Capítulo 10

Campanas de boda

2ª parte

-¡Panda de estúpidos! ¿¡Es que acaso no se os puede pedir nada?! ¡La que habéis liado!

-¡Lo sentimos muchísimo, majestad!

-¡Y encima esa princesucha desconfía más que nunca de mí, y su feo hijo ni me puede ver! ¡Todo está en mi contra! ¿¡Qué hacemos ahora con ese campo de fuerza?!

-¡El problema es, majestad, que el resto de efectivos se quedará fuera si lo alzan ya, y en caso contrario, sería muy complicado empezar a infiltrar la totalidad de la colmena a estas alturas!

-¿¡Crees que no lo sé?! ¡Os infiltré a vosotros porque sois mis consejeros más valiosos, y usted, capitán, me esperaba más profesionalidad de su parte!

-¡Realmente lo siento, majestad, le juro que no volverá a suceder!

La Cadance falsa le taladró con la mirada por unos breves momentos, con sus ojos resplandeciendo en un tono verde intenso; acto seguido trató de calmarse respirando pausadamente.

-Majestad, ahora que lo pienso… ¿y qué hay del novio? Es el que conjura el campo de fuerza ¿no? ¿Y si trata de debilitarlo debilitándole a él también?-sugirió entonces uno de los consejeros infiltrados.

La impostora dio un cabezazo, abriendo mucho los ojos.

-Pues claro… es perfecto, puedo ir consumiendo poco a poco sus fuerzas y así no podrá usar su hechizo. Luego, podrán destruirlo desde fuera con poco que hagan. Bravo, Smartbug, así me gusta…

El aludido esbozó una sonrisita autocomplaciente, obteniendo sendas miradas de reproche del resto de sus compañeros.

-Aunque aún hay un problema… concretamente dos ¿qué puedo hacer para quitarme del medio a la princesa y su llamado hijo?-inquirió entonces la impostora.

Ante esa pregunta, ninguno de los presentes supo qué decir, quedándose callados.

-Lo que me suponía… tendré que buscarme la vida. Podéis retiraros ya, y no hagáis nada estúpido.

Una vez que sus subalternos se fueron, la embustera se quedó rumiando posibilidades, pero no se la ocurría nada por lo que poder tirar; dejó escapar un suspiro exasperado e hizo mano de su magia, desapareciendo al segundo siguiente.

El ambiente en las cuevas era frio y húmedo, calando los huesos, y la oscuridad era densa y penetrante; hacía tiempo que Cadance había perdido el sentido de la orientación, no sabía dónde se encontraba exactamente, ni en qué día estaba ni la hora que era. Tampoco sabía cuantos días llevaba ahí metida. El hambre la acuciaba, y apenas comía, ya que su captora tan sólo había aparecido un par de veces para traerla algo de comer, pero tan solo eran pequeñeces que apenas la saciaban.

En ese momento vio un resplandor verdoso delante de ella y supo que había vuelto, pero al ver el molesto gesto de su cara supo que no había venido de visita de cortesía.

-Realmente tu querido primito es un auténtico dolor de muelas… necesito perderle de vista a él y a su madre ya, pero no se me ocurre nada-masculló la farsante.

-¿Y a mí qué? Eso es cosa tuya, no mía…

-¡No, ese el problema, que es cosa tuya, no conozco a Luna, no sé qué la puede alejar de mí! Pero tú seguro que sí sabes algo…

Frente a eso, la Cadance real tan solo la miró ceñuda.

-¿Y crees que te lo voy a decir así sin más?

-¡Oh, ya lo creo que sí, por la cuenta que te trae!-exclamó la falsa Cadance, furiosa.

-¿Y qué vas a hacer? ¿Torturarme un poco más de lo que ya me has torturado? ¿Matarme de hambre? ¿Dejar que me pudra aquí? ¿Tan desesperada estás por saberlo?

El ojo derecho de la impostora tembló levemente, para luego asestar una dura cachetada que tiró a la Cadance real al suelo.

-¡No te atrevas a hablarme de ese modo! ¡Tú no sabes nada de mí! ¡Y vas decirme lo que sabes ya!

La alicornio rosada se levantó del suelo, con las patas temblando, y mirando fijamente a su impostora, con mirada retadora.

-No… por una vez, me voy a dar el gusto yo ¿te parece?

-Tú, especie de…

-Oh, vamos ¿a dónde ha ido esa labia tuya? ¿Se te ha comido la lengua el gato?-inquirió Cadance, con sorna.

Para la impostora fue demasiado y se abalanzó sobre ella, comenzando a golpearle repetidamente tanto en la cara como en el resto del cuerpo; la alicornio rosada se dejó caer al suelo, medio apaleada, y sin apenas defenderse. La impostora fue a seguir golpeándola, pero entonces paró de golpe, serenándose de nuevo. Por un momento, las dos se miraron la una a la otra, diciéndose todo en nada. Necesitaba a Cadance para que la dijera lo que necesitaba saber, pero ésta se la había puesto chula repentinamente; estaba claro que lo hacía por una razón, y no por simple cabezonería u orgullo. Y si la seguía haciendo daño o la dejaba seriamente herida, las posibilidades de obtener la información que ella necesitaba se reducían sistemáticamente.

