NdA: Hello, it's me. I was wondering if after all these years you'd like to read...

Capítulo 73

Secretos que viven y que mueren

Había cambiado tanto que apenas la reconocía.

La mujer fuerte, arrogante y distinguida que Kanon recordaba ya no existía. La Amazona dentro de ella estaba muerta y ahora, era un fantasma quien ocupaba su cuerpo. Solo la ira en su mirada traicionaba a su presente, trayendo de regreso esbozos de lo que fue su pasado. La amargura se reflejaba en sus pupilas, alimentada por el dolor que carcomía a su alma moribunda.

Kanon perdió el aliento cuando la vio. De la boca de Shion, sabía que Hipólita no estaba bien. Sin embargo, constatar con sus propios ojos la realidad resultaba muy distinto a lo que las palabras pudieran haber dibujado en su mente. Presenciar el modo en que su cuerpo se había agotado, creaba un vacío en el estómago del gemelo. Su decadencia dolía, por muy merecida que fuese. Kanon odiaba todo lo que ella era y representaba, y entendía que cada crimen traía consigo una penitencia. Pero saber que él había contribuído en un modo tan vil a su desgracia, le asqueaba. No sólo por la mujer, sino por él mismo.

—Lo siento, pero es mejor que no estés aquí. —Tarsila le salió al paso y evitó que continuase su camino.

Kanon se detuvo. No lo hizo por respeto a la petición de la vieja, sino porque sus propias piernas le traicionaban. Miró a Tarsila y ella a él.

Shion había instalado a ambas en una de las habitaciones interiores del templo. Sus aposentos eran amplios y cómodos, muy diferentes a cualquiera de las prisiones en las que Hipólita había vivido durante su estadía en Troya. No había lujos excesivos, pero tampoco carencias. Había comida suficiente para ambas y las teas brindaban una calidez que se agradecía en esas épocas del año. Se les había asignado a un par de siervas que se encargaban de procurar ayuda a Tarsila para lidiar con la mujer encinta y mantenían la habitación limpia y cómoda para las extranjeras.

Sin embargo, a nadie engañaban: seguía siendo una prisión. Sin importar las comodidades, no dejaba de ser una jaula de oro para una ave valiosa. Encerrada en el corazón del templo, había siempre ojos sobre la Amazona, vigilando cada respiro que daba.

Llegar hasta ahí había sido una hazaña para Kanon, un vaivén de emociones. No había un rincón del trayecto que no estuviese vigilado.

Néstor había dispuesto guardias adicionales en los pasillos. Enfundados en sus corazas de bronce, con las grebas ribeteadas en plata y la cimera de rojo escarlata, con lanzas en mano y tres espadas cortas en el cinto, un par de decenas de guardias reales flanqueaban ambos lados del pasadizo que lleva a sus aposentos. Una prisionera de la categoría de Hipólita merecía semejantes precauciones. Un error podía condenarlos a todos. Y, para Kanon, tantos ojos a su alrededor lo enloquecían. Se sentía observado… Se sentía juzgado. Su paranoia le estaba ganando la partida y cuando eso sucedía, las historias nunca terminaban bien.

—No estoy aquí para causar problemas —respondió a la anciana curandera.

—Tampoco haces ningún bien con tu presencia.

—Solo unas pocas palabras.

—Ella no habla. —Hipólita se había encerrado en su propia cabeza. Solo sus ojos marrones acusaban el odio que habitaba en su interior.

—Yo quería...

—Suplicaba porque estuvieses muerto. —Las palabras brotaron lastimosamente de la garganta de Hipólita. Su voz era áspera y su tono exudaba rencor. Su mirada destellaba con ira. Su cuerpo, sin embargo, no se movió un solo centímetro.

Su súbita reacción sorprendió a Tarsila. Desde la última discusión con Máscara Mortal, los labios de la Amazona habían permanecido sellados. Ni una sola palabra, ni un sonido, ni un quejido, habían abandonado su garganta. Era como si su mente hubiera volado muy lejos de su cuerpo.

Pero ahora, con Kanon ahí, la situación cambiaba. Algo en ella había despertado. No se trataba de nada bueno, eso también era verdad. Quizás más odio. Más rabia. Más dolor.

—Me temo que los dioses no te han concedido este favor —respondió Kanon. Con pasos dubitativos se acercó a ella.

Quieta como una estatua, Hipólita lo vio aproximarse.

Le habían preparado un mullido lecho en el centro de la habitación, con cojines rellenos de plumas de ganso y tapizados en la más suave de las lanas, para brindarle calor. También cambiaron sus ropas, raídas y sucias, por una túnica blanca de tela ligera, que marcaba sutilmente su vientre abultado.

El cabello le había crecido un poco, pero aún distaba mucho de la larga melena castaña con la que Kanon la había conocido. La piel de sus brazos estaba manchada con marcas marrones, resultado de las picaduras de pulgas y piojos en las prisiones de Troya. A pesar de su edad, Kanon podría jurar que había envejecido. Las arrugas en su entrecejo delataban la inconformidad con su vida, y sus ojos estaban enmarcados en manchas oscuras, producto del insomnio que la aquejaba.

Por mucho que le doliese, el gemelo se esforzó por no compadecerla. Su cuerpo podía estar consumido, pero su mirada delataba que dentro de ella, la Amazona implacable sobrevivía en espera de su venganza.

—Jamás le pedí nada a los dioses. Ellos me abandonaron hace mucho.

—Entiendo de lo que hablas. —Los dioses tampoco habían sido buenos con él y con sus hermanos.

—No necesito de tu simpatía. No necesito nada de ti…

—Lo que sucedió el día que Temiscira cayó —terció—, ha sido mi más grande error —declaró él. Un suspiró se le escapó, pensando en todas las veces en las que había errado el camino. Su vida entera era una serie de equivocaciones.

—¿Ahora te compadeces de mí? —Los labios de Hipólita se curvaron en una sonrisa irónica.

—Fuiste mi enemiga… Lo eres todavía. Tus acciones fueron detestables. Tus caprichos costaron la vida de uno de mis hermanos… De dos de mis hermanos. —Se corrigió—. Heriste a mucha gente, solo por el placer de hacerlo. Eres una mujer maldecida por el odio, que aún en éstas terribles circunstancias, es demasiado orgullosa para entender lo mucho que se ha equivocado. Por eso, jamás me compadecería de ti. Nunca. Cada día que vivas en dolor y agonía será algo que merezcas. Lo que me carcome por dentro, es que hayan sido mis acciones, que haya sido un vil momento de estupidez, lo que contribuye de esta manera a tu decadencia. —Los labios de la Amazona se apretaron con cada palabra del gemelo. Sus ojos ardían en furia. —Te detesto y, sin embargo, jamás habría deseado hacerte daño del modo en que lo hice. Ahora llevas dentro de ti a un niño creado a través del odio; una criatura inocente, que nacerá con una maldición sobre su cabeza.

Tarsila miró de uno al otro, siempre en silencio. Agachó la mirada y enredó nerviosamente sus dedos, desgastados por la artritis, asintiendo pesarosante ante la confesión del gemelo.

—Entonces, ¿tú también entiendes que la criatura solo traerá pesar y desgracia?—siseó la reina. Quizás era su oportunidad. Quizás había hallado a un cómplice que podría terminar con toda su miseria.

Kanon guardó silencio. Apretó los labios considerando detenidamente su respuesta. Miró de soslayo hacia Tarsila y compartió el pesar en su mirada.

—No… No—respondió—. Lo que entiendo es que la maldición no es el niño. Somos nosotros: tú y yo. Nosotros somos la maldición que él tendrá que cargar.

—¡Este niño no debe nacer! —exclamó ella. Pero Kanon ya no escuchó sus quejas. Giró, dándole la espalda, y se dispuso a salir lo más pronto posible de ahí.

Tarsila le obsequió una ligera reverencia en su camino hacia afuera, para después regresar su atención a la Amazona. La vieja curandera suspiró, a sabiendas de que su deber era difícil y que ningún final feliz llegaría a esa historia.

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Las conversaciones surgían en susurros. Habían una tensión en el aire difícil de digerir. La alegría del reencuentro, aunque palpable, se manifestaba modestamente. Se hablaba de las anécdotas del viaje; de las historias amables. Habían preguntas que demostraban interés y respuestas que satisfacían la curiosidad. Algunas historias eran jocosas, otras llevaban sufrimiento. El dolor estaba presente, pero los esfuerzos para disfrazarlo eran arduos. Ya llegaría el momento de enfrentarle y de llorar una vez más por ello… Una última vez.

De alguna forma, Kozma y Asterión se habían convertido en el centro de la conversación. Sus mejores momentos, azuzados por la inocencia de sus años, se compartían y traían algo de optimismo, más allá del triste origen de los relatos.

El gran ausente era Kanon. No se había presentado a la cena y, a juzgar por la nerviosa reacción de Shion ante la seriedad de Athena, su ausencia no estaba planeada ni justificada.

De pronto, la plática oculta entre murmullos se vio interrumpida cuando la diosa, a la cabecera de la mesa, se aclaró la garganta. Bebió un trago de vino de su copa y la asentó con suavidad sobre la mesa para después fijar su atención en ellos. La seriedad en su rostro se vio sustituida por una sonrisa a medias. Las emociones detrás de aquella mueca eran difíciles de dictaminar.

—Agradezco a Niké por bendecirles con sus gracias y traerles de regreso a casa. A ella debemos la victoria. —Levantó su copa. Ellos la imitaron. —Y pido misericordia por las almas de aquellos que nos han dejado. Que sus espíritus vivan en la libertad y belleza de los Eliseos.

—Que así sea...—murmuró Shion.

Un silencio pesado y cargado de luto se apoderó del ambiente. La despedida se vivía de nuevo, a pesar de que nadie estaba dispuesto a dejar ir a quienes ya se habían marchado. Era pronto, y las ausencias pesaban. Las sillas vacías eran el recordatorio de quienes no volverían.

