El número de la suerte
Sumario: Para Harry, el número de la suerte es el tres. Y son Charlie, Draco y él.
Género: Romance/Humor.
Claves: EWE. Relación poliamorosa Charlie Weasley/Harry Potter/Draco Malfoy, principalmente enfocado en escenas domésticas.
Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.
Lo que Charlie más ama
Charlie se consideraba una persona bastante simple. Había crecido con demasiados hermanitos que siempre requerían atención y entendió a temprana edad que los más pequeños eran una prioridad. Luego se pasó años en un ambiente austero rodeado de dragones. En ninguna de las etapas de su vida exigió mucho, ni se quejaba mientras tuviese la varita a la mano. Ya arreglaría después lo demás.
Era fácil hacerse su amigo y le gustaba pensar que resultaba difícil verlo en verdad enojado. Micai a veces hacía bromas sobre que podría empujarlo al nido de una dragona dormida y Charlie estaría feliz, en lugar de molestarse. Eso ya era exagerado.
Le encantaba sostener a uno de los dragones más pequeños en brazos y comenzar a balancearse, tarareando mientras dejaba que su propio calor le brindase comodidad a la criaturita. Si había un nuevo dragón que necesitaba más cuidados, era probable que acabase en la habitación que Charlie construyó para ellos. Si se enfermaba, se pasaba la noche junto a su cama, e incluso en un día regular en que no dio ningún signo de problemas, se asomaba por allí antes de dormir, y si se despertaba en la madrugada, iba a ver de nuevo qué tal estaba. Era su rutina regular con Iona.
Estaba seguro de haber encontrado lo que quería hacer por el resto de su vida cuando cuidó a su primer dragón. Le gustaba pensar que uno de los regalos que los dragones le dieron fueron sus chicos, ya que cuando pudo mantener su primera conversación con Draco en la reserva, fue sobre el fuego de dragón como reemplazo del fuego mágico bajo los calderos. Una plática mucho más entretenida de lo que parecía.
Y sin duda, uno de esos momentos que le sacaban a Charlie una gran sonrisa era cuando veía a sus chicos caminando por la reserva, como en ese instante.
Se había metido al área de cuidados de dragones recién nacidos, a la que se accedía por unas escaleras. El pasillo al que estas llevaban tenía una pared de cristal y podía ver a Draco buscándolo y a Harry diciéndole algo, antes de notar que estaba allí abajo y mencionárselo.
Aunque la puerta se abrió tras un momento, esperaron que Charlie les dijese que podían pasar, mientras no tocasen a ningún dragón.
Con Harry era un verdadero desafío, porque había descubierto que a pesar de que tenía unas interesantes experiencias con dragones adultos, los pequeños se le hacían adorables, así que avanzaba por el pasillo inclinándose sobre los "nidos" en que los dragoncitos descansaban durante los ratos que los más grandes estaban ocupados. Adoptaba esa expresión que ponía cuando quería sonreír y decir que algo era tierno, colocaba las manos en el borde del nido, conteniéndose apenas de rozarlo, y a veces hasta se quejaba de que Norberta era mucho más fea cuando nació que cualquiera de los dragones que conoció allí.
Draco, en cambio, intentaba moverse en un cuarto lleno de pequeños dragones con la precaución que era lógica y necesaria. Pero no le salía muy bien, porque Iona saltaba desde el hombro de Charlie, volaba hacia él y se estrellaba contra su cara, haciéndolo trastabillar hacia atrás.
—Hola, cosa —Draco sujetó a Iona, con una mano bajo su estómago y otra en el lomo, para sacársela de encima—. ¿Estás seguro de que no se le pueden enseñar modales, Charlie?
Charlie negó, sonriendo, apenas le tendió a la inquieta dragona de vuelta.
—No es un crup, nadie le puede enseñar modales a uno de ustedes, dragón —Se rio de la expresión enfurruñada que le siguió a sus palabras y le dio un beso rápido.
—Este brilla —Harry se había agachado junto a un nido con un dragón islandés que tenía escamas que lucían como cristal. Estaba ocupado retorciéndose echado, igual que un perro, excepto que tenía alas y de vez en cuando soltaba una débil llamarada.
