¡Hola de nuevo! Siempre agradeceré su paciencia, porque sé que quiénes siguen esta historia siempre votan y con eso me hacen saber que algo bueno estoy haciendo :D . Como siempre, no olviden buscar mi página oficial en Facebook: "El mundo de Cristal" dónde publico novedades y avances inéditos de los capítulos que estoy trabajando.
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¡Disfruten esta nueva entrega!
- ...
Thomas enseguida se sintió extremadamente incómodo al terminar de hablar Red; la propuesta iba contra todo su código moral y la fidelidad jurada hacia Craig, él no podía traicionarlo de esa forma. Definitivamente ser negaría, aún si fuera el pedido directo de la prima de su amo. Además, aún no terminaba de descifrar lo poco que sabía del lorito que había rescatado, que permanecía extrañamente silente dentro de su pequeña jaula.
- ¿Por qué dudas, Thomas? - preguntó la damisela - Si es por dinero, te aseguro que te pagaré muy bien por este pequeño favor.
- Señorita, por favor, no me pida que cometa esa perfidia. - Aunque su voz era firme y sincera, se mantuvo con la cabeza gacha. Si ella quería castigarle por su respuesta tan ruda o acusarle con Craig, estaba dispuesto a aceptar su destino.
En lugar de un regaño o una golpiza, escuchó la risa queda de la pelirroja. El eco de sus tacones recorriendo la estancia le avisaron que la señorita se desplazaba por su habitación. El chirrido de la madera de su cama alertó que la joven estaba sentada allí.
- Thomas, no temas. Ven, acércate, quiero hablarte no como señora, sino como una amiga.
Aunque la orden estaba dada, Thomas demoró algunos segundos en procesar la información, mientras se debatía si era correcto sentarse con ella a su lado. Aún sentados en el borde la cama, no dejaba de ser algo impropio y hasta diría inmoral. Luego de dudarlo un poco, se acercó timidamente al lugar señalado, sentándose a su lado.
- ¿Cuántas veces nos hemos visto tú yo?
- Creo que dos veces, señorita. - sus piernas se mantenían juntas, mientras sus manos descansaban sobre su regazo. Su cabello cenizo cubría parcialmente su rostro al estar en una posición inclinada hacia adelante.
- Thomas, ¿crees que confiaría en alguien con tan poco tiempo de conocernos? Desde el momento en que te vi, supe que eras un chico de buen corazón, que si te contaba mis sentimientos, estarías de mi lado y me ayudarías. Sé que tú quieres a mi primo. - Thomas movió algunos dedos con nerviosismo, ¿ella se había dado cuenta? - Y te juro que yo también lo hago, ambos lo queremos. Oh Thomas, deseo tanto que mi primo sea feliz, y sé que yo puedo darle eso, te aseguro que si él se casara conmigo, yo lo haría muy feliz por el resto de su vida: tendríamos familia, y riqueza no le faltaría, ¿lo entiendes?
Thomas reprimió las ganas que tuvo de irse de ese cuarto. La joven le estaba casi restregando en el rostro las dos cosas que ella tenía y que él nunca podría ofrecerle al chico que le gustaba. Se sintió humillado y una cosa insignificante ante su "rival"; nunca podría competir ni ganar contra ella, y eso le rompía el corazón.
Al ver Red que Thomas no respondía, volvió a insistir:
- ¿Lo has comprendido?
- Sí. - contestó suavemente - Pero mi respuesta sigue siendo la misma, ¡mierda!, no, perdóneme, no quiero traicionar a mi amo, eso es algo que no puedo hacer aún si lo quisiera. Por favor, no insista. - El rubio se quedó en silencio, esperando alguna reacción.
Escuchó a la chica suspirar largamente, y luego sintió el tacto de la chica en su hombro.
- Tienes determinación, respeto eso. Perdón por haberte molestado. - La chica se levantó con la intención de retirarse, pero Red también tenía determinación, y jugaría con todas sus cartas si era por ganar el corazón de su amado primo. Caminó hasta la puerta, y antes de abrirla, giró en su eje para ver al sirviente de su primo que aún se mantenía en su posición, observándola abandonar su cuarto - Reitero mis disculpas, nunca fue mi intención pedirte traicionarlo, solo quisiera pedirte que si sabes algo que pueda resultar de mi interés como qué lugares frecuenta o si hay alguna dama que visite o algo así, ¿es mucho pedirte eso? - Los ojos de la joven se tintaron de rojo, apunto de llorar - Dime que eso puedo pedirte, por favor.
Thomas se removió de inmediato de su asiento en un ademán de buscar un pañuelo para ella.
- ¡Por favor, no llore! ¡Carajo! - el chico buscaba en su cajones algún pañuelo limpio y perfumado para ella.
- ¿Harás eso por mí? Dime que sí, te lo ruego. - sollozó tapándose el rostro.