—No deseo presionar, pero me parece que tenemos mucho de qué hablar —reiteró Dohko.

—Mucho… Y ya que estamos en ello, ¿alguien ha visto a Kanon?—cuestionó Milo. Sabía que estaba poniendo en palabras la pregunta que todos tenían en la cabeza. De alguna forma, todas las miradas buscaron a Saga. Fastidiado, el gemelo bufó. Que fuesen hermanos de sangre no significaba que él debería conocer cada movimiento de su gemelo.

—Desde que ustedes llegaron apenas le he visto.

—¿Deberíamos enviar a alguien por él? —cuestionó Athena. Sin embargo, en ese momento la puerta se abrió y Kanon entró por ella, con rumbo al salón.

—No es necesario. Estoy aquí.

—Bienvenido. —Excepto que él no se sentía así. Ser el foco de atención lo estaba mareando, y su estómago comenzaba a resentir la tensión que las explicaciones traían consigo.

Se sentó en la silla vacía, destinada para él. Las doncellas del templo se acercaron para servirle, pero él rechazó la mayor parte de la comida. Apenas tomó un panecillo de avena rebozado en miel y un poco del vino especiado, que esa noche se servía tibio para aliviar el frío y aplacar a los nervios.

Athena dedicó algunas palabras más, exaltando su regreso y honrando a aquellos que habían caído en el camino. Shion habló después, resumiendo brevemente los acontecimientos que conocía de cada parte del viaje. Todos escuchaban, menos Kanon. En otro momento, las andanzas de los demás pudieron haber sido de interés para el gemelo, pero no esa noche. Esa noche, él tenía sus propios líos en la mente, y tarde o temprano, le tocaría compartirlos con el resto. Eso era lo que más le atemorizaba.

—A mi me gustaría entender lo más obvio —dijo Saga, cuando las explicaciones de la diosa y el Patriarca llegaron a su fin—. Quisiera saber como hemos terminado con una Reina Amazona, que dicen, está esperando un crío de uno de nosotros. —Sus ojos buscaron a Kanon, acusadores. El menor de los peliazules apretó los dientes.

—Eso estaría bien, porque no creo que ninguno de nosotros lo entienda por completo. Es decir, todo lo que sabemos es que Aretha apareció y dijo que teníamos que salvar a Hipólita de las garras de Troya porque… —Aioria se revolvió los rizos dorados con nerviosismo. —¿Un bebé, Kanon? ¿Cómo demonios pasó eso? ¡Es decir! ¿Por qué? —Se apresuró a aclarar, porque desde su lado de la mesa podía ver la sonrisa socarrona de Milo, quien estaba más que dispuesto a explicarle cómo se hacían los bebés, si era necesario. Milo era una de esas criaturas extrañas, que aún dentro de la seriedad más absoluta encontraban un modo de sacar a relucir su humor retorcido.

—No puedo justificar lo que pasó. Simplemente sucedió, justo en el momento en que Temiscira cayó.

—Sabíamos que ella buscaba un heredero para el reino amazónico, pero no se ve muy contenta de tener uno… —acotó Milo. Escondida entre sus palabras había una pregunta terriblemente incómoda.

—No lo está. No es algo que ella quisiera que pasara…. —Agachó la mirada.

Hubo un silencio tenso, que se sintió eterno. Nadie dijo nada, ni nadie quería hacerlo. Para un hombre como Kanon, orgulloso y poderoso, aquel gesto de rendición era el punto más bajo que pudiese tocar. No había más.

Athena agachó el rostro y apuró un trago de vino. Decidió permanecer en silencio, porque Kanon comenzaba a abrirse y sabía que cualquiera de sus palabras podría representar un duro juicio visto a través de sus ojos.

—Dioses, Kanon… —Shion estaba a punto de hablar cuando Milo le arrebató la palabra. De todos, Milo era quizás el más cercano a Kanon y, quien de especial manera, más le admiraba.

—Ya dijiste lo que sucedió. Sé que no quieres hablar de por qué pasó. No me gusta, pero lo entiendo. Ahora, lo que me gustaría comprender es, ¿por qué no dijiste nada? Somos hermanos y no importa lo que pase, deberías confiar en nosotros.

—No es tan simple, especialmente cuando cometes un error de esta magnitud.

—¡Es que es especialmente entonces cuando debes buscarnos! —Milo arremetió. —Todos cometemos errores, Kanon, y a estas alturas creo que ya deberíamos de saber que el verdadero error no es equivocarnos. El verdadero error es tratar de lidiar con esos errores solos. ¡Por los dioses! —Levantó las manos en el aire y miró a todos sus compañeros. —¿Por qué seguimos sin entender eso? —Nadie le respondió. El escorpión sabía que la falta de respuesta no era porque no le escuchasen, sino porque no había excusas válidas con las cuales replicarle. Ofuscado, se enderezó en su asiento y cruzó los brazos a la altura del pecho. En tan solo un instante, la rabia de sus ojos azules mutó a una profunda tristeza, tan inusual en él que estremeció a más de a uno de los que ahí estaban. —Lo peor de todo, es que esta falta de confianza está costando vidas. —Suspiró. —No soy ingenuo: Siempre he sabido muy bien que nuestra misión tendría un precio muy alto, pero… Este no era el modo de perder a Shaka. Es decir, a Afrodita lo perdimos a causa de una maldita misión. A Shaka lo perdimos porque no estábamos preparados para lo que se venía. Esa maldita mujer nos ha costado a dos hermanos ya. A tres, si dejas que su oscuridad te arrastre, Kanon.

—No creo que entiendas lo que se siente estar aquí, enfrentándoles... Sabiendo que nunca podré darles una respuesta.

—Pues yo no creo que entiendas lo que se siente ver a mi hermano ahí, sintiéndose tan solo y atemorizado, que ni siquiera es capaz de confiar en nosotros. ¿Hace cuánto sabías de esto? —El cuestionamiento forzó el silencio de Kanon. Apretó sutilmente los dientes y agachó el rostro.

—Lo sospechaba desde que dejamos Troya, la primera vez…

—¿Y todo este tiempo has mantenido el secreto oculto? —Los ojos de Milo se abrieron de par en par. No fueron los únicos. Incluso Athena dejó escapar un suspiro, lleno de consternación.

—Al principio no estaba seguro de lo que sucedía y después… Después fue imposible encontrar el modo o el momento para decirles. Las complicaciones solo lo hicieron peor. —Hizo una pausa en la que trató de ordenar sus ideas. Sin embargo, en el momento en que levantó la mirada y se encontró con los ojos de compañeros, Patriarca y diosa, las palabras correctas se le escaparon. —Estaba avergonzado de lo que había hecho.

—Por los dioses… —Que a Camus se le escapara aquella expresión, dejó en claro lo grave de la situación.

—¿Qué pasará con el niño y con la Amazona? —Ángelo preguntó. Su cuestionamiento rompió el ritmo de la conversación y la llevó hacia terrenos de acción. —Creo que todos ya sabemos lo que sucedió y, aunque estoy seguro de que a ninguno de nosotros nos agrada, no podemos cambiar el pasado. Quizás es momento de preguntarnos qué nos queda por delante. ¿Cuál es el plan para el niño, o niña?—volvió a preguntar, aunque en esa ocasión, su mirada confrontó directamente a la de la diosa.

A la suya, siguieron las miradas de los demás Santos, incluída la de Shion. Aquella reacción no resultaba inesperada para ella. Como máxima autoridad de la Orden, no le sorprendía que se esperase la respuesta final de sus labios. Excepto, que ella no estaba dispuesta a darla.

Meditó sus palabras por unos segundos más, bajo el escrutinio de sus santos. Notó que su copa de vino se había vaciado, pero no ordenó a sus sirvientes que la llenasen de nuevo. En vez de eso, la apartó. El sonido del metal dorado rechinando contra la mesa de madera retumbó en el silencio del salón. Entonces, cuando el silencio parecía haberse restaurado, ella empezó a hablar.

—Entiendo que la expectativa es que dicha decisión sean mía, pero temo mucho que están equivocados —dijo, generando sorpresa en cada uno de los hombres frente a ella—. Cómo diosa y considerando a Hipólita una enemiga mía y de mis Santos, estoy dispuesta a hacerme responsable de su destino. Pero el niño dentro de ella tiene un padre, quien es un hombre libre de acuerdo a las leyes atenienses, por lo que recae en él la responsabilidad de decidir acerca de su destino. —Sus ojos grises hicieron centro en Kanon y pudo notar como el peliazul retuvo la respiración. —Esto es, suponiendo que desees ser un padre para la criatura, Kanon.

Sus palabras fueron un golpe seco para el gemelo, quien como en pocas ocasiones, perdió el habla. Desde el día en que empezó a sospechar acerca de la preñez de Hipólita, había tenido muchas preguntas acerca del futuro. Pero en ninguna ocasión, ni una sola, se atrevió a preguntarse directamente si sus intenciones eran las de convertirse en padre de ese crío. No hablaba solo de una paternidad biológica, sino de una paternidad emocional.

Su desconcierto se sintió con tanta fuerza, que descolocó a más de uno. Fue tal la tensión que la mismísima Athena tuvo que salir de nuevo a su ayuda, esforzándose por ser más empática con su Santo.

—Tal vez me he expresado mal, Kanon. Mi pregunta no tenía como finalidad una respuesta inmediata de tu parte. Todavía queda tiempo antes del alumbramiento, y hasta entonces, Hipólita y el crío estarán bajo mi cuidado. Pero quisiera que tomaras esta oportunidad para meditar acerca de tus deseos respecto al niño.

—Entiendo.

