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Megumi intentó liberarse de aquellos hombres a como diera lugar. Había aprendido muy bien que darse por vencida no era una opción nunca, bajo ninguna circunstancia; sin embargo, el enigmático hombre, que no había dejado de mirarla desde su rapto, llevaba suficientes hombres como para que cualquier plan que cruzara por su mente, fuera automáticamente desechado.

- ¿Es que en verdad no puedes recordarme? – Preguntó – Vaya que me lastimas Megumi… Sé que mi rostro es un poco diferente ahora, pero ¿Mi persona no se te hace familiar?

Megumi permanecía callada, por más que lo intentaba, no era capaz de recordarlo. En su mente había cientos de recuerdos y vivencias desagradables desde que era una niña, había visto y conocido a tanta gente, pero éste personaje le resultaba enigmático, y desagradable. Lucía como algún miembro del gobierno, de esos con sonrisas torcidas y prepotentes, y de ojos caídos, sin alma.

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Esas cicatrices… Todo su rostro está lleno de ellas… Jamás olvidaría una cara así.

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Sí, en definitiva, estaba segura de que a alguien con las características de esta persona sería imposible de olvidar, pero después de muchos esfuerzos, se dio por vencida, no podía identificarlo.

- Oh, de acuerdo. Parece ser que no me dejas otra opción más que dejar el misterio atrás y decirte finalmente quien soy… Mi preciosa señorita.

- ¡¿Qué?! - . Megumi abrió sus ojos con gran sorpresa y espanto, fueron esas últimas palabras las que hicieron que todas las piezas se acomodaran en su mente. – N- no puede ser… Tú eres…

- ¿Al fin lo recuerdas? Sí, soy yo, Takuhiro Koizumi.

Una expresión de terror se fue apoderando del rostro de Megumi ahora que sabía quién era su secuestrador.

- Pero… ¿Qué es lo que te pasó? ¿Y cómo es que me encontraste?

- Bueno, he de decir que no fue difícil dar contigo, pero si no pude ir por ti antes, fue gracias a tus queridos amigos ¡Sí, esos que vinieron a rescatarte aquella noche en que todo el negocio colapsó por tu culpa!

- ¡¿De qué estás hablando?!

El hombre volvió a guardar compostura, pasó una mano por su lacio y negro cabello y continuó. - Megumi querida, por favor no hagas que me altere, simplemente admite que fue gracias a ti que todo el negocio se vino abajo. Nos arruinaste, mi preciosa señorita.

- ¡Deja de llamarme así!

- ¿Pero por qué, preciosa? Siempre te he llamado de la misma manera…

- ¡Y siempre te rechacé! ¡Así que déjame ir!

Takuhiro ignoró por completo su súplica y rio por lo bajo, mientras tanto, el carruaje seguía avanzando velozmente, y las pisadas de los caballos que llevaban los demás hombres sonaban alrededor de éste.

Las ventanas permanecían cubiertas, por lo que Megumi no tenía idea de hacia dónde se dirigían. Sentía que había pasado una eternidad cuando de pronto, uno de los hombres que los escoltaban se dirigió hacia Takuhiro y le indicó que ya estaban muy cerca.

- Maravilloso, hicimos un tiempo excelente, llegaremos perfectamente para la hora de la cena. – Miró a Megumi con malicia. – Y esta vez ya no permitiré un "no" como respuesta.

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El carruaje por fin se detuvo y Megumi esperó ansiosa a que abrieran la puerta, deseaba tanto salir de ahí y buscar alguna otra forma de correr y escapar, pero de nuevo sus planes se vieron truncados, cuando los hombres de Takuhiro abrieron la puerta y la tomaron por los brazos para hacerla bajar.

- Por favor, sean más delicados, ¿Acaso no ven que tratamos con mi preciosa señorita?

Megumi odiaba que la llamara así, lo detestaba, y ahora que estaba a su merced, la ira que sentía hacia ese hombre sólo se incrementaba más. Pensaba muy dentro de sí que encontraría la forma de huir en cuanto pudiera, finalmente, no eran tantos los hombres que los acompañaban, y cuando vio el lugar a donde la habían llevado, si bien sintió un escalofrío recorrer su espalda, sabía que podría burlarlos, lo conocía muy bien.

- ¿Qué te parece? ¿No te trae bellos recuerdos éste lugar? ¿Eh, Megumi?

- Los mejores años de mi vida… - Respondió con visible ironía y enojo.

- Bien, entonces vamos adentro. Estoy seguro de que estás cansada por el viaje y necesitas asearte y arreglarte para nuestra cena.

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La antigua mansión de Kanryu Takeda lucía bastante deteriorada, casi en ruinas, y para Megumi todo resultaba un enigma. Casi podía entender por qué éste hombre la había capturado, pero no entendía cómo es que se había librado de que lo apresaran el día en que el imperio de opio de Kanryu se desplomó; y lo que más le intrigaba, era qué había ocurrido con su rostro y por qué tenía tantas cicatrices. Tendría que averiguarlo en la cena.

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La condujeron hacia lo que era su antigua habitación, la cual estaba en las mismas condiciones que el resto del lugar. El pequeño tocador estaba lleno de polvo, pero eso no importaba, todo seguía luciendo lúgubre y sombrío igual que siempre, igual que cuando estaba cautiva; algo de polvo en los muebles no hacía una gran diferencia.

- Aséate y prepárate, vendremos por ti en veinte minutos para que bajes a cenar con el señor Koizumi -. Le espetó uno de los guardias que la había estado conduciendo por todo el lugar desde el principio.

Megumi no dijo nada, sólo entró a la habitación y se quedó de pie, estoica, mirando hacia la pequeña ventana frente a ella. Escuchó cómo el hombre cerró la puerta detrás de ella con un fuerte golpe y entonces se dispuso a recorrer la pequeña habitación.

Todo en ella le traía recuerdos amargos, llenos de infelicidad y tristeza. Comenzaron a inundarla sus antiguas memorias de su estancia en el lugar, y cómo había sido explotada para fabricar ese endemoniado opio durante tanto tiempo. Al llegar a la ventana, se asomó y sintió la brisa tranquila de los últimos momentos de luz de la tarde. – El crepúsculo -. Pensó, y su mente entonces comenzó a recordar a sus amigos. A Kenshin, Kaoru, Yahiko, incluso a ese cabeza de chorlito de Sanosuke.

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Sanosuke… De haber sabido que mi día terminaría así, habría sido más amable con él…

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No pudo evitarlo, algunas lágrimas comenzaron a brotar y caer en el marco de la ventana. Si bien sabía que ellos jamás permitirían que algo le pasara, la angustia de que no pudieran encontrarla era algo que también estaba agobiándola muchísimo.

Estaba tan concentrada en sus pensamientos, que el sonido de golpes en la puerta la sorprendió.

- ¡¿Estás lista?! ¡Al Señor Koizumi no le gusta esperar!

No había hecho nada, sólo limpió las lágrimas de su rostro, sacudió un poco su ropa, acomodó su cabello hacia atrás y abrió la puerta.

- Vamos.

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