Notas: La causa de que me tocara dividir los sucesos previos al primer capítulo, es por este capítulo en especial. Es el más importante, pues marca ese punto de no retorno, el turbulento inicio de todo.
Por cierto, espero que no les esté molestando el tipo de diálogo que he manejado en estos capítulos, pero es a propósito: Quiero que los personajes hablen como lo harían en la época en la que se desenvuelve la historia; y no es como que yo sé cómo hablaban los japoneses a principios del siglo pasado, pero se hace el intento, ja, ja. (Siendo Giyū alguien muy divertido de escribir en ese formato)
Atención: El sufijo "-sama" y "-dono" son traducidos como "honorable". La palabra "kōhai", que es como llama Kyōjurō a Mitsuri, la dejé como aprendiz.
Espero de corazón disfruten el nuevo capítulo y que éste cumpla sus expectativas ❤️
Al final, notas al pie.
2.2. Nuestro Avance
[Avance: m. Acción y resultado de avanzar]
[Avanzar: intr. Adelantar, progresar o mejorar en la acción, condición o estado]
.:.:.
La inesperada tormenta de invierno atrapa a Sanemi en medio del campo de batalla, revolcándolo en la nieve fácilmente, entre los fuertes vientos y largos coletazos de un demonio que no entiende que su presencia en este mundo terminó una vez Sanemi dio con su ubicación.
Tres largas semanas de búsqueda terminaron en un denso bosque de altos árboles que no reconoce, con copas tan altas que le permiten al desgraciado demonio balancearse entre ellas con sus múltiples apéndices, colmando la poca paciencia de Sanemi en batalla, pero sin llegar a tener que atraerlo con su sangre. Con la forma número cuatro de la respiración del viento, finalmente derriba al demonio de las copas de los árboles, cortando todas aquellas repulsivas colas con los múltiples tajos que lanza Sanemi por su técnica, y cambia a la forma número uno tan pronto se acerca al suelo, decapitándolo en el acto.
El cuerpo cae con fuerza sobre la nieve, mientras la cabeza comienza a rodar montaña abajo por la fuerza de su espada y la furia de la tormenta. Sanemi se detiene a ver el cuerpo finalmente descomponerse como suelen hacer y da por terminada su labor; seguramente la cabeza ya ha desaparecido.
Con la adrenalina finalmente descendiendo a grandes pasos, Sanemi comienza a sentir el frío de la nevada. Es hora de buscar refugio, sea donde sea que esté.
―¡EY! ―grita hacia el cielo―. ¡¿Dónde diablos estamos?!
'¡Monte Atago! ¡Monte Atago! ¡Kioto!'
―¡Indícame el camino a la ciudad!
Dando fuertes graznidos, Sōrai, su cuervo, aparece en su campo de visión, claramente afectado por la furiosa nieve que lo aturde al volar, y comienza a cumplir su petición con mayor determinación que la que Sanemi tiene de escapar pronto de esa terrible tormenta, en la cima de aquella montaña. Corre con velocidad, saltando y esquivando con facilidad los arbustos ocultos bajo la nieve y los árboles imponentes de la montaña. A medida que baja de la cima, la tormenta va gradualmente disminuyendo hasta que la nieve se vuelve menos densa bajo sus sandalias. Cuando comienza a percibir movimiento de los animales nocturnos del área, puede respirar entonces con menos preocupación, pues ha dejado atrás la peor parte.
Espera llegar pronto a un cálido ryokan, quizá al mismo en el que una vez se hospedó con Masachika a los pocos meses de conocerse. Siente un fuerte dolor en el pecho al pensar en esa posibilidad, sin embargo, decide desafiarse a sí mismo e ir enfrentando los apreciados recuerdos que tiene con él, volviendo con gusto sus pasos por el retador camino de sus memorias, en vez de retroceder en su causa y eliminar todo rastro de su existencia.
Las luces de la gran ciudad lo atraen como polilla en la lejanía. Definitivamente se encuentra en Kioto. La calidez de su resplandor le acaricia levemente las frías mejillas y le saca una sonrisa, escucha el rápido aleteo de su cuervo sobre él y mira hacia el cielo lleno de estrellas que los acompañan ese diciembre; se pregunta qué día es y si pronto llegarán las solitarias festividades.
Recuerda a la dulce Kanae y a sus hermanas, con quienes había hecho planes para acompañarlas cada año nuevo. El dolor en su pecho se transmuta y siente la culpa colarse de manera abrasiva, por haberle dado a esa increíble mujer esperanzas de un futuro que jamás la quiso acoger en sus inapreciables brazos.
Lágrimas se acumulan en sus ojos. El frío le debe estar afectando más de lo que piensa.
'¡Desvío a la izquierda!'
Sin preguntar, con plena confianza, tensa cada músculo de sus piernas y gira de inmediato como le indica el cuervo, ahora enfrente suyo.
Le sigue el paso por detrás y siente la tormenta tocarle nuevamente los talones, se preocupa otra vez y maldice su precaria situación. Se arrepiente de su nula preparación para el invierno y no haber vestido un hanten[1] desde que salió de su hacienda en busca del desgraciado demonio. El vestir bien su uniforme no le proporciona suficiente protección ante la horrible tormenta que se encontró esa noche, por obvias razones.
Su cuervo grazna durísimo y saca a Sanemi de su ensoñación.
'¡El pilar del agua se encuentra en su hacienda! ¡Se recomienda llegar, Sanemi! ¡Desvío a la derecha! ¡Por los bambúes!'
―¿Pero qué...? ¡¿Para qué me estás llevando a donde ese imbécil?!
'¡Apoyo entre pilares! ¡Apoyo entre pilares!'
Sanemi frena en seco.
―Si ese bueno para nada estaba cerca, ¡¿por qué tuve que encargarme yo del maldito demonio?!
'¡Cro-cro!'
Sanemi aprieta con tal fuerza sus dientes que los escucha crujir. Sin perder más el tiempo, sigue el camino que le indica su acompañante fiel, decidido ahora a darle a Giyū un gran trozo de sus pensamientos. No se quedará con las ganas de gritarle lo inútil que es para encargarse de esas tierras y lo irrespetuoso que es ante las órdenes del Maestro.
El bosque deja de lado los altos troncos oscuros y un camino de pequeños árboles desnudos comienza a guiarle hacia la iluminada ciudad.
Sus pies comienzan a entumecerse y sus manos a agarrotarse, lleva un aproximado de veinticinco minutos bajando la montaña y es evidente que no puede permanecer más en aquel hostil ambiente. Espera, con furia desmedida, que Giyū le ofrezca una cálida cena como recompensa por cumplir con sus tareas, como mínimo.
Aunque las ganas de verlo sean minúsculas, la necesidad de autoprotección viene primero.
Junto a las ganas de gritale a su fastidiosa cara.
Escucha graznidos en el cielo y dos cuervos se han unido al suyo, seguramente intercambiando información. Sanemi se lleva sus manos a la boca y exhala vaho para calentarlas un poco, comienza a ver unas cuantas casas al final de la vía y sonríe de alivio detrás de sus rojos dedos. Toma un camino a su derecha pues divisa en la lejanía que este se transforma luego en un camino lleno de bambúes.
'¡Cro-cro! ¡Derecho!', grazna otro cuervo que no es el suyo, aparentando saber hacia dónde lo está guiando su compañero. Frunce el ceño al ver que ya solo quedan dos, sospecha que el tercero era el acompañante del pilar del agua y se ha ido a entregar el mensaje de su pronta arribada a su dueño.
Sus tripas se revuelven. Se arrepiente de súbito la decisión tomada y frena por segunda vez en seco, pensando que es preferible regresar un poco sus pasos y buscar alojamiento en la ciudad antes que ver a ese hombre, sin embargo, previo a dar media vuelta y dar por terminada su horrible noche, ve una figura acercándose a él a alta velocidad, entre los bambúes que vio anteriormente, en sentido diagonal de su ubicación.
Giyū salta por encima de él, cruzando la vía desde un tronco a la derecha de Sanemi, hacia otro a su izquierda, y su cuervo grazna de una forma que se entiende como indignación, fiel animal como siempre ha sido.
Sanemi queda petrificado ante su aparición, hasta que el otro se percata de lo que acaba de suceder y se detiene a unos metros más atrás del camino. Giyū se da media vuelta y con el ceño levemente fruncido le pregunta la causa de verlo ahí.
Sanemi recupera rápido su voz y grita―: ¡Pues tal parece que terminé haciendo tu trabajo, imbécil!