- ¡aah! ¡yo! - trataba de hablar, mientras cerraba con frustración sus cajones viendo que no había ni una tela decente para darle - ¡Creo que eso no es espiar! ¡Creo que puedo hacerlo! ¡No llore, por favor! - trató de acercarse a ella para saber si estaba bien.
- ¿En... enserio? - le contestó con voz quebrada la joven por entre los dedos.
- ¡Sí! ¡lo haré! ¡Si sé algo útil para usted, se lo haré saber de inmediato! Siempre que... mi amo no me pida guardarlo como secreto. - terminó su frase en voz baja.
Red al escuchar eso, se sntinió esperanzada, y poco a poco empezó a recuperar el aliento.
- Te recompensaré, por favor, acepta estas monedas. Y no, no aceptaré un no como respuesta. -la joven le extendió una bolsita color arena con lazo dorado.
- Señorita Red...
- No me hagas repetirlo, ya me siento muy mal. - La joven le regaló una débil sonrisa.
Thomas no tuvo más remedio que aceptar la bolsita entre sus manos.
- Gracias de nuevo, mi querido Thomas - la joven acarició su cabeza, cual cachorrito - Estaré en espera de noticias tuyas. - Red terminó las caricias y se apartó en ademán de retirarse. Thomas le abrió la puerta, manteniéndola así para que pasara. Red se tomó unos segundos para salir, dedicándole una dulce mirada y decirle un "gracias" nuevamente antes de retirarse.
A solas de nuevo en su habitación, Thomas cerró la puerta en silencio y se tiró de lleno sobre su cama acomodándose de lado, pensando en si había actuado correctamente al aceptar ese trato, ¿y ahora que debía hacer?
Desde aquel primer encuentro, y tal cual lo había prometido, Craig se apersonó todos los días a la cafetería. Iba a horas entre el medio día y la una, tiempo en que el local estaba casi vacío, y pedía la bebida estrella del local. Tomaba la misma mesa apartada de las demás para conseguir plática con el joven rubio. Ese había sido su plan para empezar a llamar la atención del rubio, pero las cosas no habían sido tan sencillas para él.
Al día siguiente luego de ese primer encuentro, vistiendo una ropa más casual que había pedido a Thomas adquirir a la modista del lugar, se apersonó a la cafetería. Al principio, Tweek se había mostrado algo feliz al verle entrar en ese segundo día (o eso pensaba), y Craig esperó que hubiera más interacción entre ellos luego de compartir todas sus vivencias y recuerdos, mas nada salió como tenía pensado. Ese día, al ver al rubio acercándose a él, se sintió tan nervioso ante su presencia que las palabras no le salieron correctamente, y a su pesar, salieron solo algunas palabras amistosas, mas poco o nada hizo de espectacular o interesante para de nuevo sentar al rubio en la misma mesa, o eso creyó, ya que Tweek al poco rato se encerró en la cocina al terminar de servir los pedidos. Craig nunca había cortejado a ninguna persona, y se sorprendía él mismo tratando de intentar avanzar en algo. Al pasar unas cuántas horas sentado sorbiendo su taza fría, se retiró sin siquiera despedirse. Se sentía como un completo imbécil al regresar ese día a su habitación, y nada calmaba a su voz interna de repetir el insulto en su cabeza.
Al tercer día de nuevo se vio bajando de nuevo esas escaleras de madera. Tomó de nuevo la misma mesa, estando seguro de que esta vez sí conseguiría que ese rubio se sentara con él, y traía un plan de emergencia. No podía fallar.
Tweek estaba tomando el pedido de una mesa, cuando al parecer se percató de la presencia del pelinegro al dar la vuelta para regresar a la cocina. El azabache pudo ver claramente que el rubio se le quedó viendo unos segundos más de lo normal, antes de ir directo hacia él, de seguro para tomar su orden.
- Hola. - le saludó el rubio amablemente con una expresión neutral.
- Ehm, ¿te gustan las cartas?
El rubio le mostró un gesto de extrañeza, y luego negó.
- He olvidado cómo usarlas. Mi padre cree que es un vicio que no debería aprender.
- Oh. De acuerdo. - maldijo por lo bajo; estaba resignado a que de nuevo estaba haciendo el ridículo.
Aunque pensó que el rubio se iría de inmediato, este se quedó parado en su lugar. Sorprendido, alzó los ojos para ver porque este se había quedado allí. El rubio solo le veía muy atento, como esperando algo y eso lo incomodó de sobremanera, ¿qué es lo que esperaba tanto?
- ¿Qué? - preguntó herido en su orgullo queriendo huir de ahí.
- ¿Eh?
- ¿Qué es lo que quieres? - dijo derrotado viendo fijamente al rubio.
Tweek pareció pensar un poco y luego respondió:
- Eh... no me has dicho que vas a tomar.
Imbécil.
- Ah, eso. - trató de disimular su vergüenza al frotarse con la palma de su mano la frente. - Una bebida amarga.
