El amor pasa por los dientes
—¡Ah! Shirazu...Maldita sea...¡Me mordiste! De nuevo...
No era la primera vez que sucedía. Shirazu levantó la cabeza, jadeando, apartándose del miembro morado de Urie, en el que una pequeña rayita de sangre se hacía presente al final de la empuñadura.
—Lo siento, hombre...sabes que lo de garganta profunda se me da fatal...y me estabas jalando del cabello...—le sonrió Shirazu, sonrojado. El chico pasó sus dedos hoscos, ásperos, callosos, por encima de la herida de Urie, que no tardó en cerrarse, de todos modos.
No eran personas normales pero tampoco fue un raspón severo. De todos modos, Kuki Urie se sacó de onda.
—Lo que sea. Solo ven aquí —replicó Urie, masajeándose las sienes, con un repentino dolor de cabeza.
Shirazu posó un suave beso sobre los genitales de Urie, quien desvió la mirada. Ginshi se acostó a su lado, boca arriba.
—No te enojes, no todos tenemos un talento especial para estas cosas como tú.
—¿Me estás llamando "puto"? ¿O "marica"?
Shirazu se rió, limpiándose la barbilla.
—Solo digo que yo todavía tengo que aprender. Pero ni las chicas se lo meten todo en la boca y tragan al principio. Les lleva tiempo, algunas prefieren escupir el semen en una servilleta o al suelo.
—No me acuesto con chicas —contestó Urie, secamente, todavía sin mirar a Shirazu.
—¿No? ¿Ni en el orfanato? ¿La academia?
—No fui a un maldito orfanato y no estaba en una rama marginal, Shirazu.
—Oh, ya. A veces olvido que no todos venimos del mismo lugar.
—Solo no me la chupes como si quisieras cortármela y comértela igual que un ghoul.
Shirazu se rió. No era la intención de Urie que se riera. Pero él siempre tenía buen humor. Lo tomó la mano, se la acarició. Ya Urie no pudo seguir enojado.
—...Me jalaste del cabello un poco fuerte.
—Lo siento. Estoy aprendiendo también.
—Supongo que a los otros chicos les gustaba rudo, pero yo soy más suave.
—...No hubo otros, eso es obvio.
Shirazu abrió los ojos muy grandes.
—¿D-de verdad? ¿S-soy el primero?
—Si...siempre fui algo tímido, tenía que estudiar y...¿Por qué estamos hablando de esto?
—...Te amo.
—Dios, quedamos en que nada de eso, Ginshi.
—Lo sé. Pero te amo. Haz lo que quieras con mi amor, es tuyo, Urie. Algún día podrías recordar esto y pensar "me chupaba mal el pito y me mordía de más pero al menos me daba amor".
—Cállate. Ni que te fueras a morir o a hacerte heterosexual...
Se rieron juntos y se besaron tan fuerte que sus labios se mordieron y sangraron. Shirazu le susurró algo más al oído, antes de hacerlo.
—Hombre...el amor pasa por los dientes, es una putada y lo único que tenemos en común con los monstruos, ¿no lo ves? Te tengo, te consumo, te muerdo, te desgasto y no queda nada de tí, salvo aquello que ahora está en mi. Dentro de mi...
Urie hubiera leído a Kierkegaard, como le recomendó Sasaki, de haber estado interesado en filosofía de la seducción. Las palabras de Ginshi no le llegaban como su compañero hubiera querido.
—No quiero que me comas, Shirazu. Solo hazme el amor bien duro. Y no digas que es lo mismo, porque si sigues insistiendo en hablar como un ghoul, se te va a dificultar matarlos. Luego no te quejes cuando te agarre la angustia frente a un maletín y tenga que consolarte follando en el baño...
Mantuvo los ojos cerrados, no quería ver.
Ya no.
Jaló de los cabellos largos a ciegas. Dos mechones.
(Pero eran suaves, bastante cuidados, no ásperos como paja gruesa entre sus dedos).
Finalmente terminó. Ella se apartó, jadeando. Urie la escuchó buscar en la semioscuridad, su vaso con dibujos de anime y llevárselo a la boca para beber hasta el fondo.
Era linda, redonda y amable. Separó los labios del vaso y miró a Urie con sus ojos tiernos. Como si él valiera la pena.
...Lo que le hacía era injusto. Mínimo.
—Urie, te mordí.
—No es nada.
—Pero...
—Me gusta, de verdad.
—¿En serio?
—Me corrí, ¿no?
—Oh. Es que...me sujetabas un poco fuerte. Y no pude...
—Lo sé.
—Saiko te ama, Urie. Pero...ella no es él, ¿sabes?
Yonebayashi se levantó y se acostó a su lado, le acarició el brazo. Urie quiso disimular que lloraba pero no sabía cómo.
—Me gustan los hombres y las mujeres —atinó a decir, haciendo una mueca, secándose una lágrima.
Pero no era eso a lo que se refería y Saiko le besó una mejilla, colocó un brazo suave y pálido sobre su pecho.
—Te gustaba él. Lo amabas...
Ella siempre lo hacía sentir peor. Pero la necesitaba. Como se necesita el alcohol para desinfectar heridas.
Y tenía razón.
Urie clavó los ojos en el cieloraso de la alcoba, como vio hacerlo, en el pasado, a Shirazu. Y dijo lo que recordaba de su frase.
—Saiko, el amor pasa por los dientes, es una verdadera putada y por culpa de eso, los monstruos creen que son iguales o parecidos a nosotros y exigen que ya no los matemos. Luego no te puedes quejar, ni aunque se coman a tus amigos y a tu familia.
Yonebayashi bostezó y se acomodó en la cama.
—Entonces, el príncipe Urie tiene permiso para comerse los pechos de Saiko cuando quiera...Saiko solo le pide que no diga cosas intensas ni tristes, para que ella no sufra por él ni tenga que ir a interrumpir sus batallas.
Era un buen trato, Urie lo aceptó, porque se le hacía familiar.
