Capítulo 74

Un futuro turbio

La visita de Artemisa no sólo la había pillado desprevenida, sino que de alguna manera, también le había irritado. Era extraña aquella sensación, porque su interrupción no había sido únicamente inoportuna, sino también exasperante. La había forzado a hacer algo que no quería: alejarse a Shura. Y el malestar de aquella decisión obligada corrió por todo su cuerpo hasta reflejarse en su rostro inmaculado.

¿Por qué? ¿Por qué se sentía de ese modo? ¿Por qué en ese preciso momento?

Mientras avanzaba de camino al gran salón, todo lo que pensaba era en él. En sus manos sobre su piel, en la caricia de sus labios a los suyos… En lo mucho que hubiera deseado tener más.

La piel se le erizo y cerró los ojos, obligándose a apartar todo pensamiento acerca del español de su mente. Ahora se sentía ofuscada y también frustrada. El corazón le latía con fuerza, y lo único que deseaba era terminar con cualquier asunto que llevaba a Artemisa hasta ahí, para volver a su lado tan pronto como pudiera.

Cuando entró en el gran salón, la pesada puerta de madera rugió al cerrarse tras de ella. Sus pasos retumbaron en el silencio de la noche, mientras recorría el largo pasillo que desembocaba en su trono.

Entonces, Artemisa volteó y sus miradas chocaron.

A Athena, siempre le había parecido que su hermana pequeña era una criatura dulce y tímida. Pero en el modo en que le sostuvo la mirada, no encontró ninguna de aquellas virtudes en ella.

—Artemisa. —La saludó, tomándola de los brazos y depositando un beso en cada mejilla. Sin embargo, su gesto no fue respondido. Prudente, decidió dejar pasar la inusual hosquedad de la rubia, y continuó —. No esperaba tu visita, menos a estas horas. ¿Qué puedo hacer por ti?

—Quiero que me devuelvas lo que es mío —demandó la rubia.

—¿Lo que es tuyo?

—Ellos… Él. —Por un instante, la voz le tembló. Sus puños se cerraron con fuerza y las lágrimas se amotinaron en sus ojos azules. Observándola, Athena guardó silencio. —Fui yo quien rescató su cuerpo y quien salvó su alma. ¡Es gracias a mí que hoy está vivo!

Bramó, y como si la noche entendiera su desesperación, de pronto se tornó más oscura. La luna se apagó por un momento, y su luz color de plata, usualmente llena de pureza, se tornó amarillenta y decadente.

El aire sopló, colándose por los ventanales del megaron, y su frialdad erizó la piel de Athena. Un mal presentimiento creció dentro de su pecho. Sin embargo, su rostro y su temple no la traicionaron. Dominó sus temores y plantó frente a su hermana pequeña. Sus ojos grises hicieron centro en ella, severos y determinantes. Casi fieros.

—Te equivocas si piensas que por esa razón, Aioria te pertenece —dijo—. Aioria no te pertenece a ti, no me pertenece a mí. No pertenece a nadie más que a él mismo.

—¡Mentira!

—Es un hombre, Artemisa. Un mortal de carne y hueso, con albedrío propio. No es una mascota a tu disposición.

—Lo salvé para mí, para traer a Orión de vuelta.

—Y ese derecho no te correspondía. Jugaste con el orden natural, retaste a Hades, sembraste caos y enemistad entre los dioses… ¿Todo por Orión?

—¡Calla! ¡Calla! No tienes derecho a juzgarme, ni a reclamarme —aulló, como una fiera herida, y Athena se sorprendió de la rabia que vió en su mirada—. Yo lo amo, y lucho por él. ¡Tú haces lo mismo!

—Lucho por mis santos, sí; y llegaré hasta las últimas consecuencias con tal de mantenerlos a salvo. Pero lo hago por ellos, no por mí —sentenció, sin levantar la voz ni exaltarse. No podía permitir que la locura de Artemisa la arrastrase a ella también —. Sé sincera contigo misma. ¿Crees que esto es lo que Orión querría? ¿Crees que es así como quisiera verte? Perdida, destrozada… ¿Por él? Eso no es amor, Artemisa.

—¿Qué sabes tú del amor? Una engreída que se ha jactado de la virginidad de su corazón, que se ha jurado no entregarlo a ningún hombre… ¡¿Crees que enamorarte de un hombre por primera vez te hace entender lo que significa amar?! No eres mejor que ellos, eres como todos los demás dioses: ¡Una pretenciosa!

Athena guardó silencio. Por primera vez, había contenido la respiración y sus labios se habían fruncido sutilmente. Las acusaciones en su contra le daban igual; Artemisa no era la primera en espetarle aquello, tampoco sería la última. Estaba de sobra acostumbrada a esas ofensas. Pero referirse a Shura, a lo que pasaba entre ellos...

Se sintió nerviosa e inquieta. Su secreto cada vez lo era menos. Primero Hera, ahora Artemisa… ¿Qué estaba sucediendo?

Se relamió los labios y buscó dentro de sí por toda la templanza que le quedaba. No era mucha, dadas las circunstancias. Pero tenía que enfrentar a Artemisa y ponerle un alto a sus aspiraciones. Dejarla continuar con aquella locura no era una opción.

—No pretendo darte a ti, ni a nadie, una lección sobre el amor. Solo quiero que entiendas: te estás perdiendo…

—No sabes nada acerca de lo que es perderse, Athena —siseó, robándole la palabra—. Solo podrás entenderme cuando hayas perdido a quien amas… Cuando alguien lo aparte de ti, en la forma más cruel que pueda existir. Cuando lo veas morir en tus brazos, y veas sus ojos apagarse. Entonces sabrás lo que es perderse, y ya me dirás, si lo que estoy viviendo es solo el capricho de una mujer desesperada, o es una muestra de verdadero amor.

Esta vez, no hubo réplicas por parte de la morena. Cualquier cosa que dijera no tendría sentido para Artemisa. Ella no quería escuchar más que a sí misma, y el rumbo de aquella conversación comenzaba a darle náuseas. En especial, ese par de últimas frases: una advertencia y una amenaza. Porque eso había sido.

—¿Qué pasa, Athena? ¿No tienes nada que decir? ¿La poderosa y sabia diosa de la guerra se ha quedado muda?

—Si has venido hasta aquí pensando que vas a convencerme de entregarte a Aioria, estás terriblemente equivocada. Tus demandas son inadmisibles para mi. —Dejó escapar el aliento, tan cansada como contrariada—. Quizás lo mejor es que te retires y pienses bien en lo que has venido a pedir.

Su voz resonó con el eco del salón, áspera y definitiva. Su semblante se había oscurecido tanto, que sus ojos grises estaban opacos.

Artemisa le sostuvo la mirada en una clara declaración de guerra. No había nada ni nadie que la hiciera cambiar de opinión, y Athena tampoco estaba dispuesta a ceder. No en eso.

Entonces, la luz de la luna volvió a iluminar el cielo y un rayo color plata entró por la ventana. Cuando su caricia recayó sobre la nívea piel de la diosa, ésta se convirtió en polvo y desapareció.

Athena respiró, cuando se supo sola. Tenía un agujero en el estómago, y sentía un nudo apretando en su garganta.

Se dejó caer en su trono, mientras sus manos se aferraban con desesperación al descanso de suave tela escarlata. Las piernas le temblaban de ira, de impotencia… de miedo. Artemisa había osado amenazarla. Amenazó a Shura y, por lo tanto, la amenazó a ella. A ella. Ella, que era su hermana. ¿Acaso no existían lealtades en el mundo de los dioses? ¿Estaba condenada a desconfiar, incluso de aquellos contra quienes jamás levantó un dedo?

Apretó los dientes y maldijo a su suerte. Maldijo también a su clan divino.

Por un segundo, los ojos se le llenaron de lágrimas espoleadas por la embargo, con un manotazo, aclaró su mirada. No iba a permitirse llorar por ellos. Ya no era momento de ser débil. Por sus santos tenía que ser fuerte. Por Shura.

Respiró profundo un par de veces, para poner sus ideas y emociones en orden. Cuando se sintió lista, se puso en pie. Abandonó el salón del trono con dirección hacia sus aposentos. Al llegar la mañana tendría una visita importante que hacer, porque el tiempo se le agotaba. Era momento de actuar con rapidez.

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Shion había pasado la mayor parte de la noche en vela. Su cabeza no le daba paz. Entre los planes, el pasado, el futuro… No había descanso para él.

Encima, el encuentro de la noche anterior con Saga le había dejado un mal sabor de boca. Su instinto le gritaba que algo estaba mal. Conocía a su santo de Géminis lo suficiente cómo para saber que el chico estaba conflictuado. Podía sentir el dolor en su alma atormentada, y la ansiedad que se crecía con el paso de las horas. Pero quizás, lo que más le preocupaba, era la soledad que devoraba a Saga con tortuosa lentitud.

