Introducción.

Las puertas se han cerrado, no hay hogar al que volver. Las criaturas se esconden, inseguras, incapaces de escuchar la voz del Gran Dios. Los siervos de la Gran Reina vagan entre los vivos, secuestrados de su descanso. El mundo que se abre ante nosotros es a la vez extraño y conocido, somos forasteros en nuestra propia tierra.

Éramos cinco las huestes que cruzamos, y solo dos han permanecido. No debería haber ocurrido así. No deberíamos haber quedado atrapados entre los mortales siquiera. Pero por mucho que invocáramos la ayuda de nuestros padres y nuestra magia, los portales no respondían. Así que decidimos instalarnos ahí mismo, cada hueste por su cuenta, ocultas en la fíada hasta que halláramos respuestas. Al principio ni siquiera sabíamos que no éramos los únicos atrapados, nos enteramos poco a poco, según el grito de ayuda empezó a extenderse. Entre brumas y sueños oímos a nuestros hermanos morir. Algo nos estaba persiguiendo y aniquilando poco a poco, los cazadores estaban siendo cazados.

Cuando llegaron las noticias de que una tercera hueste había sido eliminada, decidí que ya habíamos tenido suficiente. La verdad, quedarme de brazos cruzados nunca ha sido algo que se me diera bien. Y sin saber qué era lo que nos atacaba, sin tener un lugar al que regresar ni la voz de los dioses para guiarnos, hicimos lo único que estaba en nuestras manos. En la falda de las Apalaches, las dos restantes huestes de la Cacería Salvaje nos reunimos y nos preparamos para la gran batalla. Lo que no esperábamos era no ser los únicos.

La guerra se acerca. Lo siento en el aire, lo siento en la tierra, lo siento en mi sangre. Mas por primera vez en mucho tiempo no siento euforia ante la idea de tomar las armas. La guerra que se avecina es como ninguna que hayamos vivido antes. Nos ha estado persiguiendo, ha jugado con nosotros, nos ha dejado ganar una vez que otra, pero ahora viene a cobrarse su última carta.

Que Morrigan nos dé fuerzas.