-Je, yegua lista…-masculló la farsante, por lo bajo.

Entonces, un aura verdosa la cogió del cuello y la falsa Cadance se lo apretó con su casco, acercándose a ella.

-No pienso jugar a tu juego, así que vamos a jugar al mío ¿te parece? Me dirás lo que quiero saber, o me pensaré mejor el destino de tu querido primo…

Frente a eso, Cadance dejó escapar una mueca asustada que trató de disimular, pero que no la salió muy bien.

-No… no serás capaz… tu misma dijiste que no le harías nada…

-Oh, sí, pero tiendo a cambiar de parecer muy a menudo… tú elijes, tu querido primito, o tú misma.

Las dos se miraron fijamente, Cadance negó con la cabeza, mascullando.

-No… es un farol, no lo harás…

-Oh ¿eso crees? ¿Quieres comprobarlo, de verdad? dímelo…-susurró la impostora, apretándola el cuello con considerable fuerza.

Cadance comenzó a notar la falta de aire, costándola respirar cada vez más; la sonrisa diabólica que su captora la estaba poniendo la heló la sangre, probando que realmente estaba dispuesta a llegar tan lejos. Y no podía arriesgarse a que Frank pagara por su imprudencia.

-Está bien, te lo diré, pero no le hagas daño…-musitó ella, en un hilo de voz.

La impostora esbozó una triunfante sonrisa y la soltó, dejándola caer al suelo, donde estuvo tosiendo con fuerza.

-Así me gusta, que cooperes… ahora, dime lo que quiero saber-demandó ella, perdiendo la paciencia.

En cuanto Cadance recuperó el resuello, se apresuró a hablar.

-Últimamente, la tía Luna se andaba quejando de que estaba teniendo mucho trabajo desde que la Cámara Alta volvió a sus funciones originales y que apenas podía pasar tiempo con Frank; necesita un descanso y pasar más tiempo con su hijo…

Ante eso, la impostora la miró de hito en hito, pensando en algo efectivo.

-Está bien, en ese caso que descansen… muy lejos de aquí.

Tras eso, se dio la vuelta y se desapareció rápidamente, dejando sola a Cadance de nuevo en la oscuridad; la alicornio rosada apoyó la cabeza en la pared y lloró por lo bajo, sintiéndose más sola que nunca.


Esa misma noche, Luna terminó de acostar a Frank en su cuna, llegándole a cantar una vieja nana ecuestriana para que conciliara el sueño; cantarle siempre era efectivo, por lo que en menos de cinco minutos cayó en redondo. Su respiración acompasada siempre era indicativo de que dormía bien y nada le molestaba en sus sueños. Luna sonrió y le dio un suave beso en la frente. Hasta ahora, ése era uno de los pocos momentos en los que podía estar con su hijo, aun a pesar de que éste estuviera durmiendo. Desde que empezó a comportarse de forma extraña frente a Cadance, intentó compaginar el cuidarle con trabajar, pero le era casi imposible, puesto que la mayoría de las veces tendía a atenderle a él antes que a su trabajo. Había estado pensando seriamente en contratar a alguien que se pudiera ocupar de él, ahora que Cadance no podía cuidarle sin que se echara a llorar con todas sus fuerzas.

Más de una vez había intentado explicar por qué Frank lloraba cada vez que Cadance estaba cerca, pero hasta ahora, no había sacado una respuesta satisfactoria. Incluso parecía notar que Cadance no era la misma de siempre. Desde que empezó a darse esta situación, las dos habían estado distanciándose cada vez más y ni siquiera se hablaban como antes. Luna estaba convencida de que pasaba algo raro con su sobrina, pero no acertaba a comprender lo que era.

Antes de irse a la cama ella también, decidió hacer una rápida visita a su hermana, la cual se encontraba tumbada en la cama leyendo un libro.

-Hola Luna ¿querías algo?-inquirió Celestia, sin dejar de leer.

-¿Podemos hablar un momento, hermana?

-Claro, tú me dirás-indicó ella, señalándola la cama para que se acercara.

Luna se puso a su lado y comenzó a hablar.

-Verás, se trata de Cadance… hasta ahora, Frank ha reaccionado de esa forma tan extraña frente a ella, y debido a esto, no ha podido cuidar de él. Pero no se trata de eso en concreto, sino del hecho en sí. ¿No notas a Cadance un poco… cambiada?

-¿Cambiada?-repitió Celestia, extrañada.

-Sí, es como si… fuera otra poni distinta…

Ambas hermanas se miraron por un momento, Celestia se quitó las gafas y cerró el libro.

-Sabes que dentro de pocos días va a ser la boda, es normal que esté nerviosa…

-¿Y después de que nos dijera que todo estaba bien? ¿No te parece eso un poco raro?

