Capítulo 71
Conquistando miedos
Se abrió paso entre el caos a su alrededor. En su camino apartó un par de espadas que yacían sobre el suelo. Poco o nada había quedado en pie dentro del salón. Por todo el lugar había hombres caídos y armas perdidas. El ejército estaba derrotado.
Por fin, Aioros se detuvo junto a Genes. Se agachó a su lado, pues el hombre estaba tendido sobre el suelo, luchando entre la consciencia y la inconsciencia.
Permaneció unos segundos en silencio, solo observando. Contempló como, lentamente, el general abrió su único ojo para fijar la vista en la bóveda del atrio, herida por la embestida de poder. El viejo intentó incorporarse, pero el Santo fue más rápido y posicionó la punta de la espada justo sobre su garganta.
—No te muevas—susurró.
—¿Qué ha pasado?
—Te has ganado una segunda oportunidad. No la desperdicies. —Genes guardó silencio y Aioros tomó aquel gesto como una prueba de buen sentido común. —Nadie aquí ha muerto, ¿me has entendido? Esta es un ofrecimiento de paz; es un alto al derramamiento de sangre.
—¿A cambio de qué?
—De nada. Todo lo que quiero que hagas, es tomar a tu ejército y volver sobre tus pasos. Regresa a Creta, que ahí te necesitan. Recupera la tierra que te vio nacer.
—¿Recuperarla…?
—Te lo he dicho ya: tu verdadero enemigo no soy. Cuando vuelvas a la isla sabrás de lo que hablo. El hombre al que debes temer y contra el que debes levantar tu espada, estará sentado en un trono robado.
—¿El príncipe…?
—Él no volverá. Su pueblo le ha dado la espalda; le ha desconocido y mal mirado. El niño es nuestra responsabilidad ahora.
—Pero…
—No, no—terció, reafirmando sus palabras con un movimiento de cabeza—. Aquí no hay peros. Tampoco habrá una tercera oportunidad, Genes. Mira lo que he hecho yo solo contra ti. ¿Qué crees que pasaría si decidieras luchar contra todos nosotros?
Muerte. Fue todo lo que cruzó por la cabeza del general como respuesta a la pregunta.
Acababa de descubrir que las historias traídas desde todas partes del Gran Mar no mentían. Por muy fuerte que fuera su ejército, no estaba en condiciones de vencer a aquellos hombres tocados por los dioses.
Tragó saliva y su piel rozó contra el filo de la espada. Torpemente asintió.
—Buena decisión—dijo el arquero. Retiró la espada de su cuello y le tendió la mano para ayudarle a ponerse en pie, gesto que el hombre rechazó.
—No necesito tu ayuda. No somos amigos, ni aliados—escupió el viejo, mientras se esforzaba por levantarse. —Simplemente afronto las opciones que me has dejado.
—Entiendo. Aun así, me agrada tu decisión. Siempre supe que eras un hombre inteligente.
—¿Solo nos marchamos? ¿Cómo si nada?—cuestionó tras un gruñido de disgusto.
—¿Esperabas alguna recompensa?
Una mirada afilaba brotó en el semblante de Genes, pero Aioros simplemente pasó de ella. Tampoco esperaba gratitud del cretense, ni de nadie. Estaba haciendo lo correcto y eso le bastaba. Además, necesitaba volver a Atenas pronto. Tenía asuntos sin concluir ahí.
Sin nada más que resolver en aquel sitio, supo que era momento de retirarse. Afuera podía sentir los cosmos de sus compañeros en alerta. No le pasó desapercibido el breve estallido de cosmos de los otros, ni tampoco el puñado de energías menores que los tenían rodeados. Estaba claro que la Edad del Mito no les daba un respiro; no salían de un lío para entrar en otro.
—Debo irme y tú debes hacer lo mismo—dijo a Genes—. Espero que nuestros caminos no coincidan de nuevo.
—No sé si tengamos tanta suerte…
—Por tu bien, espero que así sea.
Y sin dirigirle una palabra más, volvió a cruzar el salón repleto de hombres caídos con destino a la salida.
Podía sentir las miradas sobre él a cada paso que daba. Sentía también el miedo que despedían hacia su persona. Pero decidió no prestar atención. Solo avanzó, con la frente en alto y la mirada en su destino.
Cruzar la derruida puerta de madera que marcaba la salida del salón fue como respirar una bocanada de aire fresco. El viento que se filtraba por toda la stoa le acarició el rostro y disipó la tensión. Sintió como la gran lápida que llevaba sobre los hombros desaparecía. Por unos pocos segundos, en muchísimo tiempo, el mundo se le desdibujó. Se sintió libre.
Miró la espada que aún llevaba en la mano y pensó en que ya no era de utilidad. Lo peor había pasado ya, o al menos eso pensaba. La dejó caer y el acero tintineó contra el piso.
Sus pasos se aligeraron y pronto, se encontró caminando más rápido de lo que pensaba. Sonrió cuando sintió al viento soplando con más ímpetu alrededor de él, enredando sus rizos y haciéndole cosquillas en la cara. Fue eso mismo lo que le hizo detenerse. Levantó la vista al cielo y sonrió.
—Sé que estás ahí… Sé que has estado todo el tiempo ahí—dijo al aire.
El viento sopló de tal forma que parecía que reía. La risa sonaba cual campanillas lejanas, repicando al ritmo del aire.
Aquel sonido fue tomando forma poco a poco, al igual que el remolino de viento dibujó la silueta que Aioros esperaba. Al verla, ensanchó su sonrisa. La verla solo pudo pensar en lo mucho que la había extrañado.
—Somos un buen equipo, arquero—dijo Aretha.
Aioros no tenía nada que replicar. Lo eran.
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Desde que le salvase la vida, Milo consiguió un nuevo admirador. Kozma se había convertido en su sombra, yendo y viniendo tras sus pasos por todo el navío, atento siempre a cada movimiento del Santo. Al peliazul no le molestaba la compañía, aunque en ocasiones, tener un par de oídos infantiles pendientes de cada palabra suya, podía ser un verdadero reto. ¿Desde cuándo debía verse y actuar como un ejemplo a seguir?
Lo que no podía negar, era que el niño le gustaba. Era un chiquillo listo y muy parlanchín, que siempre encontraba el modo de mantenerle entretenido con su conversación. Incluso Aioria y Mu habían dicho que, de cierto modo, les recordaba al escorpión en sus días de infancia.
Unos minutos antes, cuando la noche empezó a caer sobre el Axios, Talal había advertido que lo mejor sería encallar en alguna playa cercana.
De acuerdo con el navegante, Atenas estaba a dos o tres lunas de distancia, dependiendo de la benevolencia del Gran Mar; y bien podrían ahorrarse algunas horas de viaje al continuar el camino durante la noche. Pero era peligroso, y el riesgo era innecesario. Por todo aquello, el Axios navegaba entre una serie de pequeños islotes, buscando por uno adecuado para pernoctar.
La tarea en sí era titánica para el capitán y los bogadores. Era un espectáculo ver los remos entrar y salir del mar a la voz de su capitán. Requería de mucha precisión y de un trabajo perfecto para evitar cualquier choque que pusiera en peligro la embarcación.
—¡Mírales! Ninguno se equivoca—dijo Kozma, colgado de la baranda. Milo, a su lado, asintió.
—Es un oficio más difícil de lo que parece.
—¿Tú crees?
—Sí. Una vez tuvimos que hacerlo… Y no fue nada bien. —Se rascó la cabeza y torció la boca.
—Entonces está bien que no quiera ser remero.
—¿Y qué quieres ser?
—Cuando sea mayor, quiero ser como tú—dijo el pequeño, entusiasmado.
—¿Y eso por qué? Soy torpe y un poco tonto.
—Pero eres el más valiente. ¡Tú no le temes a nada!
Semejante afirmación hizo sonreír al escorpión. ¿Así de inocentes eran los niños? Había olvidado por completo que, alguna vez, él mismo había sido como Kozma y mirado con un orgullo infinito a sus hermanos mayores, a pesar de todos sus defectos.
Palmeó con mimo la cabeza de niño y apartó la vista por un segundo.
—No soy tan valiente como crees. En realidad le temo a muchísimas cosas. Más de las que podrías imaginarte.
—¿En serio? No te creo. ¿A qué le temes?
¿A qué le temía? A morir de nuevo, a ver morir a otro de sus hermanos, a dañar a sus personas queridas, al fracaso, a la traición, a equivocarse…
—A los caballos. —Se decantó por la opción más simple. Kozma era demasiado pequeño para entender de temas más profundos.
—¡¿A los caballos?!—preguntó el niño con asombro.
—Sí.
—¡Pero, ¿por qué?! Son criaturas bonitas. A mí me encantan.
—No lo sé. Solo les temo. Tienen dientes y podrían morderme; o podrían lanzarme por los aires mientras les monto.
—¿Nunca has montado uno?
—Sí, he montado varios.
—Pero… —El pelirrojo se tornó pensativo. —Pensé que les temías.
—Y les temo.
—Pues no deberías montarles. —Milo parpadeó, sorprendido por la lógica del pequeño.
—Te contaré un secreto. Algo que solo los más valientes saben. —Pasó su brazo por encima de los hombros de Kozma y lo acercó a él, para susurrarle al oído. Emocionado, el chico prestó atención. —Para ser valiente, tienes que conquistar tus miedos más profundos.
Los ojos de Kozma se abrieron de par en par, tan grandes como eran. A Milo le resultó graciosa su expresión, pues parecía que los secretos del mundo se abrían al pequeño. Era una buena señal; significaba que le había entendido. Cuando lo vio pararse de un brinco y con toda la decisión del mundo, ensanchó su sonrisa.
Estaba orgulloso del niño, pero también de sí mismo. ¡Había conseguido pasar un poco de sabiduría a la generación del futuro!... ¿O era del pasado? ¡Daba igual!
—¿A qué le temes, Kozma?
—¡A los dragones! —La respuesta le dejó sin habla. Eso no lo veía venir.
—¿Dragones?
—Sí. Son criaturas de Oriente. Son como serpientes, pero con fauces de león. —Peló los dientes, intentando mostrarle a Milo como luciría uno de esos salvajes monstruos.
—Los conozco, los conozco… Es decir, sé a qué te refieres. ¿Has visto alguno? —Se apresuró a explicar cuando la expresión del niño mutó a asombro de nuevo.
—Solo les he visto en los pergaminos que Bemus traía de Oriente.
—¿Sabes? Cuando lleguemos a Atenas, te presentaré a alguien.
—¿A quién?
—A un amigo mío. Se llama Dohko, aunque puedes llamarle Roshi. Dohko nació en las tierras de Oriente y tiene el don de invocar a cien dragones.
—¡¿Y si me hacen daño?!
—No lo harán. Dohko los controla. Quizás pueda mostrarte a uno muy pequeño.
—¡Eso sería genial!
Milo sonrió.
El grito de Kozma coincidió con el aviso de que el Axios empezaría maniobras para encallar. Pocos minutos después, con un gran sacudón, la llegada a tierra se anunció.
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El aire hirviente le golpeó el rostro al abrir la puerta de la fragua. Adentro el olor era particular: una mezcla de hierro fundido, madera ardiente y sudor. El resplandor de las llamas creaba destellos rojizos sobre las paredes. En el fondo del taller, se escuchaba el chirrido del metal doblándose bajo el martillo. Cada golpe era preciso: su sonido era ronco y severo, rítmico inclusive.
Athena miró a su alrededor. La fascinación se denotó en su rostro, con la forma de una tenue sonrisa.
La fragua de Hefesto era un lugar admirable, repletó de armas perfectas y trabajadas con el más exquisito gusto. Cuando visitaba ese rincón del Olimpo, la diosa se sentía como una niña pequeña, embelesada por el magnífico trabajo del metal.
Avanzó, ocultando sus pasos tras el repicar del acero. Su andar fue sigiloso, como el de un felino, y solo se detuvo cuando alcanzó su destino. Permaneció ahí, en silencio, solo observando.
Para lo tosco que era su hermano y lo ruda que resultaba la labor, el resultado no podía ser más fino. Obras de arte hechas de metal. Athena no dejaba de maravillarse. Solo los dioses, o los más cercanos a ellos, podían blandir aquellas armas, forjadas con mano sagrada. Estaba segura de que había llegado al lugar correcto, aunque no confiaba en que el camino sería fácil. Cuando se trataba de Hefesto y de ella, jamás lo era.
