Resumen: ¿Qué es de la vida de los pilares del viento y del agua luego de vencer al Primer Demonio? ¿Se encontrarán en el punto medio de lo que les dicta el corazón o, por el contrario, encontrarán la paz en la distancia? Esta es su historia.


Advertencia: SPOILERS: Este trabajo se basa en el final del manga. Palabras malsonantes. Este trabajo se basa también en que con la muerte de Muzan, todos los demonios murieron junto a él.

Atención: Ciertas escenas son sacadas del manga. Los diálogos que lo siguen son una combinación de las traducciones al inglés y al español. El sufijo "-sama" y "-dono" son traducidos como "honorable".

Notas: He aquí mi versión de lo que puede haber pasado en el penúltimo capítulo, el extra y la fotografía que se ve del último panel del último capítulo de este espectacular manga, desde el punto de vista SaneGiyū. Quizá continúe esta historia, pero por ahora espero disfruten con todo el corazón de este oneshot.


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Construyendo Nuestros Pilares

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El cielo se encuentra despejado y el sol les saluda por sobre los hermosos árboles que han decidido finalmente florecer, originando el renacer de múltiples vidas que se creían perdidas, junto a una nueva era para los humanos, con resplandecientes días y noches silenciosamente oscuras. Más de mil años de tragedias que jamás se olvidarán por respeto a quienes lo perdieron todo para entregar el presente que ahora viven y que los reúne bajo la sombra de la gran hacienda Ubuyashiki, que ampara a unos de los pocos sobrevivientes de tan espeluznante periodo en la corta historia de la humanidad.

―Gracias por venir ―dice el joven patrón de la hacienda, acompañado por sus dos hermanas menores y los dos últimos pilares que resistieron la gran lucha llevada a cabo tres meses atrás contra los demonios que aterrorizaron su mundo por más de un milenio―. Hoy celebramos la última asamblea de Pilares ―continua con una amable sonrisa, inherente de su familia, y llama con sus nombres de pila a su especial visita―. Ustedes son los únicos pilares sobrevivientes, al final, la mayoría de nuestros niños nos han dejado.

El pilar del agua y el pilar del viento observan respetuosamente a su interlocutor, sienten de repente el suave viento de la primavera que sigilosamente se cuela en medio de su ansiada reunión.

―Sin embargo ―suspira el joven patrón, aliviado de poder ser él, el último de su clase, quien pronuncie las palabras a continuación―, fuimos capaces de erradicar por completo a todos los demonios― su sonrisa amable se acrecienta al igual que sus expresivos ojos―. Por consiguiente, el Cuerpo de Exterminio de Demonios queda disuelto a partir de hoy.

―Como desee ―contestan ambos adultos, quienes fueron, hasta hace un momento, los espadachines más poderosos de esta última generación.

―Por muchos años, guerreros como ustedes arriesgaron su vida… ―dice una de las jóvenes que los acompañan.

―… Por el bien del mundo, por el bien de las personas. Gracias por luchar hasta el límite. Acepten lo consiguiente ―complementa la otra joven en el mismo tono de gratitud.

―Toda la casa de la familia Ubuyashiki, le expresa su gratitud desde el fondo de su corazón ―termina por decir el patrón, quien junto a sus dos hermanas se postra en el suelo con una reverencia, ante los ojos de los atónitos adultos que frente a ellos se ubican.

―¡Levanten la cabeza, por favor! ―grita el ex-pilar del agua, atormentado por lo sucedido.

―¡No necesitamos de su gratitud! ―contesta el ex-pilar del viento, levantándose de su posición en el suelo, esperando que el patrón y sus hermanas cumplieran con la petición que él y su compañero vociferan aturdidos―. ¡En todo caso, el Cuerpo de Exterminio de Demonios es lo que es y existe, gracias a los esfuerzos de la casa Ubuyashiki!

―Honorable Kiriya ―continua el otro hombre―, usted llevó a cabo sus deberes de forma espléndida. Creo que todos los ancestros de la casa Ubuyashiki, incluyendo a su honorable padre, deben estar muy orgullosos de ustedes.

El patrón, el honorable Ubuyashiki Kiriya, que comienza a verse más niño de lo que alguna vez pudo ser, comienza a derramar lágrimas que se confunden entre anhelo, gratitud y pena. Da las gracias como un niño de su edad, con la pesada carga que sus ancestros dejaron sobre sus frágiles hombros, puede hacer. Sus hermanas, Ubuyashiki Kuina y Ubuyashiki Kanata, tan delicadas y fuertes como su familia, se unen a su llanto, en silencio.

Los dos hombres, previos pilares del ahora disuelto Cuerpo de Exterminio de Demonios, majestuosos y valientes guerreros que entregaron su vida a la causa y fueron recompensados por los designios del destino o de Dios, se miran con esperanza y calidez.

Tomioka Giyū y Shinazugawa Sanemi finalmente pueden sonreír.

Para ellos, todo ha llegado a su fin y solo esperan que su futuro, el de los niños que lloran por sus seres queridos y el de sus amigos y camaradas que se recuperan a kilómetros de distancia, pueda brillar con la intensidad de miles de soles hasta alcanzar mil años más.

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Una vez la familia Ubuyashiki cierra la última reunión que tendrán en su vida en torno a las palabras demonio y pilares, y el sol se pone en su punto máximo, el transporte es preparado para el corto viaje que harán los tres niños y sus dos acompañantes hacia las tierras que Kochō Shinobu dejó para su familia y camaradas antes de partir, la Hacienda Mariposa.

Sanemi actualiza a los niños con la situación en la hacienda: los heridos que ya se recuperaron y la cantidad de personas de distintos puntos de japón que se hallan reunidas ahí, todos en torno a ver la pronta recuperación de quien ayudó a salvar a la humanidad de esos horribles monstruos y quien, a la vez, se hubo salvado de sí mismo y la maléfica presencia del Primer Demonio. Kamado Tanjirō está ese día en mejor estado para recibir las visitas que tanto han esperado verlo y la información de que al siguiente día será dado de alta recorre cada pasillo, cada habitación, por lo tanto, la hacienda Mariposa se encuentra zumbando en vida; así le fue informado su cuervo a Giyū, la noche anterior, por la hermana menor de Tanjirō, previamente convertida en demonio y rescatada de su horrible prisión por dos mujeres que vivieron una igual o peor: la joven Kamado Nezuko.

La familia de tres se halla eufórica por su primera visita a las tierras Mariposa, por la primera vez que verán a todos los niños de su honorable padre que entregaron sus vidas a la causa, reunidos en un solo lugar, como lo permite el espacio y los horarios de atención; luego de tres arduos meses que pasaron para la recuperación de su hogar y las secuelas mentales producidas por la hipervigilia sometida para conquistar el plan de su padre, así como organizando sus cuentas, los trabajos de la hacienda y la triste sucesión por el fallecimiento planeado de sus honorables progenitores, que los alejaron de la presencia de sus queridos amigos.

Tuvieron la oportunidad de visitar las tumbas de cuyas vidas ayudaron a armar el presente que hoy viven, solo una vez que estuvieron dispuestas las lápidas y los nombres de todos los valientes guerreros, así fue que los niños rindieron expresamente sus respetos.

Cuando dos vehículos se aparcan en la entrada de la mansión, Giyū y Sanemi se voltean a ver en estado de confusión.

―Honorable Kiriya ―llama Giyū suavemente―. No necesitan preocuparse por nosotros, podemos acompañarlos a pie sin problema.

―Quisiéramos que nos acompañaran en las mismas condiciones, señor Giyū. Así como mi honorable padre siempre les trató con sumo respeto e igualdad, es como nosotros, yo, deseo hacer por ustedes en este corto viaje y en el futuro.

Ambos adultos se vuelven a mirar y Sanemi tuerce la boca en pensamiento.

―Entonces, si nos lo permite, podríamos acompañarlos en un solo vehículo y evitar mayores gastos para ustedes.

La adorable Kuina les sonríe juguetona, su hermana cierra los ojos mientras ríe cuando sus ex-pilares se agitan con su forma de proceder y su hermano mayor solo se les queda viendo mientras Kunia les responde.

―Nuestros recursos estaban a disposición para las necesidades que nuestros pilares tuvieran, ahora, solo deseamos ser amables y recíprocos con ustedes…

―… Y brindarles comodidad en este tiempo de paz. Deben estar aún exhaustos por el viaje que realizaron hoy para nuestra breve reunión ―continúa Kanata.

―Merecen un tiempo de descanso antes de llegar a la Hacienda Mariposa y encontrarse con sus camaradas y amigos. El automóvil no es suficientemente espacioso para que ustedes puedan sentirse a gusto y no queremos incordiar mientras discutimos temas laborales de nuestros negocios en Fukushima ―Kiriya sonríe y con su mano señala respetuosamente el segundo vehículo que espera a sus dos visitas de la mañana―. Por favor, pueden pasar al vehículo.

―Como desee, honorable Kiriya ―responde suavemente Giyū, agachando la cabeza en reverencia y siguiendo de inmediato al pequeño vehículo sin interferir más en las decisiones de quien los guió infalible a la derrota del Rey de los Demonios, ahora solo un recuerdo en sus mentes.

―Si es lo que usted desea… ―comenta Sanemi volteando a ver a Giyū y luego rápidamente a Kiriya. El niño asiente.

―Siento que necesitan este tiempo a solas antes de hacerse presente en la Hacienda Mariposa ―responde enigmático y las chicas a su lado agachan la cabeza y se disculpan para ir acomodándose en el otro vehículo, junto con su asistente cargando dos pequeñas valijas con sus necesidades. Sanemi frunce el ceño en pregunta y Kiriya, tan comprensible como solo él puede serlo aun cuando no se entienden sus razones, vuelve a sonreír mientras se lleva una mano al borde de su boca, Sanemi entiende que el gesto es de secretismo―. Digamos que es una intuición, solo eso… No hay otra razón.

Kiriya se disculpa suavemente para ir a acompañar a sus hermanas y Sanemi se dirige inmediatamente al segundo vehículo estacionado frente a la mansión, el chófer se encuentra fuera de su respectivo puesto esperando la señal del otro, quien llevará a los herederos de la casa Ubuyashiki a su destino. Pocas veces pudo Sanemi ver los nuevos tipos de transportes que abundan en el Periodo Taisho, siempre siendo su prioridad el vagar por las noches repletas de demonios y días concentrados en entrenamiento y recolección de información. Los carruajes han cambiado y solo la élite consigue movilizarse en lo que ahora se planta frente a él, un oscuro equipo de metal que se mueve sin necesidad de la tracción humana o animal como solo pudo ver en su infancia y adolescencia, siendo el tren a locomoción su único medio de transporte entre prefecturas.

Ve entonces a Giyū acomodándose en la silla derecha y no le queda más que girar sus talones y caminar hacia el lado izquierdo del vehículo. Giyū lo voltea a ver una vez ingresa al automóvil y luego agacha la cabeza, se le ve claramente incómodo por la situación, mas no comenta nada.

Se quedan un par de minutos en silencio hasta que un claxon suena y a continuación se escucha el repiqueteo de las llantas sobre la grava, el conductor del vehículo en el que se encuentran se pone en marcha y lentamente salen del lugar refugiado entre frondosos y altos árboles de la Mansión Ubuyashiki.

―El joven Kiriya tuvo una intuición ahora.

Giyū levanta la mirada y la dirige a la cara de Sanemi, pidiendo con su acción que continúe con sus palabras, pues no le indica nada. Ambos conocen del poder de intuición que la familia Ubuyashiki desarrolló durante mil años, así como su hermoso tono de voz capaz de calmar al más temeroso y al más rudo, sin embargo, Giyū no ve la oportunidad de ser usado ahora o la causa por la que Sanemi lo traiga a colación.

―Sintió la necesidad de que estuviéramos a solas en estos momentos.

―Oh.

