Los niños creen que la Mansión Riddle está embrujada.

La Mansión Riddle está en lo más alto de la única colina del pueblo de Hogsmeade. Es una vieja casona construida en piedra hace muchos años atrás por la adinerada familia Riddle. Está cercada por altos muros de concreto y su único acceso es un portón de hierro negro. En la parte trasera, tiene un extenso jardín sembrado con muchas plantas de ciruela que, en verano, cuando el sol castiga al pueblo en el día y la lluvia incesante golpea a los incautos de noche, tiene colgadas las frutas más rojas y apetitosas que se han visto jamás.

Los niños del pueblo fantasean con meterse en el patio y robar algunas ciruelas.

Pero la Mansión Riddle no está deshabitada.

El señor Riddle, un tipo alto y apuesto, vive allí. Los hombres están celosos de su belleza, las mujeres lo adoran con locura y los niños, influenciados por las historias que los más envidiosos han difundido por años, le temen. Es un hombre malo que se come a los niños, dicen.

Son pocas las ocasiones en las que se ha visto al señor Riddle por el pueblo, así que su presencia siempre es todo un suceso para los habitantes del pueblo. Sus pasos por las calles de Hogsmeade son vigilados de cerca por ojos atentos y ávidos, buscando alguna señal de extrañeza, cualquier anomalía por la que acusarlo y despreciarlo. Pero el señor Riddle es un hombre como todos, con la única excepción de que prefiere la soledad. No tiene esposa ni hijos, lo que muchos consideran una verdadera lástima.

Cuando lo ven, algunos niños le huyen mientras que otros se refugian en las faldas de sus progenitores, quienes luego disculparían su mal comportamiento. Pero Harry no es como el resto de niños, él no le tiene miedo al señor Riddle, como ha declarado en un sinnúmero de ocasiones.

Así que sus compañeros de juego —de los que ahora no recuerda más que sus rostros difuminados y perdidos por el tiempo— lo retan a meterse en la Mansión Riddle y robar ciruelas. Harry acepta sin titubear y se embarca en esa aventura, acompañado de lejos por un minúsculo grupo de niños curiosos. Por supuesto, ellos están asustados, pero el doble de emocionados por saber qué pasará.

Harry tiene ocho años y es muy pequeño y delgado, así que Cormac McLaggen, un niño un poco mayor que le saca varios centímetros de distancia, se ofrece a serle de apoyo. Harry, ante la atenta mirada de su público, trepa encima de los hombros de Cormac y empieza a escalar, ayudándose en las hendiduras que se encuentran en el concreto del envejecido muro.

Sus ojos se abren de fascinación cuando tiene el primer vistazo real de la Mansión Riddle. Es un edificio impresionante, imponente y muy misterioso. Harry lo observa por varios segundos, admirando su imponente presencia, sus enormes ventanales, e ignorando por completo las palabras de los niños, que lo apremian a continuar.

Hasta que juzga que ha visto suficiente y se pone de pie sobre el muro. Una gruesa rama de ciruelo —llena hasta rebozar del apetitoso fruto— se agita frente a sus ojos y, después de decidir que podía aguantar su peso, se lanza. Sus manos se agarran de la rama y muchas ciruelas caen al suelo; Harry se balancea de atrás para adelante, hasta que choca el muro con sus pies, se impulsa hacia el frente y acaba abrazando el tronco del árbol con brazos y piernas.

Sus padres lo matarían si descubrieran lo que está haciendo, aunque no duda que su padrino lo encontraría muy gracioso.

Se desliza por el tronco hasta que sus pies aterrizan en el suelo lleno de ciruelas maduras, hojas y ramas secas. Sacude su ropa en un inútil intento de limpiarla, aunque ya está completamente arruinada. No tiene ninguna duda de que Lily, su madre, lo regañará cuando llegue a casa.

Ahora es cuando debe buscar los mejores árboles, llenarse los bolsillos de ciruelas y regresar con el resto de niños. Sin embargo, Harry se siente muy interesado en ir hacia la Mansión Riddle. La vista de lejos es magnífica, pero él quiere verlo todo de cerca, tener una visión más específica de la hermosura de la casa.

No lo duda mucho y camina hacia el frente, caminando con mucho cuidado por entre los árboles de ciruela, siendo silencioso y precavido. Solo espera que el señor Riddle no tenga perros.

No le toma mucho tiempo llevar a la parte trasera de la mansión, donde hay una puerta de madera bastante antigua. Los ventanales —igual que todos— están cubiertos por gruesas cortinas de tela roja. Traga saliva y se adelanta; el sudor le corre por el rostro mientras su corazón late, frenético.

Tiene el presentimiento de que está a punto de descubrir algo asombroso.

Pega la oreja contra la puerta de madera y espera escuchar algo, pero no oye más que el sonido de las ramas al agitarse con el viento. Se pone de rodillas en el suelo, apoya su peso en sus codos y mira por la ranura de la puerta, esperando encontrar algo interesante, pero lo único que ve es el piso de madera de la mansión y las patas de algunos muebles.

Pero no se rinde. Se pone de pie y camina por el lado derecho, poniéndose de puntillas para asomarse por las ventanas. Repite esa acción en varias ocasiones, incluso intentando forzar los vidrios para que se deslicen por las ranuras. No tiene éxito. Al señor no le gusta ser molestado.

Hasta que, cuando está a punto de dar media vuelta y hacer lo que vino a hacer, sus ojos notan que hay una ventana medio abierta en la parte delantera de la mansión. Se aferra al borde de la columna y mira hacia todos lados para asegurarse de que el señor Riddle no está cerca. No lo está, así que Harry camina de puntillas por el pasto.

Se para de puntillas y coloca sus manos en el borde de la ventana; con cuidado, asoma la cabeza y mira hacia el interior de la casa.

Sus ojos se encuentran con una sala elegante y antigua. Hay muebles de aspecto mullido, estantes empotrados con muchos libros, vitrinas de vidrio que guardan fotos y demás objetos personales, una alfombra preciosa y, en la pared, un espejo con bordes dorados.

El señor Riddle está sentado en uno de los sofás con las piernas cruzadas, en su pálida mano sostiene una copa de vino rojo.

Hay algo raro.

El espejo está ubicado de tal forma que el perfil del señor Riddle debería verse reflejado en él.

Pero no hay nada.

Y es entonces cuando el señor Riddle gira el rostro y sus ojos oscuros se encuentran con el rostro de Harry. Los dos intercambian miradas por segundos interminables, hasta que Harry comprende que ha sido atrapado y se suelta de la ventana.

Cae de bruces al suelo, pero no tiene tiempo para lamentar el dolor en su trasero. Se levanta y echa a correr hacia el jardín trasero. Trepa por el árbol que se encuentra más cercano al muro, se cuelga de la rama, pero echa una mirada hacia atrás antes de dar el salto.

Esperaba que el señor Riddle lo siguiera y amenazara con inculparlo con sus padres por meterse en su casa, pero él no está cerca.

Toma aire, corre encima de la rama y salta. Sus pies quedan suspendidos en el aire mientras él reúne fuerzas para subirlos hacia el borde del muro. Lo consigue en el primer intento.

Y los niños se levantan del suelo.

Le hablan.

Y le preguntan por las ciruelas que prometió sacar.

