Capítulo 23
El hijo pródigo
Cadance se despertó en cuanto los primeros rayos del sol incidieron sobre la acristalada superficie de su palacio; era en esos momentos cuando más sentía haberse despertado, y no porque fuera una dormilona y la gustara estar en la cama más tiempo de lo debido.
-Venga, cariño, hay que levantarse…
-No… otra vez no…
-Lo sé, pero no nos queda otra…
Desde que vivían en el imperio, todo había sido un no parar; a veces echaba de menos su vida como princesa heredera, sin apenas deberes reales y con más tiempo para ella. Pero el saber que tenía un imperio sobre sus hombros que llevar, conseguía despertarla del todo.
Antes de dirigirse al comedor se pasó por el baño para acicalarse un poco y terminar de despejarse; se puso su corona, collarín y demás engalanes reales y siguió a su marido por los pasillos hasta llegar al comedor, donde el desayuno ya les esperaba puesto en la mesa. Los ponis de cristal destacaban por ser bastante trabajadores, teniéndolo todo preparado enseguida; desde que ella los gobernaba, todos los días la probaban un amor y lealtad bastante grandes, cosa que la reconfortaba mucho y la animaba a seguir.
-Buenos días, altezas… ¿Qué tal han dormido?-inquirió una poni de cristal vestida cual secretaria.
-Bien, gracias Schedule Order…
Schedule Order era la poni que llevaba la agenda tanto de Shining como de Cadance, teniéndolo todo bastante bien organizado para aprovechar el día y rendir al cien por cien; si no fuera por ella, Shining y Cadance acabarían muertos de los nervios casi todos los días.
-El príncipe Shining Armor tiene esta mañana entrenamiento con la división unicornio de la guardia cristalina; luego a mediodía hay cambio de guardia, y por la tarde coincide con su esposa en una reunión con el consejo administrativo para tratar el tema del mercadillo los miércoles por la mañana, hay ciertas irregularidades que hay que tratar.
-Muy bien…-murmuró el aludido, mientras se untaba una tostada.
-En cuanto a usted, alteza, para esta mañana tiene que retomar el tema de actualización de las leyes; a mediodía se tiene que ver con la asociación de comerciantes para finiquitar el asunto de los horarios comerciales, y por la tarde coincide con su marido en la reunión que antes cité.
-De acuerdo… gracias Schedule, puedes retirarte-la indicó Cadance.
La poni de cristal se fue de allí y, una vez solos, ambos príncipes se dieron el lujo de soltar un cansado suspiro.
-Es un no parar… me tiene loca…-masculló ella, mordiéndose el labio inferior.
-Dímelo a mí… y no sólo por tener que entrenar a un ejército que lleva siglos desfasado, sino porque tengo que coordinar temas de Canterlot desde aquí. Me estoy planteando seriamente ceder mi puesto de capitán de la guardia real a Skipper…-comentó Shining, sin ningún atisbo de duda en su voz.
-Pues si puedes hazlo, cariño, a ver si así pasamos más tiempo juntos…
-Supongo que sí que podré, aunque… ah, no sé, ya veré lo que hago.
Cadance sabía y con creces que manejar un reino no era tarea sencilla, muchas otras veces había llegado a ver su tía tan estresada como ella o más cuando sólo era princesa heredera; pero ahora que era princesa regente y la tocaba a ella manejar los hilos, comprendía mucho mejor a su tía.
-Bueno, al menos tú tuviste ese día de descanso con Twilight… ¿Qué tal os fue, por cierto?
-Caótico en sí mismo, apareció Discord y nos estuvo dando el coñazo… aunque al final del día, tampoco estuvo tan mal…
-¿Ese esperpento? No entiendo cómo os fiais de él así sin más…
-Bueno, es como un potrillo encerrado en el cuerpo de un adulto, pero no es peligroso per se…
-Por ahora, dale tiempo… no entiendo por qué la princesa quiso reformarle…
Una vez que terminaron de desayunar, cada uno se fue a hacer sus tareas diarias.
Aun a pesar de que ya llevaba trabajando en el asunto desde hacía tiempo, aún no había conseguido actualizar todas las leyes del imperio, sobre todo por tiempo; la burocracia y la forma de llevar todo el papeleo también estaba desfasada, y eso hacía que el proceso de reconversión fuera lento y bastante tedioso. Hasta ahora, Cadance había hecho todo lo posible por acelerar el proceso incluyendo métodos más actuales para la tramitación y gestión de los recursos, pero aun así estos se encontraban muy limitados debido a la antigüedad de las leyes vigentes. Más de una vez había llegado a pensar en partir de cero y crear un nuevo sistema más actual e integrado, pero todos sus consejeros se lo habían desaconsejado casi al unísono. Si por algo destaca el imperio, es porque posee un sistema gubernamental que ha conseguido sobrevivir al paso del tiempo gracias a la maldición del rey Sombra, partir de cero supondría eliminar un sistema de más de mil años de antigüedad. Por lo que no la quedaba otra que tratar de reformarlo tirando por otras vías.
A diferencia de Ecuestria, todo el poder ejecutivo recaía sobre Cadance, la cual era la que tomaba todas y cada una de las decisiones; tenia consigo una serie de consejeros que la asesoraban y recomendaban en diferentes campos y materias concernientes a la administración local, pero era ella la que tenía la última palabra en casi todo. Por ejemplo, ella no tenía ninguna potestad sobre el ejército, esa tan sólo la ejercía Shining, que era ahora el capitán de la guardia Cristalina por aclamación popular; como mucho podía dar algunas órdenes menores si necesitaba la ayuda de la guardia, pero en cuanto a mando en sí se refería, sólo Shining tenía autoridad.
Debido a esto, ninguna de estas decisiones eran consultadas con el pueblo, el cual callaba y acataba las normas según éstas iban surgiendo; a Cadance no la terminaba de convencer esa situación y quería hacer algo parecido a la Cámara Alta ecuestriana, pero entre que la mayoría de sus consejeros no estaban por la labor y el pueblo en sí insistía en mantenerse al margen de su administración, poco podía hacer. Esa era otra de las situaciones que irritaba a Cadance, la sumisión total de su pueblo; ella no era ninguna gobernanta tiránica ni nada por el estilo, sino una princesa que tan solo estaba empezando. El único modelo que había visto en toda su vida era el de su tía, el cual funcionaba perfectamente, sobre todo ahora después de la reforma de la Cámara Alta. Quería aplicarlo, pero no era tan sencillo implementar un sistema de gobierno moderno en uno tan antiguo. Y al final siempre era el tiempo el que acababa alargando todos los procesos.
