hemos detenido dioses antes.
—Sí, pero… ¿a qué costo?
—Al peor—respondió, dispuesto a no mentir—. Pero, como en cada ocasión anterior, pelear es nuestra única opción. Si no hacemos nada, ella va a cazarnos, uno a uno, hasta que no quede nadie. Al menos dejémosle en claro que no será sencillo.
—¿Y cómo vamos a hacer tal cosa? ¿Eh? ¿Cómo vamos a pelear contra un enemigo al que no podemos alcanzar? ¡¿Cómo?!
Un trueno resonó en aquel preciso instante, acallando la frustración del joven Santo. Las luces de Zeus corrieron por la bóveda celestial formando una telaraña de hilos resplandecientes, mientras las primeras gotas de lluvia brotaban desde las nubes y caían, para perderse en el mar color acero.
El agua estaba fría, y rápidamente esfumó el calor de la rabia que le hacía arder la sangre.
—Con paciencia, León. Con paciencia—musitó el italiano cuando el cielo y sus rugidos les dieron un descanso—. Ella está actuando con la rabia de quien tiene el corazón roto y, tú y yo sabemos que eso tiene un costo. Tarde o temprano cometerá un error. Nosotros no tenemos el lujo de equivocarnos así.
—¿Entonces?
—Entonces, jugamos ajedrez.
Aioria se llevó las manos a la cabeza. No entendía nada, solo que aquella marea de emociones no le dejaba pensar.
Ángelo tenía razón: no podía caer en la desesperación. Más que nunca, necesitaban superar a su enemigo en aquellos juegos mentales que pondrían en peligro sus vidas, tanto como a su espíritu. Y, si perdía la calma, también perdería la guerra.
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¿Qué había sucedido?
¿Por qué había sucedido?
Una vez más, falló. Había perdido otra batalla y el costo era elevado. Otro de sus Santos perdió la vida. Su cosmos se desvaneció, como la espuma sobre el mar.
Niké lloraba, ella lloraba… El dolor era compartido. Era demasiado grande y difícil de sobrellevar. ¿Cuántos más habrían de caer? Y… ¿para qué? ¿Cuál era la causa por la que peleaban, sino el egoísmos de sus propios congéneres?
No había esperado aquella pérdida, pues lo que quedaba del camino se sentía seguro. Se había equivocado. Pecó de arrogante y de optimista, y sus Santos pagaban el precio de sus errores.
Tras la muerte de Shaka, Athena se había aislado. El dolor en los ojos de Shion le resultaba acusatorio, aunque estaba lejos de serlo. Pero ella había jurado protegerles y sus pérdidas solo eran el resultado de su propia incompetencia.
Furiosa como estaba, dio un manotazo sobre su mesa. Los pergaminos que ahí tenía, cayeron al suelo, segundos antes de que sus manos golpearan la madera con fuerza. Mordió sus labios con tanta rabia que una gota de sangre manó. Estaba furiosa y adolorida. El corazón le dolía.
—No es momento de perder la calma.
La voz de Perséfone la hizo reaccionar. Luchó contra su propio cuerpo para ocultar la sorpresa y se esforzó porque las penumbras de la habitación disimularan un poco la humedad en sus ojos.
—¿Qué haces aquí?
—Supe lo que pasó. Vi su alma descender al Inframundo. Lo siento. —Oyó a la morena chasquear la lengua. Su instinto le dijo que si Athena ahorraba las palabras era para disfrazar la debilidad en su voz.
Perséfone agachó la mirada y la desvió, en un intento de dar cierta privacidad a su hermana, así como un poco de tiempo para recomponerse. Se atrevió a adentrarse en el salón de guerra, pero también se esforzó por no parecer invasiva. Por un par de minutos, prefirió fijar su atención en los murales de piedras coloridas que adornaban los muros del palacio ateniense.
—Sé que no tengo que recordártelo, pero… No es momento para la desesperanza—dijo Perséfone—. Eres una diosa excepcional, única y segunda solo a padre. No lo olvides.
—Y aún así no puedo protegerlos.
—¿Qué pasado? —Ante semejante respuesta, la Emperatriz la enfrentó. —¿Qué han traído consigo estos hombres que te ha hecho cambiar tanto? Solías ser una diosa temeraria y temida, incluso por los nuestros. Ahora mides cada paso que das; tienes más rivales que aliados… Vives temerosa de perderlos.
—¿Me juzgas?
—De ningún modo. Solo quiero entender. ¿Qué hay en ellos que es tan diferente? —Y en sus ojos rosas, Athena encontró sinceridad. —Siempre has cuidado de los mortales: les proteges y llevas de la mano. Sin embargo, jamás te vi arriesgarlo todo por uno de ellos. Hasta que tus Santos llegaron.
—No sé si pueda explicarlo, o si alcances a comprenderlo…
—Inténtalo.
—Verás… Ellos están aquí por mí. —La mirada de Perséfone se tiñó con curiosidad. —Y por aquí, no me refiero a este momento en específico, a esta época. Existen por mí. Sus almas se deben a mí. Nacen, viven, mueren… Por mí. —La voz se le convirtió en un suspiro.
—Y, ¿te sientes en deuda con ellos?
—Al principio era así, pero ahora… Todo es distinto. Ya no es más un deber. Quiero ayudarlos. Quiero protegerlos. Quiero que vivan. No solo por mí, sino por ellos.
Cuando las palabras cesaron en sus labios, la mirada de la peliverde le desconcertó. La observaba y, a la vez, sentía que su mente estaba lejos de ahí. Temió haber hablado sin precaución, temió que sus palabras fueran tomadas del modo equivocado.
Un alivio enorme le sobrevino cuando Perséfone dibujó una sonrisa tenue pero honesta.
—Ay, hermana mía. —Suavemente, posó su manos sobre el brazo de Athena, en un intento de infundir compresión. —Hay más que justicia en tus acciones hacia ellos. Pero creo que eso ya lo sabes.
—Necesito ayudarles, Perséfone. —Trató de ignorar aquel último comentario.
—Y lo harás, porque mientras tú los ayudas a ellos, yo te ayudaré a ti.
—¿Cómo?
—Creo que lo sabes. —La diosa de la sapiencia la contempló, y a pesar de la hermandad entre ambas, Perséfone encontró cierto recelo en esos ojos grises. —No me mires así. Lo sé todo, Athena. Alguien me lo ha contado, sabiendo que encontrarías en mi a un valiosísimo aliado.
—¿Alguien?
—A su tiempo sabrás quien. Pero me han confiado una misión y no tengo ninguna intención de fallar.
Athena no respondió, pero la expresión reflexiva de su rostro dijo más que sus palabras. Las dudas la asaltaban. Necesitaba ayuda, necesitaba confiar en alguien. Pero su cabeza no dejaba de cuestionarla: ¿a qué costo?
Buscando un poco de aire fresco, se acercó al balcón. Apartó las cortinas de tela traslúcida y la frescura del otoño le acarició el rostro.
—Sabes que el precio es altísimo—susurró Perséfone, al lado suyo. Athena no respondió. —¿Estás dispuesta a pagarlo? ¿Lo sacrificarás todo… por ellos?
Todo.
Pero, en muchas maneras, ¿no lo había hecho ya? ¿Qué más le quedaba por dar? Solo una cosa. Una nada más.
Su divinidad.
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Todo estaba en silencio.
Solo el golpe de las olas contra la coraza del barco y la fuerza del viento que se enredaba en las velas rompía el solemne duelo. Las voces humanas habían desaparecido casi en su totalidad, con algunos pocos murmullos resonando cual gritos en medio de la calma. Nadie hablaba, ni nadie mucho menos reía.