Harry, aún trepado arriba del muro, les responde con mucha tranquilidad:

—El señor Riddle me vio.

Y los niños huyen despavoridos.

Harry no obtiene ninguna ciruela esa tarde y su madre se enfada con él cuando ve su ropa arruinada, pero no le importa. Los niños que lo azuzaron a meterse en la Mansión Riddle no vuelven a hablarle, aduciendo que estar cerca de él les podría causar problemas con sus padres, pero no le importa.

Porque el señor Riddle se ha convertido en su obsesión.

Toma prestados varios libros de la biblioteca y se pasa noches enteras leyendo; se hace con revistas de criaturas y bestias, lee cómics y viejas historietas; ve documentales en la televisión e incluso las viejas películas de miedo que su padre guarda en su habitación.

Y es así como llega a una conclusión:

—El señor Riddle es un vampiro.

Ron suelta un largo suspiro y se desliza en el mueble, Hermione lo mira con escepticismo.

—¿Todavía sigues creyendo en eso? —pregunta su amiga con cansancio.

—Por supuesto, yo lo vi.

—Harry, tenías… ¿cuántos años tenías, siete u ocho? Eras un niño —dice Ron mientras acerca el ventilador a su lado. Es una tarde de enero, así que hace mucho calor en el pueblo.

—Si me hubieran acompañado ese día, habrían visto lo que yo —objeta Harry—, pero no, se acobardaron y…

—Y fue la decisión más inteligente —lo interrumpe Hermione—. Era una estupidez. Te dejaste usar por McLaggen y su grupo, ellos querían asustarte porqué eras muy pequeño. Y tienes mucha suerte de que el señor Riddle no haya querido meterte en problemas, porque si Lily y James se enteraban de que estabas metiéndote en casas ajenas sin permiso…

Hermione deja la oración al aire y Ron se estremece solo de pensarlo. Sin embargo, Harry se mantiene impasible y dice:

—Lo descubrieron de todas maneras.

—Muchos años después, cuando ya no podían castigarte.

Se resiste a admitir que Hermione tiene razón, así que vuelve al tema original.

—Como sea, yo sé lo que vi y lo que no vi. Me asomé a la ventana, el señor Riddle estaba sentado en su mueble bebiendo vino rojo, ¡vino rojo! Ahora estoy seguro que era sangre. Pues bien, cuando vi el espejo… ¡se suponía que la nariz y sus ojos debieron reflejarse en él, pero no había nada! Era como si él no estuviera allí. Es un vampiro, estoy seguro.

Hermione agita la cabeza hacia los costados y le hace una seña a Ron para que ponga el ventilador de su lado. Él acepta con pesar.

—Eso es culpa de las películas de terror que veías con tu papá.

—Vi la mayoría sin él —replica Harry—, además, empecé a interesarme en ellas después de no ver el reflejo del señor Riddle, no antes. Él es un vampiro, Hermione, entiende.

—Y tú estás loco de remate —murmura Ron mientras rueda los ojos—. Y si sigues así, acabaras viendo fantasmas en casa y pensando que los duendes te roban tus cosas, igual que la profesora Trelawney.

—Quizá ella tuviera razón.

—¿Estás escuchando lo que dices?

—Riddle es un vampiro —insiste Harry, inclinándose hacia adelante. Sus amigos le lanzan idénticas miradas escépticas, pero él no se deja amilanar—. Es verano, hace mucho sol, ¿alguno de ustedes lo ha visto últimamente?

—Ni siquiera sale cuando hay sombra, Harry. Es verdad que es un tipo extraño y reconozco que da un poco de miedo, pero estoy seguro de que no es un vampiro.

—Pero cuando sale… es decir, ¿lo han visto? Recuerdo que me lo encontré una tarde cuando salíamos de la secundaria, estábamos en quinto y ya habían pasado varios años desde que me metí en su terreno, ¡pero él se veía igual a como era en ese entonces! El señor Riddle no envejece. ¿Y saben quiénes tampoco lo hacen? ¡Los vampiros, porqué son inmortales!

Espera por una respuesta, pero lo único que sus amigos han hecho es mirarse con resignación mientras hacen gestos de locura con las manos. Comprende que ellos fingirán que lo oyen para no continuar con esa conversación, pero Harry es demasiado terco como para rendirse.

—El señor Riddle es un vampiro y vamos a comprobarlo.

—¿Vamos? —pregunta Hermione con tono divertido.

—Vamos —confirma Harry. Se levanta del mueble de un salto y mira a sus dos amigos con una sonrisa gigantesca—. Ustedes y yo vamos a ir a su mansión y…

—¡Y claro! Tocamos su puerta y cuando nos abra le decimos: «hola, señor Riddle, somos tres pacientes fugitivos del hospital psiquiátrico y queremos hacerles unas cuantas preguntas que esperamos responda con mucha honestidad. Uno, ¿es verdad que ha eliminado el ajo de su dieta?; dos, ¿cuántos siglos tiene?, ¡pero, eh, que no aparenta más de seis!; tres, ¿es usted un vampiro al que le gusta beber sangre humana?».

Harry decide fingir que no ha escuchado a Ron, aunque no tiene éxito al reprimir la sonrisa que se escapa de sus labios.

—Ustedes y yo vamos a ir la Mansión Riddle —dice como si no hubiera habido una interrupción—, y vamos a encontrar pruebas de que el señor Riddle es un vampiro.

—¿Quieres que nos metamos en casa ajena para buscar… buscar qué, ataúdes? —pregunta Hermione.

—Pruebas —corrige Harry con tranquilidad—. Estoy seguro de que no será tan difícil, porque ya lo hice una vez antes. —Se sienta en el espacio libre entre Ron y Hermione y luego extiende los brazos para pasárselos por el cuello a ambos; por supuesto, ellos intentan resistirse, pero es imposible. Cuando los tres tienen las cabezas juntas, Harry añade—: ¡Descubriremos secretos y escaparemos de peligros que ponen en riesgo nuestras vidas! ¡Será una nueva aventura, igual a las que teníamos en el bosque cuando éramos niños! ¿No están ni un poco emocionados?

A juzgar por las expresiones en los rostros de Ron y Hermione, ellos preferirían pasarse un mes entero escuchando las clases de Historia del aburrido profesor Binss, pero Harry los ignora mientras los aprieta más y más entre sus brazos.

Al final, ya sea por aburrimiento o resignación, sus amigos aceptan acompañarlo a echar una ojeada en la Mansión Riddle, dejando en claro que no tienen ninguna intención de meterse. Sin embargo, a Harry no le preocupan ni un poco sus palabras. Sabe que conseguirá convencerlos.

Las horas pasan tan rápido que, en lo que a Harry le parece un parpadeo, ya está esperando a sus amigos en una banca en la plaza de Hogsmeade. Es verano, así que hace mucho calor en el pueblo y no importa que se haya dado una duda antes de salir, Harry está sudando como si hubiera corrido una maratón. Mientras agita una mano, en un inútil intento de refrescarse, piensa en lo que está a punto de hacer y la emoción burbujea en su interior: va a confirmar, de una vez y para siempre, lo que sabe desde que tiene ocho años.

Y lleva, en su bolsillo trasero, la vieja navaja de su abuelo. Tiene el presentimiento de que le será de mucha utilidad ese día.