- Bien... - asintió lentamente, anotando su pedido en su libreta, para luego retirarse a la cocina.
Estando en el silencio del local, Craig podría jurar que escuchó algunas risas dentro de la cocina. No tuvo que esperar mucho para que el rubio trajera su pedido.
- Aquí tienes. - le dejó la taza en la mesa. El rubio se veía muy serio.
No pudo evitar un suspiro al observar el líquido que reflejaba su rostro. Otra vez tendría que tomar esa bebida que no le gustaba. Otra vez, el rubio no se había movido, y cuando sus ojos subieron a verle, este solo desvió la mirada y se retiró en silencio.
Luego de eso, solo esperó que el rubio entrara de nuevo a la cocina, y aprovechando ese momento, salió de lugar dejando su bebida intacta.
De nuevo en la soledad de su habitación, se recriminaba del porqué no podía avanzar con el rubio, ¿por qué actuaba así? ¡Mierda!
Al tercer día, pensó que era mejor tomarse un tiempo si quería evitar de nuevo hacer el ridículo, por lo que se tomó ese día para replantearse todo, pero cuando el reloj dio las 4 de la tarde, se arrepintió, y decidió ir.
- Hola, ¿cómo estás, muchacho? - le recibió Richard limpiando una mesa.
Craig regresó un "hola" y luego buscó por todos lados al rubio en el lugar. No estaba.
- ¿Buscas acaso a mi hijo? - le dijo sin verle.
- No. Eh, quiero decir. - pausó unos segundos - No lo veo por aquí.
- Se fue a casa temprano. Hoy lo vi distraído, por eso lo envié a casa.
¿Distraído?
- Ya veo. - dijo el pelinegro, de inmediato analizando la información que le había dado el mayor. - ¿No está enfermo o algo así?
Richard detuvo su acción y le vio con una pequeña sonrisa.
- No, nada de eso por fortuna. Gracias por preguntar por él, le diré que preguntaste por su ausencia.
Craig rodó los ojos y rascó su nuca. Maldición, ¿por qué se estaba comportando así?
Richard rió sin querer por el gesto del chico.
- Joven Tucker, Tweek ha pasado por mucho, y creo que ustedes se llevan muy bien al parecer. Sonará ridículo, pero le agradezco que sea amigo de mi hijo. - el mayor sonrió con sinceridad.
Craig solo le regresó una pequeña sonrisa. Si tan solo supiera de sus sentimientos, de seguro que no le agradaría tanto como en este momento. Es cierto, ¿qué haría su padre si un día se fuera con el rubio tan lejos para huir de la estúpida sociedad?
- Tweek también tenía esa expresión pensativa. - habló el mayor, llamando la atención de inmediato del pelinegro - Lo sorprendí observando las escaleras en muchos momentos de la tarde, como si esperara algo. Creo que también se preocupó por ti cuando no llegaste hoy.
Craig no pudo decir más; le había dado como un ataque de felicidad por todo su cuerpo, y se arrepintió terriblemente de haber faltado ese día.
- Señor, ¿puede decirle a Tweek que vendré mañana? - pidió de manera firme y directa.
- Claro, estoy seguro que le alegrará saberlo. - le dijo Richard retomando la limpieza, viéndole desde ese ángulo.
- Gracias. - con un poco más de calma, se despidió del señor Tweak y regresó de nuevo a su pensión, cruzándose con Thomas que llevaba un poco más de cambio de ropa a su habitación.
- ¿Señor, había salido? - le preguntó, y de inmediato se sorprendió al ver la pequeña sonrisa en su rostro. Era extraño no ver la misma expresión neutral que siempre mantenía.
- Sí, solo fui a tomar aire. - respondió algo sin pensar, todo con tal de no perder tiempo y despertar rápido al siguiente día regresar a la cafetería. - Déjame llevar esa ropa. - se ofreció, a lo que Thomas aun extrañado, le entregó el pequeño bulto.
Craig de inmediato se encerró en su habitación, pidiéndole no ser molestado hasta el día siguiente. Thomas bajó la cabeza acatando su orden,a la vez que se quedó pensativo por la extraña actitud de su amo, y grabó en su mente ese incidente.
En su habitación, Craig se vio a sí mismo demasiado entusiasmado, como nunca se había sentido desde que había vuelto a casa. Dobló su ropa, ordenó la nueva entregada por su sirviente en su armario, y cuando todo estuvo en orden, se colocó el camisón y se obligó a dormir.
Mientras tanto, en medio de un camino de tierra a plena luz de la luna, Kyle y Stan bajaban ofuscados de su medio de transporte casi ya seguros de que una rueda se había echado a perder al sentir tremendo remesón que les había despertado en medio de su sueño.
El cochero había ido directo a inspeccionar la rueda junto al pelirrojo mientras Stan esperaba apartado, viendo desde su posición que la rueda estaba quebrada por el medio y por la cara de su astrónomo, sabía que nada iba bien. El cochero se quedó tocando la rueda mientras Kyle iba con una cara angustiada a buscarle.