―¿Tienes algo qué decirme, Tomioka? ―pregunta sereno Sanemi y acomoda su brazo izquierdo sobre el borde de la ventana que tiene a su lado, volteándose completamente hacia su acompañante para ver todos sus movimientos e interpretarlos como le sea posible. Giyū ha venido cambiando su forma de expresarse, de hablar y actuar en esos últimos tres meses de paz, pero aquello no indica que su progreso haya sucedido de la noche a la mañana, pues varios patrones continúan, por más que Sanemi espera que no fuese así y le irrita aún sobremanera―. Yo ya no tengo nada más por decir, he sido jodidamente paciente, pero ya me sacas de quicio con tu ridículo silencio y creo que el joven Kiriya se percató de nuestra situación.

Giyū baja la mirada y sigue sin hablar, Sanemi entonces siente un tipo de rabia que hace días no siente y agarra fuertemente la única muñeca que le queda a Giyū, tan de repente que este se sorprende y revisa rápido con su mirada al chófer frente a ellos, Sanemi gruñe por lo bajo y lo suelta, pero su punto queda en firme, solo queda que Giyū responda lo que hace una semana le propuso pensar.

―Estoy aburrido, no, estoy harto de estos rodeos, de esperarte y de ser siempre yo quien te busque ―alterado, Sanemi mira hacia el camino que se abre campo a un lado del vehículo, suspira fuerte y se pasa la mano izquierda por su corto cabello, como lo es ahora también el de Giyū―. Me hartas, de verdad, hasta el punto de llegar a cometer errores, como no percibir a Kamado cuando nos espió, en el último día de Kibutsuji Muzan. No sé si es estúpido por naturaleza o si decidió no decir nada o si realmente solo nos vio pelear con las espadas de madera, pero me abrió los ojos. Creo que esta mierda de situación pudo conmigo.

―Shinazugawa… ―Giyū responde quedo, con las cejas recogidas y posando su mano sobre sus muslos claramente afligido, pero Sanemi no distingue si la causa es por sus últimas palabras, por algo más que pasa por su mente o por el desprecio que demostró juguetonamente hacia Tanjirō y es nuevamente que siente enojo por no reconocer rápidamente sus pensamientos o actitudes―. No es eso…

―¡¿Entonces, qué es?! Joder, Tomioka, ¡habla malditamente claro por primera vez en tu vida!

―Lo que para ti puede ser claro, no lo es en mi caso. Decimos que la luna se oculta tras las nubes en noches de tormenta, pero no es así, son las nubes quienes ocultan a la luna… Ella no tiene la culpa de su situación, en el cielo que nosotros vemos.

Sanemi se queda mirándole por unos segundos con sus expresivos ojos abiertos, inmóvil, antes de explotar.

―¡¿QUÉ MIERDA ESTÁS BALBUCEANDO!? ―su alarido alerta al conductor, quien en un acto de sobrevivencia se detiene a un lado de la vía y voltea a verlos preocupado, su corazón claramente agitado bajo su traje profesional. Sanemi levanta la mano y se disculpa, saliendo en seguida del vehículo.

Giyū sale por el otro lado y lo sigue, preocupado, alarmado, a diez pies de distancia.

―Shinazugawa, por favor, vuelve al vehículo ―pide Giyū con su voz aún serena―. No preocupemos a los jóvenes Ubuyashiki.

Sanemi se pasa varias veces las manos por la cara, sintiendo todavía dolor en los dos dedos amputados; miembros fantasmas, le dijeron que se le llama al fenómeno. Luego camina veloz hacia adelante, hacia el otro vehículo que comienza a aparcarse, y se acerca a los niños que impávidos lo ven fuera de la ventana de su automóvil. Giyū sigue a diez pies de distancia y escucha claramente lo que su ex-compañero pilar les pide.

―Disculpen la interrupción, respetables jóvenes, pero he comprendido sus palabras previas, honorable Kiriya. Permítame seguir su consejo y pedir que se adelanten en lo que soluciono un tema con Tomioka, antes de encontrarnos con nuestros camaradas en una hora.

―Por supuesto, señor Sanemi ―contesta comprensible, Kiriya―. Los esperamos en la Hacienda Mariposa.

El adulto asiente y el vehículo continúa el camino, Sanemi suspira fuertemente y patea la grava y tierra que hay entre él y Giyū, un claro berrinche de molestia por él y su situación. Giyū, viendo necesario hablar realmente a solas, se voltea hacia el alarmado chófer y le pide que espere en el automóvil en lo que solucionan su altercado, el hombre no ve qué más podría hacer y obedece de inmediato, incluso, moviendo el vehículo más adelante dándoles la espalda, brindando privacidad.

Giyū toma nueve pasos hacia Sanemi y este gruñe visiblemente enojado, no obstante, da el último paso que los separa y su mano toma nuevamente la muñeca del contrario, llevándolo hacia un lado de la carretera, entre los gruesos y altos árboles que los rodean y evitar así mayor interrupción. Al soltar la muñeca que sostiene, permanece dándole la espalda a Giyū y cruza sus brazos sobre su pecho, Giyū siente un pinchazo de envidia ante esa simple acción, pero es pronto diluida en su pecho cuando Sanemi suspira fuerte.

―Luego de visitar a Kamado y a los demás, no habrán excusas para vernos ―pronuncia Sanemi, ya sosegado, con la clara intención de que sus palabras sean escuchadas vocal a vocal―. La familia Ubuyashiki no nos necesita más, nadie nos necesita más. Quiero saber desde ya qué sucederá, Tomioka, de lo contrario, me marcharé y no me volverás a ver luego de mañana.

El pecho de Giyū vuelve a sentir un pinchazo, mas no de envidia. El corazón comienza a latir aprisa y su cara se acalora de súbito, tanto que, por un segundo, piensa que su marca volverá a aparecer como hace tres meses. Es absurdo, piensa, pero el poder de las palabras del hombre frente a él le ocasiona sensaciones que solo desde niño y antes de su duro entrenamiento para volverse pilar, experimentó.

Recuerda entonces las otras pronunciadas en la última noche de guardia que decidieron hacer juntos luego de la muerte de Kibutsuji Muzan, la semana anterior. Los hábitos morían difícilmente y su apetencia de sentirse completamente seguros sobre la muerte de todos los demonios, los reunió esa clara noche de marzo. Sólo el cuervo de la familia Ubuyashiki los interrumpió con la información que le habían encargado transmitir, aquella de que se llevaría a cabo la última reunión de los pilares del Cuerpo de Exterminio de Demonios exactamente una semana después.

"Dame una respuesta clara, un nombre a lo que seremos de ahora en adelante."

Su corazón no deja de palpitar apresurado, llegando a tocar dolorosamente su esternón por la fuerza con la que quiere hacerse notar, con la intención de brindarle a sus piernas las condiciones necesarias para correr y alejarse pronto de la causa de su conmoción.

Sin embargo, jamás fue una persona cobarde. Indigna, por supuesto, pero nunca huyó de sus responsabilidades adquiridas, aún cuando no hubiesen sido suyas propiamente.

―La respuesta me elude ahora, Shinazugawa ―responde con un pequeño temblor en su voz que causa que se muerda levemente su lengua. Sanemi profiere un insulto y se voltea a verlo con ganas palpables de asestarle un buen golpe en el rostro, pero Giyū no se mueve de su sitio. Pensando equívocamente que no se atreverá a golpearlo antes de terminar de hablar, se lleva un susto al sentir el roce del puño contrario sobre su mejilla―. Déjame terminar.

―¡DEJA DE HABLAR EN RODEOS! ―refuta Sanemi furioso, baja su puño y todo su cuerpo lanzándole una ágil patada al rostro nuevamente, ocasionando que Giyū finalmente se mueva y deje una gran distancia entre ellos―. ¡¿Por qué he de dejar que juegues conmigo?! ¡¿Quién diablos te crees que eres, ah?!

―No lo hago ―argumenta Giyū confundido por la forma de actuar de su compañero―. Detente, por favor ―sabe, conoce y jura que en una pelea física siempre tendrá las de perder contra el ex-pilar del viento. Agradece que ya no carguen sus espadas pues hubiera sido realmente difícil disuadir el enojo del hombre, por lo que aprovechando su suerte, pronto se sube a la cima de un árbol y grita, por primera vez en un largo tiempo―. ¡Sanemi, escúchame!

Los largos pasos que Sanemi estaba dando hacia el árbol que acoge en sus ramas a Giyū se detienen de inmediato, sus ojos se agrandan hasta lo que más dan y mira hacia arriba con real aprensión. Giyū no sabe de dónde salió la osadía de llamar al otro por su nombre de pila y culpa a la arrogancia de su corazón.

―Disculpa ―habla de inmediato para evitar conocer la reacción que Sanemi podría tener frente a lo acontecido, pues no quiere lidiar con otro cambio de humor de su parte―, no debí llamarte por tu nombre. Sé que no tengo ningún permiso ni razón para ello, pero creo que fue una buena idea si te detuvo de seguir golpeándome.

Sanemi baja la vista y queda viendo el fuerte tronco del árbol, se muerde el labio inferior y suavemente contesta―: No lo vuelvas a hacer, Tomioka.

Giyū espera unos cinco segundos antes de bajar completamente del árbol, cerciorado de que Sanemi finalmente se ha calmado luego de su arrebato. Lo mira a los ojos notando las venas de los mismos debido a su cercanía, indicando que Sanemi estuvo seriamente enojado con él.

―Como te decía, aún no tengo una respuesta a la pregunta que me hiciste aquella noche ―repite aún cuando los puños de Sanemi vuelven a apretarse a cada lado de su cuerpo―, pero ―extiende la palabra deteniendo el temblor de esos fuertes puños―, no quiere decir que no procuro en darte una. Por ello, quisiera invitarte a vivir conmigo por un tiempo.

―¿Por qué habría de aceptar eso?

Sanemi se siente indefenso ante la propuesta, Giyū lo ve claramente una vez que sus elusivas palabras llegan a él, pero es que verdaderamente no puede darle una respuesta certera a su pregunta. Esta idea, esta invitación, tan solo se le ocurrió esa misma mañana, al verlo de nuevo, al sonreírle frente a la presencia de la familia Ubuyashiki, al saber que su labor ha finalizado, que sus vidas han transmutado.

Había hablado antes con Tanjirō, la semana en la que pudo conversar finalmente con él y Nezuko sobre sus planes a futuro, y se vio sorprendido ante la determinación de irse con sus fieles amigos a vivir juntos en su antiguo hogar dentro de las montañas del norte, en brindarles calor a la vez que recibe de ellos su inagotable cariño. Se sorprendió tanto que sus palabras resonaron durante todo mes siguiente, hasta esa mañana, hasta que volvió a ver a Sanemi luego de siete agotadores días de pensar en una respetable respuesta a su petición.

Espera con ello saciar la curiosidad de su compañero.

―Solo así nos podremos encontrar en el punto medio de lo que dictan nuestros corazones.

Sanemi lo vuelve a ver inexpresivo, con los ojos agrandados y los puños apretados, Giyū siente un déjà vu, luego explota.

―¿Es que acaso no sabes hablar bien, Tomioka? ¿Estás mal de la cabeza? ¡¿Qué pasa contigo, joder?! ¡¿Qué mierda de respuesta es esa?!

Giyū queda petrificado, con cara de total desconcierto. Sanemi quisiera poder golpear a Giyū hasta la muerte y revivirlo en un cuerpo con la habilidad de dar un mejor discurso, con mejores habilidades sociales, con mejor entendimiento, pero eso sería muy fácil, y es por ello que el calor que se expande por su pecho lo encuentra fuera de lugar y sus mejillas que se acaloran con tanta fuerza lo distraen de su buen juicio, llegando a pensar que quizá volverá a presentar la marca si su calor corporal continúa en ascenso y el corazón no disminuye pronto su exagerado palpitar.

Ja. Qué extraña conclusión.

―Déjame pensarlo ―contesta finalmente, cuando unos pájaros pasan cerca de ellos y lo despojan del previo enojo. Quiere encontrarle sentido a las palabras pronunciadas de Giyū, por más extrañas que sean, pero ahora no es el momento. Hay gente esperando su llegada a la Hacienda Mariposa y tiene aún una noche más para pensar lo que podrá llegar a ser su futuro en caso de acceder a tan extraña petición.

Ya se había acostumbrado a tomar decisiones rápidas, esta vez no será la excepción.