Solo espera que Ron y Hermione se den prisa. Acordaron reunirse a las cuatro de la tarde, pero su emoción lo llevó a abandonar su casa media hora antes.

Hermione es la primera en llegar, aunque en su rostro no se nota ningún entusiasmo por emprender esa aventura. Harry decide fingir que no lo nota, porqué está resuelto a no dejar que el pésimo estado de ánimo y la nula emoción de sus amigos mengue el suyo.

Cuando Ron se aparece por una esquina, casi arrastrando los pies, Harry se levanta y va a su encuentro, arrastrando a Hermione con él. Ron tiene la misma expresión aburrida de Hermione.

—¿Nos vamos ya? —pregunta Harry, señalando con la mirada el camino de tierra que los conduce a la colina donde se encuentra la Mansión Riddle.

Sus amigos asienten con resignación y dejan que él los guie.

Harry va primero, contentísimo y dando grandes zancadas. Caminan por varios minutos hasta que pasan la última casa, luego, continúan andando por un camino bordeado por grandes árboles y, finalmente, empiezan a subir por la colina.

La colina donde está la Mansión Riddle no es muy empinada, pero, como hace mucho calor y el pueblo soportó una fuerte lluvia la noche anterior, la tierra está húmeda y resbalosa. Consiguen llegar a la cima después de veinte minutos y la imponente mansión se aparece frente a sus ojos. Harry, haciendo grandes señas con las manos, les indica a sus amigos que bordeen los muros.

Ha pasado bastante tiempo desde la última vez que estuvo allí, sin embargo, a Harry le agrada descubrir que recuerda el lugar a la perfección. Los tres muchachos se detienen en el mismo extremo por el que Harry trepó cuando tenía ocho años.

—Pues no me siento como si estuviera fuera de la guarida de un vampiro —dice Ron.

Harry lo ignora.

—¿Quién subirá primero? ¿Tú, Hermione?

Su amiga lo mira con los ojos desorbitados.

—¡Yo no voy a meterme en la casa del señor Riddle! —masculla Hermione.

—Seguro que sí, es una casa preciosa —dice Harry con tranquilidad, tratando de convencerla, pero su amiga no cede ni un poco—. Escucha, Hermione, no estoy mintiendo. Es una mansión muy bonita, solo la vi una vez, pero aún me encuentro enamorado de ella. ¡Y no hagas como si no te estuvieras muriendo de curiosidad cuando siempre has fantaseado con conocerla!

No está mintiendo, Harry sabe a la perfección que el gran sueño de los niños del pueblo es echar un vistazo a la Mansión Riddle. Sin embargo, son pocos los que tienen el valor de trepar por el muro para verla de cerca, por esa razón Harry se hizo bastante solicitado cuando estaba en la primaria: allá donde fuera, siempre era abordado por niños interesados en una descripción generosa de la imponente construcción.

Hermione se cruza de brazos, aprieta los labios y Harry sabe que ha ganado. A pesar de que Hermione es como una versión bastante joven de Minerva McGonagall, su profesora de Literatura cuando estaba en la secundaria, también tiene una curiosidad insaciable y unas ansías de aventura que la impulsan a romper sus preciadas reglas. Por eso es que los tres se llevan tan bien.

Mira a Ron y de inmediato comprende que él también quiere hacerlo. Harry sonríe para sus adentros mientras espera a que Hermione abra la boca.

—No puedo trepar —dice ella después de lo que le parece una eternidad.

—Nosotros vamos a ayudarte —se apresura a responder Harry.

—Sabes que no soy buena para los deportes.

—Por eso, nosotros vamos a ayudarte —dice Harry con calma—. Yo subiré primero y Ron puede ayudarte haciendo de palanca abajo, luego yo te sostengo y verás que estarás arriba en cuestión de segundos.

Un suspiro resignado es la confirmación de que ha aceptado su idea.

Harry sonríe y, con un leve movimiento de la cabeza, les dice a sus amigos que lo sigan hasta el muro. Ellos lo obedecen de inmediato.

Harry respira hondo y mira el muro. No es tan grande como lo recuerda, pero supone que es porque han pasado casi diez años y él ya no es más un niño pequeño y menudo. Sonríe de vuelta, toma impulso y da un gran salto. Se sostiene con fuerza de las hendiduras en el concreto y, con gran agilidad, logra sentarse en el borde en cuestión de segundos.

Sus ojos vuelven a abrirse de sorpresa cuando ve los árboles repletos de ciruelas rojas y a la hermosa Mansión Riddle. Extiende una mano y toma un par de frutos de la rama más cercana, luego, le lanza uno a Ron.

Él la toma con confusión.

—Estamos cumpliendo un sueño de niños —explica.

Ron niega con la cabeza mientras le entrega la ciruela a Hermione. Ella duda un momento antes de metérselo a la boca.

—¿Qué tal? —pregunta Harry, quién también está comiendo una de las ciruelas.

—Rico —responde Hermione pocos segundos después, escupiendo la pepa y echándola en algún lugar por los árboles. Se ve un poco más convencida ahora.

—Pues bien, arriba —dice Harry dando dos suaves palmadas—. Ron, amigo, si hicieras los honores de ser la escalera para la dama…

Ron dobla una rodilla y le hace una seña a Hermione para que suba. Ella pone un pie encima del muslo de Ron —quién hace una mueca de dolor, pero se mantiene muy quieto— y tantea el muro buscando una hendidura de la cual sostenerse. Harry se apresura a ayudarla y, después de dos agotadores minutos, Hermione está sentada a su lado, respirando agitadamente. La adrenalina se refleja en su rostro.

—¿Qué tal? ¿Verdad que es una casa preciosa? Parece sacada de una película.

Hermione no responde, pero a Harry le basta con ver el brillo emocionado en sus ojos.

Ron se reúne con ellos momentos después y, luego, uno por uno, empiezan el descenso. Harry va primero, Ron le sigue y entre los dos ayudan a Hermione a bajar con mucho cuidado.

Y ahora los tres se encuentran en el patio del señor Riddle, rodeados de enormes plantas de ciruela que se ven como un festín.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunta Ron, cubriéndose la boca con una mano para que no lo vean masticar.

—Vamos a probar que el señor Riddle es un vampiro —responde Harry muy contento.

Ron y Hermione se encogen de hombros y asienten con lentitud. Harry comprende que siguen sin creerle, pero también sabe que, ahora que están dentro, difícilmente se resistirán a perderse esa oportunidad. Aunque…

—Somos legalmente adultos y podríamos ir presos —murmura Hermione.

—No si no nos descubren —replica Harry.

—Mamá va a matarme —suspira Ron.

Caminan por entre los árboles teniendo mucho cuidado de no hacer ruido. Después de unos momentos, los tres están tras el tronco de una planta, observando la puerta trasera con avidez.

Harry es el que va primero, muy decidido. Se asoma por la puerta e intenta escuchar algún ruido, pero no hay nada. Ron, que se ha colocado a su lado, intenta ver algo por la pequeña ventanilla que se encuentra a un lado de la puerta. Hermione, por su parte, mira a los alrededores con mucha atención, lista para salir corriendo en el momento adecuado.

—Creo que no hay nadie en casa —dice Harry.