Giyū parpadea varias veces, confundido. Sanemi comienza a acercarse a él, con el calor de su cólera mermando el frío de la vacía vía.
―¿La estupidez te ha dejado sordo? ¡Te dije que hice tu trabajo, cuando no debía hacerlo! ―Sanemi se planta frente a Giyū y ruge con mayor fuerza, aunque ya no necesite hacerlo por la cercanía de sus cuerpos―. ¡Acabo de exterminar a un demonio cerca de aquí! ¡No estás cumpliendo con tus deberes!
―Recién regresé de emergencia ―contesta Giyū a media voz, una vez comprende sus acusaciones―. Desde las montañas al norte.
―Y yo venía persiguiendo al demonio desde el oriente del lago Biwa, ¡¿qué clase de respuesta es esa?!
'¡Herido! ¡Herido!'
Sanemi se aturde por el graznar del cuervo de Giyū, que sobrevuela su cabeza en círculos evadiendo a los otros dos cuervos, y como si el llamado hubiese sido una alarma o una premonición, Giyū comienza a toser fuertemente en sus manos, hasta que recobra luego de unos segundos su respiración, en cortas y dolorosas exhalaciones e inhalaciones.
'¡Vuelve a casa! ¡Herido! ¡Herido!'
Giyū baja sus manos y se retira por donde vino, sin brindarle ni un vistazo a Sanemi, quien permanece aún frente a él, con sus grandes ojos observando todo desenvolverse sin su participación. Sin más, sin pensar, sin caer en la cuenta de que sus últimas decisiones no han sido las mejores, sigue los pasos de su compañero pilar hasta dar con una pequeña hacienda entre grandes tallos verdes de bambú y formaciones de piedra caliza.
―¿Qué acaba de ocurrir? ―le pregunta en un susurro a su cuervo, que grazna con suavidad sobre su cabeza―. ¿Tomioka está realmente herido? ―los dos cuervos acompañándolo graznan en afirmación y Sanemi frunce el ceño.
'¡El viejo cuervo se retrasó en entregar el mensaje del demonio del lago Biwa!'
'¡Vienen de pelear contra un demonio venenoso!'
Responden al tiempo ambas aves.
Sanemi entra por el camino que da a la pequeña hacienda y ve la puerta de la entrada principal ligeramente abierta, como si su dueño no se hubiera percatado de cerrarla correctamente. Decide entrar, pues las fuertes ventiscas de la montaña que acaba de bajar se sienten llegar y no desea terminar con hipotermia por la terquedad de su característico ser.
Cierra correctamente la puerta y deja en el genkan sus sandalias. Recorre con la mirada el salón principal y ve los mojados pasos de Giyū en el piso de madera que entran hasta el fondo del pasillo y se pierden tras una habitación a su derecha. Sanemi siente un escalofrío por el cambio de temperatura, lo que indica que Giyū ya había estado habitando su hacienda por varias horas antes de encontrarlo en el camino; la cólera vuelve a hacerse presente y persigue al pilar del agua hasta sus aposentos.
Abre las puertas corredizas de la habitación donde desaparecen las mojadas pisadas y se lo encuentra en medio de la misma, a medio vestir con un yukata azul petróleo de rayas horizontales grises. Sanemi confirma así su estado de salud, pues alcanza a divisar unos horribles puntos negros subiendo por su pecho hasta una parte de su cuello, y sus labios y párpados se perciben más oscuros; no distingue qué tipo de herida es, pues las débiles luces de la lámpara andon en la estancia difuminan sus cuerpos entre las sombras.
―¿Te ha atacado un demonio? ―pregunta arisco Sanemi―. ¿Qué tan débil eres que permites algo así, aún siendo un pilar?
Giyū se termina de vestir, con movimientos lentos, pero seguros. Es su cuervo quien responde la ruda pregunta.
'¡Proteger a los niños! ¡El deber de un pilar!'
Sanemi voltea a ver al cuervo y le dedica una ácida mirada que lo termina por espantar, aleteando con premura sale de inmediato de la habitación, dejando solos a los dos humanos dentro de ella.
―Me debes una maldita explicación, Tomioka. Recorrí tus perímetros por error, pues no vi a ningún exterminador en la vecindad y sentí que debía hacerme cargo, pero me encuentro con la noticia de que estabas cerca y tu actitud arrogante jamás ayuda a comprender la situación.
Giyū se pasa una mano por la frente, inesperadamente brillante, perlada en sudor, y Sanemi frunce más el ceño, al punto de ocasionarle dolor de cabeza.
―Como ya respondí, estaba en el norte, en el monte Kurama ―contesta finalmente Giyū, tomando asiento frente a un altar doméstico que Sanemi no había visto con anticipación, mientras se acomoda un hanten gris claro―. El monje del templo en la cima me ayudó a retrasar el avance de su ataque.
―¿Protegías a unos niños?
Giyū asiente y se acomoda en el cojín dispuesto frente al altar, su respiración un poco agitada, distintiva bajo el silencio de su hacienda y el aullar de la tormenta en la lejanía. Sanemi piensa en la muerte de Masachika y rápidamente hace a un lado el recuerdo de él junto al de aquella niña. Sus pequeños hermanos menores llegan y se van de su cabeza de la misma manera.
―¿Veneno? ―vuelve a indagar Sanemi, tomando las palabras de los cuervos dichas minutos antes.
Giyū moja sus morados labios con su lengua y cierra los ojos con un largo suspiro.
―Debido a que esta noche hay tormenta, puedes pasar la víspera de navidad aquí, no me importa. No tienes que pretender preocupación por mi bienestar para pedir alojamiento.
―¡Eres un...!
Sanemi se ve interrumpido en su explosiva respuesta cuando Giyū comienza a toser con tanta fuerza que se encorva hacia adelante, su cabeza rozando temblorosa el mueble del altar. Se tapa de nuevo la boca con sus manos, pero la cercanía de Sanemi y las luces de la estancia le dan un nuevo panorama frente a lo que acontece, a diferencia de antes en medio de un camino poco iluminado, y atisba sangre salir de sus fosas nasales hasta llegar a sus apretadas manos.
Los instintos protectores de Sanemi encienden una alarma en su cabeza y se ve agachado a un lado de Giyū con apremio, gritando palabras de preocupación ante su situación, pero el otro hombre solo se limpia el rastro de su sangre en su nariz y retira la mano de Sanemi de su hombro con dificultad.
―Déjame, quiero rezar.
―Esto es serio, Tomioka, está al nivel de Shinobu.
―No. Estoy mucho mejor. Traía su antídoto conmigo.
Con un gruñido, Sanemi se levanta y lo deja ser, pues confía en los antídotos de las hermanas Kochō. Cae en la cuenta de lo mucho que ha evitado pasar por la Hacienda Mariposa desde la muerte de Kanae, pero ver a Giyū en ese estado le abre los ojos y se decide a no retrasar más lo inevitable: es hora de hacerle una visita a Shinobu para comprarle uno que otro remedio que ella haya podido crear, pues un cazador sin preparación es un cazador muerto.
Da entonces media vuelta y decide quedarse en la hacienda pilar como pago por su buen trabajo en Kioto.
Al menos no pasará la navidad solo, como lo fue en el periodo luego de la horrible noche con su madre y antes de encontrarse con Masachika. Los recuerdos de esos días le apretujan el corazón, sobreponiéndose al primer año sin él, tolerado solo junto a Kanae y sus pintorescas hermanas. O el año pasado, junto a Kyōjurō y unas extrañas chicas.
Hace una mueca en sus cavilaciones, cuando llega a la cocina y se encuentra con platos de comida a medio hacer. Piensa en la posibilidad de bajar a la ciudad y deleitarse con la compañía de otra persona que no sea el engreído pilar del agua. Suspira fuerte y se pasa las manos por la cara.
Ahí se va su supuesto pago por su buen trabajo, por la puerta de atrás...
Quizá Giyū sea un desgraciado con problemas de socialización, pero Sanemi jamás ha sido un hombre que desampare a quienes lo necesitan, por más que Giyū se haga el desentendido de su grave situación.
Su atenta consciencia comienza a recorrer los pasillos de sus memorias junto a él, la más notoria siendo el desastre de su llegada tardía al funeral de Kanae, un recuerdo que no desea evocar ahora, aunque haya pasado año y medio desde ello. Luego su corazón comienza a latir fuertemente y los pocos vellos de sus antebrazos se levantan anticipando el peor recuerdo de todos, aquella calurosa madrugada de verano en la Hacienda Mariposa.