—Otra vez aquí. —El dios del Fuego la había sentido llegar. Pero había preferido ignorarla, hasta unos minutos más tarde. —Que inusuales son tus visitas, Athena.
—Me temo que seguiremos viéndonos.
—¿Qué más necesitas de mí? —Hefestos no era ingenuo. Raras veces acudía cualquier dios a sus territorios sin tener necesidad de hacerlo. —Tu último "encargo", no fue del agrado de Zeus, ni de nadie.
—Jamás he vivido para complacerles.
—¿A quién harás enojar esta vez? —La pregunta robó una sonrisa a la morena. La sutilidad no era una característica de Hefestos.
—¿A quién no?
Fue en ese momento en que el dios del Fuego abandonó su trabajo para centrarse en ella. Se secó el sudor que le corría por el rostro y el cuerpo, y se detuvo a mirarla.
Athena siempre le había parecido una diosa excepcional, a pesar de los muchos choques entre ambos. Admiraba aquella bravura que sus ojos grises despedían. Siempre la había considerado diferente al resto de las diosas; la mayor parte de las veces, ni siquiera por las razones buenas. Pero eso no significaba que dejara de reconocer su valentía y esa contundente decisión con la que afrontaba cada problema en su camino.
En ocasiones como aquella, solo podía preguntarse lo que pasaba por su cabeza. Athena, como sus epítetos bien describían, era una diosa sabia y sumamente lista. Él mismo no era tonto, pero a veces carecía de sangre fría y de una mente clara a la hora de decidir.
Ella, en cambio, a pesar de desconocer el futuro, al tomar una decisión parecía seguro de lo que acontecería. Nunca dudaba. Simplemente sabía.
—¿Qué tienes en mente?—preguntó, intrigado.
—Necesito que, antes de eso, me prometas que ni una sola palabra al respecto saldrá de tus labios.
—Escucha, Athena... —Suspiró. —Lo que hago contigo, lo hago con los demás. Este juego entre ustedes, a mí no me interesa. Seas tú, o sea cualquiera, yo haré lo que sea… Por supuesto, siempre que no se trate de Afrodita o de Ares. A final de cuentas, yo solo soy un espectador.
—La forma en que lo dices… —Una risilla irónica salió de sus labios. —Tal pareciera que deberíamos esperar lo peor.
—Es tu decisión creer lo que quieras. Pero me necesitas, ¿cierto?
—Eso es innegable, o no estaría aquí.
—¿Entonces? ¿Qué puedo hacer por ti?
Athena, de pronto, a pesar de su seguridad, dudó. Había llegado ahí con una convicción absoluta. Sin embargo, estaba a punto a dejarse en evidencia, de mostrarse vulnerable frente a alguien cuya lealtad no poseía. Encima de todo, estaba a nada de abandonar la protección que su estatus de diosa le proveía.
Sabía que era lo correcto, lo que debía hacer. Pero entendía lo difícil que era, porque a partir de entonces, todo cambiaría.
—Necesito que crees el metal más resistente del Universo, solo para mí. Quiero que sea único, invencible, imposible de imitar y que, solo aquellos designados por mí, sean capaces de trabajarlo.
—Pides mucho, pero semejantes exigencias tienen un costo.
—Estoy dispuesta a pagarlo.
—¿Cómo piensas hacer tal cosa?
—Ya una vez estuve a nada de entregarlo todo por mi causa—respondió ella. Sus ojos centellaron con la fuerza de la decisión. —Pues esta vez tampoco voy a detenerme.
—¿De qué demonios estás hablando, Athena? De una vez por todas, habla claro.
—Vas a tomar mi cosmos, mi esencia y equipararás el material de este metal al de las armas sagradas del Olimpo.
—Has enloquecido. Lo que pides podría considerarse herejía. Si Zeus se entera…
—Puedes decírselo si quieres, pero hazlo cuando hayas terminado. Las consecuencias son cosa mía. Más te advierto que no dejaré de insistir hasta conseguir lo que necesito.
Hefestos se cruzó de brazos y su rostro se tornó pensativo. Lo que Athena le pedía era difícil, más no imposible para él. Por supuesto, las repercusiones serían muchas.
Seducido por la idea y por todas las reacciones que se generarían, Hefesto no iba a negarse. Le intrigaba lo que sucedería a partir de aquel punto y también lo que esa decisión haría por el futuro. Sin darse cuenta, subió las cejas y esbozó una sonrisa.
—De acuerdo, te ayudaré—confesó al fin—. Solo dame un poco de tiempo para planear cada detalle de lo que me pides. No será sencillo.
—Te lo agradezco. Aunque debo recordarte: no tengo mucho tiempo, y mis Santos tampoco. Tu ayuda es solamente el primer paso. Me queda mucho trabajo por delante.
—Entendido. Tan pronto tenga noticias, sabrás de mí.
Una reverencia fungió como despedida, de tal modo que tan solo un instante después, Athena estaba fuera de la fragua, en camino de regreso a su templo.
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La voz de la mujer rugió fuerte y segura, a pesar del primer ataque fallido.
La facilidad con la que los Santos habían repelido las fechas no pareció importarle demasiado. Había muchas más de ellas, todas armadas y tan valientes como la que se alzaba como su líder.
Pero los Santos estaban confiados. Mientras tuvieran sus cosmos a disposición, eran invencibles. Las armas poco podían hacer en su contra. Mas recordaban, en todo momento, que la Edad del Mito era un sitio traicionero, donde no tenían el lujo de bajar la guardia. No importaba lo poderosos que pudieran ser, un error siempre podía ser fatal.
—¡No perdonaremos a quien han venido a este sitio de paz a traer guerra y dolor!—exclamó la mujer. Su comitiva aupó sus palabras con un grito de apoyo. —¡Esta tierra no se riega con sangre!
Su voz era robusta, como su cuerpo; poderosa, implacable y dura, como su rostro. Se notaba en sus facciones que, de todas, era la mayor en edad.
Su piel estaba dorada por el sol y contrastaba con el blanco de la túnica que la vestía. Su cabello era rubio, más amarillo en las puntas a causa del maltrato, y lo llevaba atado en una coleta que caía por encima de su hombro derecho, sobre su pecho.
—No venimos a pelear. No estamos aquí en busca de problemas—respondió Dohko, aunque tal parecía que eran los problemas quienes les buscaban a ellos.
—¿No? ¡Mira a tu alrededor! Hay hombres buenos que han muerto sin razón. ¿Qué daño pudieron hacerles los monjes para que les asesinaran con esta saña?
—Su muerte no es obra nuestra.
—¡Mientes!
—No, no miente—intervino Saga—. Los responsables son también nuestros enemigos. Han venido aquí tras nosotros.
—Entonces son tan cómplices de su muerte como si sostuvieran la espada que les arrebató la vida. ¿Qué clase de hombres son buscados por asesinos como aquellos?
—¡Estas equivocada si crees que los hombres justos no son perseguidos!—terció Ganimedes.
—¡Ellos son héroes! —Animado por la intervención de su capitán, Bias se lanzó a las palabras. —Viajan con la protección de Palas y han luchado contra muchos males del mundo. ¡Y nosotros les ayudamos! ¡No puedes acusarnos sin pruebas!
Las mujeres no replicaron nada a sus argumentos. Solamente miraron en silencio, con cierto disgusto en sus ojos y un aire de superioridad en el rostro.
—Había olvidado lo fácil que los hombres abren la boca—masculló otra de ellas, lo suficientemente fuerte como para llegar a los oídos de todos.
—Por los dioses… —Kanon chasqueó la lengua. Se abrió paso entre el resto y se plantó delante del grupo. —Dejemos las cosas en claro: todo lo que queremos es regresar a nuestro barco y retomar el maldito camino a Atenas. Sin problemas. Pero si ustedes desean batalla, la tendrán… Y desde ahora, les aseguró que no vamos a ser los derrotados.
—Has visto lo que pasó con tus flechas. Eso mismo puede pasarles a ustedes.
—¿Nos amenazas? —La mujer atrincheró los dientes. Saga no respondió.
—Escúchale, mujer, ten prudencia. No puedes derrotarlos. Están por encima de ti, de cualquier mortal—suplicó Ganimedes.
Sus ruegos parecieron surtir algún tipo de efecto en ellas, pues cierto dejo de duda se formó en sus miradas. Aunque sus ojos jamás perdieron dureza.
Ganimedes conocía las historias sobre Kallisté. Sabía de sobra acerca del monasterio sostenido por los reyes de Creta y también de las leyendas, sobre aquella tierra dominada por mujeres que habían perdido la razón. Eran un cuento común entre los marineros y una advertencia muy clara de que la isla no era un sitio para encallar por las noches. Todo indicaba que los cuentos de los viejos eran ciertos. Excepto que las mujeres que tenía frente a él, poco o nada tenían de locas.
No por ello les deseaba mal. Después de todo, los invasores eran ellos y, si miraba la situación a través de los ojos de ellas, su recelo era comprensible.
—Si no han venido a traer guerra, ¿cuál es su misión aquí?—preguntó la lideresa.
—Veníamos a solicitar la ayuda del monasterio… En nombre de la reina de Creta—respondió Aldebarán. En sus brazos, acurrucado contra su pecho, el pequeño Asterion buscaba vencer sus miedos.
—El monasterio cayó. Solo unos pocos hombres han conseguido sobrevivir y la mayoría de ellos tienen heridas tan graves, que seguramente morirán.
—Entonces no hay nada más que podamos hacer aquí.
Las mujeres dudaron de nuevo. Hubo un intercambio de miradas y luego silencio. Hasta que de nueva cuenta, la mujer a cargo volvió a hablar.
—Si los asuntos que tienen los monjes son tan importantes, pueden acompañarnos. Aquellos que han sobrevivido están bajo nuestro cuidado. Quizás alguno pueda ayudar.
Aldebarán dudo y lo mismo hizo el resto de los Santos, aunque quizás las dudas venían por razones distintas.
—¿Cómo sabremos que no es una trampa?—cuestionó Shura.
—Dicen ser hombres justos, nosotros somos mujeres justas. Además—una sonrisa pretenciosa se formó en los labios de la mujer—, ya han dejado claro que, en caso de batalla, la peor parte será para nosotras. ¿Hay razones para que teman?
Había que darle crédito a la mujer, por esa mente avispada que les llevaba ventaja. A final de cuentas, les había encerrado y les dejaba sin opciones. Pero, ¿era prudente?
Nadie aceptó. Sin embargo, tampoco hubo negaciones. Podrían haber tomado la decisión de llevarse al niño a Atenas bajo su resguardo, pero eso significaría ir en contra de los deseos de su madre. Y, a la vez, pensar en dejar al niño sonaba como una locura.
—¿A dónde nos llevarán?—preguntó Saga.
—Ahí. —El dedo de la mujer apuntó hacia la montaña que reinaba sobre la isla.
—Bien. Entonces, muestra el camino.
—¿Qué…? ¿Qué hay de Aioros?—terció Shura. El gemelo estaba a punto de replicar cuando una voz le interrumpió.
—Estoy aquí.
—¡Arquero! Estás vivo… y llegas a tiempo. —Kanon sonrió con sorna, pero Aioros le ignoró.
—¿A dónde vamos?
—Acaban de invitarnos a un paseo por las montañas.
—¿Estás bien? —Shura preguntó, interrumpiendo a Saga. Aioros solo respondió con un movimiento de cabeza. Después buscó a Dohko.
—¿Roshi…?
—Al parecer no queda mucho de la orden de monjes en la isla. Nuestras nuevas amigas dicen tener a quienes sobreviven y, ya sabes, vinimos con una misión.
La mirada cerúlea del Santo se posó el niño, envuelto en pieles y en brazos de Aldebarán. Sintió pena por él.
—Supongo que no tenemos alternativa—suspiró Aioros.
—Eso parece. ¿Qué ha pasado ahí adentro con los cretenses?
—Está solucionado.
—¿Te importaría explicar?
—No es el momento, Roshi. Creo que tenemos otras prioridades. —El arquero centró su atención en aquellas mujeres frente a él.
Tristemente, Aioros tenía razón y Dohko lo sabía. Echó una mirada fugaz al resto de sus acompañantes antes de emprender el camino. Sus ojos suplicaron por precaución y a la vez, trataron de inspirar confianza.
—Estamos listos—dijo.
Así, emprendieron el camino hacia la montaña.
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El frío se ahuyentó levemente cuando las fogatas tomaron fuerzas, aupadas por la fuerza del viento. La tripulación del Axios se había repartido por toda la playa, en busca de cobijo del aire frío que cruzaba el Gran Mar. Volvían a Atenas justo a tiempo, pues los peores días de la temporada aún estaban por llegar.