Hermione parece lista para sugerir que lo mejor será marcharse de una vez, pero Harry mete una mano en el bolsillo trasero de sus pantalones cortos y extrae la navaja. Acciona una cuchilla y la inserta en la hendidura donde se supone que debe ir la llave; Harry, rezando para no equivocarse, maniobra con la cuchilla por varios y angustiantes segundos.

Casi siente que podría ponerse a saltar de felicidad cuando ve a la puerta abrirse con un débil chillido.

Mira a sus amigos y descubre que Ron tiene la cara muy pálida y Hermione parece a punto de ponerse a llorar. Él mismo siente a su corazón latir enloquecido por lo que está a punto de hacer, pero no puede demostrar debilidad después de lo lejos que han llegado.

—Las damas primero —ofrece a Hermione con una sonrisa.

—Ni lo pienses —responde ella, tomando a Ron del brazo.

Harry asiente levemente, toma aire y se mete por el hueco de la puerta sin hacer ningún ruido. Sus amigos van tras de él, conteniendo la respiración y siendo igual de cuidadosos. Ni siquiera quiere pensar en lo que pasaría si son descubiertos.

Sin embargo, pronto la preocupación es suplantada por el asombro. La Mansión Riddle es incluso más impresionante en el interior. El piso de madera es precioso, las paredes, llenas de cuadros, pinturas y demás baratijas, le dan un aire señorial y hermoso. Además, el mobiliario, los muebles y vitrinas de madera están tan preciosa y detalladamente enamorados que le es imposible contener los suspiros de admiración.

Rápidamente encuentran un pasillo con muchas puertas en ambos lados. A Harry le tienta la idea de abrirlas y examinar en su interior, pero siente que sería tentar demasiado a su suerte. Mira hacia atrás y encuentra que sus amigos están igual de fascinados con la mansión que él.

Y es entonces cuando tiene que recordarse porqué están allí: tiene que probarles a Ron y Hermione que el señor Riddle es un vampiro. Toma aire y examina las paredes con mucha más atención, buscando rastros de sangre, arañazos o cualquier señal que evidencie que ese es el hogar de una criatura sobrenatural.

Pero, mientras más se adentra, va dándose cuenta que sus esfuerzos son en vano. No hay nada fuera de lo común allí, absolutamente nada. Parece que la Mansión Riddle no es más que el hogar de un hombre misterioso que prefiere la soledad a la compañía humana.

Aunque…

—¿Este es el señor Riddle? —pregunta Harry, deteniéndose en el anticuado retrato de una familia que está colgado en la pared de la sala principal.

La foto es muy antigua y representa a tres personas: dos hombres y una mujer. Parecen una pareja de esposos junto a su único hijo. Los dos varones son muy atractivos y, además, son casi idénticos.

—No lo creo —responde Hermione, colocándose a su lado y examinando la fotografía con mucho detenimiento—, es muy vieja… pero él —añade, señalando al joven muchacho que está en el medio— debe ser el padre… o hasta el abuelo del señor Riddle.

—Puede ser —murmura Ron detrás de ellos—, me parece que los genes de su familia son muy fuertes. Míralos, son casi gemelos y éste —dice, apuntando al hombre mayor— bien podría ser el señor Riddle cuando cumpliera los cincuenta.

—Pues no estaría nada mal —interviene Harry.

Hermione levanta tanto las cejas que casi quedan ocultas bajo el flequillo, pero no hace ningún comentario al respecto.

—Creo que no hay nadie en casa —susurra ella—. ¿Habrá salido el señor Riddle?

—Espero que sí. ¿Vamos arriba? Seguro que guarda sus cosas vampiresas allí.

—Pensé que los vampiros escondían sus ataúdes bajo tierra —bufa Ron.

—¡Por supuesto! Dios, que idiotas somos, ¡no revisamos el jardín! ¿O es que has visto alguna puerta que conduzca a unas mazmorras ocultas…?

—¡Estaba bromeando, Harry!

—¿Quieren hacer el favor de cerrar la boca? ¡Van a descubrirnos si no se callan en…!

—¡Pero si aquí no hay nadie, Hermione, tú lo has dicho y tú siempre tienes la razón!

—¡Yo no soy adivina! —replica la chica muy airada.

—Eso es una verdadera lástima, siempre he considerado al don muy útil.

Su corazón se detiene.

No reconoce esa voz varonil, jamás ha escuchado ese tono tranquilo, nunca ha oído ese dejo pausado, pero sabe a quién pertenece.

Gira la cabeza con lentitud y sus ojos se encuentran con el aterrorizado rostro de Hermione. Los labios de su amiga tiemblan mientras sus pupilas se mueven, completamente enloquecidas. Siente al cuerpo de Ron estremecerse detrás suyo y tiene el presentimiento de que él podría desmayarse en cualquier instante.

Los tres saben que están completamente perdidos.

El señor Riddle los ha atrapado.

Y Harry piensa en que podría soltar un grito, tomar a Hermione por el brazo y salir corriendo de la casa. Luego, escalarían el muro como monos, saltarían los dos metros de altura y escaparían por la colina sin mirar atrás.

Con algo de suerte, el señor Riddle no los reconocería y no pondría una denuncia en su contra y los tres saldrían de allí sin nada más que una lección aprendida.

Sin embargo, una mano se cierra en su hombro y Harry comprende que ya es demasiado tarde para huir.

Haciendo uso de todo su valor, Harry gira sobre sus talones para enfrentar a su captor.

Y es entonces cuando tiene el primer vistazo real del señor Riddle.

El señor Riddle es un hombre atractivo, de mandíbula cuadrada, nariz recta, labios finos y cabello oscuro y rizado. Tiene un cuerpo atlético, hombros anchos y brazos fuertes, además es un poco más alto que él, así que Harry ha tenido que levantar la cabeza para examinar su rostro.

Y él no parece enfadado.

—¿A quiénes tenemos aquí? —pregunta el señor Riddle con el mismo tono sereno que antes.

—¿Ladrones? —dice una voz femenina y totalmente desconocida.

Los tres amigos dan un salto en sus lugares y, al mismo tiempo, miran hacia la fina silueta que se encuentra recostada en el marco de la puerta.

Se trata de la silueta de una mujer. Es alta, delgada y esbelta. Su cabello es oscuro y ondulado y le cae elegantemente sobre los hombros. Sus ojos, negros como el ébano, revolotean del uno al otro, examinándolos con cuidado mientras sus labios rojos se curvan en una sonrisa.

Ella tampoco parece enfadada por descubrirlos en casa.

—¿Con quienes tenemos el honor? —pregunta el señor Riddle con amabilidad.

Hermione respira hondo y se apega más a Harry.

—Se-señor Ri-Riddle… no-nosotros so-solo… —Su amiga es incapaz de continuar, así que Harry aprieta su mano con suavidad para que se calle.

Fue él quien convenció a Ron y Hermione de meterse en la Mansión Riddle, es él quién debe hacerse responsable del problema en el que están metidos.

Se aclara la garganta y el señor Riddle, quien se encontraba mirando a Hermione, clava sus ojos en él. Harry se siente morir cuando esos ojos lo observan y tiene que hacer uso de todo su coraje para no apartar la mirada.

—Se-señor Riddle. —Hablar le supone un esfuerzo sobrehumano—. Nosotros… Bueno, yo… queríamos tomar algunas ci-ciruelas y… y…

El corazón le da un vuelco cuando ve al señor Riddle sonreír.

