NdA: Look who's back! Este es un capítulo largo. Así que… ¡preparados!
Capítulo 72
El regreso
Las gaviotas en la costa estaban alborotadas. El viento que soplaba desde el Oeste era fuerte, y las arrastraba de un sitio a otro. A ellas parecía no molestarles; graznaban escandalosamente mientras se bandeaban entre las ráfagas de aire, como cometas flotando por el cielo. De vez en cuando se lanzaban en picada, con el pico por delante y las alas pegadas al cuerpo, para sumergirse en las aguas azules del Gran Mar en busca del alimento del día. Los pescadores lanzaban las vísceras de la pesca diaria a las aguas y aquello atraía no solo a las aves, sino una variedad de especies del mar, haciendo de la bahía un sitio propicio para que las gaviotas y los pelícanos se establecieran en aquellas épocas difíciles.
El invierno estaba cerca. Anunciaba su llegada con frío y viento.
En Pireo, la vida continuaba. Los hombres de mar ya estaban acostumbrados a los caprichos de la temporada y poco temor demostraban ante el castigo del frío y la infecundidad de la tierra. Aunque los tiempos se aproximaban con malos augurios, el Gran Mar proveería. Siempre lo hacía.
El golpe del Kyrenia contra la orilla hizo eco en todo el playón. El espolón de madera se abrió paso entre la arena, levantando una ola de granos dorados a su paso. En cubierta, todo vibró. Era una lucha de titanes que duró por unos pocos segundos: la resistencia de la arena contra el empuje del navío. Por fin, la batalla terminó y la Kyrenia se detuvo. El barco reposó sobre la playa, tranquilo de estar de regreso en casa. La travesía terminaba con bien.
—¡Por fin! ¡Atenas!—festejó Bias. Estiró los brazos al cielo, agradeciendo a los dioses por sus bendiciones.
—Y estamos enteros. Más o menos.
—Hay que tomar las cosas buenas de la vida, Cara de Asno. ¿Qué harás ahora?
—Volver a casa. Si Hera ha bendecido a mi familia, entonces debo tener un pequeño sobrino más esperando en casa a por mí. Quisiera conocerle.
—¿Un nuevo sobrino?—terció Aldebarán.
—Sí. Mi hermana debería haber parido durante nuestra ausencia. ¡Muero de ganas por conocer al rapaz y felicitarla a ella! Les echo de menos y después de tanto susto, realmente quisiera abrazarles.
—Pues ve, corre. Te lo mereces.
—Iré tan pronto terminemos aquí. ¿Qué hay de ustedes? ¿Estarán un tiempo en la ciudad?
—Quizás unos días. Hasta que los demás chicos regresen y recuperemos fuerzas. —Dohko intervino. Se cruzó el morral por encima del hombro, mientras esperaba con paciencia a que los amarres del barco fueran fijados para que la rampa descendiera y ellos pudieran pisar tierra firme.
—¡Bien! En ese caso, deberíamos vernos alguno de estos días y beber algo en la taberna.
—Me gusta la idea. —Dohko asintió. Estrecharon brazos conforme la despedida se acercaba.
Aioros observaba la escena desde lejos. Reunía en silencio sus pocas pertenencias mientras llegaba el momento en que las rampas bajaran y ellos pudieran desembarcar. Por muchas razones, llegar a Atenas le había quitado un peso de los hombros. Por primera vez en un largo tiempo se sentía en paz. El camino que quedaba por delante no sería más fácil, pero la ciudad de Palas le daba un nueva oportunidad para hacer lo correcto. Para empezar desde cero.
—¿Aioros? —La voz del adolescente acaparó su atención y le hizo buscar por él. Descubrió los grandes ojos grises de Ícaro sobre sí.
—Ícaro. ¿Qué sucede?
—¿Hemos llegado? ¿Esto es Atenas?
—Esto es Pireo. Atenas está un poco más allá. Nos queda todavía camino para andar, pero lo peor ha pasado. —El chico sonrió y el arquero correspondió su sonrisa.
Ícaro estaba genuinamente emocionado. Su mirada le brillaba y las lágrimas amenazaron con desbordar cuando no pudo contener sus emociones por más tiempo. Los sueños propios y de su madre se volvían realidad. Por una vez, el futuro estaba en sus manos y no en las de los demás.
Sin embargo, aquel gesto de alegría fue fugaz y pronto, una mueca de consternación oscureció el rostro del chico. Sin que el cambio de humor le pasase desapercibido, Aioros arrugó el semblante.
—¿Hay algo más que te preocupe?
—Es solo que… Mi madre quería que estuviera aquí, ella decía que era lo mejor para mí. Pero, ¿cuál es mi destino ahora? —La pregunta hizo que Aioros parpadeara.
—Tu destino será el que tu quieras para ti. Ahora te toca a ti escribir el futuro.
—Pensé que sería más fácil pero… —Ícaro se rascó la cabeza. Su melena parda se revolvió. —No sé por dónde empezar.
Aioros entrecerró los ojos. A veces, le sucedía que olvidaba el hecho de que Ícaro no dejaba de ser un crío. Aún era joven y necesitaba que le guiasen.
—Deberías venir con nosotros—acertó a decir—. Estoy seguro de que serás bienvenido en el palacio de Athena.
—No quisiera ser una carga más para ustedes…
—Eh, has llegado hasta aquí con nosotros. Eres parte de nuestra familia ahora. —Palmeó su hombro y descubrió lo sencillo que era devolver la sonrisa a los labios del muchacho. —Vendrás con nosotros. Sin réplica. Puedes permanecer ahí hasta encontrar tu propio camino.
—Te lo agradezco.
Era lo menos que podían hacer. Ícaro merecía una oportunidad; merecía el futuro que la había sido negado. Merecía ser mejor que su padre.
De pronto, el sonido de la madera de las rampas hundiéndose en la arena se escuchó. Poco después, se anunció que todo estaba listo para el descenso de la tripulación.
Fueron desembarcando uno a uno, hasta que Ganímedes desembarcó al último. El rostro les había cambiado, pues las tribulaciones de su viaje quedaban en el paso. De pronto, todo eran risas, enhorabuenas y despedidas. Por unos minutos hubo paz y felicidad. Los sufrimientos del pasado se sentían lejanos.
Llegaba la época en que los hombres de mar se dedicaban al campo o a la pesca en embarcaciones pequeñas, que poco o nada tenían que hacer junto a los grandes navíos mercantes como la Kyrenia, que cruzaban el mundo para llegar tan lejos como a las Tierras de Oriente. Las aventuras épicas terminaban y esperaban con paciencia por el regreso de la primavera. Los grandes viajes se convertían en anécdotas, que habrían de sobrevivir al invierno para impulsar los sueños que harían navegar a los barcos de nuevo, cuando el sol volviera a calentar. Las grandes naves caían en un profundo sueño invernal, al abrigo de los puertos que las protegían de las inclemencias del océano. Solo el beso cálido del sol, cuando la primavera volviera a coronarle como rey absoluto del cielo, los haría despertar de su letargo.
—Espero que sepan que tienen muchos amigos aquí—dijo Ganímedes—. Amigos y aliados, que no dudaran en ir a su ayuda si es necesario.
—Lo sabemos y agradecemos a los dioses por ustedes. Espero que ustedes también sepan que tienen amigos en nosotros—respondió Dohko.
—¡Amigos verdaderamente especiales! —Se carcajeó el viejo. —Cástor, Pollux, Aphetoros… Me despediría de ustedes como la última vez, pero parece que el destino se niega a separarnos, mis muchachos.
—Vamos a extrañarte, Ganímedes. Les extrañaremos a todos. —Aioros le tendió la mano. Pero lo que recibió fue un abrazo que correspondió con gusto. El cariño y lealtad de aquellos hombres hacia ellos era sincero. Un tesoro que habían encontrado en medio de las tormentas del Gran Mar.
—En eso estamos de acuerdo los tres y fíjate que eso muy raro, viejo. Les echaremos de menos—dijo Kanon.
—Gracias por todo—complementó el gemelo mayor.
Ganímedes estaba satisfecho. Ahora, más que nunca, se sentía un hombre bendecido por los dioses. No solo había sobrevivido una temporada más, sino que también había cumplido con la encomienda de Athena. Ella le había honrado con su confianza y él había respondido con éxito. Palas estaría feliz de que sus protegidos volvían a ella. Él lo estaba.
La travesía en sí, para el viejo capitán y su tripulación, se suspendía hasta el regreso de las mañanas de cielos azules y sol ardiente.
Era momento de una vida más trivial: momento de disfrutar los días de libertad sobre tierra firme, actividades más mundanas y, en algunos casos, un poco de diversión con la familia y amigos, a los que veían tan poco. Era momento de olvidarse del marino, para concentrarse en el hombre.
—Vamos, vamos. Nada de lágrimas. —Se carcajeó de nuevo el marinero. Las despedidas no le gustaban. Prefería los "hasta luego". —¡Miren! Han llegado por ustedes.
—La caballería…
Y Bias no pudo haber sido más literal.
Un pequeño batallón de soldados atenienses esperaban por ellos a la entrada del playón. Junto con ellos iba un puñado de preciosos corceles, destinados para los Protegidos de Palas. La pequeña escolta resultaba especialmente llamativa en aquella parte del puerto, donde abundaban los marineros, bogadores y otros, dedicados a diversos oficios relacionados con el negocio del mar. La milicia solo llegaba ahí durante tiempos de crisis, cuando la guerra acechaba esos rincones del mundo, o en grupos de tres soldados cuyas rondas de guardia abarcaban esos territorios. Nunca escuadrones grandes, ni mucho menos la caballería. Salvo en casos como aquel, cuando personajes ilustres, honraban a Pireo con su presencia.
—Ni hablar. Es momento de partir. ¿Vienen con nosotros?
—No. Nos encantaría, pero no es posible. Aún nos queda mucho que hacer por aquí. La Kyrenia no va a descargarse sola.
—Es un buen punto. En tal caso, nos marchamos. Estoy seguro de que nos veremos pronto. —Cada palabra de Dohko era sincera.
Y así, sin mirar atrás, fueron al encuentro del batallón de bienvenida. El grupo los saludó con un reverencia y, antes de que se dieran cuenta, ya estaban en los lomos de los corceles.
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El camino de Pireo hasta Atenas era un sendero empedrado, repleto de personas. Siendo la principal vía de acceso a la ciudad, el tráfico de personas y de carga era denso. Se notaba especialmente en las heridas que las ruedas de las carretas causaban sobre las rocas y en la diversidad de los aromas y de las mercancías transportadas desde el puerto hacia la ciudad. Si se prestaba atención, se podían escuchar a la gente hablando en diversas lenguas, señal de la importancia y diversidad del comercio en aquella zona. Era como un desfile, con personajes variopintos y situaciones que solo podían observarse en parajes como aquellos.
Y, a pesar del bullicio, el grupo sobresalía entre la multitud. Había cierta fascinación en las miradas que caían sobre ellos; sonrisas cómplices y gestos de admiración. Sus nombres habían transcendido; su identidad ya no era un misterio para nadie. Sus hazañas empezaban a convertirse en leyendas.
—¿Aioros? —El arquero, quien iba a lo último de la comitiva, no ocultó su sorpresa cuando Saga ralentizó su paso para ir a su lado.
—¿Sí?
—¿Sigues enojado?—preguntó el gemelo. Aioros notó que intentaba marchar más lento que el resto, con la deliberada intención de rezagarse.
—No. En realidad, no… —Dejó escapar el aliento. —¿Querías algo?
—¿Eh?
—Oh, venga ya. —Le miró de soslayo. —No nos estamos rezagando por nada, ¿o sí?
—Bueno, en realidad… Hay algo que quería contarte.
—¿De qué?
—Durante nuestra estancia en Creta, me enteré de algo.
—¿Qué cosa? Y por los dioses, cuéntalo todo de una sola vez. Esto comienza a parecerse a un interrogatorio. —Y siendo Saga, Aioros detestaba tener que sacarle las palabras a cucharadas.
—Sé el por qué de la desaparición de Afrodita.
—¿La diosa?
—Sí. —El peliazul se sopló los flequillos. —Afrodita ha sido encerrada por Athena. Al parecer su alma está dormida dentro de una urna, y la urna, a su vez, resguardada de ojos curiosos. —Aioros, serio como estaba, le miró de soslayo. Le pareció encontrar cierto rencor en los ojos de Saga, oculto tras un aire de desesperación.
—¿Cómo tomas eso?—cuestionó.
—¿Te parece que me gusta la idea?
—No, y eso me preocupa. Usualmente eres más fino disimulando tu contrariedad. ¿Debo esperar un encontronazo con Athena por esto?
—Pensé que no querías un interrogatorio.
—Ya. —Chasqueó la lengua. —Pero no respondiste mi pregunta.
—En realidad, quería que averiguaras que sucedió.
—¿Yo?
—¿Quién sino? Eres el único a quien confío este asunto. —Y, por una vez, la confianza disgustó al arquero.
—Entiendes que, de ser verdad, las razones de Athena para tomar semejante decisión tuvieron que ser graves, ¿cierto? —Saga no respondió. —Tomaré eso como un sí.
—¿Vas a ayudarme? ¿Tendré que suplicar?
—De acuerdo, te ayudaré. Pero no por los motivos que piensas. —Al escucharlo, el gemelo frunció el semblante. —No quiero que te involucres en más discusiones con Athena. Suficientes problemas ya tenemos encima. Y tienes que entender que, aunque haré lo que pueda, no sé qué es lo que debemos esperar.