-Hombre, es verdad que ha tenido un cambio un poco brusco… con todo lo que ha pasado hasta ahora, y ese cambio de color de su magia…

-Y esa es otra, se supone que eres una experta en magia aplicada ¿no te parece mínimamente raro?

-Bueno, sí, pero… ¿a dónde quieres llegar con todo esto, Luna?-inquirió Celestia, intrigada.

-Piénsalo Tia, el comportamiento de Frank para con ella, el cambio de color de su magia, sus repentinos nervios frente a su normalmente calmada personalidad… está claro que algo raro le pasa a Cadance, y apenas la estamos prestando atención-explicó Luna, seriamente.

-¿Qué insinúas? ¿Qué acaso la han cambiado? No seas ridícula, Luna…

-¿Y si es así?-inquirió entonces ella.

Por un momento se hizo el silencio en la habitación, oyéndose tan solo la respiración de ambas alicornios, las cuales se mantuvieron la vista fijamente.

-Eso que dices no tiene sentido, Luna… si realmente la hubieran cambiado, lo hubiéramos notado enseguida…

-¡Pero lo estamos notando, al menos yo! ¡Tenemos todas las cartas sobre la mesa, Tia, solo hace falta juntarlas! ¡Sería una estupidez pasar por alto todo lo que sabemos hasta ahora!

-¿Y qué las conecta, según tú?

-Los encapuchados que Midnight descubrió-murmuró la princesa de la noche, con voz queda.

Frente a eso, Celestia dibujó una mueca incrédula.

-¿Y eso qué tiene que ver? no veo ningún tipo de conexión…

-No directamente, pero si tomamos en cuenta los detalles en sí…

-…obtenemos conjeturas. Luna ¿en serio piensas jugar con eso? La seguridad está garantizada, no tenemos nada que temer…

-¡Pero no estamos cien por cien seguros de eso!

-¡Y por esa misma regla de tres, tampoco podemos estar seguros de tu teoría de la conspiración!-exclamó Celestia.

Frente a eso, Luna se quedó callada, sin poder dejar escapar un suspiro exasperado.

-No vas a dejar que me explique ¿verdad?

-Yo no he dicho eso…

-¿Entonces? ¿A qué vienen todas esas reticencias?

-Luna, según tú Cadance no es la misma y, frente a eso, tus pruebas son dos ladrones encapuchados que ni siquiera están relacionados. Como comprenderás, no es que no quiera creerte porque no me apetezca. Cadance va a casarse dentro de nada, estamos sin banquete, sin vestido y sin apenas organización, es normal que esté nerviosa. Y es normal que estos mismos nervios pongan igual de nervioso a Frank, eso es todo, estás haciendo una montaña de un grano de arena.

Luna quiso rebatirla y tratar de convencerla, pero enseguida supo que no iría a ninguna parte.

-Está bien, tú ganas, pero si luego pasa algo malo, no me digas que no te avisé.

-Ay, qué exagerada eres, Luna…

La aludida pasó de contestarla y se fue de allí, sin ni siquiera despedirse; atravesó el resto del pasillo a largas zancadas y se metió en su habitación, cerrando por dentro. Afuera, en el pasillo, la figura de la Cadance falsa se recortaba en las sombras, llegando a alumbrar la luz de la luna un preocupadísimo gesto en su cara.

-Me tengo que librar ya de ti…-masculló por lo bajo, antes de desaparecer de allí.


Al día siguiente, Luna se mostró algo más distante con su hermana, y aumentó un poco más la distancia entre ella y Cadance, lanzándola miradas llenas de duda y desconfianza; como tenía mucho trabajo y apenas podía ocuparse de su hijo, tuvo que buscarse a una de las criadas del servicio y la pidió que cuidara a su hijo por ella, prometiéndola un aumento de sueldo si lo hacía. La criada aceptó con agrado y ella pudo ocuparse de sus asuntos un poco más tranquila, pero no demasiado.

Por su lado, Celestia ultimaba preparativos y mandaría las invitaciones a Twilight y sus amigas esa tarde, para que llegaran mañana a primera hora de la mañana; el tiempo había pasado rapidísimo, y ahora se les echaba encima, por lo que tenía que estar todo dispuesto. Shining levantó su campo de fuerza alrededor de la ciudad, demostrando que era capaz de mantenerlo sin apenas problemas, salvo por las migrañas pertinentes debido al tremendo esfuerzo que tenía que hacer. Pero Cadance se ofreció a curarle con su magia, por lo que ese pequeño inconveniente fue solucionado enseguida.

En uno de sus breves descansos, Luna bajó a las cocinas para beber agua y luego regresó para retomar el trabajo; a medio camino de vuelta entre el pasillo y la puerta de su despacho, Cadance apareció desde las escaleras y se dirigió hacia ella.

-Hola tía… ¿puedo hablar contigo un momento?

Luna la miró de hito en hito, no muy segura de contestarla, pero finalmente habló.