- Stan, la rueda está quebrada y por la prisa, no se pudo traer el equipo de reparación ni refacción alguna. Sé que quieres llegar lo más pronto posible, lo siento, debí tomar con más calma la situación. - el pelirrojo tiró hacia atrás la cabeza.
- ¿Qué? ¡No, Kyle! ¡No te culpes por esto! - Kyle enseguida regresó su atención a Stan - En estos momentos me preocupas más tú, ¡quiero decir! Eh... Digo, hay que pensar dónde pasar la noche.
Stan limpió el sudor de su frente; suerte la suya de haber cambiado rápido su explicación, o no podría ver al pelirrojo a la cara por varios días.
- Tienes razón. - Kyle secundó su respuesta, yendo de inmediato a buscar un mapa dentro del coche. Cuando lo tuvo en sus manos, regresó con una lámpara de aceite encendida, estirando el papel en medio del suelo de tierra desigual.
- Estamos aquí - señaló con su índice una zona con dibujos de árboles - y como ves, se supone que hay una posada a pocos kilómetros de aquí. Son 6 kilómetros a caballo a lo mucho, o eso creo. Tendremos que viajar toda la noche- vio pensativo el mapa. - Stan, vamos a tener un retraso a nuestro destino de muchos días hasta que podamos conseguir que alguien traiga una rueda hasta aquí. Podríamos continuar a caballo, pero no creo que sea correcto dejar al cochero solo; y además está el tema de dejar nuestras maletas en medio del camino, sería muy complicado recuperarlas después.
- Sí, ya lo sé. - contestó con pesar Stan. - ¿Cuál es tu plan?
- Ir a la posada. Esperar ahí hasta que arreglen el carruaje y luego continuar el viaje.
Stan sabía que no podía hacer más, Kyle era más listo que él. No le quedaba otra opción más que la de aceptar y seguir al pelirrojo.
- Está bien, Kyle; seguiremos tu plan.
El pelirrojo aún muy triste por no poder hacer más, se alejó un momento para comunicar al cochero el plan y ayudar a desatar los caballos para enrrumbarse de inmediato a la posada.
Stan al verse solo, observó el espesor de las copas de los árboles sobre su cabeza, rogando que si ese hombre era su padre, le esperara un poco más.
- ¡Mierda! ¡Mierda! - golpeó furiosamente la mesa con sus puños una y otra vez.
Eric Cartman se levantó furibundo de su escritorio, dándole la espalda a su madre al saber la noticia que la mujer traía a primeras horas de la mañana.
- ¡Cariño, no te pongas así por favor! ¡Te juro que hice todo lo que estaba a mi alcance, pero la decisión está tomada y no pude convencerlos!
- ¡MALDITO DESMEMORIADO HIJO DE PUTA! - exclamó.
- Lo sé, lo sé, cielo. No hay nadie más capacitado que tú para ser el General supremo de la flota naval, sin embargo, el chico tiene un gran logro al haber capturado a un pirata tan buscado, y no tener ese ascenso sería un escándalo frente a todos.
- ¡Maldición! ¡¿Entonces cuándo será?!
- ¿Te refieres a su ceremonia de nombramiento oficial? Pues, no lo sé, aún no le envían la carta dándole la asignación. Están terminando todo el papeleo, eso fue lo que me dijeron los oficiales que atendí.
- ¡Mamá, no me hagas perder el tiempo! ¡Necesito verlo de inmediato!
- ¡Oh! ¡Tengo información sobre eso! Supe que asistió al baile del príncipe Butters, y su familia regresó a su mansión. Debe estar allí, eso es seguro.
- Bien. - el hombre obeso salió con suma premura.
- ¡Eric! ¿No crees que estás olvidándote de algo? - le recriminó la mujer antes de que su hijo cerrara la puerta.
Eric regresó la vista a su madre.
- Gracias. Adiós. - se fue dejando a la mujer con una sonrisa de satisfacción.
Para esta ocasión, Craig había escogido un conjunto colo azul acero, muy parecido a su uniforme naval, solo que sin los botones y cordones dorados. Ajustó sus botas negras hasta las rodillas, y al darse un vistazo frente al espejo de su habitación, se vio aceptable, pero creía que le faltaba algo.
Al estar en la pensión algunos días, había ido progresivamente adquiriendo algunas cosas básicas como crema de afeitar, un peine, y... Thomas le había traído una pequeñísima botella de perfume. Solía utilizar un poco de perfume en ocasiones especiales y por eso su sirviente entre las cosas personales, le había incluido el frasquito de vidrio transparente con líquido amarillo, cerca del mueble con espejo. No lo pensó tanto, esta era una ocasión especial, aunque tampoco quería llamar demasiado la atención, por lo que con su índice tapó la boca del frasco para luego voltearlo, y coger un poco de perfume que usó en su cuello.