-Maldita sea… todo está supeditado a lo que yo decida, pero es que no quiero decidirlo todo yo sola ¿qué puedo hacer?-se preguntó ella, sintiéndose más perdida que nunca.
Era en situaciones como esa cuando más se preguntaba que qué haría su madre.
-Oh, mamá… todo este sistema es de cuando tú reinabas, pero ahora se encuentra obsoleto… ¿qué puedo hacer por mi pueblo? Quiero liderarlos, no subyugarlos ni atarlos a mis propias decisiones…
El ceño de Cadance se torció, mirando con cierta pena al retrato de su madre; desde que lo descubrió decidió subirlo hasta su despacho, donde colgaba encima de la puerta. Su despacho estaba en el último piso del palacio, al lado de su habitación y muy cerca de la parte superior de la torre. No era mucho más grande que su habitación, había una pequeña mesa de juntas a mano derecha nada más entrar, varias estanterías llenas de libros decoraban las paredes de forma ovalada y su escritorio de caoba siempre estaba hasta arriba de papeles y pergaminos. Detrás de éste, una amplia cristalera ofrecía unas fabulosas vistas de todo el imperio y alumbraba el lugar durante casi todo el día. Cadance suspiró y contempló su tierra desde lo más alto; aun a pesar de lo brillante que se veía el futuro para el imperio, ella tan solo veía dudas e incertidumbre. Y, últimamente, se sentía más y más cansada.
-Lo veo difícil, pero eso no significa que me quede de patas cruzadas y lamentándome. Tengo que seguir trabajando por mi tierra y por mis ponis-se dijo a ella misma, para tratar de animarse.
Y así, se sentó de nuevo ante su escritorio y volvió a repasar todas las leyes desde el principio.
Por parte de Shining Armor, no tenía tanto trabajo como su mujer, pero aun así había mucho camino por recorrer; al ser sólo príncipe consorte no tenía potestad administrativa como Cadance, pero sí que poseía total libertad para organizar y comandar al ejército. Ya tenía experiencia previa liderando a la guardia real de Canterlot, lo que le facilitaba un poco las cosas; pero lo malo venía a la hora de organizar y coordinar unas fuerzas tan desfasadas y antiguas como eran las de la guardia Cristalina. Hacia siglos desde que los hombres habían vuelto a coger una lanza, y menos aún habían entrenado, por lo que ponerles al día resultaba una tarea sumamente complicada. Se había traído de Canterlot una serie de instrumentos y herramientas de entrenamiento nunca antes vistos por los ponis de cristal, por lo que le tocaba enseñarles también cómo se manejaban los poyetes, las ruedas, las dianas y demás utilería.
Shining también había considerado seriamente el contratar a alguien que le ayudara, puesto que él sólo no daba abasto; desde hacía un par de semanas, había mandado a Canterlot una carta pidiendo a alguien que estuviese preparado para entrenar y enseñar a una fuerza militar con más de mil años de antigüedad. Estuvieron varias semanas sin contestar, hasta que finalmente dijeron algo; en la última carta recibida, le comunicaron que para esa misma semana enviarían al único hombre que se había presentado voluntario para ayudarle. Y, presumiblemente, llegaba ese mismo día.
-Espero que llegue hoy, no creo que mi paciencia aguante tanto…-pensó Shining, viendo entrenar a los soldados.
-Capitán…-oyó en ese momento una voz tras suyo.
Shining se dio la vuelta y vio a unos de sus hombres mirándole.
-¿Sí, soldado?
-Hay aquí un pegaso preguntando por usted, dice que viene de Canterlot…
-Dígale que pase.
Al cabo de poco rato, apareció el mencionado pegaso; se trataba de un poni joven, de pelaje anaranjado, crin y cola azul oscuro y ojos claros. Su marca de belleza consistía en un escudo azul con un rayo amarillo superpuesto.
-Muy bien ¿quién tenemos aquí? Preséntese, soldado-indicó Shining.
-¡Flash Sentry reportándose a su servicio, mi señor! ¡Vengo de la división de pegasos de Canterlot para asistirle, oí que necesitaba ayuda aquí en el imperio y vengo en calidad de voluntario!
-Su ayuda es bienvenida, soldado… y dígame ¿en qué se especializa en combate?-quiso saber Shining.
-Se me da especialmente bien el combate cuerpo a cuerpo y a media distancia, señor.
-¿Oh, sí? Me gustaría comprobar eso… muy bien, soldado, venga conmigo, se unirá a las prácticas de hoy.
Flash siguió a Shining hasta el centro del gimnasio, donde el capitán tocó el silbato, llamando a toda la división; en menos de cinco segundos siquiera, los soldados se dispusieron en fila delante de ellos.
-¡Muy bien, tropa, quiero que den la bienvenida a Flash Sentry, ha venido a ayudarme en los entrenamientos y a partir de ya será mi segundo al mando aquí, así que quiero que le muestren el mismo respeto que me muestran a mí! ¿Entendido?
-¡Señor, sí señor!
-¡Muy bien! ¡Hasta ahora hemos estado trabajando la condición física y el combate cuerpo a cuerpo, ya que la magia no siempre lo es todo para un unicornio! ¡Aún faltan varias sesiones más, pero por ahora vamos a hacer un resumen de todo lo aprendido hasta el momento! ¡Flash Sentry y yo nos enfrentaremos en esta ocasión en un combate de exhibición para ilustrar las últimas lecciones!
La noticia fue recibida con mucha expectación y los soldados se sentaron en las gradas, preparados para ver el combate.
-¿Te parece bien que compruebe tus habilidades enseñándoselas a los chicos?-inquirió en ese momento Shining.
-Por supuesto, señor…
-Muy bien… muéstrame lo que sabes hacer, te dejo que ataques primero.
Antes de empezar, los dos se armaron con sendas lanzas; a una señal de Shining, el combate comenzó y Flash se lanzó primero, blandiendo la lanza hacia el costado derecho de su oponente. Con gran velocidad y buenos reflejos, Shining pudo interceptar y bloquear la estocada, devolviéndosela rápidamente desde el otro lado; pero Flash tampoco se quedó quieto y balanceó la lanza, llegando a bloquearle al mismo tiempo.