—¡Oh, por supuesto! —dice el hombre—. Ya veo, jóvenes hambrientos y muy curiosos, ¿no es así?

—Fu-fue un error… se-señor —tartamudea Ron—. Vimos la pu-puerta abierta y… y…

El señor Riddle coloca su mano libre sobre el hombro de Ron y a Harry le da la impresión de que su amigo quiere echarse a llorar.

O ponerse de rodillas y empezar a suplicar.

—Comprendo, comprendo —contesta el señor Riddle con amabilidad—. Comprendo que les ganara la curiosidad y quisieran echar una ojeada. Es totalmente comprensible, no tienen que disculparse por eso.

La mujer bufa.

—¿En serio, Tom? —pregunta ella con diversión—. ¿No vas a colgarlos de los talones para enseñarles la lección?

El miedo lo está matando, pero aun cuando su cuerpo tiembla de pies a cabeza, siente una extraña satisfacción al descubrir el verdadero nombre del señor Riddle.

—No seas tan cruel con ellos, Bella —responde el hombre con calma—, son jóvenes y curiosos. Vieron la puerta abierta y no pudieron contener sus ganas de mirar un poco. ¿Podemos culparlos por eso? Además, Bella —añade, mirando a la mujer con una sonrisa que fluctúa entre la displicencia y el ruego—, ha pasado mucho tiempo desde que recibí visitas. Tú no lo entiendes, por supuesto, siempre estás fuera, pero ser el dueño de una mansión solitaria me ha creado la fama de ser un gruñón que odia la compañía de sus pares.

La mujer ríe con suavidad.

—Te has convertido en un blando, Tom.

El señor Riddle niega con la cabeza y, luego, mira a Harry, Ron y Hermione.

—Entonces, amigos, ¿les gusta mi casa?

Los tres muchachos asienten de inmediato y quizá con demasiada efusividad, porque los dos adultos intercambian una rápida mirada y rompen a reír. Es evidente que están disfrutando con su estado aterrorizado y, si Harry es honesto consigo mismo, no le importa. Le da igual que se burlen de él, solo quiere que los dejen salir sin avisar a las autoridades —y mucho menos a sus padres— de lo que estuvieron haciendo.

—¿Les gustaron las ciruelas?

—So-son las más ri-ricas que he probado en toda mi vi-vida, señor Ri-Riddle —responde Ron.

Él libera el hombro de Ron para agitar la mano hacia ambos lados.

—No, no. Me haces sentir como un anciano, amigo. Soy Tom, puedes llamarme así.

—No me gus-gustaría se-ser irrespetuoso…

—No estás siendo irrespetuoso, amigo, por el contrario: serías amable. ¿Cuál es tu nombre? ¿Cómo se llama usted —dice mirando a Harry— y cuál es el nombre de la señorita? Me gustaría conocer las identidades de mis invitados.

Traga saliva con mucha dificultad.

—Soy Ha-Harry.

—Y yo-yo soy Ron.

—Me-me llamo Her-Hermione.

El señor Riddle extiende aún más su sonrisa.

—Harry, Ron y Hermione, ¡fantástico! —dice él con alegría—. Yo soy Tom, ya lo saben, y ella —añade, apuntando a la mujer que está bajo el marco de la puerta— es Bellatrix, pero pueden llamarla Bella.

—No, no pueden —dice la mujer, Bellatrix—, tienen que ganarse el privilegio. Sin embargo… —Sus ojos oscuros los recorren nuevamente y Harry siente como si estuviera siendo examinado por rayos equis—. Se ven bastante… prometedores. ¿Tal vez podría permitírselo a alguno de ustedes?

Harry está tentado a decir que está más que dispuesto a hacer lo que mande, pero contiene su impulso para no sonar como un maleducado y, sobre todo, como un hombre desesperado. La realidad es que siente que haría cualquier cosa que la mujer le ordene sin pensarlo dos veces.

Por lo mismo, se retuerce de celos cuando nota que no es a él a quien está mirando con tanto interés.

Hermione suspira.

—No-no sabíamos que estuviera ca-casado —dice Harry.

El señor Riddle parpadea varias veces, sorprendido.

—No, no… Te estás equivocando, Harry. Bella es una amiga, de hecho, es una muy buena amiga —responde él. Bellatrix suelta un bufido.

Harry no entiende porque esa información lo tranquiliza tanto.

Y, entonces, Ron da un paso al frente.

—Cre-creo que es hora de que nos va-vayamos… To-Tom —dice su amigo—. No nos gustaría continuar mo-molestándolo…

—¡Pero si no me están molestando! —responde el señor Riddle, incrédulo—. Ya les he dicho que estoy más que contento de tenerlos aquí, ¡hace mucho que nadie me visita y mucho menos jóvenes tan encantadores como ustedes! ¿Han comido las ciruelas suficientes? ¿Están satisfechos con su exploración de mi hogar o quisieran que los guiara? ¿Tienen alguna pregunta que hacerme? No sean tímidos, Harry, Ron y Hermione.

—Los estás asustando con tu jovialidad, Tom —se burla Bellatrix mientras camina hacia el frente con suma elegancia—. Actúas como un anciano desesperado por un poco de atención.

Ella se detiene al lado del señor Riddle y enreda su brazo en el suyo. El señor Riddle se encoge de hombros.

—Yo… No es un an-anciano, Tom —dice Harry tan de repente que sus dos amigos sueltan un gemido de sorpresa. Teme haberse sobrepasado con la confianza otorgada, pero no se arrepiente de lo dicho, porque el rostro del señor Riddle ha recuperado su animosidad.

—Gracias, Harry —responde el señor Riddle—. Ahora, Harry, Ron y Hermione, ¿qué haré con ustedes? Son tres jóvenes curiosos y yo tengo muchas cosas interesantes que enseñarles, sin embargo, me parece que…

Los ojos del señor Riddle se detienen en Hermione y la chica se sobresalta y contiene la respiración. Pero el señor Riddle le sonríe con amabilidad y luego mira a la mujer a su lado. Con calma, él le dice:

—Veo en Hermione una mente ávida por nuevos conocimientos. Bella, ¿por qué no le enseñas la biblioteca? Sé que disfrutará de ella… Y puede tomar prestados todos los libros que quiera, sé que los cuidará con su vida.

Bellatrix sonríe.

—¿Vienes conmigo, cariño? —pregunta ella con suavidad mientras estira una mano a Hermione.

Harry sabe que no le están hablando a él, pero se siente tentado a tomar la mano de Bellatrix y dejarse arrastrar por ella hasta los confines del infierno. Para su mala suerte, Hermione es más rápida.

Y piensa en lamentarse por su lentitud e indecisión, pero ese sentimiento se evapora en el instante en el que sus ojos se encuentran con los del señor Riddle.

Algo revolotea en su estómago.

—Volverán pronto —asegura él mientras observa como ambas mujeres desaparecen por el hueco de la puerta—. Bella será una excelente compañía para Hermione y espero obtener de ustedes la misma apreciación. Ahora, Harry y Ron, ¿qué quieren ver primero?