Thomas iba a la cocina a traer comida para su mascota cuando Craig abrió la puerta de su habitación, deteniéndole en medio del pasillo.
- Amo, su almuerzo está listo, ¿o comerá otra vez fuera? - consultó el asistente acercándose, mientras Craig cerraba la puerta.
- Comeré fuera, regresaré más tarde para la cena. Nos vemos, Thomas.
Al irse por el pasillo, Thomas había sentido de inmediato ante la proximidad que tuvieron, el aroma particular que usaba su amo. Craig le contaba todas sus actividades, y no tenía ningún recuerdo en el que le dijera que asistiría a algo importante como para usar ese perfume en este día.
Aquí estaba pasando algo raro.
Miró nervioso la puerta de la habitación del azabache, y se regañó a sí mismo cuando los pensamientos de ira le invadieron al pensar que había una mujer en la vida de su amor prohibido. Movió todos sus dedos con nerviosismo, para luego entrar raudo a su habitación y cerrar con seguro para no ser interrumpido en su inspección.
Registró rapidamente la cesta de ropa, el baño, la ducha, los cajones; debía de haber alguna evidencia que le diera una pista de esa mujer. Luego de desordenar la cama buscando alguna prenda íntima femenina, dio por hecho de que aquí no había nada.
De pronto, la manija de la puerta empezó a moverse: Alguien forcejeaba con ella queriendo entrar.
- ¿Thomas? - preguntó el azabache desde fuera.
El rubio cenizo vio el desastre de la habitación, pero era muy tarde para arreglarlo.
- Por favor, ábreme; olvidé algo. - insistió.
Thomas miró nervioso a su alrededor, ya no había tiempo para arreglar ó como pudo la cesta de ropa y cerró los cajones; luego abrió la puerta con el nerviosismo plasmado en su respiración irregular.
- Eh, yo estaba... ¡Mierda! ¡Carajo! - se trabó con las palabras al estar nervioso.
Craig para su sorpresa, se fue de inmediato al coger una bolsita dejada en el mueble con espejo que estaba al lado de la puerta, para luego despedirse de su sirviente con un "nos vemos", ignorado por completo el desastre en el que estaba todo.
Thomas estaba sorprendido y extrañado luego de todo eso, ¿qué acaso no se había dado cuenta que...?
Las palabras de Red junto con la extrema curiosidad de saber que era tan importante para su amo para actuar tan extraño, llevaron al joven a salir corriendo tras él con la intención de averiguar hacia donde iba. Salió a las calles, mezclándose entre la gente de la ciudad, siguiendo los pasos de Craig que iba a pie por la acera.
Iba a averiguar que estaba pasando aquí.
Clyde por fin se sentía que las cosas marchaban en una dirección positiva para él; pasados algunos días, se vió obligado a trabajar junto a un zapatero de la ciudad. La paga no era tan buena, alcanzaba lo suficiente para comer y dormir en una cama cómoda, ¿pero por qué seguía con ese empleo tan sencillo? Simple, en uno de esos días de trabajo, la señorita rubia con la que soñaba desposar apareció por la puerta de la zapatería buscando una reparación de uno de su zapatos de tacón. De inmediato él la había atendido apoyando sus antebrazos en el mostrado de madera, deleitándose con su perfume y voz tan femenina al hablar del servicio que requería. La jovencita que apenas le dirigía una que otra mirada, había olvidado por completo que Clyde había estado en la fiesta de disfraces.
- ¿Cuándo puedo venir a recogerlos? - la chica ya alistaba la cartera para pagar el servicio y salir.
- ¡Oh! - exclamó el nervioso, pero seguro de que su plan funcionaría, Clyde - Yo puedo llevarle sus zapatos.
Por primera vez en toda su visita, la chica le dirigió una mirada como si estuviera ante un maniático - ¿Disculpe?
- Puedo llevar sus zapatos a su casa. Nuevo servicio. - sonrío de forma convincente - Deme su nombre y su dirección, se los llevaré en cuanto estén listos. No me he presentado, mi nombre es Clyde, Clyde Donovan; y no es por presumir, pero soy el mejor zapatero de la ciudad.
El zapatero encargado que lustraba unas botas en un rincón, conociendo al chico, solo negó divertido un par de veces mientras seguía moviendo el trapo sobre el cuero.
La chica le dirigió una mirada profunda, misteriosa, y hasta diría seductora hacia el pobre castaño que sentía que su corazón estaba dando brincos para salir disparado a besar a la jovencita.
- Bárbara. Señorita Bárbara Stevens, pero me dicen Bebe. Mucho gusto, Clyde - meció su cabello rubio esparciendo perfume. - ¿Puedo tenerlos listos en dos días? Me gustan mucho, combinan bien con cualquier vestido que uso.
- Sí... - secundó embobado.
Bebe rió escuetamente.
- Me alegra que para usted también sea evidente. - hizo un ademán a su sirvienta que estaba a pocos metros tras de ella - Mi sirvienta le dará mi dirección de mi residencia.