-Claro, pasa.

Ambas alicornios entraron en su despacho y Luna regresó tras su mesa, la cual se encontraba llena de pergaminos.

-Tú me dirás-comentó la princesa de la noche, cogiendo una pluma.

-Verás, ya sé que desde que empezaron todos los preparativos y, tras lo que pasó, no hemos vuelto a hablarnos mucho. Yo he estado muy ocupada, tú también, y el que no me haya podido ocupar de Frank también ha repercutido un poco. Lo que quiero decir, es que… lo siento.

Ante esa espontánea disculpa, Luna dejó escribir y miró a su sobrina un tanto extrañada.

-¿Que lo sientes? ¿Por qué?

-Pues por todo en general… te he descuidado tanto a ti como al pobre Frank, que no sé por qué me rechaza así, si siempre ha sido un amor conmigo. Apenas te he tomado en serio desde que empezó todo lo de la boda, no he sido para nada una sobrina ejemplar… lo siento tanto, tía…-masculló la Cadance falsa, derramando lágrimas de cocodrilo.

Frente a eso, Luna dejó la pluma en el tintero y se acercó a su sobrina para consolarla.

-Oh, no, vamos, no digas eso, para nada eres una mala sobrina…

-No pretendas suavizarlo diciendo lo buena que soy, he visto cómo me mirabas… si no hubiera sido tan fría contigo, estaríamos igual de bien como siempre estuvimos…

La alicornio oscura se encontraba ciertamente apenada, sobre todo por haberla estado acusando directamente ante su hermana; quizás se había precipitado…

-Eh, Cadance, escucha, si alguien tiene que disculparse aquí, soy yo. El trabajo me ha estado absorbiendo bastante, apenas he podido pasar tiempo con Frank, y la tomé contigo al no poder haberte ocupado de él. Lo cierto es que he sido yo la que te ha estado haciendo el vacío durante toda esta semana. Lo siento, sobrina, no era mi intención ignorarte…

La impostora aprovechó la coyuntura y siguió llorando de forma muy apenada, añadiendo.

-Y no sólo eso, me ha resultado muy duro el no poder estar con Frank… si no hubiera estado llorando constantemente le hubiera cuidado, tía, eso te lo aseguro…

-Pero eso no es culpa tuya… Frank no lo hace a propósito, quizás solo sea una fase, o los nervios… está creciendo, después de todo-murmuró Luna.

-¿Y si es culpa mía? ¿Y si ahora no le gusto por no haberle cuidado lo suficiente?

-No, nada de eso… lo importante es que estemos juntas, y nos apoyemos entre nosotras. Tranquila, no llores más…-murmuró Luna, abrazándola para que se calmara.

La Cadance falsa sonrió entre medias, mientras seguía haciendo teatro.

-Lo siento tanto, tía, perdóname…

-No es culpa tuya, Cadance, es mía, lo siento, de verdad.

Una vez que estuvo más calmada y esa fase pasó, la impostora siguió adelante con su plan.

-Aunque si es cierto que el trabajo ha hecho mucha mella en nosotros, sobre todo en ti. Me apena que no puedas pasar más tiempo con Frank…

-Ya, pero desde que la Cámara Alta vuelve a funcionar con normalidad, el papeleo es más constante, en ese sentido se nota que vuelve a ser eficaz, pero claro, es más trabajo para mí y mi hermana-asintió Luna, con tono resignado.

-Es por eso que he estado pensando que podrías tomarte al menos un día libre con Frank. El descanso te podría venir bien a ti, y él podría estar más tiempo contigo…-comentó la impostora.

-Ya me gustaría a mí también, Cadance, pero no es tan sencillo. Salvo los días especiales y de eventos como es el de la boda, el trabajo sigue siendo el mismo…

-Por eso lo digo. Aprovecha que ese día no te ata para irte con Frank por ahí y pasar el día juntos, los dos solos, sin que nadie os moleste.

-¿Y perderme un día tan importante como el de tu boda? No puedo hacer eso, quiero y debo asistir…-se negó Luna, algo cortada.

-Ya tía, pero míralo así, el único día en el que podrías descansar un poco al lado de tu hijo ¿y te ata igualmente? Comprendo que quieras estar ahí, y te lo agradezco, pero no quiero verte cansada y lejos de Frank solo porque las circunstancias te lo impiden-argumentó la Cadance falsa, poniendo su mejor cara de comprensión y bondad fingida.

-Pero… es tu boda, Cadance, y soy tu tía, se espera que yo también esté ahí, la gente creerá que me estoy saltando el protocolo o algo así…

-¿Y eso qué más da? ¿La gente también opina sobre cómo has de criar a tu hijo o algo así? No es justo para ti, tía, te mereces un momento para ti y estar con tu hijo, como la que más. Y si es para que tú y él seáis felices, aunque sólo sea por un día, a mí no me importará que no estés ahí, porque sabré, y con creces, que habrá merecido la pena.