Giyū sonríe y Sanemi lo ve aún más extraño, pues no hay razones para hacerlo, solo ha dejado entredicho que no ha rechazado su solicitud ni la ha aceptado, no debe tener razones para sonreír y él lo sabe. Sabe lo que es sentir la incertidumbre de no tener claro qué piensa la otra persona, lo incómodo de la situación en la que los metió solo por darle fin a una época en su vida a la que no quiere regresar. Tal y como siente el dolor de perder a su hermano y la duda de saber si finalmente podrá ir con él o si su querida madre lo volverá a esperar en el infierno para hacerse compañía, aquello lo mantiene en la mayor incertidumbre jamás sentida.

Quizá Giyū sabe esto, quizá Giyū ha vivido algo parecido a él y saberse conocedor de esto lo hace sonreír. Quizá sea lo contrario y piense que esta incertidumbre le da razones para seguir el día a día, para levantarse cada mañana. Quizá solo sea muy estúpido. Quizá solo sea demasiado ingenuo frente a las interacciones sociales que se le presentan a su alrededor, como bien lo expresó en algún momento Shinobu.

Sin embargo, Sanemi le devuelve la sonrisa.

Qué extraña conclusión, realmente.

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Las calles de la ciudad comienzan a cambiar y la Hacienda Mariposa se alza majestuosa al final del camino empedrado. Sanemi bosteza y estira los brazos lo más que puede en tan reducido espacio dentro del vehículo, siente la brisa fresca de la primavera y el olor a flores invade sus fosas nasales. La hora de viaje se ve finalizada con la vista de la hacienda y sus doloridos músculos agradecen el estiramiento, voltea su cabeza a su derecha y ve a Giyū aún dormido de forma erguida en su sitio, el suave subir y bajar de su pecho indica su estado de completa relajación, posiblemente siguiendo los consejos de los médicos y evita ya la técnica de Respiración de Enfoque Completo, muy al contrario de Sanemi quien aún le queda difícil volver a tener una vida de civil, por lo que su respiración aún está al máximo de su entrenamiento como pilar. Sus patrones de sueño tampoco han sido fáciles de modificar, aún levantándose a media noche listo para la batalla, y envidia a Giyū quien, sin gran esfuerzo, dormita en el vehículo junto a él aunque luego sea a él quien le cueste encontrar descanso una vez el sol se oculte tras las montañas del oeste.

Por primera vez, se enfoca también en observar su rostro y se impresiona de saber que Giyū mantiene su estoicidad aún en sueños, siendo probable que en su futuro no sufra de marcas de la vejez como ya Sanemi se ve desarrollando por tantos años de furia desmedida y estrés constante; si Giyū continúa con sus extraños esfuerzos de demostrar pocas emociones en su cara, podrá aparentar sus recién cumplidos veintidós años por otros diez más sin problema.

Voltea la vista hacia el frente y la entrada a la hacienda se ve cada vez más cerca, así que en un impulso nada propio de las costumbres de los hombres de su edad, toma suavemente el dedo meñique de Giyū con el suyo propio y los entrelaza, esperando que con esa pequeña acción el otro se despierte sin causarle un sobresalto. Sin embargo, no es suficiente y debe apretar un poco su dedo hasta que el otro hombre abre rápidamente los ojos y los dirige hacia abajo, buscando el origen de la extraña sensación que lo ha despertado de su tranquilo sueño.

Sanemi sigue con el rostro al frente, pero sus ojos se encuentran enfocados en Giyū, quien se ha quedado estático viendo sus manos con suma curiosidad por varios segundos. Mudo. Esto saca de casillas a Sanemi, por lo que chasquea la lengua y decide retirar su extremidad de la contraria, pero el fuerte agarre del meñique de Giyū lo detiene de inmediato y por si eso fuese poco, suelta un apacible 'no' para evitar que lo vuelva a intentar.

―Es… cálido ―dice, su rostro inexpresivo como siempre. Sanemi prefiere no discernir el sentimiento que esto le causa y vuelve la vista al frente. Han llegado a las puertas de la Hacienda Mariposa y el vehículo compañero del que van se encuentra aparcado frente a ellos, solitario.

―Vamos ―dice secamente y de inmediato Giyū suelta su dedo y sale por la puerta, dejando de lado su última petición sin más.

Los dos entran y saludan a cada ex-miembro del equipo que se encuentran en su camino, junto a las chicas que estuvieron bajo el cuidado de Shinobu antes de fallecer en un sublime acto de bondad mezclado con una explícita y comprendida venganza. Sanemi espera que haya encontrado paz en su proceder. Cuando llega a la habitación que encargó para poder quedarse esa noche a esperar la partida de Tanjirō al siguiente día, se alegra al ver que la caja de bambú que resguarda la apreciada mascota de quien fue el arrogante y osado pilar de la serpiente sigue intacta.

Sin esperar más, antes de ver el sol bajar y que la necesidad de asearse se haga presente, toma la serpiente de la caja y se dirige hacia el patio de la hacienda donde antes pudo ver a la previa Tsuguko del pilar insecto y de la flor, Tsuyuri Kanao.

Cuando la encuentra, se halla frente al gran y frondoso árbol de cerezo que ha visto desde la primera vez que ingresó a la hacienda hace tantos años atrás. La llama y la chica lo voltea a ver, de inmediato puede percibir la emoción que siente Kanao de ver a la serpiente en su brazo.

―Tómalo y cuídalo ―le indica Sanemi una vez ella se acerca a él―. Kaburamaru necesita a alguien dedicado y fuerte que lo acompañe el resto de su vida.

―Gracias, señor Shinazugawa, cuidaré al mejor amigo del pilar de la serpiente con mucho cariño ―la chica sonríe francamente y Sanemi se siente bien de ver un cambio positivo en su forma de actuar.

―¿Cómo te encuentras?

―¡Perfectamente! No me duelen más mis heridas.

―Esto está bien ―sin más se devuelve en sus pasos y levanta la mano en señal de despedida.

Los pasillos de la hacienda parece que respiraran por la armoniosa camaradería que se siente en ella, la cual muy posiblemente provenga de la famosa habitación donde se recupera Tanjirō y sus amigos. Siente ganas de visitarlo por un momento, pero se retracta de inmediato al pensar en la cantidad de gente que tendrá que haber en un mismo sitio y desecha la idea. Tener que enfrentarse principalmente a Nezuko le pone los vellos en punta, pues la chica no ha de tenerle gran estima por lo acontecido hace tantos meses atrás, pero que por obvias razones recordará como si hubiera sucedido hace unas pocas horas.

Decide mejor en buscar a Giyū para informarle que Kaburamaru ya está en mejores manos y de paso preguntarles a las chicas mariposa la hora de la cena y el paradero de la familia Ubuyashiki, cuando ve salir a alguien de una de las habitaciones a su derecha.

Kamado Nezuko se planta frente a él y un escalofrío le recorre el cuerpo.

―¡Ay, hola!

Aturdido, Sanemi la observa sonreír mientras espera su respuesta al saludo y él, la verdad sea dicha, no tiene idea cómo hacerlo.

―Um…

―¿Tus heridas ya están bien? ―pregunta con verdaderas y bienhechoras intenciones de conocer su estado de salud. Sanemi sigue sin saber qué hacer ante las acciones de la chica y solo puede contestar afirmativamente con otro monosílabo a la vez que desvía su mirada a la derecha, buscando en las paredes de la mansión un polo a tierra que le ayude a mantener esa incómoda conversación con Nezuko.

―¡Qué bueno!

La frente le suda y la radiante sonrisa de la chica desarma todo en él. Qué muchacha tan rara, piensa sin remordimiento. Aclara su garganta, decide poner fin a la extraña situación en la que se metió y se arma de valor para contestar como un hombre debería hacerlo.

―Me quiero disculpar, por tantas cosas… ―inicia, con la boca torcida de la incomodidad y grandes gotas de sudor aún recorren su frente y sien―. También por el problema que tuvieron después de derrotar a Muzan. Estuve inconsciente durante ese momento.

Súbitamente, una tierna risa sale de los labios de Nezuko y paraliza las intenciones de Sanemi de tajo.

―Yo dormí por… ¿cuántos fueron? ―se pregunta cómicamente la chica―, dos años aproximadamente. ¡Así que, en comparación, no dormiste absolutamente nada! Y mi hermano también durmió por casi un mes luego de la batalla.

Los engranajes imaginarios dentro de la mente de Sanemi se detienen, siente que sufrirá un aneurisma cerebral si no retoma las funciones básicas de supervivencia y reacciona pronto ante lo que Nezuko le está contando, pero es difícil, muy difícil. La chica sigue riendo, ¿estará bien de la cabeza, luego de la droga?, piensa alarmado Sanemi, saliendo un poco de su estupor.

―¡A mí me encanta dormir!

"A mi me encanta dormir, ¡porque luego no me da hambre!"

El corazón se le paraliza un momento, la vista se le nubla y le falta el aire por unos segundos. Para cuando vuelve en sí, su mano con los dedos mutilados se encuentra descansada sobre la pequeña cabeza de Nezuko, quien ha dejado de reír a carcajadas y se encuentra ahora mirando hacia el piso de madera del pasillo, en completo silencio.

Se parece tanto a su pequeño hermano, se parece tanto a su querido Gen'ya.

No puede evitar que una sonrisa aparezca en su rostro, pero no importa, se siente bien, luego de tres terribles meses de pesadillas y horribles oportunidades de incumplir su palabra y buscarlos en el más allá, finalmente se siente bien por primera vez desde que se halló completamente solo en el mundo, sin su querido Gen'ya, sin sus pequeños hermanos, sin su madre.

Suspira y suelta la cabeza de la muchacha, se despide de la misma manera que hizo con Kanao y sigue su camino por los vibrantes pasillos de la Hacienda Mariposa. Puede que pase primero por la habitación de Giyū.

Ya no se siente terriblemente solo.

Quizá…

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Giyū saluda cordialmente a cada persona que ve pasar y se pregunta el paradero de la familia Ubuyashiki. Cuando escucha una algarabía a dos pasillos de distancia se detiene y supone que la habitación de Tanjirō y los demás chicos ha de estar siendo visitada por los niños Ubuyashiki, como lo indican sus amortiguadas y risueñas palabras. Da media vuelta para darles su espacio y camina con parsimonia hasta que, a medio pasillo de distancia, nota las puertas a medio abrir del salón de té y se encuentra inesperadamente con su maestro, Urokodaki Sakonji, relajándose junto con el retirado pilar de la llama y el retirado pilar del sonido dentro del recinto.

Giyū desliza la puerta con cuidado hasta dejarla como estaba antes de ingresar y saluda en silencio y una leve reverencia a los tres hombres. Tenía desde la última reunión pillar con el difunto Maestro Ubuyashiki de no ver al ex-pilar del sonido, Uzui Tengen, y su cabello suelto y figura desgarbada le da clarísimos indicios de las causas por las que tuvo que renunciar a su puesto como pilar, aunque su rostro solo ha cambiado por el parche cubriendo su ojo izquierdo, finalmente tapando ese horrible tatuaje, y su fachada de complacido continúe perturbando la serenidad de Giyū.

Le echa una mirada al salón y se percata que es bastante más grande de como lo recuerda, ya hace aproximadamente cinco años, cuando tuvo una reunión esporádica con Shinobu luego de la primera misión que tuvieron juntos, en el tiempo en el que aún estaban en el rango de Kinoe. Se rumoraba mucho entre sus compañeros que pronto ambos serían aceptados como pilares, sin embargo, en aquella ocasión, Giyū dudó con todo su ser que el entrenamiento que obtuvo por tantos años le diera ese tipo de frutos, después de todo, aún seguía muy fresca la imagen de Sabito en su cabeza. Le da tristeza recordar que incluso llegó a ser pilar antes que ella.

Fue una gran batalla contra la luna inferior número cuatro de ese entonces y siendo la primera vez que veían uno de esos desgraciados demonios cara a cara, salieron heridos en combate y tuvieron un increíble número de bajas, así que Kanae, la hermana de Shinobu y pilar de la flor en aquel entonces, lo había invitado a pasar su recuperación en la Hacienda Mariposa para ayudarlo a pasar ese horrible trago, encontrándose con un hermoso lugar que aún estaba siendo remodelado para quedar como al día presente se puede apreciar. Giyū no le prestó mayor atención cuando ingresó, pero el aroma del té lo atrajo de inmediato una vez pudo levantarse de la cama a la que fue destinado a pasar unos días postrado por un horrible corte en su pierna y en medio de su búsqueda del olor se topó con una de las Tsuguko de Kanae de aquel entonces, quien le señaló el salón y le indicó que las hermanas Kochō se encontraban ahí.