Justo después, el pegaso atacó de frente y Shining le interceptó, comenzando a intercambiarse golpes constantemente; mientras que el unicornio trataba siempre de no perderlo de vista y que no se alejara mucho, el pegaso combinaba golpes a corta distancia con algunos a media distancia, utilizando casi todos las partes de la lanza para atacar. Si se quedaba muy desmarcado, esquivaba los golpes saltando, sin llegar a despegar del todo, y usando sus alas para mantener el equilibrio en el aire. Shining trató de usar esto a su favor para tratar de alcanzarle, pero Flash se movía deprisa y aleteaba hacia abajo, confundiendo a Shining cada vez que éste le atacaba.
-No lo haces nada mal… pero ¿y si hago esto?
Justo después, el unicornio blandió su lanza hacia los lados, girándola por encima de su cabeza y al mismo tiempo que intentaba golpearle; ante esa situación, Flash actuó deprisa. Se agachó para que no le alcanzara, y luego blandió su lanza hacia delante, llegando a interrumpir el giro de Shining; inmediatamente después, dio una estocada hacia abajo y consiguió desarmar al capitán de la guardia Cristalina y de la guardia Real de Canterlot.
El resto de soldados aplaudieron a rabiar, encantados por el gran espectáculo que habían dado ambos ponis.
-Vaya, realmente sabes desenvolverte muy bien… me gustas, chaval, tienes buena técnica-le alabó Shining.
-Gracias, señor, usted también es muy hábil-añadió Flash.
Tras ese breve intercambio de palabras, Shining se dirigió al resto de la división.
-¡Muy bien, ya habréis observado que hemos usado casi todas las técnicas que hemos visto hasta ahora, por lo que lo dejaremos aquí! ¡Mañana terminaremos con el esto y pasaremos a hacer la prueba final antes de seguir con el combate a larga distancia usando magia! ¡Podéis retiraros!
Los soldados se fueron yendo en pequeños grupos hasta que sólo quedaron en el gimnasio Shining y Flash.
-Bueno, por hoy hemos terminado, por lo que te dejaré para que te asientes un poco; a mediodía hay cambio de guardia.
-Muy bien, señor.
-Yo me retiro ya, tengo cosas que hacer.
Ambos ponis se fueron cada uno por su lado, dejando el gimnasio vacío.
El resto de la mañana pasó enseguida, a mediodía Shining asistió al cambio de guardia para comprobar que se realizaba con normalidad y, a la hora de comer, tanto él como Cadance se reencontraron en el comedor; estuvieron hablando de cómo les había ido la mañana, contando un poco los detalles y descansando también. La hora de comer era uno de los pocos momentos en los que se solían ver de un tiempo a esa parte, y lo aprovechaban bastante desde entonces. Como había un par de horas antes de esa reunión con el consejo administrativo, decidieron echar una siesta los dos juntos, para así prepararse para la que iba a ser una tarde muy larga. Pidieron que no se les molestase salvo emergencia grave y se echaron en la cama, hablando entre medias antes de dormirse.
-Ay, echaba de menos estos momentos a solas contigo… estos últimos meses apenas hemos tenido tiempo para nosotros…-murmuró Cadance, a media voz.
-Lo sé… pero ya sabes que el deber llama casi siempre…
-Sí… aunque ya podría llamar no tan de seguido, empieza a aburrirme…
Los dos se rieron tontamente, al tiempo que Cadance se acomodaba en el regazo de su marido; por un momento abrió la boca para decir algo, pero entonces vio que Shining ya se había dormido. La alicornio rosada esbozó una media sonrisa y, por un momento, le tuvo envidia, por lo que al final decidió imitarle, cerrando los ojos y durmiéndose casi al instante.
Se suele decir que, cuando se duerme, se da un salto entre tiempo y tiempo que apenas se percibe; pero para Cadance, fue un salto muy corto y efímero. Una serie de golpes en la puerta la sacaron del estado de duermevela en el que se encontraba, llegando a gruñir algo ininteligible. Una voz conocida al otro lado remató el conjunto.
-Altezas, ya sé que pidieron que no se les molestara, pero dentro de cinco minutos tienen la reunión con el consejo administrativo…
-¡Ya vamos, Schedule! Oh, maldita sea, el descanso se me ha pasado volando…-masculló Cadance, por lo bajo.
-Sí, a mí también… ¿has visto? Es el deber, que vuelve a llamar…-murmuró Shining, divertido.
-¿Ah, sí? Pues por mi dile que venga otro día…
-Ja, venga preciosa, mueve esos flancos…-la animó su marido, dándola una cachetada en uno de ellos.
Aun a pesar de sus quejas, y de las pocas ganas que tenía, Cadance se levantó de mala gana y se preparó rápidamente para asistir a la reunión.
No tuvieron que ir muy lejos ni darse mucha prisa puesto que se realizaba en una de las salas de juntas del segundo piso, por lo que llegaron enseguida en cuanto bajaron por las escaleras.
Desde que el imperio de Cristal había regresado, muchos ponis y otras razas habían estado empezando a exportar hacia éste, recuperando poco a poco el viejo prestigio comercial que antaño hacía brillar al mismo; estos intercambios comerciales eran buenos para todos, puesto que potenciaban la economía local, garantizaban puestos de trabajo y daban dinero tanto a los ponis que allí vivían como a las arcas públicas, las cuales empezaban a estar bastante saneadas desde que el imperio había vuelto a reincorporarse en el mercado global. Pero, de una forma bastante parecida a la de las leyes, las normas concernientes a mercadillos ambulantes semanales no habían vuelto a ser revisadas, y comerciantes sin escrúpulos se habían estado beneficiando de esa irregular situación; los puestos extranjeros debían de pagar un impuesto retributario por vender en el imperio, así como otros puestos del imperio afincados en Ecuestria debían de pagar un impuesto muy similar si querían vender en suelo ecuestriano. Como ese detalle se encontraba sin regular, era susceptible a que fuera abusado casi sin piedad, cosa que había estado ocurriendo desde las últimas semanas.
Cadance sugirió hablar con los comerciantes locales para buscar soluciones juntos, pero los consejeros se mostraron reticentes enseguida.
-El problema, alteza, es que los pequeños comercios de aquí se llegaron a asociar muchísimo tiempo atrás creando una especie de sindicato obrero comercial que opera independientemente frente a la corona real.
-¿Y cómo así? ¿Ya se les permitió algo semejante?