—Lo que sea que nos diga es mejor que nada.
El castaño no le respondió, pues tampoco estaba convencido de aquella respuesta fuera la correcta. Ya antes había quedado en medio de un ir y venir de palabras entre Shura y Saga por Athena. También había visto al gemelo enfrentarla a causa de Afrodita. La tensión entre los tres ya era, por sí misma, terrible. ¿Qué debería esperar esta vez? ¿Qué pasaría cuando las respuestas no fueran las que Saga buscaba?
Atenas estaba ahí, delante de ellos, a tan solo unos pasos. Por fin volvía a casa. Pero todo indicaba que su breve estancia ahí, estaba lejos de ser tan pacífica como esperaba.
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Revisó los papiros una vez más y frunció el ceño en señal de concentración. Estaban escritos en diversas lenguas y, a pesar de requerir de gran esfuerzo, Shion no dejaba de maravillarse ante la oportunidad de tener en sus manos semejantes tesoros repletos de sabiduría.
Pensó en que, si algún día regresaban a su época, tendría que contarle a Arles cada detalle de sus viajes a la bibliotecas de Atenas. Estaba seguro de que despertaría su envidia.
El Sol empezaba a descender cuando el lemuriano detuvo su lectura. Pronto los sirvientes llamarían a la puerta para encender las teas que mantendrían iluminado y tibio al templo durante la noche. Entonces, el aroma del aceite quemado inundaría el ambiente. Su olor era dulce y relajaba los sentidos. El fuego generaba calor, que se agradecía especialmente durante de esa temporada, cuando la crudeza del mármol helado se tornaba en su contra.
Desistió de su lectura tras unos segundos de distracción. Estaba demasiado inquieto, pues algunas horas antes había visto salir los caballos hacia Pireo donde se encontrarían con el primero de los grupos de sus Santos.
El reencuentro estaba cerca y Shion no cabía de emoción. Anhelaba verlos y asegurarse por sus propios ojos de que se encontraban bien. Sus ausencias le habían resultado tan largas como la eternidad. Las angustias se sintieron a flor de piel durante cada día que estuvieron separados. Tras muchos sufrimientos, la esperaba llegaba a su fin.
—¡Shion! —La voz de Herse lo despertó de su meditación. El corazón empezó a latirle más fuerte cuando notó la alegría en la voz femenina e, intempestivamente, el rostro henchido de emoción de Herse asomó por el marco de la entrada. —¡Están aquí! ¡La comitiva está entrando a los jardines!
El peliverde no tuvo nada que responder ante aquella afirmación. La radiante sonrisa en sus labios dijo todo lo que las palabras no podían expresar. En su interior, una paz impresionante sobrevino. Se sintió feliz, tranquilo… Sus chicos llegaban a casa.
Se levantó a toda prisa y dejó abandonados los viejos pergaminos sobre los cojines de su asiento. Caminó tras los pasos de Herse tan rápido como pudo, aunque en realidad lo que deseaba era correr.
El camino hacia el pórtico le resultó particularmente largo en aquella ocasión. Era tal el ansia, que sentía interminables los pasillos que le llevaban a su destino. A su paso escuchaba el burbujeo en las voces de siervos y soldados dentro del templo, sin duda tan ansiosos como él. No era para menos, pues el regreso de los Protegidos de Athena había sido un acontecimiento ansiosamente esperado por todos. Su regreso era una victoria para la diosa; el triunfo que traía luz a la oscuridad de los días recientes.
—Por los dioses…—musitó el lemuriano tan pronto sus ojos les distinguieron. La piel se le erizó mientras una sonrisa que empujó sus lágrimas le afloró en los labios.
—¡Están aquí! ¡Bienvenidos!
Agradeció a los dioses porque Herse aún tuviera palabras para ellos, porque él ciertamente se había quedado sin habla. La emoción se le atoró en la lengua y su mente, hasta entonces tan lúcida, resbaló para caer en la torpeza.
Solo quería sonreír; sonreír y mirarles. Porque necesitaba verlos para asegurarse de que estaban bien. Necesitaba que sus ojos le confirmaran a su corazón, que la fe de esos últimos tiempos no había sido en vano. Ahora todo estaría mejor. Ahora tocaba sanar, ser fuerte y continuar la lucha por ellos. Shion deseaba lo mejor y nada menos que eso para sus muchachos.
—Chicos…—susurró. Estaba seguro de que sus palabras jamás llegarían a ellos. Después de todo, habían surgido apenas en un murmullo. ¿Cómo podría hablar lo suficientemente fuerte, si su corazón era el que gritaba por dentro y resonaba en sus entrañas con una fuerza demoledora? —Mis chicos…
—¡Maestro! —La voz de Aldebarán, a diferencia de la suya, se creció con el eco del patio de armas. Bastó un solo movimiento para que el brasileño desmontara y corriera a su encuentro. No importaban las formalidades ni tampoco los preciados protocolos. Lo que se vivía era emoción pura. El corazón se imponía a la mente. —¡Volvimos! ¡Hemos vuelto!
—Aldebarán… —Y después de aquel nombre, sobrevino un abrazo tan sincero y puro, que arrancó una carcajada en el lemuriano. Correspondió el abrazo y rió, tan fuerte como no había reído desde su partida. —¡Les veo! ¡Están aquí! ¡Han vuelto todos!
—¡Aquí estamos!
Dohko se unió al abrazo y después Shura. Las lágrimas de Shion se disolvieron en medio de carcajadas. Estaba feliz, pletórico… y terriblemente nostálgico.
—Por los dioses. Les esperaba con desesperación… Les he echado tanto de menos.
—No más que nosotros, viejo amigo. No más que nosotros. —Dohko le regaló una de esas sonrisas esplendorosas que tenían la capacidad de iluminar el día.
—Maestro. —Aioros había esperado pacientemente su turno y, tan pronto Dohko y Aldebarán le dejaron ir, no desaprovechó la oportunidad para saludarle, con un abrazo que reconfortó a ambos. —Es un gusto enorme volver a verte. Ha sido una ausencia larga.
—Sí, hijo, sí. —El Patriarca asintió.
Dejó ir al arquero y, de inmediato, sus ojos viajaron al par de Santos que se mantenían al margen, aunque no ausentes del reencuentro. Saga y Kanon eran como dos estatuas perfectamente labradas: inmóviles y de gestos difíciles de escrutar.
A pesar de ello, Shion les quería. Al igual que el resto, eran sus chicos. Complicados de sobrellevar y terriblemente difíciles de entender. Pero suyos a final de cuentas y no menos importantes por ello. ¿Para qué estaba él sino para ser paciente?
—Saga, Kanon… ¿Están bien?—preguntó. Como cuando eran niños pequeños, ambos asintieron a la vez. —Me alegra saberlo… —Y, a sabiendas de que no serían ellos quienes dieran el primer paso, fue él quien caminó a su encuentro y los abrazó.
Lo que recibió a cambio fue un par de abrazos escuetos, pero no por eso menos sinceros. Los gemelos eran así y Shion lo sabía de sobra. Le bastaba con ello.
—¿Qué tal las cosas por aquí?—cuestionó Kanon. Cualquier tema era bueno para ahuyentar la atención de ellos. —¿Los otros han vuelto ya?
—No, no. Todavía quedan unos días más para su regreso. Su camino ha sido más largo que el suyo.
—Eso sabemos. ¿Tú sabes algo sobre…?
—¿Shaka? —Y jamás imaginó que pronunciar aquel nombre sin que la voz se le quebrara resultaría tan difícil. —Sé lo mismo que ustedes. Las respuestas que buscamos tendrán que esperar un poco.
—Nunca se nos dio bien esperar. —El gemelo chasqueó la lengua y desvió la mirada. Estaba ansioso por respuestas, sobre todo porque temía encontrar sus líos en medio de ellas.
Shion le palmeó el hombro con sutileza. Esperaba que el gesto fuera suficiente, aunque en el fondo sabía que no era así.
Las heridas que traían en el alma continuaban abiertas. Justo cuando pensaba que podrían comenzar a sanar, el destino se encargaba de reabrirlas, con la crueldad de sus caprichos. Los golpes habían sido fuertes, tanto que, el hecho de que se mantuvieran en pie era admirable. Pero Shion sabía de sobra que la valentía no debía confundirse con apatía. Aunque sus chicos se empeñaran en continuar, el dolor les había robado pedazos del alma… y las pérdidas continuarían hasta que no fueran capaces de volver a la seguridad de su época.
—Están aquí… —La voz femenina, aunque aterciopelada y suave, retumbó por encima de todos ellos. Athena estaba ahí, bajo el pórtico del palacio ateniense, contemplándoles. Sus labios eran adornados por una sonrisa dulce, que dejaba entrever la tristeza que nublaba su alegría; no todos los hombres a los que había visto marchar volverían. Las ausencias serían tangibles. —Bienvenidos. Se les ha extrañado.
—Athena… —Shura solo alcanzó a pronunciar su nombre. En el pecho sintió una alegría inmensa.
—Estar de regreso se siente como una bendición.
—Roshi está en lo cierto—dijo Aldebarán y obsequió a su diosa una de sus deslumbrantes sonrisas.
La diosa no podía estar más de acuerdo. Después de todo, las bendiciones llegaban solamente a unos pocos.
Forzó una sonrisa y se abrigó con la capa de pieles que llevaba sobre sus hombros. El color oscuro de su cabello se fundió con su abrigo, mientras su mirada se perdía en los rostros de sus Santos, tan diferentes a los que visto partir.
—Vamos, vamos. Aquí afuera hace frío y dentro les esperaba un poco de vino caliente y un baño tibio para aliviar el cansancio del largo viaje. Cuando estén listos, nos veremos en el salón de banquetes. Tenemos mucho de qué hablar. —Shion los invitó a pasar y Athena asintió ante su petición.
—Vino de buena calidad. Suena tentador. —masculló Kanon—. Hasta ahora solo hemos bebido vino rancio y agua con sabor a madera vieja…
—Quejica…
—Silencio, cabra.
Pero cierto era que Shura ya ni siquiera le estaba prestando atención. Sus ojos verdes traicionaron a su corazón con una sola mirada. Con un solo gesto, Athena y él se dijeron mucho más de lo que sus palabras podrían expresar.
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Aioros se habían bañado y vestido tan rápido como pudo. Para cuando terminó, la luz natural todavía iluminaba el cielo con el beso rojizo de su despedida. Abandonó su habitación a toda prisa, pues aún le quedaba un último pendiente de su viaje. Fue directo hacia el Gran Salón, donde sabía que Athena y Shion estarían esperando por ellos.
Suspiró cuando el arco de mármol que marcaba la entrada apareció ante él. Sin embargo, no titubeó. Con pasos firmes y la cabeza en alto, se adentró, en camino a su destino.
Tres pares de ojos se centraron en él cuando su presencia se hizo notar. Él mismo se sorprendió ante el hecho de que Dohko estaba ahí. Aparentemente Roshi había sido más rápido que él. Seguramente tenía la intención de informar a Shion y a su diosa de todas las desavenencias de su viaje antes de que se reunieran con el resto. Dohko era un hombre precavido, que trataría siempre de dar la ventaja a su diosa y Patriarca.
—¡Aioros! Justo estaba pensando en ti —dijo el chino.
—Sí, puedo imaginarme… —Suspiró. —Me alegra que estés aquí. Aprovechando que están juntos y que los demás aún no llegan, quisiera hablar con ustedes.
—Somos todo oídos, hijo.
—En privado, si no les importa—pidió. Por inercia, sus ojos azules buscaron la entrada del salón, para cerciorarse que no había extraños que fueran testigos de su conversación.
La petición sorprendió a los tres, pero ninguno se negó.
Antes de que Aioros se presentara, Dohko había alcanzado a contarles el detalle más escabroso de su aventura en Creta: la muerte de Minos. Los pormenores habían quedado en el aire, para una plática más larga cuando la noche cayera. Sin embargo, Aioros había llegado ahí para adelantarlo todo. Guardar secretos había sido una tarea dantesca para él, tan poco acostumbrado a las mentiras e intrigas. Pero el momento había llegado de esclarecer todos los misterios.
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Athena fue la primera que entró el despacho. Shion y Dohko fueron los siguientes. Aioros entró al final, tras los pasos de los tres, con grandes zancadas y el ceño fruncido.
La diosa se posicionó a la cabeza de aquella mesa de madera y mármol, donde grandes estrategias se habían trazado por años y años. Posó las manos sobre el borde y esperó con impaciencia porque su Santo se animara a hablarle. Shion se detuvo a su lado, expectante. Intercambió miradas con Dohko, sorprendiéndose en la inusual gravedad de sus facciones. El chino estaba enjuto y mantenía los brazos cruzados a la altura del pecho. Al verlo en ese estado, el Patriarca solo podía esperar lo peor.
Todas las miradas cayeron encima de Aioros, pero éste no se amedrentó. Cerró la puerta tras de sí y avanzó hacia sus acompañantes.
Mientras lo hacía, rebuscó en sus bolsillos. Sus dedos encontraron el trozo de metal al que había atesorado durante esos últimos días. Su puño se cerró alrededor de él. Era el momento de revelar el misterio.
Sacó la mano del bolsillo y depositó aquel brillante problema sobre la mesa. Las miradas se apartaron de él y se centraron en el misterioso objeto. El metal relució bajo el último rayo de luz, que se filtraba por la ventana del balcón. Shion abrió los ojos de par en par. Sus labios se separaron sin que reparara en ello. No podía creer lo que veía.