A pesar de eso, pocos barcos se aventuraban en territorios de Poseidón durante aquella época. Las aguas color acero del Gran Mar solían tonarse impredecibles y salvajes. El mar se volvía contra el hombre.
—Estoy cansado. —Milo bostezó y su bostezo se contagió a los otros. —Mataría por una cama mullida y una manta calientita.
—Somos dos—terció Aioria. Ángelo se unió a la súplica.
—Somos tres.
—Entonces, tal vez no están lo suficientemente cansados. Cuando uno está agotado, duerme dónde y cómo sea.
—Oh, venga ya, Camus. Sabemos que tú también echas de menos esas cosas. —Se quejó el escorpión. Camus encogió los hombros.
—Solo un loco no lo extrañaría. ¿Por qué no intentan dormir al menos unas horas? Aprovechemos que hoy se podrá descansar un poco.
Miró de soslayo hacia la hoguera, alrededor de la cual estaban Tarsila e Hipólita, junto Julius y su compañía. Era la primera vez durante el viaje, que la amazona descendía del barco para pisar tierra. Con un poco de suerte, el aire fresco le ayudaría a mejorar el semblante. Aunque Camus no era ingenuo, y entendía que su malestar venía desde adentro.
No tenía la menor idea de lo que sucedería cuando llegaran a Atenas. Tampoco quería imaginar la reacción de su diosa o, peor aún, de Shion. Dudaba que aquella noticia fuera recibida con benevolencia. Pero, ¿qué les quedaba?
Suspiró.
Su mente estaba demasiado inquieta para permitirle dormir. Tampoco dormía mucho en esos días. Vio a Milo y a Aioria acomodarse y se tranquilizó un poco. Esperaba que pudieran descansar por un rato.
No pasó mucho antes de que casi la totalidad del campamento cayera en silencio. Lentamente los tripulantes fueron cayendo en los brazos del sueño y sus voces se extinguieron hasta dejar poco más sonido que el crepitar de las llamas y el arrullo de las olas rompiendo contra la arena. Fue así que el Santo de Acuario alcanzó cierta paz, interrumpida solamente por el balbuceo ocasional de un trío de marineros, que habían sucumbido ante los placeres de Baco. Aunque a Camus no le importaba demasiado. Extrañaba esos momentos de soledad, donde todo lo que tenía eran sus pensamientos.
Agotado como estaba, se puso en pie, dispuesto a caminar un rato por la orilla. El fresco de la noche le reconfortaría más que el calor de la hoguera.
A pesar de la hora, el mar estaba agitado. La playa donde habían encallado era pequeña, protegida por dos brazos de tierra, donde las formaciones rocosas frenaban al viento. Sin embargo, las olas pegaba con fuerza contra la arena y su rugido se crecía con el eco de la bahía.
El Santo empezó a andar sin rumbo fijo. Conforme se alejaba del campamento, la oscuridad le devoraba. A lo lejos, los relámpagos centellaban en la bóveda celestial. Esa noche no había luna. El océano era como una cueva de lobos; oscura e imposible de descifrar.
Camus solo se detuvo cuando cayó en cuenta que se había alejado demasiado. Se acercó a la orilla tanto, que el agua se coló a través de sus sandalias y le mojó los pies. Estaba fría, era agradable.
Cerró los ojos, con la sensación del rocío del mar sobre su rostro. Fue entonces cuando reparó en lo verdaderamente cansado que estaba, física y emocionalmente. Para lo poco que permitía que sus emociones le dominaran, se sentía al límite. Pero debía ser fuerte. No era momento de quebrarse.
El murmullo de una risilla, arrastrada por el viento, le hizo reaccionar. Abrió los ojos y oteó a su alrededor. No tardó en descubrir que no estaba solo.
Unos metros más allá, sobre las rocas que se metían en el mar, una silueta oscura como la noche le observaba también. No se movía, estaba quieta. Sentada sobre la roca, esperaba con paciencia. Su melena se mecía al ritmo de la brisa; sus ojos centellaban aún en medio de la oscuridad.
—¿Quién eres?—preguntó. El Santo estaba tranquilo y su voz sonó suave, en comparación con la furia del mar.
—Soy como tú: una creatura de mitos. —Su voz… Camus jamás podría olvidarla.
—No soy un mito.
—¿No? Mortales que imitan el poder de los dioses. ¿Acaso no pertenecen a los cuentos de antaño? Los llamados héroes.
—¿Eso es lo que eres? —Una carcajada femenina estalló, justo en el instante en que un rayo se coló entre las nubes e iluminó la bahía con su luz. Fue la primera vez que Camus la vio en plenitud, pero no tardó en reconocerla. Era ella. —Nos conocimos antes.
—¿Me reconoces?
—¿Cómo podría olvidar tu voz? Me salvaste.
—Lo encontré injusto.
—¿Salvarme?
—Permitir que las aguas cobraran tu vida. Los héroes no mueren ahogados.
—No soy un héroe.
—Y yo no soy una sirena—replicó con ironía—. Somos lo que somos, Santo. Negarlo no hace que las mentiras se vuelvan reales.
—¿Una sirena?
Thalissa giró los ojos con cierto hastío. Para todo lo que habían vivido y visto, le sorprendía que su naturaleza continuara siendo un misterio, o una sorpresa.
Abandonó su asiento de piedra y sus pies tocaron el agua. Estando en su elemento, se cuerpo se fusionaba con él y se volvían uno. Sus escamas brillaban bajo la luz color plata de los rayos, como preciosas aguamarinas. Sus ojos centellaban con vida, con esa mirada salvaje, peligrosa y a la vez, profunda.
Contra todo lo que esperaba, Camus se le plantó. No se movió un solo centímetro mientras ella iba a su encuentro. La mujer sonrió. Estaba interesada.
—¿No me temes?—preguntó ella.
—¿Por qué debería?
—Soy una sirena.
—Una sirena que una vez me salvó la vida. ¿Piensas matarme ahora? —Ella no respondió de inmediato. Pensó su respuesta, esperando despertar la curiosidad del Santo. Pero la indiferencia en la mirada de Camus, la decepcionó.
—Tu vida no está destinada a terminar en mis manos. No soy tu enemigo; no por ahora.
—¿Qué significa eso?
—Significa que—Thalissa, de pie justo frente a él, le tomó de la mandíbula y le obligó a mirarla a los ojos—, el mar está lleno de misterios. Puede ser benévolo y también traicionero. Por ahora, la marea está a su favor. Pero, cuidado. Las corrientes cambian todo el tiempo.
—¿Por qué me dices esto? —Ella lo dejó ir. Sus ojos azules se desviaron fugazmente en busca de las tres figuras que aparecieron a espaldas del Santo. Los marinos borrachos se acercaban, con sus voces revueltas y acciones alborotadas.
—Te salvé la vida una vez y ahora soy responsable de ella. —Thalissa volteó hacia el mar y avanzó en dirección contraria a la playa, hundiéndose poco a poco en las aguas. —No lo olvides… Volveremos a vernos.
Una gran ola surgió de la nada y la envolvió con la fuerza de su golpe. Cuando la lluvia de aguas transparentes desapareció, la sirena también se había ido.
Camus trató de buscarla con su cosmos, pero no había nadie ahí. Apretó los dientes y chasqueó la lengua. ¿Qué había sido esa conversación? ¿Acaso se trataba de una advertencia? Y, de serlo, ¿era lo que estaba pensando?
Las risas de los marineros ebrios incordiaron en sus pensamientos. Los observó por unos segundos, viéndoles hacer el tonto. Fastidiado, regresó por donde había llegado. Estaba claro que esa noche no dormiría. Su mente estaba demasiado inquieta como para permitirle cualquier tipo de descanso.
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El camino había sido toda una travesía. La montaña, en el corazón de Kallisté, estaba repleta de senderos serpentinos y enredados que subían por la ladera. El acceso era difícil y con las lluvias, el suelo se había tornado resbaloso, por lo que el peligro de un mal paso era latente. El grupo subía despacio, encabezados y escoltados por las mujeres desconocidas. Sus ojos vigilaban cada movimiento, pues la naturaleza de su isla les era de sobra conocida y el camino lo tenían dominado.
—Demonios, esto es una mierda—gruñó Kanon cuando, por enésima vez, sus pies resbalaron sobre el camino fangoso.
—Mira donde pisas o te irás de culo al lodo.
—Oh, Dohko. Cállate.
El disgusto de su gemelo, hizo que Saga arrugara la nariz. Iba concentrado en su propio andar, porque no tenía intención de ser el primero en rodar montaña abajo. Además, en muchas formas, empezaba a comprender como funcionaba el destino. Después de todo, no era difícil caer en cuenta: ese lugar era un laberinto.
Saga había dado cada paso tratando de recordar el anterior, esforzándose por recordar detalles y mirando tanto adelante como hacia atrás. Pero realmente era imposible. Todos los pasadizos lucían iguales y a cada paso, era como internarse en un dilema difícil de resolver.
—No queda mucho—dijo la mujer, tras largos minutos de silencio.
—No veo nada cerca de aquí—terció Bias y la mujer le reprendió con la mirada.
—Vivimos en cuevas esparcidas por toda la montaña. Ella nos da asilo y nos protege. Si miran por ahí—apuntó a un risco, escondido entre varias rocas caídas—, podrán ver el barco que les trajo hasta nuestra isla.
—¡Oh! ¡Mira, Cara de Asno! ¡Es la Kyrenia!
—Cierra la boca, Bias—ladró el pelirrojo.
—Ahora que estamos en territorios que consideras seguros, quizás quieras decirnos tu nombre y quienes son ustedes. —Dohko tomó la palabra. Soltó los cuestionamientos con suavidad, porque quería mantener la paz con sus guías.
—Mi nombre es Stacia y soy la madre de esta isla.
—Asumo que no todas ellas son hijas tuyas… De sangre, me refiero. —Kanon levantó una ceja.
—De sangre, no. De corazón, sí. Todas nosotras somos mujeres sin familia; no pertenecemos a nadie, y no tenemos hogar en ningún sitio más que aquí. Algunas sobrevivimos a la esclavitud, otras fuimos rechazadas por nuestra propia sangre; algunas más huimos del destino y otras… Otras han buscado refugio de la cruel sociedad que reina ahí afuera.
—¿Cuál de todas es tu historia?
—La historia de una es la historia de todas. —Dohko no esperaba una respuesta directa, pero la evasiva de la mujer le sorprendió.
—Pero el dolor de cada una es propio—terció Aioros y ella asintió. Entonces, el chino continuó.
—¿Cuántas de ustedes hay viviendo aquí?
—Un centenar, quizás un poco menos.
—¿No salen de la isla?
—Nunca. Los monjes siempre fueron nuestro contacto con las tierras alrededor del Gran Mar. Ellos nos traen comida, libros, música… Todo lo que se requiere para tener una vida tranquila, que es todo lo que deseamos. Ellos conocen nuestro pesar… O solían conocerlo.
Hubo cierto resentimiento en su mirada al pronunciar aquellas últimas palabras. Aunque la dureza en sus ojos rápidamente mutó a dolor, pensando en el triste destino de los únicos buenos hombres que habían conocido.
Stacia levantó la vista hacia el cielo, donde las nubes encapotadas traían presagio de lluvia. Quizás el agua lavara el baño de sangre.
—No queda mucho para llegar—acotó.
—¿Es ahí? —Shura preguntó. A lo lejos alcanzaba a divisar algunas cuevas y dentro de ellas, la luz de las hogueras que ardían.
—Sí.
Llegaron sin mayores contratiempos. A primera vista, no había mucho movimiento dentro de los pasadizos. Pero conforme las mujeres de la comitiva fueron acercándose y sus voces infundieron seguridad en las demás, la pequeña villa de mujeres cobró vida.
Las había de todas las edad, aunque ninguna de ellas era una niña. Las más jóvenes, a vista de los Santos, estarían en los primeros años de su adolescencia. Las había muchos mayores; algunas ancianas y otras que ya pintaban canas. Entendieron que el título de Stacia como madre de ellas, no provenía de su edad, sino de su capacidad para defenderlas.
—Stacia, has vuelto… —La mujer, mayor en años que la primera, guardó silencio al encontrarse con el grupo de hombres que acompañaba a su hermanas. Buscó la mirada marrón de su líder en busca de respuestas, aunque su rostro dejó en claro la sorpresa y el disgusto de las visitas.