Desde su regreso a Atenas, la distancia entre Saga y Aioros le resultó evidente. Apenas los había visto intercambiar palabra, y las pocas veces en que habían hablado, siempre fue con un reproche de por medio.

Aioros le preocupaba menos. Era un chico más sociable y abierto, con un sustento más fuerte en cuestión de relaciones personales, y más dado a compartir sus pesares.

Saga era lo opuesto.

Cuando el gemelo entraba en aquellas rachas de soledad, ésta solía ser extrema. Se volvía receloso y arisco, la paranoia lo acechaba y comenzaba a sentirse rechazado por todos. Como todas las emociones en el geminiano, sus malos momentos solían exponenciarse. Despertaban siempre lo peor en él, y cambiaban el modo en que sus ojos contemplaban al mundo. Dioses… ¿Había alguien menos parecido a Saga que el propio Saga en medio de un momento de oscuridad?

Atribulado, tomó en sus brazos los pergaminos que le habían acompañado en sus noches de desvelo, y salió con rumbo al salón de estrategias del templo. Iba con retraso, así que seguramente estaban esperando por él.

—Buenos días —saludó al entrar. Tal como esperaba, las miradas de todos recayeron sobre él—. Mis disculpas por el retraso.

—Buenos días. No son necesarias, llegas a tiempo.

—Princesa —respondió con una reverencia.

—Vienes preparado. —Dohko tomó la palabra.

—Sí, un poco…

Shion tendió los pergaminos sobre la mesa. Extendió un par, aunque hizo especial énfasis en alguno.

—¿Qué es esto? —Quiso saber el chino.

—Es toda la información que encontré referente a las siguientes dos misiones. Originalmente, Athena y yo habíamos planteado la posibilidad de enviarles nuevamente en dos equipos. Sin embargo —desvió fugazmente su mirada hacia ella—, dados los últimos acontecimientos, creemos que lo más prudente es que marchen juntos en cada misión. Tomará algo más de tiempo, pero en grupo se encuentran más protegidos.

—¿Cuál es el plan?

—Como dije, centraremos nuestra atención en dos misiones: los establos de Augías y el ganado de Gerión —respondió al cuestionamiento de Camus—. Esto implica viajar hacia el oeste; primero hacia Élide y luego hacia las Gadeiras. —Puntualizó sus palabras señalando en la mesa de estrategias.

—Será un viaje largo —acotó la diosa—. Élide está en un rango aceptable, pero las Gadeiras se encuentran en el límite del mundo conocido.

—La primera parte del viaje la harán a caballo, de aquí hasta Élide. Cuando terminen la misión ahí, entonces navegarán hacia las islas del poniente.

—Odio los caballos…

—¿Hay algo que debamos de tener en cuenta? —Camus, una vez más, preguntó, interrumpiendo las quejas de Milo.

—Augías, como todos los reyes, es un hombre acostumbrado a que su voluntad es ley. Sabe que esta misión ha sido encomendada por los dioses, pero no dudará en involucrarse si le es posible. Para él será un juego, pero para ustedes podría ser mucho más. Sean cuidadosos.

—¿Los establos son… ? —Aldeberán comenzó la pregunta, pero Milo se encargó de terminarla.

—¿... Tan asquerosos como dice la leyenda?

—Temo que sí. Nunca los he visto en persona, pero el rebaño es grande, así que seguramente lo sean.

—De cualquier modo, si no existen complicaciones en el camino —la mirada de Dohko se posó fugazmente en Aioros—, la misión debería ser sencilla. La estrategia de Heracles está clara y creo que deberíamos atenernos a la misma.

—Estoy de acuerdo. —Shion asintió.

—¿Existe alguna manera de llegar y dirigirnos directamente hasta la misión? —preguntó Saga

—¿Te refieres a evitar a Augías? Imposible. —Su diosa negó—. El rey querrá entrometerse y figurar. La reputación que se han hecho a través de este viaje les precede, y aunque su presencia aquí ha terminado en la caída de muchos reyes, siempre habrá alguno que quiera demostrar que es superior al resto. Augías es esa clase de rey.

—Como todos los demás…

—Sí, como todos los demás…

Los reyes eran una especie por sí mismos: egoístas, manipuladores, ávidos de atención y egocéntricos. Era una pieza del rompecabezas que significaba problemas, pero que a la vez parecía inexorable para ellos. Ahí donde estuvieran, siempre había la sombra de una corona sobre sus cabezas, amenazandolos en silencio.

—¿Qué hay de Gerión? El mito habla de él como un gigante de tres cuerpos… —Aioria intervino. Buscó con sus ojos esmeralda por Athena y dejó en ella su atención.

—Gerión es un misterio para nuestro mundo. La lejanía de su hogar y las múltiples leyendas que han visto vida alrededor de él… Sin embargo, deben tener cuidado, pues sin lugar a duda no es un mortal común y corriente. Comparte su morada con un pastor y un perro. El hombre no parece tener nada en especial, pero la bestia es hermana de Cerbero.

—Oh, genial —Milo ladró con amargura—. Será una excelente práctica para la última misión.

Ninguno respondió a su comentario, aunque compartían su sentir. El tiempo les había enseñado a estar asqueados. Era difícil mantener la cordura y los ánimos cuando todo parecía ir de mal en peor. Mientras más cerca estaba el final, más cuesta arriba lucía el camino.

—¿Cuánto tiempo crees que pasaremos lejos? —preguntó Aioria a Shion.

—Un par de meses, quizás un poco menos.

—¿Tanto tiempo?

—Me temo que sí. —La voz de su santo sonó tan pesarosa, que el corazón de Athena se acongojó—. Sé que es difícil, chicos. Pero es el último tramo, no queda mucho más.

Y esperaba poder estar con ellos hasta el final. Esperaba poder despedirlos de regreso a su tiempo, a su vida… Aunque el corazón se le rompiera en el proceso.

Despedirlos iba a ser una de las cosas más difíciles que había hecho jamás. Pero era necesario, era lo correcto. Ellos no pertenecían ahí, y la Edad del Mito sólo representaba un peligro constante para sus vidas. Quizás, cuando aquella pesadilla hubiese terminado, podrían vivir como merecían, podrían ser libres, podrían…

Se esforzó por desechar todos los pensamientos egoístas que surcaron su mente. Los quería a su lado, pero no le pertenecían. Al menos no todavía. Eran de la cría, de su reencarnación: de Saori… No de ella.

—Es mejor que pongan sus asuntos aquí en orden. Partirán tan pronto sea posible —dijo con severidad, enterrando dentro de sí todas las emociones que su partida le causaba. Entonces, sin aviso, se apartó de la mesa y avanzó hacia la puerta, dispuesta a abandonar el salón. — El resto de los preparativos irá por nuestra cuenta.

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La preciosa piedra brilló cuando la sostuvo entre sus manos. Lo hizo con cuidado y mimo, como cada vez que se atrevía a tocarla. Su valor era único, inigualable; aquella lágrima cristalidad de color azul contenía vidas y Herse se sentía comprometida a velar por ellas.

No había apartado de su mente la historia que Hermes le narró, días después de entregarle aquel pequeño tesoro. El porqué de su decisión seguía siendo un enigma para ella. ¿Cuál era su plan? ¿Por qué confiaba en que podrían estar a salvo en sus manos? ¿Qué había detrás de su decisión? Todas las respuestas eran inexistentes. Su mente no alcanzaba a comprenderlas.

Shion compartía aquel secreto con ella, pero no estaba segura de que lo hicieran bajo los mismos términos.

El lemuriano tenía demasiados asuntos importantes en sus manos y, aunque no dudaba de sus ánimos de ayudar a aquel par de niños, Herse no creía que hubiese tenido el tiempo para invertir en resolver el enigma. Por los dioses… Ni siquiera estaba segura de que aquel predicamento suyo tuviera alguna resolución.

Suspiró sin darse cuenta. El susurro de su aliento se agrandó con el silencio que la rodeaba mientras, sentada en las escalinatas de la stoa, dejaba el tiempo pasar.

—El día está gris pero, ¿se presta a un suspiro como ese?

Herse levantó las cejas y sonrió. Después, buscó por el dueño de esa voz conocida.

—¡Dohko! ¿La reunión ha terminado?

—Hace unos minutos. ¿Qué haces aquí sola? —preguntó mientras se acomodaba a su lado. Levantó la vista hacia los jardines; el invierno los había convertido en un decrépito zarzal.

—A veces me gusta tomarme unos minutos de soledad para pensar.

—Oh… —El chino se respingó—. ¿Necesitas que…?