—Sé que lo haces, por eso quisiera recordarte lo que Milo ha expuesto antes: no estás solo. Tienes a muchas personas a tu alrededor que te apreciamos y quisiéramos ayudarte. Estoy segura de que cualquiera de nosotros estaría honrado de tener tu confianza en este tema.

Kanon estaba seguro de que era así. Sin embargo, todavía se sentía incómodo cuando se trataba de enfrentar a sus hermanos en todo lo relacionado con ese tema. No dudaba que ellos le tenderían la mano con gusto.

¡Y ni hablar del hecho de convertirse en padre de una criatura! ¿Cómo iba él, incapaz de mostrar aprecio por nadie, a convertirse en un hombre digno de criar a un niño o niña?

Había muchos de ellos infinitamente más calificados para la crianza que él. Ahí estaban Camus o Mu, quiénes desde muy jóvenes se habían hecho cargo de niños que —le gustasen a Kanon o no— habían resultado bastante bien. Dohko y Shion también eran un modelo difícil de imitar y casi imposible de superar. Incluso Aioria, con su extraña relación de hermano mayor con Seiya, parecía más calificado que él.

Un punzante dolor hizo eco en su cabeza. Sentía que el mundo le caía encima, pedazo a pedazo. Nunca antes se sintió más inútil y pequeño que en aquel momento.

—Entonces, ¿podemos confiar en que te acercarás a nosotros?—cuestionó Aldebarán. Torpemente, Kanon asintió. —Eso está bien.

—Y todo lo dicho no aplica a Kanon solamente. —Milo habló y muchas miradas curiosas le observaron. El pelizul se sobó la nariz con desparpajo. El frío de la noche aumentaba y la punta de la nariz se le congelaba. —Por lo que sé, a alguien también le dio por jugar al super agente solo en la otra misión. —Echó una mirada severa a Aioros. Este torció la boca.

Shion y Dohko le dirigieron una mirada que dijo todo por ellos. Aioros entendió eso y supo que el momento de contar sus hallazgos no estaba lejano. De pronto se sintió nervioso, y pensó que tal vez Kanon se habría sentido así, aunque de un modo mucho más oscuro.

—Sí, estás en lo cierto. —Se aclaró la garganta. —Las cosas no fueron bien en nuestra misión. Se complicó más de lo esperado… Yo la compliqué más de lo esperado. Pero hay un motivo para eso.

—¿Cuál es ese motivo? —cuestionó Camus.

Aioros rebuscó en sus bolsillos y encontró el trozo de Oricalco. La piedra, con lo pequeña que era, le hacía latir el corazón con violencia. Pensó por un segundo lo que estaba a punto de hacer. Después de aquello no habría retorno. Suspiró y dejó que las cosas pasaran. Los secretos se acababan esa noche.

—Por esto —dijo, dejando el trozo de metal sobre la mesa—. Esto lo cambió todo.

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Aquel trozo de metal había pasado de mano en mano, generando incertidumbre y preocupación. La historia de Aioros había resonado como melodía de fondo, detallando cada detalle de lo ocurrido para que terminase en sus manos, así como de la conversación con Athena, Shion y Dohko. Por supuesto, Aioros se había guardado para sí la verdad sobre el asesinato de Minos. Tampoco era necesario: lo que había pasado quedaba a la vista con tan solo pensarlo un poco. Únicamente Saga le había mirado de un modo tan acusador, que Aioros hubiera jurado que le increpaba al respecto. Pero lo había ignorado y continuado con lo que verdaderamente importaba.

Nada ni nadie interrumpió su historia. La atención recaía por completo en el Oricalco. Era evidente que la gravedad del incidente iba más allá de la muerte de un rey caído en desgracia. Solo bastaba ver las expresiones que se habían apoderado de los rostros de Shion y de Athena para comprender la severidad del caso.

—¿Estamos seguros de que el Oricalco está siendo utilizado para crear escamas?—cuestionó Mu. Sus dedos sujetaron ese ínfimo trozo de material y de pronto, recordó lo mucho que extrañaba su trabajo con las armaduras: el golpeteo de sus herramientas sobre el metal, la manera en la que las piezas tomaban forma en sus manos, el polvo de estrellas inundando el taller…

—No estamos seguros más que del hecho de que el Oricalco como tal, existe. Lo que Poseidón planea con él, es un misterio. Sin embargo…

—Sin embargo, no podemos deternos a pensar que no hará nada. —Shion interrumpió a Aioros. —Milo ha dicho antes que hemos perdido a Shaka por no estar prevenidos ante una situación inesperada, y tiene razón. Prefiero pecar de paranoico, a pecar de confiado.

—¿Qué es lo que pretendes hacer? ¿Viajar a Atlantis en busca de respuestas? Si Poseidón realmente está planeando algo, no va a dártelas.

—Oh, eso lo tengo claro, Saga.

—¿Entonces?

—Entonces habrá que pensar en una estrategia. Estar preparados, independientemente de lo que suceda.

Kanon, quien hasta entonces había guardado silencio, chasqueó la lengua. Suspiró al levantarse de su asiento y caminó hacia donde el viejo y Aioros estaban. Entonces, tendió la mano.

—¿Puedo verlo? —Shion se lo entregó y éste lo exploró con cuidado. Lo pasó entre sus dedos con suavidad, sintiendo la textura del Oricalco y su peso. Después, hizo su cosmos tintinear y, para sorpresa de todos, éste reaccionó ante su energía.

—¿Qué ha sido eso? —cuestionó Ángelo.

—Le guste o no a Poseidón, sigo siendo uno de sus elegidos. Esto significa que si el Oricalco ha sido alimentando por su cosmos, reaccionará ante el mío, de la misma forma en que Niké podría reaccionar al de ustedes.

—Eso significa… —Mu arrugó el ceño.

—Este Oricalco ha sido trabajado por alguien. ¿Lo han usado para crear armaduras? No lo sé. Pero ya no es simple metal. Shion tiene razón al decir que necesitamos prepararnos. Lo mismo no es nada, pero si resulta ser algo y no estamos listos… —Se encogió de hombros. Ya Shion había explicado las consecuencias de un error más.

Desde su asiento, Athena soltó su gruñido. Estaba tan furiosa como dolida. Se suponía que Poseidón era su aliado, que existía entre ambos cierta confianza. Pero quedaba claro que en el Olimpo no existía tal cosa como la lealtad. Al final, ella tenía que entender que estaba sola, y que cada mano amiga que se le tendiera, tendría sus propios intereses que defender.

Entendía también de dónde provenían los recelos del dios de los mares, y sabía lo que alimentaba a su paranoia. Eran las urnas… Las malditas urnas.

—Por el momento, lo mejor que podemos hacer es apurar las misiones —sentenció, tras unos segundos de silencio—. Mientras más larga sea su estancia en esta era, más expuestos estarán a la furia de los dioses. —Y también eran más vulnerables—. Todavía tenemos tres misiones por delante.

—El tiempo se vuelve pieza crucial en este viaje, chicos. Necesitamos terminar con las misiones tan pronto sea posible.

—Tomarán el tiempo suficiente para descansar. Después partirán hacia Elis, para encontrarse con el rey Auriga; mis mensajeros han salido por anticipado para avisarle de su presencia. Cuando su misión ahí sea finalizada, continuarán el camino hasta Eriteia.

—Eriteia… —Mu se tomó unos segundos de reflexión—. Es el punto más al occidente del continente.

—Cerca del estrecho que une al Gran Mar con el océano que guía hasta el fin del mundo —complementó Athena—. Será un viaje largo, que preferiría que hicieran juntos.

Y vaya que le gustaba poco la idea de verlos marcharse de nuevo, pero no había más opción para ninguno de ellos. Ella tendría que mover sus propias piezas para mantenerlos a salvo tanto como pudiese.

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Sabía que las noticias correrían por todo el Gran Mar en un abrir y cerrar de ojos. Después de todo, incluso en tiempos de guerra, la caída de un rey hacía eco en los pueblos más lejanos de la región. Tampoco se trataba de un rey cualquiera. El soberano caído en desgracia, a quien Hades habría reclamado a sus dominios, no era otro que Periandro: su padre.

Mirra entendía las repercusiones de su muerte. Era de sobra consciente que a partir de ese día, Troya y Felipo serían puestos a prueba.

El primer intento de revuelta se gestaría en las entrañas de Troya. Estaría a cargo de los consejeros y de los nobles troyanos, quienes buscarían el modo de sacar provecho de la falta de experiencia de su nuevo soberano. A partir de ese punto, Felipo no podría confiar ni en su sombra, al menos hasta que encontrase a sus verdaderos aliados. Se aproximaban días difíciles para el heredero.

Si conseguía superar las intrigas políticas del reino, entonces Felipo tendría que enfrentarse a las amenazas externas al reino. No faltarían pretendientes, osados y estúpidos, que intentasen levantarse contra la ciudad para conquistarla. Sin embargo, Mirra no temía a estos últimos. Su hermano había demostrado en innumerables ocasiones que la caballería troyana, liderada por el corcel de cascos de oro, era invencible.

A pesar de los obstáculos, estaba segura de que Felipo y Troya saldrían adelante. Después de todo, Felipo era un mejor hombre que su padre… Mucho mejor.

Confiaba en que a partir de entonces, Felipo haría lo correcto. Dejaba a Troya en sus manos, porque ella ya había hecho suficiente.

De la manera menos esperaba, Mirra había detenido la guerra contra Atenas. Las naves de guerra descansaban en la bahía troyana, así como el cuerpo de Periandro había reposado en la pira antes de arder y esfumarse con el viento. Habían sido sus manos las que colocaron los dos aros de oro sobre sus ojos, como pago al barquero para llevarle al más allá. Fueron esas mismas manos, las que días atrás, vertieron en la copa real, el veneno que arrastraría al rey hacia los brazos de la muerte, y a ella, le arrebataría su hogar.