—Tranquila, Elodie. Están aquí para hablar con los monjes.
—¿No son ellos quienes han causado esta tragedia?
—Todo indica que no lo son. ¿Dónde están los sobrevivientes?
—Adentro. Las hermanas cuidan de ellos.
—¿Crees que puedan hablarles? —Vio en el rostro de la mayor su negativa y quizás por eso se apresuró a hablar. —Traen un mensaje de la reina Pasifae.
—Oh, dioses...—masculló la vieja—. Si es en nombre de ella, querrán escucharles. Pero no pueden entrar todos. Es demasiada gente.
Los chicos se miraron entre sí. La solicitud de la vieja les convenía, pues de ese modo no tendrían la necesidad de dejar solos a quienes más vulnerables estaban.
La solución a quienes entrarían era sencilla. En un par de segundos, la decisión estaba tomada.
—Aldebarán y yo iremos—dijo Dohko—. Los demás se quedarán aquí y estarán vigilantes del resto. El niño se quedará también, hasta que indiquemos lo contrario. ¿Podrán mantenerse tranquilos? —Miró específicamente a tres personas: Aioros, Saga y Shura. Kanon, al saberse libre de semejante cuestionamiento, esbozó una sonrisa burlona. ¿Desde cuándo estaba él libre de problemas?
—Ve. No te preocupes por nosotros.
—Arregla lo que tengas que arreglar, maestro—complementó Shura a Aioros. Tomó al niño de los brazos de Aldebarán, no sin cierta resistencia del pequeño.
Dohko entonces se dirigió al Santo de Tauro, con una mirada le indicó que le siguiera. Aldebarán obedeció y juntos, fueron tras los pasos de Elodie.
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Shion acomodó las dos tazas sobre la bandeja de plata. Lo hizo con cuidado, pues el agua hervía y quemaba. Se aseguró de que todo en su cargamento estuviera en su sitio antes de emprender la marcha. Salió de ahí con rumbo definido.
Llevaba en su interior un gran pesar y se denotaba ligeramente en su andar lento. Sus ojos rosas estaban apagados; se notaba que las lágrimas les habían hecho presas en más de una ocasión. Estaba cansado, harto y, podría decirse, también derrotado. Pero Shion no podía darse por vencido y abandonar. Con el corazón herido y el vacío en su pecho, tenía que seguir. Sus chicos todavía le necesitaban… Aunque él solo pudiera pensar en que les fallaba con cara respiro.
Las noticias sobre la pérdida de Shaka habían llegado rápido. Recordaba haber sentido lo último de su esencia, desapareciendo en el universo. Shion no era extraño a la muerte, porque había convivido con ella por muchas generaciones.
Pero esa familiaridad no significaba que dejara de doler. Cada alma perdida merecía lágrimas y tristezas, mucho más cuando eran sus niños…. Sus pequeños.
La muerte de Shaka le tomaba desprevenido. Entendía los riegos que sus Santos enfrentaban a cada paso de su camino en la Edad del Mito. Pero había cierta fe en ellos, que le daba seguridad y esperanza en que, tarde o temprano, volverían a su lado.
Y ahora, sus esperanzas agonizaban bajo el peso de la realidad. El destino, cruel como solía ser con ellos, reía al último.
Ahora, la lucha del Patriarca era contra su propio corazón. Si dejaba que sus emociones le sobrepasaran, entonces de verdad habría perdido la guerra. Era por eso que, roto como estaba, se forzaba a continuar.
Llegó a su destino y se las arregló para golpear a la puerta, sin dejar caer la bandeja de sus manos. Fue una maroma improvisada que le robó una sonrisa, pero lo consiguió con éxito.
—¿Herse?—llamó, cuando tras unos segundos, no obtuvo respuesta—. ¿Estás ahí? ¿Puedo pasar?
Esperó un poco más y, justo cuando empezaba a pensar que la sacerdotisa estaba ausente, la puerta de sus aposentos se abrió para dar paso a su mirada esmeralda, opacada por lo que fueron lágrimas.
—Disculpa la tardanza. ¿En qué puedo ayudarte?—saludó.
—No te preocupes. Espero no haber sido inoportuno…
—No, no, Shion. Yo… rezaba. Sé lo que sucedió y… —La voz se le atoró en la garganta y solo surgió tras un profundo suspiro de parte de ella, en busca de un poco de paz. —Una vez más, lamento mucho lo ha sucedido. Shaka, él… Lo echaremos de menos. Ya le echamos de menos. —Se corrigió.
—No te haces idea de cuánto.
La rubia acarició el brazo de Shion con suavidad. Su caricia intentaba infundirle aliento y expresar esas emociones que compartían. Pero de pronto, reaccionó.
—¡Soy tan tonta! Te he dejado ahí, de pie, con la charola en manos. Entra, por favor, Permíteme ayudarte. —Trató de tomar la bandeja de sus manos, pero el Santo se lo impidió.
—Estoy bien. Vamos, entra conmigo. Charlemos un momento.
Dentro, se acomodaron cerca del hogar. El fuego ardía y llenaba la habitación con la calidez de sus llamas. Herse había quemado incienso, por lo que un aroma dulce dominaba el ambiente. Era un sitio agradable, perfecto para la conversación que Shion deseaba tener.
Sirvió dos tazas de té. Era de hierbabuena y su olor era reconfortante. Tendió una de las tazas a su acompañante. La contempló mientras sorbía el primer trago. Ella estaba pensativa, pero Shion pensaba que no todo su pesar era causado por Shaka. Conocía de sobra aquella mirada y sabía lo que significaba con exactitud.
—¿Cómo estás?—preguntó el Patriarca. Vio la mirada escurridiza de la mujer y se apresuró a continuar. —Sé que tienes tu propio pesar. Lo veo en tus ojos.
—Estoy bien, mis penas poco se comparan con las tuyas, o con las de tus Santos.
—El dolor nunca debe compararse. Todo el que sufre, lo hace a su modo. Ningún dolor es mayor o menor que otro. ¿Quieres contarme?
—No puedo.
—Puedes. Confía en mí, así como nosotros confiamos en ti.
—Es que… —Respiró. Shion guardó silencio, pero eligió no presionar. Si lo hacía, temía perderla. —Aquel día, en el pueblo, tú lo viste y escuchaste. Ahora, aquí conmigo llevó el peso de estas almas atrapadas en un mundo que no les corresponde. Empiezo a pensar si, en vez de un regalo, esto ha sido una maldición.
—Sé a qué te refieres.
—¿Lo haces? —El lemuriano asintió.
—Pero hay algo que debes decirme, pues poco o nada hemos hablado del tema desde entonces.
—¿Qué es?
—¿Confías en Hermes?
Sobrevino el silencio entre ambos, aunque Shion intentó no predisponerse. La falta de una respuesta inmediata no significaba que la doncella desconfiara del dios. Simplemente reflejaba la naturaleza de su relación y los embates a la que había sido puesta a través del tiempo. Por supuesto, tampoco era ciego como para ignorar el temor que Herse demostraba. Sus razones tenía y todas eran muy válidas.
Por fin, los labios de la sacerdotisa temblaron, como clara evidencia de que su mente luchaba contra su lengua, hasta que la respuesta surgió de su boca con toda claridad.
—Creo que sí. Creo que… aún puedo confiar en él. —Su mirada esmeralda esquivó a la del lemuriano.
—Entonces no deberías atormentarte de este modo. Si él te ha entregado este obsequio es por un motivo en especial. Jamás para hacerte daño.
—No sé qué significa. ¿Por qué dejaría semejante peso en mis manos?
—Tampoco lo sé. Pero asumo que es importante si se ha arriesgado a buscarte. —Tras una pausa, que tomó para pensar un momento, Shion continuó. —¿Crees que pueda verlo de cerca?
Sin pronunciar palabra alguna, Herse retiró el collar de su cuello y se entregó el dije al peliverde. Éste lo tomó entre sus manos para inspeccionarlo con todo cuidado. Sintió el peso en sus dedos, la calidez de los cosmos dentro de la joya… Imaginó todos los misterios que se escondían dentro.
Adentro, las energías de los chicos revoloteaban. Dos de ellas eran fuertes y vibrantes; la tercera era un alma dormida. Y, de aquellas que sobrevivían, una se hundía lentamente en la oscuridad.
—¿Hermes te dijo algo de la suerte de los chicos?
—No, nada.
—Entiendo…—musitó.
—¿En qué piensas?
—Pienso en que quizás, la razón por la que esta joya ha llegado a tus manos, es porque Hermes confía en ti, tanto como tú en él. Tus manos son el único sitio donde los cosmos de estos chicos estarán seguros y, a la vez, Athena te mantendrá a ti bajo su cuidado, sin importar lo que suceda.
—¿Entonces? —Ante la pregunta, Shion sonrió.
—Entonces, creo que debes pensar lo que él esperaría de ti. He ahí la clave de este misterio, querida Herse. Piensa en que él te conoce de un modo diferente a nosotros. ¿Qué esperaría Hermes de ti?
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Cuando la nube de polvo levantada por los cascos de los caballos se disipó, todo lo que quedó frente a Felipo fueron los fieros ojos de su padre. Su corcel relinchó al tirar de la rienda y se levantó en dos patas, imitando al símbolo de su estandarte.
—Volviste con las manos vacías—siseó el rey.
No hubo réplica a su reclamo. Quizás lo más parecido a una respuesta fue la mirada que su hijo le dirigió.
Felipo, a pesar de ser un hombre de guerra y por lo tanto, poseedor un temperamento de fuego, siempre había sido un hijo respetuoso de su padre y su rango. Pocas veces contradecía a su padre, o bien, se le planteaba, muchos menos en público. Su voz resonaba por encima de la del rey solamente en aquellas ocasiones en las que el rey y su ambición ponían en riesgo a su tierra sagrada. Pero esta vez, sus ojos lo hacían en forma de gritos.
Desmontó con un solo movimiento y, tras entregar las riendas de su montura al sirviente, avanzó en dirección a Periandro. Pasó a su lado sin ofrecer ninguna reverencia. Solo cuando sus hombros se alinearon, miró por encima de ellos a su padre, como una afrenta directa. El rey jamás conoció tanta rabia en los ojos de su hijo.
Pero la mirada esmeralda del heredero cambió al posarse en los rostros de sus hermanos. Gruev estaba ahí, asustado e inquieto por la reacción de su padre. Jugueteaba nerviosamente con sus dedos y sus ojos estaban a punto de salirse de sus órbitas.
Felipo palmeó sus hombros con fuerza, como siempre lo hacía. Era un gesto que siempre conseguía reconfortarle. Pero no le prestó demasiada atención. Alguien le interesaba todavía más.
—Lo siento—susurró a su hermana, para después depositar un beso sobre su frente.
—¿Qué…? —Pero Mirra no alcanzó a preguntar más. La angustia que llevaba en el pecho explotó al escuchar el rugido de su padre.
—¡Felipo!
—Alteza—respondió el heredero, sin alzar la voz.
—¡¿Qué significa esto?! ¡¿Dónde está mi pitonisa?! ¡¿Dónde está mi amazona?!
—No están aquí.
—¿Cómo te has atrevido a volver sin ellas?—siseó el rey.
—¿En verdad quieres hablar de esto aquí, frente a todo el mundo?
—¡Sí! ¡No me importa!—rugió de nuevo, la ira desbordaba en cada poro de su cuerpo—. ¡Porque es tu derrota y no la mía!
Se acercó amenazante hacia su hijo, pero éste no retrocedió. No le temía a su padre, ni a su rabia, porque sus propias emociones eran más fuertes, a pesar de llevarlas dentro.
Había sobrellevado por demasiado tiempo los embates de su padre; aceptado sus buenas decisiones y callado ante las malas. Lo había hecho por respeto, por amor, por… Pero esa última vez, aquella última derrota, en la que solo importaban los tesoros perdidos y los amigos caídos se convertían en nada a los ojos del rey, dolía.
—Esta no ha sido mi derrota—contestó tras un breve pero tenso silencio—. No he peleado ninguna guerra para perderla. Lo que se ha perdido en esta batalla no es mi honor, ni mi nombre. He perdido a un amigo, a un buen hombre. Dymas está muerto. —Sus ojos viajaron fugazmente hacia su hermana. La vio llevarse las manos a los labios, en un intento de acallar un quejido que brotó de ellos. —Pero eso a ti no te interesa, ¿cierto, Alteza?
—Mandé a mi mejor batallón a la batalla. A lo mejor. ¿Crees que iba a interesarme la vida de un solo hombre? ¡Eso es la guerra, Felipo!