—No, no. Está bien —se apresuró a decir la doncella, tomando su mano entre las suyas—, puedes quedarte.

—¿Segura?

—Sí. Cuéntame, ¿cómo ha ido la reunión? ¿Qué han acordado?

—Pues… Lo que ya sabíamos: un nuevo y largo viaje espera por nosotros. —Soltó el aire, con un dejo de pesar—. Mañana o al día siguiente, partiremos hacia Élide, y de ahí, seguiremos hasta el fin del mundo, literalmente. —Arrugó la nariz, cayendo en cuenta de lo literal de sus palabras.

—Lo siento…

—Está bien. Shion y Athena tienen razones de sobra para querer que todo esto termine a la brevedad. Ha pasado demasiado tiempo… Han sido demasiadas desgracias. —Con el corazón encogido, Herse apretó su mano. Dohko correspondió con una sonrisa triste. —Pero, bueno, ahora es tu turno de contarme. ¿Qué te tiene tan preocupada?

Su rostro acusaba cada emoción revuelta dentro de ella. Era fácil leerla y descubrir que algo estaba mal.

—¿Recuerdas esto? —La princesa le mostró la lágrima de piedra.

—Claro. Es una joya bastante especial. —Recordaba la energía que fluía a través del cristal al tocarla.

—Te dije que era un obsequio de un viejo amigo y es así. —Suspiró—. Ese amigo es Hermes, mensajero de los dioses.

Dohko levantó las cejas, y su mirada traviesa se llenó de curiosidad. De pronto tenía muchas preguntas por hacer, pero desconocía por cual comenzar.

—¡Vaya! —Alcanzó a decir.

—Y esa no es la parte misteriosa… —Herse lo miró por el rabillo del ojo, dibujando una sonrisa nerviosa ante la reacción cada vez más incrédula del santo—. Hermes volvió a buscarme, Shion estaba ahí y le confrontó. Después de una conversación increíblemente tensa, terminó por admitir lo que esto significa en realidad.

—¿Y eso es…?

—Al parecer, además de las almas de Aioria y Ángelo, Artemisa raptó tres almas más: las de unos niños. —El rostro de Dohko se ensombreció. Había escuchado la historia, pero no interrumpió a la mujer—. Una de las almas se perdió durante la misión en el Jardín de las Hespérides, pero los otros dos… Hermes los tiene consigo y para mantenerlos a salvo, ha capturado la esencia de sus almas en esta joya.

—¿Y te los entregó a ti? ¿Por qué?

—No lo sé. —Acompañó sus palabras con un movimiento de cabeza y agachó la mirada—. Él piensa que estarán a salvo conmigo, pero… No sé por qué piensa o cree tal cosa. Tampoco sé cómo ayudar a estos críos.

Dohko se tomó unos segundos para ordenar sus ideas. Le sorprendía lo que estaba pasando, tanto como le sorprendía el hecho de que Shion no le hubiese contado al respecto. Sin embargo, en parte, lo comprendía: el viejo estaba sobrepasado de asuntos importantes. Y si bien, las almas de los niños estaban de por medio, había vidas más cercanas al lemuriano que peligraban y por las que se sentía más comprometido a velar.

—Creo que si Hermes se ha arriesgado a entregarte algo tan valioso es porque confía en tí y sabe que los mantendrás a salvo. Creo que él espera que harás lo correcto.

—No sé si podré hacerlo.

Al agachar la mirada, la mujer perdió de vista la sonrisa compasiva que iluminó el rostro del santo. Dohko se acercó y, tomándola de la mano, buscó por su mirada esmeralda.

—Hey, escucha… —Herse le rehuyó, pero Dohko insistió hasta que sus ojos se encontraron—. Eres una mujer valiente y decidida. Has enfrentando muchos obstáculos en tu vida y el camino que has elegido no es uno que cualquiera pueda andar. Solo tienes que confiar en ti misma. Ve con tus propios ojos lo que él vio en ti.

Las lágrimas se aglutinaron en la mirada de la doncella, sin que pudiera controlarlas. Trató de sonreír, pero cuando lo hizo, las perlas rodaron por su mejillas. Torpemente las secó, acompañando su gesto con una risa torpe y adorable.

Cuando la escuchó, el corazón de Dohko se sintió infinitamente más aliviado. Compartió su risa y la estrechó entre sus brazos.

—Muchas gracias, Dohko. —La escuchó decir y la sonrisa en su rostro se ensanchó.

Al menos algo estaba bien en aquella locura que le tocaba vivir.

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La fragua de Hefesto tenía un aroma muy particular. Más allá del olor del metal fundido, de la hiriente sensación del fuego vivo en la nariz, o del tufo rancio del sudor, en la forja se respiraba poder.

Todas las armas del Olimpo habían sido forjadas en aquel sitio. Cada reliquia sagrada había cobrado vida dentro de esas cuatro paredes. Después del propio Zeus, nadie había dotado de tanto poder a los dioses olímpicos como Hefesto lo había hecho. Detrás de su apariencia ruin y desgarbada, se ocultaba un dios poderoso, al que Athena sabía que debía tener respeto.

Quizás era por ello que se había atrevido a recurrir a él… Por ello, y por el hecho de que compartían enemigos en común. Al igual que ella, Hefesto había sido traicionado en muchas ocasiones. Las razones habían sido muchas: celos, pasión, desdén, odio. Pero el dios encontraba siempre la forma de convertir cada deslealtad en una victoria. En silencio, Athena deseó ser como él. Deseó tener su fortaleza y su templo de acero, para ver a sus enemigos cayendo a sus pies, uno a uno.

Se detuvo a contemplar su trabajo por un segundo, sin estar segura de que él sabía de su presencia ahí. Había algo fascinante en la combinación de metal y fuego, en la forma en que ambos respondían al poder del dios.

Hefesto golpeó el metal y las chispas crepitaron. La fragua retumbó ante la fuerza de sus golpes, como si el cielo fuera a caérseles encima, y Athena retuvo el aliento.

—¿No saludas? —dijo el dios, sin voltear hacia ella.

—No deseaba interrumpir.

—Si has venido por lo que pediste, aún no está listo —respondió, sin abandonar su trabajo—. Te he dado un plazo, y todavía no vence.

—Lo sé, pero el tiempo se me agota.

—Ese problema no es mío. El trabajo que me pediste es complicado, y apresurarme no hará bien a ninguno de los dos.

Contrariada, Athena chasqueó la lengua. El fuego lamió el metal una vez más, y el martillo rugió cuando cayó sobre la fina hoja.

Entonces, cuando el brazo de Hefesto se levantó, preparando el siguiente golpe, la mano de Athena lo detuvo. Los ojos del dios relampaguearon con rabia, y su mirada buscó por los ojos grises de su hermana, que lo miraron con igual fiereza. Fue un duelo que duró por un par de segundos, pero que iba lleno de intensidad.

Entonces, con un manotazo, él se soltó. Se apartó un par de pasos de ella y dejó caer su martillo al suelo. Tomó un trozo de lana que tenía cerca, y secó el sudor de su frente y brazos.

—Te lo dije entonces y te lo digo ahora: lo que planeas es una locura —gruñó.

—Soy consciente de ello.

—Si padre se entera…

—¿Vas a decirle?

—Lo sabrá tan pronto terminemos con esto —siseó. Sabía que él mismo no terminaría bien parado.

—Ya lo has dicho: "cuando terminemos con esto". Para entonces, no habrá nada que él pueda hacer. Nada.

Hefesto guardó silencio, limitándose a contemplarla. A sus ojos, Athena siempre había sido una criatura excepcional; inteligente y aguerrida, como todo lo que representaba. Pero también había heredado la personalidad caprichosa y obsesiva de su padre. Por eso, cuando una idea se afianzaba en su cabeza y crecía hasta envolverla, hacerla razonar se volvía un imposible.

Sin darse cuenta, el dios sonrió. Bufó y meneó la cabeza, reconociendo su derrota. Athena podía hacer lo que quisiera. A final de cuentas, él solo disfrutaría viendo el Olimpo arder.

—Has perdido la razón, ¿lo sabes?

—Eso dicen. Pero las grandes ideas siempre son tachadas de locura.

—Aún así, no puedo tener lo que quieres para mañana, ni para el día siguiente… Llevará tiempo, y el último paso será el más difícil.

—Mis santos parten hacia el poniente mañana. Su regreso tomará más días de los que quisiera, pero eso nos compra algo de tiempo.

—¿Cuánto tiempo?

—Quizás unos cuarenta amaneceres. Después, tendrán que ir al Inframundo para su última misión y si no estamos listos…

—No hay forma de que sobrevivan a una confrontación directa con Hades dentro su territorio.

—¿Entiendes mi premura?