Incluso el Axios, con toda su majestuosidad a cuestas, lucía como un héroe derrotado que volvía a casa. Había perdido tanto, que el golpe parecía imposible de sobrevivir.
El Gran Mar estaba inquieto, como era usual en aquella temporada. Sus olas eran grandes y salvajes. Además, llovía. No había parado de llover desde que dejasen Dardania. Era como si los dioses sintieran su pérdida y se solidarizaran con ella... Eso era, si es que en verdad existían dioses de buen corazón aún.
En cubierta, no había mucho donde refugiarse del clima. El palacete que estaba en el centro del navío permanecía ocupado todo el tiempo. Habían hospedado a Hipólita ahí, eternamente vigilada. Phineas también había pasado la mayor parte de su tiempo dentro, pues su falta de visión representaba un constante peligro ante las inclemencias del tiempo. Quedaba entonces solo un pequeño espacio, que Iona y Kozma compartían. Sin embargo, tanto uno como el otro trataban de pasar la menor cantidad de tiempo en ese sitio, donde cada rincón traía a su mente un recuerdo de Bemus. Todavía era pronto, y las memorias, lejos de ser un tesoro, resultaban en una tortura.
—La lluvia ha cesado un poco. ¿Crees que podamos salir al menos un ratito? —El pequeño pelirrojo tiró de la túnica de Iona. Sus ojos estaban irritados por las lágrimas, pero al menos la mujer agradecía que los sollozos terminaron. Una cosa era llorar a Bemus en privado, y otra, bien diferente, tratar de consolar a un niño que había perdido toda su vida en su instante.
—Podemos, pero tendrás que abrigarte muy bien. Hace frío afuera.
—Vale.
En un abrir y cerrar de ojos, Kozma se puso de pie. Se echó encima la capa de pieles a toda prisa. Fue hacia la bolsa que contenía las pocas pertenencias que él y Iona habían tomado para el viaje, y rebuscó hasta encontrar el tesoro que buscaba.
Sus manos pequeñas levantaron una espada de madera, hermosamente tallada y con una empuñadora dorada que hubiera hecho sentir celosa hasta la mejor arma. La sostuvo justo como Bemus le había enseñado y corrió en busca de Bor. Iona lo miró mientras intercambiaban un par de palabras en completo sigilo. Después, cuando el chico volteó en su dirección de nuevo, cayó en cuenta de que las cosas no salieron como él deseaba. Su mirada triste le delataba.
—¿Qué ha sido eso?—preguntó ella, intrigada.
—Querría que Bor saliera conmigo a cubierta y me enseñara nuevos movimientos con la espada. Pero dice que Julius le pateará el culo si se mueve de su guardia. Yo quería pasar un rato con él...
—Es una pena. —La mujer acarició el cabello rojizo del chiquillo. —Quizás en otra ocasión será. Pero podemos salir un momento tú y yo, si aún te apetece.
—Está bien...
—Vayamos entonces.
La hetaira se levantó con dificultad. Su cuerpo y mente estaban agotados. Estaba acostumbrada a vivir una vida de incertidumbre y a sobrevivir a ella, pero con Kozma a su lado, todo era diferente.
Tenía suficiente oro para sobrevivir con comodidades por un tiempo. También tenía amigos y contactos que podrían tenderle una mano. Pero por mucho que quisiera, jamás podría brindarle las oportunidades que Bemus habría significado para él. Ella no era Bemus, solo era una mujer más, a la que el mundo pronto olvidaría. A partir de entonces, Kozma sería el protegido de una hetaira, no de un noble. El futuro cambiaba radicalmente para él.
Unas gotas de agua de mar le salpicaron el rostro cuando salieron a cubierta. Eran frías y no cálidas como sus lágrimas, pero igual de saladas.
El Axios, usualmente un barco muy estable, se sacudía al ritmo que el mar dictaba. Aquella sensación de desasosiego hizo que Iona se sintiera preocupada. Su estómago se revolvió y la piel se le erizó.
—Ve con cuidado—dijo al niño.
Kozma ni siquiera reparó en su inquietud. Envuelto en su propio mundo, donde el dolor a veces se ocultaba perfectamente detrás de un momento de breve olvido, corrió por la cubierta, blandiendo su espada de madera, venciendo a decenas de enemigos imaginarios que cargaban contra él. Gritaba, y sus gritos resonaban en medio de rugido de la tormenta que se aproximaba. Kozma era la prueba de que aún en medio del dolor, el espíritu humano se sobreponía. Iona envidiaba su fuerza, su inocencia… su ingenuidad.
Se envolvió a sí misma en un abrazo. Apretó con fuerza el abrigo de lana que la protegía del frío y trató de disimular las lágrimas que inundaron sus ojos.
Ella era una mujer fuerte, siempre entera y envestida por su propio orgullo. Estaba rota por dentro, vacía… pero nunca iba a demostrarlo. Las lágrimas que derraba eran para sí, no para nadie más. Su dolor lo llevaba sola. Nadie jamás la vería derrumbarse. Su entereza no era valentía, solo orgullo. Era el ego lo que la mantenía de pie en medio de la adversidad.
—No esperaba verles aquí afuera. Hace frío y la llovizna parece aguanieve. —La voz de Milo la hizo brincar. Apartó el rostro de él para secarse las lágrimas y recomponer sus facciones.
—Sí… —carraspeó—. El clima no es lo mejor, pero ahí adentro es…
—Asfixiante, ¿eh?
—Más de lo que te imaginas.
—Entonces deberían salir más seguido. Un poco de aire fresco les hará bien. Quizás no lo parezca, pero servirá para desahogar un poco lo pensamientos y las penas.
—Ojala fuera tan sencillo…
La voz le salió en apenas un hilo, pero bastó para que llegara a oídos del Santo. Milo no respondió, solo la miró de soslayo. Lucía tan diferente… tan apagada.
No le negaba la razón, simplemente no podía. Algo sabía él acerca del sentimiento de pérdida y del dolor que causaba. Quizás la diferencia era que ellos habían aprendido a manejarlo mejor. No diría que se habían acostumbrado, porque era imposible superar aquel vacío tras cada pérdida. Sin embargo, sobrevivir se sentía más fácil, a pesar de la culpa que causaba. Habían aprendido que nadie moría por un corazón roto.
—¿Qué se supone que está haciendo?—preguntó, refiriéndose al chico y tratando de llevar la conversación a temas menos lúgubres.
—Practica con la espada. Bemus solía enseñarle cada vez que visitaba Dardania.
—Hay mucho por aprender aún, ¿no?
—Bastante. —Calló por un momento, perdiéndose en sus pensamientos. Milo, a su lado, guardó silencio también. Se cruzó de brazos y contempló al pequeño. Le sorprendía lo fuertes que podía ser los niños, lo resistentes que eran ante la adversidad. Deseó ser un poco más como ellos.
—Quizás yo puede enseñarle algo, cualquier día de estos.
—A Kozma le encantaría. Sueña con blandir una espada como el mejor guerrero… —Pero una risilla tonta de Milo la hizo voltear y buscar por la mirada del Santo. Éste se rascó la melena azul mientras su expresión se tornaba infantilmente tonta. —¿Qué significa eso?
—Bueno… Es que… —El escorpión se rascó el mentón, buscando las palabras adecuadas. —Yo no sé mucho sobre espadas.
—¿No sabes…?
—No.
—Pensé que eran guerreros de Athena. Soldados.
—Y lo somos, ¡vaya que lo somos! Pero nuestras armas no son de metal ni….
No alcanzó a terminar. Con un brusco sacudón, el Axios se pandeó hacia uno de sus costados.