Ante semejante argumento, Luna se quedó sin palabras, comprendiendo entonces lo ciega que había estado; conocía bien a su sobrina, sabía que no había un alma más buena, bondadosa y compasiva que ella, y era en ese momento cuando más veía que se trataba de la Cadance que ella bien conocía.

-Cadance, yo… no sé qué decir…-susurró ella, emocionada.

-No hace falta que digas nada, de verdad.

Luna la abrazó con fuerza, tratando de expresarla toda su gratitud.

-Gracias, sobrina…

-De nada, tía Luna.

Una vez que estuvo decidido, Luna la comentó que irían a una explanada muy bonita que ella conocía muy bien, situada al noroeste de allí, y cerca de un río que bordea la cordillera del Unicornio. Estuvieron hablando un poco más, hasta que al final la Cadance falsa se despidió de ella, saliendo de su despacho. Una vez sola, esbozó una gran sonrisa triunfal, mientras pensaba eufórica.

-Ahora sí que nada interferirá en mis planes.


El día siguiente fue el día previo a la boda, y a primerísima hora de la mañana, Twilight y sus amigas se presentaron en la ciudad para ayudar a organizar el resto de la boda; tanto Luna como Celestia también estuvieron muy activas, no trabajando, sino asegurando el perímetro en torno a Canterlot para cerciorar que nada ni nadie podría atentar contra la boda. La princesa del día estuvo apostada durante casi todo el día en la torre más alta del palacio, observando las inmediaciones con el telescopio más potente que tenía, mientras que Luna salió de Canterlot, comprobando ella misma las cercanías y escaneando posibles lugares que podrían albergar un posible ataque o algo similar, sin ver ni detectar nada. En cuanto el sol se comenzó a poner, regresó al palacio y reveló a su hermana vigilando por el telescopio, para que ella pudiera descansar un poco antes del día de la boda.

La llamaba la atención que un par de simples ladrones llegaran a mantenerlas del todo alertas, sobre todo por las condiciones en sí; en su momento, llegó a creer que podría haber algún tipo de conexión entre estos misteriosos ponis y el antes extraño comportamiento de Cadance, pero ahora que la había demostrado que era la misma de siempre, pudo quedarse un poco más tranquila. En cuanto al día de mañana, ya había estado haciendo planes. No le había dicho a nadie más sobre sus intenciones, ni siquiera a su hermana, por lo que lo mantuvo en estricto secreto. Mañana por la mañana, a primerísima hora, y pocos minutos antes de que saliera el sol incluso, prepararía rápidamente las cosas para llevarse, recogería a Frank y se irían para el sitio tranquilamente, bajando la luna en el proceso. Fácil, rápido y sencillo. Aunque su tren de pensamientos se vio interrumpido en cuanto vio que alguien se acercaba al palacio corriendo a toda prisa, reaccionando de seguido.

-¿¡Quién va!?

Vio entonces que se trataba de Twilight y se quedó más tranquila, pero aun así la aconsejó.

-¡Quédate en el palacio, Twilight Sparkle!

Observó a la unicornio entrar en el mismo, y una vez sola, suspiró.

-Bueno, esto está genuinamente tranquilo. No creo que, en caso de ataque, vayan a hacerlo a estas horas, así que…

Se quedó un rato más, para asegurarse del todo, y finalmente se retiró a su habitación; la criada que había elegido para que cuidara de Frank cumplía su trabajo a la perfección, por lo que al llegar, se encontró con ésta acostándolo.

-Ah, alteza, ya está aquí…

-Sí… ¿se ha dormido ya?-inquirió Luna.

-Aún no.

-Gracias, ya me encargo yo, puede retirarse.

La poni se fue de allí, inclinándose levemente ante ella, y, una vez sola, meció a su hijo suavemente mientras le cantaba una vieja nana ecuestriana. En menos de cinco minutos, Frank cayó rendido bajo la suave voz de su madre y se durmió enseguida. Ella tan solo sonrió y susurró.

-Buenas noches, cariño.

Le dio un beso en la frente y se metió directamente en la cama; mañana sería un día especial, por lo que tendría que madrugar bastante.


Los ojos de Luna se abrieron de golpe, recordando la hora que era; aún quedaban tres cuartos de hora para que amaneciera, pero tenía que levantarse ya para poder prepararlo todo antes de irse. Sin hacer ruido, se levantó cuidadosamente y se asomó a la cuna de Frank para ver cómo estaba; aún dormitaba como un angelito, por lo que optó por dejarlo dormir un poco más mientras ella se encargaba de todo.

Bajó a la cocina y estuvo cogiendo comida para ella, además de varios biberones llenos para Frank y algo de fruta para empezar a darle. Una vez que terminó con los suministros, recogió varios libros, tanto para ella como para leer a Frank, además de una baraja de cartas para jugar al solitario. También cogió varios pañales y materiales de limpieza para Frank, así como algo de ropa para él por si tuviera que cambiarle.