Porque ahora, Mirra ya no tenía un lugar al que llamar hogar. Al tomar la vida de su padre, también tomó la suya. Ahora estaba condenada a ser una fugitiva, a vivir con nada más que los recuerdos de lo que Troya fue para ella.

Apretó el pañuelo que cubría su ensortijada melena castaña, antes de que el viento lo arracase de su cabeza.

Perdió de nuevo la mirada en el horizonte, donde el Gran Mar y su fiereza le arrastraban hacia una nueva vida. Detrás de ella, escuchó las voces de los hombres de mar, preparando el navío para encallar en alguna de las isletas que los rodeaban. Durante la noche, Poseidón nadaba por debajo de los barcos de aquellos mortales que se atrevían a retar su furia y los hacía naufragar. En la playa estarían seguros.

—¿Cuánto falta para llegar a Pireo? —preguntó la princesa. El capitán del barco tardó algunos minutos en responderle.

—Cuatro o cinco amaneceres, si Poseidón lo permite.

—¿Sabrás ayudarme a llegar a Atenas?

—Conozco a alguien que puede llevarte en su carreta. No será elegante, ni cómodo, pero llegarás a tu destino. —Mirra guardó silencio. Ya no era una princesa, no tenía más derecho a exigir la vida o el trato de una.

—Mi único objetivo es llegar a Atenas. No importa el modo en que lo haga —replicó.

El hombre asintió y se retiró, de vuelta a sus labores, sin decir más. Mientras aquella misteriosa mujer pagase los aros de oro que le había prometido, el resto a él tampoco le importaba.

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—Kanon, espera.

Al escuchar su nombre, el gemelo volteó para encontrarse con Aioros, quien le seguía. Se detuvo, a pesar de que su instinto le pedía ignorarlo y seguir su camino. Suspiró haciendo acopio de paciencia. Se llevó las manos a la cabeza y enredó sus dedos en la melena azul antes de dar la vuelta para enfrentar a su perseguidor.

De todos, al que menos quería escuchar era a él.

—¿Qué quieres, arquero? No estoy de humor para…

—No deseo molestar. Solo quería hacerte una pregunta —interrumpió.

—Habla. Terminemos con esto de una vez.

Aioros contempló al gemelo por un segundo. Hubo un tiempo en que pensó conocerlo tan bien como a Saga. Pero la vida le había enseñado, del peor modo posible, lo equivocado que estaba al respecto y lo poco que sabía de Kanon.

Podía ser idéntico a Saga, tan iguales como dos gotas de agua y, a la vez, eran completamente distintos. A pesar de todo, el Kanon que tenía enfrente era diferente al tipo arrogante al que recordaba. Algo en él había cambiado. Quizás era aquel genuino arrepentimiento en sus ojos.

—¿Por qué tengo la impresión de que no nos has contado todo?

—¿Qué…?

—Hay algo en tu historia que no cuadra.

—Tengo cuidado con lo que intentas decir, arquero…

—Eh, tranquilo. —Aioros levantó las manos en un gesto de inocencia. —No es mi intención acusarte de nada. Es que… —El castaño se rascó la cabeza. —Puede que tú y yo dejásemos de ser cercanos hace años, pero lo que sucedió con Hipólita… No es algo propio de ti. Aún en tus peores momentos, jamás te he visto como un hombre capaz de violentar de ese modo a una mujer.

—Quizás no me conoces bien.

—Bien, no. Pero creo conocerte lo suficiente. —Aioros enrolló las mangas de su camisa y dejó al descubierto las cicatrices de sus brazos. —Kanon, lo que quiero decir es que, al igual que yo, creo tú fuiste engañado por el ceñidor.

El silencio de Kanon y el sutil temblor en su mirada concedieron la razón al Santo de Sagitario. Aunque no cambiaba nada, aquel giro en la historia tranquilizaba a Aioros. El acto había sido una aberración. Pero la culpa no era completamente de Kanon, por mucho que él insistiera en cargar con la culpa.

—No me mires así, arquero. No te atrevas.

—¿Así? ¿Cómo?

—Cómo si fuera un maldito ingenuo que no sabe lo que hace.

—Kanon…

—No. No hay pretextos que valgan, Aioros. —Y, cuando el gemelo le llamaba por su nombre, cualquier conversación se tornaba grave. —La influencia del ceñidor no cambia lo que hice.

—Cierto, pero muy probablemente no lo habrías hecho de no haber sido por él.

—Eso nunca vamos a saberlo —añadió el peliazul con amargura.

Giró de nuevo sobre sus pies, dispuesto a retomar su huída. Aioros sabía que no habría forma de detenerle esta vez.

Suspiró con pesar pensando en que la distancia entre ellos y Kanon volvía a crecer. Tenían demasiados problemas como para sumar más a aquella cuenta. Los líos de Kanon no podían llegar en peor momento. La inestabilidad de Saga ante el asunto de Afrodita ya los hacía vulnerables. Perder a Kanon podría condenarlos.

—Kanon… —Le llamó, sin esperar respuesta. —Atormentarte no va a cambiar nada. Hay cosas que deben quedar en el pasado para poder abrazar al futuro. Sé que ahora no lo entiendes pero, pronto habrá una criatura que dependerá de ti. —El gemelo se detuvo por un segundo, pero nunca volteó. —Tal vez no sea el modo en que debió haber sucedido, pero pasó. Lo que suceda a partir de ahora, dependerá de ti. Llora, perdónate y sigue adelante. Tal vez no sirva de mucho para ti, pero… Sé que harás lo correcto. Tengo fe en ello.

Algo en el pecho de Kanon dolió. Un nudo apretó su garganta, casi con tanta fuerza como sus puños se cerraron, y un par de lágrimas traicioneras amenazaron con desbordar en sus ojos.

Sin decir nada, asintió con suavidad antes de retomar su camino.

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Notó de inmediato que algo estaba mal. Nomás entrar en la habitación, Aioria y Ángelo habían abandonado bruscamente su conversación e intentaban, sin ningún éxito, disimular el agobio que compartían.

Aioros frunció el ceño. Miró de uno a otro sin saber qué hacer. ¿Estaba interrumpiendo algo? ¿Debía preguntar? ¿Sería mejor desaparecer? Cerró la puerta tras de sí y se detuvo a unos centímetros de ella, escrutando las facciones de los más jóvenes. Ellos lo miraron de vuelta, sin pronunciar palabra alguna.

A decir verdad, Aioros todavía no se acostumbraba a la cercana relación que había nacido entre su hermano menor y el Santo de Cáncer. Sus últimos recuerdos de Máscara Mortal antes de su muerte, lo situaban como un bravucón, cuyo pasatiempo predilecto era hacer escarnio de los más pequeños, siendo Milo y Aioria sus víctimas favoritas. Además, según le habían dicho, el reinado de Ares no hizo sino empeorar al niño, convirtiéndolo en un despiadado asesino, que se deleitaba en el sufrimiento ajeno y que era completamente ajeno a cualquier tipo de empatía.

Aún después del regreso de los Doce, y tras haber jurado su más profundo arrepentimiento, Ángelo continuaba siendo una figura controversial. Para muchos, era indigno de perdón. No fue una sorpresa para nadie cuando Milo y Aioria se opusieron a él con el más ferviente de los rechazos. Pero los ojos de Athena habían visto algo más en él, algo que le hacía merecedor de una segunda y última oportunidad. Fue así como Máscara Mortal volvió a formar parte de los Doce, fuese digno o no de semejante honor.

Oh, el mundo daba vueltas. Porque ahí estaban, Aioria y Ángelo, convertidos en confidentes. Una amistad improbable y difícil de comprender tras un pasado tan turbio.

—¿Estoy interrumpiendo?—preguntó. Los dos menearon la cabeza a la vez, en lo que fue la peor mentira grupal que Aioros había visto en su accidentada vida. —No puedo decidir cuál de los dos es el peor mentiroso.

—Sútil, arquero.

—Lo siento, Ángelo. Ahora entiendo que lo que para Aioria podría ser un halago, para ti no lo es. —Sonrió cuando el peliazul arrugó la nariz con disgusto. —Venga ya, ¿qué está pasando con ustedes? —A pesar de su insistencia, no obtuvo respuestas. Miró de uno a otro en silencio, esperando que su falta de palabras les motivase a hablar.

—No es nada, Aioros. —Aioria mentía. Aioros lo sabía.

—¿Ángelo?

—No es mi secreto para contar. —El Santo de Cáncer se levantó y caminó hasta la puerta. Apoyó la espalda en marco de la puerta y se cruzó de brazos. Con ese simple gesto, informó a Aioros de que estaba de su lado, dejando arrinconado al león.

—Gracias, Ángelo—ladró el más joven. Se sentía traicionado; Aioros lo sabía con tan sólo mirar a sus ojos.

—Ya sabes lo que pienso de todo esto.

Aioria siempre había sido un personalidad fuerte. Incluso desde niño, cuando no despegaba por más de unos pocos palmos del sueldo, su espíritu había dejado en claro el por qué era un cachorro de león. Así que, con sinceridad, Aioros no estaba sorprendido de su reacción, ni mucho menos de sus secretos. Aioria no solo era terco, sino que la vida le habían enseñado a sobrevivir solo y eso era lo que hacía.

Sonrió, con una mezcla de tristeza y resignación. Había sido él quien lo abandonó cuando era tan solo un niño, y exigirle una completa confianza ahora —siendo un adulto—, resultaba injusto

—Está bien, Aioria. —Suspiró, tratando de sonar tan convincente como pudiera—. No tienes que decirme nada, pero promete algo, ¿sí?

—¿El qué?

—Que si estás en peligro o necesitas ayudas, me buscarás. ¿Prometido?