—¿Esos no son los que dejan ciegas a las personas que los intentan cazar? —indagó Draco. Él fingía que no era importante, pero Charlie sabía que había tomado un montón de libros sobre dragones de la reserva para aprender más y poder hablar con él al respecto.
—Sí, es un- Harry, no lo-
—Harry, te vas a quedar cie-
Harry no lo "tocó", sólo tuvo su mano demasiado cerca cuando se retorció de nuevo. La cola lo rozó, el dragón lo notó, y treinta centímetros de escamas brillantes se enderezaron y reflejaron toda la luz que podía en su dirección.
Cinco minutos más tarde, Draco estaba sentado en una banca, con Iona entre los brazos y los lentes de Harry en una mano. Él continuaba cegado y parpadeando a la nada. Charlie abrazaba al pequeño dragón cegador y Micai acababa de asegurarle a Draco, de nuevo, que la visión de Harry regresaría en un rato.
Draco no estaba feliz con esto y lo sabían. Micai observó a Charlie con una expresión suplicante de "no dejes que me maldiga". Él le tendió al dragón luminoso para que lo llevase al nido de su madre. Eran muy pocos los que se ganaron la confianza de los dragones adultos al nivel de poder cuidar a los pequeños cuando no estaban en el nido; Charlie era uno de ellos, Micai era otro.
—No estás asustado, ¿verdad? —Charlie se agachó frente a Harry y sujetó sus manos.
—Me preocupa más que Draco quiera maldecir a Micai por no tener listo un hechizo para devolverme la vista en un segundo —Harry se rio, negando.
Charlie lo besó y murmuró algunos cumplidos propios de un Gryffindor sobre lo valiente que era. Varios de sus compañeros tuvieron una crisis la primera vez que un dragón de esos los cegó.
Luego recostó su cabeza en el regazo de Harry, de lado, de manera que podía ver a Draco alejar sus dedos de Iona, que quería metérselos a la boca y mordisquear.
—¿Vinieron sólo porque me extrañaban mucho? —tarareó Charlie, sonriendo. Harry había comenzado a jugar con su cabello, soltándolo de su amarre.
Draco pareció recordar algo y empujó a Iona hacia abajo para que parase de intentar morderlo y se quedase quieta en su regazo. No funcionó, así que comenzó a hablarle sobre una fórmula para una poción de fortalecimiento de dragones recién nacidos que pudiesen tener problemas con su fuego interno (como Iona), mientras apartaba sus dedos de la dragona. La receta original era de un pocionista francés, pero se pasó gran parte de la mañana replicándola y mejorándola, y sonaba tan seguro que Charlie sonrió y evitó decirle lo lindo que era que se preocupase tanto por Iona.
Hablaron sobre posibles efectos de la poción y detalles que todavía se podían mejorar, hasta que Harry recuperó su vista y Draco le pasó los lentes. Luego Charlie les preguntó si querían ver (desde una distancia suficiente para que Harry no acabase quemado o siendo perseguido) a un nuevo dragón adulto de una especie en peligro de extinción que cuidarían.
Estaba tan feliz sosteniendo la mano de Harry para llevarlo a través de la reserva, o cuando se detenían en alguna parte y podía rodear a Draco con los brazos y recargarse en su espalda. Comenzaba a hablar sin darse cuenta sobre qué dragón venía de dónde, qué lo hacía especial o por qué su especie se llamaba así, Draco podía seguirle el ritmo gracias a esos libros que se consiguió, y con algo de suerte, ningún dragón recién nacido pensaría que podía echarse en el cabello de Harry. Otra vez.
En días así, recordaba que Micai le había preguntado, en tono muy serio, qué pensaba hacer con la reserva y ellos, en la época en que apenas comenzaba a salir con ambos. Entonces Charlie se lo pensó y se encogió de hombros. Su respuesta fue bastante simple.
—Supongo que conseguirme un traslador permanente para ir y venir.
Aunque por supuesto que era mil veces mejor tenerlos por allí y saber que podrían ir a casa juntos.