Una vez que lo tuvo todo, lo metió bien en sus alforjas y subió a su habitación para recoger a Frank e irse; aún dormía, por lo que lo asió con su magia suavemente y lo puso en su pecho, en un portabebés que llegaron a obsequiarla hace poco por un poni de la ciudad que se dedicaba a eso, demostrando que, poco a poco, los ponis comenzaban a aceptar a su hijo.

Salió a su terraza y contempló la incipiente mañana, cerrando la noche poco a poco; apenas quedaba pocos minutos para que saliera el sol, pero ella prefirió salir ya, por lo que abrió las alas y echó a volar, acercándose a la barrera. En cuanto estuvo a pocos palmos de ella, la abrió con su magia y la cerró tras su paso, volando un poco más deprisa. En su cabeza, iba contando los segundos faltantes, mientras que su cuerno se iba encendiendo. Entre medias, Frank se despertó y miró a su madre, con gesto inquisitivo.

-Buenos días, cariño… ahora.

Fue entonces cuando la luna comenzó a bajar, mientras que el sol iba subiendo, de manera sincronizada; una vez que la luna se ocultó de la vista, el cuerno de Luna se apagó y Frank dejó escapar un fuerte gemidito, que sonó casi como una gran exclamación.

-¿Te ha gustado, cariño?-inquirió Luna.

A eso, Frank emitió un corto quejido que sonó como un sí; Luna sonrió y aleteó sus alas, mientras que su hijo contemplaba lo que le rodeaba con sumo interés. No parecía molesto por la sorpresiva situación en la que se encontró nada más despertar, sino todo lo contrario, parecía estar disfrutando del vuelo y todo.

El viaje hacia la explanada no la llevó mucho tiempo, podría paliar algunos metros teletransportándose, pero no sabía cuáles serían los efectos del hechizo en su hijo, por lo que prefirió seguir volando por ella misma. Aun así se dio prisa para no tardar demasiado, puesto que Frank todavía no había desayunado y quería darle cuanto antes el biberón para que no pasara hambre.

En cuanto alcanzó a ver una extensa explanada verde al lado de un frondoso nogal y un río serpeando por esta, supo que había llegado y aterrizó al lado del nogal.

-Hemos llegado, cariño.

Una vez allí, se instaló rápidamente extendiendo una manta de acampada junto al nogal y empezando a sacar cosas para desayunar ella y Frank, el cual dejó sentado en el suelo. Se tumbó entonces a su lado, le cogió con su magia y le dio el biberón, mientras que ella picaba algo de bollería entre medias; se sirvió un buen tazón de leche con heno, miel y pétalos de margaritas y se lo tomó pausadamente, mientras observaba el hermoso paisaje que les rodeaba.

La cordillera del Unicornio se extendía en todo su esplendor hacia el oeste, con sus dos mil metros de altitud, aunque era considerablemente mucho más bajita que la montaña que albergaba Canterlot, la cual era la más alta del reino, con sus tres mil quinientos metros de altitud. Al fondo del todo, bordeando las faldas de la cordillera, discurrían las vías del tren, y un poco antes, el río, el cual nacía más al oeste de la misma cordillera. La hierba que les rodeaba verdeaba en todo su esplendor con el sol de la mañana, y una bandada de pájaros tomaba dirección sur desde donde estaban.

Cuando terminaron de desayunar, Luna recogió las cosas, lavó su cuenco en el río y luego estuvo dando un paseo por el sitio en compañía de su hijo; cerca de allí se encontraron con un gran campo de margaritas por el que se desviaron un momento, recogiendo un buen montón. Tenían muy buena pinta, por lo que Luna probó un par, resultando ser muy sabrosas y jugositas; Frank trató de imitarla, pero ella le paró a tiempo.

-No, tú no cariño, no puedes comerlas…

Frank la miró de forma inquisitiva, a lo que ella le explicó.

-A ti te sientan mal.

Ante eso, el pequeño tiró las que tenía, abrazándola el cuello. Luna se rio, divertida, mientras continuaban con el paseo. Un poco más adelante, pasado al campo de margaritas, vieron una familia de venados pastando tranquilamente; con cuidado, se estuvieron acercando para verlos más de cerca, incluso llegaron a estar justo al lado sin que los animales se asustaran. El más pequeño hasta alzó la vista, mirándoles atentamente. Pero en cuanto hicieron un poco de ruido, se pusieron en alerta y echaron a correr; Frank lanzó un gritito, como llamándoles, pero no les volvieron a ver.

Justo al lado vieron una parte del río, el cual formaba una cerrada curva; en cuanto se acercaron a la orilla, las ranas se asustaron y botaron hacia el agua, llegándoles a ver nadar por el fondo, ya que el agua era limpia y cristalina. También vieron renacuajos, pececillos y hasta alguna que otra tortuga de agua dulce.