Entierra de inmediato todo recuerdo de sus encuentros y termina por cocinar el miso y arroz que seguramente Giyū estaba preparando antes de salir corriendo a su inesperado encuentro entre bambúes y ruidosos cuervos.
Le parece extraña la situación que vive ahora, en vísperas de una celebración religiosa que no comparte más que por su tendencia social, que se halle en la hacienda de un pilar que poco o nada tiene en común, con el que se ha peleado a puños y patadas, con el que ha tenido solo una larga conversación en los dos años de conocerse, y con quien incómodamente ha terminado por comparar con Masachika en una ocasión. Dos, si cuenta el recuerdo de su muerte hace unos minutos.
El pilar que incordia a todos con su presencia, pero que termina por provocar a Sanemi con cortas respuestas a sus preguntas y largas preguntas a sus respuestas.
Retira la olla del fogón irori y su cena es servida. Se vuelve a pasar las manos por su rostro, ahora más cálidas, y se pregunta por segunda vez qué hace en ese lugar.
―Ah. Gracias por terminar la cena, Shinazugawa.
Sanemi se sobresalta a la aparición de Giyū a sus espaldas y se voltea a verlo. Bajo la escasa iluminación de la cocina puede distinguir las pronunciadas ojeras de Giyū, y no sabe si es por el efecto del veneno, de las sombras provocadas por la lámpara, o una combinación de ambos factores.
―Otro favor que me debes, desgraciado.
Sanemi se toma el atrevimiento de ir a la alacena y servir un poco de arroz en tres tazas, pasa por la puerta hacia el pasillo y las deja en el primer engawa que encuentra, llamando a los cuervos en voz alta antes de cerrar las puertas para evitar mayor frío en la hacienda.
Al regresar Giyū ya no se encuentra en la cocina. Entra a la habitación contigua y lo encuentra sentado sobre los cojines debajo del kotatsu, con carbones encendidos ya dispuestos para su calefacción y la comida servida.
―Finalmente te veo con el uniforme bien puesto.
Sanemi gruñe al sentarse y el esfuerzo por evitar sus memorias se disuelve en la nada.
―Cállate.
Giyū le responde algo que no alcanza a escuchar, su tono de voz tan bajo como siempre lo ha conocido, por lo que Sanemi le pide repetirse.
―En la mañana podríamos hacer una sesión de entrenamiento ―susurra Giyū luego de pasar su primer trago del caldo, su debilidad es evidente―, por el demonio.
―¿Qué?
Giyū le mira a los ojos con la cara gacha, en clara demostración de desgano―. ¿El demonio por el que me estabas reclamando?
―¿Quieres entrenar mañana, en tu estado? ―pregunta interesado Sanemi y siente el fuego del frenesí que le causa pensar en sus rutinas de entrenamiento. Normalmente Giyū no aparenta ser alguien entregado a su trabajo, pero verlo en ese estado deplorable por su envenenamiento y que aún piense en entrenar con Sanemi en unas cuantas horas, a sabiendas que su estamina es la más alta de entre todos los pilares, le parece un momento increíble. Increíble y sorprendente, que enaltece un poco su opinión sobre él―. Vale, como quieras. Pero no creas que seré suave contigo, ¡faltaba más!
Giyū asiente. La fría noche pasa desapercibida bajo el calor del kotatsu.
Cuando despierta, Sanemi se levanta de inmediato del futón que Giyū le ha prestado por el resto de la noche, y se dirige a abrir las puertas corredizas de su habitación para recibir los primeros rayos del sol. El frío de la mañana y la nieve en el jardín le recuerdan la terrible tormenta de la que tuvo que escapar la noche anterior, dando como resultado media noche de cacería desperdiciada y un encuentro premeditado por unos cuervos entrometidos.
Agudiza el oído para captar si los empleados de la hacienda ya han llegado para comenzar sus deberes, pero se encuentra con un silencio absoluto.
Su curiosidad puede con él, así que comienza a recorrer los silentes pasillos de la hacienda ahora acompañado por la luz natural del sol, y, con cada paso que da, muchas preguntas se alzan por sobre su asertiva osadía. La curiosidad da paso a la sorpresa, que se va convirtiendo en incredulidad y finalmente en malestar.
La pequeña hacienda se encuentra en evidente estado de abandono, con pasillos y habitaciones desamparadas ante las maniobras insensibles de la madre naturaleza. Goteras, humedad, moho. Hollín, polvo, tierra. Muebles de madera corroídos, tatami desgastados. ¿Qué pasa en este lugar?, piensa en pánico Sanemi, tomando en sus manos la olla que usó el día anterior para el miso, el único utensilio de la cocina aparentemente nuevo.
Vuelve a prestar atención al silencio que lo rodea, pero es claro para él que nadie llegará ese día a encargarse del lugar, ni ningún otro día, porque no ve por ningún lado vestigios que indiquen labores de aseo recurrentes, ni suficientes cacerolas o platos para alimentar a los trabajadores, ni herramientas para tratar el jardín o las goteras que escucha caer en unos pasillos de distancia.
Sanemi se le había hecho extraño el olor a humedad que despedía el futón que le fue prestado por la noche, suponiendo que Giyū, con su mala actitud, pocas visitas recibía de ese calibre, sin embargo, la verdad podría resultar siendo peor que la hipótesis.
Las ganas de salir corriendo comienzan a invadir su buen juicio, pero son mermadas por el distintivo sonido del metal siendo arrastrado por piedras. Corre de inmediato hacia afuera y se encuentra con Giyū removiendo con una desgastada pala la nieve que se concentra en el área del supuesto jardín, ahora solo un gran espacio lleno de grava. Sanemi realiza otra hipótesis: nunca hubo jardín, no como los japoneses tienen jardines en sus casas.
―Buen día, Shinazugawa.
―Ah...
Giyū continúa en su labor, mientras Sanemi permanece de pie en el engawa. Sus pies se desesperan, sus manos tiemblan sin saber si es por frío o por algo más, y su cabeza pulsa en dolor. Pensamientos de arrepentimiento nublan su mente: no debió aceptar la invitación, no debió hacer caso a su cuervo, no debió perseguir al demonio hasta Kioto, no debería seguir ahí.
Sanemi abre la boca para cancelar los ridículos planes realizados la noche anterior y Giyū se le adelanta, posicionándose frente a él.
―Estoy listo.
Sanemi traga en seco y agradece que su metabolismo no le permite recibir alimentos a esas horas del día, pues no quisiera volver a esa cocina jamás, ni siquiera por un vaso de agua.
―Vale.
Giyū le señala las espadas de madera que descansan a un lado del engawa y el entrenamiento comienza.
La resistencia de las espadas está por encima del promedio, aguantando las fuertes colisiones entre ellas antes de ser cambiadas por unas nuevas, por lo que el entrenamiento permite ser alargado por un buen tiempo, muy al contrario de los planteamientos previos de ambos.
El calor que brindan los rayos de sol sobre sus cabezas es recibido con gusto, colándose exquisitamente por entre los altos tallos de los bambúes y apaciguando el frío de la nieve derretida bajo sus sandalias. El área de entrenamiento de la hacienda pilar es extensa y funcional, con la grava enrasada de forma correcta que evita tropiezos inesperados.
―¡Arregla tu postura! ―brama entusiasmado Sanemi, partiendo la espada contra la división de piedra caliza pues ya presentaba una fisura que impedía realizar correctamente su octava forma de respiración del viento―. ¡Ey! ¡Ya no quedan más espadas!
―Ya traigo más ―responde de inmediato Giyū, con la falta de aliento evidente en sus palabras arrastradas. Sanemi asiente a la solución del otro y lo deja ir, siguiéndolo con la mirada hasta que se adentra a la hacienda, comenzando a realizar ejercicios de resistencia por su cuenta. Giyū le ha seguido el ritmo de su entrenamiento de una forma que no esperó antes. Verlo siempre tan reacio a relacionarse con él y los otros pilares en las pocas reuniones que mantienen, ha convertido a Giyū en un paria al que pocos intentan conocer más allá de lo estrictamente necesario, por lo que descubrir su estilo o su resistencia fue siempre para Sanemi un pensamiento relegado en la parte más lejana de su subconsciente.