El león tragó saliva. Ángelo, a sus espaldas, torció la boca. Si Aioros no hacía hablar a Aioria, entonces nadie podría, y para él esas eran terribles noticias. De pronto se sentía parte de un plan suicida en el que ya no deseaba participar. Una cosa era poner su vida en peligro, y otra bien diferente era ver a Aioria arriesgarse de aquel modo. Eventualmente la suerte se les terminaría y entonces, la situación les explotaría en la cara.

Máscara Mortal ni siquiera estaba seguro de que aquello no hubiese sucedido ya. Si Aioria estaba en lo cierto y las flechas que segaron las vidas de Shaka, Dymas y Bemus había sido disparadas desde el arco de Artemisa, entonces esa era una declaración de guerra en toda forma.

—Lo prometo. —Y cuando escuchó a Aioria responder, chasqueó la lengua. Su mirada se encontró con la del santo de Leo y no se molestó en ocultar su desaprobación.

Gruñó, a sabiendas de que no tenía más opción que guardar silencio y, sin decir más, se dirigió a la salida de la habitación. Pronto tendría una decisión que tomar, que seguramente terminase por explotar su relación con Aioria. Pero es que no tenía más opción. Milo tenía razón al afirmar que los secretos tenían que terminarse.

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Tendido sobre la cama, Saga era incapaz de pegar los ojos. La cama de Kanon, al lado de la suya, estaba vacía. No le sorprendía.

Su gemelo había desaparecido. Con toda seguridad, pasaría la noche rondando por los alrededores del templo, como una sombra. El palacio y sus jardines ocupaban un espacio enorme en el corazón de la ciudad, donde era fácil perderse.

No lo culpaba por querer desaparecer. Saga no estaba seguro de lo que él hubiera hecho en una situación como la que atravesaba. Probablemente hubiese reaccionado igual, o incluso peor.

Pero Saga tenía sus propios problemas en la cabeza: no podía olvidar la conversación con Aioros. Desde entonces, todo lo que veía en su cabeza era a Afrodita, atrapada en el sueño eterno de las urnas de Athena. ¿Volvería a verla alguna vez? ¿Acaso la había perdido para siempre?

No.

No la había perdido.

Se la habían arrebatado. Él le había entregado todo a Athena y ahora, su diosa le arrebataba lo único que deseaba.

—"Tienes que ayudarla" —Escuchó aquella voz susurrándole al oído. Una segunda voz se unió al ruego de la primera.

—"Ella te necesita."

—"Nosotras podemos ayudarte" —dijo una tercera.

Saga se sobó las sienes. Reconocía sus voces, sabía quienes eran. Las Gracias de Afrodita harían todo por ella. Pero, ¿podría él? Ellas no tenían nada que perder. Él podía perderlo todo. Si Aioros tenía razón…

No.

Sacudió la cabeza. Aioros no podía tener razón. Afrodita no cometería un acto de traición como aquel. Ella no lo pondría en riesgo; no cuando conocía su historia con Ares.

—No es tan sencillo… —masculló.

—"Lo es, si así lo quieres tú…"

—No, no… —bufó el gemelo.

—"Primero tenemos que encontrarla."

—Aún si la encontramos, ella está en una urna sellada.

—"Pero tus manos pueden romper el sello."

—"Eres un Protegido de Palas."

La confesión de las Gracias bastó para dejarle sin aliento. Ellas hablaban con la verdad; el destino de Afrodita estaba en sus manos. Si así lo deseaba —si conseguía encontrarla—, tenía el modo de ayudarla. La pregunta era: ¿se atrevería a hacerlo?

Liberar a Afrodita significaba una afrenta directa contra Athena. No solo sería juzgado por ella, sino también por sus hermanos… Por Shion.

—"¿Estás asustado?"

—No, no es miedo. —Era duda. Y por eso, se sentía fuera de su territorio: Saga siempre sabía qué hacer. No estaba acostumbrado a dudar de sí mismo.

—"Salvarla está en tus manos."

—"Ayúdala".

—"Encuéntrala".

—"Te necesita."

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Todos se habían retirado a dormir. Era tarde y Shion calculaba que habían transcurrido ya un par de horas después de la medianoche.

Pero para él, los eventos de los últimos días le habían espantado el sueño. Su cabeza no le daba descanso. Podía distraerse por algunos minutos, pero en unos pocos segundos, todos sus problemas volvían para apoderarse de su atención. Era por eso que prefería pasar sus noches en la biblioteca del templo, revoloteando de pergamino en pergamino, fascinado por la inagotable fuente de conocimiento a la que tenía acceso. ¡Oh, cuánto disfrutaría Arles de aquel pequeño tesoro al igual que lo hacía él!

Sin embargo, por mucho que sus ojos se negaran a cerrarse, el Patriarca sabía que necesitaba descansar. Su mente necesitaba claridad más que nunca. Sus Santos lo necesitaban entero.

Fue por eso que, tras resguardar todos los pergaminos, se retiró con rumbo a sus aposentos en busca de unas pocas horas de descanso.

Los pasillos del templo estaban vacíos. Las teas en los muros ardían, aunque el viento que se colaba por las ventanas amenazaba con apagarlas. Al danzar el fuego, figuras caprichosas se dibujaban sobre la piedra blanca. Desde lo lejos, los pasos de la Guardia retumbaban en medio del silencio de la noche. Era una noche tranquila, solo el arrullo del viento irrumpía en medio de la calma.

Arropado por aquella paz, Shion se deslizó por los corredores. El frío de la madrugada calaba los huesos y, en el horizonte, entre los nubarrones oscuros, las luces de Zeus avisaban de la tormenta.

Súbitamente, la calma se vio interrumpida cuando una sombra se movió con rapidez al final del pasillo. El intruso se escabulló, pensando que podría pasar desapercibido, pero los ojos entrenados de Shion habían sido capaces de encontrarle.

—¿Quién está ahí?—cuestionó Shion. Entrecerró los ojos y afiló la mirada.

—Solo soy yo…

De entre las sombras, surgió la figura del gemelo. Sus ojos verdes brillaron en la oscuridad y sus cabellos azules mostraban hilos rojizos, dibujados por el fuego de las teas. Enmarcadas por las sombras de las candelas, sus facciones se sentía más frías, como las de las estatuas hechas de mármol.

—¿Saga? ¿Qué haces aquí a mitad de la madrugada?

—No podía dormir y decidí salir a caminar—mintió. Sus razones eran muy distintas a las que pregonaba.

—¿A estás horas?

—Sí. ¿Hay algún problema?

—No lo sé.

Shion no era ningún tonto. Aunque Saga solía ser un hombre cuyas mentiras eran difíciles de detectar, los años del lemuriano le habían proveído de la habilidad para distinguir a un mentiroso.

Se frotó los ojos que de pronto le ardían. Estaba cansado y lo que menos deseaba era sostener un interrogatorio con Saga a esas horas de la mañana. Sabía de sobra que algo no estaba bien. Cuando se trataba de su Santo de Géminis, el silencio era peor que las palabras. Quizás la evidencia más grande de los problemas que se aproximaban, era la tirante relación entre Saga y Aioros. Cada vez que la relación alcanzaba aquellos niveles de tensión, los augurios no eran buenos.

—Vamos, acompáñame hacia mi habitación—pidió el lemuriano.

—Shion, yo…

—Sin excusas, Saga. Es tarde y no deberías deambular por aquí tú solo. Ven, camina conmigo.

Escuchó el suspiro asqueado de su Santo, pero no oyó quejas surgiendo de sus labios. Le pareció una buena señal. Con obvio disgusto, el peliazul le siguió el paso. Arrastraba los pies, como un chiquillo caprichoso que se negaba a avanzar.

Shion lo miró de soslayo. Su rostro denotaba inconformidad. Sin embargo, sus ojos verdes recorrían cada centímetro de los corredores, como si algo se ocultara en ellos.

—¿Qué sucede, hijo?

—Nada. Te he dicho que no tengo sueño.

—Ay, Saga. Sabes que te conozco mejor que eso. Hay algo que tiene tu mente revuelta. ¿Qué es? —Pero el Santo no respondió. —Entiendo, entiendo. No quieres decirme. Aunque podrías responderme algo.

—¿El qué?

—Esta conducta tuya, ¿está relacionada con tus problemas con Aioros? —Involuntariamente, una sonrisa amarga apareció en los labios del gemelo. —¿Eso es un sí?

—¿Es tan obvio? —Se sopló los flequillos.

—¿Qué ha pasado esta vez?

—Pensé que Dohko te habría contado. Aioros se puso… raro durante nuestra última aventura. Ha estado a punto de arruinarlo todo.

—Eso he escuchado. No justifico lo que hizo, pero parece que sus razones ha tenido. Quizás tomó la decisión equivocada, o la más problemática…

—Sí, sí… Parecería que nos estás dando permiso para hacer lo que querrámos, sea correcto o no. —Los lunares en el rostro de Shion se levantaron y no pudo ocultar una sonrisa de resignación.

—Sabes que las cosas no son así. Uno puede tomar las decisiones que quiera, siempre y cuando entienda que existen consecuencias, y que nunca debe uno rehuir de la decisión correcta.

—¿Las correctas para quién?

—Para el bien mayor. Siempre para el bien mayor.

Saga guardó silencio. Sus puños se habían cerrado y sus labios se apretaban uno contra otro, luchando por evitar que las réplicas se le escaparan. Era de sobre consciente que ni Aioros, ni Shion, ni nadie comprendería su relación con Afrodita.

Lo que tenía con ella era especial. Con ella no tenía razones para temer a sus secretos, ni tampoco nada que ocultar. Con Afrodita a su lado, el mundo se desdibujaba. No le importaba nada. Solo ella.

¿Era tan malo un poco de egoísmo?

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Camus adoraba a Milo con todo su corazón. Desde niños, había sido su inseparable compañero y los años solamente le habían recalcado aquello que ya sabía: para ser hermanos no se requería compartir el vientre de una madre, o la semilla de un padre.