—¿Esto es…?—cuestionó Dohko. Levantó una ceja y arrugó la nariz.
—¿Dónde lo conseguiste?—terció Shion.
—Minos la tenía en su poder. Podría decirse que se lo robé.
—¿Por qué tendría tal cosa?
—Lo ignoro. —Aioros se encogió de hombros. —No estoy seguro siquiera de que Minos entendiera en su totalidad que es lo que tenía en sus manos.
Athena extendió la mano y tomó el trozo de metal entre sus manos. Lo llevó a la altura de su rostro, de tal forma que sus orbes grises pudieran examinarlo con detalle. Tras unos segundos, miró hacia su Santo de Sagitario. Su mirada delataba su curiosidad.
—Esto es Oricalco—sentenció.
—Así es. De hecho, es un poco más que simple Oricalco.
—Es Oricalco trabajado. Un trozo de Escama—explicó Dohko. Shion afirmó.
—¿Un ropaje?
—De los guerreros élite de Poseidón, sí.
—Minos… —Aioros se revolvió el pelo, en un gesto de frustración. —Minos balbuceó algo acerca de ello. Dijo que con la bendición de Poseidón, su ejército sería el más poderoso de entre los mortales. Que recuperaría así las glorias perdidas de sus antepasados. Todo sonaba tan disperso, como los balbuceos de un hombre enloquecido. Insisto: no creo que entendiera nada.
—No importa lo que entendiera, ni cómo consiguió hacerse de esto. Lo importante aquí, es que Poseidón está creando sus escamas—dijo Shion. Los lunares en su frente estaban fruncidos.
—Eso es lo que pensé. Nos lleva ventaja.
—Poseidón ha sido mi aliado hasta ahora. ¿Estamos hablando de un posible traición?—preguntó Athena. La respuesta no llegó de inmediato, pero al obtenerla, no era la que esperaba.
—En el futuro, las grandes Guerras Santas se libran contra Hades, pero Poseidón siempre está de por medio. A veces como aliado, otras como enemigo. Su participación siempre es un misterio.
—Princesa, nadie crea armas con la intención de no usarlas—terció el arquero.
Esta vez fue la diosa quien prefirió guardar silencio y se tornó pensativa. No podía negar la razón a su Santo. Como diosa de la guerra y la estrategia, entendía que, en ocasiones, no se podía confiar ni siquiera en aquellos que se decían sus aliados. Afiló la mirada, sin apartarla de la Escama. Su cabeza era un ir y venir de pensamientos, mientras la ansiedad aceleraba su corazón. ¿Acaso no podía en confiar en nadie? ¿Estaría siempre condenada a vivir presa de la traición?
Solo desvió la atención al sentir las miradas de sus Santos sobre sí. Les conocía tan bien, que la seriedad en sus gestos, usualmente livianos para los tres, le explicó la gravedad del asunto.
Asintió, sin saber bien a que asentía. Al menos ella había dado los primeros pasos y ganado un poco de tiempo. Ahora solo quedaba presionar y esperar porque todo su plan se desarrollara como ella deseaba.
—Entiendo los riesgos que esto significa—dijo Athena—. Y, voy a hacerme cargo.
—¿Cómo piensas hacer tal cosa?
—Aioros… —El cuestionamiento del arquero había brotado de sus labios con tanta determinación y brusquedad que Dohko no pudo sino pedir por un poco de paciencia. Y no era el único.
Los ojos de Shion habían abandonado al Oricalco para buscar la mirada de su Santo. Pero éste no le estaba prestando atención a él. A su vez, los orbes cerúleos del Santo de Sagitario permanecían en Athena, más la mirada de ella seguía ausente.
—No, Roshi. ¿Cómo? Quiero saber cuál es el plan. Eventualmente, cuando todos los demás se enteren de esto, también querrán saber.
—En eso tiene razón. Cuándo esto llegue a oídos del resto de los chicos, querrán respuestas. —Shion se sobó los ojos.
—Ya no estamos hablando solamente de nuestras vidas. Lo que suceda de aquí en adelante podría afectar el futuro que conocemos. Creo que lo has notado—Aioros miró a Shion—, pero todo indica que las Guerras Santas comienzan a entretejerse.
—Sí, sí… —Suspiró. —El destino es difícil de burlar.
—Entonces debemos estar preparados. No tomes mis palabras como una muestra de insolencia, ni tampoco de escepticismo, princesa. —Se dirigió a su diosa. —Pero somos tus Santos. Deberías saber ya que toda nuestra vida está dedicada a tu servicio. Vivimos y morimos por ti; si tu plan nos incluye, queremos saber cómo servirte.
—Y lo harán, Aioros. Pero será a su tiempo: ni antes, ni después.
La respuesta no le resultó satisfactoria. De hecho, solo le generaba más angustia. Pero Aioros entendía que no estaba en posición de continuar con el interrogatorio; no era el momento, ni tampoco el modo. Lo que necesitaba en aquel instante, era recobrar las fuerzas y, para ello, necesitaban cimentar su fe en Athena, no cuestionarla.
Así que se dijo a sí mismo que, tal como ella lo había dicho, cuando llegara el momento, sabría cuál era el plan. No lo dudaba. Si su diosa decía que traía algo entre manos, entonces sería verdad.
—De acuerdo—acotó—. Confío en ti. Sé que tomarás la mejor decisión para todos. Solo te pido que no nos olvides. Somos tus aliados en esto. Quizás los únicos que realmente tienes.
—No podría olvidar tal cosa. Agradezco y honraré tu confianza.
—Sé que lo harás. —Soltó un suspiro y cruzó los brazos a la altura del pecho. Después, miró hacia sus dos mayores. —Todavía quedan unos minutos antes de que el resto de los chicos se presente. ¿Creen que podrían darnos un momento a solas?
—¿A solas…?
—Sí, a la princesa y a mí. —Los lunares en el rostro de Shion se levantaron con sorpresa.
—Oh… ¿Princesa? —Pero ella, con un sutil movimiento de cabeza, les invitó a salir.
—Será solo un momento, Shion—dijo.
El desconcierto en los rostros del lemuriano y el chino le pareció casi infantil y divertido. A pesar de todo, la seriedad de la expresión del arquero le resultaba mucho más intrigante.
En silencio, esperó a que ambos estuvieran solos. Cuando la puerta sonó a espaldas de Shion y Dohko, se atrevió a buscar la mirada de Aioros con la suya. Los ojos azules del castaño se fijaron en ella y, sin saber por qué, se sintió como una niña a punto de ser reprendida.
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Abandonaron el salón, no sin sentirse intrigados ante lo que sucedía entre ellos. La petición de Aioros, para hablar a solas con su diosa, les tomó desprevenidos. Pero accedieron sin quejas ni preguntas.
Shion y Dohko cerraron la puerta al salir y permanecieron afuera un par de segundos, en silencio. Intercambiando solo una mirada que decía mil cosas. Se conocían demasiado; lo suficiente como para prescindir de palabras en algunas ocasiones. Uno estaba feliz de volver y el otro estaba pletórico de haberles recuperado a salvo.
—Ven aquí, amigo. Déjame darte un abrazo más—pidió el lemuriano. El chino no se negó y aceptó el gesto con agradecimiento.
—Es bueno estar en casa…
—No sabes lo mucho que supliqué porque volvieran con bien. Lo de Shaka ha sido…
—Devastador—finalizó lo que Shion dejó a medias. Aún le dolía el corazón. Quizás nunca dejaría de dolerle. —¿Sabes que ha pasado?
—No. Aretha se ha negado a dar explicaciones. Ha dicho que lo correcto es esperar a los chicos y permitirles contar su historia.
—Dioses… La espera ha sido y seguirá siendo un tormento.
—Lo entiendo. —Suspiró. Sin embargo, sabía que había otros asuntos en los que trabajar hasta entonces. —Dime, ¿qué ha pasado con ustedes? Es imposible obviar la tensión entre los chicos.
—Ay, dioses… Tus chicos. —Dohko se llevó la mano al rostro. Esos niños eran más de lo que podía manejar. —Nunca te lo dije, pero extraño a los niños que solían ser. Ahora hay tanto carácter ahí, que dan ganas de salir corriendo.
—Te han tocado los más complicados. Saga y Kanon en general, son como dos trenes que transitan a toda velocidad en caminos opuestos, a punto de chocar. ¡Ni hablar del hecho de que son indomables!
—Ya, ya… De ellos, estaba avisado. Sé cuándo escucharles y cuándo ignorarles. Pero Aioros…
—¿Aioros? ¿Te quejas de Aioros?
—Sorpresa, ¿eh? Pero sí, me quejo de él. Si supieras la clase de líos en los que nos ha metido.
—Pues sí, me sorprendes. Tendrás que contarme con detalles.
—Oh, pero lo haré. Te haré sufrir como he sufrido yo—acotó con una sonrisa traviesa—. Cuéntame, ¿cómo estás tú?
El silencio que siguió a su pregunta le dio las respuestas que esperaba. Si Dohko miraba a aquellos ojos rosas, encontraría el dolor y la frustración que Shion guardaba dentro de sí.
Había llegado a la Edad del Mito esperando llevar soluciones. Había luchado pensando que su presencia ahí ayudaría a ganar aquella guerra. Pero había fracasado. Nada cambió ni nada estaba cambiando.
—No sé que decirte. Quedarme aquí, observar desde la distancia sin nada que pueda hacer… La frustración y la impotencia son una carga difícil de sobrellevar.
—Vamos, vamos. —Dohko le palmeó el hombro. —Tu simple presencia infunde fortaleza en los chicos. A veces no se requiere llevar una espada para ganar una guerra. Eso lo sabes.
—A pesar de lo que digas, quisiera hacer más. Con gusto cambiaría mi vida por salvarlos a ellos.
El chino no supo que responder a aquella poderosa confesión. Shion era mucho más que un Patriarca para esa generación. Era un padre y para él, ellos eran sus hijos. No había nada que él no estuviera dispuesto a sacrificar por ellos. Y, sin embargo, tenía las manos atadas.
Había una profunda tristeza en los ojos del lemuriano. A Dohko le traía recuerdos del pasado, de esos catastróficos días que siguieron a la primera Guerra Santa que ambos había luchado.
Era un sensación de pérdida. Un pesar que ahogaba y que no se borraría jamás de sus mentes, y mucho menos de sus corazones. Era un dolor intenso imposible de ocultar.
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—Luces diferente…
Athena tomó asiento en el kliné, cerca de la ventana y se recostó en espera de lo que su Santo tuviera que decirle.
Afuera, el Sol prácticamente había desaparecido. Grandes nubarrones grises y azules oscurecían el horizonte. Las hogueras que iluminaban las calles de la ciudad al caer la noche, ya estaban encendidas. El humo oscuro que producían se elevaba al cielo.
—¿Diferente? —El Santo se encogió de hombros y después se sobó los ojos. —Más estresado, quizás…
—Cuéntame. ¿Qué ha pasado?
—Nadie lo sabe.
—¿Quieres que sea un secreto entre ambos?
—No lo sé. Solo sé que debes saberlo. El resto… Los chicos se enterarán cuando sea el momento. —La diosa guardó silencio y se incorporó. Mostró interés en lo que Aioros tuviera que decirle, para ver si así conseguía animarlo a continuar y así fue. —Asesiné a Minos—confesó, sin ningún preámbulo. La diosa estaba pasmada y su rostro lo dejó en claro. —El trozo de Oricalco… La Escama que les mostré antes, la arrebaté de su cadáver.
—¿Qué?
—Lo has escuchado: yo maté a Minos, rey de Creta. Las acusaciones eran ciertas.
—¡Aioros! ¿Por qué hiciste tal cosa? ¡¿Sabes las repercusiones que esto pudo tener entre Creta y Atenas?!
—No necesitas decírmelo. Estoy de sobra consciente.
—¿Entonces? ¿Por qué?
El Santo exhaló. Caminó hasta la ventana y miró al horizonte. Se quedó ahí, pensativo durante algunos minutos. Después volteó hacia su diosa para enfrentarla. Estaba serio, aunque tranquilo. Chasqueó la lengua, acomodó la espada sobre la baranda del balcón y se aventuró a continuar.
—¿Por qué? Porque uno actúa de acuerdo a lo que considera necesario. Hice lo que tenía que hacer.
—Me estás diciendo que la muerte de Minos era necesaria. ¿Qué tan necesaria, Aioros, para que te mancharas las manos de sangre y pusieras a todos en peligro? —El Santo de Sagitario frunció el ceño.
—Creo que podemos hablar con confianza, princesa. Sin tapujos. —Ésta vez fue ella quien agravó su semblante.
—Podemos. Tú dirás.
—El asunto con Shura… —Aioros vio sus facciones tensarse y hubiera jurado que Athena palideció un poquito.—No es un secreto para mí lo que está pasando entre los dos; conozco de sobra la naturaleza de su relación. Tampoco les juzgo—agregó—. No me corresponde hacer tal cosa. Pero el problema es que, demasiada gente se está enterando de lo suyo en estos días y no todos lo ven con la misma apertura que yo. No todos comprenden.
—¿De qué hablas? ¿Qué gente?
No lo negó. Athena no había negado su relación con el español y, por alguna razón desconocida, a Aioros le gustó aquel gesto. Shura jamás la habría negado a ella, y que ella correspondiera de ese modo, era una buena señal para ambos.
Desafortunadamente, lo que para el corazón era bueno, para la lógica era un problema.