Siguiendo el río, encontraron un pequeño puente de piedra que lo cruzaba y pasaron al otro lado, llegando a adentrarse en una pequeña pero frondosa arboleda; en ésta llegaron a ver pájaros cantores, mirlos, urracas, gorriones e incluso algún que otro búho despistado que aún no se había retirado a dormir. Y no fueron los únicos, también vieron otros animales como gatos monteses, zorros, mofetas o topos. Había una gran variedad, y Frank no se perdía ni un solo detalle, mirando con detenimiento todo lo que le rodeaba.

Al otro lado de la arboleda vieron un pequeño huerto junto a otra parte del río y una casetita, no había nadie, pero pudieron ver que en este se cultivaban lechugas, tomates, uvas, pimientos e incluso limones.

Pasado el huerto, el nivel del suelo comenzaba a variar con una serie de colinas y con algún que otro árbol salpicado; vieron también a lo lejos una iglesia solitaria, llegando a oír un par de campanadas que resonaron por todo el valle.

-¿¡Las dos ya?! Vaya, el tiempo se me ha pasado en un suspiro… ¿volvemos para comer?-inquirió Luna.

Frank soltó un gemidito y los dos regresaron al nogal, donde las cosas seguían donde las dejaron; para ella, Luna optó por coger una empanada de verdura, tomate y lilas, junto con un vaso de agua fresca cogida del río. Para Frank, optó ésta vez por una papilla de verduras y patata ya hecha que calentó con su magia. No sabía si le iba a gustar, pero por suerte Frank la aceptó y se la comió con gusto.

En cuanto terminaron de comer, Luna se ocupó de los gases y, tras eso, Frank dejó escapar un lánguido bostezo.

-Huy, qué sueño… ¿echamos una siesta?-sugirió Luna.

Para ayudarle a conciliar el sueño, Luna sacó un cuento infantil para niños y se lo estuvo leyendo, mientras le iba enseñando las ilustraciones; al principio Frank prestaba atención a los dibujos a todo color que tenía, pero al poco rato, comenzó a cabecear. Para cuando terminó, el pequeñín ya estaba dormido. Lo acomodó entre sus patas y miró a su alrededor, inspirando profundamente.

-Ah, sí, esto era lo que necesitaba… gracias, Cadance.

Aunque la dolía no poder estar allí, disfrutando del evento, de alguna manera supo que el día sería tan tranquilo como cualquier otro, Cadance tendría una boda maravillosa y podría disfrutar de su recién vida de casada, en compañía de su marido.

Como no tenía sueño, aprovechó el tiempo y estuvo leyendo un rato, relajándose y dejándose llevar; la tranquilidad y el sosiego la acompañaron, mientras el tiempo iba pasando lenta y pausadamente, en una cálida tarde.

Era en un momento como ese cuando más se daba cuenta de que su vida había llegado a un punto de inflexión en el que no podía llegar a ser más feliz; tenía a su hijo a su lado, una divina bendición que había sido un soplo de aire fresco y la había ayudado a mejorar como poni. Ahora echaba la vista hacia atrás y podía notar la gran diferencia.

-Realmente te debo tanto… si no hubiera sido por ti, seguiría siendo una poni vacía y solitaria. Tú me has hecho mejorar, me has permitido ser madre, y ahora… lo eres todo para mí. Gracias por aparecer en mi vida, cariño.

Luna lo meció entre sus patas y le acarició cariñosamente con su hocico, transmitiéndole todo su amor.

Una hora después, Frank despertó y su madre estuvo jugando con él a todo tipo de juegos infantiles; con su magia, hizo formas tangibles, emulando animales, cosas y otros objetos, con los que Frank estuvo jugando. Tuvieron unas conversaciones de lo más serias, cada vez que él llegaba a balbucear, Luna le respondía con lo mismo, y así sucesivamente, llegando a partirse de la risa los dos juntos. Llegaron a ver el tren corriendo desde la lejanía, Frank se le quedó mirando atentamente, sin perderle de vista, imitando incluso el sonido de su silbato al pasar. Entre medias, le dio de merendar una pera, la cual partió en cachitos pequeñitos y se la fue dando, comiéndosela con sumo gusto. También le leyó más cuentos, para que se hiciera al oído y se fuera soltando para cuando empezara a decir sus primeras palabras, aunque por ahora tan solo balbuceaba, gemía y poco más. Según su pediatra, varía mucho la edad en la que un niño puede empezar a hablar, aunque normalmente al final del primer año comenzaban a articular algunas palabras; para facilitarle el proceso, venía bien hablarle, leerle cuentos o enseñarle algunas letras para que las fuera asimilando poco a poco.

Y de esta forma, la tarde se les pasó volando y sin que siquiera se dieran cuenta; en cuanto el sol comenzó a ponerse, Luna empezó a recoger, para llegar a tiempo a casa y poder felicitar a Cadance y Shining por su enlace. Aunque costó un poco convencer a Frank, ya que le había gustado el lugar y se puso reticente a marcharse así sin más, pero Luna se las ingenió para convencerle y se dejó meter en el portabebés sin quejarse mucho. Una vez que estuvo lista, Luna abrió las alas y alzó el vuelo, mientras volaba de vuelta a Canterlot.