Pero incluso entre hermanos, a veces, la distancia era de agradecer. En especial cuando la situación emocional de Milo lo superaba.

La buena noticia era que el cansancio había vencido al escorpión y a él le había dado de un poco de tiempo libre. A diferencia de Milo, se sentía incapaz de cerrar los ojos y dormir en paz. Cada vez que lo intentaba, sus pensamientos volaban de inmediato hacia el trozo de Oricalco en las manos del arquero. Mientras más se esforzaba en comprender, más se frustraba. Así que quedarse encerrado en la habitación no era una opción. Necesitaba aire fresco y un poco de calma.

Los espaciosos jardines del templo era un buen sitio para perderse. El invierno los había entristecido, pero continuaban siendo perfectos para encontrarse con la soledad y la tranquilidad requerida para meditar. Para Camus, al menos, era suficiente.

Noches como aquella le resultaban especialmente desesperantes. La cruda frialdad tampoco ayudaba demasiado. Estaba de sobra acostumbrado al frío de la tundra siberiana, y quizás era por eso, que aquella racha invernal sólo contribuía a su nostalgia. Dioses, cuánto extrañaba la blanca paz de Siberia.

—¿Te has perdido, santo? —Esa voz.

Volteó para encontrarla y entonces, sus ojos se fijaron en el agua de la fuente. La superficie se rompió con la caricia del viento y las ondas que se crearon fueron creciendo con el paso de los segundos. De pronto, el agua burbujeó, anunciando a Camus de su llegada.

El agua se levantó en un torbellino, mientras poco a poco, la figura femenina tomaba forma. Un instante más tarde, pudo verse a sí mismo reflejado en los ojos azules de la sirena.

—¿Me esperabas?

—No, lo cierto es que no. No aquí. —La sirena caminó hacia él y abandonó las aguas de la fuente—. ¿Me estás siguiendo?

—Me generas curiosidad.

Camus guardó silencio. Permaneció quieto, escudriñando cada movimiento de la mujer. Ella le representaba un enigma, porque en aquel enorme par de ojos azules y el rostro enmarcado en escamas turquesas simplemente no veía nada.

—¿Curiosidad? —cuestionó con ironía.

—Curiosidad, santo. Curiosidad. —Ella sonrió con sorna—. ¿Te molesta?

—Es incómodo saberse observado en todo momento.

—¿Te intimido?

—Llámalo como quieras. —Camus giró los ojos—. Tú sabes todo sobre mí, o dices saberlo. Pero yo no sé nada sobre ti.

—Mi nombre es Thalassa y soy una sirena. ¿Qué más necesitas saber?

—Una sirena de Poseidón… —No era una pregunta, pero ella asintió.

—Como te dije la última vez, también son tu aliada. —Inmutable, el rostro del santo se fijó en ella. Ahora no estaba seguro de que fuera así. Después de que Aioros les contara la historia del Oricalco, todo había cambiado. Como si ella leyese sus recelos, ladeó el rostro—. ¿Lo dudas?

—¿Tengo motivos?

Ésta vez, ella guardo silencio.

Levantó ligeramente una ceja y sus labios adoptaron una expresión indescifrable para el santo. Pronto, Camus volvió a sentirse inquieto. Cuando se trataba de esa mujer, estaba en ascuas permanentes. Se sentía irritado ante su incapacidad de leerla y de elucubrar lo que pasaba por su mente. ¿Qué clase de juego protagonizaba con la sirena? ¿Por qué se sentía como el ratón perseguido por el gato?

Y a la vez, se preguntaba: si la intención de Poseidón era deshacerse de ellos, ¿por qué lo había salvado? No tenía sentido. Nada lo tenía.

—Te recuerdo, santo, que salvé tu vida una vez y ahora soy responsable de ella —dijo, un rato después. Había algo en su mirada, que Camus no supo si era irritación o fastidio.

—Lo has repetido una y otra vez. Pero, ¿eso significa que debo confiar en ti?

—Seré tu aliada mientras nuestros dioses lo permitan, y haciendo gala de mi palabra, te digo lo siguiente: abre los ojos y mantente alerta, pues existen demasiadas intrigas tejiéndose alrededor de ustedes. —Y, como era usual en ella, lo tomó de la mandíbula para forzarlo a mirar directamente a sus ojos—. Presta atención a cada detalle a tu alrededor. Confía en nadie. Sospecha de todos.

Camus tragó saliva.

Pero entonces, el sonido de pasos los puso en alerta a ambos. El santo reconoció de inmediato el repicar de las sandalias de los guardias que patrullaban aquella zona. Volteó.

Sin embargo, en el instante en que apartó su mirada de la sirena, ésta se desvaneció. Su cuerpo se disolvió en agua, dejándolo solo con sus sentimientos. Confundido, apretó los puños y los dientes. ¿Estaba en medio de un juego de intrigas? ¿Qué era lo que debía creer? ¿Realmente podía confiar en Thalassa?

"Confía en nadie".

La frase le dio vueltas en las cabeza.

Mierda.

Debió haberse quedado en su habitación y no salir jamás.

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—¿Vas a algún sitio? —La pregunta la tomó por sorpresa.

Como todas las mañanas, Athena se había despertado al alba. Su rutina empezaba con el despunte del sol, normalmente en el campo de entrenamiento. Néstor era su compañero de ejercicios matutinos. Lo había sido por los últimos veinte años, desde que el título de capitán condecoró a su nombre. A la diosa le había parecido que Néstor era un hombre con talento para la espada. También poseía una mente ágil para la estrategia e instintos afilados que hacían de él un hombre difícil de vencer de batalla.

Sin embargo, en esa mañana en particular, la compañía de Nestor no había sido requerida. Los planes para ese día serían distintos. Sería un día difícil y lleno de tristeza, pero necesario para ella.

Athena se había preparado para una jornada de melancolía. Había desayunado ligero; una rebanada de pan con miel y una copa de aquella infusión de hierbas que tranquilizaba su espíritu en momentos de tribulación. Después había tomado su capa de pieles de lobo, un obsequio que Bemus le había traído desde Dardania años atrás, durante sus primeras travesías. Debajo de la gruesa capa, vestía una túnica teñida en tonos cerúleos ribeteada en hilos de plata, y había decido recogerse el cabello en una coleta, atándolo con una cinta de seda. Se enfundó las botas de cuero pulido y partió hacia los establos en busca de Melacton, para emprender la travesía.

Preparaba ella misma a su corcel cuando la voz de Shura la atrapó con la defensa en bajo. No esperaba compañía, pero en lo que se refería al español, siempre era bienvenido.

—Tengo planes para el día. Pensaba que sería buena idea comenzar temprano, pues Apolo y su carruaje cruzan el cielo con rapidez en esta época del año—respondió sin descuidar sus labores.

—¿Puedo preguntar acerca de esos planes?

—Puedes—asintió. Abandonó por un momento el trabajo de sus manos y giró en busca de la mirada del Santo. —Deseo visitar a las familias de Bemus y de Ophelos. Ambos eran hombres extraordinarios. Hombres que marcharon a una guerra que les arrebató la vida... Y que lo hicieron por mi. —Vio los ojos de Shura abrirse y notó la sorpresa en su rostro. —Mi presencia no traerá consuelo a sus familias, pues nada arrebata el dolor de perder a un ser amado. Pero al menos me aseguraré de que sepan que no sufren solos. Mi corazón también llora su pérdida.

A su corta edad, Bemus había sido uno de los hijos favoritos de Atenas. Su ciudad le alababa como un hombre bendecido por los dioses. Hijo de nobles atenienses y creador por mérito propio de una fortuna basada en el comercio, el joven parecía tenerlo todo. Quizás, pensó Athena, solo le había faltado amar.

A Ophelos le conocía de mucho tiempo atrás. Era un marinero experimentado y un hombre con una sabiduría excepcional, que la vida le había brindado. Había servido al padre de Bemus, Karan. Por casi dos décadas había navegado en su flota, antes de ser enviado a las filas del más joven, para servir de mentor y de amigo. El resto era una historia conocida por todo ateniense. Las flotillas de Bemus había inundado el Gran Mar y la riqueza había llegado a él por montones. Ella, como diosa y regente de su ciudad, los había visto triunfar con los ojos de una madre orgullosa.

Su pérdida le había roto el corazón. Aquella guerra contra los dioses había cobrado la vida de dos buenos hombres. Su final, mancillado de violencia, dolor y traición, era indigno e injusto. Ellos que habían vivido sus vidas con rectitud merecían algo mejor que el mundo terrenal no supo darles. Con seguridad los Eliseos les obsequiarían la paz que les correspondía.

Athena abandonó sus pensamientos cuando las manos de Shura se posaron con suavidad sobre sus hombros. Levantó la mirada para encontrarse con los ojos oscuros del español. Su mirada siempre se le antojaba reconfortante y profunda.

—Todos estos días han tenido que ser difíciles también para ti. Nos concentramos tanto en nuestro propio dolor que olvidamos que también es el tuyo—dijo el Santo—. Lo siento.

—No hay motivos para disculparse. Todos perdemos en esta guerra, Shura, y todos lidiamos con la pérdida de modos distintos. Además, desde ahora debes entender que soy yo quien debe ver por ustedes, y no del otro modo. Es mi deber ser fuerte para sostenerles.

—Sé que hablas como mi diosa y yo te escucho como Santo. Pero… —Shura suspiró. —Tú y yo somos más que eso. Mucho más. Así que en este momento tan difícil para ambos, permíteme estar a tu lado.

—¿Quieres venir conmigo?

—Si no hay inconveniente. —Por un momento Shura pensó que ella no aceptaría, pues su rostro se mantuvo grave y su mirada, ausente. Pero poco después, una sonrisa iluminó su rostro.

—Me encantaría. Tu compañía me infundirá fuerzas en un momento cuando realmente las necesito.