La sonrisa fue breve y el optimismo se le borró rápido de los ojos. Si Athena le cuestionaba sobre las repercusiones del asesinato de Minos, Aioros solo podía preguntarse si ella entendía las repercusiones de enamorarse un Santo.
—Minos sabía de ustedes—soltó. La mirada grisácea de la diosa desbocó en una mezcla de incertidumbre y rabia. —Me lo escupió en la cara, junto con un montón de mierda. Al parecer estaba dispuesto a intercambiar tu secreto por el favor de ciertos dioses. Sabes de sobra lo necesitado que se sentía de romper todas las maldiciones a su alrededor… —Suspiró.
—¿Por eso lo mataste…?
—En parte. No iba a arriesgarte a un escándalo. No iba a arriesgar a Shura de ese modo, ni a ninguno de nosotros. Suficientes enredos he creado yo.
—¿Cómo…? ¿Cómo se enteró? —La voz le temblaba, así como las manos. Estaba furiosa. Aunque Aioros no sabía si su furia era para con Minos, o contra ella misma.
—Solo dijo que alguien se lo susurró al oído.
Athena se levantó de golpe y caminó hacia él. Se detuvo a su lado, mirando hacia la ciudad desde el balcón. Aioros la miró de soslayo. Sus manos apretaron con fuerza la barandilla, hasta que sus dedos quedaron blancos.
—Ha sido una torpeza…—susurró, apretando los dientes.
—¿Enamorarse o ser pillada en el intento? —Ella lo miró, también por el rabillo del ojo y al castaño le pareció distinguir una diminuta sonrisa hastío en sus labios. Estaba tan contrariada.
—Ambas, arquero.
—Entonces, sí. Fue una torpeza. Una más que la otra. Hay cosas que uno puedo controlar y otras que no. Creo que el amor es una de esas que son imposibles de racionalizar. —Aioros se giró para mirar hacia afuera del templo, igual que ella. Se acomodó con los brazos sobre la baranda y perdió la mirada en la ciudad frente a ellos.
—Fui estúpida al pensar que nada pasaría.
—Estúpida, no. Querías tener fe en que funcionaría. Querías ser optimista.
—Y he complicado todo…
—La ingenuidad tiene ese efecto... —Y mucho sabía él al respecto. —Pero, ¿sabes? Creo que te sorprendería la historia de nuestra pequeña Athena.
—¿Saori?
—Ajá. No sé si conozcas la historia completa, pero ella creció fuera de nuestro mundo, como cualquier mortal, ignorando por completo su origen divino. Muchas cosas sucedieron pero al final, regresó con nosotros. Excepto que, al igual que a ti, vivir rodeada de mortales la cambió. La hizo diferente.
—¿En qué sentido?
—Por decir algo y en relación a lo que hablamos, ella también fue víctima de torpezas.
—¿El culpable?
—Su Santo de Pegaso.
—¿Un Santo también?
—No me atrevería a afirmarlo, pero supongo que no podría ser cualquier simple mortal, ¿cierto? Así que, vistos tus problemas y los de ella, me atrevería a decir que es parte de su esencia: amar.
Amar. Quizás no de aquella forma...
—Supongo. Quizás tienes razón.—Athena sonrió, pero ésta vez hubo cierta nostalgia en su sonrisa. —¿Cómo crees que se enteró Minos?
—Ya te dije lo que sé.
—¿Crees que Shura está en peligro?
—No lo sé. Me parece que la respuesta a eso, la conoces tú mejor que yo.
La diosa no respondió, pero algo en su mirada contestó por ella. Se ausentó por un momento, mientras sus ojos se tiñeron más y más de preocupación.
Contemplándola en silencio, el Santo prefirió callar. Había dicho lo que tenía que decir y ahora, las decisiones correspondían solamente a ella y a Shura. Él, por su cuenta, haría lo que pudiera para protegerles, como ya lo había hecho. Pero, por lo demás, no era asunto suyo. Si aquella relación clandestina era correcta o no, solo el destino lo diría. Shura era feliz y eso era lo que importaba, muy a pesar de todo.
—¿Podemos mantener esto como un secreto?—preguntó la diosa.
—De mis labios no saldrá nada, pero debo advertirte de nuevo: demasiada gente lo sabe. Quién sea que vaya por ahí, esparciendo el rumor de tu relación, es de peligro. Y luego… —Se sopló los flequillos.
—¿Luego qué?
—Luego está Saga.
—Oh, por Zeus… —Athena frunció el ceño.
—Sí, exactamente lo que pienso. Tendrás que ser más lista que él y eso es difícil. Evita las confrontaciones.
—Tomaré tu consejo.
—Hazlo-. —Hizo una pausa y de pronto, recordó. Tenía un encargo que cumplir. —Hablando de él, hay algo que quisiera preguntarte.
— ¿De Saga? ¿Qué es?
Aioros torció la boca, buscando la forma correcta de hacer una pregunta incorrecta.
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Cuando la noche llegaba, la ansiedad de Altaír se disparaba. Tal parecía que cuando el Sol se ocultaba, los demonios salían a perseguirle en pesadillas. Lo peor era que ni siquiera dormía. Las visiones y los miedos le asaltaban mientras aún estaba despierto.
Su relación con Nix se había deteriorado tanto que parecía a punto de la extinción. La niña alegre y valerosa que conociese no existía más. En su lugar solo había un fantasma; un ser atrapado en la oscuridad, que había renunciado al presente para refugiarse en el pasado.
Nix ya no hablaba… Al menos no con él. Las pocas palabras que mascullaba iban dirigidas a alguien más. Usualmente estaban acompañadas de gruñidos, o eran pronunciadas en una voz que Altaír ya no reconocía. Quizás era por eso que el niño dudaba mucho que el recipiente de toda esa atención fuera una criatura de bien. Para él, Nix estaba atrapada en una mentira.
En alguna ocasión, mucho antes de que la niña se blindara en sí misma, le había confesado que su hermano había regresado a ella. Altaír no le había creído.
Sus sospechas habían crecido con el paso de los días, mientras observaba a su amiga perderse en la oscuridad. Altaír pensaba que, si en realidad aquel ente era Urián, su adorado hermano, él jamás habría permitido que la niña endureciera su corazón y se tornara en al fantasma que ahora era. Porque los hermanos se aman, porque los hermanos se cuidan. Urián habría regresado como un ángel guardián. Nunca como un demonio.
Pero, ¿qué podía hacer él?
Altaír se sentía impotente; se sentía solo… Tan solo como ella.
Con la muerte de Corban, Altaír lo había perdido todo. Su hermano pequeño era toda la familia que le quedaba y, ahora estaba solo de nuevo. En algún punto se habían planteado la posibilidad de encontrar una nueva familia al lado de Nix y de Ángelo. Pero la vida, tan caprichosa como era, le había arrancado toda esperanza. Todo lo que tenía era su tristeza. La soledad era su única compañía.
En medio de aquel precioso y enorme jardín, se sentía minúsculo e inválido. ¿Qué había hecho para merecer aquel castigo? Lo que tenía no era vida. Solo miedo.
—¿Qué haces aquí solo? —La voz suave del dios le sorprendió. El temor hizo mella en él.
—No tenía sueño—respondió.
—¿Tu amiga?
"Ella ya no existe", estuvo tentando a responder, pero prefirió callar. Aún recordaba los consejos de su madre, acerca de guardar prudencia.
—No lo sé—mintió. Sabía exactamente en dónde estaba Nix. Sabía lo que estaba haciendo.
—Ella ha estado algo… distante—respondió Hermes—. ¿Siempre ha sido así?
—No. —Bajó la mirada. —Al menos no me lo parecía…
Hermes no era ningún tonto. Estaba plenamente consciente de que algo malo estaba sucediendo, algo que desconocía pero que no podía explicar. Sin embargo, aún si conociera la razón de sus problemas, también entendía que tenía las manos atadas.
Aquellos niños habían regresado a la vida gracias al poder de otro dios, que no era él. Sus almas, aunque estuviera bajo su resguardo, no le pertenecían. Un solo error y entonces los perdería.
Quién fuera, o lo que fuera, que estuviese detrás de ellos, le llevaba ventaja. Conocía de sobra a los chicos, en especial a Nix. Había rastreado su debilidad y la explotaba. Encima de todo, era lo suficientemente listo como para esconderse entre las sombras. Quizás el único error que había cometido era pecar de confiado; sus modos eran obvios en exceso. Su juego era con la muerte.
—Vamos, entra ya—ordenó Hermes al niño. Altaír incapaz de poner oposición, obedeció.
Mientras lo veía marchar, el dios comprendió que el tiempo se le agotaba. Si no actuaba pronto, los perdería. Su poder, con todo y que provenía de su divinidad, era limitado. Tal era la razón por la que había acudido a Herse. Sin embargo, sin la ayuda de Athena o algún otro dios, pronto no tendría más remedio que aceptar la derrota.
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Aioros había tomado la decisión de que iría tras Saga más tarde, cuando reuniera la suficiente paciencia para soportar los berrinches que le caerían encima. Conocía a su amigo y sabía de sobra que esperar de él. Precisamente por eso, podría apostar su mano derecha a que Saga no tomaría bien lo que él tenía que decirle.
La cena había transcurrido en paz, armonizada por el constante parloteo de Shion y Dohko, que parecían estar dispuestos a contarse cada detalle del par de centenas de años que había estado lejos. Pero al terminarse la comida, cuando llegó el momento de despedirse, cada cual tomó su camino. En el caso de Aioros, decidió que un paseo le serviría para relajarse un poco antes de dormir y, ya que estaba en ello, también para escabullirse de Saga y sus interrogatorios.
El aire de la noche estaba frío. Sin embargo, para el Santo, la temperatura era agradable. A lo lejos se apreciaban los nubarrones rojizos, que amenazaban con traer consigo la primera tormenta invernal.
Los pasillos empedrados se internaban en cada rincón del amplio jardín. Los árboles, en su mayoría, habían tirado sus hojas. Solo unos pocos ostentaban aún las glorias de la estación que terminaba. Pero incluso esos pocos guerreros, que se resistían a caer ante el invierno, habrían de ceder una batalla ante la nieve, para poder ganar la guerra y revivir, cuando la primavera regresara.
Se detuvo por un segundo bajo los brazos desnudos de un olivo. El viento aullaba al enredarse en sus ramas. Su aullido no era estremecedor, sino tranquilizante.
Desafortunadamente, Aioros sabía que la calma no duraría mucho: tenía una sombra. Había notado que lo seguían desde varios minutos antes. Su acompañante se había esforzado en ocultarse lo mejor posible. El arquero pensaba que aquella timidez no era más que indecisión, así que había decidido esperar a que él mismo se mostrara. Estaba seguro de que estaba llegando a los límites de su paciencia. Por eso, cuando los primeros indicios de que su sombra vería la luz se dieron, sonrió para sus adentros.
—¿Hace cuánto que sabes que estoy aquí?
—Desde el principio. —Volteó para encontrarse con Saga. El gesto de contrariedad en su rostro le resultó divertido. Pero el tema pendiente entre ambos no lo era. —¿Por qué te has ocultado?
—No estaba seguro de que quisieras hablar conmigo.
—Mientes. La razón por la que me has seguido todo este tiempo es porque te mueres de ganas de saber si tengo las respuestas a las preguntas que hiciste antes.
—Sí sabes mis razones, entonces, ¿por qué preguntas?
—Porque quiero oírlo de tus labios. Estás desesperado… Y eso no es bueno. —Saga guardó silencio, pero su potente mirada denotó su malestar. El arquero suspiró. —Aún no tengo las respuestas que buscas—mintió.
—Sé que hablaste con Athena antes.
—Cierto. Pero nuestra plática giró alrededor de temas muy lejanos a ti y a Afrodita.
—¿Sí? —No le creía. Saga simplemente no iba a caer en ello. —¿Se puede saber de qué han hablado?
—De cosas. —Ante la respuesta, el gemelo esbozó una sonrisa irónica. Aioros levantó las cejas con sorpresa.
—Cosas, ¿eh? ¿Cosas que involucran al español favorito de ambos?
Aioros entrecerró los ojos. Por un segundo, su mente trabajó a toda velocidad. Estaba de sobra consciente de que Saga era un tipo listo, capaz de leer entre líneas, y con capacidad de sobra que descubrir el pequeño secreto entre Shura y Athena. ¡Demonios! ¡Qué incluso ya había espetado a Shura sobre ello antes! ¡Él mismo había tenido que intervenir en aquel entonces! Pero eso había ocurrido muchas semanas atrás, casi al inicio de su aventura. ¿Por qué revivir el tema? ¿Por qué existía la amargura que se ocultaba tras la sonrisa sardónica del gemelo?
Quizás era momento de que las preguntas las hiciera él.
—A ver, a ver… —Aioros torció la boca, en algo parecido a una sonrisa, y se cruzó de brazos. —Hablemos seriamente, Saga. Antes no pregunté, pero todas estas cosas que dices saber, sobre Afrodita encerrada, sobre Shura, sobre Athena… ¿Dé donde te las has sacado? ¿Te vinieron a la cabeza durante un sueño? ¿Te las susurró un pajarito? ¿Eh? ¿De dónde estás sacando todo esto?
—¿Significa que estoy en lo cierto?
—Significa que alguien te ha estado manipulando.
—Nadie me manipula, arquero.
—Te sorprenderías, señor ego. Alguien está jugando contigo, como si fueras una muñeca de bonita melena azul.
—Aioros…
—Quiero saber quién está susurrándote cosas al oído, Saga.