Tuvo una charla amena con ellas que aún luego de tantos años aprecia y aunque no hubo realmente un gran intercambio de palabras, fue una de las pocas veces en las que Giyū se sintió parte de algo y ese sentimiento jamás se olvida.

―¡Ah, Tomioka! ―saluda vehemente Tengen a la vez que acomoda el cojín restante a su lado derecho con su único brazo. Giyū se voltea a verlo, distrayéndose de sus cavilaciones, y se acerca con actitud calmada y completamente contraria a la de su antiguo compañero pilar―. ¡Sigue, sigue!

―Buenas tardes, Giyū ―el mencionado sonríe al ver a su maestro, quien se ubica a su derecha, y se sienta sin más sobre el cojín que Tengen le ha preparado improvisadamente. El ex-pilar de la llama, Rengoku Shinjurō, lo observa en silencio mientras toma su cálido té―. ¿Cómo les fue en la reunión con el joven Kiriya?

―El Cuerpo de Exterminio de Demonios fue disuelto el día de hoy ―anuncia Giyū y toma con cuidado una de las tazas que descansa sobre la mesa, se encuentra algo cansado del viaje a pesar de los esfuerzos de la cabeza de la familia Ubuyashiki de mantenerlos cómodos y su brazo se encuentra pulsando en dolor fantasma―. Fue formalizado durante la asamblea.

Los tres hombres quedan en silencio luego de sus palabras y Giyū entiende a la perfección que se encuentran en el mismo estado de confusión y anhelo que él, tal y como una noticia de este calibre puede provocar en personas como ellos. El ser humano común no podría comprender las consecuencias de estas palabras, la historia que se arrastra detrás de ellas, los muertos, los vivos, los heridos y las esperanzas perdidas, ganadas, batalladas.

El terror de una historia milenaria que ha llegado a su fin, luego de vencer el gran mal que los destrozó y les quitó más de lo que ellos tenían, y aún así Giyū considera que es una bonita sensación a la que quiere acostumbrarse. Aún en la soledad que lo abraza, sofocante, quiere vivir esa bonita sensación de victoria.

―No pensé jamás, llegar a vivir este momento ―murmura Shinjurō y Giyū le halla la razón, no porque Giyū hubiera perdido toda esperanza, sino porque supo que aquel hombre sí lo hizo. Prefiere callar antes de verse metido en un problema que no duda sucederá si expresa lo que piensa de él, como bien entiende ahora que Sanemi le ha hablado claro sobre lo que varios de sus compañeros pilares, en específico Shinobu, pensaban y hablaban de él, incluido el mismo Sanemi.

El silencio se hace presente nuevamente, así que Giyū lo aprovecha para distraerse con su taza y pensar en cuál sabor elegir, hay gran variedad de tipos de té y supone que los tres hombres que lo acompañan no quisieron molestar a las chica Mariposa para la preparación de sus bebidas y simplemente tomaron todo lo que encontraron. Luego de unos segundos, Sakonji le señala levemente el de su izquierda, probablemente su favorito, como bien ha de saber el viejo y Giyū asiente a su recomendación, pero se ve interrumpido cuando el sonido de la puerta deslizándose y siendo abierta un poco más le indica que alguien está ingresando al gran salón.

―Ah, así que aquí estaban metidos todos ustedes… ―Sanemi entra cerrando la puerta tras de él y se acomoda a un lado de Sakonji, quedando así frente a Giyū al otro lado de la mesa, en una pose relajada e irrespetuosa muy similar a la de Tengen, con una pierna doblada sobre el suelo y la otra contra su pecho, solo que el cuerpo del ex-pilar del sonido está siendo sostenido con su único brazo sobre el tatami y el de Sanemi descansa sobre su pierna recogida―. ¿Llegó bien la familia Ubuyashiki? No los he visto.

―Ajá ―responde Tengen, cambiando de posición para poder rascarse la quijada y luego tomar su taza de té humeante―. Luego de saludar a todos en la entrada, se dirigieron a los pasillos de enfermería para visitar a cada miembro del Cuerpo que aún reside aquí.

―Supongo que ya habrán llegado a la habitación de los niños Kamado ―Giyū asiente a la suposición de Shinjurō, dándole la razón sin mayor explicación. No pensó antes lo mucho que le molesta su presencia. Recuerda con pena la muerte de Kyōjurō y lo poco que lo conmovió, fue bastante inesperada.

―Ya entregué a Kaburamaru ―le informa a Giyū mirándole de frente y este vuelve a asentir, no tiene mucho por decir ante ello, aunque sí le alegra saber que la serpiente ha conocido a su nueva dueña y no tendrá que seguir dentro de la caja que Sanemi le construyó para sus viajes―. La protegida de Kochō la recibió sin problemas.

―Ah… Kanao, es un verdadero amor. Ha cambiado bastante esa actitud aburrida que llevaba antes ―suspira Tengen y Sanemi rueda los ojos, pero ni así se evita el dolor de recordar la pérdida del pilar de la serpiente e insecto, del pilar del amor, del pilar de la neblina, del pilar de la roca… Obanai, Shinobu, Mitsuri, Muichirō, Gyōmei.

Kyōjurō. Kanae.

El Maestro.

Tantos nombres que se pierden en las cientos de lápidas que descansan en las tierras que la familia Ubuyashiki destinó por años para rememorar a sus niños caídos en batalla.

―Quedamos tan pocos… ―susurra Tengen, perdido en el vaivén que hace el agua en su taza.

Sanemi emite un sonido desde su garganta y luego la aclara pasando lentamente saliva, Tengen y Shinjurō dirigen sus miradas hacia las ventanas, Giyū aprieta sus labios.

―El Honorable Maestro tuvo sapiencia en reconocer la calidad de hombres y mujeres que tenía en sus filas ―dice con seguridad Sakonji, trayendo instantáneamente a todos del lugar en el que se encontraban, en la omnipresente bruma de sus pensamientos―. No dudó en depositar su perpetua confianza en todos ustedes para entregarle una nueva vida a este mundo, así le costara la suya y la de su familia, pues era indudable que esta generación de guerreros lo lograría, que ustedes lo lograrían. Giyū, Tengen, Sanemi ―el viejo pilar del agua posa sus arrugadas, pero robustas manos sobre el hombro de Giyū y Sanemi, quienes se ubican a cada lado de él, que detiene la respiración de Giyū y un electrizante sentimiento recubre cada fibra de su cuerpo, ser y alma―, a ustedes y a sus camaradas fallecidos, muchas gracias por su esfuerzo, les debemos nuestras vidas.

Giyū voltea a ver a su maestro con un fuerte picor en sus ojos que lo prepara segundos antes de sentir las lágrimas bajar por sus mejillas. No sabe cómo sentirse, no entiende por qué tuvo que ser él y no otros con mayor destreza, quienes debieran estar aquí en su lugar, perdido en las horribles pesadillas que vive cada noche de insomnio, preguntándose por qué él, por qué tuvo que pagar solo con su antebrazo, por qué sobrevivió, pero las palabras de su maestro son diáfanas. Recuerda las de su hermana, recuerda las de Sabito. Está vivo, sus conocidos están vivos, sus amigos están vivos, sus protegidos están vivos.

Voltea a ver a Sanemi y este se encuentra mirando su mano derecha, moviendo lentamente los tres únicos dedos que le restan en ella. Sus lágrimas son visibles bajo su fachada de constante ira y se deslizan lentamente, tal como las de Giyū. Su brazo pulsa.

Siguen vivos.

Su única mano vuelve a sentir el calorcito que le dejó sus dedos entrelazados.

Siguen vivos y juntos.

―¡Nezuko! ―truena de improviso el grito de alguien fuera de la sala de té, a varios pasillos de distancia, alertando a los presentes. Giyū lo reconoce de inmediato―. ¿Has visto al pilar del viento? ¡Kanao me dijo que estaba por aquí y quiero saludarlo!

Todos se voltean a ver al susodicho y este se seca rápidamente sus lágrimas con el borde de sus mangas, la acción los despierta un poco a todos. Giyū decide seguir sus pasos y suavemente limpia el rastro de sus emociones, con el dorso de su mano. El momento ha pasado.

―Maldita sea, no, no, ¡no! ―grita en susurros Sanemi, con divertida preocupación―. ¡Ya tuve una extrañísima conversación con la niña y no quisiera volver a repetirla!

Tengen lanza una risotada―. ¡No puede ser que seas tan aburrido, Shinazugawa! Nezuko es un encanto de niña, ¿no ves lo patético que te ves huyendo de ella?

―Vete a la mierda, ya me disculpé con ella y era todo lo que planeaba hacer hoy. Déjame en paz o te mato ―Tengen vuelve a reír, cada vez más fuerte, y Giyū se pregunta dos cosas: la primera, si la previa escena de melancolía sucedió realmente o es producto de su imaginación por la forma tan rápida en la que todos vuelven a la normalidad, y la segunda, si la intención de Tengen es que Tanjirō y Nezuko los encuentren lo más pronto posible siguiendo el eco de su estridente voz. Luego, ve a Sanemi levantarse de su cojín para dirigirse hasta él y tomarle el brazo mutilado con fuerza, levantándolo fácilmente de su asiento―. Joder, Tomioka, sirve para algo y ve a saludarlo antes de que me encuentren.

―Te acompaño ―dice su maestro levantándose igualmente de su sitio, a su ritmo―. También llegué hace poco, así que no he tenido la oportunidad de verlos hoy.

Giyū ahora se pregunta si Sakonji y el resto suponen de inmediato que él seguirá las órdenes de Sanemi sin oponerse y este pensamiento se le escapa por los labios.

―No he dicho que vaya a obedecer a Shinazugawa.

Sakonji lo voltea a ver, pero su rostro cubierto por su máscara de perro celestial le impide ver la expresión que pueda tener. Tan solo se encoge de hombros y Giyū siente un tic en su labio superior.

―Es Tanjirō, ¡por supuesto que irás a verlo! ―responde, en cambio, Tengen―. Es como tu hermano siamés, ¡no te separas de él! ¡Es muy llamativo de ver! ―exclama con sorna y cada vez más alto, causando que a Giyū le molesten ya los oídos―. ¡Hasta Shinazugawa se ha percatado de eso!

Giyū voltea a ver a Sanemi y él lo suelta de inmediato, quizá recordando el dolor que le produce un agarre así en su brazo o quizá por otra cosa que por el momento se le escapa. Lo ve devolver sus pasos y sentarse de nuevo en el cojín, al lado de donde se encontraba Sakonji, agarrando una taza para servirse del primer té que toma entre sus cicatrizadas manos.

―Me importa una mierda, solo necesito que alguien los distraiga.

Giyū no sabe qué más hacer, así que decide ayudar a Sanemi por ahora, aunque las palabras de Tengen quedan resonando en su cabeza.

―Claro que me separo de él, ¿o es que acaso no me ven aquí?

Todos lo voltean a ver y hasta Shinjurō le alza una ceja. Tengen suspira ruidosamente y rueda los ojos antes de tomar nuevamente su taza mientras niega con la cabeza y se la lleva a la boca.

―Vamos, Giyū ―Sakonji lo guía hacia la salida del salón con una mano en su hombro derecho apretando suavemente, el cual le pica luego de haber sentido esos fuertes dedos en su brazo, y lo último que logra ver antes de salir hacia el pasillo es a Sanemi sonriendo con socarronería. Eres tan tonto, le dice en silencio con su mejilla apoyada sobre su mano, articulando sutilmente para que solo Giyū pudiera leer sus labios en la lejanía. Sakonji cierra las puertas detrás de ellos.

Cuando dan la vuelta al pasillo, Giyū escucha fuertes pasos detrás de ellos, uno más ligero que el otro, por lo que voltea sobre los suyos, levanta la mano a forma de saludo y los hermanos Kamado llegan corriendo a abrazarlos con todas sus fuerzas. Giyū siente un calorcito conocido asentándose en su cintura, donde el medio abrazo de Tanjirō reposa.