El señor Riddle los conduce de vuelta hacia el pato trasero mientras habla sin parar. Harry y Ron lo acompañan, atemorizados al principio, pero luego encantados y fascinados por la conversación del señor Riddle. Él les habla de tantas cosas diferentes que es complicado mantener la atención en un solo tema, pero eso no les molesta, porque el señor Riddle es un buen orador que sabe encantar a su público con las palabras. Se mueve y habla con tanta gracia y elegancia que a Harry da la impresión de que es el espectador en una importante conferencia científica y no está en un patio lodoso escuchando a un hombre apuesto e inteligente hablar de las probabilidades de que ocurra una tormenta eléctrica esa noche.

Está encantado por el señor Riddle.

Mientras caminan por entre los árboles de ciruelas, los mismos que los cubren del sol con sus frondosas ramas, el señor Riddle los anima a comer todas las frutas que puedan. Él sonríe cada vez que nota que nota sus expresiones satisfechas por el dulce sabor de las ciruelas.

Después de lo que les parece una rápida caminata —aunque Harry sabe que ha pasado más de una hora— regresan hacia la mansión y empiezan a recorrerla. El señor Riddle se ve incluso más animado ahora que puede mostrarle su casa y sus posesiones, así como también verter varias interesantes historias sobre sus antepasados. Los chicos se encuentran más que encantados de hurgar en un viejo álbum que contiene las primeras fotos del pueblo de Hogsmeade. Ron incluso llega a sugerir que ha reconocido a uno de sus abuelos en una de las más antiguas fotografías.

Más pronto de lo que les gustaría, el sol empieza a ocultarse en el horizonte para anunciar que les ha llegado la hora de irse. Hermione y Bellatrix se reúnen con ellos en el salón principal; su amiga tiene las mejillas muy coloradas y varios libros pegados contra el pecho. Harry tiene que contenerse para no decir lo que está pensando.

—Su visita fue una completa y agradable sorpresa, por lo tanto, disculparan que no los hayamos…

—Por supuesto que no, Tom —lo interrumpe Harry, anegado de confianza—, nos han recibido estupendamente.

Siente que su pecho se hincha cuando ve al señor Riddle sonreír.

—Eso es muy amable, Harry —responde él—. Sin embargo, no deja de ser un poco vergonzoso que se vayan sin siquiera haber tenido una cena apropiada… oh, sí, sí, sé que están encantados por las frutas, pero no es suficiente para mí… para nosotros —añade el señor Riddle y Bellatrix hace un movimiento afirmativo con la cabeza—. Si vinieran mañana, nos harían muy felices a ambos. ¿Aceptarían cenar con nosotros?

En otras circunstancias, Harry, Ron y Hermione se mirarían para decidir que hacer, sin embargo, en esa ocasión es diferente: instantes después de que el señor Riddle terminara de hacer su propuesta, los tres amigos ya están asintiendo con vehemencia.

—¿Qué acaba de pasar? —pregunta Harry varios minutos después, cuando él y sus amigos están bajando por la resbalosa colina, llevando en las manos una canasta de ciruelas cada uno.

Ron y Hermione lo miran y luego niegan con la cabeza. Tienen cara de apenas estar despertando de un largo y satisfactorio sueño.

Harry se encoge de hombros.

—Bueno, salió mejor de lo que esperaba —dice con tranquilidad.

Hermione suelta un bufido.

—¡Por supuesto que lo hizo, deberíamos estar presos!

—No grites, Hermione —murmura Ron mientras mira hacia todos lados—. Que nadie se entere que nos metimos en la Mansión Riddle sin permiso…

—Pensé que querrías presumirlo —dice Harry.

—En realidad, me encantaría contárselo a todos. Fred y George estarían más que impresionados… ¡pero mamá me mataría si se enterará y estoy seguro de que lo hará!

Harry se muestra silenciosamente de acuerdo y también decide que no va a contarle aquello a nadie.

—Al menos ahora ya te has quitado esa estúpida idea de que el señor Riddle es un vampiro —dice Hermione con tono resignado.

—¡No se lo recuerdes, Hermione! —se lamenta Ron—. ¡Ahora se lo dirá mañana al señor Riddle en medio de la cena y va a pensar que somos unos estúpidos! Sí, sí, ¡por supuesto que lo hará, Harry es ese tipo de idiota!

—¡Por Dios, Harry! —exclama Hermione, plantándose en su lugar y mirándolo con consternación—. ¡Ni siquiera se te ocurra mencionárselo, no nos hagas quedar mal frente a ellos después de lo amables que han sido con nosotros! ¿Te imaginas que el señor Riddle se enterara de qué Harry creía que él era una criatura chupa sangre?

—¡Ni siquiera había pensado en decírselo! —se defiende Harry.

—¿Entonces ya no lo crees? —pregunta Ron, esperanzado.

Tampoco lo ha pensado. En realidad, Harry ha pensado en muy pocas cosas desde que el señor Riddle lo atrapó en la sala de su mansión.

—No lo sé —murmura mientras les hace una seña para que sigan caminando. Apenas se está dando cuenta que se han quedado parados a mitad de la colina.

Está muy oscuro, pero ellos tienen mucha experiencia andando en esas condiciones, así que pueden encontrar el camino de regreso al pueblo con relativa facilidad.

—Solo… solo no digas ni una palabra de vampiros mañana —suplica Hermione.

Harry sonríe.

—¿Ansiosa por la cena? Vi que te llevabas muy bien con… ¿cómo es que la llamaste al final? Oh, sí: «señorita Bella». Bella, Bella… ¿Desde cuándo tanta familiaridad?

—Adiós, señorita Be-Bella —añade Ron, imitando el tono nervioso con el que Hermione se despidió de la mujer.

—Es usted la mujer más hermosa que han visto mis ojos…

—¡Yo no dije eso!

Su amiga parece querer golpearlos con los libros que carga entre los brazos, así que Harry y Ron apresuran el paso hasta quedar a una distancia prudente para reírse con libertad.

Otra vez, está sentado en la misma banca de la plaza, esperando a que sus amigos lo alcancen. Sorprendentemente, ellos no lo hacen esperar tanto como el día de ayer.

Ron y Hermione se aparecen en una esquina. Ambos vienen considerablemente mejor vestidos que el día anterior: Hermione está usando un vestido de tiras y Ron tiene puesto un pantalón jean y sus zapatillas nuevas. Ellos le sonríen cuando están a su altura.

—¿Listos para impresionar? —pregunta Harry. Él mismo ha reemplazado su ropa común por algo más decente. Quizá lo adecuado habría sido que usaran algo más formal, pero le aterra la sola idea de ponerse camisa y corbata con ese calor abrumante.

Sus amigos asienten y él les hace una señal para que lo sigan.

Juntos, recorren el mismo camino que ayer, aunque ya no lo hacen con pesar. Los tres están ansiosos por llegar a la mansión Riddle.

Un auto está estacionado al lado de los muros. Los chicos lo miran con mucho interés, pero no hacen ningún comentario al respecto mientras cruzan por las puertas de hierro, las mismas que están abiertas de par en par, tal como el señor Riddle les prometió la noche anterior.

Cuando están pasando por el camino de grava, Hermione dice:

—No puedo creer que la gente le tenga tanto miedo, es un buen tipo.