Una enorme ola les había golpeado y, ni el más poderoso navío podía imponerse a la fuerza del mar. La tripulación aulló, víctimas de la ira de la tormenta. Talal se aferró al timón, pero no tuvo la fuerza suficiente para mantenerlo. El Axios amenazaba con voltear.
—¡Por un demonio! ¡Sujétate! —El peliazul alcanzó a sujetarla de la mano para evitar que cayera. A su vez, alcanzó a colgarse de la baranda del barco, permitiéndose la oportunidad de sostenerse.
—¡Polvo de diamantes!
El mar, salvaje enemigo, retrocedió ante el cosmos de Camus. Las olas, aquellas mismas que amenazaron con terminarles, se convirtieron en sus aliados. Petrificadas ante el cero absoluto, detuvieron sus embates para tornarse en manos protectoras del Axios, deteniendo de aquel modo su caída.
—¡Plasma relámpago!
A la voz de Aioria, los rayos de energía cortaron los amarres, permitiendo que algunos de los hombres caídos tuvieran modo de sujetarse para evitar perderse en el mar.
—¡Kozma!—gritó Iona. Sus ojos vieron con terror como los pies del niño resbalaban sobre la madera mojada y, arrastrado por la inercia, su cuerpo rodaba en dirección a las aguas.
Su caída solo se detuvo cuando la mano del destino le tomó del tobillo, e hizo que una de sus botas se enredara en uno de los amarres.
Iona trató de darle alcance, aun cuando aquello significaba arriesgar su propia vida. Intentó liberarse del agarre de Milo con un manotazo. Sin embargo, su misión era imposible. El crío estaba demasiado lejos, donde ella jamás podría arrancarle de las fauces del mar.
—¡¿Qué haces?! ¡Quieta! —Milo alcanzó a sujetarla. Iona luchó por liberarse, pero el Santo la sobrepasaba en fuerza.
—¡El niño…!
—Me haré cargo.
La mujer le miró directo a los ojos. Fue solo un segundo, pero miles Su mirada suplicaba por ayuda, había una necesidad imperante en aquel par de ojos.
Milo asintió, prometiéndole que todo estaría bien.
Se aseguró de dejarla en un sitio seguro y fue a por el niño. Apenas había avanzado unos pocos pasos, pendiente abajo, cuando el barco crujió. Aunque las brazos de hielo que le sostenía eran fuertes, la madera sufría.
Kozma lloriqueó ante la incertidumbre que le hacía presa. Colgaba de una pierna y sobre su cabeza, solo estaba el mar. No quería caer, estaba asustado.
—No te muevas, ¿vale? —Escuchó las instrucciones del Santo de Escorpio. —Voy por ti. No tengas miedo.
—¡Caeré!
—No caerás. Estás seguro. Solo dame unos segundos, ¿sí?
Miró a su alrededor. La tripulación era un caos; la adrenalina flotaba en el ambiente y el temor seguía latente, a pesar de que el mayor peligro había pasado.
Un poco más allá estaban sus compañeros. Camus intercambiaba algunas palabras con Ángelo y Aioria. Vio al italiano asentir y poco después los fuegos fatuos volaron alredor del barco, derritiendo con suavidad el hielo que había detenido su naufragio. Mientras, Aioria y Mu trataban de ayudar a cuanto hombre podían. Dentro del palacete, las siluetas de los mercenarios delataban su inquietud. Pero, a pesar de todo, todo indicaba que no existieron consecuencias que lamentar.
—¡¿Están todos bien?! —Resonó el grito de Talal.
—¡Sí, capitán! —Varios gritos surgieron de diversos rincones del navío. Milo suspiró.
Con cuidado, Milo resbaló sobre la madera de cubierta. El barco estaba en perpendicular y un paso en falso ocasionaría que terminara en el mar. Pero, por fin, un instante más tarde, Kozma estaba en la seguridad de sus brazos. Fue entonces cuando el llanto que el niño se había esforzado en contener, estalló de nuevo.
—Ya, ya… Te tengo. Todo estará bien ahora. —Milo le palmeó la espalda, mientras sentía los brazos del niño cerrarse alrededor de su cuello en un desesperado intento de aferrarse a él.
Con un nuevo crujido, el hielo liberó al Axios. El barco cayó con suavidad sobre el agua, levantando una tenue llovizna.
—¡Iona!—chilló Kozma. Tan pronto Milo le dejo en el piso se soltó de él y corrió hacia la mujer, para abrazarla, colgándose de su cuello. Ella lo arropó en sus brazos.
—¿Estás bien? ¿Te has hecho daño? —Sin soltarla, el niño negó.
—¿Están todos bien?—preguntó Camus. Milo asintió.
—Solo fue un susto.
Los ojos grises de Iona lo buscaron y en ellos, encontró un silencioso agradecimiento. Milo sonrió. Palmeó con mimo la cabeza del niño. Estarían bien; Iona y Kozma eran, después de todo, una pequeña familia.
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Julius gruñó con disgusto.
Giró una de las mesas que había caído a causa del sacudón del barco y arrugó la nariz cuando la mezcla de olor, causada por las pociones rotas, lo golpeó.
Como mercenario que era, los viajes largos eran algo a lo que ya estaba acostumbrado. Podían pasar estaciones completas vagando por el mundo, sin asentarse en ningún sitio y sin rumbo fijo. Había sido así que conoció el mundo. Sus ojos habían visto maravillas y sus pies se habían plantado sobre sitios inimaginables. Era un nómada nato y le encantaba serlo. De su oficio, quizás, era su parte preferida.
Pero era también por eso que el encierro en el Axios se estaba convirtiendo en un tormento. Era patético pensar que el amago de naufragio había sido lo más interesante hasta ese momento.
Pasaba la mayor parte del tiempo recluido en el palacio del navío, vigilando a una mujer a la que con gusto habría lanzado al mar para que se ahogase. Por supuesto, había momentos en que el encierro podía más que él y huía a cubierta a tomar un poco de aire fresco. Sin embargo, afuera los ánimos eran tan pesados y oscuros, que le asfixiaban.
Para colmo de males, el Axios apenas y se había detenido en su camino de vuelta a Atenas. Aquel viaje no había sido como todos los demás, en los que los navíos acostumbraban encallar en ciertas playas durante algunas noches, e incluso días, fuera para buscar refugio, proveerse de alimentos, o por simple placer para su tripulación. Incluso en medio de la tormenta, el barco había continuado su accidentado andar sobre las olas.
—Me estás poniendo nervioso—musitó Talos. Los ojos azules del mercenario volaron en su dirección.
—Todo este encierro esta poniéndome los pelos de punta.
—¿No te gusta el mar?
—No me gustan los días oscuros. —Y, a juzgar por la sombría mirada, Talos entendió que no se refería precisamente al clima, triste como era normal en esa temporada.
—No queda mucho. Han resistido bastante.
—Sigue sintiéndose como una eternidad.
—Imagínate para ellos. —Con el rostro, señaló sutilmente a los Santos y también a Iona y al pequeño Kozma, reunidos afuera.
—Lo sé, lo sé…—bufó—. Seré sincero y te diré que me resulta indignante que esa mujer—miró en dirección a Hipólita—, aún esté viva.
—Comparto tu sentir. Pero algo tiene el destino para ella.
A juzgar por su mirada, Talos entendió que el etrusco no compartía su opinión. Fue eso mismo lo que le obligó a callar, pues no deseaba despertar polémica. Los ánimos dentro del Axios no eran los mejores, y los hombres heridos podían volverse peligrosos.
La conversación cayó en una pausa que, aunque no resultaba incómoda, se tornó larga, prácticamente infranqueable. Pero, cuando Talos empezaba a desesperar, los Santos llegaron a su auxilio.