A pesar de que su indisposición a seguir consejos sigue siendo la mar de evidente, Sanemi se pudo percatar en los últimos minutos antes de su receso, que Giyū llegó a demostrar una actitud complaciente, ajustándose rápidamente a su estilo de combate. No está seguro si realmente Giyū está demostrando su verdadera personalidad en esos momentos de intenso dolor que vive por su estado físico, o si, por el contrario, está siendo sincero con su agradecimiento por el trabajo realizado la noche previa, así que Sanemi no tiene ninguna queja a la cual aferrarse para continuar su desprecio antes justificado.
Normalmente, sus sesiones de entrenamiento las realiza en su dōjō, pero mentiría si dijera que no ha entrenado con otros pilares pues reconoce que es un muy buen ejercicio. Siempre que tiene la oportunidad aprovecha al máximo las enseñanzas de Gyōmei, disfrutó las pocas sesiones con Kanae que siempre eran interrumpidas antes de tiempo por Shinobu, y últimamente goza en gran medida de la compañía del pilar de la serpiente, Iguro Obanai, con quien se ha entendido de maravilla.
Escupe al suelo, tiene la boca seca y aunque su cuerpo aún puede aguantar más sin alimento, el ambiente de Kioto lo está cansando un poco más de lo normal. Quizá su ubicación geográfica le da esa pesada atmósfera al lugar, incluso en invierno. Voltea hacia las puertas corredizas. Giyū se ha tardado más de lo normal en regresar, por lo que Sanemi se adentra a la hacienda en su búsqueda. De inmediato, el sonido de arcadas alcanzan sus oídos y lo persigue hasta una habitación.
Encuentra a Giyū encorvado sobre el tatami, hacia una palangana sucia con su vómito, y las arcadas continúan aunque ya nada salga de su estómago, para suerte de Sanemi. Seguramente el veneno está siendo expulsado de aquella manera, pues distingue manchas oscuras dentro de los desperdicios en la palangana.
―¡Joder!
―Vete... ―susurra Giyū sin aliento, con grandes gotas de sudor bajando por su frente y brazos. Sus arcadas se detienen finalmente y Giyū intenta alcanzar algo a su alrededor con sus sucias manos. Se halla rodeado de espadas de madera y utensilios varios. Es claro que la habitación la usa como depósito.
―Vas a arruinar el tatami, ¿qué haces? ―Sanemi se acerca a donde se encuentra y da con el objeto que al parecer busca Giyū a ciegas―. Sé que nuestro entrenamiento pilar se basa en llegar más allá de nuestros malditos límites ―menciona, pasándole el trapo viejo que descansa a un lado de Giyū―. Sin embargo, por las fiestas, podríamos dejar hasta aquí. No termine después el honorable Maestro culpándome de tu pésimo rendimiento, luego de que me marche y quedes inservible sobre la grava de tu jardín.
Giyū hace una mueca y se incorpora con la palangana, dirigiendo sus pasos seguramente al área de aseo. Sanemi se queda un momento en la habitación meditando qué hacer, luego lo sigue con suma curiosidad por los desgastados y desaseados pasillos de la hacienda del pilar del agua. Los previos pensamientos de huida vuelven con fuerza y comienzan a batallar con vehemencia contra los pálpitos de preocupación.
Encuentra a Giyū enjuagando su boca con un agua que huele a hierbas, quizá preparada desde antes.
―Ya me repongo ―musita Giyū viéndole de reojo―. En unos minutos podremos continuar.
―No es necesario ya, que pagues por tu ofensa. Se me quitaron las ganas de entrenar.
Giyū se le queda mirando un momento y luego se alza de hombros.
―Entonces me voy a limpiar.
Sanemi asiente y sale del cuarto de baño, gritando que le deje buen agua en el ofuro para él también.
No pasa mucho tiempo antes de que Giyū le avise que puede usar el ofuro, mientras viste ya un nuevo kimono azul petróleo, muy parecido al yukata usado la noche anterior, y el mismo hanten gris claro.
Cuando Sanemi se encuentra listo para partir, con renovadas fuerzas y su cuerpo limpio aunque su uniforme despida aún su olor característico, es detenido por el viejo cuervo de Giyū, que llega a posarse sobre su antebrazo, acompañado del de Sanemi que grita fuertemente sobre ellos.
'¡La tormenta ha cubierto todo, Sanemi!'
'¡No hay camino! ¡No hay camino! ¡Resguardarse!' Sanemi encuentra fastidioso que el cuervo de Giyū disfruta de repetir sus palabras innecesariamente.
'¡Ubuyashiki pide disfrutar las festividades! ¡La casa Ubuyashiki les desea una feliz navidad!"
Sanemi voltea a ver a Giyū, ahora acariciando a su cuervo para que se calme, y muerde sus labios fuertemente, incapaz de encontrar una rápida contestación. Giyū levanta la mirada de su cuervo y lo encara de frente.
―Um. Feliz navidad, Shinazugawa.
Sanemi tuerce los ojos y sale de inmediato de la pequeña hacienda, sin hacer caso a los graznidos que retumban en sus oídos. Prefiere buscar el conocido ryokan al que quería llegar la noche anterior, que continuar un minuto más en esa horrible hacienda con ese extraño hombre.
Esa última mirada que le dedicó, junto a esas palabras, lo seguirá en pesadillas.
Afortunadamente, su memoria no lo traiciona y da con el establecimiento en un poco más de media hora, ingresando y dejando por adelantado el pago de su estadía. Se dedica a buscar luego un buen restaurante para almorzar y los designios de Dios son perfectos, llenando su estómago vacío con una deliciosa comida caliente y nutritiva, tanto que hasta Masachika sentiría orgullo de saber que puede cuidarse correctamente, incluso mientras se encuentra en un pésimo estado mental.
La tarde cae y con ella también los buenos espíritus y buena ventura, su estómago antes agradecido por la comida recibida, grita en agonía por un estrés creciente que encuentra completamente infundado. La cabeza le da vueltas, mientras ve todas las familias y parejas felices pasando la luminosa tarde de navidad, reuniéndose en torno a los pequeños y lindos lagos, puentes y jardines que la ciudad de Kioto ofrece a su propia población y a los extranjeros, rodeándose de hombres de piel blanca y cabellos amarillos que indecentemente van del brazo, y muy arrimados, a unas mujeres en grandes vestidos y mejillas coloradas.
La cara agotada, ojerosa y, extrañamente, triste de Giyū no deja sus pensamientos.
Cree volverse loco si no hace algo al respecto.
Sale de la plaza de mercado central al finalizar unas compras, con el estómago atacando su pecho en llamas, con la cabeza grande llena de pequeños estallidos de pólvora y cubierta de la nieve que comienza a caer, regresando sus pasos por un camino lleno de bambúes, nieve y silencio absoluto.
Se adentra sin más a la propiedad que queda al final del nevado camino, saltando por sobre la piedra caliza que delimita aquellos terrenos en medio de la nada, y cruza sin afán el jardín, no realmente jardín, hasta llegar al engawa donde se quita sus sandalias mojadas y las hace a un lado para que no les caiga más nieve de lo que ya de por sí traen. Abre las puertas corredizas, agradeciendo la torpe tendencia del dueño de no cerrarlas correctamente, y se adentra finalmente a la hacienda del pilar del agua, por segunda vez.
Esperaba encontrar un ambiente cálido, por lo menos, pero la omnipresente humedad y oscuridad de sus pasillos le hace fruncir el ceño. Pasa por la habitación del fogón irori, pero sus brasas ya son el mero recuerdo de la noche anterior. El kotatsu también continúa como Giyū lo dejó cuando cenaron. El único cambio son los sonidos que se escuchan al final del pasillo adyacente, donde encontró por primera vez a Giyū cambiándose y rezando en un altar. Abre la boca para anunciar su llegada, pero los sonidos se vuelven murmullos que el delgado papel de las puertas poco logra camuflar.
Curioso como es, se acerca a la habitación principal con sigilo y con una sonrisa ladina en la boca, a la expectativa de encontrar a Giyū en una situación vergonzosa con la cual vengarse por haberlo dejado preocupado durante el resto del día sin necesidad.
Sin embargo, encuentra la voz de otro hombre junto a la de Giyū, en sus aposentos.
Se detiene en su andar y presta atención indebida.
―Esto ayudará al malestar, con quince gotas bastará. No se exceda de los cinco días, pues puede llegar a causar dependencia ―suena como un médico, piensa Sanemi―. Por el otro lado, las marcas negras me preocupan, pues no he visto nada así antes. Le recomiendo nuevamente asear su vivienda, puede ser que ello le haya causado...