Últimamente se siente embriagado con esas ajenas sensaciones.

―¡Señor Urokodaki! ―saluda eufórica, Nezuko, colgada aún del cuello del susodicho. La chica viste su kimono, mientras que su hermano sigue con la ropa de paciente de la Hacienda Mariposa―. ¡Hola! ¡Hola!

―Ya, ya, Nezuko. Hola―le responde el maestro y su voz suena alegre.

―¡Señor Giyū! ―exclama emocionado, Tanjirō, ya alejado del cuerpo de Giyū y con una linda sonrisa abierta que Giyū corresponde―. ¡Te cortaste el cabello!

Giyū se pierde un momento en esa afirmación, hasta que recuerda los sucesos del día anterior―. Ah, sí, me estaba siendo difícil recogerlo con una mano y quería estar presentable para nuestra última asamblea de pilares. Ayer, con Shinazugawa, pensamos en cortarlo.

Tan pronto suelta las últimas palabras, se muerde la lengua por su descuido; hay cosas que siente que es mejor seguir guardándolas en su cabeza y los momentos junto a Sanemi son unas de ellas. Sobre su incapacidad para adaptarse rápido a su nuevo estilo de vida es claro para Tanjirō pues ya antes lo ha visto, lo han hablado, sin embargo, la nueva información que les brinda no lo es.

Esa extraña situación en la que vive con Sanemi desde hace meses no le había quitado jamás el sueño, ni se había dignado en dedicarle un solo pensamiento antes. No había manera. El deber estuvo por encima de ellos. El deber estuvo por encima de todo. Hasta los sucesos de la semana anterior, hasta que lo obligaron a transmutar su previo raciocinio, concediéndole la batuta a Sanemi al punto en el que se llegó a desarrollar por su parte y la manera en la que Giyū la propuso concluir.

Le había entregado toda su vida al Cuerpo de Exterminio de Demonios y una vez la pudo recuperar, se vio un tanto desarmado frente a lo que su presente y futuro respectaba.

―Te ves bien ―responde Nezuko y Giyū se alegra que no haya indagado en sus palabras. Ha venido descubriendo que Tanjirō y su hermana se parecen en demasía, reflejando notoriamente la crianza que sus padres tuvieron con ellos hasta que les fue posible, pues comparten ese aire de sinceridad, respeto y consideración con otros que poco se ve en su generación, principalmente cuando se trata de sus más allegados, como piensa que lo es Giyū para ellos―, ¡mucho más joven!

―Gracias, Nezuko, pero hace un mes cumplí veintidós años, así que, por el contrario, me he de ver más viejo ―ambos chicos parpadean y asienten, dándole la razón. Es bueno ser escuchado.

Los cuatro comienzan a caminar por el pasillo, hasta que Giyū se percata que se dirigen a la habitación de enfermería de Tanjirō, así que les pregunta si se encuentra aún ahí la familia Ubuyashiki a lo que Nezuko responde negativamente, añadiendo que se encuentran ayudando a las chicas mariposa a preparar la cena conmemorativa que se dará lugar esa misma noche. Giyū no tenía idea de que eso fuera a pasar, pero le agrada la idea de inmediato.

―Entonces ―comenta Tanjirō, viendo directamente a los ojos claros de Giyū y este se pregunta con curiosidad, cómo se sentirá ver por un solo ojo―, ¿ya todo terminó?

―Sí ―asiente con la cabeza a la pregunta del chico―, el Cuerpo de Exterminio de Demonios fue desmantelado esta mañana. Todo ha terminado.

―Qué alegría.

Qué alegría, ciertamente.

Abren la habitación y se dan de lleno con Inosuke gritando a todo pulmón el menú que Aoi seguramente le ha confiado que se preparará esa misma noche; chuletas de cerdo, carne kobe en parrilla, sopa de fideos, mariscos y crustáceos tempura, salmón hervido con rábano japonés, a Giyū se le ilumina el rostro en este último. Zen'itsu se encuentra en su respectiva cama tapándose los oídos con absoluto dolor y gritando, de la misma manera que el otro joven, sus deseos de silencio. Senjurō, el hermano menor del ex-pilar de la llama, se encuentra también ahí, para sorpresa de Giyū, viendo todo desenvolverse con una sonrisa en los labios. Los hermanos Kamado entran riendo e intentando apaciguar los interminables berridos de ambos chicos, a lo que Sakonji solo suspira y Giyū se siente perdido dentro de tanto disparate.

Sin embargo, el calorcito de su dedo meñique y el de su cintura siguen presentes, uno más que el otro, otro más que uno.

Recuerda la sonrisa de Sabito y la de su hermana, pidiendo que viva, pidiendo lo imposible, pidiendo todo.

Vuelve la vista a su maestro, luego la desvía a sus protegidos y amigos, a Tanjirō, a Nezuko, al chico cerdo y al chico llorón.

Ya no se siente tan solo.

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La cena transcurre con hermosa armonía y camaradería, aún cuando la tristeza estuvo presente minutos antes al rezar por los difuntos compañeros. La tensión de varios años acumulada se ha soltado finalmente y grandes sonrisas se ven entre los presentes al banquete de despedida de tres de los cuatro guerreros más jóvenes dentro de sus filas al momento de vencer al Primer Demonio y la niña que venció por sus propios medios a dicho ente. Tanjirō es el alma de la fiesta junto con Nezuko, adorados por todos y, sin embargo, cada persona destaca a su manera y momento.

Sakonji, malo para la bebida como todos saben, fue el primero en caer al marcar las seis de la tarde, lo que divierte a sus camaradas por el infortunio de verse dormido frente a todos; Tengen, junto a sus tres esposas, acribillan la bebida restante y arman todo un espectáculo de poses ninja, pasados de generación en generación en su familia shinobi, entreteniendo sobremanera a Nezuko, tanto que ignora por completo las súplicas de Zen'itsu quien lloriquea, a moco tendido, por su entera atención, tumbado a su lado; las chicas mariposa, Sumi, Kiyo y Naho se divierten con todo lo que ocurre a su alrededor sin medirse en su participación, ahora uniéndose a Tanjirō y Kanao en su propia adaptación de la competencia de velocidades del entrenamiento de rehabilitación, al que incluso se unen Shinjurō y Senjurō; Aoi no deja de gritarle a Inosuke de sus egoístas intenciones de acabar con el resto del banquete, divirtiendo a los tres niños Ubuyashiki que se sientan frente a ellos, al otro lado de la gran mesa dispuesta para la ocasión; los 6 niños y herreros de la villa de herreros de espadas Nichirin hablaban cándidamente con Murata y los pocos Kakushi que se quedaron, de temas varios ocurridos en esos días de paz; Giyū y Sanemi ven todo con pequeñas sonrisas en sus caras, en completo silencio y rastros de alcohol en sus ojos.

Cuando Suma se equivoca en una pose y tropieza sobre Sakonji, siendo de inmediato regañada y golpeada por su coesposa, Makio, Giyū ve la oportunidad de marcharse con la excusa de llevar a su maestro a alguna de las camas que hay disponibles, pero es tomado de su haori por Tengen, deteniendo sus intenciones de tajo.

―¡Tranquilo, ya lo llevo yo! ¡No te muevas de aquí, Tomioka!―anuncia a voz alta, llamando la atención de algunos en la cercanía, siendo Murata uno de ellos.

―Si lo desean, yo puedo ayudar a llevarlo. Tengo que regresar a la ciudad pues alguien me espera, no me importaría ayudar antes de partir ―Tengen se encoge de hombros y permite que se encargue, lanzando al pobre hombre a los brazos de Murata quien, un poco embriagado, lo recibe lo mejor que puede.

En eso, Kiriya anuncia su pronta partida junto a sus hermanas, agradeciendo todo el trabajo que hubo para lograr tan espléndida comida y a los presentes por haber aceptado la invitación de las chicas mariposas y de la familia Ubuyashiki esa fresca tarde-noche de primavera; de igual forma, se verán a la siguiente mañana y anuncian así de la fotografía que se tomará para el evento. Al finalizar, todos comienzan a recoger los platos y de nuevo el ambiente se calma para dar paso a uno más apacible, entre conversaciones, murmullos y sonrisas.

Los que han de partir ya sea porque viven cerca o tienen reservadas unas moradas en la ciudad, quedan de verse al siguiente día para la despedida de los chicos y el resto de personas que ya tienen asignadas habitaciones para quedarse se toman su tiempo en despedir a los que navegarán las nuevas noches luminosas y silenciosas hacia sus respectivos destinos. Entre los que se quedan están Sakonji, ya reposado en su establecida cama, los hermanos Kamado, Inosuke, Zen'itsu, Giyū y Sanemi. Uno que otro ex-miembro del Cuerpo de Exterminio que sigue en cama se despide por la noche.

Una vez en la serenidad de su propia intimidad, luego de esperar impaciente por su turno para usar uno de los ofuro que dispone la Hacienda, Sanemi disfruta de su merecido momento de paz cuando el agua caliente toca sus doloridos músculos, faltos de entrenamiento. El ofuro está a sus perfectos 40 grados centígrados y el olor del cedro le llena por completo los pulmones, desvaneciendo todo mal que su cuerpo pueda cargar aún luego de un día bastante tranquilo, luego de tantos años de tensión.

El uniforme, limpio en su totalidad como nunca antes lo estuvo, le llama la atención desde su espacio entre los estantes del baño, marcando ese día en su memoria como el último en el que tuvo que vestir las prendas representativas de lo que fue y nunca más volverá a ser. Simbolizando casi una década de su vida marcada vilmente por monstruos que devoraron más de lo que él pudo siquiera pensar en obtener, repulsivas memorias que permanecen intactas y hasta pulsantes, cada vez más cicatrizantes, dentro de su completa existencia. Memorias también acribilladas que concibieron las bases de lo que él sería, memorias de su quebrada familia, de su agobiada madre, de su Gen'ya, de sus gritos y final. Memorias trágicas que lo impulsaron a ser cada vez mejor, memorias que causaron enojo y tristeza simultáneamente, memorias resolutivas, de su único y verdadero amigo, de Masachika, desangrante entre sus brazos. Memorias extenuantes, de sacrificios, de sus compañeros pilares que todo lo dieron, hasta el final.

Ahora solo quedarán los recuerdos de lo que alguna vez fueron, son y jamás serán. Como él.

La frente le suda y es hora de salir.

Cuando regresa a su pequeña habitación, se encuentra con la segunda sorpresa del día, causada en ambas ocasiones por la misma persona.

―¿Qué haces aquí? ―le pregunta bruscamente a Giyū, quien se halla sentado en la oscuridad de su habitación, viendo la ventana a su izquierda, de espaldas a la puerta corrediza en perfecta posición frente a la mesita de centro que decora la estancia y le alcanza a distinguir un yukata blanco con ondas índigo. Aoi le ofreció a Sanemi una de las pocas habitaciones disponibles que no se encuentran o pertenecen al ala de enfermería, al igual que hizo con Giyū, así que el ambiente se le antoja extraño con el otro hombre esperándolo inesperadamente ahí. Confía en que nadie lo vio entrar a su habitación.

―No tengo sueño.

A Sanemi le brinca una ceja―. ¿Y a mí, qué? Vete a tu habitación, quiero descansar.

―Desde tu habitación se ve el estanque ―responde inexpresivo Giyū. Se ha volteado al verlo entrar. Alcanza a percibir que mantiene un ojo más cerrado que el otro. Sanemi rueda sus ojos con fastidio y bufa al descubrir su ligero estado de embriaguez―. Su cuerpo de agua se mueve poco, como yo ahora. Me recuerda que es momento de buscar finalmente la calma, aunque me sea muy difícil.

Sanemi lo observa con sincera curiosidad y se pregunta si estuvieron pensando lo mismo. Si todo lo que les queda a ellos dos son sentimientos huidizos de su pasado como pilares.

―Puedes ver perfectamente el estanque desde otro lugar o esperar fácilmente a mañana ―refuta―. ¿Qué quieres, Tomioka?

―Tanjirō ya se fue a dormir y no tengo con quién más estar por la noche.