-Sí, la proclama es de los tiempos de su madre, y ésta tampoco les llamó la atención ni nada parecido, de hecho la pareció bien que el gremio se organizara y se pusiera de acuerdo entre todos ellos, puesto que consideraba que inmiscuirse en los asuntos comerciales de sus ponis estaba de más.
Ante eso, Cadance se mostró aún más chocada si cabía.
-¿Así, sin más? No llegué a conocerla, pero yo no veo a mi madre viniendo con esa idea tan absurda…
-Bueno, tenga en cuenta que eran otros tiempos… a nosotros también nos está costando bastante adaptarnos, sobre todo con todo eso de contar con el pueblo para todo… en tiempos de su madre, eso hubiera sido impensable…
-Ya, lo comprendo, pero estos ya no son los tiempos de mi madre, sino mis tiempos; hemos evolucionado, señores, y no quiero que mi imperio se quede socialmente atrasado sólo porque quieran preservar una tradición que, a efectos prácticos, se encuentra obsoleta. Si queremos que el imperio se ponga al día como el resto de reinos, debemos cambiar todas esas concepciones tan anticuadas en vez de arraigarlas aún más-insistió Cadance.
-Comprendemos su punto, alteza, pero compréndanos también a nosotros. Los ponis de nuestra quinta nos hemos quedado en los tiempos de su madre, y es muy difícil que todos y cada uno de ellos se adapten tan rápido a un entorno que para ellos les es desconocido; por supuesto que queremos actualizarnos e integrarnos en la nueva sociedad equina, pero necesitamos tiempo-argumentó uno de sus consejeros, obteniendo gestos de asentimiento por parte de sus compañeros.
-Claro, eso es obvio, pero el problema es ese mismo tiempo, cuanto más pase y menos resultados hayan, más dificultades habrán para los ponis a la hora de integrarse en esta nueva sociedad. Para que se pueda suceder esa integración, debemos cambiar primero las pautas y la forma de realizar las cosas. Y contar con el pueblo a la hora de tomar las decisiones es lo primero que se debe hacer.
Las palabras de Cadance sonaron claras y poderosas, haciendo que todos y cada uno de los presentes la escucharan con atención; Shining no había dicho absolutamente nada desde que empezó la reunión, y ni falta que hacía, aunque el poni miraba a su mujer con unos ojitos tiernos destacables.
Los consejeros se miraron entre sí, rumiando las palabras de la princesa. Uno de ellos se levantó y tomó la palabra.
-Alteza, si realmente cree que el pueblo debe involucrarse en la toma de decisiones, respetaremos su deseo. Pero primero debería hablarlo con el pueblo para ver si realmente quieren éste nuevo cambio que propone.
-Por supuesto, se les informará a su debido tiempo, yo misma me dirigiré a la población si es necesario.
Cadance no se esperaba poder convencer a sus consejeros de forma tan sencilla, pero fue todo un alivio para ella ver que por fin había conseguido que la escucharan. Durante el resto de la reunión se acordó revisar desde cero las normas comerciales y reforzar la vigilancia todos los miércoles para asegurar que todos los puestos extranjeros pagaran lo que les tocaba.
Una vez que finalizó, eran las ocho y media de la tarde, y Cadance y Shining se fueron a descansar a uno de los salones para esperar a que les avisaran para ir a cenar; por el camino, Shining la comentó.
-¿Sabes, cariño? Me encanta cuando te pones tan autoritaria, te da un aire muy regio…
-¿Eso me lo dices por algo en concreto o por nada en específico?-inquirió ella, con mirada zalamera.
-No, simplemente te digo; además, también te vuelves muy… sugerente-añadió él, haciendo un ademán de ir a morderla la oreja.
-Ay, Shining, para, aquí no…
Sin embargo, la princesa acabó cayendo en los juegos de su marido y se unió a ellos, haciéndose mimos cariñosos por el camino y riéndose por lo bajo; algunos ponis del servicio llegaron a verlos de refilón y se retiraron algo azorados y sonrojados.
Durante la cena estuvieron algo más tranquilos, y después de esta, Cadance le sugirió a su marido ir a dar un paseo nocturno para relajarse un poco después de un día tan ajetreado; Shining aceptó y salieron del palacio los dos solos, un par de soldados de la guardia se ofrecieron a escoltarlos, pero ellos los rechazaron, puesto que preferían estar solos.
Durante las noches refrescaba bastante, incluso en verano, ya que el imperio se enclavaba muy cerca de las montañas de cristal y el helado norte, siendo la región más fría a ese lado de la frontera ecuestriana. Aunque en invierno eran mucho más frías, por lo que en esa época del año la temperatura era perfecta para dar un paseo nocturno. Las brillantes farolas del imperio alumbraban las calles, siendo alimentadas por la magia del corazón de cristal, el cual giraba constantemente en el centro de la plaza del palacio; de la punta del mismo, una aurora boreal se extendía hasta donde alcanzaba la vista, reflejándose en el cielo estrellado.
-Siempre me han gustado los paseos nocturnos ¿a ti no?
-Sí, estamos los dos solos, sin nada que nos moleste, con una preciosa noche… la verdad es que es agradable…
Las calles lucían vacías y solitarias, poco después de anochecer los ponis de cristal se metían en sus casas y no salían durante el resto de la noche; Cadance no entendía a qué se debía ese confinamiento colectivo, aunque sospechaba que eran restos del miedo que tuvieron durante el reinado de Sombra y que aún siguen ahí, haciéndolos susceptibles a la oscuridad de la noche. En parte ella lo entendía, pero por otro lado se preocupaba por sus ponis; sabía que habían pasado por mucho, pero debían de dejar atrás todos sus miedos para así poder vivir mejor consigo mismos. Más de una vez había intentado hablar con ellos y convencerlos de salir afuera a contemplar la obra de su tía, pero por ahora era complicado.
Los dos estaban bastante callados, cada uno pensando en sus cosas; aunque Cadance habló en un momento dado.
-Shining… ¿te acuerdas que llegamos a hablar sobre lo de ser padres?
El aludido dio un cabezazo repentino, como si de repente se hubiera acordado de algo perdido en lo más recóndito de su cabeza.
-Ondia, es verdad… antes de venir aquí ¿no?
-Sí… ya sé que últimamente estamos que no paramos, pero… ¿aún sigue en pie?
Shining miró a su mujer, llegando a ver un brillo de confidencia y seguridad en sus ojos.