—¿Están todos bien aquí? —La silueta de Camus apareció por la puerta.
—Sí. Nada que lamentar.
—Excepto quizás la peste. Las pócimas de la vieja huelen terrible y ahora están regadas por todo el suelo. —Se quejó Julius. Malkram, Bor y Xantipa solo le miraron de soslayo.
—Pediremos a alguien que venga a limpiar un poco.
Julius no respondió pero el disgusto suyo era evidente. Talos giró los ojos y dicho gesto, bastó para que nadie hiciera preguntas de más.
—Apenas y les hemos visto salir de aquí—acotó Ángelo.
—Podría decir lo mismo de ustedes, excepto que al revés: apenas les hemos visto aquí. —La respuesta afilada de Bor frunció algunos ceños. No el de Camus.
—Todavía es pronto y es complicado mirarla a los ojos. Todo a su tiempo. ¿Cómo se encuentra?
Xantipa, consciente de la creciente tensión entre ambos bandos, intervino. Conocía a sus chicos de sobra y sabía que las sutilezas no eran su fuerte.
—La sanadora dice que su estado es delicado, pero que ha mejorado ligeramente desde que está con nosotros.
—Es comprensible. Se le trata mejor de lo que Periandro iba a tratarla jamás.
—Eso es relativo—terció la mercenaria—. Para alguien como ella, el simple hecho de ser prisionera es, en sí, una forma de tortura.
—Bah. Tiene comida, agua y alguien que la cuida permanentemente. —Ángelo refunfuñó. Era mucho más de lo que se merecía.
—Sí. Pero, ¿qué será de ella cuando llegue a Atenas? ¿Tiene un futuro ahí?
—Nadie aquí tiene el futuro comprado, Julius—replicó Camus. —Tiene las mismas posibilidades que cualquier de nosotros de vivir más allá de estos días.
—Eh, no lo tomes a mal. En realidad, lo que sea de ella me importa poco. Por mí, puedes lanzarla a los peces ahora mismo.
—No por ahora.
—¿Han venido a visitarla?—cuestionó Malkram.
—Solo a asegurarnos de su estado.
—Si yo fuera ustedes, hablaría con la sanadora. Dudo que consigan sacar una palabra de la Reina.
Camus y Ángelo intercambiaron miradas. Julius no solo tenía razón, sino que también les proveía de una excusa para evitar el tan indeseable encuentro con Hipólita. Su vida venía con un precio demasiado alto.
Inevitablemente, sus miradas buscaron el rincón donde la habían acomodado. Era un espacio reducido, pero adecuado para brindarle cierta privacidad y toda la comodidad que fuera posible en un sitio como aquel.
—Tarsila es mucho más transigente que la Reina—dijo Talos—. Además, ha hecho todo lo posible por ayudarla, y por eso mismo, conoce cada recóndito detalles de su salud. Sin duda ha sido de gran ayuda tenerla.
—Hablaremos con ella.
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Los cerezos de Virgo lloraban. Sus pétalos rosas se desplegaban por la escalera zodiacal como un mar de lágrimas que despedía a su guardián. El viento las llevaba incluso más allá, por un lado hacia el mar, y por el otro, las elevaba hasta el cielo. Había pesar en el aire; el fantasma de la muerte, aún a la distancia y a través del tiempo, rondaba los alrededores.
Pero el jardín del sexto templo no era el único en el luto. La armadura de Virgo también lloraba. La virgen dorada, derrotada y hundida en la tristeza, sentía la energía de su protegido desvanecerse. Ella, que le había elegido, le había envestido y había jurado protegerle por encima de todo, lo perdía. Había fracasado.
Y junto con ella, Saori lloraba.
—Pensé que estarías aquí. —La voz de Seiya la hizo reaccionar. Se secó las lágrimas como pudo antes de enfrentarlo.
—No sabía a donde más acudir.
—Los jardines de Virgo siempre son un buen sitio para hallar un poco de paz. —Ella asintió, mientras el chico se dejaba caer a su lado, bajo los cerezos. —Lo lamento. Todos lo sentimos. Quisiéramos hacer más, pero…
—Está bien—interrumpió la joven diosa—. Ninguno de nosotros puede hacer nada.
—Hay que tenerles fe.
—Y se las tengo, más de la que te imaginas. Pero es la impotencia, la rabia… —Apretó los puños y las lágrimas que humedecían sus ojos se desbordaron.
Seiya la abrazó con cuidado. Su preocupación por ella era sincera. Verla así, destruida y derrotada, le rompía el corazón. Por una vez, él no podría ayudarla. Él, quién haría absolutamente todo por ella, tenía las manos atadas. La felicidad de su diosa no dependía ya del castaño.
—No les queda mucho por delante—dijo, en un intento de tranquilizarla. Pero lo cierto es que poco consuelo traía. —Casi todas las llamas de Meridia arden.
—Aún están en peligro.
—Lo sé.
—¿De qué ha servido, Seiya? Tantas lágrimas, tanto dolor, tanto sacrificio… Se supone que regresaron para vivir. Pero esto no es vida. ¿Cuándo se terminarán las penurias?
Saori no obtuvo respuestas. Ni Seiya ni nadie podría dárselas.
Se secó las lágrimas y se puso en pie. Miró hacia arriba donde, por encima de su cabeza, los pétalos rosas creaban una lluvia de flores. Los cerezos habrían de marchitarse ahora que su protector se había ido. Dormirían hasta que un nuevo cosmos reclamara a Virgo.
La diosa posó la mano sobre el tronco y elevó sus cosmos. Su energía serviría para que aquellos preciosos árboles sobrevivieran un poco más.
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Aioros suspiró.
Aquel suspiro reflejó más hastío que tensión. Estaba cansado de todo el embrollo que, quizás, él mismo había ocasionado. Era como una historia sin fin en la cual, cuando parecía posible llevar al final, todo volvía a oscurecerse.
Genes estaba frente a él, resguardado por el ejército al que él mismo había crecido. La situación era en sí una amenaza. Los cretenses no estaban ahí en busca de paz, solo clamaban por sangre. E, irónicamente, a pesar de todo, al Santo no le importaba.
—Querías hablar, así que hablemos. —La voz del mayor rompió la tensión del silencio. —Dicen que has sido tú quién asesinó al rey y después a la reina—reclamó Gene.
—Dicen muchas. Pero, ¿quién las dice? ¿Son sus voces dignas de confianza por el simple hecho de que resuenan?
—¿Estás diciendo que eres inocente?
—Mis pecados no son para ser juzgados por los hombres, ni mis explicaciones son dignas de comprenderse. Sin embargo, hay algo que debes saber: no soy un asesino a sangre fría. Ruego a los dioses por jamás serlo.
—Existen asesinatos que no se realizan por placer… Pero ello no hace que quienes los cometan sean menos culpables.
—Estoy de acuerdo.
—Pero sigues sin admitir tus crímenes.
—Crímenes que, según tú, he cometido. Pero, ¿te consta?
El general calló. Entrecerró los ojos en un gesto finísimo y apenas perceptible. Un dejo de duda; eso era todo lo que Aioros necesitaba.
El castaño intentó acercarse. Pero ni siquiera alcanzó a dar un paso cuando el quejido de las cuerdas de los arcos al tensarse le advirtió que no se moviera. Se detuvo. No por temor, sino por prudencia. Aquel era un juego de paciencia y él lo estaba ganando. No debía estropearlo.
—¿Por qué estás aquí realmente? ¿Por mí? ¿Por tu rey y tu reina? ¿Por tu pueblo? ¿Por tu ego?—cuestionó el arquero.