—Genial. Prepararé a Pythia y estaremos listos para marchar.

Athena sonrió mientras lo observaba preparar la montura. Era mientras lo contemplaba, mientras escuchaba el sonido de su voz, que más reparaba en lo mucho que lo extrañaba.

Cuando él volteó y sus miradas se encontraron, la sonrisa de la diosa se ensanchó. Agradeció a la fortuna porque él se atreviese a seguirla hasta ahí, pues ahora se sentía menos sola y más valiente. Sin pensarlo mucho, se acercó a él y sin palabras que pudieran resumir lo que sentía, tomó su rostro entre las manos. Lo acarició con cuidado, aprovechando la cercanía para perderse en sus ojos oscuros, y cuando ya no pudo resistirse más, lo besó.

Disfrutó algunos segundos del sabor de sus labios y del calor de su cuerpo contra el suyo, deseando secretamente jamás tener que separarse de él. Pero el tiempo apremiaba y ella tenía asuntos que liquidar en aquella mañana, así que contra todo deseo, lo dejó ir.

—Andando, santo, que el día es largo…

Se dio la vuelta para subir al lomo de Melacton, espoleando para empezar la marcha. Shura enmontó con un solo movimiento y, a toda prisa, incitó a Pythia para ir tras ella. Entonces, ambos santo y diosa abandonaron las caballerizas a todas prisa. El día sería largo.

-x-

Kozma se esforzaba por marchar al mismo paso que Milo, especialmente porque el escorpión caminaba con más prisa de la que el niño consideraba necesaria. En su andar presuroso metió el pie en un charco y su sandalia se mojó, pero sin quejarse, continuó su camino tras él.

Por fin, tras lo que se sintió como una eternidad, el peliazul se detuvo y Kozma se permitió respirar, aliviado. Se pasó la mano por la frente para limpiar las gotitas de sudor. Para ser un día de invierno, hacía calor.

—¿Llegamos? —preguntó, agitado.

—Sí, ya nos deben estar esperando… —Milo oteó el campo de entrenamiento, buscando por alguien más. Kozma arrugó el ceño y le imitó, a pesar de desconocer por quien buscaba—. ¡Ah! ¡Ahí está! —Ondeó la mano en el aire—. ¡Dohko!

—¡Eh! ¡Les estaba esperando! —El santo de Libra se acercó trotando.

—Kozma, quiero que conozcas a alguien muy importante. Él es Dohko. —Señaló al chino—. Al igual que yo es un santo y, aunque parezca joven, es mucho más viejo que cualquiera de nosotros. —El pelirrojo, entretenido ante la explicación del escorpión, rió.

—Así que tu eres Kozma. —Dohko se agachó frente a él, y le revolvió el pelo rojizo con cariño. El chico respondió con timidez

—Ajá…

—Milo me ha contado de ti. Me ha dicho que eres un mocoso valiente.

—Solo un poco.

—Kozma ha vivido muchas aventuras con nosotros durante el viaje de Dardania hasta aquí. Además, creo que tiene mucho en común contigo, Roshi.

—¿Sí?

—A Kozma le gustan esas lagartijas gigantes de Oriente. —Miró de soslayo a santo de Libra.

—¡Dragones, Milo! ¡Son dragones! —chilló el pequeño.

La emoción con la que resonó la voz del niño robó una sonrisa en ambos santos. Dohko intercambió miradas con Milo, tras comprender las intenciones del santo más joven. De un brinco se puso en pie y esbozó una mueca presuntuosa. Después, habló.

—¿Sabes, Kozma? Yo nací y crecí en las tierras de Oriente, y en más de un ocasión vi dragones surcando el cielo —explicó, mientras movía sus manos, simulando los cuerpos largos y danzante de las bestias—. Cuando era pequeño, mi maestro me enseñó a domarlos y a usarlos en la batalla…

—¿De verdad?

—Sí.

—Y, ¿podrías enseñarme?

—Mmmm… —Dohko se llevó el índice al mentón y esbozó una expresión pensativa, pero traviesa—. No sé, se requiere de mucho esfuerzo… —Miró de soslayo a Kozma.

El chiquillo abrió los labios, dispuesto a replicar. Sin embargo, decidió callar, arrugando el ceño. Algo en sus ojos brilló y, por un instante, Dohko se sintió orgulloso del pequeño.

Por alguna razón, la mirada decidida del niño le recordó a las decenas de pequeños aprendices que había conocido durante su vida. Existía cierto tipo de valor que no podía enseñarse ni aprenderse. Era eso lo que distinguía a los santos de los aspirantes, y era precisamente eso lo que veía en la expresión determinada de Kozma.

—¿Qué tengo que hacer para que me enseñes? —preguntó, con una decisión que sorprendió al viejo maestro. Milo levantó las cejas y rompió en carcajadas.

—¡Te dije que era un niño valiente!

—¡Lo es! —El chino lo imitó y rió—. Verás, Kozma, ya que estás tan interesado, tendrás que pasar una primera prueba.

—¿Una prueba? —Dohko asintió—. ¿De qué se trata? —Mientras escuchaba hablar al pequeño, Milo llevó su mirada hacia el antiguo maestro. Dibujó una sonrisa discreta, y secretamente se sintió emocionado y ansioso por escuchar su respuesta.

—Es una prueba de valor, Kozma. Debes mirar al dragón a los ojos y no asustarte —sentenció Dohko.

Se aseguró de mirar directo a los ojos esmeralda del niño, buscando por cualquier tipo de reacción, y se sorprendió gratamente cuando todo lo único que halló fue una voluntad de hierro. Milo no se había equivocado: aquel pequeño de verdad era una joya.

—Quiero verlo. Muéstrame.

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Ícaro se asomó a la baranda del observatorio.

Desde aquella estructura de piedra y madera, se apreciaba el campo de entrenamiento en todo su esplendor. Habiendo crecido en Creta, una ciudad mucho más pequeña que Atenas —y también más lúgubre—, jamás había tenido la oportunidad de apreciar algo parecido a aquel espectáculo. Decenas y decenas de soldados se alineaban en el campo, envestidos en trajes de entrenamientos, que harían sentir pequeños a casi cualquier otra ciudad.

Las tropas de Minos no se comparaban en número y disciplina con las de Athena. Así que Ícaro se preguntaba si, de haber ido a una guerra contra Atenas, ¿Minos de verdad había creído que tendría oportunidad? Y cada vez, su respuesta era la misma: no. No cuando enfrente tendrían a un ejército como aquel.

Encima de todo, estaban los santos y, al pensar en ellos, su mirada se desvió hacia el rincón del campo donde Dohko y otro de ellos —cuyo nombre no recordaba—, estaban.

—¿Admirando el paisaje? —La voz a sus espaldas lo sobresaltó. Un instante después. Aioros se acomodó a su lado—. Es muy impresionante ver a un ejército así de grande.

—Sí… —tartamudeó—. En Creta no había nada parecido.

—¿Cómo has pasado la noche? —Aioros no quería hablar de Creta. Había tenido suficiente de esa isla maldita por los dioses—. Sé que es poco tiempo, pero Atenas es un buen sitio al cual acostumbrarse.

—No puedo quejarme. Me han tratado mejor de lo que esperaba y, aunque es raro sentirme tan lejos de casa… Creo que no será difícil pensar en Atenas como mi hogar.

Aioros sonrió al escucharlo. Sin pensarlo demasiado, levantó la mano y revolvió la melena del joven. En muchos aspectos, Ícaro le recordaba a sí mismo, en su lucha por encontrar su identidad. Había también que reconocerle la valentía y el coraje para dejar todo atrás. Quizás el futuro tenía algo grande esperando a por él. O, al menos, eso quería creer.

—¿Quién es el niño? —preguntó Ícaro, mientras su mirada se sentía incapaz de alejarse del pequeño grupo que acompañaba a Dohko.

—Oh… Se llama Kozma.

—¿Cuál es su historia? —Al escuchar el siguiente cuestionamiento de Ícaro, Aioros ladeó el rostro. Fijó su atención en el pequeño pelirrojo.

—Kozma llegó desde Dardania, con el otro grupo de mis hermanos. Tuvo que huir de su hogar después de que su mentor murió y Troya amenazó con atacarlos.

—¿Troya? Troya es tan gloriosa como Atenas.

—Lo es. Es una ciudad igual de grande y majestuosa. —Peligrosa también; exudante de secretos.

—Entonces Kozma es otra víctima de la guerra. ¿No tiene padres?

—No. Su madre era una sierva de Afrodita y al fallecer, Kozma fue adoptado por un buen hombre, que se hizo cargo de él.

—¿Qué pasará con él ahora? —Ícaro quiso saber. Aioros encontró cierta preocupación genuina en su mirada.

—El hombre que lo cuidó era amigo cercano de Athena, por lo que seguramente Kozma y Iona, la mujer a cargo de él, se queden aquí hasta el chico sea capaz de valerse por sí mismo.

Ícaro chasqueó la lengua al escucharlo. Era tan solo un niño y el destino parecía encaprichado con hacerlo tropezar, una y otra vez. La vida no era justa con nadie, menos con los más desvalidos.

—Me siento mal por el niño. Lo ha perdido todo dos veces ya…

—A veces el destino en así porque tiene planes más grandes para nosotros. —El santo suspiró. Algo sabía él de eso—. No siempre lo entendemos al principio, pero eventualmente… Todo cobra sentido.

Para Ícaro era difícil de entender. No solo era apenas un crío, sino que en su mente él jamás había estado destinado a ser nadie especial. Por lo tanto, pensar que el destino podría trenzar su camino para guiarlo hasta un futuro brillante, simplemente era inconcebible.

Él había nacido siendo nadie y, con toda seguridad, moriría siendo así. Había llegado a Atenas de la mano de los Santos y la diosa regente lo había aceptado al calor de ellos. Pero, ¿qué pasaría cuando el tiempo de su partida llegase y él tuviera que quedarse solo? ¿La hospitalidad de Athena continuaría siendo la misma? No la conocía, ella no lo conocía a él. No había nada que pudiera unirlos.