-Yo ya te dije que estoy dispuesto, sólo si tu así lo deseas… ¿quieres ser madre?-inquirió él.
Cadance miró a su marido, regalándole su mejor sonrisa.
-Sí, sí que quiero… deseo formar una familia contigo.
Ambos ponis se sonrieron y luego sellaron la decisión con un suave beso en los labios. En ese momento, llegaron a oír una serie de ruidos en un callejón cercano y Shining se puso en alerta; sin embargo, Cadance se mostró más curiosa de lo normal y siguió los ruidos hasta el patio trasero de una casa cercana. Desde donde estaba, vio entre la penumbra a un poni escarbando en un cubo de basura en busca de comida; Cadance se quedó gratamente sorprendida y algo intrigada, puesto que los índices de mendicidad desde que el imperio regresó habían sido mínimos. Shining trató de pararla, pero ella se adelantó y le habló.
-Esto… perdona que te interrumpa, pero por favor, no hagas eso, si tienes hambre puedes venir con nosotros, podemos darte algo de comer…
El poni mendigo se reincorporó y, en cuanto le vio la cara, Cadance se quedó sin habla e incrédula por lo que veía; y es que el poni mendigo era ni más ni menos que su primo Blueblood, el cual estaba hecho una verdadera pena. Su pelaje, alguna vez blanco, era ahora de un color gris oscuro muy sucio y feo, el cual llegaba a ocultar su marca de belleza. Su usual crin rubia y exquisitamente peinada era una mata de pelo sucio, enmarañada y grasienta, pegada incluso a su pelaje. Estaba más delgado que de costumbre y sus pómulos también habían adelgazado. Ambos ponis se sostuvieron la mirada hasta que, finalmente, Cadance logró decir algo.
-Blue… oh, cielo santo, Blue ¿Qué te ha pasado?
Blueblood no contestó, tan solo se quedó en el sitio mirándola fijamente. Cadance se acercó a él, pero el unicornio cabeceó hacia atrás, tirando el cubo de basura al suelo y causando un gran alboroto.
-¡No! Espera, Blue, no te vayas, soy yo, Cadance, tu prima…
-No te acerques más, cielo, parece enajenado…-murmuró Shining.
-¡No pienso dejarle en este estado si es eso lo que estás sugiriendo! ¡Es mi primo, Shining, mi familia, y aun a pesar de lo que hizo lo sigue siendo!-exclamó Cadance, alterada.
Blueblood miraba a los presentes como si fueran apariciones o algo por el estilo, no parecía reconocer a Cadance, al menos aparentemente. Ésta volvió a intentar acercarse a él hablándole suavemente.
-No tengas miedo, Blue, no voy a hacerte nada malo… ven conmigo, Blue, por favor… no puedo dejarte aquí, no voy a dejarte aquí. Por favor… vuelve conmigo…
El unicornio miró de arriba abajo a la alicornio, como si le dijera algo su aspecto o estuviera considerando hacerla caso; sin que se diera cuenta siquiera, Cadance le cogió del casco y lo llevó consigo poco a poco, para no asustarle. Como un cachorrillo perdido y asustado, Blueblood se dejó llevar por ella, mirando todo el rato al suelo con la mirada perdida.
Recorrieron todo el camino de vuelta hacia el palacio dados de los cascos y sin decir nada; Blueblood guardaba un silencio sepulcral, y Cadance no sabía ni lo que decir. Verle en ese estado la producía una pena enorme, y en ese momento estaba visiblemente preocupada por él. Al llegar al palacio, el guardia que custodiaba la puerta le paró, pero Cadance le cortó y le ordenó que prepararan una de las habitaciones contiguas a la suya y un baño caliente.
Todo estuvo listo enseguida, el servicio se encontraba un tanto alterado, y los ponis cuchicheaban entre sí, preguntándose por qué la princesa había traído consigo a un mendigo tan sucio; sin embargo, Cadance ignoró todos esos comentarios y subió arriba a Blueblood, dispuesta a lavarle ella misma.
-Puede hacerlo una de las criadas, Cadance…-murmuró Shining, algo cortado.
-No, es mi primo, Shining, no el primo de ellas… además, mírale, ni siquiera sería capaz de hacerlo por sí mismo…
El unicornio blanco estaba acostumbrado a la bondad y buen hacer de su mujer, pero no comprendía por qué quería ayudarlo después de todo lo que había hecho; casi desde el principio había estado en contra de que estuviesen saliendo, y se metía con ellos siempre que podía. No era que se alegrara de la penosa situación en la que se encontraba ahora el ex noble, pero le daba reparo ayudarle así sin más.
Al principio Blueblood se mostró un poco reticente a meterse en la tina, cual perro callejero que se asusta del agua cada vez que la ve, pero con paciencia y mucha maña, Cadance logró que se estuviera quieto y se dejara hacer. La espuma y la esponja hicieron milagros en el pelaje de Blueblood, el cual volvió a ser blanco y a brillar, aunque el agua se ensuciaba enseguida y tuvo que cambiarla varias veces. Varios minutos después de frote continuo y mucha espuma y jabón, Blueblood volvía a ser el que era después de todo ese tiempo tan sucio y descuidado; Cadance le secó bien y le peinó como a él le gustaba, pero en ningún momento dijo nada.
Una vez limpio, Cadance le llevó hasta el comedor y mandó que trajeran las sobras de la cena, las cuales Blueblood se comió con ansias, como si llevara meses sin comer. La alicornio rosada intentó varias veces hablar con él, pero el unicornio blanco seguía tan mudo como antes y todos sus intentos quedaban en nada. Debido a esto, Cadance estaba muy preocupada por él, por lo que lo tumbó en la cama en la habitación contigua a la suya y mandó que el médico de cámara le atendiera. El doctor le estuvo reconociendo durante unos largos minutos, llegando a hacer gestos para llamarle la atención, ruidos y demás, pero nada parecía hacerle reaccionar.
-¿Qué le pasa, doctor, por qué está así?-inquirió Cadance, ávida de respuestas.
-No estoy del todo seguro, pero parece estar en un estado entre la enajenación mental y la catarsis… no está herido ni presenta contusiones de ningún tipo, pero por lo que veo, este poni ha pasado por mucho. No soy un experto en psicología motriz, debería verlo alguien más especializado.
-Pero entonces… ¿seguirá así indefinidamente?-inquirió Cadance, aterrada.