―No es de su incumbencia ―corta de lleno Giyū y Sanemi tuerce la boca. Ni cuando es ayudado, puede Giyū demostrar aprecio. Sanemi mira su mano izquierda y las hierbas que compró, envueltas en papel, huelen a pésimas decisiones.
El otro hombre bufa, pero no le contesta.
Varios sonidos llegan a Sanemi que le indican que la reunión posiblemente ha llegado a su fin y decide hacer acto de presencia, para evitar ser tildado de merodeador.
―¡Ey, Tomioka! ―vocifera luego de devolver un poco sus pasos―. ¡Entrenemos antes de que me marche!
En el pasillo se encuentra con el hombre, que carga un maletín y ropaje occidental típico de su profesión, lo que confirma sus sospechas anteriores. Hace una pequeña reverencia en saludo y el otro le contesta de la misma forma con su sombrero, pasando a su lado con prisa y dejando de la misma forma la vivienda.
Sanemi se acerca a la habitación donde continúa Giyū y lo encuentra sentado en un futón, con la parte de arriba de su kimono azul petróleo completamente abierta y desparramada sobre el mismo futón y sus piernas cruzadas. En su pecho se pueden ver aún los difuminados puntos negros del veneno, pero estos ya no llegan hasta su cuello. Extrañamente, su cabello se encuentra ahora recogido hasta la coronilla en rosca.
―Pensé que te habías ido de Kioto ―comenta a media voz Giyū, sin acomodar todavía su ropa. Tal vez sorprendido por su segunda visita en menos de 24 horas. Sanemi no lo puede culpar de eso, al menos.
―Pensé que habías muerto por envenenamiento ―contesta sarcástico. Le arroja al suelo las hierbas medicinales envueltas que compró en el mercado central―, pero aquí sigues.
Giyū se le queda mirando fijamente a los ojos, sin mover un dedo para vestirse decentemente o recoger el paquete oloroso a medicina que le han tirado al frente, y Sanemi se siente tan o más desnudo que él. Tan o más ofendido que el médico.
―¿Tienes sake?
―¿No querías entren...?
―¿Tienes?
―Creo que sí...
―Sírveme.
El silencio asfixiante de los pasillos estropeados de la hacienda se acrecenta. Sanemi siente que no puede respirar nada más que el hedor a humedad combinado con las hierbas. Tacha de su lista mental, otro más de los errores que sigue cometiendo por ayudar a alguien más que no lo merece.
Sin embargo, no tiene a dónde más ir. Este 25 de diciembre lo ha encontrado con un frío en su corazón que hace tiempo no sentía tan intransigente. Tan opresivo.
Lo encontró despojado de su cordura, en una hacienda a 450 kilómetros de distancia de su hogar.
No quiere ni imaginarse cómo pasará el festivo año nuevo.
Giyū lo lleva hasta su cocina, con las hierbas en sus manos y ya vestido en su totalidad, aunque su porte aún se vea desgarbado por la forma tan imprecisa con la que se acomodó su kimono, bastante holgado y con el obi aferrando la tela de manera ligera. Su cabello continúa recogido en rosca hasta arriba.
La cocina está algo más desastrosa que cuando se marchó y Sanemi arruga la nariz en desaprobación. Giyū deja sobre una mesita las hierbas y saca de la alacena una botella de sake que le entrega a Sanemi con desdén. Está casi nueva y podría decir que sólo tiene dos dedos de espacio vacío. Comienza a calentar agua en una tetera que logra encontrar, vieja, pero limpia, a gran diferencia del resto de su cocina. Sanemi no sabe qué hacer, así que se queda viendo cómo Giyū prepara todo en el fogón irori con gran parsimonia. Los dedos tambalean sobre la botella, las ganas incipientes de beber directamente de ella lo distraen de lo que acontece.
Giyū termina finalmente y deja reposar su té mientras comienza a acoplar de nuevo el viejo y añorado kotatsu, hasta que luego de unos desesperantes minutos de espera, Giyū organiza la copa de Sanemi junto a su té en una bandeja y se sientan con rapidez debajo del mismo. Sanemi se regocija con el calor que emana en sus piernas, uno que no esperó sentir en esa terrible hacienda, aquella oscura tarde.
Al ver que Giyū no hace amago de servirle en su copa, lanzando la cordialidad y los modales por la ventana, Sanemi gruñe y toma la botella de la bandeja frente a él, con una mueca de disgusto en sus labios. Se sirve a tope y se pasa el amargo líquido de un trago. Sin quedar satisfecho, repite dos veces más la acción. Cuando vuelve a llenar la copita por cuarta vez, esta vez señala con la misma hacia Giyū, su mueca de disgusto todavía presente.
―Feliz navidad, imbécil.
Y se pasa de un trago el sake. Ahora solo agua por su garganta.
La noche vuelve a aullar afuera, una pesada nevada los engulle de nuevo en esa pequeña vivienda en medio del bosque. La oscura tarde se convierte pronto en una oscura noche y Giyū se mueve a encender las lámparas a su alrededor. ¿Cuándo podré escapar?, se pregunta irónico Sanemi, puesto que, como es de costumbre, se encuentra sufriendo por su propia mano.
―Um ―masculla Giyū de improviso luego de varios minutos en silencio y Sanemi por poco se atraganta con la bebida―. ¿Compraste uno?
Sanemi se le queda viendo con los ojos abiertos, completamente perdido con las palabras pronunciadas.
―¿Un... qué?
―Hanten.
Sanemi se le queda viendo con los ojos muy abiertos, incrédulo de las palabras pronunciadas.
―¿Serás idiota...? ―cierra los ojos finalmente para buscar calma, pero encuentra estrellas danzar sobre ellos. Es un sake de mala calidad, pero vaya que le está haciendo efecto―. Sí, Maestro de lo Obvio, me compré esto en la plaza. No me iba a congelar el culo de regreso.
Giyū no responde al ataque verbal y bebe un poco más de su té, posiblemente menos tibio que antes. Ladea la cabeza y la agacha.
―Cambias mucho, cubierto así ―susurra y Sanemi lo voltea a ver con la copita en sus manos vacía, tocando sus labios en contemplación. Giyū se encuentra mirándole directamente a los ojos, con la cabeza gacha. Sus pupilas dilatadas por la oscuridad. Sus ojos tan penetrantes como nunca―. No te queda.
Sanemi frunce el ceño sin retirar la copita de sake de sus labios. Sus expresivos ojos están más calmos que en otras ocasiones, cuando la ubicua rabia nubla su juicio y sus vasos sanguíneos colorean de rosado su esclerótica. Giyū solo puede sospechar que es debido a la embriaguez, aunque el sake que le ofreció ha sido uno que compró hace ya un tiempo, para brindar por las almas a las que le reza en cada aniversario de su muerte; su calidad dudosa.
La cabeza aún le da vueltas por el dolor y agotamiento causado por el veneno del demonio del monte Kurama, ocasionando que sus palabras salgan con menos filtro del que puede normalmente manejar y que sus pensamientos se reciclen una y otra vez.
Lo que acaba de decir hace parte de esos pensamientos, uno que no dejaba de entrar insistente en su cabeza, y le fue imposible retenerlo en la bruma que es su mente en esos momentos.
No puede negar que ya se ha acostumbrado a ver al pilar del viento mostrar ese cicatrizado pecho desnudo, deleitando a todo aquel que le preste un poco de su atención así fuese por unos segundos, y aunque Giyū jamás se siente digno de disfrutar de los placeres mundanos, sus ojos comienzan a tener visión de túnel, deseando un poco de dulce.
Sanemi se ha quedado en silencio y ha dejado la copa vacía en la bandeja sobre el kotatsu, su mirada ahora recorriendo el espacio en el que se encuentran. Descubriendo la soledad en la que vive Giyū desde hace años y a la que le permite residir en su hogar sin evasivas. Descubriendo las consecuencias de su abandono por tantos meses.
Sus ojos se ven vidriosos, con brillos danzantes que reflejan con ánimo las llamas que los acompañan, y Giyū se pregunta si es posible que Sanemi haya decidido beber esa noche junto a él, para acompañarlo en la desdicha de su propia condición física.
No tanto así, en la mental.
El olor de las hierbas medicinales que reposan en su té le da un nuevo panorama de su relación con aquel odioso y grosero hombre. Encuentra su preocupación por otros contradictoria, pero grata.
Siente las hierbas tibias pasar por todo su cuerpo, envolviendo sus pensamientos, nublándole el juicio, levantando contra su voluntad una de sus manos y posándola sobre el pecho cubierto de aquel paradójico hombre de ojos vidriosos.