—No me acuses de egoísta cuando has sido tú quien actuó sin considerar nada más que tus intereses.
—¿Qué interés podría yo tener en la exterminación de la familia real? Al igual que el resto de los míos, mi única misión era el Toro. Nada más. Ellos no eran mi asunto y siguen sin serlo.
—¿Qué ha sido del príncipe?
—¿Ahora te preocupas por el crío? —La mirada azul del Santo se afiló. Un dejo de disgusto ensombreció sus facciones mientras una diminuta sonrisa repleta de ironía brotó de sus labios. —Fueron ustedes mismos quienes le despreciaron. ¿Ahora les consterna su destino?
—Es el heredero.
—Creía que era un monstruo.
—¿Qué hay de él?
—Cena con Hades, cortesía de su propio padre. —Su respuesta surgió tan definitiva que Genes y sus dudas tardaron en reaccionar.
—¿Su cuerpo…?
—Pregunta a las bestias en Creta. Probablemente tengan una mejor respuesta que yo y también te parezcan más confiables.
—No hay razones para creerte…
—Entonces, tampoco las hay para cuestionarme. —Aioros dio un paso adelante y, por inercia, los soldados y arqueros se pusieron en alerta. Hubo un suspiro colectivo, que gritó al conjunto con el chirrido de las espadas y escudos, y el tensor de los arcos. El castaño se detuvo y mostró las palmas de sus manos, pidiendo prudencia ajena, pues la suya estaba ausente. —Si no estás dispuesto a creerme, no sé por qué me preguntas.
—No hay más respuestas que las tuyas… Las suyas, de todos ustedes.
El Santo de Sagitario entrecerró los ojos. Posó su mirada sobre el viejo Genes, pensando en la poca lógica de aquella conversación, que minaba su paciencia segundo a segundo.
Todo indicaba que el mundo entero buscaba por respuestas, pero que dichas respuestas debían complacer a sus oídos, o pasaban a convertirse en mentiras. Entonces, la pregunta en su cabeza era: ¿qué era exactamente lo que deseaban escuchar? ¿Tendría las palabras para satisfacer sus deseos sin sacrificar a nadie más en el intento?
De pronto, se respingó. La respuesta surcaba en el aire y le había susurrado al oído. Exhaló y se animó a dar un paso al frente, ignorando la tensión a su alrededor que se levantaba como una ola gigante en medio de un mar revuelto.
—¿Crees en los dioses?—cuestionó a Genes. Lentamente, dio un par más hacia adelante, mientras todos a su alrededor retrocedían.
—Creo que los dioses han abandonado Creta desde muchos años atrás.
—Y es posible que así haya sido. Pero, ¿reconocerías su llamado ahora? ¿Serías capaz de escuchar su voz y acatar su voluntad, sin importar lo dura que pueda ser?
—Estás jugando con fuego…—susurró el cretense. Se notaba el esfuerzo de mantenerse inmutable ante la creciente cercanía del Santo.
—La coronación de reyes no es disposición mía, ni tuya… Son los dioses quienes les eligen y también son ellos quienes les despojan. Clamas que los dioses se han olvidado de Creta, cuando en realidad, quizás este sea el modo de recordarles que el camino que llevan no es el que ellos desean. Es hora de recomponer el rumbo.
—¿Qué puedes saber tú de sus designios?
—Más que tú, ciertamente. He vivido rodeado de ellos y algo he aprendido de sus deseos.
Genes atrincheró los dientes. Su mano buscó por la empuñadura de la espada que llevaba ceñida a la cintura. Desenvainó y apuntó hacia el Santo, amenazante.
—No deberías dar un paso más—siseó.
—Y tú deberías escuchar: estás buscando a tu enemigo en el lugar equivocado. Te han mandado aquí a pelear una guerra que no vas a ganar, mientras Creta esté en poder de los hombres equivocados. Volverás solo para encontrarte a un impostor sentado en el trono que tanto defiendes… Y entonces, Creta volverá a ser olvidada por los dioses. ¿Es eso lo que quieres? —Dio un paso más hacia el frente. Ésta vez, Genes retrocedió.
—Te he dicho que no sigas…
—No voy a detenerme. No por ti.
Y, con un último paso, desató sobre sí una poderosa marea de flechas que silbaron al romper al aire.
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Tarsila se aseguró de mirar sobre su hombro, antes de pronunciar palabra alguna.
No era que desconfiara de sus acompañantes, sino que se trataba de una manía suya, adquirida desde muchos años atrás.
Siendo curandera en Temiscira y unas de las pocas personas de confianza para la reina, la discreción era clave; era clave no solo como exigencia de su oficio, sino también como método de supervivencia. En aquellas tierras, una palabra fuera de sitio acarreaba desgracias para quien fuera descuidado.
—Seré sincera—dijo al fin—. Aunque ha mostrado una ligera mejoría, su estado no deja de ser delicado. La criatura en su vientre ha resistido bien. Desafortunadamente, no puedo garantizar que continúe luchando. Si su madre no mejora, no habrá muchas esperanzas.
—Solo tenemos que llegar a Atenas. Cuando esté ahí, tendrá los cuidados que necesita—terció Mu. La vieja suspiró con cierto hastío.
—No sé si lo consiga.
—Estás aquí para asegurarte que eso suceda.
—No me agradan las amenazas, Santo—retó a Máscara Mortal—. Y tampoco soy un dios, para obrar milagros. Hago lo que se me permite, dentro de mis límites. No más.
—Eso lo entendemos y no te pediríamos más.
—Pero lo hacen. —Bufó. Camus cerró ligeramente los ojos, no sin cierto disgusto.
—Te necesitamos. Ella te necesita.
—Lo hacen por la criatura y por nadie más. Puede que no sepa con exactitud, pero algo sé de lo que ese niño significa. Sé que es un trofeo para Athena y para cualquiera.
—No es un trofeo…
—¿No? —Tarsila interrumpió a Mu. Era demasiado vieja para que se le engañara con facilidad. Su pelo no pintaba canas en vano.
—No. —Pero Mu sonó fuerte, definitivo. —Ese niño es nuestra sangre; es uno de los nuestros. Nunca será un arma, o al menos jamás lo será para nosotros. Pero entiende que necesitará quien guíe su camino. Si en algo estamos de acuerdo, es que el bien debe regir cada uno de sus pasos. De otro modo…
Tarsila dejó de prestar atención en ese momento, pues su mente se perdió en sus propios pensamientos. El Santo tenía razón y eso no podía negarlo. Esa criatura sería especial; un tesoro para algunos, un trofeo para otros. Era por eso que Periandro había arriesgado su reino por el crío. También por eso, uno de los protegidos de Palas había caído. Todos peleaban una guerra, aunque las intenciones no podían considerarse más opuestas.
Se sobó los ojos y miró de soslayo hacia el rincón donde Hipólita dormitaba. Debía aclarar que la salud de la Reina no dependía solamente de ella.
—Hago le mejor que puedo y seguiré haciéndolo. —Retomó la palabra, mientras dejaba escapar el aliento, en lo que parecía un gesto de resignación. —Pero buena parte de los resultados dependerán de la Reina. A final de cuentas, es ella quien decide si vivirá o no… Y mucho temo que no hay alicientes para ella.
—¿Crees que…?
—Sí—respondió a Camus. Milo se mordió los labios. —Y ni siquiera quiero pensar en lo que sucederá, si el bebé resulta ser un varón.
—Es lo que nos faltaba… —Bufó Ángelo. —Escucha bien, mujer. Hipólita nunca estará sola, ¿has entendido? Siempre, siempre habrá alguien vigilándola.