—¡¿Cuál guerra, padre?! ¡La guerra solo existe en tu cabeza! ¡El único enemigo de Troya es tu ambición!
Su voz explotó con tal potencia que el silencio que le siguió se sintió mucho más profundo de lo que era.
Los ojos del príncipe mostraban el fuego interno que sus sentimientos alimentaban. La tensión en su mandíbula delataba la tirantez de su cuerpo. Sus puños apretados ocasionaron que sus nudillos palidecieran.
En medio de ambos, Gruev miraba de uno a otro con terror en los ojos. Era la primera vez que su hermano, que cualquier hombre vivo, hablaba de aquella forma al rey.
—Insolente—siseó Periandro. Sus dientes rechinaban al hablar.
Lo único que le contuvo de agrandar aquella discusión fue el hecho de que, le gustara o no, Felipo era el mejor legado que podía dejar. Ni Gruev, ni Mirra eran el recuerdo que quería dejar en la tierra.
Sin pronunciar una sola palabra más, pasó entre sus hijos sin importarle empujar a Gruev para abrirse camino, y con grandes zancadas se marchó con dirección al salón del trono.
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Después que el rey y su heredero entraron al megarón, los guardias apostados a ambos lados intentaron bloquear el acceso al salón. Pero Mirra no iba a permitir que la dejaran fuera. Con las lágrimas ardiéndole en los ojos, hizo válido su título de princesa troyana y se escabulló tras los pasos de ambos.
Vio a su padre tomar el trono, reclamando su poderío. Aquella silla tenía la magia para crecerlo; cuando estaba sentado en ella era invencible. Periandro lo sabía y quizás por ello, no había sitio donde se sintiera más seguro que ahí.
Felipo se detuvo frente a él, a los pies de las escalinatas que llevaban al trono. Estaba enojado como pocas veces le había visto la princesa.
No era que su hermano fuera un hombre dócil, pero tenía un temperamento mucho más controlado que el de su padre. En cuestión de emociones, Felipo poseía una inteligencia superior a la de Periandro, y era por eso que verle en aquel estado, donde los sentimientos supuraban sin control, resultaba hasta cierto punto, preocupante.
—Has fallado—escupió el soberano.
—¿A quién? Te aseguro que no a Troya.
—Yo soy su rey, y mis intereses representan los de nuestra tierra madre.
—Tus intereses llevarían a la muerte de muchos hombres buenos—contraatacó el príncipe—. Dymas murió por tu egoísmo y muchos más pudieron morir. ¡¿Y por qué?! Por una pitonisa acabada y una amazona caída en desgracia.
—La pitonisa es protegida de Apolo.
—Troya es protegida de Apolo también. Te aseguro que, si a nuestro buen señor le dieran a elegir entre salvar a una mujer o cientos de vidas, elegiría lo segundo. No voy a ir a una guerra contra Atenas por dos mujeres, mucho menos si del otro lado están los protegidos de Palas.
—Tienes miedo. —Se burló Periandro. Felipo afiló la mirada.
—Tengo temor, que es diferente.
—¡Eres el mejor guerrero de este lado del Gran Mar! ¡Nadie posee un mejor ejército que el tuyo! —Y de pronto, una carcajada estalló en la garganta del rey, una risa escalofriante que erizo las pieles de ambos príncipes. —¡Y aun así les temes!
—¿Acaso tú no temes a los dioses? —La interrupción de Mirra acaparó la atención de los dos hombres. Voltearon hacia ella y la observaron, con el semblante desencajada pero marcado por el dolor. —Ni Felipo ni nadie puede competir contra ellos. Son dioses en cuerpos mortales. ¿Sacrificarías también a tu heredero por poder? ¿Por un crío que podría no nacer?
—¿Todo esto es por el niño?—preguntó Felipo y Mirra acordó.
—El niño lleva sangre de Ares en las venas y nacerá bajo la protección de Palas, al ser sangre de uno de los suyos.
—El Hijo de la Guerra…—musitó el príncipe.
—Quien tenga a ese crío en sus huestes, podrá conquistar al mundo—siseó Periandro—. Y yo lo quiero.
—No se trata de lo que quieras. Ese niño no te pertenece. ¿Crees que Palas va a cedértelo con tanta facilidad?
—Tomarás tus tropas, los trirremes y zarparás hacia Atenas—ignoró las palabras de su hijo y ordenó—. Recuperarás aquello que perdiste, incluido tu honor.
Incrédulos, Felipo y Mirra intercambiaron miradas. Después, ambos pares de ojos verdes se centraron en su padre, incapaces de creer las palabras que surgían de su lengua. Tristemente, jamás le encontraron más determinado que aquel momento.
—¿Piensas atacar Atenas?—cuestionó Mirra. La voz se le fue en un suspiro.
—Troya no será el hazmerreír del Gran Mar. Troya recuperará aquello que le fue robado. ¡¿A qué estás esperando, Felipo?!
Mirra buscó el rostro de su hermano. Encontró a Felipo inusualmente serio, con la mirada perdida en su padre. No pestañeaba y sus labios se apretaban de modo sutil. No lo había notado hasta entonces, pero le pareció un poco más alto que su padre. Su porte era tan elegante como el del soberano, aunque un poco menos amenazante. Esto último quizás era solo percepción suya, que lo veía como un hermano querido. Para los enemigos, Felipo tenía que ser un hombre imponente.
—No iré—dijo al fin. Mirra retuvo la respiración y sus ojos fueron a su padre. Lo vio montar en cólera, se notaba en el modo en que el rostro se le coloreó de rojo.
—¿Cómo te atreves…?
—No voy a guiar a mis hombres hacia la muerte. Al menos no por estas razones. Si quieres a tu bastión de guerra, tendrás que ir tú a por él. Serás tú quien les pida a esos hombres que mueran por él, y serás tú quien encienda sus piras e informe a sus viudas.
—¡Soy tu rey!
—¡Eso no me hace ciego a tus caprichos!
—¡Bien! —Periandro se puso en pie de forma intempestiva. Mirra brincó, mas Felipo no se inmutó. —Si mi heredero se ha acobardado, tendré que ser yo quien tome las riendas.
Ya no hubo más réplicas por parte del príncipe. En realidad no tenía sentido insistir con el tema; Periandro no iba a cambiar de opinión ni mucho menos iba a detenerse. El fantasma de la ambición le había poseído y su sed de poder ahora era insaciable.
Ninguno de los príncipes se movió mientras lo veían marchar. Solamente estaban los ojos de la princesa, que suplicaban a su hermano porque le detuviera.
Pero eso nunca sucedió.
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El hombre al que tenían enfrente estaba destruido. Se le notaba en los ojos, en la boca… En el modo en que sus dedos se enredaban nerviosamente al observar al resto de sus compañeros agonizantes. Mordisqueaba sus labios con ansiedad, mientras su mirada intentaba encontrar un punto de atención entre la confusión que invadía su mente.
Solo cuando Elodie se acercó y susurró algunas palabras a su oído, fue que el monje pareció encontrar cierta capacidad de atención, para fijar en ellos su mirada.
—¿Vienen en nombre de la reina?—preguntó. La voz le sonaba vacía y grave, como si las lágrimas se le atoraran en la garganta.
—Sí.
—¿En qué puedo servirla?
—Estamos aquí porque la reina ha muerto. —La revelación de Dohko hizo que el hombre ahogara un quejido de dolor. Eloide y Stacia, quienes observaban a unos pocos metros, tampoco pudieron guardar su sorpresa. —Ella… La situación es Creta es difícil. Lo sentimos.
—Era una buena mujer.
—Estoy seguro de que sí.
—Su Alteza dejó una última voluntad, un modo de honrar su memoria—intervino Aldebarán. Cuando los ojos del monje se posaron en él, descubrió la humedad de las lágrimas en ellos.
—¿Qué podemos hacer por ella?
—El príncipe…
Ante la sola mención, la mirada del hombre, ya de por sí compungida, se entristeció todavía más. A Aldebarán, el gesto le resultó noble y sincero. Dentro de su pecho, sintió cierta calma, pues de algún modo intuía que, si Asterion debía permanecer con ellos, al menos estaría rodeado de compasión y entendimiento.
Más tranquilo, se atrevió a continuar, aunque sus ojos no dejaron de buscar más señales que le indicaran el camino correcto.
—El príncipe ha quedado huérfano. De permanecer en Creta, lo único que tendrá seguro es la muerte. Existen demasiados pretendientes al trono que le verán como nada más que un obstáculo al que eliminar.
—Que los dioses se apiaden de él—susurró el hombre.
—Ya lo han hecho, y por eso han permitido que la reina nos entregue al niño antes de morir, con las instrucciones de traerlo hasta aquí, donde estará a salvo bajo sus cuidados.
—¿Qué?
—La reina quería que ustedes velaran por el niño—se repitió Dohko.
—¿Ustedes saben que el príncipe está…?
—Enfermo—interrumpió el hombre.
Enfermo. No maldito. Una paz impresionante sobrevino a Aldebarán. Quizás Pasifae había confiado a su niño en las manos correctas. Era un alivio.
—Sí. Enfermo—recalcó el gran toro.
—¿Ustedes lo entienden también? —Ambos santos afirmaron. —Es bueno saberlo. La mente oscura de Minos ha creado tantas historias retorcidas alrededor de su propio hijo que… La pobre criatura ha crecido envuelto en odio y desprecio.
—Lo sabemos y por eso queremos ayudar.
—Asterion desconoce la muerte de su madre. En lo que a él concierne, ella le ha enviado aquí para estar a salvo. Quizás sea mejor que crea en ello… Al menos por ahora—suplicó Aldebarán. No sabría cómo un niño tan pequeño habría de manejar tanto dolor.
—Lo que le ha pasado a tu orden, al monasterio… También lo lamentamos. Entendemos que es un momento terrible para llegar con semejantes noticias, o pedir por estos favores. Pero fue la voluntad de la reina y, de algún modo, es nuestra responsabilidad cumplirla, o intentarlo. Siento mucho ser exigente en este instante, pero necesitamos una respuesta. ¿Pueden, aquellos que han quedado, cuidar del pequeño?
Hubo silencio. La respuesta tardó unos pocos segundos en llegar, pero pareció una eternidad. Increíblemente, no provino de los labios del monje, sino de las mujeres.
—El niño puede quedarse con nosotras—dijo Stacia y Eloide le dio la razón—. Aún si los monjes no pueden cuidar de él, nosotras podemos.
—Stacia… —Dohko trató de prevenirla. La decisión no podía ser tomada a la ligera. El niño era diferente, era especial. Los cuidados que requeriría serían muchos.
—No. Lo he visto, sé a lo que se refieren respecto a su enfermedad. Pero Kallisté es una tierra de segundas oportunidades; es un lugar para aquellos que no tienen cabida en el mundo de ahí afuera.
—Es un niño—replicó el chino.
—No estoy ciega.
—Ustedes… Todas son…
—Mujeres, sí. Y quizás por eso, entenderemos y veremos más allá de lo que ustedes, los hombres, son capaces de mirar. El niño tendrá muchas madres y muchas hermanas. Aquí podrá ser un hombre sin las expectativas ni exigencias que se le impongan afuera. No necesitará fuerza, ni belleza. Aquí damos, no pedimos. —Aunque Dohko no soltó una sola expresión, Aldebarán dibujó una sonrisa tímida. Entre tanta maldad, por fin un poco de bondad.
La idea de renunciar a Asterion le había causado inquietud desde el principio. Temía que nadie cuidara adecuadamente del crío. Le veía tan indefenso y frágil, que todo en lo que podía pensar era lo sencillo que resultaba hacerle daño. Así que cuando descubrieron que el monasterio había caído, perdió toda esperanza de que el niño pudiera permanecer ahí, seguro y protegido de la crueldad del mundo.
Pero ahora todo se sentía diferente. De alguna forma, el ímpetu y la convicción que reflejaban las palabras de Stacia le devolvían la fe. Tal vez Asterion permanecía a ese rincón del Gran Mar.
—Necesito saber que estás segura de lo que dices. Hablamos de un niño; un niño que requiere de cuidados diferentes a los de otros—reiteró Dohko.
—Si no estuviera segura, no me atrevería a ofrecerte nada.
—¿Qué pensarán de esto tus hijas?
—Entenderán—terció Eloide—. Ellas conocen el dolor que genera el rechazo y las cicatrices que deja la falta de un hogar. Si el niño nos necesita, estaremos ahí.
—¿Qué opinas?—preguntó el chino a su compañero más joven.