- ¡Genial! Ehm! Sí, cuente conmigo. - le sonrió enseñando sus dientes algo amarillentos que hubiera lavado si hubiera sabido que la chica de sus sueños iba a venir.
- Entonces, lo veo en dos días, Clyde. - se despidió la chica sonriendo enternecida al ver como el chico intentaba ser coqueto con ella; lo había notado de inmediato y le había parecido adorable. Se dio la vuelta para retirarse, siendo seguida por la aguda vista de Clyde hasta perderla de vista.
Así habían pasado algunos días, en los que Clyde se vio sorprendido con algunos recados más dados por Bebe. Y eso lo tenía de un excelente humor, con lo que podía soportar algunas privaciones que estaba pasando. Si los pasos le acercaban a esa hermosa doncella, Clyde estaba dispuesto a seguir en ese camino sin dudarlo.
Estaba en camino con una cajita bajo su brazo, atravesando las calles de la ajetreada Inglaterra, cuando algo o alguien no escapó de su vista de águila. Iba en sentido contrario al suyo, presuroso, como si tuviera prisa en llegar a algún lugar.
- ¿Burdock?
El castaño parpadeó un par de veces sin poder creerlo, y avanzó corriendo desde lejos para toparse con él. ¡Pero es que esto era increíble! ¡Pensó no volver a verlo y aquí estaba! Clyde siempre pensó que Burdock era de los pocos amigos que había hecho en esa maldita travesía pirata, y verlo ahí, bien vestido y seguro con una vida tranquila y nueva en Inglaterra, le alegraba muchísimo. Seguro que había sufrido tanto o más que él; ambos tenían una historia similar, y desde luego que quería apoyarle lo más posible al ofrecerle nuevamente su amistad.
A pesar de correr, no pude alcanzale a tiempo, antes de que este entrara a una ¿tienda?
Llegando a esa tienda, que era en realidad un restaurant, apoyó muy cerca la nariz sobre el cristal transparente, intentando buscarle por entre en el gentío que almorzaba a esa hora, mas no podía encontrarlo. Vio de reojo la caja de los zapatos de su musa, a ella no le gustaba esperar.
Pensó en que si dejaba los zapatos rápido, podría regresar a tiempo como para encontrarle cerca de ahí, ya que Burdock no salía de ahí, es decir que debía estar comiendo por alguna mesa. Se apartó del cristal y salió corriendo a la mansión de su amada con la intención de volver enseguida.
Lo que no contó el joven Donovan, que al llegar a la casa de su musa, esta al ver su talento en la zapatería, le ofrecería ser uno de sus sirvientes personales y lo que era mejor para él: podría estar cerca de ella todo el día.
Thomas había logrado seguir a su amo hasta ese pequeño restaurant, y permanecía escondido tras un periodico que aparentaba leer, cerca de un poste que cruzaba la calle dónde estaba ubicado el restaurant. Se cuestionaba por momentos que estaba haciendo, es decir, tal vez estaba exagerando, ¿qué podría estar haciendo un joven en un restaurant más que saciar su hambre? Se sentía como un bufón sin gracia estando allí, incluyendo que recibía burlas e insultos por no poder controlar sus groserías espontáneas.
Después de muchos minutos, vió salir a su amo del restaurant y caminar con tranquilidad por la acera hacia un rumbo desconocido.
Ya había tenido suficiente, esto había sido una tontería y una pérdida de tiempo, ¿por qué estaba haciendo esto? Bajó su periódico con molestia y lo dobló, para luego guardarlo entre sus ropas, tomando de nuevo el camino a la pensión para ordenar el desastre que había dejado. Luego de unos segundos aceleró el paso, esperando que Craig no llegara antes.
Habían tardado una semana, ¡una semana! En llegar a su destino, pero por finl o lograron. No había de ser más de las siete de la mañana, cuando una carroza atravesaba las calles hasta la mansión de la familia Broflovski, destino trazado como lugar de descanso hasta terminar los asuntos pendientes del par de jóvenes.
Al tocar con sus dos pies el suelo, Kyle apoyó sus manos en la parte inferior de su espalda para tronar los huesos de su espalda; joder, eso había sido demasiado incómodo. Stan bajaba del carruaje también, pero por el otro lado, extendiendo los brazos hacia el cielo para quitar la rigidez de los músculos.
- Quiero una tina con agua caliente y luego dormir un poco. - comentaba Kyle que bostezaba sin poder evitarlo, acercándose a Stan. - Supongo que también deseas lo mismo que yo. Mi madre no creo que tenga problemas en cederte una habitación y podemos...
Al no tener ninguna respuesta, Kyle calló de inmediato.
- No. - le contestó girando para verle su asistente. Unas notorias ojeras delataban su cansancio. - Quiero ir a ver al hombre, no puedo esperar.
- Stan...