―Repito. ¿Qué quieres, Tomioka? ―pregunta Sanemi, enfatizando en cada palabra pronunciada con notable irritación. Entra por completo a su habitación, cerrando la puerta tras de él y a su paso deja el muy limpio uniforme sobre un cubículo del pequeño armario a su izquierda, luego se recuesta en el futón que había dejado preparado antes de bañarse. La invitación a marcharse es evidente, aunque no está seguro si el otro llegue a entender el lenguaje no verbal.

Giyū voltea ahora la cabeza a su derecha, hacia donde Sanemi se encuentra acostado a sus anchas sobre el futón, y se le queda mirando fijamente en silencio. Cuando Sanemi frunce el ceño y abre la boca para sacarlo de un grito de su estancia, Giyū lo interrumpe al levantarse en sus rodillas y moverse inesperadamente hacia el lado contrario de la mesita, dejando ahora su lado izquierdo hacia Sanemi. No entiende la causa de ese innecesario cambio.

Vuelve a quedar en silencio, ahora mirando la ventana hacia la derecha. Observando en la lejanía el dichoso estanque del jardín con el gran árbol.

―Está muda. Ya no la escucho zumbar en agonía desde hace tres meses.

Sanemi lo mira en completa y aterradora confusión, Giyū lo desarma de tan diversas formas que nunca logra seguirle el paso a tiempo, al punto de desordenar incluso sus movimientos. Luego lo ve pasar saliva sutilmente y agrega:

―Todo es muy silencioso ahora.

Ah. La noche. Habla de la noche.

Sanemi se levanta un poco de futón, de manera que alcance a ver también el paisaje fuera de su ventana.

Las noches se ven ahora, incluso, más claras. Más vivas.

Desvía la mirada hacia su intruso y suspira fuerte, resignado a no obtener una respuesta directa de Giyū a su previa pregunta. Se levanta del futón y se hace a su lado en la pequeña mesa, quedando completamente frente a la ventana y al lado izquierdo del merodeador nocturno, de su ex compañero pilar, de alguien a quién no termina de comprender, un hombre que ha vivido las mismas batallas que él y aún así se encuentran a años luz de distancia de algún entendimiento mutuo. Giyū, con su siempre presente estoicidad, impregnado en la luz que baja del cielo hasta su piel, irradia más desdicha que todos los que se encuentran bajo el cálido techo de la Hacienda Mariposa, incluyendo a Sanemi, y él se pregunta la causa, ¿qué lo hace mirar tan atentamente un estanque normal en medio de un jardín normal?

¿Por qué eres así?, se le escapa un travieso pensamiento.

―Ciertamente ―termina por contestar.

Giyū finalmente baja la vista de la ventana y la posa en la mesa frente a él. Sanemi presiente que no habrá forma en que se devuelva pronto a sus aposentos, a menos que sea él mismo quien lo lleve hasta allá a la fuerza. El silencio los invade por un par de minutos en los que Sanemi solo lo mira fijamente, detallando nuevamente su rostro como en la tarde dentro del automóvil, pues es lo único que puede percibir en la oscura estancia. Bufa al reconocer que su razonamiento respecto a los patrones de sueño de ambos está en lo correcto, rueda los ojos y los vuelve a posar en él. En el misterioso hombre frente a él. Su perfecto perfil y tersa y joven piel, las bolsas prominentes bajo sus claros ojos y las reconoce en las suyas propias, sus pobladas y negras pestañas crean una sombra a su alrededor. Los ojos de Sanemi se detienen en el nuevo corte de cabello, los evidentes tajos de las tijeras en los disparejos mechones de su coronilla le recuerdan la noche anterior, de la cena que tuvieron en uno de los pueblos cercanos a la Mansión Ubuyashiki, donde Sanemi se ofreció a la labor.

Desde que lo conoció, Giyū llevó su revoltoso cabello atado en una cola baja e igual de desordenada que el resto de él, pero últimamente solo se le veía una maraña suelta con la que su viejo cuervo se divertía enredando cada vez más. La incapacidad de recogerlo con una mano le llevó a llevarlo de esa forma tan indigna, que terminó en Sanemi preguntando, en la posada en la que se quedaron la noche anterior, por un par de tijeras y poniendo fin a aquel tormento visual.

Aunque puede jurar que la mirada de Giyū ante el espejo, inmediatamente después del primer corte, le indicó a Sanemi que había tomado la mejor decisión por él.

Levanta una mano y sus tres dedos se enredan en sus cortas hebras ébano aún húmedas por el baño. Definitivamente ese cabello no está destinado a estar arreglado por más que cambie su forma.

―¿Me quieres besar? ―pregunta Giyū, de repente, con un ojo más cerrado que el otro y bolsas pronunciadas bajo ellos.

―Sí.

―Entonces hazlo.

―¿De nuevo debo ser yo, quien te busque?

―Sí ―Sanemi chasquea la lengua y se aleja, la mano le pica. Giyū extiende su propia mano hasta la que él retira y la vuelve a posar sobre su cabello, esta vez más cerca de su nuca que de la coronilla, donde antes estuvo―. Creo que me gusta que lo hagas.

―¿Por qué?

―Me haces sentir que vale la pena.

―No entiendo.

Giyū se encoge de hombros y acaricia la mano que aún sostiene sobre su cabello.

Sanemi se lame el labio inferior y se acerca con anhelo.

La luna los ilumina. La noche es silenciosa.

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La algarabía en los jardines de la entrada de la Hacienda Mariposa se escucha a varios bloques de distancia y eso lo saben perfectamente los tres hombres que esperan en la entrada al vehículo que ha de llegar pronto con Kiriya, Kuina y Kanata. El cuervo de la familia avisó a Tengen hace una hora de su partida y, según sus cálculos, no demorarán más en llegar. El fotógrafo y su asistente contratados por la familia Ubuyashiki recién hicieron acto de presencia y el ruido que se escucha es por la cantidad de jóvenes que se agruparon para tal evento.

Tengen bosteza largamente y se frota el ojo derecho con maña, completamente recostado sobre la cerca de la hacienda, Giyū se alisa un poco el cabello con su mano, buscando bajar los nudos que se crean por la suave brisa y la humedad de aquella ciudad, y Sanemi se encuentra cruzado de brazos observando la calle a la lejanía. Han decidido esperar a los niños fuera, incapaces de rechazar la fuerza de la costumbre de cumplimentar a los Ubuyashiki en cualquier situación dada.

―Ahí vienen ―menciona satisfecho de que los niños y sus acompañantes han finalmente llegado―. Los alcanzo a ver.

En el cielo, los cuervos que los acompañan se encuentran con el de la familia Ubuyashiki, el cual ha preferido llegar primero para avisar de su pronta llegada. Varias personas dentro comentan a gritos lo que acaban de escuchar y la algarabía aumenta, los tres hombres afuera sonríen.

El vehículo se aparca y los hombres saludan respetuosamente a los niños, quienes devuelven el saludo de la misma manera, al entrar se anuncian y el ambiente increíblemente aumenta en felicidad.

―¡Ya tienen todo listo! ―vocifera Suma señalando a Tengen la sala dentro de la Hacienda donde han dispuesto el equipo de fotografía y todas las personas han pasado a la estancia, siguiendo a los fotógrafos―. ¡Pasemos!

―Oh. Lamentamos arribar a deshora ―dice Kiriya verdaderamente avergonzado y sorprendido.

―No se preocupe, honorable Kiriya ―responde Tengen al lado de su esposa―. Fueron los fotógrafos quienes llegaron antes, para dejar todo preparado una vez ustedes llegaran.

―Entonces no los hagamos esperar más.

Ingresan de inmediato a la hacienda y más de veinticinco personas se hallan acomodando en el salón del té, tomando turnos para sentarse en los suficientes cojines dispuestos para la ocasión. Tengen se acerca a sus otras dos esposas, quienes se encuentran ayudando a ubicar a todos junto al asistente del fotógrafo, quien continúa acomodando el trípode y las luces con las que realizarán su trabajo.

Rápidamente Hinatsuru apremia a los niños a que se sienten en los cojines más alejados de la entrada de la sala, los cuales corresponden a la primera fila, más cerca del equipo de fotografía. Los tres niños se dejan hacer y de inmediato comienzan una plática con las otras tres niñas mariposas, quienes comentan lo emocionadas que están por ver el equipo tan complejo que se planta enfrente, y se acercan para acomodarse detrás de ellas, como bien les indica Hinatsuru con una sonrisa en sus labios.

―¡Los más jóvenes adelante!

Kanao y Aoi ayudan al resto arreglando los cojines que se mueven un poco mientras todos van tomando asiento. Zen'itsu pronto comienza a halar a Nezuko hacia su lado, evitando por completo a Inosuke quien se halla revoloteando por el salón, entre asustado y curioso por el equipo. Tanjirō se comienza a acercar a Murata y Haganezuka para sentarse detrás de la familia Ubuyashiki, casi al centro, y en voz alta llama a Inosuke para acomodarlo a su lado. Cuando Giyū se acerca, Inosuke de inmediato lo hala a su lado desesperado.

―¡No confío en esas extrañas cajas! ¡Debería ir por mis espadas!

―Es para tomar una fotografía, son luces ―le responde Giyū―. ¿No has visto una cámara antes?

―¡¿Es comida?!

―No, Inosuke ―responde tranquilamente Tanjirō a su lado ya sentado y lo toma del brazo para que haga igual. Giyū se decide quedar a un lado del chico cerdo, aún de pie pues no sabe dónde posicionarse antes de que el resto de personas se ubiquen―. Una cámara es… bueno, tampoco sé cómo funcionan, ¡pero sacan imágenes que podemos guardar para siempre!

Giyū sonríe ante la amabilidad de Tanjirō, ahora explicándole a Inosuke lo que es una fotografía, agradecido por milésima vez de verlo humano, sano y disfrutando de su vida con ellos. Espera de corazón que siga manteniendo esa bella actitud hasta el fin de sus días y que estos lleguen más adelante en el tiempo. En eso, una conmoción se escucha en la entrada del salón y Giyū voltea a ver a Sanemi, Tengen y Suma discutiendo a un lado de Shinjurō y Senjurō quienes observan todo con evidente incomodidad. Cuando la disputa comienza a elevarse en gritos, padre e hijo se mueven para ubicarse cerca a Tanjirō, quien los acoge sin problema.

―¡Te digo que te alejes! ¡No quiero que me tomen ninguna maldita fotografía! ―ruge Sanemi, agrediendo al ex-pilar del sonido quien lo toma del brazo, quizá insistiéndole en moverse―. ¡Joder, Uzui, suéltame!

―¡No seas un fastidio y ven con nosotros para que quedes del lado más llamativo de la fotografía!

―¡Tengen, le arrancarás el brazo si sigues halándolo así!

Sanemi decide poner punto final al tema, alza su brazo hasta el escandaloso parche en su rostro y lo hala hacia arriba, lo que ocasiona que Tengen lo suelte de súbito para volver a acomodarlo y su esposa lanza un grito de alarma antes de ayudarlo en la tarea. Así, Sanemi se escabulle fuera del recinto y es detenido nuevamente por el brazo, pero esta vez es Giyū quien llega a terminar de amargarle el rato.

―¿Por qué te vas?

―Suéltame ―responde entre dientes Sanemi y Giyū cumple con su petición, mas no hace ningún movimiento adicional―. Anda, ve de nuevo con Kamado, que te vi bien a gusto platicando con los raritos esos.

Giyū lo mira con las cejas levantadas, mostrando una expresión de desconcierto que pocas veces se ve en él. Sanemi no sabe por qué se ha expresado de esa manera, pero acepta muy dentro de sí que el haber visto a Giyū tan desinteresado en él desde la mañana, lo puso de muy mal humor.

La noche anterior fue un tanto extraña, pero disfrutable. Una vez Giyū se marchó a su habitación, a media noche y por su propia cuenta, el calorcito que Sanemi sintió durante su inesperada visita permaneció vivo hasta que se dispuso finalmente a dormir, cobijado con el olor que el otro había dejado en sus aposentos, extraño pensamiento que se le coló en los últimos segundos antes de caer rendido ante la omnipresente luz de la luna.