El viaje de regreso fue algo más largo que el de ida, quizás por el cansancio, o por las hermosas vistas que ofrecía Ecuestria a vista de pájaro y a la luz del atardecer; como en la ida, Frank estuvo callado y muy formal, disfrutando del vuelo y mirando atentamente su alrededor. Durante el viaje, el sol llegó a ponerse, por lo que a Luna le tocó alzar la luna acto seguido, en pleno vuelo; el satélite comenzó a salir desde el horizonte, iluminando la incipiente noche. Frank admiró el proceso, con los ojos muy abiertos y llegando a aplaudir en cuanto finalizó, agradando a Luna.

-¿Te gusta mi noche, cariño?

El aludido soltó un agudo gritito, que sonó como un sí.

-No sabes bien lo feliz que me hace saber eso…-murmuró ella, dándole un beso en la cabeza.

Finalmente, tras un vuelo tranquilo y sosegado, llegaron a Canterlot a eso de las diez y media; Luna vio que la barrera ya se había retirado, por lo que supuso que todo el evento ya había terminado. Aterrizó en su terraza y entró en su habitación, dejando las cosas en el suelo y cogiendo a Frank con su magia.

-Voy a darte un bibe rápido antes de acostarte-se dijo Luna en voz alta, preparándoselo.

Frank lo aceptó con gusto, incluso tomando la palabra a su madre, bebiéndoselo rápidamente; tras eso, y expulsar rápidamente los gases, la modorra se apoderó de él, y enseguida cayó dormido con poco que su madre le cantara. Luna le depositó en la cuna y lo arropó, dándole un beso en la frente.

-Buenas noches, cariño.

Una vez acostado, Luna regresó a la terraza, donde pudo ver desde donde estaba luz en el jardín delantero, además de un gran grupo de ponis congregados. Supuso que se trataba de algo relacionado con la boda y echó a volar hacia allí, al acercarse vio a su hermana junto con Twilight y sus amigas, aterrizó justo al lado y saludó.

-Hola a todos ¿me he perdido algo?


-Pero… ¿será posible? ¿Cómo he podido ser tan estúpida?-masculló Luna, todavía sin poder creérselo.

-Oh, Luna, ya hemos hablado de eso, no es culpa tuya…

-Y es que encima he tenido razón casi desde el principio…

Aun a pesar de que la propia Cadance, la real, no había dado importancia al que no hubiera estado ahí, eso la hacía sentirse doblemente culpable; se dejó engañar por la reina de los changelings, dejó desatendido el reino en tiempos de crisis extrema y, aun así, nadie la echaba en cara que no hubiera estado ahí. Cuando la explicaron todo lo que había pasado, apenas podía creérselo. Parecía una broma de muy mal gusto. Pero no, era todo cierto, la habían engañado como una tonta y había dejado que Ecuestria sufriera las consecuencias.

-Mira, ahí tienes razón, y debo pedirte perdón por no escucharte. Pero todo ha pasado ya, no tienes por qué echarte la culpa así, la única culpable aquí fue esa reina, quien nos engañó a todos.

-¡Pero se supone que soy princesa, Celestia, se supone que debo velar por mi reino, no abandonarlo así sin más! Soy un desastre total…

A eso, Celestia encaró a su hermana y la obligó a mirarla.

-No. Tú no eres ningún desastre, Luna. Eres una buena princesa y una madre maravillosa. Cadance me contó que la reina la obligó a revelarla algo que la ayudara a quitarte del medio, por eso te alejó. Comprendo que estés dolida por ello, pero no lo veas como un error irreparable, sino como un error que te ayude a mejorar como princesa.

La princesa de la noche, aun así, sabía que ese error le pesaría siempre por mucho que intentara hacerlo bien, y nada iba a cambiar eso. Aun así, agradeció las palabras de su hermana, abrazándola con fuerza.

-Gracias, Tia.

En cuanto los ánimos estuvieron un poco más calmados, Celestia habló.

-Y cuéntame ¿qué tal el día libre?

A eso, Luna sonrió y se apresuró a contar a su hermana todos los detalles, ayudándola a sentirse un poco mejor. En lo alto del cielo, una luna cuarto menguante decoraba el firmamento.


Bueno, y así cierra la visión de la boda por mi parte y desde el punto de vista de Luna; desde un primer momento quise hacer algo diferente y narrar los hechos que no conocíamos, justificándolos de esta forma de acuerdo a mi condicionante (en este caso, Frank). Si alguien se esperaba algo más enfocado en la boda, lo siento, pero en ningún momento tuve la intención de fijarme en esta, puesto que conocemos, y de sobra, lo que pasó. A partir de aquí daré un salto temporal largo para meterme de lleno en la tercera temporada y su premiere, con la que, otra vez, me enfocaré de forma distinta. Seguid leyendo para saber más. Y esto es todo, comentad, dejad reviews y todo eso. ¡Nos leemos!