—Lo hago. Pero, ¿entiendes lo que significa esto?

Athena apretó los dientes y la comisura de sus labios se curvó en un gesto que Hefesto no pudo leer. Se apartó de él, hacia un sitio más alejado del fuego, donde el calor no le escociera tanto la piel. Encontró una vieja butaca y se dejó caer. Una gota de sudor resbaló por su pecho y marcó su peplo impoluto.

Yendo tras sus pasos, Hefestos recortó la distancia entre ambos. Volvió a tomar el trozo de lana para secarse, y se detuvo de pie, al lado de ella.

—Es distinto a lo que hicimos con las urnas. Las urnas que me pediste antes, solamente fueron alimentadas con tu poder, pero esto… Lo que me pides es darle vida al metal, y no vida cualquiera: vida eterna; darles un alma. La única forma de hacer eso, es tomando la tuya.

—Lo hemos discutido antes, entiendo las repercusiones. Las acepto.

—Escucha, Athena, no se trata solo de que tú entiendas las repercusiones. Esta decisión cambiará para siempre el modo en que nosotros los dioses vivimos. Estamos hablando de morir, y la muerte jamás toca a ninguno de los nuestros.

—No voy a morir.

—Lo harás. Puede que tu esencia sobreviva a esto, pero tu cuerpo no lo soportará —replicó él, y su semblante se oscureció.

—Entonces, mi cuerpo morirá, pero yo no.

—¿Y qué piensas hacer sin un cuerpo? No podrás volver al mundo mortal, no podrás…

—Oh, pero podré. —Athena lo interrumpió. Sus ojos grises se matizaron con el rojo del fuego que ardía a unos metros de ellos—. Volveré, con otro cuerpo. Renaceré.

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Se sobresaltó cuando vio aquella mano aparecer frente de él, sosteniendo la moneda. Saga echó el cuerpo para atrás y se enderezó en su asiento. Por instinto, sus ojos buscaron al intruso. Cuando descubrió de quién se trataba, supo que no se había equivocado en sus sospechas.

—Un aro de bronce por tus pensamientos —oyó a Aioros y gruñó.

—¿Qué haces aquí?

—¡Ah! Veo que te deleitas en mi presencia —añadió con ironía—. Hasta donde sé, los jardines del templo son territorio público, así que puedo ir a donde me plazca.

—¿Quizás te plazca asentar el culo en un sitio más lejano a mí? —masculló, mientras veía a Aioros acomodarse en la misma banca que él.

—Por el momento, no. Quizás más tarde. Si no te importa, te haré compañía.

—¿Y si me importa?

—También. —Ahí estaba: la sonrisa irónica de Aioros que tanto le enojaba.

—¿Qué quieres de mí?

—Me pareces un tipo curioso, Géminis. Entiendo que estás enojado conmigo por mis decisiones estúpidas en Creta: el arrebato de independencia, la irritabilidad, el aislamiento… El egoísmo en cada acción. —Saga intentó interrumpirlo, pero el castaño fue lo suficientemente rápido como para continuar antes de que pudiera conseguirlo—. Y, sin embargo, aquí estás tú, escondido en los jardines, siguiendo mis pasos con estúpida perfección.

—No me compares contigo.

—Lo hago, ¿sabes por qué? Porque te conozco, sé en qué estás pensando. Sé que estás obsesionado con ella.

El silencio de Saga le concedió la razón, y entonces, sus preocupaciones no hicieron más que dispararse. Deseaba hacer algo más que preocuparse, pero no podía. Su relación con Saga estaba lejos de su mejor momento, y cada paso que daban, era como caminar sobre hielo delgado.

Aioros suspiró, ligeramente disgustado. La sonrisa boba se le había borrado de los labios.

—¿La has estado buscando? —preguntó, aunque no quería saber la respuesta.

—Sí. Pero ni Athena, ni el viejo han hecho nada sencillo.

—No sé porque te sorprende… ¿Entiendes el lío en qué vas a meterte si la encuentras y la liberas?

—Aioros… —Y por primera vez en la conversación, Saga le miró directamente a los ojos—. Ella es inocente en todo esto. La única razón por la que está encerrada, es porque a Athena le molesta e incomoda mi cercanía a ella. Es mi culpa que ella esté prisionera. Yo la puse ahí y quiero ayudarla.

Sonó tan determinante que, por un segundo, Aioros se revolvió. Despeinó sus propios rizos en señal de nerviosismo, y apartó la mirada, sintiéndose inusualmente inquieto.

Había cierta razón en las palabras de Saga. Desde el principio su relación había levantado ampollas. No era solamente Athena… Había sido Ares también, y mientras el nombre del dios de la guerra estuviese de por medio, ninguno de ellos estaría tranquilo.

—¿Has hablado con Shion de esto?

—¡Claro que no! ¿Quieres que vaya y le diga: "Eh, viejo, me enteré que has sellado a Afrodita. Déjame liberarla?" ¿Eres idiota? —Frustrado, Saga abanicó el aire con las manos.

—No me refería al sellado. Pero deberías hablar con Shion respecto a tu relación con ella: ser sincero, exponerle cada detalle. Quizás él pueda darte claridad respecto a las razones que la llevaron a terminar encerrada.

—Culparán a Ares de esto.

—Lamento decírtelo, Saga, pero mientras estés con ella, el nombre de Ares siempre estará ahí, en medio de los dos.

—¡Ares, Ares, Ares! ¡Siempre Ares! ¡Estoy harto, Aioros! Estoy cansado de que él defina cada aspecto de mi vida. No puedo más…

La mirada que el gemelo le dirigió exudaba desesperación. Por un momento, Aioros sintió pena por él. Ares siempre sería una lápida sobre sus hombros, cuyo peso solamente había aumentado desde su llegada a la Edad del Mito. Lo peor de todo, era que no importaba cuando lo intentase, librarse de él resultaba imposible. Siempre encontraba un modo de volver, de atrapar a Saga.

Quizás, pensó, Shion temía que Afrodita fuera el modo más reciente de tenerlo bajo su control.

—Lo sé. Lo siento… —susurró, agachando la cabeza.

—Lo sabes, lo sientes, pero no lo entiendes. —Saga replicó—. En nuestro tiempo, no hay nadie que me vea y no lo vea a él en mí. Y aquí… ¡Joder! A los ojos de todos, es como si cada paso que diera estuviera dictado por él. Ya no se trata de mí, sino de él.

—Saga, sabes que no es así.

—Lo es. —Se llevó las manos a la cabeza y enterró los dedos en su melena, en un gesto de completa derrota.

—Sólo estamos preocupados por ti…Queremos que estés a salvo.

Saga permaneció en silencio durante unos pocos segundos, en los que el tiempo pareció detenerse. El viento invernal susurró a los oídos de ambos santos, y su caricia fría los envolvió.

De pronto, el gemelo se puso en pie. Miró por un instante al horizonte, antes de enfrentar nuevamente al arquero. Su mirada esmeralda había mutado de nuevo, y ahora se había empañado con tristeza.

—Tal vez ustedes no lo entiendan, pero hay una diferencia entre sobrevivir y vivir. Yo he llegado hasta aquí, y debería estar agradecido… Lo estoy. —Asintió con suavidad—. Sin embargo, cada vez que intento hacer cualquier cosa por mí mismo, cada vez que busco algo para mí, sucede esto, y me ahogo. Quiero algo más que solo respirar, Aioros. Es todo.

No hubo oportunidad de responderle, porque envuelto en la oscuridad mística de la Otra Dimensión, Saga desapareció de ahí. Detenerlo resultó imposible.

Su cosmos tintineó poco después en el interior del palacio ateniense, y a Aioros le pareció más solitario que nunca.

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Desde que era una niña, Phineas siempre había odiado la oscuridad. Irónicamente, ahora estaba condenada a vivir en ella para siempre.

Su abuela también había estado ciega. La vejez había apagado sus ojos a través de los años, y cuando por fin no pudo ver más, su vida también comenzó a extinguirse. Sin embargo, la anciana adoraba sentarse al sol. En alguna ocasión, le había contado a Phineas que cuando Apolo acariciaba su rostro, se olvidaba de la oscuridad. Por un segundo, sus ojos gastados alcanzaban a iluminarse con la claridad del día y, su oscuridad perdía el poder absoluto.

Pero, a diferencia de su abuela, los ojos de Phineas no se habían desgastado con el tiempo. A ella, Hipólita se los había arrancado, y junto con ellos, le arrebató la luz.

El cómo o porqué había conseguido mantenerse con vida, era un milagro que estaba por encima de ella. Era la voluntad de los dioses que todavía caminase por el mundo de los vivos, y ella no podía oponerse a ellos. Si aquel era su futuro, lo aceptaba y haría lo mejor por sobrellevarlo.