—Eso no es asunto tuyo.
—Tu paranoia es asunto mío y de todos.
—¿Desde cuándo?
—Desde que nos afecta a todos.
—Curioso. ¿Pensaste en eso de tu locura cuando nos metiste en tremendo lío en Creta?
Una risilla escapó de los labios del arquero. Probablemente era una risa más de nervios que de otra cosa. Pero es que Saga estaba a punto de perder la razón. Era como un niño encaprichado, cuya cabeza le dictaba que solo sus acciones y deseos eran válidos para el mundo.
—Creta fue mi mierda y, ¿sabes qué? Yo la arreglé—espetó—. Pero, lo que sea que estás ocultando va ser mierda tuya y, ¡aquí estás! ¡Arrastrándome a esto! ¿Necesitas mi ayuda? Entonces, me dirás quién lo ha comenzado.
—No necesito tu ayuda, arquero—siseó el gemelo, antes de girar para volverse por donde había llegado.
Aioros giró los ojos y chasqueó la lengua. Sus puños se apretaron mientras hacía acopio de toda la paciencia que le restaba. Saga jamás ponía nada fácil.
Sin embargo, a sabiendas de que las voces que susurraban a Saga eran las mismas que habían alimentado la locura de Minos, el castaño sabía que no podía dejarlo ir solo así. Necesitaba mantenerse cerca para detener la explosión cuando el tiempo de esa bomba se agotara.
Maldijo por lo bajo. Al igual que el olivo desnudo bajo el que estaban, a veces era necesario perder una batalla para ganar la guerra.
—De acuerdo, de acuerdo. —Detuvo a Saga. —Voy a seguirte en este juego tuyo. ¿Quieres saber la verdad? Quien sea que te haya dicho que Afrodita estaba encerrada en una urna… no mintió.
—Entonces es verdad: Athena la encerró ahí.
—Sí.
—Tengo que encontrar el modo de liberarla, Aioros.
—¡¿Qué?! No, no, no, no. ¡Saga! —Aioros lo tomó del brazo. —La razón por la que Afrodita está ahí, es porque… —miró a su alrededor, para asegurarse que estaban solos, y continuó en voz baja. —Afrodita intentó liberar a Ares. —La mandíbula de Saga se apretó y sus ojos vibraron ligeramente. Aioros notó que su confesión le había sacudido. —Lo que escuchas: ella iba a liberar a Ares. ¿Sabes lo que eso hubiera significado para ti? Si Ares es liberado, será el final para ti y para todos…
—Mientes.
—No lo hago.
—Entonces, Athena miente. Si eso es lo que ella te ha dicho, está mintiendo.
—No tendría por qué hacerlo…
Pero Saga ya no estaba escuchando razones. Lo había perdido. Aioros lo sabía por el modo en que mirada, aunque severa y sobre él, se notaba ausente.
Su cabeza estaba trabajando a toda velocidad, tratando de negarse lo que el arquero había dicho y buscando opciones para cumplir con su objetivo de rescatar a la diosa. De algún modo, el Santo de Sagitario podía afirmar, sin temor a equivocarse, que estaban en problemas. La situación resultaba muy lejos de lo que él estaba esperando.
Cansado, dejó que Saga se marchara. Ya lo mantendría vigilado, porque con toda seguridad, aquel lío iba a empeorar.
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Kozma descendió del Axios con un par de brincos. Trató de mostrarse lo más ágil posible para impresionar a su nuevo mejor amigo. Pero se encontró ligeramente contrariado cuando, al voltear en busca de la reacción de Milo, cayó en cuenta de que ni siquiera tenía su atención.
Milo estaba ocupado: intentaba que Iona no terminara con las narices en la arena. Ayudarla a descender del navío estaba siendo más complicado de lo que esperaba.
Encallar el Axios había sido todo un reto. La playa estaba repleta de los barcos que habían regresado a puerto en busca de abrigo, huyendo de la temporada invernal. Decenas de navíos se ordenaban en línea con el mar, dormidos hasta que la primavera regresase. El poco espacio entre uno y otro, estaba ocupado por embarcaciones más pequeñas, que serían útiles en aquellas épocas, cuando el mar resultaba especialmente peligroso para los grandes navíos. Pero los pequeños botes retaban al Gran Mar con valentía y traían comida al pueblo. Así que su presencia, aunque humilde, era valiosa.
Por ellas y por todas las demás embarcaciones, encontrar un sitio donde resguardar el Axios había resultado tan difícil. Habían terminado por encallarlo en un rincón de la playa, desde donde resultaba imposible bajar las rampas y forzaba, para mala fortuna de muchos, a usar los amarres para desembarcar.
—Vamos, vamos, casi lo tienes—animó el escorpión a la mujer. Ésta gruñó y se sujetó tanto como pudo a las cuerdas, para no caer.
—No soy un mono…
—Nosotros tampoco y mira que bien descendimos. —Milo ensanchó su sonrisa cuando la mirada salvaje de Iona le cayó encima. —Eres de lo más graciosa cuando te quejas.
—Silencio.
El peliazul se tomó la orden en serio. Tenía la corazonada de que, si desobedecía, se haría merecedor de un zarpazo.
Para fortuna de los dos, bastó un último empujón de coraje para que Iona consiguiera poner los pies sobre tierra, sin mojarse más que las sandalias y sin un solo arañazo. Suspiró con alivio al saberse en tierra firme. Pero rápidamente, aquel momentáneo respiro de paz se difuminó para traer de regreso a la realidad. A partir de entonces, el camino de ella y de Kozma continuaba en soledad.
—¡Listo! Enhorabuena, has pisado tierra sin roturas de huesos que lamentar. Bienvenida a Atenas. —Milo festejó el éxito. Pero la sonrisa se le congeló en los labios cuando reparó en la sobriedad del semblante de ella. —¿Qué pasa?
—Nada, nada... Gracias por tu ayuda.
—Qué seria…
—¡Milo! —El llamado de Camus evitó que el escorpión replicara. Su atención se alejó de Iona y Kozma, para buscar al acuario. —¡Ven un segundo!
—¿Eh?
—Necesitamos tu ayuda.
Milo fue a su encuentro sin entender de qué iba el asunto. Pero cuando se detuvo a su lado, todo cobró sentido.
Descender del barco sin ayudar de las rampas ya había sido todo un reto para Iona, a pesar de ser una mujer joven, fuerte y arriesgada. Sin embargo, ayudar a Hipólita, a Phineas y a Tarsila a desembarcar sería un reto todavía mayor. Ninguna de las tres estaba en condiciones de hacer las mismas acrobacias que ellos y, las posibilidad de que lo intentaran y no resultaran heridas, eran mínimas.
—¿Qué…? ¿Qué se supone que haremos?—bufó.
—Talal y algunos de los muchachos nos están ayudando. Atarán amarres a una de las rampas y tendremos que arriarlas hacia abajo, con ellas encima.
—Suena como un buen en plan. Excepto que, me parece, no soy el único que está esperando que la loca se lance cabeza abajo desde ahí. Esa mujer es un peligro para ella misma—replicó a Camus y, por la mirada que éste le dirigió, supo que compartían pensamientos.
—Alguien bajará con ella.
Por supuesto, Milo no iba a ofrecerse de voluntario. Mientras mayor fuera la distancia entre él e Hipólita, mejor se sentía. La mujer le disgustaba demasiado. Le hacía hervir la sangre y le exasperaba los nervios, como pocas personas podían hacerlo. El daño que ella les había causado, y seguía causando, era imperdonable. Incluso él, caracterizado por su misericordia y su alta capacidad para dejar el pasado atrás, se sentía enfermo en presencia de la Amazona. Le superaba. No era un secreto para nadie.
—No me molestaría que se lanzara cabeza abajo desde lo alto del barco—masculló. Camus le miró de soslayo. Su prudencia le urgió a guardar silencio.
—¡Estamos listos! —Se oyó la voz de Mu, desde cubierta.
—Empieza el espectáculo…
Mientras, Iona observaba la escena en silencio. Cuando sintió que todos los ojos se habían apartado de ella y el niño, buscó por el morral donde guardaban sus pertenencias y tomó también la mano de Kozma. El gesto sorprendió al pequeño pelirrojo.
—¿Qué pasa?—preguntó el chiquillo.
—Es momento de que empecemos el camino.
—Pero, ¿y Milo? ¿Y los demás? ¿No esperaremos por ellos?
—Los buscaremos más tarde.
—¿Estás segura? —Iona sonrió. No tenía corazón para mentirle pero tampoco para decirle la verdad. —Está bien. Vamos.
Y, tomándole de la mano, emprendió el camino.
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—¡Ey! ¡Iona! ¡Espera! —El llamado la hizo detenerse y voltear. Ahí estaba Milo, tratando de darle alcance. Lo esperó porque sabía que, ahora que él la había visto, escapar sería imposible. —¿A dónde vas? Creí que Kozma y tú vendrían con nosotros.
—Íbamos a comprar pan de avena con miel. Después les alcanzaríamos. —Kozma se adelantó a responderle y, a juzgar por la mirada escurridiza de la mujer, supo que el pequeño había sido engañado.
—Oh, entiendo. ¿Sabes? Desde aquí se puede ver la panadería. ¿Por qué no te adelantas mientras Iona y yo te esperamos?
—Pero…
—¿Qué? ¿No eres un niño mayor? —Milo levantó las cejas con travesura, sabiendo que picaba el orgullo del pequeño pelirrojo. Kozma infló las mejillas y entrecerró los ojos con determinación.
—¡Claro que sí!
—Entonces, ve. Aquí te esperaremos.
Y después de que Milo le diera un par de aros de bronce, Kozma se marchó a toda prisa, dispuesto a demostrarle al peliazul que era capaz de cuidarse solo.
Cuando el niño desapareció, la mirada azul del Escorpión recayó en Iona. Esta vez no era una mirada traviesa ni juguetona. Era una mirada de reproche, de decepción y, hasta cierto punto, dura.
—Estabas huyendo—acusó.
—No tengo motivos para huir de nada ni de nadie. Simplemente retomaba mi camino.
—¿Tú camino? Y una mierda. Estabas huyendo.
—Escucha, agradezco que nos protegieran y que nos trajeran de regreso a Atenas. Pero debes entender que a partir de ahora, somos Kozma y yo. Solo nos tenemos el uno al otro. La vida que teníamos antes… —Suspiró y encogió los hombros. —Ahora todo es diferente.
—Claro que es diferente, todo cambió para ustedes. Pero estás equivocada al creer que el enano y tú están solos. No les trajimos hasta aquí para abandonarles a su suerte. Bemus, él murió ayudando a nuestra causa, dio su vida por nuestra misión… Tú y Kozman eran importantes para él y por eso mismo, ahora son importantes para nosotros.
—No lo entiendes.
—¿Qué es lo que no entiendo?
Iona se cruzó de brazos y apartó la mirada. Jamás había sido una mujer a la que le preocuparan las opiniones ajenas. Sin embargo, ahí, a mitad de Pireo, de pronto sentía que cada palabra que dijese sería escuchada por decenas de oídos ociosos.
—Las mujeres como yo… —Aquellas que practicaban su oficio. —No importa lo que hagamos, jamás de ser lo que somos. Mientras haya juventud tendremos cierto respeto, pero cuando la primavera de la vida nos deja atrás, entonces todo cambia. Sabes en que nos convertiremos.
—Mujer… —Milo resopló sus flequillos. Se llevó las manos a la cabeza y arrugó la boca. —No vamos a ayudarte por lo que seas, sino por quien eres. Ahora mismo lo que hayas hecho en tu pasado no nos importa. Eras amiga de Bemus y el crío era su protegido. También eres nuestra amiga, ¿o no?
La mirada de la mujer cambió. Toda la determinación y la frialdad que se había esforzado en demostrar hasta entonces, se esfumó, y por primera vez durante toda la travesía, Milo encontró vulnerabilidad en sus ojos. Iona era una mujer fuerte, pero no era de acero. A Milo le quedaba más claro ahora.
—Bemus nos protegió a nosotros y ahora, nosotros les protegeremos a ustedes. Así es como serán las cosas. —Posó ambas manos sobre los hombros de la mujer y le sonrió. —No tienes nada que temer.
Lo que siguió a sus palabras fue un largo silencio. Iona había conseguido sostenerle la mirada por un par de segundos, solo para volver a rehuirle, un instante después.
De un modo u otro, Milo comprendía sus inseguridades, así como entendía su afán por alejarse de aquella vida que alguna vez había sido suya. Existía en ella cierto afán por no volver a tener ilusiones que, al desvanecerse, pudieran herirla de nuevo, o herir a Kozma. Pero, lo que el Escorpión quería creer, era que ella era una mujer lo suficientemente lista como para no dejar pasar esa oportunidad. Sino por ella, por Kozma.
—Vamos, vamos. Permite que devolvamos a Bemus un poquito de lo que él dio por nosotros—insistió, consciente de que caminaba sobre hielo muy delgado. Su insistencia podría jugarle a favor, o completamente en contra.
—No lo sé…
—¡Está bien! Entonces, mientras tomas una decisión, ven con nosotros. Un poco de tiempo para pensar te vendría bien y, en Atenas, tú y Kozma estarán bien mientras tanto.
Un poco más allá, el niño abandonó el tenderete con un par de panes de miel y avena en cada mano. Divisó de inmediato a Iona y a su amigo, para emprender la carrera hacia ellos, emocionado por su nuevo logro. Una sonrisa pretenciosa le iluminaba el rostro.