-Puede que sí, a no ser que algo le haga reaccionar. Tengo entendido que las experiencias extremas ponen a los ponis al borde de sus facultades y, para impedir esto, el cerebro se bloquea para evitar que no se haga más daño. Ya la digo que no sé mucho de esto…
-Ya… gracias, doctor, puede retirarse.
El poni de cristal se fue, dejándolos solos; a esas alturas, Cadance miraba a su primo con lágrimas en los ojos, sintiéndose peor que nunca. Alzó un casco y le tocó la cara, sin que reaccionara a ese gesto.
-Oh, Blue… ¿qué te hemos hecho?-musitó ella, antes de abrazarle con fuerza y llorar en su hombro.
Por un momento no hubo nada y Cadance mantuvo el abrazo, llorando sin consuelo; pero justo después, y sin previo aviso, notó cómo unas patas la envolvían, devolviéndole el abrazo. Cadance se separó y vio que Blueblood la miraba atentamente, pestañeando y como si estuviera recobrando el sentido.
-¿Blue?
-¿Cadance?-inquirió entonces él, con la voz un tanto tomada.
-¡Oh, Blue, has reaccionado, estás bien, estás bien!-exclamó ella encantada, volviéndolo a abrazar con fuerza.
-Cadance… yo… ¿dónde estoy?
-En mi palacio, en el imperio de Cristal…
-¿En tu palacio?-repitió él, confuso.
-Sí, bueno, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te vi…
Ante eso, Blueblood no dijo nada, mirando hacia otro lado; sin embargo, ella quería saber por qué había aparecido tan de repente y en el estado en el que lo encontró, por lo que decidió hacer un acercamiento.
-Y… bueno, ¿dónde has estado? Estuvimos mucho tiempo sin saber nada de ti, la tía estaba preocupada…
El unicornio blanco al principio no dijo nada, pero luego habló.
-¿Realmente lo quieres saber?
-Bueno… sí, yo también estuve preocupada por ti… todos estuvimos preocupados por ti, así que…
Ante eso, Blueblood tan solo suspiró y se decidió a hablar.
-Está bien, te lo contaré. Después de irme de casa decidí volver a Tall Tale para tratar de recuperar mi antiguo hogar y vivir allí permanentemente. Pero al poco de llegar, descubrí que la casa había sido vendida desde hacía mucho tiempo y ahora vivía en ella una familia de ponis aburguesados. Intenté reclamar la casa como mía por derecho de patrimonio familiar, pero debido a que la tía Celestia me llegó a adoptar en su día, renuncié tácitamente a todos mis bienes anteriores que no podía usar al ser menor de edad. Aun a pesar de que me había ido, legalmente seguía siendo miembro de la familia real, y la que fue antes mi casa ya no pudo volver a ser mía de ninguna otra manera. Al ver que no podía hacer nada, decidí irme de allí, ya que por aquel entonces el golpe seguía siendo reciente y mucha gente me reconocía por la calle. Ante esa tesitura, y con todo el dinero que aún me quedaba, decidí irme al único sitio donde podría estar sin que nadie más me juzgara por haber hecho lo que hice: Las Pegasus. Allí todo es juego y fiesta, todo el mundo se ocupa de sus propias cosas y casi nadie observa lo que hay a su alrededor, por lo que era el sitio perfecto.
Hizo una pausa por un momento, mientras bebía un poco de agua; Cadance le escuchaba atentamente, sin decir nada y dejándole hablar. Justo después, continuó.
-Como bien predije, nadie parecía reconocerme y decidí quedarme, alojándome en uno de los tantos hoteles de la ciudad. Pero la vida allí era aburrida, monótona y repetitiva, por lo que decidí empezar a jugar para entretenerme y olvidarme de mi pésima vida; al principio sólo tocaba las tragaperras, con las que me llevaba bastante bien, era todo un mañoso con la palanca y conseguí llevarme el premio gordo unas cuantas veces. Luego vino el blackjack, al principio me costó un poco, pero le cogí el tranquillo enseguida y se me dio especialmente bien, llegando a ganar a la banca varias veces, lo que me dio bastante más dinero del que ya tenía. Casi sin darme cuenta me convertí en todo un ganador, llegando a hacerme un nombre en el casino en el que jugaba. Parecía que la suerte estaba de mi lado y no me quería dejar, por lo que seguí jugando y ganando más dinero. Mi fama me consiguió llevar a fiestas, darme lujos y vivir la vida a tope, despilfarrando a gusto y a cascos llenos. Tenía dinero, me lo podía permitir, por lo que lo hacía. Del blackjack pasé a la ruleta, donde seguí triunfando casi sin proponérmelo. Pero entonces, casi sin darme cuenta, la suerte me abandonó tan pronto como me acompañó. Un día arriesgué demasiado, apostando todo lo que tenía, y la bola cayó dónde no tenía que caer, condenándome inmediatamente después. Todo lo demás vino solo, y mucho antes de lo esperado, me vi tirado en la calle, sin nada que llevarme a la boca y sin un sitio donde caerme muerto.
Esta vez, un denso silencio se echó sobre los dos en cuanto Blueblood hizo otra pausa; Cadance miraba a su primo sintiendo una infinita pena por él, y sin saber qué decir. Poco después, continuó.
-Luego vino lo peor. Comencé a vagabundear por toda Ecuestria, tratando de sobrevivir; di la vuelta a todo el reino, viajando de tapadillo, y consiguiendo cualquier cosa comestible que llevarme a la boca. Llegué a comer cosas que nunca pensé que llegaría a comer, dormía a la intemperie la mayoría de las veces y hacia auténticos malabares para sobrevivir; de vez en cuando me daban algún que otro trabajito de jornalero que luego apenas me pagaban, pero el poco dinero que conseguía me lo gastaba en alcohol, con el que ahogaba mis penas. La gente dejó de reconocerme enseguida y pasé a ser un mendigo más, arrastrándome por las calles y maldiciendo mi suerte. En los recientes días me enteré que el imperio de Cristal estaba al alza y supe que allí sería más sencillo encontrar algo para comer, por lo que fui de polizón en el primer tren que conseguí encontrar hasta acabar aquí. Y, luego, tú me encontraste.
En cuanto terminó, no dijo nada más. Cadance miraba a su primo con la consternación grabada en su cara y lágrimas inundándola los ojos; en cuanto pestañeó, dos gruesos goterones corrieron por sus mejillas y consiguió llegar a decir algo.