Sin embargo, al acercarse esa nueva mañana de primavera a Giyū durante el desayuno comunitario, este ya se hallaba sentado entre Tanjirō y Nezuko disfrutando de su comida, sin prestarle atención alguna. Bien sabe Sanemi, que ese día es uno de gran significancia para Giyū, pues su protegido partirá en un viaje al que no lo podrá acompañar, pero no es como que no lo volverá a ver, como le alcanzó a confiar en algún momento de las noches de vigilancia conjunta. No es como que no lo volverá a ver, pero ahí estaba como si eso fuera a pasar y Sanemi es humano, muy humano, y sentir celos está en su desgraciada naturaleza.

Celos de las bienintencionadas y cálidas palabras que Tanjirō siempre le dirige a Giyū y que Sanemi jamás podrá expresar.

Celos de encontrarse tan solo en ese mundo, de no tener a su familia consigo, de haberles fallado.

El deseo de poder tener a Gen'ya a su lado en esos momentos es abrumador.

El problema yace en que ya había empezado a calmar sus pensamientos retorcidos de la mañana mientras veía a todos sus compañeros arreglarse para la fotografía, convenciéndose poco a poco de los sentimientos que Giyū siente frente al tema y que a él le había costado entender, cuando Tengen tuvo que abrir la boca y sacar ese animal que ya estaba a punto de encerrar entre barrotes dentro de su pecho ardiente en llamas.

"Ya que estás solo, posa junto a nosotros, Shinazugawa."

Maldijo su boca y maldijo su carácter.

Chasquea la lengua con fuerza.

―Shinazugawa ―el mencionado mira al techo con visible fastidio. Sus recuerdos y el presente mezclándose entre sí―. Me gustaría que estés en la fotografía.

―Últimamente te gustan muchas cosas. No quiere decir que tenga que hacer algo por ello.

Giyū mira al techo igualmente y vuelve la vista a su rostro, con cuidado se toma del brazo mutilado apretando un poco, lo que da indicios que debe estar molestándole, situación que Sanemi pretende entender perfectamente, la extensión de sus miembros amputados muy diferente entre sí. Luego frunce el ceño y muerde levemente sus labios, se halla falto de palabras para expresar sus pensamientos, pero hace el intento:

―Quiero guardar este recuerdo en el tiempo. Y me gustaría que estés en él. Será el único recuerdo palpable y bueno que pueda mantener conmigo en lo que me resta de vida.

Sanemi se voltea a verlo, siente las orejas calientes y le pica la mano derecha. Es entonces que detalla su nuevo vestuario, esa camisa blanca occidental bajo el claro kimono y el gris hakama lo hacen ver aún más joven de lo que pensó, el cambio en su porte, literalmente de la noche a la mañana, lo deja sorprendido una vez más. Se perciben los intentos de encajar, de verse bien para la ocasión. Sanemi se siente como un vagabundo frente a él. Un vagabundo con un fuerte dolor en su pecho que lo castiga por ser un hombre odioso.

Chasquea nuevamente la lengua.

Vuelve sus pasos y siente a Giyū a sus espaldas, indicándole el camino aunque no tenga la necesidad, pues Sanemi ya sabe a dónde ir y solo necesita darle su respuesta.

―Cuando los Kamado y sus amigos se larguen, salgamos a almorzar ―susurra Sanemi volteándole a ver, de reojo, cerciorándose que Giyū lo escucha―, solos tu y yo.

Giyū no demora en asentir con la cabeza y se adentran sin más al salón. Tengen los ve llegar y con una horrible sonrisa endemoniada en la cara, toma por segunda vez el brazo de Sanemi hasta ponerlo a su lado, entre sus esposas y él, gritando las nulas posibilidades que tiene de volver a separarse y salirse con la suya. Sanemi gruñe de verdad hastiado de él, pero se calma un poco cuando Giyū se hace a su lado y suelta un bufido que se parece mucho a una risa.

Cuando está a punto de arremeter físicamente contra él por tal descaro, Tanjirō grita con alegría a Giyū que se acerque al resto de la tropa que ya se halla ubicada en lo que será el centro de la fotografía. Giyū lo voltea a ver y es ahora Sanemi quien bufa, pero de rendición, otorgando, por ahora, la victoria al menor.

―¡Pon una mejor cara, Shinazugawa, que te quedarás solo si sigues con esa cara de criminal! ―grita de improviso Tengen en su oreja y Sanemi siente por un segundo a su alma salirse por la oreja derecha. Las ganas de darle un puñetazo a Tengen por repetir aquellas palabras se disparan de nuevo. Giyū ya se encuentra a unos pasos más adelante, agachándose a un lado de Inosuke y de Kuina―. Aunque, bueno ¡¿quien soy para juzgarte!?

―¡Listos! Todos quietos, por favor ―anuncia el fotógrafo, haciendo una seña con la mano, que atrae la atención de todos hacia la cámara.

―Como dice el dicho ―remata Tengen posando su brazo ahora sobre el hombro derecho de Sanemi―, al erizo, feo y todo, Dios lo hizo. Así que aún tienes una oportunidad. ¡Al que feo ama, hermoso le parece!

―Maldito mujeriego.

―¡Te cortaré la lengua y te la haré tragar si vuelves a insinuar algo así, señor Shinazugawa! ―vocifera Makio como si la amenaza fuese en serio. Quizá lo es. La voltea a ver con desprecio para responderle, sin embargo…

―¡Ya! ―Sanemi escucha las carcajadas de todos a la vez que el foco del flash cae sobre ellos y le corta la respuesta. Quedó hecha la foto.

Será un bonito recuerdo.

.:.

Luego de despedir a los jóvenes, al resto de personas que emprendieron también camino a sus respectivos hogares, en especial Tengen y sus esposas, y con la promesa de una copia de la fotografía, los dos hombres parten hacia la ciudad a paso lento, distrayéndose con lo que ofrece la misma.

Caminan por las calles de la ciudad discutiendo los antojos del día y las opciones que se les presentan. Cuando se deciden por algo sencillo para almorzar esa tarde, entran a un pequeño Teishoku-ya que se ubica en una esquina de un bonito y bien decorado barrio, posiblemente uno dedicado al entretenimiento diurno y los turistas. Al entrar, se acomodan en los dos asientos más alejados que encuentran frente a la larga mesa dispuesta frente a la cocina. Sanemi se sienta primero, dejando la última silla a Giyū a su lado izquierdo, quien la ve con incomodidad.

―¿Te importaría cambiar? ―pregunta displicente, mirando el asiento disponible con rareza y su mano estruja el hakama que lleva puesto como si tuviera vida propia, pues su rostro sigue imperturbable. Sanemi le echa un vistazo a la silla por si tiene algún imperfecto o suciedad y no distingue ni lo uno ni lo otro.

―Te dejé ahí para que sientas el brazo libre, en vez de estar jodiendo, agradece ―Giyū lo mira con disgusto, demostrándole a Sanemi que es capaz de expresar más de dos estados de ánimo en su cara, indiferencia y placer, pero Sanemi sabe el dolor que carga desde la mañana y que lo culpe Dios de estar preocupado por una vez en la vida por ese idiota―. Sé que te duele el brazo, anda, no molestes y siéntate de una vez. Sino nos largamos.

―No es eso ―responde después de unos segundos Giyū, cuando finalmente se ha sentado en la banquita que hace a juego con el resto del mobiliario del Teishoku-ya.

Al percibir que no dirá nada más, ya acostumbrándose a sus estresantes conversaciones, Sanemi se voltea a ver la lista de platos que el sitio tiene escrito en una pizarra frente a ellos, algo sencillo que muestra las dos opciones de proteína del día, pescado o pollo, para el plato típico teishoku, o una nueva opción llamada katsu-retsu, que según dice el letrero es un nuevo plato procedente de Tokio que se ha expandido por la isla, el cual consiste de trozos de chuleta de cerdo empanada y frita, con miso y encurtido de verduras.

―¿Lo has probado? ―le pregunta Giyū y Sanemi niega―. Sería bueno probar, tiene mucho que ver con nuestra situación.

―¿De qué hablas?

―De probar, de lanzarnos a lo desconocido.

Sanemi se le queda mirando fijamente a los ojos, sin parpadear, mostrando qué tan grandes pueden ser sus ojos. Parece que ha tomado esa mala costumbre cada vez que Giyū lo confunde con sus palabras y no se siente orgulloso de esa revelación.

―Es un simple plato de comida, ¿estás seguro que Muzan no te dio duro en la cabeza?

Giyū asiente, sin entender por qué Sanemi insiste en preguntarle si tiene problemas en la cabeza. Este último hace un ruido con su garganta y ordena dos katsu-retsu, Giyū supone que es para terminar pronto el tema de conversación.

El ambiente dentro del restaurante es más relajado que afuera en las calles de la ciudad, por el momento se encuentra lleno pues ha empezado la hora acostumbrada de almuerzo y cada vez más gente se ve ingresando al recinto, quedando solo unos cuantos puestos dispuestos en la larga mesa, pues las individuales se agotaron pronto. A Giyū le parece perfecto pues el murmullo de las demás personas ahogan un poco sus palabras.

―Me hubiera gustado ver a Gen'ya en esa fotografía.

Giyū se sorprende de escuchar esa revelación, pues no han tenido oportunidad de realmente hablar de lo sucedido, más que de los amigos pilares que perdieron y lo duro de la batalla, sin explayarse o desviarse del tema central. Conoce de Gen'ya pues es un tema recurrente que tiene con Tanjirō, el rechazado, pero no realmente, hermano menor de Sanemi que murió en la última batalla mientras ellos dos recorrían los absurdos pasillos de la fortaleza dimensional infinita. Esto se debe a que Sanemi y él jamás fueron un par de amigos que compartieran gustos o que hablaran de sus traumas, nunca se llevaron lo suficientemente bien para preocuparse de esa manera por el otro o preguntar por su pasado, presente o futuro. Sólo fueron dos hombres que se vieron envueltos en un extraño baile de oportunidades, de encontrar el placer en sus acciones, no hubo nada más ahí, porque el deber siempre estuvo primero, porque solo eran excusas para liberar tensión.

Sin embargo, ya no hay deber, ya no hay tensión.

Giyū permanece en silencio, pues los fantasmas de Sanemi son solo suyos, así como los suyos los lleva pesados en el pecho y la tela de su haori. Quizá Sanemi solo quiso exteriorizar la verdadera molestia de esa mañana, quizá solo recordó a su hermano en el plato de comida que ordenó, quizá se le escapó el pensamiento en voz alta como a veces le suele pasar a Giyū, mientras aprende a socializar. No sabe qué lo llevó a admitir esa triste afirmación, pero Giyū calla.

No quiere que Sanemi se arrepienta de abrirse con él, así no pueda darle una contestación verbal que llene su vacío.

Asiente, para darle a entender que lo ha escuchado y comprende sus palabras. Sanemi posa sus codos en la mesa perdido en sus pensamientos, así que Giyū lo deja ser y procura no hacer mucho ruido mientras se acomoda en el incómodo banquillo, esto ocasiona que se acerque un poco más a Sanemi, los hombros a pocos centímetros de tocarse, y se vuelve a sorprender de ver que él solo lo mira de soslayo un momento y vuelve la vista al frente, donde preparan sus alimentos.

Es una revelación lo mucho que su extraña relación ha transmutado hasta convertirse en una salida a almorzar juntos en la ciudad donde Kochō Kanae y Kochō Shinobu vivieron su corta vida, sentados a un roce de sus hombros, ordenando platos que abren un nuevo panorama.

A Giyū le gusta esa transmutación, es muy diferente a todo lo vivido en sus veintidós años y espera con ansias bien disimuladas lo que Sanemi pronto le responderá.

Dos cajas negras de comida se posan ante ellos sobre la mesa, Giyū toma los palillos de la bandeja y agradece en su mente por los alimentos servidos.

―Creo que ya me acostumbré por completo a ser zurdo ―comenta, como le ha enseñado Nezuko que se puede comenzar una conversación, para llenar un silencio que comienza a ser incómodo por la naturaleza de lo último dicho.

Sanemi abre los palillos y, con una mueca en sus labios y un gruñido, asiente―. Yo igual.