—Mi señor. —Escuchó decir a su sierva, poco después que la puerta de su habitación se abriera, y supo de inmediato quien había llegado.

—Veniste…

—Debí venir antes, pero quería que descansaras un poco. El viaje fue largo y… —Mu quiso seguir hablando, pero Phineas lo interrumpió.

—Estoy bien, puedes estar tranquilo. Ven, acércate, por favor.

Mu hizo como la pitonisa le pidió, y fue a su encuentro. Tiró de una butaca para sentarse a su lado, cerca de la ventana. Desde ahí sentía el aire fresco, pero la caricia tibia del Sol ahuyentaba el frío de la temporada y creaba una atmósfera reconfortante.

Estiró el brazo y tomó la frágil mano de la mujer entre las suyas, para hacerle saber que estaba ahí. El rostro de ella se dirigió a donde él estaba, y le obsequió una sonrisa.

—¿Estás segura de que te encuentras bien? ¿Estás cómoda? ¿Hay algo más que necesites? —preguntó el lemuriano.

—Estoy bien, aunque un poco de compañía como la tuya siempre se agradece —respondió—. ¿Cómo se encuentran ustedes? ¿Los otros…?

—Creo que puedes imaginarte. La noticia de Hipólita y del niño ha puesto todo de cabeza.

—¿El padre ha confesado?

—Sí. Está… desecho, confundido… No sabría definirlo.

—El destino se abre paso de formas inimaginables, Mu. —Siguió sus palabras con unos segundos de silencio. Su frente se arrugó sutilmente, y su expresión se tornó taciturna.

—¿Qué pasa? —Mu apretó su mano.

—Apolo siempre me ha mostrado el futuro, y lo hace de manera fiel e inequívoca…

—¿Pero?

—Han sucedido eventos que cambiaron el sentido de sus visiones. Ahora no hay claridad en nada…

—No entiendo. ¿Qué…?

Phineas se tomó un momento. Respiró profundo y retuvo el aliento para soltarlo con suavidad.

Desde que las visiones comenzaron, muchos años atrás, su vida cambió para siempre. Al principio había sido atemorizante —y, en ocasiones, continuaba siéndolo—, pero poco a poco encontró refugio en la aceptación. Su mente fue creciendo a la par de sus habilidades, y pronto entendió que los designios de los dioses no se cuestionaban. También había sucumbido ante las debilidades de la naturaleza humana, encontrando fascinante la falta de incertidumbre.

Se había acostumbrado a conocer lo que el futuro deparaba, y aunque los caprichos de los dioses no dejaban de ser sorprendentes, para ella el porvenir no albergaba misterios.

Pero esta vez…

Algo había cambiado. El orden que el universo guardaba y su apego a los oráculos de Apolo se había alterado. Por primera vez en mucho tiempo, Phineas se sentía como un mortal más… con miedo al futuro y con temor a equivocarse.

—Desde que Apolo me otorgó sus gracias, he descubierto que el destino es como un río de corrientes rápidas: no importa cuanto intentes detenerlo o sacarlo de su curso, siempre encuentra el modo de continuar su camino. —Mu la escuchó en silencio, sin atreverse a interrumpirla—. Pero, desde que ustedes llegaron, todo se ha tornado confuso. Las profecías que parecían labradas en piedra, han cambiado. El mundo que los dioses habían pintado ya no es el mismo. —Al escuchar, el lemuriano dibujó una sonrisa que ella no pudo ver.

—¿Sabes? —habló por fin—. Cuando éramos pequeños, especialmente los más jóvenes, se nos enseñó que el destino estaba escrito en las estrellas, y por muchos años, todos lo creímos. Dejamos que muchas cosas malas sucedieran, solo porque pensábamos que era lo que estaba destinado a ser. —Agachó el rostro, pensando en todos aquellos años que dejaron escapar sin mover un dedo. En las vidas que se perdieron, en el tiempo que dejó ir—. Entonces, un día, un puñado de niños llegó para arrasar con esa creencia… Y nos dimos cuenta que podíamos cambiar nuestras estrellas…

—Ahora ustedes retan los designios de los dioses.

—A veces hay que hacerlo.

—Pero el precio es alto.

—Tal vez. Sin embargo, creo que ésta es la primera ocasión en que luchamos por nuestras propias vidas, y si antes lo hemos dado todo por los demás… Podemos hacerlo por nosotros, por nuestros hermanos.

El rostro de Phineas se iluminó con una sonrisa sincera y dulce. Apretó la mano del santo suavemente, como si de algún modo pudiera infundir las pocas fuerzas que le quedaban en él.

Había una nobleza inigualable en esos chicos, seguramente labrada a base de errores y de sufrimiento. Pero para la pitonisa, estaba claro que era precisamente esa nobleza lo que los llevaría a empujar los límites de la voluntad de los dioses, hasta romperlos. Pocas veces había visto a mortales enfrentar a las deidades así, y en un rincón de su corazón, se sentía exudante de orgullo por formar parte de su historia.

Sin embargo, Phineas también temía. Su peor miedo radicaba en el costo de esa batalla desigual. Cuando se trataba de los dioses y sus caprichos, privarlos de ellos siempre representaba un castigo para los mortales. Los dioses no perdían, nunca.

—Son valientes, Mu. Cada uno de ustedes es extraordinariamente valiente… y por eso les admiro —dijo.

—¿Pero…?

—Pero tengo miedo de que su valentía se convierta en terquedad a ojos de los dioses.

—Ya una vez nos condenaron, Phineas, y volvimos… Además, es lo único que podemos hacer, crear nuestro propio camino.

Phineas guardó silencio mientras lo escuchaba, mientras suplicaba con todas sus fuerzas que los dioses les iluminasen con un futuro que no estuviera teñido de sangre y de muerte.

Sujetó las manos del santo entre las suyas una vez más, como si no quisiera dejarlo ir. De pronto sentía frío, y sus dedos herían como si la frialdad de la nieve los hubiese besado. Tembló, y el santo notó el tiritar de su cuerpo. Poco después, la mujer se sintió arropada por la suavidad de la lana, cuando Mu colocó una frazada tibia sobre sus hombros. Ella se envolvió en la prenda, disfrutando de su calor y su suavidad, y después, se permitió acurrucarse en los brazos del lemuriano.

—Quisiera que todo fuera distinto… Que no tuvieran que labrarse un camino a base de dolor —dijo, con voz aterciopelada—. Pero si han de hacerlo, entonces deseo verles triunfar. Ansío verlos vencer a los dioses para alinear sus propias estrellas.

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Había algo agradable y relajante en caminar sin destino.

Kanon parecía haber encontrado cierta paz al salir del palacio y perderse entre los tenderetes que conformaban el pequeño mercado del ágora. Era más del mediodía, y no tenía intenciones de volver todavía. Se había saltado el desayuno, porque más temprano esa mañana estaba inapetente. Pero después de caminar y caminar por horas, de pronto se sentía hambriento.

Invirtió sus últimos aros de bronce en una hogaza de centeno con queso y cebolla, y un poco de ciceón, y buscó cobijo en la sombra de un edificio cercano al ágora. Desde ahí, podía observar la plaza, encontrando distracción en el ir y venir de los atenienses.

No se trataba de un escenario especialmente fascinante, pero al menos le permitía pasar las horas con la cabeza en blanco, olvidándose de sus problemas.

En algún punto alcanzó a distinguir a Milo y a Camus a la distancia. Iban acompañados del mocosillo que había viajado con ellos desde Dardania. Entonces, se había resguardado aún más detrás de las columnas de la stoa, confiando en que bastarían para que pasara desapercibido. Tuvo suerte y ninguno de los dos reparó en él.

Aliviado, respiró.

Se acomodó de nuevo a los pies del corredor y se permitió divagar un rato más. El sol descendía rápidamente en esas épocas del año, por lo que la tarde se le escapó con rapidez.

El cielo comenzó a amenazar con lluvia. Los nubarrones grises que flotaban sobre el mar unos minutos antes, ahora estaban directamente sobre su cabeza, anunciando que la tormenta no tardaría en caer.

Kanon maldijo por lo bajo. No podría esconderse por mucho más tiempo.

Con pereza, se levantó. Estiró un poco la espalda y volvió a maldecir en silencio por la dureza del mármol. Sacudió el polvo de sus ropas, y cuando se sintió más resignado que listo, emprendió el camino de regreso al templo, arrastrando los pies.

Sin embargo, cuando menos lo esperaba, una mano se cerró alrededor de su brazo, impidiéndole dar un paso más. Sorprendido, volteó y entonces, se encontró con aquel rostro que no había olvidado. El problema, quizás, era que nunca había esperado encontrarse con él ahí, a mitad del ágora de Atenas.