—¿Quién, el señor Riddle? Sí, bueno… creo que lo he estado juzgando mal toda mi vida —admite Ron con pesar—. Pero es comprensible, éramos niños y las historias que contaban de él…

Su amigo se encoge de hombros y no dice nada más. Están cerca de la puerta de la mansión, así que Harry comprende que no quiere ser escuchado hablando sobre los rumores que siempre han perseguido al señor Riddle.

Es Hermione quien se adelanta para tocar la puerta con los nudillos. Luego, su amiga retrocede y espera a su lado.

Cuando la puerta se abre, pocos momentos después, y tres figuras aparecen por ella, los chicos tienen que hacer un esfuerzo para contener sus jadeos de sorpresa.

Se trata del señor Malfoy, un anciano rico y muy malhumorado que vive en el pueblo de al lado, su único hijo, un hombre bastante adulto, y Bellatrix. Los dos Malfoy los miran con los ojos muy abiertos y Harry se siente intimidado por sus miradas, sabiéndose juzgado y despreciado.

Nota, por el rabillo del ojo, que Ron y Hermione se mueven con incomodidad y comprende que ellos están pensando lo mismo.

—Tom los ha invitado a cenar —dice Bellatrix.

—¿En serio? —pregunta el hijo del señor Malfoy.

—Por supuesto, perdóname. —La mujer se aclara la garganta y, con un tono mucho más suave, añade—: Tom los atrapó ayer en su casa y, en su infinita compasión, decidió recompensarlos por tamaña muestra de valentía. Les mostró su mansión, sus plantas… y los invitó a cenar esta noche. Sé que es difícil de creer, pero son encantadores, así que no puedo decir que estoy disgustada por compartir la comida con ellos.

El señor Malfoy mantiene sus ojos grises y vidriosos sobre ellos. Harry lo encuentra más que aterrador, pero no permite que el miedo se filtre en su rostro.

—Pensé que te irías esta noche.

—Hubo un cambio de planes —contesta Bellatrix con tranquilidad—. Ve con cuidado, Scorpius, tu padre ya no es tan joven como antes…

Es una clara invitación a retirarse, pero el hombre duda mientras pasa los ojos de Bellatrix a los chicos. Harry está tentado a preguntarle si tiene algún problema con ellos, pero se abstiene para no ser descortés. No quiere tener problemas con la gente rica del pueblo.

El hijo del señor Malfoy, Scorpius, traga saliva, asiente y deja de mirarlos. Hermione suspira en agradecimiento.

—Correcto. Cuídate —dice Scorpius, dirigiéndose a Bellatrix. Ella no le responde, solo sonríe.

Entonces, el señor Malfoy parpadea varias veces y se gira para ver a la mujer. Bellatrix lo mira de regreso con una extraña expresión en el rostro.

—Adiós, tía Bella —dice él.

Harry siente como si un gigantesco trozo de hielo se deslizara por su garganta.

—Cuídate, Draco —responde Bellatrix con una sonrisa.

Los dos Malfoy pasan por su lado sin mirarlos.

Y Harry, quién hace treinta segundos habría agradecido su indiferencia, está tentado a largarse con ellos.

Pero ya es tarde.

—Tom los está esperando —les dice Bellatrix, haciéndose a un lado. Ella mira a Hermione y sus labios rojos se curvan en una sonrisa que a Harry le pone los pelos de punta, pero que también ruboriza las mejillas de su mejor amiga.

Su mente revive todos los conocimientos que se dejó olvidar por la amabilidad del señor Riddle el día anterior.

Y quiere advertirle a Ron lo que sabe.

Pero no encuentra a nadie cuando mira hacia su costado.

—¿No vienes, Harry? —pregunta Hermione desde dentro de la mansión. Ella y Ron lo observan con curiosidad.

—¿Te encuentras bien, Harry? —pregunta Bellatrix. Hay genuina preocupación en su voz.

Ron pone los ojos en blanco y se ríe.

—Sí, no se preocupe —responde Harry, adentrándose en la mansión. Siente que su estómago se estruja de dolor cuando escucha a Bellatrix cerrando la puerta.

Sabe que la mejor decisión habría sido dar media vuelta y correr como un desquiciado de vuelta al pueblo, pero bajo ninguna circunstancia se permitiría a abandonar a sus amigos allí. Él los ha metido en ese lío, es él quién debe regresarlos a casa.

Bellatrix toma la delantera y los guía hacia el comedor. Hermione va a su lado, hablando y riendo con ella. Ron va detrás, observando con interés los retratos y pinturas que adornan las paredes y Harry va al final, exprimiéndose el cerebro para encontrar una manera de sacarlos de allí con vida.

Llegan hacia una sala con enormes ventanales y una mesa en la que doce personas podrían comer sin problemas. Los platos y copas están vacíos y Harry tiene un horrible presentimiento.

—Siéntense —dice Bellatrix, señalándoles las sillas vacías—. Tom está terminando de preparar la cena… y debería ir a ayudarlo. Pónganse cómodos, estaremos aquí enseguida.

A Harry no se le escapa el guiño que Bellatrix le hace a Hermione antes de abandonar el comedor, así como tampoco ignora la sonrisa en los labios de la mujer cuando se gira en el último instante para mirarlo a los ojos.

Ron y Hermione hacen lo que se les pide y se sientan lado a lado. Harry se queda parado en su lugar, respirando muy agitadamente.

—¿Qué te pasa? —pregunta Ron.

Con toda la calma con la que es capaz de hablar en esa situación, Harry dice:

—Son vampiros.

Ron bufa y Hermione suelta un gruñido de indignación.

—¿Sigues con eso? —pregunta Ron con aburrimiento.

—Sí —responde Harry, caminando hacia la mesa dando grandes zancadas. Deja caer las manos sobre la superficie de madera y los mira fijamente, haciendo hasta lo imposible para no temblar—. Son vampiros, tenemos que largarnos de aquí antes de que…

—¿Antes de que seamos la cena? —ironiza Hermione.

—Harry, todo eso de los vampiros fue divertido y muy emocionante cuando éramos niños, pero ya no tenemos ocho años, ya crecimos, ¿entiendes? Somos legalmente adultos y debemos portarnos como tal, sobre todo cuando somos invitados en casa aje…

—¡Van a matarnos!

—¡Los vampiros no existen, Harry!

—¡Por supuesto que lo hacen, ellos son vampiros y van a matarnos! —dice con la voz cargada de miedo. Ron y Hermione se miran con confusión, aunque Harry sabe que no le creen. Se aclara la garganta y la atención de sus amigos vuelve a estar sobre sí—. Ellos son vampiros, estoy seguro. Tenemos que irnos ahora… creo que recuerdo donde queda la salida y luego… podemos echar a correr. Yo ayudaré a Hermione…

—¿De qué estás hablando?

Empieza a desesperarle la nula cooperación de sus amigos.

—¡Estoy intentando salvarles la vida!

—A ver, a ver, tranquilos. —Ron levanta una mano para callar a Hermione. Ella lo mira, furiosa, pero Ron no le presta atención y se dirige a Harry—. ¿Por qué piensas que son vampiros?

—¿No lo escuchaste?

—¿A quién?