Respiró con hastío al pensar en su futuro. Al menos su madre estaba en calma, pensado en que con él lejos de Creta, su mundo pintaría mejor.

—¿Qué sucede? —El arquero le preguntó, al sentir su incertidumbre.

—Nada. Pensaba en lo que decías… En el futuro. No sé si lo veo del mismo modo…

—¿Por qué lo dices?

—Las estrellas no bendicen a quienes nacemos en el anonimato. No a todos nos esperaba un futuro brillante.

—Te sorprenderías. Si lo dices por nosotros, ninguno nació con riqueza o grandeza. —Meneó la cabeza, mientras su mirada azul se teñía de nostalgia—. Todos somos niños huérfanos o abandonados. Ninguno esperaba el destino que nos tocó. Así que debes de creerme cuando te digo, el destino no está ligado a lo que posees, sino a quien eres.

No supo si Ícaro entendió lo que quería decirle o no, pero su mirada permaneció sobre él unos pocos segundos. Después, con una tenue sonrisa, devolvió su atención a Dohko y a los demás.

De pronto, una luz color esmeralda comenzó a brillar en medio del grupo y una figura desconocido tomó forma bajo la mirada de Ícaro. El chico abrió los ojos, sin dar crédito a lo que veía. Ahogó una expresión de sorpresa y, una vez más, buscó la mirada del arquero.

Aioros esbozó una sonrisa y se encogió de hombros. Regresó su mirada hacia Roshi y Milo, pensando en la maravilloso y mágico que podía llegar a ser su mundo.

-x-

—¡Dioses! ¡Por Zeus y el Olimpo!

La graciosa expresión del niño hizo reír a ambos santos. Sin embargo, los motivos de su fascinación les conmovieron.

Las manos de Dohko se habían envuelto en cosmos y en sus puños el rostro del dragón había tomado forma. Los pequeños lagartos abrieron sus fauces, y el cosmos rugió a través de ellos. Kozma soltó un chillido de emoción y asombro.

—¿Qué te parecen? —preguntó Dohko. Las palabras escaparon al pequeño.

—Creo que lo has sorprendido.

—¡Sorprendido, no asustado! —exclamó el más pequeño—. ¡No estoy asustado!

—¡Genial! —celebró el mayor de los tres.

—¿Puedo…? ¿Puedo tocar al dragón?

—Adelante.

Kozma extendió la mano y trató de que sus dedos rozaran la brillante piel del dragón hecha de energía. Sin embargo,se sorprendió todavía más cuando sus manos atravesaron a las bestias. El calor y el tintineo de la cosmoenergía de Dohko le robó una risa traviesa.

—¡¿Qué es esto?!

—Esto es cosmoenergía. ¿La habías visto antes?

—Durante el viaje de regreso. Milo y sus amigos usaron algo parecido, pero ninguno me mostró dragones.

—Eso es porque el único que puede crearlos y dominarlos soy yo.

—¡¿De verdad?!

—Aja. Cada santo tiene sus propias habilidades.

—Especiales e inigualables —terció Milo.

Aquella última frase encendió los ánimos del pequeño y una nueva racha de euforia ensanchó la sonrisa en sus rostro. Emocionado, apretó los puños a la altura de su pecho. Después, miró de uno a otro santo.

—No me he asustado —chilló, conteniendo la euforia en su voz—. ¿Eso significa que podré aprender sobre los dragones? ¿Podré domarlos? ¿Podré?

Dohko y Milo intercambiaron miradas, ante la creciente impaciencia del niño. Por un momento se pusieron serios, alimentando la emoción del pequeño, pero entonces, una sonrisa se dibujó en los labios de ambos cuando el chino asintió.

—Puedes —sentenció—. Quizás sí que puedas aprender una cosa o dos.

-x-

Regresaron al palacio cuando la noche se había apropiado del cielo, mucho después de la hora de la cena. Nadie esperaba a por ellos.

Tal como Athena había vaticinado, el día había sido largo, conmovedor y cansado. Además de las casas de Bemus y Ophelos, Shura y ella visitaron a las familias de cada hombre caído durante la misión en Tracia. Se habían tomado tiempo para escucharles, oír sus historias, sostenerles la mano y llorar con ellos. La diosa había intentado alabar el valor y coraje de cada uno, exaltando sus cualidades. Sin embargo, sabía que no existían palabras que bastaran para amainar el dolor de la pérdida.

Quizás era un poco egoísta de su parte, pero cuando abandonaron el último de los hogares visitados, se sintió increíblemente aliviada. A pesar de todo, el corazón le dolía, y le seguiría doliendo por mucho tiempo más.

A su llegada al templo, Shura y ella se separaron. Decidieron que después de un día como aquel necesitaban refrescarse un poco, y acordaron reunirse después para robar algo de la cocina. Ninguno de los dos faltó a su promesa y, minutos después, se reencontraron.

El santo había llegado primero. Era tarde, así que las doncellas y las siervas se habían retirado, y la cocina estaba vacía. Husmeó por el lugar, al principio sin atreverse a tocar nada. Eventualmente, tomó alguna bandeja y robó un par de hogazas de pan que seguramente habían sobrado de la cena. Añadió algo de fruta, que estaba reservada para el desayuno. También sirvió un poco de queso y algo de aceite de oliva aromatizado. Por último, encontró una botella de vino. Hacía frío, así que tomó una cacerola y, tras encender el fuego, lo puso a hervir junto con algunas hierbas aromáticas. Pocas cosas le resultaban más reconfortantes al final de un día como aquel, que una taza de vino tibio y especiado.

—Eso huele delicioso... —La voz femenina lo hizo voltear para encontrarse directamente con los ojos grises de Athena mirándole desde la puerta. De soslayo, la vio acercándose a él.

—Pensé que algo de vino tibio nos serviría.

—Pensaste bien. —La diosa se sentó a la rústica mesa de madera en el centro de la cocina. Tomó un trozo de pan salado y lo empapó en el aceite de oliva—. Veo que tienes todo bajo control —acotó con una sonrisa al reparar en la bandeja de comida.

—Ajá. Esto casi está.

—Me gustan los hombres capaces de servirse a sí mismos —dijo la diosa. Ensanchó la sonrisa cuando Shura se sentó junto a ella, en el banco.

—Nuestro Santuario es un caso curioso —respondió él, mientras sus manos apartaba un mechón de cabello del rostro níveo de la mujer—. Crecemos como príncipes, con sirvientes vigilando cada respiro que damos. Después, nos envían a los sitios más recónditos del mundo a terminar nuestras entrenamientos. Ahí no hay siervos, escuderos, cocineras, nada… Sobrevives o mueres. Y sería triste que un aprendiz de santo dorado tuviera que morir de inanición, por no poder prepararse algo decente para comer. —Esbozó una mueca traviesa, que hizo que Athena riera, y Shura compartió su risa.

—Sería muy triste, sí…

—Así que uno aprende.

Rieron.

La noche había traído consigo a un frío que calaba los huesos, así que la tibieza infusionada en sus cuerpos por el vino caliente era agradecida. Su sabor era reconfortante y creaba una atmósfera acogedora, que tenía a diosa y santo, atrapados.

Athena lo miró y su ojos grises se perdieron en cada detalle de su rostro. Su sonrisa siempre le había parecido hermosa, a pesar de la timidez que encontraba constantemente en ella. Sus ojos eran dos pozos oscuros, tan expresivos, que a veces no sabía por dónde comenzar a interpretar su mirada. Cuando él la contemplaba, se sentía nerviosa bajo sus ojos; torpe y soñadora como una niña.

Sin darse cuenta, agachó la mirada, sonriendo.

—¿Qué pasa? —preguntó él.

—No soy una niña, y sin embargo, heme aquí, pequeña bajo tu mirada, como si fuera una.

—Ni eres una niña, ni tampoco eres pequeña. Eres la mujer más increíble que conocí jamás, y mis palabras surgen del hombre que soy, no del santo… —Entonces, tomó el rostro de la morena entre sus manos, con suavidad, y su frente descansó sobre la de ella—. Simplemente perfecta.

Fue ella quien buscó sus labios, sintiéndose desesperada por probarlos de nuevo. Se perdió en su sabor dulce, alimentado por el vino, y en su calidez, que la hizo olvidarse del frío de la noche. Por unos segundos, en medio de aquel beso, el mundo se le desdibujó. Solo eran él y ella. Nada más importaba.

La caricia incesante de sus bocas convirtió los segundos en una eternidad llena de desesperación. En aquel esperado y ansiado beso, santo y diosa dejaban la vida.

Pero entonces, el tintineo de un cosmos conocido rompió el hechizo que los envolvía. Athena se apartó de Shura lentamente, maldiciendo tener que separarse de sus labios. El corazón le latía desesperado en el pecho y sus manos le temblaban. De no haber sido interrumpidos… Si no se viera obligada a dejarlo, entonces…

No tenía sentido pensarlo. Suspiró en busca de aire y cerró los ojos cuando sintió al santo posando su frente sobre la suya.

—Tengo visitas… —musitó.

—¿A estas horas? ¿Quién…? —Athena guardó silencio por un instante. Su rostro dibujó una sonrisa amarga.

—Artemisa… Ella.

-Continuará…-

NdA: Después de tantos años lejos, me ha costado —y me sigue costando— horrores retomar el ritmo de la historia, y las decenas de detalles que conlleva. Espero que este sea el primer paso.

Para quienes continúan este viaje conmigo a pesar de los años, mil gracias. No tengo palabras para excusar mi ausencia.

Espero y confío en que estén bien a mitad de la pandemia. Sigan cuidándose y cuidando de los demás.

Sunrise Spirit