—Quizás sea lo correcto.
En el fondo, Dohko compartía su sentir. El ofrecimiento de Stacia le resultaba sincero, tal real como su mirada. Asintió.
—Vayamos por él.
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—¿Aldebarán va a tardar?—preguntó el niño. Shura pensó un poco su respuesta y después negó con el rostro.
—No lo creo. ¿Necesitas algo?
—No. Solo quería saber.
—¿Estás asustado? —Asterion negó.
—Ahora que estamos lejos de ese lugar que da miedo, la isla es bonita. —Su respuesta tranquilizó un poco al Santo de Capricornio. Si debía quedarse ahí, su nuevo hogar habría de gustarle. —En el palacio jamás salía a los jardines. ¡Y aquí es como un jardín gigante!
Shura sonrió. La inocencia en sus palabras le conmovía. Ciertamente no existía nada puro que la mente de un niño, aun cuando crecía en medio de la maldad.
Palmeó los cabellos rubios del niño. Dejarlo sería un golpe duro, tal vez más para ellos que para él. Era un chico dulce, al que uno le tomaba cariño con facilidad. Solo esperaba que el futuro fuera benévolo con él, que encontrara paz y que consiguiera un poco de cariño. Lo merecía después de todo el sufrimiento que había vivido a su corta edad.
Un poco más allá, Saga y Aioros les observaban. Estaban callados, cada cual refugiado en sus propios pensamientos. Pensó en que Aioros se veía tranquilo y aquello era un alivio para todos.
Saga, en cambio, exudaba tensión. Parecía que las palabras las tenía en la punta de la lengua, dispuestas a explotar a la más mínima provocación. Ojala aquello no sucediera, pues no era el lugar ni el tiempo para discusiones. Encima, las insinuaciones del gemelo, su mirada, el modo en que siempre medía las palabras, le tenía pensando.
¿Era su cargo de conciencia? ¿Era paranoia? ¿Estaba viendo acusaciones donde no las había?
Porque, si Saga sabía o imaginaba lo que estaba sucediendo entre Athena y él… No le preocupaban las acusaciones o reclamos en su contra. Lo que realmente le robaba el sueño era un posible enfrentamiento entre Santo y diosa, dónde ella quedara expuesta. Saga no iba a medirse; ya la había enfrentado antes y no dudaría en hacerlo de nuevo. De pronto, regresar a Atenas se sentía potencialmente peligroso.
Sus inquietudes dejaron de darle vueltas en la cabeza cuando Aldebarán apareció de nuevo. No fue el único que se interesó en la llegada del gran Toro. Todos, de un modo u otro reaccionaron ante su presencia.
Saga y Aioros fueron a su encuentro y le interceptaron, antes de que llegase a donde él y Asterion estaba. A Shura le pareció lo más prudente.
—¿Qué ha pasado?—preguntó un interesado Aioros.
—No será exactamente como lo pensamos, pero todo indica que Asterion podrá quedarse.
—¿A qué te refieres?
—El monasterio está realmente mermado; solo unos pocos monjes han sobrevivido. Sin embargo, Stacia y las demás han aceptado encargarse de él y cuidarle.
—¿Stacia y las demás? —Saga no daba crédito.
—¿Estás diciendo que ellas van a cuidarle? ¿Qué dice Roshi de eso?
—Está de acuerdo y yo también. —Aldebarán respondió sin ninguna duda. Lo contundente de su respuesta calló a los otros dos. —Creo que sería lo más adecuado para el niño. A su madre le gustaría que permaneciera aquí y ellas pueden cuidarle.
—Por los dioses…
—Sí tú y Roshi consideran que es lo correcto, pues lo es—acordó Aioros. Asintió y encogió los hombros.
—¿Estás de acuerdo?—cuestionó Saga. Era obvio que él no lo estaba.
—¿Tú no?
—Ni siquiera las conocemos.
—¿Conocías a los monjes?
—La reina sí.
—No sabía que tenías tanta fe en el buen juicio de Pasifae. —Bastó aquello para que el gemelo dejara sus quejas. Kanon, un poco más allá, pero atento a la conversación, levantó una ceja.
—Entonces, ¿estamos de acuerdo? —Tímidamente, Aldebarán preguntó. No le había gustado el modo en que la discusión llegó a su fin, pero le servía.
—¿Le dirás al niño?
—Sí.
—Entonces, ve.
Aldebarán asintió y, un poco más animado, se dirigió hacia Shura y el pequeño, dejando atrás a Saga y a Aioros. La tensión entre ambos era evidente y Aldebarán no era el único que lo notaba.
A Kanon, todos esos detalles no le pasaban desapercibidos. Era fácil identificar las diferencias entre ambos; por el modo en que evitaban cruzar mirada, las poquísimas palabras que intercambiaban y la severidad en los rostros de ambos, aunque más notable en el arquero.
—¿Es una buena idea?—cuestionó. Su preguntaba denotaba interés, pero debía admitir que en un rincón de su ser, disfrutaba de verlos discutir.
—No creo que haya alternativa. Además, Dohko está de acuerdo. —Ante las palabras de Aioros, Saga gruñó. Al castaño no le pasó desapercibido aquel gesto. —Si tienes una mejor idea, estamos dispuestos a escuchar.
—No, no la tengo.
—Eso pensaba.
Kanon se mordió los labios, dispuesto a ocultar la sonrisa en ellos. Estaba seguro de que su integridad física peligraría si Saga le atrapaba riéndose de la situación. Lo cierto es que era curioso: porque Aioros sabía lidiar con un Saga malhumorado, pero Saga estaba completamente perdido en lo que se refería a un Aioros con carácter.
A pesar de ello, el interés le duró poco. De inmediato se centró en lo importante, pues Aldebarán había llegado a donde Asterion y el momento de decir adiós estaba cerca.
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Desde que se anunció la partida del rey, Troya se había convertido en un polvorín. El puerto, visible a la distancia, estaba repleto de gente. Los trirremes de guerra esperaban por sus tripulación, mientras decenas de hombres, cual laboriosas hormigas, se encargaban de que cada detalle fuera perfecto para recibir a las tropas troyanas.
Cientos de cestas de comida y barriles de agua se subían a bordo, suficientes para alimentar a todo el ejército durante la travesía de semanas en el mar. Los escuderos pulían armaduras y armas, mientras los remeros se formaban alrededor de los barcos, esperando ser convocados. Los mejores corceles de Troya acompañarían a la comitiva. No existía nada más simbólico para las huestes de la ciudad, que su caballería. A caballo, se decía, un troyano era invencible.
Contemplando la escena desde lo alto de su palacio, Mirra no recordaba la última vez que semejante movilización militar se vio en Troya. Quizás en los tiempos de su abuelo; no estaba segura. Pero sí que estaba impresionada.
—Padre ha perdido la razón—tartamudeó Gruev, a su lado. Mirra no apartó la mirada de la playa. —¿En verdad crees que se lance él mismo a esta guerra?
—Creo en lo que mis ojos me muestran, así que la respuesta es sí.
—¿Felipo le dejará marchar solo?
—Felipo no es la niñera de nuestro padre, y conoces de sobra a Periandro: cuando toma una decisión, no hay vuelta atrás.
—¿Qué crees que pase?
—No lo sé. Quizás no vuelvan. —El silencio de su hermano le hizo entender que había respondido demasiado a prisa.
Lo cierto era que ni siquiera había pensado su respuesta. Tampoco le importaba. Ella esta dolida, lastimada; era una fiera en busca de venganza y poco le interesaba quien tenía enfrente. Solo deseaba que alguien más compartiera su dolor… Y su culpa.
La única razón por la que Dymas estaba muerto era ella. Ella, que le había enredado en esa guerra sin sentido; ella, quien le había pedido que le siguiera en aquella loca aventura. Tomó su particular amistad y pidió un favor en su nombre, a sabiendas de que él no se negaría. Dymas le había cumplido hasta el final, nunca le falló. Pero ahora estaba muerto y, ¿para qué?
Ardía en rabia y era su padre la razón y el objetivo de ella.
Con el corazón palpitándole en las sienes, pasó del silencio a la acción. Se retiró con rumbo a sus aposentos, llevando consigo un plan en la mente. Lo había pensado. Había pasado la noche en vela detallando cada paso. Se arrepentiría después y se maldeciría hasta el último de sus días.
Entró a su habitación, asegurándose de cerrar la puerta tras de sí. Fue lo suficientemente cuidadosa como para poner el seguro, evitando que nadie la interrumpiera. Fue hacia el pequeño baúl donde guardaba algunas de sus joyas y rebuscó en él. En el fondo, encontró lo que buscaba.
Una diminuta botella brilló entre sus manos: el elixir de la muerte.
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Había una oscuridad absoluta en el cielo; esa misma que reinaba cuando la Luna se ausentaba y solo queda la máscara negra de la noche. Apolo conocía bien esa oscuridad, pues la había vivido antes. También podía sentirla, porque a pesar de todo, Artemisa jamás dejaría de ser su hermana, su melliza.
¿Cuántas veces había visitado el Templo de la Luna durante los últimos días? Innumerables veces, más de las que lo visitaba en días ordinarios. Pero no podía darle la espalda al hecho de que Artemisa y su luz de plata estaban extinguiéndose.
Así que ahí estaba él, una vez más, confiando en verla y poder hablarle. Confiando en que sus palabras tuvieran algún efecto en Artemisa y la hicieran recapacitar.
Como era usual en esos días, la encontró sola en sus aposentos. Pasaba las horas encerrada ahí, sin ningún contacto con el mundo exterior. Todo lo que le hacía compañía eran sus propios pensamientos, esas ideas negativas a las que daba tantas vueltas que únicamente conseguía hundirse más y más en la oscuridad que la rodeaba.
—¿Sigues aquí?—preguntó el dios, al entrar sin anunciarse.
—¿En dónde más podría estar? No hay otro sitio para mí, ni en el Olimpo ni en el mundo.
—Siempre podrías salir a tu jardín. Sé lo mucho que te gusta pasar el tiempo ahí. ¿Quieres caminar un rato conmigo?
—No me interesa tu compañía.
—Te comportas como niña caprichosa, Artemisa—reclamó el. Pero ella ni siquiera volteó a verle. —Lo que sea que te haya llevado a este extremo, debes empezar a superarlo.
—¿Lo que me ha llevado al extremo? ¡Eso has sido tú!—exclamó de pronto—. ¡Tú y tus deseos de controlarme! Me lo quitaste todo y ahora finges que la locura esta en mi cabeza—siseó.
Apolo guardó silencio y entrecerró los ojos. Jamás había visto tanta ira en la mirada de su hermana, ni tanta osadía para hablarle de ese modo.
Sin embargo, su rostro permaneció inmutable. Si Apolo estaba sorprendido, irritado o confundido, Artemisa nunca iba a saberlo. Ella nunca alcanzaría a conocer los efectos de sus reclamos en su hermano, porque él simplemente no se lo permitiría. Apolo era como el Sol; implacable e inmutable.
—Tú me has arrastrado hasta este punto, así que deja de fingir que te importa—atacó nuevamente Artemisa—. ¡Dejemos ya las apariencias!
—Por Zeus, Artemisa… ¿Qué estás haciendo?
—Hago lo que debí hacer desde el principio: luchar, imponerme… Dejaré en claro que no soy la tonta que todo el mundo cree que soy.
—No eres nada de esto. —Y estaba diciendo la verdad. Artemisa no era una diosa de malos sentimientos ni rencores. Su único defecto, era esa necesidad de cariño que conseguía cegarla cada vez.
—No me conoces.
—Te conozco mejor de lo que crees.
—Te engañas. ¡Mientes! ¡Nunca me has conocido lo suficiente! Y ahora más que nunca, estoy dispuesta a probártelo.
Los ojos marrones de Apolo se afilaron. Su mirada se tornó severa y carente de comprensión. Reprobaba en todas las maneras posibles la actitud de Artemisa, y por encima de todo, estaba preocupado de las consecuencias de aquel reciente ataque de ira. Su hermana jugaba con fuego; atentaba contra Athena y sus protegidos, y habiendo visto lo que ésta última era capaz de hacer, Apolo temía que el destino de su hermana compartiera los caminos del de Ares y Afrodita.
—Entiende una cosa—habló él, tan claro como pudo. Jamás alzó la voz, pero la fuerza en ella bastó para imponerse y recuperar la atención de su hermana. —De seguir adelante con estos planes estúpidos, te encontrarás cara a cara con Palas. Cuando eso suceda, no esperes misericordia, porque ella no la tendrá contigo.