—Mirra…

—Recuerdas mi nombre.

—Recuerdo muchas cosas. ¿Qué haces aquí? —cuestionó.

—Te buscaba. Necesito tu ayuda.

Su franqueza siempre le había resultado fascinante. No conocía a muchas personas como la princesa, capaces de hablar lo que cruzaba por sus mentes sin detenerse a pensar en las consecuencias. Sin embargo, en aquel momento, la necesidad que vio en sus ojos y la sutil súplica en sus labios, lo dejó anonadado.

—No sé que podrías necesitar de mí… —atinó a decir.

—¿Podemos hablar en algún sitio seguro?

Kanon lo pensó por un segundo. El modo en que los ojos de la troyana recorrieron los alrededores, como si las paredes escuchasen y los asesinos se escondiesen tras de ellas, le erizó la piel. Algo terrible había sucedido para que una mujer como Mirra —valiente, salvaje y decidida—, se mostrase tan vulnerable ante un tipo como él.

Asintió, con más torpeza de la que le hubiese gustado mostrar, y tomándola del brazo se perdieron entre la multitud que había empezado a huir del ágora ante la presencia de las primeras gotas de lluvia.

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Kanon se tomó el atrevimiento —matizado con un riesgo desconocido— de llevar a Mirra hasta el palacio de Athena. No había llegado tan lejos como para dejarla cruzar por la entrada principal, sino que se las ingenió para escurrirla por la puerta de servidumbre. Nadie le había mostrado oposición, pero la presencia de ambos bastó para atraer más miradas curiosas. Así que Kanon no tenía la menor duda de que Athena y el viejo iban a enterarse de las visitas lo suficientemente pronto.

Guió a Mirra hacia una de las habitaciones reservadas para el hospedaje de los siervos que acompañaban a las visitas importantes. Era un sitio pequeño y modesto,que se mantenía siempre pulcro y habitable. Mirra estaría cómoda ahí; no tendría los lujos de una princesa, pero no pasaría frío ni tampoco hambre. Tampoco sería una estancia permanente. Estaba seguro de que tan pronto se supiera de su presencia, Shion y Athena dispondrían de un lugar adecuado para la realeza troyana. Sin embargo, por ahora, bastaría. Protegidos de las inclemencias del tiempo, Kanon podría escucharla. Necesitaba escuchar su historia.

—¿Quieres agua? ¿Algo de comer? —preguntó el gemelo mientras encendía el fogón para calentar la habitación.

—No, gracias. Quizá más tarde.

—Vale. Entonces, habla. Estás muy lejos de casa.

—Mi padre está muerto. Lo envenené.

El peliazul no era un hombre fácil de impresionar, pero la confesión de Mirra consiguió sacarlo de balance. Detuvo lo que hacía por un momento y volteó para verla.

—¿Qué has hecho?

—Periandro había perdido la razón. ¡Llevaría a Troya hacia su destrucción y no podía permitirlo! —exclamó ofuscada. Pero en su rostro, Kanon también vio su derrota.

Ella tuvo que ver su confusión y, de pronto, se sintió furiosa consigo misma. Había sido tan valiente hasta aquel punto: había tenido el temple para verter el veneno en la copa de su padre, para dejar atrás a su ciudad y partir hacia lo desconocido, para llegar hasta Atenas y confesar un crimen como tal. Y ahí estaba ahora, derrumbándose ante un hombre prácticamente desconocido.

Apretó los puños y cerró los ojos con fuerza. Trató de apaciguar su mente, respirando lento. Quizás así su corazón dejase de latir tan rápido y el cuerpo dejase de temblarle.

Se sentó al borde del catre, que crujió bajo su peso. Era un mueble viejo, y aunque estaba limpio, distaba mucho de las comodidades a las que estaba acostumbrada en el palacio troyano. Sin embargo, era mucho más cómodo que el reducido espacio que tenía en el remero en el que había viajado desde Troya hasta Atenas.

—El rey era un hombre ambicioso y egoísta, Kanon —habló, esta vez con más calma—. No creas que le juzgo por algo que yo misma soy. De todos sus hijos, soy la más parecida a su reflejo. Pero no soy estúpida. Él lo fue.

—¿Esto es por Hipólita?

—Parte de ello, sí. Cuando Phineas nos advirtió de lo que sucedería en Troya, cuando tus hermanos llegaron en busca de Hipólita, yo sabía lo que debía hacerse. Esa mujer es una maldición. Destruye y corrompe todo lo que toca. —Kanon agachó el rostro—. No podía permitir que hiciera lo mismo con mi ciudad. Troya es mi madre, y cada hijo debe velar por la suya.

—Los ayudaste a escapar.

—Sí. La criatura en su vientre no podía ser más importante que la vida de cientos de troyanos. —Negó—. Y, sinceramente, cuando esa mujer estuvo lejos de Troya, no pude sino sentirme aliviada… hasta que el rey envió a Felipo tras ella.

—¿Felipo?

—Mi hermano mayor, su heredero… —Hizo una pausa, en la que reconoció su error—. Ahora, rey de Troya. Puede que no lo sepas, porque el tiempo que han pasado aquí ha sido ocupado en sobrevivir, pero Felipo es un hombre temido en la guerra. Es un alma noble, pero no es a quien deseas encontrarte como enemigo en un campo de batalla. Periandro lo envió como líder de la caballería hasta Dardania, dónde fue víctima de un intento de asesinato.

—El mismo atentado que mató a Shaka y a Bemus.

—Sí. Dymas se sacrificó para salvarlo y… Su muerte y la de Bemus son las únicas razones por las que tus hermanos han podido escapar de regreso a Atenas. Kanon, si el Corcel de Cascos de Oro va tras de tí, no tienes escapatoria. Felipo jamás les habría dejado salir vivos. Jamás.

Kanon guardó silencio, limitándose a contemplarla. La mujer apestaba a miedo y esas eran malas noticias.

—¿Felipo está tras de ti? —preguntó.

—No lo sé. —Ella meneó la cabeza—. Cuando Felipo volvió sin Hipólita ni Phineas, Periandro perdió la razón. Ordenó que Felipo tomase cada navío troyano y zarpase hacia Atenas en busca de guerra, y que no volviera hasta recuperarlas. Gracias a los dioses, mi hermano es un hombre sensato y se negó. Fue entonces cuando el rey decidió que marcharía él mismo hacia la batalla.

—Y fue cuando tú interviniste.

—Sí.

—Lo envenenaste.

—No tuve más opción.

—¿Troya te persigue?

—No lo sé. Ni siquiera estoy segura de que me sepan culpable por la muerte del rey.

—¿Sólo desapareciste? ¿No pensaste que la ausencia de una princesa iba a resultar más que sospechosa? Especialmente si sucedió al mismo tiempo que el asesinato del rey.

—No soy estúpida, Kanon. Sé de sobra lo que pensarán.

—¿Crees que sepan que has venido hasta aquí?

—No lo sé. —Kanon gruñó al escucharla. Se frotó los ojos, cansado.

—¿En qué quieres que te ayude?

—Necesito un sitio donde quedarme. Un sitio seguro.

—No soy nadie para darte asilo en esta ciudad…

—Entonces déjame hablar con ella —interrumpió.

—¿Ella?

—Athena. Consigue una audiencia para mí, y favorece mi presencia con tu aprobación. Es todo lo que necesito.

—No.

—¡Kanon!

—Puedo arreglar que te encuentres con ella y que puedas contarle tu verdad. Pero, Mirra, no voy a dar mi palabra por ti ni por nadie. Estoy hasta el cuello de mierda, y aunque todos han sido increíblemente comprensivos conmigo, no sé en que pueda ayudarte mi voto de confianza.

Ella lo miró. Deseó objetarle y suplicarle que abogara por ella. Sin embargo, lo entendía.

Kanon llevaba demasiado tiempo huyendo de sus fantasmas, y ahora que todo había pasado, los fantasmas le habían alcanzado. No podía imaginarse lo que tenía que haber sido para él enfrentar a Hipólita, a sus hermanos, a su diosa…

Quizás era por eso que algo había cambiado. El hombre que tenía enfrente no era el mismo Kanon que recordaba en sus andanzas en Troya. Algo en él había cambiado.

—De acuerdo —cedió—. Puedo hablar por mi misma, si Athena me recibe.

—Bien. —El peliazul asintió, dejando escapar un suspiro. Después, se encaminó hacia la salida—. Te traeré algo de comer y de beber. Mientras tanto, no llames la atención. Cuando Athena esté lista para recibirte, vendré a por ti, ¿vale?

—Gracias.

Vio el esbozo de una sonrisa tensa y cansada en su rostro antes de que se marchara, y comprendió que el tiempo los había cambiado a ambos. Se dejó caer sobre el catre, experimentando el alivio de su espalda al estirarse, y suspiró.