—Al viejo Malfoy, el anciano ese. Él… él le dijo «tía Bella». ¡La… la llamó «tía»! ¡Ella definitivamente no es su tía, es muy joven! Sin embargo, él la llamó «tía» y…

—¿Y eso qué? Mira, Harry, ese viejo ya tiene una pata en el otro mundo, así que entenderás que no nos tomemos en serio un error que puede cometer cualquier anciano…

—Yo no creo que se haya equivocado, así que tenemos que ir…

—Estás loco, Harry —dice Hermione.

—¡Y el señor Riddle! ¿Cuántos años tiene el señor Riddle? Pues no tengo la menor idea, pero tiene la misma apariencia desde que éramos niños… ¿es que no se dan cuenta? Es un vampiro, los dos son vampiros…

—Amigo, creo que acabas de perder la cabeza por completo.

Piensa responderle a Ron, pero las palabras se ahogan en su garganta en el momento en el que escucha pasos acercándose al comedor. Son dos personas y sabe a la perfección quienes son.

Hermione lo mira con mucha seriedad.

—Siéntate, ¿quieres? Y cierra la boca, ni se te ocurra decir alguna de tus niñerías frente a ellos. No quiero que piensen que somos tarados.

Por supuesto, jalar una silla y sentarse en ella ni siquiera está en sus planes. Sin embargo, cuando ve al señor Riddle entrar al salón cargando una bandeja enorme en las manos, ocupa el asiento que está justo al frente.

Bellatrix va tras de él, pero ella carga con dos bandejas en ambas manos. Hermione se levanta de inmediato para ayudarla y la mujer le sonríe, agradecida.

—¡Harry, Ron y Hermione, me alegra que hayan venido! —dice el señor Riddle, contentísimo—. Disculpen la tardanza, pero ha pasado mucho tiempo desde que preparamos la cena para alguien y queríamos ofrecerles lo mejor. No sabíamos que les gustaría exactamente (fue un error no preguntarles por sus preferencias en la comida ayer), así que hicimos un poco de todo.

—Se ve delicioso, Tom —responde Hermione con gentileza.

El señor Riddle sonríe ante el halago.

—Muchas gracias, Hermione. Ahora, si me disculpan, tengo que ir por el postre… ¿te pasa algo, Harry? —pregunta él, mirándolo con preocupación.

Harry siente como cuatro pares de ojos se clavan sobre él y tiene que hacer un esfuerzo sobrehumano para sonreír.

—Me encuentro perfectamente, Tom —responde.

Él asiente.

—Muy bien, Harry. Ahora, discúlpenme.

El señor Riddle vuelve sobre sus pasos y abandona el comedor. Y Harry habría aprovechado esa oportunidad para tratar de sacar a sus amigos de la mansión si no fuera porque Bellatrix está jalando la silla de madera que está a su lado.

La mujer se sienta y recarga una mejilla en una de sus pálidas manos.

Las señales son tan evidentes ahora que Harry no puede creer que simplemente decidiera pasarlo por alto la tarde anterior.

—¿De verdad te encuentras bien, Harry? —pregunta Bellatrix.

—Está enfermo —dice Ron y Hermione asiente con vehemencia para darle la razón—. Ayer… hizo un poco de frío ayer y era de noche… creo que puede tener fiebre, pero insistió en venir hoy porqué no quería dejar plantado al señor Riddle.

—Me alegra que fuera así —dice ella, sonriente—, a Tom le agrada Harry. Pero… ¿de verdad te sientes bien, Harry? Te ves muy pálido… ¿estás seguro de que no te pasa nada?

Bellatrix está jugando con él.

—Estoy de maravilla —miente Harry, arriesgándose a mirarla a los ojos—. No deberías preocuparte por mí, Bella.

La sonrisa en su rostro se ve como una declaración de guerra, de la misma forma que la mano helada que aprieta su hombro se siente como el primer golpe.

El señor Riddle entra al salón cargando una bandeja y Harry tiene una excusa para apartar los ojos de Bellatrix.

Harry se queda quieto en su lugar mientras deja que el resto sirva la cena. En otras circunstancias, se habría sentido asqueado de actuar así, pero ahora se encuentran tan aterrorizado que no se siente capaz de ni siquiera levantar una cuchara.

Cuando Ron le extiende su plato, también le lanza una mirada cargada de reproche. Harry intenta decirle —sin pronunciar palabra— que deben irse, pero para cuando lo intenta, su amigo ya no lo está mirando.

Sus ojos viajan hacia Hermione para lanzar la misma advertencia, pero ella está enfrascada en su comida.

—¿Harry, te sientes bien? —pregunta el señor Riddle. Él está sentado en la cabecera de la mesa, de tal forma que Harry está atrapado entre el señor Riddle y Bellatrix.

—De maravilla —dice Harry. Se apresura a tomar un tenedor y un cuchillo para cortar la carne que tiene en el planto, aunque no tiene ni un poco de hambre.

El señor Riddle sonríe nuevamente y Harry siente a su convicción flaquear. De repente, ya no quiere irse, lo único que desea es que el tiempo se detenga en ese instante para no dejar de ver jamás la sonrisa de Tom Riddle.

—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te vi, Harry.

La parte racional de su cerebro, la que aún lucha por hallar una manera de escapar, le grita que sea cuidadoso y desconfiado, que no ceda a los ojos del señor Riddle. Sin embargo, Harry no puede controlar los impulsos de su cuerpo y sus labios se mueven de forma automática.

—Si hubiera sabido que estabas esperándome, Tom, habría venido a visitarte mucho antes.

Escucha a Ron estornudar, el sonido de Hermione dándose palmadas en el pecho y también el suave tarareo de Bellatrix, pero los ignora. Para Harry solo existe el señor Riddle.

—Pero estás aquí ahora, así que no tenemos nada de lo que lamentarnos.

Él tiene razón: no hay nada que lamentar. Sabe que va a morir, se lo confirman la mirada profunda y la sonrisa adusta que tiene el señor Riddle en el rostro. Todo se vuelve más fácil en el momento que asimila esa idea en su mente.

Se siente mucho más cómodo y feliz ahora que se ha quitado el peso de la incertidumbre de los hombros.

—Es cierto —dice Harry—. No tenemos nada de lo que lamentarnos; además, no importa el tiempo que hemos perdido porque tenemos la eternidad por delante, ¿no? —El señor Riddle asiente y Harry, en un arrebato que su cordura lamenta, toma la copa rellena de vino que Ron le sirvió y la levanta, sin dejar de mirar en ningún momento a aquel hombre encantador—. Deberíamos brindar por eso.

Si las cosas hubieran sido diferentes, Harry estaría más que sorprendido de descubrir que todos en la mesa obedecen su orden sin titubear. Por lo general, no es el quién toma las riendas de la situación y mucho menos le gusta ser el centro de atención.

Sin embargo, no duda cuando se pone de pie, no se acobarda cuando ve el colmillo afilado en la sonrisa del señor Riddle y tampoco tiembla para hablar lo que, sabe, serán sus últimas palabras.

El final es inminente.

Aunque, quizá, sería más adecuado llamarlo el nuevo comienzo.

—Por la cena más deliciosa que he probado en mi vida —dice, aunque no ha comido bocado alguno—, por la generosidad del señor Riddle —dice y él le sonríe—, por la inmediatez de la vida y…

Y el señor Riddle levanta una mano. Harry calla y lo observa, embelesado.

—Y por la eternidad de la muerte —finaliza él con su voz melodiosa.

Todo se vuelve oscuro luego.