—Sé jugar también.
—Pero Artemisa, esto no es un juego. Si crees que lo es, entonces no eres tan lista como presumes serlo.
—Si soy tan estúpida, entonces déjame caer.
Pero él no podía. Por mucho que se equivocara y errara; por necia que fuera, siempre sería su hermana. Abandonarla no era una opción… Y antes de verla herida a manos de otros, prefería inmiscuirse y ponerse en línea de fuego.
—No voy a permitirlo—murmuró. Entrecerró los ojos y retomó la fiereza que le caracterizaba. —Si vas a empeñarte en continuar con esta locura, entonces no me dejas más remedio que detenerte. Prefiero enfrentarte yo, a que sea Athena quien te destruya.
—¿Estás retándome?
—No, solo te pongo sobre aviso. A partir de ahora seré yo quien vigile cada movimiento y quien detenga esta espiral de odio en la que has caído.
—Entonces, esto es la guerra, hermano.
Y por primera vez en toda la conversación, a Apolo le pareció que su hermana tenía la razón.
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Aldebarán abandonó las cuevas y se digirió a donde estaban Shura y Asterión. El español lo divisó de inmediato y sonrió. El gesto delataba empatía y buscaba infundirle ánimos. El Santo de Tauro lo agradeció, aunque no hacía las cosas menos difíciles.
Cuando llegó junto a ambos, intercambiaron al niño. El pequeño sonrió al saberse de vuelta en los brazos de su protector. Aldebarán correspondió.
—Has tardado un poco—dijo el niño.
—Tenía algunas cosas que hacer. ¿Estás bien? —Asterión asintió—. ¿Estás menos asustado?
—Solo un poco. Las mujeres trajeron algo de comer antes. Estaba rico.
—¿Mejor que el pan y el pescado?
—¡Mucho mejor!
—Eso está muy bien. —Palmeó su cabeza con cuidado. —¿Sabes? Tenemos que hablar.
La mirada, repleta de curiosidad que el niño le dirigió solo hizo que se sintiera más comprometido. En el poco tiempo que habían pasado juntos, el niño se había robado su corazón. Le tenía cariño y se sentía responsable de su bienestar. Quería lo mejor para él.
Y ahora, que creía tener la solución correcta, resultaba que dejarlo, dolía. Le echaría de menos y, aunque estaba seguro de que estaría bien, eso no haría más fácil la despedida.
Quizás en algún punto, la tristeza se le reflejó en el rostro, porque el niño de pronto se tornó pensativo y angustiado como el mismo. Fue entonces que el toro supo que no podía retrasar más las cosas. Asterion volvería a asustarse y no era eso lo que quería.
—Escucha—retomó la conversación—, cuando dejamos Creta, tu madre nos dio una misión muy especial. Nosotros le prometimos que la cumpliríamos y eso es lo que intentamos hacer.
—¿Cuál es esa misión? ¿Es muy peligrosa?
—No, no. No es peligrosa. Pero es muy importante. —Cuando vio que el niño pareció comprender, continuó. —Esa misión eres tú; protegerte y entregarte a personas que cuidarían de ti, durante toda tu vida.
—Oh… ¿Eso significa que… no podré quedarme contigo?
—Me temo que eso no es posible. Al menos, no lo será si deseamos cumplir la tarea que tu madre nos ha encomendado.
—¿Me quedaré aquí?
—¿Te gustaría? —El pequeño encogió los hombros. —Sé que al principio ha sido un poco atemorizante, pero ahora ya no hay nada que temer. Aioros se ha encargado de que éste sea un lugar seguro para ti y para los que viven en la isla.
—¿Me darán cosas ricas de comer? —La pregunta arrancó una carcajada del Santo.
—Sí, estoy seguro de que sí. Y podrás pasear por la isla todas las veces que quieras y aprender muchas cosas nuevas de ellas. ¿No te gustaría eso?
—Me gustaría mucho.
—Pues en tal caso, está decidido.
—Pero te echaré de menos. —E, intempestivamente, el crío se echó en sus brazos. Fue un abrazo tan puro y sincero que el corazón del Toro Dorado se derritió.
Lo abrazó tan fuerte como pudo. Era tan pequeño que se perdía entre sus brazos. Aldebarán le quería genuinamente y le deseaba solo lo mejor.
—Y yo a ti, pequeño. Yo también te echaré mucho de menos.
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Contra todo pronóstico, el cansancio se había impuesto a sus pensamientos y Camus se había quedado dormido. Despertó cuando los primeros rayos del Sol cayeron sobre su rostro. Despertó confundido. ¿Qué había sucedido la noche anterior? ¿Había sido un sueño? No… Había sido demasiado real.
Se incorporó sobre la arena y se frotó los ojos. Oteó el horizonte y descubrió que le faltaba un Santo. Milo seguramente anda por ahí, incordiando desde temprano, buscando algo de comer o un sitio donde mear.
—Buenos días, Acuario. Te ves horrible. —Ángelo saludó. Camus arrugó la nariz y decidió no prestarle atención. —¿Dormiste algo?
—Un par de horas creo. No lo suficiente. Fue una mala noche.
—Hay quienes tuvieron una peor noche que tú—replicó Aioria.
Camus siguió la mirada de Aioria y descubrió el caos un poco más allá, donde la tripulación estaba reunida. Todos hablaban a la vez; movían los brazos y discutían, sus miradas delataban la incredulidad. ¿Qué estaba sucediendo?
—¿Pasó algo?
—Lo que nos faltaba: más muertos.
—Milo… —Ahí estaba él, más serio de lo usual. —¿Más muertos? ¿A qué te refieres?
—Tres marineros amanecieron muertos.
—¿Nos atacaron?—cuestionó Mu. Milo negó.
—Al menos no lo parece. No hay señales de violencia en sus cuerpos. Aunque sus expresiones…
—¿Qué hay con ellas?
—Bueno… diré que me recuerdan un poco al antiguo templo de Cáncer. —La mención hizo que Máscara Mortal arrugara la nariz. Era malo.
—Miedo, eh.
—Pánico, diría.
—¿Has estado averiguando todo esto tu solo? —Aioria interrumpió la conversación. Milo se encogió de hombros.
—Alguien tenía que hacerlo, y ustedes bellas durmientes, no parecían dispuestos a levantarse.
—Es un poco inquietante cuando Milo se pone más responsable que el resto—masculló Mu. Los otros tres santos aprobaron.
—¿Deberíamos ir a ver?
—Como les apetezca. Los cuerpos están ahí, cerca de la otra bahía.
Camus, siempre prudente y en control de sus emociones, no pudo guardarse la expresión de sorpresa que aquella noticia le ocasionó. Era justo ahí, donde Milo apuntaba, que se había encontrado con la sirena la noche anterior. Tensó la mandíbula y se puso de pie. Ante el asombro de sus compañeros, marchó a toda prisa sin pronunciar palabra alguna.
Ni siquiera escuchó a Milo llamándole por su nombre, sorprendido tal vez por la impulsividad de sus actos, tan poco característica en él.
Caminó tan de prisa como pudo, sin alcanzar a correr. Pero cuando alcanzó el lugar de la catástrofe, se detuvo. Eran los mismos hombres de la noche. Era justo ahí donde los había visto por última vez. Estaban tendidos a la orilla; sus pies dentro del agua y sus cuerpos sobre la arena, con los brazos extendidos hacia la playa, como si de un frustrado intento de escape se tratara. Miedo en estado puro era lo que llevaban en sus rostros. Sus ojos estaban vacíos.
—¿Qué fue lo que les sucedió?—preguntó a Huesos Flacos, quien junto con Tarsila, examinaba los cadáveres.
—No lo sabemos. Es como si la vida solamente se les hubiera escapado.
—O alguien pudo habérselas robado. Sus tobillos están amoratadas, como si hubiesen sido sujetados. Y esto… —señaló a las huellas en sus mandíbulas, que dejaban una marca sin forma, pero que Camus reconocía.
Se llevó la mano a su propia quijada, donde la sirena había posado sus manos antes. Todavía podía sentir el frío de sus dedos helados contra su piel. Había sido ella. Ella les había sujetado como lo hizo con él. Excepto que él estaba vivo… y los marineros no.
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De pie, apoyado contra la baranda de la popa, Aioros veía a Kallisté alejarse. Conforme la Kyrenia se perdía en el mar, la silueta de la isla se disolvía en el horizonte. Pronto, la bruma del mar revuelto la ocultó por completo. Junto con ella, el pasado quedaba atrás.
Por delante solo quedaba Atenas. Al fin, Atenas.
Iban de regreso a casa y el arquero no podía estar más ansioso. Había olvidado lo que era dormir en paz, lo que era caminar sin mirar por encima del hombro; vivía en un estado de ansiedad total y eso le estaba consumiendo los nervios. Confiaba en que esa pesadilla pronto quedaría atrás, aunque mucho temía que aquel último tramo de su travesía en la Edad del Mito iba a complicarse de maneras impensables.
Se llevó la mano al bolsillo. Sus dedos se cerraron alrededor del trozo de metal que guardaba como su mayor secreto. Había pagado un precio muy alto por ello.
—¿Aioros? —Dohko llamó su nombre y, por inercia, sacó las manos de sus bolsillos, esperando que su secreto se mantuviera a salvo.
—Roshi.
—No hemos tenido tiempo de hablar.
—Hemos estado ocupados. Todo se dio muy rápido.
—¿Quisieras hacerlo ahora? —El arquero se encogió de hombros. ¿Tenía opción? —Debo admitir que estoy confundido y sorprendido a la vez. Tu actitud en los últimos días…
—Tengo mal genio, ¿sabes? También tengo una paciencia enorme y quizás es por eso que lo notan tan poco. Usualmente toma bastante para que yo explote.
—Veo que has alcanzado límites.
—Tengo mis motivos.
—¿Quieres compartirlos? —El arquero negó. A Dohko, semejante respuesta le sorprendió.
—Los sabrás cuando llegue el momento.
—¿Eso es verdad?
Aioros sonrió. El gesto en sí no le dijo nada a Dohko y, conociendo al Aioros que le era familiar, le desubicó todavía más. Después de todo, el Santo de Sagitario al que creía conocer era transparente como el agua.
La situación en sí le impactaba. La resistencia de Aioros, las diferencias con Saga, la indiferencia hacia Shura… El ambiente hedía a tensión. Por donde se viera, había un montón de bombas de relojería, esperando el momento justo para estallar. Era por ello que aquella insípida sonrisa en los labios no le resolvía los problemas. ¿Era bueno? ¿Era malo? Lo que le mantenía ligeramente optimista, era que le veía más tranquilo, más llevadero. Menos enojado, más comunicativo.
—¿Debo suponer que Shion conoce esta faceta tuya? —Aioros levantó una ceja.
—Lo ignoro. Shion jamás fue el centro de mi furia… Aunque la estela de arcos rotos y fechas despedazadas que mi frustración dejó atrás en los años de entrenamiento pudieron ser una señal de ello.
—Creo que le sorprendería verte así. A mí me ha sorprendido.
—Bah. No nos conocemos tanto como creeríamos, Roshi.
—¿Crees que podamos tener una viaje de regreso a Atenas más tranquilo?
—Si lo dices por mí, trataré de no meterme en más problemas. Pero debo recordarte que no soy el único revoltoso que llevas en este barco. —Su mirada buscó a dos en particular, de rostros idénticos. —Por ellos, yo no respondo.
—Lo sé, lo sé. Tampoco te pediría que lo hicieras.
—Bien. De cualquier modo—suspiró y se llevó la mano la cabeza, enredando sus dedos en los rizos alborotados—, creo que hay cosas que necesitan saber.
—¿Malas noticias? —Leyó cierta tristeza en sus ojos.
—Aja… Pero creo que prefiero contarles a todos y no tener que repetir la misma historia varias veces. Acompáñame y reunámosles.
Dohko asintió y fue tras él. Imaginaba lo que venía, porque después de todo, ¿qué más les faltaba por saber? El golpe iba a ser duro, a pesar de que ya lo esperaban. De eso estaba seguro.
Los gemelos estaban cerca de la proa, al refugio de la sombra que el mástil creaba. Estaban juntos, como era común a últimas fechas, pero entre ellos solo había silencio. Shura y Aldebarán estaban al otro lado. Éste último se notaba alicaído, pues la despedida del pequeño príncipe no había sido sencilla. Shura trataba de animarlo, o al menos eso le parecía a Dohko, ya que hablaba y hablaba sin cesar, conducta inusual en el español.