-Bluey… lo siento tanto…
Y, tras ese gemido, abrazó con todas sus fuerzas a su primo, llorando por lo bajo; ese gesto ablandó al unicornio blanco, el cual se expresó por primera vez y lloró incluso más fuerte que ella. Entre balbuceos, sollozos y jadeos, consiguió llegar a decir algo.
-Lo siento… lo siento, lo siento, lo siento…
-No, soy yo quien lo siente…-masculló Cadance.
-Nada de eso, yo soy el culpable de todo… lo siento, de verdad, ojalá puedas perdonarme, lo siento, lo siento…
Pero Cadance tan solo negó con la cabeza y abrazó con más fuerza a su primo, que siguió llorando en su pecho. Los minutos se convirtieron en horas y el unicornio blanco siguió llorando sin parar, dejando escapar todo lo que sentía; frustración, impotencia, decepción… Cadance pudo sentir todo por lo que su primo había pasado y compartió su dolor con él, llorando las mismas lágrimas.
No supieron cuánto tiempo estuvieron así, pero Blueblood fue el primero en dejar de llorar; Cadance vio que había caído dormido y decidió dejarlo descansar. Le limpió la cara y abandonó la estancia, apagando las luces con su magia. Nada más salir se encontró con su marido, al cual abrazó con fuerza y aún con el semblante lloroso.
-Es culpa mía…-musitó.
-No, por supuesto que no…
-Sí, sí que lo es, pude pararle, así hubiera podido evitar todo esto…
-Pero fue él el que decidió irse, Cadance…
-Lo sé, y aun así… mira como está por nuestra culpa, ni mis tías ni yo llegamos a detenerle cuando tuvimos la ocasión…
-Pero sabes que no se podía hablar con él… por eso Celestia le dejó marchar…
-Oh, tía… tengo que informarla inmediatamente…-masculló Cadance, yendo a redactar una carta para su tía.
La alicornio rosada corrió hacia su despacho y Shining la observó hasta que desapareció en él; no pudo evitar sonreír, sintiendo orgullo por la bondad y dulzura de su esposa. Y, aunque nunca se hubiera llegado a imaginar que llegaría a hacerlo, sentía verdadera lástima por Blueblood, aun a pesar de todo.
Afuera, la luna y las estrellas coronaban el cielo, en una cerrada noche.
-¡Tía Celestia, tía Celestia, mira lo que he encontrado!
-¿De qué se trata, Blueblood?
-¡Mira, mira, es un mapa del tesoro!
-Vaya ¿de verdad? déjame verlo…
Celestia se tumbó en su cama observando el trozo de pergamino, al tiempo que un pequeño Blueblood se ponía a su lado, visiblemente emocionado.
-¡Mira, estas son las cocinas del palacio, y esto de aquí los jardines! ¡La equis marca el lugar, por lo que el tesoro debe de estar enterrado allí!
-Eso parece… ¿dónde has encontrado este mapa?-inquirió la alicornio blanca.
-¡Estaba arriba, en el desván! ¡También encontré este sombrero!-explicó Blueblood, el cual llevaba un sombrero negro de pirata.
-Vaya, estás hecho todo un pequeño piratilla… muy bien, entonces vayamos a por ese tesoro ¿te parece?
-¡Sí, tesoro, tesoro, vamos a por el tesoro!
Celestia tan solo esbozó una ligera sonrisa, mirando con un infinito cariño al potrillo, el cual echó a correr con el mapa en alto. Antes de dirigirse hacia el jardín, Celestia le sugirió ir primero a por un pico y una pala para poder desenterrar el tesoro. Encontraron cada cosa en la caseta del jardinero y Blueblood echó a correr en dirección hacia el lugar donde marcaba la equis, bajo un lustroso nogal.
-¡Es aquí, es aquí, mira, el mismo nogal aparece en el mapa!
-Entonces podemos a empezar a remover la tierra con el pico…
Usando su magia, el pequeño Blueblood comenzó a picar la tierra con fuerza y energía, cada vez más emocionado por encontrar el tesoro; Celestia le estuvo ayudando apartando la tierra con la pala y abriendo un agujero en el césped. Tras unos pocos minutos cavando, Blueblood llegó a encontrar algo con el pico y Celestia lo sacó haciendo palanca con la pala; un pequeño cofre de madera apareció entonces ante ellos, la mirada de Blueblood se transformó en una de pura felicidad.
-¡El tesoro!
Sin perder más tiempo, el potrillo abrió el cofre y descubrió entonces su contenido; un montón de monedas de chocolate acompañaban a una serie de gominolas con forma de joyas y otros dulces de todos los colores.
-Vaya, es un dulce tesoro…-murmuró Celestia.
-¡Oh, genial, es el mejor tesoro de la historia!-exclamó Blueblood, comenzando a comérselo.
La alicornio blanca tan solo le observó, sintiéndose tan feliz como lo era él; en un momento dado, el potrillo la entregó una gran parte de su botín.
-¿Son para mí?
-¡Claro que sí, me has ayudado a encontrar el tesoro, esta es tu parte! ¡Gracias, tía Celestia!
-Oh, no ha sido nada, cariño…
El potrillo la sonrió gratamente y, sin previo aviso, la dio un gran abrazo.
-Te quiero un montón, tía Celestia…
La aludida tan solo sonrió un poco más y le devolvió el abrazo, sintiéndose más feliz que nunca.
-Yo también te quiero, cariño…
-Yo también te quiero…
Celestia abrió entonces los ojos, dándose cuenta de que ya estaba despierta; hacía tiempo que no había vuelto a saber nada de su sobrino, y aunque no lo pareciera, todos y cada uno de los días se acordaba de él. Y ese sueño no hizo más que recordarla que tenía demasiadas faltas por pagar.
Se reincorporó en la cama y fue entonces cuando lo vio, un trozo de pergamino enrollado con el sello de su sobrina en él; llena de curiosidad, lo desenrolló y lo leyó. En un momento dado abrió los ojos como platos y justo después se levantó de la cama de golpe, poniéndose en movimiento enseguida.
En el imperio de Cristal, esa mañana se sentía muy distinta a la de tantas otras; Blueblood se sentó en la mesa del comedor junto con su prima y cuñado y desayunaron los tres juntos.
-¿Qué tal has dormido, primo?-inquirió en un momento dado Cadance.