El hambre, que ya comenzaba a hacerse presente en cada uno de sus estómagos, se calma al primer mordisco y descubren que el nuevo plato, proveniente de Tokio, es verdaderamente delicioso. Toman su tiempo para que sus papilas gustativas se acostumbren al nuevo sabor, degustando el cerdo y los acompañamientos del plato que se combinan perfectamente en su boca, luego llegan las bebidas y el almuerzo está completo.

Sanemi carraspea y habla mientras mastica, Giyū lo mira con atención.

―¿Qué te hizo pensar en vivir juntos?

Los palillos quedan a medio camino hasta su plato, mientras observa perdido a Sanemi masticar su propia comida, mirándole seriamente y de reojo.

Decide decir la verdad.

―Hace un mes, Tanjiro me comentó de sus planes de hoy ―responde, aún totalmente enfocado en su rostro, el cual sigue serio y atento―. Cuando te vi ayer, me pareció acorde.

―¿Qué te pareció acorde a qué?

Giyū baja la mirada para dejar finalmente los palillos sobre el soporte de los mismos en la mesa y piensa verdaderamente su respuesta, pues no desea que su recién descubierta apatía se inmiscuya en esta conversación. Nezuko y Tanjiro le han enseñado a pensar antes de hablar, o por lo menos a expresar mejor sus pensamientos sin ofender o dejar a medias sus verdaderas intenciones. Al parecer, con Sanemi, no ha logrado tal hazaña.

Lo voltea a ver una vez más y se encuentra a una persona nueva, un hombre que espera sus palabras más que la de cualquier otro, más que en cualquier otro momento, un hombre con una historia en su rostro que le demuestra abiertamente que quiere intentar dejar su pasado atrás y ahora tiene su completa atención, y Giyū siente miedo, miedo de que su respuesta no le agrade, miedo de que no sea lo que él realmente espera, miedo de las expectativas que puede no llegar a cumplir.

El brazo le duele, siente aún punzante su antebrazo ya descompuesto en la destruida fortaleza dimensional infinita, como si se quisiera volver a anexar a su cuerpo y este lo rechazara con rabia.

Se lleva la mano al muñón con tristeza.

―¿Sabes la causa de mi previa petición? ―Sanemi frunce el ceño en confusión―. De cambiar de asiento ―él se encoge de hombros con clara molestia y baja sus palillos, ya casi acaba su almuerzo, mientras que el de Giyū sigue a medias―. Eso es porque quiero cerrar el espacio entre nosotros. Acercarme.

―Recuerdo que me dijiste algo similar cuando me llevaste ohagi a la habitación, hace dos meses ―interrumpe Sanemi y retoma los palillos para terminar los dos últimos pedazos de cerdo empanado y frito―. Y desde ese maldito día me has mantenido en un confuso vaivén.

―Perdóname por no saber cómo expresarme, no es mi intención.

De repente los palillos de Sanemi chocan contra la mesa y caen al sucio suelo del restaurante, Giyū los sigue con los ojos y luego alza la vista a los enormes ojos de Sanemi, quien lo observa con sorpresa. Él solo puede imaginar que le ha causado una mala impresión escuchar una disculpa de su parte y no lo culpa, durante toda su vida solo se ha disculpado con su hermana, con Sabito y con sus maestros, es más, ahora que comienza a pensar más en su pasado, nunca había tenido conversaciones tan largas como las que han tenido esta última semana con Sanemi. Giyū desconoce realmente el sentimiento que ello le causa, o si debiera de sentir algo más que extrañeza.

Sanemi se lleva una mano, la completa, a la esquina de sus labios y se limpia con el pulgar el rastro de grasa que reposa en ellos, Giyū vuelve a seguir con los ojos todo movimiento de su parte, mientras sopesa sus previas palabras y las que desea decir.

No debería ser complicado, pero quizá Sanemi tiene razón y desde el principio hubo algo malo en su cabeza que ocasiona esa dificultad para darse a entender sin ser mezquino. O quizá realmente es mezquino y puede ser que a nadie le agrada como hablan los mezquinos.

Espera que Sanemi sí le agrade alguien mezquino como él.

―Estar así me permite, de alguna manera, sentirme más cómodo contigo. Al estar más cómodo contigo, puedo acercarme a ti y eso es lo que quiero ahora que quedamos solo tu y yo.

Sanemi abre y cierra la boca varias veces, a falta de palabras, como un pez fuera del agua. Giyū considera que la analogía le cae perfectamente a la situación pues siente que a veces, muy a su pesar, le roba un poco de su vida a Sanemi con su presencia. Este abre los ojos y responde―: Espera, pero ¿eso qué tiene que ver con la posición de la silla?

―Ah, sí, es que con mi brazo izquierdo puedo sentir completamente tu presencia y sé que no estoy solo, con el otro… bueno, a medias, literalmente. Me gusta posicionarme a tu lado derecho.

Sanemi le late muy fuerte el corazón, no es normal, no esperaba respuestas tan sinceras y directas de parte de Giyū, aunque sea conocido precisamente por eso, no obstante, esas palabras no han sido expresadas con desagrado ni indiferencia como es lo común, él sabe que Giyū ha luchado por sacarlas de su pecho de manera que no confundiera a Sanemi con su significado y aunque no lo logra, pues está aún más aturdido que de costumbre, debe darle un premio por intentarlo.

Por intentarlo por ambos.

―Ay, no he terminado de contestar tu segunda pregunta ―dice Giyū azarado, interrumpiendo los pensamientos arremolinados de Sanemi, quien levanta las cejas en remembranza―. Creo que tiene que ver mucho con lo antes mencionado, siento que vivir juntos por un tiempo puede ayudarme a entenderte y así darte una respuesta certera.

―¿Por qué diablos te obligarías a algo así? ―responde Sanemi con repudio ante esa última respuesta, arrepintiéndose de inmediato de sus previas conclusiones―. No te estoy acorralando a darme una maldita respuesta, solo…

Sanemi pasa saliva y sus delgadas cejas se fruncen hasta crear una sombra en su mirada.

―Shinazugawa ―la suave voz de Giyū lo vuelve a aturdir, la estancia le da vueltas, no se siente bien―, hay un bloqueo dentro de mi que me incomunica con mis acciones, con mis emociones. Una pesada niebla que entumece todo, que lo oculta todo ―Giyū se detiene, moviendo los labios de forma errática, pero ningún sonido sale de su boca pues mantiene los labios apretados. Sanemi comienza a entender de a poco sus palabras, comprende entonces que Giyū no es el huraño engreído que creyó antes, el aprendiz superdotado que se convirtió en pilar para sentirse mejor que cualquiera, sino todo lo contrario, es un humano que carga con un verdadero peso en sus hombros, con un bloqueo mental que le impide expresarse con claridad y encuentra tristeza en su proceder pues aunque ahora puede decir que se han acercado más, las cargas emocionales de Giyū permanecerán por muchos años. Incluso, éstas no distan mucho de las suyas, solo en su forma; mientras Giyū se guarda todos sus sentimientos y pensamientos hasta que su dique interno se desborda, Sanemi los expresa en un torbellino de contradicciones que arremete contra lo que se le ponga en frente de su camino.

Son la perfecta interiorización de sus técnicas.

No obstante, cuando dos fenómenos naturales se encuentran solo el caos se hace presente y aquel descubrimiento deshidrata la garganta y labios de Sanemi, como si Giyū hubiera absorbido el agua que corre por sus venas.

―Me ha aprisionado desde niño y ha tomado todo de mí ―continúa Giyū como si los pensamientos de Sanemi no existieran―, pero… ―vuelve a callar y su acompañante cuenta los latidos que retumban en sus oídos con el paso del tiempo. Uno, cinco, catorce. Giyū humedece sus labios agrietados y Sanemi no puede creer lo que termina por escuchar―, la luna no desea permanecer tanto tiempo detrás de las nubes.

Sanemi aspira con sorpresa. De nuevo esa expresión, las extrañas y latentes afirmaciones de aquel hombre de pocas palabras, con un dique a punto de rebosar, con un corazón oculto entre pesadas nubes. Y Sanemi lo entiende, por fin lo entiende del todo.

Es cierto, Giyū verdaderamente lo intenta por ambos y Sanemi quiere ayudarlo, quiere disipar esa neblina dentro de Giyū, quiere tomar esa luna y alzarla lo más alto en su cielo para que lo bañe por completo bajo su luz.

Giyū quiere mejorar y lo quiere hacer junto a Sanemi. Sanemi quiere comenzar algo y lo quiere hacer junto a Giyū.

De todo lo dicho, lo que a continuación confesará será lo más complejo por desentrañar para ambos, pero siente la necesidad de liberar a un conejo que se ha salvado de su tormenta interna, revoloteado por su pecho desde hace unos dos meses, saltando de un lado a otro, marcando el paso de su corazón.

―Quiero saber si tengo una oportunidad contigo. Eso es todo. Quiero saber si existe la posibilidad…

―Shinazugawa ―susurra Giyū, consciente de la gente a su alrededor y lo difícil que comienza a ser su situación―. Tu… ¿tienes sentimientos por mí?

Los fenómenos se han encontrado y arrasan contra ellos, con rencor. La comprensión de Sanemi es muy limitante a su presente, pero ¿qué hay de su pasado? ¿Por qué Giyū es como es? ¿Qué le sucedió para llegar a ser este hombre que le lanza preguntas que no tiene cómo contestar, proposiciones a las que desea acceder, afirmaciones que no quiere escuchar?

Sanemi se pregunta entonces, si quien puso ese revoltoso conejo en su pecho marcando el ritmo de su corazón fue el mismo Giyū, aquella mañana de invierno en la Hacienda Mariposa junto a la caja de ohagis, con la esperanza de que se reflejara en su solitaria luna.

―Claramente los tengo ―acepta sin rodeos y por poco rueda los ojos―, pero no estoy seguro de cuáles, exactamente.

Giyū abre sus bonitos ojos y aprieta de nuevo sus labios, su voz sigue en un susurro―: Yo… igual. No discierno estas sensaciones. Son… nuevas para mí.

Sanemi posa su codo derecho en la tabla y su mano atrapa media parte de su cara, se voltea todo lo que puede hacia su derecha evitando por completo a Giyū. La anciana que estaba a su lado ya se ha marchado, así que puede respirar sin angustia de pensar que les están prestando indeseada atención.

―Por ello, ¿aceptarás mi propuesta?

―Ya me había decidido a aceptarla, pero… no quiero que sea una jodida obligación para ti el recibirme.

―No lo es, es algo que quiero hacer.

―Últimamente quieres muchas cosas ―dice Sanemi cambiando levemente sus previas palabras de la mañana, su ceño fruncido no ha disminuido, el mareo sigue presente―. No quiere decir que tenga que hacer algo por ello.

Extrañamente Giyū vuelve a sonreír en menos de 24 horas. Extrañamente Sanemi guarda un conejo en su pecho.

―¿Y qué pasaría si te quisiera a ti?

Es posible que ese conejo quiera, al igual que todos los otros conejos del mundo, alcanzar a la hermosa luna en el cielo.

―Te diría que verdaderamente estás mal de la cabeza ―responde con otra sonrisa―. y que espero que tengas una buena habitación extra.

―El futón es bastante agradable.

Sus sonrisas se mezclan en el ambiente, junto a un beso imaginario entre dos personas que han tomado juntas una decisión y la han sellado con miradas cómplices.

Posiblemente no obtengan una respuesta a la pregunta de Sanemi de hace una semana, quizá nunca la necesitaron o la necesitarán, pero mil años de tragedias han terminado hoy, nuevos pilares se alzan en la construcción de un futuro y la primavera les trae el renacimiento de sus sueños.

Solo queda avanzar.


Katsu-retsu es como antes se le decía al tonkatsu, una de sus variantes es el tazón de cerdo o katsudon.

Tsuki no Usagi, el conejo de la luna: Los japoneses ven en la superficie de luna la imagen de un conejo machacando arroz con un martillo para preparar mochi (un dulce tradicional).


Nota: Espero que les haya gustado.

Voy a traducir este trabajo al inglés, si alguien quiere ser mi beta para ayudarme con alguna frase mal traducida, le agradecería infinitamente ❤️