Maldito fuese el momento en que los dioses habían retado a aquellos hombres a viajar hasta la Edad del Mito. Cuántas cosas habrían sido distintas sin ellos ahí.

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Después de que Saga se marchó, Aioros desistió de ir tras él. Lo conocía lo suficiente como para saber que las presiones nunca le iban bien, y que a veces, la distancia era saludable para ambos. Saga era un hombre inteligente, y él había dicho lo que tenía que decir. Quizás con un poco de tiempo, el gemelo pensaría en lo discutido y recapacitara.

Él, en cambio, no necesitaba tanto tiempo para enfriar la cabeza. Tenía suficientes cosas en las que pensar: desde las misiones que quedaban por delante, hasta los problemas que cada uno de sus hermanos cargaba.

Aioria, en particular, lo tenía al límite de sus nervios.

No tenía la menor idea de lo que había sucedido o estaba sucediendo, pero los temores de Ángelo solo conseguían preocuparlo más y más.

Encima, admitía con cierto pesar, que las decisiones que había tomado durante la misión de Creta lo habían aislado del resto. Trató de justificarse, pensando en que probablemente sus decisiones habían sido dudosas, pero en su momento, le habían parecido correctas. Sin embargo, no podía negar que tal vez se había equivocado.

Sus pasos erráticos lo arrastraron por todo el jardín, aunque sin rumbo definido. A veces le pasaba:se abstraía tanto en su propia mente, que el resto del mundo se desdibujaba para él.

En ocasiones era agradable, porque le permitía pensar con claridad. Pero otras, era un tormento en el que su mente divagaba una y otra vez sobre cada pensamiento, convirtiendo un grano de arena en una montaña. Desafortunadamente para él, aquella ocasión era de esas últimas.

Y era que, para colmo de sus males, de pronto la soledad había comenzado a pesarle. Saga y él se habían encargado de construir un muro entre los dos, ladrillo a ladrillo.

Aioria también había tomado su propio rumbo, y sus confidencias con Ángelo lo dejaban fuera de alcance. No estaba celoso, sino lo contrario. Porque a pesar de que no le había elegido a él, Aioros ahora sabía que su hermano no estaba solo. Contaba con alguien que lo sostuviera, incluso si él no podía mantenerse cerca. Ángelo era bueno para Aioria y Aioria era bueno para Ángelo. No había mucho que pensar al respecto.

Y luego estaba Shura… Shura lo ponía nervioso. Shura y Athena. Los dos.

Suspiró, sintiéndose inusualmente cansado. Sus reservas de optimismo se esfumaban con rapidez, devoradas por la incesante presión de la Era del Mito, y él se sentía asfixiado.

De pronto, sin más deseos de continuar su errático camino, se detuvo.

Miró a su alrededor y se encontró solo, en medio de la nada. El jardín del templo era lo suficientemente grande para permitirse ese lujo. El templo apenas podía distinguirse a la distancia, por encima de las ramas secas de los árboles que desafiaban la llegada del invierno. Cuando el viento soplaba en contra, Aioros podía escuchar las reminiscencias de las voces arrastradas desde el campo de entrenamiento. Pero más allá de eso, solo había silencio.

Sin pensarlo, cerró los ojos y trató de vaciar su mente. No quería pensar más, no quería agobiarse. Necesitaba callar a todas esas voces que rondaban por su cabeza sin descanso. Mientras no pudiera concentrarse, no iba a solucionar nada. Quería sentirse en paz.

El viento sopló y un olor avainillado llegó a sus sentidos. Sonrió ante aquel aroma tan familiar.

—Te echaba de menos… —dijo.

—Estoy siempre contigo…

—Eso es…

—¿Inquietante? —La risa de la ninfa resonó en sus oídos como una dulce melodía, y su alegría le contagió. Entonces, sintió los brazos de la mujer materializandose alrededor de su cuello, y la ligereza del viento fue sustituida por la suavidad de las curvas femeninas contra su cuerpo.

—Un poco, sí.

Los labios del santo buscaron los de ella. Por un momento, quería olvidarse de todo y de todos, para centrarse solo en Aretha. Ella era lo único que importaba, lo único que necesitaba. Ese momento en el tiempo y el espacio, era solamente para ellos.

La ninfa respondió con la misma pasión que él. Sus labios se endulzaron con el sabor de los de su santo. A esas alturas, ya sabía que nunca tendría suficiente de él. Lo quería y lo necesitaba. Aioros había terminado por convertirse en una pieza esencial de su vida, a la que no estaba dispuesta a renunciar. No concebía la idea de no verlo o perderlo, y por eso, aquella larga aventura era agridulce: vivía en constante pánico de que algo le sucediera durante las misiones, pero tampoco quería que terminarse, porque entonces él tendría que marcharse.

—¿Qué haces aquí solo, arquero? —preguntó, dejando sus pensamientos oscuros detrás, y liberando su boca de la suya.

—Pensaba… Huía… ¡No lo sé!

—¿Problemas?

—Los ánimos están revueltos y las próximas dos misiones se acercan a toda velocidad. Habremos de partir mañana, o al día siguiente a más tardar.

—Solo quedan tres misiones. —Después, todo habría terminado y el mundo que habían construido juntos habría de acabarse también.

—Primero viajaremos hacia occidente. La visita al Inframundo, será la última en ejecutarse.

—¿Irán juntos?

—Sí. El viaje será largo y agotador, pero Shion y Athena creen que es lo más seguro.

—Estoy de acuerdo con ellos.

—¿Vendrás con nosotros?

—Te lo dije antes. —Aretha tomó el rostro de Aioros entre las manos, y posó su frente sobre la de él—. Siempre estoy cerca, siempre.

—Bien, porque te necesito alrededor.

Su mente era un revoltijo de preocupaciones, sin pies y sin cabeza. Los problemas eran tantos y tan variados, que no sabía cómo enfrentarlos.

Entendía que no podía resolverlos todos; la mayoría de ellos no le correspondían. Pero involucraban a personas importantes para él. Aioria, Saga, Shura… Los tres estaban metidos en más líos de los que podían manejar.

Al menos en lo que se refería al gemelo y el español, Aioros podía poner nombre y rostro a esos problemas. Querría decir que el tema en común era el amor, o la pasión. Sin embargo, el tema era turbulento y difícil de afrontar con ambos. Después de todo, ¿quién era él para criticar el corazón de cualquiera? Apenas podía sobrellevar sus propias emociones y lidiar con su propio corazón como para juzgar a los ajenos.

Aioria era otra historia, porque desconocía por completo lo que acontecía con él y su vida, y de algún modo le dolía. Era su hermano pequeño y esperaba que él pudiera confiarle esas cosas. Pero no era así. Su único consuelo era que Aioria no estaba solo. Ángelo estaba con él.

—Estaré ahí —respondió ella. Tomó su mano y la besó—. ¿Sucede algo más?

—No, ya te dije: problemas por todas partes. —Suspiró.

—¿Quieres hablar de ello?

—No sé bien qué decir. Las cosas con Saga van mal… Apenas podemos hablar sin reclamos o desacuerdos. Además, me preocupa la claridad con la que piensa, o la falta de ella, mejor dicho.

—¿A qué te refieres?

—Afrodita.

—Oh…

—Espero que no termine haciendo una locura.

—¿Hay forma de evitarlo? —preguntó—. ¿Quizás con ayuda de Shion?

—Podría decírselo, pero si Saga se entera, lo habré perdido para siempre. Se sentirá traicionado y jamás volverá a confiarme nada.

Últimamente, la confianza entre ellos era mínima. Por supuesto, Aioros reconocía que él había contribuido a ello en buena parte. Sus líos en Creta no habían aportado nada, y las consecuencias se venían arrastrando desde entonces. Se maldijo por haber permitido que su rabia se interpusiera a todo. Una mala decisión estaba arruinando todo.

Gruñó, decepcionado, y buscó consuelo abrazando el cuerpo pequeño de Aretha contra el suyo. Su aroma era especial: dulce, fresco… reconfortante.

Se sentía afortunado de tenerla, pues siempre tendría una aliada en ella. Pero, ¿eso era todo lo que Aretha significaba? No, claro que no. Era mucho más…

—En tal caso, quizás puedas aprovechar el tiempo que les queda por delante. Ahora que saldrán nuevamente de Atenas, búscale. Insiste.

—Es lo único que queda por hacer, ¿no?

La mueca en los labios de la ninfa respondió a su pregunta: sí, eso era todo.

Aioros suspiró y volvió a abrazarla. Hundió el rostro en el hueco de su cuello y aspiró su aroma, que le traía paz. Se esforzó por apartar todo pensamiento que no fuera ella. Aretha era su presente. El futuro y el pasado no importaban. No por ahora.

