El número de la suerte

Sumario: Para Harry, el número de la suerte es el tres. Y son Charlie, Draco y él.

Género: Romance/Humor.

Claves: EWE. Relación poliamorosa Charlie Weasley/Harry Potter/Draco Malfoy, principalmente enfocado en escenas domésticas.

Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.


Rutina de besos

Cuando compartes tu espacio con otras personas son necesarias reglas básicas que aseguren que en ningún momento reinará el caos. O que si sucede, al menos, no será el caos más absoluto.

Una de las primeras reglas que adoptaron al mudarse juntos fue el horario para preparar las comidas. Se ajustaba al trabajo de Harry en un pequeño colegio de magia abierto en la última década y al de Charlie con los dragones de la reserva. Draco intentó agregar su nombre un par de veces al horario para probarles que era tan útil como cualquiera; en una ocasión, hubo un incendio, y en la otra, uno de los compañeros de Charlie que vivía relativamente cerca fue convocado por un patronus "de emergencia". Resultó que Draco le había puesto picante a la porción equivocada, no sabía el hechizo para quitárselo, y no quería contárselo a ninguno de los dos porque juró que le saldría bien esa vez.

—¡Soy un pocionista de fama internacional! —se quejaba con el desdichado amigo de Charlie aquel día—. ¡Tengo pociones que han salvado vidas! ¡¿Por qué la cocina me odia?!

Una vez que quedó claro que Draco Malfoy y una cocina no se llevaban bien, hubiese magia de por medio o no, se acordó que él se encargaría de mantener en orden las "áreas comunes" que podían ser limpiadas con hechizos, excepto el cuarto, para el que también se turnaban.

Fuera de estas se encontraban lo que Draco llamó "áreas personales", o cuando estaba de un mejor humor, "el nido de Charlie y la cueva de Harry", obviando, por supuesto, que él mismo había adaptado su sótano como un laboratorio. Harry empezó a colocar sus papeles del colegio en el ático, hasta que este se transformó en la zona de desastre de un huracán de pergaminos en el que apenas podía caminar, y Charlie había convertido un área del cobertizo en un cuarto para crías recién nacidas a las que debía atender por las noches también. Draco se negaba a poner un pie en cualquiera de esos dos espacios, alegando que el Bosque Prohibido de Hogwarts era más ordenado.

Otras reglas más simples consistían en nunca entrar al laboratorio de Draco cuando hubiese un cartel rojo en la puerta (podía ser peligroso), no darle de comer fuera de hora a la cría de dragón del cobertizo, por muy lindos que fuesen sus ojitos (Harry lo hizo y no salió bien), jamás tirar a la basura uno de los papeles de Harry sobre sus estudiantes o clases, o resignarse cuando Draco se apropiaba del baño y comenzaba a arreglar su cabello. Sin magia.

Una de esas reglas era la rutina de besos. A pesar de que Charlie estuvo en la Batalla de Hogwarts y Draco en el mismo Cuartel del Señor Tenebroso durante meses, fue Harry el que un día, en voz muy baja y sin verlos, les dijo que solía tener miedo de que cuando alguien que quería se despedía de él para algo tan simple como ir a trabajar o volver a casa sería la última vez y se preguntaba si debería decirle o hacer algo más.

Esto no era un detalle que su psicomago pudiese apartar de su mente con facilidad, y la forma en que lo dijo les rompió el corazón, por lo que Charlie y Draco lo discutieron a solas. Tal vez nadie más que Harry podía cambiarlo, con el tiempo, pero seguro ellos podían tranquilizarlo un poco. Al menos intentarlo.

La regla era que, si Harry estaba en casa en ese momento, ninguno de los dos se iba a una reunión o incluso de compras sin darle un beso y decirle un "te amo". Los primeros días Draco salió con prisa a buscar unos ingredientes, y la siguiente vez, descubrió que Charlie puso una alarma en la puerta que hacía sonar un "¡olvidaste algo importante, olvidaste algo importante!". Draco lo había mirado con los ojos entrecerrados, y Charlie, sonriendo, señaló a Harry en respuesta.

Pensándolo bien, Draco estaba convencido de que era una tontería. Incluso era probable que Charlie lo admitiese, porque acababa riéndose cuando salía tres o cuatro veces en un día y se lanzaba sobre Harry en cada una. Pero la regla seguía instaurada, ya que cuando Harry notó lo que hacían, empezó a esperar emocionado cada vez que sabía que iban a salir, y al oírlos despedirse así, lucía tan genuinamente feliz como sólo podía estarlo alguien que había perdido a una gran parte de las personas que quería y que entendía que un gesto seguía siendo demasiado valioso.

Entonces tanto Draco como Charlie pensaban que podían permitirse un par de tonterías para sacarle esa sonrisa.