Giyū le toca el uniforme, cuando debería ser su pecho. La tela ya tibia. Sanemi le agarra de inmediato la muñeca y la aprieta fuerte. Sus ojos vidriosos le ven con recelo, luego comienzan a recorrer de nuevo el salón y vuelven a los suyos, atentos.
―La única vez que te vi bien vestido fue en el...
―Tomioka ―lo interrumpe secamente―, ¿por qué estamos solos?
―¿A qué te refieres? ―pregunta Giyū en un tono muy bajo.
Sanemi aprieta más fuerte su muñeca, pero Giyū, aunque dolorido y agotado, mantiene su mano en su lugar―. No he visto a nadie aquí desde anoche, ¿dónde diablos están los asistentes y trabajadores?
Es bueno tener compañía, piensa Giyū, aceptando aquella idea y rechazando la pregunta. Es bueno tener a alguien con quien pasar las festividades católicas que no comparte, alguien con quien entrenar bajo la nieve que cae por entre los altos bambúes, alguien que regrese a entregarle hierbas medicinales luego de salir corriendo por la puerta prometiendo no volver jamás. Agradece vivir este momento, pues sabe que no volverá a suceder. Sea por una muerte prematura o por las consecuencias de lo que quiere agarrar entre sus callosas y codiciosas manos aquella noche.
Giyū no se siente merecedor de la vida que le regresaron en dos ocasiones, con días delirantes y noches asfixiantes, de sensaciones opresivas e invasivos pensamientos destructivos. Siente su vitalidad evaporarse con cada respiración que toma y suelta para mantenerse en pie sobre los demonios que se cuelan en su mente y espada, y, sin embargo, el veneno que se introdujo en él hace dos noches le ha mostrado un nuevo amanecer.
Giyū no se siente merecedor, pero la mano que tomó vida propia le está dando la oportunidad de ser ambicioso por esa noche y dejarse llevar, con alguien que le mostró que hay más de una cara en una moneda.
Quiere tomar esa moneda, lanzarla al aire y abandonarla sobre las nubes, pues no sabe cómo aprovechar las oportunidades.
Así que huye.
―Voy a preparar la cena.
Sanemi le suelta la atrevida mano o, en realidad, Giyū la arranca de su fuerte agarre con facilidad.
―¿Qué? ¡Oye...! ―suelta Sanemi, levantándose del puesto y encontrándose de lleno con la cálida madera bajo su cuerpo. La ebriedad presente en sus acciones―. ¡Vuelve aquí!
Giyū se apresura a tomar una de las lámparas andon que descansa a su lado y se adentra a la cocina dispuesto a preparar la misma comida que la noche anterior Sanemi logró cocinar. No hay más ingredientes, después de todo.
De repente, siente a Sanemi detrás suyo y aunque no le dirige palabra alguna, su presencia habla a voces por él. La soledad de la hacienda lo está perturbando y Giyū quisiera aprovechar ese destino suyo para su propia ventaja, pero es una situación muy difícil para él de conseguir: sucumbir a sus propios deseos, añorar algo propio, dejar de lado la abnegación que por tantos años ha sido su consigna. Su cuerpo le pide más de lo que puede tomar.
Agradece su eterna soledad, porque le da la oportunidad a otros, como el que tiene a sus espaldas, de aprovecharla como él no logra hacer.
Siente entonces de súbito, con añoro, con confusión y sorpresa, el dedo que le roza la nuca como el aleteo de una polilla de seda, que sube hasta la línea de su cabello recogido y vuelve a bajar hasta que se topa con el cuello de su kimono y hanten, agarrándolos con sutileza y halando hacia abajo la tela de los mismos.
Giyū detiene sus manos, untadas de arroz y verduras mojadas, buscando apoyo sobre el mesón frente a él. Respira hondo al sentir el escalofrío que deja el calor del dedo de Sanemi bajando por su nuca, tirando sus prendas y exponiendo sus hombros y espalda alta al crudo invierno de esa noche. Cuando Sanemi tira más fuerte del kimono hacia abajo, sus manos agarran la parte delantera de su ropaje para detener su caída.
―Shina...
―¿Por eso te recogiste así el cabello? ¿Por eso estamos solos? ¿Continúas con tus juegos de provocación, Tomioka?
―Shinazugawa, estás ebrio ―tira fuerte de las solapas de su kimono y hanten poniéndolas en su sitio, sin dedicarle alguna respuesta a las preguntas de Sanemi―. Vuelve al kotatsu.
―Vuelve conmigo.
―Debo hacer la cena.
―No tengo hambre.
Sus respiraciones son fuertes, ya sea por sus técnicas de Respiración de Enfoque Completo o los correspondientes venenos que recorren sus venas, que ocasionan un ambiente sofocante y delirante. Giyū agarra el mango de una de las sartenes en el fogón y espera la reacción de Sanemi, con todos los músculos preparados para la acción si así lo requiere. Sin embargo, Sanemi solo resopla fuerte, tanto que su aliento le roza su nuca descubierta y llega a sus fosas nasales el desagradable olor del licor en su boca.
―Vuelve conmigo― repite.
Giyū asiente y escucha, finalmente, a aquel hombre dar media vuelta y salir de la cocina. No queriendo aumentar la ebriedad de Sanemi, termina por hacer rápidamente el edamame con las pocas vainas de soja que le quedan y se apresura a volver con el pequeño plato y la lámpara.
Una escena completamente diferente a la pensada lo recibe en el salón y su visión de túnel regresa.
Sanemi no solo ya no viste su hanten, ahora tirado desorganizadamente a su lado izquierdo junto a su espada, sino que el primer botón de su uniforme se encuentra abierto mostrando insinuantemente lo que el resto de la prenda le oculta. Su mirada descansa en la botella de sake frente a él, mientras sorbe con parsimonia el caliente licor, poniendo a Giyū entre su brillante y verde espada, y la sucia pared.
―Ya comienza a hacer calor ―susurra aquel descarado hombre y el labio superior de Giyū tiembla con un tic―, ¿no crees?
Sin saber cómo reaccionar, sintiendo el veneno aún entumeciendo sus músculos, se sienta pesadamente bajo el oh sí, muy caliente mueble que los ha juntado por dos noches seguidas, con la tormenta haciendo sugerencias que ninguno creyó poder cumplir.
Giyū deja el pequeño plato de edamame sobre la bandeja, ubicando la lámpara a un lado de ellos, y haciendo acopio de todas sus fuerzas e intenciones, le toca suavemente la pierna por debajo del kotatsu; con miedo, admite en lo profundo de su mente, y con anhelo.
―¿Es este el pago por el segundo favor adeudado?
Sanemi bufa, ocasionando inconscientemente que su mano le apriete más fuerte la carne―. No te hacía que fueras una prostituta, Tomioka.
Giyū se muerde el labio inferior, contrariado por la inesperada respuesta de su colega cazador, en el cual había encontrado un poco de reciprocidad con sus acciones. Retira su mano y la regresa a su propia pierna, buscando calmarla ahora que comienza a sentir un conocido frío agobiante subir por su pecho, que ocasiona temblores en sus extremidades que pocas veces logra detener a tiempo.
Aprieta con fuerza su kimono, su visión de túnel cambiando de destino y Giyū se deja llevar por esas conocidas sensaciones, hasta que es detenido en seco por el roce de unos fuertes dedos enredarse en su cabello con la intención de acercarlo al único hombre que se ha atrevido a tanto con él.
―Pero si insistes...
Sanemi se acerca a su rostro con claras intenciones de besarlo y Giyū detiene un poco sus avances posando solo su frente contra la de él. Sus ojos pueden distinguir únicamente los labios del otro, abiertos y mojados. Siente, por primera vez en mucho tiempo, su corazón agitado ante los movimientos que distingue muy difícilmente por la cercanía de sus rostros. Sanemi se ha hecho ahora a su lado del kotatsu, arrimándose con claro deseo a sus piernas ahora cruzadas fuera de la caliente cavidad del mueble.
―Hueles un poco raro ―susurra sobre sus labios, Sanemi―. Y fuerte.
―La medicina. Y quizá tus hierbas.
Giyū le tapa la boca con sus dedos y lo besa sobre el dorso de éstos.
―¿Es esto suficiente?
Sanemi respira hondo y el cuerpo de Giyū comienza a ser maniobrado por sus vigorosas manos, como si con ese pequeño gran gesto haya dado comienzo al segundo acto, y así lo deja hacer por completo. La experiencia de Sanemi evidente ante la falta de la suya, indicándole cómo moverse y ubicarse, termina por tomar sus muslos a su merced y Giyū se desploma sobre la mesa con las tazas de sake, buscando mejor acomodo sobre sus antebrazos.