—De acuerdo—musitó la mujer antes de que el niño llegara a donde estaban ellos—. Iremos con ustedes a Atenas y nos quedaremos por un tiempo. Pero dudo mucho que sea definitivo.
—Me basta por ahora.
—¡Milo! —Kozma llegó para mostrarle con orgullo su compra. —¡Mira! ¡Los compré yo solo!
—¡Buen trabajo, enano! —Le tendió el puño, a lo que el niño respondió golpeándole con el suyo. —Espero que no te hayan estafado.
—¡Claro que no!
Milo le revolvió el pelo con cariño. El mocoso le agradaba, de algún modo lo sentía como un hermano pequeño del que debía cuidar. Sonrió antes de llevar su mirada a Iona, incitándola a explicar la situación al pelirrojo.
—Kozma…—dijo ella, sintiendo la insistencia del Santo—, ¿estás listo para continuar el camino? Al parecer, Milo y los otros han decidido esperar por nosotros. No les retrasemos más, ¿vale?
La sonrisa en los labios del pequeño se ensanchó y sus ojos brillaron con la emoción del inicio de una nueva aventura. Asintió con determinación y, antes de que cualquier de ellos pudiera darle una instrucción más, tomó la delantera para regresar hacia la playa, donde el resto de su nueva familia esperaba por ellos.
Iona lo vio andar en silencio. Su cabeza le decía que estaban a salvo. Atenas era ahora su hogar, un sitio donde estarían seguros y dónde Kozma podría crecer en paz. Pero a la vez sentía miedo. No quería perderlo… No quería volver al pasado.
Se respingó cuando sintió la mano de Milo sobre su hombro. Volteó, solo para que su mirada chocara con la sonrisa del Santo.
—Vamos, mujer, ten fe. Todo estará bien. Lo prometo.
Iona asintió. Ojala pudiera recobrar la ingenuidad de sus años de infancia, para realmente creer, con todas sus fuerzas, en las palabras de Milo.
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Dohko le tendió la espada. La propuesta implícita en dicho gesto sorprendió al español. A pesar de todo, Shura la tomó. Entrecerró los ojos, con una sonrisa traviesa en los labios, y comprobó el filo de acero. La hoja estaba redondeada, era una espada de práctica.
—¿Es un reto, Roshi?
—Me han dicho que eres bueno con la espada—respondió el mayor—. Pero claro, en su mayoría, estos chicos con los que compartimos apenas pueden diferenciar un alfanje de una bastarda, así que sus criterios no son de confiar. —Dohko le guiñó el ojo con picardía.
—¡Eh! —La queja de Aioros, quien observaba desde lo alto de los miradores del campo de entrenamiento, hizo que ambos sonrieran. Dohko continuó, ignorando al arquero.
—¿Qué te parecería un pequeño duelo de espadas con este viejo? Puede ser divertido.
—¿Debo tener cuidado de no ocasionarte un infarto? —El chino soltó una carcajada.
—Ten cuidado de que no te pille, niño.
—¡En guardia, Maestro!
No tuvo que repetirlo, pues fue el mismo Dohko quien dio el primer paso. Se abalanzó sobre él, sosteniendo la espada con ambas manos, para atacar su flanco izquierdo. Pero Shura reaccionó a tiempo y consiguió utilizar su propia arma para detener la estocada del chino. Aprovechando el movimiento, se alejó del área de ataque de Dohko. Libre para atacar, lanzó un golpe contra el costado derecho del mayor, que éste consiguió detener con la misma maestría con la que él detuvo su ataque anterior. Levantó la mirada y alcanzó a distinguir la sonrisa presuntuosa en el rostro del Santo de Libra. Dohko se lo estaba pasando bien… Y él también.
Dohko deslizó el filo de su espada contra la de Shura, hasta romper por completo el duelo de fuerzas entre ambos. Se agachó para esquivar un nuevo embate del español e intentó tomar ventaja atacando sus piernas. Pero Shura fue más ágil y, con un brinco hacia atrás, libró el ataque.
Distantes uno del otro, se tomaron unos segundos para respirar. Cada uno midió con cuidado su siguiente ataque. Sin duda, el rival que tenían enfrente era de cuidado.
Un instante después, volvieron a lanzarse uno contra el otro, para entrelazarse en un ir y venir de golpes, cuyo sonido desencadenaba una violenta melodía con cada golpe de las hojas de acero.
Desde su lugar, Aioros sonrió. Tanto Shura como Dohko eran increíbles. Él mismo no era ningún inútil en lo que se refería a armas. Después de ambos, quizás era él quien poseía las mejores habilidades con la espada. Pero lo suyo, era y siempre sería, el arco. Por supuesto, sin importar el arma de preferencia, mirar a ambos Santos enfrascados en combate resultaba un espectáculo.
El mirador le daba una visión única de aquella batalla y también le brindaba una visión perfecta de todo el campo de entrenamiento. Fue por eso que no tardó en reparar, que él no era el único espectador del duelo.
Una pequeña multitud de soldados, aprendices, escuderos y curiosos se había reunido alrededor de los Santos y, pronto, las voces animando a uno o a otro, se dejaron escuchar.
—¡Son fabulosos!—exclamó Aldebarán, quien le hacía compañía.
—Ajá…
—¿Quiénes son fabulosos? —Saga acababa de llegar.
—Shura y Roshi. Están en medio de un duelo.
Intrigado por la respuesta del Toro, Saga se asomó por encima de la baranda para constatar a qué se refería. Levantó una ceja y frunció el ceño. Sin duda, lo eran.
—¿Quién crees que gane?—preguntó Ícaro, quien se integraba al grupo. Aioros subió los hombros.
—Normalmente te diría que Shura, pero… no me atrevería a apostar en contra de Roshi.
—Oh… —Sin embargo, Ícaro no se mantendría en ascuas por mucho tiempo.
Curiosamente, tuvo que ser la suerte quien dictara sentencia y coronara a al ganador del duelo. Esquivando el embate de Shura, que iba directo sobre su cabeza, Dohko tuvo que agacharse y tirar el cuerpo hacia un costado. Usó su mano libre como sostén y se impulsó con las piernas para girar. Pero, con la rapidez y la fuerza del movimiento, la cinta de su sandalia no aguantó y terminó por romperse. El sorpresivo acontecimiento sacó de balance a Dohko, obligándole a perder el balance y a perder la concentración por una fracción de segundo, tiempo suficiente para que Shura contraatacara.
La sandalia rota le hizo perder el equilibrio y cayó. Su cuerpo golpeó el suelo sobre su costado y apretó los dientes, a sabiendas de que estaba en problemas. Tuvo que rodar para evitar que Shura le golpeara. Pero, en aquel movimiento desordenado, la espada se le escapó de las manos.
Para cuando alcanzó a detener la espiral de eventos desafortunados, ya estaba tumbado sobre la arena, con la espada de Shura apuntando en su garganta. Frunció los labios y sopló su flequillo. La cara del español lo dijo todo.
—Joder… ¡Perdí contra un niño!—gruño enfuruñado, pero su rostro rápidamente cambió a una sonrisa cuando Shura le tendió la mano.
—Lo dejaremos en un empate. No pienso adjudicar su victoria a una sandalia vieja.
—¡Pues claro! ¡No me habrías ganado de otro modo!
Shura giró los ojos, en un gesto más de diversión que de fastidio. Ayudó a Dohko a ponerse en pie y, por un segundo, se sintió ligeramente incómodo con la cantidad de atención que habían conseguido.
Miró hacia arriba, desde donde sentía las miradas de Aioros y de Saga sobre él. La situación aún era tensa entre ambos. Shura seguía preocupado.
—¡Cuánto alboroto! —Athena apareció bajo el marco de entrada a la arena. Prácticamente al mismo tiempo, Aretha se materializó junto Aioros, en el mirador.
—Por fin llegaron a Pireo. Están en camino…—musitó al Santo de Sagitario. Aioros la miró, con un dejo de curiosidad en los ojos. Después, regresó su atención hacia la diosa.
—Dábamos un espectáculo para la audiencia, princesa—río Dohko. Ella compartió su sonrisa.
—Veo que lo han conseguido.
—Más o menos. Aunque el desenlace haya sido fortuito.
—Una pena en verdad. Enhorabuena al vencedor.
—Solo ha sido un poco de suerte. —Shura se revolvió los cabellos, húmedos con sudor.
—Tengo curiosidad, ¿te apetece un duelo más? —Athena se agachó y tomó la espada de Dohko que había quedado abandonada sobre la arena.
—¿Eh? —Shura tragó saliva y se respingó.
Dohko abrió los ojos de par en par, tan sorprendido como entretenido. Miró de soslayo hacia lo alto del campo, donde Aioros, Saga y Aldebarán parecían demasiado interesados en la respuesta del Santo de Capricornio. Para sus adentros, sonrió. La oportunidad de ver a su diosa en acción le emocionaba.
—No aceptará… —Saga susurró. Aioros le miró por el rabillo de su ojo. Ícaro siguió la mirada de Saga y también buscó la respuesta en los ojos del arquero. —Y si acepta, no se atreverá a tocarla.
—Tampoco es una muñeca desprotegida—acotó Aioros. Aldebarán asintió a ambos. Los dos tenían la razón.
—No sé si debería… —La voz de Shura, en el campo de entrenamiento, los hizo callar.
—Es solo un entrenamiento, ¿no?
—Ya, pero tú…
—Vamos, ¿estás listo?
—Es que… —No lo estaba.
Athena no le dio más oportunidad para pensar. Lo siguiente que escuchó fue el sonido de su espada chocando con la de ella.
Gruñó al resentir la fuerza de la diosa empujando contra él. Físicamente sabía que podría superarla con un empujón. Pero su cabeza no lo dejaría actuar por impulso. La mujer frente a él era Athena, su diosa y…
Se escabulló del ataque dando un paso hacia el costado, y retrocedió dos pasos más cuando ella volvió a cargar en su contra. Estaba a la defensiva, siempre yendo para atrás y nunca para adelante. Lo cierto era que, por mucho que su cuerpo quisiera tomar la ofensiva, su cabeza se negaba a darle espacio para levantar su espada contra Athena. Nunca contra ella.
—¡Vamos, Shura! ¡Vamos! —Le animó Dohko, haciendo acreedor de una mirada severa por parte del español.
—Le patearán el culo delante de todo el mundo—masculló el gemelo. Aioros ladeó la cabeza pues todo indicaba que así sería.
—¡Vamos, Shura!—aupó Aldebarán. Al igual que Dohko, encontraba toda la situación de lo más divertida.
—Por cierto, ¿dónde demonios esta Kanon?—cuestionó Aioros. Saga se encogió de hombros. —Es raro no tenerlo por aquí, incordiando.
—Habrá encontrado alguien más a quien incordiar.
—Puede ser.
En medio de ambos, Aretha vio de uno a otro pero guardó silencio. Sospechaba de las razones detrás de la ausencia del gemelo. El pasado, ese que llevaba meses persiguiéndole, estaba a punto de atraparlo. Imaginaba lo difícil que serían las explicaciones cuando tuviera que enfrentar las consecuencias de sus actos. El tiempo se le acababa a Kanon.
—¡Oh! —La escandalosa risa de Aldebarán hizo que volviera a concentrarse en la batalla. Abrió los ojos y sonrió. Shura se había plantado a Athena.
—Parece que va por ello…
Las palabras de Aioros resultaron ser ciertas: Shura había dejado de retroceder y, por primera vez, había plantado ambos pies sobre el suelo. Se le notaba cierto aire de concentración en la mirada, que había reemplazado a la confusión de unos momentos antes.
Sus manos se aferraron sobre la empuñadura del arma con una determinación nueva. Suspiró y empujó, para hacer retroceder a la diosa. Un paso y luego otro, y otro más. Athena intentaba hacerle contra, pero el físico del Santo superaba al suyo. El metal chilló cuando el filo de las espaldas se deslizó uno sobre el otro, mientras Athena intentaba romper la inercia del enfrentamiento. Saltó hacia un lado esperando crear espacio entre ella y su contrincante. Pero Shura adivinó sus pensamientos y, de inmediato, atacó hacia donde ella se movía. La morena lo esquivó, viendo la espada enemiga cruzar a centímetros de su cuerpo. Aprovechó la caída de la espada para atacar una vez más. Esta vez, apuntó hacia el torso del Santo, quien con un rápido movimiento echó el cuerpo hacia atrás, manteniendo su integridad a salvo.
Alcanzó a levantar la mirada justo en el momento en que Athena le atacaba de nuevo. Con su acero detuvo al de ella. Intercambiaron estocadas, una tras otra; izquierda, derecha, arriba, abajo. Ninguno parecía encontrar debilidad en la defensa del otro.
Con un movimiento rápido, Shura se agachó y apuntó contra sus piernas. Pero ella fue más veloz y saltó, esquivando la espada del español. Se impulsó y, colocando una mano sobre el hombro del español, brincó por encima de su cabeza hasta aterrizar a espaldas de él. Cuando tuvo ambos pies en el piso, preparó el golpe. Solo porque Shura fue lo suficientemente ágil, alcanzó a girar a tiempo para detener en el aire el acero de Athena.
—Eres buena…
—Soy la diosa de la guerra. Soy mejor que simplemente buena.
Se echó para atrás un par de metros, solo para tomar impulso y cargó una vez más. Su mano derecha, que empuñaba su acero, retrocedió para reforzar el ataque. La energía de su cuerpo impulsó su arma mientras la llevaba hacia el frente, dispuesta a atacar. Shura lo divisó de inmediato e hizo lo propio.