-Mejor que nunca desde hace mucho tiempo… gracias por dejar que me quedara, prima…
-Por supuesto que puedes quedarte, todo el tiempo que quieras… aunque estaría bien si avisaras a las tías, estaban tan preocupadas como yo por ti…
-Eh… bueno, ya veré lo que haré…
Shining y Cadance se miraron por un momento, algo preocupados por él. El resto del desayuno pasó entre algún que otro comentario dispar y, después, Blueblood estuvo visitando el palacio acompañado por su prima, que se lo estuvo enseñando; acabaron en la sala del trono, contemplando el imperio desde las alturas.
-Vaya, sin duda alguna has triunfado, prima… no como yo…-murmuró Blueblood, mirando al suelo con gesto apenado.
Cadance miró a su primo preocupada por él, pero en ese momento oyó que alguien llamaba a la puerta y vio a una de sus criadas llamándola con gestos apremiantes.
-Ahora vuelvo, primo, será sólo un momento.
Blueblood tan solo asintió y oyó a Cadance irse hasta que sus pisadas enmudecieron; él tan solo se quedó allí, contemplando el éxito de su prima, hasta que poco después oyó otras pisadas más lentas y acompasadas.
-¿Ya estás de vuelta?-inquirió él, sin volverse.
-Sí.
La voz que oyó no era la de Cadance, sino la de alguien que conocía demasiado bien; se dio la vuelta lentamente, como si no quisiera hacerlo, y luego alzó la vista hasta encontrarse con la mirada de la princesa Celestia. La alicornio blanca se veía bastante azorada, mirando a su sobrino con un deje de alegría mezclado con otro de preocupación. Los dos se miraron por un momento sin decir nada hasta que ella tomó la palabra.
-Estás bien…
-Ahora sí…
Tras esa seca respuesta, Blueblood bajó la mirada, como si le avergonzara sostenérsela; Celestia se acercó a él y alzó un casco para tocarle y verle mejor, pero él se apartó un poco.
-Te he echado mucho de menos… no sabía lo que había sido de ti…
-Bueno, supongo que ahora lo sabes…
Ante eso, Celestia entrecerró los ojos, esbozando una mirada llena de pena y arrepentimiento; justo después suspiró y habló.
-Sé que ya lo sabrás, y no querrás escucharlo, pero… lo siento tanto. No debí ocultarte la verdad así sin más. Debí decírtelo desde el principio, nada más verte. Pero, en vez de eso, te separé de lo que tu más querías y te alejé de ellos pensando en mí en vez de en ti. Estaba tan sola, Blueblood, yo… necesitaba a alguien a quien querer. Entonces te vi a ti, tan solo como lo estaba yo, y sentí que debía hacerte feliz… pero a costa de mi propia felicidad. Lo siento. Lo siento de verdad. Ojalá puedas perdonarme algún día… aunque no merezca tu perdón. Lo siento, Blueblood. Lo siento, cariño…
Para entonces Celestia lloraba a moco tendido, mirando a un Blueblood que apenas podía contener sus propios sentimientos; finalmente él también estalló y se echó sobre ella, musitando por lo bajo.
-Soy yo quien lo siente… todo es culpa mía, sólo pensé en mí, y no en ti… lo siento, tía, lo siento…
-Nada de eso, yo también tengo parte de la culpa… fui tan egoísta contigo… nunca debí haberte hecho lo que te hice. Siempre fuiste mi dulce tesoro…
A eso, Blueblood no pudo decir nada y siguió llorando en el pecho de su tía, al mismo tiempo que ella se unía a él. Estuvieron un buen rato así, soltando todo lo que sentían y dejando que sus sentimientos hablaran por ellos. Finalmente, los dos se fueron calmando poco a poco hasta que finalmente estuvieron mejor. En ese momento, Cadance se unió a ellos y los tres se dieron un último gran abrazo.
-Me alegra tanto que volvamos a ser una familia…-susurró Celestia, más feliz que nunca.
-Y yo…-asintió Cadance.
-Yo también…-añadió Blueblood.
Shining y parte del servicio observaban la bella estampa visiblemente emocionados desde la puerta.
Una vez que estuvo todo hablado, Celestia se quedó un rato allí para hacer un poco de compañía a su sobrina, hablando en uno de los salones y tomándose esa mañana medio libre. No estuvieron mucho tiempo, ya que cada una tenía que volver a sus deberes reales, pero antes de irse, Celestia se quiso asegurar.
-¿Todo bien por aquí entonces?
-Sí, sin problemas.
-Genial, ya sabes que si necesitas mi ayuda, vendré enseguida.
-Lo sé, gracias tía.
Por su parte, Blueblood también se despidió de su prima, ya que se volvía a Canterlot con Celestia.
-Gracias por todo, prima… si no hubiera sido por ti, yo…
-Ah, no lo pienses más, hice lo que tenía que hacer… te quiero, Bluey…
-Y yo a ti, Cady.
Previamente se había disculpado también con Shining por todas sus burlas tiempo atrás, aceptándolas éste con honor.
En cuanto terminaron con las despedidas, Celestia y Blueblood montaron en el carro en el que ella había venido, el cual despegó enseguida en dirección hacia Canterlot; Blueblood no dijo nada más, tan solo respiró tranquilo y apoyó su cabeza en el costado de su tía, la cual esbozó una gran sonrisa y arropó a su sobrino con un ala. El día se veía más despejado y brillante que nunca.
Vale, antes de que os echéis encima de mí, voy a hacer un inciso; ya sé que dije que ignoraría Equestria Girls, de hecho lo hice, pero que coja un personaje relacionado no significa que me vaya a retractar ni mucho menos, sino que tan solo he pensado que podría hacer algo distinto con ellos también, eso es todo. Puede que Sunset aparezca más adelante también, ya veré. Ahora, en cuanto al capítulo en sí, tenía muchas ganas de escribir este en concreto... ¿pensabais que me había olvidado de Blueblood? Creo que ya va siendo hora de darle un enfoque diferente frente a los que normalmente se usan con él, entre ellos el de cabrón... y el de cabrón ¿veis? no se usa en nada más, a ver qué tal con este nuevo Blueblood. Comentar también que me faltan tres capítulos más antes de empezar a saltar ampliamente en el tiempo, en el segundo trataré la final de temporada y el tercero será uno bastante especial. Y eso es todo, comentad, dejad reviews y todo eso. ¡Nos leemos!