Hasta el aceite caliente de las lámparas a su alrededor los auxilia para encontrar una fricción enloquecedora, la cual Sanemi aprovecha y sus muslos posibilitan.
La peligrosa danza de la que Giyū huyó por tanto tiempo llega para envolverlo de una forma que jamás pensó que podría suceder. Sanemi, precavido ante los actos carnales que suceden entre ellos, lo toma sin penetrarlo, mientras Giyū se encarga de sí mismo con gusto y con cierto agradecimiento al hombre.
En sus muslos internos queda el líquido recuerdo de la sexualidad de Sanemi, del vaivén caliente de su sexo y la puta disposición de Giyū. En sus nalgas queda la sensación de su vello púbico rozándolo en repetitivas acciones que se volvían cada vez menos predecibles y más disfrutables, cuando las mismas se reflejaban en el roce contra su escroto y de sus propias manos halando su sexo al compás de su frenesí.
Giyū poco entiende sobre lo que ha ocurrido entre ellos dos, solo su naturaleza humana haciendo de las suyas con sus cuerpos. La causa de todo lo hecho es inexplicable, más aún las consecuencias que ello traerá. Los dioses podrán estar ahora, más que nunca, en su contra, preguntándose si podrán merecer un poco de su protección ahora que su camino se ha distanciado considerablemente de sus enseñanzas.
Sin embargo, piensa, el sentimiento de satisfacción que generó su encuentro con Sanemi jamás lo olvidará. Ni aunque pasen mil cuellos más por su katana, mil horas de intenso entrenamiento o mil días más en soledad, podrá alejarse de la sensación de haber sido, aunque fuese por unos breves minutos, de necesidad para alguien más.
Su cabello se suelta repentinamente de su amarre, tapando su rostro en lo que se acomoda su ropa y arregla un poco la mesa. Sanemi se acerca, toma un mechón y lo ubica detrás de su oreja derecha. Giyū, sorprendido por el acto, se voltea a verlo y sus miradas se entrelazan por primera vez desde que él le besara por sobre su mano y Sanemi lo ubicara para comenzar el acto sexual. De repente, Sanemi se levanta con apremio, arreglando su negro hakama y, tomando sus pertenencias de la misma manera, se aleja corriendo por el pasillo hasta que la silente existencia de Giyū vuelve, atronadora.
Es como si la tormenta afuera se hubiese ido con los pasos apresurados de su colega.
El olor de los olvidados edamame, el té y la abierta botella de sake retornan, mezclándose sin piedad con el de una abandonada hacienda en medio del bosque y el del semen sobre su cuerpo.
El corazón le palpita un segundo antes de lo normal y Giyū se preocupa. Se levanta de inmediato del piso y agarra su kimono a la altura de su pecho buscando pronto calma. Se alarma, pues lo ocurrido le ha afectado su entrenamiento de pilar del agua, la primera y recurrente enseñanza de su mentor, de ser como la superficie del agua, imperturbable, serena, calma, esa importante enseñanza se ve comprometida y Giyū teme.
Teme por su supervivencia, por defraudar a su mentor, por incordiar al Honorable Maestro.
Giyū teme de haber hecho y sentido algo que no debía.
Los pálpitos frenéticos se detienen finalmente, la bruma en su cabeza vuelve y arrasa con los sentimientos experimentados minutos antes, y las memorias de unos pensamientos que no debieron existir se borran.
Luego, solo llega la calma que le brinda su imaginación, con el mundo hecho de agua, cubriendo todo su cuerpo hasta llegar a su coronilla, acaparando cada una de sus emociones.
«La superficie del agua, Giyū. Piensa en tu corazón como la superficie.»
Vuelve a anudar su cabello como acostumbra y se levanta para tomar el baño de la noche.
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La honorable señora Amane le recibe con sumo respeto en la entrada de su mansión, saludándolo con agrado y esperanza de verlo arribar a su hogar con, lo que ella presiente, son buenas noticias a entregar. El trabajo de aquella noche culminó y los primeros rayos del sol lo acompañaron la primera hora hasta llegar a su destino entre el gran bosque de propiedad de la familia Ubuyashiki. Es temprano, pero sabe que es la hora perfecta para anunciarse ante el Honorable Maestro, antes de que él comience su ronda de visitas a los fallecidos.
Agacha la cabeza en sumisión cuando se adentra al genkan y sigue a la honorable señora hasta las áreas comúnmente usadas en sus reuniones privadas. Aquel día de febrero se siente menos helado, lo que le permite a sus pensamientos invasivos relajarse un poco antes de encontrarse con el jefe del Cuerpo, al que mirará a la cara y le relatará cada uno de los sucesos ocurridos desde enero, las decisiones tomadas sobre el peor secreto guardado de esta organización no gubernamental.
La conversación con el maestro Urokodaki se repite en bucle en su cabeza, como cada palabra que desde niño le ha dirigido.
«Siento que hay algo muy diferente con esos dos», recuerda haberle escrito en la única carta que intercambió con él, una vez envió a aquel chico hacia su ubicación para ser entrenado por su propio maestro. Confiando ciegamente en el único ser humano que lo ha comprendido y ayudado desde que tiene memoria, luego de la horrible noche en la que lo perdió todo. Le suplico que los continúe cuidando, maestro Urokodaki, piensa con angustia y desespero, rogándole a los dioses que el Honorable Maestro Ubuyashiki entienda su punto de vista o le guíe en la manera a proceder. Adiéstrelos, maestro, continúa en sus pensamientos, de manera que puedan contribuir al futuro de nuestra organización.
Termina sus rezos a medida que su camino se acorta, así como el de su propia vida si causa que la de otros termine a mano de ese monstruo, producto de sus previas decisiones. Aquella demonio tiene el corazón de Giyū y de su maestro en sus manos y duda severamente que ella lo entienda, no siendo el caso de su hermano, en quien Giyū ha puesto todas las fichas de su tablero a su disposición.
Se muerde la lengua. Las ventanas iluminan los pasillos y la hermosa cabellera albina de la honorable señora brilla como la seda más fina. El dulce olor de las glicinias los acompaña siempre. Escucha la dulce voz del Honorable Maestro dentro de la habitación a su izquierda antes de que la honorable señora Amane los anuncie al entrar.
―Buenos días, Giyū ―le saluda de inmediato el patrón, volteándolo a ver ahora con su único ojo funcional―. Espero que hayas tenido una agradable travesía. Este día de invierno se siente tibio y placentero desde que los primeros rayos del sol tocaron la tierra que caminamos.
―Me reconforta saber que sigue con nosotros y gozando de buena salud en este día, Honorable Maestro.
Al levantar la cabeza luego de saludar al patrón, enseguida repara en los dos acompañantes frente al cabecilla de los cazadores, quienes observan atentamente su intercambio de palabras con diferentes sentimientos expresados en sus miradas. No esperaba encontrar en la mansión a los pilares de la llama y del viento precisamente el mismo día en el que él ha quedado en ir.
―¡Buenos días, Tomioka! ―grita, tal y como acostumbra, Rengoku Kyōjurō. En cambio, Sanemi, a su lado, observa con recelo a Giyū, en silencio―. ¡Es un gusto verte de nuevo aunque no entienda las circunstancias de tu presencia aquí!
El patrón le hace un movimiento a Giyū que le indica que puede ingresar por completo a la estancia, a lo cual la honorable señora Amane le insta a cumplir, posicionándose a un lado de su marido. Él sonríe de verla y, una vez Giyū se acomoda, responde a las dudas de sus pilares.
―Giyū viene, al igual que ustedes, mis niños, a entregarnos un reporte de su trabajo ―Giyū dirige su mirada al hermoso tatami de la sala, evitando las miradas de sus compañeros, sin querer incomodar por su inesperada visita y permitiéndoles hacer su trabajo sin su intervención, a menos que esta sea necesaria. Escucha así, al Honorable Maestro pedir que continúen su reporte y Giyū se entera que la aprendiz del pilar de la llama ha sido recomendada por él para unirse a los pilares, pues ha superado, de sobra, el límite mínimo permitido de demonios cazados, alcanzado por medio de su nueva técnica de respiración.