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El Inframundo no solía recibir muchas visitas. Quizás era por eso que, cuando la presencia de Poseidón se anunció unos minutos antes, la servidumbre había colapsado en atenciones hacia el dios de los mares.

Perséfone se encontraba en sus aposentos cuando la noticia llegó a ella. Al principio, como todos, se había sorprendido.

Después había dudado en acudir a su encuentro. Aunque Poseidón y ella habían tenido varios encuentros furtivos, estaba segura de que su visita en el Inframundo no la involucraba. Sin embargo, había prometido a Athena que la ayudaría y eso incluía inmiscuirse en los asuntos de su tío y su esposo.

Rápidamente se enfundó en su atuendo de reina y abandonó sus habitaciones para ir al encuentro del recién llegado. Avanzó sin prisa, confiando en que para cuando llegase, Hades ya estaría ahí también. De tal forma, podría unirse a la conversación en vez de convertirse en una acompañante de Poseidón mientras esperaba por el emperador. De ese modo, sería menos probable que la despidieran y la dejaran fuera de la plática.

—Es una mañana de sorpresas cuando el dios de los mares hace presencia en este rincón del mundo… —dijo, al adentrarse en el salón del trono.

—Perséfone. —Poseidón la saludó, inclinándose ante ella—. Regia, como siempre.

—Bienvenido.

—Bienvenido, sí. —Hades, sentado en su trono, tomó la palabra, sorprendiendo a ambos—. Justo le decía que su presencia aquí es inesperada. No recibimos muchas visitas en el Inframundo.

—El Olimpo está revuelto y tú, aquí encerrado, no pareces darte cuenta de lo que sucede.

—¿Has venido a informarme? O, quizás… ¿Intentas reclutarme para tu bando?

Sus afiladas palabras dibujaron una sonrisa insípida en los labios de Poseidón, aunque jamás le permitió robarle la compostura. Tranquilo, como las aguas de un lago, el dios peliazul le sostuvo la mirada.

—Ojalá fuera tan sencillo como elegir un lado y permanecer en él —respondió, tras una pausa—. Athena, Hera, Zeus… Todos tienen intereses que defender.

—Acompáñame…

Perséfone lo vio levantarse y dirigirse hasta la salida lateral del salón, que ella sabía, guiaba hasta la sala de estrategias. Con un movimiento de la mano indicó a su hermano que fuera tras él, y aunque ella no fue oficialmente invitada, marchó tras de ambos.

Como todo en el Inframundo, el salón de estrategias era un sitio oscuro. La poca luz que había en él provenía de las teas que ardían sobre las paredes de mármol negro. La enorme mesa en el centro del salón era el lugar donde se tejían las tácticas militares y dibujaba, a voluntad de su dueño, el mundo de los dioses o el mundo mortal. Al fondo, la guerra contra los titanes decoraba el muro. Los ojos de los monstruos legendarios parecían seguir a los visitantes. Los rubíes con los que estaban hechos centelleaban con la luz rojiza del fuego, dándoles una fantasmagórica vida.

Entrar a aquella habitación siempre le había resultado un reto. Era difícil pararse bajo las miradas del tétrico mural y no sentirse pequeña. Ocultar su fascinación era un desafío también.

—Entonces—Hades tomó su lugar en la cabecera de la mesa. Sus manos tocaron la madera y cuando su cosmos se encendió, el Olimpo apareció sobre ella—, cuéntame.

—Hera y Athena están enfrentadas en un duelo para probar la valía de los llamados Santos. Pero sus disputas personales han traspasado los límites que Zeus impuso y han arrastrado a varios dioses hasta el centro de la reyerta.

—¿Tú eres uno de ellos? —La pregunta de su esposo resultó terriblemente interesante para Perséfone.

—De un modo u otro, sí. Me temo que sin saberlo, tú también has terminado en mitad de sus problemas.

Perséfone tragó saliva. Muchas cosas habían y estaban sucediendo a espaldas de Hades, y no estaba segura de querer involucrarlo de aquel modo.

—Y, dime, ¿cómo has respondido tú?

—He tratado de ser tan imparcial como fue posible, aunque me he mantenido atento a cada movimiento de esos hombres.

—Diría que al igual que el resto del Olimpo, les temes. —Ligeramente sacudido, Poseidón intentó responder, más Hades no se lo permitió—. Sin embargo, más que explorar tus miedos, prefiero saber por quién te has decantado. ¿Zeus, Athena o Hera?

—Ninguno.

—Lo dudo. La imparcialidad nunca ha sido una de nuestras virtudes, aunque conociéndote… —Hades centró la mirada en su hermano, analizando cada gesto—, siempre has sido un peón para Zeus.

—Sus ideas suelen ser más apegadas a las mías que las del resto del Olimpo.

—Sus ideas, pero… ¿Qué hay de sus intereses?

—Ahora mismo, dudo que Zeus tenga interés alguno en el problema entre Athena y Hera. Hasta cierto punto, creo que está harto de las dos y del modo en que han conseguido revolver al Olimpo.

Perséfone observó con cuidado las reacciones de ambos dioses. Aunque sus voces se habían mantenido serenas y ecuánimes, sus ojos contaban una historia muy distinta. El breve intercambio había sido tenso. Hades atacaba y Poseidón luchaba por defenderse, sin quedar completamente expuesto.

Ese siempre había sido un problema: Hades era subestimado. Por tratarse de él, del dios condenado a vivir en la oscuridad del Inframundo, muchas veces no recibía el respeto que merecía de sus iguales.

Pero al igual que el resto de los dioses Olímpicos, su esposo era una deidad poderosa, inteligente, manipuladora y egoísta. Aquellos eran los males de su especie, y Hades, a pesar de su lejanía con el resto, no estaba exento de ellos. Ella lo conocía y lo amaba, pero su amor no le impedía ver la realidad. Hades era bueno con ella, mas no necesariamente lo era con los demás.

—Zeus es idiota si cree que esto es lo más lejos que llegaran esas dos —escupió Hades—. Su guerra es solo el inicio de algo más grande.

—¿De qué hablas?

—Oh, hermano. —La mirada oscura y ratonil de Hades se posó sobre el dios de los océanos—. Podrás intentar engañarme, pero no vas a conseguirlo. Sé que no eres el tonto que pretendes, y sé de sobre que no permitirás que la evolución de este pleito entre diosas te pille desprevenido.

—Hades…

—El poder de Athena se ha incrementado, y no hablo de su cosmos de diosa exclusivamente. La llegada de sus Santos ha brindado a su ejército de un poderío único. Han pasado de ser un puñado de mortales con espadas y picas, a ser liderados por hombres con conocimiento y maestría del cosmos… Conocen nuestros secretos de dioses y se han acercado a nosotros. Si hubiese una guerra por el control del Olimpo, ella llevaría la ventaja sobre cualquiera de nuestros ejércitos.

La piel de Perséfone se erizó, mientras sus ojos escrutaron cuidadosamente cada reacción de Poseidón. Por el modo en que su mirada azul centella, supo que Hades había conseguido su cometido.

Por supuesto, no todo el mérito era suyo. Tal como había dicho antes, Poseidón era consciente de todo lo que sucedía. Desde antes de su visita al Inframundo albergaba suficientes recelos, y lo único que Hades había conseguido, era alimentarlos para hacerlos crecer. Ahora, Perséfone temía que su presencia ahí hubiera resultado contraproducente.

—Tengo curiosidad, Hades. —La reina del Inframundo lo escuchó hablar—. La forma en que hablas, el modo en que tus palabras suenan cuidadas y reflexionadas… ¿Te has estado preparando para este momento?

—¿Tú no?

El silencio fue la respuesta que tanto Hades como Perséfone necesitaban.

Sin darse cuenta, la diosa del Inframundo retuvo el aliento. Cosas importantes estaban sucediendo, y pensaba que ni ella ni Athena las comprendían en toda su magnitud.

Dirigió sus ojos hacia el dios de los mares, deseando poder conocer lo que ocultaba en su mente. Desafortunadamente, al igual que su esposo y su padre, las ideas de Poseidón siempre se tornaban en empresas para defender sus intereses propios… Y era a eso a lo que temía,

-Continuará…-

NdA: ¡Hola!

Después de mucho tiempo vengo a dejar esto por aquí.

Agradezco a quienes continúan en el camino conmigo. Deseo y espero que todos estén bien, saliendo adelante en estos tiempos difíciles. No bajemos la guardia y continuemos cuidándonos mucho. Pronto las cosas irán a mejor.

Hasta donde estén les envió fuerza, coraje y esperanza.

Nos leemos pronto.

Sunrise Spirit.