- No Kyle, ya sé lo que dirás. - interrumpió con voz suave, pero firme. - Solo quería dejarte a tu casa. Debo irme, no puedo esperar. - Se subió ante la mirada alarmada del pelirrojo.
- ¡Stan! ¡Espera! - Se subió el astrónomo tras él - Iré contigo. Y no intentes dejarme, no te voy a dejar solo.
- Pero Kyle...
- ¡Adelante! - ordenó al cochero sin demora.
Ambos jóvenes se sonrieron con complicidad: Ya sabían bien que uno no se iría sin el otro, por eso les parecía divertida la escena que segundos antes habían montado.
No pasó ni media hora antes de que llegaran a la prisión de la ciudad.
El guardia a cargo los había detenido para quedarse con sus documentos de identidad para su respectiva verificación, y luego los había hecho pasar, con una peculiar advertencia: No debían acercarse al prisionero.
- ¿Por qué? - había preguntado Stan que iba al lado de Kyle, siendo gruiados por el pasillo.
- Ya lo verá. - contestó escueto, deteniéndose algunos pasos adelante frente a unos barrotes de una celda; allí dentro yacía un hombre barbudo, tendido en una mata de heno, cubierto bajo una manta grisácea. Deliraba, balbuceaba sin parar, y entre las palabras, resaltaba el nombre de "Stan".
- Por Dios... - el pelinegro se acercó a los barrotes. - Es mi padre... Es él...
- Stan... - repitió.
El pelirrojo exigió imperante al guardia: - ¡Abra los barrotes de inmediato!
- Aunque fuera el rey quién lo pidiera, eso es imposible. Este tipo fue detenido días atrás por robar comida en el mercado de la ciudad. No nos dimos cuenta que estaba enfermo hasta el día siguiente cuando comprobamos que tenía erupciones en la piel y fiebre. Desde entonces nadie entra y nadie tiene permitido tocarlo. Ha ido desmejorando, si sigue así, solo le quedan algunos días al infeliz.
Stan reprimió un sollozo, y Kyle indignado por las palabras tan frías del hombre, estalló: - ¡No es médico! ¡No tiene derecho a hablar! ¡Si quiere hacer algo útil, busque a uno de inmediato! ¡Yo pagaré todo! ¡Vamos, dese prisa!
El guardia le dirigió una mirada algo asustada al astrónomo, y enseguida fue a acatar su orden.
Al verse solos, Kyle se acercó a darle consuelo al chico que temblaba sosteniendo los barrotes.
- Tienes que ser fuerte, tal vez no sea nada grave. - Sentía que su corazón se partía en dos al ver a su adorado Stan sufriendo, y él sin poder ayudarlo. - Stan...
- Él me llamaba... Quería que lo encontrara... ¿Por qué tarde tanto en llegar?
- No fue tu culpa. Tranquilo, estoy aquí.
Su asistente se separó de los barrotes, giró a verle y luego de que el pelirrojo le regalara una pequeña sonrisa, Stan se lanzó a abrazarlo fuerte.
- Gracias por estar aquí.
Ambos jóvenes mantuvieron el fraterno abrazo hasta que se sintieron lo suficiente calmados para pensar que harían. Pocos segundos de estar en silencio, un anciano de bata gris, contextura gruesa y pelos canosos se presentó como el médico que habían llamado. Pronto el guardia le abrió la puerta, advirtiendo que solo sería el hombre quién evaluaría al prisionero al ver las intenciones del azabache de entrar.
Unos minutos eternos. El anciano guardó su equipo en su maleta negra de cuero, negando.
- Este hombre tiene La fiebre Irlandesa. Lo siento, no hay que pueda hacer. - El anciano salió de la celda para hablar con el par de jóvenes que le esperaban expectantes. - No hay cura, lo siento mucho.
Stan se desmoronó, tambaleó, y de no ser por el reflejo rápido de Kyle que lo sujetó por la cintura, habría caído.
- No... No es cierto. Está mintiendo. - Balbuceó ido de la realidad. - ¡No es cierto! - Stan descontrolado se abalanzó contra el viejo sujetándolo por sus ropas a la altura del pecho - ¡Cura a mi padre! ¡Cúralo! ¡No hemos pasado tantos años en el maldito mar solo para que le vea morir!
El guardia que se había mantenido al margen por entender el sufrimiento del joven, se extrañó de la última frase del chico.
- Stan, cálmate, por favor, suéltalo. - El pelirrojo había tratado de detenerle antes de que amenazara a pobre anciano, pero no fue lo bastante rápido. - ¡Stan, trata de calmarte! - El pelirrrojo forcejeaba para separarles, abrazando a Stan al lograrlo para que no pudiera agarrar al médico otra vez. El guardia actuando rápido, invitó al anciano a retirarse antes de que el chico volviera a enloquecer.