Cuando las hojas de metal chocaron, la energía brincó en forma de chispas eléctricas. Se sostuvieron por un segundo y luego intercambiaron golpes, creando pequeños relámpagos, alrededor de el acero de las espadas.
—Esto ha subido de nivel. —Saga acotó. Aioros asintió sin quitar la vista de Shura y Athena.
—Dohko está emocionado. —Aldebarán soltó una carcajada. El chino aupaba y brincaba entre los soldados.
—No es el único.
El público rugía de nuevo. El espectáculo era impresionante y, con cada segundo que pasaba, la batalla se tornaba más trepidante.
Sin embargo, cuando parecía que la definición estaba cercana, las puertas del patio se abrieron y los primeros jinetes entraron a los territorios del templo, disolviendo la atención de los espectadores y centrando las miradas en ellos.
Primero entró la avanzada, con cuatro jinetes al servicio de la diosa que marcaba la cabeza de la comitiva. Después entraron los Santos, cada uno a lomos de un corcel, seguidos de un par de carruajes. En el primer carro viajaban Iona, Kozma y Phineas; en el segundo iba Hipólita, flanqueada por Xantipa y Malkram. Bor y Julius iban tras ellos, en sus respectivas monturas. Un trío de guardias marcaban el final del grupo.
—¡Por Zeus! ¡Bienve…! —Las palabras se esfumaron de los labios de la diosa cuando reparó en la identidad de la mujer que acompañaba a sus Santos: Hipólita. Trató de recomponerse con rapidez, pero el desconcierto en su mirada gris había durado lo suficiente como para ponerla evidencia. Humedeció sus labios y forzó la sonrisa una vez más. Debía concentrarse en ellos. Solo en ellos. —¡Bienvenidos! ¡Bienvenidos de regreso!
Entregó la espada a su escudero y tomó la prenda que éste le tendió para secarse el sudor que corría por su rostro. Después, se encaminó hacia la comitiva que acompañaba a sus Santos.
Al recorrer sus rostros, la ausencia de Shaka se volvió palpable. A pesar del tiempo, el dolor y el cansancio eran evidentes en sus ojos. Seis se habían marchado meses antes, pero solo cinco volvían a casa. La alegría que su regreso traía estaba empañado con el pesar de la ausencia de los caídos.
Y luego estaba la presencia de aquella mujer en sus dominios. Su sola imagen la desconcertaba, porque no había razones para tenerla ahí. Su parte de la historia estaba en el pasado. Hipólita pertenecía a Troya, o eso era lo que Athena creía. Necesitaría una explicación larga y detallada, especialmente porque tenía un mal presentimiento sobre aquello.
—¡Al fin en casa! —Milo festejó mientras desmontaba.
—¡Por fin! Esperamos tanto por ustedes. —Shion apareció un segundo después, con una sonrisa radiante en los labios, a pesar el desconcierto de extrañar a uno de sus chicos. Había divisado a los corceles y a los carros desde la lejanía y acudido a ellos con tanta rapidez como le fue posible.
—¡Maestro! —Mu fue el primero en ir a su encuentro y abrazarle. Su gesto de cariño fue correspondido con creces.
—¡Mu! ¡Mis chicos…! —Los abrazó uno a uno, asegurándose que estuvieran bien.
Los rostros nuevos no le pasaron desapercibidos y, cuando hubo estrechado en brazos a cada uno de sus Santos, sus ojos pidieron algunas respuestas.
Pero las explicaciones que tanto él como Athena buscaban, tendrían que esperar, pues el resto de los Santos habían llegado para saludar a aquellos que estaban de regreso. Hubo saludos, abrazos, sonrisas y algún par de gestos que dejaron en claro la añoranza que la distancia había creado. También hubo muestras de empatía, lágrimas y el sentimiento de pérdida que compartían a pesar de estar lejos.
—¿Dónde está Kanon?—preguntó Milo, mientras secaba una lágrima traicionera.
—Eso queremos saber también—gruñó Saga. Aioros subió las cejas y esbozó algo parecido a una sonrisa torcida.
El arquero pasó el brazo por encima de los hombros de Aioria, quien estaba cerca de él. Revolvió el cabello de su hermano pequeño y le besó la frente. Estaba feliz de tenerle de regreso y de verlo sonreír, a pesar de la evidente tristeza en sus ojos verdes.
Fue entonces cuando, a lo lejos reparó de nuevo en Hipólita, cuya presencia ya les había sorprendido desde el principio. Sin embargo, un detalle en ella les había pasado desapercibido a todos, o al menos para él lo había sido. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. No podía creerse lo que sus ojos le mostraban.
—Por los dioses…—susurró—. Esto no…
—Oh, lo has notado, ¿eh, arquero? —Milo torció la boca con disgusto.
—¿Está…?
—Ajá…—musitó Aioria.
—Maldición… —De pronto, Aioros tuvo el peor de los presentimientos. Tragó saliva y buscó por la mirada de Saga, a quien encontró inusualmente serio. Rayaba en la preocupación.
—Hay mucho que debe contarse. Los días en que hemos estado separados no han pasado en vano.
—Camus está en lo cierto. Pero las conversaciones que están por venir habrán de esperar por un poco de privacidad. Ya habrá tiempo para dejar al descubierto los detalles—continuó Máscara Mortal—. No me explayaré con las presentaciones, pero ellos son Iona y Kozma, son… la familia de Bemus y por la tanto, considero que son bienvenidos en este palacio.
—Los son. —Athena se aproximó y sujetó las manos de Iona. —Bienvenidos. Bemus era un hombre de honor. Estoy segura de que los Campos Elíseos le arropan en el más allá.
—Era el mejor hombre que he conocido—replicó la hetaira. La diosa asintió.
—Y aquellos que acompañan a Hipólita son Xantipa, Bor, Julius y Malkram. Han sido aliados muy valiosos en nuestra odisea. La vieja es…
—Tarsila—terció Shura.
—Sí.
Athena la recordaba muy bien. La mujer había sido la curandera principal de Temiscira, aquella encargada de cuidar y devolver la vida a los ojos de Shura.
—Por último está Phineas, sacerdotisa de Apolo. Periandro la tenía prisionera, así que la hemos rescatado.
—Secuestrado, querrás decir—bufó Saga. Ángelo afiló la mirada.
—La mujer ha demostrado su valía. Lo mínimo que podíamos hacer era ayudarla.
—De acuerdo, de acuerdo—intervino Shion—. Todos aquellos que han sido amigos, son bienvenidos.
Voltearon solo para encontrarse con la mirada de Athena, fija sobre las mujeres y hombres que había llegado con ellos. Sus ojos grises delataban un sinfín de emociones; desde la curiosidad que sentía por Phineas, hasta el disgusto que la presencia de Hipólita le generaba, de pronto resultaba transparente. A pesar de todo, no puso resistencia. Dirigió su atención hacia sus Santos y asintió cuando reparó que tenía la atención de ellos.
Al guardar silencio y girar sobre sí misma para dirigirse de regreso al templo, dio su autorización para que cada recién llegado fuera hospedado dentro sus dominios. Al pasar junto a Néstor, su oficial principal, susurró algunas palabras a su oído. El hombre agachó la cabeza, honrando la palabra de su señora.
—A mis Santos, les suplico que vayan tras los pasos de Herse. Ella les llevará a su aposentos. Alístense y descansen un poco. Pronto hemos de volver a vernos. Mientra tanto, nuestros invitados irán con Nestor.
—Pero…
—No, no—interrumpió Aioros a Milo—. Haz como se te ha dicho. Yo veré que sean tratados con los cuidados que se merecen. Mientras tanto, ustedes necesitan un poco de descanso.
A regañadientes, Milo suspiró. Caminó hasta Kozma, quien había perdido el habla desde que entrasen a la ciudad. Cada detalle de aquella enorme polis había sido fascinante a sus ojos y, desde que el palacio de Athena se divisó, su sorpresa había ido en incremento. La mirada le brillaba, con esa capacidad para maravillarse que solo un niño podría experimentar.
Milo se agachó junto a él e intercambiaron algunas palabras. El pequeño se aferró con más fuerza a la mano de Iona, mientras Milo daba instrucciones a ella también. Por fin, tras algunas segundos, acarició el cabello del chiquillo, quien encontró tranquilidad en la gesto.
—Arquero, te los encargo—dijo el peliazul cuando se reunió una vez más con los suyos.
—Pierde cuidado. Estarán bien, tienes mi palabra.
Solo entonces, con la promesa de por medio, Milo aceptó seguir las órdenes y marchó con destino a sus aposentos, donde todo había sido preparado para recibirles.
La pequeña audiencia que se había reunido alrededor de los entrenamientos se dispersó poco a poco, hasta que únicamente los involucrados permanecieron en aquella parte de los patios.
Aioros centró la mirada en los acompañantes de sus hermanos. Inevitablemente, Hipólita acaparó su atención por encima de los demás. El bulto en su vientre, inequívoca señal de su preñez, aparecía aún por debajo de la holgada túnica con que se cubría. Sus cabellos castaños, maltratados e erizados, habían crecido lo suficiente como para rozar sus hombros. Y su mirada… Sus ojos eran un ironía: tan oscuros y vacíos como un pozo cuyo fondo es imposible de escrutar; y a la vez, capaces de transmitir emociones tan fuertes como la ira, al amargura y el dolor que llevaba dentro, y que le consumían el alma.
Se mantuvo ahí, contemplándola por algunos segundos hasta que ella levantó la cabeza y sus miradas chocaron. Sin duda había sentido los ojos del Santo sobre ella. Ninguno de los dos rehuyó al otro. Sin embargo, poco duró aquel encuentro, pues tan pronto Saga apareció tras de él, el rostro de la mujer cambió, dando paso a aquel gesto asesino, a aquel odio puro, cuya sed de venganza la despertaba y la mantenía viva.
Su actitud fue como un susurro a los oídos para Aioros, en cuya cabeza las piezas del rompecabezas se unían lentamente. Retiró su mirada y buscó por la única persona que podía confirmar sus sospechas: Aretha observaba cada acción desde lo alto del mirador.
Sus ojos, tan azules que en ocasiones eran difícil distinguir si su mirada estaba viva o no, se encontró con los cerúleos de Aioros. Se conocían lo suficiente como para dispensar las palabras, o como para intentar mentirse.
—¿Aioros? —La voz de Ícaro le llamó. —¿Puedo ayudar en algo?
—Ahm… Bueno, tratemos de poner cómodos a nuestros invitados. ¿Puedes encargarte de…? —Miró a Kozma y trató de sonreírle. Se agachó junto a él y le palmeó la cabeza, como solía hacer con Aioria cuando era pequeño y se asustaba. —Kozma es tu nombre, ¿cierto?
—Sí—respondió el niño con timidez.
—Kozma, tú y tu madre irán con Ícaro y Néstor. —Iona levantó una ceja. Sus labios dibujaron una media sonrisa; Kozma era su pequeño después de todo. —Les buscará una habitación cálida para que puedan asearse y descansar. Yo iré en un momento más, para asegurarme que todo esta bien. ¿De acuerdo? —Kozma asintió. —Bienvenido. Bienvenida—dijo a Iona, acompañando sus palabras con una sonrisa.
—El resto de nuestros invitados también vendrán conmigo. —Néstor se dirigió a los mercenarios. Xantipa se cruzó de brazos y negó con la cabeza.
—Es una mala idea—acotó la mujer. El viejo general frunció el ceño.
—Nuestra misión durante la travesía ha sido cuidar de la Reina. Velamos en todo momento por su seguridad, pues viaja con nosotros el peor de sus enemigos: ella misma—reveló Julius—. Si se lo permiten, la Reina tomará su propia vida. En todo momento debe tener ojos sobre ella.
—Está encinta. —Athena afirmó lo obvio y un suspiro colectivo se escuchó.
—Así es. La sacerdotisa ha dicho que el verdadero tesoro es la criatura; es la única razón por la que la hemos protegido y traído hasta aquí, aún bajo la amenaza de los tambores de guerra.
—No entiendo. La criatura ciertamente tiene sangre de dioses corriendo por su venas. Pero, ¿qué relevancia tiene esto para mis Santos? ¿Por qué se han arriesgado tanto? ¿Por qué se ha pagado su vida con la vida de uno de mis protegidos?
Hubo silencio.
Aioros se llevó la mano a los labios. La cabeza le daba punzadas. Todo se pintaba como una terrible catástrofe que no habían visto venir. Sintió sobre sí la mirada de Aretha y la buscó. No quería hablar, pero la ausencia de Kanon le obligaba.
—Porque la criatura lleva sangre de uno de tus Protegidos—dijo por fin. El silencio se hizo más pesado y las miradas, primero salpicadas de sorpresa, se oscurecieron. —¿Estoy equivocado, Aretha? —Desde las alturas, la ninfa negó.
—¡¿Qué?! ¡¿Quién?! —Athena exigió respuestas con un rugido, pero la pelirroja no supo dárselas.
—Kanon. —La voz de Saga se escuchó clara y definitiva.
—¿Qué…? —La de Shion, en cambio, se perdió con el murmullo del viento.
—Llámalo una corazonada. Pero tuvo que ser él.
El rostro de Athena se coloreó con una frustración que le erizó la piel. Sus labios se apretaron en una tortuosa mueca y sus puños se cerraron con tal fuerza que sus nudillos palidecieron. Los rostros de sus Santos no contaban una historia tan distinta.