Al parecer, Sanemi estuvo presente en la misión que le permitió a la chica alcanzar aquel límite, cazando antes de que él llegara, a un grupo de ocho demonios hospedados en el hotel designado de la misión, reconociendo también su habilidad con la espada. Aún así, es extraño para Giyū que él esté presente junto a Kyōjurō en aquella reunión, pero no tiene la osadía de cuestionar las decisiones de los pilares y mucho menos la del Honorable Maestro.
En el término de unos cinco minutos, su reunión termina; quizá por ello fue Giyū invitado al salón, pues poco faltaba para su conclusión.
―¡Nos vemos, Tomioka! ―la entonación de la voz de Kyōjurō sorprende a Giyū, quien no esperó ser saludado por aquel radiante hombre de grandes palabras. Alza la mirada y lo ve a su lado, de pie―. ¡Quisiera poder invitarte a un delicioso desayuno esta mañana, pero quiero estar presente cuando mi tierna aprendiz reciba las noticias del Honorable Maestro!
―Ah, vale.
―¿¡Qué dijiste!? ―pregunta sonriente aquel joven― ¡Debes aprender a hablar más fuerte!
Giyū se encoge de hombros y Kyōjurō le responde con grandes carcajadas. Al calmarse, se vuelve a despedir de él, hace una profunda reverencia a los patrones de la mansión y sale por la gran puerta del salón.
―¿Desea tomar un poco de té, honorable señor Tomioka? ―pregunta la señora Ubuyashiki y Giyū niega suavemente, su estómago en agonía al escuchar ese irónico honorífico salir de aquella importante mujer.
―Gracias por venir hasta aquí, Giyū. Encontramos tus visitas valiosas y vitales, como la de cualquiera de tus compañeros pilares, no obstante, mi ignorancia excede a mi intuición por esta vez, lo que me lleva a preguntar: ¿a qué debemos la reunión del día de hoy? ―el pilar del agua asiente, entendiendo por completo la sorpresa de su jefe de verlo ahí por voluntad propia. No le refuta esta vez su negada posición de pilar, pues ha venido por temas más urgentes que quizá le despojen de su posición finalmente―. Pronostico un buen día hoy y mi señora tiene un buen presentimiento también frente a tus noticias, la calidez de tu presencia aquí nos reconforta.
Giyū siente irónico el pesado hielo que le baja por la espalda, pero no demora en entregar su cabeza en bandeja de plata a su señor, relatando de inmediato y sin rodeos, los eventos que lo llevaron a dejar vivo a un demonio en las montañas del centro. Deja de lado, por terribles y obvias razones, la causa de su rabia aquel primero de enero cuando vio la cobardía de aquel chico frente a él, siendo que venía de haber tenido una rápida y dura sanación de un veneno conocido como anhelo y que lleva por nombre el de uno de sus compañeros cazadores.
Cae en la cuenta, tarde ya, que dicho compañero cazador salió antes de que Kyōjurō lo hiciera, sin embargo, teniendo en cuenta la posición en la que se encuentra, pocas posibilidades hubiera tenido Giyū de al menos brindarle una respuesta a la carta que Sanemi le envió hace unas semanas.
Baja la cabeza en total sumisión y calla al no tener nada más qué decir. La imaginaria bandeja de plata en frente suyo brilla entre tanta oscuridad que lo acompaña, su cabeza preparada para ser cercenada, pero todo cambia cuando las palabras del Honorable Maestro le entregan una nueva oportunidad para vivir, con la dura responsabilidad que ello acarrea.
Sale de la mansión, con un fuerte dolor de cabeza y un peso acrecentado sobre sus hombros. Sale de la mansión, sin conocimiento alguno de qué hacer ahora que el Honorable Maestro Ubuyashiki le ha permitido a él y a su maestro vivir a pesar de la grave ofensa. Sale de la mansión, pero otro pedacito de su alma se queda en ella, entregado por completo a la causa, esperando que aquellos hermanos brinden un nuevo futuro, esperando que aquel muchacho continúe el legado de la respiración del agua. Esperando.
Escucha el roce de madera en las copas de los árboles cercanos a su ubicación, ya camino abajo de la montaña con sus densos bosques propiedad de Ubuyashiki. Se detiene en seco, en medio del terreno vacío, agudizando sus sentidos hasta que sus oídos le traen ligeros pasos que se acercan rápidamente a los suyos.
―¡Ey, Tomioka! ―escucha gritar a quien menos hubiera esperado―. ¡Detente!
Giyū alza una ceja a la nada, preguntándose por qué Sanemi no sabe pedir las cosas correctamente. Ya se había detenido, ¿cómo se podía detener de nuevo?
―Hola ―contesta, una vez Sanemi baja del árbol en frente de Giyū posándose a pocos centímetros de él―. ¿Qué sucede?
―Dudo que no hayas recibido a mi cuervo con mi carta, así que exijo tu maldita confirmación a lo que te pedí ―ruge enfadado, acercándose un paso más a él―. Si no es ahora que las casualidades nos hicieron encontrar, dudo, igualmente, que me vayas a responder luego por propia voluntad, miserable maleducado.
Giyū tiene un enredo en su cabeza luego de la reunión con el Maestro que le impide pensar con claridad, las exigencias de aquel hombre se convierten en nimiedades que prefiere eliminar de una buena vez. Sus previas palabras trazadas en kanjis de mal gusto le habían dejado un amargo sabor en su boca que regresa a creces en ese momento.
―No tengo intenciones de dañar mi reputación tampoco. Nuestras acciones se quedarán solo en nuestros desafortunados recuerdos y jamás tocarán mi lengua ni saldrán de mis labios.
Sanemi lo observa en silencio, sus ojos inyectados de nuevo en sangre, sus pupilas dilatadas por la poca luz que reciben aún en aquella mañana de tibio invierno. Giyū da media vuelta para seguir su viaje, pero, antes de reanudar con su patética vida, prefiere dejar en claro un pensamiento que rondó varias veces en su mente.
―No tenías que enviar un pedazo de papel pidiendo silencio, pues tus acciones al terminar me dejaron en claro el error cometido.
―Jamás dije que lo fuera.
El sol sobre sus cabezas comienza a sentirse de nuevo, filtrando un poco de su luz por entre las copas de aquellos grandes árboles, desnudos ante las pérdidas que el invierno trae. El pecho, igualmente desnudo, de Sanemi le llama la atención de nuevo y sus recuerdos se entrelazan con el de una niña convertida en demonio. Frunce el ceño. Sanemi definitivamente sabe lo que hace y aquello enfurece extrañamente a Giyū.
―En cambio, si hubieras leído a cabalidad mi jodido «pedazo de papel», como manifiestas, sabrías que...
Calla de nuevo, muerde su labio inferior con tal fuerza que, de haber continuado, hubiera roto su piel, pero se detiene para lanzar una maldición al aire y acercarse con innecesario secretismo a un Giyū un tanto descolocado ante las palabras dichas.
―...Que, de repetirse ―susurra―, seguiría sin considerarlo un error.
Y con esas últimas declaraciones antes de partir, dejando a Giyū con la estela de su rapidez, aquella zona arbolada se convierte en su pequeño bosque de secretos.
Notas al pie:
[1] El hanten es un abrigo de invierno tradicional japonés y su forma se asemeja al haori. El revestimiento interior se encuentra acolchado con una gruesa capa de algodón para así mantener la temperatura y proteger del viento.
Capítulos usados como referencia:
Capítulo 1: Crueldad
Capítulo 3: Regresar antes del amanecer.
Kimetsu no Yaiba: Tomioka Giyuu Gaiden
Novela ligera 3, las señales del viento.
Notas de la autora: Lamento la demora, quería escribir más de este capítulo, pero preferí cortarlo aquí para no alargar el tiempo de espera.
Dejé abierto a la interpretación de ustedes, la causa del estado de abandono de la hacienda de Giyū. Me encantaría leer sus opiniones y/o conjeturas.
Quiero aclarar que la navidad en Japón llega a ser muy diferente a la que vivimos los latinos y algunos países occidentales, pues según leí, aunque no predomina la religión católica en el país, a algunos les gusta celebrar esta fiesta por su ambiente romántico y las grandes decoraciones. Como dato aparte, el cristianismo, junto con la Navidad, resurgió en la Era Meiji; Era previa a la Taisho (1912-1926), en la cual se desarrolla nuestra querida historia de KNY.
¡Muchas gracias a Yukkiteru Yukitemura Taisho, Matryoshkah, Karisss, immersie801 y ATONEMENTK por sus alertas y favoritos!
Espero que sigan disfrutando de este relato ❤️