—Si ella es una peligro para sí misma, no vas a dejarla ganar—complementó Camus.
—Mis señores, es más fácil decirlo que hacerlo.
—Pues habrá que conseguirlo. Hemos arriesgado todo por ella y por ese niño. No llegamos hasta aquí para perderles.
A Tarsila no le gustaba la presión puesta sobre sus hombros. Sin embargo, no existía nadie en ese barco que pudiera cuidar de Hipólita mejor de lo que ella lo hacía.
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Ni una sola de las flechas hizo blanco en él.
Ileso, sin ningún rasguño, Aioros se mantuvo de pie, en medio de aquel huracán que lo rodeaba y que obligaba a las saetas a danzar a su ritmo. Estaba serio, más un brillo en sus ojos delataba la sonrisa de triunfo que sus labios se esforzaban en ocultar. Era indudable que encontraba placer en el desconcierto enemigo. Pequeños privilegios que su estatus, por encima del mortal ordinario, le proveía.
Avanzó un par de pasos y, con él, avanzó la tormenta. Las filas de soldados retrocedieron. El pánico quedó al descubierto en sus ojos. Las armas enemigas cayeron a sus pies, mientras los hombres desesperados luchaban por cubrirse el rostro.
—Te dije que no iba a detenerme—habló el Santo.
—¿Qué es esto? ¿Qué significa…?—musitó el general. El viento le haría el rostro y apenas era capaz de mantener su único ojo abierto, pero a la vez le era imposible apartar la vista de aquel espectáculo.
—Somos diferentes. Especiales. Deberías saberlo ya. Se habla de ello por todo el Gran Mar. —El hombre no pudo responderle y ante su propio temor, el espíritu del ejército cayó. —No importa lo fuerte que sea tu ejército; no importa si es un dios quien lo lidera, siempre estaremos por encima. No puedes vencernos.
—¡Mientes…!
—Sabes que no es así. Tú propios ojos son testigos ahora. Mira a tu alrededor. ¿Ves a alguien que me haga frente? —Extendió los brazos y contempló el caos a su alrededor. No había nadie que no hubiera sucumbido al miedo. —Estás solo. —Sonrió justo en el momento en que se agachó la recoger una espada abandonada. Después avanzó hacia Genes, espada en mano, mientras el filo del arma rozaba el suelo de mármol viejo. —Es la última advertencia, Genes. Retira a tu ejército y vuelve a Creta. Ahí vales más vivo que muerto. Aquí, tu vida se desperdiciará sin sentido.
—¡No puedo volver!—espetó el soldado—. ¡No volveré mientras el asesino de mis reyes camine en libertad!
A solo unos pasos de él, frente a frente, Aioros se detuvo y con él se detuvo el viento huracanado. Estiró el brazo con la espada y la punta de ésta, acaricio la garganta de Genes. Sus miradas se encontraron. En los ojos del arquero, Genes encontró fortaleza y determinación. Tragó saliva y retuvo la respiración. Nadie se movió. Ni ellos, ni nadie. Solo el silencio después de la tormenta.
Entonces, la voz del Santo resonó con increíble serenidad en medio de la nada.
—El asesino al que buscas no está aquí. Vuelve a casa y lo encontrarás sentado en el trono.
Cuando sus palabras se esfumaron, sobrevino una explosión de aire tan violenta, que cada hombre cayó a los pies del Santo, como muñecos atados a la voluntad de un niño caprichoso.
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Con los puños y dientes apretados, Saga avanzó por la stoa, supurando rabia por cada poro. El resto de los Santos iba tras de él, intentando mantenerle el paso. Quizás, lo único que tenían en común, era la expectativa que compartían por la reacción del geminiano y la inminente explosión de mal genio que se aproximaba.
—Cálmate, Saga. Mantén la compostura.
—¡Esto es una idiotez y lo sabes!—ladró a Dohko—. ¡Es el último de sus berrinches!
—Esperemos que no lo sea—masculló el chino. Se sobó los ojos, ante la sola idea de pensar las consecuencias de todo ello. —Pero no ganamos nada si te pones en esa actitud.
—Estoy tratando de mantener la calma—siseó. Y no mentía, hacía todo lo que podía con su escasa paciencia. —De otro modo ya habría vuelto ahí para…
Pero no terminó de hablar. Atrincheró los dientes cuando la explosión de energía dentro del salón le arrancó las palabras. Su primer instinto fue volver para asegurarse que todo estaba bien. Irónicamente no era Aioros el objeto de su preocupación, sino su motivo.
El resto de sus acompañantes había vuelto la mirada hacia el salón. Al igual que él, ninguno tenía que decir. De todos, Kanon era el único que esbozaba una sonrisilla en los labios; de esas sonrisas tan suyas, con tan poca decencia y que auguraban problemas. Saga se maldijo y maldijo al arquero también. ¿Cómo habían llegado a aquel punto?
—Maestro… —Oyó a Shura buscando por la atención de Dohko y solo se sintió más rabioso. ¡Era un tonto al preocuparse! Aioros y sus malcriadeces no lo merecían.
—No, Shura. —Saga se adelantó al Santo de Libra. —No vamos a volver. Él quería arreglárselas solo, ¡que lo haga!
—Tampoco estoy de acuerdo con lo que ha hecho, pero…
—¡Pero nada!
—¡Saga! —Dohko trató de tranquilizarlo, más lo único que obtuvo fue una mirada rabiosa del gemelo. Calló, no por miedo, sino porque era consciente de que sus palabras ser perderían en el arranque de ira de Saga.
—No podemos solo dejarlo, o alejarnos. ¡Es uno de los nuestros!
—No quiere actuar como tal. —El peliazul arremetió contra Shura.
—¡¿Y qué?! ¡Todos hemos tenido nuestras malas rachas! Nadie tiene derecho a…
—¿Qué vas a hacer? ¿Eh? ¿Regresar? —Una risa burlona apareció en el rostro del griego. Shura apretó los labios. —Aioros no va a agradecerte que las metas las narices en sus asuntos, así sea para salvarle el culo. Entiéndelo, Shura.
—No me importa. Es mi amigo. A mí sí me interesa lo que le suceda .
Saga estuvo a nada de replicarle con algo más que su voz. Sin embargo, haciendo alarde de prudencia, Dohko se posicionó entre ambos. Miró a Saga y, por esa vez, la mirada más severa fue la suya.
—Ya es suficiente. Bastante tenemos con un cabeza dura, como para tener tres—dijo, sin levantar el tono de su voz. Por respeto o sensatez, o por la razón que fuera, los más jóvenes detuvieron su duelo de palabras.
—Parecen dos novias celosas…—musitó Kanon. No se rió, porque vista la tensión, solo iba a ganarse un golpe.
Se libró del daño físico, pero la mirada del Santo de Libra bastó para que cerrara la boca. Aunque no fue suficiente para borrar el dejo burlón de su mirada. Aquella situación era demasiado divertida para él.
—Ya son suficientes berrinches. Somos y tenemos que continuar siendo uno. Dividirnos es perdernos y no es algo que podamos permitirnos.
—La advertencia llega tarde, Dohko—terció Kanon. Poco le importó el disgusto en la cara del aludido. —Yo diría que aquí ya tenemos un problema.
—El problema es que cada quien cuida sus propios intereses.
—Creí que todos cuidábamos los del arquero, hermano mío.
—Sí, eso aparecería. Aunque algunos tienen sus propios intereses…—escupió mientras sus ojos se fijaban en Shura.
Ni Dohko ni Kanon parecieron entender sus palabras. Pero quizás fue el peso de los secretos que Shura ocultaba lo que hizo que su rostro le delatara. Su pequeña victoria robó una sonrisa al gemelo.