El anciano aún nervioso por el ataque, pasó por el lado de los chicos a paso apresurado, pero antes de ser escoltado, comentó al aire: - Existe una cura, pero conseguirla es casi imposible. Cuentan viajeros que hay una flor en tierras de tribus de hombres de piel oscura; una flor de color púrpura brillante que florece en los campos de siembra como hierba mala. Búscala muchacho, esa es la única alternativa para salvarle. Suerte. - Y con eso, el anciano se retiró de la prisión.
- La flor púrpura brillante que crece en los campos de siembra...- repitió el pelinegro. - Una flor ubicada en un lugar desconocido, y sin idea de dónde empezar la búsqueda. - se lamentó el pelinegro aún siendo abrazado por el pelirrojo.
- Al menos sabemos que existe una posibilidad de verle recuperarse.- se separó con suavidad - Podemos hacerlo, buscaremos ayudantes, ¡buscaremos por todos lados!
- ... - Stan permanecía pensativo con una mirada perdida. - No tengo el dinero suficiente. Aún con tu fortuna, no podrías pagar la expedición.
Kyle gruñó por lo bajo. Aunque le dolía admitirlo, era cierto.
- Aún así lo intentaré. - dijo con tristeza el pelinegro - No sé cómo, pero lo haré.
- Tranquilo, pensaremos en algo. - secundó con voz sentida - Comamos algo. y luego idearemos el plan. Por favor - se dirigió al guardia metros atrás - Busque a alguien que cuide de él. Le pagaré bien, en nombre de mi apellido Broflovski.
- Entiendo. - luego agregó con algo que suspicacia - Se ve que estima mucho a su sirviente, señor.
Kyle solo carraspeó incómodo y fue directo a Stan que se había quedado observando a su padre.
- Dejé orden de que cuiden de él. No tienes que preocuparte.
- Juro que volveré con el remedio. Lo prometo. - le dijo a su padre que aún deliraba.
- Si les interesa. - se acercó el guardia - estas son las cosas que encontramos en el momento de su detención. - les extendió una bolsa simple de color negro - La mayoría son basura.
Stan no demoró en tomar la bolsa y darle un vistazo dentro. Habían muchas cosas rotas.
- Nos la quedaremos. - le indicó Kyle. - Por ahora ya nos retiramos. No olvidé lo que le ordené.
- Traeré a alguien, no se preocupe. Por aquí.
El guardia escoltó a los jóvenes hacia la salida, devolviéndoles sus documentos respectivos.
Al quedarse con el soldado de la entrada a solas, se acercó para hablarle.
- ¿Anotaste el nombre de esos dos?
- Sí, en el libro de visitas como a todos los que vienen.
En la cabeza del guardia se repetía la frase del sirviente aquel: "¡No hemos pasado tantos años en el maldito mar!". Y además, esa extraña relación que tenía con el pelirrojo; nunca había visto tanta informalidad entre amo y sirviente, era extraño.
- Quiero que busques información del sirviente que vino con el señor Broflovski, ese tal "Stan". Mis sentidos me dicen que hay algo raro... y voy a averiguar qué es.
Durante el camino a la casa de Kyle, ambos jóvenes habían decidido inspeccionar ese bolso.
- No son más que cosas rotas. -hablaba el pelirrojo al asomar la cabeza junto a Stan para ver el contenido - Pero no te detendré si quieres quedártelo.
Stan le extendió la bolsa a su amigo - llévalo por favor, aún me siento distraído y podría extraviarlo.
- Claro. ¿Puedo inspeccionar un poco más?
Stan asintió tirando la cabeza hacia atrás para respirar profundo y tratar de calmarse.
Kyle metió una mano dentro, sacando unos lentes con los cristales rotos, pero bajo esa montura dorada rota, había un ¿reloj? Dejó a un lado la montura para sacar el artefacto.
- Stan, creo que tu padre tenía un reloj. - le dijo mientras sacaba el objeto.
Al sacarlo del fondo, se dislumbró perfectamente la forma y las letras de una brújula. El cristal estaba quebrado, y el borde estaba oxidado; aun con su estado deplorable, el objeto que tenía la flecha quieta, comenzó a girar descontrolado en la mano del pelirrojo.
- Stan, Stan - dejó la bolsa a un lado junto a la montura para sostener la brújula entre sus manos - Mira, tienes que ver esto.
El pelinegro se recompuso de inmediato y se inclinó hacia delante para ver de lo que hablaba el pelirrojo. Ante sus ojos contempló de lleno el objeto y de inmediato lo reconoció: no podría equivocarse, lo había visto muchas veces, y recordaba lo que decían, sobre la leyenda que pesaba sobre este. Sorprendido y confundido, tomó la brújula de las manos de Kyle para inspeccionarla sin poder creerlo todavía:
- Esta es la brújula del capitán... Esta es la brújula del tesoro perdido de Tweek.
Ok, me pasé varias noches seguidas para tener esto lo más rápido posible. Espero que les haya gustado :D
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¡Nos vemos!
Siguiente capítulo: "Guía"