Sin embargo, cuando los cuatro divisaron a Aioros y a él acercándose, su atención les perteneció. Era algún tipo de sentido o intuición que compartían entre ellos, gracias al cual las palabras no eran necesarias en más de una ocasión.
—Tenemos que hablar—sentenció Aioros. Se le oía tranquilo y, por primera vez en días, ecuánime. Se plantó frente a ellos y se aseguró de mirar a cada uno directo a los ojos. Metió las manos en los bolsillos y suspiró, en busca de palabras. Sus labios se apretaron sutilmente antes de continuar. —Primero las buenas noticias: Creta no va a amenazarnos más.
—¿No? —El cuestionamiento de Kanon expresó la incredulidad de todos. —¿Qué ha pasado? ¿Tú les has amenazado más?
—Sí. Podría decirse que sí—respondió el arquero y su sinceridad borro la sonrisa irónica de los labios del gemelo—. Creo que ahora entienden que sus lanzas, espadas y flechas no tienen oportunidad contra nosotros.
—¿Qué hiciste ahora?
—Ahora les mostré de lo que somos capaces, Saga. Pero eso ya no importa. Lo rescatable es que tendremos el camino libre hasta Atenas.
—¿Y las malas noticias?—preguntó Shura.
El rostro de Aioros, ligeramente irritado por los cuestionamientos de los gemelos, mutó rápidamente. La nostalgia invadió sus ojos azules y, por un instante, volvió a ser el mismo Aioros.
—Aretha me ha confirmado que aquel cosmos, el que sentimos esfumarse unas noches atrás… pertenecía a Shaka.
Las palabras brotaron de sus labios, una tras de otra, en un solo respiro, porque de otro modo, no sabría si las fuerzas le alcanzarían para decirlas de nuevo. Y, una a una, así como surgieron, robaron el aliento a aquellos que las escuchaban.
Incluso el cinismo de Kanon se le esfumó del rostro, mientras una mueca de sorpresa y temor tomó su lugar. En el fondo, Aioros le entendía; estaba seguro de que aquel gesto había aparecido en su propia cara al enterarse de las noticias por primera vez. Así que por eso, creía saber las ideas que surcaban la cabeza del gemelo. Las inquietudes, las dudas, los cuestionamientos sin respuesta… Todo era demasiado para digerir. También era Shaka. Shaka.
—¿Cómo…? —Aldebarán tartamudeó. —¿Cómo ha sucedido eso?
—Ha sido una emboscada… En Dardania.
—¿Dardania? —El gesto compungido de Dohko se oscurecía más y más con la confusión. —¿Qué hacen en Dardania?
—No lo sé. Lo único que Aretha ha querido agregar es que el palacio de Bemus se encuentra ahí… Bemus, por cierto, murió también.
—¿Qué demonios…? —Kanon musitó.
—Él, Shaka y un general troyano cayeron durante el ataque.
—¿Troyano…? —El desconcierto no era propio de Saga, pero estaba completamente perdido. La historia de Aioros no tenía sentido. Los chicos habían marchado hacia el Este, hacia Micenas y, aunque tanto Troya como Dardania estaban en el paso, su presencia ahí no era indispensable. Kanon, sin embargo, por un solo un segundo, bajó la vista. Quizás…
—¿Qué han estado haciendo esos chicos?—musitó Dohko, a pesar de que no esperaba respuesta.
—¿Estás seguro…?
—Sí. Todos lo sentimos, Shura. Sentimos su cosmos desaparecer. Además, Aretha no tendría razones para mentirme.
—Entonces, Shaka…
Y el hecho de que la voz de Aldebarán se rompiera, terminó por quebrar lo que quedaba de ellos. El dolor en la boca del Toro Dorado dejó en claro que las preguntas no tenían sentido, ni tampoco importaban en aquel punto. Uno de ellos se había ido; un hermano más caía, un alma que se perdía para no volver.
A Dohko se le humedecieron los ojos. Se llevó la mano a los labios y cubrió la mueca que el dolor forzó en ellos. Ni siquiera se atrevió a mirar a Aldebarán porque sabría que entonces no podría contener las lágrimas.
Shura fue aún menos sutil. Se cruzó de brazos y, girando sobre sus talones, para marcharse de ahí. Se encaminó hacia la popa, bajo la atenta mirada de Kanon, quien de todos fue el más entero.
No era que la muerte de Shaka le fuera indiferente, sino todo lo contrario: le impactaba. En el fondo, aunque lo negara de labios para afuera, sentía un profundo respeto por él. De todos, Shaka era el más recto, el incorruptible… El único que siempre parecía tener claro el camino. Encima de todo, era un Santo formidable. Su muerte le hería tanto como le irritaba. Un hombre como aquel no merecía caer a manos de un enemigo cobarde. Shaka merecía los honores de un guerrero. De un verdadero soldado.
—Esto es una pesadilla—susurró Aldebarán. La mano de Aioros se posó su hombro, buscando proveerle de algún consuelo. Miró de soslayo a Saga y solo pudo adivinar sus pensamientos.
El rostro del gemelo mayor era un lienzo en blanco. Resultaba imposible elucubrar sobre las ideas en su cabeza, porque ninguna de sus expresiones le traicionaba.
—¿Cuándo sabremos más?—preguntó el gemelo.
—Supongo que al encontrarnos en Atenas. Aretha dijo que los detalles no eran suyos para contarlos.
—Esto no va a quedarse así. —Con un manotazo, Dohko se arrancó las lágrimas. Apretó los puños y frunció aquellas gruesas cejas suyas. —Averiguaremos cada detalle de su muerte y la honraremos.
—Estoy de acuerdo con el viejo—dijo Kanon, para sorpresa de todos—. Nadie se deshace de Buda y se va solo por ahí, impune.
Nadie dijo nada más, pero a juzgar por las miradas en sus rostros, todos estaban de acuerdo. La muerte de Shaka no pasaría sin consecuencias.
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—Creo que no nos conocemos todavía.
Ángelo se plantó frente a Hipólita, pero ésta apenas reaccionó. Sentada bajo el cobijo de una formación rocosa, permanecía en silencio; cabizbaja y con el ceño fruncido. Su mirada se veía vacía, así como su mente. Impresionaba a la vista lo precario de su estado. Le habían cortado el cabello a ras del cráneo para evitar piojos y apenas empezaba a crecer; sus ojos enmarcados en círculos oscuros delataban la falta de sueño, y su cuerpo, aunque conservaba destellos de sus mejores épocas, mostraba una delgadez extrema a pesar de su preñez.
Si se hubiera tratado de cualquier otra mujer, su situación probablemente habría conmovido al Santo. Pero no era cualquiera. Era Hipólita, la Reina de las amazonas, hija de Ares… y asesina de Afrodita.
—Escucha bien—continuó ligeramente irritado, tras entender que la mujer no le mostraría atención—, porque hay mucho que tienes que entender a partir de ahora.
—Mi señor… —Tarsila trató de intervenir, pero Ángelo la calló levantando el dedo índice y chasqueando la lengua.
—No, no. Déjame hablar. Creo que a esta mujer le interesaría lo que tengo que decir. Así al menos tendrá una idea de lo que espera por ella en Atenas y a partir de ahora. ¿No es así, Hipólita? —Y el silencio de la reina fue interpretado como una afirmación. —Empezaré por presentarme: mi nombre es Máscara Mortal, y al igual que mis hermanos, sirvo y vivo para Athena. A ellos ya les conoces, aunque mucho dudo que te hayas tomado la molestia de preguntar sus nombres. Debo advertirte también que soy diferente a ellos; tengo poca tolerancia para los juegos y también para las personas. En especial las personas como tú. Así que no te confundas conmigo. A ellos puedes inspirarles pena, pero hacia ti yo solo siento rabia.
—La rabia siempre es mejor que la pena. —Las palabras que brotaron de sus labios fueron las primeras desde que iniciaran la travesía. Santo y curandera se sorprendieron, aunque el primero ocultó por completo su asombro, tras la máscara de indiferencia que vestía. —Lo peor que puedes sentir hacia un ser humano es lástima.
—Pues eso es todo lo que recibirás de mucha gente.
—No de ti.
—Para ti solo tengo desprecio.
—Entonces, mátame.
Sonó tan fuerte y segura, que fue el tono de su voz lo que sorprendió al Santo. Levantó una ceja y tras un par de segundos, rompió en carcajadas bajo la mirada perpleja de Tarsila, y rabiosa de Hipólita. Por fin, tras un exasperante momento, el ataque de risas culminó con una sonrisa sarcástica.
—¿Por qué habría de hacerte semejante favor, mujer? La muerte es demasiado buena para ti. No la mereces.
El silencio que siguió a su aseveración se rompió por el sonido tenue y, a la vez, tétrico de la risilla que abandonó los labios de Hipólita. Lejos de asustarse, Máscara Mortal se sintió irritado. ¿Acaso la mujer perdía la razón?
—¿Qué es tan gracioso?—siseó. Apretó los puños y arrugó las cejas.
—Es irónico… —Levantó la mirada y enfrentó al Santo. En sus ojos marrones centelló aquel orgullo que le habían arrebatado, pero que se rehusaba a morir. —Esa forma de pensar te convierte en alguien igual a mí.
Al principio, Ángelo se mostró sorprendido. Pero en unos pocos segundos, su semblante se transformó hasta revelar el mohín sarcástico que era tan familiar en él y que, en ocasiones como aquella, siempre salía a relucir.
—Tú y yo somos mucho más parecidos de lo que crees. En otro punto de mi vida, hubiera dicho que somos iguales. Pero ahora, puedo decirte que he salido de esa mierda y eso, me hace superior a ti. Me hace mejor. —Vio como el odio desfiguró el rostro de la Amazona y se sintió satisfecho. —Así que deja las provocaciones. De nosotros no vas a conseguir la muerte como escape…
Su conversación se vio interrumpida por el grito de Huesos Flacos, quien llamaba a embarcar de nuevo. Era hora de regresar al Axios para lo último de aquella travesía.
—Has tenido suerte—Ángelo volvió a dirigirse a ella—, porque a pesar de todo el daño que has hecho, terminarás en un lugar seguro. Tu destino dependerá de ti, toda vez que lleguemos a Atenas.
Solo bastaba sobrevivir un poco más. Solo un poco. Después, estarían de regreso en casa.
-Continuará…-
NdA: Venga, que ya estoy de regreso.
Ha pasado poco más de un mes desde la anterior actualización, lo cuál es un buen tipo considerando el largo de los capítulos de esta historia. Éste en particular, es bastante extenso. Mi intención es que estos capítulos de transición sean los menos posibles. A ver si vamos avanzando con todo lo demás.
Hago una pequeña aclaración al respecto. Las mujeres de Kallisté son una mezcla entre alguna idea mía y algo que leí hace años en un libro. Hablaba de una isla de mujeres refugiadas, que no tenían lugar en el mundo de aquella época. Éstas mujeres no eran amazonas, simplemente mujeres "normales" que se cultivaban en artes y en sabiduría. Me pareció correcto añadirlas al mito del minotauro, junto con los monjes, como sus guardianes. De ahí también el comentario de Saga, respecto a como la montaña simulaba un laberinto. Ya saben… Esta parte de la historia es complicada, y solo he quedo adaptarla a algo más "real".
Quisiera agradecer los reviews, como ya es tradición. A todos aquellos que han tomado unos minutos de su tiempo para regalarme unas palabras: Artemiss90, Lady Madalla – Selene, Carola Gigi, Mariana Elias, Denise, Kaito Hatake Uchiha, Danibel, Doncel. Fera07, LinSaintSeiya, Guest1, La Dama de las Estrellas, Sagitariusgirl, Altariel de Valinor, Radamanthy'sQueen, Silver Hatake, Andy, Kennardaillard y Kirstty.
Por lo demás, quiero decirles que me siento inmensamente agradecida con todos ustedes.
Después de una ausencia tan larga como la mía, lo último que esperaba era que hubieran tantos de ustedes esperando mi regreso. Mucho menos esperaba ese derroche de apoyo y comprensión que he recibido de su parte.
Quiero agradecerles por cada palabra, por cada pensamiento y por cada buen deseo. Quiero que sepan que esta recepción ha sido invaluable. Gracias una vez más por todo; por ese cariño hacia mi, hacia la historia. Gracias por esperar y por no peder la fe. Es mi deseo que toda muestra de cariño les sea redituada es forma de bendiciones a montón.
Gracias por todo.
Sunrise Spirit