El Santo de Capricornio estuvo a nada de replicar, sin embargo fue el chino quien le suplicó con un gesto que callara. En ocasiones, Saga y Kanon no eran muy diferentes; podían ser tan provocadores como quisieran y siempre se salían la suya. Enfrentarlos no solo era innecesario sino que en muchos casos, una pérdida de tiempo.
Mientras, a Kanon no le pasó inadvertida ninguna palabra o expresión. Levantó una ceja intrigado y sonrió.
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Aldebarán miró por encima de su hombro, sin estar seguro de que lo debía buscar. Su cosmos acusaba que estaban bajo vigilancia; otras energías pequeñas y relativamente inofensivas para alguien como él, los rodeaban. Ninguno de sus acompañantes parecía haber notado el peligro, y el Toro Dorado no encontraba culpa en ello. Ellos no eran privilegiados como él.
Por instinto, palmeó la cabeza rubia de Asterion, agazapado sobre su regazo. El pequeño estaba tenso y en sus ojos, azules como el cielo sobre ello, se notaba el miedo.
—Todo va a estar bien—dijo Aldebarán—. Te lo prometo. Todo estará bien.
—Extraño a madre… Estoy asustado.
—Es normal, es muy normal. Estas lejos de casa, en un mundo nuevo, y todo lo que es nuevo da miedo. Pero verás que con el tiempo, te sentirás mejor.
—¿Cuánto tiempo?
—Me temo que no lo sé. —El Santo encogió los hombros y suspiró. —A algunos toma más tiempo que a otros. Pero no hay prisa, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
El chico estaba lejos de calmarse, o de sentirse mejor. Sin embargo, la demostración de valentía de su parte conmovió a Aldebarán. Acarició una vez más la melena y volvió a centrar su atención en los invitados inesperados.
Ícaro estaba un poco más allá, con Bias y Cara de Asno. Se había relajado un poco, o al menos eso mostraba la expresión en su rostro. Se encontraba entretenido ondeando la vieja espada de bronce que Ganímedes le diera al iniciar la travesía. La blandía de lado a lado, cortando el aire, como si en realidad supiera lo que estaba haciendo.
No así, los dos marineros estaban genuinamente ocupados en su misión. A diferencia del adolescente, estaba atentos a cualquier detalle que sus sentidos pudiera proveerles.
Poco sabían ellos de las amenazas a su alrededor, a las que sus ojos y oídos no conseguían encontrar, pero a las que Aldebarán podía sentir en lo más profundo de su conciencia, en su cosmos. No compartían su preocupación y de algún modo, era mejor así. El pánico no era útil en aquel momento.
Estuvo atento y en silencio por algunos minutos más, hasta el número de intrusos a su alrededor se potenció y el peligro para los otros comenzó a ser inminente. Curioseó también el estatus de sus hermanos de Orden y pudo adivinar que las cosas tampoco iban fáciles del lado de ellos. Así que, el siguiente paso, era completamente su decisión. Mientras ellos estuvieran dentro, era su trabajo cuidarles las espaldas y cuidar del resto de su comitiva.
—¡Ey! ¡Cara de Asno! ¡Bias!—llamó, sin traicionar sus inquietudes. Ambos respondieron al llamado. —Vengan un momento, ¿vale?
—¿Qué pasa, Gran Toro? —Se interesó Bias.
—Tengo algo importante que decirles.
—¿Ganimedes y los otros ya vienen de regreso? —Cara de Asno, el pelirrojo, buscó en la dirección en que el grupo había marchado. Grande fue su decepción cuando no encontró a nadie.
—No, no. Escuchen con atención. —Bajó el volumen de su voz. —Lo que voy a decir… No quiero ninguna reacción al respecto, ¿entendido? Ni una morisqueta, ni un gesto, nada.
—Cuanto secretismo…
—Eh, atención. Esto es serio.
—Venga ya, hombre. ¿Qué sucede?
—Nos vigilan.
—¿Los hombres de Creta?
—No. Definitivamente se trata de alguien más. —No supo cómo sucedió, pero de algún modo, aquel par consiguió guardarse sus impresiones. Aldebarán se sorprendió de su discreción. —No sé si se trate de un enemigo, o de un aliado. Lo único que sé es que se trata de un pequeño ejército. Cada vez hay más de ellos.
—¿Qué podemos hacer?
—Lo más prudente sería esperar. Si ellos no dan el primer paso, nosotros finjamos demencia. Eso sí, mantengámonos atentos. No queremos sustos.
—¿Y si atacan?
—Responderemos. Eso déjenmelo a mí.
Entendía que los hombres del mar les tuvieran cierta fe, especialmente siendo testigos de las hazañas viviendas; y así también entendía sus miedos, pues los peligros de caminar hombro a hombro con ellos, eran monumentales. Lo que tenían de impresionantes, lo tenían de peligrosos. Sus enemigos no eran los mismos que de cualquier mortal. Sus enemigos siempre eran grandes y la sombra que proyectaban resultaba por convertirse en una enorme amenaza.
Quizás era por eso que se sentía más que comprometido a cuidarles. Quería protegerles y evitar que esos peligros que les perseguían a ellos, hicieran víctimas inocentes. Después de todo, la Kyrenia y su tripulación no habían hecho nada más que tenderles la mano.
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Egles no daba crédito a lo sucedido. ¿Cómo había sido posible que sus planes fracasaran tan estrepitosamente?
Había calculado y planeado con sumo cuidado cada paso de su estrategia. Diomedes era, al menos en la teoría, el cómplice perfecto; la oportunidad definitiva de satisfacer a Hera y deshacerse de una vez por todas de los Santos. Pero había fallado de nuevo, y su derrota dejaba un río de sangre tras de sí.
Pero por encima de todo, temía por su vida. Hera había dejado bien claro que ningún fracaso más sería permitido. No iba a tolerar más fallos, pues su paciencia era escasa y desde mucho tiempo atrás había sobrepasado sus límites. Ahora, Egles tendría que enfrentar las consecuencias de su mala fortuna. Si bien, indirectamente había tomado la vida de unos de los protegidos de Athena, uno no era suficiente.
Así que, al contemplar el enorme cementerio en el que se había convertido el campamento, no podía sino pensar que aquel era el mismo cruel destino que esperaba por ella.
El cansancio que llevaba adentro la hizo suspirar. A lo lejos, por encima del gran risco que resguardaba a lo que quedaba del campamento, el Sol empezaba a ocultarse. Pronto el viento soplaría con más fuerza y arrastraría al frío desde el Norte. Pero para Egles ya no importaba, el tiempo estaba detenido; no había pasado, ni futuro. Solo un breve presente.
—Egles es tu nombre, ¿cierto? —Una voz misteriosa llamó su nombre y la obligó a detenerse. Sus ojos buscaron a su alrededor, sin ningún resultado. Se mantuvo quieta, expectante.
—Hemos buscado por ti.
—¿Quiénes son? ¿Quiénes llaman por mi nombre?
—Somos tus amigas—terció una nueva voz—. Cómplices, si así lo decides.
—No tengo amigas… Y cómplices, ¿de qué?
—Tenemos un mismo objetivo, eso nos hace cómplices. —Tres. Aunque sutil, Egles podía diferenciar el cambio en sus voces.
—¿Objetivo? No sé de qué…
—Athena y sus Santos. —Egles calló. Un brillo de inevitable interés centelló en su mirada. —Sabemos que vas tras ellos…
—Nosotras también…
—Y queremos ayudarte.
¿Era un truco? ¿Una mentira? ¿Orquestado por quién? Porque Egles no podía creer que su fortuna fuera tan grande, no después del modo en que el destino la trataba.