—Bueno, bueno… Una vez entregada la mujer, nuestra misión termina aquí. Todo este drama es muy interesante, pero hemos de continuar nuestro camino—interrumpió Bor. Por un instante, su desparpajo enfrió los ánimos.
—Pensamos que se quedarían aquí.
—Solo hemos servido a una vieja amiga. Nuestro mundo y el suyo no suelen coincidir demasiado…
—Entiendo. —Athena asintió. —A pesar de ello, mi gratitud los acompañará siempre. Si existiese algún modo de devolverles un poco de lo mucho que han hecho por mis Santos, les pido que se acerquen a mí.
—Seguramente habrá algún modo de devolver la amabilidad, señora mía—acotó Julius—, pero por ahora, nuestros caminos nos llevan por direcciones distintas. La Reina queda en sus manos.
Shion dejó escapar su pesantez en la forma de un suspiro. Sus ojos rosáceos se fijaron en aquella mujer, cuya existencia solo traía penurias a sus Santos. Irónica era la vida al obligarles a protegerla, cuando ella había estado dispuesta a exterminarlos. Pero, ¿qué opciones tenían?
—¿Shion? —Escuchó la voz de Athena llamándole y descubrió también la confusión en su mirada gris. Asintió, tratando de aparentar que sabía lo que hacía.
—Yo me encargaré de ella. Después, si así te lo parece, princesa, me gustaría hablar con Kanon. A solas.
—Me parece lo correcto. —Su mirada buscó por el rostro de Saga. Éste estaba en silencio, son los brazos apretados y un ligero fruncimiento en los labios que delataba su malestar. —Nos reuniremos en el salón al caer la noche.
Tras escuchar sus indicaciones, el lemuriano le obsequió una reverencia y apresuró el paso, dispuesto a encontrar al más joven de los gemelos. La diosa y sus Santos lo miraron marcha, a sabiendas de que su encomienda no sería fácil. No lo sería para nadie. Los problemas parecían no tener fin.
—¿Qué pasará ahora?—preguntó Aldebarán, no sin cierta timidez.
Sin embargo, no obtuvo respuesta. Lo que deparaba el futuro era inescrutable para todos ellos. La Reina y el niño estaban en Atenas; y su llegada podría ser una bendición, o una maldición. Solo el tiempo diría cuál de las dos.
-x-
Kanon tensó la mandíbula y bajó la mirada. Se cruzó de brazos, permaneciendo tan quieto como una estatua, en espera de que Shion llegara y dijera lo que fuera que tuviera que decir.
¿Qué esperaba del lemuriano? No estaba seguro.
Pero no serían abrazos, ni mucho menos palabras de consuelo. No podía creer lo tonto que había sido… Lo estúpido. Sin embargo, las consecuencias estaban ahí y no iba a escapar de ellas. Podría haber pensado en cientos de excusas, tejerse miles de intrigas alrededor de aquella desgracia, pero no lo haría. La razón por la que aquel tema le robaba el sueño y la calma, era porque el gemelo sabía que no había forma alguna de justificar lo sucedido. Simplemente no había modo.
Cerró los ojos por un momento, tratando de apaciguar a su mente que daba giros sin cesar. Su cabeza no le había dado respiro alguno desde que las primeras noticias habían llegado a sus oídos, semanas atrás. Guardar el secreto había sido una agonía, a tal punto que, ahora que la verdad quedaba al descubierto, sentía que al menos una parte de la carga se le quitaba de los hombros.
El peso de la puerta hizo que rechinara al abrirse. Entonces, Kanon abrió los ojos para divisar, de soslayo, la figura de Shion. La piel se le enchinó y se sintió nervioso, como un crío mal portado.
A pesar de todo, guardó silencio. En otra situación, en otro momento, su primer impulso habría sido defenderse desde el principio. Si era el primero en atacar, obligaba a su contraparte a tomar la defensiva… Pero no en esa ocasión. Por una vez, Kanon no tenía nada que decir. Solo le tocaba escuchar.
—Oh, Kanon, Kanon… —Shion se frotó los ojos en un gesto de preocupación. Atravesó el salón y tomó asiento cerca de la ventana, donde el aire fresco le sentaría bien y le permitiría aclarar la cabeza. —¿Cómo ha sucedido esto…?
—¿Eres solo tú? ¿Debemos esperar por alguien más?
—Por ahora soy solo yo. Creo que no necesitamos a nadie más. O, ¿prefieres que haya más personas en esta conversación? —Kanon gruñó. Ni siquiera quería ser parte de la plática. —Eso pensaba.
Frustrado e incómodo, el gemelo se sopló el flequillo. Trató de desviar los ojos del Patriarca, porque incluso para alguien como él, usualmente cínico y despreocupado, sostener la mirada de Shion era imposible. Sin embargo, sabía de sobra que no podría evadirlo por mucho tiempo más. Había llegado el momento en que el secreto moría.
Tamborileó los dedos con ansiedad, pensando en lo mucho que un cigarrillo le reconfortaría en la ocasión. Pero estaban solos; él y su conciencia.
—No sé qué quieres escuchar—dijo, tras una larga pausa.
—Entonces, tú sí eres el padre de la criatura. —El peliazul asintió.
—No hay mucho más que decir, ¿cierto? Lo que sucedió es obvio.
—El cómo sucedió lo es. Pero el por qué pasó, no lo es tanto. —Una vez más, Kanon gruñó. Se humedeció los labios es un gesto de claro nerviosismo que no pasó desapercibido para el lemuriano. Para Shion, esos chicos eran como sus hijos y, como tales, los conocía bastante bien, especialmente a los mayores. —Kanon, lo que sea que haya sido, quiero que me lo digas. Por lo poco que te he visto a ti, o a ella, aquí no hablamos de atracción. ¡Mucho menos de algún tipo de cariño!
—Nada se te escapa—añadió con amargura.
—Hay más ironía en la situación que en tus palabras. Porque, a primera vista todo es muy obvio. Pero el trasfondo es un misterio que me gustaría que me explicaras.
—Fue un error. Uno enorme.
—¿Fue un momento de debilidad? ¿Un instinto? —Kanon negó y Shion arrugó los lunares de su frente.
—No era algo que ella quisiese…
Al escucharlo, Shion sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Cerró los ojos y apretó los labios, lamentando terriblemente la situación y pensando en las consecuencias que solo el tiempo dejaría ver. Había imaginado muchas cosas, más no esperaba que la gravedad del asunto fuera tan grande. Suspiró.
—No es lo que imaginabas, ¿cierto? —La voz de Kanon hizo que levantara el rostro y sembrara sus ojos rosáceos en él.
—No, no esperaba esto. —Se estaba esforzando por ser comprensivo, por no perder la calma, ni juzgar antes de conocer todos los hechos. —Entonces, ¿tú…?
—Yo… Fui un imbécil. —Asintió. El demonio se había apropiado de él, pues solo de ese modo Kanon podía justificar sus acciones. —No sé lo que pasó, no entiendo por qué hice lo que hice.
—Pero lo hiciste... —El gemelo asintió con suavidad. —Oh, Kanon…
Shion se sintió como un hombre sin respuestas. Conocía a Kanon, o al menos creía conocerle lo suficiente, como para pensar que el arrepentimiento en sus ojos y en su voz era genuino. Pero también sabía que cada acción representaba una consecuencia y, sin importar las excusas, las responsabilidades debían aceptarse. En el caso de su Santo, las consecuencias arrastraban a inocentes consigo.
—¿Qué se supone qué…?—murmuró el Santo—. ¿Qué debo hacer?
—¿Entiendes que lo que has hecho es inexcusable? La mujer pudo haber sido el demonio personificado pero no daba derecho a qué…
—¡Lo sé, Shion! Lo creas o no, no he tenido un solo día de paz desde que sucedió. —Se revolvió el cabello. —Lo que hice siempre estará sobre mi conciencia. Pero, ¿qué pasará ahora?
—Ella está aquí. Tus hermanos la han rescatado de Troya y, aunque no sé mucho de ello, me parece que el costo ha sido alto. —Shion bajó la cabeza. El recuerdo de Shaka le golpeó, nublando su mirada rosácea. —Si han arriesgado tanto es porque saben que el crío en su vientre es tuyo.
—Saga y los otros no lo sabían.
—Ahora lo saben y habrá explicaciones que dar, Kanon. Y la criatura… Dioses, esto no estaba en los planes. —Se llevó las manos al rostro, pensando en los cientos de escenarios en los que todo salía mal.
—La muerte de Bemus, la muerte de Shaka… Todo ha sido mi culpa…
—¿Hace cuánto tiempo que sabías de esto?
—Mucho. Yo… —Se aclaró la garganta y aquella muestra de debilidad rompió algo en el interior de Shion. —Temía que algo así sucediera, así que pedí a la princesa troyana que la mantuviera bajo vigilancia. Ella me mandó un mensaje a través de Aretha.
—¿Por qué no dijiste nada?
—¡¿Cómo podría?! ¡¿Qué es lo que iba a decirles?!—exclamó, furioso. Su rabia era contra nadie más que él mismo. —¡No había forma de explicar o de que comprendieran lo que sucedió!
—Kanon, creo que ha quedado claro que esconder la verdad tampoco era la respuesta a tus problemas. Hijo… —Shion se puso de pie y caminó hacia el peliazul. Posó su mano sobre sus hombros en un intento de traerle un poco de calma. —Esto no era algo que hubieses podido ocultar para siempre.
—Si vas a decirme que todo hubiera sido distinto si…
—No, no. No "hubieras". No tienen sentido, ni son útiles. Por ahora creo que no queda mucho más que hacer. Hipólita está aquí y, por mucho o poco que pudiera gustarnos la idea, debemos cuidar de ella. La criatura es prioridad.
—Por los dioses, Shion…
Escapó del escape del Patriarca y rehuyó hacia un rincón de la habitación.
Kanon se llevó las manos al rostro. ¿Qué iba a hacer él con una criatura? ¿Cuál era el destino que le esperaba al crío? Porque Kanon, por mucho que lo pensara, jamás se vería como un padre. Carecía de ese espíritu protector, de esa cercanía que la sangre creaba. El niño era, y sería, el recordatorio de un terrible error. ¿Cómo podría llegar a quererlo?
—Esto es un enorme error…
—No hay que pensar más en eso. El camino apunta hacia adelante, Kanon.
—Shion… Adelante no hay redención para mí.
—Tal vez no la hay, Kanon. Pero ahí está el futuro. —Le palmeó el hombro y le dedicó una sonrisa, de aquellas que transmitían paz.
El gemelo agachó el rostro mientras las palabras de Shion rondaban en su cabeza. Quería creer que el tiempo mejoraría su predicamento, deseaba que la pesadilla pudiera traer una milagro consigo. Después de todo, tras la tormenta el arcoiris se impone, ¿acaso podría suceder lo mismo con su vida?
Sin embargo, sabía que no podía exigir nada al destino. Ya una vez había actuado movido por el odio y la maldad, y aunque desde entonces había hecho todo lo humanamente posible para lavar sus pecados, pero nunca parecía suficiente.
¿Cómo pedirle a la vida por algo bueno, cuando todo su pasado estaba lleno de oscuridad?
—¿Dónde está Hipólita?—preguntó.
—La hemos instalado en una de las habitaciones superiores. Por mucho que haya sido enemiga en el pasado, el niño en su vientre es tuyo y, por eso mismo, Athena y todos los protegeremos tanto como sea posible.
—Ella tampoco quiere esto. —Shion guardó silencio, otorgándole la razón. Kanon dejó escapar el aliento. —Quizás debería verla y… hablar.
—¿Ella? ¿Hipólita? —Kanon asintió. —¿Estás seguro de esto?
—No estoy seguro de nada, Shion.
El lemuriano no pudo negarle la razón. Las decisiones que Kanon tendría que tomar de aquel punto en adelante, no serían fáciles, y quizás tampoco serían certeras. Pero eran suyas y de nadie más. Shion tampoco podía negarle eso.
-Continuará…-
NdA: Los capítulos de transición resultan particularmente difícil, pues suelen ser tediosos, pero necesarios. Éste ha quedado un pelín largo. Sin embargo, creo que sienta las bases para muchas cosas que están por venir.
No sé que más decir. Han sido un par de años muy muy muy malos para mí, que tampoco pintan para mejor. Pero, como alguna vez comenté, este fic continúa porque continúa. Y me mantengo en eso. Estoy esforzándome también con mis demás historias, por lo que esperó tener buenas noticias pronto. Pero por ahora, aquí estamos.
A todas las personitas que han continuado al pendiente de esta historia tengo mucho que agradecerles. Gracias por su interés, gracias por acordarse de mí.
A quienes han comentado en el capítulo anterior: belen26, Artemiss90, Radamanthy'sQueen, Safo de Lesbos, Kaito Hatake Uchiha, Denise, La Dama de las Estrellas, Altariel de Valinor, Missa, PauSchultz, Mariana Elias, Kennardaillard, AlexLeon23, Guest1, Yunnet, Loreley, saintialove, Silver Hatake, k2008sempai, potha12, Art1sta, Blackstar1503, Carola-Gigi, Eville de Capricornio, YukkiScorpis, Mitesha2, Enirehtak de esmeralda, Guest y Meiyami, ¡mil gracias por cada palabra!
Prometo que en los próximos días estaré respondiendo cada uno de sus comentarios y postearé en mi profile los replies para los reviews anónimos.
De nuevo, mil gracias por todo (especialmente por su paciencia).
Sunrise Spirit
PD. ¡Casi 1,600 reviews! ¡Esto es impresionante!