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Demasiado silencio… Siempre era una mala señal.
Con la excepción del graznido de alguna gaviota perdida, poco más se movía en el monasterio, ahí en medio del denso bosque de la isla. El sonido de las vainas secas en los árboles imitaba al susurro de la lluvia. El viento las arrastraba de un lado hacia otro, trayendo consigo esa aura de nostalgia, tan común en los días lluviosos. La tranquilidad era palpable y, a la vez, engañosa.
Aldebarán no había dejado de seguir con insistente atención cada movimiento de sus misteriosos acompañantes. Sentía su inquietud a través de la cosmoenergía de sus cuerpos, así como también había sentido su agresividad apagándose y aquello le tranquilizaba.
No estaba seguro de cuáles eran sus planes, pero intuía que no había deseos de violencia en ellos.
—¡Ahí vienen!—exclamó Bias y su grito retumbó en el silencio—. ¡Los veo!
Todas las miradas buscaron por ellos. Ahí estaban, tal como el marinero había dicho: Ganímedes y el resto de los Santos caminaban de regreso.
—Dioses, al fin…—suspiró Cara de Asno. Una gota de sudor le resbaló por la frente, a pesar de que el viento soplaba frío, desde el Norte.
—Se le ve bien, ¿cierto? Quizás consiguieron arreglar las cosas…
Aldebarán no se atrevió a opinar respecto al optimismo de Bias. Por mucho que el mismo fuera un optimista de corazón, también era consciente de que ciertas cosas eran imposibles de solucionar. Sin embargo, no podía negar que, al igual que a Bias, le alegraba enormemente verlos a salvo.
Trató de escudriñar sus rostros desde la distancia, en busca de señales que le contaran la situación vivida dentro del monasterio. Encontró expresiones graves y muchas inquietudes, de las cuales decidió no preguntar. Por encima de todo, sintió la tensión. Más tarde conseguiría las explicaciones que buscaba.
—Vamos a ellos, ¿sí?—dijo al pequeño Asterion y, sin soltarlo, se levantó para ir al encuentro de sus hermanos.
Reparó, un par de segundos después, en que alguno faltaba. Se preocupó, y su consternación se hizo evidente en su rostro.
—Tranquilo. —Dohko notó su angustia. —Aioros está bien. Lo estará.
—¿Qué…?
—El idiota intenta arreglar las cosas por sí mismo—ladró Kanon. Sopló una hebra de cabello que le caía sobre la cara y acomodó su coleta. —Solo conseguirá meternos en más líos de los que ya tenemos.
—Ojalá te equivoques.
—Me conmueve tu fe, cabra, o me asusta tu optimismo. No sé bien como tomarlo.
Shura no respondió a la provocación. Tampoco tendría palabras para hacerlo: las palabras de Kanon llevaban una razón innegable de la que no podía huir, aún si así lo quisiera.
Pensando en ello, prefirió ignorar al gemelo. Centró su atención una vez más, en el resto del grupo y trató de concentrarse en algo diferente al arquero. No tardó en notar el miedo en los ojos de Asterion, ni la peste de la tensión que emanaba del resto de los marineros. Quizás era impresión suya, pero no le había parecido que les dejaran tan nerviosos antes de marchar al encuentro de Genes. ¿Podría ser que algo sucedió?
—Roshi… —Aldebarán susurró, y algo en su voz puso en alerta a Dohko.
—¿Mmm?
—Creo que alguien más nos vigila.
El chino no respondió, más su cosmos se expandió, sutil como el viento, sondeando los alrededores y encontrando verdad en las advertencias del más joven.
Apretó sutilmente los dientes, mas como señal de frustración que de temor. Sus vigilantes les superaban en número, pero era seguro decir que ellos les superaban en fuerza. Miró de soslayo al resto de los chicos y, como si pudieran leerse la mente, concordaron con él. A pesar de todo, la prudencia no estaba de más. Su séquito era vulnerable.
—¿Hace cuánto…?
—Desde poco después que se marcharan. Lo noté entonces, pero es posible que llevaran un rato siguiéndonos sin que nadie reparara en ello.
—No pudimos ser tan descuidados…
—Te sorprenderías—susurró Saga. No sería la primera vez, ni tampoco la última. Demasiados errores los estaban condenando.
—¿Haremos algo?
—Ser pacientes y mantenernos alertas. —Dohko respondió a Shura.
—¿Esperaremos al arquero?
—Te mueres de ganas de dejarle aquí, ¿cierto, Kanon?
—No más que tú, hermano mío.
—Tal vez deberían dejar de discut…
Y antes de que Shura pudiera terminar de hablar, el silbido de las flechas volando hacia ellos sembró el caos.
—¡Cúbranse!—exclamó Bias.
—¡No de nuevo! —gruñó Kanon.
Las flechas, sin embargo, no llegaron a ellos. Bastó una fracción de segundo antes que se pulverizaran en el aire, escocidas por el cosmos de los Santos.
Cinco cosmos ardieron ante la amenaza, declarando que no pasarían sobre ellos. Las miradas se afilaron y la adrenalina corrió por sus venas. Mientras estuvieron de por medio, nadie bajo su protección saldría herido.
Por encima del tejado del templo, una figura emergió. El sol, tras de ella, impedía verla con claridad pero bastaba ver a su sombra para distinguir la feminidad en sus curvas. Luego surgió otra, y otra más, y así alrededor de ellos… Hasta que sus ideas de verse en inferioridad de números se confirmaron.
—Nadie se mueve—exclamó la mujer. Su voz potente y autoritaria acalló los murmullos a su alrededor. —El siguiente que intente cualquier cosa, la más mínima estupidez, podrá saludar al barquero en persona. Advertidos están.
-Continuará…-
NdA: Bueno… ¿Qué se dice?
La vida no ha sido buena conmigo este último año. Dicho esto, estar de regreso es una pequeña victoria para mí.
Por lo demás, estoy bien. Con el corazón roto y emparchado, pero mirando hacia adelante.
Sé que hay muchas personitas por ahí, que han esperado con paciencia por el regreso de esta historia. Gracias, gracias infinitas.
Y a todos los que durante esta ausencia me han regalado uno o dos minutos para hacerme llegar un review, muchas más. Créanme que sus palabras no han caído en saco roto. Han sido combustible para animarme a regresar y, en más de un caso, el empujón que se necesitaba para salir del agujero en el que he estado metida.
¡Tengo muchísimos reviews que se quedaron sin responder! Voy a responderlos todos, ya sea mediante PM para quienes tienen cuenta, o en el perfil para quienes no la tienen. Eso lo haré mañana, porque por ahora, estoy cansadísima y quiero dormir.
Gracias a Andy, Minelava, Kaito Hatake Uchiha, Denise, lasacari29, Artemiss90, Lady Madalla-Selene, Sagitarius, Guest (¡a los varios que hay!), Mariana Elias, Damis, Aeris309, Pyxis and Linx, LeloCathy, Melina, Loreley, Allison Black, Altariel de Valinor, O-Mac, Jabed, Jaelina, K2008sempai, LinSaintSeiya, Liliscamader4ever, Anank, Danimel, Nemesisdea, Crisorel, Doncel. Fera07, Ssliver, Corsola20, Carola-Gigi, Valkiria-Paradox, Esme, InatZiggy-Stardust, Saintialove, Arst1sta, Choppi1988, Seiryu, Tisbe24, Shadow95 y Silver Hatake.
Como última petición, uplico un poquito de paciencia. No solo con actualizaciones, sino con la historia en sí. Esta maquinaria apenas va tomando ritmo.
Nos vemos en el siguiente capítulo.
Sunrise Spirit
